Kant encuentra una excepción al imperativo categórico

Kant con sus amigos. Emil Doerstling

Hace unos años propuse los fundamentos para un principio categórico ético del que se derivan todas nuestras obligaciones. Se trata, como bien sabrán algunos de mis lectores, de un requisito moral que se ha de aplicar siempre. Una de sus formulaciones es la que sigue: “Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal”.

Bien, pues creo haber encontrado una excepción a mi principio categórico. Consiste en que si Johann Tropf quiere quedar contigo para cenar, le puedes decir que estás liado o que te duele la cabeza, aunque sea mentira.

Es cierto que en un texto en respuesta a Benjamin Constant argumenté que, siguiendo mi imperativo categórico, no podemos mentir nunca, ni siquiera a un asesino que pretenda matar a un amigo. Sobre todo porque cada vez que mentimos estamos degradando el valor de la palabra dada y, por tanto, perjudicando a la humanidad en su conjunto.

Pero el caso de la cena con Johann Tropf es muy diferente y mucho peor. Nada que ver, joder. Prefiero que me maten. Supongamos que mi acción se convirtiera en ley universal: “Cualquier persona podrá decirle a Johann Tropf que le duele la cabeza y no puede quedar con él para cenar”. El primer resultado sería que mucha gente se sentiría aliviada al no tener que soportar las historias de Johann Tropf, casi todas relacionadas con el servicio de Correos, ni sus teorías, que desarrolla durante horas y llegando a conclusiones sin sustento, como que no se puede comer nada crudo. ¿De dónde saca esas mierdas? En fin, veríamos un incremento notable en la felicidad de todos los habitantes de Königsberg.

¿Y se depreciaría el valor de la palabra dada? ¿El hecho de que todos mintamos a Johann Tropf llevaría a que no pudiéramos fiarnos de si los demás dicen o no la verdad? No, si dejamos claro que no se puede mentir en otros asuntos que no sean las excusas que le damos a Johann Tropf cuando quiere quedar para cenar. Esta es la única excepción al imperativo categórico, solo esa, y creo que todos podríamos ponernos de acuerdo. Ya lo tenemos bastante hablado porque no soy el único que sufre a Johann Tropf. 

Quizás algunos de mis lectores se estén preguntando por qué no puedo decirle la verdad a Johann Tropf, y simplemente contestarle que no deseo verle. Eso es porque no conocen a Johann Tropf. Si yo le dijera la verdad a Johann Tropf, esto es, si le dijera que no me apetece cenar con él, Johann Tropf se presentaría en mi casa igualmente, aduciendo que “pasaba por el barrio” o que no le habían llegado mis cartas. Cosa que ya ha hecho en más de una ocasión, a pesar de que sé que es mentira porque, conociéndole, siempre aviso al mensajero de que se cerciore de que Johann Tropf lee mi nota en su presencia. Pero, nada, el muy hijo de puta se hace el loco y cuando te das cuenta se ha abierto una botella de vino y está explicándote por qué China en realidad no existe.

Alguien podría decir que Johann Tropf podría presentarse igualmente en mi casa aun después de decirle que estoy enfermo. Pero todo el mundo sabe que Johann Tropf es hipocondriaco, además del cabrón más pesado del continente, y que no se acercaría a menos de seis leguas de alguien que dijera encontrarse con dolores o fiebres, así que es evidente que no habría consecuencias negativas como las que acabamos de mencionar.

Un momento, diría alguien, ¿y qué hay del pobre Johann Tropf? No es mala persona, ni mucho menos, y le estamos privando del placer de una velada en compañía. Dejando al margen mi opinión personal sobre él y sobre su madre, mi respuesta es sencilla: Johann Tropf está casado. Su esposa tiene obligaciones especiales con él que no tenemos los que ni siquiera recordamos cómo lo conocimos, cosa que probablemente ocurrió porque alguien nos lo presentó para librarse de él un rato. Las malas lenguas dicen que es ella quien le anima a salir casi cada noche a sembrar el terror entre sus conocidos porque tampoco lo soporta. Sin embargo, no podemos olvidar que fue ella quien se casó con Johann Tropf contra el deseo expreso de su familia, que prefería al teniente Müller para su hija, así que es ella quien debe hacerse cargo de su marido y no yo, joder, ¿qué culpa tengo yo? 

Hágase cargo de su obligación especial, señora Tropf, se lo ruego. Johann Tropf me tuvo despierto anoche hasta las dos de la mañana intentando convencerme de que Rusia es parte de Prusia, como su propio nombre indica. ¡Y hoy se lo he dicho en clase a mis alumnos! ¡Estaba tan dormido que he explicado por qué Rusia es parte de Prusia! ¡Y la respuesta es que su propio nombre lo indica! ¡Señora Tropf, por el amor de Dios, nadie la obligó a casarse con el señor Tropf! ¡Ya sé que el teniente Müller, ahora coronel Müller, es encantador y no ha engordado un gramo desde que tenía 25 años, pero eso no tiene nada que ver conmigo! ¿Usted decide casarse con Johann Tropf hace tres décadas y por culpa de ese error yo tengo que apagar todas las luces de casa porque Johann Tropf está aporreando la puerta y yo no quería que me viera? ¡Pasé dos horas a oscuras hasta que Johann Tropf se cansó y se fue! ¡Hágase cargo! ¡Joder! ¡Estoy hasta los cojones ya de Johann Tropf! ¡No solo yo, media ciudad de Königsberg vive con miedo a que Johann Tropf se presente en casa para hablar de economía! ¡Hostia, qué pesado! ¡No se calla nunca el hijo de la gran puta! ¡Es que empieza a hablar y ya tengo ganas de golpearle la cabeza con mi bastón! ¡Ojo, que es buen tío! ¡No tiene un gramo de maldad en el cuerpo! ¡Pero ojalá ese cuerpo estuviera en las Indias! ¡Al menos la lengua! ¡Que alguien le corte la lengua y la envíe al Pacífico, por Dios! ¡Ya no aguanto más, joder!

En definitiva, queda así demostrada la excepción al imperativo categórico, cuya formulación es la siguiente: “Obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal, o en ley particular si se refiere a la hora de poner excusas para no quedar con Johann Tropf, como decirle que te duele la cabeza o que llevas toda la noche con diarrea”.

Así se hará constar en las sucesivas ediciones de mi Fundamentación de la metafísica de las costumbres y de mi Crítica de la razón práctica.

Las elecciones son el martes, señor presidente

—¿Tengo algo importante en la agenda de la semana? Espero que no, voy muy retrasado con mis series.

—Pero, señor Trump, las elecciones…

—¿Qué elecciones?

—Las elecciones son el martes, señor presidente.

—¿Las mías?

—Sí, señor.

—¿No te habrás liado? Mira bien, a ver si son las del senado o algo así. Jaja, el senado, qué ridículo. ¿Qué somos? ¿Romanos? ¿Van con toga, los senadores?

—Lo siento, señor, pero las elecciones del martes son las presidenciales.

—¿Pero por qué nadie me avisa de esto?

—Bueno, ehm… Yo creo que se lo dijimos… Y, en fin, está en todos los periódicos.

—¡No deis nada por supuesto! ¡He estado enfermo! ¡Con covid! ¡No estaba para leer periódicos! En fin, supongo que aún se podrá hacer algo. ¿Qué dicen las encuestas?

—Pues Biden tiene algo de ventaja.

—¿Biden? ¡Biden no se puede presentar! ¡Ya fue presidente!

—Sí puede, señor. Fue vicepresidente.

—¡Pues que se presente a vicepresidente! ¿Qué quiere? ¿Serlo todo? Que se presente también a Papa de Roma, hostia ya.

—¿Eh?

—Esto es injustísimo, ¡nadie me avisó! Llama a Biden y pregúntale si le importa que lo dejemos para dentro de dos martes.

—No puede ser, señor presidente. La campaña ya está en marcha.

—Solo estoy hablando de un pequeño retraso. Tengo que pensar bien en mi programa. Estuve leyendo sobre una cosa llamada “marxismo-leninismo” y creo que podríamos adoptar algunas de estas ideas.

—¿Marxismo-leninismo? Pero, señor, eso es comunismo.

—No, hombre, no. Comunismo es subir un poco los impuestos. Aquí hablamos de nacionalizar empresas y que sean propiedad del Estado, es decir, del presidente.

—Creo que no va así la cosa.

—¿Sabes lo que es la plusvalía? Es lo que ganan otros empresarios por no hacer nada. Yo quiero algo de eso, también.

—Pero, señor…

—Estoy en la ruina… O implantamos el marxismo-leninismo y consigo algo de plusvalía, o tendré que vender mis hoteles. Volviendo al tema: llama a Biden y pregúntale lo de retrasar las elecciones. Es majete, no creo que le importe.

—Es que siempre son el primer martes de noviembre.

—Mira, no. No.

—¿No?

—Eso es algo que siempre he odiado.

—¿El qué, señor presidente?

