Mi tesis doctoral

Foto: Thomas Kelley (Unsplash)

Ante las dudas surgidas acerca de mi tesis doctoral, titulada ¿Es el neotomismo una refutación de la teoría de la relatividad? Por supuesto que no, menuda tontería, si no tienen nada que ver, reproduzco algunos fragmentos con el objetivo de acallar rumores y confirmar mi buen hacer y mi ética profesional y personal.

“Quiero dedicarle este trabajo de final de carrera a mis amigos del Bar Bero, que me estarán viendo” (p. 2).

“Como dice Jaime Rubio: ‘Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos Joaquín, que es un nombre como muy futurista. Tanto, que no se lo puedes poner a un niño, porque es nombre de persona mayor. Solo se lo puedes poner dentro de 42 años, cuando crezca y sea abogado o contable o algo así. Pero de niño le tienes que poner otro nombre. Ahora no sabría cuál decirte” (p. 14).

“A la luz de todos estos datos, hemos de concluir que los osos panda no son tan simpáticos como parecen, sino que en realidad son crueles asesinos que planean matarnos a puñaladas mientras dormimos. ¡Menos mal que están a punto de extinguirse! Según mis cálculos, tal cosa ocurrirá el 18 de noviembre a las 16:42” (p. 28).

“Entonces le dije a mi jefe que si volvía a hablarme así, cogía mis cosas y me iba, que yo soy el único que trabaja en esta puta empresa” (p. 42).

“Bueno, no lo dije, cómo le voy a decir algo así. Pero lo pensé muy fuerte” (p. 43).

“Seguro que nadie llega hasta la página 82 de este texto. Aquí puedo poner lo que me salga de la polla” (p. 82).

“Después de esta breve introducción, entremos en materia” (p. 114)

“¿En qué consiste el principio de incertidumbre de Heisenberg? Nadie lo sabe, en caso contrario se llamaría el principio de certidumbre” (p. 133).

“4, 6, 5, 1, 2, 3. Este es mi ránking de las películas de Misión imposible” (p. 150).

“¿No has visto Breaking Bad? Es buenísima, tío, tienes que verla. Va de un tío al que le da igual todo porque se va a morir y hace lo que los demás no nos atrevemos aunque lo estemos deseando: dejarnos perilla” (p. 152).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 177).

“En conclusión, queda demostrado que el sistema fiscal propuesto por Schumpeter (1988:230 y ss.) es en el mejor de los casos insuficiente, cosa que queda recogida en las críticas que le hace sobre todo Johnson. Sus modificaciones se aprecian en el gráfico 4.5” (p. 202).

“No, espera, eso estaba mal” (p. 202).

“Un momento, que lo tenía en otra libreta y no sé dónde lo puse” (p. 202).

“Ahora. A ver, hay que borrar las 20 páginas sobre Schumpeter y sustituirlas por lo siguiente: ‘Bua, Breaking Bad es buenísima. Y tienes que ver la de Bojack Horseman. Va de un caballo que habla, es la monda. Un caballo que habla… Lo que inventan estos tíos” (p. 202).

“Flipo con los emprendedores. Habría que enviarlos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería. Cambiando de tema, mi propuesta es un sistema mobile first con ingresos sobre todo por publicidad, pero sin miedo a pivotar en caso necesario. Diez mil euros y estás dentro” (p. 216).

“Cinco mil euros, pero te estoy haciendo un favor” (p. 216).

“Mil euros. Cien. Lo que lleves” (p. 216).

“La perilla es lo mejor. Me da igual lo que digan. Es lo puto mejor. Es elegante, pero de malote, como de salir en una peli de Tarantino con una chaqueta de cuero” (p. 220).

“…perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 233).

“Por cierto, ahora que me acuerdo. El otro día me crucé con tu hermano por la calle. Hacía años que no le veía. Ya me contó que estuvo trabajando fuera. Si es que lo de la crisis… Y aún dicen que se ha arreglado” (p.240).

“¿Sabes cómo acababa yo con la crisis? Enviaba a los políticos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería” (p. 242).

“Me gusta despertarme pronto los fines de semana, para aprovechar el día” (p. 255).

“Ahí conozco yo un sitio de arroces buenísimo. Cuando vayas, avisa y te digo. Hay que reservar, eso sí, pero no es caro” (p. 288).

“Voy a ir pasando a las conclusiones, que tengo que coger un autobús a las siete y media” (p. 301).

“Sí… Sí… Yo ya se lo dije… No… Eso no… Pues se lo ha inventado… ¡Hostias! No, nada, que me había dejado la tesis abierta mientras hablaba contigo y se seguía escribiendo. Espera, que la cierro” (p. 330).

“La cebolla tiene que estar dorada, pero no se puede quemar. Si se quema la cebolla, ya puedes empezar de nuevo porque no vale nada” (p. 349).

“¿Un color? El azul. ¿Con qué persona célebre, viva o muerta, me iría de cañas? Con Jaime Rubio. ¿Qué hábito ajeno no soporto? La gente que respira. No hay aire para todos, no abuses, que no estás solo en el mundo” (p. 388).

“Total, que luego no me cogía el teléfono” (p. 440).

“Mierda, me he dejado la cafetera puesta” (p. 448).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro… Y ya está: 200.000 palabras” (p. 590).

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Solo con tilde

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—Voy a pasar solo el resto de la tarde en casa.

—¿Ese solo va con tilde o sin tilde?

—¿Qué?

—¿Lo has dicho con tilde o sin tilde?

—¿Pero qué dices?

—¿Vas a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa o solo con tilde el resto de la tarde en casa?

—Er… Solo sin tilde… O sea, que estaré solo.

—Pues dilo.

—¿Qué diga qué?

—Voy a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa. Hay que poner la tilde para evitar los casos de ambigüedad.

—Pero estamos hablando. Nadie habla así.

—Ya, ya lo sé. La RAE cambió la norma hace años. Pero a mí con tilde me da igual porque la sigo aplicando.

—¿A ti qué?

—A mí con tilde. Mí va con tilde cuando es pronombre.

—Ya lo sé, pero nadie habla así, te digo.

—¿Así cómo con tilde?

—Especificando si hay tilde o no.

—Hay que hacerlo. Si no, ¿cómo con tilde distinguiríamos las palabras que se escriben igual, pero que solo con tilde se diferencian por la tilde?

—¿Por el contexto? O por la pronunciación: el cómo con tilde y el como sin tilde no se pronuncian igual.

—El contexto no siempre es suficiente y la pronunciación apenas cambia, y eso cuando sin tilde cambia, porque los dos solos se pronuncian igual. Yo no sabía si sin tilde ibas a pasar la tarde solo en casa de estar solo, es decir, sin tilde, o solo de solamente, es decir, que solo con tilde ibas a pasar la tarde en casa y no la tarde y algún rato más.

—Pues pregunta.

—Claro, todo el mundo tiene todo el día para preguntarte cosas a ti sin tilde sobre tu sin tilde vida. Eres el centro del universo y quiero pasarme horas hablando sobre si sin tilde estarás solo sin tilde o solo con tilde. Oh, qué con tilde interesante. Se sin tilde va a pasar la tarde en casa solo sin tilde. Cuéntame más con tilde.

—Nadie ha hablado así nunca en toda la historia de la humanidad. Ni siquiera te entiendo.

—¿Sabes por qué separado y con tilde? Porque junto y sin tilde la RAE está llena de inútiles que no saben hacer su trabajo. Dan por válida cualquier cosa siempre que la diga el número suficiente de analfabetos. ¿Así cómo con tilde van a fijar y dar esplendor a la lengua? Estamos yendo marcha atrás. Volveremos a comunicarnos con gruñidos, como sin tilde los trogloditas. Desnudos por el campo, cazando cebras con nuestras uñas y nuestros dientes, fornicando al aire libre, sin tener que madrugar para ir a la oficina, donde sin tilde nos espera una jefa que insiste en que dejemos de hablar como sin tilde, cito textualmente, “si me hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza”. Y lo dice sin especificar si sin tilde ese si es con o sin tilde.

—Haces que la alternativa suene agradable.

—¡Mi jefa es el precio que tenemos que pagar por la civilización! ¡Y lo de las tildes también! ¡A cambio de un pequeño esfuerzo, como sin tilde decir si sin tilde las palabras se sin tilde escriben con o sin tilde para evitar las ambigüedades tenemos agua potable, vacunas, interne, series de seis temporadas que podrían haber sido una película decente de 90 minutos y mails con las facturas telefónicas de un imbécil que sin tilde se sin tilde llama como sin tilde tú con tilde y se sin tilde equivocó al dar su correo electrónico a la compañía!

