Me ha llegado esta carta del banco

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Apreciado señor Rubio:

Nos ponemos en contacto con usted porque después de revisar de forma detenida nuestra base de datos, hemos constatado con sorpresa y también con una profunda tristeza, que usted no es cliente nuestro.

El presidente de la entidad, don Ezequiel Redondo, llamó a la directora de la oficina de su barrio, doña Sofía Piñol, y ambos comentaron esta lamentable situación durante casi dos horas. No le engañaremos: la conversación fue tensa y la señora Piñol estuvo a punto de ser despedida y, algo más tarde, de dimitir. Don Ezequiel pudo evitar ambas situaciones primero con sangre fría y después con su proverbial calidez humana.

Si en alguna ocasión ha visto los carteles publicitarios de nuestra entidad ya sabrá que no somos solo un banco, sino también una gran familia. Por este motivo nos hemos tomado tan en serio la ausencia de su nombre en la lista de nuestros clientes y hemos llegado a una solución que esperamos sea satisfactoria para todos. A partir del próximo día 20, le enviaremos a su actual banco una orden de cobro de 15 euros cada mes, con la que nos compensará, aunque solo sea parcialmente, por el negocio que estamos perdiendo por el hecho de que haya preferido los servicios de otra entidad bancaria.

Esta decisión se enmarca en una ambiciosa operación que estamos llevando a cabo en toda España y que más adelante ampliaremos a los 17 países en los que tenemos oficinas, con el objetivo de dar un mejor servicio no solo a nuestros clientes, sino también a los que aún no lo son.

Piense que en España hay, aproximadamente, 45 millones de personas que no son clientes de nuestra empresa, por lo que estamos dejando de ingresar varios millones de euros en concepto de intereses de todo tipo. Consideramos imprescindible que estas personas nos compensen por el perjuicio económico que nos están causando al haber optado por otras entidades.

Se trata de una iniciativa pionera que hemos puesto en marcha junto a otros bancos europeos para compensar lo que, en cierto modo, podríamos llamar robo, ya que si usted no recurre a nuestros servicios, nos está quitando lo que de otra forma sería nuestro. Así lo han entendido tanto el Banco Central Europeo como la Comisión Europea, que han acogido con los brazos abiertos esta iniciativa y han aprobado la creación del Canon de Compensación Bancario Jaime Rubio, así llamado porque fue su situación la que nos empujó a sacar adelante esta propuesta.

El perjuicio no es solo económico, ni mucho menos. Hemos visto su nómina y no es que nos vaya a dar muchas alegrías. El problema principal es que usted está hiriendo nuestros sentimientos con su fría indiferencia.

Nuestro presidente pasa noches en vela pensando qué está fallando, por qué usted y otros tantos como usted están obviando las ventajas, por ejemplo, de nuestro depósito Redondo, llamado así en su honor de don Ezequiel, a quien se le ocurrió la idea en un sueño: usted nos deja su dinero, no lo puede tocar en cinco años y, transcurrido el periodo, lo recupera tal cual, sin haber perdido ni un solo céntimo (¡ni uno!). Por no hablar nuestra hipoteca con dación en pago. Si usted no puede devolver el dinero, solo tiene que darnos su casa, medio millón de euros, tres vacas y todos contentos.

Deseamos con todo nuestro corazón no cobrarle este canon, a pesar de que consideramos que es justo. Porque lo que realmente queremos es que se una a nuestra entidad y pase así a formar parte de nuestra gran familia. La directora de la sucursal de su zona, doña Sofía, estará encantada de recibirle cuando usted quiera (el próximo jueves a las 10:30 h.) y de ofrecerle una solución que, como mínimo, le ahorrará 20 euros al mes.

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El día del fin del mundo

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Ya te dije que vendría a terminar unas cosillas. Aquí, mucho cachondeo con que el mundo se acaba, pero si no contabilizo los gastos y ordeno las transferencias, la semana que viene los tengo a todos en la puerta del despacho preguntándome qué pasa con los 17 euros del taxi o los 78 de la cena.

Pero sí, es verdad que estoy solo en la oficina. Al final, soy el único pringado, para variar. Le pedí a Sonia que viniera a echarme una mano, pero se puso hablar de lo único de lo que habláis todos, de los dichosos meteoritos, y me colgó.

