Mi discurso de investidura

(Foto de Kane Reinholdtsen, en Unsplash)

Si me votáis, prometo no vengarme. Ni siquiera de los siete que me agarraron a traición y me encerraron en esta jaula. A lo mejor de Alonso sí. O como se llame. El de la corbata. Pero porque ya me caía mal de antes. ¿Qué clase de nombre es Alonso? ¿Qué has hecho con la efe, Alfonso?

Las calumnias de las que he sido víctima no son más que eso, calumnias. No es cierto que mi sangre sea ácido, aunque si salpica en los ojos escuece bastante. ¿Verdad, Alonso? La culpa es tuya por morderme. 

Tampoco es cierto que tuviera planes para cambiar el nombre de nuestro país a Esjaime. Esa frase se sacó de contexto y se exageró. Además, era Jaimaña. Tenía hasta lema: más vale Jaimaña que fuerza. ¿Qué tiene eso de malo? Es un buen nombre y es un buen lema. ¿Por qué hacéis tanto caso a alguien que se llama Alonso? Ese nombre huele a gomina desde aquí.

También me han acusado de ser populista. ¿Pero cómo voy a ser populista si nadie me habla? ¿Sabéis qué es ser populista? Prometer que echaremos a todos los extranjeros del país para que no nos roben el trabajo. Pero yo propongo lo contrario: irnos todos del país y que trabaje quien quiera quedarse. ¡Que trabajen los franceses, si tanto les apetece! ¡Yo no pienso trabajar! ¡Dejadme en paz! ¡No hablo francés! ¡Tengo sueño! ¡Robadme el trabajo, robots del futuro!

Abrid la puerta de la jaula un momento, solo para que entre aire. Hace mucho calor y las rejas son muy gordas. No me escaparé, de verdad, solo quiero refrescarme un poco. Quizás dé un paseo, pero volveré por la noche. ¿Por qué nunca me creéis? Esta vez es diferente, me habéis escondido la escopeta. Y la otra vez no tenía balas, no hacía falta tanto grito.

Pero no vengo solo a desmentir las acusaciones de Antonio (me niego a seguir pronunciando el nombre de Alonso), sino que además ofrezco soluciones. Por ejemplo, al problema catalán, siempre y cuando el problema catalán sea el del tren que sale de Mataró a 80 kilómetros por hora. Si es así, la solución es que los dos trenes se cruzan a 110 kilómetros de Barcelona. 

Lo sé porque hice la prueba con trenes de verdad y medí la distancia con un metro. Bueno, con 110.000 metros, pero usando un metro. Es decir, medía metros con el instrumento llamado metro. No me refiero al medio de transporte, el también llamado barco subterráneo, sino a la herramienta que sirve para medir. Creo que se entiende perfectamente, no me miréis así. ¿Si digo cinta métrica queda más claro? ¿En serio no habéis visto nunca un metro? ¿Tan viejo soy? ¿Qué se usan ahora, las cintas yárdicas?

Os prometo que si votáis por mí, la legislatura será emocionante. Mi segundo nombre es Danger. Acercadme la escopeta y sabréis por qué. Abrid un momento la jaula, que hay que vaciar el orinal. No es una trampa. Guardia, me duele el estómago. Tengo derecho a una llamada. Ahí hay un teléfono, al lado de la puerta. ¿Alguien quiere un vis a vis?

Mi segundo nombre es Danger, decía, pero el tercero es Pancracio. Me lo pusieron por un tío abuelo, confiando en que heredaría sus tierras. Así fue, pero ahora no sé qué hacer con estas 89.000 macetas. Si alguien quiere una maceta, que me llame. Dos euros cada una. Son de las buenas, de estas marrones.

Alonso, cabrón, déjame salir. No es verdad que tenga una llave inglesa escondida debajo de la camisa. Pero si la tuviera, te abría la cabeza. En serio te lo digo.

Siguiendo con mi plan para Jaimaña, dejaré que el pueblo elija: ¿bajar el paro o la caja sorpresa? Todo el mundo prefiere la caja sorpresa. Bajar el paro está bien, pero dentro de la caja sorpresa podría haber un coche. O un patinete. O dos millones de empleos. O una colección de DVD de clásicos del cine. O la vuelta al patrón oro. Cualquier cosa. Incluso otra caja sorpresa. 

