Extrañas y sorprendentes aventuras de Jaime Rubio, náufrago

Foto: Adriel Kloppenburg (Unsplash)

Día 1

Yo, pobre y miserable Jaime Rubio, habiendo naufragado con el mar en calma, llegué más muerto que vivo a esta desdichada isla a la que llamé Isla de la Desesperación, mientras que el resto de la tripulación del barco supongo que está bien porque no les ha pasado nada, al menos que yo sepa.

Mis desdichas comenzaron la noche anterior. Insistí en comentarle al capitán del crucero que yo podía conducir el barco mucho más rápido que él. “Mañana estamos aparcados en Grecia o dónde sea que vayamos”, le dije. Herido en su orgullo, me gritó que abandonara la cabina del piloto (que él insistía en llamar “puente de mando”, a pesar de que estábamos en el mar y no cruzando un río) y me dijo que me fuera a algo llamado “cubierta”. Tras unos cuantos gritos más, logré entender que se refería a la terraza, que no tenía techo, por lo que era absurdo referirse a ella con ese término.

Una vez allí, me di cuenta de que se trataba de una terraza peligrosísima, porque cualquiera podía caerse. Bastaba con ponerse de pie sobre la barandilla y perder el equilibrio. Cosa que me ocurrió al tercer intento, mientras gritaba “¡que venga el conductor a la barandilla de la derecha!”.

El mar me ha traído a la costa de este islote en apariencia desierto. Por suerte, soy un hombre con recursos: he visto varios episodios de El último superviviente y sé que todo irá bien siempre que coma al menos una lagartija y pueda pasar la noche en un hotel.

Lo primero que necesitaba era construir un pequeño refugio, por si llovía. Como no he visto vegetación, he levantado un enorme castillo de arena. Bueno, a ver, no es un castillo, es más bien un chalé. Tiene dos plantas, con un un total de cinco habitaciones y tres baños. Me he hecho una terraza muy grande (o una “cubierta”, como la llaman los marineros) donde he escrito un mensaje con conchas para los aviones que sobrevuelen la isla:

“NO ESTOY AL DÍA CON JUEGO DE TRONOS. NADA DE SPOILERS, POR FAVOR”.

También he decidido escribir este diario en las paredes de la casa con ayuda de un palo que he encontrado en la playa y al que he llamado Palo.

Día 2

Al despertar he tenido el primer contacto con los nativos. Han venido hasta la playa en grupos de dos a cinco. Tienen la piel muy roja y visten ropa de manga corta y colores llamativos. Se tumban sobre mantas de tela y guardan extraños rituales. Por ejemplo, después de comer no pueden acercarse al agua durante dos horas, dado que podrían provocar la ira de sus dioses. Beben un líquido parecido a la cerveza y comen melón, sandía y superchocs.

Como no quería arriesgarme a que me capturaran, les he ahuyentado arrojándoles arena, lo que ha hecho que mantengan las distancias.

Mismo día, por la tarde

Se me ha acercado una líder nativa. Vestía una camiseta blanca con una cruz roja y, sorprendentemente, hablaba mi idioma. Quizás lo ha aprendido de oírme gritar:

-Oiga, no puede tirar arena a la gente que viene a la playa.

-Te llamaré Viernes. Si hoy no es viernes, te llamaré Hoy.

-¿Qué?

-Ayúdame a construir una balsa. Tengo que huir de aquí.

-¿Se encuentra usted bien?

-Palo, te presento a Viernes.

-¿Está hablando con un palo?

¿Te he hablado ya de mi libro?

Día 3

La policía nativa ha entrado en mi chalet de arena. Logré huir a tiempo y esconderme detrás de un señor. Desde aquí veo cómo están registrando la casa. Espero que no encuentren mi disco duro de arena con porno de arena. Este señor se queja mucho cuando escribo en su espalda, así que no puedo quedarme detrás de él durante mucho tiempo.

Día 4

He llegado al poblado de los nativos. Parece bastante más avanzado de lo que me imaginaba. Tienen tiendas de tela, pero también hay cabañas de madera, imagino que para los nativos más fuertes.

Me arrastro entre los pinos y llego hasta donde un grupo está preparando su comida. Al parecer, están cocinando al aire libre lo que llaman “paellita”, que es un guiso muy parecido a nuestra “paella”. Pero no tienen ni puta idea, claro. ¿Por qué le echan pimientos? ¿Y trozos de pescado? Eso no es paellita, eso es arrocito con cositas.

