Bienvenido a su banco

Foto: Museums Victoria (Unsplash)

Bienvenido a UN BANCO:

Gracias por confiar en nosotros y darnos todo su dinero. A modo de bienvenida, queríamos aclarar algunas de las dudas habituales de nuestros clientes y recordarle que tiene un crédito preconcedido de 50.000 euros.

Los horarios de oficina de UN BANCO:

Ingresos, retirada de efectivo y otros trámites: el martes 17 de noviembre de 10:00 a 10:04 de la mañana. También puede usar cualquier cajero.

(Nota: el cajero está temporalmente fuera de servicio).

Puede pasarse cuando quiera para aceptar el crédito preconcedido de 50.000 euros.

La premiada app de UN BANCO:

Le recomendamos que se instale nuestra aplicación para móvil, compatible con todos los Alcatel. Recibió un premio en 2015 de una empresa que ya no existe, ahí es nada. La app solo funciona cuando se queja mucha gente en Twitter y avisamos a Nacho, el sobrino de Pedro, que es informático, pero habitualmente no hay problema para aceptar el crédito preconcedido de 50.000 euros, que por cierto ya está a su disposición. 

Aparte de eso, la app está muy bien. Y no es cierto que Villarejo tenga acceso a sus datos, jaja, qué tontería, ¿quién es Villarejo? ¿Es su madre de usted? La app tiene un premio. Lo tenemos en la oficina. Es como un diploma, pero de metal. Precioso. En realidad es un accésit.

La web de UN BANCO:

Los trámites que no se pueden hacer en la oficina tampoco se pueden hacer en la web, pero en la web sale un gráfico que dice cuánto lleva usted gastado desde el día 1. Está mal porque no suma bien lo de la tarjeta de crédito ni lo de la cuenta corriente, pero es muy bonito.

Ya le hemos ingresado los 50.000 euros, para ir ganando tiempo. Total, el crédito estaba preconcedido. Si entra en la web los verá ya en la cuenta.

Su tarjeta de crédito:

El periodo de liquidación es del 20 al 20 de cada mes. 

El cargo en su cuenta se hará el día 5 de cada mes.

El objetivo es que nunca sepa cuánto lleva gastado, pero no pasa nada porque tiene esos 50.000 euretes ya ingresados, que siempre vienen bien, anda que no. ¿En qué se los va a gastar? ¿Un coche? ¿Obras? ¿Ludopatía? No nos lo cuente, que dentro de unos años vendrán los juicios y queremos poder negarlo todo.

Comisiones:

Gracias por darnos todo su dinero, pero ya nos lo hemos gastado y necesitamos más. 

Somos absolutamente incapaces de ganar dinero con todo el dinero de nuestros clientes porque la app es un agujero sin fondo y ya no sabemos qué hacer para que funcione, aparte de darle otro premio. Necesitamos 50 euros al año, por favor. 

Que sean 100.

Además, están los intereses de los 50.000 eurillos del préstamo preconcedido. Las condiciones eran buenísimas: 6500 % TAE.

Puede pasarse a nuestra cuenta ONLINE, en la que no se le cobrarán esos 150 euros de comisiones de mantenimiento. Las condiciones son las siguientes:

– Ingresar la nómina y domiciliar al menos cuarenta recibos.

– Matar a este perro. ¿No quiere pagar comisiones? Pues mate a este perro. Si tanto le molestan los 200 euros anuales, coja a este animal del cuello y estrangúlelo con sus propias manos. Demuéstrenos que realmente quiere ahorrarse esos 250 euros. Y sin llorar. COMPÓRTESE COMO UN HOMBRE Y NO LE COBRAREMOS LOS 300 EUROS DE COMISIONES QUE NOS HEMOS GANADO AL QUEDARNOS CON SU DINERO.

Los 350 euros de comisiones se redondean al millar superior más cercano.

Recuerde que aunque le confirmemos el cambio de las condiciones de cuenta, este no se hará efectivo y nadie le avisará nunca de qué falta ni por qué. En caso de duda, puede pasar por cualquiera de nuestras oficinas, si llega antes de que las cerremos para siempre. Allí le diremos que tiene que enviar la consulta por la web o a través de la app (que tiene un premio). También le recordaremos que tiene a su disposición un crédito preconcedido de 50.000 euros (sí, otro).

Comunicaciones con UN BANCO:

Le enviaremos publicidad de todos los créditos que le preconcedamos. Es posible que perdamos su DNI y le bloqueemos la cuenta. En tal caso, ya se enterará cuando le corten la luz, así que no le molestaremos. 

Puede llamar a su ASESOR PERSONAL cuando quiera para aceptar un nuevo crédito preconcedido de 50.000 euros.

Su ASESOR PERSONAL:

Su ASESOR PERSONAL resolverá todas sus dudas sobre los créditos preconcedidos.

Créditos de 50.000 euros:

Están todos preconcedidos. Ya le hemos ingresado tres.

Anexo a “Créditos de 50.000 euros”

Las condiciones del crédito preconcedido han cambiado: 8.000 % TAE.

Hipotecas:

Espera, chaval, que están mirando… Pásate luego y te la financio al a 150 años por el 300 % del valor del piso. Y, de regalo, un crédito preconcedido de 50.000 euros.

