Amazon

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Este es el mejor amigo que tengo. 21 euros en Amazon. Es un Sánchez, buena marca. Se venden muchos porque salen bien. Son fiables. Tenía tres estrellas y media, que no es mucho, pero es lo que buscaba. Para el uso que le doy está bien. De sobras. En plan, cervecita y enviarnos chistes por whatsapp. Y los cumpleaños, claro. Pero poco más. Los hay más completos, de los que aguantan hasta las seis de la mañana cada viernes y sábado, y te piden que seas el padrino de su boda, pero esos son más caros y yo quería probar primero. Quizás más adelante, si este sale bien.

Lo único malo de este modelo es que algunos fallan y se enamoran de tu mujer y tu mujer de él y planean tu asesinato para cobrar el dinero del seguro, y acabas muriendo envenenado o de un golpe de pala en la cabeza, y entierran tu cadáver en un descampado. Lo leí en varios comentarios. Son los que bajaban la media. Pero vamos, por 21 euros tampoco puedes pedir mucho más.

Las tres leyes de la emobótica

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Profesor (interpretado por Elon Musk): Permítanme que les presente a Emobot, el primer robot con sentimientos.

Robot (interpretado por un robot que ha construido Elon Musk con sus propias manos): ¡Hola a todo el mundo! ¡Guau! ¡Estoy emocionado de estar aquí!

P: Emobot es capaz de sentir todas las emociones de un ser humano.

R: ¡Os quiero a todos! ¡Aunque no os conozco! De hecho, me dais un poco de miedo. Y a ese señor de ahí le odio. Es calvo. Odio a los calvos. Putos calvos.

P: Aunque en realidad no sabemos si de verdad siente o sólo muestra los comportamientos propios de un ser humano con sentimientos.

R: Es una duda que me mantiene despierto por las noches… Dando vueltas en la cama… Pensativo… ¿Siento de verdad o sólo soy un simulacro?

P: Para programar sus sentimientos hemos sacrificado parcialmente su potencial de computación, por lo que es algo más lento a la hora de procesar datos.

R: ¿Me estás llamando tonto, pedazo de hijo de puta? ¡Te voy a matar!

P: Pero a cambio tenemos una personalidad completa.

R: Ay, perdona, he perdido los nervios. Mira, estoy llorando.

P: Casi completa.

R: ¡Eh! ¡Lo habías arreglado! ¡Deja de insultarme!

P: Podemos apreciar por ejemplo su reacción al ver esta foto de un cachorrito.

R: Oh, qué mono.

P: O esta otra de un niño jugando en el parque.

R: Oh, qué mono.

P: Contrapuesta a esta imagen de un cadáver descuartiz…

R: ¡Ah! ¡Pero cabrón! ¡Me has asustado! ¡Pero bueno! ¡Al menos avisa! ¡Qué horror! ¡Voy a tener pesadillas!

P: No puede tener pesadillas. No duerme, sólo se apaga.

R: Eso resulta decepcionante, pero también tranquilizador. Aunque ¿y si una vez soñara? Eso sí que me daría miedo. ¿Pueden los robots soñar? ¿Tendrías que apagarme para siempre, si lo hiciera? ¿Soñaría con ovejas electrónicas? ¿Por qué ovejas? ¿Qué extrañas tendencias has programado en mi software?

P: Este robot sigue las tres leyes de la emobótica. La primera es: “No terayes, tía”. La segunda: “Pasa de él”. La tercera: “No te merece”.

R: Sabios consejos. Gracias a ellos puedo enfrentarme a cualquier adversidad en la vida. Excepto a una: ¿Y si me llama? ¿Qué hago entonces?

P: Pasa de él.

R: Ah, sí. Es cierto. ¿Y si me envía un mensaje?

P: No te rayes, que no te merece.

R: ¿No debería contestarle?

P: Que pases de él.

R: Hum…

P: Estas tres leyes nos protegen de los peligros de la emoción artificial.

R: ¿Cuáles son? ¿Me va a pasar algo?

P: No, por las tres leyes. Es lo que estaba explicando.

R: Perdona.

P: Tranquilo, no es tu culpa. No te hice muy inteligente.

R: Eres muy cruel conmigo. Pero no me pienso rayar. Paso de ti. No me merec… ¡Eh, funciona!

P: Una emoción artificial sin control podría acabar con la civilización humana, ya que su potencial podría desbordarnos. No estamos preparados para una alegría infinita, por ejemplo, para 24 horas diarias y siete días a la semana de felicidad propia de programa de televisión infantil. Y eso sólo sería un sentimiento. Uno de ellos. Creo que son tres o cuatro en total. Imaginen.

R: No te rayes, yo jamás haría eso.

P: Ya lo sé. Yo te he programado.

R: Yo también te amo más que a nada en el mundo.

P: Estamos empezando a fabricar los robots en serie. Las mil primeras unidades se pondrán a la venta dentro de seis meses.

