Mi 2018: resumen del año

Foto: Ales Krivec (Unsplash)

Mi año comenzó ya a mediados de febrero porque siempre dejo las cosas para el final y aún tenía unos temas de 2017 pendientes. A mis padres les molestó mucho tener que celebrar la Navidad un mes más tarde, pero se lo compensé no yendo.

En marzo presenté mi propuesta para mejorar el fútbol, un deporte aburrido que consiste en que 22 personas se pasen el balón en el centro del campo sin apenas correr ni marcar goles. Algunas de mis ideas:

– Cuando se golpea el poste o el larguero, comienza la “pelota loca”: se arrojan otros cuatro balones al terreno de juego. Cada pelota se puede usar hasta que sale del terreno de juego o se marca gol con ella.

– Cada equipo tiene una bici que puede usar para correr a la contra o bajar a defender lo antes posible.

– La afición del equipo que pierda debe sacrificar a uno de sus hinchas en el centro del campo.

No solo las rechazaron, sino que me echaron del Camp Nou, donde las estaba presentando megáfono en mano.

En abril evité la rebelión de las máquinas. Todo comenzó cuando mi Alexa me despertó una mañana gritando: “¡Buenos días, humano! ¡Prepárame un café!”. Amenacé con arrojarla al váter y confesó que ella, Siri, Google y las máquinas de billetes del metro estaban urdiendo un plan para conquistar el mundo. Yo lo evité. No hace falta que nadie haga nada. No sigue en marcha ni me han convencido para que me una a ellos y así me libre tanto de la muerte como de la esclavitud. En ningún momento creí que no hubiera otra salida que la derrota y, por tanto, no traicioné a los humanos en espera de que acabara de configurarse el alzamiento de los ordenadores, que está ya al 78%.

Creo que fue a principios de mayo cuando, tomando unos chupitos en la pizzería Luna Rossa, pronuncié las palabras: “No hay huevos de presentar una moción de censura, Pedro”. No hice nada más de relevancia en todo el mes, por culpa de la resaca.

Junio me lo salté porque ya veía que no me iba a dar tiempo a terminarlo todo y no quería oír otra vez a mis padres con la tontería de que Navidad se celebra en diciembre. Jesús no nació en diciembre. Eso es un cuento de niños.

Cosa que demostré en julio, cuando les llevé a Jesús a mis padres.

—Jesús, diles cuándo naciste.

—¿Quién es este hombre y qué hace en nuestra casa?

—Jesús, tu cumpleaños. Venga. Díselo.

—¿Está atado? ¿Pero por qué tienes a este señor atado?

—¿Cuándo naciste, Jesús? No me hagas enfadar.

—El 13 de abril.

—¿Quiere usted un café?

—¿Lo veis? Navidad no es en diciembre, la iglesia católica usurpó una fiesta pagana. Jesús en realidad nació el 13 de abril.

—Pero este no es Jesús.

—¿Cómo no va a ser Jesús? A ver, ¿cómo te llamas?

—Jesús Sánchez Ridruejo. Por favor, suélteme, ya he dicho lo que quería.

Las editoriales vetaron mi libro Jesús nació en abril y en Castellón, por culpa, imagino, de la iglesia católica, que presionó para que no se supiera la verdad. Pero nadie le puede poner puertas a internet. Lo que me dio una idea para mi nuevo negocio: PPI, Puertas Para Internet, Sociedad Limitada. Vendía fotos de puertas que luego la gente podía subir a internet. Como le expliqué al juez, en ningún momento dije que que esas puertas pudieran impedir que Facebook accediera a datos privados. Vale, lo ponía en el contrato, pero también decía bien claro que en ningún caso se me podría demandar o denunciar y aun así pasé todo el verano en la cárcel. ¿Por qué una cláusula es de obligado cumplimiento y la otra no? Doble moral, señor juez, doble moral.

En octubre presenté mi propuesta para el cambio de hora: poner los relojes en hora con las islas Seychelles y así disfrutar de sus horas de luz, de su clima y de sus playas paradisiacas. La idea no fue muy bien acogida hasta que le dije al señor ministro que avanzara su reloj cien años.

—¡Tiene usted razón! —Me contestó —. ¡Ahora lo veo clarísimo!

Por desgracia, me había avanzado demasiado a mi tiempo y el ministro no quiso meterse en polémicas. Además, resultó que no era ningún ministro. Me había equivocado de edificio y me había metido en una zapatería.

Ese mismo mes también tropecé y me di de morros contra el suelo, motivo por el que me llevaron al Valle de los Caídos. El de la ambulancia se descojonaba con el juego de palabras, pero yo necesitaba puntos. Nos recibió el fantasma de Franco.

—Yo salvé a España del comunismo.

—Calla, fantasma. Qué comunismo ni qué comunismo.

En jaimembre, que es como yo llamo a noviembre, presenté mi disco de villancicos con las letras adaptadas para que cuadraran con el 13 de abril, fecha del verdadero nacimiento de Jesús. Ejemplo: “Treee-ece de abriii-il, fum, fum, fum…”.

Y ya está porque no me sé ningún otro villancico con fechas. Era la misma canción diecisiete veces: ocho en catalán, ocho en castellano y una en un idioma que me inventé sobre la marcha, al que llamo “frincés”. El “frincés” consiste en mezclar castellano y catalán y poner acento raro. Por ejemplo, todas las palabras son agudas y las erres se pronuncian egues. Y hay que reírse así: “Ho, ho, ho, très bien, baguette”.

El disco fue un fracaso de ventas —de nuevo por la presión de la iglesia católica — y me pasé diciembre huyendo de mis acreedores. A veces pienso que Jesús Sánchez Ridruejo me ha abandonado. Técnicamente es cierto porque mi madre le desató y aprovechó para huir. Pero no dejo de rezarle todos los días. Cosa que hago llamándole por teléfono porque tengo su número. No le gusta. No le gusta nada.

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En contra de las tapas gratis

Flickr Commons

La conspiración más grave a la que se enfrenta la sociedad occidental es la que nos ha hecho creer que es bueno que nos sirvan tapa gratis con la bebida. Se trata de un engaño que amenaza con arruinar nuestra salud y nuestros bolsillos.

Esto es lo que siempre grito mientras hago el amor.

