Mariano Rajoy me odia

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Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.

—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.

—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?

—Sí… ¿Me conoce?

—Joder, qué mal me caes.

—¿Perdón?

—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.

—Pero si ya no tuiteo.

—Y escribes como el puto culo.

—Oiga, presidente…

—Venga, hasta luego.

Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.

Luego nadie me creía, claro.

—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?

—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.

—Eso será su community manager.

—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.

—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.

—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.

—Venga, por favor, deja de decir tonterías.

Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.

Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.

—¡Yo no le pedí ninguna foto!

—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…

—Pero mira la dedicatoria.

—¿Qué le pasa?

—Pone: “Eres un idiota”.

—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.

—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.

—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.

—La de idiota.

—La de atentamente.

Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.

—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?

—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?

Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?

—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.

—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.

—No le puedes caer bien a todo el mundo.

—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?

En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.

—Le pasó con el presidente.

—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?

Enseguida oí su voz.

—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?

—¿Cómo sabe dónde trabajo?

—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?

—¿Pero por qué me hace esto?

—Piri pir qui mi hici isti.

—No me merezco esta falta de respeto.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.

Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.

Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.

No pude evitar sospechar.

—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?

—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.

—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.

—Esto lo habrá delegado, mujer.

—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.

Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.

Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.

—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.

—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.

Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.

—Es que trabajamos en un décimo.

—¿Y?

—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.

—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.

—Yo creo que sí.

—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.

—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.

Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.

—No es Rajoy, eres tú.

—¿No podrías ser tú, al menos?

—No, tampoco soy yo. Eres tú.

Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.

—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.

—Hijo, se te está enfriando la comida.

—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.

—¿Estás buscando trabajo?

—Seguro que el presidente puede interceder por mí.

Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.

Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.

Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.

—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!

—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!

—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!

—¡Presidente…!

—¡Presidente…!

Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.

No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.

—Estás muy callado…

—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.

—¿Ya estás otra vez?

—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.

—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.

Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.

Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.

Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.

—Le paso con el presidente.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.

—Sí…

—De nada, ¿eh?

—¿Por qué me hace esto?

—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.

—¿Era una prueba?

—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?

—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?

—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…

—¿Pero vengarse de qué?

—De los idiotas como tú.

—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?

—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.

—Por favor, presidente…

—Menudas risas nos hemos echado.

—Pero…

—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.

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El misterioso caso de orca, la ballena asesina

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Escena de la película. Creo que es el momento en el que la orca abre la puerta de la mansión.

En los años 70 se estrenó una película titulada Orca, la ballena asesina. Iba de una orca que se liaba a asesinar gente en venganza por la muerte de su mujer y su cría. En serio. No me lo estoy inventando.

Es más, la historia de la película está basada en un hecho real. Nos tenemos que remontar a 1927, cuando yo trabajaba de inspector en el condado de North Havengreenport, en Inglaterra. Una mañana de abril me llamaron de Covenfish Manor: Lady Fordensifh me pidió que acudiera lo más rápido posible.

—¡Han asesinado a mi marido!

No me apetecía nada ir, así que probé suerte:

—¿No habrá sido usted?

—No, no.

—Vaya. A veces funciona.

Me abrió la puerta el mayordomo, una orca. Me condujo hasta el cadáver de Lord Finnishmore.

—¿Quién lo encontró?

—Fui yo.

—¿A qué hora? No tocó nada, ¿verdad?

—No, no, quiero decir que fui yo quien lo mató.

—Bueno, a ver, ¿aquí quién es el detective?

—Usted, pero…

—Pues entonces deje que los profesionales digan quién mató a quién.

—Estoy confesando.

—Y dale. Ya le diré yo si tiene que confesar o no.

—Soy el mayordomo y una orca asesina. ¿Qué más necesita?

—No soy racista y hago mi trabajo sin ideas preconcebidas.

Su actitud me recordaba a la de Jack el Destripador. No me refiero al asesino, sino a otro Jack que contaba los finales de series y películas, y al que me había enfrentado hacía poco. Conseguí que desistiera gracias al final de Lost, que escribí yo personalmente para confundirle.

—Entonces resulta que están muertos, pero al final.

—¿Al final estaban muertos?

—Sí, pero no en la isla. Se mueren luego.

—¿Cómo?

—Viven sus vidas tan tranquilos y luego se mueren.

—¿Qué?

Volviendo al caso de la orca asesina, le pedí al mayordomo que me llevara a ver a la señora.

—Quiero hablar con Lady Cuttyshark.

—¿Con quién?

—Con Lady Condemor.

—¿Cómo?

—LadyPricewaterhousecoopers.

—¿Eh?

—Con la señora.

—Ah, sí, claro. Por favor, sígame. Está en el ala este.

La sala donde estaba Lady Windermere tenía las ventanas cerradas y los muebles cubiertos por sábanas. El mayordomo levantó una de ellas y allí estaba la señora.

—¿Qué tal se llevaba con Lord Apetecaun? — Le pregunté después de saludarla.

—No le veo desde 1916. Esta casa es muy grande y me perdí.

—Ah, sí. Lamento su pérdida. Disculpe la pregunta, Lady Handkerchief, ¿pero no es usted la única heredera de su marido?

—Llevo seis años sin atreverme a salir de esta habitación. Cazo ratas y me las como crudas.

