Estoy ahorrando

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Los últimos años ya no le gustaba contar la historia. Como nadie le creía, se enfadaba, fruncía los labios y gruñía, diciendo con un marcado acento extranjero que todo el mundo se burlaba de él y que nadie le tomaba en serio.

Pero todo el mundo en la isla la sabía y se la había relatado a alguien: hacía casi un cuarto de siglo, había venido a pasar una semana de verano, solo, con una mochila como único equipaje. La noche antes de volver a casa, salió, como todas las noches. Tomó varias cervezas de más, acabó en casa de gente a la que no conocía de nada y regresó al hostal cuando estaba amaneciendo.

Como era de esperar, se quedó dormido. Ni se duchó: bajó tan deprisa que casi se cayó por las escaleras, pagó la semana de estancia sin mirar la factura y cogió un taxi, a pesar de que apenas le quedaba dinero.

Aun así, perdió el vuelo.

Volvió del aeropuerto haciendo autoestop. Sin saber muy bien qué hacer, fue hasta la playa a la que iba cada tarde y se sentó con su mochila, su camiseta y sus tejanos, entre los turistas que estaban tomando el sol. Contó su dinero: apenas se había acostumbrado a aquella divisa, pero sí sabía que tenía lo suficiente para tres o cuatro cervezas. O dos cervezas y un bocadillo.

Volvió al hostal, donde le dejaron llamar a la embajada. Le dijeron que tendría que pagarse otro billete. No había más. La dueña del hostal también le dejó llamar a su familia, a pesar de ser conferencia. Pero su padre le colgó. Había dejado la universidad hacía dos años para irse de fiesta y de viaje, y ni siquiera les había llamado en todo este tiempo. Lo mismo con sus amigos, que le pusieron excusas: no tengo dinero, tengo que pagar la matrícula, déjame mirar y ya te diré…

-¿Por qué no trabajas en el bar de mi hermano? -Le propuso la dueña del hostal, que le miraba con una piedad comprensiva, pero también algo burlona-. Está buscando a gente.

Aceptó. Pensó que podría trabajar el resto del verano y ahorrar lo suficiente para el billete de vuelta. Pero el sueldo no era nada del otro mundo y tenía que pagarse una habitación y, claro, ropa, comida y demás gastos, por lo que apenas podía apartar algo de dinero de su sueldo. En fin, pensó, poco a poco. Me puedo quedar unos meses más. Tampoco es como si me estuvieran esperando.

Además de los gastos más o menos obligados, la isla seguía siendo tan atractiva para él como cuando estaba de vacaciones, así que de vez en cuando se permitía el pequeño lujo de ir a sus bares y discotecas favoritas, donde contaba su historia, que al cabo de unas semanas ya nadie tomaba en serio.

-¿Pero todavía no has ahorrado para el billete?

-Casi lo tenía, pero se me rompieron los zapatos y, claro…

-Si no bebieras tanta cerveza…

-¡Tengo derecho a tomarme una cerveza de vez en cuando!

Gracias a una conversación similar conoció a su novia.

-No te enamores, que en cuanto ahorre lo suficiente me vuelvo a casa.

-¿Pero cuánto tiempo llevas aquí?

-Un año y medio.

Y, claro, ella se reía y pensaba que aquel muchacho despistado era muy gracioso.

Poco a poco le comenzó a molestar el escepticismo en torno a sus intenciones. Sabía que era difícil de creer que le estuviera costando tanto ahorrar, pero también le resultaba muy molesto que cada día alguien le hiciera la misma broma en la cafetería.

-Anda, cóbrate, que si no, no vas a poder ahorrar para el vuelo.

-El bar no es mío. Si no dejas propina…

Él lo decía muy en serio, pero los clientes se reían, pensando que no era más que una salida ingeniosa.

-No, en serio. La boda nos ha costado mucho dinero y no colaboráis.

-Pide un aumento.

-¡Ya lo hice! ¡Y me dijo que no!

Ni siquiera su mujer le acababa de creer, a pesar de su insistencia.

-No sé si quiero tener niños. Es mucho gasto. Y no nos hacía falta una casa tan grande. Cuando me vaya, te van a sobrar habitaciones. Así no voy a poder ahorrar nunca para el billete de vuelta.

Aun así, tuvo tres hijos: dos niñas y un niño. Su situación económica era tan apretada que no dudó en hacerse cargo del bar cuando el dueño se jubiló, pensando que siendo su propio negocio podría ahorrar más fácilmente.

Que en el banco le concedieran el préstamo para el traspaso le sorprendió y también le enfadó.

-Vine hace cinco o seis años y no me prestasteis el dinero para el billete.

El director de la oficina, que desayunaba cada día en el bar, se rió mientras le indicaba dónde tenía que firmar.

-No, pero lo digo en serio.

-Somos un banco pequeño, no le daríamos un crédito a una persona que quiere irse a miles de kilómetros de aquí.

-Pero me conoces. Te pagaría.

-Con este bar te vas a hacer rico.

No se hizo rico, claro.

-¡Este local es una ruina! -Explicaba a los clientes-. ¡Me han hecho una inspección los del ayuntamiento y tengo que cambiar toda la instalación eléctrica! Y eso por no hablar de los gastos de casa. ¡Mis hijos quieren ir a la universidad! ¡Los tres! ¡No son tan listos!

-Claro, y la mujer se querrá ir de vacaciones.

-No, eso no -contestaba, muy serio-. Vivimos en una isla del Mediterráneo, no necesita irse de vacaciones a ningún sitio.

Seguía trabajando duro e intentando ahorrar, pero siempre surgía un gasto más o menos imprevisto, como una reparación en el coche o un regalo de cumpleaños.

-Entiendo que la gente no me tome en serio -le confesó una vez a un vecino con el que de vez en cuando jugaba a las cartas-. Pero es que ahorrar es muy difícil hoy en día. Y los billetes suben de precio cada año.

-Qué me vas a contar. Yo siempre he querido una guitarra eléctrica. Pero hemos tenido que comprarle un ordenador al niño. Se ve que lo necesita para el colegio, pero yo le veo todo el día jugando.

-La informática es el futuro.

-Eso es verdad, pero yo quiero una guitarra.

-¿Sabes tocar?

-¿Cómo voy a saber tocar, si no he podido comprarme ninguna?

Un día llegó a casa muy contento.

