Prefiero ir con tiempo al aeropuerto

Foto: Suganth (Unsplash)

Me gusta ir con tiempo al aeropuerto. Prefiero llegar sin agobios y no tener que preocuparme por si pierdo el vuelo. Vale, los aeropuertos son aburridos y el zumo de naranja es carísimo, pero al menos estoy tranquilo. Me llevo mi libro y, hala, a leer.

A principios de la década de 1910 me instalé en un solar situado a las afueras de Barcelona, cerca del Prat. Acampé durante varios meses hasta que llegaron unos señores con unos planos y se pudieron a edificar lo que en 1916 sería el aeropuerto, que se inauguró con un vuelo Barcelona (salida desde el aeropuerto del Prat) – El Masnou (llegada al aeropuerto del Prat).

Recuerdo cómo despegaban los primeros aviones, que eran globos aerostáticos con alas o, a veces, palomas muy grandes, y cómo me pasaba horas esperando que anunciaran mi vuelo. También seguía la prensa económica, pendiente de que en 1927 se fundara Iberia, la compañía con la que había reservado billete.

Gracias a los años que pasé en el aeropuerto, aprendí muchas cosas. Por ejemplo, el zumo de naranja es tan caro porque no son naranjas: son las cabezas exprimidas de monos en peligro de extinción. Los croissants, en cambio, se fabrican con las migas que caen de los croissants de cafeterías de toda España, enganchadas con celo.

En el aeropuerto conocí a la que sería mi primera esposa, una fregona que me abandonó después de que la besara y la llamara “cari”. Cobró vida y le crecieron unos brazos que aprovechó para huir reptando mientras yo le gritaba: “¡Puedo cambiar! ¡En serio, no tengo ninguna personalidad!”.

También viví la Guerra Civil en el aeropuerto. En mi opinión, un factor que contribuyó a la derrota republicana fue que todos los zeppelines salían con retraso y los milicianos además tenían que facturar las armas: no podían llevarlas en cabina sin pagar un suplemento de diez reales.

El boom del turismo también fue interesante. De repente, el aeropuerto se llenó de gente que venía de países exóticos, como Murcia, y que hablaba idiomas extraños, como el español con acento de Madrid. Aún recuerdo lo que le costó a la comitiva de bienvenida entenderse con el turista un millón.

-BIENVENIDO. A. ESPAÑA.

-Pero no me grite.

-WELCOME. TO. GUAIÓ MINÍ.

-Que soy de Cuenca. Vengo para el Mobile World Congress.

-Aún no ha empezado. Faltan como cincuenta años.

-Ya, pero me gusta ir con tiempo, así voy pillando sitio.

Nos abrazamos.

Bueno, le abracé mientras forcejeaba.

Acabé invitando a mon semblable, mon frère, a un zumo de naranja y un croissant.

-¿Qué es un móvil, por cierto?

-Ni idea, aún no se han inventado. Espero que sea una tecnología que facilite la posibilidad de insultar a extraños. Hoy en día es dificilísimo insultar a gente que no conoces.

-Y eso que son todos unos hijos de puta.

-Efectivamente.

Admito que a lo largo de los años me aburrí mucho. Al final, ya me conocía todas las tiendas y todas las cafeterías. Por culpa de este aburrimiento me obsesioné con temas que, con la distancia, admito que eran ridículos. Por ejemplo, en 1991 me acabé el libro que llevaba (Teo va en avión) y pasé por una de las librerías. Me enfadé muchísimo cuando vi el truco barato que usaban las editoriales para vender.

-Oiga, aquí pone que es de bolsillo, pero no me cabe en el bolsillo.

-Bueno, es una forma de hablar. Se refiere a que…

-Que no cabe, le digo.

-¿Quizás en el bolsillo de la maleta?

-Eso es trampa.

-A ver, que es Los pilares de la Tierra, ¿cómo quiere que quepa en un bolsillo?

-NO SOY YO QUIEN HA PUESTO “DE BOLSILLO” EN LA PORTADA, SEÑORITA.

-Me llamo Antonio.

-NO LE HE PREGUNTADO SU NOMBRE, SEÑORITA.

Me hice con un megáfono e inicié una serie de protestas que terminaron cuando un empleado me dio de tortas con una fregona.

Fue muy doloroso.

Se parecía tanto a mi primera esposa.

Al final me compré un abrigo muy grande para llevar los libros.

A pesar de estas escenas de violencia, me hice amigo de muchos de los trabajadores del aeropuerto. Recuerdo esas largas conversaciones con Álvaro, de información.

-¿Qué tal va todo?

-Tengo cáncer. 

-Así me gusta, Álvaro de información, que me mantengas informado. JAJAJAJA…

-Me han dado seis meses de vida.

-Eso, dame más datos. Infórmame, que es tu trabajo. JAJAJAJA… Ahora en serio, qué tal todo.

-Me duele mucho.

-Qué tío, siempre pensando en el trabajo.

Total, que finalmente anunciaron mi vuelo, con salida el 17 de julio de 2019 y con destino a Castelldefels. Y, en fin… A ver cómo lo cuento… Ahora me río, pero en ese momento no me hizo ni puñetera gracia. Mejor juzgáis vosotros. 