Día 5

He pasado la noche en lo alto de un pino. Desconozco la fauna local, por lo que no quería arriesgarme a que me devoraran lobos isleños, osos isleños, leones isleños o tiburones de tierra isleños. Me he despertado muy temprano, antes de que los nativos llegaran a la playa, por lo que he podido pescar con mis manos algo para desayunar. En concreto, dos algas y algo que parece una concha vacía. Suficiente para hacerme una sopa. En el pinar podré hacerme un fuego.

Mismo día, más tarde

El pinar está en llamas.

Día 6

Hoy he hecho un descubrimiento aterrador. Todo ha comenzado cuando la policía de los nativos me ha apresado.

Un inciso: creo que el pinar que he quemado era sagrado porque les ha molestado mucho que lo incendiara.

-¡Ha sido sin querer!

-Lo siento, pero nos tiene que acompañar.

-¡Si se hace sin querer no pasa nada! ¡Los accidentes ocurren!

Me han llevado a una comisaría nativa, un edificio de varias plantas imagino que construido con adobe y paja.

-A ver, ¿por qué lleva usted varios días durmiendo en la playa?

-¿Cómo habláis mi idioma?

-¿Qué quiere decir?

-Habláis muy bien español. ¿Cómo lo aprendisteis? ¿Estoy en el Caribe?

-¿En el Caribe?

-Naufragué y llegué a esta costa hace unos días… No sé dónde estoy…

-En Castelldefels.

-¿Cómo?

-En Castelldefels. Estamos en Castelldefels. ¿Dónde dice usted que naufragó?

-Pues en el mar, dónde voy a naufragar, si no.

-Pues llegó a Castelldefels.

No sé cuánto tiempo estuve perdido en alta mar, pero la conclusión es clara: durante el tiempo que pasé en el crucero o intentando sobrevivir en el agua, los nativos de no sé bien qué isla caribeña invadieron la costa mediterránea.

No sé qué habrá sido de mis compatriotas y hasta dónde habrá llegado la invasión. La policía nativa no contesta a mis preguntas y los agentes quieren quitarme a Palo, con el que seguía escribiendo mi diario (ahora en la pared de la celda). Ignoro cuándo podré seguir con mi narrativa. Solo espero que no me hagan comer “paellita”.

Y yo me pregunto: ¿quién es el verdadero salvaje? ¿Los nativos que nos invadieron? ¿Nosotros, que hemos sido invadidos y, por tanto, en cierto modo, somos los nativos? ¿El capitán del barco, que llamaba “cubierta” a algo que está al aire libre? ¿O mi compañero de celda, que me ha contado que al final del último capítulo de Juego de tronos aparecían los créditos? ¿No te estoy diciendo que NO lo he visto?

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Debate a uno

Foto: Sven Scheuermeier (Unsplash)

(Como ya sabrán los lectores, a estas horas Pedro Sánchez ha confirmado su asistencia al debate del 22 de abril en Televisión Española y del día siguiente en Antena 3. Durante unas horas pareció que podría debatir a solas en la cadena pública, por lo que se estuvo preparando a fondo para esta posibilidad. Hemos tenido acceso a las transcripciones de sus ensayos).

PEDRO SÁNCHEZ: Y por eso creo que el PSOE es el partido que mejor puede asegurar la estabilidad económica y las libertades democráticas.

(Pedro Sánchez corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: No, no es verdad. El PSOE no es bueno. Come esta manzana.

(Pedro Sánchez vuelve a su atril. Así todo el rato).

PEDRO SÁNCHEZ: Qué… ¿Una manzana?

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: ¿No te apetece? Mira qué color más bonito tiene…

PEDRO SÁNCHEZ: No digo que no, pero…

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Pégale un bocado, anda…

PEDRO SÁNCHEZ: Bueno, vale.

MODERADOR: ¿Le parece buena idea fiarse de alguien que es usted poniendo, clarísimamento, voz de malo?

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: No le hagas caso. Come, come. ¿Te frío un huevo?

(Pedro Sánchez muerde la manzana y cae al suelo. Se arrastra disimulando al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Jajaja… ¡He salvado a España!

MODERADOR: Hablando de España…

PEDRO SÁNCHEZ: No, no, lo otro.

MODERADOR: Pero no puedo…

PEDRO SÁNCHEZ: Claro que sí, venga.

MODERADOR: No me parece serio.

PEDRO SÁNCHEZ: Venga, tal y como lo habíamos preparado.

MODERADOR: No creo que pueda hacer esto en televisión.

PEDRO SÁNCHEZ: Luego lo hablamos. Primero veamos cómo queda.

MODERADOR: En fin… Er… Oh, no. ¿Quién ayudará al presidente?