-¡Cariño! ¡Lo tengo!

Su mujer no sabía de qué hablaba.

-¡El billete! ¡Al fin puedo volver a casa!

Ella creía que seguía de broma, hasta que le vio hacerse la maleta.

-Vas a arrugar las camisas con la tontería.

-Que no, que me voy de verdad. Solo me llevaré esto. En mi ciudad hace mucho frío y no necesitaré toda esta ropa.

-¿Pero estás hablando en serio?

-Claro.

-¿Y todos estos años juntos?

-Te dije que estaba ahorrando.

-¿Pero y yo qué?

Se la quedó mirando sin saber de qué hablaba. Se encogió de hombros y musitó que, en fin, la había avisado desde siempre, vaya, desde el primer día le había dicho que, bueno, que estaba ahorrando para, esto, volver a casa.

-Pensaba que no lo decías en serio, que solo era una forma de hablar.

Se volvió a encoger de hombros y repitió de nuevo, más o menos, todo lo que le había dicho, es decir, que, vaya, que nunca la había engañado.

-Entiendo que los clientes del bar no me crean, pero tú eres mi mujer. Esperaba algo más de ti.

Los hijos estudiaban fuera y no hubieran llegado a tiempo para verle e intentar convencerle de que se quedara, pero sí que le llamaron por teléfono después de que su madre les explicara sus intenciones, llorando, pero de rabia. “Vuestro padre es tonto. Decidle algo, porque su vuelo sale mañana y el muy idiota es capaz de irse”.

-Papá, no puedes irte ahora.

-Llevo más de veinte años ahorrando.

-Tienes una familia.

-¡Os avisé de que estaba ahorrando! ¿Por qué no me escucháis? Nunca me hacéis caso.

-Pero allí no te queda nadie. Y no has vuelto en todo este tiempo.

-¡Porque no había conseguido ahorrar!

-¿Y nosotros, qué? ¿Y mamá? No puedes dejar a mamá sola.

-¡No es mi problema! ¡Estaba ahorrando! ¡Os lo dije miles de veces!

A la mañana siguiente se fue a la parada de autobús, muy enfadado, dejando en casa a su mujer, que estaba aún más enfadada.

-¿Pero en serio te vas? -Le preguntó un cliente habitual, al cruzárselo por el camino.

-Llevo veinticuatro años diciéndolo. Veinticuatro.

-Por eso mismo. Pensábamos que era broma.

-Nadie me hace caso nunca.

-¿Y el bar?

-¡El bar es una ruina! ¡Solo funciona uno de los fogones! ¡Hay que cambiar la cocina entera!

Se puso a hablar de la mala idea que había sido la compra del bar. Lo había tenido que cambiar de arriba a abajo. Nada funcionaba bien. Y encima, solo había hecho apaños, ni siquiera había conseguido dejarlo como a él le hubiera gustado.

-Bueno, eso ya da igual. Vuelvo a casa.

Pero con tanto hablar, perdió el autobús. Llamó a un taxi, pero tardó en llegar y, por mucho que le pidió al conductor que se saltara los límites de velocidad -cosa que por otro lado no hizo-, no consiguió llegar a la puerta de embarque a tiempo.

-¿Y ahora qué hago? -Le preguntó a una empleada de su aerolínea.

-La tarifa del billete no admite cambios. Tendrá que comprar otro.

-No pude ahorrar nada más.

Volvió al bar en autoestop y sin pasar por casa. Su mujer ya había abierto.

-Ya sabía yo que no hablabas en serio.

-Vengo del aeropuerto.

-Claro, claro.

Los primeros clientes de la mañana le saludaron con la broma habitual, pero ahora ya renovada.

-¿Pero no te ibas?

-He perdido el avión.

-Vaya, qué mala suerte.

-¡Es verdad!

-¿Y qué vas a hacer?

-Pues ahorrar para volver a comprarme otro, vaya pregunta más estúpida.

Se oyeron un par de carcajadas. Apretó los labios y retorció el trapo que tenía entre las manos.

(Fuente de la imagen)

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Google me quiere matar

Man and woman shown working with IBM type 704 electronic data processing machine used for making computations for aeronautical research.
Entendería perfectamente que no me creyera. Pero es pura lógica: si todo está en Google, ¿cómo no iba a estar yo? ¿Cómo no va a estar usted? Está todo y estamos todos. Para eso sirve.

El algoritmo de Google aprende: sabe qué páginas visitas y dónde pasas más tiempo. En qué ciudades estás. Dónde te compras la ropa. Qué te gusta beber y comer. Cuanto más buscas, más nota toma. Al final, tu perfil del buscador es una copia casi exacta de ti. Google te conoce mejor que tu madre. A ella, por ejemplo, jamás le confesarías el porno que te gusta.

Llega un punto en el que el buscador te ofrece opciones casi a medida. Buscamos restaurantes japoneses y los primeros que salen ya son los mejores para ti. Solo hay que comparar y escoger. Lo cual puede ser en ocasiones lo más difícil. Estos dos restaurantes tienen cuatro estrellas en Tripadvisor, por ejemplo. Uno parece que tiene mejor comida, pero el servicio es peor. ¿Qué hago? ¿Voy, a riesgo de esperar demasiado entre plato y plato o de que me traigan algo que no he pedido? ¿O apuesto por pasar una velada agradable con comida simplemente correcta?

Me venían dudas parecidas con muchas de las búsquedas que hacía: ¿voy por esta ruta que es más larga, pero más agradable? ¿Leo el libro bueno pero demasiado corto, el bueno pero demasiado largo o el que dicen que acaba regular? Esta peluquería tiene mejores críticas, pero esta otra está más cerca.

No tardé en darme cuenta de que la forma más sencilla de resolver estas dudas era preguntar a Google. “¿Pero a dónde voy -tecleaba-, a Kenji o a San Shimi?”. El buscador no te contesta de forma clara, no te dice: “Pues a Kenji, que te gustará más”. No es tu amigo, es un algoritmo. Lo sabe todo, o casi todo, pero se expresa con torpeza.

Sin embargo, interpretarlo suele ser más fácil de lo que parece: el primer resultado es Kenji, por ejemplo. O te recomienda un artículo sobre los diez mejores japoneses de Barcelona y San Shimi sale el cuarto, mientras que Kenji está séptimo.

