Las aventuras de Jaime Rubio (la trilogía)

—¿Es usted Jaime Rubio? Soy el agente Smith, de la CIA. Necesitamos su ayuda.

—¿Mi ayuda?

—Sí, su ayuda. Para salvar el mundo.

—¿Yo? ¿Pero cómo?

—No hay tiempo para explicaciones. Se lo contaré todo de camino al aeropuerto.

—Pero deje que me acabe el café, al menos.

—Que no hay tiempo, le digo. Suelte la taza.

—¿Por qué al aeropuerto?

—Tenemos que ir a Washington.

—¿A Washington? No puedo, el lunes trabajo.

—¡Su trabajo no es importante!

—Sí, claro. Dígaselo al casero cuando no le pueda pagar el alquiler.

—¡El mundo está en peligro y usted es la única persona que puede salvarlo!

—¿Por qué? ¿Necesitan mi ADN?

—No, necesitamos a alguien ajeno a este mundillo, pero noble y con madera de héroe.

—¿Qué? ¿Pero qué dice?

—Alguien que caiga bien. Por si hacen la película.

—Mire, yo tengo que poner unas lavadoras, quiero pasar por el súper a por un par de cosillas y a lo mejor quedo con unos amigos más tarde.

—Si no hay mundo, no podrá hacer nada de eso.

—Pues búsquense a otro. Yo ya tengo plan.

—Oiga, que le prometo una aventura que le cambiará la vida.

—Quite, quite. Además, quería ver la de Scorsese.

—No quería decírselo, pero una de nuestras agentes también participará en la misión.

—Bueno, espero que sean bastantes, si hay que salvar el mundo.

—Y está soltera.

—¿Está guiñándome un ojo?

—Toda aventura tiene una chica, no sé si me explico.

—¿Pero qué dice?

—Venga, el avión está esperando.

—¿Me pone otra porra cuando pueda? 

—¿Se ha pedido otra porra?

—Eftán dicaf.

—Pero que tenemos que irnos.

—Yo no voy a ningún lado, que he quedado luego. Y a ver cómo le explico a mi jefa que el lunes estaré en Washington.

—Ella lo entenderá.

—Es que ni siquiera me apetece.

—Moriremos todos si usted se queda aquí desayunando… Hay que salvar el mundo.

—Suena muy peligroso. Y yo soy muy torpe, seguro que lo salvo mal.

 

***

 

—Nos volvemos a ver, Jaime.

—Anda, hola. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Tres meses?

—Casi cuatro.

—¿Qué le ha pasado en el brazo?

—Lo perdí salvando el mundo. Nos habría venido bien su ayuda.

—Sí, claro, para que fuera yo el manco. Ni hablar.

—Volvemos a necesitarle.

—Huy, no, no… Ya le dije que no puedo perder días de trabajo así como así.

—Esta vez solo vamos a Roma.

—Esto es más tentador porque se puede hacer en un fin de semana.

—El Papa nos necesita.

—No, al Vaticano no voy.

—¿Qué?

—Eso era insoportable, estaba llenísimo de gente. Incluso teniendo las entradas compradas había que hacer cola. Y luego no podías ni caminar. Muy desagradable. Si vuelvo a Roma, el Vaticano me lo salto.

—¿De qué habla?

—Del Vaticano. Y de la cantidad de gente que va.

—Pero que no vamos a hacer turismo.

—Ya, claro, los turistas siempre son los otros. Nosotros viajamos de verdad, ¿no? Pero luego vamos todos con la misma Lonely Planet a los mismos sitios. Hay que asumirlo: somos turistas y a mucha honra.

—¿Quiere dejar de decir tonterías? No haríamos ninguna cola, tenemos que destapar una trama terrorista que quiere destruir la civilización occidental.

—Eso suena peligroso.

—Soy un agente de la CIA, claro que es peligroso.

—Ya le dije que yo soy más de desayunar tranquilo, leer un poco… Mire, luego me voy de compras. Necesito otra chaqueta, no sé si azul o gris. Tengo una gris, pero está ya vieja y el gris se puede llevar con todo.

—Me dijeron que los grandes héroes siempre son renuentes a aceptar su destino, pero esto es demasiado.

—Si paga la CIA, yo voy a Roma encantado. Pero mientras usted salva el mundo, yo me tomo unos vinitos. Cuando usted termine con eso de los terroristas, le llevo a un par de sitios que recuerdo de la otra vez. Ya verá, ya. Un embutido buenísimo. Eso sí, el domingo por la noche tengo que estar de vuelta. No muy tarde, que me levanto antes de las siete.

—Jaime, sé que estas cosas asustan, pero tiene que comportarse como un hombre y…

—¿Quiere un café o algo? Aquí lo hacen muy rico.

—Pero… El mundo le necesita…

—Es que no es lo mío.

 

***

 

—Sé que no esperaba volver a verme.

—Hombre, agente Smith. Esta vez sí le invito a un café.

—No hay tiempo…

—Le falta una pierna. Y un ojo.

—Sí, bueno, Roma fue más difícil de lo que pensábamos.

—Menos mal que no fui, con lo torpe que soy.

—En realidad nos habría venido bien su ayuda.

—Qué va, si yo me asusto por nada. Durante la campaña de la Renta tengo que dormir con la luz encendida. Y eso que me sale a devolver.

—Murieron otros tres agentes.

—Vaya.

