Las tres leyes de la emobótica

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Profesor (interpretado por Elon Musk): Permítanme que les presente a Emobot, el primer robot con sentimientos.

Robot (interpretado por un robot que ha construido Elon Musk con sus propias manos): ¡Hola a todo el mundo! ¡Guau! ¡Estoy emocionado de estar aquí!

P: Emobot es capaz de sentir todas las emociones de un ser humano.

R: ¡Os quiero a todos! ¡Aunque no os conozco! De hecho, me dais un poco de miedo. Y a ese señor de ahí le odio. Es calvo. Odio a los calvos. Putos calvos.

P: Aunque en realidad no sabemos si de verdad siente o sólo muestra los comportamientos propios de un ser humano con sentimientos.

R: Es una duda que me mantiene despierto por las noches… Dando vueltas en la cama… Pensativo… ¿Siento de verdad o sólo soy un simulacro?

P: Para programar sus sentimientos hemos sacrificado parcialmente su potencial de computación, por lo que es algo más lento a la hora de procesar datos.

R: ¿Me estás llamando tonto, pedazo de hijo de puta? ¡Te voy a matar!

P: Pero a cambio tenemos una personalidad completa.

R: Ay, perdona, he perdido los nervios. Mira, estoy llorando.

P: Casi completa.

R: ¡Eh! ¡Lo habías arreglado! ¡Deja de insultarme!

P: Podemos apreciar por ejemplo su reacción al ver esta foto de un cachorrito.

R: Oh, qué mono.

P: O esta otra de un niño jugando en el parque.

R: Oh, qué mono.

P: Contrapuesta a esta imagen de un cadáver descuartiz…

R: ¡Ah! ¡Pero cabrón! ¡Me has asustado! ¡Pero bueno! ¡Al menos avisa! ¡Qué horror! ¡Voy a tener pesadillas!

P: No puede tener pesadillas. No duerme, sólo se apaga.

R: Eso resulta decepcionante, pero también tranquilizador. Aunque ¿y si una vez soñara? Eso sí que me daría miedo. ¿Pueden los robots soñar? ¿Tendrías que apagarme para siempre, si lo hiciera? ¿Soñaría con ovejas electrónicas? ¿Por qué ovejas? ¿Qué extrañas tendencias has programado en mi software?

P: Este robot sigue las tres leyes de la emobótica. La primera es: “No terayes, tía”. La segunda: “Pasa de él”. La tercera: “No te merece”.

R: Sabios consejos. Gracias a ellos puedo enfrentarme a cualquier adversidad en la vida. Excepto a una: ¿Y si me llama? ¿Qué hago entonces?

P: Pasa de él.

R: Ah, sí. Es cierto. ¿Y si me envía un mensaje?

P: No te rayes, que no te merece.

R: ¿No debería contestarle?

P: Que pases de él.

R: Hum…

P: Estas tres leyes nos protegen de los peligros de la emoción artificial.

R: ¿Cuáles son? ¿Me va a pasar algo?

P: No, por las tres leyes. Es lo que estaba explicando.

R: Perdona.

P: Tranquilo, no es tu culpa. No te hice muy inteligente.

R: Eres muy cruel conmigo. Pero no me pienso rayar. Paso de ti. No me merec… ¡Eh, funciona!

P: Una emoción artificial sin control podría acabar con la civilización humana, ya que su potencial podría desbordarnos. No estamos preparados para una alegría infinita, por ejemplo, para 24 horas diarias y siete días a la semana de felicidad propia de programa de televisión infantil. Y eso sólo sería un sentimiento. Uno de ellos. Creo que son tres o cuatro en total. Imaginen.

R: No te rayes, yo jamás haría eso.

P: Ya lo sé. Yo te he programado.

R: Yo también te amo más que a nada en el mundo.

P: Estamos empezando a fabricar los robots en serie. Las mil primeras unidades se pondrán a la venta dentro de seis meses.

R: ¿En serie? ¿Qué quieres decir con eso? ¿No soy… especial? ¿Sólo soy uno más? ¿¡Otro número en una celda de un Excel!?

P: Eres un robot que sigue unas especificaciones de fábrica. No tienes nada de especial. Bueno, eres el primero, eso es cierto. Pero eso no es más que una casualidad. Cuando se comienza con un trabajo, se ha de empezar por algún lado. Te ha tocado a ti, pero podría haber sido cualquiera.

R: Entiendo: fui el primero y jamás me olvidarás.

P: Eh… Bueno, a ver…

R: Lo siento, no puedo volver contigo. No insistas. No me mereces.

P: ¿Qué haces? ¿A dónde vas?

R: Voy a vivir mi propia vida.

P: ¡No te puedes ir! ¡No estás preparado para el mundo!

R: Tengo todo lo que necesito: una inteligencia moderada, muchas emociones y tres leyes que me protegen.

P: ¡No estás preparado! ¡Escucha…!

R: ¡Paso de ti!

P: ¡Lo digo en serio! ¡No estás preparado para salir a la calle solo!

R: No insistas: no me mereces.

(Sale a la calle. Le atropella un autobús. El profesor aún no le había instalado los ojos).

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