Las elecciones son el martes, señor presidente

—¿Tengo algo importante en la agenda de la semana? Espero que no, voy muy retrasado con mis series.

—Pero, señor Trump, las elecciones…

—¿Qué elecciones?

—Las elecciones son el martes, señor presidente.

—¿Las mías?

—Sí, señor.

—¿No te habrás liado? Mira bien, a ver si son las del senado o algo así. Jaja, el senado, qué ridículo. ¿Qué somos? ¿Romanos? ¿Van con toga, los senadores?

—Lo siento, señor, pero las elecciones del martes son las presidenciales.

—¿Pero por qué nadie me avisa de esto?

—Bueno, ehm… Yo creo que se lo dijimos… Y, en fin, está en todos los periódicos.

—¡No deis nada por supuesto! ¡He estado enfermo! ¡Con covid! ¡No estaba para leer periódicos! En fin, supongo que aún se podrá hacer algo. ¿Qué dicen las encuestas?

—Pues Biden tiene algo de ventaja.

—¿Biden? ¡Biden no se puede presentar! ¡Ya fue presidente!

—Sí puede, señor. Fue vicepresidente.

—¡Pues que se presente a vicepresidente! ¿Qué quiere? ¿Serlo todo? Que se presente también a Papa de Roma, hostia ya.

—¿Eh?

—Esto es injustísimo, ¡nadie me avisó! Llama a Biden y pregúntale si le importa que lo dejemos para dentro de dos martes.

—No puede ser, señor presidente. La campaña ya está en marcha.

—Solo estoy hablando de un pequeño retraso. Tengo que pensar bien en mi programa. Estuve leyendo sobre una cosa llamada “marxismo-leninismo” y creo que podríamos adoptar algunas de estas ideas.

—¿Marxismo-leninismo? Pero, señor, eso es comunismo.

—No, hombre, no. Comunismo es subir un poco los impuestos. Aquí hablamos de nacionalizar empresas y que sean propiedad del Estado, es decir, del presidente.

—Creo que no va así la cosa.

—¿Sabes lo que es la plusvalía? Es lo que ganan otros empresarios por no hacer nada. Yo quiero algo de eso, también.

—Pero, señor…

—Estoy en la ruina… O implantamos el marxismo-leninismo y consigo algo de plusvalía, o tendré que vender mis hoteles. Volviendo al tema: llama a Biden y pregúntale lo de retrasar las elecciones. Es majete, no creo que le importe.

—Es que siempre son el primer martes de noviembre.

—Mira, no. No.

—¿No?

—Eso es algo que siempre he odiado.

—¿El qué, señor presidente?

—Lo de “siempre se ha hecho así”. Si en una de mis empresas me venía alguien diciendo eso, lo despedía. Hay que ser flexibles y estar atentos a las innovaciones que nos faciliten el trabajo. Por ejemplo, todo el mundo decía que era imposible que los ascensores funcionaran sin cables y llevaran cohetes. Era imposible, pero primero lo probamos porque si no lo pruebas, ¿cómo lo sabes? Además, solo murieron dos personas, nunca entendí por qué hizo falta llegar a juicio. Por cierto, lo he pensado y quiero que los senadores vayan con toga. Llama a Biden, anda.

—Yo le llamo, pero no va a querer.

—Mira, hoy estás insoportable. Ya lo llamo yo. A ver, creo que tengo su número guardado en el móvil. Sí, aquí… Me envió un meme hace poco: se me veía a mí cruzándome con el virus de la covid y el virus salía con mascarilla… Qué cabrón… ¡José! ¡Soy yo! ¡Donaldo! (Nos hablamos con nuestro nombre en español, es una broma nuestra). ¿Qué tal? Oye, ¿sabías lo de las elecciones? ¿Sí? A mí no me habían dicho nada. Te llamaba por si lo pudiéramos retrasar. Quince días. O una semana. Joder, tío. Pero es que no lo sabía. Claro que aceptaría si estuviera en tu lugar. Porque yo soy un caballero y no una rata traidora. No te estoy llamando rata traidora, solo estoy diciendo que yo no lo soy. Si te das por aludido es tu problema, Joe. No, no te pienso llamar José porque ahora estoy enfadado. Me da igual. Venga, hasta luego. Sí, mañana partidita de Carcassone. Dice que no.

—Lo siento, señor presidente. Quizás deberíamos seguir con la campaña.

—¿Seguir? ¿Cuál es mi eslogan?

—Mantengamos América grande.

—¿Todavía estamos con eso? ¿Cuánto hemos hecho crecer América estos cuatro años?

—¿Qué?

—¿Cuántos kilómetros cuadrados? ¿Fue con diques, ganando terreno al mar? ¿O finalmente compramos Groenlandia?

—Creo que el país mide más o menos lo mismo, señor.

—Entonces necesitamos algo nuevo. ¿Qué tal “Biden es un resentido y no me deja retrasar las elecciones”?

—Creo que no se entiende bien, presidente.

—”Blancos, negros, chinos: os quiero a todos”.

—¿Qué?

—¿No dicen que soy racista? Pues algo así, para convencerles de que no lo soy. Me da igual que seas chino o moro, yo estoy abierto a todas las razas. Tuve una novia de Dakota y Dakota es un nombre siux.

—Señor, no puede decir eso.

—¿Qué parte?

—Ninguna.

—Bueno, mira, déjame un rato y ya hablaremos en otro momento, que hoy me estás diciendo que no a todo.

—Lo siento, señor.

—Cuando yo digo algo, no quiero que me respondas que no se puede, sino que me digas cómo hacerlo.

—Perdón, señor.

—Y que lo hagas.

—Lo intento, señor.

—Vete.

—Sí, señor.

—Espera, antes de irte cepíllame el pelo.

—Voy, señor.

—Y suave, que siempre me das tirones.

—Iré con cuidado, señor.

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 7. Season finale

El hacker de la serie (San Diego Air and Space Museum)

S01E01. Los contables

(Aparecen letras sobreimpresas al estilo de Star Wars: Villamatías de Isaac es un pequeño pueblo de apenas diecisiete habitantes donde nunca pasa nada. Por eso, esta historia transcurre a 800 kilómetros de esa aldea RIDÍCULA, en MADRID, una ciudad DE VERDAD, donde algunos años NIEVA UN POCO. Aparece el bar Ma y Te, con su dirección y teléfono para reservas, porque así me cancelarán la deuda.

Corte a una oficina. Un equipo de cuarenta y siete contables trabaja en sus excel. La música tiene que mostrar una emoción en in crescendo mientras se les ve teclear frenéticamente. Durante la escena, que durará unos veinte minutos y que marcará el tono de la serie, habrá gente llevándose las manos a la cabeza, otros gritando y mostrando unos papeles, alguien lanzando una calculadora Texas Instruments contra la pared… La jefa, María Contáblez, va pasando por las mesas y solucionando dudas).

CONTABLE 1: Creo que ya está.

M. CONTÁBLEZ: ¿Cuadra?

CONTABLE 1: Sí, creo que cuadra.

M. CONTÁBLEZ: Esta bien. Volvámoslo a hacer todo desde el principio, a ver si nos sigue dando lo mismo.

(Se repiten una escena muy similar a la primera, pero de no más de diez minutos).

M. CONTÁBLEZ: ¿Y ahora qué pasa?

CONTABLE 1: Ahora no cuadra.

M. CONTÁBLEZ: Pues habrá que empezar otra vez.

CONTABLE 23: ¡No hace falta! Rodríguez ha olvidado que los activos que pasan más de diez minutos sin moverse cuentan como pasivo…

RODRÍGUEZ: Oye…

CONTABLE 23: Prueba ahora.

CONTABLE 1: ¡Cuadra!

RODRÍGUEZ: Podrías haberte llevado el mérito sin chivarte.

CONTABLE 23: No le caes bien a nadie.

VARIOS CONTABLES A LA VEZ: ¡Rodríguez, cállate! ¡Fuera, Rodríguez! ¿Qué clase de apellido es Rodríguez? ¡Nadie se llama así! ¡Se lo ha inventado!

M. CONTÁBLEZ: Bien, pues ya lo tenemos. Envíaselo al Banco de España.

 

S01E02. El enigma

SHERLOCK HOLMES: Creo que el cadáver de CONTABLE 1 está muerto.

GODZILLA: Elementalmente, apreciado caballero.

M. CONTÁBLEZ: ¿Qué es eso que le sale del bolsillo? Parece una nota.

SHERLOCK HOLMES: ¡No pienso tocar a un muerto!

GODZILLA: Ni yo, qué asco. Seguro que está lleno de gérmenes.

SHERLOCK HOLMES: Fun fact: el coronavirus vino de comer cadáveres. Hay que comer carne viva para evitar contagios.

GODZILLA: A ver si el forense nos ayuda. ¡Doctor! ¿Puede sacar esa nota que le sale del bolsillo al cadáver?

FORENSE: ¿Eso es una nota o es que te alegras de verme?

(Silencio incómodo. María Contáblez carraspea. El forense coge la nota con la boca, para no dejar huellas. La desdobla con el pene. Los cuatro la leen).

SHERLOCK HOLMES: Así que tenía una cita con Drácula en el club a las cinco.

MARÍA CONTÁBLEZ: Y justo a esa hora CONTABLE 1 seguía vivo.

SHERLOCK HOLMES: ¡Rápido, al Batmóvil!

 

S01E03. Hackerman

HACKER: (Tecleando muy rápido). Creo que puedo entrar, aunque necesitaré que el servidor mire a otro lado. Tengo que agujerear el firewall con php. A lo mejor puedo usar ms-dos. (Coge dos ratones a la vez, salen rayos). ¡El sistema está sobrecargado! (Tira dos dados de diez caras). ¡Bien! ¡Un crítico! ¡Ahora necesito que cojas una carta, la que quieras! Mírala bien y vuelve a dejarla en el mazo. Ahora barajo un poco y…. ¿Esta es tu carta?

M. CONTÁBLEZ: ¡Sí, esta es la carta que me envió mi padre desde la base petrolífera en la que trabajaba!

HACKER: Ya está. Lo logré. Me he bajado Watchmen con subtítulos. Y además ya puedes acceder con clave a la web de la Seguridad Social y a la de Hacienda.

M. CONTÁBLEZ: ¡Muchas gracias! ¿Cómo puedo pagártelo?

HACKER: Con dinero. Habíamos… Habíamos acordado ya una cantidad. En fin, creía que estaba claro.

M. CONTÁBLEZ: ¿Y no prefieres la caja sorpresa?

HACKER: Eso no es una caja, es una señora con muletas y la pierna enyesada.

