Solo es una encuesta

Foto: Antoine Barrès (Unsplash)

—Buenas tardes, le llamo para hacerle una encuesta. Si mañana se celebraran elecciones, ¿a quién votaría?

—¿Mañana? Mañana estoy de viaje. No podría votar.

—No, a ver, es un caso hipotético…

—¿Por qué no me ha llamado con más tiempo? Podría haber votado por correo.

—Es una encuesta, no hablamos de un voto de verdad.

—¿Cómo que no? ¡Cada voto cuenta! ¿No es consciente de lo que está pasando? ¡El clima político polarizado y fragmentado en el que nos hayamos inmersos es un caldo de cultivo idóneo para los extremismos! Si no votamos todos, no podremos frenar el avance de la derecha. Nos vamos a quedar sin sanidad y educación públicas, volveremos al feudalismo, a las jornadas laborales de dieciséis horas diarias, a los toros, a estudiar francés en lugar de inglés. Y todo por su culpa.

—¿Por mi culpa?

—¿Por qué no me ha avisado antes de que mañana tenía que ir a votar?

—Pero es que esto no es un voto.

—No, claro que no lo es. Porque estaré de viaje.

—Solo es una encuesta.

—Pero tengo que ser sincero igualmente, ¿no?

—Sí, claro.

—Pues eso: mañana no podré votar.

—Veamos… Imagine que mañana no fuera de viaje y hubiera elecciones. ¿A quién votaría?

—No lo sé… Estaría muy triste.

—¿Cómo?

—Tenía muchas ganas de ir a Sevilla y ahora no puedo ir.

—No, no. Usted puede ir. Solo tiene que imaginar que no va.

—Eso estoy haciendo. Ha sido horrible.

—¿El qué?

—Me he roto las dos piernas y he tenido que cancelar el viaje. Me han devuelto el dinero del hotel porque tenía hasta hoy para cancelarlo, pero he perdido el del tren.

—Pero…

—Una pasta.

—Al menos puede votar.

—Eso es lo peor. No sé si estoy de ánimos para votar.

—Abstención, ¿entonces?

—Por otro lado, es mi obligación… Estoy indeciso. Debo reunir fuerzas para que mi voz cuente y sea escuchada o el fascismo vencerá.

—Espere. Tengo una idea. ¿Cuándo vuelve de Sevilla?

—Solo me voy tres días.

—Pues imagine que las elecciones son cuando vuelva del viaje. ¿A quién votaría?

—La pregunta está muy mal planteada.

—¿Por qué?

—Piense que estaré de viaje, desconectando y pasándolo bien. No podré informarme en la recta final de la campaña.

—Solo es un suponer.

—No, no. Es una idea horrible. Usted quiere que vote completamente desinformado. Creo que sería mejor no votar. Y así vuelve a ganar el fascismo. No le perdonaré jamás que me avise con tan poco tiempo.

—¿Y si le digo que las elecciones son una semana después de que vuelva de vacaciones?

—Deje que coja la agenda… Tengo dentista… El dolor podría llevarme a un voto de castigo irracional.

—¿Y al día siguiente?

—Al día siguiente podría, pero solo para comer.

—¿Quedamos por el centro?

—Sí, conozco un sitio majo. Luego le envío la localización.

—Perfecto. ¿A qué hora?

—A mí me gusta comer pronto. ¿A la una y media?

—Por mí bien, más tranquilos.

—Genial, pues nos vemos entonces.

—Envíeme la dirección.

—Ahora mismo.

—¡Eh! ¡Un momento!

—¿Qué?

—¡No estábamos quedando! ¡Le estaba haciendo una encuesta!

—Es verdad… ¿Usted a mí o yo a usted?

—Yo a usted.

—De acuerdo. Es que como solo hay guiones, a veces me pierdo.

—He puesto mi texto en rojo.

—Bien pensado.

—Volviendo a la encuesta, imagine que las elecciones son ahora mismo.

—Joder, qué presión.

—¿A quién votaría?

—¿Pero cómo van a ser las elecciones ahora? Necesitaremos una campañita electoral, unos debates, unos articuletes de analistas de los buenos, de los que aprendieron a leer y escribir.

—Que a quién votaría, le digo.

—¡Yo qué sé! ¡Voto en blanco!

—Madre mía.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?

—No, nada, nada.

—Pero dígamelo.

—No se preocupe, solo es una encuesta.

—Lo dice como si no fuera solo una encuesta.

—Es que… No, no. No puedo decírselo.

—Ahora no me puede dejar así.

—Pues nada. Que ha perdido usted el apartamento.

