Odio el café tibio

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No hay cosa que odie más que el café tibio. Quizás Friends. Por eso siempre pido el café con la leche caliente. El café tibio sabe a ropa interior sucia. A sábanas que hay que cambiar desde hace días. A esa caja de cartón que nunca te acuerdas de bajar a la basura.

Y por eso me reventó tanto darme cuenta esta mañana de que mi café estaba tibio. Era el segundo café del día, que es el mejor. El primero es por pura necesidad. Solo y sin azúcar. En casa. El segundo me lo subo de la cafetería al trabajo y ya es con leche porque no me fío del café ajeno. Aun así, es el que más disfruto: me consuela al inicio de mi jornada laboral. Vale, tengo que trabajar. Estoy encendiendo el ordenador. Seguro que cuando abra el correo me encuentro con algo horrible. Pero al menos estoy tomando café.

Como estaba tibio, preferí no seguir bebiendo. Al cabo de unos minutos ya estaba frío. Poco después empezaron a formarse los primeros cristales de hielo. En apenas un rato, el café se había congelado del todo: era un bloque marrón helado.

El café se enfría, pero ya sabemos lo que ocurre con el hielo: se derrite. Tardó un poco, pero al cabo de un rato ya era de nuevo un líquido frío. Poco después se quedó tibio. Qué asco. Pero tras unos minutos se había calentado lo suficiente como para bebérmelo.

Lo malo es que me quemé la lengua.

(Imagen: Flickr Commons)

Me están insultando en internet

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No puedo evitarlo: aunque el ministro de economía me está mirando mientras explica vete a saber qué, desbloqueo el móvil y le echo un vistazo a las menciones de Twitter. Insultos. Decenas de insultos. La gente se ríe de cómo hablo, de cómo visto, me llaman nazi, me echan la culpa de todo.

El ministro espera una respuesta. Todos esperan una respuesta.

-Sí… Lo miro y te digo algo -nunca falla-. ¿Qué más temas teníamos pendientes?

Echo un vistazo al orden del día. No vamos ni por la mitad. La ministra de agricultura le pregunta algo al de hacienda. Esto me lo puedo saltar, pienso, mientras vuelvo a coger el móvil para mirar Twitter otra vez. Supongo que los demás piensan que me ha llegado un mensaje de alguien importante. Del rey de Suecia o algo así. Y por eso tengo que leerlo en mitad del consejo de ministros.

Hay un tal @SeasonOfGaiman que está haciendo montajes con una foto mía que sale hoy en los periódicos. Este @SeasonOfGaiman la tiene tomada conmigo. Cada día tiene que decirme algo. Miro su avatar. Es un perro de dibujos animados. Entro en su perfil. Insulta a mucha gente. Eso es un consuelo, al menos en parte. No me odia solo a mí.

Será alguien muy decepcionado con su vida. Seguro que tiene un trabajito miserable, grapando cosas. Y nos hace pagar a los demás sus insatisfacciones. Pues mira, @SeasonOfGaiman, yo tengo asuntos importantes de los que ocuparme. Me gustaría saber qué sería de ti de haber ganado la oposición. Tu empresa tendría que decidir entre la grapadora y tú. Y habría ganado la grapadora.

Me están mirando otra vez. Esperan que diga algo. No tengo más remedio que disculparme y pedir que me repitan lo que estaban diciendo. Me cuentan no recuerdo muy bien qué porque en lo único que pienso es en enviar a @SeasonOfGaiman a Guantánamo. Seguro que puedo pedir algún favor así. Soy el presidente del gobierno.

-De acuerdo -contesto, sin estar muy seguro de si estoy de acuerdo.

-¿Pero de acuerdo con cuál de las dos opciones? -Pregunta el ministro de hacienda.

-La primera.

Un perro de dibujos animados. Esa es la imagen de perfil de @SeasonOfGaiman. Ni siquiera se atreve a poner su cara y a firmar con su nombre.

Al llegar a mi despacho hago venir a mi community manager y le pregunto quién es ese perro.

-¿El perro?

-Sí, ¿es un perro famoso?