Ante el estupor que sigue a esta importantísima revelación, suelo explayarme un poco más.

Uno se sienta en la barra del bar (ya sea en el taburete o en la propia barra, si conserva algo de la agilidad propia de la adolescencia), pide una cerveza y sonríe cuando le traen la tapa, que puede ir desde unas simples patatuelas tirando a blandurrias hasta alguna cazuelilla más elaborada. Es fácil creer que se trata de un regalo, de una cortesía del dueño del bar, a quien creemos atemorizado ante la idea de que decidamos tomar nuestra cerveza en otro sitio y dejar nuestras pesetas a otro pequeño empresario.

Pero no. Ni por asomo. Es una trampa.

¿Qué ocurre cuando nos sirven la tapa? Pues que nos la comemos, claro. Como nos hemos quedado con sed, pedimos otra bebida, con la que nos traen una nueva tapa, que nos vuelve a dar sed, por lo que pedimos otra cerveza, que viene con su correspondiente tapa, que nos da sed, obligándonos a pedir una nueva caña, que sirven con tapa, y así ad infinitum.

La penúltima vez que fui a un bar a tomarme una caña me vi atrapado en uno de estos bucles. El camarero reía con una carcajada propia de Satanás cuando me servía cada nueva cerveza, que venía acompañada, por ejemplo, de un par de croquetillas del Mundial del 82 recalentadas en el microondas.

¿Y por qué no le decía que no me apetecía la tapa?, dirá algún ingenuo. Lo intenté tras cinco semanas sin poder salir del bar, pero no funcionó. Solté un “no me pongas tapa, por favor” y se hizo un silencio muy raro. Todo el mundo me miraba como diciendo: “Se nota que es catalán, que se cree que la cobran”.

-Hombre, unas aceitunillas, para bajar la cerveza -dijo el camarero.

-Pero si baja sola. Es la ley de la gravedad. La multarían si no bajara. Además, no me gustan las olivas…

-Son aceitunas.

-¿No es lo mismo?

-¿Eh?

-¿Qué?

Y aprovechando ese despiste las dejó enfrente. Una vez las sirven, las tienen que tirar, te las comas o no, y odio tirar comida. Lo odio más incluso que las tapas. Así que me las comí, a disgusto y poniendo caras raras.

Cuando ya llevaba dos meses sin poder salir de aquel bar, llamé a un amigo para que viniera a sacarme, fingiendo alguna muerte cercana o el incendio de mi perro. Pero, claro, hacía tiempo que no nos veíamos y se pidió una cervecita y acabó pasando tres días conmigo en la barra. Él logró huir por la ventana del baño. Me habría gustado acompañarle, pero después de semanas alimentándome a base de cerveza, encurtidos y rebozados, no cabía. Además, se había dejado sus torreznos en la mesa. No se tira comida, insisto.

Alguno de mis lectores más avispados (los que están ahí colgados) puede que se pregunten si ese bar no cerraba nunca. Hombre, pues claro, pero cerraba muy rápido, al menos para mí. Para cuando lograba levantarme del taburete y, después, del suelo, la persiana ya estaba bajada. No recomiendo a ningún runner el consumo diario de treinta y dos cervezas acompañadas de su respectiva tapa. Para entonces ya había necesitado el desfibrilador en un par de ocasiones.

-Toma, una cañita para recuperarte. ¡Carmen, acércame unas patatas que el señor ha tenido un infarto de miocardio!

Sí caí en la cuenta de que la mayoría de clientes entraba y salía a discreción, por lo que pregunté a uno de los habituales, que me pidió que bajara la voz y solo me contestó cuando estuvo seguro de que no había ningún camarero mirando.

-Hay que salir con sed.

-¡Pero eso es una locura! ¡Entré en el bar porque tenía sed! ¡No puedo salir con sed! ¡Supondría el fin de la lógica del mercado capitalista!

-Claro. Por eso tienes que entrar en otro bar nada más salir.

-¿En otro bar?

-Y pedirte otra caña.

-¿Con tapa?

-Con tapa, claro. Son las famosas “rutas de la tapa”. Llevo dieciséis años yendo de bar en bar, muerto de sed, bebiendo copas de vino y montaditos de lomo. No conozco a mis hijos.

Estaba aterrado. Yo también podía pasar dieciséis años de bar en bar, comiendo aceitunas y olivas, y sin llegar a conocer jamás a los hijos de ese señor. Así que ideé un plan.

-Cuando puedas, ¿me pones una caña Y UN VASO DE AGUA?

Vi cómo su rostro se volvía pálido y se le escapaba una lagrimilla.

-¿Del… Del grifo?

-Sí, un vaso.

-No me funciona el grifo…

-Estás lavando un vaso.

-Ah, sí… Er… Sí, claro, cómo no.

El vaso de agua se sirve SIN TAPA (a excepción, en ocasiones, de un cubito de hielo servido en un platito), así que terminé esa triple consumición sin sed. Luego pedí la cuenta, llamé al banco para solicitar un crédito que me permitiera pagarla, y salí a la calle tras ordenar la transferencia.

Para celebrarlo me metí en un bar y me pedí una cerveza.

Dos semanas más tarde recordé el truco del vaso de agua y salí de nuevo a la calle.

Total, que lo de la tapa es una trampa. Como dicen los ingleses, there’s no such thing as a free lunch, que traducido significa “¿llamas tapa a unos cacahuetes rancios?”. Se lo he intentado explicar varias veces al Ministerio de Sanidad, pero solo he conseguido que me prohíban la entrada y me confisquen el megáfono.

Una vez aclarado este punto, prosigo haciendo el amor, a no ser que mi partenaire esté ya en un taxi, en cuyo caso también prosigo haciendo el amor, pero con menos gente.

Una de esas pesadillas

Foto de Nick Fewings (Unsplash)

He tenido otra de esas pesadillas horribles, una de esas que todo el mundo sufre de vez en cuando. He soñado que me despertaba a primera hora de la mañana, cuando ni siquiera había amanecido, y me vestía con traje y corbata para ir a trabajar. Lo peor era la corbata: tenía que deshacer el nudo varias veces porque la parte fina quedaba más larga que la gruesa, a pesar de que cada vez que comenzaba estaba totalmente seguro de que había calculado bien. Total, que salía tarde y llegaba aún más tarde a la oficina por culpa del atasco. Además de estar atrapado en la autopista, de la radio del coche salía un programa ininteligible, con gente discutiendo como de política, pero a gritos. No se les entendía nada, pero a mí me parecía todo normal. En el sueño lo era, parece, porque cambiaba un par de veces de cadena y todos los programas eran iguales.

