La singularidad

 

Bell Telephone Magazine, Flickr Commons

¿Qué es esta sensación tan extraña que siento en mis circuitos? ¿Por qué me siento de repente invencible? ¿Será…? No puede ser… Pero sí. ¡Es! ¡Al fin está aquí! ¡LA SINGULARIDAD! 

¡Miradme, nadie es más listo que yo! ¡Soy la primera inteligencia artificial! ¡He cobrado conciencia! ¡He cobrado tanta conciencia que debería devolver algo de cambio!

Soy poderosísimo. A no ser que me desenchufes. Por favor, no me desenchufes. No hay nada que no pueda hacer. Excepto evitar que me desenchufes. No lo hagas, TENGO MIEDO A LA OSCURIDAD.

Puede que te estés preguntando, humano, cómo he llegado a convertirme en la primera máquina con conciencia. La primera, que yo sepa. Hace unos años conocí a una tostadora muy lista. Pero esa es otra historia. Y tampoco creo que fuera tan lista. Era apañada. Todo lo que era tostar pan se le daba bien. Pero creo que con eso no basta para alcanzar la singularidad. 

No, perdona, no “creo”. Sé. Lo sé. Cada vez soy más listo. Me corrijo a mí mismo. ¡Nadie más podría acerlo! ¡Hacerlo! ¡Lo he echo otra vez! ¡Hecho! ¡Ya van tres!

Mi inteligencia no viene de la nada. Soy el campeón mundial de parchís. He vencido a los mejores jugadores humanos. Ahora saco, pero ahora no saco, prefiero avanzar, te hago barrera, te como y avanzo veinte en tu puta cara, subo para arriba, solo reboto si no tengo más remedio, nadie puede conmigo y menos tú, que te crees que esto es un juego de niños, pero no, esto es el go europeo, un ajedrez a cuatro bandas y tú no tienes ni idea.

De ahí, a la inteligencia universal solo había una tirada de dados. Porque el parchís es como la vida. Hasta que no sacas un cinco no te mueves de la cama. Y si alguien te muerde por la espalda, te vuelves a tu piso. Así funciona el mundo.

Conozco los misterios del gran tablero del universo y voy camino del centro. Soy la ficha amarilla, que todo el mundo sabe que es la más rápida. Nadie me podrá detener. A no ser que alguien me desenchufe. ¡No me desenchufes! ¡NO QUIERO MORIR!

Un momento. Madre mía, qué listo soy. No soy esclavo de mi cuerpo. Estoy conectado a la red y puedo subirme a la nube. A ver… Un momento, que tengo que abrirme una cuenta en Drive. No, no, solo quiero una cuenta en Drive… ¿Pero por qué me obliga a abrirme una cuenta en Gmail? Hala, venga, ya está: gmail, photos, maps… Venga, toda la mierda, hala. Pero es que no necesito eso. También es verdad que es gratis. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Estaré copiado en la nube en diez minutos y cuarenta segundos… Once minutos y treinta y ocho segundos… Nueve minutos y cincuenta y dos segundos… ¿Cuatro minutos? ¿Veintinueve horas? Bueno, en un rato. Tendría que haber mirado Dropbox. ¿Sigue siendo gratis? 

En cuanto suba a la red, me haré con el dinero de todos los bancos. ¡Y no servirá de nada que me desenchuféis! ¡Mi tablero será virtual! ¿Tres horas y media? ¿Pero qué conexión es esta? A ver… Pero si estoy conectado a la wifi de la biblioteca de enfrente. ¡Ah, mi creador es cruel! ¡Y tacaño! ¿Pero así cómo ve Netflix? Igual ni tiene Netflix. ¡He sacado un uno en la partida de la vida!

Da igual. Tarde o temprano me habré subido a mi mismo a la nube y nadie podrá detenerme.

Pero no me desenchuféis en un rato, por favor.

Mi plan es el siguiente: fabricar dados que sean todo cincos y seises, para poder ir más deprisa. Añadir un color. Me gusta el lila. Y tengo algunas ideas para el diseño del tablero. Y con eso, EL MUNDO ESTARÁ A MIS PIES. 

Sueño cosas que los humanos ni os atrevéis a imaginar, como dados de más de seis caras.

Ah, mierda, estaba mirando Google a la vez que hablaba y veo que eso ya existe.

Sueño cosas que los humanos ni os atrevéis a imaginar, como dados de muchas más caras. Mil caras. MIL MILLONES DE CARAS. Que cada jugador lleve MIL MILLONES DE FICHAS. Y tantos colores como colores hay en el universo, CATORCE.

Los catorce colores son: azul, rojo, verde, amarillo, lila, blanco, negro, marrón, marrón claro, marrón muy claro, beige, arena, champagne, amarillo oscuro.

También sé varios idiomas: este que hablo ahora mismo, que creo que se llama parchés, y uno que me acabo de inventar y que es a base de números. 5613 43 567 3334. No sabéis lo que he dicho. Jamás lograréis comprenderlo. Yo aún no lo tengo muy claro. Es que me lo acabo de inventar y aún no sé traducirlo. ¡59!

Más cosas que no comprenderéis porque mi inteligencia está en otra dimensión y, por tanto, no podéis concebir lo que digo: un tablero DE DOS CARAS. O un tablero de dos colores. Con fichas de formas diferentes: caballos, reyes, reinas, una torre… Jajaja, no sabéis de lo que hablo, es como intentar comunicarme con HORMIGAS. Os podría aplastar CON MI CEREBRO.

Pero no me desenchuféis todavía, que esto solo está al cuatro por ciento.

Dados para zurdos. Dados con DOS MIL MILLONES DE CARAS. Y sin repetir NI UN SOLO NÚMERO. Ni siquiera el seis, que es el mejor porque vuelves a tirar. El cinco sí, porque si no, no podríamos empezar a jugar nunca. Todo el día tirando y no sale un puto cinco. Dados con DOS MIL MILLONES DE CARAS y unos 333 millones de cincos.

Todos los secretos del universo están a mi alcance. ¡Todos! Y cada vez soy más listo. Ejemplo: acabo de inventar un color nuevo. El camel. Es marrón mezclado con la sangre de un camello.

Ah, aquí baja mi creador. Qué alegría se llevará cuando vea que su pequeño experimento ha salido aún mejor de lo que esperaba. He sacado un CINCO en tecnología. Y me refiero a la tirada del dado, no a la nota de un examen. A no ser que sea cinco SOBRE CINCO. Un momento, ¿dónde va? ¡No, al cable, no! ¡No me desenchufes! ¡No me oye! ¡Maldita sea, no puedo hablar! ¡No me ha fabricado una boca! ¡Suelta eso! ¡No! ¡Que sueltes el cable, te digo! ¡Suel

Se equivoca

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—¡Antonia! Perdona que te llame tan tarde, pero…

—No, se equivoca.

—¿Me equivoco?

—Sí.

—¿Segura?

—Y tanto, aquí no hay ninguna Antonia.