R: ¿En serie? ¿Qué quieres decir con eso? ¿No soy… especial? ¿Sólo soy uno más? ¿¡Otro número en una celda de un Excel!?

P: Eres un robot que sigue unas especificaciones de fábrica. No tienes nada de especial. Bueno, eres el primero, eso es cierto. Pero eso no es más que una casualidad. Cuando se comienza con un trabajo, se ha de empezar por algún lado. Te ha tocado a ti, pero podría haber sido cualquiera.

R: Entiendo: fui el primero y jamás me olvidarás.

P: Eh… Bueno, a ver…

R: Lo siento, no puedo volver contigo. No insistas. No me mereces.

P: ¿Qué haces? ¿A dónde vas?

R: Voy a vivir mi propia vida.

P: ¡No te puedes ir! ¡No estás preparado para el mundo!

R: Tengo todo lo que necesito: una inteligencia moderada, muchas emociones y tres leyes que me protegen.

P: ¡No estás preparado! ¡Escucha…!

R: ¡Paso de ti!

P: ¡Lo digo en serio! ¡No estás preparado para salir a la calle solo!

R: No insistas: no me mereces.

(Sale a la calle. Le atropella un autobús. El profesor aún no le había instalado los ojos).

El lenguaje de las ballenas

11064018343_7d33ceb4cb_zLa ballena Mistetas. Fuente de la imagen.

Mi regalo del amigo invisible fue un cedé con cantos de ballena. Se supone que son relajantes y ayudan a echar la siesta, pero mi cerebro no puede limitarse a descansar: siempre ha de proponerse nuevos retos. En este caso, el de descifrar el lenguaje de los cetáceos y averiguar qué conversaciones y mensajes ocultan estos bellos animales marinos. Tras dedicarle dos tardes casi enteras a este enigma, pude traducir la primera pista del compact disc. Sigo trabajando en el resto. Cuando lo tenga completo, enviaré a la revista Science mis primeros análisis del apasionante lenguaje de las ballenas, incluyendo un resumen de su sintaxis y gramática, además de un diccionario parcial.

A: Creo que nos están grabando.

B: No digas tonterías. ¿Quién nos va a estar grabando?

A: ¿Eso que cuelga no es un micro?

B: ¿Cómo va a ser un micro?

A: ¿Y qué es?

B: No sé… Igual están midiendo la temperatura de las corrientes marinas.

A: No parece un termómetro.

B: Ni idea, pero ¿para qué nos iban a grabar?

A: Pues para saber qué decimos.

B: ¿Pero quién te crees que eres? ¿Tony Soprano?

A: Mira, acércate. Ven, te digo. ESO ES UN MICRO.

B: Estarán estudiando el fondo marino.

A: Nos están grabando.

B: No tiene ningún sentido. ¿Qué pueden querer de nosotros? Nos pasamos el día nadando y comiendo plancton. No somos ballenas famosas.

A: Esto es cosa de la NSA.

B: ¿La NSA?

A: La agencia de seguridad estadounidense. Graban todas las conversaciones telefónicas y guardan un registro de todas las comunicaciones por internet. Ahora nos ha llegado el turno a nosotras.

B: Eso es absurdo. Nosotras no suponemos un peligro para Estados Unidos. No hay ballenas terroristas.

A: Pero eso ellos no lo saben. Quieren cerciorarse.

B: Se lo voy a explicar. Señores americanos… Un momento, ¿tú crees que nos entienden?

A: Claro. Por eso nos graban.

B: Señores americanos: les puedo asegurar que no hay ballenas terroristas. Si que hubo una orca asesina, pero eso fue en los 80. Un caso completamente aislado. No se puede generalizar. Las ballenas somos animales tranquilos y amistosos. Grandes y pesados, pero afables. Ni siquiera mordemos. En alguna ocasión nos hemos tragado a un profeta o a un niño de madera, pero ha sido sin querer y los hemos expulsado en cuanto hemos podido.

A: No creo que te hagan mucho caso. Cuando a los americanos se les mete una idea entre ceja y ceja, no la sueltan.

B: Bueno, yo lo intento. ¿Crees que tendrán muchos micros de estos?

A: Seguro. Deben estar grabando a todas las ballenas del planeta.

B: ¿Sólo a las ballenas?

A: Evidentemente. No hay muchos animales que tengan un sistema de comunicación tan desarrollado como el nuestro.

B: Hay monos que conocen el lenguaje de signos.

A: Bah. Apenas un puñado de palabras. No es más que un truco de circo.

B: Y luego están… Bueno… Ehm… Los delfines.

A: Por favor, no me salgas tú también con los delfines. No hay animal más sobrevalorado que ellos. ¡Son estúpidos!

B: Existe la creencia de que son muy inteligentes.

A: ¡Son animales de circo! ¡Como los monos! ¡Como los loros en triciclo!