—Bueno, bueno, pero no te enfades.

—¡Pues aprende a hablar como sin tilde las personas!

—Vale, vale, hablaré como quieras.

—¿Qué con tilde has dicho?

—Que hablaré como…

—¡Que sin tilde hablaré como sin tilde quieras!

—Perdona, perdona, acabo de empezar con esto y me falta práctica.

—¡De sin tilde!

—Vale, pero no te pongas así que sin tilde me has escupido sin tilde.

—¡En escupido no hace falta decirlo!

—Me has vuelto a escupir.

—¡Me sin tilde!

—Basta, solo quiero irme a casa. ¡Solo sin tilde!

—¡Ahí es con tilde!

—Un momento, ¿qué has dicho antes?

—Solo sin tilde.

—No, antes.

—¿Me sin tilde?

—Me siempre va sin tilde.

—Es verdad. Perdona, que sin tilde me he liado. Eso te pasa por ponerme de los nervios. En fin, te dejo, ya nos vemos mañana.

—Igual no, ¿eh?

—¿A las seis?

—Tengo cosas que hacer.

—A las seis, pues.

Cuatro gatos

“Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem”, de Ramon Casas (1897, MNAC)

—Buf, en este bar hay cuatro gatos.

—¿Cuatro gatos? ¿Dónde?

—No, quiero decir que…

—¡Me encantan los gatos! ¡No los veo! ¿Dónde están?

—No me has entendido…

—¿De qué color son? ¡Ojalá haya uno negro!

—¡Que no hay ningún gato!

—¿No?

—¡No!

—¿Y por qué dices que hay cuatro gatos? ¿Te has confundido? ¿Esos abrigos te parecían gatos?

—¡No! ¡Es una expresión! ¡Significa que hay poca gente!

—No lo entiendo.

—Es una forma de hablar.

—Es una forma de hablar rarísima. ¿Para qué dices que hay cuatro gatos si lo que quieres decir es que hay pocas personas? Ni siquiera hay cuatro personas. Somos siete. Casi el doble.

—Es una expresión, una frase hecha.

—Todas las frases están hechas. ¿A qué te refieres?

—Es… Yo qué sé, como una metáfora.

—Sabes que me encantan los gatos. Me has dicho que había cuatro gatos. Y no hay ninguno.

—Perdona, pensaba que conocías la expresión.

—No, no la conocía.

—La conoce todo el mundo.

—Todo el mundo no, porque yo no la conocía.

—Bueno, ya…

—Y no creo que la conozcan en China. O en Canadá.

—A ver…

—Dile a un señor de Ottawa lo de los cuatro gatos y ya verás lo que te contesta. Pues que quiere ver los cuatro gatos, eso te va a contestar. Y que si son de alguien o se puede llevar uno a casa. Todo el mundo, no.

—Es una forma de hablar.

—Tienes una forma de hablar incorrectísima. No se corresponde en absoluto con la realidad.

—Madre mía…

—¿Tu madre? ¿Dónde?

—No, no…

—¿Tampoco está?

—No.

—¿Es otra expresión de esas tuyas?

—Sí. O sea, no. Es decir, es una expresión, pero no es mía.

—¿De quién es? ¿Del camarero? ¿De esos señores?

—No, no. Es… Común… General…

—Ya, todo el mundo la conoce, ¿verdad? Todo el mundo menos yo y un señor de Ottawa.

—Déjalo ya, por favor. Son expresiones que mucha gente conoce. Como sigas así, me voy a pegar un tiro para no oírte.

—…

—¿Qué pasa?

—…

—Ay, mierda…

—…

—Lo del tiro, ¿verdad? Es otra… Otra expresión…

—¡Eres imbécil!

—Te aseguro que muchísima gente también conoce esta frase hecha.

—Pero qué gilipollas eres. Me has asustado, anormal. ¿Cómo se te ocurre decir algo así?

—Pensaba que…

—Ni pensaba ni pensabo. A mí me hablas normal. El lenguaje ese mágico que te has inventado en el que las cosas significan lo que te da la gana te lo guardas y lo usas con, yo qué sé, la secta de la que me imagino que has salido.

—Mira, déjalo. Vamos a tomarnos una cerveza.

—¿Una?

— Sí..

—Una cada uno, querrás decir.

—Sí, una cada uno.

—Disculpen que les interrumpa. Soy un señor de Ottawa.

—¿Eh?

—¿Uh?

—Estaba tomándome un café tranquilamente cuando he oído que hablaban de mí y he cogido un avión.

—¿Y cómo ha llegado tan rápido?

—Por la diferencia horaria.

—Ah, claro.

—Tiene sentido.

—Quería saber dónde están los gatos.

—¡Ja! ¿Lo ves?

—¿Puedo ver los cuatro gatos? Me encantan los gatos.

—No, no. A ver, se trata de un malentendido…

—¿Hay alguno negro? Me gustan mucho los gatos negros. Y si no son de nadie, ¿podría llevarme uno a casa?

—¡Te lo dije!

—Verá, es una forma de hablar.

—¿Cómo?

—Va a tener que disculpar a mi amigo. Tiene un problema del habla.

—¡No tengo ningún problema! ¡Estoy sanísimo!

—Supongo que es algún tipo de lesión cerebral. Dice: “Hace un coche muy rojo” y a lo mejor quiere decir que llueve. Cuando ha dicho lo de los cuatro gatos se refería a siete personas.

—Oh, vaya.

—No tengo ninguna lesión cerebral.

—Lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.

—Me encantan los gatos.

—A mí también. Imagine, ¡cuatro gatos! ¡Juntos! ¡Menuda maravilla! ¡Habría sido, fácilmente, lo mejor de la semana!

—En fin, es una pena. Otra vez será.

—Exacto, pero a este no le haga ni caso.

—Espero que se recupere.

—¡Que estoy bien!

—Eso igual significa que se le están cayendo las orejas, yo qué sé.

—Pobre hombre.

—No, si tiene dinero. Pero está enfermo.

—Eso quería decir.

—No ha dicho eso. Ha dicho “pobre”, no “enfermo”.

—Es una expresión.

—¿Se dice en Ottawa?

—Yo creo que no solo en Ottawa…

—¡Horror! ¡Es contagioso!

—No, un momento…

—Si el señor de Ottawa se ha contagiado, eso significa que ya es demasiado tarde para mí. Aunque quizás soy inmune.

—Le aseguro que no tiene por qué preocuparse. Solo es una frase hecha.

—¡Todas las frases están hechas! ¡Si no, no serían frases! ¡Serían palabras al azar! ¡Mesa manzana de correr listo siempre que aún! ¡Eso es una frase sin hacer!

—No te pongas así, que estás asustando al señor de Ottawa.

—¿Así cómo? ¿Es por la pose de la espalda?

—Que no te enfades, quiero decir.

—¡Pues di eso! ¡No digas otra cosa si eso es lo que quieres decir!

—A ver…

—Sí, perdona. Tienes razón. Estás enfermo. Los dos lo estáis. No podéis hacer nada por evitarlo y yo no debería enfadarme. Vamos a tomarnos una cerveza cada uno. Señor de Ottawa, ¿quiere una cerveza?

—Venía por los gatos, pero ya que estamos aquí, ¿por qué no?

—¿Que por qué no…? No se me ocurre ningún motivo. ¿Le gusta la cerveza?

—Sí.

—Bien. Entonces cerveza para todos. Por favor, cuando pueda, ¿nos pone tres cervezas? ¿Y qué tiene para picar?

—Anzuelos.

—Me encanta este sitio.

¡Vegano!

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—Hola, soy…

—¡Vegano!

—¿Qué?

—¡Eres vegano!

—¿Cómo? No, no.

—Cómo sois los veganos, todo el día que si soy vegano, que si no como carne, que si no como pescado, que si los animales sufren, que si el queso también.

—¿Pero de dónde saca eso?

—No comes carne.

—¿Qué dice?

—Porque eres vegano.

—Yo no soy vegano.

—No, qué va. Si se te nota. Que estás pálido. Que se te ve débil. Que te falta hierro. Que más que respirar, resollas. ¿Quieres un poco de pan, aunque sea? ¿El pan es vegano? No sé si os tienen que certificar que no lo miró un ternero con pena antes de comerlo.

—Oiga, que no.