M. CONTÁBLEZ: Ay, me he equivocado y he traído a la coja sorpresa.

COJA SORPRESA: ¿Me quiere soltar del brazo, por favor, que tengo que coger el autobús?

 

S01E04. El juicio

ABOGADA: Y por eso creo que el juicio contra la señora Contáblez debe desestimarse.

(Un detective privado entra corriendo y le entrega una nota a la fiscal. Sabemos que es un detective privado porque detrás de él va un tipo con un cartel en el que pone “detective privado” y una flecha señalándole).

FISCAL: Señoría, nos acaba de llegar información relevante para el juicio.

ABOGADA: Ya estamos con el juego sucio.

JUEZ: (Despertándose) ¿Qué? ¿Eh?

FISCAL: ¡La abogada no estudió en Harvard! ¡Ni siquiera es abogada! ¡Es un maniquí encima de una Roomba!

ABOGADA: ¡Protesto!

FISCAL: ¡Fíjese! ¡Está enredada con unos cables!

JUEZ: ¡El zasca se ha oído en Torrelodones!

ABOGADA: ¡Necesito su atención! ¡Me he enredado con unos cables! ¡Tengo el depósito lleno!

M. CONTÁBLEZ: ¡Me representaré a mí misma!

(Siguiente escena: María Contáblez sale del escenario y le entrega una guitarra eléctrica a uno de sus asistentes).

CONTABLE 23: Representarte a ti misma fue una muy buena idea. Has conseguido firmar para más de cien conciertos este verano.

M. CONTÁBLEZ: ¿Y el juicio?

CONTABLE 23: Eres culpable. Te han condenado a cadena perpetua.

M. CONTÁBLEZ: ¿La película o la condena?

CONTABLE 23: La condena.

M. CONTÁBLEZ: Mejor, he visto la peli muchas veces. Al menos tres.

 

S01E05. El banquero

SHERLOCK HOLMES: ¡Y usted era la única persona con acceso al dormitorio de la víctima!

IRON MAN: ¡No es cierto! ¡Rodríguez también tenía llaves!

RODRÍGUEZ: ¡Ya estamos chivándonos otra vez!

CONTABLE 23: Bueno, es que estamos investigando un asesinato.

GODZILLA: Joder, Rodríguez, habrá que saber qué pasó y sacar a Contáblez de la cárcel, que está cumpliendo cadena perpetua, la condena y no la peli, por un crimen que no cometió.

IRON MAN: Además, tú tenías un móvil.

SHERLOCK HOLMES: ¿Ah, sí? ¿Qué móvil?

RODRÍGUEZ: Es el Xiaomi nuevo.

SHERLOCK HOLMES: Es el que tiene mejor relación calidad precio del mercado.

GODZILLA: Queridamente, apreciado elemental.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: (Entra por la puerta. Va vestido con traje, lleva dieciocho tirantes y está firmando billetes de 50 euros). ¡Yo le maté!

SHERLOCK HOLMES: ¿Usted? ¿Quién es usted? Yo ya lo sé porque soy Sherlock Holmes, pero igual esta gente necesita algo de ayuda.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡Soy el banquero de España! ¡El dueño del Banco de España! ¡Me refiero a la entidad financiera y no al banco de sentarse que hay en Recoletos!

SHERLOCK HOLMES: ¿Y por qué mató a CONTABLE 1? También lo sé, claro, nada se le escapa a Sherlock Holmes, pero seguro que prefiere que no haga crimensplaining.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: Porque siempre entregaba tarde los estadillos y encima estaban llenos de errores.

CONTABLE 23: Él solo los firmaba, quien los preparaba era Rodríguez.

RODRÍGUEZ: Venga, hombre, ya está bien.

CONTABLE 23: Es verdad.

RODRÍGUEZ: Yo te cubro cuando la cagas.

CONTABLE 23: Es que tú la cagas todo el rato.

SHERLOCK HOLMES: Señor banquero, queda usted arrestado por el asesinato de CONTABLE 1.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡Jamás me alcanzaréis! (Huye caminando).

IRON MAN: ¡Pero vaya tras él, señor Holmes!

SHERLOCK HOLMES: Es inútil, ya me lleva varios metros de distancia. Cuatro y pico, para ser aproximados.

IRON MAN: ¡Camina muy lento! ¡Parece una tortuga! ¡Y usted tiene las piernas de un Aquiles!

SHERLOCK HOLMES: Ya, pero aun así tampoco podré capturarlo. Para cuando recorra esos cuatro metros, él habrá avanzado otros dos. Yo recorreré esos dos, pero él seguirá moviéndose y caminará un metro más. Para cuando cubra ese metro, él habrá avanzado otro medio metro… Y así hasta el infinito. Jamás llegaré a donde está.

GODZILLA: Mentalmente, querido abuelo.

IRON MAN: Maldita sea, es totalmente cierto e irrefutable.

BERTRAND RUSSELL: No tan deprisa. Traigo una solución a la paradoja.

SHERLOCK HOLMES: ¡El filósofo y matemático Bertrand Russell, autor de varios libros que no hará ninguna falta que mencione porque seguro que ya los conocen todos!

CONTABLE 23: Yo no los conozco.

SHERLOCK HOLMES: No interrumpas al caballero. ¿Puede resolver esta aporía y ayudarnos a capturar al banquero de España?

BERTRAND RUSSELL: Por supuesto, pero necesitaré una pizarra. Rodríguez, ¿me puedes ayudar a traer una?

RODRÍGUEZ: ¿Yo? ¿Por qué yo?

CONTABLE 23: Joder, es que siempre te estás quejando.

RODRÍGUEZ: ¿Pero por qué tengo que traerla yo?

CONTABLE 23: ¿Y por qué no? ¿Cuál es el puto problema?

RODRÍGUEZ: Está Iron Man ahí sentado. A él no le va a costar nada porque tiene un traje de hierro.

IRON MAN: Con razón le caes mal a todo el mundo. (Se levanta haciendo clonc-clonc).

 

S01E06. En prisión.

(María Contáblez está en una cárcel para contables de alta seguridad. Su compañera de celda, que cumple quince años de condena por haber amortizado una inversión anotando al margen “pues esto ya ha salido a cuenta”, le pasa una calculadora Texas Instruments).

M. CONTÁBLEZ: ¿Cómo la has conseguido?

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Eso no importa, pero acuérdate de mí cuando salgas de este agujero.

M.CONTÁBLEZ: (Teclea algo muy rápido). Esto demuestra que soy… soy inocente… El imbécil de Rodríguez restó cuando había que sumar.

(Se oye la voz de Rodríguez desde fuera de la cárcel: “Bueno, sin faltar, que todo el mundo se equivoca”).

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Me alegro mucho. ¿Te acordarás de mí cuando salg… ?

M. CONTÁBLEZ: Gracias a esta calculadora que he conseguido yo sola, he resuelto el crimen en esta celda solitaria.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Hola? ¿Me oyes?

M. CONTÁBLEZ: Se corta.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Qué?

M. CONTÁBLEZ: Creo que no tienes mucha cobertura.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Estoy al lado del módem. ¿Probamos con Meet? Meet me suele ir mejor que Zoom.

M. CONTÁBLEZ. Se corta… Cierro, se corta.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Hola? ¿Eh? ¿Hola? ¿Me oyes? ¿Hola?

(María Contáblez empieza a roncar).

 

S01E07. La batalla

(La ciudad está en ruinas: edificios demolidos, coches volcados, una grieta abierta en medio de la Gran Vía… Los cadáveres de los contables se amontonan en las aceras, como en los años 80. Godzilla está malherido, intentando coger una pistola, pero es muy pequeña para él y se le resbala todo el rato).

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡No podrás conmigo! ¡Todos los cajeros automáticos están a mis órdenes!

M. CONTÁBLEZ: Aún no ha nacido el hombre que pueda conmigo.

(Siguiente escena):

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡No he podido contigo!

M. CONTÁBLEZ: ¡Te lo dije!

(Un médico viene corriendo)

MÉDICO: Señora Contáblez, ¡acaba de nacer el hombre que puede con usted! ¡Se llama Joaquín!

M. CONTÁBLEZ: ¡Cielos! ¿Cuántos años tiene?

MÉDICO: De momento, pocos. No más de siete.

 

S01E08. Season finale

(Una puerta. Se oyen ruidos, como si un perro estuviera mordiendo un calcetín. María Contáblez abre la puerta. Tiene el rostro bañado en sangre y sostiene un brazo de bebé en la mano).

M. CONTÁBLEZ: Tenía que hacerlo.

(Se lleva la mano al estómago. Cae de rodillas).

M. CONTÁBLEZ: No… No puede ser… Soy alérgica a los bebés… La profecía era cierta…

(Cae al suelo. Aparece Rodríguez aplaudiendo sarcásticamente).

RODRÍGUEZ: Bien, bien, bien. La gran María Contáblez ha caído en su propia tram

(A media frase empiezan los títulos de crédito porque a nadie le cae bien Rodríguez).

 

—¿Qué lees ahí? —Me preguntó Maite, la dueña del bar Ma y Te—. ¿Es tu serie?

—Son solo algunas notas. Pero sí. Es mi serie. La mejor serie del mundo. Se la voy a vender a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por la calidad.

—¿Tiene nombre?

—Por supuesto. Se llama Rodríguez.

—¿Rodríguez?

—Sí. Solo con oírlo ya sabes de qué va. Y además es un juego de palabras.

—¿Qué? ¿Con qué?

—Ponme un café con leche en plato hondo, por favor.

*****

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

5. Cómo montar un open mic

6. Cómo delatar a un mafioso

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 6. Cómo delatar a un mafioso

Daniel Pérez (izquierda), Daniel Pérez (centro) y Daniel Pérez

Cuando regresé del trabajo, me encontré con dos hombres de traje sentados en mi sofá.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

—¿Señor Pérez?

—Sí, ese soy soy, Daniel Pérez.

—Siéntese, por favor. Somos el sargento Daniel Pérez y el capitán Daniel Pérez, de la Policía Nacional de Torrejón de Ardoz.

—¿Pero cómo han entrado en mi casa?

—Somos la policía, tenemos copia de todas las llaves de la ciudad.

—¿Y mi esposa? ¿Dónde está mi esposa, Daniela Pérez?

—No se preocupe, aún está en la oficina. Tenemos que hablar con usted a solas.

—¿Qué ocurre?

—Esto va a ser muy difícil de explicar y de entender, pero le pedimos por favor que sea paciente.

—Está bien.

—Usted no es Daniel Pérez.

—¿Cómo?

—Usted es Jaime Rubio.

—Pero, pero…

—Sí, sabemos lo que nos va a decir.