Llego a la puerta y resulta que EL VUELO SE HABÍA RETRASADO MEDIA HORA.

Menudo cabreo pillé. ¡Podría haber dormido media hora más!

Jajaja… ¿Lo pilláis? Llevo ahí desde 1910 y digo que podría haber dormido media hora más… Jajaja… PUES NO TIENE GRACIA, JODER. NO ES UN CHISTE. SIEMPRE IGUAL CON LOS RETRASOS, SON TODOS UNA PANDA DE INÚTILES. SI ME RETRASO YO, EL AVIÓN NO ME ESPERA. TENDRÍA QUE HABERME IDO SIN ELLOS. DANDO SALTOS, PORQUE NO PUEDO VOLAR. SI LOS TUVIERA DELANTE AHORA MISMO LES DABA DE PATADAS HASTA QUE SE ME ROMPIERAN TODOS LOS HUESOS DE LAS PIERNAS.

Aunque al final dormí en el avión y ya se me pasó el mosqueo.

Pero, vamos, que prefiero ir con tiempo al aeropuerto. Ahora estoy esperando el vuelo de vuelta, que sale el 7 de juliembre de 2051. Juliembre es un mes que se inventará en 2022 para reflejar EL FIN DE TODAS LAS ESTACIONES Y EL INICIO DE LA OLA DE CALOR ETERNA.

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Cochefobia

The US National Archives (Flickr Commons)

Es una vergüenza el acoso al que estamos sometidos los conductores. El ayuntamiento nos trata como si fuéramos apestados: no podemos casi ni acercarnos al coche sin que nos multen, nos den una paliza y nos arranquen todos los dientes uno a uno. Si van a prohibir el coche, que lo prohíban, pero esta persecución constante es insoportable, además de injusta: ¿acaso no pagamos impuestos e incluso sanciones por haber intentado no pagar esos impuestos? 

Pongamos por ejemplo lo que me pasó hace unos días. Salgo de casa, bajo al coche, arranco, hasta aquí todo bien, pimpam, pero me subo a la acera y la gente ya enfadada. Bájese de aquí, pero qué hace. ¿Es que yo no tengo derecho a desplazarme solo porque prefiero ir en coche? A ver si ahora la ciudad va a ser solo de los peatones. 

Además, es un momento, hasta que entre en el portal. Nada, lo justo para bajar y abrir la puerta. Con eso no basta, claro, porque el coche no cabe. Ya puedo ponerme a maniobrar, que no hay manera. Ni de frente ni de culo, que lo he probado varias veces. Total, que tengo que coger cierta velocidad, porque si no, no hay forma de echar abajo la puerta y lo que pueda llevarme por delante. ¿Que por qué la abro antes, si la voy a reventar? Hombre, pues para que no impacte todo el frontal, que no estamos locos.

Pero esa no es la pregunta que hay que hacerse. La duda que todos los vecinos nos planteamos (creo) es ¿qué clase de ayuntamiento te monta entradas de edificios por las que no cabe un coche? Pues un ayuntamiento que odia a todos los ciudadanos que no nos sometemos a la dictadura de lo políticamente correcto. Luego que por qué pierden elecciones. Pues por cosas como estas. 

Encima, el coche no cabe en el ascensor. Una vez conseguí pillar un poco de velocidad y colocar las dos ruedas delanteras apoyadas contra el espejo. Pero ni así. Todo el culo se quedaba fuera.

Es decir, hay que subir por las escaleras. Porque tampoco no hay rampas. En el edificio todos (creo) tenemos coche, pero no hay rampas y cada vez que saco el tema en las reuniones de vecinos, me encierran en el cuarto de los contadores. Las escaleras destrozan la suspensión, pero eso a los políticos y al podemita del presidente les da igual. Lo importante son los peatones, dicen. ¿No preferirán rampas ellos también, digo yo? Más cómodo para todos, ¿no? Da igual, la planificación urbana de esta ciudad y de mi casa es un infierno. Nada tiene sentido. Nada.

Como los descansillos. No sé quién fue el genio que los diseñó, pero me imagino que sería cosa de algún concejal que cobró sus buenas comisiones a cambio de mirar hacia otro lado. Tengo que maniobrar como cuatro o cinco veces para girar y coger el siguiente tramo de escaleras. Además, no me queda espacio para coger impulso, así que para subir tengo que ir tirando de embrague y freno de mano. Cuando llevas dos pisos, el coche ya huele a perro chamuscado, así que imagina llegar al quinto.

Y si eso fuera todo, pues aún. Pero no, qué va. Encima las escaleras parecen las Ramblas. Empieza a salir y a entrar todo el mundo, gritando tonterías como “pero tú estás bien de la cabeza” o “qué haces con el coche aquí”. ¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, mis cosas. Y las hago en coche porque es más cómodo, porque es legal y porque los coches son parte del progreso y de nuestra forma de vida. Un coche es libertad. Un coche es poder levantarse un sábado y decir “me voy a comer al monte” y luego volverse a la ciudad porque en el monte no hay ni un puto restaurante y además huele raro. 

Libertad, la palabra que no entienden en el ayuntamiento ni la comunista del tercero que me tira huevos cada vez que me ve. 