Menos mal que puedo venir caminando a la oficina, porque el metro estaba cerrado y no he visto pasar ningún autobús. Hacía calor con el traje, pero bueno, me he quitado la corbata. Sé que no es lo correcto, pero bah, entre que es viernes y que el cielo está en llamas, no creo que me llamen la atención. Es impresionante, lo del cielo. Da incluso un poco de miedo. Suerte que ya nos han dicho que son varias decenas de meteoritos que se estrellarán sobre Europa y África durante las próximas horas, porque si no, estaría acojonado.

Ojo, que entiendo lo que me decías esta mañana. Y lo que me has repetido por whatsapp. Y lo que has escrito en el mail. Admito que no hubiera pasado nada por pillarme el día libre y pasarlo contigo y con los niños, pero es que estos días en los que la oficina está vacía son los mejores para avanzar faena. No me ha llamado nadie en toda la mañana y sólo me ha interrumpido el ladrillazo de un saqueador que ha atravesado la ventana. Se ha equivocado: quería darle a la tienda de electrodomésticos de abajo.

La única pega es que el bar está cerrado y he tenido que tomarme el café de la máquina, que está malísimo y me da acidez. Es raro, lo del bar, porque el tío abre de lunes a domingos y siempre está ahí. No le he visto cogerse un día libre nunca. Es verdad que hoy no le hubiera salido a cuenta abrir: se habría gastado más en luz de lo que hubiera ingresado en cafés. Pero en fin, me jode que la gente sea tan vaga.

También agobia un poco el calor. No va el aire acondicionado y si abres la ventana parece que respires fuego. Estoy sudando como un pollo. Menos mal que guardo una camisa limpia en uno de los armarios.

Se está tan tranquilo que hasta he puesto la radio un rato. Pero la he apagado en seguida. A la octava vez que oyes el mensaje de emergencia pidiéndole a todo el mundo que se quede en su casa o a cubierto, ya te aburres.

Sí que he visto en un blog lo que me decías de los búnkeres para políticos y millonarios. El jefe creo que se fue a uno de estos. Al final siempre pringamos los mismos. Pero claro, para mandar, hace falta dinero. Y para tener dinero, hay que trabajar, digo yo. Así que ya me dirás tú con qué excusa me voy a pillar el día libre hoy, en septiembre, si sólo hace cuatro días que volví de vacaciones. El jefe me hubiera mirado como si estuviera loco. Ya me parece oírle: “Usted sabrá lo que hace. Con la que está cayendo. Tanto económica como astronómicamente hablando”.

Además, te digo una cosa: me da igual lo que hagan los demás. Uno tiene que ser responsable y atender a sus obligaciones. Todos estos que se han quedado en casa luego irán a un bar y querrán tomarse unas cañas. Imagina que el camarero les dice: “No, mire, ahora no puedo atenderles porque unos meteoritos se dirigen a la Tierra y vamos a morir todos”. Me gustaría ver sus caras. Todos indignados, seguro. O cada uno hace su parte o acabamos en el caos.

Además, al final seguro que la Nasa exagera. Es cierto que cada vez hace más calor y el cielo está más rojo, pero me imagino que los meteoritos se desintegrarán antes de llegar al suelo o caerán al mar. Al final siempre caen al mar. No hay motivo para quedarse en casa haciendo el vago y menos con el lío que tenemos aquí, que cada uno entrega la hoja de gastos con los datos que le da la gana. O la fecha está mal, o falta poner el concepto, o no la firman. Siempre lo mismo. Ya no sé cómo decírselo. Pero luego, yo tengo que hacerlo todo perfecto porque si me retraso en los pagos, ya me linchan.

Saldré a mi hora, eso sí. Igual hasta salgo antes. Como no hay nadie, puedo irme pronto sin tener que soportar miraditas. También he podido avanzar faena mucho más rápido. Ni los jefes preguntan chorradas ni los compañeros molestan con tonterías. Ahora me comeré el tupper y en un par de horitas lo termino todo. Casi seguro que llego a casa antes de las siete y veintitrés, la hora a la que decía el Telediario que se acabará el mundo. Así lo vemos juntos.

Ya verás, el lunes tocará madrugar igualmente.

No te puedes quejar

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Disculpa, pero te he oído mientras hablabas por teléfono. Decías que odias madrugar y que odias tu trabajo. Me parece increíble que te quejes por tener un cómodo empleo de oficina que te permite pagarte la cerveza que te estás tomando y el móvil de última generación por el que estabas hablando. Levantarte a las siete de la mañana para ir a tu oficina a aguantar al imbécil de tu jefe es una suerte, un privilegio, y más con la que está cayendo. No te puedes quejar.