—Lo de “siempre se ha hecho así”. Si en una de mis empresas me venía alguien diciendo eso, lo despedía. Hay que ser flexibles y estar atentos a las innovaciones que nos faciliten el trabajo. Por ejemplo, todo el mundo decía que era imposible que los ascensores funcionaran sin cables y llevaran cohetes. Era imposible, pero primero lo probamos porque si no lo pruebas, ¿cómo lo sabes? Además, solo murieron dos personas, nunca entendí por qué hizo falta llegar a juicio. Por cierto, lo he pensado y quiero que los senadores vayan con toga. Llama a Biden, anda.

—Yo le llamo, pero no va a querer.

—Mira, hoy estás insoportable. Ya lo llamo yo. A ver, creo que tengo su número guardado en el móvil. Sí, aquí… Me envió un meme hace poco: se me veía a mí cruzándome con el virus de la covid y el virus salía con mascarilla… Qué cabrón… ¡José! ¡Soy yo! ¡Donaldo! (Nos hablamos con nuestro nombre en español, es una broma nuestra). ¿Qué tal? Oye, ¿sabías lo de las elecciones? ¿Sí? A mí no me habían dicho nada. Te llamaba por si lo pudiéramos retrasar. Quince días. O una semana. Joder, tío. Pero es que no lo sabía. Claro que aceptaría si estuviera en tu lugar. Porque yo soy un caballero y no una rata traidora. No te estoy llamando rata traidora, solo estoy diciendo que yo no lo soy. Si te das por aludido es tu problema, Joe. No, no te pienso llamar José porque ahora estoy enfadado. Me da igual. Venga, hasta luego. Sí, mañana partidita de Carcassone. Dice que no.

—Lo siento, señor presidente. Quizás deberíamos seguir con la campaña.

—¿Seguir? ¿Cuál es mi eslogan?

—Mantengamos América grande.

—¿Todavía estamos con eso? ¿Cuánto hemos hecho crecer América estos cuatro años?

—¿Qué?

—¿Cuántos kilómetros cuadrados? ¿Fue con diques, ganando terreno al mar? ¿O finalmente compramos Groenlandia?

—Creo que el país mide más o menos lo mismo, señor.

—Entonces necesitamos algo nuevo. ¿Qué tal “Biden es un resentido y no me deja retrasar las elecciones”?

—Creo que no se entiende bien, presidente.

—”Blancos, negros, chinos: os quiero a todos”.

—¿Qué?

—¿No dicen que soy racista? Pues algo así, para convencerles de que no lo soy. Me da igual que seas chino o moro, yo estoy abierto a todas las razas. Tuve una novia de Dakota y Dakota es un nombre siux.

—Señor, no puede decir eso.

—¿Qué parte?

—Ninguna.

—Bueno, mira, déjame un rato y ya hablaremos en otro momento, que hoy me estás diciendo que no a todo.

—Lo siento, señor.

—Cuando yo digo algo, no quiero que me respondas que no se puede, sino que me digas cómo hacerlo.

—Perdón, señor.

—Y que lo hagas.

—Lo intento, señor.

—Vete.

—Sí, señor.

—Espera, antes de irte cepíllame el pelo.

—Voy, señor.

—Y suave, que siempre me das tirones.

—Iré con cuidado, señor.

¿Quieres una tote bag? Toma una tote bag

La primera tote bag me la dieron cuando compré el pan. Hoy las estamos regalando, me dijo la panadera, rodeada de montañas de bolsas. Pagué, di las gracias, metí la barra en la bolsa de tela y fui al kiosco, donde me dieron otra tote bag con el periódico. Te irá bien, me dijo el kiosquero, que los sábados el diario pesa casi tanto como el domingo. Me regalaron otra tote bag con el vermut, una más cuando pedí unas patatas y otra por la calle, cuando salí del bar. Había un tipo repartiéndolas, como si fueran flyers. Es publicidad de una cafetería que acabamos de abrir, me dijo. Intenté poner orden en todas mis tote bags, pero no me aclaraba, así que entré en una tienda de tote bags y compré una tote bag para meter todas mis tote bags. Casi había logrado ordenar todas aquellas bolsas cuando la dueña me dio una tote bag de regalo por haber comprado una tote bag. Salí de la tienda intentando meter bolsas en otras bolsas y pensando en todos los recados que me quedaban por hacer y en todas las bolsas que podían regalarme, cuando oí la voz de un niño. ¡Señor, señor! ¡Se le ha caído la tote bag! Le di las gracias a ese desgraciado mientras recogía mi tote bag. Un momento, dije, esta tote bag no es de las mías, yo no he ido a cortarme el pelo. Pero el niño ya había desaparecido y no veía a nadie a mi alrededor buscando ninguna tote bag. Abrumado por todas las tote bags, decidí tirar esta última a la papelera cuando me llamó la atención un guardia. Oiga, qué hace, cómo tira eso. Es que no es mía. Pero quédesela, hombre, que siempre vienen bien. Ya tengo muchas. ¿Ha pensado en comprar una tote bag para guardar las tote bags? Precisamente vengo de… Ande, llévesela, que luego esto con suerte y como mucho se recicla para hacer más tote bags, así que no tiene mucho sentido tirarla. Bueno, en fin… Y tenga, una tote bag de regalo, que en el Ayuntamiento las estamos repartiendo entre los vecinos. Me dieron otra tote bag en la óptica, una más en la frutería, otra en la tienda de vinos y una en la zapatería, donde solo me había parado a mirar el escaparate. Hui a casa, tropezando con mis propias tote bags. En uno de estos tropiezos se me cayeron al suelo y estoy casi convencido de que la señora que me ayudó a recogerlas deslizó tres o cuatro tote bags suyas para que me las llevara yo. Volví caminando por el parque porque pensaba que corría menos peligro de que me regalaran una tote bag, pero justo ese día habían organizado un pequeño mercadillo de tote bags artesanales y me regalaron una al entrar y otra al salir. Por entre el montón de tote bags que acarreaba pude ver en el estanque a dos patos peleándose por una tote bag. Creo que era una maniobra de distracción porque una paloma aprovechó para dejar una tote bag a mis pies y alguien (no pude ver si hombre, mujer o ardilla) la recogió y me la puso en la cabeza. Tenga, tenga, que se le ha caído. Musité un “no es mía”, pero ya se había marchado, probablemente corriendo a toda prisa. Mientras estaba parado, intentado localizar a ese tipo, como media docena de personas arrojaron sus tote bags sobre mí. Intenté explicar que no estaba recogiendo tote bags, pero me di cuenta de que con eso solo atraía a más gente que quería librarse de sus tote bags, así que eché a correr para salir de allí lo antes posible. Cuando llegué a casa estaba empapado en sudor. Me costó encontrar las llaves (estaban en una tote bag), pero casi mejor no haberlo hecho. En el buzón había seis tote bags más, a pesar de que los vecinos habíamos puesto un cartel avisando de que no queríamos tote bags. Subiendo por las escaleras, la vecina del primero salió al rellano y me dio una tote bag de su club de lectura. La llamé hija de la gran puta, pero creo que entendió muchas gracias. Abrí la puerta y me desplomé en el recibidor. Oí la voz de mi novia, que me decía que le habían dado un par de tote bags y que las había dejado en la mesa. Las guardo, le dije, ya las guardo. Abrí el armario del recibidor. Ahí ya no cabían: había tres chaquetas y un montón de tote bags. Tampoco había sitio en ningún mueble de la cocina ni en el dormitorio. Me senté un momento en el sofá, que en realidad era un montón de tote bags. Mi novia se sentó a mi lado y preguntó por las tote bags que había dejado tiradas en la entrada. No sé, dije, igual hay que quemarlas. No, hombre, no; guárdalas, que siempre vienen bien. Pero dónde. ¿Debajo de la cama? No, porque la cama era otro montón de tote bags y no había ningún “debajo”. ¿En el balcón? Había tantas que no entraba luz en casa. ¿En el despacho? Hacía meses que la puerta no se abría por culpa de todas las tote bags acumuladas. Tampoco podía venderlas por wallapop porque wallapop ya solo era una web para librarse de tote bags, con los dueños pagando más de doscientos euros por deshacerse de una de esas bolsas de tela. Quizás podía salir a la calle y regalarlas, pero corría el peligro de que me regalaran a mí aún más tote bags. ¿Has traído el periódico?, me preguntó mi novia. Sí. ¿Dónde está? La miré, con lágrimas en los ojos. En una tote bag, le dije. En una tote bag.

Lo que pienso de los aliens

En 2028 llegaron a la Tierra alienígenas de una sociedad mucho más avanzada que la nuestra. No solo venían en son de paz, sino que la tecnología y el conocimiento que nos trajeron iniciaron una era de paz y prosperidad nunca vista, pidiendo a cambio solo algunas materias primas escasas en su planeta. 

Esto es lo que yo decía sobre estos extraterrestres a mis amigos, familiares y cualquier persona que estuviera a menos de dos metros:

—Tan listos no son.