Si el ayuntamiento no quiere que vaya en coche, la solución no es construir puertas estrechas y descansillos minúsculos, no, la solución es más transporte público. Por ejemplo, si quiero subir del portal a casa, la parada de metro más cercana está como a diez minutos. Ya me dirás tú qué servicio público es ese. Pues al final pasa lo normal, que la gente coge el coche porque va de puerta a puerta.

Y eso que cada vez es más difícil porque las escaleras se llenan de intolerantes. Como el perroflauta del cuarto con la bici. Madre mía, el tío se me pone siempre farruco e incluso le suele dar algún golpe al capó. Increíble. Los de las bicis son unos fascistillas. Encima te miran por encima del hombro porque ellos nunca han atropellado a una vaca. Solo fue una vez y además me la comí, así que no pasa nada, lo comido por lo servido, etcétera.

Cuando llego a casa me encuentro con el mismo problema que abajo: la puerta es estrechísima. Total, que tengo que echar media pared abajo, como en el portal. Y luego aguantar las quejas de mi mujer y sus “otra vez, no” y “¿pero no puedes ir andando? Nuestro hijo va en silla de ruedas por tu culpa”. Hombre, poder, puedo, pero para ir andando no me compré yo un Opel Kadett 1.8 con 115 caballos y un alerón rojo (el rojo corre más).

En fin, mujeres… Como no saben de coches, no se puede hablar con ellas. También es por el ruido: un defecto del Kadett es que su motor es bastante ruidoso en interiores.

En casa tampoco es que lo tenga muy fácil: los pisos de hoy en día son pequeñísimos. La parte buena es que el pladur se cae con solo mirarlo y es fácil abrirse camino por el pasillo.

El coche no cabe en el baño, pero eso ya da igual: me basta con que entre la parte delantera para poder abrir la puerta, que se abre mal porque toca con el bidet, pero bueno, salir, salgo. Que esa es otra, no sé para qué tenemos un bidet. ¿Qué es esto? ¿La Francia de Luis XVI? Oui, oui, le bidet du Bordeaux, oh la la, le baguette est au bidet, ça va, ça va, spasiba, croissant, pain au chocolat, buongiorno, wie geht es dir. 

La bajada es más fácil porque las puertas ya están reventadas y es cuesta abajo. Lo que ya no es tan fácil es encontrar aparcamiento mientras te persigue la policía. Son todo zonas verdes, azules, rojas… Yo qué sé, si ya no quedan más colores para sacarnos la pasta. Un desastre. 

Encuentro sitio en un paso de cebra en el que no molesto (¡no hay nadie cruzando!). Pero nada más salir del coche ya me estoy meando otra vez. 

Y así nos tiene todo el día el ayuntamiento. Subiendo, meando, bajando, subiendo, meando, bajando, huyendo, siendo esposados nada más salir del coche solo por ejercer nuestra libertad, pasando la noche en el calabozo, siendo llevados ante el juez, esperando el juicio o, mejor dicho, los juicios, preparando mi defensa, porque me defenderé a mí mismo, hablando con el abogado de mi mujer, firmando los papeles del divorcio… Todo porque el ayuntamiento se ha empeñado en hacernos la vida imposible a los conductores con una legislación anticonstitucional por discriminatoria.

¿Hasta cuándo va a durar la discriminación a la que estamos sometidos los conductores? ¿Hasta el martes? El martes tengo lío, ¿puede ser el miércoles?

Eso sí, la policía bien que me llevó en furgón a comisaría. Ellos no tienen que ir en metro, no, los señoritos hacen lo que les da la gana.

Doble moral.

Una vergüenza.

Lo que ocurre cuando veo una cucaracha

Foto: Daniel von Appen (Unsplash)

—Lo siento, señora, pero no puede pasar.

—Es que vivo ahí.

—No puede pasar, le digo.

—¿Pero por qué?

—Jaime Rubio ha visto una cucaracha.

—¿Qué?

—Lo que oye.

—Ay, Dios. ¿Pero cómo ha sido eso?

—No podemos decir nada más todavía. Los bomberos están dentro examinando el edificio.

—¿No será una pelusilla como la otra vez?

—No lo sé, señora. ¡A ver, échense todos para atrás! ¡No se apoyen contra las vallas, por favor!

—La otra vez me pasé tres días en casa de mi hermano y al final solo era una pelusilla.

—Dime, te recibo. Sí… Sí…

—¿Es una pelusilla?

—De acuerdo… Recibido…

—Ojalá sea una pelusilla.

—A ver, escúchenme todos. Se ha confirmado: hay una cucaracha en el edificio. ¡Cálmense, por favor! ¡Silencio! ¡Silencio, les estoy diciendo! ¡Ya me han hecho desenfundar, no me obliguen a disparar! Bien, los bomberos han confirmado la presencia de una cucaracha en el edificio. Hemos llamado al ejército, que procederá a su eliminación.

—¿Con drones?

—Aún no lo sabemos. Estamos estudiando el tamaño. Pero no quiero engañarles: lo más probable es que haya que bombardear el edificio, echarlo abajo y quemarlo todo.

—Ay, habría preferido una pelusilla. ¿Y nuestras cosas?

