El peor hotel del mundo

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(Estaba consultando hoteles en Tripadvisor y me he encontrado con esta crítica. No menciono ni la ciudad ni el hotel, porque no sé si creérmela, pero desde luego, se me han quitado las ganas de reservar).

Nuestra estancia en el Hotel X fue francamente decepcionante. Lo primero que vimos al llegar, además de la puerta, fue la recepción, lo cual nos pareció exageradamente convencional para un establecimiento que en su página web asegura ser, cito textualmente, “moderno”.

La segunda decepción vino con el propio recepcionista. Le pregunté si tenía una habitación reservada a mi nombre y me contestó que por supuesto. Pero eso era muy fácil, dado que mi nombre es muy común. Dudo que hubiera tenido una reserva a mi nombre de haberme llamado, por ejemplo, Hermenegildo Sigüenza.

Pedí que me llevaran las maletas a la habitación, pero el botones se negó a subir por las escaleras, a pesar de que era evidente que por ascensor no tenía ningún mérito. Para añadir dificultad y por tanto valor a su tarea, me senté en una de las bolsas y le ordené a mi señora esposa que se subiera a horcajadas sobre su espalda.

No conseguimos llegar a la habitación hasta después de tres horas y cuarto, gran parte de las cuales las pasamos oyendo anécdotas absurdas del botones, como “por favor, estoy muy mal de la espalda” y “tengo 87 años”. La gente se empeña en contarme su vida. Debo tener cara de psicólogo.

Una vez dentro, le exigí al botones que me abriera las maletas y ni siquiera pudo esquivar el dardo tranquilizante. Es una trampa que uso por si alguien me roba las maletas y para detectar botones lentos de reflejos.

Tras arrastrar el cuerpo de aquel señor hasta el pasillo, decidí probar si la habitación era lo suficientemente segura, por lo que vacié una botellita de ginebra del minibar en la cama y arrojé una cerilla. ¡Ardió en llamas! ¡Nos habían dado una habitación inflamable! ¡Qué locura!

Llamé a recepción e insistí en que quería cambiar de habitación, pero se empeñaron en que cuando suena la alarma de incendios hay que desalojar el edificio. Ni siquiera me escucharon cuando les dije que no había motivo para preocuparse, ya que el fuego era mío.

Tras una ruidosa y molesta visita de los bomberos, nos dieron finalmente otra estancia, que resultó ser exactamente igual que la anterior. Es más, cuando le pregunté al botones si la cama ardería en caso de que repitiera lo de la ginebra y la cerilla, me respondió con total desfachatez que probablemente sí.

-Tendremos que hacer turnos para no morir en un incendio -le dije a mi esposa-. Yo dormiré al principio y a partir de las ocho de la mañana podrás descansar tú.

Le pedí al botones que volviera a abrir la maleta, pero se negó, por lo que le clavé en el ojo un dardo tranquilizante que siempre llevo en el bolsillo de la chaqueta por si alguien me niega cosas.

Quise probar el servicio de habitaciones y resultó ser también mucho peor de lo que cabía esperar en un establecimiento que se supone que quiere complacer a sus clientes: pedí que me subieran dos bocadillos y dos cervezas, tres prostitutas de algún país del este, seis botellas de champán, a Juan Tamariz, un elefante, a José Tomás y seis mihuras. Y el elefante resultó ser indio y no africano. ¿Acaso creían que no me iba a dar cuenta? Qué poca clase.

A pesar de que los bocadillos no estaban nada mal y de que al final nos comimos a José Tomás con ayuda de los toros, mi mujer y yo decidimos cenar algo caliente en el restaurante del hotel. Eso sí, de camino al ascensor comprobé si la moqueta del pasillo era también inflamable y resultó serlo.

-Vamos a morir esta noche -le dije a mi esposa, que estaba visiblemente disgustada, como se podía apreciar por su forma de agarrar el bolso.

Antes de entrar en el restaurante, pasé por recepción y le expliqué la situación de la moqueta al recepcionista, cuya única respuesta fue desarrollar un tic muy molesto en el ojo izquierdo y tragarse dos analgésicos de golpe y sin agua.