Anglicismos innecesarios

Hay un hecho que es indiscutible: ya no hablamos español de verdad, como hacían los españoles hasta, más o menos, el 3 de diciembre de 1889. Ahora escupimos un mejunje horrible, trufado de expresiones inglesas innecesarias que están destruyendo nuestro idioma y convirtiéndonos en humanos tartamudos con la espalda retorcida de tanto inclinarnos ante la pérfida Albión. Para evitar esta degeneración que solo nos traerá comunismo, hambre y un tic muy raro en el ojo derecho, recordamos aquí, en Die Verschwörung, una serie de palabras en inglés a evitar, acompañadas de su mejor equivalente en español y organizadas por categorías.

 

Empresa

Afterwork: Merendola.

Conference call: Ratito para dibujar.

Startup: El dinero de mis padres.

Cash: El dinero de mis padres.

Cash-flow: Casi no me queda dinero de mis padres.

Crowdfunding: El dinero de mis amigos.

Staff: Gente que cobra el dinero de mis padres y yo creo que no hace nada, me cago en todo, joder ya.

Target: ¿Pero quién coño va a pagar por esto?

Break, hacer un: Embolia, sufrir una.

Brainstorming: El día que me dé por hablar…

Headhunter: El amigo de mi padre.

Reset: Hoy ya no tomo más café, que llevo como quince.

Branding: Marca del ganado. Es importante porque si lo roban, el sheriff lo puede identificar y traerlo de vuelta. 

Coach: Estafador.

Couch: Sofá.

Networking: No soporto este sufrimiento, ojalá entre alguien con una escopeta y nos mate a todos.

Feedback: Sí… Sí, pero… Si no le digo que no… Lo que yo… ¿¡QUE A QUÉ PISO VA!?

Buenos días in the morning: Por favor, que alguien llame a un médico, no me encuentro muy bien.

 

Tecnología

Newsletter: Boletín Oficial del Estado.

Selfie: ¿Este bulto en la barbilla no será un tumor cerebral?

Engagement: Matrimonio, refiriéndose a la tapa de boquerón y anchoa.

Followers: Amantes.

Smartphone: Téléphone intelligent.

Influencer: Las voces de tu cabeza.

Like: Me siento muy solo.

Podcast: Crucigrama.

 

Cultura

Twerking: Taller mecánico.

Celebrity: El tío ese que salía en aquello… Sí, hombre, lo de la tele…

Cool: Señor mayor.

Gym: Misa.

Crush (como en “mi crush me ha hecho like”): Lumbago.

Estoy living: Me duele el pecho, creo que me ha dado un infarto.

It was the best of times, it was the worst of times: Hoy no puedo, que he quedado. ¿Qué tal el jueves?

Cupcake: Miguelitos de La Roda.

Muffin: Calçot.

S’il vous plaît: ¿Hacemos de primero un pica-pica para compartir?

X-Men: La patrulla X.

Spiderman: Mortadelo.

Fútbol: Petanca de pies.

Basket: Cesta.

Las aventuras de Jaime Rubio (la trilogía)

—¿Es usted Jaime Rubio? Soy el agente Smith, de la CIA. Necesitamos su ayuda.

—¿Mi ayuda?

—Sí, su ayuda. Para salvar el mundo.

—¿Yo? ¿Pero cómo?

—No hay tiempo para explicaciones. Se lo contaré todo de camino al aeropuerto.

—Pero deje que me acabe el café, al menos.

—Que no hay tiempo, le digo. Suelte la taza.

—¿Por qué al aeropuerto?

—Tenemos que ir a Washington.

—¿A Washington? No puedo, el lunes trabajo.

—¡Su trabajo no es importante!

—Sí, claro. Dígaselo al casero cuando no le pueda pagar el alquiler.

—¡El mundo está en peligro y usted es la única persona que puede salvarlo!

—¿Por qué? ¿Necesitan mi ADN?

—No, necesitamos a alguien ajeno a este mundillo, pero noble y con madera de héroe.

—¿Qué? ¿Pero qué dice?

—Alguien que caiga bien. Por si hacen la película.

—Mire, yo tengo que poner unas lavadoras, quiero pasar por el súper a por un par de cosillas y a lo mejor quedo con unos amigos más tarde.

—Si no hay mundo, no podrá hacer nada de eso.

—Pues búsquense a otro. Yo ya tengo plan.

—Oiga, que le prometo una aventura que le cambiará la vida.

—Quite, quite. Además, quería ver la de Scorsese.

—No quería decírselo, pero una de nuestras agentes también participará en la misión.

—Bueno, espero que sean bastantes, si hay que salvar el mundo.

—Y está soltera.

—¿Está guiñándome un ojo?

—Toda aventura tiene una chica, no sé si me explico.

—¿Pero qué dice?

—Venga, el avión está esperando.

—¿Me pone otra porra cuando pueda? 

—¿Se ha pedido otra porra?

—Eftán dicaf.

—Pero que tenemos que irnos.

—Yo no voy a ningún lado, que he quedado luego. Y a ver cómo le explico a mi jefa que el lunes estaré en Washington.

—Ella lo entenderá.

—Es que ni siquiera me apetece.

—Moriremos todos si usted se queda aquí desayunando… Hay que salvar el mundo.

—Suena muy peligroso. Y yo soy muy torpe, seguro que lo salvo mal.

 

***

 

—Nos volvemos a ver, Jaime.

—Anda, hola. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Tres meses?

—Casi cuatro.

—¿Qué le ha pasado en el brazo?

—Lo perdí salvando el mundo. Nos habría venido bien su ayuda.

—Sí, claro, para que fuera yo el manco. Ni hablar.

—Volvemos a necesitarle.

