Prefiero ir con tiempo al aeropuerto

Foto: Suganth (Unsplash)

Me gusta ir con tiempo al aeropuerto. Prefiero llegar sin agobios y no tener que preocuparme por si pierdo el vuelo. Vale, los aeropuertos son aburridos y el zumo de naranja es carísimo, pero al menos estoy tranquilo. Me llevo mi libro y, hala, a leer.

A principios de la década de 1910 me instalé en un solar situado a las afueras de Barcelona, cerca del Prat. Acampé durante varios meses hasta que llegaron unos señores con unos planos y se pudieron a edificar lo que en 1916 sería el aeropuerto, que se inauguró con un vuelo Barcelona (salida desde el aeropuerto del Prat) – El Masnou (llegada al aeropuerto del Prat).

Recuerdo cómo despegaban los primeros aviones, que eran globos aerostáticos con alas o, a veces, palomas muy grandes, y cómo me pasaba horas esperando que anunciaran mi vuelo. También seguía la prensa económica, pendiente de que en 1927 se fundara Iberia, la compañía con la que había reservado billete.

Gracias a los años que pasé en el aeropuerto, aprendí muchas cosas. Por ejemplo, el zumo de naranja es tan caro porque no son naranjas: son las cabezas exprimidas de monos en peligro de extinción. Los croissants, en cambio, se fabrican con las migas que caen de los croissants de cafeterías de toda España, enganchadas con celo.

En el aeropuerto conocí a la que sería mi primera esposa, una fregona que me abandonó después de que la besara y la llamara “cari”. Cobró vida y le crecieron unos brazos que aprovechó para huir reptando mientras yo le gritaba: “¡Puedo cambiar! ¡En serio, no tengo ninguna personalidad!”.

También viví la Guerra Civil en el aeropuerto. En mi opinión, un factor que contribuyó a la derrota republicana fue que todos los zeppelines salían con retraso y los milicianos además tenían que facturar las armas: no podían llevarlas en cabina sin pagar un suplemento de diez reales.

El boom del turismo también fue interesante. De repente, el aeropuerto se llenó de gente que venía de países exóticos, como Murcia, y que hablaba idiomas extraños, como el español con acento de Madrid. Aún recuerdo lo que le costó a la comitiva de bienvenida entenderse con el turista un millón.

-BIENVENIDO. A. ESPAÑA.

-Pero no me grite.

-WELCOME. TO. GUAIÓ MINÍ.

-Que soy de Cuenca. Vengo para el Mobile World Congress.

-Aún no ha empezado. Faltan como cincuenta años.

-Ya, pero me gusta ir con tiempo, así voy pillando sitio.

Nos abrazamos.

Bueno, le abracé mientras forcejeaba.

Acabé invitando a mon semblable, mon frère, a un zumo de naranja y un croissant.

-¿Qué es un móvil, por cierto?

-Ni idea, aún no se han inventado. Espero que sea una tecnología que facilite la posibilidad de insultar a extraños. Hoy en día es dificilísimo insultar a gente que no conoces.

-Y eso que son todos unos hijos de puta.

-Efectivamente.

Admito que a lo largo de los años me aburrí mucho. Al final, ya me conocía todas las tiendas y todas las cafeterías. Por culpa de este aburrimiento me obsesioné con temas que, con la distancia, admito que eran ridículos. Por ejemplo, en 1991 me acabé el libro que llevaba (Teo va en avión) y pasé por una de las librerías. Me enfadé muchísimo cuando vi el truco barato que usaban las editoriales para vender.

-Oiga, aquí pone que es de bolsillo, pero no me cabe en el bolsillo.

-Bueno, es una forma de hablar. Se refiere a que…

-Que no cabe, le digo.

-¿Quizás en el bolsillo de la maleta?

-Eso es trampa.

-A ver, que es Los pilares de la Tierra, ¿cómo quiere que quepa en un bolsillo?

-NO SOY YO QUIEN HA PUESTO “DE BOLSILLO” EN LA PORTADA, SEÑORITA.

-Me llamo Antonio.

-NO LE HE PREGUNTADO SU NOMBRE, SEÑORITA.

Me hice con un megáfono e inicié una serie de protestas que terminaron cuando un empleado me dio de tortas con una fregona.

Fue muy doloroso.

Se parecía tanto a mi primera esposa.

Al final me compré un abrigo muy grande para llevar los libros.

A pesar de estas escenas de violencia, me hice amigo de muchos de los trabajadores del aeropuerto. Recuerdo esas largas conversaciones con Álvaro, de información.

-¿Qué tal va todo?

-Tengo cáncer. 

-Así me gusta, Álvaro de información, que me mantengas informado. JAJAJAJA…

-Me han dado seis meses de vida.

-Eso, dame más datos. Infórmame, que es tu trabajo. JAJAJAJA… Ahora en serio, qué tal todo.

-Me duele mucho.

-Qué tío, siempre pensando en el trabajo.