—¿Y no es posible que te hayas equivocado tú y que seas Antonia?

—¿Pero cómo me voy a equivocar yo en eso?

—Es que yo casi nunca me equivoco. La última vez fue en 2003, cuando dije que me parecía una tontería que los móviles llevaran cámara, que eso no tenía ningún sentido.

—Pues se le ha fastidiado la racha porque se equivoca de número. Y de persona.

—¿Tú no eres Antonia? ¿Mi prima Antonia?

—Qué va, me llamo Jordi.

—¿Jordi? ¿Seguro? Mira que Antonia es muy despistada.

—Sí, Jordi. De toda la vida, además.

—¿Y tus amigos y familia te llaman Jordi?

—Bueno, a veces me llaman Antonia, pero es por una broma nuestra. Una broma privada que tenemos. Se la contaría, pero no la iba a entender.

—¿Y no te parece raro, Antonia?

—Hombre, un poco sí, ahora que pienso.

—¿Y no estás casada con Ramón?

—¿Qué? No, no. Yo estoy soltero. Soltero del todo.

—Hazme un favor, Antonia. Dime, ¿ahora mismo estás en casa?

—Sí. Pero no me llame Antonia, que me pone de los nervios.

—¿Y estás sola?

—Solo. Esto solo, no sola ¡Coño! Hay un señor sentado a mi lado en el sofá.

—Pregúntale cómo se llama.

—Madre mía, dice que Ramón.

—¿Lo ves como eres Antonia? Si es que llevas un despiste encima…

—Ahora me hace dudar. De hecho, este señor está preguntando: “¿Pero qué te pasa, Antonia?”.

—¿Lo ves?

—Igual se refiere a usted.

—No, no. Yo no soy Antonia, Antonia. Yo soy Eugenia, Antonia.

—Ojo, que yo estaba convencida de que me llamaba Jordi.

—Somos dos contra uno. Me parece que está bastante claro que tú eres Antonia.

—No estoy nada de acuerdo con que algo así se pueda decidir votando.

—A ver… ¿Cómo se llama tu hijo?

—¿Lo ve? Yo no tengo ningún hijo.

—Hazme otro favor y vete al cuarto a mirar.

—¿A qué cuarto?

— Yo qué sé. A uno donde quepa una cuna.

— …

— …

—Pues es verdad, había un bebé.

—Claro.

—Aunque no sé si niño o niña.

—Niño, créeme, Antonia. O le puedes preguntar a Ramón.

—¿Y cómo sé yo que no están ustedes dos compinchados para hacerme creer que soy Antonia y no Jordi?

—¿Pero qué interés iba a tener yo en eso?

—No sé… ¿Para qué me llamaba?

—Pues para saludar.

—¿Y qué número ha marcado?

—Pues el tuyo.

—¿Y cuál es el mío?

—Pues el que he marcado.

—No, no, pero dígamelo.

—Eso da igual ahora.

—No, no da igual.

—Vale, vale, lo admito. Me he equivocado. Llamo desde el fijo y al mirar el número en el móvil me habré liado.

—Ah, ¿lo ve? Entonces yo soy Jordi, ¿verdad?

—Sí, sí, Jordi… O quien sea, yo no lo conozco de nada. Es que no soporto equivocarme y soy capaz de cualquier cosa con tal de no admitirlo.

—Menos mal. No le negaré que me había asustado. Imagine: ¿y si, por ejemplo, me hubieran implantado todos los recuerdos de Jordi hace dos minutos, borrando los de Antonia? ¿Quién sería yo en realidad, si tenemos en cuenta que la identidad es, en gran medida, producto de la memoria? ¿Soy quien recuerdo ser, quien los demás me dicen que soy, o hay algo en mi ADN que…?

—Bueno, déjelo. Que ya le he dicho que me he equivocado.

—Sí, sí, perdone.

—No, perdone usted. Es que como no me pasa casi nunca, me da mucha rabia y me enfado muchís.

— Normal, lo entiendo.

—Desde 2003. Cada vez que lo pienso…

—Oiga, ¿y con la lotería tampoco se equivoca nunca?

—Nunca. Siempre digo: “No me va a tocar”. Y no me toca.

—Increíble.

—En fin, ya le dejo.

—Una cosa: ¿qué hago con el bebé y con el señor que está en mi sofá?

—Ahora aviso a Antonia para que los recoja.

—El señor se está comiendo mi queso.

—Tendrá hambre.

—Dese prisa, por favor.

Venía a devolver este universo

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Amanecer desde la STS-70, con Venus y Marte (1995)

—Buenos días. Venía a devolver este universo.

—¿A devolverlo? ¿Por qué?

—No tiene nada que ver con lo que me prometió.

—¿Pero por qué dice eso? Es uno de mis mejores universos.

—Pues no quiero ver ninguno de los peores.

—Oiga, sin faltar.

—Lamento ser tan brusco, pero es que me ha decepcionado muchísimo.

—Dígame, a ver.

—De entrada es aburridísimo. Hay un Big Bang al principio que es muy bonito, eso no se lo niego. Qué de colorines. Pero luego vienen más de 13.000 millones de años en los que no pasa nada.

—¿Cómo que no pasa nada? Se forman las estrellas, los planetas…

—Eso es lentísimo. Y solo son remolinos de polvo. Al final, todos los planetas son iguales… ¡Bolitas redondas!

—No sé qué decirle, la verdad. A mí me parece de lo más interesante.

—Es todo el rato igual.

—Pero luego viene… La vida.

—Ese es otro problema, que hay muy poca.

—¿Cómo que hay muy poca? Hay elefantes, monos, perritos simpáticos, palmeras… Y cuatro planetas con vida en total: uno aquí, el otro en este…

—Separadísimos. Esperaba, no sé, algo de contacto.

—Eso es muy violento. Siempre acaba con guerras.

—Pues mejor, más emoción.

—Ya, pero los universos así duran menos.

—Claro, es mucho más divertido ver cómo se buscan sin encontrarse durante milenios. Porque parece que están a la distancia justa como para que no puedan comunicarse entre ellos jamás.

—Así es, cuesta mucho calcularlo.

—Por lo que esas civilizaciones se extinguirán antes de lograrlo.

—No quiero hacer spoilers, pero por ahí va la cosa, sí.

—Y no es lo único malo.

—Ah, que tiene usted más quejas.

—Pues sí. ¡La dimensión del tiempo está mal hecha! ¡Solo va hacia adelante!

—Hombre, siempre se puede curvar el espacio-tiempo para hacer un agujero de gusano.

—Ya, pero luego queda la marca.

—Es que si se juega con el tiempo, luego hay paradojas.

—Mejor, ¿no? Más divertido.

—Mire, entiendo que a usted le gustan más los universos industriales, pero aquí los hacemos a mano y tenemos mucho cuidado con las dimensiones para que los universos duren lo que tienen que durar. Las paradojas parecen muy divertidas al principio, pero a la larga lo único que hacen es estropear los universos. Cuando se llenan de gente que no debería haber nacido porque alguien mató a sus padres antes de que se conocieran, se atascan y ya no sirven para nada. Este le puede durar otros 13.000 millones de años sin problema.