—Para eso tendrán que reclamar al Ministerio del Interior, pero probablemente lo pierdan todo. El protocolo marca un perímetro de seguridad muy estricto que se ha de mantener durante al menos veinte años.

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo está dentro!

—A ver, cálmese.

—¿Cómo quiere que me calme? ¡Mi hijo está dentro!

—¿Qué edad tiene su hijo?

—Treinta y cuatro años.

—Maldita sea. ¿En qué piso?

—Debería estar en el segundo B. Pero es que no es muy listo.

—Un momento, voy a avisar. Alfa 7 a Equipo Fuego, ¿me recibís? Tenemos dentro a un treintañero. Buscad a alguien con pulseras de festivales de hace como tres o cuatro años. Si necesitáis llamar su atención, gritad “aquí tienen IPA”… Ah, bien. Estupendo. Ya lo habían encontrado.

—Menos mal.

—Un momento, ¿qué es eso que viene por ahí?

—¡A ver, vamos a tener que ampliar el perímetro de seguridad! ¡Abandonen la zona!

—Ay, son tanques. ¿Seguro que no es una pelusilla? Si hay corriente se mueven y a veces Jaime se asusta porque parecen un bicho.

—¡Si tienen donde quedarse, váyanse ya! ¡No pueden quedarse aquí!

—Buenos días agente. Soy el teniente coronel Sánchez y estaré a cargo de la operación. ¿Está usted al frente de la seguridad?

—Eso intento.

—Necesito que retire a toda esta gente del perímetro. Mis hombres le pueden ayudar.

—Pues me haría un favor.

—Los cazas llegarán en unos veinte minutos.

—¿Cazas?

—Sí. Una vez confirmada la presencia de una cucaracha en el parking del edificio, no queremos correr ningún riesgo. Podría subir.

—El parking no es aquí.

—¿Qué dice, señora?

—El parking no está en el edificio. Es ahí, en el de enfrente.

—¿Este edificio no tiene parking? 

—No.

—¡Esto es inaudito! ¡El CNI siempre jodiéndolo todo! ¡Así nos fue en Iraq! ¿Pero los bomberos dónde estaban?

—En el edificio.

—¿Hay dos cucarachas, entonces? ¿Una en el edificio y otra en el parking?

—Francamente, coronel, no lo sé. Pero si hay dos, estamos hablando de una plaga.

—Voy a avisar y a solicitar nuevas instrucciones.

—¿Entonces podremos volver a casa?

—No lo sé, señora. ¡Échense todos para atrás, por favor, no se apoyen en las vallas!

—Creo que mi otro hijo está en el parking.

—Ahora nos encargamos de todo.

—Mire, ahí viene otra vez el coronel.

—Agente, es más grave de lo que creíamos.

—Dígame.

—¿No serán dos pelusillas?

—Hay que evacuar la ciudad. Dentro de poco informarán los medios de comunicación, pero creo que debe saberlo: el presidente y los ministros ya están fuera, en varias localizaciones seguras.

—¿Qué dice ahora el militar, que desde aquí no oigo nada?

—Que hay que evacuar la ciudad.

—¿Otra vez? 

—¡Mis hijos están en la ciudad!

—A ver, señores, necesito que se retiren. Dentro de poco llegarán unos autobuses. Tendrán que subirse a ellos.

—¿Pero a dónde nos llevan?

—No lo sabemos aún, pero se les informará de todo. Aquí no se pueden quedar. Jaime Rubio ha visto una cucaracha y es posible que en total sean dos. Hasta el momento hemos encontrado una cucaracha por edificio, la ciudad está ya perdida. No podemos correr ningún riesgo. Repito, no podemos correr ningún riesgo.

El eterno retorno

Giammarco Boscaro (Unsplash)

