Huérfano

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Hay historias que a uno le conmueven y la de Víctor Roure es una de ellas. Me la han explicado esta tarde y me he pasado dos horas y diecisiete minutos llorando, haciendo uso nada menos que de treinta y nueve pañuelos de papel. Treinta y nueve. Casi cuatro paquetes. Con la que está cayendo.

Víctor Roure era un pobre huérfano al que adoptó hace un año un matrimonio barcelonés que no puede tener hijos, al ser ambos zurdos. La historia de Roure es la que me interesa, ya que eso de que sean zurdos no me da ninguna pena: es por puro vicio.

Roure nació en 1947 en el seno de una acomodada familia de la zona alta barcelonesa. A los 18 años entró en la Universidad de Derecho, donde conoció a la que sería su esposa, Teresa Fabregat. Se casaron cuando él aprobó las oposiciones a notario y aunque al principio le tocó plaza en Lleida, al cabo de pocos años y gracias a los contactos de su padre, pudo volver a Barcelona, donde tuvieron a sus tres hijos.

Su vida era razonablemente feliz y no sólo por las facilidades económicas que le permitían, por ejemplo, disfrutar de un bonito dúplex en Barcelona, además de una casa en la Costa Brava. El buen ánimo de Roure, su tranquilidad y su saber disfrutar los pequeños placeres, le ayudaron sin duda a encarar la vida con optimismo y alegría.

Pero, ay, la desgracia se cernía sobre aquella vida tan alegre, casi cumpliendo esos temores populares en realidad injustificados según los cuales tanto bien ha de verse compensado por algún mal en un momento u otro. En 2009, el padre de Roure murió de un infarto. Menos de un año más tarde y sin duda de pena, ya que hasta entonces gozaba de buena salud, fue su madre la que falleció.

El pobre Roure, viéndose huérfano, metió algunas de sus posesiones en una pequeña maleta y, despidiéndose de su mujer y de sus hijos, se fue a un humilde pero bien cuidado orfanato, donde unas monjas le trataron lo mejor que pudieron, sacando el máximo provecho a sus escasos medios.

Es duro quedarse huérfano a los 63 años. Comprensiblemente, las familias prefieren adoptar bebés recién nacidos, aunque eso suponga inagotables trámites en países extranjeros.

Roure veía cómo de vez en cuando, menos de lo deseado, algunas parejas acudían al orfanato y miraban a los niños, con pena y tristeza. Sobre todo cuando alguno de ellos, como el propio Roure confiesa avergonzado que hizo en alguna ocasión, se acercaba a ellos y les preguntaba si querían ser sus papás.

Nuestro protagonista tuvo suerte: fue adoptado hace un año, como he dicho, y su adaptación ha sido razonablemente buena, teniendo en cuenta que estas situaciones nunca son fáciles y siempre hay pequeños roces. Por ejemplo, a Roure le costó mucho adaptarse a la guardería y no acaba de entender por qué no puede ir de paseo solo con su esposa o a ver a sus hijos. Pero poco a poco y entre los tres van creando una nueva familia que sabrá darle a este huerfanito un presente lleno de amor y un futuro repleto de esperanza.

(Fuente de la imagen).

Daltonia

semaforos

Nuestro viaje más divertido fue el que hicimos a Daltonia. Aún recuerdo lo que nos sorprendió la gran cantidad de peliverdes que había y qué bonitos eran aquellos jardines con el césped color remolacha. Allí te dio un ataque de risa porque yo llevaba una camiseta verde y con ese césped de fondo parecía que mi cabeza flotara.

También recuerdo aquella botella del vino verde local, que bebimos en ese restaurante que sólo servía carne roja y que insistía en que era vegetariano. Y qué raro el postre, ese helado de fresa que sabía a sorbete de melón.

Volvimos al hotel dando un paseo mientras anochecía y el cielo se teñía de color esmeralda. Pasamos además por un pequeño estanque, en medio de una plaza, en el que había conejos que, según cómo los miraras, parecían patos. Como llegamos además en campaña electoral, por la noche pudimos ver en la tele un confuso debate entre ecologistas y comunistas, que a mí me dio dolor de cabeza.

Y qué decir de la visita al museo de Daltonia, con cuadros como Labatalla de Daltonia y el realismo de esas heridas verdes y brillantes. La batalla de Daltonia es un episodio muy importante para el país. Tuvo lugar en 1752, cuando durante unos ejercicios de caballería, el general Dalton avistó un regimiento con la bandera enemiga, verde y roja.

Después de movilizar a todas las tropas y tras seis días de sangrientos combates con muchos e inexplicables cambios de alianzas, el lugarteniente de Dalton se dio cuenta de que en realidad aquel otro ejército no llevaba una bandera verde y roja, sino roja y verde, la bandera nacional daltona, y que por tanto habían iniciado una batalla contra el regimiento de otro cuartel.

Desde entonces y para evitar confusiones, la bandera daltona es la única que lleva escrito el nombre del país.

La única pega: cruzar la calle era un peligro. Leí en la guía que durante una época cambiaron el verde (o el rojo) por el azul, por lo que los semáforos pasaron a ser verdes (o rojos), ámbar y azules. Pero la gente no sabía que hacer cuando el semáforo se ponía en azul y seguía sin saber si el verde era verde o en cambio rojo. Los accidentes se incrementaron en un 17% hasta que se cambiaron de nuevo los semáforos y se usó una luz blanca, una ámbar y una azul.

Los daltones, completamente confundidos, decidieron dejar de hacer caso a las luces y conducir como los italianos: al azar.

Además, casi nadie usa el metro porque sólo hay dos líneas: la 1 que es roja (o verde) y la 2, que es verde (o roja).

Fue un viaje muy bonito, eso sí. Aún tengo sobre el escritorio el souvenir que me compré: un pisapapeles en el que pone I (corazón) Daltonia. Por algún motivo, el corazón es amarillo.

Fuente de la imagen.