Como es habitual en los crímenes que ocurren en la campiña inglesa, cuando tuve la información suficiente como para saber el nombre del asesino, reuní a todos los sospechosos en la misma sala. Estaban Lady Frankenstein y los empleados de la mansión: la orca asesina, Piraña 3D, Tiburón 2, los gremlins y Bo Derek.

—Se preguntarán por qué les he reunido aquí. Hay dos respuestas: la primera es que Lady Cumberbatch no se atreve a dejar esta habitación.

—Tengo hambre.

—La segunda es que en breve les podré decir quién es el asesino, gracias a mis métodos de deducción. Pito, pito, gorgorito, dónde vas tú tan bonito…

Al cabo de pocos segundos, mi dedo acusador se detuvo en la orca asesina.

—Pero si llevo tres semanas diciéndole que fui yo — dijo, derrumbándose ante mi astucia — . ¡Pero tengo mis motivos! ¡Lord Gryffindor estranguló a mi mujer y a mi hijo!

—¿Pero por qué iba a hacer eso?

—Lord Petecaun fue juez de este condado, a pesar de que casi no sabía escribir y no hacía más que cometer faltas de ortografía. Por eso, condenó a mi familia a la horca. La horca asesina.

—Madre mía, qué horror.

—Es el peor chiste que he oído en lo que va de semana.

—Con diferencia.

—Oigan, que no es un chiste, que mató a mi familia.

—Déjelo, haga el favor.

—Qué espanto. No sé si podré dormir esta noche.

—Yo no lo pillo.

La orca intentó huir, pero le obturé el agujero de respirar con un tapón de corcho y cayó al suelo en pocos segundos. Dado su enorme peso, la casa se derrumbó y todos perdimos la vida. Por suerte, yo encontré la mía varios meses más tarde. ¡Estaba en una chaqueta que no me ponía desde el año pasado!

En la película cambiaron bastante el argumento, pero el personaje que interpreta Bo Derek está basado en Bo Derek. Creo. La verdad es que no la he visto.

Cuatro gatos

“Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem”, de Ramon Casas (1897, MNAC)

—Buf, en este bar hay cuatro gatos.

—¿Cuatro gatos? ¿Dónde?

—No, quiero decir que…

—¡Me encantan los gatos! ¡No los veo! ¿Dónde están?

—No me has entendido…

—¿De qué color son? ¡Ojalá haya uno negro!

—¡Que no hay ningún gato!

—¿No?

—¡No!

—¿Y por qué dices que hay cuatro gatos? ¿Te has confundido? ¿Esos abrigos te parecían gatos?

—¡No! ¡Es una expresión! ¡Significa que hay poca gente!

—No lo entiendo.

—Es una forma de hablar.

—Es una forma de hablar rarísima. ¿Para qué dices que hay cuatro gatos si lo que quieres decir es que hay pocas personas? Ni siquiera hay cuatro personas. Somos siete. Casi el doble.

—Es una expresión, una frase hecha.

—Todas las frases están hechas. ¿A qué te refieres?

—Es… Yo qué sé, como una metáfora.

—Sabes que me encantan los gatos. Me has dicho que había cuatro gatos. Y no hay ninguno.

—Perdona, pensaba que conocías la expresión.

—No, no la conocía.

—La conoce todo el mundo.

—Todo el mundo no, porque yo no la conocía.

—Bueno, ya…

—Y no creo que la conozcan en China. O en Canadá.

—A ver…

—Dile a un señor de Ottawa lo de los cuatro gatos y ya verás lo que te contesta. Pues que quiere ver los cuatro gatos, eso te va a contestar. Y que si son de alguien o se puede llevar uno a casa. Todo el mundo, no.

—Es una forma de hablar.

—Tienes una forma de hablar incorrectísima. No se corresponde en absoluto con la realidad.

—Madre mía…

—¿Tu madre? ¿Dónde?

—No, no…

—¿Tampoco está?

—No.

—¿Es otra expresión de esas tuyas?

—Sí. O sea, no. Es decir, es una expresión, pero no es mía.

—¿De quién es? ¿Del camarero? ¿De esos señores?

—No, no. Es… Común… General…

—Ya, todo el mundo la conoce, ¿verdad? Todo el mundo menos yo y un señor de Ottawa.

—Déjalo ya, por favor. Son expresiones que mucha gente conoce. Como sigas así, me voy a pegar un tiro para no oírte.

—…

—¿Qué pasa?

—…

—Ay, mierda…

—…

—Lo del tiro, ¿verdad? Es otra… Otra expresión…

—¡Eres imbécil!

—Te aseguro que muchísima gente también conoce esta frase hecha.

—Pero qué gilipollas eres. Me has asustado, anormal. ¿Cómo se te ocurre decir algo así?

—Pensaba que…

—Ni pensaba ni pensabo. A mí me hablas normal. El lenguaje ese mágico que te has inventado en el que las cosas significan lo que te da la gana te lo guardas y lo usas con, yo qué sé, la secta de la que me imagino que has salido.

—Mira, déjalo. Vamos a tomarnos una cerveza.

—¿Una?

— Sí..

—Una cada uno, querrás decir.

—Sí, una cada uno.

—Disculpen que les interrumpa. Soy un señor de Ottawa.

—¿Eh?

—¿Uh?