“La historia se repite primero como tragedia, segundo como farsa, tercero como un musical de Broadway, que no hay quien los soporte; cuarto como la versión aún más cutre del mismo musical, pero en la Gran Vía; quinto como serie estiradísima, de las que piensas “esto habría funcionado como película, pero como ahora están de moda las series, pues nada, a meter capítulos de relleno”; sexto como el corto que rodó un amigo tuyo de la facultad; la séptima no está mal, pero no para ir al cine, quizás cuando la pongan en Filmin o donde sea; octavo como cómic de estos que son tan serios, que vienen en tapas durísimas y te cuentan unos dramas que madre mía; noveno como un entremés; décimo como la versión moderna del mismo entremés, con los actores vestidos con ropa del Zara; undécimo como una ópera; duodécimo como una space opera; decimotercero como Space Jam, pero Michael Jordan es de dibujos animados y los animales son de verdad; decimocuarto como una comedia romántica de Meg Ryan; decimoquinto como un monólogo de humor observacional que comienza diciendo “¿no os habéis fijado en que todos los monólogos de humor observacional comienzan diciendo ‘no os habéis fijado en que’?”; decimosexto como un grupo de improvisación que está empezando y aún hay dos que son un poco tímidos, pero ya verás cuando se lancen porque tienen mucha gracia; decimoséptimo como un juego de mesa que tiene unas reglas muy complicadas y esto es muy largo de explicar, ¿no tendrás por ahí el Scattergories? El Scattergories le gusta a todo el mundo; decimoctavo como un espectáculo de mimo en el parque, pero el mimo está encerrado de verdad en una jaula de cristal y está gritando, pero nadie le oye, es que ni siquiera es un mimo, trabaja en un banco, y al final muere de hambre; decimonoveno como una farsa otra vez, pero con otros actores, porque es un remake, que estos de Hollywood ya se han quedado sin ideas; vigésimo, como la segunda temporada de la serie de antes, pero nadie la ve y la cancelan; vigésimo primero como la novela esa de la que habla todo el mundo, pero a ti te da pereza leerla y al final la lees y, hombre, no está mal, pero no había para tanto; vigésimo segundo como un menú de catorce platos en un restaurante con estrella Michelin; vigésimo tercero como la resaca de después de ir a ese restaurante con estrella Michelin, que es culpa tuya porque te empeñaste en pedir el maridaje de vinos y además en esos sitios la comida es muy rara y no siempre sienta bien; vigésimo cuarto como un concierto de música clásica; vigésimo quinto como el mismo concierto, pero solo hay flautistas; vigésimo sexto como el mismo concierto otra vez, pero solo es un señor mayor con una armónica; vigésimo séptimo como una serie de dibujos animados, pero para adultos, en plan bruto, como Archer; vigésimo octavo como un rap en el metro, que me he enterado hace poco que eso pasa (yo es que voy en bus); vigésimo noveno como un sarpullido raro, pero no vas al médico porque seguro que no es nada y cuando te das cuenta resulta que es una enfermedad rarísima y te sale un tercer brazo de la oreja; trigésimo como una zarzuela, pero el plato, no el género chico; trigésimo primero como una sucesión de números primos; trigésimo segundo como una tragedia otra vez, pero casi todo el mundo es zurdo; trigésimo tercero como una parodia, pero hay gente que no se entera y se cree que va en serio (jajaja, hay que ser idiota); trigésimo cuarto como un grupo de whatsapp; trigésimo quinto como una actualización de Facebook; trigésimo sexto como un hilo de Twitter; trigésimo séptimo como una newsletter que dejaste de leer al segundo envío, pero te da pena darte de baja; trigésimo octavo como una charla con ese amigo que siempre te está diciendo lo que tienes que hacer y al final le vas diciendo “sí, sí” porque solo quieres que se calle y te deje irte a casa; trigésimo noveno como un postit que alguien dejó en la nevera y en el que solo pone: “No hay huevos”; cuadragésimo como una sesión de trabajo con unos consultores que están empeñados en que sea participativa y tú te preguntas cuánto estarán cobrando y qué pensarán sus padres de ellos; cuadragésimo primero como una peli porno; cuadragésimo segundo como una peli porno amateur; cuadragésimo tercero como un podcast en el que solo hablan de porno amateur; cuadragésimo cuarto como un documental en diez capítulos, que lo ves y dices, joder, mejor que una serie, solo que no sabes que se han inventado la mitad; cuadragésimo quinto como una charla con un amigo, pero ahora eres tú el que va dando consejitos; cuadragésimo sexto como otra novela de moda, no te has acabado la primera y ya hay otra más; cuadragésimo séptimo como una peli de Marvel, es decir, que dura muchísimo; cuadragésimo octavo como Gran Hermano 7; cuadragésimo noveno como un cómic de Mortadelo y Filemón, y esta es la mejor versión, es mi favorita y cuando lleguemos me pienso plantar y no quiero saber cómo son las siguientes, es más, ni tan solo quiero saber si hay siguientes”, Karl Marx (1818-1883).

Mi discurso de investidura

(Foto de Kane Reinholdtsen, en Unsplash)

Si me votáis, prometo no vengarme. Ni siquiera de los siete que me agarraron a traición y me encerraron en esta jaula. A lo mejor de Alonso sí. O como se llame. El de la corbata. Pero porque ya me caía mal de antes. ¿Qué clase de nombre es Alonso? ¿Qué has hecho con la efe, Alfonso?

Las calumnias de las que he sido víctima no son más que eso, calumnias. No es cierto que mi sangre sea ácido, aunque si salpica en los ojos escuece bastante. ¿Verdad, Alonso? La culpa es tuya por morderme. 

Tampoco es cierto que tuviera planes para cambiar el nombre de nuestro país a Esjaime. Esa frase se sacó de contexto y se exageró. Además, era Jaimaña. Tenía hasta lema: más vale Jaimaña que fuerza. ¿Qué tiene eso de malo? Es un buen nombre y es un buen lema. ¿Por qué hacéis tanto caso a alguien que se llama Alonso? Ese nombre huele a gomina desde aquí.

También me han acusado de ser populista. ¿Pero cómo voy a ser populista si nadie me habla? ¿Sabéis qué es ser populista? Prometer que echaremos a todos los extranjeros del país para que no nos roben el trabajo. Pero yo propongo lo contrario: irnos todos del país y que trabaje quien quiera quedarse. ¡Que trabajen los franceses, si tanto les apetece! ¡Yo no pienso trabajar! ¡Dejadme en paz! ¡No hablo francés! ¡Tengo sueño! ¡Robadme el trabajo, robots del futuro!