—Huy, no, no… Ya le dije que no puedo perder días de trabajo así como así.

—Esta vez solo vamos a Roma.

—Esto es más tentador porque se puede hacer en un fin de semana.

—El Papa nos necesita.

—No, al Vaticano no voy.

—¿Qué?

—Eso era insoportable, estaba llenísimo de gente. Incluso teniendo las entradas compradas había que hacer cola. Y luego no podías ni caminar. Muy desagradable. Si vuelvo a Roma, el Vaticano me lo salto.

—¿De qué habla?

—Del Vaticano. Y de la cantidad de gente que va.

—Pero que no vamos a hacer turismo.

—Ya, claro, los turistas siempre son los otros. Nosotros viajamos de verdad, ¿no? Pero luego vamos todos con la misma Lonely Planet a los mismos sitios. Hay que asumirlo: somos turistas y a mucha honra.

—¿Quiere dejar de decir tonterías? No haríamos ninguna cola, tenemos que destapar una trama terrorista que quiere destruir la civilización occidental.

—Eso suena peligroso.

—Soy un agente de la CIA, claro que es peligroso.

—Ya le dije que yo soy más de desayunar tranquilo, leer un poco… Mire, luego me voy de compras. Necesito otra chaqueta, no sé si azul o gris. Tengo una gris, pero está ya vieja y el gris se puede llevar con todo.

—Me dijeron que los grandes héroes siempre son renuentes a aceptar su destino, pero esto es demasiado.

—Si paga la CIA, yo voy a Roma encantado. Pero mientras usted salva el mundo, yo me tomo unos vinitos. Cuando usted termine con eso de los terroristas, le llevo a un par de sitios que recuerdo de la otra vez. Ya verá, ya. Un embutido buenísimo. Eso sí, el domingo por la noche tengo que estar de vuelta. No muy tarde, que me levanto antes de las siete.

—Jaime, sé que estas cosas asustan, pero tiene que comportarse como un hombre y…

—¿Quiere un café o algo? Aquí lo hacen muy rico.

—Pero… El mundo le necesita…

—Es que no es lo mío.

 

***

 

—Sé que no esperaba volver a verme.

—Hombre, agente Smith. Esta vez sí le invito a un café.

—No hay tiempo…

—Le falta una pierna. Y un ojo.

—Sí, bueno, Roma fue más difícil de lo que pensábamos.

—Menos mal que no fui, con lo torpe que soy.

—En realidad nos habría venido bien su ayuda.

—Qué va, si yo me asusto por nada. Durante la campaña de la Renta tengo que dormir con la luz encendida. Y eso que me sale a devolver.

—Murieron otros tres agentes.

—Vaya.

—Incluida Mary-Ann Rebecca Lou Louise.

—¿La conozco?

—Mi idea era que fuera su interés romántico.

—¿Todos los agentes son así de alcahuetos?

—Habrían hecho buena pareja. Y para la película habría venido fenomenal. Esas cosas gustan.

—Me sabe mal por la pobre. Pero gracias por salvar el mundo. ¿Quiere un café? Nunca toma café. ¿No le gusta? ¿Prefiere una infusión o un zumo?

—Necesitamos su ayuda una vez más.

—¿Cómo que una vez más? Si nunca le he ayudado.

—Hay que cerrar la trilogía, Jaime.

—Ni siquiera estaba en las otras dos, esto es absurdo y usted lo sabe. Se ha empeñado en una tontería y no hay quien le saque esa idea ridícula de la cabeza.

—Tiene que acompañarme a Moscú.

—Ya sabe que el lunes tengo que ir a la oficina.

—Será rápido. Un trabajo de una sola noche. Entrar y salir.

—¿Y qué hay que hacer?

—Tiene que infiltrarse en un grupo de nostálgicos del comunismo que planean un golpe de estado.

—No sé ruso.

—No hace falta saber ruso. Solo hay que hablar en inglés con acento ruso.

—Creo que no va así.

—¿Aquí quién es el agente de la CIA que luego vende los derechos de sus operaciones a Netflix?

—No sé, me parece muy peligroso. Además, ¿seguro que los comunistas son peores que Putin?

—Jaime, discutamos los detalles en el avión.

—No le creo.

—Le aseguro que los comunistas son un peligro inminente.

—No, eso sí. Lo que no me creo es que pueda infiltrarme en un grupo comunista en una sola tarde. Me está mintiendo para que vaya.

—¡Hay que cerrar la trilogía! ¡Y vengar la muerte de Mary-Ann Rebecca Lou Louise!

—No la conocía, le digo. Que me sabe muy mal, claro, pero no tanto como para vengar su muerte.

—¡Habrían hecho muy buena pareja! ¡A ella también le gustaba el montañismo!

—¿El montañismo? No he estado cerca de una montaña en mi vida.

—¿Qué?

—Cuando veo una calle con cuesta cojo un taxi.

—Pero… Su ficha dice que usted un alpinista experimentadísimo y que ha subido tres ochomiles y un nuevemil que se fabricó usted mismo añadiendo cajas al Everest.

—¿Qué es un ochomil?

—Un momento, ¿usted no habla siete idiomas, domina cuatro artes marciales, fue gran maestro de ajedrez y dejó la Interpol porque su jefe no aprobaba sus métodos?

—No. Pero tengo un juego de ajedrez en el móvil.