Se lo dije igualmente. Recordaba perfectamente toda mi vida: nací en Soria, hijo único de Daniel Pérez y Daniela Pérez. Durante mi infancia nos mudamos mucho, ya que mi padre trabajaba para una empresa de mudanzas y, como nunca recordaba el camino de vuelta, teníamos que ir nosotros a donde él estuviera. Estudié Biología Marina en Valencia. No sabía nadar, así que el Colegio de Biólogos Marinos me envió a Madrid, donde llevaba tres años trabajando como investigador en la playa del Manzanares. Allí conocí a Daniela Pérez, que dedicaba sus ratos libres a recorrer la ribera del río con un detector de metales sin pilas. Fue un amor a primera vista: ella se enamoró del socorrista y yo de una vendedora de helados. Pero como ninguno de los dos nos hacía caso, nos conformamos el uno con el otro.

—Lamento decirle que todo lo que usted recuerda hasta hace tres años son memorias implantadas —dijo Daniel Pérez—: sus padres, sus estudios de biología marina… Usted forma parte del programa de protección de testigos más avanzado de Europa.

—¿Los testigos de Jehová, a quienes protege el mismísimo Dios?

—No, los otros —dijo Daniel Pérez—, los de los juicios.

—Ya se imagina por qué acaban fallando estos programas —siguió Daniel Pérez—. Los testigos echan de menos a su madre o a sus amigos, les acaban llamando por teléfono, empiezan a cometer errores… Y aparecen muertos en un callejón.

—Este programa crea una nueva identidad. Usted no puede llamar a sus padres porque ni siquiera se acuerda de ellos.

—Y además sus padres le echaron de casa cuando cumplió 38 años.

—Eso también.

—Pero no puede ser… Ni siquiera reconozco ese nombre… ¿Jaime Rubio?

—La operación de reconfiguración fue un éxito. Pero ahora ya es seguro volver. Basta con tomarse esta pastillita.

—¿Por qué ahora?

—La persona a la que ayudó a meter en la cárcel, Daniel Pérez, murió la semana pasada. Intentó fugarse por el retrete de la prisión y quedó encallado justo en la frontera con Portugal.

—Pero esto es absurdo. No creo que yo sea capaz de mantener ninguna relación con criminales.

—Pues así es, señor Rubio.

—¡No me llame con ese nombre!

La historia que me contaron me sonó absurda. Al parecer, Daniel Pérez era el gran capo de la mafia del Corredor del Henares, compuesta por él, un perro muy fuerte aunque un poco viejo, el vigilante de un Mercadona y yo, Daniel Pérez, su fiel contable. Nos dedicábamos a todo tipo de negocios sucios: contrabando de bombillas para las luces navideñas, mercado negro de croquetas, compraventa de pases ilegales para piscinas comunitarias… Incluso habíamos estafado a la base militar de Torrejón de Ardoz, vendiéndoles alerones para que los cazas fueran más rápido.

—¿Y no funcionaban? —Pregunté a Daniel Pérez.

—Claro, eran alerones, cómo no iban a funcionar. Pero eran de baja calidad y se desprendían.

La policía nos descubrió organizando una timba ilegal de Catán en el almacén del bar Ma y Te. Mi jefe y el perro lograron huir, pero yo me despisté porque estaba a punto de conseguir mi quinta carretera consecutiva.

—Qué horror.

—Sí, usted era un delincuente.

—Lo que me horroriza es que supiera jugar a Catán.

El interrogatorio fue difícil: yo era un tipo duro y bregado en el hampa torrejonera. Conmigo no iban a poder.

—Aquí tiene su café, señor Rubio.

—Está asqueroso.

—Lo siento. Las máquinas de aquí no son muy buenas. ¿Prefiere un refresco?

—ESTÁ BIEN, CONFIESO, NO AGUANTO ESTA TORTURA.

—Su abogado está al llegar, ¿no será mejor que le espere?

—YO LO HICE TODO. TESTIFICARÉ ANTE EL JUEZ, IRÉ A SÁLVAME DE LUX Y ME SOMETERÉ AL POLÍGRAFO.

Y así fue como acabé en el programa de protección de testigos.

—Me está diciendo que no soy Daniel Pérez.

—No —contestó Daniel Pérez.

—Usted es Jaime Rubio —añadió Daniel Pérez.

—Pero todo lo que he hecho en estos tres años sí es real… Me he casado de verdad con Daniela Pérez.

—Sí, eso sí.

—He hecho amigos y tengo un trabajo que me gusta… Me van a ascender a asistente del director regional. Incluso me han dado mi propia calculadora, una Texas Instruments.

—Pero está usted viviendo una mentira. Y se dará cuenta con solo tomarse esta pastillita.

—¿Cómo va a ser una mentira? ¿Este hogar es una mentira? ¿Esta foto con mis suegros es una mentira? ¿Este gato es una mentira?

—Es un peluche.

—Pero es un peluche de verdad.

—Señor Rubio…

—¡No me llame por ese nombre! ¡Soy Daniel Pérez!

—Usted tiene otra vida. Una vida real. Esto, todo esto, solo era una forma de protegerse. Una pantomima, solo que usted no era consciente.

—¿Y qué tengo en esa otra vida?

—Bueno… Er… Creo que tiene una bici estática que hace las funciones de perchero.

—¿Tengo pareja?

—Huy, no, no, qué va.

—¿Y amigos? ¿Mis amigos me echan de menos?

—Bueno, Daniel Pérez, el capo de la mafia del Henares, lo pasó fatal porque le consideraba a usted su mejor amigo. Pero no sé si querrá retomar su relación, habiendo sido traicionado y estando muerto.

—También frecuenta a menudo el bar Ma y Te, donde ha dejado a deber 57 euros, por lo que nos dijo la dueña.

—¿Y mi familia?

—Se cambiaron todos el número de teléfono para evitar que les llamara.

—Es decir, soy más feliz aquí como Daniel Pérez.

—Pues ahora que lo dice…

—No me obliguen a regresar a esa vida horrible.

Los agentes se encogieron de hombros y se levantaron.

—Nos vamos, pues.

—Normalmente insistimos un poco más, pero en este caso es evidente que no merece la pena.

—Solo una cosa. No entiendo cómo acabé en esa vida de perdición y delincuencia.

—Oh, eso es muy gracioso. Cuéntaselo tú, Daniel.

—Pero si yo he preguntado.

—No, el otro Daniel, el que también es policía.

—Ah, sí, qué lío, perdón. Usted quería financiar su propia serie.

—¿Yo tenía mi propia serie? ¿Era todo un showrunner?

—Qué va, tenía cuatro libretas garabateadas.

—¿Y esas libretas siguen existiendo?

—Supongo que sí, estarán con sus cosas, en su piso.

—Pero esto lo cambia todo. Yo tenía mi propia serie.

—A ver, yo no diría tanto.

—Seguro que pensaba venderla a Netflix, que lo compra todo…

—Puede ser, pero…

—… O a HBO, que apuesta por productos de calidad.

—No nos volvamos locos.

—¡DEME LA PASTILLA! ¡QUIERO VOLVER A SER JAIME RUBIO!

—¿Qué dice?

—Piénselo bien.

—QUIERO DESARROLLAR MI PROPIA SERIE.

—Pero desarróllela siendo Daniel Pérez.

—NO QUIERO TIRAR POR LA BORDA TODOS ESOS AÑOS DE TRABAJO.

—¿Y su esposa?

—¡NO ES UNA MUJER DE VERDAD! ¡ES UN RECORTABLE DE CARTÓN!

—Aun así, es mejor que lo que tenía antes.

—¿Qué hay de sus amigos? ¿Y de su trabajo?

—LES DEBO DINERO Y NO SÉ NADAR, DEME LA PASTILLA.

—Tenga, tenga.

—Al fin… Sí… Ahora lo recuerdo todo… Me ha venido de repente… He perdido tres años… Pero puedo retomar mi trabajo donde lo dejé.

—¿Está llorando de alegría?

—Sí… Pero no solo por la serie. Resulta que no sé jugar a Catán. Les dije que sí porque quería parecer un tipo duro, pero estaba improvisando.

—Mire, acaba de llegar su mujer.

—Es verdad, era un recortable de cartón.

—Ya se lo decía yo. ¿No ven que es la consejera delegada del BBVA?

—Ah, claro.

—En fin, les dejamos, que tendrán mucho de lo que hablar.

—Yo me voy con ustedes. Adiós, Daniela. No volveremos a vernos.

—¿Pero por qué? ¿Quién es esta gente?

—Son Daniel Pérez y Daniel Pérez. Pero yo… Yo no soy Daniel Pérez. Yo soy Jaime Rubio.

—¿Qué?

—Y tengo que terminar una serie.

—Yo casi diría “empezar”.

—No te metas, Daniel.

—Yo no he dicho nada.

—Me refería al otro Daniel.

—Pero Daniel…

—No me llamo Daniel.

—Ahora no hablaba contigo, es que conozco a ese otro Daniel.

—Sí, fuimos juntos al cole.

—Bueno, yo me voy a ir yendo.

—¿Quién ha hablado?

—¿Qué?

—¿Cómo?

—¿Eh?

—¿Hola?

—Daniel, ¿estás ahí?

—Se corta.

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Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

5. Cómo montar un open mic

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 5. Cómo montar un open mic

Foto: Kane Reinholdtsen (Unsplash)

—Maite, rápido, ponle un bocadillo a este pobre huérfano.

—Le repito que mis padres murieron hace ya más de veinte años.

—Y EN TODO ESTE TIEMPO NADIE SE HA PREOCUPADO POR ÉL.

—Pero, oiga, que estoy jubilado y tengo nietos.

—Da igual, seguro que encuentra una familia que le quiera. ¡Maite, dónde está ese bocadillo!

—El señor se ha escapado.

—¡No! ¿Pero cómo va a quedarse ese pobre niño solo en el mundo?

—Creo que estará bien. ¿Qué te pongo?

—Un capuchino. Pero el monje, no el café.

Creo que me sirvió un café con leche. Maite no hace mucho caso de mis consejos para modernizar el local, especialmente desde que la convencí para montar un open mic de comedia que no salió del todo bien y que duró un solo jueves. Pero la culpa no fue mía. La culpa fue de los humoristas que se presentaron, que fueron un total de cero, por lo que tuve que convencer a los clientes habituales del bar para que probaran suerte en el mundo de la comedia. Ofrezco a continuación algunos de los fragmentos más desopilantes de sus intervenciones:

DAMIÁN

No pienso salir ahí a contar nada. Y no me cojas del brazo.

ÁNGELES

¿No podéis poner la tele un rato? ¿O música? O nada, ¿eh? Que en silencio también se está bien.

