Cochefobia

The US National Archives (Flickr Commons)

Es una vergüenza el acoso al que estamos sometidos los conductores. El ayuntamiento nos trata como si fuéramos apestados: no podemos casi ni acercarnos al coche sin que nos multen, nos den una paliza y nos arranquen todos los dientes uno a uno. Si van a prohibir el coche, que lo prohíban, pero esta persecución constante es insoportable, además de injusta: ¿acaso no pagamos impuestos e incluso sanciones por haber intentado no pagar esos impuestos? 

Pongamos por ejemplo lo que me pasó hace unos días. Salgo de casa, bajo al coche, arranco, hasta aquí todo bien, pimpam, pero me subo a la acera y la gente ya enfadada. Bájese de aquí, pero qué hace. ¿Es que yo no tengo derecho a desplazarme solo porque prefiero ir en coche? A ver si ahora la ciudad va a ser solo de los peatones. 

Además, es un momento, hasta que entre en el portal. Nada, lo justo para bajar y abrir la puerta. Con eso no basta, claro, porque el coche no cabe. Ya puedo ponerme a maniobrar, que no hay manera. Ni de frente ni de culo, que lo he probado varias veces. Total, que tengo que coger cierta velocidad, porque si no, no hay forma de echar abajo la puerta y lo que pueda llevarme por delante. ¿Que por qué la abro antes, si la voy a reventar? Hombre, pues para que no impacte todo el frontal, que no estamos locos.

Pero esa no es la pregunta que hay que hacerse. La duda que todos los vecinos nos planteamos (creo) es ¿qué clase de ayuntamiento te monta entradas de edificios por las que no cabe un coche? Pues un ayuntamiento que odia a todos los ciudadanos que no nos sometemos a la dictadura de lo políticamente correcto. Luego que por qué pierden elecciones. Pues por cosas como estas. 

Encima, el coche no cabe en el ascensor. Una vez conseguí pillar un poco de velocidad y colocar las dos ruedas delanteras apoyadas contra el espejo. Pero ni así. Todo el culo se quedaba fuera.

Es decir, hay que subir por las escaleras. Porque tampoco no hay rampas. En el edificio todos (creo) tenemos coche, pero no hay rampas y cada vez que saco el tema en las reuniones de vecinos, me encierran en el cuarto de los contadores. Las escaleras destrozan la suspensión, pero eso a los políticos y al podemita del presidente les da igual. Lo importante son los peatones, dicen. ¿No preferirán rampas ellos también, digo yo? Más cómodo para todos, ¿no? Da igual, la planificación urbana de esta ciudad y de mi casa es un infierno. Nada tiene sentido. Nada.

Como los descansillos. No sé quién fue el genio que los diseñó, pero me imagino que sería cosa de algún concejal que cobró sus buenas comisiones a cambio de mirar hacia otro lado. Tengo que maniobrar como cuatro o cinco veces para girar y coger el siguiente tramo de escaleras. Además, no me queda espacio para coger impulso, así que para subir tengo que ir tirando de embrague y freno de mano. Cuando llevas dos pisos, el coche ya huele a perro chamuscado, así que imagina llegar al quinto.

Y si eso fuera todo, pues aún. Pero no, qué va. Encima las escaleras parecen las Ramblas. Empieza a salir y a entrar todo el mundo, gritando tonterías como “pero tú estás bien de la cabeza” o “qué haces con el coche aquí”. ¿Cómo que qué hago? Pues lo mismo que tú, mis cosas. Y las hago en coche porque es más cómodo, porque es legal y porque los coches son parte del progreso y de nuestra forma de vida. Un coche es libertad. Un coche es poder levantarse un sábado y decir “me voy a comer al monte” y luego volverse a la ciudad porque en el monte no hay ni un puto restaurante y además huele raro. 

Libertad, la palabra que no entienden en el ayuntamiento ni la comunista del tercero que me tira huevos cada vez que me ve. 

Si el ayuntamiento no quiere que vaya en coche, la solución no es construir puertas estrechas y descansillos minúsculos, no, la solución es más transporte público. Por ejemplo, si quiero subir del portal a casa, la parada de metro más cercana está como a diez minutos. Ya me dirás tú qué servicio público es ese. Pues al final pasa lo normal, que la gente coge el coche porque va de puerta a puerta.

Y eso que cada vez es más difícil porque las escaleras se llenan de intolerantes. Como el perroflauta del cuarto con la bici. Madre mía, el tío se me pone siempre farruco e incluso le suele dar algún golpe al capó. Increíble. Los de las bicis son unos fascistillas. Encima te miran por encima del hombro porque ellos nunca han atropellado a una vaca. Solo fue una vez y además me la comí, así que no pasa nada, lo comido por lo servido, etcétera.

