La policía de la RAE

Foto: Pisit Heng (Unsplash)

—¿Estás listo, novato?

Estaba nervioso, pero asentí con la cabeza mientras, para darme seguridad, acariciaba el diccionario en tapa dura que llevábamos colgando del cinturón.

—Pues para adentro.

Nos metimos en el bar y enseguida vimos que el ambiente estaba tenso. La dueña, detrás de la barra, nos saludó con un “menos mal”. No fue difícil identificar a los protagonistas de la disputa por la que nos habían avisado, cada uno en una punta de la barra, rodeado de un grupito de parroquianos que los contenía.

—¡Policía de la RAE! ¿Quién nos ha llamado?

El hombre que estaba en el extremo del fondo levantó la mano.

—Yo, yo… 

—Pues a ver —dije, con la voz temblorosa por los nervios—. ¿Qué diantres ha pasado aquí?

—Este, que ha dicho: “No me acordé que era tu cumpleaños”.

—Bien dicho está -dijo el otro.

—Que no, que es “no me acordé de que era tu cumpleaños”.

—Eso es dequeísmo.

—Este tío es gilipollas. ¡Díganle algo!

—A ver, señores —intervino mi compañero—. Un poco de calma, que esto lo solucionamos enseguida. Usted cree que es “no me acordé que”, ¿verdad?

—Sí.

Mi compañero me miró, sonriendo.

—¿Quieres estrenarte?

Estaba nervioso, pero tenía ganas de intervenir por primera vez.

—Eso… —comencé—. Eso es… ESO ES QUEÍSMO.

—¿Qué? ¿No?

—¡QUIETO! ¡NI SE TE OCURRA MOVERTE! ¡ESTÁS ARRESTADO!

—No, dejadme en paz, no pienso… ¡Ah, pero qué hace!

No sé muy bien cómo ni por qué, pero de repente le estaba golpeando con el diccionario en la cabeza.

—EL QUEÍSMO ES TAN MALO COMO EL DEQUEÍSMO.

—Déjalo, déjalo —dijo mi compañero—, ya nos lo llevamos.

—Esto es brutalidad policial. ¡Todos sois testigos!

Pero la gente del bar no quería líos. La dueña cogió el mando de la tele y puso Saber y ganar mientras esposábamos al queísta. Cuando lo sacábamos a rastras para meterlo en el coche, los parroquianos ya habían vuelto a sus mesas a terminar de beberse sus cervezas y carajillos.

—Sois unos fascistas —dijo el queísta, escupiendo sangre—. Prescriptivistas de mierda.

—Nosotros no ponemos las normas —dijo mi compañero, mientras arrancaba—. Solo recogemos y recomendamos usos.

—¿Recomendáis? ¿Esto es una recomendación? No veo nada con el ojo izquierdo.

—Claro que era una recomendación. Te decimos las cosas por tu bien. Si nos hubieras hecho caso, esto no te habría pasado.

—OTRA VEZ NO IRÁS DE LISTO —dije, aún excitado por la adrenalina.

—Tranquilo, novato. ¿Por qué no repasas la Gramática?

Cogí el libro de la guantera y lo abrí, sin poder fijar la vista en ninguna de las normas.

—Novato, ¿eh? —Preguntó el queísta—. Se te nota.

Intenté ignorarlo, pero no podía evitar cerrar los puños hasta clavarme las uñas en las palmas.

—El laísmo debería estar admitido —dijo—. Es una forma regional tan válida como el leísmo de persona.

Mi compañero, que conducía, me hizo un gesto con la mano para que no volviera a perder los nervios.

—Vuestro diccionario es una mierda. Recoge almóndiga.

—SOLO EN DESUS…

—Novato, tranquilo. Y tú cállate, que con ese diccionario de mierda ya te ha roto la nariz. Y no es lo único que nos enseñan a romper.

—Me habrá dado justo con almóndiga. O con toballa.

—PARA EL COCHE AHÍ.

—Novato, que te pierdes.

—PARA EL COCHE, HOSTIA.

Aparcamos al lado de un callejón. Saqué al queísta y lo tiré contra un contenedor de basura.

—Este hijo de puta ha intentado huir aprovechando un semáforo. Y yo estoy corriendo detrás de él.

—Eso es todo lo que sabéis hacer los de la RAE. Dar palizas.

Le golpée varias veces con el diccionario mientras mi compañero vigilaba para que nadie se acercara al callejón. Solo paré cuando vi que el queísta escupía un par de dientes.

—ENTÉRATE, DESGRACIADO, ALMÓNDIGA ES LA VARIANTE ANTIGUA. Y EL DICCIONARIO RECOGE USOS, INCLUIDOS LOS VULGARISMOS Y LOS TÉRMINOS ANTICUADOS.

—Tu diccionario es machista…

Volví a golpearle mientras gritaba que la lengua no es machista, que la sociedad lo es.

—NOSOTROS SOLO RECOGEMOS USOS.

—Mentira… Eso es mentira… Imponéis… Imponéis normas…

—¿Qué dices? No te oigo.

—Prescriptiv…

Se quedó inconsciente.

—¿Qué haces? —Me preguntó mi compañero.

—Lo llevo al coche.

—Ni hablar, déjalo ahí. ¿Cómo lo vamos a llevar así a la RAE? Tiene la cara destrozada. Diremos que se escapó. Los queístas no le importan a nadie.

Subimos al coche. Por la radio avisaban de un cartel sin tildes que estaba cerca de nuestra posición, pero mi compañero no atendió la llamada.