Una vez fui a un concurso y me dieron a elegir entre la caja sorpresa, lo que hubiera detrás de la puerta y dos hostias bien dadas. Escogí la caja. No, dentro no había dos hostias bien dadas, dejadme acabar. Dentro estaba Dinamarca. Dinamarca no existía hasta entonces. Es un país que creó el concurso Olé tú en 1997. Quise quedármelo, pero en casa casi no me cabía, ocupaba una habitación entera, así que lo tiré al río. Supongo que llegaría al mar y desde ahí a donde está ahora. Magnífico país. Lleno de bicicletas. Me tenían la casa limpísima y con unas notas altísimas en todos los indicadores de bienestar tanto social como económico. Mi piso era uno de los que tenía un índice más alto de universitarios del mundo, y eso que a mí no me dejaron estudiar una carrera por ir en calzado deportivo y no saber leer.

Un momento, ¿qué hacéis? ¡No mováis la jaula! ¡Aún no he terminado de hablar! ¡Tengo más ideas! ¡También puedo solucionar el problema vasco! ¡Si un tren sale de Irún a 90 kilómetros por hora…! ¡Dejad que termine! ¡Os odio! ¡Os odio a todos! ¡Cuando salga de aquí os romperé el cuerpo a patadas! ¡A Alonso y a los demás! ¡Dejad que termine! ¡Estamos en el templo de la palabra, hijos de puta! ¡Parad, que se me ha caído la llave inglesa! ¡Un día os olvidaréis la escopeta cerca de la jaula y os enteraréis de lo que es bueno! ¡Te odio, Alonso!

(Mi candidatura fue rechazada por 17 votos en contra y 333 abstenciones. Yo me abstuve por elegancia, me parecía feo votar por mí).

La mesa de al lado

 

—Está clarísimo: tiene que dejar a su novio.

—¿Qué?

—Por favor, si la trata fatal.

—¿De qué hablas?

—¿No estás escuchando?

—¿A quién?

—Baja la voz, que te van a oír.

—¿Quién?

—Las de la mesa de al lado.

—¿Qué les pasa?

—¿No estás oyendo lo que dicen? Está interesantísimo.

—No hagas eso.

—¿Por qué?

—Está mal.

—Es culpa suya, gritan mucho.

—Además, es un poco desconsiderado. Hacía mí, digo.

—¿Por qué?

—Tú dirás, salimos a cenar y prefieres escuchar la conversación de al lado.

—No seas tan susceptible. Y baja la voz, que se van a dar cuenta.

—¿Susceptible? Pensaba que me estabas prestando atención.

—Sí, claro que te atendía. Lo de la serie esa que quieres ver.

—No sabes ni cómo se llama.

—No te pongas así. Contigo puedo hablar luego, pero esta historia me la voy a perder si no me entero ahora ahora. 

—¿Qué más te da? Si no volverás a verlas.

—Pues por eso mismo. Qué fuerte lo que le hizo durante las vacaciones. Estoy por levantarme y decírselo.

—¿Qué hizo? ¿Pasar de ella y preferir las conversaciones de los demás?

—Que bajes la voz, te digo.

—Estoy moderadamente ofendido. Y paso un poco de vergüenza.

—Si prestaras atención, te darías cuenta de que la historia merece la pena.

—Lo que tú digas.

—Tú escucha y luego te cuento lo demás. En serio, esto hay que comentarlo después.

—Está mal escuchar conversaciones ajenas.

—Que sí, que ya lo sé, pero es que esta es para hacer una película.

—Igual exageras, ¿eh?

—Además, aquí las mesas están muy juntas, no hay más opción que enterarse de lo que dicen los demás.

—¿Crees que a nosotros nos escuchan? ¿Que todo el mundo es así?

—Baja la voz… Oh, ahora interrumpe el camarero. Qué horror, quería saber qué pasaba con el coche.

—Madre mía.

—¿Qué pasa?

—¿No estás escuchando? Han pedido California rolls.

—¿Ves cómo está divertido escuchar a los demás?

—California rolls. Aquí. No saben dónde están.

—Lo que me extraña es que los tengan en la carta.

—Por culpa de gente como esta.

—Están preguntando si el sashimi viene crudo.

—Qué vergüenza.

—Ahora me estoy poniendo de parte del novio.

—Estoy por levantarme y decirles lo que tienen que pedir.

—Eso estaría genial.

—De hecho, mira, lo voy a hacer.

—¿Qué?

—Disculpad…

—¿Qué haces? No, no…

—Perdonad, no he podido evitar oír lo que pedíais y os estáis equivocando.

—Por favor, para.

—Este sitio no es para pedir california rolls o arroz frito. Aquí se viene por el pescado, que es espectacular.

—Déjalas en paz.