Abrid la puerta de la jaula un momento, solo para que entre aire. Hace mucho calor y las rejas son muy gordas. No me escaparé, de verdad, solo quiero refrescarme un poco. Quizás dé un paseo, pero volveré por la noche. ¿Por qué nunca me creéis? Esta vez es diferente, me habéis escondido la escopeta. Y la otra vez no tenía balas, no hacía falta tanto grito.

Pero no vengo solo a desmentir las acusaciones de Antonio (me niego a seguir pronunciando el nombre de Alonso), sino que además ofrezco soluciones. Por ejemplo, al problema catalán, siempre y cuando el problema catalán sea el del tren que sale de Mataró a 80 kilómetros por hora. Si es así, la solución es que los dos trenes se cruzan a 110 kilómetros de Barcelona. 

Lo sé porque hice la prueba con trenes de verdad y medí la distancia con un metro. Bueno, con 110.000 metros, pero usando un metro. Es decir, medía metros con el instrumento llamado metro. No me refiero al medio de transporte, el también llamado barco subterráneo, sino a la herramienta que sirve para medir. Creo que se entiende perfectamente, no me miréis así. ¿Si digo cinta métrica queda más claro? ¿En serio no habéis visto nunca un metro? ¿Tan viejo soy? ¿Qué se usan ahora, las cintas yárdicas?

Os prometo que si votáis por mí, la legislatura será emocionante. Mi segundo nombre es Danger. Acercadme la escopeta y sabréis por qué. Abrid un momento la jaula, que hay que vaciar el orinal. No es una trampa. Guardia, me duele el estómago. Tengo derecho a una llamada. Ahí hay un teléfono, al lado de la puerta. ¿Alguien quiere un vis a vis?

Mi segundo nombre es Danger, decía, pero el tercero es Pancracio. Me lo pusieron por un tío abuelo, confiando en que heredaría sus tierras. Así fue, pero ahora no sé qué hacer con estas 89.000 macetas. Si alguien quiere una maceta, que me llame. Dos euros cada una. Son de las buenas, de estas marrones.

Alonso, cabrón, déjame salir. No es verdad que tenga una llave inglesa escondida debajo de la camisa. Pero si la tuviera, te abría la cabeza. En serio te lo digo.

Siguiendo con mi plan para Jaimaña, dejaré que el pueblo elija: ¿bajar el paro o la caja sorpresa? Todo el mundo prefiere la caja sorpresa. Bajar el paro está bien, pero dentro de la caja sorpresa podría haber un coche. O un patinete. O dos millones de empleos. O una colección de DVD de clásicos del cine. O la vuelta al patrón oro. Cualquier cosa. Incluso otra caja sorpresa. 

Una vez fui a un concurso y me dieron a elegir entre la caja sorpresa, lo que hubiera detrás de la puerta y dos hostias bien dadas. Escogí la caja. No, dentro no había dos hostias bien dadas, dejadme acabar. Dentro estaba Dinamarca. Dinamarca no existía hasta entonces. Es un país que creó el concurso Olé tú en 1997. Quise quedármelo, pero en casa casi no me cabía, ocupaba una habitación entera, así que lo tiré al río. Supongo que llegaría al mar y desde ahí a donde está ahora. Magnífico país. Lleno de bicicletas. Me tenían la casa limpísima y con unas notas altísimas en todos los indicadores de bienestar tanto social como económico. Mi piso era uno de los que tenía un índice más alto de universitarios del mundo, y eso que a mí no me dejaron estudiar una carrera por ir en calzado deportivo y no saber leer.

Un momento, ¿qué hacéis? ¡No mováis la jaula! ¡Aún no he terminado de hablar! ¡Tengo más ideas! ¡También puedo solucionar el problema vasco! ¡Si un tren sale de Irún a 90 kilómetros por hora…! ¡Dejad que termine! ¡Os odio! ¡Os odio a todos! ¡Cuando salga de aquí os romperé el cuerpo a patadas! ¡A Alonso y a los demás! ¡Dejad que termine! ¡Estamos en el templo de la palabra, hijos de puta! ¡Parad, que se me ha caído la llave inglesa! ¡Un día os olvidaréis la escopeta cerca de la jaula y os enteraréis de lo que es bueno! ¡Te odio, Alonso!

(Mi candidatura fue rechazada por 17 votos en contra y 333 abstenciones. Yo me abstuve por elegancia, me parecía feo votar por mí).

La mesa de al lado

 

—Está clarísimo: tiene que dejar a su novio.

—¿Qué?

—Por favor, si la trata fatal.

—¿De qué hablas?

—¿No estás escuchando?

—¿A quién?

—Baja la voz, que te van a oír.

—¿Quién?

—Las de la mesa de al lado.

—¿Qué les pasa?

—¿No estás oyendo lo que dicen? Está interesantísimo.

—No hagas eso.

—¿Por qué?

—Está mal.

—Es culpa suya, gritan mucho.

—Además, es un poco desconsiderado. Hacía mí, digo.

—¿Por qué?

—Tú dirás, salimos a cenar y prefieres escuchar la conversación de al lado.

—No seas tan susceptible. Y baja la voz, que se van a dar cuenta.

—¿Susceptible? Pensaba que me estabas prestando atención.

