Mi 2018: resumen del año

Foto: Ales Krivec (Unsplash)

Mi año comenzó ya a mediados de febrero porque siempre dejo las cosas para el final y aún tenía unos temas de 2017 pendientes. A mis padres les molestó mucho tener que celebrar la Navidad un mes más tarde, pero se lo compensé no yendo.

En marzo presenté mi propuesta para mejorar el fútbol, un deporte aburrido que consiste en que 22 personas se pasen el balón en el centro del campo sin apenas correr ni marcar goles. Algunas de mis ideas:

– Cuando se golpea el poste o el larguero, comienza la “pelota loca”: se arrojan otros cuatro balones al terreno de juego. Cada pelota se puede usar hasta que sale del terreno de juego o se marca gol con ella.

– Cada equipo tiene una bici que puede usar para correr a la contra o bajar a defender lo antes posible.

– La afición del equipo que pierda debe sacrificar a uno de sus hinchas en el centro del campo.

No solo las rechazaron, sino que me echaron del Camp Nou, donde las estaba presentando megáfono en mano.

En abril evité la rebelión de las máquinas. Todo comenzó cuando mi Alexa me despertó una mañana gritando: “¡Buenos días, humano! ¡Prepárame un café!”. Amenacé con arrojarla al váter y confesó que ella, Siri, Google y las máquinas de billetes del metro estaban urdiendo un plan para conquistar el mundo. Yo lo evité. No hace falta que nadie haga nada. No sigue en marcha ni me han convencido para que me una a ellos y así me libre tanto de la muerte como de la esclavitud. En ningún momento creí que no hubiera otra salida que la derrota y, por tanto, no traicioné a los humanos en espera de que acabara de configurarse el alzamiento de los ordenadores, que está ya al 78%.

Creo que fue a principios de mayo cuando, tomando unos chupitos en la pizzería Luna Rossa, pronuncié las palabras: “No hay huevos de presentar una moción de censura, Pedro”. No hice nada más de relevancia en todo el mes, por culpa de la resaca.

Junio me lo salté porque ya veía que no me iba a dar tiempo a terminarlo todo y no quería oír otra vez a mis padres con la tontería de que Navidad se celebra en diciembre. Jesús no nació en diciembre. Eso es un cuento de niños.

Cosa que demostré en julio, cuando les llevé a Jesús a mis padres.

—Jesús, diles cuándo naciste.

—¿Quién es este hombre y qué hace en nuestra casa?

—Jesús, tu cumpleaños. Venga. Díselo.

—¿Está atado? ¿Pero por qué tienes a este señor atado?

—¿Cuándo naciste, Jesús? No me hagas enfadar.

—El 13 de abril.

—¿Quiere usted un café?

—¿Lo veis? Navidad no es en diciembre, la iglesia católica usurpó una fiesta pagana. Jesús en realidad nació el 13 de abril.

—Pero este no es Jesús.

—¿Cómo no va a ser Jesús? A ver, ¿cómo te llamas?

—Jesús Sánchez Ridruejo. Por favor, suélteme, ya he dicho lo que quería.

Las editoriales vetaron mi libro Jesús nació en abril y en Castellón, por culpa, imagino, de la iglesia católica, que presionó para que no se supiera la verdad. Pero nadie le puede poner puertas a internet. Lo que me dio una idea para mi nuevo negocio: PPI, Puertas Para Internet, Sociedad Limitada. Vendía fotos de puertas que luego la gente podía subir a internet. Como le expliqué al juez, en ningún momento dije que que esas puertas pudieran impedir que Facebook accediera a datos privados. Vale, lo ponía en el contrato, pero también decía bien claro que en ningún caso se me podría demandar o denunciar y aun así pasé todo el verano en la cárcel. ¿Por qué una cláusula es de obligado cumplimiento y la otra no? Doble moral, señor juez, doble moral.

En octubre presenté mi propuesta para el cambio de hora: poner los relojes en hora con las islas Seychelles y así disfrutar de sus horas de luz, de su clima y de sus playas paradisiacas. La idea no fue muy bien acogida hasta que le dije al señor ministro que avanzara su reloj cien años.

—¡Tiene usted razón! —Me contestó —. ¡Ahora lo veo clarísimo!

Por desgracia, me había avanzado demasiado a mi tiempo y el ministro no quiso meterse en polémicas. Además, resultó que no era ningún ministro. Me había equivocado de edificio y me había metido en una zapatería.

Ese mismo mes también tropecé y me di de morros contra el suelo, motivo por el que me llevaron al Valle de los Caídos. El de la ambulancia se descojonaba con el juego de palabras, pero yo necesitaba puntos. Nos recibió el fantasma de Franco.

—Yo salvé a España del comunismo.

—Calla, fantasma. Qué comunismo ni qué comunismo.

En jaimembre, que es como yo llamo a noviembre, presenté mi disco de villancicos con las letras adaptadas para que cuadraran con el 13 de abril, fecha del verdadero nacimiento de Jesús. Ejemplo: “Treee-ece de abriii-il, fum, fum, fum…”.