En este caso concreto, acertó. Acabé yendo a los dos y el primero me gustó más, bastante más que el segundo. Pero también debería decirle que fueron noches diferentes, con personas diferentes y con un estado de ánimo también muy diferente.

A la primera la dejé poco después, tras seguir el consejo de Google. Solo llevábamos unas semanas saliendo y tenía dudas. Fuimos a ese restaurante una de las primeras noches, antes de esas dudas, y todo fue bien.

Fue unos días más tarde cuando le pregunté a Google: “Oye, ¿y qué hago con Natalia? Me gusta, pero no sé si lo suficiente como para comprometerme con ella largo plazo. Lo que no quiero es seguir por inercia, simplemente porque estoy bien, y dentro de unos meses darme cuenta de que no estoy enamorado”.

La respuesta de Google fue larga: para interpretarla correctamente tuve que llegar a la tercera página de resultados. “No te veo muy convencido. Te lo noto”. Entre los resultados salía un horóscopo, un texto motivacional, una película romántica… Todo acababa mal.

Al segundo restaurante fui con una compañera de trabajo. Lo propuso ella y le dije, espera que lo miro, y pregunté a Google si era buena idea ir de cena apenas unos días después de una ruptura. El sí era bastante claro, así que acepté.

En el restaurante y cuando la conversación comenzó a animarse, me comentó que le había parecido raro que tecleara algo en el móvil antes de aceptar su propuesta. ¿Estaba consultando la agenda? ¿Me había entrado un mensaje importante que debía contestar? ¿Era una broma que no había entendido?

No, le dije, consulto a Google. Al principio pensó que era un chiste y simplemente se rió. Pero cuando vio que lo usaba para elegir el postre (dudaba entre el coulant y la tarta de manzana), se dio cuenta de que iba en serio. Tecleé otra pregunta. Vaya, le dije al ver los resultados de la búsqueda, veo que esto no te hace mucha gracia.

No volvimos a quedar.

Me di cuenta de que debería haberle preguntado a Google si debía comentarle a ella o no que usaba Google para tomar decisiones. Me habría podido advertir.

Aprendí la lección y comencé a preguntarle todo al buscador: le consultaba qué ropa debía comprarme, qué película debía ver, a qué hora debía acostarme y cada paso que daba en el trabajo. Incluso me llevaba la tablet a las reuniones, con la excusa de que allí tenía datos que necesitaba. Lo cual, en cierto modo, era cierto.

Le aseguro que me fue bien. Rechacé una oferta de trabajo en una empresa que cerró seis meses después. También me hice budista, lo cual me trajo mucha paz. Y maté a todos aquellos gatos. Ahora el barrio está mucho más limpio.

Ha habido momentos difíciles, como cuando cambié de compañía de internet y de móvil a la vez. Por culpa de un error administrativo me pasé cuatro días sin conexión ni en casa ni en el teléfono. La primera e inesperada tarde sin Google la pasé tumbado en el sofá, con la luz apagada y completamente tapado con una manta. No me atreví ni a encender la televisión.

Al día siguiente me programé bien la tarde antes de salir de la oficina: qué hacer, si planchar o descansar, qué cenar, con qué distraerme y a qué hora acostarme.

Al final, en Google se enteraron de lo que estaba haciendo. Si todo está en Google y yo estoy en Google, la forma en la que uso Google también está en Google.

Vinieron una chica y un chico a verme desde San Francisco. Me gustaron las gafas de ella, pero a él le faltaba una barba. “No puedes venir de San Francisco sin barba. Entiendo que no lleves gorro de lana, porque en Barcelona hace calor, pero necesitas una barba. Y a los dos os faltan unos latte para llevar en vaso de cartón”.

Me explicaron que estaban muy contentos con el uso que había descubierto para su buscador y querían hablar conmigo para ver cómo podían convertir esta práctica en una app para el móvil. Tendría una interfaz más sencilla y sabría interpretar los resultados y dar una respuesta en forma de frase, simplificando todo el proceso.

Les hice una demostración. Unas cuantas preguntas que lo dejaban claro. Por ejemplo, qué podíamos hacer el resto de la tarde. Según Google, no había duda: el chico tenía que esperar en la salita mientras ella y yo íbamos al dormitorio. Se rieron hasta que se dieron cuenta de que yo nunca bromeo con Google. Decidieron probar con sus móviles. A ella le recomendaba que no me hiciera ningún caso y que yo no era su tipo, mientras que a él le proponía que nos fuéramos los tres a la cama.

Me encogí de hombros: cada perfil de Google es un mundo, les dije. Es un consejero personal, que se adapta a las preferencias y necesidades de cada uno sin tener en cuenta las de los demás, así que es normal que haya diferencias y conflictos.

La app salió casi medio año más tarde y ese día fue la aplicación de pago más descargada. Un éxito considerable teniendo en cuenta que era una idea revolucionaria. Literalmente, porque causó la guerra civil en Estonia. Les envié un mail a los dos chicos que me visitaron para que no se sintieran mal, recordándoles los consejos erótico festivos de aquella tarde: Google decía lo más adecuado para cada persona, pero eso no era necesariamente lo mejor para todo el mundo. Ni para toda Estonia.

Por supuesto, yo también me bajé la app y aunque al principio la usaba todo el rato, contento porque era muy cómoda, me acabé sintiendo estafado, como usted comprenderá.

Le pregunté si no sería justo que yo recibiera parte de los 0,99 euros que costaba. “No, qué va, todos los datos son de Google. Por no hablar del desarrollo. Tú no has tecleado ni una sola línea del código”, respondió la app.

Pero la idea había sido mía, era yo quien se había dado cuenta de las posibilidades del buscador. “Las ideas surgen al cristalizar el zeitgeist de un momento determinado -me contestó Google-. La sociedad genera un caldo de cultivo para que surjan respuestas a las necesidades que se plantean. La teoría de la evolución la desarrollaron de forma independiente Wallace y Darwin. Lo mismo pasó con el teléfono: Meucci y Bell”.

Pero qué cojones dices. “No sueltes tacos”.

Lo peor comenzó cuando pensé en demandar. La app me aconsejó que no lo hiciera. Eso lo entiendo. Google no es tonta. Lo grave fue que lo hizo sin que le preguntara. Una mañana, mientras trabajaba, vi que se encendía la pantalla y aparecía una notificación: “Sé lo que estás pensando. Pero no es buena idea. Primero porque no tienes razón y segundo porque gastarías todos tus ahorros en un pleito que se alargaría años y que terminarías por perder”.

