Todo lo que pensé mientras recorría el Paseo del filósofo de Kioto

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En Kioto tuve ocasión de recorrer el llamado Paseo del filósofo, que recibe este nombre porque Kitarō Nishida caminaba cada día por él para inspirarse y meditar. ¿Y quién era Kitarō Nishida? Ni idea. ¿Me he inventado ese nombre? ¿O acaso él se inventó mi nombre? Quizás debería buscarlo en la Wikipedia. Aunque, por otro lado, ¿por qué no me busca él a mí en la Wikipedia? ¿Pero qué se ha creído?

A lo que iba: siguiendo el ejemplo de Nishida (o de Rubio, ya no me acuerdo), aproveché este paseo de apenas media hora para pensar. Y para cazar pikachus de esos. Pero sobre todo para pensar. No seré yo quien diga que pensar se me da mucho a mejor que a Nishida, pero estas ideas que anoté durante el camino dejan bastante claro que así es. Es más, seguro que renombran el Paseo del filósofo y lo acaban llamando el Paseo del filósofo, pero el otro, el del pelazo. Aquí van:

– Hay que vivir cada día como si fuera el último: como si fuera domingo. Así que ponte series y plancha.

– Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo, pero hablando con la i.

– Jamás haría caso a una de estas listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. ¡Si los lees todos, te mueres!

– Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, siempre y cuando el mentiroso esté sentado y le pilles por sorpresa.

– Hay cinco tipos de personas que son malos amigos: 1) Los que no te prestan dinero. 2) Los que continuamente te recuerdan que te han prestado dinero e insisten en que se lo devuelvas. 3) Los que recurren a sus abogados para que les devuelvas su dinero. 4) Los que acaban embargando tus bienes y luego los subastan para recuperar su dinero. 5) La gente.

– ¿Por qué hay gente que insiste en que el siete es su número favorito cuando “siete” en realidad es una palabra?

– Si el ocho se puede dibujar como dos treses (uno enfrentado al otro), ¿no sería más lógico que ocho valiera seis?

– Si el número marcado no existe, ¿acaso he marcado el quintorce?

– Cuidado con las personas tóxicas: si te comes su pierna, te salen pústulas por todo el cuerpo.

– Los de Viven comían carne cada día. ¿Por qué se quejaban tanto? Yo no me lo puedo permitir.

– Nada dura para siempre, a excepción de las películas de Marvel. Todavía están rodando la pelea final de Civil War. Cada vez llegan más superhéroes: Spider-Man, Ant-Man, Mortadelo, el viejo de los collares de oro de Empeños a lo bestia…

– ¿Hay vida después de la muerte? Probablemente, porque si no, no daría tiempo a que terminaran todas esas películas de Marvel.

– ¿De dónde vienen los niños? Ah, vale, es una excursión de un colegio.

– El trabajo te debe llenar, dicen. Pero luego resulta que comer croquetas no es un trabajo.

– Lo mejor del trabajo es cuando falsificas tu partida de nacimiento para poder jubilarte 30 años antes.

– Si toda la gente de marketing desapareciera, ¿cuántos años tardaríamos en darnos cuenta? No menos de quince.

– Si la ropa interior fuera interior de verdad, iría por debajo de la piel.

– No hay que malgastar el dinero en cosas que solo nos harán sentir bien durante un tiempo muy breve, como los medicamentos, que apenas sirven mientras uno está enfermo.

– Cosas que nos diferencian de los animales: la sonrisa. También llevar relojes de pulsera (a excepción de algunos monos). Y hacerse el interesante en los bares. Ver programas de subastas de trasteros mientras piensas “pero qué mierda es esta”. Bailar sexy (a excepción de algunos monos). Limpiarse las gafas con la camiseta. Coser botones. Ver reposiciones de programas de subastas de trasteros. Votar a Rajoy (a excepción de algunos monos). Quitarse los piojos con un peine en lugar de con los dedos.

– Jamás cambiaré mis principios. A ver si ahora me voy a tener que llamar Naime Gubio Lancock.