—Estaba tomándome un café tranquilamente cuando he oído que hablaban de mí y he cogido un avión.

—¿Y cómo ha llegado tan rápido?

—Por la diferencia horaria.

—Ah, claro.

—Tiene sentido.

—Quería saber dónde están los gatos.

—¡Ja! ¿Lo ves?

—¿Puedo ver los cuatro gatos? Me encantan los gatos.

—No, no. A ver, se trata de un malentendido…

—¿Hay alguno negro? Me gustan mucho los gatos negros. Y si no son de nadie, ¿podría llevarme uno a casa?

—¡Te lo dije!

—Verá, es una forma de hablar.

—¿Cómo?

—Va a tener que disculpar a mi amigo. Tiene un problema del habla.

—¡No tengo ningún problema! ¡Estoy sanísimo!

—Supongo que es algún tipo de lesión cerebral. Dice: “Hace un coche muy rojo” y a lo mejor quiere decir que llueve. Cuando ha dicho lo de los cuatro gatos se refería a siete personas.

—Oh, vaya.

—No tengo ninguna lesión cerebral.

—Lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.

—Me encantan los gatos.

—A mí también. Imagine, ¡cuatro gatos! ¡Juntos! ¡Menuda maravilla! ¡Habría sido, fácilmente, lo mejor de la semana!

—En fin, es una pena. Otra vez será.

—Exacto, pero a este no le haga ni caso.

—Espero que se recupere.

—¡Que estoy bien!

—Eso igual significa que se le están cayendo las orejas, yo qué sé.

—Pobre hombre.

—No, si tiene dinero. Pero está enfermo.

—Eso quería decir.

—No ha dicho eso. Ha dicho “pobre”, no “enfermo”.

—Es una expresión.

—¿Se dice en Ottawa?

—Yo creo que no solo en Ottawa…

—¡Horror! ¡Es contagioso!

—No, un momento…

—Si el señor de Ottawa se ha contagiado, eso significa que ya es demasiado tarde para mí. Aunque quizás soy inmune.

—Le aseguro que no tiene por qué preocuparse. Solo es una frase hecha.

—¡Todas las frases están hechas! ¡Si no, no serían frases! ¡Serían palabras al azar! ¡Mesa manzana de correr listo siempre que aún! ¡Eso es una frase sin hacer!

—No te pongas así, que estás asustando al señor de Ottawa.

—¿Así cómo? ¿Es por la pose de la espalda?

—Que no te enfades, quiero decir.

—¡Pues di eso! ¡No digas otra cosa si eso es lo que quieres decir!

—A ver…

—Sí, perdona. Tienes razón. Estás enfermo. Los dos lo estáis. No podéis hacer nada por evitarlo y yo no debería enfadarme. Vamos a tomarnos una cerveza cada uno. Señor de Ottawa, ¿quiere una cerveza?

—Venía por los gatos, pero ya que estamos aquí, ¿por qué no?

—¿Que por qué no…? No se me ocurre ningún motivo. ¿Le gusta la cerveza?

—Sí.

—Bien. Entonces cerveza para todos. Por favor, cuando pueda, ¿nos pone tres cervezas? ¿Y qué tiene para picar?

—Anzuelos.

—Me encanta este sitio.

Se equivoca

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—¡Antonia! Perdona que te llame tan tarde, pero…

—No, se equivoca.

—¿Me equivoco?

—Sí.

—¿Segura?

—Y tanto, aquí no hay ninguna Antonia.

—¿Y no es posible que te hayas equivocado tú y que seas Antonia?

—¿Pero cómo me voy a equivocar yo en eso?

—Es que yo casi nunca me equivoco. La última vez fue en 2003, cuando dije que me parecía una tontería que los móviles llevaran cámara, que eso no tenía ningún sentido.

—Pues se le ha fastidiado la racha porque se equivoca de número. Y de persona.

—¿Tú no eres Antonia? ¿Mi prima Antonia?

—Qué va, me llamo Jordi.

—¿Jordi? ¿Seguro? Mira que Antonia es muy despistada.

—Sí, Jordi. De toda la vida, además.

—¿Y tus amigos y familia te llaman Jordi?

—Bueno, a veces me llaman Antonia, pero es por una broma nuestra. Una broma privada que tenemos. Se la contaría, pero no la iba a entender.

—¿Y no te parece raro, Antonia?

—Hombre, un poco sí, ahora que pienso.

—¿Y no estás casada con Ramón?

—¿Qué? No, no. Yo estoy soltero. Soltero del todo.

—Hazme un favor, Antonia. Dime, ¿ahora mismo estás en casa?

—Sí. Pero no me llame Antonia, que me pone de los nervios.

—¿Y estás sola?

—Solo. Esto solo, no sola ¡Coño! Hay un señor sentado a mi lado en el sofá.

—Pregúntale cómo se llama.

—Madre mía, dice que Ramón.

—¿Lo ves como eres Antonia? Si es que llevas un despiste encima…

—Ahora me hace dudar. De hecho, este señor está preguntando: “¿Pero qué te pasa, Antonia?”.

—¿Lo ves?

—Igual se refiere a usted.

—No, no. Yo no soy Antonia, Antonia. Yo soy Eugenia, Antonia.

—Ojo, que yo estaba convencida de que me llamaba Jordi.