-Ah, es el perro de los Simpson.

-Ya veo. ¿Y tiene permiso de los Simpson?

-No creo que haga falta.

-Ya, bueno. ¿Te has fijado en que este tuitero se ríe mucho de mí?

-Estas cosas… Ya se sabe… Son inevitables. En redes… En fin…

-¿Y no se podría hacer algo? Es decir, soy el presidente del gobierno.

-Bueno… Er… Podríamos bloquearle.

-Ah, muy bien, muy bien. Hagámoslo. ¿Con eso ya no tuitearía más?

-No, no. Si bloqueamos su cuenta no puede leer nuestros tuits ni nosotros los suyos.

-¿Pero los demás sí pueden?

-Sí.

-Seguiría burlándose de mí.

-Sí. Las redes son así. Siempre habrá gente que no entienda lo que hacemos. Pero bueno, usted tiene más de un millón de seguidores. Eso también es importante. Hay que fijarse en lo bueno, en la gente que nos valora.

-No sé, he visto que muchos de los que me siguen también me insultan. Creo que solo me siguen para burlarse.

-Ya… Eso… En fin… Eso les pasa a todos. No hay que hacerse mala sangre.

Tiene razón, me digo, después de pensar en el tema un rato a solas. Ya basta de preocuparse por un perro. Decido desinstalarme la aplicación del móvil. O lo intento. Tengo que llamar a mi community manager otra vez.

-Oye, ¿cómo puedo quitar Twitter del móvil?

-¿Quiere quitar Twitter del móvil?

-Sí, quiero centrarme en… cosas de… la presidencia… en general.

-Claro. ¿Es Android o Iphone?

-Vas a tener que venir a hacerlo.

Al principio, siento como si me hubiera quitado un peso de encima. Me alegro. Bien. Vamos a concentrarnos en el trabajo. Incluso llamo a la ministra de agricultura para saber qué quería de hacienda. Soy el presidente, ¿no? Debería saber esas cosas.

Pero mientras la señora me cuenta su problema, no puedo evitar perder el hilo de la conversación. Y pienso en @SeasonOfGaiman. ¿Qué estará tuiteando ahora? ¿Me habrá vuelto a insultar? Entro en Twitter con el ordenador y cotilleo su cuenta. Menos mal, no dice nada sobre mí. Está hablando de la última de Tarantino. No le ha gustado. A este tío no le gusta nada.

Cuando llego a casa ya tengo la aplicación instalada de nuevo en el móvil. He tenido que volver a llamar el community.

Después de cenar y ya en el sofá, vuelvo a mirar las menciones y a buscar mi nombre. Más insultos. La gente no descansa. Bueno, @SeasonOfGaiman parece que sí: lleva más de cuatro horas sin tuitear. Algo es algo.

Mi mujer se queja:

-Mariano, deja el móvil.

-Es que me están insultando en internet.

Me despierto en mitad de la noche. A veces me pasa. Son las preocupaciones propias del cargo, que no me dejan dormir ni mucho ni bien. Cojo el móvil de la mesilla de noche. Las 3:50. Al menos me quedan unas cuantas horas de sueño.

Pero cometo el error de mirar Twitter. Me siguen insultando. A las cuatro de la mañana. Joder, ¿es que no tenéis otra cosa que hacer? ¿Emborracharos? ¿Comprar cosas por internet? ¿Dormir? Hijos de puta, sois todos unos hijos de puta.

-¿A ti te insultan mucho por internet? -Le pregunto al día siguiente a la vicepresidenta, que ha venido al despacho a enseñarme unos papeles.

-Sí, bueno, lo normal. Internet, ya se sabe.

-Creo que me tienen manía.

-No hagas caso. Eso nos pasa a todos.

-Yo creo que a algunos partidos les perdonan más cosas en Twitter. Hay mucho rojo, ahí.

-No creas, lo que pasa es que solo te fijas en lo malo.

-Mira esto -le enseño un tuit de @SeasonOfGaiman. Ha cogido una foto de dos señores besándose y les ha puesto mi cara y la de un obispo.