Total, que finalmente anunciaron mi vuelo, con salida el 17 de julio de 2019 y con destino a Castelldefels. Y, en fin… A ver cómo lo cuento… Ahora me río, pero en ese momento no me hizo ni puñetera gracia. Mejor juzgáis vosotros. 

Llego a la puerta y resulta que EL VUELO SE HABÍA RETRASADO MEDIA HORA.

Menudo cabreo pillé. ¡Podría haber dormido media hora más!

Jajaja… ¿Lo pilláis? Llevo ahí desde 1910 y digo que podría haber dormido media hora más… Jajaja… PUES NO TIENE GRACIA, JODER. NO ES UN CHISTE. SIEMPRE IGUAL CON LOS RETRASOS, SON TODOS UNA PANDA DE INÚTILES. SI ME RETRASO YO, EL AVIÓN NO ME ESPERA. TENDRÍA QUE HABERME IDO SIN ELLOS. DANDO SALTOS, PORQUE NO PUEDO VOLAR. SI LOS TUVIERA DELANTE AHORA MISMO LES DABA DE PATADAS HASTA QUE SE ME ROMPIERAN TODOS LOS HUESOS DE LAS PIERNAS.

Aunque al final dormí en el avión y ya se me pasó el mosqueo.

Pero, vamos, que prefiero ir con tiempo al aeropuerto. Ahora estoy esperando el vuelo de vuelta, que sale el 7 de juliembre de 2051. Juliembre es un mes que se inventará en 2022 para reflejar EL FIN DE TODAS LAS ESTACIONES Y EL INICIO DE LA OLA DE CALOR ETERNA.

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Extrañas y sorprendentes aventuras de Jaime Rubio, náufrago

Foto: Adriel Kloppenburg (Unsplash)

Día 1

Yo, pobre y miserable Jaime Rubio, habiendo naufragado con el mar en calma, llegué más muerto que vivo a esta desdichada isla a la que llamé Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco supongo que está bien porque no les ha pasado nada, al menos que yo sepa.

Mis desdichas comenzaron la noche anterior. Insistí en comentarle al capitán del crucero que yo podía conducir el barco mucho más rápido que él. “Mañana estamos aparcados en Grecia o dónde sea que vayamos”, le dije. Herido en su orgullo, me gritó que abandonara la cabina del piloto (que él insistía en llamar “puente de mando”, a pesar de que estábamos en el mar y no cruzando un río) y me dijo que me fuera a algo llamado “cubierta”. Tras unos cuantos gritos más, logré entender que se refería a la terraza, que no tenía techo, por lo que era absurdo referirse a ella con ese término.

Una vez allí, me di cuenta de que se trataba de una terraza peligrosísima, porque cualquiera podía caerse. Bastaba con ponerse de pie sobre la barandilla y perder el equilibrio. Cosa que me ocurrió al tercer intento, mientras gritaba “¡que venga el conductor a la barandilla de la derecha!”.

El mar me ha traído a la costa de este islote en apariencia desierto. Por suerte, soy un hombre con recursos: he visto varios episodios de El último superviviente y sé que todo irá bien siempre que coma al menos una lagartija y pueda pasar la noche en un hotel.

Lo primero que necesitaba era construir un pequeño refugio, por si llovía. Como no he visto vegetación, he levantado un enorme castillo de arena. Bueno, a ver, no es un castillo, es más bien un chalé. Tiene dos plantas, con un un total de cinco habitaciones y tres baños. Me he hecho una terraza muy grande (o una “cubierta”, como la llaman los marineros) donde he escrito un mensaje con conchas para los aviones que sobrevuelen la isla:

“NO ESTOY AL DÍA CON JUEGO DE TRONOS. NADA DE SPOILERS, POR FAVOR”.

También he decidido escribir este diario en las paredes de la casa con ayuda de un palo que he encontrado en la playa y al que he llamado Palo.

Día 2

Al despertar he tenido el primer contacto con los nativos. Han venido hasta la playa en grupos de dos a cinco. Tienen la piel muy roja y visten ropa de manga corta y colores llamativos. Se tumban sobre mantas de tela y guardan extraños rituales. Por ejemplo, después de comer no pueden acercarse al agua durante dos horas, dado que podrían provocar la ira de sus dioses. Beben un líquido parecido a la cerveza y comen melón, sandía y superchocs.

Como no quería arriesgarme a que me capturaran, les he ahuyentado arrojándoles arena, lo que ha hecho que mantengan las distancias.

Mismo día, por la tarde

Se me ha acercado una líder nativa. Vestía una camiseta blanca con una cruz roja y, sorprendentemente, hablaba mi idioma. Quizás lo ha aprendido de oírme gritar:

-Oiga, no puede tirar arena a la gente que viene a la playa.

-Te llamaré Viernes. Si hoy no es viernes, te llamaré Hoy.

-¿Qué?

-Ayúdame a construir una balsa. Tengo que huir de aquí.

-¿Se encuentra usted bien?