– Idea para un cuento: un hombre despierta convertido en un reloj de cuco. Solo puede comunicarse con su familia durante unos instantes en las horas en punto, cuando el mecanismo le hace salir de la casita de madera. Siempre aprovecha para insultar a su primo porque le destrozó el coche en un accidente hace siete años. Su primo murió. Pero de otra cosa, así que no pasa nada. El accidente solo le dejó en silla de ruedas.

– Un buen amigo me dijo el otro día: “La vida es breve. Hay que aprovecharla y no perder el tiempo con disputas estériles”. Yo le contesté: “¿Sabes qué es breve? Tu polla. Amargado. Que eres un amargado”.

– “La vida es breve”, me dijo el muy asqueroso. Solo le faltó recordarme que encima nos pasamos el día en la oficina. Hay que ser cabrón. Joder, que quedamos para tomar unas cervezas y echar unas risas, pedazo de imbécil. No le he vuelto a llamar, al triste de los cojones. A ver si su vida es breve de verdad, se muere y nos deja en paz a todos. Hostia ya. Joder. Dos semanas con pesadillas, por su culpa.

– Por cierto, “la vida es breve, no somos más que un parpadeo en una noche eterna, por lo que nada de este mundo importa tanto como nos parece” no sirve como excusa para no pagar al casero.

– Si lloras por no haber visto el Sol, eres un poco imbécil. Espera a mañana, ansias, que eres un ansias. Que es el Sol, joder, no un dinosaurio.

– A no ser que la vida sea breve de verdad y estés viviendo este día como si fuera el último porque el médico te ha dicho que morirás en 24 horas. En tal caso, busca vídeos del Sol en Youtube, que digo yo que los habrá.

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Nuestro pequeño Drip

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Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.

Encontrada mascota

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Encontrada mascota cerca de la plaza de Sants. Mide diez kilómetros de altura y tiene cientos de tentáculos en la boca. Su cuerpo está recubierto de escamas que parecen de un color verde oscuro, pero cuando uno se fija un poco, ve que tienen todos los tonos del universo. Sus alas son rudimentarias, pero al desplegarlas, crean una sombra tan negra que provoca semanas de pesadillas. Desde que lo encontré, me despierto cada noche bañado en sudor frío y gritando “tekeli-li, tekeli-li”. Mis vecinos no están nada contentos.

Mientras le sacaba una foto para el cartel, mi esposa cometió el error de mirarle a los ojos y entró en estado de shock. Cuando voy a verla al sanatorio de Arkham y le preguntó qué vio en esa mirada, solo me dice que se trata de “un horror indescriptible”. A continuación, se pasa tres cuartos de hora describiéndolo.

-En el abismo de sus ojos vi la lucha de los antiguos y oí ese grito ancestral, tekeli-li, tekeli-li…

-¿Seguro que no eran tiroleses? Yo no recuerdo mis sueños, pero a lo mejor salen tiroleses.

-Vi construcciones de varios cientos de metros de alto, en materiales no conocidos por los humanos y con formas que nunca había visto antes.

-Los tiroleses también dan mucho miedo.

-Sus ojos son como grutas abiertas a la oscuridad del universo, donde habitan millones de seres que esperan el retorno de los antiguos…

Responde al nombre de Cthulhu, pronunciado de varias maneras: tulu, catulu, chulu, culu… Aunque solo si uno se arrodilla y dice antes algo como “oh, señor de los grandes antiguos, déjame ser uno de tus siervos y formar parte de tu semilla estelar”.

Le pregunté quiénes eran sus dueños y me contestó con un rugido que me dio a entender que los grandes antiguos no tienen dueños y que cuando llegue la hora de su retorno no quedará ni rastro de nuestras vidas. Nadie nos recordará. Nadie sabrá que estuvimos en este universo. Todos nuestros esfuerzos son insignificantes. No somos más que una mota de polvo en la historia del universo.

Está bien cuidado y se alimenta de la ansiedad del barrio, pero agradecería que sus propietarios pasaran a recogerlo en cuanto les sea posible. Por las noches oigo gemidos y crujidos. Por lo general, son las tuberías, que son muy antiguas, pero a veces se trata del lamento de los shoggoth, que están esperando que su señor despierte.