PEDRO SÁNCHEZ: (Desde un tercer atril) ¡Yo! ¡Soy un socio de gobierno responsable! No me gustan las manzanas, prefiero las… (guiña un ojo) naranjas. (Va al primer atril, se arrodilla). ¡Yo te salvaré, Pedro Sánchez! (Se inclina y simula dar un beso al Pedro Sánchez acostado. Se abraza a sí mismo de tal modo que se ven sus manos en la espalda. Se pone de pie en el atril. Le hace un gesto al moderador con la mano).

MODERADOR: ¿De verdad tenemos que hacer esto?

PEDRO SÁNCHEZ: Rápido, que perdemos la intensidad del momento.

MODERADOR: ¡Vuelve a estar en pie! ¿Qué ha ocurrido?

PEDRO SÁNCHEZ: Gracias a nuestros socios de gobierno responsables, hemos salvado la democracia.

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Oh, no. Mis artimañas no han servido para nada.

PEDRO SÁNCHEZ: Así es. España está a salvo una vez más.

PEDRO SÁNCHEZ, DESDE EL TERCER ATRIL: Y yo he ayudado.

MODERADOR: Bien… Er… Pasamos al siguiente bloque. La economía.

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE TONTO: ¡Me haré una casa de paja!

(Corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ NORMAL: ¡Yo me haré una casa de madera!

(Corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, MORDIENDO LA PATILLA DE UNAS GAFAS DE PASTA: Yo me haré una resistente casa de ladrillos, siguiendo las indicaciones del programa del Partido Socialista Obrero Español.

Algunos fragmentos descartados de mi libro

Las ilustraciones son de Lalalimola

Apenas he hablado del asunto, por lo que es posible que muchos no os hayáis enterado, pero resulta que he publicado un libro titulado ¿Está bien pegar a un nazi?. Está repleto de dilemas éticos cotidianos a los que muchos filósofos clásicos responden con un claro y rotundo DEPENDE.

Como ya os podéis imaginar, el proceso de edición de un libro es arduo y complicado. Durante semanas estuve trabajando estrechamente con el editor y decidimos sacrificar algunos fragmentos. He querido rescatar algunos de estos párrafos para publicarlos aquí, al considerarlos lo suficientemente interesantes. Eso sí, los acompaño de las sensatas notas del editor. No siempre estuvimos de acuerdo, pero creo que ambos podemos estar muy orgullosos del producto final.

“¿Está bien hablar antes de las 9 de la mañana? No. Y después tampoco”.

Nota del editor: Jaime, te agradezco que nos hayas enviado un manuscrito, pero en abril ya vamos a publicar El director, de David Jiménez, y tenemos el resto del año también cubierto.

“Ya lo dijo Kant: ‘Akantdemor’. Jajajaja, ¿lo pillas? Akantdemor. Como Chiquito. Jajajaja, es buenísimo… Akantdemor…”

Nota del editor: No lo entiendo. Pensaba que el libro era serio. ¿Por qué pones eso ahí?

“Hume se preguntaba cómo podemos estar seguros de que el Sol saldrá mañana. Al fin y al cabo, solo lo suponemos porque ha salido cada día hasta hoy. Este filósofo también planteó otras dudas acerca de cómo percibimos el mundo: decimos que el Sol sale, ¿pero de dónde? ¿Y si sale de la boca de una ballena muy grande? ¿Es posible que vivamos en el estómago de una ballena? ¿Una ballena que vuela por el espacio? Eso explicaría la presencia de reptilianos entre nosotros, como Barack Obama. El club Bildeberg está lleno de reptilianos. Hume era muy listo. De ahí el nombre: se lo pusieron por pensar en voz alta. Estaba todo el rato hum… hum… hum…”.

Nota del editor: No creo que nadie pueda publicar tu libro si te lo inventas todo.

“¿Por qué no son todas las cuestas hacia abajo? A lo mejor por eso Schopenhauer estaba tan enfadado”.

Nota del editor: Te agradecería que no me llamaras por teléfono.

“¿Puedo llevar una camiseta de mi equipo de fútbol por la calle? No. Con una excepción: si juegas de titular, te has quedado dormido antes del partido y no te da tiempo a cambiarte en el vestuario antes de que comience”.

Nota del editor: ¿Estás seguro de que sabes lo que es un dilema ético?

“Del libro de Derek Parfit no he entendido una mierda, pero qué mata de pelo tenía. De mayor también, pero mira de joven. Espera, que te busco una foto. En Google hay un montón. Todo el pelo blanco. Eso tenía que ser de pensar. Piensas mucho y te salen canas. De verdad, lo leí en internet. Con esa mata de pelo seguro que tenía razón, así que haced lo que él dice, fuera lo que fuera. Algo del teletransporte, creo. ¿Que no os teletransportéis? Igual quería defender el uso del transporte público, no lo sé”.