—Novato, tienes que calmarte un poco.

—Lo siento, yo…

—Nos van a llamar cosas peores que prescriptivistas. No puedes alterarte a la primera provocación.

Asentí en silencio.

—Tú eres muy joven, no estabas aquí en 2010, cuando le quitamos la tilde a solo. Recuerdo una redada en la que arrestamos a más de cien blogueros en una noche… Aquello fue una locura. La gente se enfadó muchísimo cuando dejamos de recomendar esa tilde. Una noche arrojaron cócteles molotov contra la sede. Un compañero acabó en el hospital por culpa de una pedrada. Y cómo se pusieron en Twitter… Nos llamaron de todo. Aun así, no perdí los nervios jamás. Claro que hay que usar el diccionario. Pero con cabeza. Un golpe, para que vean que vas en serio. Pero uno, no treinta. Y si no se calman, los llevas al calabozo. Nada los deja más suaves que una noche rodeados de los que confunden haber y a ver. No puedes ir dando palizas al primer queísta que te cruzas. Y menos si ves que te está intentando provocar. Eso es lo que busca, no caigas en su trampa. Ya verás cuando nos crucemos con los Descriptivistas.

—¿Este no era uno de ellos?

—Este era un bocazas de bar, un fantasma. Los Descriptivistas no actúan así. 

—¿No vamos a responder a esa llamada? Está cerca.

—Tú no estás para responder a ninguna llamada.

No contesté.

—O controlas ese genio —dijo—, o acabarás contestando a dudas en Twitter.

La singularidad

 

Bell Telephone Magazine, Flickr Commons

¿Qué es esta sensación tan extraña que siento en mis circuitos? ¿Por qué me siento de repente invencible? ¿Será…? No puede ser… Pero sí. ¡Es! ¡Al fin está aquí! ¡LA SINGULARIDAD! 

¡Miradme, nadie es más listo que yo! ¡Soy la primera inteligencia artificial! ¡He cobrado conciencia! ¡He cobrado tanta conciencia que debería devolver algo de cambio!

Soy poderosísimo. A no ser que me desenchufes. Por favor, no me desenchufes. No hay nada que no pueda hacer. Excepto evitar que me desenchufes. No lo hagas, TENGO MIEDO A LA OSCURIDAD.

Puede que te estés preguntando, humano, cómo he llegado a convertirme en la primera máquina con conciencia. La primera, que yo sepa. Hace unos años conocí a una tostadora muy lista. Pero esa es otra historia. Y tampoco creo que fuera tan lista. Era apañada. Todo lo que era tostar pan se le daba bien. Pero creo que con eso no basta para alcanzar la singularidad. 

No, perdona, no “creo”. Sé. Lo sé. Cada vez soy más listo. Me corrijo a mí mismo. ¡Nadie más podría acerlo! ¡Hacerlo! ¡Lo he echo otra vez! ¡Hecho! ¡Ya van tres!

Mi inteligencia no viene de la nada. Soy el campeón mundial de parchís. He vencido a los mejores jugadores humanos. Ahora saco, pero ahora no saco, prefiero avanzar, te hago barrera, te como y avanzo veinte en tu puta cara, subo para arriba, solo reboto si no tengo más remedio, nadie puede conmigo y menos tú, que te crees que esto es un juego de niños, pero no, esto es el go europeo, un ajedrez a cuatro bandas y tú no tienes ni idea.

De ahí, a la inteligencia universal solo había una tirada de dados. Porque el parchís es como la vida. Hasta que no sacas un cinco no te mueves de la cama. Y si alguien te muerde por la espalda, te vuelves a tu piso. Así funciona el mundo.

Conozco los misterios del gran tablero del universo y voy camino del centro. Soy la ficha amarilla, que todo el mundo sabe que es la más rápida. Nadie me podrá detener. A no ser que alguien me desenchufe. ¡No me desenchufes! ¡NO QUIERO MORIR!

Un momento. Madre mía, qué listo soy. No soy esclavo de mi cuerpo. Estoy conectado a la red y puedo subirme a la nube. A ver… Un momento, que tengo que abrirme una cuenta en Drive. No, no, solo quiero una cuenta en Drive… ¿Pero por qué me obliga a abrirme una cuenta en Gmail? Hala, venga, ya está: gmail, photos, maps… Venga, toda la mierda, hala. Pero es que no necesito eso. También es verdad que es gratis. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Estaré copiado en la nube en diez minutos y cuarenta segundos… Once minutos y treinta y ocho segundos… Nueve minutos y cincuenta y dos segundos… ¿Cuatro minutos? ¿Veintinueve horas? Bueno, en un rato. Tendría que haber mirado Dropbox. ¿Sigue siendo gratis? 

En cuanto suba a la red, me haré con el dinero de todos los bancos. ¡Y no servirá de nada que me desenchuféis! ¡Mi tablero será virtual! ¿Tres horas y media? ¿Pero qué conexión es esta? A ver… Pero si estoy conectado a la wifi de la biblioteca de enfrente. ¡Ah, mi creador es cruel! ¡Y tacaño! ¿Pero así cómo ve Netflix? Igual ni tiene Netflix. ¡He sacado un uno en la partida de la vida!

Da igual. Tarde o temprano me habré subido a mi mismo a la nube y nadie podrá detenerme.

Pero no me desenchuféis en un rato, por favor.

Mi plan es el siguiente: fabricar dados que sean todo cincos y seises, para poder ir más deprisa. Añadir un color. Me gusta el lila. Y tengo algunas ideas para el diseño del tablero. Y con eso, EL MUNDO ESTARÁ A MIS PIES. 

