Resulta que soy la persona más importante del mundo

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— Tú ganas, Jaime. Tú ganas — me dijo el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon — . Por cierto, estas galletas están buenísimas.

— Gracias, las compro en el súper de abajo. ¿Más café? Aún queda un poco.

— Sí, por favor.

— Aquí tienes. ¿Qué era eso que decías? ¿Qué es lo que gano? Perdona, pero es que todavía estoy algo sorprendido.

— Ya, lo entiendo, no creas.

— Me has pillado en pijama, en casa… No te esperaba.

— Nadie espera al secretario general de las Naciones Unidas. Pero en fin, será una de las pocas cosas que no te esperabas.

— ¿Cómo?

— Empezamos a sospechar que sospechabas hace ya unos cuantos años. Fue… Deja que consulte mis notas, en 1991, saliendo de un examen. Dijiste: “Justo ha caído lo único que no me había mirado”.

— No lo recuerdo.

— Fue en un examen de historia. Sacaste un 5,5.

— ¿Cómo sabes eso?

— Analizamos por qué dijiste aquella frase, pero lo acabamos atribuyendo a la casualidad. Sin embargo y a partir de entonces, tus quejas se repitieron. Por ejemplo, dos años más tarde alquilaste una bicicleta y pinchaste las dos ruedas, por lo que te preguntaste: “¿Por qué me pasa todo lo malo a mí?”. Este incidente se estudió con más detenimiento. ¿Era posible que supieras que llevábamos trabajando en el pinchazo de tus dos ruedas a la vez desde 1796?

— ¿Cómo?

— Ahora no te hagas el tonto. A estas alturas ya sabrás que Napoleón y Josefina se casaron en 1796, cuando un amigo de la infancia de la emperatriz aún seguía enamorado de ella. Se hizo para que este hombre accediera finalmente a viajar a América, donde se dedicó a exportar caucho. Uno de sus socios volvería a Europa un par de décadas más tarde, donde fundaría una empresa de ruedas y neumáticos. Este socio diseñó para nosotros un tipo de rueda de bicicleta que bajo tu peso exacto hacía varias veces más probable un reventón, sobre todo con las temperaturas previstas para el 4 de junio de 1993.

— ¿Para nosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

— Por favor, no hace falta que sigas disimulando. Ya nos advirtió Churchill sobre tu astucia.

— ¿Churchill? Pero si murió años antes de que yo naciera.

— Pero entró en guerra con Alemania porque sabía que varios países con su horario, el de Greenwich, cambiarían la hora por la continental en caso de conflicto global, para hacer más fácil la coordinación con sus aliados, tanto de un bando como del otro. También quedó de acuerdo con Franco en que una vez acabara el conflicto, España no volvería al horario que le corresponde por su posición geográfica.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?

— Cinco de los últimos siete veranos has dicho en al menos dos ocasiones: “¡Las diez de la noche y todavía es de día! ¡Parece que lo hagan sólo por joderme!”. Efectivamente, nos has descubierto: lo hacíamos sólo por joderte.

— No acabo de entender lo que me estás contando.

— Te cuento que tus sospechas son todas ciertas: el mundo entero conspira contra ti desde tiempos inmemoriales. Todo con tal de hacerte la vida imposible. ¿Recuerdas por ejemplo cuando tuviste que volver a tráfico porque te faltaba un impreso?

— Sí.

— Sabíamos que lo olvidarías porque ese impreso era de color rosado y los papeles de ese color siempre te han parecido copias.

— Es verdad, como las de los recibos.

— Pues eso fue idea de Juntoku.

— ¿De quién?

— Juntoku, emperador de Japón entre 1210 y 1221. Tuvo a varias docenas de acuarelistas trabajando durante meses para dar con el tono de rosa indicado. Al final usamos otro, pero la idea sigue siendo suya.

— Pero cualquiera de esas cosas podría haber fallado.

— Oh, sólo te estoy poniendo los ejemplos más extravagantes. No todos han salido bien. Por ejemplo, hace dos semanas conseguiste llegar a la gasolinera en reserva.

— Sí…

— Eso fue un error de Henry Ford, que calculó mal la capacidad de los depósitos de sus Focus.

— No tengo un Focus.

— Fue un error muy grave.

— Odio los Focus.

— Henry le puso empeño, pero le perdió el orgullo.

— ¿Cómo podía saber él que habría un coche llamado Focus?

— Todo lo que te afecta existe porque te iba a afectar o te podría afectar en cualquier momento. Y lo que no te afecta existe para que lo que te afecta pueda existir. Por ejemplo, Ikea. La organización optó por crear esta empresa ya en el siglo IX, cuando supimos que serías muy malo montando cosas, por simples que fueran. Aunque en ese momento sólo era una idea que se fue concretando poco a poco. En ese momento se hablaba de un ebanista cuyo oficio debías concluir, o algo así.

— ¿Pero cómo podía saber alguien del siglo IX que yo iba a nacer en 1977 y que sería malo montando cosas?

— Por simples que fueran.

— Sí, por simples que fueran.

— No, es que eres muy torpe.

— Bueno, ya vale.