-Palo, te presento a Viernes.

-¿Está hablando con un palo?

¿Te he hablado ya de mi libro?

Día 3

La policía nativa ha entrado en mi chalet de arena. Logré huir a tiempo y esconderme detrás de un señor. Desde aquí veo cómo están registrando la casa. Espero que no encuentren mi disco duro de arena con porno de arena. Este señor se queja mucho cuando escribo en su espalda, así que no puedo quedarme detrás de él durante mucho tiempo.

Día 4

He llegado al poblado de los nativos. Parece bastante más avanzado de lo que me imaginaba. Tienen tiendas de tela, pero también hay cabañas de madera, imagino que para los nativos más fuertes.

Me arrastro entre los pinos y llego hasta donde un grupo está preparando su comida. Al parecer, están cocinando al aire libre lo que llaman “paellita”, que es un guiso muy parecido a nuestra “paella”. Pero no tienen ni puta idea, claro. ¿Por qué le echan pimientos? ¿Y trozos de pescado? Eso no es paellita, eso es arrocito con cositas.

Día 5

He pasado la noche en lo alto de un pino. Desconozco la fauna local, por lo que no quería arriesgarme a que me devoraran lobos isleños, osos isleños, leones isleños o tiburones de tierra isleños. Me he despertado muy temprano, antes de que los nativos llegaran a la playa, por lo que he podido pescar con mis manos algo para desayunar. En concreto, dos algas y algo que parece una concha vacía. Suficiente para hacerme una sopa. En el pinar podré hacerme un fuego.

Mismo día, más tarde

El pinar está en llamas.

Día 6

Hoy he hecho un descubrimiento aterrador. Todo ha comenzado cuando la policía de los nativos me ha apresado.

Un inciso: creo que el pinar que he quemado era sagrado porque les ha molestado mucho que lo incendiara.

-¡Ha sido sin querer!

-Lo siento, pero nos tiene que acompañar.

-¡Si se hace sin querer no pasa nada! ¡Los accidentes ocurren!

Me han llevado a una comisaría nativa, un edificio de varias plantas imagino que construido con adobe y paja.

-A ver, ¿por qué lleva usted varios días durmiendo en la playa?

-¿Cómo habláis mi idioma?

-¿Qué quiere decir?

-Habláis muy bien español. ¿Cómo lo aprendisteis? ¿Estoy en el Caribe?

-¿En el Caribe?

-Naufragué y llegué a esta costa hace unos días… No sé dónde estoy…

-En Castelldefels.

-¿Cómo?

-En Castelldefels. Estamos en Castelldefels. ¿Dónde dice usted que naufragó?

-Pues en el mar, dónde voy a naufragar, si no.

-Pues llegó a Castelldefels.

No sé cuánto tiempo estuve perdido en alta mar, pero la conclusión es clara: durante el tiempo que pasé en el crucero o intentando sobrevivir en el agua, los nativos de no sé bien qué isla caribeña invadieron la costa mediterránea.

No sé qué habrá sido de mis compatriotas y hasta dónde habrá llegado la invasión. La policía nativa no contesta a mis preguntas y los agentes quieren quitarme a Palo, con el que seguía escribiendo mi diario (ahora en la pared de la celda). Ignoro cuándo podré seguir con mi narrativa. Solo espero que no me hagan comer “paellita”.

Y yo me pregunto: ¿quién es el verdadero salvaje? ¿Los nativos que nos invadieron? ¿Nosotros, que hemos sido invadidos y, por tanto, en cierto modo, somos los nativos? ¿El capitán del barco, que llamaba “cubierta” a algo que está al aire libre? ¿O mi compañero de celda, que me ha contado que al final del último capítulo de Juego de tronos aparecían los créditos? ¿No te estoy diciendo que NO lo he visto?

¡Vamos a morir todos!

Back-to-the-Future-Day

– 1994 está tan cerca de 2018 como 2042.

– Ha pasado tanto tiempo desde el año 2000 hasta ahora como entre 1982 y el año 2000.

– Hace 27 años del Smells Like Teen Spirit. Kurt Cobain murió con 27 años. Ahora tendría 259 años, como Shakespeare.

– ¿Recuerdas cuando de niño pensabas que la gente de 20 años era muy vieja? Pues ahora tienes 38.

– No solo tienes 38 años, también tienes un tumor en el hígado que te está matando sin que tú lo sepas.

– Si no te mata el cáncer, te matará Antonio Sánchez, ese tío de tu oficina tan raro. Dentro de unos meses se liará a tiros con todo el mundo.

– Los nacidos en el año 2000 ya están en la universidad.

– Han ido en coches voladores y disparando rayos láser por las orejas.

– De niño soñabas con un futuro con coches voladores. ¿Pero para qué quieres coches voladores si morirás atropellado por un tranvía el 12 de noviembre de 2020 a las tres y cuarto de la tarde?

– Por un tranvía. Como en el siglo XIX.