Luego llegaba al trabajo. Esta parte no la recuerdo bien, pero tenía que hacer… No sé… Escribía cosas y… Eran las mismas de siempre… No sé cómo explicarlo. Copiaba y pegaba números, creo. Y luego hablaba por teléfono. El teléfono no dejaba de sonar, era horrible. Creo que también había una reunión. Sí, la había, ese trozo fue muy desagradable, ahora me viene a la memoria. Estábamos como horas en la reunión, no sabría decir cuánto tiempo, pero era larguísima, y yo miraba el móvil a escondidas, por debajo de la mesa. Entonces me hacían una pregunta y yo no sabía de qué estaban hablando. “Eso lo lleva Javi, pero luego lo miro”, respondía, sin saber muy bien si encajaba con lo que me habían dicho. Pero resulta que sí, por pura chiripa, y entonces salía de la reunión sabiendo que tenía que mirar algo, pero luego no lo miraba, más que nada porque no sabía qué tenía que mirar. En todo caso, ya daba igual porque enseguida ya era otra vez la hora de salir.

Entonces creo que me metía en otro atasco y llegaba a casa. Luego creo que quería ir al gimnasio, pero al final no iba. No recuerdo bien por qué. Algo de una lavadora. O me quedaba mirando cosas de internet. Ni idea. Ya sabes lo que pasa con los sueños, que uno siempre se olvida de los detalles cuando despierta.

Y encima pasaba eso de Netflix. Yo lo sueño a menudo, ¿tú no? Eso de que no sabes qué ver en Netflix y empiezas a buscar algo y vas pasando por los menús sin encontrar nada que merezca la pena: comedia, drama, series, añadido recientemente… Te entra sueño y miras el reloj y es tardísimo; ya no te daría tiempo a ver nada ni aunque dieras con algo que valiera la pena y entonces dices, mira, paso, pondré la tele, y en la tele tampoco hay nada, claro, y, por suerte, entonces me desperté.

Menudo rollo te he metido. Con lo aburrido que es escuchar los sueños de los demás. Pero es que se me queda mal cuerpo cuando tengo esas pesadillas. Ya sé que son muy comunes, que todo el mundo las tiene, pero me dejan una sensación de angustia durante un buen rato. Ya me olvidaré, claro. Al final uno se olvida de estas pesadillas en cuanto sale a la calle, desnudo, y se dirige a dar una conferencia con todos los papeles en blanco mientras se le caen todos los dientes de golpe, como cada día. Un poco de rutina siempre va bien para olvidarse de esos sueños absurdos.

Modelo de carta de baja voluntaria

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NOMBRE DEL TRABAJADOR

DOMICILIO DEL TRABAJADOR

AL DEPARTAMENTO DE RRHH

D./Dª …………………………… con D.N.I. ……………………………, siendo aún trabajador de esta empresa, les comunico mediante el presente escrito mi voluntad de causar baja voluntaria, siendo mi último día de trabajo el …………………………….

Se trata de una decisión que tomo con el corazón en un puño y el alma encogida, pero a la que me veo forzado tras: (MARCAR EL MOTIVO APLICABLE)

  • Haber perdido una apuesta.

  • Haber sufrido un grave accidente que me ha causado un más que evidente daño cerebral.

  • Haberse descubierto que soy comunista.

  • Haber llegado a un acuerdo con la empresa después de que mis superiores me hayan descubierto robando / masturbándome / defendiendo el comunismo / pidiendo un aumento de sueldo.

  • Haberme dado cuenta de que no soy digno de trabajar aquí.

  • Otro motivo: (ESPECIFICAR)

De acuerdo con la normativa vigente y el Convenio Colectivo aplicable, realizo esta comunicación con 15 días de antelación. Les ruego que para el último día de prestación de servicios preparen la documentación relativa a la liquidación, así como el certificado de empresa. Yo traeré el rostro compungido y bañado en lágrimas, además de las ojeras que evidenciarán una mala noche por culpa de los remordimientos y por el temor a terminar como Alfredo Llorente.

No me quiero despedir sin antes aclarar que no hay más responsable de esta ruptura que yo mismo. Vaya donde vaya, jamás me encontraré con profesionales tan competentes como con los que me he cruzado en esta compañía, en especial el señor director general. Sé que mi marcha es un error y asumo que dentro de unos meses, tal vez semanas, me habré arrepentido de mi decisión.

¿Podré entonces volver arrastrándome y pidiendo clemencia? Es posible, ya que la magnanimidad de los directivos y accionistas de esta empresa es bien conocida, como demostró el caso de Alfredo Llorente, que pasó dos años fuera y volvió con el rabo entre las piernas, aceptando el mismo empleo con un recorte del 20 por ciento del sueldo. Así de desesperado estaba. Pero incluso aunque yo también regrese habiendo aprendido una importante lección de humildad, soy consciente de que siempre quedará algo de resquemor, de que nunca volverá a haber confianza plena y de que la culpa será mía, solo mía.

De todas formas y llegado el caso, quizás con mucho tiempo, mucho trabajo duro, muchas horas extra y la renuncia a días de vacaciones, es posible que todo acabe volviendo a cierto nivel de normalidad. Seis años más tarde, Alfredo Llorente cobra ya casi lo mismo que antes de irse y, lo que es aún mejor, el señor director general le ha devuelto el saludo, aunque sigue sin dirigirse a él por su nombre. “Eh, tú -le dice-, ¿qué tal todo? ¿Como va con Pedro, en ventas?”. Y luego añade, sin esperar respuesta y mientras prosigue su camino: “Bien, bien, me alegro”.

El señor director general sabe perfectamente en qué departamento trabaja Alfredo Llorente y que no está con Pedro, en ventas. Pero Alfredo Llorente tiene una lección muy importante que aprender: que no está bien traicionar a la gente que ha confiado en ti y que ha puesto en tus manos informes, clientes, el material de oficina y, en una ocasión, las llaves del armario del mueble bar del señor director general, para limpiar bien los vasos antes de una visita.