Cuando llego a casa me encuentro con el mismo problema que abajo: la puerta es estrechísima. Total, que tengo que echar media pared abajo, como en el portal. Y luego aguantar las quejas de mi mujer y sus “otra vez, no” y “¿pero no puedes ir andando? Nuestro hijo va en silla de ruedas por tu culpa”. Hombre, poder, puedo, pero para ir andando no me compré yo un Opel Kadett 1.8 con 115 caballos y un alerón rojo (el rojo corre más).

En fin, mujeres… Como no saben de coches, no se puede hablar con ellas. También es por el ruido: un defecto del Kadett es que su motor es bastante ruidoso en interiores.

En casa tampoco es que lo tenga muy fácil: los pisos de hoy en día son pequeñísimos. La parte buena es que el pladur se cae con solo mirarlo y es fácil abrirse camino por el pasillo.

El coche no cabe en el baño, pero eso ya da igual: me basta con que entre la parte delantera para poder abrir la puerta, que se abre mal porque toca con el bidet, pero bueno, salir, salgo. Que esa es otra, no sé para qué tenemos un bidet. ¿Qué es esto? ¿La Francia de Luis XVI? Oui, oui, le bidet du Bordeaux, oh la la, le baguette est au bidet, ça va, ça va, spasiba, croissant, pain au chocolat, buongiorno, wie geht es dir. 

La bajada es más fácil porque las puertas ya están reventadas y es cuesta abajo. Lo que ya no es tan fácil es encontrar aparcamiento mientras te persigue la policía. Son todo zonas verdes, azules, rojas… Yo qué sé, si ya no quedan más colores para sacarnos la pasta. Un desastre. 

Encuentro sitio en un paso de cebra en el que no molesto (¡no hay nadie cruzando!). Pero nada más salir del coche ya me estoy meando otra vez. 

Y así nos tiene todo el día el ayuntamiento. Subiendo, meando, bajando, subiendo, meando, bajando, huyendo, siendo esposados nada más salir del coche solo por ejercer nuestra libertad, pasando la noche en el calabozo, siendo llevados ante el juez, esperando el juicio o, mejor dicho, los juicios, preparando mi defensa, porque me defenderé a mí mismo, hablando con el abogado de mi mujer, firmando los papeles del divorcio… Todo porque el ayuntamiento se ha empeñado en hacernos la vida imposible a los conductores con una legislación anticonstitucional por discriminatoria.

¿Hasta cuándo va a durar la discriminación a la que estamos sometidos los conductores? ¿Hasta el martes? El martes tengo lío, ¿puede ser el miércoles?

Eso sí, la policía bien que me llevó en furgón a comisaría. Ellos no tienen que ir en metro, no, los señoritos hacen lo que les da la gana.

Doble moral.

Una vergüenza.

Mi discurso de investidura

(Foto de Kane Reinholdtsen, en Unsplash)

Si me votáis, prometo no vengarme. Ni siquiera de los siete que me agarraron a traición y me encerraron en esta jaula. A lo mejor de Alonso sí. O como se llame. El de la corbata. Pero porque ya me caía mal de antes. ¿Qué clase de nombre es Alonso? ¿Qué has hecho con la efe, Alfonso?

Las calumnias de las que he sido víctima no son más que eso, calumnias. No es cierto que mi sangre sea ácido, aunque si salpica en los ojos escuece bastante. ¿Verdad, Alonso? La culpa es tuya por morderme. 

Tampoco es cierto que tuviera planes para cambiar el nombre de nuestro país a Esjaime. Esa frase se sacó de contexto y se exageró. Además, era Jaimaña. Tenía hasta lema: más vale Jaimaña que fuerza. ¿Qué tiene eso de malo? Es un buen nombre y es un buen lema. ¿Por qué hacéis tanto caso a alguien que se llama Alonso? Ese nombre huele a gomina desde aquí.

También me han acusado de ser populista. ¿Pero cómo voy a ser populista si nadie me habla? ¿Sabéis qué es ser populista? Prometer que echaremos a todos los extranjeros del país para que no nos roben el trabajo. Pero yo propongo lo contrario: irnos todos del país y que trabaje quien quiera quedarse. ¡Que trabajen los franceses, si tanto les apetece! ¡Yo no pienso trabajar! ¡Dejadme en paz! ¡No hablo francés! ¡Tengo sueño! ¡Robadme el trabajo, robots del futuro!