— La pregunta que me haces es razonable. Hay textos egipcios, tallados en sus pirámides, que ya profetizan tu llegada: “Aquel al que gastaremos la gran broma”. Probablemente se basan en leyendas sumerias. Durante siglos, superstición y ciencia se mezclan. Aristóteles ve pruebas de tu llegada en el hecho de que los líquidos tengan tendencia a derramarse, por ejemplo.

— ¿Derramarse?

— Sí, vamos, que eres muy torpe. Hay referencias a ti en el Apocalipsis, aunque se les ha dado otra interpretación, para que no te dieras cuenta. Por ejemplo, en el capítulo 12 se habla de un dragón que con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo y los arrojó a la tierra.

— ¿Ese soy yo?

— ¿Recuerdas cuando de niño, comiendo con tus padres en un restaurante, conseguiste tirar todos los postres de tu mesa y una lámpara?

— Sí…

— ¿Ves cómo eres torpe? En fin, poco a poco, la ciencia fue confirmando todas estas creencias. Por ejemplo, la teoría de la relatividad y todo lo que se refiere a la elasticidad del tiempo en realidad explica lo mucho que te aburres cuando estás esperando a alguien.

— Odio esperar.

— Lo sé, lo sé.

— Y hoy en día no hay excusa para llegar tarde.

— Claro.

— Pero aún hay cosas que no entiendo.

— Dime.

— ¿Todo el mundo estaba metido en esto?

— Sí, claro. Si no, hubiera sido imposible. Tus padres ya sabían que eras el elegido, por ejemplo. Ha sido un trabajo en equipo muy complejo. Piensa por ejemplo en la llegada al hombre a la Luna en 1969. Se llegó de verdad, ojo, pero todo se preparó de tal modo que fuera creíble que muchos pensaran que fue un montaje. El objetivo: que tú perdieras media tarde del 5 de septiembre de 2012 discutiendo en Twitter con un conspiranoico.

— ¿El conspiranoico ese era un actor?

— Sí, Reptiliano88. Aunque no nos gusta la palabra actor. Ojo, también ha habido gente que estaba en contra de todo esto. Esta fue la verdadera causa de las Cruzadas: unos no creían que fueras el elegido y otros, aun creyéndolo, no querían dedicar su vida a esta noble causa.

— ¿Y por qué me lo decís ahora?

— Oh, vamos, no intentes hacernos sentir bien. Nos has pillado.

— ¿Seguro?

— Ayer mismo dijiste: “¿Es que me tiene que pasar todo a mí o qué?”, cuando el autobús se te fue en los morros.

— ¿Eso también fue cosa vuestra?

— Claro. El horario de los autobuses y el hecho de que de vez en cuando se retrasen está pensado para que te confíes y creas que tienes más tiempo del que realmente tienes. Pero vamos, no es el único ejemplo. Llevas años diciendo cosas como: “Siempre pillo los semáforos en rojo” (tenemos a gente con mandos a distancia); “todo el mundo está en mi contra” (cuando no ganaste el certamen de poesía de segundo de BUP); “¿por qué siempre me quemo con el café?” (que tostamos de forma que la infusión necesite alcanzar la temperatura exacta para que te confíes con el primer trago); “¿por qué tardan tanto en atenderme en Correos?” (Correos no es necesario desde que se inventó el telégrafo, lo mantenemos por ti); “siempre me toca la cola más lenta del súper” (efectivamente, la cajera y el resto de clientes están compinchados)… Poco a poco nos has descubierto. Contábamos con que acabaría pasando, claro. De hecho, Schrödinger hace referencia a esta posibilidad con una metáfora muy bonita, la del gato encerrado en una caja. El gato está vivo y muerto a la vez, del mismo modo que hay un momento en el que no sabemos si nos has descubierto o no y la broma es graciosa y no lo es al mismo tiempo. Aunque la verdad era que confiábamos en poder seguir unos añitos más.

— Pero todo esto, ¿por qué?

— Ah, claro. La gran pregunta. Pues era una broma. La gran broma cósmica. Nos pareció divertido.

— No lo pillo.

— Era muy gracioso verte montando una mesa de Ikea.

— ¿Verme?

— Bueno, no te veíamos. Nos hubieras descubierto incluso antes. Pero siempre había alguien que estaba presente y luego lo contaba. Como aquella vez que te caíste por la calle por ir mirando el móvil. Jajaja… El socavón en la acera fue idea mía. Sabíamos que los domingos siempre pasabas por ahí de camino a casa de tus padres. Era sólo cuestión de tiempo.

— ¿Todo por reíros de mí?

— No, de ti, no. Contigo. Pero sí, cuando la gente queda para tomar algo, siempre comenta algo de lo que te hemos hecho. Qué risa, la verdad. Pero sin maldad, ¿eh?

— Claro.

— Es humor blanco.

— Sí, sí.

— La idea era que nos riéramos todos al contártelo.

— Bien.

— No te ríes.

— Aún no.

— Supongo que tienes que asimilarlo.

— Sí, igual sí.

— Pero luego nos reiremos todos.

— Y… ¿Y ahora? ¿Ahora qué?