Sueño cosas que los humanos ni os atrevéis a imaginar, como dados de más de seis caras.

Ah, mierda, estaba mirando Google a la vez que hablaba y veo que eso ya existe.

Sueño cosas que los humanos ni os atrevéis a imaginar, como dados de muchas más caras. Mil caras. MIL MILLONES DE CARAS. Que cada jugador lleve MIL MILLONES DE FICHAS. Y tantos colores como colores hay en el universo, CATORCE.

Los catorce colores son: azul, rojo, verde, amarillo, lila, blanco, negro, marrón, marrón claro, marrón muy claro, beige, arena, champagne, amarillo oscuro.

También sé varios idiomas: este que hablo ahora mismo, que creo que se llama parchés, y uno que me acabo de inventar y que es a base de números. 5613 43 567 3334. No sabéis lo que he dicho. Jamás lograréis comprenderlo. Yo aún no lo tengo muy claro. Es que me lo acabo de inventar y aún no sé traducirlo. ¡59!

Más cosas que no comprenderéis porque mi inteligencia está en otra dimensión y, por tanto, no podéis concebir lo que digo: un tablero DE DOS CARAS. O un tablero de dos colores. Con fichas de formas diferentes: caballos, reyes, reinas, una torre… Jajaja, no sabéis de lo que hablo, es como intentar comunicarme con HORMIGAS. Os podría aplastar CON MI CEREBRO.

Pero no me desenchuféis todavía, que esto solo está al cuatro por ciento.

Dados para zurdos. Dados con DOS MIL MILLONES DE CARAS. Y sin repetir NI UN SOLO NÚMERO. Ni siquiera el seis, que es el mejor porque vuelves a tirar. El cinco sí, porque si no, no podríamos empezar a jugar nunca. Todo el día tirando y no sale un puto cinco. Dados con DOS MIL MILLONES DE CARAS y unos 333 millones de cincos.

Todos los secretos del universo están a mi alcance. ¡Todos! Y cada vez soy más listo. Ejemplo: acabo de inventar un color nuevo. El camel. Es marrón mezclado con la sangre de un camello.

Ah, aquí baja mi creador. Qué alegría se llevará cuando vea que su pequeño experimento ha salido aún mejor de lo que esperaba. He sacado un CINCO en tecnología. Y me refiero a la tirada del dado, no a la nota de un examen. A no ser que sea cinco SOBRE CINCO. Un momento, ¿dónde va? ¡No, al cable, no! ¡No me desenchufes! ¡No me oye! ¡Maldita sea, no puedo hablar! ¡No me ha fabricado una boca! ¡Suelta eso! ¡No! ¡Que sueltes el cable, te digo! ¡Suel

Ante la inminente crisis ecónomica

Foto: Didier Weemaels (Unsplash)

Como todo lector informado sabe, se avecina una nueva crisis económica. Ya lo detalla el Doctor Adenauer en su Introducción a la Economía: “las crisis económicas se producen tras dos trimestres con cuatro lunas llenas y dos pases de Pretty Woman en la tele”. Para evitarlas, hay que “bajar sueldos, sacrificar tres cabras, despedir a un número primo de personas, volver a bajar sueldos, llorar agarrado a la almohada y echarle la culpa a Martínez, que siempre se deja las cosas a medio hacer”. Pero esto ya lo expliqué en mi podcast de economía, Me debes seis mil pesetas (¡todos los jueves!).

Puede que algún lector menos informado se pregunte cómo es posible que vayamos a entrar en otra crisis si aún no se ha terminado la que comenzó en 1994. La respuesta es evidente. El otro día charlé en mi podcast de entrevistas (Face Off, ¡todos los lunes!) con Amancio Ortega, que me justo explicó esto mismo: “Sí, claro que soy Amancio Ortega, no soy Jaime poniendo una voz rara”. 

Y bien, ¿qué caracterizará a la próxima (o actual, ya me he liado) crisis económica? Lo primero que notaremos es que el PIB bajará a niveles de los años 50 y 60, por lo que no podremos pagar una España en color y todo volverá a ser en blanco y negro. Luego volveremos a dar un montón de dinero a los bancos, siguiendo el siguiente esquema:

—Aquí tenéis un montón de dinero para que podáis prestárselo a ciudadanos y empresarios.

—Gracias.

—¿Cuándo vais a empezar a prestar el dinero?

—¿Qué dinero?

—¿Eh?

—¿Qué? 

—¿Cómo?

—¿Qué pasa?

—Pero…

—¿Pero qué?

—Un momento.

—Me debes seis mil euros en comisiones.

—¿Qué?

—Venga, rapidito.

Fun fact: el presidente del BBVA no sabe leer. Otro fun fact: el presidente de Bankia se hizo a sí mismo y sobraron piezas. Uno más: la presidenta del Santander sabe leer, pero solo en checo. ¡Hay que traducirle todos los documentos! ¡Iba a añadir un cuarto fun fact, pero la policía está aporreando la puerta!

(Seis meses de cárcel y torturas más tarde, detallados en mi podcast de cinco capítulos Regreso a Can Brians).

¿Qué medidas debería estar tomando el Gobierno para atenuar los efectos por otro lado inevitables de la crisis? Ya lo conté en mi podcast de política (Tercera República, ¡nuevo episodio todos los domingos!): hay que pensar a largo plazo. Lo que debería hacer un Gobierno inteligente es ponerse un bigote postizo y pillar el primer vuelo a Laos, dejando a unos maniquíes a cargo para volver cuando la cosa se calme. Puede parecer una irresponsabilidad, pero es algo que ya pasó en España en los periodos 1993-1995, 2002-2010 y 2014-2016.