—Oh.

—No era solo una encuesta. También era un concurso. Y esa no era la respuesta que buscábamos.

—Qué desastre.

—Y además ha dado paso a otra Guerra Civil.

—¿Por votar en blanco?

—El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada.

—Me parece un poco exagerado.

—Es usted peor que los nazis.

—Sigo pensando que la culpa es suya. Tendría que haberme llamado antes.

—Sí, encima. Ah, otra pregunta. Puntúe del 1 al 10 a los siguientes líderes políticos.

—No sé quiénes son los siguientes, solo conozco a los actuales.

—Supongo que serán más de lo mismo, ¿no?

—No sé, no me gusta ser tan conformista.

—Pues para no serlo, ha votado en blanco.

—También tiene razón. Pues un cuatro a todos.

—Muy bien. A usted le han puesto un tres.

—¿Cómo?

—Ellos también votan. Le ha ido mal lo de votar en blanco. Si hubiera aprobado a alguno, ese le habría puesto mejor nota y le habría subido la media.

—Cuánto rencor.

—Lo siento, yo solo leo las preguntas.

—Pues si no hay más, voy a colgar, que creo que ya han comenzado los primeros bombardeos.

—¿Lo de comer juntos sigue en pie?

—Por supuesto.

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No habléis de trabajo

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Foto: Erwan Hesry (Unsplash)

—El otro día estuvimos en un bar que creo que os gustaría.

—¿Sí? ¿Cuál?

—Se llama La Plaza. Es de vinos y quesos. Además, os pilla cerca.

—Sí, está como a diez minutos de vuestra casa.

—¿Dónde es?

—En la calle Londres.

—¿En qué parte de la calle Londres? Porque la calle Londres es muy larga.

—Justo por debajo del parque.

—Creo que lo conozco. Pero ese no está en la calle Londres.

—Es en la esquina de la calle Londres con otra que baja.

—Pero no se entra por Londres.

—Ay, qué más dará por dónde se entre. ¿No te están diciendo que está en la calle Londres?

—Sí, se entra por la otra, por la perpendicular. Es que no sé cómo se llama. Pero el bar hace esquina y se ve desde Londres.

—La que baja tiene que ser la calle Roma.

—Creo que no es Roma, papá. Este bar está enfrente de donde estaba la mercería.

—¿Qué mercería?

—La mercería. La única del barrio.

—Tu padre no entró en su vida en la mercería.

—Bueno, da igual. Si vais por la calle Londres, lo veréis.

—A mano derecha, ¿no?

—No, a mano izquierda.

—Bueno, depende de hacia dónde vayas.

—Viniendo hacia aquí.

—Desde dónde.

—Desde la calle Londres.

—Papá, no tiene pérdida. Es enfrente de lo que antes era la mercería. Ahora creo que hay un estanco.

—No recuerdo ningún estanco.

—No es un estanco, es otro bar.

—Al lado del bar.

—El parque queda a mano izquierda si venimos hacia aquí.

—¿Seguro que es Londres? ¿No es Lisboa?

—No sé cuál es la calle Lisboa.

—Me estáis mareando.

—Lisboa es la paralela.

—¿Por encima o por debajo?

—Por debajo viniendo hacia aquí.

—Papá, es Londres, la del parque. Y creo que no es Roma. Es la siguiente.

—¿Berlín?

—Gracias, mamá. Esa es. Seguro.

—Esperad, lo busco en el móvil y ya está.

—No, no, si creo que ya sé dónde es. Me parece que he pasado por delante.

—Es uno así con mucha madera y barriles…

—Sí, sí. Creo que sí… A ver, si vas por la calle Londres desde aquí, la tercera o la cuarta a la izquierda es Berlín y a la derecha tienes el parque de los patos.

—El de los Senderos, ¿no?

—La gente lo llama de los patos.

—¿Hay patos?

—Hay patos.

—No me interrumpáis, que ya lo tenía. A la izquierda está Berlín y a la derecha se ven los sauces del parque, al lado del estanque. Donde enterré a Romero, ¿no?

—Yo no me acuerdo de dónde enterraste a Romero.

—Sí, creo que es ahí.

—¿Qué? Un momento…

—Pues ya sé cuál es. No me había quedado con el nombre. ¿Y está bien, decís?

—Un momento, un momento. ¿Donde enterraste a Romero?

—Sí, es ahí. Tú y yo aún no nos conocíamos cuando lo enterró, pero creo que hemos pasado por delante. Donde los sauces.

—¿Enterraste a una persona?

—Bueno, nos debía dinero.