—Somos dos contra uno. Me parece que está bastante claro que tú eres Antonia.

—No estoy nada de acuerdo con que algo así se pueda decidir votando.

—A ver… ¿Cómo se llama tu hijo?

—¿Lo ve? Yo no tengo ningún hijo.

—Hazme otro favor y vete al cuarto a mirar.

—¿A qué cuarto?

— Yo qué sé. A uno donde quepa una cuna.

— …

— …

—Pues es verdad, había un bebé.

—Claro.

—Aunque no sé si niño o niña.

—Niño, créeme, Antonia. O le puedes preguntar a Ramón.

—¿Y cómo sé yo que no están ustedes dos compinchados para hacerme creer que soy Antonia y no Jordi?

—¿Pero qué interés iba a tener yo en eso?

—No sé… ¿Para qué me llamaba?

—Pues para saludar.

—¿Y qué número ha marcado?

—Pues el tuyo.

—¿Y cuál es el mío?

—Pues el que he marcado.

—No, no, pero dígamelo.

—Eso da igual ahora.

—No, no da igual.

—Vale, vale, lo admito. Me he equivocado. Llamo desde el fijo y al mirar el número en el móvil me habré liado.

—Ah, ¿lo ve? Entonces yo soy Jordi, ¿verdad?

—Sí, sí, Jordi… O quien sea, yo no lo conozco de nada. Es que no soporto equivocarme y soy capaz de cualquier cosa con tal de no admitirlo.

—Menos mal. No le negaré que me había asustado. Imagine: ¿y si, por ejemplo, me hubieran implantado todos los recuerdos de Jordi hace dos minutos, borrando los de Antonia? ¿Quién sería yo en realidad, si tenemos en cuenta que la identidad es, en gran medida, producto de la memoria? ¿Soy quien recuerdo ser, quien los demás me dicen que soy, o hay algo en mi ADN que…?

—Bueno, déjelo. Que ya le he dicho que me he equivocado.

—Sí, sí, perdone.

—No, perdone usted. Es que como no me pasa casi nunca, me da mucha rabia y me enfado muchís.

— Normal, lo entiendo.

—Desde 2003. Cada vez que lo pienso…

—Oiga, ¿y con la lotería tampoco se equivoca nunca?

—Nunca. Siempre digo: “No me va a tocar”. Y no me toca.

—Increíble.

—En fin, ya le dejo.

—Una cosa: ¿qué hago con el bebé y con el señor que está en mi sofá?

—Ahora aviso a Antonia para que los recoja.

—El señor se está comiendo mi queso.

—Tendrá hambre.

—Dese prisa, por favor.

Venía a devolver este universo

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Amanecer desde la STS-70, con Venus y Marte (1995)

—Buenos días. Venía a devolver este universo.

—¿A devolverlo? ¿Por qué?

—No tiene nada que ver con lo que me prometió.

—¿Pero por qué dice eso? Es uno de mis mejores universos.

—Pues no quiero ver ninguno de los peores.

—Oiga, sin faltar.

—Lamento ser tan brusco, pero es que me ha decepcionado muchísimo.

—Dígame, a ver.

—De entrada es aburridísimo. Hay un Big Bang al principio que es muy bonito, eso no se lo niego. Qué de colorines. Pero luego vienen más de 13.000 millones de años en los que no pasa nada.

—¿Cómo que no pasa nada? Se forman las estrellas, los planetas…

—Eso es lentísimo. Y solo son remolinos de polvo. Al final, todos los planetas son iguales… ¡Bolitas redondas!

—No sé qué decirle, la verdad. A mí me parece de lo más interesante.

—Es todo el rato igual.

—Pero luego viene… La vida.

—Ese es otro problema, que hay muy poca.

—¿Cómo que hay muy poca? Hay elefantes, monos, perritos simpáticos, palmeras… Y cuatro planetas con vida en total: uno aquí, el otro en este…

—Separadísimos. Esperaba, no sé, algo de contacto.

—Eso es muy violento. Siempre acaba con guerras.

—Pues mejor, más emoción.

—Ya, pero los universos así duran menos.

—Claro, es mucho más divertido ver cómo se buscan sin encontrarse durante milenios. Porque parece que están a la distancia justa como para que no puedan comunicarse entre ellos jamás.

—Así es, cuesta mucho calcularlo.

—Por lo que esas civilizaciones se extinguirán antes de lograrlo.

—No quiero hacer spoilers, pero por ahí va la cosa, sí.

—Y no es lo único malo.

—Ah, que tiene usted más quejas.

—Pues sí. ¡La dimensión del tiempo está mal hecha! ¡Solo va hacia adelante!

—Hombre, siempre se puede curvar el espacio-tiempo para hacer un agujero de gusano.

—Ya, pero luego queda la marca.

—Es que si se juega con el tiempo, luego hay paradojas.

—Mejor, ¿no? Más divertido.

—Mire, entiendo que a usted le gustan más los universos industriales, pero aquí los hacemos a mano y tenemos mucho cuidado con las dimensiones para que los universos duren lo que tienen que durar. Las paradojas parecen muy divertidas al principio, pero a la larga lo único que hacen es estropear los universos. Cuando se llenan de gente que no debería haber nacido porque alguien mató a sus padres antes de que se conocieran, se atascan y ya no sirven para nada. Este le puede durar otros 13.000 millones de años sin problema.