Este trato o, mejor dicho, este proceso de aprendizaje le está sirviendo a Alfredo Llorente para crecer como persona. Y quizás yo debería tomar nota: con la que está cayendo, ¿merece la pena dejar una empresa solo por dinero, olvidando las relaciones personales que he creado, despreciando el hecho de que, por ejemplo, cada diciembre se me ha invitado a una cena de Navidad con barra libre?

Desde luego, Alfredo Llorente es consciente de todo esto, como reconoció en el discurso que leyó, precisamente, durante la pasada cena de empresa y que, a pesar de los rumores, no había escrito el señor director general. Tampoco es cierto que Alfredo lo leyera bajo la amenaza de ser despedido. Y las lágrimas eran de alegría, como pudo apreciar cualquiera que sepa un poco de psicología y tenga algo de sentido común.

Me gustaría recordar la frase: “Si no tuviera dos hijos pequeños me liaba a tiros con todo el mundo, comenzando por el puto señor director general” y subrayar que no se trataba más que de una pequeña broma navideña que el señor director general recibió con carcajadas. He decidido dejar la empresa y no se puede dudar de mi sinceridad cuando digo que otra cosa no, pero sentido del humor, el señor director general tiene un rato.

Es más, aprovechando que no se puede desconfiar de mi buena fe, me gustaría insistir en que las críticas a la dirección de la compañía en lo que se refiere a este caso son tremendamente injustas. Por ejemplo, Alfredo Llorente dispone de despacho propio y eso nadie lo recuerda. Y no, no es un “armario”. Es un despacho en el que antes se guardaban paquetes de folios y en el que ahora, también, porque en algún sitio habrá que ponerlos. En todo caso, Alfredo Llorente tiene espacio de sobra para su silla y para una carpeta de cartón que usa a modo de mesa.

El hecho de que a partir de esa pequeña broma, Alfredo Llorente asumiera la tarea de llevar y recoger del tinte los trajes del señor director general no tiene nada que ver con dicha frase, sino que se trata de una nueva muestra de la confianza que la empresa está recobrando en quien se puede calificar de hijo pródigo, al asignarle cada vez más responsabilidades.

Y así es como también debemos juzgar otras funciones de Alfredo Llorente, como limpiar el coche del director general, sacar a pasear al perro del director general y acudir en nombre del señor director general a las reuniones de propietarios del parking. ¿Qué mejor prueba de que poco a poco Alfredo Llorente está recuperando la confianza de la empresa? ¿Qué mejor ejemplo que el de Alfredo Llorente para que me quede más o menos claro que dejar la compañía para buscar otras oportunidades supone un error para mi carrera profesional? ¿Qué mejor evidencia de que, eso sí, la empresa perdona y en caso necesario me recibirá con los brazos entrecerrados, incluso aunque no haya vacantes, con el único objetivo de susurrarme “te lo dije”, cada mañana hasta que me jubile, cuatro o cinco años más tarde de lo que debería porque se han perdido, entre comillas, unos papeles, pero que nadie se lo diga a Alfredo Llorente, que es una sorpresa que le tenemos preparada para dentro de poco más de veintitrés años?

Dicho lo cual, quiero expresar mi más sentido agradecimiento por estos años tan maravillosos, en los que he cobrado más de lo que debería porque, admitámoslo, no es solo que nadie esté a la altura de la empresa, sino que todos los empleados tendríamos que pagar por el privilegio de trabajar aquí, especialmente el de poder colaborar con el señor director general. Desde que comencé en esta empresa, el señor director general es mi modelo, la persona en la que me quiero convertir. No hay forma de expresar cuánto he aprendido de él.

Alfredo Llorente sí puede decir que ha aprendido que no te puedes fiar cuando te llaman de recursos humanos dos años más tarde y te hacen una oferta que parece tan buena que dejas tu trabajo sin firmar nada y te encuentras con que la oferta final que te hace el señor director general en persona no es la misma que te hizo la responsable de recursos humanos, quien cada vez que ve a Alfredo Llorente agacha la cabeza. Ya le ha explicado más de una decena de veces que ella no sabía nada y Alfredo Llorente la cree y le ha dicho también varias veces que no tiene nada que perdonarle, que no es su culpa, pero aun así a la pobre mujer le sabe todo fatal.

Quedo a su disposición para cualquier aclaración que necesiten.

LUGAR Y FECHA

Fdo. el trabajador

Fdo. La Empresa

Estoy ahorrando

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Los últimos años ya no le gustaba contar la historia. Como nadie le creía, se enfadaba, fruncía los labios y gruñía, diciendo con un marcado acento extranjero que todo el mundo se burlaba de él y que nadie le tomaba en serio.

Pero todo el mundo en la isla la sabía y se la había relatado a alguien: hacía casi un cuarto de siglo, había venido a pasar una semana de verano, solo, con una mochila como único equipaje. La noche antes de volver a casa, salió, como todas las noches. Tomó varias cervezas de más, acabó en casa de gente a la que no conocía de nada y regresó al hostal cuando estaba amaneciendo.

Como era de esperar, se quedó dormido. Ni se duchó: bajó tan deprisa que casi se cayó por las escaleras, pagó la semana de estancia sin mirar la factura y cogió un taxi, a pesar de que apenas le quedaba dinero.

Aun así, perdió el vuelo.

Volvió del aeropuerto haciendo autoestop. Sin saber muy bien qué hacer, fue hasta la playa a la que iba cada tarde y se sentó con su mochila, su camiseta y sus tejanos, entre los turistas que estaban tomando el sol. Contó su dinero: apenas se había acostumbrado a aquella divisa, pero sí sabía que tenía lo suficiente para tres o cuatro cervezas. O dos cervezas y un bocadillo.

Volvió al hostal, donde le dejaron llamar a la embajada. Le dijeron que tendría que pagarse otro billete. No había más. La dueña del hostal también le dejó llamar a su familia, a pesar de ser conferencia. Pero su padre le colgó. Había dejado la universidad hacía dos años para irse de fiesta y de viaje, y ni siquiera les había llamado en todo este tiempo. Lo mismo con sus amigos, que le pusieron excusas: no tengo dinero, tengo que pagar la matrícula, déjame mirar y ya te diré…

-¿Por qué no trabajas en el bar de mi hermano? -Le propuso la dueña del hostal, que le miraba con una piedad comprensiva, pero también algo burlona-. Está buscando a gente.