MATÍAS

Este sistema económico-político basado en el consumo y el crédito no aguanta más. No podemos sostener los crecimientos del 3 o el 4 por ciento anuales que exige el capitalismo solo para no desmoronarse. Tenemos que replantearnos qué sociedad queremos: una sociedad en la que unos pocos ganan cada vez más mientras otros van hundiéndose paulatinamente en la miseria, casi sin darse cuenta, o una sociedad en la que los de arriba tienen un poco menos, pero los de abajo no tienen que preocuparse por lo que pueda ocurrir el mes que viene.

(Matías es graciosísimo cuando quiere).

NATALIA E IBRAHIM

Dos zumos de melocotón, por favor.

(Normalmente no admitiríamos dúos cómicos, pero al ser el primer día hicimos una excepción).

JOHNNY EL MOCOSO (creo, no dijo su nombre)

Traigo una citación judicial para Jaime Rubio, me han dicho que estaría aquí.

DANI

Me han despedido. Por la crisis. Es una empresa pequeña y nos han echado a los dos que no somos familia. Y eso que el sobrino del dueño es tontísimo. Madre mía, no se puede ser más tonto. Pero ya se lo encontrarán, ya, que ese imbécil no se está más de dos días seguidos sin cagarla.

(A mí me pareció de los mejores, pero en cuanto se acabó la Coca-Cola se fue para casa a contarle todo esto a su mujer. Le dije que se la trajera, que así nos reímos todos, pero se enfadó mucho).

DAMIÁN

Que me sueltes el brazo.

JAIME RUBIO

Buenas noches. Me encanta estar aquí. ¿Os habéis fijado en que a veces pasan cosas? Podrían no pasar. Podrían no pasar, joder, puto. Es que si digo tacos es más gracioso.

MATÍAS

¿Os habéis fijado en que la policía es un cuerpo que tiende a ser represivo al tener el monopolio de la violencia en los estados de derecho y creer que eso es un privilegio y no una responsabilidad?

JAIME RUBIO (después de un largo silencio)

¿Os habéis fijado en que los jóvenes de hoy en día tienen menos años que las personas de más edad? Y dicen cosas como xdddddd.

¿Visteis Juego de Tronos? Está lleno de memes. Yo estoy haciendo una serie. Soy lo que se llama un showrunner. Mi idea es vendérsela a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por productos de calidad. ¡Eh! ¿Por qué os reís? ¡Esto no era un chiste!

Jaja… Hombres… Hay que matarlos a todos. Y también a las mujeres. Y a los niños. Y a la mayor parte de los escorpiones.

Venga, vamos a improvisar un poco. Dadme una profesión

(Matías: ¡Opresor del pueblo!

Ángeles: ¿Esto va a durar mucho más?)

Vale, inspector de hacienda… Ehem… A ver… Soy un inspector de hacienda. Inspecciono haciendas. Voy a contar caballos. En esta hacienda hay siete caballos. Decidme otra profesión más.

(Ángeles: Bueno, yo me voy.

Damián: Maite, ¿todo esto por qué)

Oigo camarero. Soy camarero, hago fotos con mi cámara. Jejeje… Camareros… Parecen turistas japoneses.

Ahora se ha puesto de moda el poké hawaiano. Solo tengo una pregunta: ¿po ké?

Crecí en los años 80. Fue la época de Espinete. ¿Os acordáis de Espinete? ¿Y de los cadáveres apilados por las calles? En los años 80 no se podía enterrar a la gente porque las palas no se inventaron hasta 1993 y había que apilar los cadáveres en las calles peatonales o en los parques. Jajaja, yo fui a EGB. Varias veces, porque repetí curso.

No uséis Google, os espía. ¿Sabéis quién espía también? Una vecina mía que va cada día a misa. Espía. Es pía. ¿Lo pilláis? Es pía. Espía. Es, espacio, pía. Como espía, pero separado. ¿Sabéis lo que significa “pía”, verdad? Mi vecina no es espía. Es pía. Mi vecina es pía. Es pía porque va a misa. No espía, es decir, no es espía, pero es pía, va a misa y es pía. Es decir, no es que trabaje en el CNI, es que es un poco beatilla. Es buena gente, eh, no vayáis con prejuicios por ahí. Su hijo es gay y siempre le ha apoyado en todo. Pero es pía. Muy católica. No está en la KGB, eso sería absurdo, es una señora mayor que trabajaba en una agencia de seguros, creo. Podría haber sido una tapadera, pero jamás la oí hablar ruso. Aunque es verdad, me estoy dejando llevar por mis prejuicios, justo lo que querría el KGB, y mi vecina podría ser espía y ser también pía. O puede que lo de ser pía solo sea una tapadera. ¿Y si el espionaje es en realidad la tapadera de la piedad? No sé, estoy pensando en voz alta.

Salí del hospital dos semanas más tarde. Maite me dejó volver al bar a condición de no volver a contar un chiste jamás y los demás clientes me aseguraron que no volverían a pegarme siempre y cuando respetara ese pacto. Yo no hago chistes, hago observaciones, pero bueno, entiendo que no todo el mundo sabe tanto de comedia como yo.

También informé al CNI sobre mi vecina, que resultó ser Natalia Yemenovna, teniente coronel del KGB, ya retirada. Al final no la arrestaron porque es mucho papeleo.

*****

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 4. Cómo dirigir un periódico

Imprenta de Sídney, 1936 (Biblioteca de Gales del Sur)

—Maite —le dije a Maite, la dueña del bar Ma y Te—, ¿cómo es que no traes al bar ningún ejemplar de La Gaceta de las Españas?

—Porque los horarios de la tele están todos mal.

—¿Cómo que mal? ¡Es el único diario que los pone bien!

Poca gente sabe esto —le conté a Maite, la dueña del bar Ma y Te, mientras se largaba a la otra punta de la barra y simulaba hablar por teléfono—, pero yo fui director del periódico La Gaceta de las Españas. Todo comenzó por una carta al director en la que me quejaba de que la programación de televisión estaba mal. Para decir, por ejemplo, las diez y media, se usaba la fórmula 10:30, lo que no tiene ningún sentido porque diez dividido entre treinta da cero coma tres periodo y a esa hora solo está la carta de ajuste. Las diez y media en números son las 10,5, es decir, las diez y media (media unidad de hora, se entiende).

Tras enviar esta carta, me llamó el director del diario y me dijo, cito textualmente, PUES SI ERES TAN LISTO, ¿POR QUÉ NO TE PONES TÚ A DIRIGIR EL PERIÓDICO, QUE SOIS MUY LISTOS TODOS Y LO ÚNICO QUE SABÉIS HACER ES QUEJAROS? Siguió gritando durante media hora. No le interrumpí, porque me llamaba “listo” y decía que “seguro que yo lo hago todo bien”, por lo que me sentía muy halagado. Pero de repente calló. Después me enteré de que se había arrojado por la ventana. Su despacho estaba en un sótano, así que en realidad saltó hacia arriba varias veces, dándose contra el techo, que era el suelo, hasta que perdió la conciencia y entró en punto. Lo vio uno de los correctores del periódico y le golpeó hasta que entró en coma, que era mucho más correcto. Pocas horas después cayó en punto y final.

Al día siguiente me llamó el albacea del director, ya que al parecer me nombraba entre sus herederos. Fui vestido de Batman, mi único traje negro, a la lectura del testamento. A su esposa le dejó su Seat 850 turbo. A sus hijos les dejó su biblioteca, que constaba de diecisiete Don Mikis y tres Supermortadelos. A mí me legó la dirección del periódico y además me dedicaba un breve mensaje de ánimo: “A ver cómo te sale, listo, que eres un listo”.

No es que yo quisiera dedicarme al periodismo. Estaba muy ocupado acabando de escribir los guiones de la serie que quería vender a Netflix, que lo compra todo, o quizás a HBO, que apuesta por productos de calidad. Pero pensé que quizás podría usar el cargo para promocionar la serie.

He de decir que tuve un recibimiento muy frío en la redacción, pero eso fue porque fui a trabajar desnudo mientras mi sastre acababa mi traje de director de diario, que es muy parecido al de Mazinger Z. Pero algunas de mis decisiones, como la de no ir a trabajar de martes a domingo, fueron muy aplaudidas. También me topé con resistencias, como cuando eliminé toda la información política para centrar los esfuerzos en cosas importantes y no en perseguir a gente con un micrófono para que dijera tonterías.

—Con razón tenemos mala fama los paparazzis —dije.

—Paparazzi es plural.

—¿Cómo va a ser plural, si acaba en i?

—Es italiano. El singular es paparazzo y el plural es paparazzi.

No sé quién era el tipo ese, pero lo despedí en ese mismo momento para evitar que me dijera que Frankenstein era el doctor y no el monstruo.

También introduje cambios en la redacción de titulares, para hacerlos más atractivos.

—A ver, ¿qué es esto de “Tornillos Solís registra beneficios en sus resultados trimestrales”? Démosle una vuelta. ¿Qué tal “Asesinato en el Orient Exprés”?

—Hombre, no sé yo…

—Es verdad, muy visto… “El coronel no tiene quien le escriba”. Ese es un buen titular.

—Eso es un título.

—Bueno, ya. También lo es Doctor en Filosofía.

—¿Qué?

—Pon ese: “Doctor en Filosofía”.

Lo que tenía claro es que no me iba a dejar doblegar frente a los anunciantes. De hecho, fui a El Corte Inglés y les dije muy claro lo que pensaba: “¡SU POLÍTICA DE DEVOLUCIONES ES EXCELENTE!”. Me echaron primero de la planta de caballeros y luego del establecimiento porque hay empresas que no aguantan la verdad. También comencé a añadir comentarios en los banners. Por ejemplo, en el de Vodafone puse: “Aún me deben doce euros de una factura que estaba mal”. Y en el de Mercadona: “Que vendan lo que quieran, pero que no lo llamen fruta”.

Durante mi papado (así lo llamaba yo), también estuvimos discutiendo si pasar al pago. El consejo de administración quería poner un precio absurdo: diez euros al mes. Yo insistía en que esa cifra era ridícula: “¡Necesitaremos miles de suscriptores para que salga rentable!”. Les recordé que las matemáticas me habían llevado a la dirección del diario (diez y media unidad) y les expliqué que me parecía mucho más razonable pedir DIEZ MILLONES al mes. “¡Así solo tenemos que convencer a dos o tres personas para que salga a cuenta! ¿Cómo no vamos a conseguir a dos o tres suscriptores? Es más, yo creo que podemos llegar a seis”.