—Si nuestra civilización hubiera vivido diez mil años más, también habría llegado a ese nivel de conocimiento. Era solo cuestión de tiempo.

—Sí, bueno, pero no pueden tomarse una buena cervecita fresca porque el alcohol los mata. No compensa.

—¿Diez kilos de arena al año no es un precio demasiado elevado? Esa arena es nuestra.

—A lo mejor han curado el cáncer, pero vete a saber lo que nos han metido en el cuerpo. A largo plazo se verán las consecuencias.

—No digo que no sean inteligentes, solo digo que es otro tipo de inteligencia. Nosotros somos más de calle y ellos más de curar el cáncer y esas cosas. 

—Yo no me aclaro en un laboratorio, pero si un alienígena y yo nos metemos en una banda callejera, al que eligen de líder es a mí. Me juego lo que quieras.

—Ya sé que no hay bandas callejeras porque su plan para terminar con la delincuencia funcionó a la perfección. Era un planteamiento hipotético.

—¿Estamos seguros de que su vacuna universal sin efectos secundarios no provoca calvicie? Veo mucho calvo últimamente, no creo que sea casualidad.

—¿Tú has visto a alguno de cerca? Yo sí. No son tan altos.

—No es verdad que mi mujer me dejara por uno de ellos. Primero me dejó y luego comenzó a salir con él. Pasaron al menos dos semanas.

—No, no es lo mismo.

—No sé por qué dices eso, me parece que no tienen pene.

—No te puedes creer todo lo que ves en los vídeos porno.

—Es posible que hayan terminado con las guerras, pero no todas las guerras eran malas. Si no fuera por la Segunda Guerra Mundial, Hitler seguiría vivo. Esto es ciencia.

—Ya sé que también han terminado con el nazismo, solo era un ejemplo.

—Lo único que digo es que me habría gustado tener la oportunidad de terminar con el nazismo por mi cuenta. No digo que yo hubiera podido hacerlo, solo que tenía derecho a intentarlo.

—Claro que he engordado. ¿No te estoy diciendo que se nos quieren comer? Todo forma parte de su plan.

—La arena para el que se la trabaja.

—Es verdad que gracias a ellos podemos viajar a otros planetas, pero como en España no se come en ningún sitio.

—¿Te tengo que recordar lo de la cerveza? No compensa.

—Son capaces de prohibir el alcohol. Ojo. Que se empieza por la delincuencia, se sigue con la pobreza, se erradica el cáncer y lo siguiente son las cervecitas.

—Vale, lo de las pastillas contra la resaca estuvo muy bien.

El último humano de Twitter

Me llamaron hace unos días desde el MIT para decirme que soy el último usuario humano de Twitter, que el resto son bots. Mis enemigos ya no saben qué inventar porque ven claro que estoy ganando la guerra cultural en las redes sociales y quieren que deje de criticar con mi particular acidez y sentido del humor al extremo centro tuitero. 

Los del MIT me han dicho que lo deje ya, que no merece la pena tanto disgusto, ¿pero cómo voy a dejarlo? ¿Acaso no me debo a mis 319 seguidores? Según el MIT, no, porque son todos bots. ¿Pero cómo van a ser todos bots? ¿Acaso no siguen mis brillantes discusiones con @vivaAlgeteyEspaña, mi archinémesis? Lo humillo cada día con mis acerados comentarios sobre la corrupción del PP y sobre el peinado de Donald Trump, que en realidad le sirve para ocultar a un ruso muy bajito, que es quien de verdad gobierna Estados Unidos. 

Por cierto, yo quedé con él para tomar unas cañas. Me refiero a @vivaAlgeteyEspaña, no al ruso que susurra órdenes al oído de Trump. Es curioso, pero la gente de Algete tiene un acento que les hace hablar muy raro.

-Mi nombre de sistema es dos puntos vivaAlgeteyEspaña. Saludos, humano. Yo también soy humano. Ja, ja, ja, claro que sí.

-¿Qué te pido? ¿Una cerveza?

-Un chorro de aceite, por favor. Me he quedado enredado en un cable. Por favor, trasládame a una nueva ubicación y pulsa CLEAN para continuar.

Le salieron chispas del cuello y la cabeza le comenzó a dar vueltas de 360 grados, cada vez más rápido, mientras gritaba “¡hay que construir un muro en Segovia, basta con tapar los agujeros del acueducto!”. Justo entonces paró un coche, bajó un tipo con una caja de herramientas, le abrió la cabeza y ajustó un par de tornillos.

Pues eso, ¿cómo va a ser un bot, si quedé con él, vi con mis propios ojos que existía e hicimos el amor durante toda la noche?

Fui a conocer a sus padres, que me invitaron a comer sopa de tuercas.

-Depósito lleno. Depósito lleno -decía todo el rato su padre. Pero no logró convencerme. ¿Cómo que depósito lleno? ¡Hay sitio en España para más inmigrantes! No le llamé sucio racista porque soy muy educado y, al fin y al cabo, yo era un invitado en su casa, pero estuve a punto de arrojar los destornilladores al suelo y largarme de allí.

-¿Más aceite? -Preguntó su madre. Tuve que rechazar la oferta porque ya había vomitado tres veces, me estaban dando calambres en las piernas y había perdido la visión del ojo izquierdo.

¿Puede surgir el amor entre personas que tienen opiniones tan diferentes acerca de los impuestos? Yo creo que hay que subirlos para afianzar el estado del bienestar, pero @vivaAlgeteyEspaña opina que hay infiltrarse en nuestra sociedad para exterminar a todos los humanos. 

Lo nuestro funcionó durante un tiempo, pero al final tuve que terminar la relación.

-Lo siento vivaAlgeteyEspaña, pero esto no puede continuar.

-Batería baja. Debo volver a la base.

-Me alegro de que lo entiendas. Es lo mejor para los dos. 

-Batería baja. Debo volver a la base.

Tuvimos algún que otro nuevo encontronazo en Twitter. Aunque yo siempre acabo mis hilos con el emoticono 😉 para que sepa que le sigo apreciando, creo que aún no ha superado nuestra ruptura. Por ejemplo, a menudo me dice “SyntaxError: invalid syntax”, algo que sabe que me molesta.

Y ahora el MIT quiere hacerme creer que @vivaAlgeteyEspaña no es una persona de verdad, sino un Pentium atado a una Roomba con el cable de un ratón. Es obvio que estos supuestos profesores del MIT son agentes rusos que saben que soy un tipo peligroso, dada mi contundente defensa de la democracia, del progreso y de Christopher Nolan (este es otro tema diferente, pero también muy importante). 

Cuando les colgué el teléfono por tercera vez, envié un tuit a @Jack, fundador y consejero delegado de Twitter.

“Jack, some Russian agents are mortadeloed as MIT scientists. They say that every world in Twitter is a robot, like R2D2, jajaja, what thing! Please stop Russian agents. Live Twitter! I bandage Opel Corsa!”.

La respuesta de @Jack fue la típica que dan los empresarios de las tecnológicas. Nunca se mojan: “Spin Jack’s side wheels to clean”. Eso fue en público, porque en privado me escribió para invitarme a un par de cañas de aceite. Le tuve que decir que no porque aún no he recuperado la visión del ojo izquierdo, pero con esto queda demostrado lo que vengo diciendo desde el primer párrafo: en Twitter hay humanos, el MIT está lleno de agentes rusos y Nolan es buenísimo, me da igual lo que digáis. Esto no lo llevo diciendo desde el primer párrafo, pero también es muy importante.

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 7. Season finale

El hacker de la serie (San Diego Air and Space Museum)

S01E01. Los contables

(Aparecen letras sobreimpresas al estilo de Star Wars: Villamatías de Isaac es un pequeño pueblo de apenas diecisiete habitantes donde nunca pasa nada. Por eso, esta historia transcurre a 800 kilómetros de esa aldea RIDÍCULA, en MADRID, una ciudad DE VERDAD, donde algunos años NIEVA UN POCO. Aparece el bar Ma y Te, con su dirección y teléfono para reservas, porque así me cancelarán la deuda.

Corte a una oficina. Un equipo de cuarenta y siete contables trabaja en sus excel. La música tiene que mostrar una emoción en in crescendo mientras se les ve teclear frenéticamente. Durante la escena, que durará unos veinte minutos y que marcará el tono de la serie, habrá gente llevándose las manos a la cabeza, otros gritando y mostrando unos papeles, alguien lanzando una calculadora Texas Instruments contra la pared… La jefa, María Contáblez, va pasando por las mesas y solucionando dudas).

CONTABLE 1: Creo que ya está.

M. CONTÁBLEZ: ¿Cuadra?

CONTABLE 1: Sí, creo que cuadra.

M. CONTÁBLEZ: Esta bien. Volvámoslo a hacer todo desde el principio, a ver si nos sigue dando lo mismo.

(Se repiten una escena muy similar a la primera, pero de no más de diez minutos).

M. CONTÁBLEZ: ¿Y ahora qué pasa?

CONTABLE 1: Ahora no cuadra.