Piensa si no en el treintañero que se ha quedado sin trabajo y tiene que aceptar un puesto en una cadena de comida rápida, sirviendo refrescos aguados y patatas aceitosas a adolescentes cuya porquería tendrá que limpiar. Este chico no trabajará de nueve a cinco en una cómoda mesa, contestando a correos electrónicos mientras escucha música. No, a él le esperan turnos de doce horas durante noches y fines de semana a cambio de una cuarta parte de tu sueldo.

Pero es que él tampoco se puede quejar. Al menos tiene un empleo. ¿Tú sabes la suerte que tenemos los que podemos ir a trabajar cada mañana y dedicar las mejores horas de nuestras vidas a cumplir los sueños del presidente del consejo de administración de nuestra empresa? Piensa en ese matrimonio con dos hijos que lleva más de tres años en paro y que ha perdido su casa. Los cuatro han tenido que ir a vivir con el padre de él y todos subsisten a duras penas con su pensión, que no llega a los 700 euros.

Y tampoco se pueden quejar. Tienen una casa en la que vivir. Agua, luz, algo en la nevera y los niños van a la escuela, donde al menos tienen una comida caliente al día. Hay gente que vive en la calle, durmiendo entre cartones o en cajeros, y pidiendo limosna para gastársela en vino.

Pero ellos tampoco pueden quejarse. Viven en occidente: tienen albergues, pueden recurrir a Cáritas, cuentan con hospitales y, trabajando duro, podrían recuperar la vida que muchas veces han perdido porque les daba la gana, que al fin y al cabo nadie les obligaba a ser alcohólicos o pobres.

Más difícil lo tienen quienes vienen de países africanos en guerra y se juegan la vida en pateras para llegar a nuestro país y buscarse la vida trabajando sin papeles, y eso si tienen suerte y no acaban de vendedores ambulantes o en la cárcel.

Ojo, que estos son los afortunados, los que al menos han podido huir. En su país se han quedado chavales de diecisiete años que tienen que empuñar un rifle y cortarles las manos a sus enemigos con un machete, que lo he leído en el periódico. Imagina. Eso sí que es jodido. Hay muchos tendones en las muñecas. Es mucho trabajo.

Pero ellos tampoco tienen derecho a quejarse. Siguen vivos, ¿qué más quieren? Y no como ese enemigo que está tumbado bocabajo, con varios agujeros en el torso y sin manos. Él sí que lo tiene mal.

Y tampoco se puede quejar.

Ya me dirás cómo.

Horas extra

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(Flickr Commons)

No sé cuándo podré salir, ya te he dicho mil veces que no sé cuándo podré salir. Estoy terminando unas cosas. Pues cuando acabe, no lo sé, siempre hay cosas por terminar, siempre hay trabajo pendiente. Ahora estoy acabando un informe que tendría que haber entregado la semana pasada y después debería preparar una reunión a la que yo no iré, pero que tengo que preparar igualmente, y cuando termine con eso, tengo que llamar a la oficina de Turín porque les pedí que me enviaran sus gastos, pero no me los han enviado, y mientras me los envían aprovecharé para preparar las nóminas, a no ser que me los envíen en seguida, porque entonces los gastos tienen prioridad. Y no, no puedo hacerlo mañana, es decir, lo haré mañana si sigo trabajando aquí a medianoche, cosa que parece probable porque Eva se va a quedar otra noche más y no puedo irme a casa antes que ella. No, claro que no puedo. Tengo que salir unos minutos más tarde. Como mucho, puedo irme mientras ella esté recogiendo. Pero no antes. Quedaría fatal y no es el momento de quedar mal.

Sí, seguro que no van a traer a nadie de fuera para reemplazar al antiguo director financiero. ¿Cuánto hace que se jubiló? Siete años ya. Pero es que la decisión no es fácil: tanto Eva como yo conocemos bien la empresa y los procedimientos, y tenemos experiencia suficiente como para hacernos cargo del departamento. Por eso hasta que se tome la decisión tengo que esforzarme, rendir al máximo, hacer todo lo posible para que el jefe se fije en mí y diga: “Esta es la persona que quiero para el puesto”. Luego ya podré relajarme un poco. Y si eso supone hacer algunas horas extra, pues tendré que hacerlas. Es algo temporal. Piensa luego en el aumento de sueldo. Lo he calculado. Son 117 euros al mes netos. En catorce pagas, 1.638 euros al año. Si me jubilo dentro de 29 años, habremos ahorrado 47.502 euros sólo de este aumento y sin contar los intereses. Casi 50.000 euros. No me extrañaría llegar a la jubilación con 100.000 euros ahorrados, entre una cosa y otra, y si invertimos ese dinero, podemos pasar los años de retiro ahorrando aún más, a pesar de que cobraremos menos, porque ya habremos pagado la hipoteca y tendremos menos gastos de transporte e incluso de ropa, entre otras cosas. Lo tengo todo calculado. Pero para eso, ahora toca trabajar un poco. Por lo menos hasta que Eva se vaya a casa, ya te digo. En cuanto se levante, yo me pongo la chaqueta y me voy.