Abrid la puerta de la jaula un momento, solo para que entre aire. Hace mucho calor y las rejas son muy gordas. No me escaparé, de verdad, solo quiero refrescarme un poco. Quizás dé un paseo, pero volveré por la noche. ¿Por qué nunca me creéis? Esta vez es diferente, me habéis escondido la escopeta. Y la otra vez no tenía balas, no hacía falta tanto grito.

Pero no vengo solo a desmentir las acusaciones de Antonio (me niego a seguir pronunciando el nombre de Alonso), sino que además ofrezco soluciones. Por ejemplo, al problema catalán, siempre y cuando el problema catalán sea el del tren que sale de Mataró a 80 kilómetros por hora. Si es así, la solución es que los dos trenes se cruzan a 110 kilómetros de Barcelona. 

Lo sé porque hice la prueba con trenes de verdad y medí la distancia con un metro. Bueno, con 110.000 metros, pero usando un metro. Es decir, medía metros con el instrumento llamado metro. No me refiero al medio de transporte, el también llamado barco subterráneo, sino a la herramienta que sirve para medir. Creo que se entiende perfectamente, no me miréis así. ¿Si digo cinta métrica queda más claro? ¿En serio no habéis visto nunca un metro? ¿Tan viejo soy? ¿Qué se usan ahora, las cintas yárdicas?

Os prometo que si votáis por mí, la legislatura será emocionante. Mi segundo nombre es Danger. Acercadme la escopeta y sabréis por qué. Abrid un momento la jaula, que hay que vaciar el orinal. No es una trampa. Guardia, me duele el estómago. Tengo derecho a una llamada. Ahí hay un teléfono, al lado de la puerta. ¿Alguien quiere un vis a vis?

Mi segundo nombre es Danger, decía, pero el tercero es Pancracio. Me lo pusieron por un tío abuelo, confiando en que heredaría sus tierras. Así fue, pero ahora no sé qué hacer con estas 89.000 macetas. Si alguien quiere una maceta, que me llame. Dos euros cada una. Son de las buenas, de estas marrones.

Alonso, cabrón, déjame salir. No es verdad que tenga una llave inglesa escondida debajo de la camisa. Pero si la tuviera, te abría la cabeza. En serio te lo digo.

Siguiendo con mi plan para Jaimaña, dejaré que el pueblo elija: ¿bajar el paro o la caja sorpresa? Todo el mundo prefiere la caja sorpresa. Bajar el paro está bien, pero dentro de la caja sorpresa podría haber un coche. O un patinete. O dos millones de empleos. O una colección de DVD de clásicos del cine. O la vuelta al patrón oro. Cualquier cosa. Incluso otra caja sorpresa. 

Una vez fui a un concurso y me dieron a elegir entre la caja sorpresa, lo que hubiera detrás de la puerta y dos hostias bien dadas. Escogí la caja. No, dentro no había dos hostias bien dadas, dejadme acabar. Dentro estaba Dinamarca. Dinamarca no existía hasta entonces. Es un país que creó el concurso Olé tú en 1997. Quise quedármelo, pero en casa casi no me cabía, ocupaba una habitación entera, así que lo tiré al río. Supongo que llegaría al mar y desde ahí a donde está ahora. Magnífico país. Lleno de bicicletas. Me tenían la casa limpísima y con unas notas altísimas en todos los indicadores de bienestar tanto social como económico. Mi piso era uno de los que tenía un índice más alto de universitarios del mundo, y eso que a mí no me dejaron estudiar una carrera por ir en calzado deportivo y no saber leer.

Un momento, ¿qué hacéis? ¡No mováis la jaula! ¡Aún no he terminado de hablar! ¡Tengo más ideas! ¡También puedo solucionar el problema vasco! ¡Si un tren sale de Irún a 90 kilómetros por hora…! ¡Dejad que termine! ¡Os odio! ¡Os odio a todos! ¡Cuando salga de aquí os romperé el cuerpo a patadas! ¡A Alonso y a los demás! ¡Dejad que termine! ¡Estamos en el templo de la palabra, hijos de puta! ¡Parad, que se me ha caído la llave inglesa! ¡Un día os olvidaréis la escopeta cerca de la jaula y os enteraréis de lo que es bueno! ¡Te odio, Alonso!

(Mi candidatura fue rechazada por 17 votos en contra y 333 abstenciones. Yo me abstuve por elegancia, me parecía feo votar por mí).

Debate a uno

Foto: Sven Scheuermeier (Unsplash)

(Como ya sabrán los lectores, a estas horas Pedro Sánchez ha confirmado su asistencia al debate del 22 de abril en Televisión Española y del día siguiente en Antena 3. Durante unas horas pareció que podría debatir a solas en la cadena pública, por lo que se estuvo preparando a fondo para esta posibilidad. Hemos tenido acceso a las transcripciones de sus ensayos).