B: No quiero entrar en lo que son. Pero sí digo que es posible que los americanos crean que el estereotipo del delfín inteligente se corresponde a la realidad y, por tanto, también estén grabando sus conversaciones. Piensa que creen que somos terroristas.

A: ¡Pues peor para ellos! ¡Que graben sus grazniditos y sus hola qué tal y sus qué felices somos en el mar!

B: Eso es un estereotipo racista. No todos los delfines son alegres. Ni tienen ese acento.

A: No me vengas con el tópico del delfín triste y circunspecto.

B: Vale, vale, no he dicho nada.

A: ¡Que graben a todos los delfines que quieran! Humanos estúpidos.

B: Eres muy injusto con los delfines.

A: ¡Si tanto te gustan los delfines, cásate con uno!

B: ¡Pues a lo mejor lo hago!

A: ¡Pues hazlo!

B: Mira, quería decírtelo de otra forma, pero llevo tres meses saliendo un delfín.

A: ¿Qué?

B: Y además vamos en serio.

A: Pero… Pero eso es…

B: Dilo. Venga, di lo que piensas.

A: Eso es… Eso es contranatura.

B: Ya está. Ya lo has dicho. Te has quedado a gusto, ¿no? Pues mira, nos queremos. Y es muy inteligente. Más que tú.

A: No, espera, no te vayas… Hablemos de esto.

B: ¡Déjame en paz! ¡Mi delfín no te prejuzga! ¡Le he hablado de ti y aun así quiere conocerte.

A: Vuelve…

B: ¡Que me dejes!

A: No podemos terminar la conversación así.

B: ¿Y por qué no?

A: Pues porque nos están grabando. ¿Qué van a pensar esos señores de nosotros?

B: Que te folle un pez.

 

Algunos usos prácticos de una máquina del tiempo

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Cuando se mencionan los posibles usos de una máquina del tiempo, se suele caer en lugares comunes como matar a Hitler antes de que llegue al poder o evitar que los padres de Aznar se conozcan. Si bien estos objetivos son nobles y loables, me parece adecuado recordar que una máquina del tiempo también podría tener unos nada desdeñables usos cotidianos e incluso recreativos. Por ejemplo:

– Echar una segunda siesta.

– Llegar tarde a la oficina y que todo el mundo sepa que lo has hecho adrede. “NO MERECÍA LA PENA USAR LA MÁQUINA, SÓLO SON DOS HORAS DE NADA”.

– Volver al sábado pasado y evitar beberte esa última copa que te sentó tan mal.

– Tomarte tú, el del futuro, esa última copa, ya que tú aún no llevas ninguna.

– Volver al sábado pasado, pero desde más tarde, a evitar que el segundo Jaime Rubio siga bebiendo porque al final resulta que no se conforma con esa única copa.

– Enviar a un cuarto Jaime Rubio porque el tercer Jaime Rubio también se acaba liando.

– Echar una tercera siesta.

– Ahorrarte ese minuto que pasas mirando el microondas cada mañana, esperando que se caliente la leche.

– Mirar la hora (es una máquina del tiempo, tendrá un reloj).

– Llegar a fin de mes con mayor soltura. La cosa va así: te gastas todo el sueldo el día 10, como de costumbre, y viajas hasta el día 30 o cuando cobres. La gente te preguntará dos cosas: primero, ¿dónde has estado todo este tiempo? Y segundo y tras unos cuantos años haciendo lo mismo, ¿cómo te conservas tan joven?

– Zanjar discusiones sobre quién dijo qué: viajáis los dos al pasado y lo comprobáis.

– Cambiar el pasado para ganar esa discusión.

– Viajar a momentos históricos famosos para salir en la foto (o en el óleo, según).

– Llevarle a Shakespeare las obras completas de Miguel Mihura, a ver qué pasa.

– Echar una quinta siesta antes de la cuarta porque para eso tienes una máquina del tiempo.

– Viajar al pasado a conocer a tu personaje histórico favorito. Por ejemplo, Gandhi. Darte cuenta de que has viajado en el tiempo, pero no en el espacio. Cruzar una Europa asolada por la Segunda Guerra Mundial, sin dinero. Conseguir llegar a la India, con muletas porque perdiste una pierna en un bombardeo. No encontrar a Gandhi por ningún lado. Ir a uno de sus actos públicos. Que te digan que es ese señor del fondo. Darte cuenta al final de que estabas mirando a otra persona todo el rato. Enfermar de lepra. Morir.

– Viajar al futuro para comprarte un almanaque deportivo con los resultados de todos los partidos de fútbol hasta 2050. Olvidarte cada semana de echar la quiniela. Se juntan dos temas: “Yo no soy muy futbolero” y “Bah, ya lo haré la semana que viene, qué más dará, hay tiempo”.

– Viajar al pasado para, una vez allí, viajar al futuro justo antes de ese primer viaje y advertirte de que no viajes al pasado. Hacerte caso.