Ya sé que soy la persona indicada para el puesto y que reúno méritos suficientes con independencia de si hago una hora más o no un día u otro, pero no está tan claro: tengo dos meses más de experiencia que ella; mi máster es en Esade, igual que el del jefe, mientras que el suyo es del Iede; ella es mujer y vivimos en una sociedad machista, y en la ultima revisión trimestral, mi nota fue tres puntos sobre cien superior a la suya. A su favor, ella tiene: dos meses más de experiencia en otra empresa del sector; su máster es en contabilidad financiera, más adecuado para el puesto que el mío es de finanzas contables; ella es mujer y en la empresa hay pocas mujeres en puestos de responsabilidad, y en la última revisión, ella sacó tres puntos menos en total, pero porque justo había comenzado con un nuevo proyecto y sólo estaba arrancando. Se trata de un proyecto importante: unificar los formatos de facturas de todas las filiales europeas. Me hubiera encantado que me lo confiaran a mí, pero es cierto que ahora mismo no puedo asumir una nueva tarea, al menos no mientras sea el responsable de contabilizar y reintegrar los gastos.

Sí, ya lo sé que no pasa nada por un día… Ya… Pero hoy no puede ser. Lleva sin moverse de su silla, qué se yo, parecen años, y ya no me puedo echar atrás. En algún momento tendrá que levantarse e irse, sobre todo ahora que se le ha caído uno de los ojos y hay gusanos, creo que son gusanos, corriendo por su cara. Hoy desde luego no puedo irme. Y menos después de lo de anteayer. Fui a coger algo de comer a la máquina de vending y me encontré con el jefe por el pasilla. “Hombre, Alfredo, ¿qué tal?”. Le dije que me llamo Pedro. No me gusta corregir a los jefes, pero tampoco quiero que asciendan a Alfredo creyendo que soy yo. Sería muy injusto y muy difícil de explicar. “Eso, Pablo -y antes de que decidiera si debía corregirle una segunda vez, en plan de perdidos al río, o no, añadió-: ¿Y esa barba? Pero si te tapa el cuello de la camisa”. Sí, bueno, le dije, estoy intentando ponerme al día con el trabajo… Es decir, estoy al día, pero avanzando cosas… Y cerrando temas… No es que tenga trabajo atrasado… Es decir… Titubeé y carraspeé, nervioso porque es cierto que la barba y el pelo están largos, desaliñados y grasos, pero al menos me tapan, precisamente, el cuello de la camisa, que está ya amarillo de la grasa y el sudor acumulados. Los de Turín me tienen que enviar las justificaciones de sus gastos… Siempre los envían tarde… Me crucé de brazos para tapar una mancha de café de la manga izquierda. “Muy bien -me dijo-, así me gusta, Alfredo”. Y se fue, mordisqueando una chocolatina. Intenté volver a corregirle, porque conozco a Alfredo y es capaz de quedarse con el puesto, pero apenas me salió un hilillo de voz que ni oyó. Resignado, compré agua y café, y volví a mi sitio. No, no… No, por favor, no necesito que me traigas nada. La camisa… La camisa está bien… Sólo exagero. Y puedo pagar con la tarjeta. Sí, de verdad. Es una tarjeta monedero de la empresa. En serio. No cuchillas, tampoco. Ya me afeitaré cuando llegue a casa. Tenía otra camisa y otra corbata aquí guardadas, por si acaso. Y las voy combinando. Algunas noches, cuando estoy seguro de que no hay nadie aparte de Eva y yo, y cuando me parece que Eva no me mira, voy al baño y las limpio. De algo sirve, aunque el problema es secarla. La dejo colgada allí mismo y la recojo y me la pongo algo más tarde: sigue húmeda, pero se arruga menos. Y con la ropa interior, lo mismo, sólo que no tengo mudas y vuelvo con los pies en los zapatos sin calcetines y sin calzoncillos debajo de los pantalones, cuidándome mucho de que Eva no note nada.