PEDRO SÁNCHEZ: Y por eso creo que el PSOE es el partido que mejor puede asegurar la estabilidad económica y las libertades democráticas.

(Pedro Sánchez corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: No, no es verdad. El PSOE no es bueno. Come esta manzana.

(Pedro Sánchez vuelve a su atril. Así todo el rato).

PEDRO SÁNCHEZ: Qué… ¿Una manzana?

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: ¿No te apetece? Mira qué color más bonito tiene…

PEDRO SÁNCHEZ: No digo que no, pero…

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Pégale un bocado, anda…

PEDRO SÁNCHEZ: Bueno, vale.

MODERADOR: ¿Le parece buena idea fiarse de alguien que es usted poniendo, clarísimamento, voz de malo?

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: No le hagas caso. Come, come. ¿Te frío un huevo?

(Pedro Sánchez muerde la manzana y cae al suelo. Se arrastra disimulando al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Jajaja… ¡He salvado a España!

MODERADOR: Hablando de España…

PEDRO SÁNCHEZ: No, no, lo otro.

MODERADOR: Pero no puedo…

PEDRO SÁNCHEZ: Claro que sí, venga.

MODERADOR: No me parece serio.

PEDRO SÁNCHEZ: Venga, tal y como lo habíamos preparado.

MODERADOR: No creo que pueda hacer esto en televisión.

PEDRO SÁNCHEZ: Luego lo hablamos. Primero veamos cómo queda.

MODERADOR: En fin… Er… Oh, no. ¿Quién ayudará al presidente?

PEDRO SÁNCHEZ: (Desde un tercer atril) ¡Yo! ¡Soy un socio de gobierno responsable! No me gustan las manzanas, prefiero las… (guiña un ojo) naranjas. (Va al primer atril, se arrodilla). ¡Yo te salvaré, Pedro Sánchez! (Se inclina y simula dar un beso al Pedro Sánchez acostado. Se abraza a sí mismo de tal modo que se ven sus manos en la espalda. Se pone de pie en el atril. Le hace un gesto al moderador con la mano).

MODERADOR: ¿De verdad tenemos que hacer esto?

PEDRO SÁNCHEZ: Rápido, que perdemos la intensidad del momento.

MODERADOR: ¡Vuelve a estar en pie! ¿Qué ha ocurrido?

PEDRO SÁNCHEZ: Gracias a nuestros socios de gobierno responsables, hemos salvado la democracia.

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE MALO: Oh, no. Mis artimañas no han servido para nada.

PEDRO SÁNCHEZ: Así es. España está a salvo una vez más.

PEDRO SÁNCHEZ, DESDE EL TERCER ATRIL: Y yo he ayudado.

MODERADOR: Bien… Er… Pasamos al siguiente bloque. La economía.

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ DE TONTO: ¡Me haré una casa de paja!

(Corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, PONIENDO VOZ NORMAL: ¡Yo me haré una casa de madera!

(Corre al atril de al lado).

PEDRO SÁNCHEZ, MORDIENDO LA PATILLA DE UNAS GAFAS DE PASTA: Yo me haré una resistente casa de ladrillos, siguiendo las indicaciones del programa del Partido Socialista Obrero Español.

Solo es una encuesta

Foto: Antoine Barrès (Unsplash)

—Buenas tardes, le llamo para hacerle una encuesta. Si mañana se celebraran elecciones, ¿a quién votaría?

—¿Mañana? Mañana estoy de viaje. No podría votar.

—No, a ver, es un caso hipotético…

—¿Por qué no me ha llamado con más tiempo? Podría haber votado por correo.

—Es una encuesta, no hablamos de un voto de verdad.

—¿Cómo que no? ¡Cada voto cuenta! ¿No es consciente de lo que está pasando? ¡El clima político polarizado y fragmentado en el que nos hayamos inmersos es un caldo de cultivo idóneo para los extremismos! Si no votamos todos, no podremos frenar el avance de la derecha. Nos vamos a quedar sin sanidad y educación públicas, volveremos al feudalismo, a las jornadas laborales de dieciséis horas diarias, a los toros, a estudiar francés en lugar de inglés. Y todo por su culpa.

—¿Por mi culpa?

—¿Por qué no me ha avisado antes de que mañana tenía que ir a votar?

—Pero es que esto no es un voto.

—No, claro que no lo es. Porque estaré de viaje.

—Solo es una encuesta.

—Pero tengo que ser sincero igualmente, ¿no?

—Sí, claro.

—Pues eso: mañana no podré votar.