– Echar una cuarta siesta.

– Viajar al pasado y avisarte de cosas que en realidad no sucedieron jamás, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y explicarte el final de alguna serie de estas largas, de seis o siete temporadas, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y tener sexo contigo mismo porque de joven estabas muy bien y técnicamente es como masturbarse, así que no pasa nada, y todo también por ver tu propia cara, que es preciosa.

– Dejarte embarazado porque en el futuro se sabrá cómo.

– Cuando le explicas a tu hijo que eres su padre y su madre, es posible que se enfade tanto que viaje al pasado a seducir a tu abuela y convertirse en tu abuelo.

– Del rebote que pillas, intentas viajar al futuro a vengarte de tu hijo, tal vez seduciendo a tu nuera y convirtiéndote en su yerno, pero no sabes usar la máquina porque de repente tienes… Ehm… Cómo decirlo… Ehm… Cierta discapacidad intelectual. Por el tema de una endogamia muy bestia.

– Quedar bien con la gente. Por ejemplo, pongamos que te invitan a dos cumpleaños el viernes. Vas a uno. Luego duermes. Descansas. Te duchas. Viajas al pasado y vas también al otro.

– Pero si eres la misma persona, preguntaréis, ¿no habría ahí un rollo de paradojas y tal? (Decís “y tal” porque no tenéis mucha idea y se os nota). No, en serio, insistiréis, ¿cómo puede la misma persona estar en dos sitios a la vez? ¿O tener sexo consigo misma? Esto último me interesa, afirmaréis, añadiendo muy deprisa que para un amigo, no te creas. Aunque claro, continuaréis, ya hablando solos, ¿existe realmente la identidad, el yo? ¿Acaso no se renuevan todas las células del cuerpo humano cada siete años? ¿Qué queda de mi persona de 2007, aparte de este michelín que no consigo quitarme?

– Ay, no sé, contestaré, dejadme en paz con mis cosas.

(Fuente de la imagen).

El cine es una ESTAFA

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Me he enterado de que en breve se van a conceder unos premios muy importantes de cine, llamados Oscar. Al parecer, cada año se entregan estos galardones a las mejores películas de la historia, en categorías como Literatura, Medicina, Química y Paz, por ejemplo y entre otras.

Dado que soy un hombre de mi tiempo (las siete y pico, por lo menos), ayer decidí que sería buena idea acercarme a una de las salas en las que se emiten estos contenidos audiovisuales de entretenimiento llamados películas. Soy lo que llaman un early adopter: en cuanto me entero de una nueva tecnología, tengo que probarla. De ahí mi colección de theremines.

Lo primero que me sorprendió fue el precio. Me pareció un poco exagerado tener que dejar a mi primogénito en taquilla, pero me aseguraron que se hará cargo de él una buena familia que le dará todo lo que yo no he podido darle, incluyendo una tarde en el cine.

El precio me pareció especialmente excesivo si tenemos en cuenta que 1) las palomitas se pagaban aparte y apenas tenían carne, y 2) en la sala no había luz. Le pregunté a una señora si se habían fundido las bombillas, pero me mandó callar de malas maneras.

Eso sí, el verdadero timo llegó cuando comenzó la película: ¡no era más que una grabación! Protesté en voz muy alta, exigiendo inmediatamente la presencia de Sandra Bullock en el escenario o que me devolvieran el dinero.

Los demás asistentes, siguiendo el comportamiento conformista que tanto daño está haciendo a esta apagada sociedad contemporánea, me hicieron callar (¡a mí!) de malas maneras, llegando incluso a introducirme en la boca, con cierta violencia, un calcetín ligeramente húmedo.

Ya que había pagado la entrada, decidí quedarme a ver el resto de la película, que además me resultó muy poco verosímil. Tomemos por ejemplo el personaje de George Clooney. ¿Cómo podemos creernos que es un veterano astronauta cuando por lo que pude leer en internet también ha robado casinos y se fugó de la cárcel en los años 30 para recuperar un botín de 1,2 millones de dólares? Y eso además de su experiencia como abogado matrimonialista, médico y Batman. ¿Quién tiene tiempo en la vida para hacer tantas cosas? Ese currículum resulta poco o nada creíble y ante tal cúmulo de despropósitos me resultó imposible meterme en la historia.

Además, la película tiene lugar en el espacio… Sí, técnicamente, todo tiene lugar en el espacio. Y en el tiempo. Quería decir que la acción transcurre más allá de la atmósfera terrestre. Y no vemos ni marcianos, ni rayos láser, ni a Darth Vader, a pesar de que me documenté sobre el género y sé perfectamente que Darth Vader es un personaje clásico de la ciencia ficción. ¡Pues vaya!