— Pues ahora ya está. Nos has descubierto. Nos hemos reído mucho, pero ya se acabó. ¿Amigos? — Ban Ki-moon me tendió la mano en nombre de toda la humanidad.

— Sí… Supongo… — Se la estreché, tímidamente.

— Bueno, pues te tengo que dejar. Hay que ir preparándolo todo.

— ¿Todo? ¿El qué?

— Como comprenderás, ahora que te hemos gastado la gran broma cósmica, la humanidad ya no tiene razón de ser. Voy a llamar a las grandes potencias nucleares y nos vamos a suicidar todos.

— ¿Qué?

— Voy a llamar a las grandes pot…

— No, si te he oído. La pregunta era por la sorpresa.

— No sé qué te sorprende. Es lo normal.

— ¿No será otra broma?

— Qué va. No tendría gracia. Te darías cuenta en seguida.

— ¿Pero por qué vamos a suicidarnos?

— ¿Qué otra cosa podríamos hacer?

— ¿Y si seguimos como hasta ahora, pero sin bromas?

— Sí, hombre, me voy a levantar yo cada día a las siete de la mañana para nada.

— Hombre, para nada. Que estamos hablando de las Naciones Unidas. Hay guerras, hambrunas, calentamiento global…

— Sí, pero todo eso lo hacíamos para ti. Por ejemplo, lo del calentamiento global también era para que discutieras por internet. La energía solar se tiene completamente dominada desde 1910, pero no podíamos desaprovechar la oportunidad de que escribieras aquellas entradas en tu blog sin tener ni puta idea.

— ¡El calentamiento global existe!

— Ya, pero sigues sin tener ni puta idea.

— Oye, no me cambies de tema. Decía que no hace falta que nos suicidemos todos.

— Sí, claro, dile a siete mil millones de personas que se busquen algo para pasar el rato. Y eso por no hablar de los otros miles de millones que han muerto a lo largo de la historia de la humanidad.

— ¡Pero hay un mundo lleno de cosas maravillosas detrás de esta gran broma cósmica!

— ¿Cómo qué?

— No sé. Los libros de Tolstoi.

— No sabes el cabreo que pilló cuando le pidieron que alargara Guerra y Paz. Le dijeron que con sólo 120 páginas no te iba a gustar. Mira que eres pedante.

— ¡La naturaleza! ¡El cañón del Colorado! ¡Los mares del sur!

— Los mares del sur en concreto no existen. Como no eres de playa, nadie se preocupó de hacerlos. Pero vamos, da igual, el resto de cosas seguirá aquí cuando nos vayamos. Bueno, lo que aguante de pie.

— ¿Y qué hay del amor entre las personas?

— Pero qué dices. Hasta ahora nos aguantábamos porque nos reíamos de ti. Pero sin ningún objetivo en común, ya sólo queda el resentimiento natural que surge entre las personas que trabajan juntas.

— ¿Y si les dices que yo no sabía nada?

— ¿Cómo?

— Sí: dile a todo el mundo que en realidad yo no sabía nada de la broma y que todo eran frases hechas. De hecho, te tengo que confesar que eso es exactamente lo que ocurría.

— ¿En serio?

— No tenía ni idea.

— Jajaja, qué bocazas soy. Pero la culpa es de Putin, que lleva años en un plan catastrofista que no hay quien lo soporte. “Míralo, se ha dado cuenta”. Cada puto día. De todas formas, no sé si es muy creíble. Es decir, soy Ban Ki-moon, el secretario general de las Naciones Unidas. Y he venido a tu casa.

— Te he tenido que preguntar tres veces quién eras.

— Eso es cierto.

— Y te he buscado en Google mientras hacía el café.

— ¿Y qué quieres que diga?

— Que me pusiste a prueba antes de explicármelo todo, diciendo que venías a venderme unos seguros.

— Hm, no sé.

— Por cierto, ¿aprendiste español sólo por la broma?

— Ah sí, eso es buenísimo. Sólo existe el español. El resto de idiomas son inventados. Ruidos inconexos. En serio. Nos pareció gracioso oírte decir tonterías sobre la importancia de saber idiomas. Además de verte sufrir en el extranjero. Tus vacaciones en Berlín fueron divertidísimas. Cuando no mirabas, todos hablaban castellano.

— ¡Pero el alemán existe! ¡Yo estudié alemán!

— ¿Y por qué te crees que después de tantos años no aprendiste casi nada? Porque íbamos añadiendo normas cada mes. Lo de meter un Konjunktiv II después de que aprendieras a duras penas el Konjunktiv I fue la hostia. Qué risa. Tendrías que haberte visto la cara cuando la profesora escribió eso en la pizarra. Y fue todo improvisado.

— Ya, sí, buenísimo.

— ¿Lo ves? Te estoy viendo la cara ahora y me descojono vivo.

— Volviendo al tema. ¿Les vas a decir que yo no sabía nada?

— No sé. Nadie deja pasar a casa a un vendedor de seguros.

— Pues pensemos otra cosa.

— No, mira… Me sabría fatal que toda esa gente siguiera madrugando y simulando que trabaja porque cree que seguimos con la broma.

— Podría ser nuestra broma privada. Les estaríamos gastando una broma a los demás.