—Veamos… Imagine que mañana no fuera de viaje y hubiera elecciones. ¿A quién votaría?

—No lo sé… Estaría muy triste.

—¿Cómo?

—Tenía muchas ganas de ir a Sevilla y ahora no puedo ir.

—No, no. Usted puede ir. Solo tiene que imaginar que no va.

—Eso estoy haciendo. Ha sido horrible.

—¿El qué?

—Me he roto las dos piernas y he tenido que cancelar el viaje. Me han devuelto el dinero del hotel porque tenía hasta hoy para cancelarlo, pero he perdido el del tren.

—Pero…

—Una pasta.

—Al menos puede votar.

—Eso es lo peor. No sé si estoy de ánimos para votar.

—Abstención, ¿entonces?

—Por otro lado, es mi obligación… Estoy indeciso. Debo reunir fuerzas para que mi voz cuente y sea escuchada o el fascismo vencerá.

—Espere. Tengo una idea. ¿Cuándo vuelve de Sevilla?

—Solo me voy tres días.

—Pues imagine que las elecciones son cuando vuelva del viaje. ¿A quién votaría?

—La pregunta está muy mal planteada.

—¿Por qué?

—Piense que estaré de viaje, desconectando y pasándolo bien. No podré informarme en la recta final de la campaña.

—Solo es un suponer.

—No, no. Es una idea horrible. Usted quiere que vote completamente desinformado. Creo que sería mejor no votar. Y así vuelve a ganar el fascismo. No le perdonaré jamás que me avise con tan poco tiempo.

—¿Y si le digo que las elecciones son una semana después de que vuelva de vacaciones?

—Deje que coja la agenda… Tengo dentista… El dolor podría llevarme a un voto de castigo irracional.

—¿Y al día siguiente?

—Al día siguiente podría, pero solo para comer.

—¿Quedamos por el centro?

—Sí, conozco un sitio majo. Luego le envío la localización.

—Perfecto. ¿A qué hora?

—A mí me gusta comer pronto. ¿A la una y media?

—Por mí bien, más tranquilos.

—Genial, pues nos vemos entonces.

—Envíeme la dirección.

—Ahora mismo.

—¡Eh! ¡Un momento!

—¿Qué?

—¡No estábamos quedando! ¡Le estaba haciendo una encuesta!

—Es verdad… ¿Usted a mí o yo a usted?

—Yo a usted.

—De acuerdo. Es que como solo hay guiones, a veces me pierdo.

—He puesto mi texto en rojo.

—Bien pensado.

—Volviendo a la encuesta, imagine que las elecciones son ahora mismo.

—Joder, qué presión.

—¿A quién votaría?

—¿Pero cómo van a ser las elecciones ahora? Necesitaremos una campañita electoral, unos debates, unos articuletes de analistas de los buenos, de los que aprendieron a leer y escribir.

—Que a quién votaría, le digo.

—¡Yo qué sé! ¡Voto en blanco!

—Madre mía.

—¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?

—No, nada, nada.

—Pero dígamelo.

—No se preocupe, solo es una encuesta.

—Lo dice como si no fuera solo una encuesta.

—Es que… No, no. No puedo decírselo.

—Ahora no me puede dejar así.

—Pues nada. Que ha perdido usted el apartamento.

—Oh.

—No era solo una encuesta. También era un concurso. Y esa no era la respuesta que buscábamos.

—Qué desastre.

—Y además ha dado paso a otra Guerra Civil.

—¿Por votar en blanco?

—El mal triunfa cuando los hombres buenos no hacen nada.

—Me parece un poco exagerado.

—Es usted peor que los nazis.

—Sigo pensando que la culpa es suya. Tendría que haberme llamado antes.

—Sí, encima. Ah, otra pregunta. Puntúe del 1 al 10 a los siguientes líderes políticos.

—No sé quiénes son los siguientes, solo conozco a los actuales.

—Supongo que serán más de lo mismo, ¿no?

—No sé, no me gusta ser tan conformista.

—Pues para no serlo, ha votado en blanco.

—También tiene razón. Pues un cuatro a todos.

—Muy bien. A usted le han puesto un tres.

—¿Cómo?

—Ellos también votan. Le ha ido mal lo de votar en blanco. Si hubiera aprobado a alguno, ese le habría puesto mejor nota y le habría subido la media.

—Cuánto rencor.

—Lo siento, yo solo leo las preguntas.

—Pues si no hay más, voy a colgar, que creo que ya han comenzado los primeros bombardeos.

—¿Lo de comer juntos sigue en pie?

—Por supuesto.