—Sí, claro que te atendía. Lo de la serie esa que quieres ver.

—No sabes ni cómo se llama.

—No te pongas así. Contigo puedo hablar luego, pero esta historia me la voy a perder si no me entero ahora ahora. 

—¿Qué más te da? Si no volverás a verlas.

—Pues por eso mismo. Qué fuerte lo que le hizo durante las vacaciones. Estoy por levantarme y decírselo.

—¿Qué hizo? ¿Pasar de ella y preferir las conversaciones de los demás?

—Que bajes la voz, te digo.

—Estoy moderadamente ofendido. Y paso un poco de vergüenza.

—Si prestaras atención, te darías cuenta de que la historia merece la pena.

—Lo que tú digas.

—Tú escucha y luego te cuento lo demás. En serio, esto hay que comentarlo después.

—Está mal escuchar conversaciones ajenas.

—Que sí, que ya lo sé, pero es que esta es para hacer una película.

—Igual exageras, ¿eh?

—Además, aquí las mesas están muy juntas, no hay más opción que enterarse de lo que dicen los demás.

—¿Crees que a nosotros nos escuchan? ¿Que todo el mundo es así?

—Baja la voz… Oh, ahora interrumpe el camarero. Qué horror, quería saber qué pasaba con el coche.

—Madre mía.

—¿Qué pasa?

—¿No estás escuchando? Han pedido California rolls.

—¿Ves cómo está divertido escuchar a los demás?

—California rolls. Aquí. No saben dónde están.

—Lo que me extraña es que los tengan en la carta.

—Por culpa de gente como esta.

—Están preguntando si el sashimi viene crudo.

—Qué vergüenza.

—Ahora me estoy poniendo de parte del novio.

—Estoy por levantarme y decirles lo que tienen que pedir.

—Eso estaría genial.

—De hecho, mira, lo voy a hacer.

—¿Qué?

—Disculpad…

—¿Qué haces? No, no…

—Perdonad, no he podido evitar oír lo que pedíais y os estáis equivocando.

—Por favor, para.

—Este sitio no es para pedir california rolls o arroz frito. Aquí se viene por el pescado, que es espectacular.

—Déjalas en paz.

—Pero si te he preguntado antes.

—Pensaba que estabas de broma. Disculpadle, es que… Tiene fiebre…

—¿Qué dices de fiebre? A ver, lo que os decía: pedid niguiris, los que os gusten… El variado suyo está bien. Y el sashimi. Nada de california rolls. 

—Para ya…

—Si no os atrevéis con el pescado crudo, probad el tataki, por ejemplo. O unos makis de atún normales.

—Por favor.

—No os molesto más. Es que es una pena que vengáis aquí y… Ah, y mi mujer dice que dejes a tu novio, que no te está tratando bien.

—No, no… No he dicho eso. No le hagáis caso, no está bien.

—Sí que lo has dicho.

—La cuenta, por favor.

—¿Qué? Pero si no he terminado. Y quería algo de postre.

—Nos vamos ya.

—¿Por qué?

—No puedes hacer eso.

—¿El qué? ¿De qué hablas? Les he hecho un favor. ¿A que os he hecho un favor?

—Para, por favor. Perdonad, lo siento mucho. Es… Es que… Tiene fiebre. Y demencia. Lo siento. Ahí viene la cuenta, menos mal.

—Deja que me acabe esto, al menos.

—Nos vamos.

—No entiendo por qué te pones así, he hecho lo que me pedías.

—No lo has hecho.

—Pues ya me contarás la diferencia.

—Calla, que todo el mundo nos mira.

—Joder, que se metan en sus asuntos.

—Para.

—Panda de cotillas.

—Para, para ya.

—No estoy haciendo nada.

—Para hace media hora.

Que se ha muerto

Nationaal Archief (Flickr Commons)

—Bueno, ¿qué? ¿Pedimos otra copa?

—Yo ya no puedo más. ¿La cuenta?

—¿Ya? Pero si lo mejor de estas comidas es la sobremesa.

—Llevamos dos horas de sobremesa. Quedaos vosotros, si queréis, pero yo voy a ir tirando ya.

—A ver qué dice este. Tú. Eh. ¿Pedimos otra?

—¿Qué le pasa?

—¿Se ha dormido?

—A ver…

—Tiene los ojos abiertos.

—Joder, que se ha muerto.

—¿Pero cuándo se ha muerto?

—Ni idea, pero la copa ni la ha tocado.

—Ni el café.

—Con razón estaba tan callado.

—Pues al final no vamos a pedir otra.

—Venga, si ya ha estado bien. Yo voy bastante borracho.

—Tú eres un blando. Ahora tendríamos que ir al Dry Martini.

—Eso, con los jubilados.

—Y ya empalmamos con la cena.

—Que no tenemos edad. ¿No ves que este se ha muerto?

—Claro, tú eres un blandengue, pero este es una niña de seis años.

—¿Y qué hacemos? ¿Avisamos a su mujer?

—No, no. Yo ahí no me meto. La bronca le va a caer igual. Por lo menos que no nos salpique.

—Habrá que meterlo en un taxi, al menos.

—Ya podría haberse muerto en su puta casa. ¿Vamos pidiendo la cuenta?