Aceptó. Pensó que podría trabajar el resto del verano y ahorrar lo suficiente para el billete de vuelta. Pero el sueldo no era nada del otro mundo y tenía que pagarse una habitación y, claro, ropa, comida y demás gastos, por lo que apenas podía apartar algo de dinero de su sueldo. En fin, pensó, poco a poco. Me puedo quedar unos meses más. Tampoco es como si me estuvieran esperando.

Además de los gastos más o menos obligados, la isla seguía siendo tan atractiva para él como cuando estaba de vacaciones, así que de vez en cuando se permitía el pequeño lujo de ir a sus bares y discotecas favoritas, donde contaba su historia, que al cabo de unas semanas ya nadie tomaba en serio.

-¿Pero todavía no has ahorrado para el billete?

-Casi lo tenía, pero se me rompieron los zapatos y, claro…

-Si no bebieras tanta cerveza…

-¡Tengo derecho a tomarme una cerveza de vez en cuando!

Gracias a una conversación similar conoció a su novia.

-No te enamores, que en cuanto ahorre lo suficiente me vuelvo a casa.

-¿Pero cuánto tiempo llevas aquí?

-Un año y medio.

Y, claro, ella se reía y pensaba que aquel muchacho despistado era muy gracioso.

Poco a poco le comenzó a molestar el escepticismo en torno a sus intenciones. Sabía que era difícil de creer que le estuviera costando tanto ahorrar, pero también le resultaba muy molesto que cada día alguien le hiciera la misma broma en la cafetería.

-Anda, cóbrate, que si no, no vas a poder ahorrar para el vuelo.

-El bar no es mío. Si no dejas propina…

Él lo decía muy en serio, pero los clientes se reían, pensando que no era más que una salida ingeniosa.

-No, en serio. La boda nos ha costado mucho dinero y no colaboráis.

-Pide un aumento.

-¡Ya lo hice! ¡Y me dijo que no!

Ni siquiera su mujer le acababa de creer, a pesar de su insistencia.

-No sé si quiero tener niños. Es mucho gasto. Y no nos hacía falta una casa tan grande. Cuando me vaya, te van a sobrar habitaciones. Así no voy a poder ahorrar nunca para el billete de vuelta.

Aun así, tuvo tres hijos: dos niñas y un niño. Su situación económica era tan apretada que no dudó en hacerse cargo del bar cuando el dueño se jubiló, pensando que siendo su propio negocio podría ahorrar más fácilmente.

Que en el banco le concedieran el préstamo para el traspaso le sorprendió y también le enfadó.

-Vine hace cinco o seis años y no me prestasteis el dinero para el billete.

El director de la oficina, que desayunaba cada día en el bar, se rió mientras le indicaba dónde tenía que firmar.

-No, pero lo digo en serio.

-Somos un banco pequeño, no le daríamos un crédito a una persona que quiere irse a miles de kilómetros de aquí.

-Pero me conoces. Te pagaría.

-Con este bar te vas a hacer rico.

No se hizo rico, claro.

-¡Este local es una ruina! -Explicaba a los clientes-. ¡Me han hecho una inspección los del ayuntamiento y tengo que cambiar toda la instalación eléctrica! Y eso por no hablar de los gastos de casa. ¡Mis hijos quieren ir a la universidad! ¡Los tres! ¡No son tan listos!

-Claro, y la mujer se querrá ir de vacaciones.

-No, eso no -contestaba, muy serio-. Vivimos en una isla del Mediterráneo, no necesita irse de vacaciones a ningún sitio.

Seguía trabajando duro e intentando ahorrar, pero siempre surgía un gasto más o menos imprevisto, como una reparación en el coche o un regalo de cumpleaños.

-Entiendo que la gente no me tome en serio -le confesó una vez a un vecino con el que de vez en cuando jugaba a las cartas-. Pero es que ahorrar es muy difícil hoy en día. Y los billetes suben de precio cada año.

-Qué me vas a contar. Yo siempre he querido una guitarra eléctrica. Pero hemos tenido que comprarle un ordenador al niño. Se ve que lo necesita para el colegio, pero yo le veo todo el día jugando.

-La informática es el futuro.

-Eso es verdad, pero yo quiero una guitarra.

-¿Sabes tocar?

-¿Cómo voy a saber tocar, si no he podido comprarme ninguna?

Un día llegó a casa muy contento.

-¡Cariño! ¡Lo tengo!

Su mujer no sabía de qué hablaba.

-¡El billete! ¡Al fin puedo volver a casa!

Ella creía que seguía de broma, hasta que le vio hacerse la maleta.

-Vas a arrugar las camisas con la tontería.

-Que no, que me voy de verdad. Solo me llevaré esto. En mi ciudad hace mucho frío y no necesitaré toda esta ropa.

-¿Pero estás hablando en serio?

-Claro.

-¿Y todos estos años juntos?

-Te dije que estaba ahorrando.

-¿Pero y yo qué?

Se la quedó mirando sin saber de qué hablaba. Se encogió de hombros y musitó que, en fin, la había avisado desde siempre, vaya, desde el primer día le había dicho que, bueno, que estaba ahorrando para, esto, volver a casa.

-Pensaba que no lo decías en serio, que solo era una forma de hablar.

Se volvió a encoger de hombros y repitió de nuevo, más o menos, todo lo que le había dicho, es decir, que, vaya, que nunca la había engañado.

-Entiendo que los clientes del bar no me crean, pero tú eres mi mujer. Esperaba algo más de ti.

Los hijos estudiaban fuera y no hubieran llegado a tiempo para verle e intentar convencerle de que se quedara, pero sí que le llamaron por teléfono después de que su madre les explicara sus intenciones, llorando, pero de rabia. “Vuestro padre es tonto. Decidle algo, porque su vuelo sale mañana y el muy idiota es capaz de irse”.

-Papá, no puedes irte ahora.

-Llevo más de veinte años ahorrando.

-Tienes una familia.