—¿Y para qué lo quiero, si me aburre? Mire, es que es todo negro. Apenas hay cuatro puntos de luz y unas pocas nebulosas.

—Es elegante. Es un universo, no un espectáculo de fuegos artificiales.

—Ya. Pues tiene fugas.

—¿Fugas?

—Sí, mire, aquí hay una: todo lo que se acerca a este agujerito se escapa y luego no hay forma de volverlo a meter. Una de las civilizaciones se me cayó por ahí. He tenido que llevar la alfombra al tinte.

—Es un agujero negro. Cuando los universos se hacen a mano siempre queda alguno.

—Pues es una chapuza.

—Al contrario, es un signo de calidad. Es la única manera de mantener el equilibrio de energía. Por eso algunos de los industriales se acaban desinflando y llegan al Big Crunch.

—A ver, antes de comprarme este tuve uno industrial y reconozco que no me duró ni 5.000 millones de años. Pero al menos pasaban cosas. Y, cuando pasaban, no se caían por un descosido.

—Hombre, pero un universo no es un pasatiempo. Se trata de admirar la elegancia matemática de su evolución.

—¿Pero qué elegancia ni qué niño muerto? Mire, mire.

—¿Qué es eso?

—Un tal Jaime Rubio.

—¿Pero qué hace?

—Se está intentando anudar los cordones.

—¿Pero por qué lo hace con el pie en el aire?

—Cree que así gana tiempo.

—¡Se ha caído!

—Es la tercera vez esta semana.

—¿Y ahora a qué se dedica?

—Está leyendo en la Wikipedia resúmenes de clásicos del cine.

—¿Por qué?

—Para poder decir que los ha visto.

—¿Pero qué clase de persona haría tal estupidez?

—Huy, espere.

—¿Qué hace?

—Está haciendo algo que llaman “tuitear”.

—Son varios tuits seguidos.

—Está hablando de sus películas favoritas.

—Sí. Las que acaba de consultar en la Wikipedia. ¿Pero por qué hace eso?

—Porque así le retuitearán.

—¿Le qué?

—Otras personas compartirán el hilo con más gente.

—¿Pero por qué? Si está todo copiado de la Wikipedia…

—¡No lo sé!

—¿Y los demás son así?

—Bueno, este es un caso extremo.

—En mis universos los animales racionales suelen ser más creativos. Se dedican al arte, a la literatura, a la ciencia.

—Pues ya ve, aquí prefieren buscar formas de ahorrarse décimas de segundo al anudarse los zapatos.

—No me extraña que se aburra.

—¿Entonces me va a devolver mi dinero?

—Sí, sí… Y tanto… ¿O quiere que se lo cambie por un universo nuevo? Uno sin Jaime Rubio, por supuesto.

—No, no. Creo que esto de los universos no es lo mío.

—En fin, ya lo siento.

—No pasa nada. ¿Lo va a reparar?

—No creo que pueda. Creo que lo doblaré y lo guardaré en el almacén. Quizás pueda usar alguna de las piezas.

—Pues gracias.

—No, gracias a usted. Y perdóneme.

—No se preocupe.

—13.000 millones de años para esto.

—Y no le ha visto intentando ligar.

—Ni ganas.

Llego tarde

Landscape
David Falconer, The US National Archives

Otra vez voy tarde y otra vez no sé por qué. Me he despertado a la hora habitual y con eso debería tener tiempo de sobra, pero siempre pasa algo. A lo mejor ha sido por el café. Me lo he tomado demasiado tranquilo y a partir de entonces he ido acumulando minutos de retraso. Pero tampoco quería quemarme la lengua.

Quizás tendría que haberme levantado diez minutos antes. Con eso habría tenido tiempo para desayunar con calma y no habría tenido que apresurarme para todo lo demás: afeitarme, porque hoy toca afeitarse, lavarme el pelo e incluso secármelo antes de salir, que ya veo que no me va a dar tiempo y aún me voy a resfriar.

Tampoco he tenido en cuenta que hoy tenía que ponerme el traje y, claro, me falta práctica con la corbata. Me he tenido que hacer el nudo tres veces hasta que, finalmente, la parte estrecha no sobresalía por debajo de la ancha. Sí, con la chaqueta no se ve, pero da igual, habría sabido que estaba mal puesta y no hubiera podido quitarme la tontería de la cabeza en todo el día.

Me llega un mensaje de mi mujer: “¿Por dónde vas?”, me pregunta. “Subiendo al coche”. Es mentira, claro, me estoy poniendo los zapatos y aún tengo que coger las llaves, que están en la otra chaqueta, creo, pero ya voy tarde y no quiero que se preocupe. Luego le diré que me he encontrado más tráfico del que esperaba. Es posible que ni siquiera sea mentira.

Llamo al ascensor, pero tarda tanto que bajo por las escaleras antes de que llegue. Me doy cuenta de que acabo de hacer una tontería y me he llevado lo peor de las dos opciones: he esperado para luego bajar andando, por lo que es imposible que haya tardado menos que quedándome hasta que llegara el ascensor. Claro que quizás algún vecino lo tenía parado arriba, cargando y descargando cajas, por ejemplo, o se ha dejado la puerta abierta sin querer o, peor aún, queriendo, solo por fastidiar. Pero da lo mismo, el caso es que cuando uno va con el tiempo justo, siempre pasa algo.