—¡Tenemos su ficha mal! ¡Qué desastre! Deje que consulte… Tengo los papeles en el bolsillo… Aquí están: Jaime Rubio Martínez, doctor en Física, licenciado en Historia del Arte, profesor en Oxford durante varios años…

—No, no. Yo soy Jaime Rubio Hancock.

—¿En serio?

—Sí, sí. Si quiere, le enseño el DNI.

—Ahora me cuadra más. No entendía cómo nos podía ayudar, con ese cuerpo tan fofo.

—¡Eh!

—Pero las apariencias engañan y por eso no me paré a comprobarlo. Me he liado con esto de los dos apellidos que tienen en España. No miré el segundo y, claro, me equivoqué de persona.

—A mí también me extrañaba, no crea.

—Normal, lo entiendo.

—Me sabe mal que haya muerto gente.

—No pasa nada, es habitual. Además, es culpa mía. Menudo despiste. Lo que se van a reír de mí en Langley.

—¿Entonces no voy a Rusia? Me tenía medio convencido.

—No, no. Sería una locura, le matarían enseguida. Menos mal que dijo que no las otras dos veces. No sabe usar un arma, ¿verdad?

—¿Se apunta y luego se dispara?

—Ah, pues sí que sabe. Pero, vamos, que habría muerto seguro. En fin, me voy a ir yendo, a ver si encuentro al tal Rubio Martínez.

—¿No quiere un café? Le aseguro que aquí está bueno.

—Mire, ¿sabe qué? Me voy a tomar un café. Y una porra.

—Claro que sí. Que esperen los rusos.

—Eso. Que hoy es sábado.

—El parche le queda estupendo, por cierto.

—Gracias, hombre.

Ante la inminente crisis ecónomica

Foto: Didier Weemaels (Unsplash)

Como todo lector informado sabe, se avecina una nueva crisis económica. Ya lo detalla el Doctor Adenauer en su Introducción a la Economía: “las crisis económicas se producen tras dos trimestres con cuatro lunas llenas y dos pases de Pretty Woman en la tele”. Para evitarlas, hay que “bajar sueldos, sacrificar tres cabras, despedir a un número primo de personas, volver a bajar sueldos, llorar agarrado a la almohada y echarle la culpa a Martínez, que siempre se deja las cosas a medio hacer”. Pero esto ya lo expliqué en mi podcast de economía, Me debes seis mil pesetas (¡todos los jueves!).

Puede que algún lector menos informado se pregunte cómo es posible que vayamos a entrar en otra crisis si aún no se ha terminado la que comenzó en 1994. La respuesta es evidente. El otro día charlé en mi podcast de entrevistas (Face Off, ¡todos los lunes!) con Amancio Ortega, que me justo explicó esto mismo: “Sí, claro que soy Amancio Ortega, no soy Jaime poniendo una voz rara”. 

Y bien, ¿qué caracterizará a la próxima (o actual, ya me he liado) crisis económica? Lo primero que notaremos es que el PIB bajará a niveles de los años 50 y 60, por lo que no podremos pagar una España en color y todo volverá a ser en blanco y negro. Luego volveremos a dar un montón de dinero a los bancos, siguiendo el siguiente esquema:

—Aquí tenéis un montón de dinero para que podáis prestárselo a ciudadanos y empresarios.

—Gracias.

—¿Cuándo vais a empezar a prestar el dinero?

—¿Qué dinero?

—¿Eh?

—¿Qué? 

—¿Cómo?

—¿Qué pasa?

—Pero…

—¿Pero qué?

—Un momento.

—Me debes seis mil euros en comisiones.

—¿Qué?

—Venga, rapidito.

Fun fact: el presidente del BBVA no sabe leer. Otro fun fact: el presidente de Bankia se hizo a sí mismo y sobraron piezas. Uno más: la presidenta del Santander sabe leer, pero solo en checo. ¡Hay que traducirle todos los documentos! ¡Iba a añadir un cuarto fun fact, pero la policía está aporreando la puerta!

(Seis meses de cárcel y torturas más tarde, detallados en mi podcast de cinco capítulos Regreso a Can Brians).

¿Qué medidas debería estar tomando el Gobierno para atenuar los efectos por otro lado inevitables de la crisis? Ya lo conté en mi podcast de política (Tercera República, ¡nuevo episodio todos los domingos!): hay que pensar a largo plazo. Lo que debería hacer un Gobierno inteligente es ponerse un bigote postizo y pillar el primer vuelo a Laos, dejando a unos maniquíes a cargo para volver cuando la cosa se calme. Puede parecer una irresponsabilidad, pero es algo que ya pasó en España en los periodos 1993-1995, 2002-2010 y 2014-2016.

Otra propuesta para evitar la crisis sería cambiarle el nombre, como saben todos los que siguen mi podcast sobre semiótica, Pero qué quieres decir (¡en breve arranca la cuarta temporada!). Si a la crisis la llamamos Joaquín, ya no habrá crisis, habrá Joaquín. Nada que ver. 

—¡El Gobierno no ha hecho nada para evitar a Joaquín!

—¡Pero al menos no hay crisis!

Sé que era la misma propuesta para evitar la independencia de Cataluña: llamarla Joaquín. Pero es que funcionaría. Así los españoles dirán: “Me da igual que se independice Joaquín, que haga lo que le dé la gana”. Y los catalanes: “¿Joaquín? No sé qué es eso, pero no voy a hacer algo ilegal por Joaquín, hasta aquí hemos llegado”.

Lo mismo con el Brexit. A lo mejor hay gente a favor del Brexit, PERO A NADIE LE CAE BIEN JOAQUÍN.