—¿Que no eres vegano o que no os lo tienen que certificar?

—¡Que no soy vegano!

—Míralo, el vegano se enfada. ¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? Qué bonito. Tratáis muy bien a los animales, pero no dudáis en hacer daño a las personas. Ese es el problema de los veganos: que no tenéis las prioridades claras. Si tuvierais que escoger entre vuestra madre y un atún, escogeríais al atún.

—Pero no diga tonterías.

—Si Dios no quisiera que comiéramos atún, no lo habría creado tan rico. En cambio, tu madre seguro que no sabe tan bien. Vamos, no creo, jamás la he probado. Dicho sea con el debido respeto.

—Que yo como de todo.

—Claro, todo lo que no venga de animales. Ni carne, ni huevos, la leche según. Lo de la leche es raro. ¿Solo la bebéis cuando os la da la vaca libremente? ¿En plan, “eh, me sobra esto, por si lo queréis”? ¿Es así o cómo va?

—No lo sé. Yo no soy vegano.

—¿No?

—No.

—Ah, perdona. Creí que eras vegano.

—Pues no lo soy. Llevo un buen rato intentando decírselo.

—¿Y qué eres? ¿Vegetariano? ¿Ovolácteovegetariano? ¿Flexigetariano?

—¿Pero qué dice? ¡No soy nada de eso!

—Como no comes carne.

—Sí como carne.

—¡Las setas no son carne!

—¡Como filetes!

—Sí, claro, de tofu.

—¡Que no!

—O chorizo vegano, que sabe a pipas.

—¡Jamás he probado el chorizo vegano!

—Pues las hamburguesas veganas, que son como de corn flakes.

—¡Que no!

—No saben a nada.

—¡No lo sé! ¡Jamás las he probado!

—Qué raro coméis los veganos. Con lo ricas que están las gambas.

—Me encantan las gambas.

—Pero no las comes. Porque eres vegano.

—¡Que no soy vegano!

—No comer gambas debería ser delito. Y no solo las gambas. Los langostinos. Las chirlas. El chorizo. Los pies de cerdo. El lomo. Los torreznos. Pero, claro, tú lo más parecido que comes a los torreznos son los Bocabits.

—¡No como Bocabits!

—¿Tampoco? ¿Los hacen con grasa animal o algo? ¿Le enseñan la bolsa a un cordero y te sabe mal?

—¡Que no soy vegano! ¡Que venía por otra cosa!

—Ya, pero en seguida aprovecháis para hablar de lo vuestro. Qué pesaícos sois. Le dices “hola” a un vegano y te contesta “soy vegano” sin darte ni los buenos días. ¡Pero déjame en paz! ¡Que a mí me da igual! ¡Como si lo único que comes son tus propias uñas!

—Casi mejor que vuelvo en otro momento.

—No, hombre, no. Ya que estás, acaba con el asunto. Cuéntame qué comes. Explícame lo mucho que sufren las gallinas cuando les robas un huevo.

—No venía por nada de eso.

—Pues seguro que es para otra cosa de los animales. La ropa o algo. ¿De qué es tu jersey? Seguro que no es de lana, porque preferís que la oveja se muera asfixiada antes que cortarle el pelo. Ya hay que ser maniático. ¿No te cortas tú el pelo? ¡Pues córtaselo a la oveja, que estará más cómoda! Venga, cuenta, que lo estás deseando, ¿de qué es tu jersey?

—¿Qué?

—¿De qué es tu jersey, vegano?

—¿Pero qué dice?

—¿De qué es tu jersey?

—¿Pero quiere dejar mi jersey en paz?

—¿De plástico?

—No.

—¿De hojas muertas?

—¡No!

—¿De pelo humano?

—¡Que no! ¡Es un jersey normal!

—¿De piel de bebé?

—Es de algodón, ¿vale? Y quizás tenga algo de poliéster, yo qué sé.

—Ay, vegano, que te da igual afeitar una planta, pero la oveja que se joda.

—¿Pero qué dice? Esa frase no tiene ningún sentido.

—¡Vegano!

—Oiga.

—¡Vegano!

—¿Quiere parar con eso?

—¡Ve-ga-no!

—Pero pare, por favor.

—¡Eres vegano!

—Pero…

—¡Vegano!

—Le pido por favor que…

—¡No comes animales!

—Mire, ya vale.

—¡Eres vegano!

—¡Oiga!

—¡Jajaja, coméis raro!

—¡Que le estoy diciendo que no soy vegano!

—¡Qué pesaíco, contándole a todo el mundo que eres vegano!

—¡Que no le cuento nada a nadie!

—Sí, ahora disimula. Os tengo pilladísimos a todos. Se os ve a la legua, que oléis a rúcula.

—Yo no huelo a eso.

—Que sí, hombre, que es un olor como a corcho húmedo.

—Que yo huelo a champú. Que me he duchado hace nada.

—Champú vegano, de este que se hace con gelatina de cadáveres humanos, pero sin hacer daño a ningún animal. Lo probé una vez, no hace espuma ni nada. Se te queda la piel así como tirante. En cambio, el mío normal es una maravilla. Toca, toca… Es muy suave. Toca, toca…

—Preferiría no hacerlo.

—Toca, anda, no te cortes.

—Que no.

—Toca, te digo.

—No me parece buena idea.

—Que no vas a matar a ninguna pulga, joder.

—Preferiría no tocar…

—¡Que toques! Hostia ya, con las manías de los putos veganos.

—Que no soy vegano, le digo.

—Pues toca, joder.

—¡Es que eso es su pene!

—Pues toca el brazo, ostias, hay que ver que asquerosillos sois los veganos. No coméis carne, no tocáis penes… ¡No hacéis nada! Seguro que ni barres, no sea que te lleves a una hormiga.

—¡Que no soy vegano!

—¿Cómo?

—Que no soy vegano. Que vengo por otra cosa.

—¿No eres vegano?

—¡No!

—¿En serio?

—¡Que no!

—¿Comes carne?

—¡Sí!

—¿Y pescado?

—Sí.

—¿Y leche?

—¡Que sí!

—¿Y huevos?

—También.

—¿Seguro que no eres vegano?
—Segurísimo.

—¿Ni un poco?

—¡No soy vegano! ¡Como carne! ¡Y pescado! ¡Y barro!

—¿Comes barro?

—No, que paso la escoba. Y la aspiradora. Y el mocho. Lo que haga falta.

—¿Entonces no eres vegano?

—¡Que no!¡Joder! ¡Que no sé cómo decirlo!

—Bueno, vale, pero no te enfades.

—Es que ya cansa el tema.

—Yo qué sé, haberlo dicho antes.

—Llevo diciéndolo desde que he llegado.

—Que no soy adivino.

—Ya, bueno.

—Cómo iba a saberlo.

—Ya, ya…

—Si no me lo dices…

—Sí, bueno.

—Yo no sé leer mentes.

—Sí, ya…

—Será porque como carne y eso no me deja pensar. La grasa animal me tiene taponadas las arterias que llevan sangre al cerebro. A ti seguro que no te pasa, vegano.

—Que no soy…

—Tienes todo muy suelto, las arterias y lo que no son las arterias, que debes ir al baño como cinco veces al día.

—¡Pero bueno!

—Eso no puede ser bueno. Todo el día con diarrea.

—¿Pero qué dice?

—Supongo que tendrás que comer mucho arroz para compensar.

—¡No lo sé! ¡No soy vegano!

—¿Entonces qué eres? ¿Celiaco? ¿Intolerante a la lactosa? ¿No te gusta el pescado, a excepción del salmón? ¿Abstemio? ¿Solo comes alimentos orgánicos? ¿No tomas azúcar procesado? ¿Solo compras productos de proximidad? ¿No comes nada que tenga almidón de maíz? ¿No compras nada que contenga la letra E en sus ingredientes? ¿No cocinas nada que no hayas cultivado, criado o matado con tus propias manos?

—¡No!

—Entonces eres vegano.

—¡Que no soy vegano! ¡Vengo del gas!

—¿Del gas? ¿Eres etéreo? ¿No comes nada que dé sombra?

—¡De la compañía del gas!

—¿Pero qué compañía puede dar el gas? Si no habla.

—¡De la empresa suministradora del gas! ¡Vengo a tomar nota de la lectura del contador!

—¿El contador?

—El contador del gas.

—¿El contador del gas?

—Sí, el contador del gas.

—Eso no tiene ningún sentido. ¿Cómo vas a contar el gas, si es un gas? ¿Qué cuenta un contador del gas? Pondrá “uno”. Un gas.