—¿Nos cobra, por favor?

—¿Recuerdas su dirección?

—Mírale el DNI.

—Voy. De paso, saco su parte. ¿A cuánto sale la broma?

—A ver, espera, que saco el móvil… 70 euros por cabeza. Contando la propina.

—Suerte que tiene efectivo.

—¿Le queda para el taxi?

—Sí, sí.

—Menos mal, porque no me apetecía tener que acompañarlo hasta casa. Es tardísimo.

—¿Qué va a ser tarde, si es la hora de merendar?

—Pues eso.

—No tiene sentido volver a casa, tendríamos que seguir.

—Adonde tengo que ir es a la oficina.

—¿Os hacen trabajar los jueves por la tarde?

—Vete a la mierda.

—Anda, ayúdame a sacarlo de aquí.

—Cómo pesa, el desgraciado.

—Si llego a saber que se va a morir, intento convencerle para que no se pida el chuletón.

—Por ahí no.

—Sí, por ahí sí, que no quiero tener que rodear esa mesa.

—Pero es que por ahí hay escaleras.

—Son tres escalones, deja de quejarte.

—Deja de quejarte tú.

—Eres tú el que se queja.

—Venga, calla ya.

—Menos mal que por esta calle pasan bastantes taxis.

—Voy a ir pidiendo uno con la app.

—¿Puedes sacar el móvil?

—Sí, sí.

—Cuidado que se nos cae.

—Ya está… Espera, habrá que salir, que no tengo cobertura.

—A ver si te compras un móvil decente, joder.

—No es el móvil, es la compañía.

—¿Y con qué compañía estás, con Correos? ¿Con Pony Express?

—Calla un rato, anda.

—Mira, ahí viene uno.

—Pero ya he pedido otro.

—Pues este para él y el otro para nosotros.

—Cuidado, que se cae.

—Tendré que parar el taxi, ¿no?

—¿Lo tienes que parar con las dos manos?

—Y con la polla, si hace falta.

—Qué ganas tengo de llegar a la oficina y perderte de vista.

—Si no puedes vivir sin mí.

—A ver, ayúdame a meterlo… Buenas tardes…

—Cuidado.

—A ver, ¿lo dejas tú o lo dejo yo?

—Madre mía, pareces un niño pequeño. Necesitas una siesta.

—Ya está.

—¿Tienes su dirección?

—Sí, llévelo a Sócrates 11, es el segundo piso.

—¿Tiene el DNI actualizado?

—Sí, sí. Lo que no recordaba era el piso, pero sí la calle. Se ha muerto. Pique al timbre y ya bajará alguien a buscarlo.

—¿No tiene portero? Igual puede avisar al portero.

—Sí, tiene portero porque vive en 1965. ¿Cómo va a tener portero?

—Yo tengo portero.

—Bueno, es que tú vives en 1965.

—Ahora ya te estás poniendo faltón.

—Hasta luego, gracias.

—Necesitas una siesta.

—Mira, ya viene el otro taxi. Dos minutos, me dice la app.

—¿Nos vamos al Born y nos tomamos otra?

—Ni hablar.

—¿Pero qué vas a hacer el resto de la tarde?

—Descansar de ti. Madre mía, no callas.

—Te propongo lo siguiente: copa en el Juanra Falces y luego…

—Está cerrado.

—No jodas. Pues copa donde sea y luego cenamos por ahí. O no cenamos. Yo he comido para tres días.

—Que no puedo, que tengo que pasar un rato por la oficina.

—Sí, apestando a vinazo y a cadáver.

—No huelo a cadáver.

—A saber si se murió ya durante el segundo… ¿Tenía carne en la boca? Igual se atragantó. Este tío es muy bruto. Era muy bruto. Joder, aún no me hago a la idea.

—¿Que si tenía carne? ¿Querías que le abriera la boca y mirara dentro?

—A lo mejor tendríamos que haberlo hecho.

—Que le haga la autopsia un médico, no nosotros.

—Es más que nada por si pregunta alguien.

—Pues si alguien pregunta, le decimos que no somos médicos. Mira, ese es el mío. ¿Te vienes?

—Solo si vamos al Born.

—Ahora en serio, tío, no puedo. Me iré a casa y trabajaré desde ahí.

—No me jodas, hombre. Es como si nuestro amigo hubiera muerto por nada. Otro sacrificio en balde.

—Tengo un marronazo entre manos… No tendría ni que haber venido a comer. Y no es solo por hoy: si sigo esta tarde, mañana no podré ni levantarme de la cama.

—Joder, qué aguafiestas.

—¿Subes?

—No, mira, yo me tomaré una en el Dry Martini. Aunque sea solo.

—¿Pero qué te ha dado con ese sitio? La media de edad es de 118 años.

—A mí me gusta. Y nos hacemos viejos. Ya has visto que vamos cayendo uno a uno, como moscas.

—No exageres. Me piro.

—Venga, ¿le decimos al taxista que para tu casa, pero paramos en ese bar nuevo y nos tomamos la última?

—Joder, qué pesado.

—¿Sí?

—Venga, sube. Pero solo una.

—Menos mal. Me veía volviendo a la oficina. Casi mejor morirme también.

—Solo una.

—Que sí, joder.