¡Ultraje!

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Jaime Rubio ha sido conducido ante el juez, acusado de un delito de ofensas y ultraje a España.

—Declaro culpable al acusado y le cond… —dijo el juez nada más llegar a la sala donde se celebraba la vista, ante la evidente satisfacción del fiscal, interrumpida cuando uno de los alguaciles le recordó a su señoría la necesidad de celebrar antes el juicio y escuchar a las partes. El juez accedió a lo que llamó “mero formalismo” y pidió a los abogados que se dieran “prisita, que es viernes”.

El fiscal explicó que se había visto a Jaime Rubio pisoteando España por la calle, “no una ni dos veces, sino durante al menos trescientos metros, hasta que llegaron varios agentes de la Guardia Civil en Segways y lo redujeron viéndose obligados a hacer uso de la fuerza física”.

—¿Se resistió? —Preguntó el juez.

—No —contestó el fiscal—, pero fíjese en su cara. ¿Dan o no dan ganas de darle un porrazo?
Ante el revuelo armado por la afirmación del fiscal, el juez pidió orden dándole con el mazo a Jaime en un ojo.

Fue entonces cuando Rubio subió al estrado para ser interrogado por su abogado, el Señor Chispas.

—Guau, guau. ¿Guau, guau, guau?

—Oiga —dijo el juez—, que su abogado es un perro.

—Pero es listísimo. Ya verá. Señor Chispas, ¡sit! ¡Sit!

—Se está meando.

—Se rebela contra el poder. ¿Lo ve? Listísimo.

Cuando llegó su turno, el fiscal le preguntó por los hechos que habían llevado al acusado ante el tribunal.

—¿No es cierto que usted iba pisoteando España cuando fue arrestado?

—¡Yo no estaba pisoteando España! ¡Estaba caminando!

—Pues eso. ¿No iba golpeando a este país que tanto le ha dado, Mundial incluido, con la suela del zapato?

—¡Solo iba a comprar fruta!

—¿Fruta?

—Bueno, chocolate.

—¿Seguro que era chocolate?

—Cervezas.

—Ya.

—Cerveza sin alcohol.

—¿Y para cometer esa atrocidad, un claro agravante, tenía que ir pisoteando España?

—Creo que caminar es bastante normal.

—En otros países llenos de hippies y millennials quizás sí, pero estamos en España. Aquí respetamos a nuestro país. ¿No será usted runner?

—No, por Dios.

—Entonces ni siquiera tiene la excusa del ejercicio físico. Simplemente es un mal patriota, probablemente catalán o puede que incluso un extranjero de algún país comunista, como Australia.

—¿Pero cómo quería que fuera a comprar el pan?

—Pues en coche, como todos los españoles. O en uno de esos patinetes eléctricos que luego se dejan tirados en la acera para impedir el paso a otros malos patriotas como usted.

—¿Cómo voy a ir en patinete? No tengo 12 años.

—Hay muchas alternativas, todas ellas mejores que ir pisoteando el país.

—Solo iba al lado de casa.

—Razón de más para coger un taxi, le habría salido baratísimo.

—O un Uber —dijo el juez—. Es lo mismo, pero con aún menos derechos laborales. Y en negro. Y te dan una botellita de agua.

—¿Una botella de agua? —Preguntó el fiscal—. ¡Agua gratis en el coche! ¡Como los millonarios en sus limusinas!

—Y lo pides con el móvil —siguió el juez—. Es como en esa película, Star Trek.

Tras un silencio incómodo intentando recordar la escena en la que el capitán Kirk pedía un taxi, el fiscal prosiguió su interrogatorio:

—Mire este plano.

—¿Qué es?

—Es la ruta del autobús 226. Para delante de su casa y, una sola parada después, frente al supermercado.

—¿Y qué me quiere decir?

—Que incluso si usted fuera el clásico terrorista que usa el transporte público podría haberse ahorrado ir por ahí dando patadas a la patria.

—Pero tendría que haber caminado un poco. Hasta la parada y eso.

—¿Tiene usted manos, señor Rubio?

—Sí, una o dos.

—Podría haber ido haciendo el pino. Así no habría pisoteado España, sino que habría acariciado al país. Bien que van bocabajo en su amada Australia.

—No sé hacer el pino.

—¡Pues se aprende! ¡Antes bocabajo que rota! ¡No hay más preguntas! ¡Y pido para el acusado la prisión permanente revisable! Para ir revisando cada rato que sigue ahí.