En definitiva, el cine me decepcionó: me sentí estafado por una experiencia muy lejana a lo que me habían prometido en los vistosos carteles del metro y, sobre todo, en los artículos que había leído acerca de esta nueva tecnología. Espero que en el futuro la ciencia avance lo suficiente como para ofrecernos, al menos, historias interpretadas en el escenario por los propios actores y no por meros sucedáneos, con independencia de las dimensiones que tengan.

También eché en falta un poco de humor. Tal vez un mono gracioso acompañando en su viaje a Sandra Bullock hubiera ayudado a que la historia fuera más divertida. No sé, la pobre mujer intentando arrancar la nave y resulta que el mono ha escondido las llaves… JAJAJA… Monos… Eso hubiera estado bien.

(Fuente de la imagen).

Odio a la gente. Pero qué asco. La gente. Arg

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Es cierto que no podemos prescindir del todo de la gente. Yo no existiría si no llega a ser por otras dos personas de sexo diferente y en edad fértil. Pero aparte de estos detalles, el resto del mundo no trae más que problemas.

Por ejemplo, ahora estoy perdiendo tiempo de mi vida, tiempo que no volverá, porque tengo que esperar a un fontanero. Igual es un perro muy listo, pero probablemente se trate de una persona. Alguno dirá que si no fuera por esa persona mi piso se inundaría y yo moriría ahogado. Puede. Pero de momento llega media hora tarde y me va a hacer pagar, no sé, cuarenta o cincuenta euros. ¿Compensa? No creo.

En general, la gente molesta mucho. Por ejemplo, hay personas que hablan antes de las diez de la mañana. Con lo temprano que es. No molestes. Qué pesadilla. Aún no me he despertado del todo y ya estás taladrando. Y lo que es peor, hay gente que sigue hablando después de las diez. ¿Pero no has terminado todavía? ¡Llevas todo el día diciendo cosas! ¿Eres una radio y cobras por hablar?

Otra cosa en la que me he fijado es que cuando entro en un local con asientos (un vagón de metro o una cafetería, por ejemplo) y no tengo sitio para sentarme, suele ser porque hay gente sentada. Si no fuera por esos tipejos, podría incluso tumbarme. Desnudo. A nadie le importaría. Y no como ahora, que me miran, señalan, gritan y denuncian.

Es posible que alguno diga: “Ya, pero si no fuera por la gente, nadie te serviría una cerveza en un bar”. Pensar esas cosas es típico de la gente. Tengo piernas y me puedo levantar a coger esa cerveza yo mismo. Además, tampoco habría nadie para cobrármela. Todo son ventajas. Basta con ser más independiente.

¿Qué otra cosa es culpa de la gente? La guerra. El propio Hitler era gente. Bajito, pero gente. Imaginemos una guerra sin personas. No sé, quizás habría monos entrenados, monos muy sanguinarios y feroces, armados con palos y ballestas. Pero se aburrirían en seguida y pasarían a comerse las pulgas los unos a los otros. Son monos. ¿Qué esperas? No pueden levantar un imperio. Son graciosos, pero muy poco organizados.

Hablando de seres humanos, el otro día estaba leyendo un libro horrible y me puse a mirar quién era el autor y, efectivamente, se trataba de una persona. Qué típico de las personas eso de escribir libros malos. ¿Alguien ha leído algún libro malo firmado por un reloj? ¿O por un cactus? Claro que no.

La gente también tiene esa manía horrible de respirar a la vez, como si el oxígeno fuera infinito. A ver, al aire libre me da igual, pero si estamos en un sitio cerrado, deberíamos turnarnos. Digo yo. No sé, diez minutos cada uno.

Y eso del aire, mira, aún, repartámoslo, vale. ¿Pero y el dinero? Si no hubiera nadie más, todo el dinero del mundo sería mío. Y resulta que en realidad tengo muy poco. Lo peor es que nadie me da las gracias. Es lo mínimo. No sé, Botín quizás debería regalarme algún reloj por mi cumpleaños. Si él no existiera, su fortuna sería mía. De hecho, creo que debería darme al menos la mitad.

Un tema que me molesta mucho son las distancias: yo tardo casi media hora cada mañana en llegar al trabajo. Si no hubiera nadie más en el mundo, no necesitaríamos tanto espacio, la Tierra podría ser mucho más pequeña y yo viviría en el portal de al lado del despacho. Un despacho al que no iría porque si no hay jefe, ¿quién me va a despedir? Pero lo tendría cerca igualmente. Podría usarlo para guardar papeles. O para aprovechar la conexión a internet, que es mejor que la mía.

Por cierto, internet ha hecho innecesaria a la humanidad. Por ejemplo, ya no me hacen falta los supermercados ni por tanto la gente que trabaja allí: puedo hacer la compra online y que me la traigan a casa.