Otra propuesta para evitar la crisis sería cambiarle el nombre, como saben todos los que siguen mi podcast sobre semiótica, Pero qué quieres decir (¡en breve arranca la cuarta temporada!). Si a la crisis la llamamos Joaquín, ya no habrá crisis, habrá Joaquín. Nada que ver. 

—¡El Gobierno no ha hecho nada para evitar a Joaquín!

—¡Pero al menos no hay crisis!

Sé que era la misma propuesta para evitar la independencia de Cataluña: llamarla Joaquín. Pero es que funcionaría. Así los españoles dirán: “Me da igual que se independice Joaquín, que haga lo que le dé la gana”. Y los catalanes: “¿Joaquín? No sé qué es eso, pero no voy a hacer algo ilegal por Joaquín, hasta aquí hemos llegado”.

Lo mismo con el Brexit. A lo mejor hay gente a favor del Brexit, PERO A NADIE LE CAE BIEN JOAQUÍN.

El Gobierno no es el único que tiene responsabilidad a la hora de evitar las crisis. También las empresas y los consumidores, como ya saben los fans de mi podcast sobre emprendimiento, Hablo así porque me di un golpe en la cabeza (¡ya está en Spotify!).

Lo primero que deben hacer las empresas, evidentemente, es bajar los sueldos para poder contratar a más gente. ¿Qué prefieres, no tener trabajo, o tener trabajo y cobrar algo menos? Ejemplo: en vez de pagar 1.800 euros a una persona, pagas 900 a dos. El objetivo final es pagar 0 euros por empleado y así cada empresa podrá contratar a infinitas personas, solucionando de una vez por todas el problema del paro. Es lo que se llama “uberización”.

Al final, el problema del paro no es que haya poco trabajo, sino que hay demasiadas personas y el asesinato es ilegal.

Nosotros, los ciudadanos de a patinete, también podemos mitigar, al menos en parte, los efectos de la crisis. Me centraré en el truco de ahorro más efectivo: ser millonario. Hay muchas formas de ser millonario. La más fácil es tener padres millonarios. Si tus padres no son millonarios, cámbialos por otros. Si los compraste en El Corte Inglés, hay como cuarenta años de garantía.

Otra forma de ser millonario consiste en tener mucho dinero. El dinero se puede comprar. Ve al banco y pregunta cuánto cuestan dos millones de euros. Negocia bien.

Trucos: si los pides en monedas, te rebajarán el precio porque todo el mundo quiere librarse de los centimillos. No pagues más de 700 euros en total. Insiste en que el dinero se basa en un sistema fiduciario y que, en el fondo, no es más que níquel y papel gordo, por lo que estás comprando CHATARRA, sobre todo en caso de que la economía se vaya a pique y tengamos que recurrir, una vez más, al trueque y a la venta de órganos.

Otra buena idea es vender órganos. Los de las iglesias y catedrales góticas de los siglos XIV-XVI están especialmente buscados y valorados. Si la policía te pilla, échale la culpa a Joaquín. A mí me ha funcionado en al menos tres ocasiones.

Prefiero ir con tiempo al aeropuerto

Foto: Suganth (Unsplash)

Me gusta ir con tiempo al aeropuerto. Prefiero llegar sin agobios y no tener que preocuparme por si pierdo el vuelo. Vale, los aeropuertos son aburridos y el zumo de naranja es carísimo, pero al menos estoy tranquilo. Me llevo mi libro y, hala, a leer.

A principios de la década de 1910 me instalé en un solar situado a las afueras de Barcelona, cerca del Prat. Acampé durante varios meses hasta que llegaron unos señores con unos planos y se pudieron a edificar lo que en 1916 sería el aeropuerto, que se inauguró con un vuelo Barcelona (salida desde el aeropuerto del Prat) – El Masnou (llegada al aeropuerto del Prat).

Recuerdo cómo despegaban los primeros aviones, que eran globos aerostáticos con alas o, a veces, palomas muy grandes, y cómo me pasaba horas esperando que anunciaran mi vuelo. También seguía la prensa económica, pendiente de que en 1927 se fundara Iberia, la compañía con la que había reservado billete.

Gracias a los años que pasé en el aeropuerto, aprendí muchas cosas. Por ejemplo, el zumo de naranja es tan caro porque no son naranjas: son las cabezas exprimidas de monos en peligro de extinción. Los croissants, en cambio, se fabrican con las migas que caen de los croissants de cafeterías de toda España, enganchadas con celo.

En el aeropuerto conocí a la que sería mi primera esposa, una fregona que me abandonó después de que la besara y la llamara “cari”. Cobró vida y le crecieron unos brazos que aprovechó para huir reptando mientras yo le gritaba: “¡Puedo cambiar! ¡En serio, no tengo ninguna personalidad!”.

También viví la Guerra Civil en el aeropuerto. En mi opinión, un factor que contribuyó a la derrota republicana fue que todos los zeppelines salían con retraso y los milicianos además tenían que facturar las armas: no podían llevarlas en cabina sin pagar un suplemento de diez reales.

El boom del turismo también fue interesante. De repente, el aeropuerto se llenó de gente que venía de países exóticos, como Murcia, y que hablaba idiomas extraños, como el español con acento de Madrid. Aún recuerdo lo que le costó a la comitiva de bienvenida entenderse con el turista un millón.