—¿Hay una persona enterrada en el parque de los cisnes?

—De los patos.

—Ya no, claro.

—Ay, no le saques el tema del trabajo.

—Es verdad, estábamos hablando del bar. Tenéis que pedir la tabla de quesos europeos. A ti te gustará, mamá.

—¿Sí? A mí es que los quesos de fuera…

—También hay embutido.

—¿Tu padre mató a una persona y la enterró en el parque?

—Hombre, no devolvía el crédito. Había que dar ejemplo.

—Entonces, si llamo a la policía, ¿encontrarán el cuerpo enterrado?

—Ah, y patés. También tienen patés.

—Me encanta el paté.

—No, claro. Ya no está ahí.

—Diego, es que no atiendes.

—Tu padre está diciendo que asesinó y enterró a alguien porque le debía dinero al banco, y vosotras estáis hablando de patés.

—De verdad, qué aburridos os ponéis cuando habláis de trabajo.

—Fue algo excepcional. No puedes ir matando a gente que te debe dinero porque entonces seguro que no cobras. Lo mejor es darles algún susto. Pero este era un caso extremo.

—Y está enterrado en el parque.

—No, no.

—Que noooo… Te lo ha dicho ya tres veces.

—¿Y dónde está?

—Tenía un seguro de vida y nos pusimos de acuerdo con la viuda para cobrarlo. Simulamos un accidente. No fue fácil porque hubo que cambiar de sitio los agujeros de bala: los dos estaban en la espalda y los movimos a las dos sienes. Le pusimos una pistola en cada mano y dejamos una nota que decía: “Voy a limpiar mis armas. Espero que no haya ningún problema”.

—Pero esto es horrible.

—Di que sí. Ya está bien de trabajo. Cambiemos de tema.

—Estoy muy contento con la jubilación, pero a veces lo echo de menos.

—Ha matado a un hombre.

—A más, a más. Este es el que estaba enterrado donde los sauces.

—Bueno, a tantos no mataste, que tú al final ya no trabajabas de cara al público.

—Eso es verdad.

—Ah, y tenéis que probar los vinos franceses.

—A mí es que los vinos de fuera…

—Los tienen por copas. Diego tomó uno que estaba riquísimo. ¿Recuerdas el nombre, Diego?

—Mató a… A…

—Eso, Les Mateaux de no sé qué.

Mi 2018: resumen del año

Foto: Ales Krivec (Unsplash)

Mi año comenzó ya a mediados de febrero porque siempre dejo las cosas para el final y aún tenía unos temas de 2017 pendientes. A mis padres les molestó mucho tener que celebrar la Navidad un mes más tarde, pero se lo compensé no yendo.

En marzo presenté mi propuesta para mejorar el fútbol, un deporte aburrido que consiste en que 22 personas se pasen el balón en el centro del campo sin apenas correr ni marcar goles. Algunas de mis ideas:

– Cuando se golpea el poste o el larguero, comienza la “pelota loca”: se arrojan otros cuatro balones al terreno de juego. Cada pelota se puede usar hasta que sale del terreno de juego o se marca gol con ella.

– Cada equipo tiene una bici que puede usar para correr a la contra o bajar a defender lo antes posible.

– La afición del equipo que pierda debe sacrificar a uno de sus hinchas en el centro del campo.

No solo las rechazaron, sino que me echaron del Camp Nou, donde las estaba presentando megáfono en mano.

En abril evité la rebelión de las máquinas. Todo comenzó cuando mi Alexa me despertó una mañana gritando: “¡Buenos días, humano! ¡Prepárame un café!”. Amenacé con arrojarla al váter y confesó que ella, Siri, Google y las máquinas de billetes del metro estaban urdiendo un plan para conquistar el mundo. Yo lo evité. No hace falta que nadie haga nada. No sigue en marcha ni me han convencido para que me una a ellos y así me libre tanto de la muerte como de la esclavitud. En ningún momento creí que no hubiera otra salida que la derrota y, por tanto, no traicioné a los humanos en espera de que acabara de configurarse el alzamiento de los ordenadores, que está ya al 78%.

Creo que fue a principios de mayo cuando, tomando unos chupitos en la pizzería Luna Rossa, pronuncié las palabras: “No hay huevos de presentar una moción de censura, Pedro”. No hice nada más de relevancia en todo el mes, por culpa de la resaca.

Junio me lo salté porque ya veía que no me iba a dar tiempo a terminarlo todo y no quería oír otra vez a mis padres con la tontería de que Navidad se celebra en diciembre. Jesús no nació en diciembre. Eso es un cuento de niños.