—El consumo del gas. La cantidad de gas que se ha consumido en este piso.

—Yo no consumo gas. Me moriría. Bueno, espera, ¿el oxígeno cuenta? ¿El oxígeno es un gas? Tú deberías saber esas cosas, que los veganos estáis muy informados.

—Sí, el oxígeno es un gas.

—¿Ves? Eso hay que reconocerlo. Si quieres saber si el oxígeno es un gas, pregúntale a un vegano, que él lo sabrá seguro.

—Yo no soy vegano.

—Qué listos sois los veganos.

—Pero que yo no soy vegano.

—Mucho sabes tú de gases para no ser vegano.

—Yo me refiero al gas que usa para cocinar.

—Huy no, yo cocino con fuego. Le doy a esas ruedecitas y sale una llama azul. Claro, tú como eres vegano y solo comes plátanos no sabes cómo funciona esto. Aquí me hago cosas como huevos, pollo a la plancha, salchichas.

—También me refiero al gas que sirve para calentar el agua.

—¡Qué tontería! El agua caliente sale cuando pongo el grifo hacia lo rojo. No sale ningún gas, ni nada parecido. Es todo mecánico. ¿Tampoco os ducháis con agua caliente? ¿El agua se calienta quemando tejones vivos? ¿Es por eso? No lo sabía. Qué curioso. Creo que mis duchas son más importantes que el bienestar de los tejones. Los tejones transmiten enfermedades, como la gripe del tejón. Pero eso a los veganos os da igual. Preferís que muramos todos, ya sea por la gripe del tejón o de frío.

—Oiga, que yo no soy vegano.

—¡Vegano! ¡Jajaja! ¡Que no te duchas!

—¿Me deja ver el contador, por favor?

—¡Que te comes la comida de mi comida!

—Deje de decir eso.

—¿No te da pena que las vacas que me como pasen hambre? ¡Pues no te comas su hierba! ¡O lo uno o lo otro!

—¡No soy vegano!

—Me llegan los filetes cada día más tristes al plato. Como te pille una vaca, te da dos hostias, por ladrón.

—¡Que yo no como hierba!

—Piensa que por la propiedad transitiva, si te comes una vaca, también te estás comiendo la hierba que se ha comido, por lo que el filete, en cierto modo, es verdura.

—¿Me quiere hacer caso?

—¡No! ¡Yo no voy a dejar de comer carne! No me malinterpretes, todo mi respeto para las decisiones ajenas. Por mí, como si te quieres limitar a lamer sal. Pero donde se ponga un buen chuletón, que se quiten esas bolsitas de hierbas para la ensalada que venden en el súper. Eso no puede ser sano.

—Que yo como normal, le digo.

—Hombre, a ver, lo de ser vegano muy normal no es.

—¡Que no soy vegano!

—En el Paleolítico comían de todo y estaban sanísimos.

—Haga el favor de dejarme hacer mi trabajo.

—No tenían ni caries. Eso lo leí el otro día. También había menos cáncer y menos miopía. Luego te pisaba un mamut y te morías, pero hasta entonces disfrutabas más. Todo el día en bolas, tirado por el monte, comiendo chuletones de hipopótamo.

—Miro el contador y me voy. Solo necesito diez segundos.

—No podían andarse con tonterías e ir a la farmacia a comprar suplementos de vitamina B12 porque les daba pena darle un garrotazo a ciervo. Tenían que comer de todo: ñús, mamuts, neandertales, diplodocus… Lo que hubiera.

—Le digo que yo como de todo.

—Ya, menos carne, leche, huevos, chocolate con leche…

—Yo como chocolate. Mire, llevo un Twix en el bolsillo.

—Lo principal es el respeto y yo respeto a todo el mundo, pero si mi religión me prohibiera comer chocolate, yo preferiría ir al infierno.

—El veganismo no es una religión.

—¿Cómo que no, si acaba en ismo?

—Ni siquiera sé si veganismo es una palabra correcta.

—Tú sabrás, que eres el vegano.

—No soy vegano.

—Pues para no ser vegano, llevas aquí un buen rato hablando del tema. Cómo sois los veganos, siempre hablando de lo que coméis y de lo que no coméis. ¡Que a mí me da igual! ¡Que hagáis lo que os dé la gana! ¡Pero no deis la tabarra!

—¡Yo no doy la tabarra!

—¡Vegano! ¡Jajaja…! ¡Déjame en paz, pesado!

—Pero si es usted el que no calla.

—No, no. Siempre con la misma excusa. Que si los demás preguntamos. Que si además hacemos preguntas muy idiotas. No, mira, tú has llegado aquí y todo el rato de cháchara. Que si coméis chocolate, que si no es una religión. ¡Y a mí que más me da! ¡No me cuentes tu vida! ¡Ni siquiera sé qué haces aquí!

—¡Que no soy vegano! ¡Que vengo del gas!

—No, mira, eso ya no. Venimos del mono. Eso es un dato científicamente demostrado. Ahora no me vengas con tonterías. De hecho, mi bisabuelo aún era un mono. Es que en mi familia somos muy lentos para hacer las cosas. Nos lo tomamos todo con mucha calma. Mira, ¿ves esa lámpara? Tengo la bombilla fundida desde febrero. El tema es que me he acostumbrado a tenerla así y nunca me acuerdo de apuntar en la lista de la compra que necesito una  nueva. Y es un incordio, ojo, porque al final enciendo la luz del techo y es demasiado luz para mí porque tengo fotofobia, que es un miedo irracional a los veganos, como tú, jajaja. No, es broma. Me molesta la luz. Pero te estaba contando lo de mi bisabuelo.

—Oiga, le juro yo solo venía a mirar el contador del gas.

—Mi bisabuelo ya estaba casado y todo. Si no recuerdo mal la historia, mi bisabuela estaba embarazada. No de mi abuelo, sino de su hermana mayor, mi tía abuela Remedios, en Paz descanse. Paz, municipio de Madrid, que es donde vivía. Y donde la enterramos en 1997. Cómo gritaba, la jodida.

—Por favor, tengo que apuntar las lecturas de todos los contadores de la calle.

—¡Dejadme salir! ¡Que no estoy muerta! Tía Remedios, contestábamos, deje de darle golpes al ataúd, que está asustando a los niños. Que no estoy muerta, decía. Anda que no era cabezona. Cuando se emperraba en algo, insistía y no paraba. No se calló hasta que la incineramos.

—Puedo volver otro día.

—Total, que mi bisabuela le dijo a mi bisabuelo: “Mira, Abundio, creo que ha llegado el momento de que tú también evoluciones. Estamos esperando un hijo o, Dios no lo quiera, una hija, y creo que es mejor que su padre, que eres tú, el futuro bisabuelo de Roberto, aunque esto aún no lo sabían porque yo no había nacido, sea un hombre hecho y derecho, y no un mono. Así, cuando vayas a misa, te darán una hostia de las consagradas, y no como ahora, que te arrojan un trozo de pan cuando lo pides golpeándote la palma de la mano”.

—Le dejo este papel con el teléfono, por si prefiere llamar y dar la lectura usted mismo.

—Mi bisabuelo no quería. Principalmente porque estaba muy gracioso con sombrero. Creo que tengo una foto por aquí… Dónde estará… Aquí, mírala. Era graciosísimo. Trabajaba en Correos. No sé si has ido a Correos últimamente. Han progresado mucho: ya están en 1962. Te dan turno, te venden sellos, no puedes pagar con tarjeta de crédito. En la época de mi bisabuelo no era raro que un mono trabajara allí.

—Me parece una historia fascinante, pero no tengo tiempo, de verdad.

—También estaba el tema de que se llevaba mal con su suegro. El padre de mi bisabuela era algo racista y no le veía con buenos ojos porque era un mono, aunque el empleo fijo en Correos jugaba a su favor. “¡Eso es especismo!”, gritaba mi bisabuelo cada vez que salía el tema en una comida familiar. Luego se cagaba en su propia mano y tiraba trozos de mierda a todos los familiares, hasta que mi bisabuela le sacaba a rastras de la habitación y le tranquilizaba golpeándole con un periódico enrollado.

—Por favor…

—Cuando digo “un periódico enrollado” me refiero a que se le daba forma de cilindro, no a que fuera un periódico marchoso y divertido. Lo aclaro porque este punto ha creado confusión en ocasiones anteriores.

—Tengo que coger un autobús.

