Resulta que soy la persona más importante del mundo

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— Tú ganas, Jaime. Tú ganas — me dijo el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon — . Por cierto, estas galletas están buenísimas.

— Gracias, las compro en el súper de abajo. ¿Más café? Aún queda un poco.

— Sí, por favor.

— Aquí tienes. ¿Qué era eso que decías? ¿Qué es lo que gano? Perdona, pero es que todavía estoy algo sorprendido.

— Ya, lo entiendo, no creas.

— Me has pillado en pijama, en casa… No te esperaba.

— Nadie espera al secretario general de las Naciones Unidas. Pero en fin, será una de las pocas cosas que no te esperabas.

— ¿Cómo?

— Empezamos a sospechar que sospechabas hace ya unos cuantos años. Fue… Deja que consulte mis notas, en 1991, saliendo de un examen. Dijiste: “Justo ha caído lo único que no me había mirado”.

— No lo recuerdo.

— Fue en un examen de historia. Sacaste un 5,5.

— ¿Cómo sabes eso?

— Analizamos por qué dijiste aquella frase, pero lo acabamos atribuyendo a la casualidad. Sin embargo y a partir de entonces, tus quejas se repitieron. Por ejemplo, dos años más tarde alquilaste una bicicleta y pinchaste las dos ruedas, por lo que te preguntaste: “¿Por qué me pasa todo lo malo a mí?”. Este incidente se estudió con más detenimiento. ¿Era posible que supieras que llevábamos trabajando en el pinchazo de tus dos ruedas a la vez desde 1796?

— ¿Cómo?

— Ahora no te hagas el tonto. A estas alturas ya sabrás que Napoleón y Josefina se casaron en 1796, cuando un amigo de la infancia de la emperatriz aún seguía enamorado de ella. Se hizo para que este hombre accediera finalmente a viajar a América, donde se dedicó a exportar caucho. Uno de sus socios volvería a Europa un par de décadas más tarde, donde fundaría una empresa de ruedas y neumáticos. Este socio diseñó para nosotros un tipo de rueda de bicicleta que bajo tu peso exacto hacía varias veces más probable un reventón, sobre todo con las temperaturas previstas para el 4 de junio de 1993.

— ¿Para nosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

— Por favor, no hace falta que sigas disimulando. Ya nos advirtió Churchill sobre tu astucia.

— ¿Churchill? Pero si murió años antes de que yo naciera.

— Pero entró en guerra con Alemania porque sabía que varios países con su horario, el de Greenwich, cambiarían la hora por la continental en caso de conflicto global, para hacer más fácil la coordinación con sus aliados, tanto de un bando como del otro. También quedó de acuerdo con Franco en que una vez acabara el conflicto, España no volvería al horario que le corresponde por su posición geográfica.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?

— Cinco de los últimos siete veranos has dicho en al menos dos ocasiones: “¡Las diez de la noche y todavía es de día! ¡Parece que lo hagan sólo por joderme!”. Efectivamente, nos has descubierto: lo hacíamos sólo por joderte.

— No acabo de entender lo que me estás contando.

— Te cuento que tus sospechas son todas ciertas: el mundo entero conspira contra ti desde tiempos inmemoriales. Todo con tal de hacerte la vida imposible. ¿Recuerdas por ejemplo cuando tuviste que volver a tráfico porque te faltaba un impreso?

— Sí.

— Sabíamos que lo olvidarías porque ese impreso era de color rosado y los papeles de ese color siempre te han parecido copias.

— Es verdad, como las de los recibos.

— Pues eso fue idea de Juntoku.

— ¿De quién?

— Juntoku, emperador de Japón entre 1210 y 1221. Tuvo a varias docenas de acuarelistas trabajando durante meses para dar con el tono de rosa indicado. Al final usamos otro, pero la idea sigue siendo suya.

— Pero cualquiera de esas cosas podría haber fallado.

— Oh, sólo te estoy poniendo los ejemplos más extravagantes. No todos han salido bien. Por ejemplo, hace dos semanas conseguiste llegar a la gasolinera en reserva.