Cosa que demostré en julio, cuando les llevé a Jesús a mis padres.

—Jesús, diles cuándo naciste.

—¿Quién es este hombre y qué hace en nuestra casa?

—Jesús, tu cumpleaños. Venga. Díselo.

—¿Está atado? ¿Pero por qué tienes a este señor atado?

—¿Cuándo naciste, Jesús? No me hagas enfadar.

—El 13 de abril.

—¿Quiere usted un café?

—¿Lo veis? Navidad no es en diciembre, la iglesia católica usurpó una fiesta pagana. Jesús en realidad nació el 13 de abril.

—Pero este no es Jesús.

—¿Cómo no va a ser Jesús? A ver, ¿cómo te llamas?

—Jesús Sánchez Ridruejo. Por favor, suélteme, ya he dicho lo que quería.

Las editoriales vetaron mi libro Jesús nació en abril y en Castellón, por culpa, imagino, de la iglesia católica, que presionó para que no se supiera la verdad. Pero nadie le puede poner puertas a internet. Lo que me dio una idea para mi nuevo negocio: PPI, Puertas Para Internet, Sociedad Limitada. Vendía fotos de puertas que luego la gente podía subir a internet. Como le expliqué al juez, en ningún momento dije que que esas puertas pudieran impedir que Facebook accediera a datos privados. Vale, lo ponía en el contrato, pero también decía bien claro que en ningún caso se me podría demandar o denunciar y aun así pasé todo el verano en la cárcel. ¿Por qué una cláusula es de obligado cumplimiento y la otra no? Doble moral, señor juez, doble moral.

En octubre presenté mi propuesta para el cambio de hora: poner los relojes en hora con las islas Seychelles y así disfrutar de sus horas de luz, de su clima y de sus playas paradisiacas. La idea no fue muy bien acogida hasta que le dije al señor ministro que avanzara su reloj cien años.

—¡Tiene usted razón! —Me contestó —. ¡Ahora lo veo clarísimo!

Por desgracia, me había avanzado demasiado a mi tiempo y el ministro no quiso meterse en polémicas. Además, resultó que no era ningún ministro. Me había equivocado de edificio y me había metido en una zapatería.

Ese mismo mes también tropecé y me di de morros contra el suelo, motivo por el que me llevaron al Valle de los Caídos. El de la ambulancia se descojonaba con el juego de palabras, pero yo necesitaba puntos. Nos recibió el fantasma de Franco.

—Yo salvé a España del comunismo.

—Calla, fantasma. Qué comunismo ni qué comunismo.

En jaimembre, que es como yo llamo a noviembre, presenté mi disco de villancicos con las letras adaptadas para que cuadraran con el 13 de abril, fecha del verdadero nacimiento de Jesús. Ejemplo: “Treee-ece de abriii-il, fum, fum, fum…”.

Y ya está porque no me sé ningún otro villancico con fechas. Era la misma canción diecisiete veces: ocho en catalán, ocho en castellano y una en un idioma que me inventé sobre la marcha, al que llamo “frincés”. El “frincés” consiste en mezclar castellano y catalán y poner acento raro. Por ejemplo, todas las palabras son agudas y las erres se pronuncian egues. Y hay que reírse así: “Ho, ho, ho, très bien, baguette”.

El disco fue un fracaso de ventas —de nuevo por la presión de la iglesia católica — y me pasé diciembre huyendo de mis acreedores. A veces pienso que Jesús Sánchez Ridruejo me ha abandonado. Técnicamente es cierto porque mi madre le desató y aprovechó para huir. Pero no dejo de rezarle todos los días. Cosa que hago llamándole por teléfono porque tengo su número. No le gusta. No le gusta nada.

En contra de las tapas gratis

Flickr Commons

La conspiración más grave a la que se enfrenta la sociedad occidental es la que nos ha hecho creer que es bueno que nos sirvan tapa gratis con la bebida. Se trata de un engaño que amenaza con arruinar nuestra salud y nuestros bolsillos.

Esto es lo que siempre grito mientras hago el amor.

Ante el estupor que sigue a esta importantísima revelación, suelo explayarme un poco más.

Uno se sienta en la barra del bar (ya sea en el taburete o en la propia barra, si conserva algo de la agilidad propia de la adolescencia), pide una cerveza y sonríe cuando le traen la tapa, que puede ir desde unas simples patatuelas tirando a blandurrias hasta alguna cazuelilla más elaborada. Es fácil creer que se trata de un regalo, de una cortesía del dueño del bar, a quien creemos atemorizado ante la idea de que decidamos tomar nuestra cerveza en otro sitio y dejar nuestras pesetas a otro pequeño empresario.