El juez suspiró aliviado, al ver que podría comenzar su fin de semana antes de las once de la mañana. El fiscal le recordó que no era viernes, sino jueves, a lo que el juez contestó con un “mejor aún”, antes de sentenciar a Jaime Rubio a comprarse un patinete eléctrico. A la salida del juicio, Rubio aseguró que recurriría: “Si tengo que ir con un patinete eléctrico por la calle, mi esposa me abandonará”. Por lo que sabe este cronista, su esposa es un póster de Paula Vázquez en Canguros. Su abogado, el Señor Chispas, expresó su conformidad olisqueando una farola.

P.D.: Este chiste se ha quedado fuera: “Ultraje, doltrajes, treltrajes… Etcétera”.

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¡Vamos a morir todos!

Back-to-the-Future-Day

– 1994 está tan cerca de 2018 como 2042.

– Ha pasado tanto tiempo desde el año 2000 hasta ahora como entre 1982 y el año 2000.

– Hace 27 años del Smells Like Teen Spirit. Kurt Cobain murió con 27 años. Ahora tendría 259 años, como Shakespeare.

– ¿Recuerdas cuando de niño pensabas que la gente de 20 años era muy vieja? Pues ahora tienes 38.

– No solo tienes 38 años, también tienes un tumor en el hígado que te está matando sin que tú lo sepas.

– Si no te mata el cáncer, te matará Antonio Sánchez, ese tío de tu oficina tan raro. Dentro de unos meses se liará a tiros con todo el mundo.

– Los nacidos en el año 2000 ya están en la universidad.

– Han ido en coches voladores y disparando rayos láser por las orejas.

– De niño soñabas con un futuro con coches voladores. ¿Pero para qué quieres coches voladores si morirás atropellado por un tranvía el 12 de noviembre de 2020 a las tres y cuarto de la tarde?

– Por un tranvía. Como en el siglo XIX.

– Han pasado tantos años desde 1899 como desde que Nirvana publicó In utero. 612 millones de años.

– ¿Te acuerdas de los vinilos? Se extinguieron cuando cayó un meteorito.

– ¡Bum! Te acabas de contagiar de sida.

– Tu madre ya ha cocinado la cena y tú aún no te has levantado del sofá.

– Se acaba de ir el autobús que tenías que coger.

– Hace muchos años era 1997.

– Espinete era bisexual.

– Mira tu reloj. Se ha parado porque el tiempo pasa demasiado deprisa y no merece la pena intentar medirlo.

– El lunes compraste uvas. Abre la nevera. Esas uvas ahora son un vino del Priorat con 14 meses de barrica.

– Te estás quedando calvo.

– Hace 10 años que acabó Breaking Bad. Y desde entonces no te callas. Deja de recomendarla.

– Tu sobrino aún no ha nacido. Ocho años más tarde, tu sobrino tiene 52 años y trabaja en un banco.

– Piscis y escorpio se llevan mal.

– Eres zurdo.

– Son las siete y media.

– Son las siete y mediaPASADAS.

– Compraste una cosa en Amazon y ya te llegó.

– Se está haciendo tardísimo.

– Anochece. Anochece EN TU VIDA.

– Aún no te has dado cuenta, pero llevas diecisiete minutos muerto. Los mismos que Kurt Cobain.

Mi tesis doctoral

Foto: Thomas Kelley (Unsplash)

Ante las dudas surgidas acerca de mi tesis doctoral, titulada ¿Es el neotomismo una refutación de la teoría de la relatividad? Por supuesto que no, menuda tontería, si no tienen nada que ver, reproduzco algunos fragmentos con el objetivo de acallar rumores y confirmar mi buen hacer y mi ética profesional y personal.

“Quiero dedicarle este trabajo de final de carrera a mis amigos del Bar Bero, que me estarán viendo” (p. 2).

“Como dice Jaime Rubio: ‘Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos Joaquín, que es un nombre como muy futurista. Tanto, que no se lo puedes poner a un niño, porque es nombre de persona mayor. Solo se lo puedes poner dentro de 42 años, cuando crezca y sea abogado o contable o algo así. Pero de niño le tienes que poner otro nombre. Ahora no sabría cuál decirte” (p. 14).

“A la luz de todos estos datos, hemos de concluir que los osos panda no son tan simpáticos como parecen, sino que en realidad son crueles asesinos que planean matarnos a puñaladas mientras dormimos. ¡Menos mal que están a punto de extinguirse! Según mis cálculos, tal cosa ocurrirá el 18 de noviembre a las 16:42” (p. 28).

“Entonces le dije a mi jefe que si volvía a hablarme así, cogía mis cosas y me iba, que yo soy el único que trabaja en esta puta empresa” (p. 42).