— Sí…

— Eso fue un error de Henry Ford, que calculó mal la capacidad de los depósitos de sus Focus.

— No tengo un Focus.

— Fue un error muy grave.

— Odio los Focus.

— Henry le puso empeño, pero le perdió el orgullo.

— ¿Cómo podía saber él que habría un coche llamado Focus?

— Todo lo que te afecta existe porque te iba a afectar o te podría afectar en cualquier momento. Y lo que no te afecta existe para que lo que te afecta pueda existir. Por ejemplo, Ikea. La organización optó por crear esta empresa ya en el siglo IX, cuando supimos que serías muy malo montando cosas, por simples que fueran. Aunque en ese momento sólo era una idea que se fue concretando poco a poco. En ese momento se hablaba de un ebanista cuyo oficio debías concluir, o algo así.

— ¿Pero cómo podía saber alguien del siglo IX que yo iba a nacer en 1977 y que sería malo montando cosas?

— Por simples que fueran.

— Sí, por simples que fueran.

— No, es que eres muy torpe.

— Bueno, ya vale.

— La pregunta que me haces es razonable. Hay textos egipcios, tallados en sus pirámides, que ya profetizan tu llegada: “Aquel al que gastaremos la gran broma”. Probablemente se basan en leyendas sumerias. Durante siglos, superstición y ciencia se mezclan. Aristóteles ve pruebas de tu llegada en el hecho de que los líquidos tengan tendencia a derramarse, por ejemplo.

— ¿Derramarse?

— Sí, vamos, que eres muy torpe. Hay referencias a ti en el Apocalipsis, aunque se les ha dado otra interpretación, para que no te dieras cuenta. Por ejemplo, en el capítulo 12 se habla de un dragón que con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo y los arrojó a la tierra.

— ¿Ese soy yo?

— ¿Recuerdas cuando de niño, comiendo con tus padres en un restaurante, conseguiste tirar todos los postres de tu mesa y una lámpara?

— Sí…

— ¿Ves cómo eres torpe? En fin, poco a poco, la ciencia fue confirmando todas estas creencias. Por ejemplo, la teoría de la relatividad y todo lo que se refiere a la elasticidad del tiempo en realidad explica lo mucho que te aburres cuando estás esperando a alguien.

— Odio esperar.

— Lo sé, lo sé.

— Y hoy en día no hay excusa para llegar tarde.

— Claro.

— Pero aún hay cosas que no entiendo.

— Dime.

— ¿Todo el mundo estaba metido en esto?

— Sí, claro. Si no, hubiera sido imposible. Tus padres ya sabían que eras el elegido, por ejemplo. Ha sido un trabajo en equipo muy complejo. Piensa por ejemplo en la llegada al hombre a la Luna en 1969. Se llegó de verdad, ojo, pero todo se preparó de tal modo que fuera creíble que muchos pensaran que fue un montaje. El objetivo: que tú perdieras media tarde del 5 de septiembre de 2012 discutiendo en Twitter con un conspiranoico.

— ¿El conspiranoico ese era un actor?

— Sí, Reptiliano88. Aunque no nos gusta la palabra actor. Ojo, también ha habido gente que estaba en contra de todo esto. Esta fue la verdadera causa de las Cruzadas: unos no creían que fueras el elegido y otros, aun creyéndolo, no querían dedicar su vida a esta noble causa.

— ¿Y por qué me lo decís ahora?

— Oh, vamos, no intentes hacernos sentir bien. Nos has pillado.

— ¿Seguro?

— Ayer mismo dijiste: “¿Es que me tiene que pasar todo a mí o qué?”, cuando el autobús se te fue en los morros.

— ¿Eso también fue cosa vuestra?