– Han pasado tantos años desde 1899 como desde que Nirvana publicó In utero. 612 millones de años.

– ¿Te acuerdas de los vinilos? Se extinguieron cuando cayó un meteorito.

– ¡Bum! Te acabas de contagiar de sida.

– Tu madre ya ha cocinado la cena y tú aún no te has levantado del sofá.

– Se acaba de ir el autobús que tenías que coger.

– Hace muchos años era 1997.

– Espinete era bisexual.

– Mira tu reloj. Se ha parado porque el tiempo pasa demasiado deprisa y no merece la pena intentar medirlo.

– El lunes compraste uvas. Abre la nevera. Esas uvas ahora son un vino del Priorat con 14 meses de barrica.

– Te estás quedando calvo.

– Hace 10 años que acabó Breaking Bad. Y desde entonces no te callas. Deja de recomendarla.

– Tu sobrino aún no ha nacido. Ocho años más tarde, tu sobrino tiene 52 años y trabaja en un banco.

– Piscis y escorpio se llevan mal.

– Eres zurdo.

– Son las siete y media.

– Son las siete y mediaPASADAS.

– Compraste una cosa en Amazon y ya te llegó.

– Se está haciendo tardísimo.

– Anochece. Anochece EN TU VIDA.

– Aún no te has dado cuenta, pero llevas diecisiete minutos muerto. Los mismos que Kurt Cobain.

A ti te ha mordido un zombi

—Oye, ¿te ha mordido uno de los zombis?

—¿A mí? No, no, qué va.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Me habría enterado. Qué cosas tienes.

—Es que te he visto con uno encima.

—Sí, sí, casi me muerde, pero lo aparté a tiempo.

—Y no te mordió antes.

—No, no.

—Ni un poco.

—Te estoy diciendo que no.

—Es que tenía la boca muy cerca de tu cuello.

—Pero no lo suficiente.

—Mira que no te haya mordido un poco y no te hayas dado cuenta por aquello del fragor de la lucha y la adrenalina del combate.

—Que no.

—Tienes el cuello un poco rojo.

—Es el calor.

—A ver.

—¿Qué haces? Déjame.

—Solo quiero echar un vistazo.

—Que me sueltes.

—A ti te ha mordido un zombi.

—Te estoy diciendo que no.

—Entonces deja que te mire el cuello.

—Que no quiero que me mires el cuello.

—¿Y por qué no?

—Me da vergüenza.

—Pero qué tontería es esa.

—Deja de decir que me ha mordido un zombi. No me ha mordido ningún zombi. Si me hubiera mordido un zombi te lo diría.

—Esto no es ningún juego. Sabes que si volvemos al campamento y uno de los dos está infectado podría morder a más compañeros.

—Que sí, que ya lo sé, que no soy tonto.

—Mi hijo está allí. Comprenderás que tengo que cerciorarme antes de poner su vida en peligro.

—Ya, ya… Pero no me ha mordido nadie.

—Siempre hay alguien a quien muerde un zombi y no dice nada.

—No soy yo.

—¿Te acuerdas de Pedro? Le mordió uno hace unos meses mientras estaba buscando provisiones. No dijo nada y por la noche atacó a tres personas. Incluido tu hermano.

—Yo no haría eso.

—No sé, estás sudado, nervioso, no dejas que te mire el cuello.

—Acaban de atacarnos cuatro zombis en un supermercado abandonado y a oscuras. Es normal que esté sudado y nervioso.

—Bueno, vale, perdona… Es que no entiendo por qué alguien se callaría que le han mordido. No tiene cura, te vas a convertir en un zombi igual. Lo menos que puedes hacer es no arrastrar a nadie contigo.

—Yo no me voy a convertir en zombi.

—Ahora hablo en general, perdona. Es por hacer conversación.

—Ah. Pues yo qué sé. No sabemos nada de cómo funciona la infección. Igual piensan que no se contagia todo el mundo.

—No, qué va.

—¿Y tú qué sabes?

—¿A cuánta gente conoces tú que hayan mordido y no se haya convertido en zombi?

—Hombre, si los matamos en cuanto les muerden no podemos saberlo.

—Es para ahorrarles el sufrimiento.

—Eso es muy poco científico.

—No estamos para ciencia. Tenemos que salvar nuestras vidas. Y las de nuestros hijos.

—Mira, otra cosa que no sabemos es si todas las mordeduras provocan una infección. Si solo te rozan y te limpias enseguida, igual no…

—A ti te han mordido.

—¡Que no me han mordido!

—Pues deja que te mire el cuello.

—Que no ha sido en el cuello.

—¿Qué?

—Que no… Que no me han mordido…

—Has dicho “que no ha sido en el cuello”.

—No, no… Jajaja, qué cosas tienes…

—¿Dónde ha sido?

—Que no me toques.

—¿Dónde te ha mordido?

—Solo me ha rozado.

—¿Dónde?

—En tu culo, déjame en paz.

—¿Dónde?