Aproveché para comentarle otro asunto en el que la publicidad del hotel MIENTE DESCARADAMENTE: la página web insiste en que el establecimiento está “bien situado, cerca de las zonas turísticas”, cuando lo cierto es que está a varios cientos de kilómetros del centro.

-Señor -contestó el recepcionista, reprimiendo las lágrimas-. Usted está pensando en el centro de su ciudad. Estamos en otro país.

Cambiar de tema es el recurso de los débiles cuando están perdiendo una discusión. Lo di por imposible y le comenté a mi señora que no dejaríamos propina.

El restaurante resultó ser uno de los peores en los que he estado: nos tuvimos que sentar en dos bicicletas estáticas y no conseguimos que ningún camarero nos hiciera caso; estaban todos corriendo en cintas mecánicas o levantando pesas. Ese hotel era de locos. Baste decir que al final tuvimos que cenar en el gimnasio, que a su vez estaba lleno de mesas y donde, todo hay que decirlo, servían un risotto de setas bastante aceptable.

Pero lo peor fue cuando nos acostamos para dormir. Notamos un ruido muy molesto que no sabíamos de dónde venía: ¿la calefacción? ¿Quizás las cañerías? Ni idea, porque abrí varias paredes y desmonté unas cuantas tuberías sin éxito. El ruido era tan infernal que otros huéspedes del hotel se quejaban en voz muy alta y me gritaban cosas como “que pare ese ruido”. Encima con exigencias. Les grité que sólo era otro huésped con algunas nociones de fontanería, pero aún protestaron más. Como para ir haciendo favores.

Dado que no podíamos dormir, mi mujer y yo intentamos hacer el amor, pero con tanto disgusto no pude evitar un gatillazo, achacable única y exclusivamente al deficiente servicio del hotel. De hecho, era la primera vez que me ocurría algo semejante. Por eso me resultó aún más sorprendente que el botones se negara a complacer a mi esposa, a pesar de que prometí una buena propina. Tuvimos que volver a llamar a Juan Tamariz, que lo hizo seis veces, pero todas con la mano, como se puede ver en el siguiente vídeo.

En definitiva, no pienso volver a este hotel. Y yo le quitaría al menos una de las dos estrellas de las que presume.

(Fuente de la imagen).

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Hay que decir las verdades a la cara

mega

A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.

¡Opinad, malditos!

juicio

Jaime Rubio fue conducido ante el juez esta mañana por haber afirmado en un bar que no tenía muy claro lo que estaba pasando en Siria y por no haber ofrecido ninguna solución al conflicto ni en Twitter, ni en su blog, ni en GQ.

Interrogado por el fiscal, Rubio admitió los cargos e intentó explicar que no había tenido tiempo de leer nada sobre el tema, “ni tampoco muchas ganas, lo admito”. El fiscal se llevó las manos de una señora a la cabeza (él es manco) y le recordó que todo el mundo puede e inclusodebe decir lo que piensa. “¿No sabe usted que eso de documentarse es de invertidos, ateos y extranjeros?” El abogado de Rubio protestó enérgicamente por las palabras del fiscal pronunciadas en otro juicio, dos meses antes. “Orden, orden -rugió el juez-, ahora estamos hablando de otro tema”. “¡Pero es que llevo dándole vueltas al asunto desde entonces!” “¡Orden, orden!”.