(Fuente de la imagen)

Mi discurso para los Oscar

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Tenía preparado mi discurso para cuando subiera a recoger el Oscar. O los Oscar. Los que me dieran. Seis, siete, me da lo mismo, todos son iguales. Pero resulta que no estoy ni nominado. Sí, lo sé, es ridículo. Tanto mi película como mi trayectoria merecen este premio.

Quizás esté mal que sea yo quien lo diga, pero soy un histórico del cine. Llevo tanto tiempo en el sector que mi primera película tuvo que estrenarse como obra de teatro. Muda y en blanco y negro. Exacto: inventé a los mimos. No pienso pedir perdón otra vez. Pasé siete años en la cárcel.

Después de eso rodé mi primer corto, pero no entendí bien el concepto. No hice una película corta de tiempo -duraba casi cuatro horas- sino bajita: los planos medían la mitad de alto y los actores tuvieron que interpretar sus papeles de rodillas. Reconozco que eso le restó emoción a la escena de la pelea e intensidad a las partes más románticas.

También fui el inventor de las palomitas. Se llaman así porque al principio eran palomas enteras fritas en mantequilla. Las cazaba en la plaza Cataluña arrojando maíz como cebo y usando un martillo para dejarlas inconscientes. Llegó un momento en el que las palomas se abalanzaban sobre mí cuando me veían llegar, así que empezamos a vender el maíz para que la gente las cazara por su cuenta.

Así empezó la primera guerra entre palomas y humanos.

Pero me desvío del tema.

Tuve muchos problemas para rodar mi última película, La venganza del contable, por la que esperaba varias nominaciones. En realidad y ahora que lo pienso, solo tuve un problema: no tenía nada de dinero.

Pero encontré una fórmula perfecta: primero, interpreté yo todos los papeles. Los 74. Me iba cambiando de peluca y poniendo voces. Fue una experiencia agotadora. Y, claro, tuve que hacer cambios en el guión porque, por ejemplo, soy incapaz de hablar como un zurdo.

Para ahorrar costes de producción (todos ellos) aproveché otros rodajes para grabar mis escenas. Así, la primera parte transcurre en el fondo de El renacido. Hay que fijarse mucho, pero la trama está ahí detrás, a la derecha. A veces me tapan un par de árboles.

La segunda parte se puede ver en los episodios 6, 9 y 13 de la séptima temporada de The Good Wife. Se me puede ver subido en alguna de las mesas del bufete. El diálogo se oye mal porque cada vez que gritaba me sacaban a rastras del plató.

El sorprendente final, en el que (ojo, spoilers) el contable consigue cuadrar las cuentas trimestrales, se puede disfrutar en uno de los castings de Britain’s Got Talent, disponible en la web del programa. Para evitar que el jurado me echara antes de terminar tuve que apuntarles con una pistola. No fue fácil integrar el arma en la escena, pero encontré una solución muy hábil.

MADRE: ¡Tienes una pistola en la mano!

CONTABLE: ¡Vaya! ¡Me debe haber crecido mientras dormía!

RATÓN 3: ¡Esas cosas pasan! ¡Lo leí en internet!

¿Es o no es un diálogo digno de Óscar? Lo es, pero Óscar quería cobrar por su trabajo, así que también lo interpreté yo.

La película cosechó buenas críticas. Un crítico de Cahiers du Cinéma me dijo: “No quiero ver su película. Y no me agarre del brazo, haga el favor”. El de Fotogramas me llegó a enviar un email: “Deja de escribirme, seas quien seas, estoy harto de recibir un mensaje tuyo cada diez minutos”. El de Cinemanía la vio dos veces seguidas: “Sí, me encanta, pero por favor suéltame, te juro que no le diré nada a la policía”. Le dejé ir con la condición de que escribiera una crítica: “Por favor, sé sincero -le dije- lo que más aprecio es la sinceridad”. Por eso me molestó tanto que avisara a la policía. Me dijo que no lo iba a hacer.

A pesar de todo, la academia ha ignorado mi película. Imagino que por motivos políticos: uno de los personajes dice cosas muy duras sobre Estados Unidos.

AUDITORA: Esa canción de Bob Dylan está bien.

Se trata de una canción muy crítica con cosas, de estas de protestar. En la peli no se oye porque no podía comprar los derechos, pero todo el mundo sabe de qué canción se trata porque otro personaje la tararea.