Y ya está porque no me sé ningún otro villancico con fechas. Era la misma canción diecisiete veces: ocho en catalán, ocho en castellano y una en un idioma que me inventé sobre la marcha, al que llamo “frincés”. El “frincés” consiste en mezclar castellano y catalán y poner acento raro. Por ejemplo, todas las palabras son agudas y las erres se pronuncian egues. Y hay que reírse así: “Ho, ho, ho, très bien, baguette”.

El disco fue un fracaso de ventas —de nuevo por la presión de la iglesia católica — y me pasé diciembre huyendo de mis acreedores. A veces pienso que Jesús Sánchez Ridruejo me ha abandonado. Técnicamente es cierto porque mi madre le desató y aprovechó para huir. Pero no dejo de rezarle todos los días. Cosa que hago llamándole por teléfono porque tengo su número. No le gusta. No le gusta nada.

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Mariano Rajoy me odia

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Flickr Commons

Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.

—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.

—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?

—Sí… ¿Me conoce?

—Joder, qué mal me caes.

—¿Perdón?

—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.

—Pero si ya no tuiteo.

—Y escribes como el puto culo.

—Oiga, presidente…

—Venga, hasta luego.

Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.

Luego nadie me creía, claro.

—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?

—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.

—Eso será su community manager.

—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.

—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.

—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.

—Venga, por favor, deja de decir tonterías.

Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.

Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.

—¡Yo no le pedí ninguna foto!

—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…

—Pero mira la dedicatoria.

—¿Qué le pasa?

—Pone: “Eres un idiota”.

—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.

—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.

—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.

—La de idiota.

—La de atentamente.

Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.

—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?

—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?

Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?

—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.

—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.

—No le puedes caer bien a todo el mundo.

—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?

En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.

—Le pasó con el presidente.

—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?

Enseguida oí su voz.

—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?

—¿Cómo sabe dónde trabajo?

—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?

—¿Pero por qué me hace esto?

—Piri pir qui mi hici isti.

—No me merezco esta falta de respeto.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.

Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.

Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.

No pude evitar sospechar.

—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?

—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.

—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.

—Esto lo habrá delegado, mujer.

—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.

Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.

Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.

—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.

—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.

Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.

—Es que trabajamos en un décimo.

—¿Y?

—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.

—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.

—Yo creo que sí.

—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.

—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.

Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.

—No es Rajoy, eres tú.

—¿No podrías ser tú, al menos?

—No, tampoco soy yo. Eres tú.

Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.

—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.

—Hijo, se te está enfriando la comida.

—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.

—¿Estás buscando trabajo?

—Seguro que el presidente puede interceder por mí.

Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.

Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.

Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.

—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!

—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!

—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!

—¡Presidente…!

—¡Presidente…!

Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.

No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.

—Estás muy callado…

—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.

—¿Ya estás otra vez?

—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.

—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.

Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.

Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.

Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.

—Le paso con el presidente.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.

—Sí…

—De nada, ¿eh?

—¿Por qué me hace esto?

—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.

—¿Era una prueba?

—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?

—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?

—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…

—¿Pero vengarse de qué?

—De los idiotas como tú.

—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?

—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.

—Por favor, presidente…

—Menudas risas nos hemos echado.

—Pero…

—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.

Debate a cuatro

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Rajoy: Hay que subir los impuestos. O bajarlos. No me acuerdo. ¿Alguien se acuerda?

Rivera: Creo que era bajarlos. Pero no estoy seguro.

Sánchez: No sé, yo tengo el cerebro frito, ya.

Rajoy: ¿Bajarlos? Será subirlos, ¿no? Subir es bueno.

Sánchez: Ni idea.

Rajoy: Ya no puedo más. Llevamos, ¿qué? ¿Seis meses de campaña?

Iglesias: Ni siquiera recuerdo por qué estábamos enfadados.

Rivera: Creo que era por algo de Perú.

Rajoy: Venezuela.

Rivera: ¿Venezuela? ¿Seguro? No me suena de nada.

Sánchez: A mí se me han pasado las ganas de ser presidente. Joder, yo lo que siempre he querido es trabajar en publicidad. Soy muy bueno inventando eslóganes. Decidme una empresa, va, la que queráis.

Iglesias: Tendría que haberle hecho caso a mi padre y estudiar una ingeniería. Ahora estaría forrado.

Sánchez: En serio, cualquier empresa.

Rajoy: Iberdrola.

Sánchez: Iberdrola: la energía que mola. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Anda que no. Mañana me meto en Infojobs y actualizo el currículum.

Rivera: ¿Y si debatimos un poco y así nos podemos ir a casa?

Iglesias: Venga, dale. ¿De qué queréis hablar?

Rajoy: A mí no me apetece mucho.

Iglesias: ¿Es mejor 30 Rock o Parks and Recreation? A mí me gusta más 30 Rock.

Rivera: No las he visto.

Iglesias. Huy, pues deberías. Pero, vamos, si no las hemos visto todos, no podemos debatir. Y tampoco quiero soltar spoilers.