-No hagas caso de estas cosas, hombre.

-¿Te estás riendo?

-No, no, qué va, por favor. Es muy desagradable.

-Te estás riendo.

-Es que me he acordado de una cosa.

Me da igual lo que diga la vicepresidenta. En Twitter hay pandillas y si le caes mal a las pandillas no tienes nada que hacer. Igual es cosa de envidia, no sé. Es decir, soy el presidente del gobierno. El puto presidente del gobierno. Que eso no lo puede decir cualquiera. Bueno, lo puede decir todo el mundo, pero sería mentira.

Pero vamos, lo de las pandillas, fijo que es así. Tengo que admitir que me gustaría caerles bien. Hace unas semanas intenté proponer en el consejo de ministros hacerles caso en algo. No recuerdo qué, pero era algo pequeño, insignificante. Algo de catalanes, creo. No dije que era por gustar en Twitter, claro, lo dejé caer como si fuera una idea mía.

-Igual podríamos…

No me dejaron acabar la frase. Todos se llevaron las manos a la cabeza. El ministro de exteriores estaba enfadadísimo. Parecía que le iba a dar un infarto. No sé por qué se ponía así, si es de exteriores. Hablábamos de España, no de otros países.

-¿Te has fijado? -Le enseño mi móvil al community manager.

-Er… Sí… Ehm… ¿Qué es lo que…?

-Esta cuenta es muy buena. Fíjate la respuesta que le da a @SeasonOfGaiman. Vaya zasca, ¿eh?

-Sí, supongo.

-Podríamos retuitearle, ¿no?

-Huy, no, no, qué va. No podemos hacer eso.

-¿Por qué no?

-¿Es alguien del partido?

-No, solo es un ciudadano respetable.

-¿No sabemos quién es?

-Su nick es @pontevedra529 y tiene un avatar de unos dibujos animados. También es un perro.

-No podemos darle difusión a cualquiera desde la cuenta personal del presidente.

-Ya, entiendo. ¿Y desde la del partido?

-No, no, no.

-Pregúntales. Igual a ellos les apetece.

-No creo. No entra dentro de las líneas de actuación de…

-Llámales, a ver qué te dicen.

-Estoy mirando y @pontevedra529 solo tiene un seguidor.

-Sí, le estoy siguiendo. Me parece muy interesante todo lo que tiene que decir. Es una cuenta nueva que he descubierto.

-Todo lo que ha publicado son respuestas a los tuits de @SeasonOfGaiman.

-Sí, puede ser, puede ser.

-Presidente, ¿puedo preguntarle una cosa?

-Yo no he abierto esta cuenta.

-Er… De acuerdo…

-En serio. La encontré por casualidad.

-Vale, vale.

-Llama al partido.

-Sí… Ehm… No se ofenda, pero… En fin… Deberíamos hacer unfollow a ese tuitero.

-No.

-Es que si alguien lo ve, se va a extrañar.

-Es un ciudadano con cosas sensatas que decir.

-De acuerdo, de acuerdo. Voy a…

-A llamar.

-Sí.

En cuanto sale del despacho, miro el tuit de @pontevedra 529. He dejado tumbado a @SeasonOfGaiman. Se nota porque ni ha contestado. Le he dejado el culo roto.

Para hacer un retuit solo hay que apretar un botón.

Y, evidentemente, tengo acceso.

Porque soy el presidente del gobierno.

Y es mi cuenta.

Tampoco es como si fuera el botón para lanzar cabezas nucleares.

Solo es un tuit.

Me llaman. La secretaria me pasa al community manager.

-En el partido tampoco lo creen apropiado.

-¿El qué?

-El retuit.

-Ah. Vaya.

-Lo siento, señor presidente.

-No pasa nada. Es una pena. Pero no pasa nada.

-Otra vez será. Igual se lo podemos pedir a alguno de los diputados nuevos.

-Eso estaría bien.

-Lo moveré.

-Gracias. Y una cosa.

-¿Sí?

-Yo no abrí esa cuenta.

-Claro que no. Perdone que lo haya sugerido.

-No pasa nada.