—¿Y para qué lo quiero, si me aburre? Mire, es que es todo negro. Apenas hay cuatro puntos de luz y unas pocas nebulosas.

—Es elegante. Es un universo, no un espectáculo de fuegos artificiales.

—Ya. Pues tiene fugas.

—¿Fugas?

—Sí, mire, aquí hay una: todo lo que se acerca a este agujerito se escapa y luego no hay forma de volverlo a meter. Una de las civilizaciones se me cayó por ahí. He tenido que llevar la alfombra al tinte.

—Es un agujero negro. Cuando los universos se hacen a mano siempre queda alguno.

—Pues es una chapuza.

—Al contrario, es un signo de calidad. Es la única manera de mantener el equilibrio de energía. Por eso algunos de los industriales se acaban desinflando y llegan al Big Crunch.

—A ver, antes de comprarme este tuve uno industrial y reconozco que no me duró ni 5.000 millones de años. Pero al menos pasaban cosas. Y, cuando pasaban, no se caían por un descosido.

—Hombre, pero un universo no es un pasatiempo. Se trata de admirar la elegancia matemática de su evolución.

—¿Pero qué elegancia ni qué niño muerto? Mire, mire.

—¿Qué es eso?

—Un tal Jaime Rubio.

—¿Pero qué hace?

—Se está intentando anudar los cordones.

—¿Pero por qué lo hace con el pie en el aire?

—Cree que así gana tiempo.

—¡Se ha caído!

—Es la tercera vez esta semana.

—¿Y ahora a qué se dedica?

—Está leyendo en la Wikipedia resúmenes de clásicos del cine.

—¿Por qué?

—Para poder decir que los ha visto.

—¿Pero qué clase de persona haría tal estupidez?

—Huy, espere.

—¿Qué hace?

—Está haciendo algo que llaman “tuitear”.

—Son varios tuits seguidos.

—Está hablando de sus películas favoritas.

—Sí. Las que acaba de consultar en la Wikipedia. ¿Pero por qué hace eso?

—Porque así le retuitearán.

—¿Le qué?

—Otras personas compartirán el hilo con más gente.

—¿Pero por qué? Si está todo copiado de la Wikipedia…

—¡No lo sé!

—¿Y los demás son así?

—Bueno, este es un caso extremo.

—En mis universos los animales racionales suelen ser más creativos. Se dedican al arte, a la literatura, a la ciencia.

—Pues ya ve, aquí prefieren buscar formas de ahorrarse décimas de segundo al anudarse los zapatos.

—No me extraña que se aburra.

—¿Entonces me va a devolver mi dinero?

—Sí, sí… Y tanto… ¿O quiere que se lo cambie por un universo nuevo? Uno sin Jaime Rubio, por supuesto.

—No, no. Creo que esto de los universos no es lo mío.

—En fin, ya lo siento.

—No pasa nada. ¿Lo va a reparar?

—No creo que pueda. Creo que lo doblaré y lo guardaré en el almacén. Quizás pueda usar alguna de las piezas.

—Pues gracias.

—No, gracias a usted. Y perdóneme.

—No se preocupe.

—13.000 millones de años para esto.

—Y no le ha visto intentando ligar.

—Ni ganas.

La oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos

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Ni siquiera era consciente de haber perdido mi agenda hasta que me llegó aquel correo electrónico. El mensaje decía que podía pasar a recogerla a la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, cuya existencia desconocía hasta entonces. Esa oficina estaba en el segundo semisótano, solo una planta por debajo de donde yo trabajaba, que era la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

Bajé enseguida, movido más por la curiosidad que por recuperar una agenda que no usaba desde la segunda semana de febrero. Tardé un poco en encontrar la puerta, a pesar de que el cartel era lo suficientemente grande como para que cupieran aquellas diecisiete palabras. Estaba entreabierta, así que asomé la cabeza y saludé.

—Pasa, pasa. Jaime, ¿verdad?

Me recibió una señora de unos cincuenta años, delgada, con el pelo gris y con gafas de bibliotecaria.

—Ten — me dijo, tendiéndome la agenda — . Y firma aquí, por favor.

—No sabía que existiera una oficina de objetos perdidos con los objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Claro que existe. Desde siempre.

Su tono de voz mostraba cierta indignación, pero era comprensible. Yo mismo trabajaba en la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, intentando devolver a los empleados de la Oficina de objetos perdidos los objetos ellos mismos habían perdido. Era normal que también existiera una oficina para devolverme a mí los objetos que yo extraviaba. Hasta entonces nadie me había llamado para recoger ninguno, pero apenas llevaba unos meses trabajando allí. No había tenido tiempo de ir perdiendo cosas.

—Entonces, ¿hay también una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?

Me miró como si hubiese dicho una tontería.

—A mí no se me van perdiendo las cosas. Tengo un poco de cuidado.

—¿Quieres decir que se acaba aquí? ¿Este es el último nivel?

—Supongo…

—Podríamos probar…

—¿Cómo?

—Sí, pongamos que me llevo algo tuyo y lo pierdo en otra parte del edificio. Si hay una oficina de objetos perdidos para esta oficina de objetos perdidos, te llamarán.

—¿Pero por qué íbamos a hacer eso?

—¿Por qué no? Tampoco es como si tuviéramos mucho que hacer. Es la primera vez que me llamas en meses.

—¿No sería más lógico que me lo trajeran a mí directamente?

—También hubiera sido más lógico que hubieran hecho lo mismo conmigo, pero por algún motivo resulta preferible montar otra oficina de objetos perdidos un nivel por debajo.

Guardó silencio un momento. Me hubiera encantado que se quitara las gafas y las dejara colgando del cordón sobre su pecho antes de hablar, pero no lo hizo.

—Está bien. Pierde esta tarjeta del seguro — dijo, sacándola de su bolso — . Está caducada y tengo ya la nueva, así que no pasa nada si nunca vuelve a aparecer.

—La dejaré a la vista, pero lejos de aquí.

—¡No me des pistas, que si no, no se perderá!

Hasta cierto punto, aquello tenía sentido.

Al día siguiente, me llamó.

—Pues sí, tenías razón. Me han escrito de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—¿Está una planta por debajo de tu oficina?

—No, está en la tuya. Ahora subo.

Aquello me molestó. Me parecía un error de organización: si no se seguía cierto orden, se corría el riesgo de que se perdieran las propias oficinas de objetos perdidos.

Subió a buscarme y recorrimos tres pasillos enmoquetados antes de dar con aquella oficina, donde nos recibió un cuarentón alto, con barba y acento alemán.

—Ya de paso — dijo, cuando le entregó la tarjeta — , revisa si estos objetos son tuyos.