Y lo que es más importante: aunque no existiera internet, hay robots que podrían hacer todas esas cosas que hacen las personas. Pero claro, el lobby de la gente presiona para que la industria de los robots mayordomo no prospere. Hay muchos intereses en juego. Las empresas quieren que siga habiendo gente. Porque la gente compra cosas, mientras que los robots no son tan consumistas, electricidad aparte. Y por eso conviene seguir fabricando personas, aunque ya haya demasiadas. Da igual, mientras compren, piensan los dueños de El Corte Inglés y de Walmart, mientras acarician a un gato (al mismo) sentados en una butaca de cuero (la misma, también).

Qué asco, la gente. Ojalá nos muramos todos. Y no sólo yo. Ahogado. Maldito fontanero. Gente tenía que ser. ¡Gente!

P.D.: Ha venido el fontanero. Resulta que tenía que cerrar una cosa que se llama “grifo”. ¿Es que ahora todos tenemos que ser ingenieros para lavarnos las manos? ¡Basta ya de gente complicando las cosas!

(Fuente de la imagen).

¿Qué nos deparará el año 2000?

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El futuro se acerca. Es ese punto negro que veis al fondo y que cada vez es más grande. Según los científicos, ese futuro llegará al presente y se convertirá en una realidad en el año 2000.

El cambio de milenio: una cifra mítica, quizás más psicológica que real, pero que nos dará el empuje suficiente para pasar a una sociedad sin duda mejor. Y es que muchos de nuestros problemas cotidianos se solucionarán gracias a la tecnología y a los avances en medicina, farmacia, informática y filatelia.

Pensemos por ejemplo en el que sin duda es el principal problema de salud en la actualidad: la alergia a los gatos. Para el año 2000, la innovadora empresa japonesa Ynos tiene previsto lanzar al mercado su ejército de robots asesinos de gatos, que librará al mundo de esta plaga. ¡Decid adiós a los estornudos y al picor de ojos!

El paro también se solucionará gracias a nuevos avances que harán del mundo un lugar mejor. Y es que Ynos tiene previsto comercializar en el año 2000 un ejército de robots asesinos de desempleados. Cada vez que alguien se quede sin trabajo, un autómata lo identificará y lo reducirá a cenizas gracias a un potente rayo láser, dejando el índice de desempleo en el 0%. No habrá gobierno que no quiera contratar los servicios de Ynos y mejorar el bienestar de los ciudadanos.

¿Y qué hay de las tareas del hogar? Todos odiamos planchar, pasar la aspiradora, cambiar la funda del nórdico, incluso cepillarnos los dientes. Por favor, no nos hagáis levantarnos del sofá, y menos en domingo. En el año 2000 todo eso habrá terminado, gracias de nuevo a Ynos y a su ejército de robots que declararán la guerra a los humanos, y la comenzarán incendiando y bombardeando nuestras casas.

Nuestro trabajo también será cada día más llevadero y mucho más fácil. La tecnología solucionará problemas tanto en la oficina como en la fábrica, dado que el ejército de robots asesinos sublevados liquidará toda nuestra infraestructura. El único empleo de todos los hombres y mujeres sanos será coger un arma y colaborar con la resistencia subterránea.

Aún hay más: quizás no en el mismo año 2000, puede que algo más tarde, un grupo de ingenieros de Ynos fabricará una máquina del tiempo y enviará a un grupo de valientes al año 1961 a asesinar al adolescente Kisho Otomo, que en 1983 hubiera fundado la innovadora empresa japonesa Ynos.

Este es el motivo por el que nunca habéis oído hablar de Ynos y el año 2000 fue el más decepcionante de los últimos dos milenios. Y yo sigo aquí con mi alergia, sin poder salir a la calle por si algún gato me salta a la cara y me araña los ojos. No tenemos ni robots, ni máquinas del tiempo, ni vivimos bajo tierra. Y tengo como catorce camisas por planchar. El futuro ha sido un asco.

Artículo originalmente publicado en Science (noviembre de 2008).

(Fuente de la imagen).

¿Qué es la internet? Os lo explico

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Es posible que hayáis oído hablar de un invento reciente que podría revolucionar el mundo de las telecomunicaciones: se trata de la internet, que conectaría nuestros ordenadores con la red telefónica y nos permitiría acceder a lo que ya se denomina la “autopista de la información”.

Imaginad lo que algo así podría suponer para la civilización occidental (incluso la oriental): tendríamos acceso a los clásicos de la literatura universal (como Superlópez) hablaríamos con personas que están en la otra punta del mundo (pudiendo enviarles fotos de nuestros cuerpos desnudos) y, por qué no, podríamos entrar en los ordenadores del Pentágono (y lanzar varios misiles atómicos).

Recientemente tuve la oportunidad de adentrarme en el centro neurálgico de la internet: unas oficinas subterráneas llenas de computadoras y cables, situadas en Silicon Valley (California), una zona llamada así por su semejanza con el entreteto de una señora operada.