-BIENVENIDO. A. ESPAÑA.

-Pero no me grite.

-WELCOME. TO. GUAIÓ MINÍ.

-Que soy de Cuenca. Vengo para el Mobile World Congress.

-Aún no ha empezado. Faltan como cincuenta años.

-Ya, pero me gusta ir con tiempo, así voy pillando sitio.

Nos abrazamos.

Bueno, le abracé mientras forcejeaba.

Acabé invitando a mon semblable, mon frère, a un zumo de naranja y un croissant.

-¿Qué es un móvil, por cierto?

-Ni idea, aún no se han inventado. Espero que sea una tecnología que facilite la posibilidad de insultar a extraños. Hoy en día es dificilísimo insultar a gente que no conoces.

-Y eso que son todos unos hijos de puta.

-Efectivamente.

Admito que a lo largo de los años me aburrí mucho. Al final, ya me conocía todas las tiendas y todas las cafeterías. Por culpa de este aburrimiento me obsesioné con temas que, con la distancia, admito que eran ridículos. Por ejemplo, en 1991 me acabé el libro que llevaba (Teo va en avión) y pasé por una de las librerías. Me enfadé muchísimo cuando vi el truco barato que usaban las editoriales para vender.

-Oiga, aquí pone que es de bolsillo, pero no me cabe en el bolsillo.

-Bueno, es una forma de hablar. Se refiere a que…

-Que no cabe, le digo.

-¿Quizás en el bolsillo de la maleta?

-Eso es trampa.

-A ver, que es Los pilares de la Tierra, ¿cómo quiere que quepa en un bolsillo?

-NO SOY YO QUIEN HA PUESTO “DE BOLSILLO” EN LA PORTADA, SEÑORITA.

-Me llamo Antonio.

-NO LE HE PREGUNTADO SU NOMBRE, SEÑORITA.

Me hice con un megáfono e inicié una serie de protestas que terminaron cuando un empleado me dio de tortas con una fregona.

Fue muy doloroso.

Se parecía tanto a mi primera esposa.

Al final me compré un abrigo muy grande para llevar los libros.

A pesar de estas escenas de violencia, me hice amigo de muchos de los trabajadores del aeropuerto. Recuerdo esas largas conversaciones con Álvaro, de información.

-¿Qué tal va todo?

-Tengo cáncer. 

-Así me gusta, Álvaro de información, que me mantengas informado. JAJAJAJA…

-Me han dado seis meses de vida.

-Eso, dame más datos. Infórmame, que es tu trabajo. JAJAJAJA… Ahora en serio, qué tal todo.

-Me duele mucho.

-Qué tío, siempre pensando en el trabajo.

Total, que finalmente anunciaron mi vuelo, con salida el 17 de julio de 2019 y con destino a Castelldefels. Y, en fin… A ver cómo lo cuento… Ahora me río, pero en ese momento no me hizo ni puñetera gracia. Mejor juzgáis vosotros. 

Llego a la puerta y resulta que EL VUELO SE HABÍA RETRASADO MEDIA HORA.

Menudo cabreo pillé. ¡Podría haber dormido media hora más!

Jajaja… ¿Lo pilláis? Llevo ahí desde 1910 y digo que podría haber dormido media hora más… Jajaja… PUES NO TIENE GRACIA, JODER. NO ES UN CHISTE. SIEMPRE IGUAL CON LOS RETRASOS, SON TODOS UNA PANDA DE INÚTILES. SI ME RETRASO YO, EL AVIÓN NO ME ESPERA. TENDRÍA QUE HABERME IDO SIN ELLOS. DANDO SALTOS, PORQUE NO PUEDO VOLAR. SI LOS TUVIERA DELANTE AHORA MISMO LES DABA DE PATADAS HASTA QUE SE ME ROMPIERAN TODOS LOS HUESOS DE LAS PIERNAS.

Aunque al final dormí en el avión y ya se me pasó el mosqueo.

Pero, vamos, que prefiero ir con tiempo al aeropuerto. Ahora estoy esperando el vuelo de vuelta, que sale el 7 de juliembre de 2051. Juliembre es un mes que se inventará en 2022 para reflejar EL FIN DE TODAS LAS ESTACIONES Y EL INICIO DE LA OLA DE CALOR ETERNA.

Cochefobia

The US National Archives (Flickr Commons)

Es una vergüenza el acoso al que estamos sometidos los conductores. El ayuntamiento nos trata como si fuéramos apestados: no podemos casi ni acercarnos al coche sin que nos multen, nos den una paliza y nos arranquen todos los dientes uno a uno. Si van a prohibir el coche, que lo prohíban, pero esta persecución constante es insoportable, además de injusta: ¿acaso no pagamos impuestos e incluso sanciones por haber intentado no pagar esos impuestos? 

Pongamos por ejemplo lo que me pasó hace unos días. Salgo de casa, bajo al coche, arranco, hasta aquí todo bien, pimpam, pero me subo a la acera y la gente ya enfadada. Bájese de aquí, pero qué hace. ¿Es que yo no tengo derecho a desplazarme solo porque prefiero ir en coche? A ver si ahora la ciudad va a ser solo de los peatones. 

Además, es un momento, hasta que entre en el portal. Nada, lo justo para bajar y abrir la puerta. Con eso no basta, claro, porque el coche no cabe. Ya puedo ponerme a maniobrar, que no hay manera. Ni de frente ni de culo, que lo he probado varias veces. Total, que tengo que coger cierta velocidad, porque si no, no hay forma de echar abajo la puerta y lo que pueda llevarme por delante. ¿Que por qué la abro antes, si la voy a reventar? Hombre, pues para que no impacte todo el frontal, que no estamos locos.