VIAJERO EN EL TIEMPO: Ah sí, la de nana-nananieeee-nana…

RATÓN 4: A mí no me gusta.

El ratón rebaja el mensaje crítico, pero porque quería que el espectador sacara sus propias conclusiones. De todas formas, se trata de un ratón nazi, por lo que difícilmente le caerá bien a nadie.

Total, que no podré dar el discurso que tenía preparado. Lo reproduzco a continuación por su interés y porque no creo que me valga para otros años.

EL DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL OSCAR DE JAIME RUBIO

Buenas noches. Vendo Iphone 3. Está perfecto, como recién comprado. Lo único malo es que la batería se me rompió y le puse la de una furgoneta. Muchas gracias.

Imagino que el año que viene ya lo habré vendido.

El sentido de la vida: posibles respuestas

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Al final, todo era una broma.

Todo está bien, pero sólo a ratos porque no hay mucha cobertura ni wifi.

Todo estaría bien si supiera la contraseña.

Todo pasa por algo. Normalmente, por joder.

Todo está conectado. Lo cual explica esas espantosas facturas de la luz.

Veré qué puedo hacer, aunque le advierto de que tengo los ojos vendados.

Tienes que abrirte, pero por favor, sin salpicar.

No podemos facilitarle información sobre otro usuario.

¡Camarero, mi agua está mojada!

No hay forma de luchar contra la entropía, es totalmente imposible. Pero he diseñado un método que FUNCIONA.

Nadie puede vivir por ti. No, si pagas tan poco.

Ese era mi autobús. Si corro, no lo pillaré, pero al menos todo el mundo sabrá que ese era mi autobús.

Le daremos los resultados de sus análisis dentro de cuarenta y ocho o setenta y dos años.

Hacer o ser: elige.

Las personas que están delante de nosotros en la cola siempre van más lentas de lo que iremos nosotros. Lo hacen todo mal. Fatal. Si sólo se quedaran un rato a ver cómo lo hacemos nosotros, podrían aprender cómo se hacen las cosas. Pero prefieren irse porque creen que ya lo han hecho todo.

Creía que me vibraba el móvil, pero no.

Buenas tardes, le llamaba para saber si tenía teléfono.

Pilas no incluidas. No funciona a pilas.

Si necesitas algo, dímelo. Me refiero a algo como concepto general, no a algo en concreto. Estoy haciendo una encuesta para saber cuánta gente necesita algo y cuánta no necesita nada.

Lo que quieras. Cualquier cosa. Lo que tú me pidas. No, eso no. Eso tampoco. Yo había pensado en esto.

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Necesitas aprender a estar solo, esto es algo que te repetimos constantemente las cincuenta personas que estamos encerrados contigo en este ascensor de por vida.

¿Qué ha sido ese ruido?

“¿Tiene algo suelto?”, y le regaló su perro, que se había escapado.

¿Es verdad lo que dicen? ¿Todo lo que dicen?

-Doctor, me duele aquí.

-Pues póngase allí. (Señala a Saturno).

Ven conmigo, si quieres, pero yo no voy.

Hay vida después de la muerte, eso lo sabemos a ciencia cierta. Pero es posible que no se trate de la tuya.

Sería más agradable echarte de menos si no te hubieras ido.

Mi abuela siempre nos decía: “¿Ya os vais? ¿Pero a dónde vais a ir que estéis mejor que aquí?”. Y luego: “Tomad, para que os convidéis a algo”, y nos daba mil pesetas a cada uno.

Lo siento, no hablo español y no soy de aquí.

Tienes que ser fuerte. Y alto. Y rubio. Y con un ojo de cada color.

No me digas lo que tengo que hacer. Sólo contéstame a esta pregunta: ¿qué hago ahora?

Todo pasa. Sólo hay que esperar el tiempo suficiente. La sexta extinción está al caer. Y luego habrá una séptima.

Si estás ahí, da un golpe en la mesa y de paso quítale el polvo, que está hecha un asco.

Va a llover. Pero no sé cuándo.

Mañana. Pero no sé qué.

¿Recuerdas que te dije que todo era una broma? Eso también era una broma.