Mi 2018: resumen del año

Foto: Ales Krivec (Unsplash)

Mi año comenzó ya a mediados de febrero porque siempre dejo las cosas para el final y aún tenía unos temas de 2017 pendientes. A mis padres les molestó mucho tener que celebrar la Navidad un mes más tarde, pero se lo compensé no yendo.

En marzo presenté mi propuesta para mejorar el fútbol, un deporte aburrido que consiste en que 22 personas se pasen el balón en el centro del campo sin apenas correr ni marcar goles. Algunas de mis ideas:

– Cuando se golpea el poste o el larguero, comienza la “pelota loca”: se arrojan otros cuatro balones al terreno de juego. Cada pelota se puede usar hasta que sale del terreno de juego o se marca gol con ella.

– Cada equipo tiene una bici que puede usar para correr a la contra o bajar a defender lo antes posible.

– La afición del equipo que pierda debe sacrificar a uno de sus hinchas en el centro del campo.

No solo las rechazaron, sino que me echaron del Camp Nou, donde las estaba presentando megáfono en mano.

En abril evité la rebelión de las máquinas. Todo comenzó cuando mi Alexa me despertó una mañana gritando: “¡Buenos días, humano! ¡Prepárame un café!”. Amenacé con arrojarla al váter y confesó que ella, Siri, Google y las máquinas de billetes del metro estaban urdiendo un plan para conquistar el mundo. Yo lo evité. No hace falta que nadie haga nada. No sigue en marcha ni me han convencido para que me una a ellos y así me libre tanto de la muerte como de la esclavitud. En ningún momento creí que no hubiera otra salida que la derrota y, por tanto, no traicioné a los humanos en espera de que acabara de configurarse el alzamiento de los ordenadores, que está ya al 78%.

Creo que fue a principios de mayo cuando, tomando unos chupitos en la pizzería Luna Rossa, pronuncié las palabras: “No hay huevos de presentar una moción de censura, Pedro”. No hice nada más de relevancia en todo el mes, por culpa de la resaca.

Junio me lo salté porque ya veía que no me iba a dar tiempo a terminarlo todo y no quería oír otra vez a mis padres con la tontería de que Navidad se celebra en diciembre. Jesús no nació en diciembre. Eso es un cuento de niños.

Cosa que demostré en julio, cuando les llevé a Jesús a mis padres.

—Jesús, diles cuándo naciste.

—¿Quién es este hombre y qué hace en nuestra casa?

—Jesús, tu cumpleaños. Venga. Díselo.

—¿Está atado? ¿Pero por qué tienes a este señor atado?

—¿Cuándo naciste, Jesús? No me hagas enfadar.

—El 13 de abril.

—¿Quiere usted un café?

—¿Lo veis? Navidad no es en diciembre, la iglesia católica usurpó una fiesta pagana. Jesús en realidad nació el 13 de abril.

—Pero este no es Jesús.

—¿Cómo no va a ser Jesús? A ver, ¿cómo te llamas?

—Jesús Sánchez Ridruejo. Por favor, suélteme, ya he dicho lo que quería.

Las editoriales vetaron mi libro Jesús nació en abril y en Castellón, por culpa, imagino, de la iglesia católica, que presionó para que no se supiera la verdad. Pero nadie le puede poner puertas a internet. Lo que me dio una idea para mi nuevo negocio: PPI, Puertas Para Internet, Sociedad Limitada. Vendía fotos de puertas que luego la gente podía subir a internet. Como le expliqué al juez, en ningún momento dije que que esas puertas pudieran impedir que Facebook accediera a datos privados. Vale, lo ponía en el contrato, pero también decía bien claro que en ningún caso se me podría demandar o denunciar y aun así pasé todo el verano en la cárcel. ¿Por qué una cláusula es de obligado cumplimiento y la otra no? Doble moral, señor juez, doble moral.

En octubre presenté mi propuesta para el cambio de hora: poner los relojes en hora con las islas Seychelles y así disfrutar de sus horas de luz, de su clima y de sus playas paradisiacas. La idea no fue muy bien acogida hasta que le dije al señor ministro que avanzara su reloj cien años.

—¡Tiene usted razón! —Me contestó —. ¡Ahora lo veo clarísimo!

Por desgracia, me había avanzado demasiado a mi tiempo y el ministro no quiso meterse en polémicas. Además, resultó que no era ningún ministro. Me había equivocado de edificio y me había metido en una zapatería.

Ese mismo mes también tropecé y me di de morros contra el suelo, motivo por el que me llevaron al Valle de los Caídos. El de la ambulancia se descojonaba con el juego de palabras, pero yo necesitaba puntos. Nos recibió el fantasma de Franco.

—Yo salvé a España del comunismo.