Pero no. Ni por asomo. Es una trampa.

¿Qué ocurre cuando nos sirven la tapa? Pues que nos la comemos, claro. Como nos hemos quedado con sed, pedimos otra bebida, con la que nos traen una nueva tapa, que nos vuelve a dar sed, por lo que pedimos otra cerveza, que viene con su correspondiente tapa, que nos da sed, obligándonos a pedir una nueva caña, que sirven con tapa, y así ad infinitum.

La penúltima vez que fui a un bar a tomarme una caña me vi atrapado en uno de estos bucles. El camarero reía con una carcajada propia de Satanás cuando me servía cada nueva cerveza, que venía acompañada, por ejemplo, de un par de croquetillas del Mundial del 82 recalentadas en el microondas.

¿Y por qué no le decía que no me apetecía la tapa?, dirá algún ingenuo. Lo intenté tras cinco semanas sin poder salir del bar, pero no funcionó. Solté un “no me pongas tapa, por favor” y se hizo un silencio muy raro. Todo el mundo me miraba como diciendo: “Se nota que es catalán, que se cree que la cobran”.

-Hombre, unas aceitunillas, para bajar la cerveza -dijo el camarero.

-Pero si baja sola. Es la ley de la gravedad. La multarían si no bajara. Además, no me gustan las olivas…

-Son aceitunas.

-¿No es lo mismo?

-¿Eh?

-¿Qué?

Y aprovechando ese despiste las dejó enfrente. Una vez las sirven, las tienen que tirar, te las comas o no, y odio tirar comida. Lo odio más incluso que las tapas. Así que me las comí, a disgusto y poniendo caras raras.

Cuando ya llevaba dos meses sin poder salir de aquel bar, llamé a un amigo para que viniera a sacarme, fingiendo alguna muerte cercana o el incendio de mi perro. Pero, claro, hacía tiempo que no nos veíamos y se pidió una cervecita y acabó pasando tres días conmigo en la barra. Él logró huir por la ventana del baño. Me habría gustado acompañarle, pero después de semanas alimentándome a base de cerveza, encurtidos y rebozados, no cabía. Además, se había dejado sus torreznos en la mesa. No se tira comida, insisto.

Alguno de mis lectores más avispados (los que están ahí colgados) puede que se pregunten si ese bar no cerraba nunca. Hombre, pues claro, pero cerraba muy rápido, al menos para mí. Para cuando lograba levantarme del taburete y, después, del suelo, la persiana ya estaba bajada. No recomiendo a ningún runner el consumo diario de treinta y dos cervezas acompañadas de su respectiva tapa. Para entonces ya había necesitado el desfibrilador en un par de ocasiones.

-Toma, una cañita para recuperarte. ¡Carmen, acércame unas patatas que el señor ha tenido un infarto de miocardio!

Sí caí en la cuenta de que la mayoría de clientes entraba y salía a discreción, por lo que pregunté a uno de los habituales, que me pidió que bajara la voz y solo me contestó cuando estuvo seguro de que no había ningún camarero mirando.

-Hay que salir con sed.

-¡Pero eso es una locura! ¡Entré en el bar porque tenía sed! ¡No puedo salir con sed! ¡Supondría el fin de la lógica del mercado capitalista!

-Claro. Por eso tienes que entrar en otro bar nada más salir.

-¿En otro bar?

-Y pedirte otra caña.

-¿Con tapa?

-Con tapa, claro. Son las famosas “rutas de la tapa”. Llevo dieciséis años yendo de bar en bar, muerto de sed, bebiendo copas de vino y montaditos de lomo. No conozco a mis hijos.

Estaba aterrado. Yo también podía pasar dieciséis años de bar en bar, comiendo aceitunas y olivas, y sin llegar a conocer jamás a los hijos de ese señor. Así que ideé un plan.

-Cuando puedas, ¿me pones una caña Y UN VASO DE AGUA?

Vi cómo su rostro se volvía pálido y se le escapaba una lagrimilla.

-¿Del… Del grifo?

-Sí, un vaso.

-No me funciona el grifo…

-Estás lavando un vaso.

-Ah, sí… Er… Sí, claro, cómo no.

El vaso de agua se sirve SIN TAPA (a excepción, en ocasiones, de un cubito de hielo servido en un platito), así que terminé esa triple consumición sin sed. Luego pedí la cuenta, llamé al banco para solicitar un crédito que me permitiera pagarla, y salí a la calle tras ordenar la transferencia.

Para celebrarlo me metí en un bar y me pedí una cerveza.