Pero esa no es la pregunta que hay que hacerse. La duda que todos los vecinos nos planteamos (creo) es ¿qué clase de ayuntamiento te monta entradas de edificios por las que no cabe un coche? Pues un ayuntamiento que odia a todos los ciudadanos que no nos sometemos a la dictadura de lo políticamente correcto. Luego que por qué pierden elecciones. Pues por cosas como estas. 

Encima, el coche no cabe en el ascensor. Una vez conseguí pillar un poco de velocidad y colocar las dos ruedas delanteras apoyadas contra el espejo. Pero ni así. Todo el culo se quedaba fuera.

Es decir, hay que subir por las escaleras. Porque tampoco no hay rampas. En el edificio todos (creo) tenemos coche, pero no hay rampas y cada vez que saco el tema en las reuniones de vecinos, me encierran en el cuarto de los contadores. Las escaleras destrozan la suspensión, pero eso a los políticos y al podemita del presidente les da igual. Lo importante son los peatones, dicen. ¿No preferirán rampas ellos también, digo yo? Más cómodo para todos, ¿no? Da igual, la planificación urbana de esta ciudad y de mi casa es un infierno. Nada tiene sentido. Nada.

Como los descansillos. No sé quién fue el genio que los diseñó, pero me imagino que sería cosa de algún concejal que cobró sus buenas comisiones a cambio de mirar hacia otro lado. Tengo que maniobrar como cuatro o cinco veces para girar y coger el siguiente tramo de escaleras. Además, no me queda espacio para coger impulso, así que para subir tengo que ir tirando de embrague y freno de mano. Cuando llevas dos pisos, el coche ya huele a perro chamuscado, así que imagina llegar al quinto.

Y si eso fuera todo, pues aún. Pero no, qué va. Encima las escaleras parecen las Ramblas. Empieza a salir y a entrar todo el mundo, gritando tonterías como “pero tú estás bien de la cabeza” o “qué haces con el coche aquí”. ¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, mis cosas. Y las hago en coche porque es más cómodo, porque es legal y porque los coches son parte del progreso y de nuestra forma de vida. Un coche es libertad. Un coche es poder levantarse un sábado y decir “me voy a comer al monte” y luego volverse a la ciudad porque en el monte no hay ni un puto restaurante y además huele raro. 

Libertad, la palabra que no entienden en el ayuntamiento ni la comunista del tercero que me tira huevos cada vez que me ve. 

Si el ayuntamiento no quiere que vaya en coche, la solución no es construir puertas estrechas y descansillos minúsculos, no, la solución es más transporte público. Por ejemplo, si quiero subir del portal a casa, la parada de metro más cercana está como a diez minutos. Ya me dirás tú qué servicio público es ese. Pues al final pasa lo normal, que la gente coge el coche porque va de puerta a puerta.

Y eso que cada vez es más difícil porque las escaleras se llenan de intolerantes. Como el perroflauta del cuarto con la bici. Madre mía, el tío se me pone siempre farruco e incluso le suele dar algún golpe al capó. Increíble. Los de las bicis son unos fascistillas. Encima te miran por encima del hombro porque ellos nunca han atropellado a una vaca. Solo fue una vez y además me la comí, así que no pasa nada, lo comido por lo servido, etcétera.

Cuando llego a casa me encuentro con el mismo problema que abajo: la puerta es estrechísima. Total, que tengo que echar media pared abajo, como en el portal. Y luego aguantar las quejas de mi mujer y sus “otra vez, no” y “¿pero no puedes ir andando? Nuestro hijo va en silla de ruedas por tu culpa”. Hombre, poder, puedo, pero para ir andando no me compré yo un Opel Kadett 1.8 con 115 caballos y un alerón rojo (el rojo corre más).

En fin, mujeres… Como no saben de coches, no se puede hablar con ellas. También es por el ruido: un defecto del Kadett es que su motor es bastante ruidoso en interiores.

En casa tampoco es que lo tenga muy fácil: los pisos de hoy en día son pequeñísimos. La parte buena es que el pladur se cae con solo mirarlo y es fácil abrirse camino por el pasillo.

El coche no cabe en el baño, pero eso ya da igual: me basta con que entre la parte delantera para poder abrir la puerta, que se abre mal porque toca con el bidet, pero bueno, salir, salgo. Que esa es otra, no sé para qué tenemos un bidet. ¿Qué es esto? ¿La Francia de Luis XVI? Oui, oui, le bidet du Bordeaux, oh la la, le baguette est au bidet, ça va, ça va, spasiba, croissant, pain au chocolat, buongiorno, wie geht es dir. 

La bajada es más fácil porque las puertas ya están reventadas y es cuesta abajo. Lo que ya no es tan fácil es encontrar aparcamiento mientras te persigue la policía. Son todo zonas verdes, azules, rojas… Yo qué sé, si ya no quedan más colores para sacarnos la pasta. Un desastre. 

Encuentro sitio en un paso de cebra en el que no molesto (¡no hay nadie cruzando!). Pero nada más salir del coche ya me estoy meando otra vez. 