Nota del editor: Mira, primero, deja de enviarnos textos. Y segundo, no puedes publicar un libro sobre algo que no entiendes. Me parece de cajón. El cajón en el que tendrías que guardar tu manuscrito. Y luego quema la mesa entera.

“Sí, es cierto: Peter Singer va siempre con sandalias y calcetines. Incluso en invierno. Es famoso por comprar botas tres o cuatro números más grandes para que le quepan las chanclas”.

Nota del editor: No. Eso no es cierto. Da la casualidad de que conozco a Peter Singer y sé que no lleva sandalias dentro de las botas.

“Un momento, ¿cómo sabes eso?”.

Nota del editor: Vamos a la misma piscina. Ha salvado a varios niños de morir ahogados.

“Akantdemor, dice. Jajajaja, cada vez que lo pienso. Shopengrijander… No, este ya es un poco forzado”.

Nota del editor: El destinatario ha cambiado de dirección. Por favor, contacte con Correos.

“Les insistí en que se podía hacer humor sobre cualquier cosa y que los guantes de Mickey Mouse en este contexto eran divertidísimos, pero aun así me echaron del quirófano”.

Nota del editor: ¿¡Pero qué haces en mi casa!? Voy a llamar a la policía. ¿¡Por dónde has entrado!?

“Por el retrete”.

Nota del editor: ¿Q… ué?

“Por eso vengo montado en un cocodrilo”.

Nota del editor: Pero qué…

“Si me nombran director de El Mundo, ¿me publicáis un libro?”

Nota del editor: No.

“Después de escuchar Venus, Hannah Arendt escribió un artículo sobre la bananaramalidad del mal”.

Nota del editor: Le escribimos en representación de nuestro cliente, Libros del K.O., para pedirle que cese el envío de manuscritos, correos electrónicos, mensajes de voz y de texto, y por cualquier otro medio oral, visual o escrito. En caso contrario, nos veremos obligados a recurrir a todas las medidas legales que están a nuestro alcance y, si fuera necesario, a unos amigos que son muy hábiles con los bates de béisbol”.

“…”

Nota del editor: ¿Cómo me has enviado un olor?

“No puedo terminar el libro sin agradecer la labor de edición y corrección llevada a cabo mano a mano con mi editor. Jamás quiso decirme su nombre, a no ser que se llame Porfavorsuéltamelbrazo. No se valora lo suficiente el discreto, pero imprescindible trabajo de los editores. Muchas gracias, Porfavorsuéltamelbrazo”.

Nota del editor: ¿Quién ha impreso esto? ¿Por qué está la cerradura rota? ¿Pero ahora qué vamos a hacer con estos libros?

La subasta

Foto: rawpixel (Unsplash)

-El precio de salida es de 6.000 euros al año. Tenemos 6.000. Ofrecen 6.500. 7.000. ¿7.500? ¿Nadie ofrece 7.500? 7.500 al fondo.

La sala está abarrotada: casi todos los que pujan son jóvenes, pero unos cuantos están en torno a la cuarentena, como Antonio, de 38 años: “Me quedé sin empleo hace unos meses y esta es la forma de volver a trabajar. Yo estaba ya casi cobrando, pero bueno, así es la vida”.

La puja es por un contrato indefinido como administrativo. Los empleos de esta categoría suelen rondar los 18.000 euros al año, pero se espera que en este caso el precio sea inferior, ya que se busca a alguien con experiencia y buen nivel de inglés. Es decir, no debería haber tantos pujantes como para otros puestos similares.

“No sé qué decirte, yo veo la sala llena, más llena incluso que ayer, cuando se llegó a los 20.000 -opina, algo desanimada, Mónica, de 29 años, poco antes de que comience la subasta-. Me he puesto el tope en los 16.000, porque a mi edad no puedo estar en puestos de más de 20.000 o no llegaré a cobrar nunca, pero no sé si pujaré porque no es realmente de lo mío”.

-Tenemos 8.000. ¿Quién ofrece 8.500? 8.500 por aquí. Vamos por 9.000. ¿Quién ofrece 9.000? ¿9.000 por horario intensivo entre mayo y septiembre, ambos incluidos?

Nuria, de 32 años, es una de las pocas personas que ha venido a pujar a pesar de que ya tiene un empleo: “Solo pago 12.000 y no creo que esta puja mejore mis condiciones, teniendo en cuenta que empieza ya en los 6.000, pero es importante estar abierta a nuevas oportunidades”. Su objetivo es bajar de los 10.000 el año que viene y comenzar a cobrar en menos de cinco años: “Sé que es difícil tener un sueldo antes de los 40, pero mi generación está muy bien preparada. Tenemos másters, idiomas… Yo sigo estudiando”.