Nada más colgar, retuiteo a @pontevedra529. Jódete, @SeasonOfGaiman, jódete.

(Imagen: Flickr Commons)

Amazon

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Este es el mejor amigo que tengo. 21 euros en Amazon. Es un Sánchez, buena marca. Se venden muchos porque salen bien. Son fiables. Tenía tres estrellas y media, que no es mucho, pero es lo que buscaba. Para el uso que le doy está bien. De sobras. En plan, cervecita y enviarnos chistes por whatsapp. Y los cumpleaños, claro. Pero poco más. Los hay más completos, de los que aguantan hasta las seis de la mañana cada viernes y sábado, y te piden que seas el padrino de su boda, pero esos son más caros y yo quería probar primero. Quizás más adelante, si este sale bien.

Lo único malo de este modelo es que algunos fallan y se enamoran de tu mujer y tu mujer de él y planean tu asesinato para cobrar el dinero del seguro, y acabas muriendo envenenado o de un golpe de pala en la cabeza, y entierran tu cadáver en un descampado. Lo leí en varios comentarios. Son los que bajaban la media. Pero vamos, por 21 euros tampoco puedes pedir mucho más.

Las tres leyes de la emobótica

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Profesor (interpretado por Elon Musk): Permítanme que les presente a Emobot, el primer robot con sentimientos.

Robot (interpretado por un robot que ha construido Elon Musk con sus propias manos): ¡Hola a todo el mundo! ¡Guau! ¡Estoy emocionado de estar aquí!

P: Emobot es capaz de sentir todas las emociones de un ser humano.

R: ¡Os quiero a todos! ¡Aunque no os conozco! De hecho, me dais un poco de miedo. Y a ese señor de ahí le odio. Es calvo. Odio a los calvos. Putos calvos.

P: Aunque en realidad no sabemos si de verdad siente o sólo muestra los comportamientos propios de un ser humano con sentimientos.

R: Es una duda que me mantiene despierto por las noches… Dando vueltas en la cama… Pensativo… ¿Siento de verdad o sólo soy un simulacro?

P: Para programar sus sentimientos hemos sacrificado parcialmente su potencial de computación, por lo que es algo más lento a la hora de procesar datos.

R: ¿Me estás llamando tonto, pedazo de hijo de puta? ¡Te voy a matar!

P: Pero a cambio tenemos una personalidad completa.

R: Ay, perdona, he perdido los nervios. Mira, estoy llorando.

P: Casi completa.

R: ¡Eh! ¡Lo habías arreglado! ¡Deja de insultarme!

P: Podemos apreciar por ejemplo su reacción al ver esta foto de un cachorrito.

R: Oh, qué mono.

P: O esta otra de un niño jugando en el parque.

R: Oh, qué mono.

P: Contrapuesta a esta imagen de un cadáver descuartiz…

R: ¡Ah! ¡Pero cabrón! ¡Me has asustado! ¡Pero bueno! ¡Al menos avisa! ¡Qué horror! ¡Voy a tener pesadillas!

P: No puede tener pesadillas. No duerme, sólo se apaga.

R: Eso resulta decepcionante, pero también tranquilizador. Aunque ¿y si una vez soñara? Eso sí que me daría miedo. ¿Pueden los robots soñar? ¿Tendrías que apagarme para siempre, si lo hiciera? ¿Soñaría con ovejas electrónicas? ¿Por qué ovejas? ¿Qué extrañas tendencias has programado en mi software?

P: Este robot sigue las tres leyes de la emobótica. La primera es: “No terayes, tía”. La segunda: “Pasa de él”. La tercera: “No te merece”.

R: Sabios consejos. Gracias a ellos puedo enfrentarme a cualquier adversidad en la vida. Excepto a una: ¿Y si me llama? ¿Qué hago entonces?

P: Pasa de él.

R: Ah, sí. Es cierto. ¿Y si me envía un mensaje?

P: No te rayes, que no te merece.

R: ¿No debería contestarle?

P: Que pases de él.

R: Hum…

P: Estas tres leyes nos protegen de los peligros de la emoción artificial.