M. CONTÁBLEZ: Pues habrá que empezar otra vez.

CONTABLE 23: ¡No hace falta! Rodríguez ha olvidado que los activos que pasan más de diez minutos sin moverse cuentan como pasivo…

RODRÍGUEZ: Oye…

CONTABLE 23: Prueba ahora.

CONTABLE 1: ¡Cuadra!

RODRÍGUEZ: Podrías haberte llevado el mérito sin chivarte.

CONTABLE 23: No le caes bien a nadie.

VARIOS CONTABLES A LA VEZ: ¡Rodríguez, cállate! ¡Fuera, Rodríguez! ¿Qué clase de apellido es Rodríguez? ¡Nadie se llama así! ¡Se lo ha inventado!

M. CONTÁBLEZ: Bien, pues ya lo tenemos. Envíaselo al Banco de España.

 

S01E02. El enigma

SHERLOCK HOLMES: Creo que el cadáver de CONTABLE 1 está muerto.

GODZILLA: Elementalmente, apreciado caballero.

M. CONTÁBLEZ: ¿Qué es eso que le sale del bolsillo? Parece una nota.

SHERLOCK HOLMES: ¡No pienso tocar a un muerto!

GODZILLA: Ni yo, qué asco. Seguro que está lleno de gérmenes.

SHERLOCK HOLMES: Fun fact: el coronavirus vino de comer cadáveres. Hay que comer carne viva para evitar contagios.

GODZILLA: A ver si el forense nos ayuda. ¡Doctor! ¿Puede sacar esa nota que le sale del bolsillo al cadáver?

FORENSE: ¿Eso es una nota o es que te alegras de verme?

(Silencio incómodo. María Contáblez carraspea. El forense coge la nota con la boca, para no dejar huellas. La desdobla con el pene. Los cuatro la leen).

SHERLOCK HOLMES: Así que tenía una cita con Drácula en el club a las cinco.

MARÍA CONTÁBLEZ: Y justo a esa hora CONTABLE 1 seguía vivo.

SHERLOCK HOLMES: ¡Rápido, al Batmóvil!

 

S01E03. Hackerman

HACKER: (Tecleando muy rápido). Creo que puedo entrar, aunque necesitaré que el servidor mire a otro lado. Tengo que agujerear el firewall con php. A lo mejor puedo usar ms-dos. (Coge dos ratones a la vez, salen rayos). ¡El sistema está sobrecargado! (Tira dos dados de diez caras). ¡Bien! ¡Un crítico! ¡Ahora necesito que cojas una carta, la que quieras! Mírala bien y vuelve a dejarla en el mazo. Ahora barajo un poco y…. ¿Esta es tu carta?

M. CONTÁBLEZ: ¡Sí, esta es la carta que me envió mi padre desde la base petrolífera en la que trabajaba!

HACKER: Ya está. Lo logré. Me he bajado Watchmen con subtítulos. Y además ya puedes acceder con clave a la web de la Seguridad Social y a la de Hacienda.

M. CONTÁBLEZ: ¡Muchas gracias! ¿Cómo puedo pagártelo?

HACKER: Con dinero. Habíamos… Habíamos acordado ya una cantidad. En fin, creía que estaba claro.

M. CONTÁBLEZ: ¿Y no prefieres la caja sorpresa?

HACKER: Eso no es una caja, es una señora con muletas y la pierna enyesada.

M. CONTÁBLEZ: Ay, me he equivocado y he traído a la coja sorpresa.

COJA SORPRESA: ¿Me quiere soltar del brazo, por favor, que tengo que coger el autobús?

 

S01E04. El juicio

ABOGADA: Y por eso creo que el juicio contra la señora Contáblez debe desestimarse.

(Un detective privado entra corriendo y le entrega una nota a la fiscal. Sabemos que es un detective privado porque detrás de él va un tipo con un cartel en el que pone “detective privado” y una flecha señalándole).

FISCAL: Señoría, nos acaba de llegar información relevante para el juicio.

ABOGADA: Ya estamos con el juego sucio.

JUEZ: (Despertándose) ¿Qué? ¿Eh?

FISCAL: ¡La abogada no estudió en Harvard! ¡Ni siquiera es abogada! ¡Es un maniquí encima de una Roomba!

ABOGADA: ¡Protesto!

FISCAL: ¡Fíjese! ¡Está enredada con unos cables!

JUEZ: ¡El zasca se ha oído en Torrelodones!

ABOGADA: ¡Necesito su atención! ¡Me he enredado con unos cables! ¡Tengo el depósito lleno!

M. CONTÁBLEZ: ¡Me representaré a mí misma!

(Siguiente escena: María Contáblez sale del escenario y le entrega una guitarra eléctrica a uno de sus asistentes).

CONTABLE 23: Representarte a ti misma fue una muy buena idea. Has conseguido firmar para más de cien conciertos este verano.

M. CONTÁBLEZ: ¿Y el juicio?

CONTABLE 23: Eres culpable. Te han condenado a cadena perpetua.

M. CONTÁBLEZ: ¿La película o la condena?

CONTABLE 23: La condena.

M. CONTÁBLEZ: Mejor, he visto la peli muchas veces. Al menos tres.

 

S01E05. El banquero

SHERLOCK HOLMES: ¡Y usted era la única persona con acceso al dormitorio de la víctima!

IRON MAN: ¡No es cierto! ¡Rodríguez también tenía llaves!

RODRÍGUEZ: ¡Ya estamos chivándonos otra vez!

CONTABLE 23: Bueno, es que estamos investigando un asesinato.

GODZILLA: Joder, Rodríguez, habrá que saber qué pasó y sacar a Contáblez de la cárcel, que está cumpliendo cadena perpetua, la condena y no la peli, por un crimen que no cometió.

IRON MAN: Además, tú tenías un móvil.

SHERLOCK HOLMES: ¿Ah, sí? ¿Qué móvil?

RODRÍGUEZ: Es el Xiaomi nuevo.

SHERLOCK HOLMES: Es el que tiene mejor relación calidad precio del mercado.

GODZILLA: Queridamente, apreciado elemental.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: (Entra por la puerta. Va vestido con traje, lleva dieciocho tirantes y está firmando billetes de 50 euros). ¡Yo le maté!

SHERLOCK HOLMES: ¿Usted? ¿Quién es usted? Yo ya lo sé porque soy Sherlock Holmes, pero igual esta gente necesita algo de ayuda.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡Soy el banquero de España! ¡El dueño del Banco de España! ¡Me refiero a la entidad financiera y no al banco de sentarse que hay en Recoletos!

SHERLOCK HOLMES: ¿Y por qué mató a CONTABLE 1? También lo sé, claro, nada se le escapa a Sherlock Holmes, pero seguro que prefiere que no haga crimensplaining.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: Porque siempre entregaba tarde los estadillos y encima estaban llenos de errores.

CONTABLE 23: Él solo los firmaba, quien los preparaba era Rodríguez.

RODRÍGUEZ: Venga, hombre, ya está bien.

CONTABLE 23: Es verdad.

RODRÍGUEZ: Yo te cubro cuando la cagas.

CONTABLE 23: Es que tú la cagas todo el rato.

SHERLOCK HOLMES: Señor banquero, queda usted arrestado por el asesinato de CONTABLE 1.

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡Jamás me alcanzaréis! (Huye caminando).

IRON MAN: ¡Pero vaya tras él, señor Holmes!

SHERLOCK HOLMES: Es inútil, ya me lleva varios metros de distancia. Cuatro y pico, para ser aproximados.

IRON MAN: ¡Camina muy lento! ¡Parece una tortuga! ¡Y usted tiene las piernas de un Aquiles!

SHERLOCK HOLMES: Ya, pero aun así tampoco podré capturarlo. Para cuando recorra esos cuatro metros, él habrá avanzado otros dos. Yo recorreré esos dos, pero él seguirá moviéndose y caminará un metro más. Para cuando cubra ese metro, él habrá avanzado otro medio metro… Y así hasta el infinito. Jamás llegaré a donde está.

GODZILLA: Mentalmente, querido abuelo.

IRON MAN: Maldita sea, es totalmente cierto e irrefutable.

BERTRAND RUSSELL: No tan deprisa. Traigo una solución a la paradoja.

SHERLOCK HOLMES: ¡El filósofo y matemático Bertrand Russell, autor de varios libros que no hará ninguna falta que mencione porque seguro que ya los conocen todos!

CONTABLE 23: Yo no los conozco.

SHERLOCK HOLMES: No interrumpas al caballero. ¿Puede resolver esta aporía y ayudarnos a capturar al banquero de España?

BERTRAND RUSSELL: Por supuesto, pero necesitaré una pizarra. Rodríguez, ¿me puedes ayudar a traer una?

RODRÍGUEZ: ¿Yo? ¿Por qué yo?

CONTABLE 23: Joder, es que siempre te estás quejando.

RODRÍGUEZ: ¿Pero por qué tengo que traerla yo?