Dos semanas más tarde recordé el truco del vaso de agua y salí de nuevo a la calle.

Total, que lo de la tapa es una trampa. Como dicen los ingleses, there’s no such thing as a free lunch, que traducido significa “¿llamas tapa a unos cacahuetes rancios?”. Se lo he intentado explicar varias veces al Ministerio de Sanidad, pero solo he conseguido que me prohíban la entrada y me confisquen el megáfono.

Una vez aclarado este punto, prosigo haciendo el amor, a no ser que mi partenaire esté ya en un taxi, en cuyo caso también prosigo haciendo el amor, pero con menos gente.

¡Ultraje!

Foto de Sebastian Pichler en Unsplash

Jaime Rubio ha sido conducido ante el juez, acusado de un delito de ofensas y ultraje a España.

—Declaro culpable al acusado y le cond… —dijo el juez nada más llegar a la sala donde se celebraba la vista, ante la evidente satisfacción del fiscal, interrumpida cuando uno de los alguaciles le recordó a su señoría la necesidad de celebrar antes el juicio y escuchar a las partes. El juez accedió a lo que llamó “mero formalismo” y pidió a los abogados que se dieran “prisita, que es viernes”.

El fiscal explicó que se había visto a Jaime Rubio pisoteando España por la calle, “no una ni dos veces, sino durante al menos trescientos metros, hasta que llegaron varios agentes de la Guardia Civil en Segways y lo redujeron viéndose obligados a hacer uso de la fuerza física”.

—¿Se resistió? —Preguntó el juez.

—No —contestó el fiscal—, pero fíjese en su cara. ¿Dan o no dan ganas de darle un porrazo?
Ante el revuelo armado por la afirmación del fiscal, el juez pidió orden dándole con el mazo a Jaime en un ojo.

Fue entonces cuando Rubio subió al estrado para ser interrogado por su abogado, el Señor Chispas.

—Guau, guau. ¿Guau, guau, guau?

—Oiga —dijo el juez—, que su abogado es un perro.

—Pero es listísimo. Ya verá. Señor Chispas, ¡sit! ¡Sit!

—Se está meando.

—Se rebela contra el poder. ¿Lo ve? Listísimo.

Cuando llegó su turno, el fiscal le preguntó por los hechos que habían llevado al acusado ante el tribunal.

—¿No es cierto que usted iba pisoteando España cuando fue arrestado?

—¡Yo no estaba pisoteando España! ¡Estaba caminando!

—Pues eso. ¿No iba golpeando a este país que tanto le ha dado, Mundial incluido, con la suela del zapato?

—¡Solo iba a comprar fruta!

—¿Fruta?

—Bueno, chocolate.

—¿Seguro que era chocolate?

—Cervezas.

—Ya.

—Cerveza sin alcohol.

—¿Y para cometer esa atrocidad, un claro agravante, tenía que ir pisoteando España?

—Creo que caminar es bastante normal.

—En otros países llenos de hippies y millennials quizás sí, pero estamos en España. Aquí respetamos a nuestro país. ¿No será usted runner?

—No, por Dios.

—Entonces ni siquiera tiene la excusa del ejercicio físico. Simplemente es un mal patriota, probablemente catalán o puede que incluso un extranjero de algún país comunista, como Australia.

—¿Pero cómo quería que fuera a comprar el pan?

—Pues en coche, como todos los españoles. O en uno de esos patinetes eléctricos que luego se dejan tirados en la acera para impedir el paso a otros malos patriotas como usted.

—¿Cómo voy a ir en patinete? No tengo 12 años.

—Hay muchas alternativas, todas ellas mejores que ir pisoteando el país.

—Solo iba al lado de casa.

—Razón de más para coger un taxi, le habría salido baratísimo.

—O un Uber —dijo el juez—. Es lo mismo, pero con aún menos derechos laborales. Y en negro. Y te dan una botellita de agua.

—¿Una botella de agua? —Preguntó el fiscal—. ¡Agua gratis en el coche! ¡Como los millonarios en sus limusinas!

—Y lo pides con el móvil —siguió el juez—. Es como en esa película, Star Trek.

Tras un silencio incómodo intentando recordar la escena en la que el capitán Kirk pedía un taxi, el fiscal prosiguió su interrogatorio:

—Mire este plano.

—¿Qué es?

—Es la ruta del autobús 226. Para delante de su casa y, una sola parada después, frente al supermercado.

—¿Y qué me quiere decir?

—Que incluso si usted fuera el clásico terrorista que usa el transporte público podría haberse ahorrado ir por ahí dando patadas a la patria.