— Eso no tendría gracia.

— Sí, una metabroma. Luego se lo diríamos y nos reiríamos un montón viendo su cara.

— No sé. Creo que es mejor seguir con el plan del suicidio. Si me pillaran, me caería una bronca del quince.

— Ban, por favor. Al menos, piénsalo.

— Me tengo que ir yendo, ya. Muchas gracias por el café. Aunque esta vez no te has quemado la lengua, jajaja… Si no fuera por estos momentos.

— Por favor.

— Me alegro de que te lo hayas tomado bien.

— No nos mates a todos.

— Aún tienes unas horitas, por si quieres repasar alemán. Jajaja…

Se fue. Cogí una galleta y la mordisqueé. La volví a dejar en el plato. Encendí la tele, a ver si hablaban de mí.

 

(Imagen: NASA).

Instrucciones para llegar a mi casa desde el aeropuerto

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(Fuente de la imagen).

Cuando aterrices en Barcelona no estaré en casa, así que te explico cómo puedes llegar. Lo primero que debes haces al salir de la terminal es parar un taxi. Cuando subas, dile que vaya hacia la ciudad y ya le indicarás, pero luego cambia de opinión y grita que los taxis son carísimos, al mismo tiempo que abres la puerta en marcha. Cuando te deje bajar o, lo más probable, te eche, roba la primera bicicleta que veas y pedalea por la autovía hasta que te atropelle un camión. Si no encuentras ninguna bici, ve corriendo por la autovía. En este caso, te puedes dejar atropellar por una furgoneta.

Despierta en el hospital de Bellvitge dos o tres días más tarde, con alguna extremidad rota, la cabeza vendada y dolor en todo el cuerpo. No te dejarán salir y además harán bien porque es probable que tengas alguna conmoción cerebral que suponga un peligro para tu vida, pero como sólo vienes para unos días, lo mejor es que te vistas y huyas con tu maleta cuando no miren.

Una vez en la calle, coge el metro y baja en cualquier parada del centro; por ejemplo, en plaza Catalunya. Ve a un bar que te guste y pide una cerveza y algo para picar. En seguida notarás que la cerveza te anima, y más con el estómago prácticamente vacío, por lo que te verás con ganas de pedir una botella de vino. No te cortes. Pide algo más de comer. Ve a una coctelería. Haz amigos. Sal por bares cuyos nombres no recordarás al día siguiente. Invita a una ronda de chupitos. Disimula el rictus de disgusto cuando notes el abrazo de un tipo sudoroso que insiste en que le caes muy bien. Pierde la maleta y encuéntrala en el bar donde estabas antes. Pregúntate quién ha puesto otro vaso medio lleno en tu mano y por qué está ya medio vacío.

Despierta en el suelo de una sala de estar que no conoces tras dormir apenas dos o tres horas. Incorpórate gimiendo por culpa del dolor de cabeza y mira alrededor: es probable que haya más gente durmiendo en esa casa. Tal vez en el sofá, quizás en un sillón o puede que incluso en la bañera.

Sal a una calle del Eixample, con la maleta en la mano y algo mareado, pero contento. Camina en dirección Llobregat. Cuando te estés acercando a mi casa, verás la estación de Sants. Animado por el alcohol que aún debe correr por tus venas y por esas breves horas de sueño que crees que te han despejado, decide que es una oportunidad tan buena como cualquier otra para comprar un billete de tren y pasar el día en Girona, así que entra en la estación y sube corriendo al tren, que justo acaba de parar en la vía.

Quédate dormido y despierta en algún pueblo del sur de Francia. Habrá algo de lío cuando intentes explicar en la estación lo que te ha ocurrido, porque tienes hambre, sueño y sed, no tienes ni idea de francés y además te sigue doliendo la cabeza. Aun así, logra convencer al taquillero para poder subir al siguiente tren de vuelta sin coste adicional. Llega a Girona cansado, con ganas de una ducha y sin ningún interés por ver la ciudad.

En la estación, pregunta si tienen consigna para dejar la maleta. No la tendrán o estará ya llena, así que ve por la ciudad arrastrándola, desganado, con dolor en el brazo izquierdo, el escayolado, y con la boca seca y pastosa. Ventaja de ir con la maleta: podrás sacar las gafas de sol para protegerte de esa luz que está empeorando tu jaqueca.

Llega al barrio judío y para en un bar a desayunar, aunque en realidad ya son las dos de la tarde. Enamórate de la camarera y piensa en la posibilidad de decirle algo, pero cuando logres el valor suficiente y ya hayas llamado su atención para hablar con ella, recuerda que ligar con una camarera es muy poco elegante: la pobre está trabajando y no tiene ganas de escuchar las tonterías de un tipo que aún huele a alcohol y que necesita una ducha y una siesta, así que cambia de opinión y pide otro café que en realidad no quieres y que por ese motivo dejarás a medias.

Sal del bar y llega hasta la catedral. Una vez allí, decide que ya has visto suficiente de la ciudad, aunque tampoco hace falta que admitas que has hecho el ridículo y que deberías haber ido directamente a casa al salir por la mañana de aquel piso.