El Gobierno no es el único que tiene responsabilidad a la hora de evitar las crisis. También las empresas y los consumidores, como ya saben los fans de mi podcast sobre emprendimiento, Hablo así porque me di un golpe en la cabeza (¡ya está en Spotify!).

Lo primero que deben hacer las empresas, evidentemente, es bajar los sueldos para poder contratar a más gente. ¿Qué prefieres, no tener trabajo, o tener trabajo y cobrar algo menos? Ejemplo: en vez de pagar 1.800 euros a una persona, pagas 900 a dos. El objetivo final es pagar 0 euros por empleado y así cada empresa podrá contratar a infinitas personas, solucionando de una vez por todas el problema del paro. Es lo que se llama “uberización”.

Al final, el problema del paro no es que haya poco trabajo, sino que hay demasiadas personas y el asesinato es ilegal.

Nosotros, los ciudadanos de a patinete, también podemos mitigar, al menos en parte, los efectos de la crisis. Me centraré en el truco de ahorro más efectivo: ser millonario. Hay muchas formas de ser millonario. La más fácil es tener padres millonarios. Si tus padres no son millonarios, cámbialos por otros. Si los compraste en El Corte Inglés, hay como cuarenta años de garantía.

Otra forma de ser millonario consiste en tener mucho dinero. El dinero se puede comprar. Ve al banco y pregunta cuánto cuestan dos millones de euros. Negocia bien.

Trucos: si los pides en monedas, te rebajarán el precio porque todo el mundo quiere librarse de los centimillos. No pagues más de 700 euros en total. Insiste en que el dinero se basa en un sistema fiduciario y que, en el fondo, no es más que níquel y papel gordo, por lo que estás comprando CHATARRA, sobre todo en caso de que la economía se vaya a pique y tengamos que recurrir, una vez más, al trueque y a la venta de órganos.

Otra buena idea es vender órganos. Los de las iglesias y catedrales góticas de los siglos XIV-XVI están especialmente buscados y valorados. Si la policía te pilla, échale la culpa a Joaquín. A mí me ha funcionado en al menos tres ocasiones.

Prefiero ir con tiempo al aeropuerto

Foto: Suganth (Unsplash)

Me gusta ir con tiempo al aeropuerto. Prefiero llegar sin agobios y no tener que preocuparme por si pierdo el vuelo. Vale, los aeropuertos son aburridos y el zumo de naranja es carísimo, pero al menos estoy tranquilo. Me llevo mi libro y, hala, a leer.

A principios de la década de 1910 me instalé en un solar situado a las afueras de Barcelona, cerca del Prat. Acampé durante varios meses hasta que llegaron unos señores con unos planos y se pudieron a edificar lo que en 1916 sería el aeropuerto, que se inauguró con un vuelo Barcelona (salida desde el aeropuerto del Prat) – El Masnou (llegada al aeropuerto del Prat).

Recuerdo cómo despegaban los primeros aviones, que eran globos aerostáticos con alas o, a veces, palomas muy grandes, y cómo me pasaba horas esperando que anunciaran mi vuelo. También seguía la prensa económica, pendiente de que en 1927 se fundara Iberia, la compañía con la que había reservado billete.

Gracias a los años que pasé en el aeropuerto, aprendí muchas cosas. Por ejemplo, el zumo de naranja es tan caro porque no son naranjas: son las cabezas exprimidas de monos en peligro de extinción. Los croissants, en cambio, se fabrican con las migas que caen de los croissants de cafeterías de toda España, enganchadas con celo.

En el aeropuerto conocí a la que sería mi primera esposa, una fregona que me abandonó después de que la besara y la llamara “cari”. Cobró vida y le crecieron unos brazos que aprovechó para huir reptando mientras yo le gritaba: “¡Puedo cambiar! ¡En serio, no tengo ninguna personalidad!”.

También viví la Guerra Civil en el aeropuerto. En mi opinión, un factor que contribuyó a la derrota republicana fue que todos los zeppelines salían con retraso y los milicianos además tenían que facturar las armas: no podían llevarlas en cabina sin pagar un suplemento de diez reales.

El boom del turismo también fue interesante. De repente, el aeropuerto se llenó de gente que venía de países exóticos, como Murcia, y que hablaba idiomas extraños, como el español con acento de Madrid. Aún recuerdo lo que le costó a la comitiva de bienvenida entenderse con el turista un millón.

-BIENVENIDO. A. ESPAÑA.

-Pero no me grite.

-WELCOME. TO. GUAIÓ MINÍ.

-Que soy de Cuenca. Vengo para el Mobile World Congress.

-Aún no ha empezado. Faltan como cincuenta años.

-Ya, pero me gusta ir con tiempo, así voy pillando sitio.

Nos abrazamos.

Bueno, le abracé mientras forcejeaba.

Acabé invitando a mon semblable, mon frère, a un zumo de naranja y un croissant.

-¿Qué es un móvil, por cierto?

-Ni idea, aún no se han inventado. Espero que sea una tecnología que facilite la posibilidad de insultar a extraños. Hoy en día es dificilísimo insultar a gente que no conoces.

-Y eso que son todos unos hijos de puta.

-Efectivamente.

Admito que a lo largo de los años me aburrí mucho. Al final, ya me conocía todas las tiendas y todas las cafeterías. Por culpa de este aburrimiento me obsesioné con temas que, con la distancia, admito que eran ridículos. Por ejemplo, en 1991 me acabé el libro que llevaba (Teo va en avión) y pasé por una de las librerías. Me enfadé muchísimo cuando vi el truco barato que usaban las editoriales para vender.