Sí, sí… Vale, sí… No sé, pues dile a mi madre que pronto. Yo no… ¿Para qué quiere que vaya a verla? Yo no soy médico. Ahí está bien atendida. No… Mira, tengo que colgar… Eva me está mirando. Creo. No sé. Ya no lo sé. Sí… Sí… No. Dile a mi madre que no le puedo prometer eso. Y me parece un golpe bajo. Esto es importante para mí. La vida sigue y si mi madre se muere, que no se va a morir porque es una exagerada, a ella le dará igual lo que nos pase al resto, pero yo (nosotros, te lo recuerdo) me (nos) voy a quedar sin esos 117 euros netos al mes más. Ojo, netos, que si bajan los impuestos, no sé, pues mira, igual son 121. No, esto no lo he calculado, que sería como el cuento de la lechera, vete a saber si los bajan o los suben, cuándo y cuánto. Dile a mi madre que la llamaré y ya está. No, hoy ya no. Mañana, quizás. Pues si quiere verme, le envío una foto. Joder. No puedo estar en dos sitios a la vez. Oye, tengo que colgar. Llevo mucho rato en el pasillo y debería volver a mi sitio.

Sí, claro que he hablado con la jefa de recursos humanos. Fui a verla al despacho hace unos meses. “Vaya melenas”, me dijo. “Con esa barba pareces un profeta”. Y le dije, Marta, la llamo por el nombre de pila porque nos conocemos desde hace muchos años, Marta, le dije, ¿sabes cuándo van a nombrar a un nuevo director financiero? Estamos trabajando muy duro. Dije “estamos” porque soy buen compañero, a pesar de que Eva prefirió quedarse en el despacho. Le dije, ¿vamos a hablar con Marta? No podemos seguir así, necesito darme un ducha. Pero se quedó callada frente al monitor, sin ni siquiera mirarme. Esto es un problema, le dije a Eva, porque cuando nos nombren a uno de los dos director financiero, tendremos que trabajar juntos. Y ni siquiera me miró, dándome a entender que si ella consigue el puesto, me despedirá. Y sabes que no nos podemos permitir que uno de los dos se quede sin trabajo. Porque entonces yo (en este caso) tendría que buscar un empleo, al no tener uno. Porque hay que trabajar. Total, que Marta me dijo lo de siempre: que el proceso es lento. Y me confirmó una vez más que no se estaba buscando a alguien de fuera para el puesto. Que estaba entre Eva y yo. Y que le recordaba el asunto al jefe siempre que podía, pero ya sabes cómo es esto: siempre de reuniones y de viajes.

No sé si es por el trabajo, no sé si es personal. Ya no me habla y yo ya desistí. Ni siquiera le ofrezco nada de la máquina cuando me levanto a comer. Creo que incluso debe comer mientras yo me quedo dormido, porque aunque no quiero, me quedo dormido, qué le voy a hacer, soy humano. Aunque ella no lo parece. Es que creo que incluso duerme con los ojos abiertos. Al menos el que conserva. Y no la he visto comer en, no sé, ¿años? Lo tiene que hacer en algún momento, claro, esto forma parte de nuestro duelo psicológico, de este juego de la gallina, de a ver quién se retira antes, pero es cierto: no la he visto ni con una mísera manzana. Cada día está más delgada. Y sucia. Yo intento mantener algo de dignidad, incluso me lavo los pies a veces, pero ella huele fatal. Eso no sé si es bueno para mí. Si alguna vez entrara el jefe en el departamento, vería que el limpio soy yo, pero no me extrañaría que yo también me viera perjudicado. Al fin y al cabo, ya debería imponer mi autoridad, suponiendo que tuviera madera de jefe. Sí, no me conviene que siga así. Pero las cosas han llegado a un punto en que ni siquiera puedo hablar con ella.