—No me ha mordido. Solo me ha tocado el costado con los dientes. Y he limpiado la herida enseguida.

—¿Con qué?

—Con un trapo.

—Con un trapo.

—Que sí, que los gérmenes no han llegado a la corriente sanguínea.

—Claro. Los “gérmenes”.

—Mira, me atas y vemos cómo evoluciona la cosa. A lo mejor soy inmune.

—Nadie es inmune.

—¿Qué haces con esa pistola?

—Esto lo hago por ti, para ahorrarte el sufrimiento.

—Déjame sufrir en paz, cojones.

—No dejaré que te acerques a mi hijo.

—Tu hijo tiene casi 30 años.

—Es un crío.

— Podría echar una mano de vez en cuando.

—Quiero protegerle de todo esto.

—30 años tiene. Y un generador solo para su Play.

—Tenemos generadores de sobras.

—Solo tenemos dos.

—Pues eso, nos sobra uno. Además, se está entrenando.

—Jugar al Resident Evil no cuenta como entrenamiento.

—¡Mata zombis! De todas formas, no estamos hablando de mi hijo. Estamos hablando de por qué alguien se callaría que le han mordido.

—Seamos un poco científicos. No sabemos si estoy infectado. Me ha mordido muy poco. Mira.

—Tienes toda la marca de los dientes.

—Sí, pero no hay sangre. No ha llegado a hacer sangre. Y he limpiado la herida.

—Con ese trapo.

—Sí.

—¿De qué color es ese trapo?

—Del color de la jeta de tu hijo.

—¡Oye!

—Ha engordado como diez kilos desde que comenzó el holocausto zombi.

—Me quito comida de mi boca para dársela a él. ¿Cómo lo quieres?

—¿El qué?

—El disparo. ¿En la boca? ¿En la sien? ¿O prefieres que no te toque la cara? Te puedo disparar en el corazón.

—Que me dejes.

—No puedo.

—A ver si te voy a disparar yo a ti.

—Como muevas las manos, te vuelo la cabeza.

—Que no me ha hecho sangre.

—¡No podemos arriesgarnos!

—Joder, no podrás tú. Yo sí que puedo.

—Te quiero como a un hermano. Por eso te tengo que matar.

—Tú eres un psicópata.

—Lo siento.

—No, espera.

—Lo hago por mi hijo.

—Vete a la m

***

—Papá, has vuelto.

—Claro. Te dije que volvería.

—Pero has vuelto solo.

—Sí.

—Lo siento.

—Así es la vida ahora.

—¿Estás bien?

—Sí, sí…

—Estás sudando.

—Hace calor.

—Te noto pálido.

—Acabo de matar a mi mejor amigo.

—No, no, quiero decir que pareces enfermo físicamente.

—Quizás haya pillado un catarro. ¿A qué viene tanta preguntita?

—¿No te habrá mordido un zombi?

—¿A mí? Jajaja… No, hombre, no.

—¿Y esa marca del brazo?

—¿Que marca?

—Esa. No te la tapes.

—Un golpe… con… un árbol…

—Parecen unos dientes.

—Un árbol con forma de boca… ¡No hay sangre!

—¿Qué?

—Que no hay sangre. Los gérmenes no han pasado al torrente sanguíneo.

—A ti te ha mordido un zombi.

—¡A lo mejor soy inmune!

—Nadie es inmune. Me lo has dicho decenas de veces.

—No lo sabemos, hijo. Hay que mirar esto con ojos científicos. Deja la pistola. Hijo, escúchame. Podemos esperar unas horas y vamos viendo.

—No puedo dejar que sufras.

—¡Que no estoy sufriendo!

—Lo siento, papá.

—No hay sang

Todo lo que pensé mientras recorría el Paseo del filósofo de Kioto

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En Kioto tuve ocasión de recorrer el llamado Paseo del filósofo, que recibe este nombre porque Kitarō Nishida caminaba cada día por él para inspirarse y meditar. ¿Y quién era Kitarō Nishida? Ni idea. ¿Me he inventado ese nombre? ¿O acaso él se inventó mi nombre? Quizás debería buscarlo en la Wikipedia. Aunque, por otro lado, ¿por qué no me busca él a mí en la Wikipedia? ¿Pero qué se ha creído?

A lo que iba: siguiendo el ejemplo de Nishida (o de Rubio, ya no me acuerdo), aproveché este paseo de apenas media hora para pensar. Y para cazar pikachus de esos. Pero sobre todo para pensar. No seré yo quien diga que pensar se me da mucho a mejor que a Nishida, pero estas ideas que anoté durante el camino dejan bastante claro que así es. Es más, seguro que renombran el Paseo del filósofo y lo acaban llamando el Paseo del filósofo, pero el otro, el del pelazo. Aquí van:

– Hay que vivir cada día como si fuera el último: como si fuera domingo. Así que ponte series y plancha.

– Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo, pero hablando con la i.

– Jamás haría caso a una de estas listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. ¡Si los lees todos, te mueres!

– Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, siempre y cuando el mentiroso esté sentado y le pilles por sorpresa.

– Hay cinco tipos de personas que son malos amigos: 1) Los que no te prestan dinero. 2) Los que continuamente te recuerdan que te han prestado dinero e insisten en que se lo devuelvas. 3) Los que recurren a sus abogados para que les devuelvas su dinero. 4) Los que acaban embargando tus bienes y luego los subastan para recuperar su dinero. 5) La gente.

– ¿Por qué hay gente que insiste en que el siete es su número favorito cuando “siete” en realidad es una palabra?

– Si el ocho se puede dibujar como dos treses (uno enfrentado al otro), ¿no sería más lógico que ocho valiera seis?

– Si el número marcado no existe, ¿acaso he marcado el quintorce?

– Cuidado con las personas tóxicas: si te comes su pierna, te salen pústulas por todo el cuerpo.

– Los de Viven comían carne cada día. ¿Por qué se quejaban tanto? Yo no me lo puedo permitir.

– Nada dura para siempre, a excepción de las películas de Marvel. Todavía están rodando la pelea final de Civil War. Cada vez llegan más superhéroes: Spider-Man, Ant-Man, Mortadelo, el viejo de los collares de oro de Empeños a lo bestia…

– ¿Hay vida después de la muerte? Probablemente, porque si no, no daría tiempo a que terminaran todas esas películas de Marvel.

– ¿De dónde vienen los niños? Ah, vale, es una excursión de un colegio.

– El trabajo te debe llenar, dicen. Pero luego resulta que comer croquetas no es un trabajo.

– Lo mejor del trabajo es cuando falsificas tu partida de nacimiento para poder jubilarte 30 años antes.

– Si toda la gente de marketing desapareciera, ¿cuántos años tardaríamos en darnos cuenta? No menos de quince.

– Si la ropa interior fuera interior de verdad, iría por debajo de la piel.

– No hay que malgastar el dinero en cosas que solo nos harán sentir bien durante un tiempo muy breve, como los medicamentos, que apenas sirven mientras uno está enfermo.

– Cosas que nos diferencian de los animales: la sonrisa. También llevar relojes de pulsera (a excepción de algunos monos). Y hacerse el interesante en los bares. Ver programas de subastas de trasteros mientras piensas “pero qué mierda es esta”. Bailar sexy (a excepción de algunos monos). Limpiarse las gafas con la camiseta. Coser botones. Ver reposiciones de programas de subastas de trasteros. Votar a Rajoy (a excepción de algunos monos). Quitarse los piojos con un peine en lugar de con los dedos.

– Jamás cambiaré mis principios. A ver si ahora me voy a tener que llamar Naime Gubio Lancock.

– Idea para un cuento: un hombre despierta convertido en un reloj de cuco. Solo puede comunicarse con su familia durante unos instantes en las horas en punto, cuando el mecanismo le hace salir de la casita de madera. Siempre aprovecha para insultar a su primo porque le destrozó el coche en un accidente hace siete años. Su primo murió. Pero de otra cosa, así que no pasa nada. El accidente solo le dejó en silla de ruedas.

– Un buen amigo me dijo el otro día: “La vida es breve. Hay que aprovecharla y no perder el tiempo con disputas estériles”. Yo le contesté: “¿Sabes qué es breve? Tu polla. Amargado. Que eres un amargado”.

– “La vida es breve”, me dijo el muy asqueroso. Solo le faltó recordarme que encima nos pasamos el día en la oficina. Hay que ser cabrón. Joder, que quedamos para tomar unas cervezas y echar unas risas, pedazo de imbécil. No le he vuelto a llamar, al triste de los cojones. A ver si su vida es breve de verdad, se muere y nos deja en paz a todos. Hostia ya. Joder. Dos semanas con pesadillas, por su culpa.

– Por cierto, “la vida es breve, no somos más que un parpadeo en una noche eterna, por lo que nada de este mundo importa tanto como nos parece” no sirve como excusa para no pagar al casero.

– Si lloras por no haber visto el Sol, eres un poco imbécil. Espera a mañana, ansias, que eres un ansias. Que es el Sol, joder, no un dinosaurio.

– A no ser que la vida sea breve de verdad y estés viviendo este día como si fuera el último porque el médico te ha dicho que morirás en 24 horas. En tal caso, busca vídeos del Sol en Youtube, que digo yo que los habrá.

Nuestro pequeño Drip

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Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.

Estoy ahorrando

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Los últimos años ya no le gustaba contar la historia. Como nadie le creía, se enfadaba, fruncía los labios y gruñía, diciendo con un marcado acento extranjero que todo el mundo se burlaba de él y que nadie le tomaba en serio.

Pero todo el mundo en la isla la sabía y se la había relatado a alguien: hacía casi un cuarto de siglo, había venido a pasar una semana de verano, solo, con una mochila como único equipaje. La noche antes de volver a casa, salió, como todas las noches. Tomó varias cervezas de más, acabó en casa de gente a la que no conocía de nada y regresó al hostal cuando estaba amaneciendo.