Mi compañera miró con escepticismo una caja en la que no esperaba encontrar nada, ya que no perdía nada nunca, pero sonrió mucho al reconocer un collar y una rebeca.

—Como no tenían nombres — explicó el alemán — , no estaba seguro de quién era su dueño. Por eso no te avisé.

—De hecho, ese paraguas no es mío. Pero muchas gracias.

Aproveché para contarle al alemán quién era yo y qué estábamos haciendo los dos en la oficina.

—Entonces — me interrumpió — , ¿es posible que haya una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?

—Sí. Bueno, creo. No estaba contando y no sé si lo has dicho bien.

—Hagámoslo así — propuso — : si la oficina de objetos perdidos es el nivel 0, tú eres-1, ella es -2 y yo soy -3. Probemos si hay un -4. Llévate algo y piérdelo.

—Pon tu nombre en este libro.

—¡No lo he terminado!

—Lo recuperarás.

Dos días más tarde estábamos en el tercer semisótano, dentro de un despacho con un fluorescente que se apagaba y con varios archivadores de metal. El libro se lo devolvió a -3 un chico de apenas veintipocos años, a quien había colocado allí su padre, que trabajaba en una de las plantas nobles.

—Pero solo estaré aquí hasta que me salga algo de lo mío.

— ¿Qué es lo tuyo? — Preguntó -2.

—Estudié administración de empresas, así que imagino que consejero delegado o director general. Algo me saldrá, digo yo. Sacaba buenas notas.

Le explicamos lo que estábamos haciendo y le preguntamos si nos ayudaría a buscar a un posible -5.

—¿Un qué?

—Una oficina de objetos perdidos de tu oficina, que es la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

Tras unos instantes de silencio, contestó con un “vale” y me tendió su cartera.

—Mejor algo que puedas perder.

Me dio su DNI. Iba a decirle algo, pero -2 lo cogió y le dio las gracias.

Nos avisó al día siguiente. Esta vez tuvimos que ir a la cuarta planta, donde nos recibió un treintañero. Tenía un aire a mí, pero vestía traje y tenía luz natural en su oficina.

—Ya me imaginaba que habría niveles superiores — dijo.

—Inferiores — subrayé — . Yo soy -1 y tú eres -5.

—No tengo inconveniente en probar. Me gustaría ver por dónde puede progresar mi carrera.

—Regresar — dije, dándome cuenta demasiado tarde de que todo el mundo me miraba como yo miraba a -5.

—Bien, busquemos a ese nivel 6.

No intenté ni corregirle: el alemán ya sonreía y se dirigía a la puerta con un pañuelo con el nombre de -5 bordado.

Durante las siguientes semanas seguimos bajando de nivel — aunque los demás ya pasaron a decir que íbamos subiendo. En -6 encontramos a una mujer resfriada, en -7 a un señor muy bajito y muy calvo, en -8 había dos hermanos gemelos, en -9 trabajaba un mexicano que apenas llevaba dos días en el puesto y que se asustó bastante ver a ocho personas entrando en tropel en su oficina, sobre todo teniendo en cuenta que estaban acabando de instalar un armario y aún se olía el olor a pintura. En -10 trabajaba una prima de -3.

—¡No sabía que estabas aquí! — gritaron los dos, al unísono.

Pero mi favorito fue -11, otro chico joven que trabajaba en un cuartucho sin ventanas de la novena planta.

—Oh, claro que hay -12. Me están llamando de allí continuamente. Os llevo. Seguro que han encontrado algo mío últimamente.

Nos presentó a -12, una señora que tenía té preparado, aunque no para doce personas. A pesar de que le dijimos que no hacía falta, se puso a preparar té para todos mientras le contamos lo que estábamos haciendo y mientras -11 sonreía aliviado y sacaba un zapato de la caja que había sobre la mesa. Hasta entonces no nos habíamos dado cuenta de que llevaba el pie derecho descalzo.

-12 se ofreció a ayudarnos y gracias a ella conocimos a -13, una treintañera que confesó que era la primera vez que hacía algo de trabajo en dos años. Nos ayudó, pero no siguió adelante.

—No quiero perder este trabajo. Ocho horas para hacer lo que quiera… Me he sacado una carrera a distancia y estoy escribiendo una novela. A veces hasta hago horas extra. ¡Me las pagan!

Su renuncia sirvió de excusa a unos cuantos que tampoco querían seguir yendo de excursión por los pasillos del edificio cada dos o tres días, por lo que el grupo se hacía más pequeño a medida que avanzábamos sin que se viera ningún final cerca. Eso sí, algunos me pedían que les mantuviera informados por correo electrónico.

Por ejemplo, -17 solo siguió conmigo hasta que reunió valor para invitar a -15 a tomar café, invitación que fue aceptada y que me hizo perder a dos compañeros. -3 me dio las gracias por haberle ayudado a encontrar a su prima y los dos dejaron de venir para organizar comidas y cenas familiares. Los gemelos comenzaron turnándose, pero al final me abandonaron los dos. -11 se perdió mientras buscábamos la oficina de -23 y jamás volví a verle. Total, que al cabo de unos meses estaba solo, aunque de vez en cuando convencía a -2 de que me acompañara.

El hecho de ir solo y de tener muchas ganas de ir rápido, pero pocas de explicarme, me causó algunos problemas. -28 no quería ayudarme, por ejemplo. No parecía fiarse mucho de mí.

—¡Claro que hay un -29! Alguien tiene que haber allí si yo pierdo algo, es pura lógica.

—Si no te importara perder algo… Así podría, podríamos, seguir…

—¿Pero para qué quieres “seguir”? — Subrayó el verbo seguir haciendo el gesto de las comillas con las manos — . Ese no es tu trabajo.

—Para ver hasta dónde llega.

—¿Pero qué más da dónde llegue?

—Tiene que haber un último nivel. ¿No te lo has preguntado nunca?

—No, claro que no. Ya sé que algunos tenéis mucho tiempo libre y os dedicáis a ir perdiendo cosas que no son vuestras, pero eso no es asunto tuyo. Tu trabajo es dirigir la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, no organizar las oficinas de objetos perdidos.

—Un momento: ¿hay alguien que se encarga de eso?

—No sé, digo yo…

—Tiene sentido. A lo mejor debería buscarle y hablar con él. Pero, por si acaso, deberíamos perder algo tuyo.

—¡No! ¡Ni hablar! ¡Fuera de aquí!

Ya tenía en el bolsillo de la chaqueta su grapadora, a la que había puesto su nombre en un papel pegado con celo. Pasé dos días enteros escondido al final de su pasillo, mientras llamaba a recursos humanos y les preguntaba por el organizador de las oficinas de objetos perdidos.

—¿Qué quieres decir?

—Tendré algún jefe, ¿no?

—Claro, todo el mundo tiene un jefe.

—Pues cuál es mi jefe directo.

—No sabría decirte… Dependes de Recursos Generales.

—Dame un teléfono, necesito hablar con ellos.

—¿Para qué? ¿Tienes algún problema? Si te falta algo o necesitas algo, es muy probable que yo pueda ayudarte.