Las ventas del diario crecieron gracias a mi habilidad con el power point: ya no ponía el número de ejemplares vendidos a Arial 26 puntos, sino a 32 y, unos meses más tarde, a 38, por lo que la cifra iba incrementándose gradualmente. En cuanto al gráfico con la evolución de las ventas, bastaba con ponerlo al revés para calmar al consejo de administración. Durante las presentaciones le daba la vuelta varias veces a la diapositiva solo para oír sus “¡no!” seguidos de sus “¡bien!”.

Lo que no prosperó fue mi idea de dejar de imprimir el periódico en papel:

-¡Imprimámoslo en oro! ¡Que cada periódico sea una estatua mía de oro a tamaño natural! ¡O imprimamos un solo periódico cada día que sea una estatua colosal de mí! ¡Cada día en una pose diferente! ¡No siempre vestido!

Por desgracia y a pesar de mis éxitos (casi conseguimos a un suscriptor, un tal Emiaj Oibur que casi completa el proceso), al cabo de unos meses los tribunales determinaron que el testamento no tenía valor y que yo no tenía ningún derecho a ejercer el cargo de director del diario porque no sabía leer. De nada me sirvió explicarle al tribunal que mi loro leía por mí.

—¡Fíjese! ¡Si hasta tiene gafas!

En realidad era un alambre con forma de gafas, pero sin cristales ni nada, por lo que el juez desestimó al loro, desplumándolo y comiéndoselo ahí mismo.

—No me dio tiempo a promocionar mi serie, pero antes de dejar el cargo sí pude arreglar el desbarajuste del horario televisivo. Ahora las diez y media son las 10,5, y las cuatro y cuarto son las 4,25. Como tiene que ser.

No me había dado cuenta, pero Maite ya había cerrado el bar y me había dejado junto a los contenedores de basura.

***

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 3. Cómo viajar en el tiempo

Foto: Fabrizio Verrecchia (Unsplash)

—Efectivamente, durante una época yo trabajé como guía turístico —dije, apoyado contra la barra del Bar Ma y Te, mientras me tomaba un mojito con café en lugar de ron, lo que yo llamo un jaimito.

—Nadie te ha preguntado —dijo uno de los parroquianos, a quien yo llamaba Matías porque ese era su nombre.

—Pero no trabajaba para una agencia de viajes normal, trabajaba para una agencia de viajes en el tiempo.

Pedí otro jaimito y conté la historia, animado por la respuesta del resto de clientes, que me pedían que me callara, al no poder soportar tanta emoción, y subían el volumen de la tele, para dar ambiente.

La mayoría de los viajeros en el tiempo eran estudiantes de Historia que querían conocer el siglo XXI. Venían vestidos para pasar desapercibidos en 2020: chaquetas con hombreras, pelo cardado, zapatillas Paredes, Walkman Sony y calcetines blancos con raquetas cruzadas.

Les llevaba a los sitios típicos, como la Sala de la Internet, un sótano donde se guarda toda la internet en un disco duro de casi cien megas. La vigila un informático aficionado a los trenes que vive con su madre, como todos los informáticos.

—Fijaos, se está bajando música con Napster —explicaba a los turistas, que tomaban fotos y soltaban “ohs” y “ahs”.

También les entusiasmaban los coches:

—Los habitantes del siglo XXI nos metemos en estas cajas metálicas y las ponemos a 120 kilómetros por hora. Estoy guiñando el ojo porque en realidad los ponemos al menos a 150, porque a ver si me he comprado yo un Opel Kadett 1.8 con alerón rojo para ponerlo a 120. Suena muy peligroso, pero en realidad no lo es tanto porque tenemos esta correa de tela que nos ajustamos al pecho y que nos salva la vida en caso de que nos aplaste un camión o nos caigamos por un barranco. Este es además uno de los nuevos vehículos híbridos, que puede repostar con gasolina o con palomas, vivas o muertas.

Una de las cosas que más les gustaba era el clima agradable y la posibilidad de salir a la superficie terrestre.

—En 2020 aún tenemos dos o tres días de primavera al año, casi cuatro semanas de otoño y unas cuantas horas de invierno. Ahora por favor seguidme hasta ese Zara, donde aún quedan unas prendas llamadas “abrigos”.

También les llevaba a conocer al último fumador de Madrid. Intentaba que coincidiera con el momento justo en el que se encendía el cigarrillo.

—Qué asco.

—Está echando el humor por la nariz.

—¿Qué es ese olor?

Siempre había al menos uno que vomitaba. Era entonces cuando el fumador se daba cuenta de que lo estábamos observando.

—Antes los niños fumaban y no pasaba nada. ¿Cómo no voy a poder fumar en la barra de un bar? ¿Qué es esto? ¿La Venezuela de Stalin?

—¡Corred, no dejéis que os agarre del brazo!

—¿Por qué no se respeta mi libertad de fumar en los ascensores? El humo no provoca cáncer, son los móviles. Mi padre fumó toda su vida y vivió 390 años.

La agencia nos tenía prohibido preguntar acerca del futuro, pero en más de una ocasión dejé caer que estaba trabajando en una serie para Netflix, que lo compra todo, o quizás para HBO, que apuesta por productos de calidad. Sentía curiosidad por saber si alguno de los viajeros había oído hablar de ella y, sobre todo, si debía terminarla tras la temporada ocho o, ya puestos, llegar a la once.

—No me suena —me decían, por supuesto siguiendo las instrucciones que también les habían dado antes de emprender su viaje.

—Ya, claro —contestaba guiñando un ojo para hacerles saber que estaba al corriente de lo que ocurría—. Y tampoco te suena Los Soprano. Ni Breaking Bad.

—Esas sí que las conozco. Están en Disneymazon. Y en Zara.

—Claro, claro —contestaba, guiñando el ojo varias veces seguidas, hasta que me mareaba y me tenía que agarrar a una farola o, en caso de que no hubiera una farola cerca, a un guardia.

No tardó en ocurrírseme una idea estupenda: tenía que conseguir que uno de aquellos turistas me buscara a mí mismo en el futuro y me trajera una copia de los guiones que ya había escrito, cosa que me ahorraría mucho trabajo. Por aquel entonces, tenía la serie muy perfilada, pero tenía que concretar algunos detalles, como el título definitivo, los personajes, las tramas y casi todas las palabras. Ofrecí a uno de aquellos estudiantes un billete de varios millones de euros que no era falso del todo y se comprometió a buscarme.

El resultado fue decepcionante:

—Te he encontrado —me dijo.

—¿Y bien? ¿Traes los guiones?

—No, me dijo que no los tenía porque tú aún no los has escrito.

—¿Qué? Eso no tiene sentido.

—¿Los has escrito?

—No, todavía no. Pero los escribiré. Y él los tendrá.

—Pero él solo los tendrá cuando tú los escribas. Y si no los has escrito aún, es imposible que los tenga.

—Claro, tiene todo el sentido del mundo.

—¿Entonces vas a escribirlos?

—No, por favor, qué pereza. Pero supongo los escribiré el año que viene.

Usando al estudiante de correo, le envié un mensaje a mi yo de 2021 para que escribiera los guiones y así poder enviárselos a mi yo de 2050, que se los daría de nuevo al estudiante para tráermelos a mí en 2020 y así los copiaría sin esfuerzo. Como a mi yo de 2021 tampoco le apetecía, se lo pedimos a mi yo de 2022, que resulta que estaba ocupadísimo escribiendo los guiones de una serie, pero otra distinta, así que se lo pedimos a mi yo de 2023, que estaba en la cárcel por haber escrito un tuit graciosísimo sobre la bandera de España (jajaja, es piña…). El de 2024 estaba tomándose un año sabático, el de 2025 no estaba en casa, el de 2026 no podía porque había resultado elegido primer ministro de Finlandia, el de 2027 tampoco podía porque estaba siendo fusilado en Finlandia tras un golpe de estado que habían dado todos y cada uno de los finlandeses… En fin, acabamos llegando hasta mi yo de 2050 que insistía, no sin razón, en que los guiones ya deberían estar escritos a esas alturas.

Íbamos a seguir, pero me descubrió mi jefa de la agencia de viajes y me despidió utilizando una artimañana legal muy rastrera: viajó al pasado y asesinó a los padres del responsable de recursos humanos antes de que se conocieran, por lo que en realidad yo jamás he trabajado para esa empresa. Fue especialmente cruel porque los padres se conocieron de niños, así que asesinó a dos bebés.

—Un momento, ¿y cómo lo recuerdas, si no pasó nada de eso? —Preguntó Maite, la dueña del bar.

—Muy sencillo —contesté—, yo no lo recuerdo, pero mi jefa, que cambió el pasado, sí. Está todo en mi carta de despido. Lo explican detalladamente para evitarse juicios.

—Ah, claro.

—¿Me pones otro jaimito?

—No sé si deberías beber eso.

—Échale mucha hierbabuena. ¿Y puede ser con otra lima que no sea de ferretería?

—Eso es lo que le da el sabor a hierro.

***

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

Foto: Mikael Kristenson (Unsplash)

Yo estaba a lo mío, tomando un cortado en copa balón en el Bar Ma y Te, cuando oí una conversación en una de las mesas: “Eso no lo verás ni en sueños”, dijo uno de los interlocutores, a lo que yo, gritando desde la barra, contesté:

—Hablando de sueños, esta noche he tenido uno loquísimo. Soñé que estaba soñando y luego me despertaba, pero en el sueño, porque en la realidad seguía durmiendo.

Hubo un silencio incómodo: el resto de clientes estaba intentando asimilar la sofisticada pieza de información que acababa de regalarles. Un sueño dentro de un sueño, nada menos.

—¿Cómo sabemos —seguí, a pesar de que Maite, la dueña, me estaba llamando la atención— que ahora no estamos soñando? A lo mejor esta mañana solo nos hemos despertado de un sueño y seguimos soñando otro sueño. Un sueño que es más grande que el primer sueño. A lo mejor estáis todos todavía en mi sueño… Un momento, ¿quién ha tirado el cenicero? Maite, ¿cómo es posible que haya ceniceros en el bar, si no se puede fumar?

Maite insistía en que ese cenicero no era suyo y que mientras yo hablaba alguien había ido al bazar de la esquina a comprarlo.

—En este barrio no se me valora como se debería —lamenté.

—Sí, claro —dijo Maite—, van a venir aquí a buscarte de la Universidad de Friburgo de Brisgovia a ofrecerte la cátedra de Metafísica.

—Pues no sería tan raro.

En ese momento entraron dos mujeres rubias de mediana edad que fueron directamente hacia la barra.

—¿Es usted Herr Jaime Rubio?

—¡Maite! ¡Alemanes! ¡Vienen a despedirnos a todos! ¡Tírales pesetas a la cara! ¡Eso les distraerá!