R: ¿Cuáles son? ¿Me va a pasar algo?

P: No, por las tres leyes. Es lo que estaba explicando.

R: Perdona.

P: Tranquilo, no es tu culpa. No te hice muy inteligente.

R: Eres muy cruel conmigo. Pero no me pienso rayar. Paso de ti. No me merec… ¡Eh, funciona!

P: Una emoción artificial sin control podría acabar con la civilización humana, ya que su potencial podría desbordarnos. No estamos preparados para una alegría infinita, por ejemplo, para 24 horas diarias y siete días a la semana de felicidad propia de programa de televisión infantil. Y eso sólo sería un sentimiento. Uno de ellos. Creo que son tres o cuatro en total. Imaginen.

R: No te rayes, yo jamás haría eso.

P: Ya lo sé. Yo te he programado.

R: Yo también te amo más que a nada en el mundo.

P: Estamos empezando a fabricar los robots en serie. Las mil primeras unidades se pondrán a la venta dentro de seis meses.

R: ¿En serie? ¿Qué quieres decir con eso? ¿No soy… especial? ¿Sólo soy uno más? ¿¡Otro número en una celda de un Excel!?

P: Eres un robot que sigue unas especificaciones de fábrica. No tienes nada de especial. Bueno, eres el primero, eso es cierto. Pero eso no es más que una casualidad. Cuando se comienza con un trabajo, se ha de empezar por algún lado. Te ha tocado a ti, pero podría haber sido cualquiera.

R: Entiendo: fui el primero y jamás me olvidarás.

P: Eh… Bueno, a ver…

R: Lo siento, no puedo volver contigo. No insistas. No me mereces.

P: ¿Qué haces? ¿A dónde vas?

R: Voy a vivir mi propia vida.

P: ¡No te puedes ir! ¡No estás preparado para el mundo!

R: Tengo todo lo que necesito: una inteligencia moderada, muchas emociones y tres leyes que me protegen.

P: ¡No estás preparado! ¡Escucha…!

R: ¡Paso de ti!

P: ¡Lo digo en serio! ¡No estás preparado para salir a la calle solo!

R: No insistas: no me mereces.

(Sale a la calle. Le atropella un autobús. El profesor aún no le había instalado los ojos).

El lenguaje de las ballenas

11064018343_7d33ceb4cb_zLa ballena Mistetas. Fuente de la imagen.

Mi regalo del amigo invisible fue un cedé con cantos de ballena. Se supone que son relajantes y ayudan a echar la siesta, pero mi cerebro no puede limitarse a descansar: siempre ha de proponerse nuevos retos. En este caso, el de descifrar el lenguaje de los cetáceos y averiguar qué conversaciones y mensajes ocultan estos bellos animales marinos. Tras dedicarle dos tardes casi enteras a este enigma, pude traducir la primera pista del compact disc. Sigo trabajando en el resto. Cuando lo tenga completo, enviaré a la revista Science mis primeros análisis del apasionante lenguaje de las ballenas, incluyendo un resumen de su sintaxis y gramática, además de un diccionario parcial.

A: Creo que nos están grabando.

B: No digas tonterías. ¿Quién nos va a estar grabando?

A: ¿Eso que cuelga no es un micro?

B: ¿Cómo va a ser un micro?

A: ¿Y qué es?

B: No sé… Igual están midiendo la temperatura de las corrientes marinas.

A: No parece un termómetro.

B: Ni idea, pero ¿para qué nos iban a grabar?

A: Pues para saber qué decimos.

B: ¿Pero quién te crees que eres? ¿Tony Soprano?

A: Mira, acércate. Ven, te digo. ESO ES UN MICRO.

B: Estarán estudiando el fondo marino.

A: Nos están grabando.

B: No tiene ningún sentido. ¿Qué pueden querer de nosotros? Nos pasamos el día nadando y comiendo plancton. No somos ballenas famosas.

A: Esto es cosa de la NSA.

B: ¿La NSA?

A: La agencia de seguridad estadounidense. Graban todas las conversaciones telefónicas y guardan un registro de todas las comunicaciones por internet. Ahora nos ha llegado el turno a nosotras.