El hombre que opinaba sobre todo

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No me gusta esa camisa. ¡Oiga! ¡Oiga! ¡Sí, es a usted! No me me gusta esa camisa. El color es demasiado apagado. Y le sienta bastante mal, sobre todo porque no la ha combinado con los pantalones adecuados. ¿Cómo que quién soy? Un ciudadano, señor mío, un ciudadano libre que vive en una democracia. Pero no me interrumpa. La próxima vez pruebe con un azul. Creo que ese es su color.

Lo llevo pensando varios días. Esta panadería está bien. Ya lo sabe: vengo cada tarde. Buen pan. Buen precio. Pero es que le veo y está claro que usted tendría que haber abierto una zapatería. No sé, es algo en la expresión. También en las manos. Tiene manos y cara de zapatera y no de panadera. Pero sólo es mi opinión. Debería abrir una zapatería. Abra una zapatería. Sólo es mi opinión. Abra una zapatería.

Disculpe, pero balancea demasiado los brazos al caminar. Pruebe a no moverlos tantos. Sí, así mucho mejor. Se siente incómodo porque no está acostumbrado, pero esta es la forma correcta. Cuidado, está volviendo a balancear mucho los brazos. Muy bien, así. Eso es.

Hola, he visto sus cortinas desde la calle y son horribles. Hagan el favor de cambiarlas.

¿Lo ve? Le queda azúcar al fondo de la taza. Si es que lo estaba viendo: ha removido el café menos de lo necesario y, claro, todo al final. Seguro que le sabía amargo al principio y dulzón al fondo. Tiene que mover la cucharilla al menos tres o cuatro veces más. No mucho más, que el ruido es muy molesto. ¿Viene aquí cada día? Mañana lo miramos otra vez.

Disculpen, no he podido evitar oír el chiste que acaba de explicar uno de ustedes y, de acuerdo, tiene su gracia, pero no ha sido tan gracioso. Se han reído de más. Bastante de más. Entiendo que son amigos y están de buen humor, y además está el hecho de que estamos en un bar y el alcohol ayuda, pero me ha parecido una carcajada completamente desproporcionada. Sobraban varios jas ahí. Y usted incluso se ha secado una lagrimilla. Eso estaba fuera de lugar. Completamente fuera de lugar. Se han reído de más.

¡Oiga! ¡Vecino! ¡Oiga! ¡Está regando mal las plantas! Sí, le falta juego de muñeca. Así, ¿no ve cómo el agua cae mejor? ¿No? ¿En serio no lo ve? Es bastante evidente. Pues si no quiere opiniones, no haga cosas en público. Estamos en una democracia y cuando la gente hace cosas en público se arriesga a que le den su opinión. No, caballero, eso no es una opinión, es un insulto. Y le ruego que no meta a mi madre en esto. Es una madre bastante buena: le puse un 7,75. Le falla que no siempre me coge el teléfono, no sé por qué.

Eh, tú, árbol. Tus hojas están poniéndose marrones muy pronto. Ni siquiera estamos en septiembre. No vayas tan deprisa. Todo tiene que seguir el orden que le corresponde.

Este perro debería levantar más la pata al mear. Sí, así. Ahora sujétesela usted. Mucho mejor, dónde va a parar. Haré una foto para que lo vea. Aquí tiene. Mucho mejor, ¿verdad?. Supongo que deberá sujetársela usted los primeros días, hasta que se acostumbre. Pero los perros y los niños se acostumbran a todo, lo leí en internet.

¿Pero qué hace hablando en sueco, señora? El sueco es una lengua horrible. ¿No me entiende? Swedish is a hideous language. Please speak English. Or French. I think French is in your line, as you are an elegant wom… ¿Pero a dónde va? ¡No corra! ¡Señora! ¡No corra en sueco!

Perdone, pero está tecleando mal. Cuando se escribe un mensaje con el móvil, hay que usar los dos pulgares, no un pulgar y un índice. Con ese gesto le está diciendo a todo el mundo que tiene más de 30 años. Sí, así. Ya se acostumbrará. Al principio cuesta, pero es la forma correcta de hacerlo. Mire qué rápido voy yo.

¡Usted es muy feo! Sí, yo también, pero me está cambiando de tema y lo hace además con un burdo ad hominem.