-Oiga, aquí pone que es de bolsillo, pero no me cabe en el bolsillo.

-Bueno, es una forma de hablar. Se refiere a que…

-Que no cabe, le digo.

-¿Quizás en el bolsillo de la maleta?

-Eso es trampa.

-A ver, que es Los pilares de la Tierra, ¿cómo quiere que quepa en un bolsillo?

-NO SOY YO QUIEN HA PUESTO “DE BOLSILLO” EN LA PORTADA, SEÑORITA.

-Me llamo Antonio.

-NO LE HE PREGUNTADO SU NOMBRE, SEÑORITA.

Me hice con un megáfono e inicié una serie de protestas que terminaron cuando un empleado me dio de tortas con una fregona.

Fue muy doloroso.

Se parecía tanto a mi primera esposa.

Al final me compré un abrigo muy grande para llevar los libros.

A pesar de estas escenas de violencia, me hice amigo de muchos de los trabajadores del aeropuerto. Recuerdo esas largas conversaciones con Álvaro, de información.

-¿Qué tal va todo?

-Tengo cáncer. 

-Así me gusta, Álvaro de información, que me mantengas informado. JAJAJAJA…

-Me han dado seis meses de vida.

-Eso, dame más datos. Infórmame, que es tu trabajo. JAJAJAJA… Ahora en serio, qué tal todo.

-Me duele mucho.

-Qué tío, siempre pensando en el trabajo.

Total, que finalmente anunciaron mi vuelo, con salida el 17 de julio de 2019 y con destino a Castelldefels. Y, en fin… A ver cómo lo cuento… Ahora me río, pero en ese momento no me hizo ni puñetera gracia. Mejor juzgáis vosotros. 

Llego a la puerta y resulta que EL VUELO SE HABÍA RETRASADO MEDIA HORA.

Menudo cabreo pillé. ¡Podría haber dormido media hora más!

Jajaja… ¿Lo pilláis? Llevo ahí desde 1910 y digo que podría haber dormido media hora más… Jajaja… PUES NO TIENE GRACIA, JODER. NO ES UN CHISTE. SIEMPRE IGUAL CON LOS RETRASOS, SON TODOS UNA PANDA DE INÚTILES. SI ME RETRASO YO, EL AVIÓN NO ME ESPERA. TENDRÍA QUE HABERME IDO SIN ELLOS. DANDO SALTOS, PORQUE NO PUEDO VOLAR. SI LOS TUVIERA DELANTE AHORA MISMO LES DABA DE PATADAS HASTA QUE SE ME ROMPIERAN TODOS LOS HUESOS DE LAS PIERNAS.

Aunque al final dormí en el avión y ya se me pasó el mosqueo.

Pero, vamos, que prefiero ir con tiempo al aeropuerto. Ahora estoy esperando el vuelo de vuelta, que sale el 7 de juliembre de 2051. Juliembre es un mes que se inventará en 2022 para reflejar EL FIN DE TODAS LAS ESTACIONES Y EL INICIO DE LA OLA DE CALOR ETERNA.

Que se ha muerto

Nationaal Archief (Flickr Commons)

—Bueno, ¿qué? ¿Pedimos otra copa?

—Yo ya no puedo más. ¿La cuenta?

—¿Ya? Pero si lo mejor de estas comidas es la sobremesa.

—Llevamos dos horas de sobremesa. Quedaos vosotros, si queréis, pero yo voy a ir tirando ya.

—A ver qué dice este. Tú. Eh. ¿Pedimos otra?

—¿Qué le pasa?

—¿Se ha dormido?

—A ver…

—Tiene los ojos abiertos.

—Joder, que se ha muerto.

—¿Pero cuándo se ha muerto?

—Ni idea, pero la copa ni la ha tocado.

—Ni el café.

—Con razón estaba tan callado.

—Pues al final no vamos a pedir otra.

—Venga, si ya ha estado bien. Yo voy bastante borracho.

—Tú eres un blando. Ahora tendríamos que ir al Dry Martini.

—Eso, con los jubilados.

—Y ya empalmamos con la cena.

—Que no tenemos edad. ¿No ves que este se ha muerto?

—Claro, tú eres un blandengue, pero este es una niña de seis años.

—¿Y qué hacemos? ¿Avisamos a su mujer?

—No, no. Yo ahí no me meto. La bronca le va a caer igual. Por lo menos que no nos salpique.

—Habrá que meterlo en un taxi, al menos.

—Ya podría haberse muerto en su puta casa. ¿Vamos pidiendo la cuenta?

—¿Nos cobra, por favor?

—¿Recuerdas su dirección?

—Mírale el DNI.

—Voy. De paso, saco su parte. ¿A cuánto sale la broma?

—A ver, espera, que saco el móvil… 70 euros por cabeza. Contando la propina.

—Suerte que tiene efectivo.

—¿Le queda para el taxi?

—Sí, sí.

—Menos mal, porque no me apetecía tener que acompañarlo hasta casa. Es tardísimo.

—¿Qué va a ser tarde, si es la hora de merendar?

—Pues eso.

—No tiene sentido volver a casa, tendríamos que seguir.

—Adonde tengo que ir es a la oficina.

—¿Os hacen trabajar los jueves por la tarde?

—Vete a la mierda.

—Anda, ayúdame a sacarlo de aquí.