—Pero si te he preguntado antes.

—Pensaba que estabas de broma. Disculpadle, es que… Tiene fiebre…

—¿Qué dices de fiebre? A ver, lo que os decía: pedid niguiris, los que os gusten… El variado suyo está bien. Y el sashimi. Nada de california rolls. 

—Para ya…

—Si no os atrevéis con el pescado crudo, probad el tataki, por ejemplo. O unos makis de atún normales.

—Por favor.

—No os molesto más. Es que es una pena que vengáis aquí y… Ah, y mi mujer dice que dejes a tu novio, que no te está tratando bien.

—No, no… No he dicho eso. No le hagáis caso, no está bien.

—Sí que lo has dicho.

—La cuenta, por favor.

—¿Qué? Pero si no he terminado. Y quería algo de postre.

—Nos vamos ya.

—¿Por qué?

—No puedes hacer eso.

—¿El qué? ¿De qué hablas? Les he hecho un favor. ¿A que os he hecho un favor?

—Para, por favor. Perdonad, lo siento mucho. Es… Es que… Tiene fiebre. Y demencia. Lo siento. Ahí viene la cuenta, menos mal.

—Deja que me acabe esto, al menos.

—Nos vamos.

—No entiendo por qué te pones así, he hecho lo que me pedías.

—No lo has hecho.

—Pues ya me contarás la diferencia.

—Calla, que todo el mundo nos mira.

—Joder, que se metan en sus asuntos.

—Para.

—Panda de cotillas.

—Para, para ya.

—No estoy haciendo nada.

—Para hace media hora.

Que se ha muerto

Nationaal Archief (Flickr Commons)

—Bueno, ¿qué? ¿Pedimos otra copa?

—Yo ya no puedo más. ¿La cuenta?

—¿Ya? Pero si lo mejor de estas comidas es la sobremesa.

—Llevamos dos horas de sobremesa. Quedaos vosotros, si queréis, pero yo voy a ir tirando ya.

—A ver qué dice este. Tú. Eh. ¿Pedimos otra?

—¿Qué le pasa?

—¿Se ha dormido?

—A ver…

—Tiene los ojos abiertos.

—Joder, que se ha muerto.

—¿Pero cuándo se ha muerto?

—Ni idea, pero la copa ni la ha tocado.

—Ni el café.

—Con razón estaba tan callado.

—Pues al final no vamos a pedir otra.

—Venga, si ya ha estado bien. Yo voy bastante borracho.

—Tú eres un blando. Ahora tendríamos que ir al Dry Martini.

—Eso, con los jubilados.

—Y ya empalmamos con la cena.

—Que no tenemos edad. ¿No ves que este se ha muerto?

—Claro, tú eres un blandengue, pero este es una niña de seis años.

—¿Y qué hacemos? ¿Avisamos a su mujer?

—No, no. Yo ahí no me meto. La bronca le va a caer igual. Por lo menos que no nos salpique.

—Habrá que meterlo en un taxi, al menos.

—Ya podría haberse muerto en su puta casa. ¿Vamos pidiendo la cuenta?

—¿Nos cobra, por favor?

—¿Recuerdas su dirección?

—Mírale el DNI.

—Voy. De paso, saco su parte. ¿A cuánto sale la broma?

—A ver, espera, que saco el móvil… 70 euros por cabeza. Contando la propina.

—Suerte que tiene efectivo.

—¿Le queda para el taxi?

—Sí, sí.

—Menos mal, porque no me apetecía tener que acompañarlo hasta casa. Es tardísimo.

—¿Qué va a ser tarde, si es la hora de merendar?

—Pues eso.

—No tiene sentido volver a casa, tendríamos que seguir.

—Adonde tengo que ir es a la oficina.

—¿Os hacen trabajar los jueves por la tarde?

—Vete a la mierda.

—Anda, ayúdame a sacarlo de aquí.

—Cómo pesa, el desgraciado.

—Si llego a saber que se va a morir, intento convencerle para que no se pida el chuletón.

—Por ahí no.

—Sí, por ahí sí, que no quiero tener que rodear esa mesa.

—Pero es que por ahí hay escaleras.

—Son tres escalones, deja de quejarte.

—Deja de quejarte tú.

—Eres tú el que se queja.

—Venga, calla ya.

—Menos mal que por esta calle pasan bastantes taxis.

—Voy a ir pidiendo uno con la app.

—¿Puedes sacar el móvil?

—Sí, sí.

—Cuidado que se nos cae.

—Ya está… Espera, habrá que salir, que no tengo cobertura.