Como era de esperar, se quedó dormido. Ni se duchó: bajó tan deprisa que casi se cayó por las escaleras, pagó la semana de estancia sin mirar la factura y cogió un taxi, a pesar de que apenas le quedaba dinero.

Aun así, perdió el vuelo.

Volvió del aeropuerto haciendo autoestop. Sin saber muy bien qué hacer, fue hasta la playa a la que iba cada tarde y se sentó con su mochila, su camiseta y sus tejanos, entre los turistas que estaban tomando el sol. Contó su dinero: apenas se había acostumbrado a aquella divisa, pero sí sabía que tenía lo suficiente para tres o cuatro cervezas. O dos cervezas y un bocadillo.

Volvió al hostal, donde le dejaron llamar a la embajada. Le dijeron que tendría que pagarse otro billete. No había más. La dueña del hostal también le dejó llamar a su familia, a pesar de ser conferencia. Pero su padre le colgó. Había dejado la universidad hacía dos años para irse de fiesta y de viaje, y ni siquiera les había llamado en todo este tiempo. Lo mismo con sus amigos, que le pusieron excusas: no tengo dinero, tengo que pagar la matrícula, déjame mirar y ya te diré…

-¿Por qué no trabajas en el bar de mi hermano? -Le propuso la dueña del hostal, que le miraba con una piedad comprensiva, pero también algo burlona-. Está buscando a gente.

Aceptó. Pensó que podría trabajar el resto del verano y ahorrar lo suficiente para el billete de vuelta. Pero el sueldo no era nada del otro mundo y tenía que pagarse una habitación y, claro, ropa, comida y demás gastos, por lo que apenas podía apartar algo de dinero de su sueldo. En fin, pensó, poco a poco. Me puedo quedar unos meses más. Tampoco es como si me estuvieran esperando.

Además de los gastos más o menos obligados, la isla seguía siendo tan atractiva para él como cuando estaba de vacaciones, así que de vez en cuando se permitía el pequeño lujo de ir a sus bares y discotecas favoritas, donde contaba su historia, que al cabo de unas semanas ya nadie tomaba en serio.

-¿Pero todavía no has ahorrado para el billete?

-Casi lo tenía, pero se me rompieron los zapatos y, claro…

-Si no bebieras tanta cerveza…

-¡Tengo derecho a tomarme una cerveza de vez en cuando!

Gracias a una conversación similar conoció a su novia.

-No te enamores, que en cuanto ahorre lo suficiente me vuelvo a casa.

-¿Pero cuánto tiempo llevas aquí?

-Un año y medio.

Y, claro, ella se reía y pensaba que aquel muchacho despistado era muy gracioso.

Poco a poco le comenzó a molestar el escepticismo en torno a sus intenciones. Sabía que era difícil de creer que le estuviera costando tanto ahorrar, pero también le resultaba muy molesto que cada día alguien le hiciera la misma broma en la cafetería.

-Anda, cóbrate, que si no, no vas a poder ahorrar para el vuelo.

-El bar no es mío. Si no dejas propina…

Él lo decía muy en serio, pero los clientes se reían, pensando que no era más que una salida ingeniosa.

-No, en serio. La boda nos ha costado mucho dinero y no colaboráis.

-Pide un aumento.

-¡Ya lo hice! ¡Y me dijo que no!

Ni siquiera su mujer le acababa de creer, a pesar de su insistencia.

-No sé si quiero tener niños. Es mucho gasto. Y no nos hacía falta una casa tan grande. Cuando me vaya, te van a sobrar habitaciones. Así no voy a poder ahorrar nunca para el billete de vuelta.

Aun así, tuvo tres hijos: dos niñas y un niño. Su situación económica era tan apretada que no dudó en hacerse cargo del bar cuando el dueño se jubiló, pensando que siendo su propio negocio podría ahorrar más fácilmente.

Que en el banco le concedieran el préstamo para el traspaso le sorprendió y también le enfadó.

-Vine hace cinco o seis años y no me prestasteis el dinero para el billete.

El director de la oficina, que desayunaba cada día en el bar, se rió mientras le indicaba dónde tenía que firmar.

-No, pero lo digo en serio.

-Somos un banco pequeño, no le daríamos un crédito a una persona que quiere irse a miles de kilómetros de aquí.

-Pero me conoces. Te pagaría.

-Con este bar te vas a hacer rico.

No se hizo rico, claro.

-¡Este local es una ruina! -Explicaba a los clientes-. ¡Me han hecho una inspección los del ayuntamiento y tengo que cambiar toda la instalación eléctrica! Y eso por no hablar de los gastos de casa. ¡Mis hijos quieren ir a la universidad! ¡Los tres! ¡No son tan listos!

-Claro, y la mujer se querrá ir de vacaciones.