B: Eso es absurdo. Nosotras no suponemos un peligro para Estados Unidos. No hay ballenas terroristas.

A: Pero eso ellos no lo saben. Quieren cerciorarse.

B: Se lo voy a explicar. Señores americanos… Un momento, ¿tú crees que nos entienden?

A: Claro. Por eso nos graban.

B: Señores americanos: les puedo asegurar que no hay ballenas terroristas. Si que hubo una orca asesina, pero eso fue en los 80. Un caso completamente aislado. No se puede generalizar. Las ballenas somos animales tranquilos y amistosos. Grandes y pesados, pero afables. Ni siquiera mordemos. En alguna ocasión nos hemos tragado a un profeta o a un niño de madera, pero ha sido sin querer y los hemos expulsado en cuanto hemos podido.

A: No creo que te hagan mucho caso. Cuando a los americanos se les mete una idea entre ceja y ceja, no la sueltan.

B: Bueno, yo lo intento. ¿Crees que tendrán muchos micros de estos?

A: Seguro. Deben estar grabando a todas las ballenas del planeta.

B: ¿Sólo a las ballenas?

A: Evidentemente. No hay muchos animales que tengan un sistema de comunicación tan desarrollado como el nuestro.

B: Hay monos que conocen el lenguaje de signos.

A: Bah. Apenas un puñado de palabras. No es más que un truco de circo.

B: Y luego están… Bueno… Ehm… Los delfines.

A: Por favor, no me salgas tú también con los delfines. No hay animal más sobrevalorado que ellos. ¡Son estúpidos!

B: Existe la creencia de que son muy inteligentes.

A: ¡Son animales de circo! ¡Como los monos! ¡Como los loros en triciclo!

B: No quiero entrar en lo que son. Pero sí digo que es posible que los americanos crean que el estereotipo del delfín inteligente se corresponde a la realidad y, por tanto, también estén grabando sus conversaciones. Piensa que creen que somos terroristas.

A: ¡Pues peor para ellos! ¡Que graben sus grazniditos y sus hola qué tal y sus qué felices somos en el mar!

B: Eso es un estereotipo racista. No todos los delfines son alegres. Ni tienen ese acento.

A: No me vengas con el tópico del delfín triste y circunspecto.

B: Vale, vale, no he dicho nada.

A: ¡Que graben a todos los delfines que quieran! Humanos estúpidos.

B: Eres muy injusto con los delfines.

A: ¡Si tanto te gustan los delfines, cásate con uno!

B: ¡Pues a lo mejor lo hago!

A: ¡Pues hazlo!

B: Mira, quería decírtelo de otra forma, pero llevo tres meses saliendo un delfín.

A: ¿Qué?

B: Y además vamos en serio.

A: Pero… Pero eso es…

B: Dilo. Venga, di lo que piensas.

A: Eso es… Eso es contranatura.

B: Ya está. Ya lo has dicho. Te has quedado a gusto, ¿no? Pues mira, nos queremos. Y es muy inteligente. Más que tú.

A: No, espera, no te vayas… Hablemos de esto.

B: ¡Déjame en paz! ¡Mi delfín no te prejuzga! ¡Le he hablado de ti y aun así quiere conocerte.

A: Vuelve…

B: ¡Que me dejes!

A: No podemos terminar la conversación así.

B: ¿Y por qué no?

A: Pues porque nos están grabando. ¿Qué van a pensar esos señores de nosotros?

B: Que te folle un pez.

 

Algunos usos prácticos de una máquina del tiempo

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Cuando se mencionan los posibles usos de una máquina del tiempo, se suele caer en lugares comunes como matar a Hitler antes de que llegue al poder o evitar que los padres de Aznar se conozcan. Si bien estos objetivos son nobles y loables, me parece adecuado recordar que una máquina del tiempo también podría tener unos nada desdeñables usos cotidianos e incluso recreativos. Por ejemplo:

– Echar una segunda siesta.