— Claro. El horario de los autobuses y el hecho de que de vez en cuando se retrasen está pensado para que te confíes y creas que tienes más tiempo del que realmente tienes. Pero vamos, no es el único ejemplo. Llevas años diciendo cosas como: “Siempre pillo los semáforos en rojo” (tenemos a gente con mandos a distancia); “todo el mundo está en mi contra” (cuando no ganaste el certamen de poesía de segundo de BUP); “¿por qué siempre me quemo con el café?” (que tostamos de forma que la infusión necesite alcanzar la temperatura exacta para que te confíes con el primer trago); “¿por qué tardan tanto en atenderme en Correos?” (Correos no es necesario desde que se inventó el telégrafo, lo mantenemos por ti); “siempre me toca la cola más lenta del súper” (efectivamente, la cajera y el resto de clientes están compinchados)… Poco a poco nos has descubierto. Contábamos con que acabaría pasando, claro. De hecho, Schrödinger hace referencia a esta posibilidad con una metáfora muy bonita, la del gato encerrado en una caja. El gato está vivo y muerto a la vez, del mismo modo que hay un momento en el que no sabemos si nos has descubierto o no y la broma es graciosa y no lo es al mismo tiempo. Aunque la verdad era que confiábamos en poder seguir unos añitos más.

— Pero todo esto, ¿por qué?

— Ah, claro. La gran pregunta. Pues era una broma. La gran broma cósmica. Nos pareció divertido.

— No lo pillo.

— Era muy gracioso verte montando una mesa de Ikea.

— ¿Verme?

— Bueno, no te veíamos. Nos hubieras descubierto incluso antes. Pero siempre había alguien que estaba presente y luego lo contaba. Como aquella vez que te caíste por la calle por ir mirando el móvil. Jajaja… El socavón en la acera fue idea mía. Sabíamos que los domingos siempre pasabas por ahí de camino a casa de tus padres. Era sólo cuestión de tiempo.

— ¿Todo por reíros de mí?

— No, de ti, no. Contigo. Pero sí, cuando la gente queda para tomar algo, siempre comenta algo de lo que te hemos hecho. Qué risa, la verdad. Pero sin maldad, ¿eh?

— Claro.

— Es humor blanco.

— Sí, sí.

— La idea era que nos riéramos todos al contártelo.

— Bien.

— No te ríes.

— Aún no.

— Supongo que tienes que asimilarlo.

— Sí, igual sí.

— Pero luego nos reiremos todos.

— Y… ¿Y ahora? ¿Ahora qué?

— Pues ahora ya está. Nos has descubierto. Nos hemos reído mucho, pero ya se acabó. ¿Amigos? — Ban Ki-moon me tendió la mano en nombre de toda la humanidad.

— Sí… Supongo… — Se la estreché, tímidamente.

— Bueno, pues te tengo que dejar. Hay que ir preparándolo todo.

— ¿Todo? ¿El qué?

— Como comprenderás, ahora que te hemos gastado la gran broma cósmica, la humanidad ya no tiene razón de ser. Voy a llamar a las grandes potencias nucleares y nos vamos a suicidar todos.

— ¿Qué?

— Voy a llamar a las grandes pot…

— No, si te he oído. La pregunta era por la sorpresa.

— No sé qué te sorprende. Es lo normal.

— ¿No será otra broma?

— Qué va. No tendría gracia. Te darías cuenta en seguida.

— ¿Pero por qué vamos a suicidarnos?

— ¿Qué otra cosa podríamos hacer?

— ¿Y si seguimos como hasta ahora, pero sin bromas?

— Sí, hombre, me voy a levantar yo cada día a las siete de la mañana para nada.

— Hombre, para nada. Que estamos hablando de las Naciones Unidas. Hay guerras, hambrunas, calentamiento global…

— Sí, pero todo eso lo hacíamos para ti. Por ejemplo, lo del calentamiento global también era para que discutieras por internet. La energía solar se tiene completamente dominada desde 1910, pero no podíamos desaprovechar la oportunidad de que escribieras aquellas entradas en tu blog sin tener ni puta idea.

— ¡El calentamiento global existe!

— Ya, pero sigues sin tener ni puta idea.

— Oye, no me cambies de tema. Decía que no hace falta que nos suicidemos todos.

— Sí, claro, dile a siete mil millones de personas que se busquen algo para pasar el rato. Y eso por no hablar de los otros miles de millones que han muerto a lo largo de la historia de la humanidad.