—No… A ver, quiero… Evaluar mis oportunidades… De ascenso…

—Si se trata de eso, tienes que hablar conmigo. ¿Estás pensando en cambiar de departamento? Hay opciones, aunque aún llevas poco tiempo aquí.

—Y si quisiera quedarme dentro del mismo departamento, ¿con quién tendría que hablar?

—Conmigo, supongo.

—¿Entonces tú sabes cuántas oficinas de objetos perdidos hay?

—¿Qué?

—¿Cuántas oficinas de objetos…? No sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad? Hay una oficina de objetos perdidos.

—Sí.

—Luego está mi oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Vale.

—Y también hay una oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Qué curioso. No lo sabía.

—Pues la hay. Y quiero saber cuántas son en total y dónde se acaba esto.

—¿Te encuentras bien?

—Claro que me encuentro bien. Solo te he hecho una pregunta.

—De acuerdo, deja que lo mire.

Colgué sin despedirme: -28 salió de su oficina y se metió en el ascensor. Vi en el indicador que bajaba en la planta 19. Subí y me puse a buscar por los pasillos: todas las oficinas de objetos perdidos tenían un cartel bien grande, a pesar de que su letra era cada vez más pequeña.

Mientras buscaba, me crucé con -28.

—Fuiste tú, ¿eh? — Me dijo, mostrándome la grapadora.

—Lo siento.

—Es la quinta puerta a la izquierda.

Cuando se lo expliqué, -29 se mostró entusiasmado con la idea.

—¡Nunca lo había pensado!

—Pero si tu oficina tiene un nombre muy largo.

—Ya, pero en realidad pasó más tiempo trabajando para el departamento de comunicación. Como tengo una cuenta de Twitter bastante activa, les ayudo con las redes. Ni me acordaba de este otro trabajo hasta que me dejaron la grapadora en el buzón.

—Claro, te la dejaron.

—Evidentemente, no va a venir sola.

—Tengo una idea.

Bajé a la oficina de -28 a disculparme, pero solo lo hice para poder llevarme su agenda. -29 y yo pasamos dos días montando guardia frente al buzón, a ver quién la dejaba allí.

—¿No podríamos hacer turnos?

Aquella era buena idea, pero ni se me había pasado por la cabeza y a -29 solo se le ocurrió cuando ya terminaba la segunda noche de guardia. Al menos me di cuenta de que me había metido en aquella tarea sin ningún tipo de planificación y ni siquiera tenía muy claro por qué seguía con ella. ¿Solo porque la había comenzado?

Un par de horas más tarde vimos a una chica dejando la agenda en el buzón. Corrimos hacia ella, dándole un buen susto.

—Perdona, lo siento. Esa agenda… ¿Cómo sabías que tenías que dejarla aquí?

—¿Qué? ¿Es tuya?

—No, no. Lo siento. No hay ningún problema. Pero ¿cómo sabías que iba aquí?

—Bueno, en la puerta pone oficina de objetos perdidos.

—No, pone Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de… Bueno, ya lo ves. Lo pone treinta veces.

—No sé, ni idea. Nos llevan los objetos perdidos a recepción. Allí introducimos en el ordenador el nombre del dueño, si lo sabemos, o la zona dónde lo hemos encontrado, y el ordenador nos dice dónde llevarlo.

—¿Y no sería más fácil llevárselo al dueño? — Preguntó -29.

—Sí… No sé… Es un objeto perdido. Supongo que hay un procedimiento.

-29 siguió conmigo unas semanas, pero me abandonó cuando llegamos a -37.

—Tío, yo no sé muy bien qué estamos haciendo. Me caes bien y eso, pero… No sé… Manténme informado, ¿vale? Estoy preocupado.

—Sí, seguiré enviando los informes de cada viernes.

—No, tío, hablo de ti. Se te ve agobiado con este tema. No sé, solo es trabajo, no merece la pena sufrir por eso. Bueno, es que ni siquiera es trabajo, ahora que pienso. Son números. Y hay infinitos. Esto no se va a terminar nunca.

—Pero no puede haber infinitas oficinas. No cabrían aquí.

—Te recuerdo que la 35…

—La menos 35.

—Sí, vale, la -35 estaba en el edificio anexo.

—Ya…

—A lo mejor el universo está lleno de oficinas de objetos perdidos.

—No me jodas, -29.

—Tengo un nombre, Jaime. No solo somos números.

—Que no me jodas, te digo.

Nadie más se me unió durante las siguientes semanas, lo cual era comprensible, dado que cada vez quería ir más rápido y me mostraba mucho más irritable y menos dado a dar explicaciones sobre algo que a mí me parecía evidente. A -41 tuve que amenazarle e incluso llegué a volcar su ordenador. A -43 tuve que lavarle el coche. Y a -46 le di cien euros.

Solo pasaba por mi mesa para recordar qué nivel me tocaba. Seguía escribiendo correos electrónicos, aunque -2 era la única que aún no me había dicho que, por favor, dejara de enviárselos.

—Necesito que pierdas una cosa — creo que le dije a -54 nada más entrar en su oficina — . Tengo que saber… Tienes que perder… No me estoy explicando. Mira, vamos a perder esta bufanda.

Para mi sorpresa, se levantó sonriendo y vino a darme un abrazo. Aunque se interrumpió a medio camino.

—¿Cuánto hace que no te duchas?

—No sé. Llevo dos noches siguiendo a bedeles. Tenía una teoría que al final no tenía ningún sentido… ¿Puedo perder esta bufanda o no?

—¿De dónde vienes?

—De la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.

—Qué contento estoy.

—¿Por qué?

—Por haberte encontrado.

—¿Por qué? ¿Quién eres?

—Soy Dios.

Abrí la boca sin acertar a decir nada.

—Madre mía, realmente estás obsesionado con esto. ¿Cómo voy a ser Dios? Era una broma. Obvio. Pero sí que llevo años haciendo lo mismo que tú. Yo también estoy buscando la última oficina de objetos perdidos.

Me invitó a sentarme mientras yo trataba de asimilar lo que me estaba explicando. ¿Otro como yo?

—Tengo buenas noticias para ti — me dijo — : he llegado a la 701.

—¿701?

—Sí. Llevo más de 15 años haciendo esto y además tenía una socia, aunque ya está jubilada. Lo pasamos muy bien. Si yo te contara… Una vez nos pilló el gerente. Divertidísimo.

—701. ¿Son 701?

—No, qué va. Hay más, seguro. Estoy esperando que encuentren un jersey y lo lleven a la 702.

—¿No se acaba nunca?

—Aún no lo sé. Mi teoría es que se trata de un error del sistema. Hace muchos años, alguien de la oficina de objetos perdidos debió perder algo y por eso se decidió abrir la oficina en la que ahora tú trabajas. No sé por qué no se llevó a la primera oficina. Quizás para evitar el efecto 2000. Claro que quizás no se trate de un error: puede que se prefiera contar con un sistema claro y definido a ser eficientes. Lo contrario sería el caos.