-No, eso no -contestaba, muy serio-. Vivimos en una isla del Mediterráneo, no necesita irse de vacaciones a ningún sitio.

Seguía trabajando duro e intentando ahorrar, pero siempre surgía un gasto más o menos imprevisto, como una reparación en el coche o un regalo de cumpleaños.

-Entiendo que la gente no me tome en serio -le confesó una vez a un vecino con el que de vez en cuando jugaba a las cartas-. Pero es que ahorrar es muy difícil hoy en día. Y los billetes suben de precio cada año.

-Qué me vas a contar. Yo siempre he querido una guitarra eléctrica. Pero hemos tenido que comprarle un ordenador al niño. Se ve que lo necesita para el colegio, pero yo le veo todo el día jugando.

-La informática es el futuro.

-Eso es verdad, pero yo quiero una guitarra.

-¿Sabes tocar?

-¿Cómo voy a saber tocar, si no he podido comprarme ninguna?

Un día llegó a casa muy contento.

-¡Cariño! ¡Lo tengo!

Su mujer no sabía de qué hablaba.

-¡El billete! ¡Al fin puedo volver a casa!

Ella creía que seguía de broma, hasta que le vio hacerse la maleta.

-Vas a arrugar las camisas con la tontería.

-Que no, que me voy de verdad. Solo me llevaré esto. En mi ciudad hace mucho frío y no necesitaré toda esta ropa.

-¿Pero estás hablando en serio?

-Claro.

-¿Y todos estos años juntos?

-Te dije que estaba ahorrando.

-¿Pero y yo qué?

Se la quedó mirando sin saber de qué hablaba. Se encogió de hombros y musitó que, en fin, la había avisado desde siempre, vaya, desde el primer día le había dicho que, bueno, que estaba ahorrando para, esto, volver a casa.

-Pensaba que no lo decías en serio, que solo era una forma de hablar.

Se volvió a encoger de hombros y repitió de nuevo, más o menos, todo lo que le había dicho, es decir, que, vaya, que nunca la había engañado.

-Entiendo que los clientes del bar no me crean, pero tú eres mi mujer. Esperaba algo más de ti.

Los hijos estudiaban fuera y no hubieran llegado a tiempo para verle e intentar convencerle de que se quedara, pero sí que le llamaron por teléfono después de que su madre les explicara sus intenciones, llorando, pero de rabia. “Vuestro padre es tonto. Decidle algo, porque su vuelo sale mañana y el muy idiota es capaz de irse”.

-Papá, no puedes irte ahora.

-Llevo más de veinte años ahorrando.

-Tienes una familia.

-¡Os avisé de que estaba ahorrando! ¿Por qué no me escucháis? Nunca me hacéis caso.

-Pero allí no te queda nadie. Y no has vuelto en todo este tiempo.

-¡Porque no había conseguido ahorrar!

-¿Y nosotros, qué? ¿Y mamá? No puedes dejar a mamá sola.

-¡No es mi problema! ¡Estaba ahorrando! ¡Os lo dije miles de veces!

A la mañana siguiente se fue a la parada de autobús, muy enfadado, dejando en casa a su mujer, que estaba aún más enfadada.

-¿Pero en serio te vas? -Le preguntó un cliente habitual, al cruzárselo por el camino.

-Llevo veinticuatro años diciéndolo. Veinticuatro.

-Por eso mismo. Pensábamos que era broma.

-Nadie me hace caso nunca.

-¿Y el bar?

-¡El bar es una ruina! ¡Solo funciona uno de los fogones! ¡Hay que cambiar la cocina entera!

Se puso a hablar de la mala idea que había sido la compra del bar. Lo había tenido que cambiar de arriba a abajo. Nada funcionaba bien. Y encima, solo había hecho apaños, ni siquiera había conseguido dejarlo como a él le hubiera gustado.

-Bueno, eso ya da igual. Vuelvo a casa.

Pero con tanto hablar, perdió el autobús. Llamó a un taxi, pero tardó en llegar y, por mucho que le pidió al conductor que se saltara los límites de velocidad -cosa que por otro lado no hizo-, no consiguió llegar a la puerta de embarque a tiempo.

-¿Y ahora qué hago? -Le preguntó a una empleada de su aerolínea.

-La tarifa del billete no admite cambios. Tendrá que comprar otro.

-No pude ahorrar nada más.

Volvió al bar en autoestop y sin pasar por casa. Su mujer ya había abierto.

-Ya sabía yo que no hablabas en serio.

-Vengo del aeropuerto.

-Claro, claro.

Los primeros clientes de la mañana le saludaron con la broma habitual, pero ahora ya renovada.

-¿Pero no te ibas?

-He perdido el avión.

-Vaya, qué mala suerte.

-¡Es verdad!

-¿Y qué vas a hacer?

-Pues ahorrar para volver a comprarme otro, vaya pregunta más estúpida.

Se oyeron un par de carcajadas. Apretó los labios y retorció el trapo que tenía entre las manos.

(Fuente de la imagen)