—Incluida Mary-Ann Rebecca Lou Louise.

—¿La conozco?

—Mi idea era que fuera su interés romántico.

—¿Todos los agentes son así de alcahuetos?

—Habrían hecho buena pareja. Y para la película habría venido fenomenal. Esas cosas gustan.

—Me sabe mal por la pobre. Pero gracias por salvar el mundo. ¿Quiere un café? Nunca toma café. ¿No le gusta? ¿Prefiere una infusión o un zumo?

—Necesitamos su ayuda una vez más.

—¿Cómo que una vez más? Si nunca le he ayudado.

—Hay que cerrar la trilogía, Jaime.

—Ni siquiera estaba en las otras dos, esto es absurdo y usted lo sabe. Se ha empeñado en una tontería y no hay quien le saque esa idea ridícula de la cabeza.

—Tiene que acompañarme a Moscú.

—Ya sabe que el lunes tengo que ir a la oficina.

—Será rápido. Un trabajo de una sola noche. Entrar y salir.

—¿Y qué hay que hacer?

—Tiene que infiltrarse en un grupo de nostálgicos del comunismo que planean un golpe de estado.

—No sé ruso.

—No hace falta saber ruso. Solo hay que hablar en inglés con acento ruso.

—Creo que no va así.

—¿Aquí quién es el agente de la CIA que luego vende los derechos de sus operaciones a Netflix?

—No sé, me parece muy peligroso. Además, ¿seguro que los comunistas son peores que Putin?

—Jaime, discutamos los detalles en el avión.

—No le creo.

—Le aseguro que los comunistas son un peligro inminente.

—No, eso sí. Lo que no me creo es que pueda infiltrarme en un grupo comunista en una sola tarde. Me está mintiendo para que vaya.

—¡Hay que cerrar la trilogía! ¡Y vengar la muerte de Mary-Ann Rebecca Lou Louise!

—No la conocía, le digo. Que me sabe muy mal, claro, pero no tanto como para vengar su muerte.

—¡Habrían hecho muy buena pareja! ¡A ella también le gustaba el montañismo!

—¿El montañismo? No he estado cerca de una montaña en mi vida.

—¿Qué?

—Cuando veo una calle con cuesta cojo un taxi.

—Pero… Su ficha dice que usted un alpinista experimentadísimo y que ha subido tres ochomiles y un nuevemil que se fabricó usted mismo añadiendo cajas al Everest.

—¿Qué es un ochomil?

—Un momento, ¿usted no habla siete idiomas, domina cuatro artes marciales, fue gran maestro de ajedrez y dejó la Interpol porque su jefe no aprobaba sus métodos?

—No. Pero tengo un juego de ajedrez en el móvil.

—¡Tenemos su ficha mal! ¡Qué desastre! Deje que consulte… Tengo los papeles en el bolsillo… Aquí están: Jaime Rubio Martínez, doctor en Física, licenciado en Historia del Arte, profesor en Oxford durante varios años…

—No, no. Yo soy Jaime Rubio Hancock.

—¿En serio?

—Sí, sí. Si quiere, le enseño el DNI.

—Ahora me cuadra más. No entendía cómo nos podía ayudar, con ese cuerpo tan fofo.

—¡Eh!

—Pero las apariencias engañan y por eso no me paré a comprobarlo. Me he liado con esto de los dos apellidos que tienen en España. No miré el segundo y, claro, me equivoqué de persona.

—A mí también me extrañaba, no crea.

—Normal, lo entiendo.

—Me sabe mal que haya muerto gente.

—No pasa nada, es habitual. Además, es culpa mía. Menudo despiste. Lo que se van a reír de mí en Langley.

—¿Entonces no voy a Rusia? Me tenía medio convencido.

—No, no. Sería una locura, le matarían enseguida. Menos mal que dijo que no las otras dos veces. No sabe usar un arma, ¿verdad?

—¿Se apunta y luego se dispara?

—Ah, pues sí que sabe. Pero, vamos, que habría muerto seguro. En fin, me voy a ir yendo, a ver si encuentro al tal Rubio Martínez.

—¿No quiere un café? Le aseguro que aquí está bueno.

—Mire, ¿sabe qué? Me voy a tomar un café. Y una porra.

—Claro que sí. Que esperen los rusos.

—Eso. Que hoy es sábado.

—El parche le queda estupendo, por cierto.

—Gracias, hombre.

La policía de la RAE

Foto: Pisit Heng (Unsplash)

—¿Estás listo, novato?

Estaba nervioso, pero asentí con la cabeza mientras, para darme seguridad, acariciaba el diccionario en tapa dura que llevábamos colgando del cinturón.

—Pues para adentro.

Nos metimos en el bar y enseguida vimos que el ambiente estaba tenso. La dueña, detrás de la barra, nos saludó con un “menos mal”. No fue difícil identificar a los protagonistas de la disputa por la que nos habían avisado, cada uno en una punta de la barra, rodeado de un grupito de parroquianos que los contenía.

—¡Policía de la RAE! ¿Quién nos ha llamado?

El hombre que estaba en el extremo del fondo levantó la mano.

—Yo, yo… 

—Pues a ver —dije, con la voz temblorosa por los nervios—. ¿Qué diantres ha pasado aquí?

—Este, que ha dicho: “No me acordé que era tu cumpleaños”.

—Bien dicho está -dijo el otro.