—Pero a pesar de todo, mi bisabuelo sabía que no podía quedarse atrás. Un número infinito de monos tecleando infinitas máquinas de escribir pueden componer las obras completas de Shakespeare, pero es mucho más fácil ir a la biblioteca y pedir prestado el libro, cosa que mi bisabuelo no podía hacer, al ser un mono. Sí, los tiempos han cambiado y hoy los monos pueden ir a casi cualquier parte, siempre que lleven pantalones, pero en la época de mi bisabuelo la sociedad era más estrecha de miras porque todos tenían los ojos más juntos. Por eso había tantos accidentes de tráfico. Pero me desvío del tema.

—Le ruego que me deje marcharme…

—Así pues, mi bisabuelo accedió a los más que sensatos deseos de mi bisabuela y evolucionó. Lo hizo en una sola noche, del tirón. Fue una velada movidita. A las cuatro de la mañana, mi bisabuelo inventó la rueda, solo te digo eso. No quería creer que ya estaba inventada, por mucho que se lo dijeran. Supongo que de ahí le vino la cabezonería a mi tía Remedios. De todas formas, hay que decir que la suya tenía forma de pentágono, por lo que imagino que, técnicamente, inventó la rueda pentagonal. Aún la usan las motos de Correos para los envíos urgentes.

—Hablando de urgencia, tengo muchísima prisa.

—Como evolucionó en muy poco tiempo, no le salió del todo bien. Acabó con tres brazos y con la espalda cubierta de cuernos.

—Por favor.

—Pero al menos siguió siendo omnívoro, como todos los humanos. Y no como tú, vegano, que no comes nada que tenga madre. No te gusta la carne. Ni el pescado. Solo comes brotes y bayas. Eso es antinatura. Tienes a la evolución en tu contra. Estás insultando a mi abuelo con tu veganismo.

—No soy vegano, se lo juro por mi madre.

—¿No eres vegano?

—No, no soy vegano.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Si ahora te saco un bocadillo de salchichón, ¿te lo comerías?

—No me gusta el salchichón.

—¿Lo ves? Eres vegano.

—Que no, que me gusta todo el embutido menos el salchichón.

—Espera, ¿es posible que seas vegano y no lo sepas? Es decir, ¿que casualmente lleves una dieta vegana y que hasta este preciso instante no te hayas dado cuenta de que no comías ningún producto animal?

—No es eso, de verdad.

—Hay gente con lesiones cerebrales que no ve la parte izquierda de su cuerpo. No me refiero a que no la vea en su campo visual, sino que para su cerebro es como si no existiera. No se peinan el lado izquierdo de la cabeza, por ejemplo. O el derecho, el que sea. Ni se ponen los dos zapatos. Ni se cortan las uñas de una de las dos manos. ¿Es posible que te pase lo mismo, pero con la carne? ¿Que seas tan vegano que ni siquiera seas consciente de la existencia de los productos animales?

—Le juro que lo único que pasa es que no me gusta el salchichón.

—Bueno, sí, es otra hipótesis, pero no me acaba de convencer.

—Si me saca algo de jamón, me lo como.

—Nos ha jodido. Pues claro, y yo también. Míralo, es vegano, pero no es tonto. ¿Te saco también algo de caviar? ¿Solomillo de buey? ¿Un par de langostas? ¿Unas tostas con foie-gras? ¿Media docena de ostras? ¿Pato a la naranja? ¿Faisán con mermelada de frambuesa? ¿Fugu? ¿Sopa de nido de golondrina?

—¿Sí? No sé qué decirle ya para que me deje mirar el contador. O irme. ¿Me puedo ir?

—Ahora te da vergüenza. Como te he pillado… Si es que no se me escapa ningún vegano. Se os nota a la legua. Camináis lentos, sin apenas poder respirar, parándoos a descansar cada dos minutos. No tenéis fuerza, ni vida. Sois muy bajitos. Claro, os falta hierro.

—Soy más alto que usted.

—Eso es porque en mi familia lo dejamos todo para el final, como te he explicado hace un rato. Ya creceré cuando tenga tiempo.

—No sé ni por qué discuto con usted. No soy vegano.

—Esto es una cosa de sectas, ¿no?

—¿Cómo?

—O sea, que seguro que hay un grupo de veganos, el tuyo que, yo qué sé, no come setas porque en realidad no son plantas, y os hacéis llamar de otra forma. Honganos. Setarios. Rovellonenses.

—No, ¿qué dice?

—Veganos extremos.

—¡No!

—Seteros.

—¡Que no!

—Bueno, ¿pues cómo os llamáis?

—De ninguna forma. ¡No soy vegano y punto!

—¿Eres tan vegano que no tienes ni nombre? Ah, ya lo entiendo. Es porque el hecho de tener etiqueta hace que socialmente se os vea como la excepción, lo que se aparta de la norma, cuando en vuestra opinión deberíais ser lo convencional, la opción por defecto. Por tanto, son los demás quienes deberían llevar la etiqueta. Vosotros sois los, digamos, “normales” y los demás somos carnívoros, omnívoros, carnacas… No sé, el término que uséis.

—¡No es eso!

—¿No?

—¡No lo sé! ¡A lo mejor sí! ¡No soy vegano!

—Oye, lo de las setas iba en serio. No son plantas ni animales. Los hongos son otro orden diferente a la fauna y a la flora.

—¿Y a mí qué me importa?

—Hombre, como vegano te debería importar. Entiendo el argumento de que las plantas no tienen sistema nervioso central y por lo tanto no sufren, aunque me parece una excusa para poder comer algo que dé sombra. Pero ¿estás seguro de que los níscalos no sienten nada cuando los cortas con tu cuchillo y los metes en la cesta?

—Yo no hago eso.

—Ah, ¿entonces eres de los que solo come los frutos que caen al suelo?
—No, yo no voy a buscar setas. Las compro en el súper.

—¿Vas al súper?

—Claro que voy al súper. ¿Dónde iba a comprar comida, si no?

—Yo qué sé, no conocía a ningún vegano personalmente hasta ahora. Me rodeo de gente sana. Por cierto, ¿pasas cerca del pescado y de la carne o das un rodeo para no verlo? Porque imagino que te dará pena, ¿no?

—No, no me da pena.

—Ahora que pienso: una amiga mía no come nada de carne ni pescado. Pero no porque quiera evitar sufrimiento animal, sino porque los animales le dan asco. Ve un trozo de carne y se imagina al cerdo maloliente, babeando, gruñendo… Y se le pasa toda el hambre. ¿Eso cuenta como dieta vegetariana, o vegana, o lo que sea? ¿O solo admitís a los veganos de buen corazón?

—No soy vegano. Ya no sé cómo decirle esto, pero no soy vegano.

—O setero o lo que sea. Mi amiga sí come queso, por ejemplo. Así que vegana, lo que se dice vegana, no es.

—¿Si le digo que soy vegano, me dejará en paz?

—Pero déjame en paz tú, que estás todo el rato con tus cosas veganas. No sé ni quién eres.

—Soy el del gas.

—Hombre, no me extraña, con tanta verdura, jajaja…

—El de la compañía del gas.

—Me encantan los chistes de pedos. ¡Vegano! ¡Comes mucho brócoli!

—¡No soy vegano! ¡Y no me gusta el brócoli!

—¡Vegano! ¡Jajajaja…! ¿Comes brazo de gitano? Jajaja… Perdona, es que llevo aguantándome esta gracieta desde que me has dicho que eres vegano y ya no me aguantaba más. Tenía que soltarla, que si no se hace costra.

—Que no soy vegano, le digo. Que vengo a tomar nota de la lectura del contador.

—Los veganos os creéis mejores que los demás porque no coméis cordero lechal, pero te voy a decir una cosa: Hitler era vegetariano.

—Me importa un bledo.

—Claro. Imagino que para un vegano, no hay diferencia entre Hitler y cualquier otro vegetariano. Cualquier tipo que haga daño a un animal de cualquier forma es un criminal. Incluso si solo hablamos de mirarlos mal, en plan, ese animal no me acaba de caer bien.

—Mire, me voy.

—¿Te enfadas porque hay animales que me caen mal?

—No, no, es que me tengo que ir.

—¿Y por qué me tiene que caer bien el perro de los vecinos de arriba? Se pasa todo el día ladrando.

—Me da igual, en serio.

—No, venga, no te enfades.

—Que no, que me voy.

—Venga, que era broma.

—Suélteme el brazo.

—Si el perro es buena gente. La culpa es de los dueños, que lo tienen mimado.