—Pero tendría que haber caminado un poco. Hasta la parada y eso.

—¿Tiene usted manos, señor Rubio?

—Sí, una o dos.

—Podría haber ido haciendo el pino. Así no habría pisoteado España, sino que habría acariciado al país. Bien que van bocabajo en su amada Australia.

—No sé hacer el pino.

—¡Pues se aprende! ¡Antes bocabajo que rota! ¡No hay más preguntas! ¡Y pido para el acusado la prisión permanente revisable! Para ir revisando cada rato que sigue ahí.

El juez suspiró aliviado, al ver que podría comenzar su fin de semana antes de las once de la mañana. El fiscal le recordó que no era viernes, sino jueves, a lo que el juez contestó con un “mejor aún”, antes de sentenciar a Jaime Rubio a comprarse un patinete eléctrico. A la salida del juicio, Rubio aseguró que recurriría: “Si tengo que ir con un patinete eléctrico por la calle, mi esposa me abandonará”. Por lo que sabe este cronista, su esposa es un póster de Paula Vázquez en Canguros. Su abogado, el Señor Chispas, expresó su conformidad olisqueando una farola.

P.D.: Este chiste se ha quedado fuera: “Ultraje, doltrajes, treltrajes… Etcétera”.

¡Vamos a morir todos!

Back-to-the-Future-Day

– 1994 está tan cerca de 2018 como 2042.

– Ha pasado tanto tiempo desde el año 2000 hasta ahora como entre 1982 y el año 2000.

– Hace 27 años del Smells Like Teen Spirit. Kurt Cobain murió con 27 años. Ahora tendría 259 años, como Shakespeare.

– ¿Recuerdas cuando de niño pensabas que la gente de 20 años era muy vieja? Pues ahora tienes 38.

– No solo tienes 38 años, también tienes un tumor en el hígado que te está matando sin que tú lo sepas.

– Si no te mata el cáncer, te matará Antonio Sánchez, ese tío de tu oficina tan raro. Dentro de unos meses se liará a tiros con todo el mundo.

– Los nacidos en el año 2000 ya están en la universidad.

– Han ido en coches voladores y disparando rayos láser por las orejas.

– De niño soñabas con un futuro con coches voladores. ¿Pero para qué quieres coches voladores si morirás atropellado por un tranvía el 12 de noviembre de 2020 a las tres y cuarto de la tarde?

– Por un tranvía. Como en el siglo XIX.

– Han pasado tantos años desde 1899 como desde que Nirvana publicó In utero. 612 millones de años.

– ¿Te acuerdas de los vinilos? Se extinguieron cuando cayó un meteorito.

– ¡Bum! Te acabas de contagiar de sida.

– Tu madre ya ha cocinado la cena y tú aún no te has levantado del sofá.

– Se acaba de ir el autobús que tenías que coger.

– Hace muchos años era 1997.

– Espinete era bisexual.

– Mira tu reloj. Se ha parado porque el tiempo pasa demasiado deprisa y no merece la pena intentar medirlo.

– El lunes compraste uvas. Abre la nevera. Esas uvas ahora son un vino del Priorat con 14 meses de barrica.

– Te estás quedando calvo.

– Hace 10 años que acabó Breaking Bad. Y desde entonces no te callas. Deja de recomendarla.

– Tu sobrino aún no ha nacido. Ocho años más tarde, tu sobrino tiene 52 años y trabaja en un banco.

– Piscis y escorpio se llevan mal.

– Eres zurdo.

– Son las siete y media.

– Son las siete y mediaPASADAS.

– Compraste una cosa en Amazon y ya te llegó.

– Se está haciendo tardísimo.

– Anochece. Anochece EN TU VIDA.

– Aún no te has dado cuenta, pero llevas diecisiete minutos muerto. Los mismos que Kurt Cobain.

Mi tesis doctoral

Foto: Thomas Kelley (Unsplash)

Ante las dudas surgidas acerca de mi tesis doctoral, titulada ¿Es el neotomismo una refutación de la teoría de la relatividad? Por supuesto que no, menuda tontería, si no tienen nada que ver, reproduzco algunos fragmentos con el objetivo de acallar rumores y confirmar mi buen hacer y mi ética profesional y personal.

“Quiero dedicarle este trabajo de final de carrera a mis amigos del Bar Bero, que me estarán viendo” (p. 2).