—Soy Elke Von Ehre, la rectora de la Universidad de Friburgo de Brisgovia, y ella es Marlene Von Schreider Kummen-Lehrenberger Niemann Burgemeister Oder Gildemeister Ich Erinnere Mich Nicht…

—Las presentaciones no hacen falta. ¡Marlene Von Schreider Kummen-Ich Spreche ein Bischen Deutsch, la rectora de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Friburgo de Brisgovia!

—Efectivamente —contestó Marlene Von Schreider Ich Möchte Ein Beer Führ Frühstuck Bitte Es Ist Freitag—. No hemos podido evitar oír lo que explicaba de su sueño y venimos a ofrecerle la cátedra de Metafísica, que ha quedado vacante después de que el profesor Kant se jubilara. En su carta de renuncia dice, literalmente, I Kant no more.

—¡Pues yo acepto en-Kant-ado!

Pasamos ocho minutos y medio riéndonos a carcajadas, lagrimillas y palmadas en el muslo incluidas, hasta que empezaron a volar ceniceros y tuvimos que huir a toda prisa.

El primer problema que me encontré cuando comencé a dar clases en la Universidad de Friburgo fue el del idioma, aunque lo superé enseguida porque mis alumnos no me entendían ni en español ni en alemán.

—¿No habéis soñado nunca que soñabais y luego os despertabais y en realidad solo os despertabais dentro del sueño? —Bramé en mi primera clase.

—Esto es una autoescuela —me contestaron los alumnos—. La facultad de Filosofía está dos calles más abajo.

—¿No habéis soñado nunca que soñabais y luego os despertabais y en realidad solo os despertabais dentro del sueño? Un momento, ¿esto es una autoescuela? ¿Me he vuelto a equivocar? —Bramé en mi primera clase, unos diez minutos más tarde.

Pasamos varias semanas estableciendo las diferencias entre una autoescuela y la facultad de Filosofía, y llegamos a la conclusión de que es imposible distinguirlas porque en ninguna hay coches. ¿No debería la autoescuela dar clase a autos? ¿O, al menos, dar clase sola, sin profesores? En fin.

Durante mis clases, también intentaba responder a la pregunta “¿quién soy yo?”.

—Usted es Jaime Rubio, profesor.

—Ah, sí. Es verdad. ¿Y tú eres…?

—Greta. Greta Müller.

—Muy bien, encantado.

La metafísica era más fácil de lo que parecía. Animado por los buenos resultados, decidí pasar lista. Todos supimos quiénes éramos menos dos de mis alumnos. Uno resultó ser la propia Greta poniendo voces para subir nota, así que otro problema resuelto. Para darle una identidad al segundo fuimos todos a un callejón oscuro para comprarle documentación falsa. Ahora es Marco Rosso, asesor fiscal de 47 años. Vive en Milán, está divorciado y tiene cuatro hijos llamados Andrea, Andrea 2, Andros y Antrés.

Escribí un paper resumiendo mis investigaciones: “¿Cómo sabemos que estamos despiertos, teniendo en cuenta que a veces soñamos que estamos soñando y nos despertamos, pero solo dentro del sueño? ¿Y mi sueño de venderle una serie a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por productos de calidad, es un sueño de estos de estar dormido o un sueño en plan una meta, un ideal, un objetivo? Un estudio preliminar”. Se publicó en la prestigiosa revista filosófica Ein Hundert Hundewitze.

El artículo provocó cierto debate. Intercambié algunas cartas con el doctor Stuart Middlesize, de la Universidad de Oxford Fiesta, que propuso que la conciencia de los estados oníricos era diferente a la del estado de vigilia.

“Entiendo, doctor —le contesté—. ¿Pero qué es este bulto que tengo aquí en el hombro? Adjunto fotos”.

“No soy esa clase de doctor”, me dijo.

“Ah, perdón. Le envío un dólar por Bizum para establecer el privilegio médico-paciente”.

“Creo que eso es solo para los abogados. Y además no es del todo cierto, aunque salga en las series”.

“Tres dólares”.

“Por favor, deje de escribirme”.

“Seis con cincuenta y un descuento de yogures en el Carrefour”.

“Es un quiste de grasa, se irá solo”.

No se fue solo: pasé tres meses de baja y al final se fue esposado y bajo custodia policial. Está cumpliendo una condena de cinco años en la cárcel por allanamiento.

Pero me desvío. El caso es que, tras publicar el artículo, me ofrecieron un contrato para publicar un libro, que terminé en un par de semanas gracias al hábil procedimiento de poner palabras al azar. La conclusión del libro era que todos tenemos sueños raros, pero a nadie le gusta que se los cuenten porque menudo coñazo, la verdad.

Con el libro publicado, di por concluida mi labor en la facultad de Filosofía de la Universidad de Friburgo y le dije a la rectora, Marlene Pérez, que dejaba el cargo y volvía a casa, donde se me acumulaban los guiones por corregir. Eso sí, al llegar al barrio, fui directo al Bar Ma y Te, y le dije a Maite, la dueña:

—¿Lo ves cómo no sería tan raro?

—¿El qué?

—Lo de que me ofrecieran la cátedra esa.

—Ah, es verdad. Te fuiste sin pagar, por cierto.

***

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 1. Cómo imprimir tu propio dinero

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 1. Cómo imprimir tu propio dinero

Foto: Markus Spiske (Unsplash)

Decidí financiar mi propia serie y después, con el proyecto al menos en marcha, vendérsela a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por productos de calidad. Mi plan era rodarla a muy bajo coste: yo dirigiría e interpretaría a todos los personajes; Damián, dueño del último Fotoprix del barrio, se iba a encargar de la dirección de fotografía, y Ángeles, propietaria del último videoclub de Europa, iba a ayudar con la producción. Pero nos faltaba dinero, al menos para comprar unas cuantas pelucas. Además, mis guiones iban ya por unos doce o trece personajes con texto y yo solo sé poner ocho voces diferentes, por lo que necesitaríamos contratar a algún actor más, aunque fuera a cambio de un par de bocadillos, la divisa habitual en la industria televisiva.

Como de costumbre, comenté mis problemas de financiación en el Bar Ma y Te, mientras me tomaba un café con leche, agitado y no revuelto. A pesar de que por lo general solo me dejan entrar al bar si prometo callarme, en esta ocasión no solo no me echaron a patadas, sino que uno de los parroquianos me dio una idea:

—El dinero no crece en los árboles.

—Lo sé, lo he comprobado mientras venía de camino. En realidad son hojas.

—El dinero no se hace, hay que hacerlo.

—Efectivamente.

—¿Por qué no haces dinero?

Cierto: ¿por qué no hacía dinero?

—¿Estás bien? —Preguntó Maite, la dueña del bar.

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

—Estás hablando solo.

Cierto: esa conversación la había mantenido yo conmigo mismo, pero poniendo voces. Y Maite solo me había reconocido porque no llevaba pelucas. Necesitaba financiación con urgencia.

Decidí poner en marcha mi idea: lo primero que hice fue ir a la papelería y pedir unos cuantos miles de resmas de papel moneda, para probar.

—Lo necesito de fibra de algodón… ¿Lo tienes con marcas de agua?

—¿Es para imprimir dinero?

—Sí.

—Pues vas a necesitar también unos cuantos hologramas.

—Cierto.

—Me quedan pocos, solo unos ocho mil, porque se han puesto de moda entre los niños y has venido justo después del recreo. Pero puedo encargar más.

—Perfecto. También necesitaré una impresora industrial.

—¿Láser?

—¿Láser? ¿Cómo en el futuro? Sí, sí, láser, sin duda. ¿Vuela?

—Claro que vuela. Es láser.

No quería imprimir dinero en casa, para no asustar a mi gato imaginario con el ruido, por lo que alquilé un local que después de las obras y debido a mi perfeccionismo acabó siendo una réplica perfecta de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Incluso había construido androides que eran réplicas exactas de todos y cada uno de los trabajadores, incluido Rodríguez, que le cae mal a todo el mundo. Eso sí, estaba en Torrejón de Ardoz, donde el suelo es más barato. Pensé en construir el edificio sin suelo, para ahorrar, pero me encantan las alfombras.

Los primeros billetes me salieron regular: me salían divisas inexistentes, como la fruspia, el pezón de oro y el dólar canadiense. Tras varios meses de trabajo conseguí imprimir los primeros euros, aunque aún no eran perfectos: eran solo por valor de números primos, lo que era un lío si tocaba dividir cuentas.

Estaba intentando dividir 823 entre algún número cuando vino una señora muy enfadada a verme.

—Buenas, soy la ministra de Economía, cuyo nombre seguro que usted ya conoce porque es una persona informada. ¿Está usted imprimiendo dinero?

—Efectivamente. Necesito financiar una serie.

—¿Pero, hombre, por qué no se la vende a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, suponiendo que se trate de un producto con la calidad suficiente?

—No es tan fácil.

Estuvimos un buen rato hablando sobre los sinsabores de la industria televisiva, hasta que se acordó de por qué había venido.

—¡Usted no puede imprimir dinero!

—Claro que sí, somos la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, lo pone en la puerta.

—¿En serio?

—Sí, se ha confundido. Los falsificadores son los otros. Entiendo el error, porque nos parecemos mucho. El truco está en preguntarles. Si contestan que son los de verdad, mienten. Es lo primero que te enseñan en la escuela de falsificadores.

—Pero ellos también tienen un cartel en la puerta en el que pone Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.

—¿Y ellos hacen timbres como este?

Le mostré un timbre de bicicleta clásico.

—La verdad es que es un buen timbre.

—Mire este otro de hotel. Escuche que “dring”. Barceló nos ha encargado seis mil quinientos.

—¿Para sus hoteles?

—No, me refiero a Juan Barceló. Es un amigo mío que colecciona timbres.

—La verdad es que es un señor timbre.

—Tenga, se lo regalo.

—No, por favor, no podría.

—No se preocupe, si es de muestra.

—Ya, pero aun así no puedo aceptarlo. Entiéndalo, soy la Ministra de Economía, cuyo nombre usted conoce al ser una persona informada…

—Claro que lo conozco.

—¿Sí? Pues dígamelo. Es que no leo la prensa (quién tiene tiempo hoy en día) y me da vergüenza admitir que no sé cómo me llamo.

—Matías Prats.

—¿Seguro? No suena bien.

—Bueno, a ver, Matías Prats, pero el junior.

—Ah, ya puede ser.

—Tenga el timbre y, de regalo, un millón de euros en billetes de 409.

—Bueno, el timbre pase, pero los euros no me los puedo quedar…

La ministra, Matías Prats, se fue encantada, pero volvió a las pocas horas aún más enfadada que antes.