Haciendo caso al juez, el fiscal le preguntó a Rubio: “¿Nada no nunca opinar piensa Siria sobre?” Tras un silencio de varios segundos por parte de todos los asistentes, el juez le pidió al fiscal que continuara el interrogatorio utilizando sólo el orden cronológico y no el alfabético, “aunque admito que ha estado ágil ahí”. Después de reordenar la pregunta, el acusado afirmó, muy solemne: “Sirio sé que no sé nada”, rompiendo a reír mientras todo el mundo le miraba muy serio con una ceja levantada y lamentando el dinero que se habían gastado sus padres en darle unos estudios que era evidente que no habían servido para nada. Rubio, ajeno a estas consideraciones, concluyó su carcajada con una palmada en el muslo, para después secarse una lagrimilla con el dedo índice y suspirar. “Qué bueno… Sirio sé que no sé nada…”

El abogado de la acusación concluyó su interrogatorio recordando al juez que no se podía permitir que la gente opinara únicamente acerca de las cosas que conocía, ya que eso supondría que los bares quedarían en silencio, los platós de televisión y los estudios de radio se vaciarían, y los periódicos venderían páginas en blanco. “Y en internet apenas nos quedaría el porno”, terminó, alzando uno de los puños de la misma señora de antes, a la que aún no había soltado a pesar de sus quejas.

Llegado el turno de la defensa, el abogado de Rubio le preguntó qué pensaba acerca de la guerra en general, a lo que el acusado respondió que él era partidario “de no ir matando a gente”. Acto seguido, el letrado le pidió su opinión sobre las dictaduras. “Las dictaduras son malas, sí, eso es verdad…” A lo que el abogado contestó: “Tanto le costaba decir eso en el bar, hombre de Dios…” Rubio se quejó al juez de que su propio abogado le había tendido una trampa, a lo que el magistrado respondió con un “si es que usted también…” Rubio insistió en su derecho a no tener una opinión formada, lo que llevó al fiscal a soltar, casi gritando, “¡la que tengo aquí colgada!”

Entre carcajadas, el juez condenó a Jaime Rubio a escribir quince tuits y dos textos en su blog sobre la guerra de Siria, condena que fue recibida por Rubio con gritos de “¡NO ME PODÉIS DECIR CÓMO TENGO QUE USAR TWITTER, SOY UN TUITSTAR!” mientras dos policías nacionales lo sacaban a rastras de la sala.

Este cronista coincidió con Rubio en el metro justo después de la vista y pudo leer su libretita por encima del hombro, en la que había garabateado algunas notas:

  • Why so Syrious, Obama?
  • Sirio sé no vengo.
  • Comparar el bigote de Aznar con el de Assad.
  • ¡Te van a Assad vivo con las bombas!
  • Damasco, asco: aquí hay posibilidades.
  • Oriente Miedo.
  • “Entre nosotros hay química”, le dijo Obama a Assad.

Después de escribir la última frase, Rubio rompió a llorar. Este periodista se levantó silenciosamente y se fue a la otra punta del vagón, mientras la vergüenza ajena le erizaba el vello de la nuca.

Vladímir Putin: “En Rusia somos todos muy viriles, diría que por el frío”

Vladímir Putin, presidente de Rusia, me recibe en su dacha, con el torso desnudo y sudado.

-Perdona, estaba haciendo algo de ejercicio -me explica, mientras se pasa una toalla por el pecho-. No hay nada como comenzar la jornada haciendo tres mil setecientas flexiones con un cerdo de setenta kilos subido a la espalda.

He viajado hasta su residencia de verano en el Mar Negro para preguntarle por la polémica ley que impide a los homosexuales hacer pública su condición. Mientras cabalgamos juntos por el monte, Putin me explica que esta normativa simplemente quiere proteger el orden social: “No podemos permitir que los homosexuales vayan por ahí diciendo que son homosexuales. ¿Qué será lo próximo? ¿Ciudadanos que no estén de acuerdo conmigo? ¿Personas expresando su opinión? Eso supondría el caos”.

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El presidente de Rusia se pone filosófico y añade que “tampoco hace falta decir todo lo que somos. Yo no voy por ahí explicando que asesiné a la periodista Anna Politkóvskaya, por ejemplo, y no soy menos feliz por eso”.

Las penas por hacer “propaganda” de las preferencias sexuales van desde una multa hasta quince días de cárcel y la deportación en el caso de los extranjeros, aunque Putin se considera más partidario de las “charlas aleccionadoras”, como hacían en la KGB. “Yo la homosexualidad la curo a hostias”, dice, entrelazando sus dedos con los míos mientras paseamos por el río, en lo que él llama “un gesto varonil típico de los cosacos”.