CONTABLE 23: ¿Y por qué no? ¿Cuál es el puto problema?

RODRÍGUEZ: Está Iron Man ahí sentado. A él no le va a costar nada porque tiene un traje de hierro.

IRON MAN: Con razón le caes mal a todo el mundo. (Se levanta haciendo clonc-clonc).

 

S01E06. En prisión.

(María Contáblez está en una cárcel para contables de alta seguridad. Su compañera de celda, que cumple quince años de condena por haber amortizado una inversión anotando al margen “pues esto ya ha salido a cuenta”, le pasa una calculadora Texas Instruments).

M. CONTÁBLEZ: ¿Cómo la has conseguido?

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Eso no importa, pero acuérdate de mí cuando salgas de este agujero.

M.CONTÁBLEZ: (Teclea algo muy rápido). Esto demuestra que soy… soy inocente… El imbécil de Rodríguez restó cuando había que sumar.

(Se oye la voz de Rodríguez desde fuera de la cárcel: “Bueno, sin faltar, que todo el mundo se equivoca”).

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Me alegro mucho. ¿Te acordarás de mí cuando salg… ?

M. CONTÁBLEZ: Gracias a esta calculadora que he conseguido yo sola, he resuelto el crimen en esta celda solitaria.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Hola? ¿Me oyes?

M. CONTÁBLEZ: Se corta.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Qué?

M. CONTÁBLEZ: Creo que no tienes mucha cobertura.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: Estoy al lado del módem. ¿Probamos con Meet? Meet me suele ir mejor que Zoom.

M. CONTÁBLEZ. Se corta… Cierro, se corta.

COMPAÑERA DE CELDA SIN NOMBRE, QUE AHORA NO SE ME OCURRE NINGUNO: ¿Hola? ¿Eh? ¿Hola? ¿Me oyes? ¿Hola?

(María Contáblez empieza a roncar).

 

S01E07. La batalla

(La ciudad está en ruinas: edificios demolidos, coches volcados, una grieta abierta en medio de la Gran Vía… Los cadáveres de los contables se amontonan en las aceras, como en los años 80. Godzilla está malherido, intentando coger una pistola, pero es muy pequeña para él y se le resbala todo el rato).

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡No podrás conmigo! ¡Todos los cajeros automáticos están a mis órdenes!

M. CONTÁBLEZ: Aún no ha nacido el hombre que pueda conmigo.

(Siguiente escena):

EL BANQUERO DE ESPAÑA: ¡No he podido contigo!

M. CONTÁBLEZ: ¡Te lo dije!

(Un médico viene corriendo)

MÉDICO: Señora Contáblez, ¡acaba de nacer el hombre que puede con usted! ¡Se llama Joaquín!

M. CONTÁBLEZ: ¡Cielos! ¿Cuántos años tiene?

MÉDICO: De momento, pocos. No más de siete.

 

S01E08. Season finale

(Una puerta. Se oyen ruidos, como si un perro estuviera mordiendo un calcetín. María Contáblez abre la puerta. Tiene el rostro bañado en sangre y sostiene un brazo de bebé en la mano).

M. CONTÁBLEZ: Tenía que hacerlo.

(Se lleva la mano al estómago. Cae de rodillas).

M. CONTÁBLEZ: No… No puede ser… Soy alérgica a los bebés… La profecía era cierta…

(Cae al suelo. Aparece Rodríguez aplaudiendo sarcásticamente).

RODRÍGUEZ: Bien, bien, bien. La gran María Contáblez ha caído en su propia tram

(A media frase empiezan los títulos de crédito porque a nadie le cae bien Rodríguez).

 

—¿Qué lees ahí? —Me preguntó Maite, la dueña del bar Ma y Te—. ¿Es tu serie?

—Son solo algunas notas. Pero sí. Es mi serie. La mejor serie del mundo. Se la voy a vender a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por la calidad.

—¿Tiene nombre?

—Por supuesto. Se llama Rodríguez.

—¿Rodríguez?

—Sí. Solo con oírlo ya sabes de qué va. Y además es un juego de palabras.

—¿Qué? ¿Con qué?

—Ponme un café con leche en plato hondo, por favor.

*****

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

5. Cómo montar un open mic

6. Cómo delatar a un mafioso

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 6. Cómo delatar a un mafioso

Daniel Pérez (izquierda), Daniel Pérez (centro) y Daniel Pérez

Cuando regresé del trabajo, me encontré con dos hombres de traje sentados en mi sofá.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen aquí?

—¿Señor Pérez?

—Sí, ese soy soy, Daniel Pérez.

—Siéntese, por favor. Somos el sargento Daniel Pérez y el capitán Daniel Pérez, de la Policía Nacional de Torrejón de Ardoz.

—¿Pero cómo han entrado en mi casa?

—Somos la policía, tenemos copia de todas las llaves de la ciudad.

—¿Y mi esposa? ¿Dónde está mi esposa, Daniela Pérez?

—No se preocupe, aún está en la oficina. Tenemos que hablar con usted a solas.

—¿Qué ocurre?

—Esto va a ser muy difícil de explicar y de entender, pero le pedimos por favor que sea paciente.

—Está bien.

—Usted no es Daniel Pérez.

—¿Cómo?

—Usted es Jaime Rubio.

—Pero, pero…

—Sí, sabemos lo que nos va a decir.

Se lo dije igualmente. Recordaba perfectamente toda mi vida: nací en Soria, hijo único de Daniel Pérez y Daniela Pérez. Durante mi infancia nos mudamos mucho, ya que mi padre trabajaba para una empresa de mudanzas y, como nunca recordaba el camino de vuelta, teníamos que ir nosotros a donde él estuviera. Estudié Biología Marina en Valencia. No sabía nadar, así que el Colegio de Biólogos Marinos me envió a Madrid, donde llevaba tres años trabajando como investigador en la playa del Manzanares. Allí conocí a Daniela Pérez, que dedicaba sus ratos libres a recorrer la ribera del río con un detector de metales sin pilas. Fue un amor a primera vista: ella se enamoró del socorrista y yo de una vendedora de helados. Pero como ninguno de los dos nos hacía caso, nos conformamos el uno con el otro.

—Lamento decirle que todo lo que usted recuerda hasta hace tres años son memorias implantadas —dijo Daniel Pérez—: sus padres, sus estudios de biología marina… Usted forma parte del programa de protección de testigos más avanzado de Europa.

—¿Los testigos de Jehová, a quienes protege el mismísimo Dios?

—No, los otros —dijo Daniel Pérez—, los de los juicios.

—Ya se imagina por qué acaban fallando estos programas —siguió Daniel Pérez—. Los testigos echan de menos a su madre o a sus amigos, les acaban llamando por teléfono, empiezan a cometer errores… Y aparecen muertos en un callejón.

—Este programa crea una nueva identidad. Usted no puede llamar a sus padres porque ni siquiera se acuerda de ellos.

—Y además sus padres le echaron de casa cuando cumplió 38 años.

—Eso también.

—Pero no puede ser… Ni siquiera reconozco ese nombre… ¿Jaime Rubio?

—La operación de reconfiguración fue un éxito. Pero ahora ya es seguro volver. Basta con tomarse esta pastillita.

—¿Por qué ahora?

—La persona a la que ayudó a meter en la cárcel, Daniel Pérez, murió la semana pasada. Intentó fugarse por el retrete de la prisión y quedó encallado justo en la frontera con Portugal.

—Pero esto es absurdo. No creo que yo sea capaz de mantener ninguna relación con criminales.

—Pues así es, señor Rubio.

—¡No me llame con ese nombre!

La historia que me contaron me sonó absurda. Al parecer, Daniel Pérez era el gran capo de la mafia del Corredor del Henares, compuesta por él, un perro muy fuerte aunque un poco viejo, el vigilante de un Mercadona y yo, Daniel Pérez, su fiel contable. Nos dedicábamos a todo tipo de negocios sucios: contrabando de bombillas para las luces navideñas, mercado negro de croquetas, compraventa de pases ilegales para piscinas comunitarias… Incluso habíamos estafado a la base militar de Torrejón de Ardoz, vendiéndoles alerones para que los cazas fueran más rápido.

—¿Y no funcionaban? —Pregunté a Daniel Pérez.

—Claro, eran alerones, cómo no iban a funcionar. Pero eran de baja calidad y se desprendían.

La policía nos descubrió organizando una timba ilegal de Catán en el almacén del bar Ma y Te. Mi jefe y el perro lograron huir, pero yo me despisté porque estaba a punto de conseguir mi quinta carretera consecutiva.

—Qué horror.

—Sí, usted era un delincuente.

—Lo que me horroriza es que supiera jugar a Catán.

El interrogatorio fue difícil: yo era un tipo duro y bregado en el hampa torrejonera. Conmigo no iban a poder.

—Aquí tiene su café, señor Rubio.

—Está asqueroso.

—Lo siento. Las máquinas de aquí no son muy buenas. ¿Prefiere un refresco?