—A ver si te compras un móvil decente, joder.

—No es el móvil, es la compañía.

—¿Y con qué compañía estás, con Correos? ¿Con Pony Express?

—Calla un rato, anda.

—Mira, ahí viene uno.

—Pero ya he pedido otro.

—Pues este para él y el otro para nosotros.

—Cuidado, que se cae.

—Tendré que parar el taxi, ¿no?

—¿Lo tienes que parar con las dos manos?

—Y con la polla, si hace falta.

—Qué ganas tengo de llegar a la oficina y perderte de vista.

—Si no puedes vivir sin mí.

—A ver, ayúdame a meterlo… Buenas tardes…

—Cuidado.

—A ver, ¿lo dejas tú o lo dejo yo?

—Madre mía, pareces un niño pequeño. Necesitas una siesta.

—Ya está.

—¿Tienes su dirección?

—Sí, llévelo a Sócrates 11, es el segundo piso.

—¿Tiene el DNI actualizado?

—Sí, sí. Lo que no recordaba era el piso, pero sí la calle. Se ha muerto. Pique al timbre y ya bajará alguien a buscarlo.

—¿No tiene portero? Igual puede avisar al portero.

—Sí, tiene portero porque vive en 1965. ¿Cómo va a tener portero?

—Yo tengo portero.

—Bueno, es que tú vives en 1965.

—Ahora ya te estás poniendo faltón.

—Hasta luego, gracias.

—Necesitas una siesta.

—Mira, ya viene el otro taxi. Dos minutos, me dice la app.

—¿Nos vamos al Born y nos tomamos otra?

—Ni hablar.

—¿Pero qué vas a hacer el resto de la tarde?

—Descansar de ti. Madre mía, no callas.

—Te propongo lo siguiente: copa en el Juanra Falces y luego…

—Está cerrado.

—No jodas. Pues copa donde sea y luego cenamos por ahí. O no cenamos. Yo he comido para tres días.

—Que no puedo, que tengo que pasar un rato por la oficina.

—Sí, apestando a vinazo y a cadáver.

—No huelo a cadáver.

—A saber si se murió ya durante el segundo… ¿Tenía carne en la boca? Igual se atragantó. Este tío es muy bruto. Era muy bruto. Joder, aún no me hago a la idea.

—¿Que si tenía carne? ¿Querías que le abriera la boca y mirara dentro?

—A lo mejor tendríamos que haberlo hecho.

—Que le haga la autopsia un médico, no nosotros.

—Es más que nada por si pregunta alguien.

—Pues si alguien pregunta, le decimos que no somos médicos. Mira, ese es el mío. ¿Te vienes?

—Solo si vamos al Born.

—Ahora en serio, tío, no puedo. Me iré a casa y trabajaré desde ahí.

—No me jodas, hombre. Es como si nuestro amigo hubiera muerto por nada. Otro sacrificio en balde.

—Tengo un marronazo entre manos… No tendría ni que haber venido a comer. Y no es solo por hoy: si sigo esta tarde, mañana no podré ni levantarme de la cama.

—Joder, qué aguafiestas.

—¿Subes?

—No, mira, yo me tomaré una en el Dry Martini. Aunque sea solo.

—¿Pero qué te ha dado con ese sitio? La media de edad es de 118 años.

—A mí me gusta. Y nos hacemos viejos. Ya has visto que vamos cayendo uno a uno, como moscas.

—No exageres. Me piro.

—Venga, ¿le decimos al taxista que para tu casa, pero paramos en ese bar nuevo y nos tomamos la última?

—Joder, qué pesado.

—¿Sí?

—Venga, sube. Pero solo una.

—Menos mal. Me veía volviendo a la oficina. Casi mejor morirme también.

—Solo una.

—Que sí, joder.

La terracita

Powerhouse Museum (Flickr Commons)

Tras la llamada de unos vecinos, mi compañero de patrulla y yo mismo nos personamos en el lugar de los hechos, el bar llamado Tolo, a las 19:58 horas. Nada más acercarnos a la zona de la disputa oímos gritos y amenazas, sin que pudiéramos especificar en ese momento quién las profería, a quién iban dirigidas y si la madre de la persona interpelada estaba presente o no para defenderse de tales injurias.

En la terraza del antes mencionado bar discutían acaloradamente dos hombres varones de sexo masculino. Tal y como pudimos averiguar en cuanto los separamos y calmamos, uno de ellos era el dueño del local, Arturo Sánchez, mientras que el otro era un vecino llamado Álvaro Gutiérrez, al parecer afectado por las molestias ocasionadas por el funcionamiento de dicho establecimiento.