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“Por otro lado, en Rusia apenas hay homosexuales. En Rusia somos todos muy viriles, diría que por el frío. Ven, bañémonos juntos”. Entre risas chapoteamos en el agua, mientras le pregunto por los Juegos Olímpicos de invierno y la preocupación que está despertando esta legislación en contra de la homosexualidad. “Para empezar, los juegos de invierno no le interesan a nadie. Así que en todo caso el COI debería agradecer está polémica porque significa que a lo mejor hay alguien que enciende la tele para verlos. Por otro lado, no vamos a discriminar a ningún atleta homosexual. Eso sí, los maricas van a correr con tacones. Pero eso no es discriminación, simplemente les estamos dando lo que piden. ¿No quieren comportarse como hembras? Pues eso”. ¿Y las lesbianas? “El lesbianismo no existe -explica, muy convencido-. Eso es propaganda americana. No tiene ningún sentido. Es anatómicamente inconsistente. Como mucho, besitos durante algún Erasmus, pero nada más”.

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Nos quitamos la ropa mojada y nos tumbamos al sol, en la orilla. “Hablando de deporte, ¿sabes que soy cinturón negro de judo? Ven, que te enseño unas llaves”. Entrelazamos nuestros cuerpos desnudos, emulando a los luchadores griegos que protagonizaron tantas olimpiadas clásicas, hasta que el sol se pone, momento en el que recogemos nuestra ropa y volvemos a casa, cabalgando hacia el anochecer.

“El problema de los homosexuales -explica mientras tomamos un té- es que no saben disfrutar de la compañía de otros hombres, de la verdadera amistad masculina. Por ejemplo, si yo te acaricio la entrepierna, como estoy haciendo ahora, es simplemente por cordialidad. No son nada más que unas caricias cariñosas que aprovecho para comparar tamaños y para mostrarte de forma viril mi afecto y mi amistad. Es como una palmada en la espalda, un brindis con cerveza o un beso con lengua y mucha saliva. Nada sexual. Puedes hacer lo mismo, si quieres”.

Intento excusarme y salir de la habitación, pero en la puerta hay dos agentes de seguridad. “Piotr, el de la derecha -me susurra Putin al oído, mientras me abraza por detrás-, mató a un oso con una sola mano”.

Recién nacido fallece después de vivir durante 91 años

Portrait

Prosigue la plaga de muertes de bebés en nuestra ciudad: ayer fallecieron diecisiete recién nacidos, después de haber vivido entre 63 y 91 años. Este último caso es especialmente triste: los médicos estuvieron cuidando de este bebé durante más de nueve décadas, pero no pudieron hacer nada para salvarle. Deja tres huérfanos y cinco nietos. Su esposa, aquejada también de haber nacido, murió hace tres años, habiendo cumplido los 82.

“No sabemos qué hacer -explica el doctor Gutiérrez-. Por algún motivo, la gente sigue muriéndose después de nacer. Siempre falla algo: o es una enfermedad, o es un camión, o es un cuchillo muy largo, pero no hemos podido salvar a ningún bebé”.

“¿Para qué traer niños al mundo? -Se preguntaba, consternado, el líder de la oposición durante una sesión del parlamento que trataba este tema-. Al final se acaban muriendo todos. ¿Y qué hace el gobierno para evitarlo? NADA”.

El Ministro de Sanidad ha anunciado una batería de medidas: “Aún no tengo clara las medidas porque me la tienen que traer y tengo que medirla, pero es una batería. Y al ser un objeto físico, tiene medidas. Está compuesta por tres tambores, un bombo y dos platillos en total. Calculo que será así de ancha y así de alta más o menos. Es una típica para aprender. Es mi primer año en el cargo”.