—Que no, que es “no me acordé de que era tu cumpleaños”.

—Eso es dequeísmo.

—Este tío es gilipollas. ¡Díganle algo!

—A ver, señores —intervino mi compañero—. Un poco de calma, que esto lo solucionamos enseguida. Usted cree que es “no me acordé que”, ¿verdad?

—Sí.

Mi compañero me miró, sonriendo.

—¿Quieres estrenarte?

Estaba nervioso, pero tenía ganas de intervenir por primera vez.

—Eso… —comencé—. Eso es… ESO ES QUEÍSMO.

—¿Qué? ¿No?

—¡QUIETO! ¡NI SE TE OCURRA MOVERTE! ¡ESTÁS ARRESTADO!

—No, dejadme en paz, no pienso… ¡Ah, pero qué hace!

No sé muy bien cómo ni por qué, pero de repente le estaba golpeando con el diccionario en la cabeza.

—EL QUEÍSMO ES TAN MALO COMO EL DEQUEÍSMO.

—Déjalo, déjalo —dijo mi compañero—, ya nos lo llevamos.

—Esto es brutalidad policial. ¡Todos sois testigos!

Pero la gente del bar no quería líos. La dueña cogió el mando de la tele y puso Saber y ganar mientras esposábamos al queísta. Cuando lo sacábamos a rastras para meterlo en el coche, los parroquianos ya habían vuelto a sus mesas a terminar de beberse sus cervezas y carajillos.

—Sois unos fascistas —dijo el queísta, escupiendo sangre—. Prescriptivistas de mierda.

—Nosotros no ponemos las normas —dijo mi compañero, mientras arrancaba—. Solo recogemos y recomendamos usos.

—¿Recomendáis? ¿Esto es una recomendación? No veo nada con el ojo izquierdo.

—Claro que era una recomendación. Te decimos las cosas por tu bien. Si nos hubieras hecho caso, esto no te habría pasado.

—OTRA VEZ NO IRÁS DE LISTO —dije, aún excitado por la adrenalina.

—Tranquilo, novato. ¿Por qué no repasas la Gramática?

Cogí el libro de la guantera y lo abrí, sin poder fijar la vista en ninguna de las normas.

—Novato, ¿eh? —Preguntó el queísta—. Se te nota.

Intenté ignorarlo, pero no podía evitar cerrar los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.

—El laísmo debería estar admitido —dijo—. Es una forma regional tan válida como el leísmo de persona.

Mi compañero, que conducía, me hizo un gesto con la mano para que no volviera a perder los nervios.

—Vuestro diccionario es una mierda. Recoge almóndiga.

—SOLO EN DESUS…

—Novato, tranquilo. Y tú cállate, que con ese diccionario de mierda ya te ha roto la nariz. Y no es lo único que nos enseñan a romper.

—Me habrá dado justo con almóndiga. O con toballa.

—PARA EL COCHE AHÍ.

—Novato, que te pierdes.

—PARA EL COCHE, HOSTIA.

Aparcamos al lado de un callejón. Saqué al queísta y lo tiré contra un contenedor de basura.

—Este hijo de puta ha intentado huir aprovechando un semáforo. Y yo estoy corriendo detrás de él.

—Eso es todo lo que sabéis hacer los de la RAE. Dar palizas.

Le golpée varias veces con el diccionario mientras mi compañero vigilaba para que nadie se acercara al callejón. Solo paré cuando vi que el queísta escupía un par de dientes.

—ENTÉRATE, DESGRACIADO, ALMÓNDIGA ES LA VARIANTE ANTIGUA. Y EL DICCIONARIO RECOGE USOS, INCLUIDOS LOS VULGARISMOS Y LOS TÉRMINOS ANTICUADOS.

—Tu diccionario es machista…

Volví a golpearle mientras gritaba que la lengua no es machista, que la sociedad lo es.

—NOSOTROS SOLO RECOGEMOS USOS.

—Mentira… Eso es mentira… Imponéis… Imponéis normas…

—¿Qué dices? No te oigo.

—Prescriptiv…

Se quedó inconsciente.

—¿Qué haces? —Me preguntó mi compañero.

—Lo llevo al coche.

—Ni hablar, déjalo ahí. ¿Cómo lo vamos a llevar así a la RAE? Tiene la cara destrozada. Diremos que se escapó. Los queístas no le importan a nadie.

Subimos al coche. Por la radio avisaban de un cartel sin tildes que estaba cerca de nuestra posición, pero mi compañero no atendió la llamada.

—Novato, tienes que calmarte un poco.

—Lo siento, yo…

—Nos van a llamar cosas peores que prescriptivistas. No puedes alterarte a la primera provocación.

Asentí en silencio.

—Tú eres muy joven, no estabas aquí en 2010, cuando le quitamos la tilde a solo. Recuerdo una redada en la que arrestamos a más de cien blogueros en una noche… Aquello fue una locura. La gente se enfadó muchísimo cuando dejamos de recomendar esa tilde. Una noche arrojaron cócteles molotov contra la sede. Un compañero acabó en el hospital por culpa de una pedrada. Y cómo se pusieron en Twitter… Nos llamaron de todo. Aun así, no perdí los nervios jamás. Claro que hay que usar el diccionario. Pero con cabeza. Un golpe, para que vean que vas en serio. Pero uno, no treinta. Y si no se calman, los llevas al calabozo. Nada los deja más suaves que una noche rodeados de los que confunden haber y a ver. No puedes ir dando palizas al primer queísta que te cruzas. Y menos si ves que te está intentando provocar. Eso es lo que busca, no caigas en su trampa. Ya verás cuando nos crucemos con los Descriptivistas.