Nota de cata

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Es un vino equilibrado, generoso en boca. Si lo huelen, notarán aromas ahumados, tostados, pero sin ocultar la fruta. Correcto, es fruta roja, madura, pero con un punto de acidez. Moras, arándanos… Es un aroma que me recuerda a mi infancia. Mi madre plantó arándanos en la casa donde veraneábamos cuando éramos niños. Recuerdo que los comía a escondidas, sin dejar que acabaran de madurar y cuando aún estaban demasiado ácidos. Pero este vino tiene un punto correcto de acidez. No es excesivo. Volví hace unos años a esa casa. Sabía que no había nadie viviendo en ella. Mis padres la vendieron cuando yo aún era un niño y fue pasando de dueños en dueños hasta que los últimos no pudieron pagar las cuotas de la hipoteca y se la quedó el banco. Por eso la escogí. Sabía que no habría nadie y además la conocía. Podía saltar el muro, que es más bien bajo, sin problemas, y guiarme en la oscuridad a través de lo que quedaba de ese jardín que aún conservaba el viejo almendro y un par de limoneros, bastante descuidados. Ya no había arándanos, claro, pero sí césped y hierbas sin cortar que perfumaban la noche con un aroma fresco que también se percibe en este vino, que tiene notas especiadas: tomillo, regaliz… Sí, también un poco de pimienta, tiene razón. Tuve que hacer tres viajes, claro: uno primero de reconocimiento, para asegurarme de que no había nadie. Un segundo con la pala y la linterna. Al agacharme para dejarlo todo en el suelo toqué la tierra, que estaba aún húmeda y blanda de la lluvia de la mañana. Me llegaron notas minerales que se pueden apreciar en este vino cultivado en una zona en la que hay mucha pizarra. Es un aroma que en el vino me disgusta desde aquella noche en la que hice un tercer viaje acarreando el cuerpo de mi socio, blanco y frío, con la cabeza rota a botellazos. No de este vino, claro, sino de la primera cosecha de nuestra bodega, que había resultado ser un completo desastre porque compré unas barricas baratas, sin consultarlo con él y para ahorrarme un dinero que necesitaba para pagar unas deudas. Estaban podridas. Le enterré con los restos de la botella, que conservaba aún unas gotas de vino, un vino echado a perder, desestructurado y rancio, pero que a la luz de la luna y mezclado con sangre mostraba un color oscuro, apagado en los bordes, casi bermejo. Como este, en el que se nota el año que ha pasado en barrica. Inclinen la copa y fíjense en el color del borde sobre el blanco del mantel. Al volver, di un buen rodeo con el coche. Más de cincuenta kilómetros. No para pensar, como si estuviera en una película barata, sino para deshacerme de la pala y de la ropa manchada de sangre. Cuando llegué a casa y a pesar de que eran casi las cinco de la mañana, me abrí una copa de un vino de la misma denominación de origen que el que estamos probando, pero en el que la garnacha se matizaba con algo de syrah, cosa que echo en falta en esta botella. De todas formas, este es un vino agradable y con una muy buena relación calidad precio, a pesar de que tiene el inconveniente de que me ha recordado a un momento de mi vida bastante desagradable, aunque fue peor para mi exsocio: primero rompí sus sueños y luego le rompí el cráneo. Es posible que tenga un contenido de alcohol algo elevado, a pesar de que queda bien equilibrado con la fruta y la madera. Esto, unido a la amplia variedad de aromas, ha ayudado a que soltara esta confesión que en realidad llevo años queriendo hacer. También es verdad que este es el tercer vino que probamos. Ah, miren, ya viene la policía. ¿Ha llamado usted, verdad? Le he visto salir, sí. Se lo agradezco. Quería terminar la cata con esta otra botella, pero creo que me voy a tener que ir. De todas formas y como ustedes han pagado y aquí está Óscar, el dueño de este bar tan fantástico al que me temo que tardaré en volver, la abriremos y así podrán al menos probarla. Es un vino con mucho cuerpo y mucha madera. La fuerza de sus aromas tostados recuerda casi a un brandy y también a aquella noche en la que quemé mi restaurante para cobrar el seguro. Pero esa es otra historia.