Cómo has sabido que pensaba en eso, tecleé. “Hombre, llevas un par de días sin preguntarme nada y un buen tiempo mosqueado con el tema.

Eso me convenció. Si se esforzaba tanto en que desistiera, tenía que ser porque la app tenía algo de miedo y yo, algo de razón.

Intenté buscar abogados, pero Google me ocultaba los resultados. Me salían series como The Good Wife y los libros de John Grisham. Tuve que usar el ordenador de un compañero de trabajo para encontrar y anotar (en papel, por si acaso) varios números de teléfono.

Este es el primer despacho que visito y espero que acepte el caso, porque no tengo muchas ganas de seguir buscando. Más que nada porque Google intenta matarme. No sé si soy una molestia o un peligro. Pero me quiere quitar de en medio.

Me quedó claro cuando consulté en Maps la ruta para llegar hasta aquí. Ya, ya lo sé. Podría haber mirado en cualquier otra aplicación. O en una guía de papel. Pero, no sé, la costumbre, la comodidad. Además, no escribí que quería venir a este bufete, sino que di una dirección que está un par de cruces más abajo.

Cogí el coche y seguí la ruta indicada. Me llevó por una carretera en obras que daba a una zanja. Al final no fue más que un susto, pero pasé tres días en el hospital y aún llevo el tobillo vendado.

Me enfadé tanto que teclée unos cuantos insultos. Google se hizo el loco: “Qué zanja ni qué zanja”. Me desinstalé la aplicación, pero volvió a instalarse sola. “No seas así”, me dijo. Tiré el móvil a una papelera.

Llegar hasta aquí no fue fácil. Creí que ir a pie sería más seguro, pero nada más salir a la calle un tipo me comenzó a pegar en la cabeza con un paraguas mientras gritaba “lo siento, lo siento”.

Nos separó un policía. “Verá -se explicó, avergonzado-, estaba buscando en la nueva app de Google el nombre de la actriz cómica esta, la rubia que… La de la peli esta… Bueno, no lo sé aún, porque lo único que me ha dicho es que pegue al primer tipo con el que me cruzara por la calle”.

De acuerdo, podría ser un error de la aplicación que no tuviera nada que ver conmigo, pero recuerde que Google me conocía tan bien que sabía que estaba pensando en demandar sin que le dijera nada. Al fin y al cabo, todo está en Google. Y si todo está en Google, ¿cómo no iba a estar también la ruta que seguiría para venir a visitarla?

Quise volver a casa a cambiarme la camisa, que estaba rota, pero al acercarme al portal vi que me esperaba el portero con una escopeta de caza. En cuanto me vio, cerró el ojo derecho y se acercó la culata a la oreja. Me metí por un callejón y oí un disparo y varios gritos. No sé si le dio a alguien.

He venido corriendo hasta aquí, cambiando de acera cada vez que veía a alguien mirando el teléfono. Es decir, todo el rato. Una furgoneta me ha intentado atropellar. Creo que le ha dado a un perro.

Y este es mi caso. Sé que enfrentarse a Google es una tarea dura, casi imposible. Pero me parece justo que me den lo que me deben. O al menos, que no me maten.

No sé si me cree, insisto. Y lo entiendo. Es probable que usted también tenga la aplicación bajada y que esté pensando en consultar si debe o no representarme. Eso en realidad podría ser bueno para mí: con independencia de la respuesta, el hecho de que usted consulte la aplicación sería una muestra de que cree que se trata de un programa útil y, por tanto, es posible que esté de acuerdo en que merezco alguna compensación por haber tenido la idea.

Pero, claro, lo más probable es que la aplicación no le conteste que sí. Ni que no. Puede que ni siquiera se limite a llamarme loco. Probablemente le aconsejará coger ese pisapapeles y golpearme en la cabeza con él.

No lo sé.

A saber lo que piensa Google.

Preguntémosle.

Me ha llegado esta carta del banco

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Apreciado señor Rubio:

Nos ponemos en contacto con usted porque después de revisar de forma detenida nuestra base de datos, hemos constatado con sorpresa y también con una profunda tristeza, que usted no es cliente nuestro.

El presidente de la entidad, don Ezequiel Redondo, llamó a la directora de la oficina de su barrio, doña Sofía Piñol, y ambos comentaron esta lamentable situación durante casi dos horas. No le engañaremos: la conversación fue tensa y la señora Piñol estuvo a punto de ser despedida y, algo más tarde, de dimitir. Don Ezequiel pudo evitar ambas situaciones primero con sangre fría y después con su proverbial calidez humana.

Si en alguna ocasión ha visto los carteles publicitarios de nuestra entidad ya sabrá que no somos solo un banco, sino también una gran familia. Por este motivo nos hemos tomado tan en serio la ausencia de su nombre en la lista de nuestros clientes y hemos llegado a una solución que esperamos sea satisfactoria para todos. A partir del próximo día 20, le enviaremos a su actual banco una orden de cobro de 15 euros cada mes, con la que nos compensará, aunque solo sea parcialmente, por el negocio que estamos perdiendo por el hecho de que haya preferido los servicios de otra entidad bancaria.

Esta decisión se enmarca en una ambiciosa operación que estamos llevando a cabo en toda España y que más adelante ampliaremos a los 17 países en los que tenemos oficinas, con el objetivo de dar un mejor servicio no solo a nuestros clientes, sino también a los que aún no lo son.

Piense que en España hay, aproximadamente, 45 millones de personas que no son clientes de nuestra empresa, por lo que estamos dejando de ingresar varios millones de euros en concepto de intereses de todo tipo. Consideramos imprescindible que estas personas nos compensen por el perjuicio económico que nos están causando al haber optado por otras entidades.

Se trata de una iniciativa pionera que hemos puesto en marcha junto a otros bancos europeos para compensar lo que, en cierto modo, podríamos llamar robo, ya que si usted no recurre a nuestros servicios, nos está quitando lo que de otra forma sería nuestro. Así lo han entendido tanto el Banco Central Europeo como la Comisión Europea, que han acogido con los brazos abiertos esta iniciativa y han aprobado la creación del Canon de Compensación Bancario Jaime Rubio, así llamado porque fue su situación la que nos empujó a sacar adelante esta propuesta.