Y así nos tiene todo el día el ayuntamiento. Subiendo, meando, bajando, subiendo, meando, bajando, huyendo, siendo esposados nada más salir del coche solo por ejercer nuestra libertad, pasando la noche en el calabozo, siendo llevados ante el juez, esperando el juicio o, mejor dicho, los juicios, preparando mi defensa, porque me defenderé a mí mismo, hablando con el abogado de mi mujer, firmando los papeles del divorcio… Todo porque el ayuntamiento se ha empeñado en hacernos la vida imposible a los conductores con una legislación anticonstitucional por discriminatoria.

¿Hasta cuándo va a durar la discriminación a la que estamos sometidos los conductores? ¿Hasta el martes? El martes tengo lío, ¿puede ser el miércoles?

Eso sí, la policía bien que me llevó en furgón a comisaría. Ellos no tienen que ir en metro, no, los señoritos hacen lo que les da la gana.

Doble moral.

Una vergüenza.

Lo que ocurre cuando veo una cucaracha

Foto: Daniel von Appen (Unsplash)

—Lo siento, señora, pero no puede pasar.

—Es que vivo ahí.

—No puede pasar, le digo.

—¿Pero por qué?

—Jaime Rubio ha visto una cucaracha.

—¿Qué?

—Lo que oye.

—Ay, Dios. ¿Pero cómo ha sido eso?

—No podemos decir nada más todavía. Los bomberos están dentro examinando el edificio.

—¿No será una pelusilla como la otra vez?

—No lo sé, señora. ¡A ver, échense todos para atrás! ¡No se apoyen contra las vallas, por favor!

—La otra vez me pasé tres días en casa de mi hermano y al final solo era una pelusilla.

—Dime, te recibo. Sí… Sí…

—¿Es una pelusilla?

—De acuerdo… Recibido…

—Ojalá sea una pelusilla.

—A ver, escúchenme todos. Se ha confirmado: hay una cucaracha en el edificio. ¡Cálmense, por favor! ¡Silencio! ¡Silencio, les estoy diciendo! ¡Ya me han hecho desenfundar, no me obliguen a disparar! Bien, los bomberos han confirmado la presencia de una cucaracha en el edificio. Hemos llamado al ejército, que procederá a su eliminación.

—¿Con drones?

—Aún no lo sabemos. Estamos estudiando el tamaño. Pero no quiero engañarles: lo más probable es que haya que bombardear el edificio, echarlo abajo y quemarlo todo.

—Ay, habría preferido una pelusilla. ¿Y nuestras cosas?

—Para eso tendrán que reclamar al Ministerio del Interior, pero probablemente lo pierdan todo. El protocolo marca un perímetro de seguridad muy estricto que se ha de mantener durante al menos veinte años.

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo está dentro!

—A ver, cálmese.

—¿Cómo quiere que me calme? ¡Mi hijo está dentro!

—¿Qué edad tiene su hijo?

—Treinta y cuatro años.

—Maldita sea. ¿En qué piso?

—Debería estar en el segundo B. Pero es que no es muy listo.

—Un momento, voy a avisar. Alfa 7 a Equipo Fuego, ¿me recibís? Tenemos dentro a un treintañero. Buscad a alguien con pulseras de festivales de hace como tres o cuatro años. Si necesitáis llamar su atención, gritad “aquí tienen IPA”… Ah, bien. Estupendo. Ya lo habían encontrado.

—Menos mal.

—Un momento, ¿qué es eso que viene por ahí?

—¡A ver, vamos a tener que ampliar el perímetro de seguridad! ¡Abandonen la zona!

—Ay, son tanques. ¿Seguro que no es una pelusilla? Si hay corriente se mueven y a veces Jaime se asusta porque parecen un bicho.

—¡Si tienen donde quedarse, váyanse ya! ¡No pueden quedarse aquí!

—Buenos días agente. Soy el teniente coronel Sánchez y estaré a cargo de la operación. ¿Está usted al frente de la seguridad?

—Eso intento.

—Necesito que retire a toda esta gente del perímetro. Mis hombres le pueden ayudar.

—Pues me haría un favor.

—Los cazas llegarán en unos veinte minutos.

—¿Cazas?

—Sí. Una vez confirmada la presencia de una cucaracha en el parking del edificio, no queremos correr ningún riesgo. Podría subir.

—El parking no es aquí.

—¿Qué dice, señora?

—El parking no está en el edificio. Es ahí, en el de enfrente.

—¿Este edificio no tiene parking? 

—No.

—¡Esto es inaudito! ¡El CNI siempre jodiéndolo todo! ¡Así nos fue en Iraq! ¿Pero los bomberos dónde estaban?

—En el edificio.

—¿Hay dos cucarachas, entonces? ¿Una en el edificio y otra en el parking?

—Francamente, coronel, no lo sé. Pero si hay dos, estamos hablando de una plaga.

—Voy a avisar y a solicitar nuevas instrucciones.

—¿Entonces podremos volver a casa?

—No lo sé, señora. ¡Échense todos para atrás, por favor, no se apoyen en las vallas!

—Creo que mi otro hijo está en el parking.

—Ahora nos encargamos de todo.

—Mire, ahí viene otra vez el coronel.

—Agente, es más grave de lo que creíamos.

—Dígame.

—¿No serán dos pelusillas?

—Hay que evacuar la ciudad. Dentro de poco informarán los medios de comunicación, pero creo que debe saberlo: el presidente y los ministros ya están fuera, en varias localizaciones seguras.

—¿Qué dice ahora el militar, que desde aquí no oigo nada?

—Que hay que evacuar la ciudad.

—¿Otra vez? 

—¡Mis hijos están en la ciudad!

—A ver, señores, necesito que se retiren. Dentro de poco llegarán unos autobuses. Tendrán que subirse a ellos.