—¿Este no era uno de ellos?

—Este era un bocazas de bar, un fantasma. Los Descriptivistas no actúan así. 

—¿No vamos a responder a esa llamada? Está cerca.

—Tú no estás para responder a ninguna llamada.

No contesté.

—O controlas ese genio —dijo—, o acabarás contestando a dudas en Twitter.

El eterno retorno

Giammarco Boscaro (Unsplash)

“La historia se repite primero como tragedia, segundo como farsa, tercero como un musical de Broadway, que no hay quien los soporte; cuarto como la versión aún más cutre del mismo musical, pero en la Gran Vía; quinto como serie estiradísima, de las que piensas “esto habría funcionado como película, pero como ahora están de moda las series, pues nada, a meter capítulos de relleno”; sexto como el corto que rodó un amigo tuyo de la facultad; la séptima no está mal, pero no para ir al cine, quizás cuando la pongan en Filmin o donde sea; octavo como cómic de estos que son tan serios, que vienen en tapas durísimas y te cuentan unos dramas que madre mía; noveno como un entremés; décimo como la versión moderna del mismo entremés, con los actores vestidos con ropa del Zara; undécimo como una ópera; duodécimo como una space opera; decimotercero como Space Jam, pero Michael Jordan es de dibujos animados y los animales son de verdad; decimocuarto como una comedia romántica de Meg Ryan; decimoquinto como un monólogo de humor observacional que comienza diciendo “¿no os habéis fijado en que todos los monólogos de humor observacional comienzan diciendo ‘no os habéis fijado en que’?”; decimosexto como un grupo de improvisación que está empezando y aún hay dos que son un poco tímidos, pero ya verás cuando se lancen porque tienen mucha gracia; decimoséptimo como un juego de mesa que tiene unas reglas muy complicadas y esto es muy largo de explicar, ¿no tendrás por ahí el Scattergories? El Scattergories le gusta a todo el mundo; decimoctavo como un espectáculo de mimo en el parque, pero el mimo está encerrado de verdad en una jaula de cristal y está gritando, pero nadie le oye, es que ni siquiera es un mimo, trabaja en un banco, y al final muere de hambre; decimonoveno como una farsa otra vez, pero con otros actores, porque es un remake, que estos de Hollywood ya se han quedado sin ideas; vigésimo, como la segunda temporada de la serie de antes, pero nadie la ve y la cancelan; vigésimo primero como la novela esa de la que habla todo el mundo, pero a ti te da pereza leerla y al final la lees y, hombre, no está mal, pero no había para tanto; vigésimo segundo como un menú de catorce platos en un restaurante con estrella Michelin; vigésimo tercero como la resaca de después de ir a ese restaurante con estrella Michelin, que es culpa tuya porque te empeñaste en pedir el maridaje de vinos y además en esos sitios la comida es muy rara y no siempre sienta bien; vigésimo cuarto como un concierto de música clásica; vigésimo quinto como el mismo concierto, pero solo hay flautistas; vigésimo sexto como el mismo concierto otra vez, pero solo es un señor mayor con una armónica; vigésimo séptimo como una serie de dibujos animados, pero para adultos, en plan bruto, como Archer; vigésimo octavo como un rap en el metro, que me he enterado hace poco que eso pasa (yo es que voy en bus); vigésimo noveno como un sarpullido raro, pero no vas al médico porque seguro que no es nada y cuando te das cuenta resulta que es una enfermedad rarísima y te sale un tercer brazo de la oreja; trigésimo como una zarzuela, pero el plato, no el género chico; trigésimo primero como una sucesión de números primos; trigésimo segundo como una tragedia otra vez, pero casi todo el mundo es zurdo; trigésimo tercero como una parodia, pero hay gente que no se entera y se cree que va en serio (jajaja, hay que ser idiota); trigésimo cuarto como un grupo de whatsapp; trigésimo quinto como una actualización de Facebook; trigésimo sexto como un hilo de Twitter; trigésimo séptimo como una newsletter que dejaste de leer al segundo envío, pero te da pena darte de baja; trigésimo octavo como una charla con ese amigo que siempre te está diciendo lo que tienes que hacer y al final le vas diciendo “sí, sí” porque solo quieres que se calle y te deje irte a casa; trigésimo noveno como un postit que alguien dejó en la nevera y en el que solo pone: “No hay huevos”; cuadragésimo como una sesión de trabajo con unos consultores que están empeñados en que sea participativa y tú te preguntas cuánto estarán cobrando y qué pensarán sus padres de ellos; cuadragésimo primero como una peli porno; cuadragésimo segundo como una peli porno amateur; cuadragésimo tercero como un podcast en el que solo hablan de porno amateur; cuadragésimo cuarto como un documental en diez capítulos, que lo ves y dices, joder, mejor que una serie, solo que no sabes que se han inventado la mitad; cuadragésimo quinto como una charla con un amigo, pero ahora eres tú el que va dando consejitos; cuadragésimo sexto como otra novela de moda, no te has acabado la primera y ya hay otra más; cuadragésimo séptimo como una peli de Marvel, es decir, que dura muchísimo; cuadragésimo octavo como Gran Hermano 7; cuadragésimo noveno como un cómic de Mortadelo y Filemón, y esta es la mejor versión, es mi favorita y cuando lleguemos me pienso plantar y no quiero saber cómo son las siguientes, es más, ni tan solo quiero saber si hay siguientes”, Karl Marx (1818-1883).