—Entonces, ¿cada vez que alguien que trabaja en una oficina de objetos perdidos pierde un objeto se crea una nueva oficina de objetos perdidos?

—Eso parece.

—¿Y yo he tenido la suerte de estar en la primera?

—¿Vienes de la Oficina de objetos perdidos?

—No, de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos. Es la primera, ¿no? La mejor.

—¿Por qué dices eso? Es la segunda menos interesante, después de la Oficina de objetos perdidos. Apenas tiene gracia.

Gruñí un poco, pero no tenía ganas de discutir.

—El sistema es muy flexible — siguió — . Funciona como una espuma en la que las oficinas de objetos perdidos son como burbujas. Ahora mismo, por ejemplo, no hay una oficina 96…

—Menos 96.

—¿Menos 96? No, no. 96. Llevo años llamándolas con números positivos. Es mucho más adecuado. Y más claro.

—Estamos bajando de nivel todo el rato.

—No, qué va. Estamos subiendo. Pero es igual, deja que acabe: no hay 96 porque no hay constancia de que en la 95 se haya perdido algo en alguna ocasión. Pero sí que hay una 97.

—Pero eso no tiene ningún sentido, porque significaría que la 96 ha perdido algo alguna vez a pesar de no existir. Aunque quizás por eso todo era tan nuevo en la -9. No existía hasta que la -8 perdió o volvió a perder algo.

—Y por eso llevo unas semanas atascado: estoy intentando decidir si interfiero en el sistema o no. Recuerda que yo voy por la 701. Eso significa que estuve en la 96. Hace años, pero estuve. La tengo en mi base de datos. Al frente estaba… Deja que mire… Verónica Pérez. Fui el 4 de octubre de 2004. Si sigue trabajando en el edificio, a lo mejor nos puede explicar cómo y por qué la trasladaron. Luego podemos pedirle a 95 que pierda algo, si lo vemos adecuado, o dejar esta anomalía mientras dure si creemos que puede resultar útil.

—¿Lo tienes todo guardado?

—Claro, estoy buscando patrones entre los responsables de las oficinas. Aún no he encontrado ninguno. Nada, ni la edad, ni el sexo, ni el nivel de estudios se apartan de lo esperable. He cruzado muchísimos datos: la altura, el peso, cuántos zurdos hay. Claro que muchos son antiguos. A ti no te tenía localizado en 1. Todavía tenía la información de tu antecesor.

—¿Y has hablado con alguien de la empresa? El de Recursos Humanos me tiene que llamar.

—Sí, también pregunté hace años. Incluso me reuní con no recuerdo qué subdirector. Pero no sabía ni de qué le estaba hablando.

—¿Pero cómo no van a saber nada?

—Y cada vez menos. El sistema se gestiona desde hace siete años con un algoritmo que compraron a unos suecos. Es el sistema que le dice a los bedeles a qué oficina tienen que entregar cada objeto, por ejemplo. Se trata de un sistema cerrado, que da instrucciones, pero que no revela el dato más importante.

—Cuántas oficinas hay.

—Exacto.

—En todo caso, da igual, ¿no? Por lo que dices, si llegáramos a la última y perdiéramos algo, se abriría una nueva oficina.

—A lo mejor. O puede que el sistema colapse en algún punto. Quizás haya un límite. No podemos tener infinitos empleados. O sí, no lo sé, quizás la burocracia se expande sin ningún límite. A lo mejor al final está Dios. O un agujero negro. Habrá que averiguarlo, ¿no?

Me pasé la mano por la barba de cuatro días. Miré mi camisa arrugada y con manchas. Sí, necesitaba una ducha.

-54 tenía mejor aspecto. Pero también se le notaba al hablar un brillo en los ojos que delataba su obsesión. Llevaba años con aquello. Tenía una base de datos. Cruzaba cifras. De hecho, seguía hablando mientras yo pensaba. Me contaba que el encargado de la oficina 304 (-304) era un chimpancé amaestrado y que la 120 (-120) era una oficina situada en la esquina de una de las plantas superiores, con vistas al mar.

Pensé que aún estaba a tiempo de librarme de aquel destino absurdo, de volver a mi oficina a devolver las estilográficas y los paraguas que me llegaban. Era un trabajo fácil, simple. Y tenía sentido. No como aquella búsqueda tal vez infinita.

Pero, claro, tampoco me podía volver con esa tarea a medias. Siempre me quedaría con la duda.

Y quizás solo hubiera mil oficinas. Por ejemplo.

Mil era un buen número, un número sensato.

Tenía sentido que solo fueran mil.

Lleguemos a la mil y luego veremos.

—¿Por dónde comenzamos? — le dije.

Cuando éramos dioses

10X10 FOOT WIND TUNNEL CONTROL ROOM Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER
10X10 FOOT WIND TUNNEL CONTROL ROOM
Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER

Mi jefa me llevó a una sala de reuniones. Ya me imaginaba para qué sería: había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, ensayando mentalmente esta escena.

—Verás, Jaime —comenzó—, quería hablarte de esto.

Me enseñó su móvil. En la pantalla, tal y como esperaba, vi un tuit mío de junio de 2011: “Hoy es lunes, qué asco”.

—Lo sé —contesté—, y sé que no tengo excusa. Pero pasaba por un momento muy malo. Trabajaba en otra empresa, nos explotaban por cuatro duros y, en fin, perdí los nervios.

Silencio.

—Además, era lunes.

—Ya, pero es que ahora trabajas aquí y muchos comentarios te están relacionando con nosotros. Es una publicidad pésima, como puedes entender.

—Me disculpé anoche. Varias veces. No quería ofender a nadie. Y lo escribí hace cinco años. Sin pensar. Era otra época. En Twitter éramos cuatro y decíamos muchas barbaridades. No nos leía nadie.

—Hay cosas con las que no se bromea.

—Lo sé. Ahora lo sé. He cambiado. He aprendido.

—Lo siento, pero tenemos que despedirte.

No dije nada más. Parecía bastante claro que la decisión se había tomado antes de que entrara en la sala.

Durante la noche previa de insomnio había llegado a pensar no solo que el despido era lo más probable, sino que además sería una buena noticia. Prefería no trabajar para una empresa a la que le parecía buena idea despedirme por una frase escrita hacía cinco años en un momento de inconsciencia. Una frase, por otro lado, que todos habíamos pensado alguna vez e incluso pronunciado en voz alta, no siempre borrachos.

Pero sabía que eso era mentira, que no había nada positivo en aquella situación. Porque ¿quién querría contratar al tipo que odia los lunes?

Fui a mi mesa a recoger mis cosas. Mis compañeros se levantaron para despedirse, incómodos. Todos menos Esteban. Me acerqué a él de todas formas.

—No te voy a engañar —me dijo—. Creo que la empresa hace bien despidiéndote.

No le contesté. Me había pillado por sorpresa. Y estaba un poco cansado de defenderme.