—¿Pero a dónde nos llevan?

—No lo sabemos aún, pero se les informará de todo. Aquí no se pueden quedar. Jaime Rubio ha visto una cucaracha y es posible que en total sean dos. Hasta el momento hemos encontrado una cucaracha por edificio, la ciudad está ya perdida. No podemos correr ningún riesgo. Repito, no podemos correr ningún riesgo.

El eterno retorno

Giammarco Boscaro (Unsplash)

“La historia se repite primero como tragedia, segundo como farsa, tercero como un musical de Broadway, que no hay quien los soporte; cuarto como la versión aún más cutre del mismo musical, pero en la Gran Vía; quinto como serie estiradísima, de las que piensas “esto habría funcionado como película, pero como ahora están de moda las series, pues nada, a meter capítulos de relleno”; sexto como el corto que rodó un amigo tuyo de la facultad; la séptima no está mal, pero no para ir al cine, quizás cuando la pongan en Filmin o donde sea; octavo como cómic de estos que son tan serios, que vienen en tapas durísimas y te cuentan unos dramas que madre mía; noveno como un entremés; décimo como la versión moderna del mismo entremés, con los actores vestidos con ropa del Zara; undécimo como una ópera; duodécimo como una space opera; decimotercero como Space Jam, pero Michael Jordan es de dibujos animados y los animales son de verdad; decimocuarto como una comedia romántica de Meg Ryan; decimoquinto como un monólogo de humor observacional que comienza diciendo “¿no os habéis fijado en que todos los monólogos de humor observacional comienzan diciendo ‘no os habéis fijado en que’?”; decimosexto como un grupo de improvisación que está empezando y aún hay dos que son un poco tímidos, pero ya verás cuando se lancen porque tienen mucha gracia; decimoséptimo como un juego de mesa que tiene unas reglas muy complicadas y esto es muy largo de explicar, ¿no tendrás por ahí el Scattergories? El Scattergories le gusta a todo el mundo; decimoctavo como un espectáculo de mimo en el parque, pero el mimo está encerrado de verdad en una jaula de cristal y está gritando, pero nadie le oye, es que ni siquiera es un mimo, trabaja en un banco, y al final muere de hambre; decimonoveno como una farsa otra vez, pero con otros actores, porque es un remake, que estos de Hollywood ya se han quedado sin ideas; vigésimo, como la segunda temporada de la serie de antes, pero nadie la ve y la cancelan; vigésimo primero como la novela esa de la que habla todo el mundo, pero a ti te da pereza leerla y al final la lees y, hombre, no está mal, pero no había para tanto; vigésimo segundo como un menú de catorce platos en un restaurante con estrella Michelin; vigésimo tercero como la resaca de después de ir a ese restaurante con estrella Michelin, que es culpa tuya porque te empeñaste en pedir el maridaje de vinos y además en esos sitios la comida es muy rara y no siempre sienta bien; vigésimo cuarto como un concierto de música clásica; vigésimo quinto como el mismo concierto, pero solo hay flautistas; vigésimo sexto como el mismo concierto otra vez, pero solo es un señor mayor con una armónica; vigésimo séptimo como una serie de dibujos animados, pero para adultos, en plan bruto, como Archer; vigésimo octavo como un rap en el metro, que me he enterado hace poco que eso pasa (yo es que voy en bus); vigésimo noveno como un sarpullido raro, pero no vas al médico porque seguro que no es nada y cuando te das cuenta resulta que es una enfermedad rarísima y te sale un tercer brazo de la oreja; trigésimo como una zarzuela, pero el plato, no el género chico; trigésimo primero como una sucesión de números primos; trigésimo segundo como una tragedia otra vez, pero casi todo el mundo es zurdo; trigésimo tercero como una parodia, pero hay gente que no se entera y se cree que va en serio (jajaja, hay que ser idiota); trigésimo cuarto como un grupo de whatsapp; trigésimo quinto como una actualización de Facebook; trigésimo sexto como un hilo de Twitter; trigésimo séptimo como una newsletter que dejaste de leer al segundo envío, pero te da pena darte de baja; trigésimo octavo como una charla con ese amigo que siempre te está diciendo lo que tienes que hacer y al final le vas diciendo “sí, sí” porque solo quieres que se calle y te deje irte a casa; trigésimo noveno como un postit que alguien dejó en la nevera y en el que solo pone: “No hay huevos”; cuadragésimo como una sesión de trabajo con unos consultores que están empeñados en que sea participativa y tú te preguntas cuánto estarán cobrando y qué pensarán sus padres de ellos; cuadragésimo primero como una peli porno; cuadragésimo segundo como una peli porno amateur; cuadragésimo tercero como un podcast en el que solo hablan de porno amateur; cuadragésimo cuarto como un documental en diez capítulos, que lo ves y dices, joder, mejor que una serie, solo que no sabes que se han inventado la mitad; cuadragésimo quinto como una charla con un amigo, pero ahora eres tú el que va dando consejitos; cuadragésimo sexto como otra novela de moda, no te has acabado la primera y ya hay otra más; cuadragésimo séptimo como una peli de Marvel, es decir, que dura muchísimo; cuadragésimo octavo como Gran Hermano 7; cuadragésimo noveno como un cómic de Mortadelo y Filemón, y esta es la mejor versión, es mi favorita y cuando lleguemos me pienso plantar y no quiero saber cómo son las siguientes, es más, ni tan solo quiero saber si hay siguientes”, Karl Marx (1818-1883).