—ESTÁ BIEN, CONFIESO, NO AGUANTO ESTA TORTURA.

—Su abogado está al llegar, ¿no será mejor que le espere?

—YO LO HICE TODO. TESTIFICARÉ ANTE EL JUEZ, IRÉ A SÁLVAME DE LUX Y ME SOMETERÉ AL POLÍGRAFO.

Y así fue como acabé en el programa de protección de testigos.

—Me está diciendo que no soy Daniel Pérez.

—No —contestó Daniel Pérez.

—Usted es Jaime Rubio —añadió Daniel Pérez.

—Pero todo lo que he hecho en estos tres años sí es real… Me he casado de verdad con Daniela Pérez.

—Sí, eso sí.

—He hecho amigos y tengo un trabajo que me gusta… Me van a ascender a asistente del director regional. Incluso me han dado mi propia calculadora, una Texas Instruments.

—Pero está usted viviendo una mentira. Y se dará cuenta con solo tomarse esta pastillita.

—¿Cómo va a ser una mentira? ¿Este hogar es una mentira? ¿Esta foto con mis suegros es una mentira? ¿Este gato es una mentira?

—Es un peluche.

—Pero es un peluche de verdad.

—Señor Rubio…

—¡No me llame por ese nombre! ¡Soy Daniel Pérez!

—Usted tiene otra vida. Una vida real. Esto, todo esto, solo era una forma de protegerse. Una pantomima, solo que usted no era consciente.

—¿Y qué tengo en esa otra vida?

—Bueno… Er… Creo que tiene una bici estática que hace las funciones de perchero.

—¿Tengo pareja?

—Huy, no, no, qué va.

—¿Y amigos? ¿Mis amigos me echan de menos?

—Bueno, Daniel Pérez, el capo de la mafia del Henares, lo pasó fatal porque le consideraba a usted su mejor amigo. Pero no sé si querrá retomar su relación, habiendo sido traicionado y estando muerto.

—También frecuenta a menudo el bar Ma y Te, donde ha dejado a deber 57 euros, por lo que nos dijo la dueña.

—¿Y mi familia?

—Se cambiaron todos el número de teléfono para evitar que les llamara.

—Es decir, soy más feliz aquí como Daniel Pérez.

—Pues ahora que lo dice…

—No me obliguen a regresar a esa vida horrible.

Los agentes se encogieron de hombros y se levantaron.

—Nos vamos, pues.

—Normalmente insistimos un poco más, pero en este caso es evidente que no merece la pena.

—Solo una cosa. No entiendo cómo acabé en esa vida de perdición y delincuencia.

—Oh, eso es muy gracioso. Cuéntaselo tú, Daniel.

—Pero si yo he preguntado.

—No, el otro Daniel, el que también es policía.

—Ah, sí, qué lío, perdón. Usted quería financiar su propia serie.

—¿Yo tenía mi propia serie? ¿Era todo un showrunner?

—Qué va, tenía cuatro libretas garabateadas.

—¿Y esas libretas siguen existiendo?

—Supongo que sí, estarán con sus cosas, en su piso.

—Pero esto lo cambia todo. Yo tenía mi propia serie.

—A ver, yo no diría tanto.

—Seguro que pensaba venderla a Netflix, que lo compra todo…

—Puede ser, pero…

—… O a HBO, que apuesta por productos de calidad.

—No nos volvamos locos.

—¡DEME LA PASTILLA! ¡QUIERO VOLVER A SER JAIME RUBIO!

—¿Qué dice?

—Piénselo bien.

—QUIERO DESARROLLAR MI PROPIA SERIE.

—Pero desarróllela siendo Daniel Pérez.

—NO QUIERO TIRAR POR LA BORDA TODOS ESOS AÑOS DE TRABAJO.

—¿Y su esposa?

—¡NO ES UNA MUJER DE VERDAD! ¡ES UN RECORTABLE DE CARTÓN!

—Aun así, es mejor que lo que tenía antes.

—¿Qué hay de sus amigos? ¿Y de su trabajo?

—LES DEBO DINERO Y NO SÉ NADAR, DEME LA PASTILLA.

—Tenga, tenga.

—Al fin… Sí… Ahora lo recuerdo todo… Me ha venido de repente… He perdido tres años… Pero puedo retomar mi trabajo donde lo dejé.

—¿Está llorando de alegría?

—Sí… Pero no solo por la serie. Resulta que no sé jugar a Catán. Les dije que sí porque quería parecer un tipo duro, pero estaba improvisando.

—Mire, acaba de llegar su mujer.

—Es verdad, era un recortable de cartón.

—Ya se lo decía yo. ¿No ven que es la consejera delegada del BBVA?

—Ah, claro.

—En fin, les dejamos, que tendrán mucho de lo que hablar.

—Yo me voy con ustedes. Adiós, Daniela. No volveremos a vernos.

—¿Pero por qué? ¿Quién es esta gente?

—Son Daniel Pérez y Daniel Pérez. Pero yo… Yo no soy Daniel Pérez. Yo soy Jaime Rubio.

—¿Qué?

—Y tengo que terminar una serie.

—Yo casi diría “empezar”.

—No te metas, Daniel.

—Yo no he dicho nada.

—Me refería al otro Daniel.

—Pero Daniel…

—No me llamo Daniel.

—Ahora no hablaba contigo, es que conozco a ese otro Daniel.

—Sí, fuimos juntos al cole.

—Bueno, yo me voy a ir yendo.

—¿Quién ha hablado?

—¿Qué?

—¿Cómo?

—¿Eh?

—¿Hola?

—Daniel, ¿estás ahí?

—Se corta.

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Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

5. Cómo montar un open mic

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 5. Cómo montar un open mic

Foto: Kane Reinholdtsen (Unsplash)

—Maite, rápido, ponle un bocadillo a este pobre huérfano.

—Le repito que mis padres murieron hace ya más de veinte años.

—Y EN TODO ESTE TIEMPO NADIE SE HA PREOCUPADO POR ÉL.

—Pero, oiga, que estoy jubilado y tengo nietos.

—Da igual, seguro que encuentra una familia que le quiera. ¡Maite, dónde está ese bocadillo!

—El señor se ha escapado.

—¡No! ¿Pero cómo va a quedarse ese pobre niño solo en el mundo?

—Creo que estará bien. ¿Qué te pongo?

—Un capuchino. Pero el monje, no el café.

Creo que me sirvió un café con leche. Maite no hace mucho caso de mis consejos para modernizar el local, especialmente desde que la convencí para montar un open mic de comedia que no salió del todo bien y que duró un solo jueves. Pero la culpa no fue mía. La culpa fue de los humoristas que se presentaron, que fueron un total de cero, por lo que tuve que convencer a los clientes habituales del bar para que probaran suerte en el mundo de la comedia. Ofrezco a continuación algunos de los fragmentos más desopilantes de sus intervenciones:

DAMIÁN

No pienso salir ahí a contar nada. Y no me cojas del brazo.

ÁNGELES

¿No podéis poner la tele un rato? ¿O música? O nada, ¿eh? Que en silencio también se está bien.

MATÍAS

Este sistema económico-político basado en el consumo y el crédito no aguanta más. No podemos sostener los crecimientos del 3 o el 4 por ciento anuales que exige el capitalismo solo para no desmoronarse. Tenemos que replantearnos qué sociedad queremos: una sociedad en la que unos pocos ganan cada vez más mientras otros van hundiéndose paulatinamente en la miseria, casi sin darse cuenta, o una sociedad en la que los de arriba tienen un poco menos, pero los de abajo no tienen que preocuparse por lo que pueda ocurrir el mes que viene.

(Matías es graciosísimo cuando quiere).

NATALIA E IBRAHIM

Dos zumos de melocotón, por favor.

(Normalmente no admitiríamos dúos cómicos, pero al ser el primer día hicimos una excepción).

JOHNNY EL MOCOSO (creo, no dijo su nombre)

Traigo una citación judicial para Jaime Rubio, me han dicho que estaría aquí.

DANI

Me han despedido. Por la crisis. Es una empresa pequeña y nos han echado a los dos que no somos familia. Y eso que el sobrino del dueño es tontísimo. Madre mía, no se puede ser más tonto. Pero ya se lo encontrarán, ya, que ese imbécil no se está más de dos días seguidos sin cagarla.

(A mí me pareció de los mejores, pero en cuanto se acabó la Coca-Cola se fue para casa a contarle todo esto a su mujer. Le dije que se la trajera, que así nos reímos todos, pero se enfadó mucho).

DAMIÁN

Que me sueltes el brazo.

JAIME RUBIO

Buenas noches. Me encanta estar aquí. ¿Os habéis fijado en que a veces pasan cosas? Podrían no pasar. Podrían no pasar, joder, puto. Es que si digo tacos es más gracioso.

MATÍAS

¿Os habéis fijado en que la policía es un cuerpo que tiende a ser represivo al tener el monopolio de la violencia en los estados de derecho y creer que eso es un privilegio y no una responsabilidad?