Medidas de una batería
Según ha podido averiguar este cronista, una batería típica dispone de las siguientes piezas y medidas, en pulgadas:

Bombo: 22×16
Caja: 14×5,5
Dos toms: 15×12
Tom base: 16×16
Platillo: 16
Hi-hat: 14

Di NO a las pulgadas
Mientras escribía esta crónica, varios miles de ciudadanos se han agolpado a las puertas del ministerio, en protesta por las medidas de la batería: “Vivimos en un país católico -ha explicado a este periodista el portavoz del movimiento popular Vivir en Centímetros– y no tenemos por qué sufrir unidades de medidas anglosajonas. ¡Yo no fui a la guerra para esto!”

“Es la guerra, ¿sabe?”
P: ¿Y para qué fue a la guerra?
R: Vengo de familia de militares y en mi hogar siempre se nos inculcó que defender la patria es el más alto honor al que puede aspirar una persona. Por eso me alisté. Y por eso no dudé ni un instante cuando me llegó la notificación de que tenía que ir al frente.
P: Pero usted desertó, ¿no es cierto?
R: Exacto. Y no dudé ni por un instante que eso era lo que tenía que hacer. Me puse a correr como un loco, en pijama, mientras me perseguían dos policías militares y una banda tocando la música de Benny Hill.
P: Le alcanzaron y en apenas dos semanas estaba en un portaaviones, dirigiéndose al frente.
R: Ridículo, ¿verdad? Es decir, ¿qué hacía yo en un portaaviones? Soy una persona, no un avión.
P: Se lo tengo que preguntar: ¿mató a alguien?
R: (Mira al horizonte. Suspira.) Es una pregunta muy dura.
P: Soy consciente. Si no quiere responder, lo entiendo.
R: Es la guerra, ¿sabe? Y en la guerra hay que hacer cosas de las que uno más tarde se arrepiente, como llorar escondido en un agujero o ponerse detrás del recluta gordo cuando los malos comienzan a disparar.
P: Claro.
R: Se lo diré: no, no maté a nadie. Estaba demasiado ocupado haciéndome el muerto.
P: ¿Qué aprendió de esa experiencia?
R: Francés. Me apunté a clases.
P: Dígame algo en francés.
R: Quelque chose.

(Fuente de la imagen).

Huérfano

huerfano

Hay historias que a uno le conmueven y la de Víctor Roure es una de ellas. Me la han explicado esta tarde y me he pasado dos horas y diecisiete minutos llorando, haciendo uso nada menos que de treinta y nueve pañuelos de papel. Treinta y nueve. Casi cuatro paquetes. Con la que está cayendo.

Víctor Roure era un pobre huérfano al que adoptó hace un año un matrimonio barcelonés que no puede tener hijos, al ser ambos zurdos. La historia de Roure es la que me interesa, ya que eso de que sean zurdos no me da ninguna pena: es por puro vicio.

Roure nació en 1947 en el seno de una acomodada familia de la zona alta barcelonesa. A los 18 años entró en la Universidad de Derecho, donde conoció a la que sería su esposa, Teresa Fabregat. Se casaron cuando él aprobó las oposiciones a notario y aunque al principio le tocó plaza en Lleida, al cabo de pocos años y gracias a los contactos de su padre, pudo volver a Barcelona, donde tuvieron a sus tres hijos.

Su vida era razonablemente feliz y no sólo por las facilidades económicas que le permitían, por ejemplo, disfrutar de un bonito dúplex en Barcelona, además de una casa en la Costa Brava. El buen ánimo de Roure, su tranquilidad y su saber disfrutar los pequeños placeres, le ayudaron sin duda a encarar la vida con optimismo y alegría.

Pero, ay, la desgracia se cernía sobre aquella vida tan alegre, casi cumpliendo esos temores populares en realidad injustificados según los cuales tanto bien ha de verse compensado por algún mal en un momento u otro. En 2009, el padre de Roure murió de un infarto. Menos de un año más tarde y sin duda de pena, ya que hasta entonces gozaba de buena salud, fue su madre la que falleció.

El pobre Roure, viéndose huérfano, metió algunas de sus posesiones en una pequeña maleta y, despidiéndose de su mujer y de sus hijos, se fue a un humilde pero bien cuidado orfanato, donde unas monjas le trataron lo mejor que pudieron, sacando el máximo provecho a sus escasos medios.