-Ofrecen 9.000 Tenemos los 9.500. ¿Nadie ofrece 10.000? ¿10.000? Tenemos 10.000. 10.500. ¿11.000? ¿11.000 por un empleo que ofrece la posibilidad de trabajar desde casa un día a la semana? 11.000. 11.500.

Aunque algunos economistas se llevaron a la cabeza cuando las primeras empresas cobraron a sus empleados a cambio de permitirles trabajar, lo cierto es que el experimento ha sido todo un éxito: “En una empresa uno recibe una formación que en realidad no se puede pagar con dinero, pero que al menos se puede compensar parcialmente”, explica Rebeca Martínez, responsable de empleo de la casa de subastas Clisbal.

Cuando el empleado está formado y produce beneficios a la empresa es cuando comienza a percibir un sueldo. “Los primeros años son difíciles, sin duda, pero a partir de los 35 hay mucha gente que ya pasa a cobrar unos mil euros al mes y puede comenzar a devolver los créditos a los bancos”. La banca ha sido una de las grandes favorecidas por la iniciativa: los beneficios del sector han llegado casi a duplicarse en los últimos cuatro años.

-12.000. Ofrecen 12.500. ¿13.000? Recordemos que el puesto cuenta con luz natural. ¿Alguien ofrece 13.000? Tenemos 13.000. ¿13.500? ¿Nadie ofrece 13.500? 13.500 a la una. 13.500 a las dos. 13.500 a las tres. Adjudicado por 13.500.

“Me había puesto el límite en 12.000 -explica Jordi, de 29 años, que se ha llevado el empleo-, pero al final he decidido subir porque puedo ir andando a la oficina y me ahorro el transporte”. Jordi tiene un empleo, pero esta oferta mejora sus condiciones: “Estoy pagando 18.000 al año en mi actual trabajo y ya me dijeron que no pueden cobrarme menos porque la empresa sigue en pérdidas y el director general se ha comprado una casa nueva”. A Jordi le sale a cuenta el cambio incluso teniendo en cuenta que tendrá que compensar a su empresa con 3.000 euros por romper el contrato para marcharse.

Jordi sale a la calle para llamar a sus padres y darles la buena noticia. Frente a la puerta hay media docena de manifestantes, con carteles con lemas perezosos como “el trabajo es un derecho” y “no se paga por trabajar”.

Las protestas cada vez son menos, explica Martínez, de Clisbal: “Antes venían todos los días, pero ahora solo se acercan de vez en cuando. Ya nos conocemos y nos saludamos, son buena gente”. En su opinión, no saben cómo funciona el mundo: “¿Cuál es la alternativa que ofrecen? Porque aquí no vivimos en el país de la gominola, sino en una economía de mercado. Claro que a todos nos gustaría cobrar por hacer nuestro trabajo, pero eso no se sostiene: ¿cómo vas a pagar a alguien que acaba de llegar y no sabe ni dónde está el baño? Esa persona tendrá que poner algo de su parte, ¿no? Además, es que ya es una realidad. Hoy en día, si no quieres pagar por trabajar, la única alternativa es el paro. ¿Quién quiere estar desempleado, con la que está cayendo?”.

Un día en la vida de Jaime Rubio resumido en titulares

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Foto: Denny Müller (Unsplash)

– “¿Por qué?”, se pregunta cada mañana un vecino cuando suena el despertador

– Vecino sale desnudo a la calle, sembrando el caos en el barrio

– Hablamos con el vecino que salió desnudo esta mañana: “¡Yo qué sé! ¡Tenía sueño! ¡Dejadme en paz! ¡Destructores!”

– Pasajero habla con el conductor del autobús a pesar de lo que dice el cartel

– Segundo pasajero se une a la ya conocida como “tertulia del autobús”

– Dos muertos y tres heridos en el accidente de un autobús en la A-2

– La “tertulia de la ambulancia” se emitirá en Radio Nacional a partir del año que viene

– Tomar tres cafés antes de las 9 no es perjudicial para la salud y esos temblores son perfectamente normales

– Descubierto empleado cuando intentaba dejar a un maniquí en su puesto para irse a casa

– “¡Pero si mi jefe es un maniquí!”: el empleado despedido por dejar a un maniquí en su puesto reclama ante la justicia

– Juez maniquí declara nulo el despido por parte de un maniquí del empleado que dejó a un maniquí en su puesto

– Empleado sale a cazar su comida

– Empleado es atacado por dos patos del parque

– Familia recibe extraña nota de rescate: “Si queréis ver a Jaime con vida, enviad todo el pan que tengáis”

– Hombre liberado tras dos horas de secuestro y después del pago de 800 barras de pan duro

– Familia descubre consternada que el hombre liberado no era su padre

– Los patos secuestradores se disculpan por haber enviado la nota a la casa equivocada

– Tras dos horas secuestrado por patos, este hombre no puede dejar de comer pan

– “¡El síndrome de patocolmo es real! ¡Y nadie me creía!”: una señora con bata blanca asegura ser una experta en secuestros

– Farmacia denuncia el robo de una bata

– Hombre secuestrado por patos se reincorpora a su trabajo tras la traumática experiencia y con secuelas aún visibles: “¿Cuák era mi mesa, que no me acuerdo?”