—Me repugnas —añadió, aprovechando mi silencio.

Ya en el metro, saqué el móvil del bolsillo. Desde el día anterior por la tarde, cuando se había armado todo el follón, me había intentado obligar a no entrar de nuevo en Twitter, pero no podía evitarlo. Lo hacía buscando algún mensaje de apoyo —que lo había, por lo general con un tonillo despectivo y condescendiente—, pero al final solo leía los insultos, cuyo ritmo no había caído a pesar de mis disculpas y de que ya hacía más de doce horas que había borrado el tuit.

“Hay que ser cabrón para quejarse de los lunes, con la que está cayendo”.

“A los seis millones de parados ya les gustaría que su lunes fuera diferente al fin de semana”.

“La economía está estancada por culpa de vagos como tú”.

“Hay niños africanos que solo pueden disfrutar de un lunes al mes”.

No solo los leía, sino que buscaba algunos que ya había visto y que me habían parecido especialmente hirientes. No era por masoquismo, lo pasaba fatal, pero parecía que necesitara leer las respuestas a estos comentarios, mirar cuánta gente los había retuiteado, cuánta gente había hecho fav. De vez en cuando se me ocurría alguna respuesta más o menos ingeniosa que no me atrevía a escribir: sabía que aquello solo empeoraría mi situación.

“Me da asco la gente que se burla de los parados”.

“Hoy es lunes. A ver qué piensan en su empresa, @GaimanAndCo, de su tuit”.

“No tiene NI PUTA GRACIA, CABRONAZO”.

“Si tu padre llevara dos años en paro, no dirías eso”.

“Como te vea, te rajo el cuello, ya sea lunes o viernes, pijo de mierda”.

Aparte de los insultos, había algún chiste, claro, como los clásicos “a lo mejor los lunes solo necesitan un abrazo” y “tened en cuenta que un lunes mató a sus padres a la salida del cine”.

Algunos se habían dedicado a hurgar aún más en mi archivo, encontrando otros tuits ofensivos. “Hoy hace un día de perros” les pareció insultante a los amigos de los animales, otro me acusó de apropiación cultural por publicar una foto de un plato de sushi y un tercero encontró una foto de uno de mis pies (solo se veía uno) medio enterrado en la arena de la playa. “También se ríe de los cojos, este indeseable”, escribió.

¿Debía disculparme también por estos tuits? Ya había pedido perdón varias veces por el del lunes y no había servido para nada. ¿Qué más querían de mí? ¿Que viajara en el tiempo y evitara que mis padres se conocieran —tal vez mediante el asesinato— para evitar mi nacimiento y, por tanto, todas esas publicaciones?

Cuando llegué a casa, cerré mi cuenta, puse un canal de televisión al azar e intenté dormir. Lo logré. No tenía mucho mérito, teniendo en cuenta la noche que había pasado.

Me despertó el teléfono. Era una amiga.

—¿Pero qué coño has hecho?

—¿Te has enterado?

—¡Sales en el periódico!

—Joder. Mierda. Joder.

—¿Cómo escribes eso?

—No sé, yo… Ni siquiera lo recuerdo.

Era mentira. Recordaba perfectamente cuándo y por qué había publicado ese tuit: un lunes por la mañana, antes de salir de casa y mientras tomaba el primer café del día. Pensé “lunes, qué asco” y lo escribí sin pararme a pensar en las consecuencias.

—Mira —le dije mientras encendía el portátil para buscar la noticia—, era otra época. Hace cuatro o cinco años no había casi nadie en Twitter y se decían toda clase de burradas. Incluso se hacían chistes sobre las olas de calor.

—Ah, muy bonito. Hay gente muerta por culpa de las olas de calor. Mira, porque te conozco desde hace años y sé que no eres así, que si no…

—Todo ha cambiado mucho desde entonces. Fue la época dorada de Twitter. Decíamos todo lo que se nos ocurría. ¡Nos creíamos dioses!

—¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé… Imagino que se cansarán pronto. Que encontrarán otro escándalo en el que fijarse. Estas cosas no suelen durar más de uno o dos días.

—Sí, ya… ¿En tu trabajo lo saben?

—Me han despedido. Madre mía, han titulado “El tuit ofensivo contra los parados que incendia las redes”.

—Han puesto una foto tuya de Facebook.

—Al menos salgo sobrio. Espera, tengo que colgar.

Oía ruido en la calle. Salí al balcón. Abajo, frente al portal, había dos decenas de personas. Llevaban varios carteles en los que se me llamaba “enemigo de los parados”, entre otras lindezas. También coreaban insultos que se oían perfectamente desde mi cuarto piso. “Miradlo, es ese”, gritó uno de ellos. Volví a entrar en casa, cerré las ventanas, bajé las persianas y subí el volumen de la televisión.

Aun así, más tarde oí que cantaban Imagine. Levanté un poco una de las persianas y vi que había algo más de gente (no mucha más, los tuiteros no están acostumbrados a salir a la calle) y que también habían encendido velas.

Pasé otra noche en blanco. Alguien aporreó la puerta un par de veces, pero no me atreví ni a levantarme de la cama. Recibí un par de llamadas, digamos, poco amables y apagué el móvil. Aunque antes volví a echar un vistazo en Twitter. Seguían llegando insultos.

“Ese fascista ha tenido que cerrar la cuenta. ¡Estamos mejor sin él!”.

“Nos vamos a quedar frente a su casa hasta que se le pasen las ganas de insultar a los parados”.

“Este lunes seguro que le ha dado bastante asco. Aunque no tanto como él a nosotros”.

La mañana siguiente tenía varias decenas de mensajes en el móvil, tanto de texto como de voz. Mi primera idea fue borrarlos todos, pero al final opté por escucharlos uno a uno.

El decimocuarto me llamó la atención. “Hola, Jaime. Creemos que podemos ayudarte. Llámame o escríbeme a este número”.

Dos horas más tarde, una pareja llamaba a mi puerta.

—¿Cómo sé que no estáis con los de abajo? —Pregunté, sin abrir.

—Yo estaba en Twitter antes —dijo él—. Igual te suena mi apodo. Era Capaldi89.

Ese nombre me sonaba.

—¿Tú no dijiste una vez que tenías mucha sed?

—Sí.

Aquello había sido otro escándalo. De hecho, a pesar de la situación en la que me encontraba y de que habían pasado quizás un par de años, me indigné al recordarlo. ¿Cómo podía alguien que vivía en el primer mundo decir que tenía sed, cuando había grifos en todas las casas y bares en todas las esquinas? ¿Cómo podía alguien ser tan ciego a la realidad de millones de personas que sí pasaban sed de verdad?

—¿Y tú?

—Yo una vez dije que no me gustaba la idea de que un chico al que no conocía de nada me invitara a café.

—Eso no lo recuerdo… ¿Cuál fue el problema con la frase?

—Ni idea, pero recibí cientos de mensajes en los que me llamaban “zorra” y “puta”. También me acusaron de querer acabar con la especie humana.