La mesa de al lado

 

—Está clarísimo: tiene que dejar a su novio.

—¿Qué?

—Por favor, si la trata fatal.

—¿De qué hablas?

—¿No estás escuchando?

—¿A quién?

—Baja la voz, que te van a oír.

—¿Quién?

—Las de la mesa de al lado.

—¿Qué les pasa?

—¿No estás oyendo lo que dicen? Está interesantísimo.

—No hagas eso.

—¿Por qué?

—Está mal.

—Es culpa suya, gritan mucho.

—Además, es un poco desconsiderado. Hacía mí, digo.

—¿Por qué?

—Tú dirás, salimos a cenar y prefieres escuchar la conversación de al lado.

—No seas tan susceptible. Y baja la voz, que se van a dar cuenta.

—¿Susceptible? Pensaba que me estabas prestando atención.

—Sí, claro que te atendía. Lo de la serie esa que quieres ver.

—No sabes ni cómo se llama.

—No te pongas así. Contigo puedo hablar luego, pero esta historia me la voy a perder si no me entero ahora ahora. 

—¿Qué más te da? Si no volverás a verlas.

—Pues por eso mismo. Qué fuerte lo que le hizo durante las vacaciones. Estoy por levantarme y decírselo.

—¿Qué hizo? ¿Pasar de ella y preferir las conversaciones de los demás?

—Que bajes la voz, te digo.

—Estoy moderadamente ofendido. Y paso un poco de vergüenza.

—Si prestaras atención, te darías cuenta de que la historia merece la pena.

—Lo que tú digas.

—Tú escucha y luego te cuento lo demás. En serio, esto hay que comentarlo después.

—Está mal escuchar conversaciones ajenas.

—Que sí, que ya lo sé, pero es que esta es para hacer una película.

—Igual exageras, ¿eh?

—Además, aquí las mesas están muy juntas, no hay más opción que enterarse de lo que dicen los demás.

—¿Crees que a nosotros nos escuchan? ¿Que todo el mundo es así?

—Baja la voz… Oh, ahora interrumpe el camarero. Qué horror, quería saber qué pasaba con el coche.

—Madre mía.

—¿Qué pasa?

—¿No estás escuchando? Han pedido California rolls.

—¿Ves cómo está divertido escuchar a los demás?

—California rolls. Aquí. No saben dónde están.

—Lo que me extraña es que los tengan en la carta.

—Por culpa de gente como esta.

—Están preguntando si el sashimi viene crudo.

—Qué vergüenza.

—Ahora me estoy poniendo de parte del novio.

—Estoy por levantarme y decirles lo que tienen que pedir.

—Eso estaría genial.

—De hecho, mira, lo voy a hacer.

—¿Qué?

—Disculpad…

—¿Qué haces? No, no…

—Perdonad, no he podido evitar oír lo que pedíais y os estáis equivocando.

—Por favor, para.

—Este sitio no es para pedir california rolls o arroz frito. Aquí se viene por el pescado, que es espectacular.

—Déjalas en paz.

—Pero si te he preguntado antes.

—Pensaba que estabas de broma. Disculpadle, es que… Tiene fiebre…

—¿Qué dices de fiebre? A ver, lo que os decía: pedid niguiris, los que os gusten… El variado suyo está bien. Y el sashimi. Nada de california rolls. 

—Para ya…

—Si no os atrevéis con el pescado crudo, probad el tataki, por ejemplo. O unos makis de atún normales.

—Por favor.

—No os molesto más. Es que es una pena que vengáis aquí y… Ah, y mi mujer dice que dejes a tu novio, que no te está tratando bien.

—No, no… No he dicho eso. No le hagáis caso, no está bien.

—Sí que lo has dicho.

—La cuenta, por favor.

—¿Qué? Pero si no he terminado. Y quería algo de postre.

—Nos vamos ya.

—¿Por qué?

—No puedes hacer eso.

—¿El qué? ¿De qué hablas? Les he hecho un favor. ¿A que os he hecho un favor?

—Para, por favor. Perdonad, lo siento mucho. Es… Es que… Tiene fiebre. Y demencia. Lo siento. Ahí viene la cuenta, menos mal.

—Deja que me acabe esto, al menos.

—Nos vamos.

—No entiendo por qué te pones así, he hecho lo que me pedías.

—No lo has hecho.

—Pues ya me contarás la diferencia.

—Calla, que todo el mundo nos mira.

—Joder, que se metan en sus asuntos.

—Para.

—Panda de cotillas.

—Para, para ya.

—No estoy haciendo nada.

—Para hace media hora.

El verdadero significado del manuscrito Voynich

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

Lamento comunicar a todos los interesados en el manuscrito Voynich que el estudio que afirma haber desentrañado su código es otra falsa alarma. Un momento, se preguntará algún lector enfrascado en la interpretación del libro más misterioso de la historia, ¿y tú qué sabes? ¿Cuánto tiempo has dedicado a intentar desentrañar su código y a mirar los dibujitos? Bien, pues lo sé porque yo escribí ese manuscrito.