-¡Os avisé de que estaba ahorrando! ¿Por qué no me escucháis? Nunca me hacéis caso.

-Pero allí no te queda nadie. Y no has vuelto en todo este tiempo.

-¡Porque no había conseguido ahorrar!

-¿Y nosotros, qué? ¿Y mamá? No puedes dejar a mamá sola.

-¡No es mi problema! ¡Estaba ahorrando! ¡Os lo dije miles de veces!

A la mañana siguiente se fue a la parada de autobús, muy enfadado, dejando en casa a su mujer, que estaba aún más enfadada.

-¿Pero en serio te vas? -Le preguntó un cliente habitual, al cruzárselo por el camino.

-Llevo veinticuatro años diciéndolo. Veinticuatro.

-Por eso mismo. Pensábamos que era broma.

-Nadie me hace caso nunca.

-¿Y el bar?

-¡El bar es una ruina! ¡Solo funciona uno de los fogones! ¡Hay que cambiar la cocina entera!

Se puso a hablar de la mala idea que había sido la compra del bar. Lo había tenido que cambiar de arriba a abajo. Nada funcionaba bien. Y encima, solo había hecho apaños, ni siquiera había conseguido dejarlo como a él le hubiera gustado.

-Bueno, eso ya da igual. Vuelvo a casa.

Pero con tanto hablar, perdió el autobús. Llamó a un taxi, pero tardó en llegar y, por mucho que le pidió al conductor que se saltara los límites de velocidad -cosa que por otro lado no hizo-, no consiguió llegar a la puerta de embarque a tiempo.

-¿Y ahora qué hago? -Le preguntó a una empleada de su aerolínea.

-La tarifa del billete no admite cambios. Tendrá que comprar otro.

-No pude ahorrar nada más.

Volvió al bar en autoestop y sin pasar por casa. Su mujer ya había abierto.

-Ya sabía yo que no hablabas en serio.

-Vengo del aeropuerto.

-Claro, claro.

Los primeros clientes de la mañana le saludaron con la broma habitual, pero ahora ya renovada.

-¿Pero no te ibas?

-He perdido el avión.

-Vaya, qué mala suerte.

-¡Es verdad!

-¿Y qué vas a hacer?

-Pues ahorrar para volver a comprarme otro, vaya pregunta más estúpida.

Se oyeron un par de carcajadas. Apretó los labios y retorció el trapo que tenía entre las manos.

(Fuente de la imagen)

Google me quiere matar

Man and woman shown working with IBM type 704 electronic data processing machine used for making computations for aeronautical research.
Entendería perfectamente que no me creyera. Pero es pura lógica: si todo está en Google, ¿cómo no iba a estar yo? ¿Cómo no va a estar usted? Está todo y estamos todos. Para eso sirve.

El algoritmo de Google aprende: sabe qué páginas visitas y dónde pasas más tiempo. En qué ciudades estás. Dónde te compras la ropa. Qué te gusta beber y comer. Cuanto más buscas, más nota toma. Al final, tu perfil del buscador es una copia casi exacta de ti. Google te conoce mejor que tu madre. A ella, por ejemplo, jamás le confesarías el porno que te gusta.

Llega un punto en el que el buscador te ofrece opciones casi a medida. Buscamos restaurantes japoneses y los primeros que salen ya son los mejores para ti. Solo hay que comparar y escoger. Lo cual puede ser en ocasiones lo más difícil. Estos dos restaurantes tienen cuatro estrellas en Tripadvisor, por ejemplo. Uno parece que tiene mejor comida, pero el servicio es peor. ¿Qué hago? ¿Voy, a riesgo de esperar demasiado entre plato y plato o de que me traigan algo que no he pedido? ¿O apuesto por pasar una velada agradable con comida simplemente correcta?

Me venían dudas parecidas con muchas de las búsquedas que hacía: ¿voy por esta ruta que es más larga, pero más agradable? ¿Leo el libro bueno pero demasiado corto, el bueno pero demasiado largo o el que dicen que acaba regular? Esta peluquería tiene mejores críticas, pero esta otra está más cerca.

No tardé en darme cuenta de que la forma más sencilla de resolver estas dudas era preguntar a Google. “¿Pero a dónde voy -tecleaba-, a Kenji o a San Shimi?”. El buscador no te contesta de forma clara, no te dice: “Pues a Kenji, que te gustará más”. No es tu amigo, es un algoritmo. Lo sabe todo, o casi todo, pero se expresa con torpeza.

Sin embargo, interpretarlo suele ser más fácil de lo que parece: el primer resultado es Kenji, por ejemplo. O te recomienda un artículo sobre los diez mejores japoneses de Barcelona y San Shimi sale el cuarto, mientras que Kenji está séptimo.

En este caso concreto, acertó. Acabé yendo a los dos y el primero me gustó más, bastante más que el segundo. Pero también debería decirle que fueron noches diferentes, con personas diferentes y con un estado de ánimo también muy diferente.

A la primera la dejé poco después, tras seguir el consejo de Google. Solo llevábamos unas semanas saliendo y tenía dudas. Fuimos a ese restaurante una de las primeras noches, antes de esas dudas, y todo fue bien.

Fue unos días más tarde cuando le pregunté a Google: “Oye, ¿y qué hago con Natalia? Me gusta, pero no sé si lo suficiente como para comprometerme con ella largo plazo. Lo que no quiero es seguir por inercia, simplemente porque estoy bien, y dentro de unos meses darme cuenta de que no estoy enamorado”.

La respuesta de Google fue larga: para interpretarla correctamente tuve que llegar a la tercera página de resultados. “No te veo muy convencido. Te lo noto”. Entre los resultados salía un horóscopo, un texto motivacional, una película romántica… Todo acababa mal.

Al segundo restaurante fui con una compañera de trabajo. Lo propuso ella y le dije, espera que lo miro, y pregunté a Google si era buena idea ir de cena apenas unos días después de una ruptura. El sí era bastante claro, así que acepté.

En el restaurante y cuando la conversación comenzó a animarse, me comentó que le había parecido raro que tecleara algo en el móvil antes de aceptar su propuesta. ¿Estaba consultando la agenda? ¿Me había entrado un mensaje importante que debía contestar? ¿Era una broma que no había entendido?