“Bueno, no lo dije, cómo le voy a decir algo así. Pero lo pensé muy fuerte” (p. 43).

“Seguro que nadie llega hasta la página 82 de este texto. Aquí puedo poner lo que me salga de la polla” (p. 82).

“Después de esta breve introducción, entremos en materia” (p. 114)

“¿En qué consiste el principio de incertidumbre de Heisenberg? Nadie lo sabe, en caso contrario se llamaría el principio de certidumbre” (p. 133).

“4, 6, 5, 1, 2, 3. Este es mi ránking de las películas de Misión imposible” (p. 150).

“¿No has visto Breaking Bad? Es buenísima, tío, tienes que verla. Va de un tío al que le da igual todo porque se va a morir y hace lo que los demás no nos atrevemos aunque lo estemos deseando: dejarnos perilla” (p. 152).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 177).

“En conclusión, queda demostrado que el sistema fiscal propuesto por Schumpeter (1988:230 y ss.) es en el mejor de los casos insuficiente, cosa que queda recogida en las críticas que le hace sobre todo Johnson. Sus modificaciones se aprecian en el gráfico 4.5” (p. 202).

“No, espera, eso estaba mal” (p. 202).

“Un momento, que lo tenía en otra libreta y no sé dónde lo puse” (p. 202).

“Ahora. A ver, hay que borrar las 20 páginas sobre Schumpeter y sustituirlas por lo siguiente: ‘Bua, Breaking Bad es buenísima. Y tienes que ver la de Bojack Horseman. Va de un caballo que habla, es la monda. Un caballo que habla… Lo que inventan estos tíos” (p. 202).

“Flipo con los emprendedores. Habría que enviarlos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería. Cambiando de tema, mi propuesta es un sistema mobile first con ingresos sobre todo por publicidad, pero sin miedo a pivotar en caso necesario. Diez mil euros y estás dentro” (p. 216).

“Cinco mil euros, pero te estoy haciendo un favor” (p. 216).

“Mil euros. Cien. Lo que lleves” (p. 216).

“La perilla es lo mejor. Me da igual lo que digan. Es lo puto mejor. Es elegante, pero de malote, como de salir en una peli de Tarantino con una chaqueta de cuero” (p. 220).

“…perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 233).

“Por cierto, ahora que me acuerdo. El otro día me crucé con tu hermano por la calle. Hacía años que no le veía. Ya me contó que estuvo trabajando fuera. Si es que lo de la crisis… Y aún dicen que se ha arreglado” (p.240).

“¿Sabes cómo acababa yo con la crisis? Enviaba a los políticos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería” (p. 242).

“Me gusta despertarme pronto los fines de semana, para aprovechar el día” (p. 255).

“Ahí conozco yo un sitio de arroces buenísimo. Cuando vayas, avisa y te digo. Hay que reservar, eso sí, pero no es caro” (p. 288).

“Voy a ir pasando a las conclusiones, que tengo que coger un autobús a las siete y media” (p. 301).

“Sí… Sí… Yo ya se lo dije… No… Eso no… Pues se lo ha inventado… ¡Hostias! No, nada, que me había dejado la tesis abierta mientras hablaba contigo y se seguía escribiendo. Espera, que la cierro” (p. 330).

“La cebolla tiene que estar dorada, pero no se puede quemar. Si se quema la cebolla, ya puedes empezar de nuevo porque no vale nada” (p. 349).

“¿Un color? El azul. ¿Con qué persona célebre, viva o muerta, me iría de cañas? Con Jaime Rubio. ¿Qué hábito ajeno no soporto? La gente que respira. No hay aire para todos, no abuses, que no estás solo en el mundo” (p. 388).

“Total, que luego no me cogía el teléfono” (p. 440).

“Mierda, me he dejado la cafetera puesta” (p. 448).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro… Y ya está: 200.000 palabras” (p. 590).

Una de esas pesadillas

Foto de Nick Fewings (Unsplash)

He tenido otra de esas pesadillas horribles, una de esas que todo el mundo sufre de vez en cuando. He soñado que me despertaba a primera hora de la mañana, cuando ni siquiera había amanecido, y me vestía con traje y corbata para ir a trabajar. Lo peor era la corbata: tenía que deshacer el nudo varias veces porque la parte fina quedaba más larga que la gruesa, a pesar de que cada vez que comenzaba estaba totalmente seguro de que había calculado bien. Total, que salía tarde y llegaba aún más tarde a la oficina por culpa del atasco. Además de estar atrapado en la autopista, de la radio del coche salía un programa ininteligible, con gente discutiendo como de política, pero a gritos. No se les entendía nada, pero a mí me parecía todo normal. En el sueño lo era, parece, porque cambiaba un par de veces de cadena y todos los programas eran iguales.