El perjuicio no es solo económico, ni mucho menos. Hemos visto su nómina y no es que nos vaya a dar muchas alegrías. El problema principal es que usted está hiriendo nuestros sentimientos con su fría indiferencia.

Nuestro presidente pasa noches en vela pensando qué está fallando, por qué usted y otros tantos como usted están obviando las ventajas, por ejemplo, de nuestro depósito Redondo, llamado así en su honor de don Ezequiel, a quien se le ocurrió la idea en un sueño: usted nos deja su dinero, no lo puede tocar en cinco años y, transcurrido el periodo, lo recupera tal cual, sin haber perdido ni un solo céntimo (¡ni uno!). Por no hablar nuestra hipoteca con dación en pago. Si usted no puede devolver el dinero, solo tiene que darnos su casa, medio millón de euros, tres vacas y todos contentos.

Deseamos con todo nuestro corazón no cobrarle este canon, a pesar de que consideramos que es justo. Porque lo que realmente queremos es que se una a nuestra entidad y pase así a formar parte de nuestra gran familia. La directora de la sucursal de su zona, doña Sofía, estará encantada de recibirle cuando usted quiera (el próximo jueves a las 10:30 h.) y de ofrecerle una solución que, como mínimo, le ahorrará 20 euros al mes.

El día del fin del mundo

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Ya te dije que vendría a terminar unas cosillas. Aquí, mucho cachondeo con que el mundo se acaba, pero si no contabilizo los gastos y ordeno las transferencias, la semana que viene los tengo a todos en la puerta del despacho preguntándome qué pasa con los 17 euros del taxi o los 78 de la cena.

Pero sí, es verdad que estoy solo en la oficina. Al final, soy el único pringado, para variar. Le pedí a Sonia que viniera a echarme una mano, pero se puso hablar de lo único de lo que habláis todos, de los dichosos meteoritos, y me colgó.

Menos mal que puedo venir caminando a la oficina, porque el metro estaba cerrado y no he visto pasar ningún autobús. Hacía calor con el traje, pero bueno, me he quitado la corbata. Sé que no es lo correcto, pero bah, entre que es viernes y que el cielo está en llamas, no creo que me llamen la atención. Es impresionante, lo del cielo. Da incluso un poco de miedo. Suerte que ya nos han dicho que son varias decenas de meteoritos que se estrellarán sobre Europa y África durante las próximas horas, porque si no, estaría acojonado.

Ojo, que entiendo lo que me decías esta mañana. Y lo que me has repetido por whatsapp. Y lo que has escrito en el mail. Admito que no hubiera pasado nada por pillarme el día libre y pasarlo contigo y con los niños, pero es que estos días en los que la oficina está vacía son los mejores para avanzar faena. No me ha llamado nadie en toda la mañana y sólo me ha interrumpido el ladrillazo de un saqueador que ha atravesado la ventana. Se ha equivocado: quería darle a la tienda de electrodomésticos de abajo.

La única pega es que el bar está cerrado y he tenido que tomarme el café de la máquina, que está malísimo y me da acidez. Es raro, lo del bar, porque el tío abre de lunes a domingos y siempre está ahí. No le he visto cogerse un día libre nunca. Es verdad que hoy no le hubiera salido a cuenta abrir: se habría gastado más en luz de lo que hubiera ingresado en cafés. Pero en fin, me jode que la gente sea tan vaga.

También agobia un poco el calor. No va el aire acondicionado y si abres la ventana parece que respires fuego. Estoy sudando como un pollo. Menos mal que guardo una camisa limpia en uno de los armarios.

Se está tan tranquilo que hasta he puesto la radio un rato. Pero la he apagado en seguida. A la octava vez que oyes el mensaje de emergencia pidiéndole a todo el mundo que se quede en su casa o a cubierto, ya te aburres.

Sí que he visto en un blog lo que me decías de los búnkeres para políticos y millonarios. El jefe creo que se fue a uno de estos. Al final siempre pringamos los mismos. Pero claro, para mandar, hace falta dinero. Y para tener dinero, hay que trabajar, digo yo. Así que ya me dirás tú con qué excusa me voy a pillar el día libre hoy, en septiembre, si sólo hace cuatro días que volví de vacaciones. El jefe me hubiera mirado como si estuviera loco. Ya me parece oírle: “Usted sabrá lo que hace. Con la que está cayendo. Tanto económica como astronómicamente hablando”.

Además, te digo una cosa: me da igual lo que hagan los demás. Uno tiene que ser responsable y atender a sus obligaciones. Todos estos que se han quedado en casa luego irán a un bar y querrán tomarse unas cañas. Imagina que el camarero les dice: “No, mire, ahora no puedo atenderles porque unos meteoritos se dirigen a la Tierra y vamos a morir todos”. Me gustaría ver sus caras. Todos indignados, seguro. O cada uno hace su parte o acabamos en el caos.

Además, al final seguro que la Nasa exagera. Es cierto que cada vez hace más calor y el cielo está más rojo, pero me imagino que los meteoritos se desintegrarán antes de llegar al suelo o caerán al mar. Al final siempre caen al mar. No hay motivo para quedarse en casa haciendo el vago y menos con el lío que tenemos aquí, que cada uno entrega la hoja de gastos con los datos que le da la gana. O la fecha está mal, o falta poner el concepto, o no la firman. Siempre lo mismo. Ya no sé cómo decírselo. Pero luego, yo tengo que hacerlo todo perfecto porque si me retraso en los pagos, ya me linchan.

Saldré a mi hora, eso sí. Igual hasta salgo antes. Como no hay nadie, puedo irme pronto sin tener que soportar miraditas. También he podido avanzar faena mucho más rápido. Ni los jefes preguntan chorradas ni los compañeros molestan con tonterías. Ahora me comeré el tupper y en un par de horitas lo termino todo. Casi seguro que llego a casa antes de las siete y veintitrés, la hora a la que decía el Telediario que se acabará el mundo. Así lo vemos juntos.

Ya verás, el lunes tocará madrugar igualmente.