Es duro quedarse huérfano a los 63 años. Comprensiblemente, las familias prefieren adoptar bebés recién nacidos, aunque eso suponga inagotables trámites en países extranjeros.

Roure veía cómo de vez en cuando, menos de lo deseado, algunas parejas acudían al orfanato y miraban a los niños, con pena y tristeza. Sobre todo cuando alguno de ellos, como el propio Roure confiesa avergonzado que hizo en alguna ocasión, se acercaba a ellos y les preguntaba si querían ser sus papás.

Nuestro protagonista tuvo suerte: fue adoptado hace un año, como he dicho, y su adaptación ha sido razonablemente buena, teniendo en cuenta que estas situaciones nunca son fáciles y siempre hay pequeños roces. Por ejemplo, a Roure le costó mucho adaptarse a la guardería y no acaba de entender por qué no puede ir de paseo solo con su esposa o a ver a sus hijos. Pero poco a poco y entre los tres van creando una nueva familia que sabrá darle a este huerfanito un presente lleno de amor y un futuro repleto de esperanza.

(Fuente de la imagen).

Daltonia

semaforos

Nuestro viaje más divertido fue el que hicimos a Daltonia. Aún recuerdo lo que nos sorprendió la gran cantidad de peliverdes que había y qué bonitos eran aquellos jardines con el césped color remolacha. Allí te dio un ataque de risa porque yo llevaba una camiseta verde y con ese césped de fondo parecía que mi cabeza flotara.

También recuerdo aquella botella del vino verde local, que bebimos en ese restaurante que sólo servía carne roja y que insistía en que era vegetariano. Y qué raro el postre, ese helado de fresa que sabía a sorbete de melón.

Volvimos al hotel dando un paseo mientras anochecía y el cielo se teñía de color esmeralda. Pasamos además por un pequeño estanque, en medio de una plaza, en el que había conejos que, según cómo los miraras, parecían patos. Como llegamos además en campaña electoral, por la noche pudimos ver en la tele un confuso debate entre ecologistas y comunistas, que a mí me dio dolor de cabeza.

Y qué decir de la visita al museo de Daltonia, con cuadros como Labatalla de Daltonia y el realismo de esas heridas verdes y brillantes. La batalla de Daltonia es un episodio muy importante para el país. Tuvo lugar en 1752, cuando durante unos ejercicios de caballería, el general Dalton avistó un regimiento con la bandera enemiga, verde y roja.

Después de movilizar a todas las tropas y tras seis días de sangrientos combates con muchos e inexplicables cambios de alianzas, el lugarteniente de Dalton se dio cuenta de que en realidad aquel otro ejército no llevaba una bandera verde y roja, sino roja y verde, la bandera nacional daltona, y que por tanto habían iniciado una batalla contra el regimiento de otro cuartel.

Desde entonces y para evitar confusiones, la bandera daltona es la única que lleva escrito el nombre del país.

La única pega: cruzar la calle era un peligro. Leí en la guía que durante una época cambiaron el verde (o el rojo) por el azul, por lo que los semáforos pasaron a ser verdes (o rojos), ámbar y azules. Pero la gente no sabía que hacer cuando el semáforo se ponía en azul y seguía sin saber si el verde era verde o en cambio rojo. Los accidentes se incrementaron en un 17% hasta que se cambiaron de nuevo los semáforos y se usó una luz blanca, una ámbar y una azul.

Los daltones, completamente confundidos, decidieron dejar de hacer caso a las luces y conducir como los italianos: al azar.

Además, casi nadie usa el metro porque sólo hay dos líneas: la 1 que es roja (o verde) y la 2, que es verde (o roja).

Fue un viaje muy bonito, eso sí. Aún tengo sobre el escritorio el souvenir que me compré: un pisapapeles en el que pone I (corazón) Daltonia. Por algún motivo, el corazón es amarillo.

Fuente de la imagen.