—Que me da igual.

—No te volveré a llamar Hitler, de verdad.

—Que me deje.

—¿Quieres una manzana? Te invito a manzana.

—¡No quiero nada!

—Venga, te dejo mirar el contable del gas.

—¡El contador!

—Lo que sea. Pero no te enfades.

—¿De verdad puedo anotar la lectura del gas?

—Que sí, tonto.

—¿Y no seguirá con lo de los veganos?

—Que no. En serio. Ya paro.

—¿Y luego me dejará irme tranquilo?

—Sí.

—¿De verdad?

—Que sí.

—No le creo.

—Te lo juro.

—¿Seguro?

—Que sí.

—De acuerdo. ¿Dónde está el contador?

—No sé, yo creo que no tengo de eso.

—¿Me deja ver si está en la cocina o en el lavadero?

—Adelante.

—Aquí está.

—Anda, nunca me había fijado.

—Pues ya está todo.

—Qué bambas más chulas.

—¿Eh?

—Las zapatillas.

—Ah. Bueno, como me paso el día caminando, me pillé unas cómodas.

—Tú eres un runner de esos, ¿no?

—¿Qué? No, no…

—Sí, hombre, tú sales a correr.

—Que no.

—Eres de los que pone en Facebook los kilómetros que ha corrido cada día.

—No, no. Ni siquiera estoy apuntado a un gimnasio.

—Porque sales a correr.

—¡Que no! ¡Que no hago deporte!

—Qué pesados sois los runners. No sé de quién huís. ¿De la policía?

—Que no soy runner. No empecemos.

—El otro día fui al parque y creía que había un incendio. Todo el mundo corriendo como un loco.

—¡Basta!

—¿Eh?

—No volvamos a empezar.

—¿Con qué?

—Con los veganos y los runners o lo que sea.

—Pero si solo es por dar algo de conversación.

—Ni conversación ni nada.

—¿Te has enfadado otra vez?

—Sí, claro que me he enfadado.

—¿Entonces no vamos a follar?

—¡No, claro que no!

—¿Pero por qué?
—¡Porque no sabes jugar a esto!

—¿He hecho lo que me pediste!

—No, mira, así no es. Yo digo que vengo del gas y tú me dices algo así como: “¿Quieres ver algo mejor que el contador?”.

—Habérmelo dicho.

—¡Pensaba que era bastante evidente!

—No sé, yo…

—Joder con que si soy vegano, ya.

—Pero…

—Le has quitado todo el morbo al asunto.

—Yo es que sigo sin pillarle la gracia.

—La tendría si no te hubieras empeñado en hablar de veganos.

—¡Yo que sé! ¡Te dije que no servía para esto!

—Mira, que me dejes en paz un rato.

—Deberías comer más carne.

—¿Eh?

—Que deberías comer más carne.

—¿Cómo?

—La dieta vegana te pone de muy mal humor.

—¡Para ya con eso! ¡No soy vegano!

—¡Y yo que sé! ¡Tampoco trabajas para la compañía del gas! ¡Este juego es muy confuso!

—¿Y lo de los runners a qué venía?

—Esas bambas son nuevas, ¿no?

—¿Pero qué…?

—No sé, tenía curiosidad.

—¡Me voy a duchar!

—¿Sabías que el agua se calienta con gas?

—¡Necesito un poco de silencio!

—¿Crees que será por la actividad volcánica del subsuelo?

—¡No!

—¡Espera un momento!

—¿Ahora qué pasa?

—¡Yo a ti no te conozco de nada!

—¿Eh?

—¡Tú no eres mi pareja! ¡Yo no tengo pareja!

—¿No?

—¡Tú eres el del gas!

—Hostias, es verdad.

—¡Pero bueno!

—Joder, que me he liado. Perdona.

—No pasa nada.

—Ya decía yo que esta casa no me sonaba.

—No pasa nada, en serio.

—Mira, me iba a duchar en este armario.

—Ya, ya. Por eso me he dado cuenta.

—Qué lío.

—Bueno, todo el mundo se equivoca.

—Claro, tanto marearme con lo de que soy vegano.

—Y no comer carne no te ha ayudado. Seguro que tienes la sangre menos espesa y el corazón bombea con menos fuerza. No te debe llegar más que agua sucia al cerebro.

—No lo descarto. Es decir, creía que no soy vegano, pero si me he equivocado de casa y he olvidado mi profesión, creyendo que todo era un juego erótico festivo, ¿no es también posible que desconozca cuál es mi dieta?

—Además, tienes síntomas de ser vegano.

—Yo ya no sé nada.

—¿Quieres un trozo de fuet, para comprobarlo?

—No lo sé, la verdad. Tengo miedo. ¿Y si soy vegano?

—No te preocupes, eso se cura.

—No, no. Me refiero a que si soy vegano a lo mejor rompo una racha de años sin comer carne.

—Es posible.

—No sé si debo arriesgarme.

—¿Entonces qué vas a hacer?

—Creo que no voy a comer nada de carne hasta que esté seguro.

—¿Ni pescado?

—Ni pescado.

—¿Ni ningún producto de origen animal?

—Ni ningún producto de origen animal.

—¿Sabes qué significa eso?

—No, la verdad.

—Pues que técnicamente eres vegano.

—Supongo que sí.

—Por lo que entonces eres un pesado que no deja de hablar de lo que come.

—Creo que eso no es necesariamente así.

—Y que tenía razón todo el rato.

—No lo sabemos.

—Seguro que también eres runner.

—No, eso no. Me acordaría.

—Esas bambas son muy de profesional.

—Qué va, son del Decathlon. 20 euros, me costaron.

—Sí, seguro.

—Que sí.

—Serías las primeras que te compraste. Seguro que ahora tienes unas de estas que hacen a mano.

—No, no.

—¿Eres pronador o supinador?

—Pronador.

—¡Jajaja! ¿Lo ves?

—Mierda.

—¡Eres un runner!

—Joder, qué putada.

—¡Seguro que no aguantas nada! ¿Cómo te atreves a salir a correr, si no comes carne?

—¿Y ahora qué hago?

—Ahora te vas de mi casa.

—¡Pero no me deje así! ¡Necesito ayuda!

—Sí, bueno, pero en otro lado. A mí no me des la tabarra.

—¡Por favor! ¿Y si también soy celiaco? O peor, ¿y si puedo digerir la lactosa sin problema, pero solo consumo productos sin lactosa porque creo que me sientan mejor?

—A mí no me cuentes tu vida, que ya me has hecho perder toda la mañana hablando de lo poco que te gusta el sushi, so vegano.

—¡No me empuje!

—Que te largues.

—¡Me ha destrozado la vida! ¡Yo era un feliz empleado de la compañía del gas y ahora tengo que correr diez kilómetros al día y contárselo a todo el mundo!

—A mí no.

—¿Le puedo agregar a Facebook?

—Ni hablar.

—¿Sabía que los corderos sufren mucho porque… se los comen? O algo así, no estoy seguro de si es un tema que me preocupa o no.

—Ya, ya…

—A lo mejor no soy vegano. No tengo los conceptos nada claros.

—Sí, bueno, felicidades.

—¡No cierre, por favor!

—Adiós, buenas tardes.

—¡No!

—…

—Por favor.

—…

—No quiero apuntarme a ninguna maratón. Eso tiene que cansar mucho.

—…

—¡Ayúdeme!

—…

—¿Y si me ha dado por los triatlones?

—…

—¡Los cochinillos son bebés de cerdo!

—…

—Por cierto, usted llevaba seis meses sin dar la lectura del contador.

—…

—Hemos estado cobrándole la estimación, que era muy a la baja

—…

—Le va a venir una factura de unos 500 euros.

—…

—Si comiera ensalada, no consumiría tanto gas.

—…

—Hitler comía queso. Y salchichas.

—…

—Stalin comía carne y mató a más gente.

—…

—Pol Pot también comía carne.

—…

—Creo.

—…

—La verdad es que no tengo ni idea.