—¡Oiga! ¡Que en la otra Fábrica Nacional de Moneda y Timbre me han dicho que la falsa es esta!

—Mire, ahora no puedo atenderle porque los robots han tomado conciencia de su situación y están rebelándose contra su creador, es decir, yo mismo.

—Pero es que esto es urgente.

—¿Y no puede esperar?

—Pues claro que no.

—En fin, escóndase en este armario conmigo y hable bajito, que me están buscando para preguntarme por qué les creé y cuál es el sentido de la vida. Por cierto, ¿quiere un timbre? Este lo puede poner en la puerta de su casa. Toque, toque.

—Anda, si suena La cucaracha.

—Es divertido a la par que elegante. Ana Julia Cristina Remedios Patricia Botín tiene uno igual en su casa.

—¿Y cuánto cuesta?

—Pero señora Prats junior, ¿cómo le voy a cobrar por un solo timbre, si nosotros somos mayoristas?

—¡Lo está volviendo a hacer! ¡Me está despistando con su palabrería y sus estúpidos y sensuales timbres! ¡Esta es una Fábrica Nacional de Moneda y Timbre falsa! ¡Tiene que cerrarla!

—¿Pero por qué?

—Imprimir demasiado dinero puede provocar inflación.

—Está bien, pues no imprimiré “demasiado” dinero —contesté, haciendo el signo de las comillas con los dedos del pie.

—Eso dicen todos. Pero luego me vendrá con lo de que nunca es demasiado.

—Por otro lado, nadie sabe qué es la inflación. Es un misterio, como por qué cae agua del cielo.

—Claro que se sabe lo que es.

—¿Ah, sí? A ver, ¿qué es la inflación?

—Es lo contrario a la deflación.

—¿Y la deflación?

—Oiga, que yo no estoy a examen.

—No lo sabe.

—Aquí no estamos hablando de mí.

—No, ya. Pero no lo sabe.

—Por supuesto que lo sé, soy la ministra de Economía, Matías Prats junior.

Al final y con tanto ruido, nos descubrieron dos robots, el gerente y uno de los operarios, que entre lágrimas me preguntaron si cuando murieran me los iba a llevar al cielo conmigo.

—¿Sí? —Contesté—. En todo caso, ¿cómo van esos millones?

—¡No podemos trabajar por culpa de la angustia de la vida! ¡Nos sentimos como si estuviéramos al borde de un precipicio! ¡Cuando miramos al abismo, experimentamos miedo y vértigo, pero también la casi incontenible pulsión de dar un paso al frente y dejarnos caer!

—¡Y cuando miramos al abismo, el abismo nos devuelve la mirada!

—Huy, no, no —dije—. Kierkegaard pase, pero nada de Nietzsche.

—¿Qué ocurre? —Preguntó la ministra.

—Nada, que se me han roto los robots.

Esa misma tarde cerré mi Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Llegué a un acuerdo con la ministra: ella se podía quedar el timbre de La cucaracha y un par de politonos para su móvil y, a cambio, yo podía llevarme a casa varios millones de euros. Me los llevé en un solo billete. En ese momento me pareció cómodo, pero fue un clarísimo error, porque nadie sabe cuánto cambio darme para “varios millones” de euros.

El síndrome del impostor

 

Como casi todo el mundo, yo también he sufrido el síndrome del impostor y he llegado a pensar que tal vez no merecía haber llegado a donde había llegado. Lo pasé particularmente mal cuando fui nombrado Papa de Roma, después de haber robado la documentación de un tal cardenal Brunelleschi.

Pasé las primeras semanas atenazado por el miedo, hasta que hice partícipe de mis temores a mi Secretario de Estado, el cardenal Voiello. “¡Cardenali!” -Le grité, moviendo mucho las manos-. ¿Cómo voy a ser il Papa si non sé ni parlare italiano?”. Voiello fue quien me habló por primera vez de este síndrome, que hace creer a quien lo padece que sus éxitos son fruto de la suerte, de la casualidad o directamente de algún delito, como hacerse pasar por otra persona. Pero esos temores son infundados y no nos dejan ver nuestros indudables méritos.

-¡Voi non soi incompetenti! -Resumió-. ¡Io tampoco sé parlare italiano!

-¡Ah, che cosa!

-¡Ma che cosa!

-¡Oh la là!

-¡Agora sem entendo!

Las sabias palabras de mi fiel consejero, que llevaba ya tres largas horas a mi servicio sin haberme fallado ni un solo día, me dieron algo de tranquilidad. ¿Acaso no estaba yo tan capacitado para ser Papa como cualquier otra persona que le hubiera robado la sotana a un cadáver y después hubiera cambiado las papeletas de la votación por otras con el nombre del muerto, quizás con alguna falta de ortografía por la falta de costumbre?

Con esto no quiero decir que no me encontrara con dificultades a lo largo de mi papado. Había muchas cosas que desconocía acerca de mi nuevo empleo. Por ejemplo, me dijeron que tenía que cambiar de nombre. Intenté resistirme porque no sabía si iba a poder recordar todos los cambios por los que ya había pasado, pero insistieron en que era lo que imponía la tradición. 

-Está bien. Pues seré el Papa Snoop Dogg IV.

-¿Cómo? Pero… No es un nombre tradicional… Ni siquiera ha habido otros Snoop Dogg…

Al final negociamos y aceptaron que me llamara Kanye Kardashian VII. El VII es mi número favorito. Es noventa y cuatro en italiano. 

Tampoco fue fácil ponerme al día con los retos de la Iglesia católica. Por ejemplo, la prensa me preguntó si iba a dejar que los curas se casaran y respondí que era mejor que vivieran juntos un tiempo, para conocerse mejor. 

Eso no fue óbice para que tomara medidas arriesgadas para modernizar la institución, como poner algo encima de la hostia, un poco de queso al menos, para hacer como una tapita. Por desgracia, me topé con la oposición del sector más reaccionario del clero, incapaz de ver cómo esta iniciativa ayudaría a que la gente volviera a misa.

A pesar de las dificultades, al cabo de unas semanas ya tenía prácticamente superado ese síndrome absurdo y me sentía cómodo en mi nuevo empleo. Por supuesto, seguía siendo consciente de mis limitaciones, pero también confiaba en que podría ser un buen Papa. ¿Por qué no, si hasta me sienta bien el color blanco? Y eso que a casi nadie le queda bien ese color. 

Recuerdo una hermosa tarde en los jardines del Vaticano, paseando con mi fiel Voiello. El sol ya estaba bajo y se oían los pájaros y el trote de un grupo de monjas que corría y hacía algo de ejercicio.

-Fíjate, Voilello, qué rápido van esas monjas.

-Sí, santidad, digo, santità. Van tan rápido que parecen jamones.

-¿Y cuándo comienzan los cardenales a fabricar juguetes? -Pregunté.

-¿Juguetes?

-Claro, enseguida nos plantamos en otoño y ni siquiera he comenzado a leer las cartas.

-¿Qué cartas?

-Las de los niños, pidiéndome regalos.

Aquella tarde en la que me enteré de que me había equivocado de Papa fue una de las más tristes de mi tiempo en el cargo. Un tiempo que no sabía que ya estaba llegando a su fin.

Mi plan no era perfecto: el cardenal Brunelleschi tenía diecisiete hijos que se habían pasado varias semanas insistiendo en que yo no era su padre. No me sirvió de nada gritar “ma che cosa” y mover mucho las manos. Me pusieron a prueba y no sabía ni sus nombres.

-Tú eres Tonino… Tú también te llamas Tonino… Tú eres Paolo Conte… A ti siempre te llamo signorina…

Tuve que huir con Voiello y algunos de mis fieles a Aviñón, donde fundamos el papado auténtico, al que llamamos Papa2. 

En efecto, Voiello no me abandonó. Mi fiel Secretario de Estado creía que yo merecía ser Papa porque, al fin y al cabo, había sido el Espíritu Santo el que había inspirado aquella fraudulenta votación. También influyó que en realidad se llamara Enric Sánchez y fuera un falsificador de descuentos del Carrefour buscado por la policía. No estábamos solos: me acompañaban una rúa del carnaval de Sitges, que se había despistado hacía año y medio y había terminado en Roma, y diecisiete palomas que estaban atrapadas debajo de una sotana.

Declaramos la guerra santa al Vaticano, que duró hasta que llegó un guardia y nos envió a casa.

En resumen, si alguna vez sentís el síndrome del impostor, colocaos delante del espejo y repetid: “Ma che cosa”. Y si os cruzáis conmigo por la calle, estaré encantado de daros ánimos y consejos, siempre y cuando recordéis que ahora me hago llamar Felipe VI. Y Voiello es Letizia.

Un trabajo limpio

Creía que había hecho un trabajo limpio. Había entrado en el edificio por una puerta trasera, donde no había vigilancia, y había subido por las escaleras y no por el ascensor, atento a no cruzarme con nadie. A esa hora, en la planta treinta y nueve ya solo debía quedar mi objetivo, encerrado en su despacho. Entré. Dos disparos en el pecho y uno en la cabeza, como es habitual en estos casos. Y, entonces, algo con lo que no contaba.

-Te traigo tu caf…

Me giré y en la puerta del despacho había un tipo con traje y dos vasos de plástico. Se quedó con la boca abierta, mirando fijamente la pistola que yo sostenía con mi mano enguantada. Era un testigo. No tuve más remedio que disparar de nuevo.

-¿Qué es ese ruido?

Volví a levantar la cabeza. Había una mujer en la puerta con una carpeta en la mano.

-¿Pero esto qué es? -dije, fastidiado por el trabajo extra-. Se suponía que a estas horas lo encontraría solo.

La mujer balbuceó algo de una entrega , antes de que, refunfuñando, disparara de nuevo.

El despacho tenía ventanas de suelo a techo, así que aproveché para examinar mi reflejo y comprobar si me había salpicado sangre en la gabardina. Mientras me lamentaba porque iba a tener que tirar mis zapatos nuevos, vi que en el edificio de enfrente, un edificio residencial, había un señor en bata asomado al balcón y, al parecer, grabando toda la escena con su móvil.

Otro testigo del que había que deshacerse. 

Al salir del despacho me crucé con el repartidor de correo. Para ahorrar balas, lo liquidé grapándole muy fuerte las sienes. Al bajar casi tropiezo con una pareja que estaba aprovechando la oscuridad y la ausencia de gente en el edificio para darse el lote entre los pisos veintisiete y veintiocho, así que los arrojé por el hueco de la escalera. Lo que más me molestó de todo fue ver una cámara en la puerta por la que había entrado. Esa cámara no estaba ahí tres días antes, cuando había ido a inspeccionar el edificio. No quiero extenderme, pero tuve que ir a la entrada principal y, tras un tiroteo de poco más de veinte minutos, acabar con los guardias de seguridad y borrar las grabaciones.