Procedimos a hablar primero con el vecino. Queríamos así contribuir a que se tranquilizara, al ser quien se mostraba más alterado de los dos. En estos casos es importante que la otra persona se sienta escuchada, tal y como leí en el blog de una psicóloga a la que sigo mucho y que me recomendó mi señora. Parece que no, pero estas cosas ayudan. Cabe decir que se trata solo de una técnica psicológica y que en todo momento mantuvimos la neutralidad que se espera de nuestro trabajo.

El vecino nos contó que vivía justo encima del bar, en el primer piso del mismo edificio. Llegando ese día a su vivienda en torno a las 19:00 horas oyó un ruido en su balcón, que da a la terraza del establecimiento. Creyendo que se trataba de la habitual algarabía festiva del bar llamado Tolo, se asomó para quejarse, como reconoce que hacía habitualmente, pero su sorpresa fue que se halló, en su propio balcón, con cuatro clientes del bar, sentados en dos mesas metálicas, bebiendo Mahou y picando unas aceitunitas y unos frutos secos, cortesía de la casa.

Ante la sorpresa y la ira de Gutiérrez, los clientes le explicaron que uno de los camareros les había dicho que la terraza estaba completa, pero que quedaba sitio en “la terraza superior”, a la que se accedía a través de una escalera apoyada contra la barandilla del balcón de Gutiérrez.

El vecino intentó echarles a gritos. Admitió haber proferido palabras subidas de tono e incluso haber arrojado un cuenco, cree recordar que de aceitunas, por el balcón. Fue entonces cuando el dueño del bar llamado Tolo intervino, saliendo del local y pidiendo a Gutiérrez desde la calle que dejara en paz a sus clientes. El vecino bajó y el intercambio de pareceres fue subiendo de tono, llegando al punto de que los clientes de la terraza superior prefirieron irse (motivo por el que no pudimos hablar con ellos cuando llegamos al lugar de los hechos). 

El dueño del local nos mostró los permisos para ampliar su terraza hacia el balcón del vecino inmediatamente superior a su local. Estos permisos estaban vigentes y en orden. Además de eso y según el hostelero, el vecino no usa nunca el balcón, excepto para apilar unas cajas y una bicicleta oxidada “que ni siquiera deberían estar ahí”, y por eso en el ayuntamiento le concedieron el permiso en solo una semana. 

También nos contó que se trata de uno de los vecinos “conflictivos” de la plaza: “Uno de esos que cuelga pancartas contra el ruido, pero luego el que hace ruido y molesta a mis clientes es él, no se si se han fijado en cómo gritaba”. 

No solo los papeles estaban en regla, sino que comprobamos que la terraza cumplía las condiciones para proceder a su crecimiento vertical, al no quedar sitio ninguno en la acera en el que colocar ninguna otra silla. Informado al respecto, el vecino se quejó y, visiblemente alterado, preguntó por qué tenía que meter él a gente en su casa, mostrando su sorpresa cuando se le recordaron sus obligaciones para con el mantenimiento del turismo y del crecimiento económico. Se le preguntó por la última vez que había salido al balcón y contestó con vaguedades, admitiendo así, al menos en parte, que esa zona de su casa estaba completamente desaprovechada, sobre todo si se comparaba con el servicio que podían dar dos mesas sirviendo cervezas y alguna que otra tapa siete días a la semana.

A pesar de que el dueño del local había aludido a un historial conflictivo por parte del vecino, decidimos limitarnos a amonestarlo verbalmente y pedirle que no importunara a los clientes del bar llamado Tolo, que tenían todo el derecho a disfrutar de su refrigerio sin que nadie les tirara las aceitunas a la calle. Le recordamos que en el caso de que le molestaran el ruido y el humo del tabaco de estos clientes, algo sin duda inevitable, siempre podía cerrar la ventana que daba al balcón.