—Cómo pesa, el desgraciado.

—Si llego a saber que se va a morir, intento convencerle para que no se pida el chuletón.

—Por ahí no.

—Sí, por ahí sí, que no quiero tener que rodear esa mesa.

—Pero es que por ahí hay escaleras.

—Son tres escalones, deja de quejarte.

—Deja de quejarte tú.

—Eres tú el que se queja.

—Venga, calla ya.

—Menos mal que por esta calle pasan bastantes taxis.

—Voy a ir pidiendo uno con la app.

—¿Puedes sacar el móvil?

—Sí, sí.

—Cuidado que se nos cae.

—Ya está… Espera, habrá que salir, que no tengo cobertura.

—A ver si te compras un móvil decente, joder.

—No es el móvil, es la compañía.

—¿Y con qué compañía estás, con Correos? ¿Con Pony Express?

—Calla un rato, anda.

—Mira, ahí viene uno.

—Pero ya he pedido otro.

—Pues este para él y el otro para nosotros.

—Cuidado, que se cae.

—Tendré que parar el taxi, ¿no?

—¿Lo tienes que parar con las dos manos?

—Y con la polla, si hace falta.

—Qué ganas tengo de llegar a la oficina y perderte de vista.

—Si no puedes vivir sin mí.

—A ver, ayúdame a meterlo… Buenas tardes…

—Cuidado.

—A ver, ¿lo dejas tú o lo dejo yo?

—Madre mía, pareces un niño pequeño. Necesitas una siesta.

—Ya está.

—¿Tienes su dirección?

—Sí, llévelo a Sócrates 11, es el segundo piso.

—¿Tiene el DNI actualizado?

—Sí, sí. Lo que no recordaba era el piso, pero sí la calle. Se ha muerto. Pique al timbre y ya bajará alguien a buscarlo.

—¿No tiene portero? Igual puede avisar al portero.

—Sí, tiene portero porque vive en 1965. ¿Cómo va a tener portero?

—Yo tengo portero.

—Bueno, es que tú vives en 1965.

—Ahora ya te estás poniendo faltón.

—Hasta luego, gracias.

—Necesitas una siesta.

—Mira, ya viene el otro taxi. Dos minutos, me dice la app.

—¿Nos vamos al Born y nos tomamos otra?

—Ni hablar.

—¿Pero qué vas a hacer el resto de la tarde?

—Descansar de ti. Madre mía, no callas.

—Te propongo lo siguiente: copa en el Juanra Falces y luego…

—Está cerrado.

—No jodas. Pues copa donde sea y luego cenamos por ahí. O no cenamos. Yo he comido para tres días.

—Que no puedo, que tengo que pasar un rato por la oficina.

—Sí, apestando a vinazo y a cadáver.

—No huelo a cadáver.

—A saber si se murió ya durante el segundo… ¿Tenía carne en la boca? Igual se atragantó. Este tío es muy bruto. Era muy bruto. Joder, aún no me hago a la idea.

—¿Que si tenía carne? ¿Querías que le abriera la boca y mirara dentro?

—A lo mejor tendríamos que haberlo hecho.

—Que le haga la autopsia un médico, no nosotros.

—Es más que nada por si pregunta alguien.

—Pues si alguien pregunta, le decimos que no somos médicos. Mira, ese es el mío. ¿Te vienes?

—Solo si vamos al Born.

—Ahora en serio, tío, no puedo. Me iré a casa y trabajaré desde ahí.

—No me jodas, hombre. Es como si nuestro amigo hubiera muerto por nada. Otro sacrificio en balde.

—Tengo un marronazo entre manos… No tendría ni que haber venido a comer. Y no es solo por hoy: si sigo esta tarde, mañana no podré ni levantarme de la cama.

—Joder, qué aguafiestas.

—¿Subes?

—No, mira, yo me tomaré una en el Dry Martini. Aunque sea solo.

—¿Pero qué te ha dado con ese sitio? La media de edad es de 118 años.

—A mí me gusta. Y nos hacemos viejos. Ya has visto que vamos cayendo uno a uno, como moscas.

—No exageres. Me piro.

—Venga, ¿le decimos al taxista que para tu casa, pero paramos en ese bar nuevo y nos tomamos la última?

—Joder, qué pesado.

—¿Sí?

—Venga, sube. Pero solo una.

—Menos mal. Me veía volviendo a la oficina. Casi mejor morirme también.

—Solo una.

—Que sí, joder.

La terracita

Powerhouse Museum (Flickr Commons)

Tras la llamada de unos vecinos, mi compañero de patrulla y yo mismo nos personamos en el lugar de los hechos, el bar llamado Tolo, a las 19:58 horas. Nada más acercarnos a la zona de la disputa oímos gritos y amenazas, sin que pudiéramos especificar en ese momento quién las profería, a quién iban dirigidas y si la madre de la persona interpelada estaba presente o no para defenderse de tales injurias.

En la terraza del antes mencionado bar discutían acaloradamente dos hombres varones de sexo masculino. Tal y como pudimos averiguar en cuanto los separamos y calmamos, uno de ellos era el dueño del local, Arturo Sánchez, mientras que el otro era un vecino llamado Álvaro Gutiérrez, al parecer afectado por las molestias ocasionadas por el funcionamiento de dicho establecimiento.