Luego llegaba al trabajo. Esta parte no la recuerdo bien, pero tenía que hacer… No sé… Escribía cosas y… Eran las mismas de siempre… No sé cómo explicarlo. Copiaba y pegaba números, creo. Y luego hablaba por teléfono. El teléfono no dejaba de sonar, era horrible. Creo que también había una reunión. Sí, la había, ese trozo fue muy desagradable, ahora me viene a la memoria. Estábamos como horas en la reunión, no sabría decir cuánto tiempo, pero era larguísima, y yo miraba el móvil a escondidas, por debajo de la mesa. Entonces me hacían una pregunta y yo no sabía de qué estaban hablando. “Eso lo lleva Javi, pero luego lo miro”, respondía, sin saber muy bien si encajaba con lo que me habían dicho. Pero resulta que sí, por pura chiripa, y entonces salía de la reunión sabiendo que tenía que mirar algo, pero luego no lo miraba, más que nada porque no sabía qué tenía que mirar. En todo caso, ya daba igual porque enseguida ya era otra vez la hora de salir.

Entonces creo que me metía en otro atasco y llegaba a casa. Luego creo que quería ir al gimnasio, pero al final no iba. No recuerdo bien por qué. Algo de una lavadora. O me quedaba mirando cosas de internet. Ni idea. Ya sabes lo que pasa con los sueños, que uno siempre se olvida de los detalles cuando despierta.

Y encima pasaba eso de Netflix. Yo lo sueño a menudo, ¿tú no? Eso de que no sabes qué ver en Netflix y empiezas a buscar algo y vas pasando por los menús sin encontrar nada que merezca la pena: comedia, drama, series, añadido recientemente… Te entra sueño y miras el reloj y es tardísimo; ya no te daría tiempo a ver nada ni aunque dieras con algo que valiera la pena y entonces dices, mira, paso, pondré la tele, y en la tele tampoco hay nada, claro, y, por suerte, entonces me desperté.

Menudo rollo te he metido. Con lo aburrido que es escuchar los sueños de los demás. Pero es que se me queda mal cuerpo cuando tengo esas pesadillas. Ya sé que son muy comunes, que todo el mundo las tiene, pero me dejan una sensación de angustia durante un buen rato. Ya me olvidaré, claro. Al final uno se olvida de estas pesadillas en cuanto sale a la calle, desnudo, y se dirige a dar una conferencia con todos los papeles en blanco mientras se le caen todos los dientes de golpe, como cada día. Un poco de rutina siempre va bien para olvidarse de esos sueños absurdos.

Solo con tilde

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—Voy a pasar solo el resto de la tarde en casa.

—¿Ese solo va con tilde o sin tilde?

—¿Qué?

—¿Lo has dicho con tilde o sin tilde?

—¿Pero qué dices?

—¿Vas a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa o solo con tilde el resto de la tarde en casa?

—Er… Solo sin tilde… O sea, que estaré solo.

—Pues dilo.

—¿Qué diga qué?

—Voy a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa. Hay que poner la tilde para evitar los casos de ambigüedad.

—Pero estamos hablando. Nadie habla así.

—Ya, ya lo sé. La RAE cambió la norma hace años. Pero a mí con tilde me da igual porque la sigo aplicando.

—¿A ti qué?

—A mí con tilde. Mí va con tilde cuando es pronombre.

—Ya lo sé, pero nadie habla así, te digo.

—¿Así cómo con tilde?

—Especificando si hay tilde o no.

—Hay que hacerlo. Si no, ¿cómo con tilde distinguiríamos las palabras que se escriben igual, pero que solo con tilde se diferencian por la tilde?

—¿Por el contexto? O por la pronunciación: el cómo con tilde y el como sin tilde no se pronuncian igual.

—El contexto no siempre es suficiente y la pronunciación apenas cambia, y eso cuando sin tilde cambia, porque los dos solos se pronuncian igual. Yo no sabía si sin tilde ibas a pasar la tarde solo en casa de estar solo, es decir, sin tilde, o solo de solamente, es decir, que solo con tilde ibas a pasar la tarde en casa y no la tarde y algún rato más.

—Pues pregunta.

—Claro, todo el mundo tiene todo el día para preguntarte cosas a ti sin tilde sobre tu sin tilde vida. Eres el centro del universo y quiero pasarme horas hablando sobre si sin tilde estarás solo sin tilde o solo con tilde. Oh, qué con tilde interesante. Se sin tilde va a pasar la tarde en casa solo sin tilde. Cuéntame más con tilde.