Duerme durante el viaje de vuelta. Cuando despiertes y salgas de la estación, te darás cuenta de que te has confundido de tren y estás en Zaragoza. Allí no hablan francés y no te cuesta que te entiendan, pero quizás por eso mismo no consigues que te cuelen gratis en el tren a Barcelona gratis. Por desgracia, tu tarjeta no funciona, quizás porque anoche llegaste al límite mensual al pagar la tercera ronda de tequilas, y no tienes efectivo suficiente, así que te verás en la estación de Delicias sin saber muy bien qué hacer.

Pasa unas horas complicadas en la ciudad. No te queda batería en el móvil y los bancos están cerrados hasta el lunes. Como tendrás algo de calderilla, aprovéchala para llamar a tu padre, a ver si te puede echar una mano, pero no te lo cogerá, porque nunca contesta a teléfonos que no conoce. Llama a un par de amigos hasta que uno de ellos te haga caso. Por desgracia, está de viaje en Munich. Quédate sin monedas justo antes de poder pedirle que avise a alguien que pueda acercarse a Zaragoza a echarte una mano.

Ríndete y ve a un cash converters, a ver si puedes vender algo de lo que llevas en la maleta. Tras deshacerte de tu Ipad, reunirás dinero suficiente para el billete a Barcelona y quizás unos quince o veinte euros más para comer algo, aunque no para dormir. Porque como ya no hay plazas en ningún tren ni autobús para esa noche, tendrás que pasar la noche en un bar, bebiendo la misma cerveza durante horas, y la madrugada en un banco, quizás en la propia plaza del Pilar.

Sube al tren por la mañana. Ve al lavabo y cámbiate de ropa, dándote un poco de esa agua rancia de los trenes en la cara, en las axilas y, tras comprobar una vez más que la puerta está bien cerrada, en la entrepierna. Cuando te sientes, intenta no llorar y aprovecha para cargar el móvil y dormir un poco.

Cuando salgas de la estación de Sants, pregúntale a alguien por mi dirección y sigue sus indicaciones hasta mi calle. Llámame por el camino. Te diré que sigo liado y que lo mejor es que le pidas las llaves a la vecina de abajo. Piensa en las ganas que tienes de darte una ducha. Mira el reloj y date cuenta de que ya no te queda tiempo. Para un taxi y ve al aeropuerto a coger tu vuelo de vuelta. Envíame un mensaje para darme las gracias por mi hospitalidad, justo antes de darte cuenta de que no vas a poder pagar la carrera.

El peor hotel del mundo

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(Estaba consultando hoteles en Tripadvisor y me he encontrado con esta crítica. No menciono ni la ciudad ni el hotel, porque no sé si creérmela, pero desde luego, se me han quitado las ganas de reservar).

Nuestra estancia en el Hotel X fue francamente decepcionante. Lo primero que vimos al llegar, además de la puerta, fue la recepción, lo cual nos pareció exageradamente convencional para un establecimiento que en su página web asegura ser, cito textualmente, “moderno”.

La segunda decepción vino con el propio recepcionista. Le pregunté si tenía una habitación reservada a mi nombre y me contestó que por supuesto. Pero eso era muy fácil, dado que mi nombre es muy común. Dudo que hubiera tenido una reserva a mi nombre de haberme llamado, por ejemplo, Hermenegildo Sigüenza.

Pedí que me llevaran las maletas a la habitación, pero el botones se negó a subir por las escaleras, a pesar de que era evidente que por ascensor no tenía ningún mérito. Para añadir dificultad y por tanto valor a su tarea, me senté en una de las bolsas y le ordené a mi señora esposa que se subiera a horcajadas sobre su espalda.

No conseguimos llegar a la habitación hasta después de tres horas y cuarto, gran parte de las cuales las pasamos oyendo anécdotas absurdas del botones, como “por favor, estoy muy mal de la espalda” y “tengo 87 años”. La gente se empeña en contarme su vida. Debo tener cara de psicólogo.

Una vez dentro, le exigí al botones que me abriera las maletas y ni siquiera pudo esquivar el dardo tranquilizante. Es una trampa que uso por si alguien me roba las maletas y para detectar botones lentos de reflejos.

Tras arrastrar el cuerpo de aquel señor hasta el pasillo, decidí probar si la habitación era lo suficientemente segura, por lo que vacié una botellita de ginebra del minibar en la cama y arrojé una cerilla. ¡Ardió en llamas! ¡Nos habían dado una habitación inflamable! ¡Qué locura!

Llamé a recepción e insistí en que quería cambiar de habitación, pero se empeñaron en que cuando suena la alarma de incendios hay que desalojar el edificio. Ni siquiera me escucharon cuando les dije que no había motivo para preocuparse, ya que el fuego era mío.

Tras una ruidosa y molesta visita de los bomberos, nos dieron finalmente otra estancia, que resultó ser exactamente igual que la anterior. Es más, cuando le pregunté al botones si la cama ardería en caso de que repitiera lo de la ginebra y la cerilla, me respondió con total desfachatez que probablemente sí.