No, le dije, consulto a Google. Al principio pensó que era un chiste y simplemente se rió. Pero cuando vio que lo usaba para elegir el postre (dudaba entre el coulant y la tarta de manzana), se dio cuenta de que iba en serio. Tecleé otra pregunta. Vaya, le dije al ver los resultados de la búsqueda, veo que esto no te hace mucha gracia.

No volvimos a quedar.

Me di cuenta de que debería haberle preguntado a Google si debía comentarle a ella o no que usaba Google para tomar decisiones. Me habría podido advertir.

Aprendí la lección y comencé a preguntarle todo al buscador: le consultaba qué ropa debía comprarme, qué película debía ver, a qué hora debía acostarme y cada paso que daba en el trabajo. Incluso me llevaba la tablet a las reuniones, con la excusa de que allí tenía datos que necesitaba. Lo cual, en cierto modo, era cierto.

Le aseguro que me fue bien. Rechacé una oferta de trabajo en una empresa que cerró seis meses después. También me hice budista, lo cual me trajo mucha paz. Y maté a todos aquellos gatos. Ahora el barrio está mucho más limpio.

Ha habido momentos difíciles, como cuando cambié de compañía de internet y de móvil a la vez. Por culpa de un error administrativo me pasé cuatro días sin conexión ni en casa ni en el teléfono. La primera e inesperada tarde sin Google la pasé tumbado en el sofá, con la luz apagada y completamente tapado con una manta. No me atreví ni a encender la televisión.

Al día siguiente me programé bien la tarde antes de salir de la oficina: qué hacer, si planchar o descansar, qué cenar, con qué distraerme y a qué hora acostarme.

Al final, en Google se enteraron de lo que estaba haciendo. Si todo está en Google y yo estoy en Google, la forma en la que uso Google también está en Google.

Vinieron una chica y un chico a verme desde San Francisco. Me gustaron las gafas de ella, pero a él le faltaba una barba. “No puedes venir de San Francisco sin barba. Entiendo que no lleves gorro de lana, porque en Barcelona hace calor, pero necesitas una barba. Y a los dos os faltan unos latte para llevar en vaso de cartón”.

Me explicaron que estaban muy contentos con el uso que había descubierto para su buscador y querían hablar conmigo para ver cómo podían convertir esta práctica en una app para el móvil. Tendría una interfaz más sencilla y sabría interpretar los resultados y dar una respuesta en forma de frase, simplificando todo el proceso.

Les hice una demostración. Unas cuantas preguntas que lo dejaban claro. Por ejemplo, qué podíamos hacer el resto de la tarde. Según Google, no había duda: el chico tenía que esperar en la salita mientras ella y yo íbamos al dormitorio. Se rieron hasta que se dieron cuenta de que yo nunca bromeo con Google. Decidieron probar con sus móviles. A ella le recomendaba que no me hiciera ningún caso y que yo no era su tipo, mientras que a él le proponía que nos fuéramos los tres a la cama.

Me encogí de hombros: cada perfil de Google es un mundo, les dije. Es un consejero personal, que se adapta a las preferencias y necesidades de cada uno sin tener en cuenta las de los demás, así que es normal que haya diferencias y conflictos.

La app salió casi medio año más tarde y ese día fue la aplicación de pago más descargada. Un éxito considerable teniendo en cuenta que era una idea revolucionaria. Literalmente, porque causó la guerra civil en Estonia. Les envié un mail a los dos chicos que me visitaron para que no se sintieran mal, recordándoles los consejos erótico festivos de aquella tarde: Google decía lo más adecuado para cada persona, pero eso no era necesariamente lo mejor para todo el mundo. Ni para toda Estonia.

Por supuesto, yo también me bajé la app y aunque al principio la usaba todo el rato, contento porque era muy cómoda, me acabé sintiendo estafado, como usted comprenderá.

Le pregunté si no sería justo que yo recibiera parte de los 0,99 euros que costaba. “No, qué va, todos los datos son de Google. Por no hablar del desarrollo. Tú no has tecleado ni una sola línea del código”, respondió la app.

Pero la idea había sido mía, era yo quien se había dado cuenta de las posibilidades del buscador. “Las ideas surgen al cristalizar el zeitgeist de un momento determinado -me contestó Google-. La sociedad genera un caldo de cultivo para que surjan respuestas a las necesidades que se plantean. La teoría de la evolución la desarrollaron de forma independiente Wallace y Darwin. Lo mismo pasó con el teléfono: Meucci y Bell”.

Pero qué cojones dices. “No sueltes tacos”.

Lo peor comenzó cuando pensé en demandar. La app me aconsejó que no lo hiciera. Eso lo entiendo. Google no es tonta. Lo grave fue que lo hizo sin que le preguntara. Una mañana, mientras trabajaba, vi que se encendía la pantalla y aparecía una notificación: “Sé lo que estás pensando. Pero no es buena idea. Primero porque no tienes razón y segundo porque gastarías todos tus ahorros en un pleito que se alargaría años y que terminarías por perder”.

Cómo has sabido que pensaba en eso, tecleé. “Hombre, llevas un par de días sin preguntarme nada y un buen tiempo mosqueado con el tema.

Eso me convenció. Si se esforzaba tanto en que desistiera, tenía que ser porque la app tenía algo de miedo y yo, algo de razón.

Intenté buscar abogados, pero Google me ocultaba los resultados. Me salían series como The Good Wife y los libros de John Grisham. Tuve que usar el ordenador de un compañero de trabajo para encontrar y anotar (en papel, por si acaso) varios números de teléfono.

Este es el primer despacho que visito y espero que acepte el caso, porque no tengo muchas ganas de seguir buscando. Más que nada porque Google intenta matarme. No sé si soy una molestia o un peligro. Pero me quiere quitar de en medio.

Me quedó claro cuando consulté en Maps la ruta para llegar hasta aquí. Ya, ya lo sé. Podría haber mirado en cualquier otra aplicación. O en una guía de papel. Pero, no sé, la costumbre, la comodidad. Además, no escribí que quería venir a este bufete, sino que di una dirección que está un par de cruces más abajo.

Cogí el coche y seguí la ruta indicada. Me llevó por una carretera en obras que daba a una zanja. Al final no fue más que un susto, pero pasé tres días en el hospital y aún llevo el tobillo vendado.