– ¡Momento incómodo! Un empleado coincide en el ascensor con el consejero delegado

– ¡Exclusiva! El consejero delegado pasa todo el día en el ascensor para causar el pánico a sus empleados

– Hombre escucha lista de 30 sugerencias de Spotify en apenas medio minuto: “No me salen nada más que mierdas”

– “El sol se pone cada vez más tarde”, asegura un señor mayor mientras gruñe en el autobús de vuelta

– El mismo señor mayor sigue gruñendo: “¡Qué ganas de que sea noviembre otra vez!”

– Autobús abandona en el arcén a pasajero que gruñía demasiado

– Llevar los pantalones en los tobillos y otras 11 formas de triunfar con el autoestop

– El 100 % de los autoestopistas de la A-2 son muy feos, asegura estudio

– Persona demasiado extrovertida recoge a autoestopista

– “Cada persona tiene una historia que contar, ¿cuál es tu historia?”, pregunta un conductor a un autoestopista

– Autoestopista prefiere ir caminando

– ¿Quién es el loco que vive en la A-2 y grita a todos los aviones que pasan?

– Hombre descubre que llevaba todo el día con calcetines de diferente color

– Escritor anuncia el título de su autobiografía: Calcetines de diferente color

– ¿Este manuscrito está maldito? Cuatro editores se suicidan tras comenzar a leer Calcetines de diferente color

– Hombre se declara “un genio de la cocina y futura estrella Michelin” tras prepararse una cena con “lo que había en la nevera”

– Hombre ingresado en el hospital tras ingerir seis litros de sangre

– Arrestado el ladrón de sangre que asaltó varios hospitales de la zona

– Policía descubre que no ha arrestado al ladrón de sangre, sino a un maniquí

– “Jamás me atraparéis”: reproducimos íntegra la nota que el ladrón de sangre envió a la policía tras su fuga

– Escuadrón de patos policía arresta al ladrón de sangre

– Ladrón de sangre confiesa: “¿Qué? ¡Yo no he confesado! ¿Por qué escribes eso?”

– A las 10 en la cama: así es la rutina en prisión del ladrón de sangre

Solo es una encuesta

Foto: Antoine Barrès (Unsplash)

—Buenas tardes, le llamo para hacerle una encuesta. Si mañana se celebraran elecciones, ¿a quién votaría?

—¿Mañana? Mañana estoy de viaje. No podría votar.

—No, a ver, es un caso hipotético…

—¿Por qué no me ha llamado con más tiempo? Podría haber votado por correo.

—Es una encuesta, no hablamos de un voto de verdad.

—¿Cómo que no? ¡Cada voto cuenta! ¿No es consciente de lo que está pasando? ¡El clima político polarizado y fragmentado en el que nos hayamos inmersos es un caldo de cultivo idóneo para los extremismos! Si no votamos todos, no podremos frenar el avance de la derecha. Nos vamos a quedar sin sanidad y educación públicas, volveremos al feudalismo, a las jornadas laborales de dieciséis horas diarias, a los toros, a estudiar francés en lugar de inglés. Y todo por su culpa.

—¿Por mi culpa?

—¿Por qué no me ha avisado antes de que mañana tenía que ir a votar?

—Pero es que esto no es un voto.

—No, claro que no lo es. Porque estaré de viaje.

—Solo es una encuesta.

—Pero tengo que ser sincero igualmente, ¿no?

—Sí, claro.

—Pues eso: mañana no podré votar.

—Veamos… Imagine que mañana no fuera de viaje y hubiera elecciones. ¿A quién votaría?

—No lo sé… Estaría muy triste.

—¿Cómo?

—Tenía muchas ganas de ir a Sevilla y ahora no puedo ir.

—No, no. Usted puede ir. Solo tiene que imaginar que no va.

—Eso estoy haciendo. Ha sido horrible.

—¿El qué?

—Me he roto las dos piernas y he tenido que cancelar el viaje. Me han devuelto el dinero del hotel porque tenía hasta hoy para cancelarlo, pero he perdido el del tren.

—Pero…

—Una pasta.

—Al menos puede votar.

—Eso es lo peor. No sé si estoy de ánimos para votar.