Normas de etiqueta en el ascensor

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Flickr Commons

A veces pasa: estás en el ascensor y otro vecino entra en el portal. En estos casos se considera de buena educación esperar con la puerta abierta. El problema es que esto puede ser contraproducente porque genera una ansiedad innecesaria: por un lado, el vecino se ve obligado a avanzar el paso, casi trotando, por mucho que musitemos que no hay prisa, que no hace falta correr; por otro lado y aunque ninguno de los dos lo confiese, tanto el vecino que espera como el que acaba de llegar preferirían subir solos. A pesar de las convenciones sociales, ninguno de los dos quiere pasar unas decenas de segundos recluido en un armario con alguien que en realidad es un desconocido, por lo que, en realidad, el recién llegado agradecería que el vecino que sostiene la puerta la cerrara y no mirara atrás durante esos escasos, pero incómodos instantes que el ascensor tarda en arrancar. Ese recién llegado tendrá que esperar a que el vecino llegue a su piso antes de poder llamar él al ascensor, pero a cambio podrá viajar solo y, por tanto, más relajado, siempre y cuando no aparezca un tercer vecino en el portal mientras aguarda.

Teniendo en cuenta todo esto, hace unos meses opté por no esperar cuando estaba subiendo al ascensor y aparecía un vecino en el portal. Aunque me hubiese visto. Sabía que los dos estaríamos más cómodos así y que nadie se quejaría, ya que, bajo la apariencia superficial de mala educación en realidad estaba siendo amable.

Pero poco después me asaltó una duda: aunque esto parecía una buena solución para la mayoría, siempre cabía la posibilidad de que alguien, quizás con prisa, prefiriera que yo esperara. Para algunos vecinos podría ser mejor ganar unos segundos a ahorrarse la incomodidad de ir con alguien en el ascensor. Imaginemos un caso extremo, una emergencia: alguien que había respondido a una llamada telefónica en la que se le pedía con urgencia y miedo que fuera a casa lo antes posible. Unos segundos esperando al ascensor no cambiarían gran cosa, pero al menos ayudarían a reducir el nerviosismo durante los últimos instantes del viaje, con independencia de si lo hacían a solas o en compañía.

Ante esa disyuntiva y con el objetivo de que tanto unos (los que preferían ir solos) como otros (los que tenían prisa) se sintieran a gusto, opté por no subir al ascensor cuando aparecía un vecino e irme por las escaleras, en ocasiones para volver a esperar y llamar al ascensor dos o tres pisos más arriba, una vez que el otro vecino hubiera llegado a su destino.

El único problema era que resultaba raro que abandonara el ascensor, cuya puerta en ocasiones ya tenía abierta, a veces con uno de los pies en la cabina, y decidiera de repente subir por las escaleras. Sobre todo porque algunos de mis vecinos me conocía, aunque solo fuera de vista, y sabía que yo vivía en un sexto.

No podía explicar que les estaba haciendo un favor. Aunque resulte paradójico, se considera de mejor educación simular que no nos importa subir con alguien y que nos resulta indiferente estar recluido en un espacio de uno o dos metros cuadrados, dependiendo de la cabina, sin saber adónde mirar ni qué decir, que ceder ese espacio para que lo disfrute la otra persona. Porque esto último, subir solo o dejar que el vecino suba a solas y hacer explícito que se prefiere así, tiene una connotación de rechazo cuya sospecha no se disiparía ni siquiera en caso de decir “no es que no quiera subir contigo, no tengo nada contra ti, es que no quiero subir con nadie”.

Y es que, aunque todos o casi todos pensemos lo mismo, existe la convención de que no deberíamos pensar así. “Prefiero estar solo en el ascensor, no quiero pasarme treinta segundos mirando las llaves” es una frase que no debemos pronunciar en voz alta, ya que la misantropía, incluso en estos episodios anecdóticos, es un sentimiento que la mayoría considera negativo, y no sin una gran parte de razón. Como mucho, podemos admitir que nos sentimos incómodos viajando con otra persona en un ascensor en un contexto de total confianza o hablando en abstracto: quizás en un bar, con amigos y sin ningún trayecto en ascensor previsto para las próximas horas, o por escrito, poniendo distancia entre el emisor y el receptor, de modo que nadie pueda sentirse ofendido.

Es decir, a pesar de que ningún vecino me dijo nada al respecto, probablemente por educación, era inevitable imaginar o, mejor dicho, suponer que pensaban o incluso comentaban que aquel comportamiento era extraño. “¿Por qué ese vecino no quería ir conmigo en el ascensor hasta el punto de preferir salir de él y subir seis pisos a pie?”, preguntaría alguno. A lo que otro respondería “creo que no tiene ningún problema contigo, que le pasa con todos, porque a mí también me lo ha hecho”. “Peor me lo pones”, añadiría el primero.

Cabía la posibilidad, admito que extrema, de que alguien se hubiera sentido ofendido o dolido por mi actitud. No creo que tanto como para llegar a enfadarse o llorar, pero sí quizás para darle vueltas a mi gesto durante unas cuantas horas, con un sentimiento de despecho quiero pensar que cada vez más apagado. ¿Cómo decirle (y, sobre todo, a quién) que no era una cuestión suya, sino mía?

Pensé en enviar un correo electrónico a la lista de la comunidad para explicar que soy claustrofóbico, pero aquello no serviría: ¿solo era claustrofóbico cuando me tocaba subir con otra persona en el ascensor? Medité la posibilidad de inventarme alguna otra fobia o quizás algún tipo extraño de alergia. No puedo entrar en contacto con células de piel muerta ajena en suspensión. La colonia me irrita la pituitaria. El médico me ha prohibido respirar el aire que han expulsado otras personas. Necesito hacer ejercicio y en ocasiones solo me acuerdo cuando ya estoy dentro del ascensor.

También sopesé la opción de casarme y tener hijos. En el ascensor de mi finca solo cabían unas cuatro personas, así que si iba con mi esposa y dos niños, o incluso con un bebé y el carro, solo compartiría ese espacio con gente a la que en principio no me importaría tener cerca. Aunque quién sabe si con los años mi mujer y yo nos distanciaríamos, por no hablar de lo difícil que en ocasiones resultan las relaciones con los hijos adolescentes. Por desgracia, el escollo de este plan era evidente: tardaría mucho tiempo en encontrar pareja y más aún en tener descendencia. Y este asunto me generaba ansiedad cada día, no se trataba de un problema que pudiera posponer.

En realidad solo tenía una opción: mudarme. Si me marchaba, no tendría que dar ninguna explicación a nadie y podría solucionar todos mis problemas futuros en lo que se refería a los ascensores. Porque, claro, la idea era irme a una finca sin ascensor.

Había pensado también en la posibilidad de ampliar la búsqueda a un piso bajo: un primero, un segundo como mucho. Pero no era tan buena idea como parecía: ¿y si venía cargado con la compra o simplemente cansado y caía en la tentación de coger el ascensor? Bien podía ocurrir que justo en alguno de esos momentos de flaqueza apareciera un vecino en el portal. No solo eso: ¿y si era yo el vecino que aparecía en el portal cuando otro sostenía la puerta y me invitaba a subir? Este problema era en apariencia menor, bastaba con decir “no, gracias” y señalar las escaleras, pero se trataba de una escena que quería evitar, sobre todo en caso de que apareciera cargado con la ya mencionada compra. El vecino podría insistir o tomar nota de mi extraño comportamiento: “¿Viene con tres bolsas y prefiere las escaleras? ¿Qué le pasa? ¿Por qué me odia? ¿O es que no soporta a nadie? Vaya un vecino…”.

Tampoco podía irme a una casa: las casas son grandes y caras. Viviendo solo, pagar el alquiler sería complicado y tenerla limpia y ordenada, un engorro. Por no mencionar que con toda probabilidad eso supondría tener que vivir fuera de la ciudad, con lo que tardaría mucho más tiempo en llegar y volver del trabajo, además de que haría más complicadas las cenas con mis amigos los fines de semana.

Tenía que ser, por tanto, una finca sin ascensor. Tardé casi cuatro meses en encontrar una que me gustara y se ajustara a mi presupuesto. La segunda parte fue fácil: los edificios sin ascensor suelen tener un precio más asequible. La primera, no tanto: también suelen ser pisos viejos y oscuros, en barrios con callejuelas estrechas en las que huele a orina y uno teme toparse de un momento a otro con una cucaracha que huye de alguna cocina en la que alguien ha encendido la luz.

Esas semanas de búsqueda y espera fueron algo llevaderas, gracias a la esperanza que tenía de mudarme en breve. También desarrollé nuevas técnicas para evitar esos momentos tan problemáticos. Opté por ralentizar el paso cuando veía a un vecino llegando al portal poco antes que yo, dando otra vuelta a la manzana, por ejemplo, para no coincidir con él o ella en el portal. Algunos viernes y lunes llevaba una maleta (vacía) para poder subir y llenar el ascensor yo solo o para decir “ya lo cojo luego” si era yo el que llegaba segundo. Era engorroso y tuve que dar explicaciones un tanto absurdas en la oficina, pero me fue útil en un par de ocasiones. Otras veces cogí las escaleras casi sin saludar. “¿No subes?”, me preguntó un vecino en una única ocasión. “No, el médico, la dieta, el gimnasio…”, musité sin ni siquiera detenerme y sin terminar la frase. Que pensaran lo que quisieran, yo ya me iba.