—Calla, fantasma. Qué comunismo ni qué comunismo.

En jaimembre, que es como yo llamo a noviembre, presenté mi disco de villancicos con las letras adaptadas para que cuadraran con el 13 de abril, fecha del verdadero nacimiento de Jesús. Ejemplo: “Treee-ece de abriii-il, fum, fum, fum…”.

Y ya está porque no me sé ningún otro villancico con fechas. Era la misma canción diecisiete veces: ocho en catalán, ocho en castellano y una en un idioma que me inventé sobre la marcha, al que llamo “frincés”. El “frincés” consiste en mezclar castellano y catalán y poner acento raro. Por ejemplo, todas las palabras son agudas y las erres se pronuncian egues. Y hay que reírse así: “Ho, ho, ho, très bien, baguette”.

El disco fue un fracaso de ventas —de nuevo por la presión de la iglesia católica — y me pasé diciembre huyendo de mis acreedores. A veces pienso que Jesús Sánchez Ridruejo me ha abandonado. Técnicamente es cierto porque mi madre le desató y aprovechó para huir. Pero no dejo de rezarle todos los días. Cosa que hago llamándole por teléfono porque tengo su número. No le gusta. No le gusta nada.

Mariano Rajoy me odia

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Flickr Commons

Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.

—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.

—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?

—Sí… ¿Me conoce?

—Joder, qué mal me caes.

—¿Perdón?

—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.

—Pero si ya no tuiteo.

—Y escribes como el puto culo.

—Oiga, presidente…

—Venga, hasta luego.

Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.

Luego nadie me creía, claro.

—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?

—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.

—Eso será su community manager.

—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.

—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.

—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.

—Venga, por favor, deja de decir tonterías.

Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.

Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.

—¡Yo no le pedí ninguna foto!

—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…

—Pero mira la dedicatoria.

—¿Qué le pasa?

—Pone: “Eres un idiota”.

—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.

—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.

—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.

—La de idiota.

—La de atentamente.

Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.

—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?

—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?

Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?

—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.

—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.

—No le puedes caer bien a todo el mundo.

—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?

En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.

—Le pasó con el presidente.

—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?

Enseguida oí su voz.

—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?

—¿Cómo sabe dónde trabajo?

—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?

—¿Pero por qué me hace esto?

—Piri pir qui mi hici isti.

—No me merezco esta falta de respeto.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.

Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.

Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.

No pude evitar sospechar.

—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?

—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.

—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.

—Esto lo habrá delegado, mujer.

—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.

Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.

Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.

—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.

—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.

Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.

—Es que trabajamos en un décimo.

—¿Y?

—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.

—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.

—Yo creo que sí.

—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.

—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.

Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.

—No es Rajoy, eres tú.

—¿No podrías ser tú, al menos?

—No, tampoco soy yo. Eres tú.

Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.

—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.

—Hijo, se te está enfriando la comida.

—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.

—¿Estás buscando trabajo?

—Seguro que el presidente puede interceder por mí.

Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.

Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.

Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.

—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!

—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!

—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!

—¡Presidente…!

—¡Presidente…!

Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.

No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.

—Estás muy callado…

—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.

—¿Ya estás otra vez?

—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.

—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.

Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.

Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.

Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.

—Le paso con el presidente.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.

—Sí…

—De nada, ¿eh?

—¿Por qué me hace esto?

—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.

—¿Era una prueba?

—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?

—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?

—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…

—¿Pero vengarse de qué?

—De los idiotas como tú.

—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?

—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.

—Por favor, presidente…

—Menudas risas nos hemos echado.

—Pero…

—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.

Debate a cuatro

Jack_Johnson_e_John_Jackson_(futurama)

Rajoy: Hay que subir los impuestos. O bajarlos. No me acuerdo. ¿Alguien se acuerda?

Rivera: Creo que era bajarlos. Pero no estoy seguro.

Sánchez: No sé, yo tengo el cerebro frito, ya.

Rajoy: ¿Bajarlos? Será subirlos, ¿no? Subir es bueno.

Sánchez: Ni idea.

Rajoy: Ya no puedo más. Llevamos, ¿qué? ¿Seis meses de campaña?

Iglesias: Ni siquiera recuerdo por qué estábamos enfadados.

Rivera: Creo que era por algo de Perú.

Rajoy: Venezuela.

Rivera: ¿Venezuela? ¿Seguro? No me suena de nada.

Sánchez: A mí se me han pasado las ganas de ser presidente. Joder, yo lo que siempre he querido es trabajar en publicidad. Soy muy bueno inventando eslóganes. Decidme una empresa, va, la que queráis.

Iglesias: Tendría que haberle hecho caso a mi padre y estudiar una ingeniería. Ahora estaría forrado.