—Nadie ha hablado así nunca en toda la historia de la humanidad. Ni siquiera te entiendo.

—¿Sabes por qué separado y con tilde? Porque junto y sin tilde la RAE está llena de inútiles que no saben hacer su trabajo. Dan por válida cualquier cosa siempre que la diga el número suficiente de analfabetos. ¿Así cómo con tilde van a fijar y dar esplendor a la lengua? Estamos yendo marcha atrás. Volveremos a comunicarnos con gruñidos, como sin tilde los trogloditas. Desnudos por el campo, cazando cebras con nuestras uñas y nuestros dientes, fornicando al aire libre, sin tener que madrugar para ir a la oficina, donde sin tilde nos espera una jefa que insiste en que dejemos de hablar como sin tilde, cito textualmente, “si me hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza”. Y lo dice sin especificar si sin tilde ese si es con o sin tilde.

—Haces que la alternativa suene agradable.

—¡Mi jefa es el precio que tenemos que pagar por la civilización! ¡Y lo de las tildes también! ¡A cambio de un pequeño esfuerzo, como sin tilde decir si sin tilde las palabras se sin tilde escriben con o sin tilde para evitar las ambigüedades tenemos agua potable, vacunas, interne, series de seis temporadas que podrían haber sido una película decente de 90 minutos y mails con las facturas telefónicas de un imbécil que sin tilde se sin tilde llama como sin tilde tú con tilde y se sin tilde equivocó al dar su correo electrónico a la compañía!

—Bueno, bueno, pero no te enfades.

—¡Pues aprende a hablar como sin tilde las personas!

—Vale, vale, hablaré como quieras.

—¿Qué con tilde has dicho?

—Que hablaré como…

—¡Que sin tilde hablaré como sin tilde quieras!

—Perdona, perdona, acabo de empezar con esto y me falta práctica.

—¡De sin tilde!

—Vale, pero no te pongas así que sin tilde me has escupido sin tilde.

—¡En escupido no hace falta decirlo!

—Me has vuelto a escupir.

—¡Me sin tilde!

—Basta, solo quiero irme a casa. ¡Solo sin tilde!

—¡Ahí es con tilde!

—Un momento, ¿qué has dicho antes?

—Solo sin tilde.

—No, antes.

—¿Me sin tilde?

—Me siempre va sin tilde.

—Es verdad. Perdona, que sin tilde me he liado. Eso te pasa por ponerme de los nervios. En fin, te dejo, ya nos vemos mañana.

—Igual no, ¿eh?

—¿A las seis?

—Tengo cosas que hacer.

—A las seis, pues.

A ti te ha mordido un zombi

—Oye, ¿te ha mordido uno de los zombis?

—¿A mí? No, no, qué va.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Me habría enterado. Qué cosas tienes.

—Es que te he visto con uno encima.

—Sí, sí, casi me muerde, pero lo aparté a tiempo.

—Y no te mordió antes.

—No, no.

—Ni un poco.

—Te estoy diciendo que no.

—Es que tenía la boca muy cerca de tu cuello.

—Pero no lo suficiente.

—Mira que no te haya mordido un poco y no te hayas dado cuenta por aquello del fragor de la lucha y la adrenalina del combate.

—Que no.

—Tienes el cuello un poco rojo.

—Es el calor.

—A ver.

—¿Qué haces? Déjame.

—Solo quiero echar un vistazo.

—Que me sueltes.

—A ti te ha mordido un zombi.

—Te estoy diciendo que no.

—Entonces deja que te mire el cuello.

—Que no quiero que me mires el cuello.

—¿Y por qué no?

—Me da vergüenza.

—Pero qué tontería es esa.

—Deja de decir que me ha mordido un zombi. No me ha mordido ningún zombi. Si me hubiera mordido un zombi te lo diría.

—Esto no es ningún juego. Sabes que si volvemos al campamento y uno de los dos está infectado podría morder a más compañeros.

—Que sí, que ya lo sé, que no soy tonto.

—Mi hijo está allí. Comprenderás que tengo que cerciorarme antes de poner su vida en peligro.

—Ya, ya… Pero no me ha mordido nadie.

—Siempre hay alguien a quien muerde un zombi y no dice nada.

—No soy yo.

—¿Te acuerdas de Pedro? Le mordió uno hace unos meses mientras estaba buscando provisiones. No dijo nada y por la noche atacó a tres personas. Incluido tu hermano.

—Yo no haría eso.

—No sé, estás sudado, nervioso, no dejas que te mire el cuello.

—Acaban de atacarnos cuatro zombis en un supermercado abandonado y a oscuras. Es normal que esté sudado y nervioso.