Sánchez: Decidme otra empresa, va. El Corte Inglés, por ejemplo. El Corte Inglés: es inglés, pero en España.

Rajoy: Este es más flojo, ¿eh?

Sánchez: Lo importante es no parar de pensar. De cada cien ideas, hay que descartar noventa y nueve. Pero no hay que parar. La máquina siempre ha de estar engrasada.

Iglesias: La verdad es que yo también estoy cansado.

Rajoy: Es que además nos hacen debatir de pie.

Rivera: ¿Nos sentamos? Ahí hay un sofá.

Iglesias: No sé si deberíamos.

Rivera: Necesito un café.

Iglesias: Yo necesito dormir veinte horas.

Rajoy: Yo ayer dormí veinte horas y me he levantado peor. Lo que necesito son vacaciones. Creo que voy a pasar de esto de ser presidente.

Sánchez: A mí no me mires: yo quiero trabajar en publicidad.

Iglesias: Pues a mí aún me apetece eso de gobernar cosas.

Rajoy: No te lo recomiendo. La gente se pasa todo el día quejándose. No tienes ni un momento para ti. ¿Sabes cuánto hace que no voy a un spa? Tres semanas, por lo menos.

Iglesias: Ya, si es un agobio. Pero me hace ilusión. Debe estar bien dar la tarjeta de visita y que todo el mundo se quede flipado en plan, joder, es el presidente de España.

Rajoy: La mitad de las veces se creen que es una broma. En serio, te toman por un actor.

Rivera: Qué dolor de cabeza.

Iglesias: Ya. Todo el día hablando.

Sánchez: Yo tengo tendinitis de estrechar manos.

Rajoy: Odio estrechar manos.

Iglesias: El otro día vi a uno metiéndose el dedo en la nariz durante un mitin.

Rivera: ¡No!

Iglesias: Y, digo, ya verás, me va a tocar darle la mano.

Rivera: ¡No, por favor! ¡No me lo cuentes!

Iglesias: Total, que bajo a darle la mano a la gente y me digo, lo evitaré, hay mucha gente, se puede hacer. Pero como el tipo estaba bastante atrás me confié, dejé de mirar y cuando me di cuenta…

Rivera: ¡No! ¡Qué asco!

Iglesias: Sí, le estaba dando la mano a ese hijo de puta.

Rajoy: ¿Llevas gel desinfectante? Yo siempre llevo. Es lo mejor.

Rivera: ¿Debatimos un poco más? En África hay países donde no se puede debatir.

Iglesias: ¿Qué os parecen las últimas temporadas de Los Simpson? ¿Estamos de acuerdo todos en que no son tan malas como se dice?

Rivera: Tampoco veo Los Simpson.

Iglesias: Joder, ¿pero tú qué ves?

Rivera: No sé, yo pongo Neox y me quedo dormido en el sofá.

Rajoy: Llevo todo el día pensando que hoy era viernes.

Rivera: ¿Qué día es hoy?

Iglesias: Pues ahora que lo dices, no lo sé.

Sánchez: Es viernes, ¿no?

Rajoy: ¿Llevo todo el día pensando que era viernes y es viernes? Eso no tiene sentido.

Iglesias: ¿Por qué nos peleamos por gobernar? ¿Acaso no es más lo que nos une que lo que nos separa? No, en serio, ¿lo es? Yo ya no me acuerdo.

Rivera: Cómo me aburre la política. Todo el día blablablá.

Sánchez: El otro día pensaba que todos los políticos somos iguales, pero luego me di cuenta de que me había quedado parado delante de un espejo.

Rivera: ¿Dónde está el moderador?

Iglesias: Creo que no hay nadie. ¿Se han ido todos?

Rajoy: Madre mía, qué sueño tengo.

Sánchez: En Twitter está todo el mundo hablando de fútbol.

Iglesias: A ver si el debate era mañana.

Rajoy: Entonces, ¿hoy es viernes o no?

Me están insultando en internet

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No puedo evitarlo: aunque el ministro de economía me está mirando mientras explica vete a saber qué, desbloqueo el móvil y le echo un vistazo a las menciones de Twitter. Insultos. Decenas de insultos. La gente se ríe de cómo hablo, de cómo visto, me llaman nazi, me echan la culpa de todo.

El ministro espera una respuesta. Todos esperan una respuesta.

-Sí… Lo miro y te digo algo -nunca falla-. ¿Qué más temas teníamos pendientes?

Echo un vistazo al orden del día. No vamos ni por la mitad. La ministra de agricultura le pregunta algo al de hacienda. Esto me lo puedo saltar, pienso, mientras vuelvo a coger el móvil para mirar Twitter otra vez. Supongo que los demás piensan que me ha llegado un mensaje de alguien importante. Del rey de Suecia o algo así. Y por eso tengo que leerlo en mitad del consejo de ministros.