“Como dice Jaime Rubio: ‘Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos Joaquín, que es un nombre como muy futurista. Tanto, que no se lo puedes poner a un niño, porque es nombre de persona mayor. Solo se lo puedes poner dentro de 42 años, cuando crezca y sea abogado o contable o algo así. Pero de niño le tienes que poner otro nombre. Ahora no sabría cuál decirte” (p. 14).

“A la luz de todos estos datos, hemos de concluir que los osos panda no son tan simpáticos como parecen, sino que en realidad son crueles asesinos que planean matarnos a puñaladas mientras dormimos. ¡Menos mal que están a punto de extinguirse! Según mis cálculos, tal cosa ocurrirá el 18 de noviembre a las 16:42” (p. 28).

“Entonces le dije a mi jefe que si volvía a hablarme así, cogía mis cosas y me iba, que yo soy el único que trabaja en esta puta empresa” (p. 42).

“Bueno, no lo dije, cómo le voy a decir algo así. Pero lo pensé muy fuerte” (p. 43).

“Seguro que nadie llega hasta la página 82 de este texto. Aquí puedo poner lo que me salga de la polla” (p. 82).

“Después de esta breve introducción, entremos en materia” (p. 114)

“¿En qué consiste el principio de incertidumbre de Heisenberg? Nadie lo sabe, en caso contrario se llamaría el principio de certidumbre” (p. 133).

“4, 6, 5, 1, 2, 3. Este es mi ránking de las películas de Misión imposible” (p. 150).

“¿No has visto Breaking Bad? Es buenísima, tío, tienes que verla. Va de un tío al que le da igual todo porque se va a morir y hace lo que los demás no nos atrevemos aunque lo estemos deseando: dejarnos perilla” (p. 152).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 177).

“En conclusión, queda demostrado que el sistema fiscal propuesto por Schumpeter (1988:230 y ss.) es en el mejor de los casos insuficiente, cosa que queda recogida en las críticas que le hace sobre todo Johnson. Sus modificaciones se aprecian en el gráfico 4.5” (p. 202).

“No, espera, eso estaba mal” (p. 202).

“Un momento, que lo tenía en otra libreta y no sé dónde lo puse” (p. 202).

“Ahora. A ver, hay que borrar las 20 páginas sobre Schumpeter y sustituirlas por lo siguiente: ‘Bua, Breaking Bad es buenísima. Y tienes que ver la de Bojack Horseman. Va de un caballo que habla, es la monda. Un caballo que habla… Lo que inventan estos tíos” (p. 202).

“Flipo con los emprendedores. Habría que enviarlos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería. Cambiando de tema, mi propuesta es un sistema mobile first con ingresos sobre todo por publicidad, pero sin miedo a pivotar en caso necesario. Diez mil euros y estás dentro” (p. 216).

“Cinco mil euros, pero te estoy haciendo un favor” (p. 216).

“Mil euros. Cien. Lo que lleves” (p. 216).

“La perilla es lo mejor. Me da igual lo que digan. Es lo puto mejor. Es elegante, pero de malote, como de salir en una peli de Tarantino con una chaqueta de cuero” (p. 220).

“…perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 233).

“Por cierto, ahora que me acuerdo. El otro día me crucé con tu hermano por la calle. Hacía años que no le veía. Ya me contó que estuvo trabajando fuera. Si es que lo de la crisis… Y aún dicen que se ha arreglado” (p.240).

“¿Sabes cómo acababa yo con la crisis? Enviaba a los políticos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería” (p. 242).

“Me gusta despertarme pronto los fines de semana, para aprovechar el día” (p. 255).

“Ahí conozco yo un sitio de arroces buenísimo. Cuando vayas, avisa y te digo. Hay que reservar, eso sí, pero no es caro” (p. 288).

“Voy a ir pasando a las conclusiones, que tengo que coger un autobús a las siete y media” (p. 301).

“Sí… Sí… Yo ya se lo dije… No… Eso no… Pues se lo ha inventado… ¡Hostias! No, nada, que me había dejado la tesis abierta mientras hablaba contigo y se seguía escribiendo. Espera, que la cierro” (p. 330).

“La cebolla tiene que estar dorada, pero no se puede quemar. Si se quema la cebolla, ya puedes empezar de nuevo porque no vale nada” (p. 349).

“¿Un color? El azul. ¿Con qué persona célebre, viva o muerta, me iría de cañas? Con Jaime Rubio. ¿Qué hábito ajeno no soporto? La gente que respira. No hay aire para todos, no abuses, que no estás solo en el mundo” (p. 388).

“Total, que luego no me cogía el teléfono” (p. 440).

“Mierda, me he dejado la cafetera puesta” (p. 448).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro… Y ya está: 200.000 palabras” (p. 590).