—Bueno, vale, perdona… Es que no entiendo por qué alguien se callaría que le han mordido. No tiene cura, te vas a convertir en un zombi igual. Lo menos que puedes hacer es no arrastrar a nadie contigo.

—Yo no me voy a convertir en zombi.

—Ahora hablo en general, perdona. Es por hacer conversación.

—Ah. Pues yo qué sé. No sabemos nada de cómo funciona la infección. Igual piensan que no se contagia todo el mundo.

—No, qué va.

—¿Y tú qué sabes?

—¿A cuánta gente conoces tú que hayan mordido y no se haya convertido en zombi?

—Hombre, si los matamos en cuanto les muerden no podemos saberlo.

—Es para ahorrarles el sufrimiento.

—Eso es muy poco científico.

—No estamos para ciencia. Tenemos que salvar nuestras vidas. Y las de nuestros hijos.

—Mira, otra cosa que no sabemos es si todas las mordeduras provocan una infección. Si solo te rozan y te limpias enseguida, igual no…

—A ti te han mordido.

—¡Que no me han mordido!

—Pues deja que te mire el cuello.

—Que no ha sido en el cuello.

—¿Qué?

—Que no… Que no me han mordido…

—Has dicho “que no ha sido en el cuello”.

—No, no… Jajaja, qué cosas tienes…

—¿Dónde ha sido?

—Que no me toques.

—¿Dónde te ha mordido?

—Solo me ha rozado.

—¿Dónde?

—En tu culo, déjame en paz.

—¿Dónde?

—No me ha mordido. Solo me ha tocado el costado con los dientes. Y he limpiado la herida enseguida.

—¿Con qué?

—Con un trapo.

—Con un trapo.

—Que sí, que los gérmenes no han llegado a la corriente sanguínea.

—Claro. Los “gérmenes”.

—Mira, me atas y vemos cómo evoluciona la cosa. A lo mejor soy inmune.

—Nadie es inmune.

—¿Qué haces con esa pistola?

—Esto lo hago por ti, para ahorrarte el sufrimiento.

—Déjame sufrir en paz, cojones.

—No dejaré que te acerques a mi hijo.

—Tu hijo tiene casi 30 años.

—Es un crío.

— Podría echar una mano de vez en cuando.

—Quiero protegerle de todo esto.

—30 años tiene. Y un generador solo para su Play.

—Tenemos generadores de sobras.

—Solo tenemos dos.

—Pues eso, nos sobra uno. Además, se está entrenando.

—Jugar al Resident Evil no cuenta como entrenamiento.

—¡Mata zombis! De todas formas, no estamos hablando de mi hijo. Estamos hablando de por qué alguien se callaría que le han mordido.

—Seamos un poco científicos. No sabemos si estoy infectado. Me ha mordido muy poco. Mira.

—Tienes toda la marca de los dientes.

—Sí, pero no hay sangre. No ha llegado a hacer sangre. Y he limpiado la herida.

—Con ese trapo.

—Sí.

—¿De qué color es ese trapo?

—Del color de la jeta de tu hijo.

—¡Oye!

—Ha engordado como diez kilos desde que comenzó el holocausto zombi.

—Me quito comida de mi boca para dársela a él. ¿Cómo lo quieres?

—¿El qué?

—El disparo. ¿En la boca? ¿En la sien? ¿O prefieres que no te toque la cara? Te puedo disparar en el corazón.

—Que me dejes.

—No puedo.

—A ver si te voy a disparar yo a ti.

—Como muevas las manos, te vuelo la cabeza.

—Que no me ha hecho sangre.

—¡No podemos arriesgarnos!

—Joder, no podrás tú. Yo sí que puedo.

—Te quiero como a un hermano. Por eso te tengo que matar.

—Tú eres un psicópata.

—Lo siento.

—No, espera.

—Lo hago por mi hijo.

—Vete a la m

***

—Papá, has vuelto.

—Claro. Te dije que volvería.

—Pero has vuelto solo.

—Sí.

—Lo siento.

—Así es la vida ahora.

—¿Estás bien?

—Sí, sí…

—Estás sudando.

—Hace calor.

—Te noto pálido.

—Acabo de matar a mi mejor amigo.

—No, no, quiero decir que pareces enfermo físicamente.

—Quizás haya pillado un catarro. ¿A qué viene tanta preguntita?

—¿No te habrá mordido un zombi?

—¿A mí? Jajaja… No, hombre, no.

—¿Y esa marca del brazo?

—¿Que marca?

—Esa. No te la tapes.

—Un golpe… con… un árbol…

—Parecen unos dientes.