Es que no se mueve, no abre la boca. Es todo muy tenso: ni contesta al teléfono. Creo que espera que lo coja yo, el suyo y el mío, y que asuma las labores de subalterno. Otro juego psicológico en el que no pienso caer. Nada, ni se inmuta cuando suena, en serio. Sólo está ahí, sentada frente al monitor. Está tan concentrada que parece que ni respire. Creo… Igual me faltan horas de sueño, no sé, porque es de locos, pero creo… Me parece que no la oigo hablar desde hace tres años. Cuatro. No sé. Sé que cuando se jubiló el director financiero seguimos manteniendo un trato normal, de compañeros, pero poco a poco se fue viciando. Cada vez asumíamos más responsabilidades y nos quedábamos más horas, intentando que el jefe se fijara en nosotros, aunque por aquí nunca aparece y apenas me lo cruzo por los pasillos muy de vez en cuando. La última vez que recuerdo que me dijo algo fue una de esas noches que parecía que nos íbamos a quedar otra vez hasta las nueve o al menos hasta que el primero de los dos se rindiera. Sí, lo que te decía, hace tres años o así. Cuatro, quizás. La oí soltar unos gemidos, como si le costara mucho respirar, y cuando alcé la mirada, tenía los ojos muy abiertos, una mano en el pecho y la otra extendida hacia mí. ¿Qué ocurre?, le pregunté. ¿Necesitas la grapadora? Me levanté para dársela, pero la dejó caer. Mientras me agachaba para recogerla, porque soy un caballero, oí que decía algo así como: “Llama, llama”. ¿Llama a quién?, le pregunté cuando dejé la grapadora encima de la mesa. Pero ya no me contestó, ya no me dijo nada más. Sólo se quedó allí sentada supongo que enfadada porque no había llamado a no sé quién. No soy adivino, qué quieres que te diga. Volví a mi sitio y me dije, esta noche va a ser larga, aunque no me imaginaba que tanto.

Disculpe por haberle hecho esperar

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Los faros de un coche iluminan un claro. Un tipo suelta una pala y trepa para salir de una enorme zanja, sudando, lleno de tierra, con la camisa algo rota. Le sangra una ceja y tiene un ojo amoratado. Otro hombre le espera arriba, fumando, con una pistola en la mano. Cuando el primero termina de salir, jadeando y tosiendo, el de la pistola le pide que se ponga de rodillas.

-No… Por favor, no… No me mates… Te pagaré el doble de lo que te hayan ofrecido… Yo… No… No lo…

Suena un móvil. El tipo que está de rodillas se mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono y mira la pantalla, con cara de fastidio.

-Disculpa, tengo que cogerlo. Sí… Sí, soy yo… Sí, eso es; se trata de una factura que me llegó con un importe incorrecto. A ver, ya se lo he explicado a sus compañeros cuatro o cinco veces. Es que siempre me hacen volver con lo mismo, ¿no lo tiene anotado ahí? Mire, en la factura de febrero… Sí, febrero… No, no la llevo encima, me pilla fuera de casa. Sí, espero. Perdona un momento -le dice al tipo armado-. Es que si no, me toca llamarles otro día y me tienen un cuarto de hora esperando con la musiquita. Sí, aquí estoy. Bien, pues si ve la factura de febrero, hay como unos ocho euros bajo el concepto de roaming y como ya les he explicado, es imposible que me cobren eso porque yo llevo más de seis meses sin salir del país. A ver, me da igual, no es problema mío que su sistema diga que sí. No, claro que no puedo demostrarles que no he estado en el extranjero. ¿Qué pretende? ¿Que fiche cada día en el portal? Son ustedes los que… No, a ver un momento… Lo que tienen que hacer es… No… Sí, espero. Perdona, ¿eh? -añade, dirigiéndose al otro tipo, que aún le apunta con la pistola-. En seguida termino. Es que esta gente… Por ocho euros de mierda, el lío que me están armando. Y no es la primera vez. En cuanto se me acabe la permanencia, cambio de compañía. Sí, sí, sigo aquí. Sí. No. No, no, no haga eso. Es la cuarta vez que me dicen lo mismo. No me haga el numerito de abrir otra incidencia porque lo único que va a pasar es que dentro de tres o cuatro días voy a tener que volver a llamarles y voy a tener que repetir otra vez esta conversación con otra persona que volverá a abrir otra incidencia o añadirá una nota en esta incidencia si es que aún no la han cerrado. Que no, oiga, que no. No. Mire, ¿cuánto me cobrarían por irme a otra compañía antes de que termine la permanencia? Mírelo, por favor. Sí, dígamelo. Espero. No es un farol -añade, de nuevo hablando con el tipo que le apunta con la pistola y que le hace signos para que cuelgue-. Ya estoy harto. Si tengo que pagar cien euros, pues los pago. Pero de mí no se ríe nadie. Sí, aquí estoy, sí. Cuarenta y ocho euros. Muy bien. Pues quiero que en las observaciones a esa incidencia que va a volver a abrir ponga bien claro que si este tema no se ha solucionado el jueves que viene, me iré a otra operadora y además avisaré al banco para que no les abonen ninguna otra cantidad. Y pienso poner una reclamación en consumo. Ya sé que usted sólo es un mandado y no tiene culpa de nada, pero no pienso consentir que se vulneren mis derechos. Ya, ya, lo que usted diga, pero me están haciendo perder un tiempo que no tengo por ocho ridículos euros. Adiós, buenas noches. Gracias, adiós, adiós.