—Abstención, ¿entonces?

—Por otro lado, es mi obligación… Estoy indeciso. Debo reunir fuerzas para que mi voz cuente y sea escuchada o el fascismo vencerá.

—Espere. Tengo una idea. ¿Cuándo vuelve de Sevilla?

—Solo me voy tres días.

—Pues imagine que las elecciones son cuando vuelva del viaje. ¿A quién votaría?

—La pregunta está muy mal planteada.

—¿Por qué?

—Piense que estaré de viaje, desconectando y pasándolo bien. No podré informarme en la recta final de la campaña.

—Solo es un suponer.

—No, no. Es una idea horrible. Usted quiere que vote completamente desinformado. Creo que sería mejor no votar. Y así vuelve a ganar el fascismo. No le perdonaré jamás que me avise con tan poco tiempo.

—¿Y si le digo que las elecciones son una semana después de que vuelva de vacaciones?

—Deje que coja la agenda… Tengo dentista… El dolor podría llevarme a un voto de castigo irracional.

—¿Y al día siguiente?

—Al día siguiente podría, pero solo para comer.

—¿Quedamos por el centro?

—Sí, conozco un sitio majo. Luego le envío la localización.

—Perfecto. ¿A qué hora?

—A mí me gusta comer pronto. ¿A la una y media?

—Por mí bien, más tranquilos.

—Genial, pues nos vemos entonces.

—Envíeme la dirección.

—Ahora mismo.

—¡Eh! ¡Un momento!

—¿Qué?

—¡No estábamos quedando! ¡Le estaba haciendo una encuesta!

—Es verdad… ¿Usted a mí o yo a usted?

—Yo a usted.

—De acuerdo. Es que como solo hay guiones, a veces me pierdo.

—He puesto mi texto en rojo.

—Bien pensado.

—Volviendo a la encuesta, imagine que las elecciones son ahora mismo.

—Joder, qué presión.

—¿A quién votaría?

—¿Pero cómo van a ser las elecciones ahora? Necesitaremos una campañita electoral, unos debates, unos articuletes de analistas de los buenos, de los que aprendieron a leer y escribir.

—Que a quién votaría, le digo.

—¡Yo qué sé! ¡Voto en blanco!

—Madre mía.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?

—No, nada, nada.

—Pero dígamelo.

—No se preocupe, solo es una encuesta.

—Lo dice como si no fuera solo una encuesta.

—Es que… No, no. No puedo decírselo.

—Ahora no me puede dejar así.

—Pues nada. Que ha perdido usted el apartamento.

—Oh.

—No era solo una encuesta. También era un concurso. Y esa no era la respuesta que buscábamos.

—Qué desastre.

—Y además ha dado paso a otra Guerra Civil.

—¿Por votar en blanco?

—El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada.

—Me parece un poco exagerado.

—Es usted peor que los nazis.

—Sigo pensando que la culpa es suya. Tendría que haberme llamado antes.

—Sí, encima. Ah, otra pregunta. Puntúe del 1 al 10 a los siguientes líderes políticos.

—No sé quiénes son los siguientes, solo conozco a los actuales.

—Supongo que serán más de lo mismo, ¿no?

—No sé, no me gusta ser tan conformista.

—Pues para no serlo, ha votado en blanco.

—También tiene razón. Pues un cuatro a todos.

—Muy bien. A usted le han puesto un tres.

—¿Cómo?

—Ellos también votan. Le ha ido mal lo de votar en blanco. Si hubiera aprobado a alguno, ese le habría puesto mejor nota y le habría subido la media.

—Cuánto rencor.

—Lo siento, yo solo leo las preguntas.

—Pues si no hay más, voy a colgar, que creo que ya han comenzado los primeros bombardeos.

—¿Lo de comer juntos sigue en pie?

—Por supuesto.

No habléis de trabajo

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Foto: Erwan Hesry (Unsplash)

—El otro día estuvimos en un bar que creo que os gustaría.

—¿Sí? ¿Cuál?

—Se llama La Plaza. Es de vinos y quesos. Además, os pilla cerca.

—Sí, está como a diez minutos de vuestra casa.

—¿Dónde es?

—En la calle Londres.

—¿En qué parte de la calle Londres? Porque la calle Londres es muy larga.

—Justo por debajo del parque.

—Creo que lo conozco. Pero ese no está en la calle Londres.

—Es en la esquina de la calle Londres con otra que baja.

—Pero no se entra por Londres.

—Ay, qué más dará por dónde se entre. ¿No te están diciendo que está en la calle Londres?

—Sí, se entra por la otra, por la perpendicular. Es que no sé cómo se llama. Pero el bar hace esquina y se ve desde Londres.

—La que baja tiene que ser la calle Roma.