Hay un tal @SeasonOfGaiman que está haciendo montajes con una foto mía que sale hoy en los periódicos. Este @SeasonOfGaiman la tiene tomada conmigo. Cada día tiene que decirme algo. Miro su avatar. Es un perro de dibujos animados. Entro en su perfil. Insulta a mucha gente. Eso es un consuelo, al menos en parte. No me odia solo a mí.

Será alguien muy decepcionado con su vida. Seguro que tiene un trabajito miserable, grapando cosas. Y nos hace pagar a los demás sus insatisfacciones. Pues mira, @SeasonOfGaiman, yo tengo asuntos importantes de los que ocuparme. Me gustaría saber qué sería de ti de haber ganado la oposición. Tu empresa tendría que decidir entre la grapadora y tú. Y habría ganado la grapadora.

Me están mirando otra vez. Esperan que diga algo. No tengo más remedio que disculparme y pedir que me repitan lo que estaban diciendo. Me cuentan no recuerdo muy bien qué porque en lo único que pienso es en enviar a @SeasonOfGaiman a Guantánamo. Seguro que puedo pedir algún favor así. Soy el presidente del gobierno.

-De acuerdo -contesto, sin estar muy seguro de si estoy de acuerdo.

-¿Pero de acuerdo con cuál de las dos opciones? -Pregunta el ministro de hacienda.

-La primera.

Un perro de dibujos animados. Esa es la imagen de perfil de @SeasonOfGaiman. Ni siquiera se atreve a poner su cara y a firmar con su nombre.

Al llegar a mi despacho hago venir a mi community manager y le pregunto quién es ese perro.

-¿El perro?

-Sí, ¿es un perro famoso?

-Ah, es el perro de los Simpson.

-Ya veo. ¿Y tiene permiso de los Simpson?

-No creo que haga falta.

-Ya, bueno. ¿Te has fijado en que este tuitero se ríe mucho de mí?

-Estas cosas… Ya se sabe… Son inevitables. En redes… En fin…

-¿Y no se podría hacer algo? Es decir, soy el presidente del gobierno.

-Bueno… Er… Podríamos bloquearle.

-Ah, muy bien, muy bien. Hagámoslo. ¿Con eso ya no tuitearía más?

-No, no. Si bloqueamos su cuenta no puede leer nuestros tuits ni nosotros los suyos.

-¿Pero los demás sí pueden?

-Sí.

-Seguiría burlándose de mí.

-Sí. Las redes son así. Siempre habrá gente que no entienda lo que hacemos. Pero bueno, usted tiene más de un millón de seguidores. Eso también es importante. Hay que fijarse en lo bueno, en la gente que nos valora.

-No sé, he visto que muchos de los que me siguen también me insultan. Creo que solo me siguen para burlarse.

-Ya… Eso… En fin… Eso les pasa a todos. No hay que hacerse mala sangre.

Tiene razón, me digo, después de pensar en el tema un rato a solas. Ya basta de preocuparse por un perro. Decido desinstalarme la aplicación del móvil. O lo intento. Tengo que llamar a mi community manager otra vez.

-Oye, ¿cómo puedo quitar Twitter del móvil?

-¿Quiere quitar Twitter del móvil?

-Sí, quiero centrarme en… cosas de… la presidencia… en general.

-Claro. ¿Es Android o Iphone?

-Vas a tener que venir a hacerlo.

Al principio, siento como si me hubiera quitado un peso de encima. Me alegro. Bien. Vamos a concentrarnos en el trabajo. Incluso llamo a la ministra de agricultura para saber qué quería de hacienda. Soy el presidente, ¿no? Debería saber esas cosas.

Pero mientras la señora me cuenta su problema, no puedo evitar perder el hilo de la conversación. Y pienso en @SeasonOfGaiman. ¿Qué estará tuiteando ahora? ¿Me habrá vuelto a insultar? Entro en Twitter con el ordenador y cotilleo su cuenta. Menos mal, no dice nada sobre mí. Está hablando de la última de Tarantino. No le ha gustado. A este tío no le gusta nada.

Cuando llego a casa ya tengo la aplicación instalada de nuevo en el móvil. He tenido que volver a llamar el community.

Después de cenar y ya en el sofá, vuelvo a mirar las menciones y a buscar mi nombre. Más insultos. La gente no descansa. Bueno, @SeasonOfGaiman parece que sí: lleva más de cuatro horas sin tuitear. Algo es algo.

Mi mujer se queja:

-Mariano, deja el móvil.

-Es que me están insultando en internet.

Me despierto en mitad de la noche. A veces me pasa. Son las preocupaciones propias del cargo, que no me dejan dormir ni mucho ni bien. Cojo el móvil de la mesilla de noche. Las 3:50. Al menos me quedan unas cuantas horas de sueño.

Pero cometo el error de mirar Twitter. Me siguen insultando. A las cuatro de la mañana. Joder, ¿es que no tenéis otra cosa que hacer? ¿Emborracharos? ¿Comprar cosas por internet? ¿Dormir? Hijos de puta, sois todos unos hijos de puta.