– Llegar tarde a la oficina y que todo el mundo sepa que lo has hecho adrede. “NO MERECÍA LA PENA USAR LA MÁQUINA, SÓLO SON DOS HORAS DE NADA”.

– Volver al sábado pasado y evitar beberte esa última copa que te sentó tan mal.

– Tomarte tú, el del futuro, esa última copa, ya que tú aún no llevas ninguna.

– Volver al sábado pasado, pero desde más tarde, a evitar que el segundo Jaime Rubio siga bebiendo porque al final resulta que no se conforma con esa única copa.

– Enviar a un cuarto Jaime Rubio porque el tercer Jaime Rubio también se acaba liando.

– Echar una tercera siesta.

– Ahorrarte ese minuto que pasas mirando el microondas cada mañana, esperando que se caliente la leche.

– Mirar la hora (es una máquina del tiempo, tendrá un reloj).

– Llegar a fin de mes con mayor soltura. La cosa va así: te gastas todo el sueldo el día 10, como de costumbre, y viajas hasta el día 30 o cuando cobres. La gente te preguntará dos cosas: primero, ¿dónde has estado todo este tiempo? Y segundo y tras unos cuantos años haciendo lo mismo, ¿cómo te conservas tan joven?

– Zanjar discusiones sobre quién dijo qué: viajáis los dos al pasado y lo comprobáis.

– Cambiar el pasado para ganar esa discusión.

– Viajar a momentos históricos famosos para salir en la foto (o en el óleo, según).

– Llevarle a Shakespeare las obras completas de Miguel Mihura, a ver qué pasa.

– Echar una quinta siesta antes de la cuarta porque para eso tienes una máquina del tiempo.

– Viajar al pasado a conocer a tu personaje histórico favorito. Por ejemplo, Gandhi. Darte cuenta de que has viajado en el tiempo, pero no en el espacio. Cruzar una Europa asolada por la Segunda Guerra Mundial, sin dinero. Conseguir llegar a la India, con muletas porque perdiste una pierna en un bombardeo. No encontrar a Gandhi por ningún lado. Ir a uno de sus actos públicos. Que te digan que es ese señor del fondo. Darte cuenta al final de que estabas mirando a otra persona todo el rato. Enfermar de lepra. Morir.

– Viajar al futuro para comprarte un almanaque deportivo con los resultados de todos los partidos de fútbol hasta 2050. Olvidarte cada semana de echar la quiniela. Se juntan dos temas: “Yo no soy muy futbolero” y “Bah, ya lo haré la semana que viene, qué más dará, hay tiempo”.

– Viajar al pasado para, una vez allí, viajar al futuro justo antes de ese primer viaje y advertirte de que no viajes al pasado. Hacerte caso.

– Echar una cuarta siesta.

– Viajar al pasado y avisarte de cosas que en realidad no sucedieron jamás, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y explicarte el final de alguna serie de estas largas, de seis o siete temporadas, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y tener sexo contigo mismo porque de joven estabas muy bien y técnicamente es como masturbarse, así que no pasa nada, y todo también por ver tu propia cara, que es preciosa.

– Dejarte embarazado porque en el futuro se sabrá cómo.

– Cuando le explicas a tu hijo que eres su padre y su madre, es posible que se enfade tanto que viaje al pasado a seducir a tu abuela y convertirse en tu abuelo.

– Del rebote que pillas, intentas viajar al futuro a vengarte de tu hijo, tal vez seduciendo a tu nuera y convirtiéndote en su yerno, pero no sabes usar la máquina porque de repente tienes… Ehm… Cómo decirlo… Ehm… Cierta discapacidad intelectual. Por el tema de una endogamia muy bestia.

– Quedar bien con la gente. Por ejemplo, pongamos que te invitan a dos cumpleaños el viernes. Vas a uno. Luego duermes. Descansas. Te duchas. Viajas al pasado y vas también al otro.