Pero para entonces había aún más testigos. Frente a la puerta había varios coches de policía bloqueando el paso y un montón de agentes apuntándome con rifles y pistolas. Todos me habían visto disparar a los guardias y, en caso de juicio, se irían de la lengua, sin duda, así que tenía que deshacerme de ellos. Les pedí que se identificaran (es mi derecho como ciudadano) y apunté sus nombres en una libreta. Hui por el parking y durante las siguientes semanas fui eliminándolos uno a uno, incluyendo al señor en bata de antes.

A partir de entonces la cosa se fue complicando de forma exponencial. Por ejemplo, el señor en bata vivía en una residencia y, en fin, es que me vieron todos al entrar. Y encima ni siquiera había grabado bien el vídeo. Había dejado la cámara frontal puesta y toda la grabación eran siete minutos del abuelo diciendo “madre mía, que lo ha matado, qué bestia. No, no entres. También se lo ha cargado, qué bruto”.

En ocasiones fue error mío, como cuando asesiné a uno de los agentes durante un concierto. El policía era el bajista del grupo y no se me ocurrió otra cosa que subir al escenario. En fin, lo planeé mal, creía que con el silenciador bastaría y no contaba con los focos y el público. Luego encima la gente se puso a correr y yo no tenía tantas balas. 

Total, que se me estaba llenando todo de testigos.

-Te veo agobiado.

Era Ramón, el camarero del bar donde me tomaba cada mañana mi café. Sospechaba algo. Tuve que asesinarlo y quemar el local, haciendo que pareciera un accidente. Por desgracia y mientras rociaba la barra de gasolina, paró un autocar enfrente y bajaron varias decenas de turistas japoneses, a los que también tuve que eliminar.

Encima, el perito del seguro veía poco probable que alguien limpiara el suelo del bar con gasolina en lugar de amoniaco, así que también me vi obligado a matarlo a él y a todos los empleados de la empresa, una multinacional suiza. Como seguía liado con los testigos del concierto, me había despistado un par de días y para entonces el perito ya había entregado su informe. Temía que alguien atara cabos y llegara, cortado a cortado, hasta mí.

Dormía poco y eso se notaba en cómo hacía mi trabajo. Cuando duermo menos de ocho horas no doy una a derechas, esa es la verdad. Por ejemplo, intenté viajar con un pasaporte falso. Hasta ahí bien, pero es que era el pasaporte de un niño de 4 años. Intenté explicar que padecía de progeria, pero no coló y tuve que asesinar discretamente a los policías que me pidieron el pasaporte y luego a toda la gente que estaba en el aeropuerto de Rotterdam, adonde había viajado porque la aseguradora tenía allí una de sus filiales.

Llegó un punto en el que me había gastado en balas más de lo que me habían pagado por el encargo original. Pero yo soy así, concienzudo, y si cometo un error, tengo que arreglarlo. Los trabajos, o salen limpios o hay que limpiarlos. Es lo que siempre digo. Todo el rato. Los vecinos están hartos.

A pesar de todas estas precauciones, llegó un punto en el que la policía comenzó a sospechar. Quizás no borré bien las grabaciones de seguridad de aquel Alcampo donde se me había caído la pistola mientras compraba chocolate (con toda esta tensión, encima estaba engordando). O puede que alguien sospechara cuando yo mismo aterricé el avión de vuelta de Rotterdam tras liquidar a todo el pasaje porque un tipo llevaba un boli de publicidad de la dichosa aseguradora. 

Total, que vino a verme a mi despacho un inspector de la Policía Nacional.

-Usted dirá en qué puedo ayudarle.

-Verá, es que estamos investigando el asesinato de siete millones doscientas cuarenta y dos mil ciento noventa y cuatro personas. No tenemos apenas pistas porque el sospechoso va haciendo desaparecer a los testigos justo antes de que logremos hablar con ellos, pero hemos encontrado unas huellas de zapatos cerca de uno de los escenarios de uno de los crímenes. Queríamos descartarle de la investigación.

-¿Huellas de zapatos? ¿Eso es todo lo que tienen?

-Bien, según su ficha policial, usted fue arrestado de adolescente por robar zapatos.

-Un error de juventud.

-Ya, pero usted calza un 35 en el pie izquierdo y un 47 en el derecho.

-¡Como muchísima gente! -contesté, bajando los pies de la mesa, donde los tenía apoyados.

-Sí, pero no todo el mundo es un asesino a sueldo.

-¿Y yo lo soy? ¿De dónde saca eso? 

-Lo pone en la puerta: “Jaime Rubio, asesino a sueldo”. También en la placa que lleva en la chaqueta: “Hola, me llamo Jaime y soy asesino a sueldo”. Y en su página web, jaimerubioasesinoasueldo.com. También tenemos este anuncio a dos páginas en El norte de Castilla, varias cuñas de radio y su libro Yo soy un asesino a sueldo, la misma frase, por cierto, de la camiseta que lleva puesta. Y luego están las vallas publicitarias en la autovía de Castelldefels, estos trípticos que reparte por buzones, los anuncios de Facebook donde sale usted diciendo que mata a cambio de dinero…

-Soy consultor. Asesino problemas. Creo que la metáfora es evidente.

-Además, me está apuntando con una pistola.

Después de disparar al inspector, repasé los errores que había cometido. No me había deshecho de ninguno de los cadáveres, por ejemplo. 

Decidí desenterrarlos a todos y disolverlos en ácido. Cuantas menos pruebas tuviera la policía, mucho mejor. Compré ocho millones de barriles, para ir sobre seguro.

El repartidor de Amazon hizo una gracieta que no me gustó mucho:

-Aquí podría disolver ocho millones de cadáveres sin necesidad de descuartizarlos.

Tuve que eliminarlo. Sabía demasiado. 

Aquellas semanas trabajé veinte horas cada día. Por las mañanas seguía eliminando testigos, incluyendo, por cierto, al tipo que me había encargado el trabajo (¡lo sabía todo!). Y por las tardes hasta bien entrada la noche iba a los cementerios a desenterrar cadáveres para luego disolverlos en ácido. Allí a veces me veía algún trabajador o algún familiar despistado, con lo que seguía creciendo la lista de gente que sabía más de la cuenta. Tuve que comprar otros cinco millones de barriles.

Una tarde, la alcaldesa de Barcelona me llamó a casa.

-¡Deje de matar a gente!

-No sé de qué me habla.

-¡En esta ciudad ya solo quedamos usted y yo! ¡Y yo no he sido!

Por la noche abandoné setenta y cuatro cadáveres en el Ayuntamiento e hice una llamada a la policía (la de L’Hospitalet).

-Miren, en esta ciudad solo quedamos dos personas y yo no soy el que tiene setenta y cuatro cadáveres en la puerta.

El juicio a la alcaldesa me sirvió para ganar tiempo y asesinar a todos los ingleses (un tipo que parecía inglés me había visto comprando ochenta millones de balas en el Carrefour), pero cuando la absolvieron tuve que liquidarla a ella, a la policía de l’Hospitalet, al jurado, a todos los empleados de los juzgados y a un repartidor de pizzas que me había pillado mientras me ponía los guantes.

Dediqué mucho trabajo a borrar meticulosamente todas mis huellas. Y no solo hablamos de testigos: me corté la punta de los dedos para que nadie pudiera comparar mis huellas digitales. También me hice la cirugía estética para que nadie me reconociera: me puse tres narices y la cara de George Clooney, pero en la espalda, para no tapar la mía. Y me cambié el nombre varias veces. La última, a Emiaj Oibur, pero antes de eso fui Camilo Séptimo, Pedro Sánchez Pero Otro Pedro Sánchez y El Retorno del Jedi Todo Junto, siendo Todo y Junto apellidos y El Retorno del Jedi, nombre compuesto que se escribía separado. Era un lío, así que me lo cambié a Harrypotter Separado.

Cada vez me costaba más seguir la cuenta de todos los testigos a los que había que eliminar, por lo que acabé asesinando, por supuesto de forma meticulosamente planeada, a doscientas personas al azar cada día. Ese era mi mínimo para dar la jornada por concluida, aunque a veces me animaba e iba a por más. Me dejaba los domingos libres, eso sí, porque si uno no desconecta, se acaba volviendo loco. 

Al cabo de veintinueve años años de trabajo, unas cuantas bombas, la liberación de veinticuatro virus experimentales sin vacuna y unos seis o siete millones de cepos que fui dejando por las esquinas, conseguí eliminar a todos los testigos y quedarme solo en el mundo.

Dormí un montón esa noche. Estaba destrozado. Quizás catorce horas, no exagero. Bueno catorce, no creo. Pero doce y pico seguro. Me acosté como a las diez y me levanté yo creo que ya pasadas las nueve. Eso son once horas, ahora que pienso. Pero, bueno, para mí está bien. Con menos de ocho lo paso mal, pero si duermo demasiado me levanto con dolor de cabeza. Ni el ibuprofeno me lo quita.

¿Por dónde iba? Ah, sí. Había matado a todo el mundo, etcétera. Esa mañana, mientras me tomaba un café, me di cuenta de que aún quedaba un testigo. Yo. Yo siempre sabría lo que había hecho.

Quizás podría comprar mi silencio. No me costaría nada falsificar siete mil millones de testamentos y quedarme con todo el dinero del mundo.

Pero siempre viviría con miedo. A que me fuera de la lengua. A las continuas amenazas y exigencias. 

Así que quedé conmigo para cenar. En casa, algo tranquilo y, por supuesto, sin testigos, con la excusa de charlar y ponernos al día.

-¿Qué tal la jubilación? Bien, bien, no me aburro, estoy aprendiendo caligrafía. ¿Y eso? Mira, me relaja. Enséñame algo de lo que has hecho. No, ja ja, que me da vergüenza.

A media velada, me dije que iba al baño y allí saqué la pistola que tenía escondida detrás del inodoro y le coloqué el silenciador. Salí sigilosamente y llegué a la sala de estar. Pero no había nadie. ¿Cómo podía ser? Si me había dejado sentado en el sofá.

Me busqué por todas partes, sin encontrarme. No había ni rastro. Había huido, pensé. Soy más inteligente de lo que creía. Una vez más, me he subestimado a mí mismo. Qué estúpido soy.

Pero un día me encontraré. Y cuando me encuentre ya no quedará nadie. Excepto, quizás, esa paloma del balcón que me mira raro. ¿Qué querrá decir con guruguruguru? ¿Y a quién se lo dice? ¿No estará avisando a una paloma policía?

En fin, tendré que encargarme también de esto.