-¿A ti te insultan mucho por internet? -Le pregunto al día siguiente a la vicepresidenta, que ha venido al despacho a enseñarme unos papeles.

-Sí, bueno, lo normal. Internet, ya se sabe.

-Creo que me tienen manía.

-No hagas caso. Eso nos pasa a todos.

-Yo creo que a algunos partidos les perdonan más cosas en Twitter. Hay mucho rojo, ahí.

-No creas, lo que pasa es que solo te fijas en lo malo.

-Mira esto -le enseño un tuit de @SeasonOfGaiman. Ha cogido una foto de dos señores besándose y les ha puesto mi cara y la de un obispo.

-No hagas caso de estas cosas, hombre.

-¿Te estás riendo?

-No, no, qué va, por favor. Es muy desagradable.

-Te estás riendo.

-Es que me he acordado de una cosa.

Me da igual lo que diga la vicepresidenta. En Twitter hay pandillas y si le caes mal a las pandillas no tienes nada que hacer. Igual es cosa de envidia, no sé. Es decir, soy el presidente del gobierno. El puto presidente del gobierno. Que eso no lo puede decir cualquiera. Bueno, lo puede decir todo el mundo, pero sería mentira.

Pero vamos, lo de las pandillas, fijo que es así. Tengo que admitir que me gustaría caerles bien. Hace unas semanas intenté proponer en el consejo de ministros hacerles caso en algo. No recuerdo qué, pero era algo pequeño, insignificante. Algo de catalanes, creo. No dije que era por gustar en Twitter, claro, lo dejé caer como si fuera una idea mía.

-Igual podríamos…

No me dejaron acabar la frase. Todos se llevaron las manos a la cabeza. El ministro de exteriores estaba enfadadísimo. Parecía que le iba a dar un infarto. No sé por qué se ponía así, si es de exteriores. Hablábamos de España, no de otros países.

-¿Te has fijado? -Le enseño mi móvil al community manager.

-Er… Sí… Ehm… ¿Qué es lo que…?

-Esta cuenta es muy buena. Fíjate la respuesta que le da a @SeasonOfGaiman. Vaya zasca, ¿eh?

-Sí, supongo.

-Podríamos retuitearle, ¿no?

-Huy, no, no, qué va. No podemos hacer eso.

-¿Por qué no?

-¿Es alguien del partido?

-No, solo es un ciudadano respetable.

-¿No sabemos quién es?

-Su nick es @pontevedra529 y tiene un avatar de unos dibujos animados. También es un perro.

-No podemos darle difusión a cualquiera desde la cuenta personal del presidente.

-Ya, entiendo. ¿Y desde la del partido?

-No, no, no.

-Pregúntales. Igual a ellos les apetece.

-No creo. No entra dentro de las líneas de actuación de…

-Llámales, a ver qué te dicen.

-Estoy mirando y @pontevedra529 solo tiene un seguidor.

-Sí, le estoy siguiendo. Me parece muy interesante todo lo que tiene que decir. Es una cuenta nueva que he descubierto.

-Todo lo que ha publicado son respuestas a los tuits de @SeasonOfGaiman.

-Sí, puede ser, puede ser.

-Presidente, ¿puedo preguntarle una cosa?

-Yo no he abierto esta cuenta.

-Er… De acuerdo…

-En serio. La encontré por casualidad.

-Vale, vale.

-Llama al partido.

-Sí… Ehm… No se ofenda, pero… En fin… Deberíamos hacer unfollow a ese tuitero.

-No.

-Es que si alguien lo ve, se va a extrañar.

-Es un ciudadano con cosas sensatas que decir.

-De acuerdo, de acuerdo. Voy a…

-A llamar.

-Sí.

En cuanto sale del despacho, miro el tuit de @pontevedra 529. He dejado tumbado a @SeasonOfGaiman. Se nota porque ni ha contestado. Le he dejado el culo roto.

Para hacer un retuit solo hay que apretar un botón.

Y, evidentemente, tengo acceso.

Porque soy el presidente del gobierno.

Y es mi cuenta.

Tampoco es como si fuera el botón para lanzar cabezas nucleares.

Solo es un tuit.

Me llaman. La secretaria me pasa al community manager.

-En el partido tampoco lo creen apropiado.

-¿El qué?

-El retuit.

-Ah. Vaya.

-Lo siento, señor presidente.

-No pasa nada. Es una pena. Pero no pasa nada.

-Otra vez será. Igual se lo podemos pedir a alguno de los diputados nuevos.

-Eso estaría bien.

-Lo moveré.

-Gracias. Y una cosa.

-¿Sí?

-Yo no abrí esa cuenta.

-Claro que no. Perdone que lo haya sugerido.

-No pasa nada.

Nada más colgar, retuiteo a @pontevedra529. Jódete, @SeasonOfGaiman, jódete.