– Pero si eres la misma persona, preguntaréis, ¿no habría ahí un rollo de paradojas y tal? (Decís “y tal” porque no tenéis mucha idea y se os nota). No, en serio, insistiréis, ¿cómo puede la misma persona estar en dos sitios a la vez? ¿O tener sexo consigo misma? Esto último me interesa, afirmaréis, añadiendo muy deprisa que para un amigo, no te creas. Aunque claro, continuaréis, ya hablando solos, ¿existe realmente la identidad, el yo? ¿Acaso no se renuevan todas las células del cuerpo humano cada siete años? ¿Qué queda de mi persona de 2007, aparte de este michelín que no consigo quitarme?

– Ay, no sé, contestaré, dejadme en paz con mis cosas.

(Fuente de la imagen).

El cine es una ESTAFA

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Me he enterado de que en breve se van a conceder unos premios muy importantes de cine, llamados Oscar. Al parecer, cada año se entregan estos galardones a las mejores películas de la historia, en categorías como Literatura, Medicina, Química y Paz, por ejemplo y entre otras.

Dado que soy un hombre de mi tiempo (las siete y pico, por lo menos), ayer decidí que sería buena idea acercarme a una de las salas en las que se emiten estos contenidos audiovisuales de entretenimiento llamados películas. Soy lo que llaman un early adopter: en cuanto me entero de una nueva tecnología, tengo que probarla. De ahí mi colección de theremines.

Lo primero que me sorprendió fue el precio. Me pareció un poco exagerado tener que dejar a mi primogénito en taquilla, pero me aseguraron que se hará cargo de él una buena familia que le dará todo lo que yo no he podido darle, incluyendo una tarde en el cine.

El precio me pareció especialmente excesivo si tenemos en cuenta que 1) las palomitas se pagaban aparte y apenas tenían carne, y 2) en la sala no había luz. Le pregunté a una señora si se habían fundido las bombillas, pero me mandó callar de malas maneras.

Eso sí, el verdadero timo llegó cuando comenzó la película: ¡no era más que una grabación! Protesté en voz muy alta, exigiendo inmediatamente la presencia de Sandra Bullock en el escenario o que me devolvieran el dinero.

Los demás asistentes, siguiendo el comportamiento conformista que tanto daño está haciendo a esta apagada sociedad contemporánea, me hicieron callar (¡a mí!) de malas maneras, llegando incluso a introducirme en la boca, con cierta violencia, un calcetín ligeramente húmedo.

Ya que había pagado la entrada, decidí quedarme a ver el resto de la película, que además me resultó muy poco verosímil. Tomemos por ejemplo el personaje de George Clooney. ¿Cómo podemos creernos que es un veterano astronauta cuando por lo que pude leer en internet también ha robado casinos y se fugó de la cárcel en los años 30 para recuperar un botín de 1,2 millones de dólares? Y eso además de su experiencia como abogado matrimonialista, médico y Batman. ¿Quién tiene tiempo en la vida para hacer tantas cosas? Ese currículum resulta poco o nada creíble y ante tal cúmulo de despropósitos me resultó imposible meterme en la historia.

Además, la película tiene lugar en el espacio… Sí, técnicamente, todo tiene lugar en el espacio. Y en el tiempo. Quería decir que la acción transcurre más allá de la atmósfera terrestre. Y no vemos ni marcianos, ni rayos láser, ni a Darth Vader, a pesar de que me documenté sobre el género y sé perfectamente que Darth Vader es un personaje clásico de la ciencia ficción. ¡Pues vaya!

En definitiva, el cine me decepcionó: me sentí estafado por una experiencia muy lejana a lo que me habían prometido en los vistosos carteles del metro y, sobre todo, en los artículos que había leído acerca de esta nueva tecnología. Espero que en el futuro la ciencia avance lo suficiente como para ofrecernos, al menos, historias interpretadas en el escenario por los propios actores y no por meros sucedáneos, con independencia de las dimensiones que tengan.

También eché en falta un poco de humor. Tal vez un mono gracioso acompañando en su viaje a Sandra Bullock hubiera ayudado a que la historia fuera más divertida. No sé, la pobre mujer intentando arrancar la nave y resulta que el mono ha escondido las llaves… JAJAJA… Monos… Eso hubiera estado bien.

(Fuente de la imagen).