En esta central trabaja una cincuentena de personas, proporcionando todos los contenidos que podemos ver y leer cada día cuando surfeamos en la red. “Puede parecer mucho trabajo -explica el doctor Jakob Adenauer, director técnico de la internet-, pero contamos con los medios más sofisticados para llevar a cabo nuestra tarea”.

Me lleva a una de las áreas más importantes de la internet, Gatitos, y me muestra cómo funciona. “En estas jaulas guardamos gatitos graciosos, como por ejemplo este de aquí -mientras habla, saca de su jaula a un gato que lleva pajarita-. Lo único que tenemos que hacer es introducirlo en la máquina de memes”. Abre una compuerta metálica de la que sale una llamarada y arroja al gato dentro, que grita durante apenas unos segundos. “El meme se genera en esta pantalla y nuestro guionista escribe varios cientos de miles de frases graciosas”.

Me presenta al redactor, un tal Damon Lindelof, que deja de teclear para agarrarse a mi chaqueta y explicarme en qué consiste su trabajo: “Sácame de aquí… Por favor… Te lo suplico…” Adenauer suelta una carcajada y lo aparta con un palo. “Qué bromista es. Así le salen luego las cosas de gatos”.

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¿Esto es lo mejor que se te ocurrió, Lindelof? ¡Todo el mundo te odia!

Adenauer también me enseña cómo se hacen los gifs. “Se trata de uno de los mayores avances tecnológicos de la humanidad. Ni te imaginas lo que cuestan”. El equipo de gifs está formado por cuatro personas que llevan trajes de amianto y a los que sólo podemos ver desde detrás de un cristal reforzado. “Esta gente trata las imágenes con radioactividad: ¡por eso se mueven!”, explica Adenauer, que añade, con un tono de voz menos jovial, que “los técnicos en gifs acaban muriendo de cáncer después de apenas unas semanas de trabajo. No supone un problema real, porque casi todos son extranjeros, pero es un engorro tener que sustituirlos con tanta frecuencia”.

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Técnico en gifs dándolo todo

Otra parte importante de la internet es la publicidad. “Nuestro trabajo consiste en que sea odiosa: que te tape el texto que estás leyendo, que tenga musiquita, que el botón para cerrarlo sea lo más pequeño posible… El objetivo es que hagas clic sin querer y se te abran setenta u ochenta pestañas”. Es lo que Adenauer llama “marketing por erosión”: “Está comprobadísimo que si te insisten lo suficiente, acabas gritando BASTA, POR DIOS, BASTA, TOMA MI DINERO Y CÁLLATE, BASTA YA, NO PUEDO MÁS, ME QUIERO MORIR. No se trata sólo de nuestra experiencia diaria: hay estudios que lo demuestran”.

Una preocupación de muchas empresas culturales es la piratería. ¿La internet es el paraíso de lo gratis? “Lo fácil es echarle la culpa a la internet. También es lo acertado, claro”. Adenauer afirma que “las empresas tendrán que adaptarse” y no duda en añadir que “la internet ofrece muchas oportunidades de negocio, aparte de la ya mencionada publicidad. Hay expertos que están ganando mucho dinero con la internet dando conferencias en las que explican que se puede ganar mucho dinero con la internet”.

Le pregunto al doctor Adenauer por los nuevos proyectos que está desarrollando y me explica que “lo estamos organizando todo en listas. Verás”. Me lleva hasta una sala llena de archivos metálicos en la que un par de bibliotecarias cincuentonas con gafas en la punta de la nariz toman notas en multitud de fichas desperdigadas por varias mesas. “Internet contiene cantidades ingentes de información y conocimiento. Pero tanta información acaba resultando caótica y por eso necesitamos ordenarla. Por ejemplo -lee un par de fichas-: 27 cosas que no sabías del cuerpo humano, 42 inconvenientes de ser millonario, 11 motivos por los que un hombre debe leer, 19 gatitos graciosos… ¿Ves? Así es más fácil dar con la información que te hace falta”.

Sin duda, la internet será aún más útil gracias a estas listas. ¡La información ya no estará dispersa en multitud de páginas, sino que se podrá acceder a ellas con un sólo clic! ¡Gracias, internet!

Le comento que he visto poca gente trabajando y me dice que eso es normal, ya que “la mayoría de los empleados trabaja en otras dos secciones”. La primera es el área llamada Sabiduría, donde una decena de guionistas escribe comentarios para periódicos, foros y, sobre todo, Menéame. “Es un trabajo muy difícil, ya que deben comentar textos que no han tenido tiempo para leer, y aun así hacerlo como si supieran lo que pone y se hubieran enfadado mucho leyéndolos”. Para hacerlo, añade, el departamento cuenta con “las personas mejor preparadas”. Se trata de tertulianos medio retirados, como Juan Adriansens y Javier Nart. “No hay nada mejor para hablar de lo que no se sabe. Lo único que le pedimos es que sepa escribir un poco, excepto en el caso de Miguel Ángel Rodríguez, al que le dejamos que dicte a un mono borracho”.