Bajo al parking y, ya en el coche, me doy cuenta de que hay muchos pasos intermedios antes de salir a la carretera. Nunca había caído en que no es solo arrancar y salir, sino que hay que ponerse el cinturón, girar la llave, encender la radio, ajustar el volumen, maniobrar para salir de la plaza, subir dos plantas porque por ahorrarme veinte euros aparco prácticamente donde termina la corteza terrestre, accionar el mando para abrir la puerta del garaje, cambiar de emisora mientras se abre la puerta, salir con cuidado, no vaya a ser que haya peatones pasando. Hay peatones por todas partes, es increíble. En las aceras, en la calzada, en sus casas. No hay sitio en el que no haya gente y no hay sitio en el que la gente no moleste.

Nada más salir, me llega un mensaje de mi hermano. “¿No estarás llegando tarde?”. No contesto, pero me llama por teléfono y sé que sabe que tengo el manos libres y va a seguir llamando hasta que lo coja, así que descuelgo.

—¿Llegas o no?
—Ya voy, estoy de camino.
—¿Cómo que de camino? Aquí ya está todo el mundo.
—¿Ya? Pero si es prontísimo.
—Dijimos a partir de las nueve y son las nueve y veinte.
—Es sábado. Pensaba que nadie llegaría hasta las diez y eso como muy pronto.
—Pues solo faltas tú, así que ya me dirás.
—Estoy a un cuarto de hora.
—O sea, a media hora.
—No, no tardaré tanto. No creo que haya problemas de tráfico — aquella respuesta me podía traer problemas: ya he mencionado mi plan era decirle a mi mujer que sí los había y así justificar que había tardado más de lo previsto a pesar de que hacía ya veinte minutos que le había dicho que estaba en el coche — . Mira, no me despistes, que voy conduciendo. No tardo.
—Voy a avisar al resto, para que estén tranquilos.

Por supuesto, pillo todos los semáforos en rojo. Y en la autopista hay más tráfico del que pensaba. Suena el teléfono. Es mi mujer.

—Hay más tráfico del que pensaba — digo, contento porque no he tenido que mentir.
—A tu hermano le has dicho que no lo había.
—Le he mentido para que se callara.
—Siempre haces lo mismo. Vas con el tiempo justo y luego pasa lo que pasa. Nunca dejas margen para imprevistos. Menos mal que he venido por mi cuenta.
—Dejad de meterme prisa. Llego en diez minutos.
—O sea, en media hora.
—Que no, que nos estamos moviendo.
—No tardes.
—Ni siquiera me apetece ir.
—Pues haberlo pensado antes.

Es verdad que nos movemos, pero muy poco. Busco en la radio alguna emisora en la que den información del tráfico, por si ha habido algún accidente. No la encuentro, pero sí me llegan dos mensajes. Uno de mi hermano: “Ya ha pasado el cuarto de hora”. Y otro de una amiga: “¿Dónde estás?”. La llamo.

—Hola, Eva.
—¿Llegas o qué?
—Estoy en un atasco. Pero no se lo digas a Nuria. Ni a mi hermano.
—¿Cuánto te queda? Hay mucha gente aquí.
—No lo sé. Mírame en el móvil cómo va la A2. Quiero saber si ha habido un accidente o solo es un atasco.
—¿No tienes GPS?
—¿Tú qué crees?
—Mira, no te pongas borde. Encima.
—Va, míralo.
—Hay un atasco, pero no pone nada de accidentes. Según esto, desde tu casa tienes casi media hora.
—O sea que me quedan unos veinte minutos.
—Bueno, sin contar que tienes que aparcar, bajarte del coche, venir hacia aquí…
—Joder, no me metas prisa tú también.
—Es que siempre haces lo mismo. Vas con el tiempo justo y…
—Te tengo que dejar, que hay lío.
—Es una excusa para colgarme el teléfono.
—Así es.

Cuelgo. Paso unos diez minutos casi parado, sin superar los treinta kilómetros por hora. Pasada no recuerdo qué salida, el tráfico se hace más fluido y acelero. El tráfico va tan bien que comienza a preocuparme más la idea de llegar que la de llegar tarde. Es verdad lo que le he dicho a Nuria. No me apetece nada ir. Casi preferiría pinchar y quedarme tirado en el arcén, cambiando la rueda o esperando a la grúa.

Aunque tampoco hace falta ponerse en lo peor. Podría meterme en un bar y tomarme un par de cafés mientras leo el periódico. Un café tras otro, quiero decir, no los dos a la vez. Podría enviarle a Nuria un mensaje desde allí: “Lo siento, el coche me ha dejado tirado. Comenzad sin mí”. Total, no se me dan bien estos actos sociales. Me quedo plantado sin saber qué decir, bebo más de la cuenta, acabo con la corbata en el bolsillo de la chaqueta, a veces en el bolsillo de la chaqueta de otra persona. Aún no he recuperado la verde que llevé a la boda de Javi.