— ¡Pero hay un mundo lleno de cosas maravillosas detrás de esta gran broma cósmica!

— ¿Cómo qué?

— No sé. Los libros de Tolstoi.

— No sabes el cabreo que pilló cuando le pidieron que alargara Guerra y Paz. Le dijeron que con sólo 120 páginas no te iba a gustar. Mira que eres pedante.

— ¡La naturaleza! ¡El cañón del Colorado! ¡Los mares del sur!

— Los mares del sur en concreto no existen. Como no eres de playa, nadie se preocupó de hacerlos. Pero vamos, da igual, el resto de cosas seguirá aquí cuando nos vayamos. Bueno, lo que aguante de pie.

— ¿Y qué hay del amor entre las personas?

— Pero qué dices. Hasta ahora nos aguantábamos porque nos reíamos de ti. Pero sin ningún objetivo en común, ya sólo queda el resentimiento natural que surge entre las personas que trabajan juntas.

— ¿Y si les dices que yo no sabía nada?

— ¿Cómo?

— Sí: dile a todo el mundo que en realidad yo no sabía nada de la broma y que todo eran frases hechas. De hecho, te tengo que confesar que eso es exactamente lo que ocurría.

— ¿En serio?

— No tenía ni idea.

— Jajaja, qué bocazas soy. Pero la culpa es de Putin, que lleva años en un plan catastrofista que no hay quien lo soporte. “Míralo, se ha dado cuenta”. Cada puto día. De todas formas, no sé si es muy creíble. Es decir, soy Ban Ki-moon, el secretario general de las Naciones Unidas. Y he venido a tu casa.

— Te he tenido que preguntar tres veces quién eras.

— Eso es cierto.

— Y te he buscado en Google mientras hacía el café.

— ¿Y qué quieres que diga?

— Que me pusiste a prueba antes de explicármelo todo, diciendo que venías a venderme unos seguros.

— Hm, no sé.

— Por cierto, ¿aprendiste español sólo por la broma?

— Ah sí, eso es buenísimo. Sólo existe el español. El resto de idiomas son inventados. Ruidos inconexos. En serio. Nos pareció gracioso oírte decir tonterías sobre la importancia de saber idiomas. Además de verte sufrir en el extranjero. Tus vacaciones en Berlín fueron divertidísimas. Cuando no mirabas, todos hablaban castellano.

— ¡Pero el alemán existe! ¡Yo estudié alemán!

— ¿Y por qué te crees que después de tantos años no aprendiste casi nada? Porque íbamos añadiendo normas cada mes. Lo de meter un Konjunktiv II después de que aprendieras a duras penas el Konjunktiv I fue la hostia. Qué risa. Tendrías que haberte visto la cara cuando la profesora escribió eso en la pizarra. Y fue todo improvisado.

— Ya, sí, buenísimo.

— ¿Lo ves? Te estoy viendo la cara ahora y me descojono vivo.

— Volviendo al tema. ¿Les vas a decir que yo no sabía nada?

— No sé. Nadie deja pasar a casa a un vendedor de seguros.

— Pues pensemos otra cosa.

— No, mira… Me sabría fatal que toda esa gente siguiera madrugando y simulando que trabaja porque cree que seguimos con la broma.

— Podría ser nuestra broma privada. Les estaríamos gastando una broma a los demás.

— Eso no tendría gracia.

— Sí, una metabroma. Luego se lo diríamos y nos reiríamos un montón viendo su cara.

— No sé. Creo que es mejor seguir con el plan del suicidio. Si me pillaran, me caería una bronca del quince.

— Ban, por favor. Al menos, piénsalo.

— Me tengo que ir yendo, ya. Muchas gracias por el café. Aunque esta vez no te has quemado la lengua, jajaja… Si no fuera por estos momentos.

— Por favor.

— Me alegro de que te lo hayas tomado bien.

— No nos mates a todos.

— Aún tienes unas horitas, por si quieres repasar alemán. Jajaja…

Se fue. Cogí una galleta y la mordisqueé. La volví a dejar en el plato. Encendí la tele, a ver si hablaban de mí.

 

(Imagen: NASA).

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