El vecino no se lo tomó bien y amenazó con acciones legales. Conseguimos calmarle y hacerle ver que el local tenía todos los permisos en regla y que iba a ser perder el tiempo. Insistimos en que siempre era mejor una solución amistosa, a la que también se mostraba inclinado el señor Arturo Sánchez. En este sentido, le recordamos que el dueño del local ni siquiera le había exigido que pagara las consumiciones de los clientes que se habían marchado y a quienes había tenido que invitar. Añadimos que no queríamos tener que volver y reventarle la cabeza a hostias, a ver si así aprendía. Que no hay nada más agradable que una terracita en verano, hijo de puta, y que a ver dónde quería que el bar pusiera las mesas, ¿en lo alto de los coches o qué, pedazo de subnormal? A ver si dejamos que la gente se divierta en paz, amargado, que eres un amargado. Uno sale del trabajo, con el calorcito de la tarde, y qué mejor que tomarse una cervecita tan tranquilo en el bar sin tener que soportar los lamentos del clásico paliducho que se pasa todo el día en casa, quejándose de cualquier cosa, joder ya, aprende a divertirte o al menos deja en paz a los que sí saben hacerlo. Sal tú también de vez en cuando. Relájate, pedazo de cabrón. O al menos cierra la puta boca, que no hay nada peor que el ñiñiñi de un cenizo, que se le quitan a uno las ganas de vivir con tanta protestita de mierda. Procedí a darle las dos palmaditas suaves en la mejilla, técnica también recomendada en el blog de la psicóloga antes mencionada para demostrar dominación física y mental. Sonreí y dije: “Nos vamos entendiendo, ¿verdad?”, a lo que mi compañero, que no lee este blog por más veces que se lo recomiende, añadió un innecesario y diría que contraproducente: “Pues arreando, que es gerundio”.

Así serían los gobiernos de Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

Pablo López y Paul Churches (Moncloa)

He tenido acceso a la propuesta de gobierno de Pablo Iglesias y a la contrapropuesta de Pedro Sánchez. Las reproduzco aquí por su interés.

La propuesta de Pablo Iglesias

Presidente: Pablo Iglesias

Vicepresidente: Pablo Iglesias, pero poniendo otra voz

Vicepresidente segundo: Pablo Iglesias con gafas

Ministro de Asuntos Exteriores: Paul Churches

Ministro de Interior: Pablo Iglesias con uniforme de policía

Ministro de Educación y Ciencia: el Doctor Pablo Iglesias, con bata blanca y risa maléfica incluida

Ministro de Economía: Pablo Iglesias con una calculadora

Ministro de Hacienda: Pablo Iglesias disfrazado de Mister Monopoly

Ministro de Defensa: Pablo Iglesias enfadado

Ministro de Ataque: Pablo Iglesias más enfadado

Ministro de Agricultura: Pablo Iglesias con un sombrero de paja y acento sureño (pero del sur de Estados Unidos)

Ministro de Fomento: Pablo Iglesias con una grúa

Ministro de Justicia: Pablo Iglesias con un mazo

Política Territorial: Pablo Iglesias con un mapa

Ministro de Sanidad: Pablo Iglesias con bata y estetoscopio

Ministro de Trabajo: Pablo Iglesias con un mono (pero un mono animal, no de vestir)

Ministro de Transición Ecológica: Pablo Iglesias

(Todos los Pablo Iglesias se podrán comprar en reproducciones a escala de plástico fabricadas por Schleich).

 

La contrapropuesta de Pedro Sánchez

Presidente: Pedro Sánchez

Vicepresidente: Pedro González

Vicepresidente segundo: Pablo Rodríguez

Ministro de Asuntos Exteriores: Paul Smith

Ministro de Interior: Juan Interiórez

Ministro de Educación y Ciencia: Pedro Universidádez

Ministro de Economía: Pablo Dinérez

Ministro de Hacienda: José Impuéstez

Ministro de Defensa: Pedro Tánquez

Ministro de Ataque: Pedro Sánchez, pero otro Pedro Sánchez diferente

Ministro de Agricultura: José Cultívez

Ministro de Fomento: Antonio Carretérez

Ministro de Justicia: Luis Juzgádez

Política Territorial: Fernando Regiónez

Ministro de Sanidad: Juan Doctórez 

Ministro de Trabajo: Pablo Trabájez

Ministro de Transición Ecológica: Pedro Carbónez

El verdadero significado del manuscrito Voynich

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

Lamento comunicar a todos los interesados en el manuscrito Voynich que el estudio que afirma haber desentrañado su código es otra falsa alarma. Un momento, se preguntará algún lector enfrascado en la interpretación del libro más misterioso de la historia, ¿y tú qué sabes? ¿Cuánto tiempo has dedicado a intentar desentrañar su código y a mirar los dibujitos? Bien, pues lo sé porque yo escribí ese manuscrito.

Llevo años intentando explicarme, pero nadie me cree. No se trata de un texto medieval. Solo es una libreta sobre la que se me cayó una taza de café. Por eso parece tan antigua.