—Eva, estoy pensando en no ir.
—¿Para eso me llamas?
—No se lo digas a Nuria. Ni a mi hermano.
—Ahora no puedes faltar.
—Pero es que no me apetece nada.
—Eso es porque vas con la prisa en el cuerpo. Si hubieras salido con tiempo, te habrías ahorrado todo el disgusto.
—No es eso. Es que no me apetece.
—A nadie le apetece, pero estamos todos esperándote.
—Empezad sin mí. Y acabad sin mí, también.
—No podemos empezar sin ti.
—Tampoco hago tanta falta.
—Hombre, un poco sí. No mucha, eso es verdad, pero tienes que estar.
—No sé qué decir ni qué hacer.
—¿Pero de qué hablas? Nadie espera que digas nada. Y, por favor, no hagas nada.
—Me voy a meter en un bar y me voy a tomar un par de cafés mientras leo el periódico. Llamaré a Nuria y le diré que no llego a tiempo, que el coche me ha dejado tirado.
—¿Dónde estás?
—En el parking.
—¿El de tu casa?
—No, no. Acabo de llegar. Estoy fuera.
—¿Quieres que vaya a buscarte?
—Depende. ¿Te vendrías conmigo a tomar un par de cafés mientras leemos el periódico? Así podría pedir los dos cafés a la vez y no de forma consecutiva.
—¿Pero qué dices?
—Déjalo. No hace falta que vengas.
—Ha venido Santi. Hacía años que no le veía.
—Yo le vi el mes pasado.
—Bueno, pues ahora le verás otra vez.
—No me cae tan bien.
—Mira, o sales del coche ahora mismo o le digo a Nuria que has aparcado fuera.
—¿Serías capaz?
—Claro que sí. Deja de comportarte como un niño pequeño y ven de una vez.
—Serías capaz.

Cuelgo. Abro la puerta del coche, suspirando. Miro el reloj. Son las diez pasadas. Tampoco será tan duro, me digo. Hay que aguantar hasta la noche, que no será tanto, contando con que habrá una pausa para comer. Y la mañana del domingo. Esto también. Pero peor es trabajar.

Entro en el edificio y a mi izquierda veo una cafetería. Me siento tentado de entrar, pero oigo la voz de mi hermano.

—Hombre, ya era hora —me agarra del brazo y me arrastra por el pasillo—. Están todos esperándote.
—Yo no les pedí que vinieran.
—Pues no haberte muerto.
—Sí, claro, la culpa es mía.
—Hombre, al fin —es mi mujer—. Llevas la corbata torcida.
—Qué más dará.
—Espera, estáte quieto. Ya. Mucho mejor.
—Dame un beso, ¿no?
—No sé, me da cosa.
—Bueno, vale, pues no me beses.
—Ha venido Santi. ¿Cuánto tiempo hacía que no le veíamos?
—Yo quedé con él hace cosa de un mes.
—Anda. ¿Y eso?
—Es médico. Quería una segunda opinión.
—¿Y qué te dijo?
—Pues lo mismo. Ya sabes cómo son los médicos: se protegen unos a otros.
—No le costaba nada decirte otra cosa. Aunque fuera mentira.
—Eso digo yo. ¿Qué voy a hacer? ¿Demandarle?

En el pasillo y en la sala hay como una veintena de personas, no más. No era necesario correr tanto, vaya, está claro que aún falta gente. O eso espero. Eva me saluda. Está hablando con Santi. Me pararía a decirles algo, pero mi hermano y mi mujer tiran de mí hacia el ataúd.
—Ya va, ya va.

Me subo y me tumbo.

—¿Dejo abierto? —Pregunta mi mujer.
—Sí, así está bien.
Cierro los ojos. Oigo cómo comienza a llorar. Pues nada, ya empezamos.

La ley de la gravedad

NewtonsPrincipia
Andrew Dunn / Wikimedia

—Pues he inventado la gravedad.

—¿Eso no estaba ya inventado, señor Newton? ¿Cómo distinguimos las notas unas de otras, si no?

—No, no. Me refiero a la fuerza de la gravedad.

—¿Y para qué sirve esta fuerza, señor Newton?

—Empuja las cosas hacia abajo.

—Ah.

—Creo que no lo estás entendiendo. Acompáñame.

—Sí, señor Newton.

—Mira, en esta habitación tengo encendida la fuerza de la gravedad. Ahora tiraré esta naranja. ¿Lo ves? Se cae al suelo.

—Parece que le ha hecho daño. Al rebotar era como si intentara escaparse. No parecía agradable.

—No digas tonterías, que he arrojado una naranja, no un toro.

—¿Y esto de la gravedad para qué sirve?

—Hombre, pues para que no se desperdiguen las cosas. ¿Recuerdas el otro día cuando perdí las gafas? Tienen que estar ya por Saturno. Con este nuevo invento sabré dónde mirar: en el suelo.

—Pero se van a romper.

—Bueno, no siempre, no seas cenizo.

—¿Y la gente también se caerá?

—Solo los torpes.

—No sé, no lo veo claro.

—Prueba, prueba. Pasa dentro y me cuentas. Espera, espera, pon los pies abajo y agárrate a la silla.

—¡Uoh! ¡Esto es raro! ¿Cómo lo hago para moverme?

—Tienes que caminar.

—¿Cami qué?

—Mueve la pierna derecha hacia adelante. Muy bien. Y ahora la izquierda.

—Esto es muy raro.

—Hay que acostumbrarse. Pero solo es cuestión de práctica.