(Imagen: Flickr Commons)

El peor orador del mundo

orador

Julián Gutiérrez está considerado el peor orador parlamentario de la historia. Trataba temas muy importantes, sin perder el tiempo con escaramuzas políticas de segunda, e intentaba además aportar una perspectiva nueva a estos asuntos. Pero nunca consiguió expresar en voz alta sus ideas de forma convincente.

Por ejemplo y según recoge el diario de sesiones del Congreso, así explicaba su posición contraria al aborto, que en su momento resultó muy significativa, al tratarse de un diputado de izquierdas:

“¡ABORTO NO! ¡ABORTO CACA! ¡CACA! ¡NO HAY QUE ABORTAR! ¡CACA! ¡ABORTO MAL! ¡NO, HOMBRE! ¡NO SE ABORTA! ¡QUE ESO…! ¡A VER, QUE NO!”

Y siguió con ligeras variaciones durante siete minutos durante los que gritó mucho, con la cara roja de indignación.

También se opuso a una reforma laboral que recortaba los derechos de los trabajadores arguyendo lo siguiente:

“¡ASÍ NO, HOMBRE! ¡NO ES ASÍ! ¡HAY QUE HACER COSAS, PERO VAMOS, DE OTRA FORMA! ¡OTRAS COSAS! ¡ASÍ NO! ¡A VER! ¡PENSEMOS UN POCO! ¡SÓLO HAY QUE…! ¡PENSEMOS! ¿NO? ¡JODER, YO ES QUE NO SÉ SI NO ME EXPLICO O QUÉ PASA, PERO ES QUE, JODER! ¡REFORMA CACA! ¡ESTÁ CLARO!”

Gutiérrez era incapaz incluso de contestar con coherencia a las preguntas de una entrevista, como se puede ver en ese ejemplo extraído de un diario de su ciudad natal:

“P: Barack Obama acaba de ser elegido presidente de Estados Unidos. ¿Cómo podría afectar esto a las relaciones entre América y España?

R: Bueno… Er… A ver… ¡Es negro! ¡Eso es…! Está bien, ¿no? ¡Es negro! ¡El primero! Y bueno… ¡España está ahí! ¡Ahí justo! Y entonces… No tiene nada que ver una cosa con la otra, pero vamos, que estoy muy a favor. Muy bien todo. ¡Es negro! ¡Fíjate! Lo digo bien, ¿eh? No… Vaya… Sin segundas ni nada. ¡Negro!”

Hay que insistir en que a pesar de su incapacidad para articular un discurso mínimamente comprensible en voz alta, Gutiérrez estaba considerado un político inteligente y culto. De hecho, recientemente se ha publicado un libro que recoge las notas que habían servido para elaborar sus discursos, y estos textos se han revelado mucho más elocuentes que el resultado final, como se puede apreciar en este ejemplo:

“No creo que sea ni mucho menos absurdo potenciar el uso de energías renovables. Se trata en primer lugar de la necesidad de proteger el planeta en el que vivimos, renunciando tanto a la polución que trae consigo el petróleo como a los peligros de las centrales nucleares. Pero también es una estrategia económica inteligente, ya que la diversificación permitirá que los ciudadanos paguen precios más asequibles y estables, al no depender de un número mínimo de fuentes de energía”.

Sólo que una vez subió al estrado, colocó los micros, bebió un poco de agua y aclaró su voz, gritó lo siguiente:

“ENERGÍA SOLAR, ¿NO? O SEA, ES QUE PARECEMOS TONTOS. HOMBRE, QUE LOS ÁRBOLES Y TAL, ¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE VISTEIS EL CIELO CON ESTRELLAS? ¡HAY QUE IRSE A UN PUEBLO PARA ESO! ¡Y JODER CON LA FACTURA! ¡SOLAR Y ESO! ¡O DE LAS OTRAS! ¡COMO EL VIENTO Y TAL, ME REFIERO! ¡PETRÓLEO CACA! ¡QUE ME PASO EL DÍA APAGANDO LUCES! ¡HAY QUE MIRAR ESTO! ¡QUE EL VIENTO ES GRATIS! ¡SOLAR!”

Alguno de sus compañeros le sugirió que se limitara a leer lo que escribía, pero Gutiérrez se negó, aduciendo que “NO, HOMBRE, HAY QUE SER MÁS… ¿CÓMO SE DICE? ¡ESPONTÁNEO! ¡ESO ES! ¡NO LEYENDO COSAS! ¡LEER MAL! ¡HABLAR! ¡ESO ES! ¡HABLAR! ¡COMO EXPLICANDO UN CUENTO! ¡A UN NIÑO! ¡Y LUEGO LAS GAFAS! ¡AHÍ, EN LA PUNTA DE LA NARIZ, COMO UN VIEJO! ¡PARA LEER Y TAL, DIGO! ¡NO, NO! ¡ESPONTÁNEO!”

Tras tres legislaturas como diputado, Gutiérrez dejó su escaño y volvió a dar clases en la universidad. En ocasiones imparte conferencias y también colabora con un programa de radio los fines de semana, comentando la actualidad política. Es aconsejable bajar el volumen cuando comienza su sección.