Llevo años intentando explicarme, pero nadie me cree. No se trata de un texto medieval. Solo es una libreta sobre la que se me cayó una taza de café. Por eso parece tan antigua.

En realidad es de 1903. Poco después de licenciarme en Filosofía y Letras (el Periodismo de la época) encontré un trabajo en la primera empresa de telemarketing de España, llamada Telemercadeo Dato e Hijos. Era propiedad del conocido como Gran Dato: don Fulgencio Dato, el dueño de la empresa, que pesaría casi 15 arrobas.

Se trataba de un trabajo relativamente sencillo: solo había tres personas que tuvieran teléfono en España, así que las llamaba cada mañana y les ofrecía los productos que se incluían en nuestro catálogo.

Había de todo: cuellos de camisa, bañadores que iban de los tobillos a los hombros, pesas con los pesos redondos, calesas, fines de semana en fondas de Santander, trabucos, rapé, peines para el bigote, anteojos, jofainas, polainas, mantones, chalinas, banderas anarquistas para colgar en el balcón, bombas anarquistas para arrojar en bodas reales y relojes de bolsillo que atrasaban cinco minutos cada cuatro minutos, además de toda clase de sombreros: bombines, canotiers, chisteras, clochés, pamelas, chambergos, porkpies, gorras de Caja Rural…

Aunque hoy en día parezca increíble, las personas a las que llamaba me atendían y se pasaban un buen rato charlando conmigo. El teléfono era una novedad y los tres no tenían a nadie con quien hablar (no se conocían entre sí), por lo que agradecían poder usar este invento.

Y más teniendo en cuenta el gasto. Por aquel entonces, solo la línea costaba la friolera de 27 reales al mes. Para que nos hagamos una idea, con 27 reales un joven de provincias podía alojarse en una pensión de Barcelona durante tres o cuatro años, el tiempo justo para conocer a una joven de familia burguesa, comprometerse con ella, verse envuelto en una trama de corrupción que llegaba hasta el mismísimo secretario de la Diputación y volverse al pueblo disgustado para ejercer de maestro.

Pero me desvío. Hablábamos del manuscrito Voynich. En realidad -y me da hasta apuro decirlo-, no era más que el cuaderno que usaba para ir tomando notas mientras hablaba por teléfono con nuestros únicos tres clientes. Como les gustaba charlar, a menudo me limitaba a asentir y a hacer garabatos mientras me contaban, qué se yo, lo último que hubiesen leído en el Diario de avisos.

¿Son todo garabatos y dibujos sin significado? No, en absoluto. Tengo mala letra, pero no creo que resulte difícil distinguir los nombres de mis tres clientes: Don Telesforo Matías (regidor de Gobernación), Doña María de la Encarnación Cánovas (dueña de la fonda del mismo nombre) y el señor Mateu Bonaventura (empresario textil).

También son visibles algunos de sus pedidos. Por ejemplo, en esta página se ve claramente que las primeras palabras son “bolas de naftalina (3)” siendo (3) el número de cajas.

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

No todos los fragmentos son tan prosaicos: en las últimas páginas comencé una novela sobre un joven que emigra a América a hacer fortuna, pero como le dan miedo los barcos, decide emprender el viaje en globo aerostático. Al ser su primer viaje en globo, se pierde y acaba en la Luna, donde se tiene que alojar en una fonda mientras los selenitas reparan la cesta averiada. Allí se enamora de la mujer del Regente lunar, una joven obligada por su familia a casarse con un hombre mucho mayor que ella. La joven, torturada al no poder escoger entre las convenciones sociales y su verdadero amor, se suicida ingiriendo cuarenta y siete litros de aceite de ricino. Al final de la novela, el protagonista regresa desengañado a Sant Martí de Sesentranyes, donde pasa el resto de su vida como maestro.

Otros fragmentos que considero interesantes:

– Página 16: la receta de cocido de Doña María de la Encarnación.

– Página 42: la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás (pero no entiendo mi letra).

– Página 78: diseño para la construcción de una máquina del tiempo (es un reloj de bolsillo).

– Página 110: es el dibujo de un pene, jajaja…

– Página 131: la lista de posibles títulos para mi novela.

– Página 188: una caricatura de don Fulgencio Dato.

La empresa cerró al poco tiempo. Don Mateu Bonaventura fue asesinado por unos anarquistas y perdimos de golpe el 33% de nuestros clientes. Nos resultó imposible recuperarnos: me pasé toda la tarde en manguitos, haciendo cálculos con el ábaco, pero no había forma de cuadrar los números.

Esa tarde se me cayó una taza de café sobre el cuaderno y, disgustado, decidí dejarlo sobre la mesa cuando me marché para no volver. Hasta hace unos años no conocía la existencia del mal llamado “manuscrito Voynich”, así que lo imaginaba desaparecido.

Rogaría a los actuales propietarios (la Universidad de Yale) que me lo hicieran llegar, ya que creo que aún podría publicar La regenta de Selene (título provisional).

Conversaciones con escritores importantes

Foto: Adolfo Félix (Unsplash)

En breve voy a publicar mi libro de entrevistas, Conversaciones con escritores importantes. Solo me queda escribirlo, encontrar un editor, ofrecérselo diecisiete veces, secuestrar a su familia, amenazar de muerte a su familia, quizás cortar alguna oreja para que vea que voy en serio y poco más. Mientras tanto, he decidido avanzar a mis tres lectores algunos de los fragmentos más interesantes o, como se dice en francés, le plus croissants.