—Un árbol con forma de boca… ¡No hay sangre!

—¿Qué?

—Que no hay sangre. Los gérmenes no han pasado al torrente sanguíneo.

—A ti te ha mordido un zombi.

—¡A lo mejor soy inmune!

—Nadie es inmune. Me lo has dicho decenas de veces.

—No lo sabemos, hijo. Hay que mirar esto con ojos científicos. Deja la pistola. Hijo, escúchame. Podemos esperar unas horas y vamos viendo.

—No puedo dejar que sufras.

—¡Que no estoy sufriendo!

—Lo siento, papá.

—No hay sang

¡Atención, pregunta!

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Me he topado en Twitter con uno de estos juegos de 20 preguntas sobre librosy he pensado que tal vez sería buena idea contestarlas aquí. En Medium, los amantes de la literatura podemos comentar los centenares, qué digo centenares, las decenas, qué digo decenas, las unidades de libros que leemos cada año. Y todo en un ambiente mucho más relajado que en Twitter, donde uno se expone a que le tiren un cenicero a la cabeza por exponer cualquier opinión inocente, como, por ejemplo, que está mal arrojar ceniceros a las cabezas ajenas.

Comencemos:

1. Género favorito para leer.

¿Y a ti qué te importa? Pero, bueno, qué cotilla.

2. Libro que estás leyendo en este momento.

¿Pero cómo voy a estar leyendo si estoy escribiendo? Estas preguntas están mal. ¿Quién las ha escrito? ¿Hitler?

3. Primer libro que recuerdas amar.

Ah, sí… Yo era joven e inexperto. Quedamos para ir al cine. Solos los dos. Luego fuimos a cenar. La gente me miraba raro porque insistía en cortarle un filete a un libro. ¿Qué otra cosa podía hacer? Los libros no tienen manos.

Ese libro me dejó por mi mejor amigo. Jamás volví a dirigirles la palabra a ninguno de los dos. A partir de entonces nos comunicamos por medio de notas. Incluso en su boda, en la que fui uno de los testigos. Era un poco confuso porque el Do significaba “sí”, mientras que el Si significaba “luego te llamo”. También le retiré la palabra al libro. La palabra “palabra”. La recorté de todas las páginas en las que aparecía.

4. Un libro que te gustaría ver adaptado al cine.

No soporto cuando hacen una película a partir de un libro porque no se respeta el texto de forma fiel. Lo suyo sería que en la pantalla solo aparecieran las páginas de la novela y que la gente fuera al cine a leerlas. Esa sí sería una adaptación que yo pagaría por ver. En tal caso, me gustaría que llevaran al cine (literalmente) Guerra y paz. En una sola película, que como monten una trilogía con ese libro, nos pasaremos dos años entre la página 400 y la 401.

5. Protagonista favorito.

Uhm… Esta es difícil… A ver…

6. Antagonista favorito.

¡Oye, que no había contestado a la anterior! ¡Dame algo de tiempo para pensar!

7. ¿Escribes alguna historia?

No. Para eso están mis monos amaestrados. Ya lo he contado en alguna ocasión, pero no me importa repetirlo: existe la teoría de que si diéramos infinitas máquinas de escribir a infinitos monos y les dejáramos teclear durante un tiempo infinito, acabarían escribiendo las obras completas de Shakespeare. Yo sé que no soy tan bueno como Shakespeare. Pero quizás pueda aspirar a ser como Dostoye… Dostoie… Dostoj… Como Flaubert. Así que compré cuarenta monos y les di cuarenta Olivettis. Tampoco tienen tiempo infinito, claro. De momento, les voy renovando el contrato cada siete años. De momento no les ha salido nada potable, a excepción de lo que es un plagio nada velado de JR, de William Gaddis.

8. Una película que te parezca mejor que el libro.

Esta pregunta está contestada en la 4, así que aprovecharé para contestar a otra cosa: “Sí, es cierto”.

9. El mejor libro que has leído este año.

Aún estamos a abril, no me metas presión, que el año acaba de comenzar. A todo esto, madre mía, cómo pasa el tiempo. Pasa en tiempo real.

10. ¿Dónde estuvo usted la noche del 23 de septiembre de 2017?

Pues a ver que consulte mi agenda… Un momento, esta pregunta no está en la lista original.

11. Conteste: ¿dónde estaba usted la noche del 23 de septiembre?

Ah, mis ojos… ¿Quiere apartar esa lámpara?

12. No le repetiré la pregunta.

12b. Será mejor que contestes. Cuando se pone así no lo puedo controlar.