-Tendremos que hacer turnos para no morir en un incendio -le dije a mi esposa-. Yo dormiré al principio y a partir de las ocho de la mañana podrás descansar tú.

Le pedí al botones que volviera a abrir la maleta, pero se negó, por lo que le clavé en el ojo un dardo tranquilizante que siempre llevo en el bolsillo de la chaqueta por si alguien me niega cosas.

Quise probar el servicio de habitaciones y resultó ser también mucho peor de lo que cabía esperar en un establecimiento que se supone que quiere complacer a sus clientes: pedí que me subieran dos bocadillos y dos cervezas, tres prostitutas de algún país del este, seis botellas de champán, a Juan Tamariz, un elefante, a José Tomás y seis mihuras. Y el elefante resultó ser indio y no africano. ¿Acaso creían que no me iba a dar cuenta? Qué poca clase.

A pesar de que los bocadillos no estaban nada mal y de que al final nos comimos a José Tomás con ayuda de los toros, mi mujer y yo decidimos cenar algo caliente en el restaurante del hotel. Eso sí, de camino al ascensor comprobé si la moqueta del pasillo era también inflamable y resultó serlo.

-Vamos a morir esta noche -le dije a mi esposa, que estaba visiblemente disgustada, como se podía apreciar por su forma de agarrar el bolso.

Antes de entrar en el restaurante, pasé por recepción y le expliqué la situación de la moqueta al recepcionista, cuya única respuesta fue desarrollar un tic muy molesto en el ojo izquierdo y tragarse dos analgésicos de golpe y sin agua.

Aproveché para comentarle otro asunto en el que la publicidad del hotel MIENTE DESCARADAMENTE: la página web insiste en que el establecimiento está “bien situado, cerca de las zonas turísticas”, cuando lo cierto es que está a varios cientos de kilómetros del centro.

-Señor -contestó el recepcionista, reprimiendo las lágrimas-. Usted está pensando en el centro de su ciudad. Estamos en otro país.

Cambiar de tema es el recurso de los débiles cuando están perdiendo una discusión. Lo di por imposible y le comenté a mi señora que no dejaríamos propina.

El restaurante resultó ser uno de los peores en los que he estado: nos tuvimos que sentar en dos bicicletas estáticas y no conseguimos que ningún camarero nos hiciera caso; estaban todos corriendo en cintas mecánicas o levantando pesas. Ese hotel era de locos. Baste decir que al final tuvimos que cenar en el gimnasio, que a su vez estaba lleno de mesas y donde, todo hay que decirlo, servían un risotto de setas bastante aceptable.

Pero lo peor fue cuando nos acostamos para dormir. Notamos un ruido muy molesto que no sabíamos de dónde venía: ¿la calefacción? ¿Quizás las cañerías? Ni idea, porque abrí varias paredes y desmonté unas cuantas tuberías sin éxito. El ruido era tan infernal que otros huéspedes del hotel se quejaban en voz muy alta y me gritaban cosas como “que pare ese ruido”. Encima con exigencias. Les grité que sólo era otro huésped con algunas nociones de fontanería, pero aún protestaron más. Como para ir haciendo favores.

Dado que no podíamos dormir, mi mujer y yo intentamos hacer el amor, pero con tanto disgusto no pude evitar un gatillazo, achacable única y exclusivamente al deficiente servicio del hotel. De hecho, era la primera vez que me ocurría algo semejante. Por eso me resultó aún más sorprendente que el botones se negara a complacer a mi esposa, a pesar de que prometí una buena propina. Tuvimos que volver a llamar a Juan Tamariz, que lo hizo seis veces, pero todas con la mano, como se puede ver en el siguiente vídeo.

En definitiva, no pienso volver a este hotel. Y yo le quitaría al menos una de las dos estrellas de las que presume.

(Fuente de la imagen).

Hay que decir las verdades a la cara

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A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.

¡Opinad, malditos!

juicio

Jaime Rubio fue conducido ante el juez esta mañana por haber afirmado en un bar que no tenía muy claro lo que estaba pasando en Siria y por no haber ofrecido ninguna solución al conflicto ni en Twitter, ni en su blog, ni en GQ.

Interrogado por el fiscal, Rubio admitió los cargos e intentó explicar que no había tenido tiempo de leer nada sobre el tema, “ni tampoco muchas ganas, lo admito”. El fiscal se llevó las manos de una señora a la cabeza (él es manco) y le recordó que todo el mundo puede e inclusodebe decir lo que piensa. “¿No sabe usted que eso de documentarse es de invertidos, ateos y extranjeros?” El abogado de Rubio protestó enérgicamente por las palabras del fiscal pronunciadas en otro juicio, dos meses antes. “Orden, orden -rugió el juez-, ahora estamos hablando de otro tema”. “¡Pero es que llevo dándole vueltas al asunto desde entonces!” “¡Orden, orden!”.