No te puedes quejar

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Disculpa, pero te he oído mientras hablabas por teléfono. Decías que odias madrugar y que odias tu trabajo. Me parece increíble que te quejes por tener un cómodo empleo de oficina que te permite pagarte la cerveza que te estás tomando y el móvil de última generación por el que estabas hablando. Levantarte a las siete de la mañana para ir a tu oficina a aguantar al imbécil de tu jefe es una suerte, un privilegio, y más con la que está cayendo. No te puedes quejar.

Piensa si no en el treintañero que se ha quedado sin trabajo y tiene que aceptar un puesto en una cadena de comida rápida, sirviendo refrescos aguados y patatas aceitosas a adolescentes cuya porquería tendrá que limpiar. Este chico no trabajará de nueve a cinco en una cómoda mesa, contestando a correos electrónicos mientras escucha música. No, a él le esperan turnos de doce horas durante noches y fines de semana a cambio de una cuarta parte de tu sueldo.

Pero es que él tampoco se puede quejar. Al menos tiene un empleo. ¿Tú sabes la suerte que tenemos los que podemos ir a trabajar cada mañana y dedicar las mejores horas de nuestras vidas a cumplir los sueños del presidente del consejo de administración de nuestra empresa? Piensa en ese matrimonio con dos hijos que lleva más de tres años en paro y que ha perdido su casa. Los cuatro han tenido que ir a vivir con el padre de él y todos subsisten a duras penas con su pensión, que no llega a los 700 euros.

Y tampoco se pueden quejar. Tienen una casa en la que vivir. Agua, luz, algo en la nevera y los niños van a la escuela, donde al menos tienen una comida caliente al día. Hay gente que vive en la calle, durmiendo entre cartones o en cajeros, y pidiendo limosna para gastársela en vino.

Pero ellos tampoco pueden quejarse. Viven en occidente: tienen albergues, pueden recurrir a Cáritas, cuentan con hospitales y, trabajando duro, podrían recuperar la vida que muchas veces han perdido porque les daba la gana, que al fin y al cabo nadie les obligaba a ser alcohólicos o pobres.

Más difícil lo tienen quienes vienen de países africanos en guerra y se juegan la vida en pateras para llegar a nuestro país y buscarse la vida trabajando sin papeles, y eso si tienen suerte y no acaban de vendedores ambulantes o en la cárcel.

Ojo, que estos son los afortunados, los que al menos han podido huir. En su país se han quedado chavales de diecisiete años que tienen que empuñar un rifle y cortarles las manos a sus enemigos con un machete, que lo he leído en el periódico. Imagina. Eso sí que es jodido. Hay muchos tendones en las muñecas. Es mucho trabajo.

Pero ellos tampoco tienen derecho a quejarse. Siguen vivos, ¿qué más quieren? Y no como ese enemigo que está tumbado bocabajo, con varios agujeros en el torso y sin manos. Él sí que lo tiene mal.

Y tampoco se puede quejar.

Ya me dirás cómo.

Horas extra

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(Flickr Commons)

No sé cuándo podré salir, ya te he dicho mil veces que no sé cuándo podré salir. Estoy terminando unas cosas. Pues cuando acabe, no lo sé, siempre hay cosas por terminar, siempre hay trabajo pendiente. Ahora estoy acabando un informe que tendría que haber entregado la semana pasada y después debería preparar una reunión a la que yo no iré, pero que tengo que preparar igualmente, y cuando termine con eso, tengo que llamar a la oficina de Turín porque les pedí que me enviaran sus gastos, pero no me los han enviado, y mientras me los envían aprovecharé para preparar las nóminas, a no ser que me los envíen en seguida, porque entonces los gastos tienen prioridad. Y no, no puedo hacerlo mañana, es decir, lo haré mañana si sigo trabajando aquí a medianoche, cosa que parece probable porque Eva se va a quedar otra noche más y no puedo irme a casa antes que ella. No, claro que no puedo. Tengo que salir unos minutos más tarde. Como mucho, puedo irme mientras ella esté recogiendo. Pero no antes. Quedaría fatal y no es el momento de quedar mal.

Sí, seguro que no van a traer a nadie de fuera para reemplazar al antiguo director financiero. ¿Cuánto hace que se jubiló? Siete años ya. Pero es que la decisión no es fácil: tanto Eva como yo conocemos bien la empresa y los procedimientos, y tenemos experiencia suficiente como para hacernos cargo del departamento. Por eso hasta que se tome la decisión tengo que esforzarme, rendir al máximo, hacer todo lo posible para que el jefe se fije en mí y diga: “Esta es la persona que quiero para el puesto”. Luego ya podré relajarme un poco. Y si eso supone hacer algunas horas extra, pues tendré que hacerlas. Es algo temporal. Piensa luego en el aumento de sueldo. Lo he calculado. Son 117 euros al mes netos. En catorce pagas, 1.638 euros al año. Si me jubilo dentro de 29 años, habremos ahorrado 47.502 euros sólo de este aumento y sin contar los intereses. Casi 50.000 euros. No me extrañaría llegar a la jubilación con 100.000 euros ahorrados, entre una cosa y otra, y si invertimos ese dinero, podemos pasar los años de retiro ahorrando aún más, a pesar de que cobraremos menos, porque ya habremos pagado la hipoteca y tendremos menos gastos de transporte e incluso de ropa, entre otras cosas. Lo tengo todo calculado. Pero para eso, ahora toca trabajar un poco. Por lo menos hasta que Eva se vaya a casa, ya te digo. En cuanto se levante, yo me pongo la chaqueta y me voy.

Ya sé que soy la persona indicada para el puesto y que reúno méritos suficientes con independencia de si hago una hora más o no un día u otro, pero no está tan claro: tengo dos meses más de experiencia que ella; mi máster es en Esade, igual que el del jefe, mientras que el suyo es del Iede; ella es mujer y vivimos en una sociedad machista, y en la ultima revisión trimestral, mi nota fue tres puntos sobre cien superior a la suya. A su favor, ella tiene: dos meses más de experiencia en otra empresa del sector; su máster es en contabilidad financiera, más adecuado para el puesto que el mío es de finanzas contables; ella es mujer y en la empresa hay pocas mujeres en puestos de responsabilidad, y en la última revisión, ella sacó tres puntos menos en total, pero porque justo había comenzado con un nuevo proyecto y sólo estaba arrancando. Se trata de un proyecto importante: unificar los formatos de facturas de todas las filiales europeas. Me hubiera encantado que me lo confiaran a mí, pero es cierto que ahora mismo no puedo asumir una nueva tarea, al menos no mientras sea el responsable de contabilizar y reintegrar los gastos.