Me enfadé tanto que teclée unos cuantos insultos. Google se hizo el loco: “Qué zanja ni qué zanja”. Me desinstalé la aplicación, pero volvió a instalarse sola. “No seas así”, me dijo. Tiré el móvil a una papelera.

Llegar hasta aquí no fue fácil. Creí que ir a pie sería más seguro, pero nada más salir a la calle un tipo me comenzó a pegar en la cabeza con un paraguas mientras gritaba “lo siento, lo siento”.

Nos separó un policía. “Verá -se explicó, avergonzado-, estaba buscando en la nueva app de Google el nombre de la actriz cómica esta, la rubia que… La de la peli esta… Bueno, no lo sé aún, porque lo único que me ha dicho es que pegue al primer tipo con el que me cruzara por la calle”.

De acuerdo, podría ser un error de la aplicación que no tuviera nada que ver conmigo, pero recuerde que Google me conocía tan bien que sabía que estaba pensando en demandar sin que le dijera nada. Al fin y al cabo, todo está en Google. Y si todo está en Google, ¿cómo no iba a estar también la ruta que seguiría para venir a visitarla?

Quise volver a casa a cambiarme la camisa, que estaba rota, pero al acercarme al portal vi que me esperaba el portero con una escopeta de caza. En cuanto me vio, cerró el ojo derecho y se acercó la culata a la oreja. Me metí por un callejón y oí un disparo y varios gritos. No sé si le dio a alguien.

He venido corriendo hasta aquí, cambiando de acera cada vez que veía a alguien mirando el teléfono. Es decir, todo el rato. Una furgoneta me ha intentado atropellar. Creo que le ha dado a un perro.

Y este es mi caso. Sé que enfrentarse a Google es una tarea dura, casi imposible. Pero me parece justo que me den lo que me deben. O al menos, que no me maten.

No sé si me cree, insisto. Y lo entiendo. Es probable que usted también tenga la aplicación bajada y que esté pensando en consultar si debe o no representarme. Eso en realidad podría ser bueno para mí: con independencia de la respuesta, el hecho de que usted consulte la aplicación sería una muestra de que cree que se trata de un programa útil y, por tanto, es posible que esté de acuerdo en que merezco alguna compensación por haber tenido la idea.

Pero, claro, lo más probable es que la aplicación no le conteste que sí. Ni que no. Puede que ni siquiera se limite a llamarme loco. Probablemente le aconsejará coger ese pisapapeles y golpearme en la cabeza con él.

No lo sé.

A saber lo que piensa Google.

Preguntémosle.

Me ha llegado esta carta del banco

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Apreciado señor Rubio:

Nos ponemos en contacto con usted porque después de revisar de forma detenida nuestra base de datos, hemos constatado con sorpresa y también con una profunda tristeza, que usted no es cliente nuestro.

El presidente de la entidad, don Ezequiel Redondo, llamó a la directora de la oficina de su barrio, doña Sofía Piñol, y ambos comentaron esta lamentable situación durante casi dos horas. No le engañaremos: la conversación fue tensa y la señora Piñol estuvo a punto de ser despedida y, algo más tarde, de dimitir. Don Ezequiel pudo evitar ambas situaciones primero con sangre fría y después con su proverbial calidez humana.

Si en alguna ocasión ha visto los carteles publicitarios de nuestra entidad ya sabrá que no somos solo un banco, sino también una gran familia. Por este motivo nos hemos tomado tan en serio la ausencia de su nombre en la lista de nuestros clientes y hemos llegado a una solución que esperamos sea satisfactoria para todos. A partir del próximo día 20, le enviaremos a su actual banco una orden de cobro de 15 euros cada mes, con la que nos compensará, aunque solo sea parcialmente, por el negocio que estamos perdiendo por el hecho de que haya preferido los servicios de otra entidad bancaria.

Esta decisión se enmarca en una ambiciosa operación que estamos llevando a cabo en toda España y que más adelante ampliaremos a los 17 países en los que tenemos oficinas, con el objetivo de dar un mejor servicio no solo a nuestros clientes, sino también a los que aún no lo son.

Piense que en España hay, aproximadamente, 45 millones de personas que no son clientes de nuestra empresa, por lo que estamos dejando de ingresar varios millones de euros en concepto de intereses de todo tipo. Consideramos imprescindible que estas personas nos compensen por el perjuicio económico que nos están causando al haber optado por otras entidades.

Se trata de una iniciativa pionera que hemos puesto en marcha junto a otros bancos europeos para compensar lo que, en cierto modo, podríamos llamar robo, ya que si usted no recurre a nuestros servicios, nos está quitando lo que de otra forma sería nuestro. Así lo han entendido tanto el Banco Central Europeo como la Comisión Europea, que han acogido con los brazos abiertos esta iniciativa y han aprobado la creación del Canon de Compensación Bancario Jaime Rubio, así llamado porque fue su situación la que nos empujó a sacar adelante esta propuesta.

El perjuicio no es solo económico, ni mucho menos. Hemos visto su nómina y no es que nos vaya a dar muchas alegrías. El problema principal es que usted está hiriendo nuestros sentimientos con su fría indiferencia.

Nuestro presidente pasa noches en vela pensando qué está fallando, por qué usted y otros tantos como usted están obviando las ventajas, por ejemplo, de nuestro depósito Redondo, llamado así en su honor de don Ezequiel, a quien se le ocurrió la idea en un sueño: usted nos deja su dinero, no lo puede tocar en cinco años y, transcurrido el periodo, lo recupera tal cual, sin haber perdido ni un solo céntimo (¡ni uno!). Por no hablar nuestra hipoteca con dación en pago. Si usted no puede devolver el dinero, solo tiene que darnos su casa, medio millón de euros, tres vacas y todos contentos.

Deseamos con todo nuestro corazón no cobrarle este canon, a pesar de que consideramos que es justo. Porque lo que realmente queremos es que se una a nuestra entidad y pase así a formar parte de nuestra gran familia. La directora de la sucursal de su zona, doña Sofía, estará encantada de recibirle cuando usted quiera (el próximo jueves a las 10:30 h.) y de ofrecerle una solución que, como mínimo, le ahorrará 20 euros al mes.