JAIME RUBIO (después de un largo silencio)

¿Os habéis fijado en que los jóvenes de hoy en día tienen menos años que las personas de más edad? Y dicen cosas como xdddddd.

¿Visteis Juego de Tronos? Está lleno de memes. Yo estoy haciendo una serie. Soy lo que se llama un showrunner. Mi idea es vendérsela a Netflix, que lo compra todo, o a HBO, que apuesta por productos de calidad. ¡Eh! ¿Por qué os reís? ¡Esto no era un chiste!

Jaja… Hombres… Hay que matarlos a todos. Y también a las mujeres. Y a los niños. Y a la mayor parte de los escorpiones.

Venga, vamos a improvisar un poco. Dadme una profesión

(Matías: ¡Opresor del pueblo!

Ángeles: ¿Esto va a durar mucho más?)

Vale, inspector de hacienda… Ehem… A ver… Soy un inspector de hacienda. Inspecciono haciendas. Voy a contar caballos. En esta hacienda hay siete caballos. Decidme otra profesión más.

(Ángeles: Bueno, yo me voy.

Damián: Maite, ¿todo esto por qué)

Oigo camarero. Soy camarero, hago fotos con mi cámara. Jejeje… Camareros… Parecen turistas japoneses.

Ahora se ha puesto de moda el poké hawaiano. Solo tengo una pregunta: ¿po ké?

Crecí en los años 80. Fue la época de Espinete. ¿Os acordáis de Espinete? ¿Y de los cadáveres apilados por las calles? En los años 80 no se podía enterrar a la gente porque las palas no se inventaron hasta 1993 y había que apilar los cadáveres en las calles peatonales o en los parques. Jajaja, yo fui a EGB. Varias veces, porque repetí curso.

No uséis Google, os espía. ¿Sabéis quién espía también? Una vecina mía que va cada día a misa. Espía. Es pía. ¿Lo pilláis? Es pía. Espía. Es, espacio, pía. Como espía, pero separado. ¿Sabéis lo que significa “pía”, verdad? Mi vecina no es espía. Es pía. Mi vecina es pía. Es pía porque va a misa. No espía, es decir, no es espía, pero es pía, va a misa y es pía. Es decir, no es que trabaje en el CNI, es que es un poco beatilla. Es buena gente, eh, no vayáis con prejuicios por ahí. Su hijo es gay y siempre le ha apoyado en todo. Pero es pía. Muy católica. No está en la KGB, eso sería absurdo, es una señora mayor que trabajaba en una agencia de seguros, creo. Podría haber sido una tapadera, pero jamás la oí hablar ruso. Aunque es verdad, me estoy dejando llevar por mis prejuicios, justo lo que querría el KGB, y mi vecina podría ser espía y ser también pía. O puede que lo de ser pía solo sea una tapadera. ¿Y si el espionaje es en realidad la tapadera de la piedad? No sé, estoy pensando en voz alta.

Salí del hospital dos semanas más tarde. Maite me dejó volver al bar a condición de no volver a contar un chiste jamás y los demás clientes me aseguraron que no volverían a pegarme siempre y cuando respetara ese pacto. Yo no hago chistes, hago observaciones, pero bueno, entiendo que no todo el mundo sabe tanto de comedia como yo.

También informé al CNI sobre mi vecina, que resultó ser Natalia Yemenovna, teniente coronel del KGB, ya retirada. Al final no la arrestaron porque es mucho papeleo.

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Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

4. Cómo dirigir un periódico

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 4. Cómo dirigir un periódico

Imprenta de Sídney, 1936 (Biblioteca de Gales del Sur)

—Maite —le dije a Maite, la dueña del bar Ma y Te—, ¿cómo es que no traes al bar ningún ejemplar de La Gaceta de las Españas?

—Porque los horarios de la tele están todos mal.

—¿Cómo que mal? ¡Es el único diario que los pone bien!

Poca gente sabe esto —le conté a Maite, la dueña del bar Ma y Te, mientras se largaba a la otra punta de la barra y simulaba hablar por teléfono—, pero yo fui director del periódico La Gaceta de las Españas. Todo comenzó por una carta al director en la que me quejaba de que la programación de televisión estaba mal. Para decir, por ejemplo, las diez y media, se usaba la fórmula 10:30, lo que no tiene ningún sentido porque diez dividido entre treinta da cero coma tres periodo y a esa hora solo está la carta de ajuste. Las diez y media en números son las 10,5, es decir, las diez y media (media unidad de hora, se entiende).

Tras enviar esta carta, me llamó el director del diario y me dijo, cito textualmente, PUES SI ERES TAN LISTO, ¿POR QUÉ NO TE PONES TÚ A DIRIGIR EL PERIÓDICO, QUE SOIS MUY LISTOS TODOS Y LO ÚNICO QUE SABÉIS HACER ES QUEJAROS? Siguió gritando durante media hora. No le interrumpí, porque me llamaba “listo” y decía que “seguro que yo lo hago todo bien”, por lo que me sentía muy halagado. Pero de repente calló. Después me enteré de que se había arrojado por la ventana. Su despacho estaba en un sótano, así que en realidad saltó hacia arriba varias veces, dándose contra el techo, que era el suelo, hasta que perdió la conciencia y entró en punto. Lo vio uno de los correctores del periódico y le golpeó hasta que entró en coma, que era mucho más correcto. Pocas horas después cayó en punto y final.

Al día siguiente me llamó el albacea del director, ya que al parecer me nombraba entre sus herederos. Fui vestido de Batman, mi único traje negro, a la lectura del testamento. A su esposa le dejó su Seat 850 turbo. A sus hijos les dejó su biblioteca, que constaba de diecisiete Don Mikis y tres Supermortadelos. A mí me legó la dirección del periódico y además me dedicaba un breve mensaje de ánimo: “A ver cómo te sale, listo, que eres un listo”.

No es que yo quisiera dedicarme al periodismo. Estaba muy ocupado acabando de escribir los guiones de la serie que quería vender a Netflix, que lo compra todo, o quizás a HBO, que apuesta por productos de calidad. Pero pensé que quizás podría usar el cargo para promocionar la serie.

He de decir que tuve un recibimiento muy frío en la redacción, pero eso fue porque fui a trabajar desnudo mientras mi sastre acababa mi traje de director de diario, que es muy parecido al de Mazinger Z. Pero algunas de mis decisiones, como la de no ir a trabajar de martes a domingo, fueron muy aplaudidas. También me topé con resistencias, como cuando eliminé toda la información política para centrar los esfuerzos en cosas importantes y no en perseguir a gente con un micrófono para que dijera tonterías.

—Con razón tenemos mala fama los paparazzis —dije.

—Paparazzi es plural.

—¿Cómo va a ser plural, si acaba en i?

—Es italiano. El singular es paparazzo y el plural es paparazzi.

No sé quién era el tipo ese, pero lo despedí en ese mismo momento para evitar que me dijera que Frankenstein era el doctor y no el monstruo.

También introduje cambios en la redacción de titulares, para hacerlos más atractivos.

—A ver, ¿qué es esto de “Tornillos Solís registra beneficios en sus resultados trimestrales”? Démosle una vuelta. ¿Qué tal “Asesinato en el Orient Exprés”?

—Hombre, no sé yo…

—Es verdad, muy visto… “El coronel no tiene quien le escriba”. Ese es un buen titular.

—Eso es un título.

—Bueno, ya. También lo es Doctor en Filosofía.

—¿Qué?

—Pon ese: “Doctor en Filosofía”.

Lo que tenía claro es que no me iba a dejar doblegar frente a los anunciantes. De hecho, fui a El Corte Inglés y les dije muy claro lo que pensaba: “¡SU POLÍTICA DE DEVOLUCIONES ES EXCELENTE!”. Me echaron primero de la planta de caballeros y luego del establecimiento porque hay empresas que no aguantan la verdad. También comencé a añadir comentarios en los banners. Por ejemplo, en el de Vodafone puse: “Aún me deben doce euros de una factura que estaba mal”. Y en el de Mercadona: “Que vendan lo que quieran, pero que no lo llamen fruta”.

Durante mi papado (así lo llamaba yo), también estuvimos discutiendo si pasar al pago. El consejo de administración quería poner un precio absurdo: diez euros al mes. Yo insistía en que esa cifra era ridícula: “¡Necesitaremos miles de suscriptores para que salga rentable!”. Les recordé que las matemáticas me habían llevado a la dirección del diario (diez y media unidad) y les expliqué que me parecía mucho más razonable pedir DIEZ MILLONES al mes. “¡Así solo tenemos que convencer a dos o tres personas para que salga a cuenta! ¿Cómo no vamos a conseguir a dos o tres suscriptores? Es más, yo creo que podemos llegar a seis”.

Las ventas del diario crecieron gracias a mi habilidad con el power point: ya no ponía el número de ejemplares vendidos a Arial 26 puntos, sino a 32 y, unos meses más tarde, a 38, por lo que la cifra iba incrementándose gradualmente. En cuanto al gráfico con la evolución de las ventas, bastaba con ponerlo al revés para calmar al consejo de administración. Durante las presentaciones le daba la vuelta varias veces a la diapositiva solo para oír sus “¡no!” seguidos de sus “¡bien!”.