Guarda el móvil, mostrando cierta satisfacción.

-No me gustan nada estas cosas. Me dejan muy mal cuerpo. Pero mira, al menos les he dejado las cosas claras. Llevo semanas arrastrando este tema porque juegan a eso. A que te canses, aunque tengas razón. Pues no me da la gana.

El tipo que está de pie tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la suela de sus botas. Le vuelve a apuntar con la pistola.

-Oh, es verdad. Lo había olvidado.

Las mejores recomendaciones pasivo-agresivas de Linkedin

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Alberto es uno de los mejores compañeros de trabajo que he tenido. Siempre estaba dispuesto a tomar un café o a comentar la prensa, y nunca dudaba en darle a “me gusta” en todas las fotos que veía en Facebook. Era apreciado por su optimismo, que le llevaba a no desanimarse jamás cuando se quedaba encallado en un nivel de Candy Crush.

Sandra es una excelente profesional con amplios conocimientos del mundo editorial, incluyendo las tendencias más actuales, como los libros electrónicos y la autoedición. Espero que consiga finalizar esa novela a la que dedicó tantas horas y por culpa de la cual fallecieron tres empleados en nuestra fábrica de mobiliario infantil. La echaremos de menos en el área de prevención de riesgos.

Iván fue mi jefe durante mi etapa en Massive Dynamics. De él aprendí muchas cosas, especialmente la importancia de delegar. También me enseñó que lo importante no es lo que sepas, sino lo que digas saber en las reuniones, y que una comida de trabajo con un cliente se puede alargar tres días, si es necesario para que esté satisfecho. Él me inspiró para dedicar mi trabajo final de posgrado al principio de Peter.

Noemí es una excelente profesional y la recomiendo encarecidamente y sin ningún asomo de duda a cualquier empresa de la competencia.

Contraté a Eva como desarrolladora freelance tras quedar gratamente sorprendido con su creatividad. La relación fue tan positiva que aunque el proyecto tenía prevista su finalización en seis meses, se alargó casi tres años. Fue precisamente esta excesiva creatividad la que provocó una relación tan duradera, ya que al parecer no fuimos capaces de inspirarla lo suficiente. De hecho, el proyecto era tan poco inspirador que nos acaba de llegar una demanda por plagio.

En los meses que pasé en el departamento dirigido por Sebastián, me sorprendió su conocimiento de la empresa y su habilidad para detectar las principales habilidades y los puntos débiles de nuestros compañeros. Gracias a sus charlas junto a la máquina de café, supe quién tenía problemas con el alcohol, quién se acostaba con quién y por qué despidieron al antiguo gerente tras una noche en el casino con la tarjeta de crédito de la empresa.

A pesar de lo que comentaban muchos, el olor de Daniel es perfectamente soportable, siempre dependiendo de las corrientes de aire y del calor que hiciera.

Seis años más tarde, ya recordamos con una sonrisa aquella mañana en la que Sonia arrojó por la ventana al becario por haberle traído el café con leche normal, en lugar de leche de soja. Sus antiguos compañeros esperamos que tras su salida de prisión y después de haber dejado definitivamente la cafeína, Sonia sea capaz de encontrar un empleo en el que demostrar su capacidad para trabajar en equipo y bajo presión.

(Fuente de la imagen).

Holocausto contable

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Día 6 tras el incidente. La nube de polvo rojo sigue tapando el cielo, pero ya puedo distinguir el día de la noche. Aún queda comida, pero mañana tendré que salir a por agua. No me gustó lo que vi la última vez. Aún no he pasado por todos los pisos de esta finca, pero parece que mis vecinos han muerto. Todavía no he conseguido recibir ninguna señal ni de televisión ni de radio. Y lo que es peor, no he podido avisar a la oficina. La buena noticia es que este desastre de dimensiones tal vez mundiales que parece haber acabado con la civilización tal y como la conocemos comenzó el viernes por la noche, por lo que en realidad sólo llevo tres días sin ir a trabajar. Algo es algo.