Sí, ya lo sé que no pasa nada por un día… Ya… Pero hoy no puede ser. Lleva sin moverse de su silla, qué se yo, parecen años, y ya no me puedo echar atrás. En algún momento tendrá que levantarse e irse, sobre todo ahora que se le ha caído uno de los ojos y hay gusanos, creo que son gusanos, corriendo por su cara. Hoy desde luego no puedo irme. Y menos después de lo de anteayer. Fui a coger algo de comer a la máquina de vending y me encontré con el jefe por el pasilla. “Hombre, Alfredo, ¿qué tal?”. Le dije que me llamo Pedro. No me gusta corregir a los jefes, pero tampoco quiero que asciendan a Alfredo creyendo que soy yo. Sería muy injusto y muy difícil de explicar. “Eso, Pablo -y antes de que decidiera si debía corregirle una segunda vez, en plan de perdidos al río, o no, añadió-: ¿Y esa barba? Pero si te tapa el cuello de la camisa”. Sí, bueno, le dije, estoy intentando ponerme al día con el trabajo… Es decir, estoy al día, pero avanzando cosas… Y cerrando temas… No es que tenga trabajo atrasado… Es decir… Titubeé y carraspeé, nervioso porque es cierto que la barba y el pelo están largos, desaliñados y grasos, pero al menos me tapan, precisamente, el cuello de la camisa, que está ya amarillo de la grasa y el sudor acumulados. Los de Turín me tienen que enviar las justificaciones de sus gastos… Siempre los envían tarde… Me crucé de brazos para tapar una mancha de café de la manga izquierda. “Muy bien -me dijo-, así me gusta, Alfredo”. Y se fue, mordisqueando una chocolatina. Intenté volver a corregirle, porque conozco a Alfredo y es capaz de quedarse con el puesto, pero apenas me salió un hilillo de voz que ni oyó. Resignado, compré agua y café, y volví a mi sitio. No, no… No, por favor, no necesito que me traigas nada. La camisa… La camisa está bien… Sólo exagero. Y puedo pagar con la tarjeta. Sí, de verdad. Es una tarjeta monedero de la empresa. En serio. No cuchillas, tampoco. Ya me afeitaré cuando llegue a casa. Tenía otra camisa y otra corbata aquí guardadas, por si acaso. Y las voy combinando. Algunas noches, cuando estoy seguro de que no hay nadie aparte de Eva y yo, y cuando me parece que Eva no me mira, voy al baño y las limpio. De algo sirve, aunque el problema es secarla. La dejo colgada allí mismo y la recojo y me la pongo algo más tarde: sigue húmeda, pero se arruga menos. Y con la ropa interior, lo mismo, sólo que no tengo mudas y vuelvo con los pies en los zapatos sin calcetines y sin calzoncillos debajo de los pantalones, cuidándome mucho de que Eva no note nada.

Sí, sí… Vale, sí… No sé, pues dile a mi madre que pronto. Yo no… ¿Para qué quiere que vaya a verla? Yo no soy médico. Ahí está bien atendida. No… Mira, tengo que colgar… Eva me está mirando. Creo. No sé. Ya no lo sé. Sí… Sí… No. Dile a mi madre que no le puedo prometer eso. Y me parece un golpe bajo. Esto es importante para mí. La vida sigue y si mi madre se muere, que no se va a morir porque es una exagerada, a ella le dará igual lo que nos pase al resto, pero yo (nosotros, te lo recuerdo) me (nos) voy a quedar sin esos 117 euros netos al mes más. Ojo, netos, que si bajan los impuestos, no sé, pues mira, igual son 121. No, esto no lo he calculado, que sería como el cuento de la lechera, vete a saber si los bajan o los suben, cuándo y cuánto. Dile a mi madre que la llamaré y ya está. No, hoy ya no. Mañana, quizás. Pues si quiere verme, le envío una foto. Joder. No puedo estar en dos sitios a la vez. Oye, tengo que colgar. Llevo mucho rato en el pasillo y debería volver a mi sitio.

Sí, claro que he hablado con la jefa de recursos humanos. Fui a verla al despacho hace unos meses. “Vaya melenas”, me dijo. “Con esa barba pareces un profeta”. Y le dije, Marta, la llamo por el nombre de pila porque nos conocemos desde hace muchos años, Marta, le dije, ¿sabes cuándo van a nombrar a un nuevo director financiero? Estamos trabajando muy duro. Dije “estamos” porque soy buen compañero, a pesar de que Eva prefirió quedarse en el despacho. Le dije, ¿vamos a hablar con Marta? No podemos seguir así, necesito darme un ducha. Pero se quedó callada frente al monitor, sin ni siquiera mirarme. Esto es un problema, le dije a Eva, porque cuando nos nombren a uno de los dos director financiero, tendremos que trabajar juntos. Y ni siquiera me miró, dándome a entender que si ella consigue el puesto, me despedirá. Y sabes que no nos podemos permitir que uno de los dos se quede sin trabajo. Porque entonces yo (en este caso) tendría que buscar un empleo, al no tener uno. Porque hay que trabajar. Total, que Marta me dijo lo de siempre: que el proceso es lento. Y me confirmó una vez más que no se estaba buscando a alguien de fuera para el puesto. Que estaba entre Eva y yo. Y que le recordaba el asunto al jefe siempre que podía, pero ya sabes cómo es esto: siempre de reuniones y de viajes.

No sé si es por el trabajo, no sé si es personal. Ya no me habla y yo ya desistí. Ni siquiera le ofrezco nada de la máquina cuando me levanto a comer. Creo que incluso debe comer mientras yo me quedo dormido, porque aunque no quiero, me quedo dormido, qué le voy a hacer, soy humano. Aunque ella no lo parece. Es que creo que incluso duerme con los ojos abiertos. Al menos el que conserva. Y no la he visto comer en, no sé, ¿años? Lo tiene que hacer en algún momento, claro, esto forma parte de nuestro duelo psicológico, de este juego de la gallina, de a ver quién se retira antes, pero es cierto: no la he visto ni con una mísera manzana. Cada día está más delgada. Y sucia. Yo intento mantener algo de dignidad, incluso me lavo los pies a veces, pero ella huele fatal. Eso no sé si es bueno para mí. Si alguna vez entrara el jefe en el departamento, vería que el limpio soy yo, pero no me extrañaría que yo también me viera perjudicado. Al fin y al cabo, ya debería imponer mi autoridad, suponiendo que tuviera madera de jefe. Sí, no me conviene que siga así. Pero las cosas han llegado a un punto en que ni siquiera puedo hablar con ella.