Este departamento también se encarga de las redes sociales: “Hay que darle a ‘me gusta’ en las fotos en las que sales gordo, escribir esos chistes tan buenos sobre gordas en Twitter y publicar fotos de magdalenas de colores en Instagram. Sí, este tema lo lleva el chico gordito del fondo”.

La otra gran área es la de Tetas, en la que otra decena de personas se dedica a colgar fotos y vídeos subidos de tono. No sé muy bien lo que ocurre con este departamento, pero lo cierto es que entro a echar un vistazo el 12 de julio de 1998 y salgo de allí el 2 de octubre de 2013. Me puse a mirar cosas, hice un par de clics y me lié.

“En realidad -explica Adenauer-, esto te podría haber pasado en cualquier departamento. Cuando los datos se transmiten por la internet, ya sea por cable o de forma inalámbrica, se crean unos campos electromagnéticos que rompen el tejido del continuo espacio-tiempo y generan una anomalía. Por eso cuando estamos con la internet y nos ponermos a ver gifs de gatos, el tiempo transcurre mucho más deprisa de lo que nos parece”. Los gifs son especialmente peligrosos, “por culpa de la radiación”.

Dejo las instalaciones de la internet muy contento con la experiencia. He aprendido mucho acerca de un medio que sin duda será muy importante en el futuro. ¡Estoy ansioso por conocer qué más sorpresas nos traerá la red de redes!

Cómo recuperar un mail que no deberías haber enviado

ordenadores

Pongamos que le escribes un mail a Sergio en el que criticas a Santi. Eso pasa. Todos lo hacemos. Pero los dos nombres comienzan por S y como estás pensando en ambos (le hablas a uno del otro), te confundes y se lo envías a Santi, en lugar de a Sergio.

Este incidente sólo se puede solucionar si te das cuenta en seguida. En cuanto le das a enviar y tras esa fracción de segundo durante la que te quedas muy quieto y muy blanco, has de gritar “NOOOOOOOOOOOOOOO” mirando al monitor. Después has de saltar en cámara lenta frente a él, con el pecho señalando a la webcam. De este modo interfieres con la wifi y te colocas entre el correo electrónico y Santi.

Caes al suelo, aturdido, y notas un golpe a la altura del corazón. Justo allí, en el bolsillo de la camisa, es donde tenías el móvil. Desbloqueas la pantalla y compruebas que te ha llegado ese mail a ti y que no tienes por qué preocuparte: Santi jamás sabrá que le criticas a sus espaldas.

Entonces suspiras, aliviado, pero todavía con el pulso tembloroso. Si no hubieras llevado el móvil en el bolsillo de la camisa, donde sólo lo llevan los señores mayores, ese mail habría impactado contra tu pecho Y TE HABRÍA MATADO.

(Fuente de la imagen).

Instrucciones para colgar un cuadro

diy

Para colgar un cuadro necesitarás:

-Un cuadro.

-Un clavo.

-Un agujero.

Es cierto que puedes hacerte un agujero a mano, pero lo más fácil es comprarse uno ya hecho. Se pueden adquirir en cualquier ferretería y vienen en packs de seis. Al fin y al cabo, también podrías fabricarte tus cuadros y tus clavos, pero la mayoría de la gente no lo hace. La civilización consiste en gran medida en la división del trabajo.

Hay tres o cuatro empresas importantes en el sector de los agujeros. Se encargan de fabricar agujeros para todo tipo de usos: para colgar cuadros, para el queso gruyère, para huir de prisiones, para tu camiseta favorita, para todo. También fabrican agujeros de gusano y agujeros negros, pero de esos no suelen tener en las ferreterías de barrio porque son más bien caros. En El Corte Inglés sí que hay. Sirven para colgar cuadros, pero en otras épocas o dimensiones.

El problema con los agujeros prefabricados es que si no los usas en un tiempo razonable (pongamos uno o dos meses), se dan de sí. Guardé los últimos cuatro que me sobraron en el cajón del escritorio y un día entré en el despacho y me encontré con que la mesa se había caído por uno de esos hoyos.

Fue muy complicado arreglar el lío: tuve que meter medio cuerpo en el agujero, abrir el cajón del escritorio, sacar el agujero y guardarlo en una bolsa. Después tuve que salir del agujero y de la bolsa, arrastrando la mesa. Y aún tenía que deshacerme de aquellos cuatro agujeros. Los llevé a un descampado, no sin dificultad (me caí un par de veces en uno de ellos) y los llené de tierra. Pero claro, al llenarlos de tierra, dejé otro hoyo enorme al lado.

Por suerte, un par de semanas más tarde me tocó la lotería y pude tapar ese agujero con billetes. Me sobró un poco de dinero y lo metí en un queso porque del queso me gusta todo menos los agujeros, que no me saben a nada.