En realidad es de 1903. Poco después de licenciarme en Filosofía y Letras (el Periodismo de la época) encontré un trabajo en la primera empresa de telemarketing de España, llamada Telemercadeo Dato e Hijos. Era propiedad del conocido como Gran Dato: don Fulgencio Dato, el dueño de la empresa, que pesaría casi 15 arrobas.

Se trataba de un trabajo relativamente sencillo: solo había tres personas que tuvieran teléfono en España, así que las llamaba cada mañana y les ofrecía los productos que se incluían en nuestro catálogo.

Había de todo: cuellos de camisa, bañadores que iban de los tobillos a los hombros, pesas con los pesos redondos, calesas, fines de semana en fondas de Santander, trabucos, rapé, peines para el bigote, anteojos, jofainas, polainas, mantones, chalinas, banderas anarquistas para colgar en el balcón, bombas anarquistas para arrojar en bodas reales y relojes de bolsillo que atrasaban cinco minutos cada cuatro minutos, además de toda clase de sombreros: bombines, canotiers, chisteras, clochés, pamelas, chambergos, porkpies, gorras de Caja Rural…

Aunque hoy en día parezca increíble, las personas a las que llamaba me atendían y se pasaban un buen rato charlando conmigo. El teléfono era una novedad y los tres no tenían a nadie con quien hablar (no se conocían entre sí), por lo que agradecían poder usar este invento.

Y más teniendo en cuenta el gasto. Por aquel entonces, solo la línea costaba la friolera de 27 reales al mes. Para que nos hagamos una idea, con 27 reales un joven de provincias podía alojarse en una pensión de Barcelona durante tres o cuatro años, el tiempo justo para conocer a una joven de familia burguesa, comprometerse con ella, verse envuelto en una trama de corrupción que llegaba hasta el mismísimo secretario de la Diputación y volverse al pueblo disgustado para ejercer de maestro.

Pero me desvío. Hablábamos del manuscrito Voynich. En realidad -y me da hasta apuro decirlo-, no era más que el cuaderno que usaba para ir tomando notas mientras hablaba por teléfono con nuestros únicos tres clientes. Como les gustaba charlar, a menudo me limitaba a asentir y a hacer garabatos mientras me contaban, qué se yo, lo último que hubiesen leído en el Diario de avisos.

¿Son todo garabatos y dibujos sin significado? No, en absoluto. Tengo mala letra, pero no creo que resulte difícil distinguir los nombres de mis tres clientes: Don Telesforo Matías (regidor de Gobernación), Doña María de la Encarnación Cánovas (dueña de la fonda del mismo nombre) y el señor Mateu Bonaventura (empresario textil).

También son visibles algunos de sus pedidos. Por ejemplo, en esta página se ve claramente que las primeras palabras son “bolas de naftalina (3)” siendo (3) el número de cajas.

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

No todos los fragmentos son tan prosaicos: en las últimas páginas comencé una novela sobre un joven que emigra a América a hacer fortuna, pero como le dan miedo los barcos, decide emprender el viaje en globo aerostático. Al ser su primer viaje en globo, se pierde y acaba en la Luna, donde se tiene que alojar en una fonda mientras los selenitas reparan la cesta averiada. Allí se enamora de la mujer del Regente lunar, una joven obligada por su familia a casarse con un hombre mucho mayor que ella. La joven, torturada al no poder escoger entre las convenciones sociales y su verdadero amor, se suicida ingiriendo cuarenta y siete litros de aceite de ricino. Al final de la novela, el protagonista regresa desengañado a Sant Martí de Sesentranyes, donde pasa el resto de su vida como maestro.

Otros fragmentos que considero interesantes:

– Página 16: la receta de cocido de Doña María de la Encarnación.

– Página 42: la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás (pero no entiendo mi letra).

– Página 78: diseño para la construcción de una máquina del tiempo (es un reloj de bolsillo).

– Página 110: es el dibujo de un pene, jajaja…

– Página 131: la lista de posibles títulos para mi novela.

– Página 188: una caricatura de don Fulgencio Dato.

La empresa cerró al poco tiempo. Don Mateu Bonaventura fue asesinado por unos anarquistas y perdimos de golpe el 33% de nuestros clientes. Nos resultó imposible recuperarnos: me pasé toda la tarde en manguitos, haciendo cálculos con el ábaco, pero no había forma de cuadrar los números.

Esa tarde se me cayó una taza de café sobre el cuaderno y, disgustado, decidí dejarlo sobre la mesa cuando me marché para no volver. Hasta hace unos años no conocía la existencia del mal llamado “manuscrito Voynich”, así que lo imaginaba desaparecido.