—¿Y si tenemos prisa?

—Pues lo mismo, pero más rápido. Lo llamo prisaminar.

—Sigo sin verle las ventajas a esto.

—Pues mira, de entrada podemos estar charlando sin tener que estar con una mano agarrándonos a una columna y con la otra sujetando la cerveza.

—Bueno, sí, pero esto es agotador.

—Hombre, pero deja de caminar.

—¡Me caeré!

—No, no. Mira, prueba a sentarte. No hacen falta ni sillas: en el suelo.

—¿Cómo me voy a sentar aquí? ¡Moriré aplastado por su estúpida gravedad, señor Newton!

—Mira, lo voy a hacer yo.

—¡Cuidado! ¡No!

—¿Lo ves? Ya está. Ahora tú.

—Ay… Pues sí. La verdad es que sentarse cuando hay gravedad no está mal del todo.

—Esto se lo voy a vender primero a los bares. Van a ser mucho más fáciles de limpiar: solo tendrán que fregar el suelo.

—Me sigue costando pensar que la gente vaya a pagar por esto.

—Todo el mundo querrá tener gravedad en su casa.

—No lo sé… Piense en los niños. ¿Es que nadie piensa en los niños?

—¿Qué les pasa?

—¡Se van a caer! No creo que puedan caminar al menos hasta que sus cuerpos se formen a los 22 o 23 años.

—Con agarrarlos bien basta.

—Aquí las cosas pesan mucho. Como para sostener a un adolescente.

—Lo que nos cuesta a los genios convencer al vulgo, ¿eh? Hay que ver, qué poco os gustan los avances.

—Esto no es un avance, señor. Esto es un peligro.

—Peligro es que no haya gravedad. La semana pasada me quedé dormido debajo de un manzano y desperté en Bristol.

—Pero con la gravedad se le habrían caído todas las manzanas encima mientras estaba dormido.

—No exageres…

—Hablando de caer. ¿No se caerá la Luna sobre la Tierra?

—La gravedad no es tan fuerte. La Luna está lejísimos: ¿no ves que apenas es un puntito blanco en el cielo, un poco más grande que cualquier otra estrella?

—Sigo sin verlo claro.

—Si todo el mundo se lo toma como tú, voy a tener que presionar al Parlamento para que la gravedad sea una ley.

—¿Una ley de la gravedad? Señor Newton, eso es ridículo. No puede hacerlo. Iría en contra de todas las libertades.

—Solo al principio, hasta que la gente la pruebe y se dé cuenta de las ventajas.

—Pero señor Newton…

—No sería en todas partes. Podríamos empezar con los parques.

—No puede obligar a la gente a caminar por un parque.

—No se escaparían tantos perros flotando.

—¡No, claro! ¡Se caerían y se matarían!

—¿Cómo se van a caer si no pueden ni siquiera comenzar a volar? Razona un poco, por favor. ¿Esto es lo que va a pasar a partir de ahora? ¿Voy a tener que responder a objeciones ridículas? ¡Todo el mundo tiene una opinión. O quince opiniones. ¡No me interesa saberlas! ¡No pienso hablar con nadie que no tenga conocimientos mínimos de física o de alquimia!

—¿Pero no se da cuenta de que…? No puedo ni hablar. Voy a salir… Estoy agotado.

—Te falta práctica, pero solo es cuestión de pasar unas pocas horas aquí cada día.

—No… No puedo…

—A mí me va muy bien para escribir. ¡La tinta se queda en el frasco!

—Me voy…

—Bueno, pues nada, vete. Pero que sepas que mañana voy a poner gravedad en toda la casa.

—Señor, por favor. No me haga esto. Que luego me toca a mí recogerlo todo.

—La decisión está tomada. Pensé que me apoyarías, la verdad, pero me da lo mismo. Esta es mi casa y se hace lo que yo digo. Si no promuevo mis propias invenciones, ¿cómo voy a convencer a los demás de que las usen?

—¿Es que la ciencia no conoce límites?

—Precisamente lo que hace la gravedad es poner límites. ¡El suelo!

—Señor, lo siento mucho, pero si pone gravedad en toda la casa, voy a tener que buscarme otro empleo.

—¡Me da lo mismo! ¡No te necesito para nada! ¡Exceptuando comer y vestirme y todas esas tonterías!

—Otro asunto, si me permite…

—Dime.

—Gravedad es un nombre malísimo. La gente va a pensar que habla de música.

—Pues por eso. La música es bonita. ¿Quién no quiere tener algo grave? No la voy a llamar fuerza de la agudeza. Aún creerán que les quiero clavar algo.

—Le ruego lo reconsidere.

—¿El nombre?

—Todo.

—Anda, sal ya de la habitación, que te va a dar algo.

—No puedo… No sé ponerme de pie.

—Arrástrate. Como si fueras una lagartija. Eso es. Muy bien. Ya casi está. ¿Lo ves? Todo ventajas. Pero muévete. De verdad, yo es que así no puedo. Siempre en contra del progreso. Así no vamos a ningún lado. Ni la humanidad ni tú: mueve los brazos. No, si aún tendré que cogerte en brazos. Pero haz fuerza. No, así no. Primero un brazo y luego el otro. Así, muy bien. Un poco más. Ya casi lo tienes.