(Fuente de la imagen).

¿Desea usted que Cataluña sea un pato?

votacion

Se han publicado las dos preguntas que se harán en el referéndum sobre la independencia / dependencia / federación / alquiler de Cataluña el próximo 9 de noviembre. Ahora ya puedo decir que he participado muy de cerca en este proceso, aunque he de admitir yo estaba trabajando en un cuestionario mucho más inclusivo, que finalmente fue descartado. Lo publico aquí, por su interés histórico.

1. ¿Desea que Cataluña sea un estado?

2. En caso afirmativo, ¿de qué color lo quiere?

3. ¿Seguro? ¿Ha comprobado si combina bien con el color de sus ojos?

4. Ya de paso, ¿qué lleva puesto?

5. Quíteselo. No tan deprisa. Describa lentamente cómo se va desnudando para mí.

6. Oh sí, cómo me gusta; sigue así, cariño.

7. En caso de que no quiera que Cataluña sea un estado, ¿qué le gustaría que fuera?

a) Un pato.
b) Un reloj de cuco.
c) Un señor muy enfadado que me mira raro desde la otra punta del vagón y al que yo también miro un poco porque me recuerda a alguien, pero no sé a quién. No tengo ni idea de por qué está tan molesto conmigo, aunque igual todo son imaginaciones mías, no sé.
d) A y C son correctas.
e) ¡Yo quiero que Cataluña sea en realidad Noruega y nos demos cuenta de repente y todos digamos algo así como “pero qué despiste más tonto”!

8. ¿Hasta qué punto se siente oprimido en Cataluña?

a) Bastante, pero la culpa es mía porque he engordado un poco.
b) Nada. De hecho, trabajo como vigilante de la zona azul y me da que el oprime soy yo.
c) Creo que se dice opreso.
d) Opreso Pórbido. Jejeje…

9. ¿Qué superpoder le gustaría tener?

a) Volar.
b) Ser invisible, pero no para colarme en los vestuarios de las chicas. Nadie me cree, pero en realidad sólo quiero que todo el mundo piense que he llegado tarde a la oficina y luego aparecer y decir “AJAJAJÁ, ¿ASÍ QUE HABLANDO MAL DE MÍ SIN NINGÚN MOTIVO, EH? Vergüenza debería daros” y largarme muy indignado a la máquina de café.
c) Poder matar a ese señor muy enfadado de la pregunta de antes sólo con chasquear los dedos porque me está poniendo muy nervioso.
d) Que todos mis pedidos se conviertan en extra grandes por sólo veinte céntimos más.

10. ¿Cuál será el principal cambio que notaremos en caso de que Cataluña se declare independiente?

a) Seremos la Suecia del Mediterráneo: todos altos y rubios.
b) Oriol Pujol confundirá Suecia con Suiza y traerá su dinero de vuelta, con lo que el PIB de la nación se incrementará en un 16%.
c) Los ordenadores se rebelarán y declararán la guerra a la raza humana, pero eso será a nivel global y no tendrá nada que ver con Cataluña.
d) ¡MORIREMOS TODOS! ¡MUY LENTAMENTE! ¡SUFRIENDO MUCHÍSIMO! ¡A MÍ YA ME DUELE UN POCO EL PECHO!

10. Año 2030. Cataluña es independiente y hay robots mayordomos, coches voladores y todos los pedidos son extra grandes a cambio de sólo veinte céntimos. ¿En qué idioma habla esta raza avanzada? Marque sólo una de las opciones.

a) Esperanto.

12. Razone su respuesta.

13. ¿Le gustaría poder votar mañana a la opción perdedora sólo por llevar la contraria?

14. En tal caso y si dentro de un tiempo la opción ganadora demuestra ser un desastre, ¿cada cuántas horas piensa gritar “OS LO DIJE”, intentando disimular su alegría?

15. Año 2030. Cataluña es independiente y hay elecciones a la presidencia de la Generalitat. ¿A qué candidato votaría de entre las siguientes opciones?

a) Oriol Pujol, siempre y cuando las leyes le permitan gobernar desde la cárcel.
b) Tony Stark (en catalán, Antoni Estarch).
c) A ese gato enfadado de internet.
d) Nicolas Sarkozy.
e) José María Aznar.
f) Jejeje… Qué gracioso es el gato. Voy a votarle otra vez.
g) No, mejor pongo una loncha de chorizo en el sobre… Jejeje… Porque los políticos son unos chorizos, ¿lo pillas? ¿Eh? ¿Un chorizo? ¿Porque son unos chorizos? ¿Eh? Es MUY bueno.
h) Quim Gutiérrez

15. ¿Qué hora es?