—¿Nos abres?

—Sí, sí. Perdón.

Les dejé a pasar. Hice café.

—Perdonad, no tengo galletas…

—No pasa nada.

—¿Hay mucha gente en la calle? No me atrevo a mirar.

—Unos veinte o así —me dijo él—. Tus vecinos están enfadadísimos. Cuando uno ha visto que íbamos a tu casa, nos ha echado una bronca bastante importante. He creído entender que uno de los de abajo casi le roba el perro porque lo había confundido con un pokemon.

—¿Y vosotros…? ¿Quiénes sois? ¿A qué habéis venido?

—Formamos parte de una asociación que ayuda a gente que pasa por problemas similares al tuyo.

—No sé si eres consciente, pero tu vida ha cambiado por completo.

—¿No se cansarán de mí? He visto en el telediario que Rajoy ha dicho que en realidad no lee el Marca, que solo mira las fotos. Seguro que eso les entretendrá.

—¿Y no has visto que el ministro del Interior ha dicho que la fiscalía investigará tu caso?

—Sí, pero eso ya serían cosas de juicios… No es importante. Dejarán de hablar de mí en Twitter, ¿no?

—Imagino que sí. En un par de días ya no quedará nadie en la puerta de tu casa e incluso, si quisieras, podrías volver a abrir tu cuenta y seguir tuiteando con normalidad. O casi.

—El problema es que internet nunca olvida nada.

—Por ejemplo, cada vez que alguien discuta contigo, te responderá con un pantallazo de tu tuit.

—Y eso no es lo peor. Te han despedido, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando envíes el currículum a otra empresa y te busquen por Google, sabes qué encontrarán, ¿verdad? Al tipo que odia los lunes.

—Pero Twitter no es tan importante, ¿no? Solo son cuatro egos inflados a los que nadie tiene en cuenta en la vida real.

—Por lo general, sí, pero de ti se ha hablado también en la prensa e incluso en sitios que de verdad importan, como Facebook.

—Todo esto lo sabemos por experiencia propia. Te recuerdo que yo ni siquiera firmaba con mi nombre real.

—¿Y qué puedo hacer ahora? ¿Cómo puedo…? ¿Qué debería…?

—Tranquilo, te hemos traído todo lo que necesitas para comenzar una nueva vida.

Ella abrió el bolso, sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa. Lo cogí, algo asustado. Por un momento pensé en la posibilidad de que se tratara de ántrax. A lo mejor me habían engañado y estaban compinchados con los tipos de abajo. Quizás todo era una trampa para acabar conmigo.

—¿Esto es un bigote postizo?

—Con él podrás salir de casa y buscar un trabajo de perfil bajo, donde no se pidan muchas referencias ni se use internet: estibador en el puerto, director de periódico, profesor universitario…

—¿Y no podría haberme dejado crecer el bigote?

—Huy, vaya, perdona… Ahora el sabelotodo no nos necesita.

—¿Preferías pasar una semana en casa, sin poder ni siquiera bajar al súper?

—Puedo comprar online.

—¿Así nos das las gracias?

—No, perdón, claro que os lo agradezco, pero…

—¡No me extraña que la gente te odie! ¡Eres un insensible!

—Déjalo, no merece la pena…

—¡Tienes cero empatía!

—Vámonos… Mira, le has hecho llorar.

—Yo… Lo siento…

—Eso es todo lo que sabes decir. ¡Piensa antes de hablar, joder!

—Vámonos, no le hagas caso…

Se fueron muy enfadados. Al cerrar la puerta, oí sollozos.

Lo cierto es que usé el bigote ese mismo día. Les envíe un selfi (y más disculpas) para que vieran que seguía su consejo y que lo agradecía. Pero no fui al supermercado. Contaba con algunos ahorros y con el finiquito, por lo que, teniendo en cuenta el panorama, pensé que igual todo aquello era una oportunidad para empezar de cero en un sitio en el que nadie me conociera. Así que aproveché el mostacho para salir a la calle, coger un taxi y largarme al aeropuerto con una mochila.

Decidí que cogería el primer vuelo disponible que me llevara fuera de España. Por culpa de esa idiotez acabé volando a Ulan Bator. Después de tres conexiones, dos autobuses y de quedar cuarto en el Dakar, llegué a la ciudad. Busqué un hotel y pedí una habitación. Todo parecía ir bien hasta que el conserje me pidió el pasaporte. Leyó mi nombre, alzó la ceja izquierda y me lo devolvió.

—Lo siento —me dijo, en un perfecto inglés — , pero no nos quedan habitaciones.

—¿No? Pero si hace un momento…

—Pruebe en la pensión que hay al final de la calle. Creo que allí no tienen wifi.

—Pero…

—Pase un buen lunes.

—Pero si hoy no es… Mierda. Vale. Ya lo pillo.

En la pensión sí tenían wifi, a pesar de los prejuicios de mi conserje. De hecho, no encontré alojamiento hasta varios días después, cuando me acogió una familia que vivía cerca de la frontera con China, a cambio de ayudarles con el cuidado de las cabras.

Llevo ya unas cuantas semanas con ellos. Me tratan muy bien y preparan un khorkhlog delicioso, pero no sé cuánto durará esto. Tömörbaatar, el hijo mayor, cumple 13 años el mes que viene, y ya le ha dicho a sus padres qué regalo le gustaría: un móvil con conexión a internet.

Imagen: NASA / Flickr Commons

Nuestro pequeño Drip

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Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.

Odio el café tibio

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No hay cosa que odie más que el café tibio. Quizás Friends. Por eso siempre pido el café con la leche caliente. El café tibio sabe a ropa interior sucia. A sábanas que hay que cambiar desde hace días. A esa caja de cartón que nunca te acuerdas de bajar a la basura.

Y por eso me reventó tanto darme cuenta esta mañana de que mi café estaba tibio. Era el segundo café del día, que es el mejor. El primero es por pura necesidad. Solo y sin azúcar. En casa. El segundo me lo subo de la cafetería al trabajo y ya es con leche porque no me fío del café ajeno. Aun así, es el que más disfruto: me consuela al inicio de mi jornada laboral. Vale, tengo que trabajar. Estoy encendiendo el ordenador. Seguro que cuando abra el correo me encuentro con algo horrible. Pero al menos estoy tomando café.

Como estaba tibio, preferí no seguir bebiendo. Al cabo de unos minutos ya estaba frío. Poco después empezaron a formarse los primeros cristales de hielo. En apenas un rato, el café se había congelado del todo: era un bloque marrón helado.

El café se enfría, pero ya sabemos lo que ocurre con el hielo: se derrite. Tardó un poco, pero al cabo de un rato ya era de nuevo un líquido frío. Poco después se quedó tibio. Qué asco. Pero tras unos minutos se había calentado lo suficiente como para bebérmelo.

Lo malo es que me quemé la lengua.

(Imagen: Flickr Commons)