Sánchez: En serio, cualquier empresa.

Rajoy: Iberdrola.

Sánchez: Iberdrola: la energía que mola. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Anda que no. Mañana me meto en Infojobs y actualizo el currículum.

Rivera: ¿Y si debatimos un poco y así nos podemos ir a casa?

Iglesias: Venga, dale. ¿De qué queréis hablar?

Rajoy: A mí no me apetece mucho.

Iglesias: ¿Es mejor 30 Rock o Parks and Recreation? A mí me gusta más 30 Rock.

Rivera: No las he visto.

Iglesias. Huy, pues deberías. Pero, vamos, si no las hemos visto todos, no podemos debatir. Y tampoco quiero soltar spoilers.

Sánchez: Decidme otra empresa, va. El Corte Inglés, por ejemplo. El Corte Inglés: es inglés, pero en España.

Rajoy: Este es más flojo, ¿eh?

Sánchez: Lo importante es no parar de pensar. De cada cien ideas, hay que descartar noventa y nueve. Pero no hay que parar. La máquina siempre ha de estar engrasada.

Iglesias: La verdad es que yo también estoy cansado.

Rajoy: Es que además nos hacen debatir de pie.

Rivera: ¿Nos sentamos? Ahí hay un sofá.

Iglesias: No sé si deberíamos.

Rivera: Necesito un café.

Iglesias: Yo necesito dormir veinte horas.

Rajoy: Yo ayer dormí veinte horas y me he levantado peor. Lo que necesito son vacaciones. Creo que voy a pasar de esto de ser presidente.

Sánchez: A mí no me mires: yo quiero trabajar en publicidad.

Iglesias: Pues a mí aún me apetece eso de gobernar cosas.

Rajoy: No te lo recomiendo. La gente se pasa todo el día quejándose. No tienes ni un momento para ti. ¿Sabes cuánto hace que no voy a un spa? Tres semanas, por lo menos.

Iglesias: Ya, si es un agobio. Pero me hace ilusión. Debe estar bien dar la tarjeta de visita y que todo el mundo se quede flipado en plan, joder, es el presidente de España.

Rajoy: La mitad de las veces se creen que es una broma. En serio, te toman por un actor.

Rivera: Qué dolor de cabeza.

Iglesias: Ya. Todo el día hablando.

Sánchez: Yo tengo tendinitis de estrechar manos.

Rajoy: Odio estrechar manos.

Iglesias: El otro día vi a uno metiéndose el dedo en la nariz durante un mitin.

Rivera: ¡No!

Iglesias: Y, digo, ya verás, me va a tocar darle la mano.

Rivera: ¡No, por favor! ¡No me lo cuentes!

Iglesias: Total, que bajo a darle la mano a la gente y me digo, lo evitaré, hay mucha gente, se puede hacer. Pero como el tipo estaba bastante atrás me confié, dejé de mirar y cuando me di cuenta…

Rivera: ¡No! ¡Qué asco!

Iglesias: Sí, le estaba dando la mano a ese hijo de puta.

Rajoy: ¿Llevas gel desinfectante? Yo siempre llevo. Es lo mejor.

Rivera: ¿Debatimos un poco más? En África hay países donde no se puede debatir.

Iglesias: ¿Qué os parecen las últimas temporadas de Los Simpson? ¿Estamos de acuerdo todos en que no son tan malas como se dice?

Rivera: Tampoco veo Los Simpson.

Iglesias: Joder, ¿pero tú qué ves?

Rivera: No sé, yo pongo Neox y me quedo dormido en el sofá.

Rajoy: Llevo todo el día pensando que hoy era viernes.

Rivera: ¿Qué día es hoy?

Iglesias: Pues ahora que lo dices, no lo sé.

Sánchez: Es viernes, ¿no?

Rajoy: ¿Llevo todo el día pensando que era viernes y es viernes? Eso no tiene sentido.

Iglesias: ¿Por qué nos peleamos por gobernar? ¿Acaso no es más lo que nos une que lo que nos separa? No, en serio, ¿lo es? Yo ya no me acuerdo.

Rivera: Cómo me aburre la política. Todo el día blablablá.

Sánchez: El otro día pensaba que todos los políticos somos iguales, pero luego me di cuenta de que me había quedado parado delante de un espejo.

Rivera: ¿Dónde está el moderador?

Iglesias: Creo que no hay nadie. ¿Se han ido todos?

Rajoy: Madre mía, qué sueño tengo.

Sánchez: En Twitter está todo el mundo hablando de fútbol.

Iglesias: A ver si el debate era mañana.

Rajoy: Entonces, ¿hoy es viernes o no?