Que se ha muerto

Nationaal Archief (Flickr Commons)

—Bueno, ¿qué? ¿Pedimos otra copa?

—Yo ya no puedo más. ¿La cuenta?

—¿Ya? Pero si lo mejor de estas comidas es la sobremesa.

—Llevamos dos horas de sobremesa. Quedaos vosotros, si queréis, pero yo voy a ir tirando ya.

—A ver qué dice este. Tú. Eh. ¿Pedimos otra?

—¿Qué le pasa?

—¿Se ha dormido?

—A ver…

—Tiene los ojos abiertos.

—Joder, que se ha muerto.

—¿Pero cuándo se ha muerto?

—Ni idea, pero la copa ni la ha tocado.

—Ni el café.

—Con razón estaba tan callado.

—Pues al final no vamos a pedir otra.

—Venga, si ya ha estado bien. Yo voy bastante borracho.

—Tú eres un blando. Ahora tendríamos que ir al Dry Martini.

—Eso, con los jubilados.

—Y ya empalmamos con la cena.

—Que no tenemos edad. ¿No ves que este se ha muerto?

—Claro, tú eres un blandengue, pero este es una niña de seis años.

—¿Y qué hacemos? ¿Avisamos a su mujer?

—No, no. Yo ahí no me meto. La bronca le va a caer igual. Por lo menos que no nos salpique.

—Habrá que meterlo en un taxi, al menos.

—Ya podría haberse muerto en su puta casa. ¿Vamos pidiendo la cuenta?

—¿Nos cobra, por favor?

—¿Recuerdas su dirección?

—Mírale el DNI.

—Voy. De paso, saco su parte. ¿A cuánto sale la broma?

—A ver, espera, que saco el móvil… 70 euros por cabeza. Contando la propina.

—Suerte que tiene efectivo.

—¿Le queda para el taxi?

—Sí, sí.

—Menos mal, porque no me apetecía tener que acompañarlo hasta casa. Es tardísimo.

—¿Qué va a ser tarde, si es la hora de merendar?

—Pues eso.

—No tiene sentido volver a casa, tendríamos que seguir.

—Adonde tengo que ir es a la oficina.

—¿Os hacen trabajar los jueves por la tarde?

—Vete a la mierda.

—Anda, ayúdame a sacarlo de aquí.

—Cómo pesa, el desgraciado.

—Si llego a saber que se va a morir, intento convencerle para que no se pida el chuletón.

—Por ahí no.

—Sí, por ahí sí, que no quiero tener que rodear esa mesa.

—Pero es que por ahí hay escaleras.

—Son tres escalones, deja de quejarte.

—Deja de quejarte tú.

—Eres tú el que se queja.

—Venga, calla ya.

—Menos mal que por esta calle pasan bastantes taxis.

—Voy a ir pidiendo uno con la app.

—¿Puedes sacar el móvil?

—Sí, sí.

—Cuidado que se nos cae.

—Ya está… Espera, habrá que salir, que no tengo cobertura.

—A ver si te compras un móvil decente, joder.

—No es el móvil, es la compañía.

—¿Y con qué compañía estás, con Correos? ¿Con Pony Express?

—Calla un rato, anda.

—Mira, ahí viene uno.

—Pero ya he pedido otro.

—Pues este para él y el otro para nosotros.

—Cuidado, que se cae.

—Tendré que parar el taxi, ¿no?

—¿Lo tienes que parar con las dos manos?

—Y con la polla, si hace falta.

—Qué ganas tengo de llegar a la oficina y perderte de vista.

—Si no puedes vivir sin mí.

—A ver, ayúdame a meterlo… Buenas tardes…

—Cuidado.

—A ver, ¿lo dejas tú o lo dejo yo?

—Madre mía, pareces un niño pequeño. Necesitas una siesta.

—Ya está.

—¿Tienes su dirección?

—Sí, llévelo a Sócrates 11, es el segundo piso.

—¿Tiene el DNI actualizado?

—Sí, sí. Lo que no recordaba era el piso, pero sí la calle. Se ha muerto. Pique al timbre y ya bajará alguien a buscarlo.

—¿No tiene portero? Igual puede avisar al portero.

—Sí, tiene portero porque vive en 1965. ¿Cómo va a tener portero?

—Yo tengo portero.

—Bueno, es que tú vives en 1965.

—Ahora ya te estás poniendo faltón.

—Hasta luego, gracias.

—Necesitas una siesta.

—Mira, ya viene el otro taxi. Dos minutos, me dice la app.

—¿Nos vamos al Born y nos tomamos otra?

—Ni hablar.

—¿Pero qué vas a hacer el resto de la tarde?

—Descansar de ti. Madre mía, no callas.

—Te propongo lo siguiente: copa en el Juanra Falces y luego…

—Está cerrado.

—No jodas. Pues copa donde sea y luego cenamos por ahí. O no cenamos. Yo he comido para tres días.

—Que no puedo, que tengo que pasar un rato por la oficina.

—Sí, apestando a vinazo y a cadáver.

—No huelo a cadáver.

—A saber si se murió ya durante el segundo… ¿Tenía carne en la boca? Igual se atragantó. Este tío es muy bruto. Era muy bruto. Joder, aún no me hago a la idea.

—¿Que si tenía carne? ¿Querías que le abriera la boca y mirara dentro?

—A lo mejor tendríamos que haberlo hecho.

—Que le haga la autopsia un médico, no nosotros.

—Es más que nada por si pregunta alguien.

—Pues si alguien pregunta, le decimos que no somos médicos. Mira, ese es el mío. ¿Te vienes?

—Solo si vamos al Born.

—Ahora en serio, tío, no puedo. Me iré a casa y trabajaré desde ahí.

—No me jodas, hombre. Es como si nuestro amigo hubiera muerto por nada. Otro sacrificio en balde.

—Tengo un marronazo entre manos… No tendría ni que haber venido a comer. Y no es solo por hoy: si sigo esta tarde, mañana no podré ni levantarme de la cama.

—Joder, qué aguafiestas.

—¿Subes?

—No, mira, yo me tomaré una en el Dry Martini. Aunque sea solo.

—¿Pero qué te ha dado con ese sitio? La media de edad es de 118 años.

—A mí me gusta. Y nos hacemos viejos. Ya has visto que vamos cayendo uno a uno, como moscas.

—No exageres. Me piro.

—Venga, ¿le decimos al taxista que para tu casa, pero paramos en ese bar nuevo y nos tomamos la última?

—Joder, qué pesado.

—¿Sí?

—Venga, sube. Pero solo una.

—Menos mal. Me veía volviendo a la oficina. Casi mejor morirme también.

—Solo una.

—Que sí, joder.

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Autor: Jaime Rubio Hancock

Yo soy el mono de tres cabezas