Mario Vargas Llosa

—Señor Vargas Llosa, ¿cree que España tiene cura?

—Se equivoca, yo no soy ese señor.

—Cuando digo “cura”, me refiero a sacerdote.

—Que yo no soy Vargas Llosa.

—Usted se llama Mario. ¿No tendrá un hermano llamado Luigi?

—Mire, no tengo tiempo para estas tonterías.

 

Soledad Puértolas

—¿El escritor nace o se hace? Si se hace, ¿es necesario precalentar el horno?

—¿Otra vez usted? ¿Pero quiere dejarme en paz, que llego tarde a la oficina?

—¿Cómo prefiere que la llamen, Sol o Edad?

—¿Pero de qué habla?

—Señora Puértolas, ¿tiene usted ventánolas?

—¡Que yo no soy esa gente, le digo!

 

Javier Marías

—Javier, ¿Marías el favor de responder a unas preguntas?

—¡Que yo no me llamo Javier!

—Anda, como Los Toreros Muertos. ¿Qué opinión le merece el toreo?

—¿Pero por qué me sigue cada mañana?

—Mujeres: ¿qué son?

—Mire, si le vuelvo a ver en la puerta de mi casa, llamo a la policía.

 

Miguel de Cervantes

—Señor Cervantes, ¿cuándo cerrará la trilogía del Quijote?

—Mire, ya basta. Yo no soy ni Vargas Llosa, ni Puértolas, ni mucho menos Cervantes.

— La literatura es lo que nos diferencia de los animales? ¿O no del todo si tenemos en cuenta que hay perros de dibujos animados que saben leer?

—Estoy marcando el número de la policía.

—¿Tiene una lista de cien libros que leer antes de morir? ¿Cuando los acabe se suicidará?

—Buenos días, necesito su ayuda…

 

Rosa Montero

—Señora Montero, ¿ha estado usted en Canadá? ¿Vio Toronto entero?

—Le he visto desde el balcón antes de salir y ya he llamado a la policía. Está en camino.

—¿El periodismo puede ser literatura?

—Al menos no me agarre del brazo, haga el favor.

—¿Es más fácil pasar página cuando se es escritor?

—Y suelte el megáfono, por Dios.

 

Arturo Pérez-Reverte

—Encantado de Reverte, don Arturo.

—¡Pero bueno! ¡Le recuerdo que tiene una orden de alejamiento firmada por un juez!

— Es indispensable haber matado un animal con las manos desnudas antes de escribir algo publicable? ¿O las manos pueden llevar ropa interior si son vergonzosas?

—Y hoy viene con la tuna… Esto es increíble.

—¿Es verdad que todo el mundo es gilipollas? ¿O también hay idiotas?

—Por favor, déjeme en paz.

—¿Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón?

 

Jaime Rubio Hancock

—Señor Rubio, ¿por qué es usted moreno?

—¿Rubio? ¿Jaime Rubio? ¿Pero ese no es usted?

—¿Cómo podríamos animar a los españoles a leer más? ¿Bastaría con enseñarles? ¿O necesitamos pompones?

—Si yo soy Jaime Rubio, ¿usted quién es?

—¿Internet es una moda o debería animarme a probarlo de una vez?

—¿Estoy hablando solo?

—¿Quiere hacer el favor de dejarme en paz?

—¿Qué? ¡Pero si es usted el que me molesta!

—¡No, es usted! ¡Yo no soy ninguna de esas personas!

—¡Yo tampoco!

—¡Me está intentando confundir!

—¡Yo no soy Jaime Rubio!

—¡Ni yo!

—¡Déjeme en paz!

—¡Déjeme en paz usted a mí!

—¡Policía!

—Yo aún diría más: ¡a mí la Guardia Civil!

—¡A mí la legión!

—¡A mí Toronto entero!

Sobre los spoilers de Juego de tronos (nota: no contiene spoilers de Juego de tronos)

Escena de ‘Juego de tronos’

—Buenos días.

—¡Hala! ¡Ya estamos con los spoilers de Juego de tronos!

—¿Pero qué spoilers? Si solo he dicho buenos días.

—¿Y le parece poco? ¿Cómo quiere que sepa si son buenos o malos, si aún no he visto el episodio de esta semana?

—No es ningún spoiler, es un saludo.

—¡Es que no quiero saber nada de nada! ¡Me da igual que sea un saludo o una despedida! ¡No quiero nada de información acerca del capítulo! ¡Ojalá no supiera ni cómo se llama la serie! Viene aquí la gente y te dice: “Qué fuerte lo de Pepito”, y ya sabes que Pepito ha hecho algo fuerte. O “buenos días” y ya sabes que son buenos. ¡Pues lo serán para usted! ¡Para mí ya no lo son porque me ha jodido la serie entera!

—No puede ser ningún spoiler de Juego de tronos porque ni siquiera la veo.

—¡QUE NO ME CUENTE SPOILERS!

—¿Cómo va a ser eso un spoiler?

—¿Cómo no va a serlo? ¡No sabía que no veía la serie! ¡Ahora sé algo sobre Juego de tronos que antes no sabía, es decir, el hecho de que usted no sigue la serie!

—Pero es que eso no tiene nada que ver.