Rogaría a los actuales propietarios (la Universidad de Yale) que me lo hicieran llegar, ya que creo que aún podría publicar La regenta de Selene (título provisional).

Conversaciones con escritores importantes

Foto: Adolfo Félix (Unsplash)

En breve voy a publicar mi libro de entrevistas, Conversaciones con escritores importantes. Solo me queda escribirlo, encontrar un editor, ofrecérselo diecisiete veces, secuestrar a su familia, amenazar de muerte a su familia, quizás cortar alguna oreja para que vea que voy en serio y poco más. Mientras tanto, he decidido avanzar a mis tres lectores algunos de los fragmentos más interesantes o, como se dice en francés, le plus croissants.

Mario Vargas Llosa

—Señor Vargas Llosa, ¿cree que España tiene cura?

—Se equivoca, yo no soy ese señor.

—Cuando digo “cura”, me refiero a sacerdote.

—Que yo no soy Vargas Llosa.

—Usted se llama Mario. ¿No tendrá un hermano llamado Luigi?

—Mire, no tengo tiempo para estas tonterías.

 

Soledad Puértolas

—¿El escritor nace o se hace? Si se hace, ¿es necesario precalentar el horno?

—¿Otra vez usted? ¿Pero quiere dejarme en paz, que llego tarde a la oficina?

—¿Cómo prefiere que la llamen, Sol o Edad?

—¿Pero de qué habla?

—Señora Puértolas, ¿tiene usted ventánolas?

—¡Que yo no soy esa gente, le digo!

 

Javier Marías

—Javier, ¿Marías el favor de responder a unas preguntas?

—¡Que yo no me llamo Javier!

—Anda, como Los Toreros Muertos. ¿Qué opinión le merece el toreo?

—¿Pero por qué me sigue cada mañana?

—Mujeres: ¿qué son?

—Mire, si le vuelvo a ver en la puerta de mi casa, llamo a la policía.

 

Miguel de Cervantes

—Señor Cervantes, ¿cuándo cerrará la trilogía del Quijote?

—Mire, ya basta. Yo no soy ni Vargas Llosa, ni Puértolas, ni mucho menos Cervantes.

— La literatura es lo que nos diferencia de los animales? ¿O no del todo si tenemos en cuenta que hay perros de dibujos animados que saben leer?

—Estoy marcando el número de la policía.

—¿Tiene una lista de cien libros que leer antes de morir? ¿Cuando los acabe se suicidará?

—Buenos días, necesito su ayuda…

 

Rosa Montero

—Señora Montero, ¿ha estado usted en Canadá? ¿Vio Toronto entero?

—Le he visto desde el balcón antes de salir y ya he llamado a la policía. Está en camino.

—¿El periodismo puede ser literatura?

—Al menos no me agarre del brazo, haga el favor.

—¿Es más fácil pasar página cuando se es escritor?

—Y suelte el megáfono, por Dios.

 

Arturo Pérez-Reverte

—Encantado de Reverte, don Arturo.

—¡Pero bueno! ¡Le recuerdo que tiene una orden de alejamiento firmada por un juez!

— Es indispensable haber matado un animal con las manos desnudas antes de escribir algo publicable? ¿O las manos pueden llevar ropa interior si son vergonzosas?

—Y hoy viene con la tuna… Esto es increíble.

—¿Es verdad que todo el mundo es gilipollas? ¿O también hay idiotas?

—Por favor, déjeme en paz.

—¿Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón?

 

Jaime Rubio Hancock

—Señor Rubio, ¿por qué es usted moreno?

—¿Rubio? ¿Jaime Rubio? ¿Pero ese no es usted?

—¿Cómo podríamos animar a los españoles a leer más? ¿Bastaría con enseñarles? ¿O necesitamos pompones?

—Si yo soy Jaime Rubio, ¿usted quién es?

—¿Internet es una moda o debería animarme a probarlo de una vez?

—¿Estoy hablando solo?

—¿Quiere hacer el favor de dejarme en paz?

—¿Qué? ¡Pero si es usted el que me molesta!

—¡No, es usted! ¡Yo no soy ninguna de esas personas!

—¡Yo tampoco!

—¡Me está intentando confundir!

—¡Yo no soy Jaime Rubio!

—¡Ni yo!

—¡Déjeme en paz!

—¡Déjeme en paz usted a mí!

—¡Policía!

—Yo aún diría más: ¡a mí la Guardia Civil!

—¡A mí la legión!

—¡A mí Toronto entero!