Haciendo caso al juez, el fiscal le preguntó a Rubio: “¿Nada no nunca opinar piensa Siria sobre?” Tras un silencio de varios segundos por parte de todos los asistentes, el juez le pidió al fiscal que continuara el interrogatorio utilizando sólo el orden cronológico y no el alfabético, “aunque admito que ha estado ágil ahí”. Después de reordenar la pregunta, el acusado afirmó, muy solemne: “Sirio sé que no sé nada”, rompiendo a reír mientras todo el mundo le miraba muy serio con una ceja levantada y lamentando el dinero que se habían gastado sus padres en darle unos estudios que era evidente que no habían servido para nada. Rubio, ajeno a estas consideraciones, concluyó su carcajada con una palmada en el muslo, para después secarse una lagrimilla con el dedo índice y suspirar. “Qué bueno… Sirio sé que no sé nada…”

El abogado de la acusación concluyó su interrogatorio recordando al juez que no se podía permitir que la gente opinara únicamente acerca de las cosas que conocía, ya que eso supondría que los bares quedarían en silencio, los platós de televisión y los estudios de radio se vaciarían, y los periódicos venderían páginas en blanco. “Y en internet apenas nos quedaría el porno”, terminó, alzando uno de los puños de la misma señora de antes, a la que aún no había soltado a pesar de sus quejas.

Llegado el turno de la defensa, el abogado de Rubio le preguntó qué pensaba acerca de la guerra en general, a lo que el acusado respondió que él era partidario “de no ir matando a gente”. Acto seguido, el letrado le pidió su opinión sobre las dictaduras. “Las dictaduras son malas, sí, eso es verdad…” A lo que el abogado contestó: “Tanto le costaba decir eso en el bar, hombre de Dios…” Rubio se quejó al juez de que su propio abogado le había tendido una trampa, a lo que el magistrado respondió con un “si es que usted también…” Rubio insistió en su derecho a no tener una opinión formada, lo que llevó al fiscal a soltar, casi gritando, “¡la que tengo aquí colgada!”

Entre carcajadas, el juez condenó a Jaime Rubio a escribir quince tuits y dos textos en su blog sobre la guerra de Siria, condena que fue recibida por Rubio con gritos de “¡NO ME PODÉIS DECIR CÓMO TENGO QUE USAR TWITTER, SOY UN TUITSTAR!” mientras dos policías nacionales lo sacaban a rastras de la sala.

Este cronista coincidió con Rubio en el metro justo después de la vista y pudo leer su libretita por encima del hombro, en la que había garabateado algunas notas:

  • Why so Syrious, Obama?
  • Sirio sé no vengo.
  • Comparar el bigote de Aznar con el de Assad.
  • ¡Te van a Assad vivo con las bombas!
  • Damasco, asco: aquí hay posibilidades.
  • Oriente Miedo.
  • “Entre nosotros hay química”, le dijo Obama a Assad.

Después de escribir la última frase, Rubio rompió a llorar. Este periodista se levantó silenciosamente y se fue a la otra punta del vagón, mientras la vergüenza ajena le erizaba el vello de la nuca.

Vladímir Putin: “En Rusia somos todos muy viriles, diría que por el frío”

Vladímir Putin, presidente de Rusia, me recibe en su dacha, con el torso desnudo y sudado.

-Perdona, estaba haciendo algo de ejercicio -me explica, mientras se pasa una toalla por el pecho-. No hay nada como comenzar la jornada haciendo tres mil setecientas flexiones con un cerdo de setenta kilos subido a la espalda.

He viajado hasta su residencia de verano en el Mar Negro para preguntarle por la polémica ley que impide a los homosexuales hacer pública su condición. Mientras cabalgamos juntos por el monte, Putin me explica que esta normativa simplemente quiere proteger el orden social: “No podemos permitir que los homosexuales vayan por ahí diciendo que son homosexuales. ¿Qué será lo próximo? ¿Ciudadanos que no estén de acuerdo conmigo? ¿Personas expresando su opinión? Eso supondría el caos”.

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El presidente de Rusia se pone filosófico y añade que “tampoco hace falta decir todo lo que somos. Yo no voy por ahí explicando que asesiné a la periodista Anna Politkóvskaya, por ejemplo, y no soy menos feliz por eso”.

Las penas por hacer “propaganda” de las preferencias sexuales van desde una multa hasta quince días de cárcel y la deportación en el caso de los extranjeros, aunque Putin se considera más partidario de las “charlas aleccionadoras”, como hacían en la KGB. “Yo la homosexualidad la curo a hostias”, dice, entrelazando sus dedos con los míos mientras paseamos por el río, en lo que él llama “un gesto varonil típico de los cosacos”.

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“Por otro lado, en Rusia apenas hay homosexuales. En Rusia somos todos muy viriles, diría que por el frío. Ven, bañémonos juntos”. Entre risas chapoteamos en el agua, mientras le pregunto por los Juegos Olímpicos de invierno y la preocupación que está despertando esta legislación en contra de la homosexualidad. “Para empezar, los juegos de invierno no le interesan a nadie. Así que en todo caso el COI debería agradecer está polémica porque significa que a lo mejor hay alguien que enciende la tele para verlos. Por otro lado, no vamos a discriminar a ningún atleta homosexual. Eso sí, los maricas van a correr con tacones. Pero eso no es discriminación, simplemente les estamos dando lo que piden. ¿No quieren comportarse como hembras? Pues eso”. ¿Y las lesbianas? “El lesbianismo no existe -explica, muy convencido-. Eso es propaganda americana. No tiene ningún sentido. Es anatómicamente inconsistente. Como mucho, besitos durante algún Erasmus, pero nada más”.