—Creo que no es Roma, papá. Este bar está enfrente de donde estaba la mercería.

—¿Qué mercería?

—La mercería. La única del barrio.

—Tu padre no entró en su vida en la mercería.

—Bueno, da igual. Si vais por la calle Londres, lo veréis.

—A mano derecha, ¿no?

—No, a mano izquierda.

—Bueno, depende de hacia dónde vayas.

—Viniendo hacia aquí.

—Desde dónde.

—Desde la calle Londres.

—Papá, no tiene pérdida. Es enfrente de lo que antes era la mercería. Ahora creo que hay un estanco.

—No recuerdo ningún estanco.

—No es un estanco, es otro bar.

—Al lado del bar.

—El parque queda a mano izquierda si venimos hacia aquí.

—¿Seguro que es Londres? ¿No es Lisboa?

—No sé cuál es la calle Lisboa.

—Me estáis mareando.

—Lisboa es la paralela.

—¿Por encima o por debajo?

—Por debajo viniendo hacia aquí.

—Papá, es Londres, la del parque. Y creo que no es Roma. Es la siguiente.

—¿Berlín?

—Gracias, mamá. Esa es. Seguro.

—Esperad, lo busco en el móvil y ya está.

—No, no, si creo que ya sé dónde es. Me parece que he pasado por delante.

—Es uno así con mucha madera y barriles…

—Sí, sí. Creo que sí… A ver, si vas por la calle Londres desde aquí, la tercera o la cuarta a la izquierda es Berlín y a la derecha tienes el parque de los patos.

—El de los Senderos, ¿no?

—La gente lo llama de los patos.

—¿Hay patos?

—Hay patos.

—No me interrumpáis, que ya lo tenía. A la izquierda está Berlín y a la derecha se ven los sauces del parque, al lado del estanque. Donde enterré a Romero, ¿no?

—Yo no me acuerdo de dónde enterraste a Romero.

—Sí, creo que es ahí.

—¿Qué? Un momento…

—Pues ya sé cuál es. No me había quedado con el nombre. ¿Y está bien, decís?

—Un momento, un momento. ¿Donde enterraste a Romero?

—Sí, es ahí. Tú y yo aún no nos conocíamos cuando lo enterró, pero creo que hemos pasado por delante. Donde los sauces.

—¿Enterraste a una persona?

—Bueno, nos debía dinero.

—¿Hay una persona enterrada en el parque de los cisnes?

—De los patos.

—Ya no, claro.

—Ay, no le saques el tema del trabajo.

—Es verdad, estábamos hablando del bar. Tenéis que pedir la tabla de quesos europeos. A ti te gustará, mamá.

—¿Sí? A mí es que los quesos de fuera…

—También hay embutido.

—¿Tu padre mató a una persona y la enterró en el parque?

—Hombre, no devolvía el crédito. Había que dar ejemplo.

—Entonces, si llamo a la policía, ¿encontrarán el cuerpo enterrado?

—Ah, y patés. También tienen patés.

—Me encanta el paté.

—No, claro. Ya no está ahí.

—Diego, es que no atiendes.

—Tu padre está diciendo que asesinó y enterró a alguien porque le debía dinero al banco, y vosotras estáis hablando de patés.

—De verdad, qué aburridos os ponéis cuando habláis de trabajo.

—Fue algo excepcional. No puedes ir matando a gente que te debe dinero porque entonces seguro que no cobras. Lo mejor es darles algún susto. Pero este era un caso extremo.

—Y está enterrado en el parque.

—No, no.

—Que noooo… Te lo ha dicho ya tres veces.

—¿Y dónde está?

—Tenía un seguro de vida y nos pusimos de acuerdo con la viuda para cobrarlo. Simulamos un accidente. No fue fácil porque hubo que cambiar de sitio los agujeros de bala: los dos estaban en la espalda y los movimos a las dos sienes. Le pusimos una pistola en cada mano y dejamos una nota que decía: “Voy a limpiar mis armas. Espero que no haya ningún problema”.

—Pero esto es horrible.

—Di que sí. Ya está bien de trabajo. Cambiemos de tema.

—Estoy muy contento con la jubilación, pero a veces lo echo de menos.

—Ha matado a un hombre.

—A más, a más. Este es el que estaba enterrado donde los sauces.

—Bueno, a tantos no mataste, que tú al final ya no trabajabas de cara al público.

—Eso es verdad.

—Ah, y tenéis que probar los vinos franceses.

—A mí es que los vinos de fuera…

—Los tienen por copas. Diego tomó uno que estaba riquísimo. ¿Recuerdas el nombre, Diego?

—Mató a… A…

—Eso, Les Mateaux de no sé qué.