Procedimos a hablar primero con el vecino. Queríamos así contribuir a que se tranquilizara, al ser quien se mostraba más alterado de los dos. En estos casos es importante que la otra persona se sienta escuchada, tal y como leí en el blog de una psicóloga a la que sigo mucho y que me recomendó mi señora. Parece que no, pero estas cosas ayudan. Cabe decir que se trata solo de una técnica psicológica y que en todo momento mantuvimos la neutralidad que se espera de nuestro trabajo.

El vecino nos contó que vivía justo encima del bar, en el primer piso del mismo edificio. Llegando ese día a su vivienda en torno a las 19:00 horas oyó un ruido en su balcón, que da a la terraza del establecimiento. Creyendo que se trataba de la habitual algarabía festiva del bar llamado Tolo, se asomó para quejarse, como reconoce que hacía habitualmente, pero su sorpresa fue que se halló, en su propio balcón, con cuatro clientes del bar, sentados en dos mesas metálicas, bebiendo Mahou y picando unas aceitunitas y unos frutos secos, cortesía de la casa.

Ante la sorpresa y la ira de Gutiérrez, los clientes le explicaron que uno de los camareros les había dicho que la terraza estaba completa, pero que quedaba sitio en “la terraza superior”, a la que se accedía a través de una escalera apoyada contra la barandilla del balcón de Gutiérrez.

El vecino intentó echarles a gritos. Admitió haber proferido palabras subidas de tono e incluso haber arrojado un cuenco, cree recordar que de aceitunas, por el balcón. Fue entonces cuando el dueño del bar llamado Tolo intervino, saliendo del local y pidiendo a Gutiérrez desde la calle que dejara en paz a sus clientes. El vecino bajó y el intercambio de pareceres fue subiendo de tono, llegando al punto de que los clientes de la terraza superior prefirieron irse (motivo por el que no pudimos hablar con ellos cuando llegamos al lugar de los hechos). 

El dueño del local nos mostró los permisos para ampliar su terraza hacia el balcón del vecino inmediatamente superior a su local. Estos permisos estaban vigentes y en orden. Además de eso y según el hostelero, el vecino no usa nunca el balcón, excepto para apilar unas cajas y una bicicleta oxidada “que ni siquiera deberían estar ahí”, y por eso en el ayuntamiento le concedieron el permiso en solo una semana. 

También nos contó que se trata de uno de los vecinos “conflictivos” de la plaza: “Uno de esos que cuelga pancartas contra el ruido, pero luego el que hace ruido y molesta a mis clientes es él, no se si se han fijado en cómo gritaba”. 

No solo los papeles estaban en regla, sino que comprobamos que la terraza cumplía las condiciones para proceder a su crecimiento vertical, al no quedar sitio ninguno en la acera en el que colocar ninguna otra silla. Informado al respecto, el vecino se quejó y, visiblemente alterado, preguntó por qué tenía que meter él a gente en su casa, mostrando su sorpresa cuando se le recordaron sus obligaciones para con el mantenimiento del turismo y del crecimiento económico. Se le preguntó por la última vez que había salido al balcón y contestó con vaguedades, admitiendo así, al menos en parte, que esa zona de su casa estaba completamente desaprovechada, sobre todo si se comparaba con el servicio que podían dar dos mesas sirviendo cervezas y alguna que otra tapa siete días a la semana.

A pesar de que el dueño del local había aludido a un historial conflictivo por parte del vecino, decidimos limitarnos a amonestarlo verbalmente y pedirle que no importunara a los clientes del bar llamado Tolo, que tenían todo el derecho a disfrutar de su refrigerio sin que nadie les tirara las aceitunas a la calle. Le recordamos que en el caso de que le molestaran el ruido y el humo del tabaco de estos clientes, algo sin duda inevitable, siempre podía cerrar la ventana que daba al balcón.

El vecino no se lo tomó bien y amenazó con acciones legales. Conseguimos calmarle y hacerle ver que el local tenía todos los permisos en regla y que iba a ser perder el tiempo. Insistimos en que siempre era mejor una solución amistosa, a la que también se mostraba inclinado el señor Arturo Sánchez. En este sentido, le recordamos que el dueño del local ni siquiera le había exigido que pagara las consumiciones de los clientes que se habían marchado y a quienes había tenido que invitar. Añadimos que no queríamos tener que volver y reventarle la cabeza a hostias, a ver si así aprendía. Que no hay nada más agradable que una terracita en verano, hijo de puta, y que a ver dónde quería que el bar pusiera las mesas, ¿en lo alto de los coches o qué, pedazo de subnormal? A ver si dejamos que la gente se divierta en paz, amargado, que eres un amargado. Uno sale del trabajo, con el calorcito de la tarde, y qué mejor que tomarse una cervecita tan tranquilo en el bar sin tener que soportar los lamentos del clásico paliducho que se pasa todo el día en casa, quejándose de cualquier cosa, joder ya, aprende a divertirte o al menos deja en paz a los que sí saben hacerlo. Sal tú también de vez en cuando. Relájate, pedazo de cabrón. O al menos cierra la puta boca, que no hay nada peor que el ñiñiñi de un cenizo, que se le quitan a uno las ganas de vivir con tanta protestita de mierda. Procedí a darle las dos palmaditas suaves en la mejilla, técnica también recomendada en el blog de la psicóloga antes mencionada para demostrar dominación física y mental. Sonreí y dije: “Nos vamos entendiendo, ¿verdad?”, a lo que mi compañero, que no lee este blog por más veces que se lo recomiende, añadió un innecesario y diría que contraproducente: “Pues arreando, que es gerundio”.