Cuando terminé con la mudanza, me tomé un día libre y dormí casi veinte horas. No tanto por el esfuerzo del traslado como por la tensión que había acumulado durante los últimos meses.

Además de todo eso, la mudanza había supuesto un gasto extra que no tenía contemplado. No solo por el coste del traslado, sino porque también había tenido que comprar algunos muebles nuevos: un sofá, otra cama, un par de librerías, alguna lámpara. Confiaba en recuperar ese dinero poco a poco, gracias al menor importe del alquiler mensual. Se trataba de una cantidad muy pequeña, de apenas dos cifras, pero que al cabo del año sumaba un número medianamente atractivo.

Toda esa tensión se fue disipando en pocas semanas. Llegaba del trabajo y subía por las escaleras sin preocuparme por nada más. Saludaba a los vecinos. Les sonreía. Incluso charlaba con ellos. Aprendí el nombre de al menos tres.

Al cabo de un tiempo, se celebró una reunión de propietarios. Al estar de alquiler, preferí saltármela. Que los demás decidieran de qué color tenían que ser las persianas o si había llegado el momento de contratar a otra persona para que se encargara de la limpieza de la escalera. Como ni siquiera podía votar, no quería aburrir a mis vecinos con opiniones que solo servirían para que todo el mundo perdiera el tiempo.

La tarde siguiente vi un folio pegado con celo en el interior del portal. Se me hizo un nudo en la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se me cayeron las llaves.

— ¿Qué ocurre? — Era Nuria, que también vivía en el tercero. Dentista. Le gustaban las escaleras, decía en broma, porque así hacía algo de deporte. “No tengo tiempo para más”, añadía, antes de forzar una carcajada. Señalé el folio — . Ah, eso. Pero tú estás de alquiler, ¿no? Entonces tranquilo, que la derrama no te afecta, la tendrá que pagar el propietario. Ya era hora de que tuviéramos ascensor. Hay espacio para instalarlo y hay mucha gente mayor en esta finca. Lo malo serán las obras, eso sí.

Recogí las llaves y comencé a subir las escaleras sin esperar a mi vecina, que seguía hablando, creo, aunque probablemente se interrumpió a media frase al ver que me iba sin responder. Sí, un gesto feo por mi parte, más incluso que coger el ascensor sin esperar, pero, mira, en fin, yo qué sé, nadie se muere por eso y necesitaba estar solo.

Todo lo que pensé mientras recorría el Paseo del filósofo de Kioto

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En Kioto tuve ocasión de recorrer el llamado Paseo del filósofo, que recibe este nombre porque Kitarō Nishida caminaba cada día por él para inspirarse y meditar. ¿Y quién era Kitarō Nishida? Ni idea. ¿Me he inventado ese nombre? ¿O acaso él se inventó mi nombre? Quizás debería buscarlo en la Wikipedia. Aunque, por otro lado, ¿por qué no me busca él a mí en la Wikipedia? ¿Pero qué se ha creído?

A lo que iba: siguiendo el ejemplo de Nishida (o de Rubio, ya no me acuerdo), aproveché este paseo de apenas media hora para pensar. Y para cazar pikachus de esos. Pero sobre todo para pensar. No seré yo quien diga que pensar se me da mucho a mejor que a Nishida, pero estas ideas que anoté durante el camino dejan bastante claro que así es. Es más, seguro que renombran el Paseo del filósofo y lo acaban llamando el Paseo del filósofo, pero el otro, el del pelazo. Aquí van:

– Hay que vivir cada día como si fuera el último: como si fuera domingo. Así que ponte series y plancha.

– Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo, pero hablando con la i.

– Jamás haría caso a una de estas listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. ¡Si los lees todos, te mueres!

– Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, siempre y cuando el mentiroso esté sentado y le pilles por sorpresa.

– Hay cinco tipos de personas que son malos amigos: 1) Los que no te prestan dinero. 2) Los que continuamente te recuerdan que te han prestado dinero e insisten en que se lo devuelvas. 3) Los que recurren a sus abogados para que les devuelvas su dinero. 4) Los que acaban embargando tus bienes y luego los subastan para recuperar su dinero. 5) La gente.

– ¿Por qué hay gente que insiste en que el siete es su número favorito cuando “siete” en realidad es una palabra?

– Si el ocho se puede dibujar como dos treses (uno enfrentado al otro), ¿no sería más lógico que ocho valiera seis?

– Si el número marcado no existe, ¿acaso he marcado el quintorce?

– Cuidado con las personas tóxicas: si te comes su pierna, te salen pústulas por todo el cuerpo.

– Los de Viven comían carne cada día. ¿Por qué se quejaban tanto? Yo no me lo puedo permitir.

– Nada dura para siempre, a excepción de las películas de Marvel. Todavía están rodando la pelea final de Civil War. Cada vez llegan más superhéroes: Spider-Man, Ant-Man, Mortadelo, el viejo de los collares de oro de Empeños a lo bestia…

– ¿Hay vida después de la muerte? Probablemente, porque si no, no daría tiempo a que terminaran todas esas películas de Marvel.

– ¿De dónde vienen los niños? Ah, vale, es una excursión de un colegio.

– El trabajo te debe llenar, dicen. Pero luego resulta que comer croquetas no es un trabajo.

– Lo mejor del trabajo es cuando falsificas tu partida de nacimiento para poder jubilarte 30 años antes.

– Si toda la gente de marketing desapareciera, ¿cuántos años tardaríamos en darnos cuenta? No menos de quince.

– Si la ropa interior fuera interior de verdad, iría por debajo de la piel.

– No hay que malgastar el dinero en cosas que solo nos harán sentir bien durante un tiempo muy breve, como los medicamentos, que apenas sirven mientras uno está enfermo.

– Cosas que nos diferencian de los animales: la sonrisa. También llevar relojes de pulsera (a excepción de algunos monos). Y hacerse el interesante en los bares. Ver programas de subastas de trasteros mientras piensas “pero qué mierda es esta”. Bailar sexy (a excepción de algunos monos). Limpiarse las gafas con la camiseta. Coser botones. Ver reposiciones de programas de subastas de trasteros. Votar a Rajoy (a excepción de algunos monos). Quitarse los piojos con un peine en lugar de con los dedos.

– Jamás cambiaré mis principios. A ver si ahora me voy a tener que llamar Naime Gubio Lancock.

– Idea para un cuento: un hombre despierta convertido en un reloj de cuco. Solo puede comunicarse con su familia durante unos instantes en las horas en punto, cuando el mecanismo le hace salir de la casita de madera. Siempre aprovecha para insultar a su primo porque le destrozó el coche en un accidente hace siete años. Su primo murió. Pero de otra cosa, así que no pasa nada. El accidente solo le dejó en silla de ruedas.

– Un buen amigo me dijo el otro día: “La vida es breve. Hay que aprovecharla y no perder el tiempo con disputas estériles”. Yo le contesté: “¿Sabes qué es breve? Tu polla. Amargado. Que eres un amargado”.

– “La vida es breve”, me dijo el muy asqueroso. Solo le faltó recordarme que encima nos pasamos el día en la oficina. Hay que ser cabrón. Joder, que quedamos para tomar unas cervezas y echar unas risas, pedazo de imbécil. No le he vuelto a llamar, al triste de los cojones. A ver si su vida es breve de verdad, se muere y nos deja en paz a todos. Hostia ya. Joder. Dos semanas con pesadillas, por su culpa.

– Por cierto, “la vida es breve, no somos más que un parpadeo en una noche eterna, por lo que nada de este mundo importa tanto como nos parece” no sirve como excusa para no pagar al casero.

– Si lloras por no haber visto el Sol, eres un poco imbécil. Espera a mañana, ansias, que eres un ansias. Que es el Sol, joder, no un dinosaurio.

– A no ser que la vida sea breve de verdad y estés viviendo este día como si fuera el último porque el médico te ha dicho que morirás en 24 horas. En tal caso, busca vídeos del Sol en Youtube, que digo yo que los habrá.

Nuestro pequeño Drip

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Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.