Mariano Rajoy me odia

Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.

—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.

—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?

—Sí… ¿Me conoce?

—Joder, qué mal me caes.

—¿Perdón?

—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.

—Pero si ya no tuiteo.

—Y escribes como el puto culo.

—Oiga, presidente…

—Venga, hasta luego.

Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.

Luego nadie me creía, claro.

—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?

—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.

—Eso será su community manager.

—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.

—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.

—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.

—Venga, por favor, deja de decir tonterías.

Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.

Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.

—¡Yo no le pedí ninguna foto!

—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…

—Pero mira la dedicatoria.

—¿Qué le pasa?

—Pone: “Eres un idiota”.

—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.

—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.

—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.

—La de idiota.

—La de atentamente.

Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.

—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?

—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?

Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?

—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.

—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.

—No le puedes caer bien a todo el mundo.

—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?

En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.

—Le pasó con el presidente.

—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?

Enseguida oí su voz.

—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?

—¿Cómo sabe dónde trabajo?

—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?

—¿Pero por qué me hace esto?

—Piri pir qui mi hici isti.

—No me merezco esta falta de respeto.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.

Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.

Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.

No pude evitar sospechar.

—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?

—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.

—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.

—Esto lo habrá delegado, mujer.

—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.

Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.

Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.

—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.

—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.

Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.

—Es que trabajamos en un décimo.

—¿Y?

—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.

—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.

—Yo creo que sí.

—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.

—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.

Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.

—No es Rajoy, eres tú.

—¿No podrías ser tú, al menos?

—No, tampoco soy yo. Eres tú.

Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.

—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.

—Hijo, se te está enfriando la comida.

—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.

—¿Estás buscando trabajo?

—Seguro que el presidente puede interceder por mí.

Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.

Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.

Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.

—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!

—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!

—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!

—¡Presidente…!

—¡Presidente…!

Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.

No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.

—Estás muy callado…

—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.

—¿Ya estás otra vez?

—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.

—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.

Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.

Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.

Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.

—Le paso con el presidente.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.

—Sí…

—De nada, ¿eh?

—¿Por qué me hace esto?

—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.

—¿Era una prueba?

—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?

—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?

—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…

—¿Pero vengarse de qué?

—De los idiotas como tú.

—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?

—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.

—Por favor, presidente…

—Menudas risas nos hemos echado.

—Pero…

—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.

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