12. Ya estás haciendo memoria, chaval.

12b. Tranquilo, tranquilo, que el chico está pensando.

No me acuerdo. Lo único que sé es que no estaba atracando ninguna joyería de Algete.

13. ¿Seguro?

Segurísimo.

14. Yo le creo.

14b. Yo también. ¿Por qué íbamos a dudar de su palabra?

14. Ha dicho “lo único que sé”. Si es lo único que sabe, imagino que eso lo tendrá clarísimo.

14b. Tiene sentido.

14. Puedes irte.

¿Irme? ¿Adónde? Pero si estoy escribiendo en casa.

15. Aquí las preguntas las hacemos nosotros.

15b. Eso. Por ejemplo, ¿qué libro no esperabas que te gustara?

El libro… DE MI VIDA. Na, es broma. Una vida no es un libro. Son dos cosas diferentes. Los libros tienen páginas y palabras, mientras que las vidas tienen otras cosas, como, no sé, células y sangre y citaciones judiciales.

Por cierto, una vez me topé con un tipo que me dijo que su vida daba para una novela. Todos nos hemos encontrado con un pesado así.

-Bua, a mí me pasa de todo. Si tuviera tiempo escribiría una novela explicando mi vida.

-Venga, listo, pues escríbela.

-Mira, pues lo voy a hacer.

Pues bien, ese tipo era EL LAZARILLO DE TORMES.

Tenía razón: su vida daba para una novela. Aunque justita. Quiero decir, hay un pasaje en el que se limita a comer uvas. Igual se flipó un poco. Ya me dirás tú, todos hemos comido uvas en alguna ocasión. Y todos hemos intentado robar a un ciego.

16. Libro clásico favorito.

Estas preguntas ya me aburren muchísimo y solo vamos por la 16. Casi prefiero contar aquella vez que fui a Algete y pensé: “Creo que esta joyería apenas tiene seguridad y casualmente traigo conmigo mi tuneladora de diez metros de diámetro…”

16. Te dije que acabaría confesando.

16b. ¡Pero calla!

¿Quién está ahí?

16. ¡La policía!

16b. ¡No! ¡No es la policía! ¡Somos carteros!

Er… Bueno, pues pensé eso, pero cambié de opinión enseguida porque… Ehm… Necesitaba la tuneladora para hacerme agujeros en las orejas y ponerme pendientes.

16b. Siempre la tienes que pifiar.

16. Ya sabes que soy muy impulsivo.

16b. Vas a tener que aprender a controlarte. Es la cuarta vez que te pasa algo así en lo que llevamos de semana.

17. El libro que más te impactó.

Esta es fácil. La broma infinita, de David Foster Wallace. Todo empezó con la típica discusión de bar.

-¡Te digo que para juzgar un acto hay que fijarse en si obedece o no a la norma ética!

-¿Pero qué dices, pirado? Lo importante son las consecuencias.

-¡No podemos predecir las consecuencias de nuestros actos!

-¿Cómo que no? Sé perfectamente lo que va a pasar si te pego una hostia con La broma infinita, de David Foster Wallace.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Que te voy a saltar todos los dientes, pedazo de subnormal.

Pero solo me rompió la nariz y solo dos dientes, así que mi interlocutor tuvo que admitir su error. Pasó a engrosar las filas de los filósofos éticos deontológicos, cosa que le honra.

Como decía, ningún libro me ha impactado tanto como este. Moby Dick apenas me rompió una costilla, por ejemplo.

18. Si pudieras conocer a un autor, vivo o muerto, ¿quién sería?

Pues a uno muerto. Cualquiera me vale, que tengo muchas ganas de conocer a un zombi. Ya estuve a punto hace unos años.

-Para mí es un honor conocer a uno de mis escritores muertos favoritos.

-¿Muerto? Pero si estoy vivo.

-Vaya. Eso lo arreglamos ahora mismo -dije, sacando una sierra.

No menciono su nombre porque el caso está pendiente de juicio.

19. Un autor que la gente debería conocer mejor.

Theresa G. Burnett. Muy poco conocida. Para que nos hagamos una idea, sus padres no supieron su nombre hasta que cumplió 22 años y les presentó un amigo común. Tenía muy poco carisma. Sin embargo, escribió una novela magnífica. El problema es que nadie recuerda cuál fue.

20. Libro favorito de todos los tiempos.

Yo qué sé, pregúntale a todos los tiempos, él sabrá cuál es su libro favorito… Jajaja, qué bueno, jajaja… JAJAJA… (Palmada en el muslo). Jajaja… Jejeje… Jiji… Ay… (Se seca una lagrimilla con el dedo índice). Si no fuera por estos momentos…