16. Tengo que ir a la calle Balmes, ¿voy bien de tiempo o mejor aviso de que llegaré tarde?

Resultados de la encuesta:
Mayoría de A: Tus amigos te tienen aprecio, pero también consideran que eres algo cerrado. Intenta compartir más tus experiencias y sentimientos.
Mayoría de B: Apaga la estufa un rato, anda, que se nota que tú no pagas las facturas.
Mayoría de C: Haz caso a las voces de tu cabeza y quema ese maldito edificio. DEBEN MORIR TODOS.
Mayoría de D: Jajaja, qué absurdo. Está más que demostrado que la iniciativa privada es mucho más eficaz porque al ser privada actúa sin que nadie la vea, como un ninja; en cambio, la pública pierde demasiado tiempo arreglándose el nudo de la corbata. Mira, te lo voy a explicar dibujando un gráfico con unas flechitas en una servilleta de papel.

 

(Fuente de la imagen).

Me quejo de cosas

Landscape

Yo siempre he querido ser un señor mayor que se queja de todo cada vez más enfadado hasta que por culpa de la emoción le entra un ataque de tos muy fuerte que hace que se ponga muy rojo. Entonces vendría mi esposa (Margaret) y me obligaría a sentarme y a tomarme una infusión. El médico ya me habrá prohibido el café varias veces, pero yo insistiría gritando mucho en que por una taza no va a pasar nada, hasta que Margaret desistiría y me traería una pequeñita, llena sólo hasta la mitad, que bebería de un trago.

-¿No me habrás puesto descafeinado?
-No, claro que no.
-¡No me gusta que me engañen!
-Que no. Ni siquiera hay descafeinado en casa.
-¡Tú tomas descafeinado!
-Pero no queda.
-Me has puesto descafeinado.

No se me ocurre forma más bonita pasar los domingos. Y cada vez estoy más cerca de conseguirlo porque cada vez veo más cosas que me molestan mucho. Y con razón. Por ejemplo, los jóvenes. ¿Os habéis fijado en que a pesar de que nosotros envejecemos, la gente de 22 años sigue teniendo 22 años? ¿Qué clase de broma es esta? ¿Es que no saben cómo se hacen las cosas? Envejecer hasta morir entre terribles dolores es la base de la civilización occidental. Si todos tuviéramos siempre 22 años, habría demasiada gente y lo que es peor, todos mal peinados y vistiendo de forma ridícula.

Otra cosa que me molesta mucho es el estado de la economía. No aprendemos nada de las crisis. Por ejemplo, el otro día fui a comprar un par de botellas de vino y las pagué con veinte euros. ¿Pero qué clase de intercambio es este? ¿Me llevo un litro y medio de vino tinto y a cambio me pides un trozo de papel? Luego te quejarás de que el negocio te va mal y le echarás la culpa a la liberalización de horarios. Buena suerte con tus papelitos. Que te salgan unas pajaritas bien majas, PRINGADO.

También odio mucho Tumblr. Habría que cerrar Tumblr. Primero porque es impronunciable (yo lo pronuncio “mesa”) y segundo porque se dedican a explotar animales a cambio de recibir más visitas. Los sótanos de Tumblr están llenos de gatos encadenados y mal alimentados a los que obligan a poner caras ridículas para salir en memes espantosos.

Hablando de esclavitud, no soporto los semáforos. ¿Quiénes son esos palos para decirme cuándo debo cruzar y cuándo no? ¿No sería más lógico convertir los pasos de cebra en rotondas y dejar que las aceras y calzadas se regularan libremente? El camino hacia la servidumbre está plagado de semáforos. Mejor morir atropellado libre que vivir esperando de pie como un tonto.

Otra cosa que no aguanto son los crucigramas blancos. ¡No son más que un truco barato para ahorrar tinta! Hablando de tinta, ¿por qué no hay novelas en color? ¡Son todas en blanco y negro! Normal que la gente prefiera el cine y la televisión, que ya está en 3D. ¡ODIO EL CINE EN 3D! Llevo unas gafas para ver de lejos y otras pequeñitas en la punta de la nariz para leer los subtítulos. Si además la peli es en 3D, me tengo que poner un tercer par de gafas por encima. ¿Se creen que tengo el cuello de un culturista? ¿Y POR QUÉ SE LLAMAN CULTURISTAS, SI LO QUE HACEN NO TIENE NADA QUE VER CON LOS LIBROS? Ojo, no digo que sean tontos, ahí no me meto, pero levantan pesas, no enciclopedias. ¡Y las enciclopedias deberían estar ordenadas cronológicamente! ¡El alfabeto es un método absurdo! ¡INTERNET SALE ANTES QUE TELÉFONO!

Ahora tendría que venir Margaret a calmarme. Porque me duele el pecho. De momento, Margaret es una fregona puesta del revés a la que he atado un delantal. Soy consciente de que esto es muy machista, pero es que Margaret es una mujer como las de los años 50: en blanco y negro. En serio, me duele mucho el pecho y estoy temblando. Lo peor es que nadie me hace caso. Me llaman loco sólo porque digo verdades. En el metro. Ayudándome de un megáfono. Suerte que Margaret tiró la escopeta. La encontraron unos niños en el contenedor y… No quiero hablar de eso. Voy a hacerme un café, que por una taza no va a pasar nada y hoy sólo llevo siete.