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Nos quitamos la ropa mojada y nos tumbamos al sol, en la orilla. “Hablando de deporte, ¿sabes que soy cinturón negro de judo? Ven, que te enseño unas llaves”. Entrelazamos nuestros cuerpos desnudos, emulando a los luchadores griegos que protagonizaron tantas olimpiadas clásicas, hasta que el sol se pone, momento en el que recogemos nuestra ropa y volvemos a casa, cabalgando hacia el anochecer.

“El problema de los homosexuales -explica mientras tomamos un té- es que no saben disfrutar de la compañía de otros hombres, de la verdadera amistad masculina. Por ejemplo, si yo te acaricio la entrepierna, como estoy haciendo ahora, es simplemente por cordialidad. No son nada más que unas caricias cariñosas que aprovecho para comparar tamaños y para mostrarte de forma viril mi afecto y mi amistad. Es como una palmada en la espalda, un brindis con cerveza o un beso con lengua y mucha saliva. Nada sexual. Puedes hacer lo mismo, si quieres”.

Intento excusarme y salir de la habitación, pero en la puerta hay dos agentes de seguridad. “Piotr, el de la derecha -me susurra Putin al oído, mientras me abraza por detrás-, mató a un oso con una sola mano”.

Recién nacido fallece después de vivir durante 91 años

Portrait

Prosigue la plaga de muertes de bebés en nuestra ciudad: ayer fallecieron diecisiete recién nacidos, después de haber vivido entre 63 y 91 años. Este último caso es especialmente triste: los médicos estuvieron cuidando de este bebé durante más de nueve décadas, pero no pudieron hacer nada para salvarle. Deja tres huérfanos y cinco nietos. Su esposa, aquejada también de haber nacido, murió hace tres años, habiendo cumplido los 82.

“No sabemos qué hacer -explica el doctor Gutiérrez-. Por algún motivo, la gente sigue muriéndose después de nacer. Siempre falla algo: o es una enfermedad, o es un camión, o es un cuchillo muy largo, pero no hemos podido salvar a ningún bebé”.

“¿Para qué traer niños al mundo? -Se preguntaba, consternado, el líder de la oposición durante una sesión del parlamento que trataba este tema-. Al final se acaban muriendo todos. ¿Y qué hace el gobierno para evitarlo? NADA”.

El Ministro de Sanidad ha anunciado una batería de medidas: “Aún no tengo clara las medidas porque me la tienen que traer y tengo que medirla, pero es una batería. Y al ser un objeto físico, tiene medidas. Está compuesta por tres tambores, un bombo y dos platillos en total. Calculo que será así de ancha y así de alta más o menos. Es una típica para aprender. Es mi primer año en el cargo”.

Medidas de una batería
Según ha podido averiguar este cronista, una batería típica dispone de las siguientes piezas y medidas, en pulgadas:

Bombo: 22×16
Caja: 14×5,5
Dos toms: 15×12
Tom base: 16×16
Platillo: 16
Hi-hat: 14

Di NO a las pulgadas
Mientras escribía esta crónica, varios miles de ciudadanos se han agolpado a las puertas del ministerio, en protesta por las medidas de la batería: “Vivimos en un país católico -ha explicado a este periodista el portavoz del movimiento popular Vivir en Centímetros– y no tenemos por qué sufrir unidades de medidas anglosajonas. ¡Yo no fui a la guerra para esto!”

“Es la guerra, ¿sabe?”
P: ¿Y para qué fue a la guerra?
R: Vengo de familia de militares y en mi hogar siempre se nos inculcó que defender la patria es el más alto honor al que puede aspirar una persona. Por eso me alisté. Y por eso no dudé ni un instante cuando me llegó la notificación de que tenía que ir al frente.
P: Pero usted desertó, ¿no es cierto?
R: Exacto. Y no dudé ni por un instante que eso era lo que tenía que hacer. Me puse a correr como un loco, en pijama, mientras me perseguían dos policías militares y una banda tocando la música de Benny Hill.
P: Le alcanzaron y en apenas dos semanas estaba en un portaaviones, dirigiéndose al frente.
R: Ridículo, ¿verdad? Es decir, ¿qué hacía yo en un portaaviones? Soy una persona, no un avión.
P: Se lo tengo que preguntar: ¿mató a alguien?
R: (Mira al horizonte. Suspira.) Es una pregunta muy dura.
P: Soy consciente. Si no quiere responder, lo entiendo.
R: Es la guerra, ¿sabe? Y en la guerra hay que hacer cosas de las que uno más tarde se arrepiente, como llorar escondido en un agujero o ponerse detrás del recluta gordo cuando los malos comienzan a disparar.
P: Claro.
R: Se lo diré: no, no maté a nadie. Estaba demasiado ocupado haciéndome el muerto.
P: ¿Qué aprendió de esa experiencia?
R: Francés. Me apunté a clases.
P: Dígame algo en francés.
R: Quelque chose.

(Fuente de la imagen).