—¡Eso lo decidiré yo cuando vea el episodio! ¡No quiero verlo condicionado por el hecho de si usted ve o no ve la serie! ¡Es información que a lo mejor me es útil y a lo mejor no!

—Bueno, vale, pues no le digo nada más.

—Otra vez.

—¿Pero qué he hecho ahora?

—Pues ahora sé que no me contará nada. Otro spoiler.

—¿Qué?

—Es que no se puede ni salir de casa. Toda la mañana así. En fin, ¿qué le pongo? Pero dígamelo sin spoilers de Juego de tronos.

—Un… Un café sol…

—¡Otra vez!

—¡Pero que eso no es de Juego de tronos!

—Joder que no. Resulta que ahora sé que el tipo que no ve Juego de tronos quiere un café solo.

—¿Cómo quiere que le pida el café sin spoilers?

—Pues no pida nada.

— Es que quiero un café. Para eso he venido.

—Ya, muy bien, pero hay gente que aún no ha visto el episodio. No todos nos levantamos a las tres de la mañana para verlo. Algunos tenemos que trabajar.

—¡Yo tampoco me he levantado para ver nada!

—¡QUE NO ME CUENTE SPOILERS!

—¡Eso no es un episodio! ¡Es la vida!

—Pero hijo de puta, qué pedazo de spoiler me acabo de comer por su culpa.

—¿Qué?

—Lo de que esto no es un episodio. Madre mía, el sorpresón que me he tragado.

—¿Cómo va a ser eso un spoiler? Está claro que esto no es un episodio de Juego de tronos.

—¡No puedo saber eso hasta que lo vea! ¡Igual me pongo la serie y empieza con un tío que no ve Juego de tronos tomándose un café en mi bar! ¡O a lo mejor es el puto final de la serie! ¿Qué clase de imbécil maleducado y desconsiderado es usted?

—Un momento, ¿no ha visto la serie? ¿Nada de nada?

—No. Y no creo que la vea, la verdad. No soy muy de series.

—¿Entonces por qué tanto lío?

—Por si algún día la veo.

—Pero…

—¿Pero qué? Tengo derecho a verla en paz si algún día me decido.

—¿Entonces nadie puede pedirle un café hasta que vea la serie?

—Exacto.

—¿Y de verdad cree que es posible que una serie que va de espadas y dragones transcurra en su bar?

—No lo sé. Ya le digo que no la he visto.

—Eso no tiene ningún sentido.

—¿Y usted qué sabe? ¿No decía que tampoco ve la serie?

—¡Corten!

—¿Qué?

—¿Quién ha hablado?

—Ha quedado estupendo. Muchas gracias a todos.

—Oiga, ¿quién es usted? ¿Y qué hacen ahí todas esas cámaras?

—Somos el equipo de rodaje.

—¿Qué rodaje?

—Estamos rodando la escena final de Juego de tronos.

—¿En este bar?

—¡Lo sabía! ¡Ve como al final todo lo que me estaba contando era un spoiler!

—Un momento, ¿Juego de tronos transcurre en este bar?

—Bueno, es un poco más complicado…

—¡No me cuente nada! ¡No quiero saber nada!

—No, no, conteste. Esto es importante.

—A ver, al final de Juego de tronos resulta que todo era una conversación entre ustedes dos.

—¡NO! ¡NO QUERÍA SABER CÓMO ACABA!

—Y esta conversación a su vez es un texto de Jaime Rubio.

—¿De quién? ¿Quién es Jaime Rubio?

—Ni idea, eso se lo tendría que preguntar a los productores. Les tengo que dejar. Hasta luego.

—¿Ha oído eso?

—¡Sí! ¡Ahora sé cómo acaba Juego de tronos! ¡Le odio! ¡No quiero que vuelva a mi bar nunca!

—¡Eso no es importante! ¡Lo otro!

—¿Qué?

—¡Somos personajes en un texto de un tal Jaime Rubio!

—¿En serio? ¿Y por qué me ha escrito calvo?

—Céntrese. Si Jaime Rubio deja de escribir, ¡desapareceremos!

—¿Qué?

—¿No lo entiende? ¡Solo vivimos en un documento de Word!

—Eso es un poco spoiler, también, ¿no?

—¡Olvide los spoilers! ¡Vamos a morir!

—¿Y… Y qué hacemos?

—¡Hable! ¡No deje de hablar! ¡Mientras sigamos hablando tendrá que seguir escribiendo!

—Pero es que no sé qué decir…

—Cualquier cosa, me da igual.

—¿Juego de tronos es de espadas?

—Sí.

—Buf, qué pereza, no sé si quiero empezar a verla.

—MÁS, MÁS, SIGA HABLANDO.

—Diga algo usted también.

—NO SE ME OCURRE NADA QUE NO SEA UN SPOILER DE JUEGO DE TRONOS.

—¿Pero no decía que tampoco ha visto la serie?

—YA, PERO TE ACABAS ENTERANDO DE COSAS.

—ER…

—EHM… ¡EL EPISODIO ERA MUY OSCURO!

—NO…

—ESTO ES HORRIBLE…

—¿Tony Stark tiene que ver con Juego de tronos?

—Igual son sus antepasados.

—Er…

—Se ha quedado buen día…

—Otra vez… Al menos diga spoiler alert antes…

—DÍGALE A MI MUJER QUE NO SÉ SI EXISTO…