Es que no se mueve, no abre la boca. Es todo muy tenso: ni contesta al teléfono. Creo que espera que lo coja yo, el suyo y el mío, y que asuma las labores de subalterno. Otro juego psicológico en el que no pienso caer. Nada, ni se inmuta cuando suena, en serio. Sólo está ahí, sentada frente al monitor. Está tan concentrada que parece que ni respire. Creo… Igual me faltan horas de sueño, no sé, porque es de locos, pero creo… Me parece que no la oigo hablar desde hace tres años. Cuatro. No sé. Sé que cuando se jubiló el director financiero seguimos manteniendo un trato normal, de compañeros, pero poco a poco se fue viciando. Cada vez asumíamos más responsabilidades y nos quedábamos más horas, intentando que el jefe se fijara en nosotros, aunque por aquí nunca aparece y apenas me lo cruzo por los pasillos muy de vez en cuando. La última vez que recuerdo que me dijo algo fue una de esas noches que parecía que nos íbamos a quedar otra vez hasta las nueve o al menos hasta que el primero de los dos se rindiera. Sí, lo que te decía, hace tres años o así. Cuatro, quizás. La oí soltar unos gemidos, como si le costara mucho respirar, y cuando alcé la mirada, tenía los ojos muy abiertos, una mano en el pecho y la otra extendida hacia mí. ¿Qué ocurre?, le pregunté. ¿Necesitas la grapadora? Me levanté para dársela, pero la dejó caer. Mientras me agachaba para recogerla, porque soy un caballero, oí que decía algo así como: “Llama, llama”. ¿Llama a quién?, le pregunté cuando dejé la grapadora encima de la mesa. Pero ya no me contestó, ya no me dijo nada más. Sólo se quedó allí sentada supongo que enfadada porque no había llamado a no sé quién. No soy adivino, qué quieres que te diga. Volví a mi sitio y me dije, esta noche va a ser larga, aunque no me imaginaba que tanto.

Disculpe por haberle hecho esperar

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Los faros de un coche iluminan un claro. Un tipo suelta una pala y trepa para salir de una enorme zanja, sudando, lleno de tierra, con la camisa algo rota. Le sangra una ceja y tiene un ojo amoratado. Otro hombre le espera arriba, fumando, con una pistola en la mano. Cuando el primero termina de salir, jadeando y tosiendo, el de la pistola le pide que se ponga de rodillas.

-No… Por favor, no… No me mates… Te pagaré el doble de lo que te hayan ofrecido… Yo… No… No lo…

Suena un móvil. El tipo que está de rodillas se mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono y mira la pantalla, con cara de fastidio.

-Disculpa, tengo que cogerlo. Sí… Sí, soy yo… Sí, eso es; se trata de una factura que me llegó con un importe incorrecto. A ver, ya se lo he explicado a sus compañeros cuatro o cinco veces. Es que siempre me hacen volver con lo mismo, ¿no lo tiene anotado ahí? Mire, en la factura de febrero… Sí, febrero… No, no la llevo encima, me pilla fuera de casa. Sí, espero. Perdona un momento -le dice al tipo armado-. Es que si no, me toca llamarles otro día y me tienen un cuarto de hora esperando con la musiquita. Sí, aquí estoy. Bien, pues si ve la factura de febrero, hay como unos ocho euros bajo el concepto de roaming y como ya les he explicado, es imposible que me cobren eso porque yo llevo más de seis meses sin salir del país. A ver, me da igual, no es problema mío que su sistema diga que sí. No, claro que no puedo demostrarles que no he estado en el extranjero. ¿Qué pretende? ¿Que fiche cada día en el portal? Son ustedes los que… No, a ver un momento… Lo que tienen que hacer es… No… Sí, espero. Perdona, ¿eh? -añade, dirigiéndose al otro tipo, que aún le apunta con la pistola-. En seguida termino. Es que esta gente… Por ocho euros de mierda, el lío que me están armando. Y no es la primera vez. En cuanto se me acabe la permanencia, cambio de compañía. Sí, sí, sigo aquí. Sí. No. No, no, no haga eso. Es la cuarta vez que me dicen lo mismo. No me haga el numerito de abrir otra incidencia porque lo único que va a pasar es que dentro de tres o cuatro días voy a tener que volver a llamarles y voy a tener que repetir otra vez esta conversación con otra persona que volverá a abrir otra incidencia o añadirá una nota en esta incidencia si es que aún no la han cerrado. Que no, oiga, que no. No. Mire, ¿cuánto me cobrarían por irme a otra compañía antes de que termine la permanencia? Mírelo, por favor. Sí, dígamelo. Espero. No es un farol -añade, de nuevo hablando con el tipo que le apunta con la pistola y que le hace signos para que cuelgue-. Ya estoy harto. Si tengo que pagar cien euros, pues los pago. Pero de mí no se ríe nadie. Sí, aquí estoy, sí. Cuarenta y ocho euros. Muy bien. Pues quiero que en las observaciones a esa incidencia que va a volver a abrir ponga bien claro que si este tema no se ha solucionado el jueves que viene, me iré a otra operadora y además avisaré al banco para que no les abonen ninguna otra cantidad. Y pienso poner una reclamación en consumo. Ya sé que usted sólo es un mandado y no tiene culpa de nada, pero no pienso consentir que se vulneren mis derechos. Ya, ya, lo que usted diga, pero me están haciendo perder un tiempo que no tengo por ocho ridículos euros. Adiós, buenas noches. Gracias, adiós, adiós.

Guarda el móvil, mostrando cierta satisfacción.

-No me gustan nada estas cosas. Me dejan muy mal cuerpo. Pero mira, al menos les he dejado las cosas claras. Llevo semanas arrastrando este tema porque juegan a eso. A que te canses, aunque tengas razón. Pues no me da la gana.

El tipo que está de pie tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la suela de sus botas. Le vuelve a apuntar con la pistola.

-Oh, es verdad. Lo había olvidado.