Lo que no prosperó fue mi idea de dejar de imprimir el periódico en papel:

-¡Imprimámoslo en oro! ¡Que cada periódico sea una estatua mía de oro a tamaño natural! ¡O imprimamos un solo periódico cada día que sea una estatua colosal de mí! ¡Cada día en una pose diferente! ¡No siempre vestido!

Por desgracia y a pesar de mis éxitos (casi conseguimos a un suscriptor, un tal Emiaj Oibur que casi completa el proceso), al cabo de unos meses los tribunales determinaron que el testamento no tenía valor y que yo no tenía ningún derecho a ejercer el cargo de director del diario porque no sabía leer. De nada me sirvió explicarle al tribunal que mi loro leía por mí.

—¡Fíjese! ¡Si hasta tiene gafas!

En realidad era un alambre con forma de gafas, pero sin cristales ni nada, por lo que el juez desestimó al loro, desplumándolo y comiéndoselo ahí mismo.

—No me dio tiempo a promocionar mi serie, pero antes de dejar el cargo sí pude arreglar el desbarajuste del horario televisivo. Ahora las diez y media son las 10,5, y las cuatro y cuarto son las 4,25. Como tiene que ser.

No me había dado cuenta, pero Maite ya había cerrado el bar y me había dejado junto a los contenedores de basura.

***

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

2. Cómo dar clases de Filosofía en la Universidad de Friburgo

3. Cómo viajar en el tiempo

Cómo crear una serie para Netflix o HBO: 3. Cómo viajar en el tiempo

Foto: Fabrizio Verrecchia (Unsplash)

—Efectivamente, durante una época yo trabajé como guía turístico —dije, apoyado contra la barra del Bar Ma y Te, mientras me tomaba un mojito con café en lugar de ron, lo que yo llamo un jaimito.

—Nadie te ha preguntado —dijo uno de los parroquianos, a quien yo llamaba Matías porque ese era su nombre.

—Pero no trabajaba para una agencia de viajes normal, trabajaba para una agencia de viajes en el tiempo.

Pedí otro jaimito y conté la historia, animado por la respuesta del resto de clientes, que me pedían que me callara, al no poder soportar tanta emoción, y subían el volumen de la tele, para dar ambiente.

La mayoría de los viajeros en el tiempo eran estudiantes de Historia que querían conocer el siglo XXI. Venían vestidos para pasar desapercibidos en 2020: chaquetas con hombreras, pelo cardado, zapatillas Paredes, Walkman Sony y calcetines blancos con raquetas cruzadas.

Les llevaba a los sitios típicos, como la Sala de la Internet, un sótano donde se guarda toda la internet en un disco duro de casi cien megas. La vigila un informático aficionado a los trenes que vive con su madre, como todos los informáticos.

—Fijaos, se está bajando música con Napster —explicaba a los turistas, que tomaban fotos y soltaban “ohs” y “ahs”.

También les entusiasmaban los coches:

—Los habitantes del siglo XXI nos metemos en estas cajas metálicas y las ponemos a 120 kilómetros por hora. Estoy guiñando el ojo porque en realidad los ponemos al menos a 150, porque a ver si me he comprado yo un Opel Kadett 1.8 con alerón rojo para ponerlo a 120. Suena muy peligroso, pero en realidad no lo es tanto porque tenemos esta correa de tela que nos ajustamos al pecho y que nos salva la vida en caso de que nos aplaste un camión o nos caigamos por un barranco. Este es además uno de los nuevos vehículos híbridos, que puede repostar con gasolina o con palomas, vivas o muertas.

Una de las cosas que más les gustaba era el clima agradable y la posibilidad de salir a la superficie terrestre.

—En 2020 aún tenemos dos o tres días de primavera al año, casi cuatro semanas de otoño y unas cuantas horas de invierno. Ahora por favor seguidme hasta ese Zara, donde aún quedan unas prendas llamadas “abrigos”.

También les llevaba a conocer al último fumador de Madrid. Intentaba que coincidiera con el momento justo en el que se encendía el cigarrillo.

—Qué asco.

—Está echando el humor por la nariz.

—¿Qué es ese olor?

Siempre había al menos uno que vomitaba. Era entonces cuando el fumador se daba cuenta de que lo estábamos observando.

—Antes los niños fumaban y no pasaba nada. ¿Cómo no voy a poder fumar en la barra de un bar? ¿Qué es esto? ¿La Venezuela de Stalin?

—¡Corred, no dejéis que os agarre del brazo!

—¿Por qué no se respeta mi libertad de fumar en los ascensores? El humo no provoca cáncer, son los móviles. Mi padre fumó toda su vida y vivió 390 años.

La agencia nos tenía prohibido preguntar acerca del futuro, pero en más de una ocasión dejé caer que estaba trabajando en una serie para Netflix, que lo compra todo, o quizás para HBO, que apuesta por productos de calidad. Sentía curiosidad por saber si alguno de los viajeros había oído hablar de ella y, sobre todo, si debía terminarla tras la temporada ocho o, ya puestos, llegar a la once.

—No me suena —me decían, por supuesto siguiendo las instrucciones que también les habían dado antes de emprender su viaje.

—Ya, claro —contestaba guiñando un ojo para hacerles saber que estaba al corriente de lo que ocurría—. Y tampoco te suena Los Soprano. Ni Breaking Bad.

—Esas sí que las conozco. Están en Disneymazon. Y en Zara.

—Claro, claro —contestaba, guiñando el ojo varias veces seguidas, hasta que me mareaba y me tenía que agarrar a una farola o, en caso de que no hubiera una farola cerca, a un guardia.

No tardó en ocurrírseme una idea estupenda: tenía que conseguir que uno de aquellos turistas me buscara a mí mismo en el futuro y me trajera una copia de los guiones que ya había escrito, cosa que me ahorraría mucho trabajo. Por aquel entonces, tenía la serie muy perfilada, pero tenía que concretar algunos detalles, como el título definitivo, los personajes, las tramas y casi todas las palabras. Ofrecí a uno de aquellos estudiantes un billete de varios millones de euros que no era falso del todo y se comprometió a buscarme.

El resultado fue decepcionante:

—Te he encontrado —me dijo.

—¿Y bien? ¿Traes los guiones?

—No, me dijo que no los tenía porque tú aún no los has escrito.

—¿Qué? Eso no tiene sentido.

—¿Los has escrito?

—No, todavía no. Pero los escribiré. Y él los tendrá.

—Pero él solo los tendrá cuando tú los escribas. Y si no los has escrito aún, es imposible que los tenga.

—Claro, tiene todo el sentido del mundo.

—¿Entonces vas a escribirlos?

—No, por favor, qué pereza. Pero supongo los escribiré el año que viene.

Usando al estudiante de correo, le envié un mensaje a mi yo de 2021 para que escribiera los guiones y así poder enviárselos a mi yo de 2050, que se los daría de nuevo al estudiante para tráermelos a mí en 2020 y así los copiaría sin esfuerzo. Como a mi yo de 2021 tampoco le apetecía, se lo pedimos a mi yo de 2022, que resulta que estaba ocupadísimo escribiendo los guiones de una serie, pero otra distinta, así que se lo pedimos a mi yo de 2023, que estaba en la cárcel por haber escrito un tuit graciosísimo sobre la bandera de España (jajaja, es piña…). El de 2024 estaba tomándose un año sabático, el de 2025 no estaba en casa, el de 2026 no podía porque había resultado elegido primer ministro de Finlandia, el de 2027 tampoco podía porque estaba siendo fusilado en Finlandia tras un golpe de estado que habían dado todos y cada uno de los finlandeses… En fin, acabamos llegando hasta mi yo de 2050 que insistía, no sin razón, en que los guiones ya deberían estar escritos a esas alturas.

Íbamos a seguir, pero me descubrió mi jefa de la agencia de viajes y me despidió utilizando una artimañana legal muy rastrera: viajó al pasado y asesinó a los padres del responsable de recursos humanos antes de que se conocieran, por lo que en realidad yo jamás he trabajado para esa empresa. Fue especialmente cruel porque los padres se conocieron de niños, así que asesinó a dos bebés.

—Un momento, ¿y cómo lo recuerdas, si no pasó nada de eso? —Preguntó Maite, la dueña del bar.

—Muy sencillo —contesté—, yo no lo recuerdo, pero mi jefa, que cambió el pasado, sí. Está todo en mi carta de despido. Lo explican detalladamente para evitarse juicios.

—Ah, claro.

—¿Me pones otro jaimito?

—No sé si deberías beber eso.

—Échale mucha hierbabuena. ¿Y puede ser con otra lima que no sea de ferretería?

—Eso es lo que le da el sabor a hierro.

***

Cómo crear una serie para Netflix o HBO:

1. Cómo imprimir tu propio dinero

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