Día 7 tras el incidente. He conseguido agua: un vecino tenía dos garrafas de ocho litros. Pero tarde o temprano tendré que bajar a la calle: en esta finca ya no queda comida utilizable, ya que gran parte de lo que había en las neveras se ha echado a perder. Además, no puedo cocinar. Intenté hacer una hoguera, pero sólo conseguí que el sofá ardiera en llamas. Por otro lado, hay que presentar la declaración del IVA y tengo toda la documentación en la oficina.

Mismo día, más tarde. No estoy muy seguro, porque las ventanas están llenas de polvo, pero me ha parecido ver la silueta de una persona en la calle. Estaba quieta y creo que me ha mirado cuando me he asomado y he gritado: “OIGA, ¿TIENE UN TELÉFONO O UNA PALOMA MENSAJERA PARA AVISAR A LA GESTORÍA GONZÁLEZ DE QUE LLEGO TARDE?”, pero se ha girado y se ha ido, caminando a trompicones entre esta especie de tormenta de arena. Seguramente ha sido una alucinación. Es cierto que está amainando, pero nadie saldría a la calle así. Suponiendo que quede alguien.

Sin embargo, no cierro la puerta a la posibilidad de que hayan sobrevivido otras personas. Lo cual sería una mala noticia porque ¿y si Alberto está vivo? A lo mejor él ha podido ir a la oficina y me está criticando a mis espaldas.

Día 8 tras el incidente. No era una alucinación: hay gente ahí fuera. He salido a por agua y comida, aprovechando que hay mucho menos polvo, y al volver con un carrito del súper lleno de latas y agua, me ha atacado un tipo con los ojos inyectados en sangre. No me ha hecho caso cuando le he pedido amablemente que por favor no me mordiera la oreja, que esas no son maneras, así que he tenido que golpearle con una paletilla hasta que se ha ido aullando. ¿Habrá más infectados?

En todo caso, ya es mala suerte que esto pase ahora, justo después de la jubilación de Matías y antes de la revisión trimestral. No hay duda de que yo soy la persona mejor preparada para sustituirle, pero si precisamente dejo de aparecer cuando está el proceso en marcha, Alberto aprovechará para clavarme otra de sus puñaladas traperas. Maldito traidor. Mal compañero. Trepa. Pelota. Holgazán. Gordo, porque además está gordo.

Día 9 tras el incidente. No he podido dormir en toda la noche. Normal, hoy es ya sábado y en toda la semana pasada ni fui a la oficina ni pude contactar con el jefe. Y reconozco que ayer podría haber intentado acercarme. Total, tampoco trabajo lejos e incluso podría haber ido andando. Sólo tenía que armarme con mi paletilla por si se me acercaba otro infectado, o zombi, o lo que sean. El lunes sí tendré que pasarme porque el martes como muy tarde hay que entregar la declaración del IVA y ni la he comenzado.

Mismo día, por la tarde. ¡Fantástica noticia! ¡Mi madre estaba viva y ha conseguido llegar a mi casa! Al parecer, el edificio en el que vivía se derrumbó durante el incidente, pero ella sobrevivió. Durante los días más graves de la tormenta se pudo refugiar en otro portal, donde fue atacada por varios infectados. Cuando amainó, se vendó las heridas con la ropa de un cadáver, se entablilló la pierna y salió hacia mi casa.

Esto es maravilloso porque el lunes quería llevar el traje azul, pero tiene un botón del puño descosido. ¡Menos mal!

Día 10 después del incidente. Ya puedo abrir la ventana sin que se llene todo de polvo. Las calles, las casas, los coches están cubiertos de una gruesa capa de esa especie de arcilla. De vez en cuando me parece ver a uno de los infectados, caminando a lo lejos lentamente, como un gato perdido y enfermo.

Mi madre intenta convencerme de que no salga. Le he contestado que si lo dice por no coserme el botón, que no se preocupe, que ya llevaré el traje gris. Tal y como esperaba, se ha sentido culpable y no sólo me ha arreglado el traje, sino que me ha planchado la camisa blanca, calentando la plancha con una cerilla.

Día 11 después del incidente. Qué asco, lunes. Lo peor es que mi madre se ha dormido y he tenido que hacerme yo el café. Se ha despertado por casualidad, al oírme golpear una cacerola con una cuchara mientras gritaba “ALGUIEN SE HA QUEDADO DORMIDO”. Se ha ofrecido a prepararme el desayuno, pero le he dicho que YA NO HACÍA FALTA. “Descansa, descansa… Aprovecha que tú no tienes que trabajar”.

Al final me ha hecho unos huevos.

Día 31 (?) después del incidente. Conseguí llegar a la oficina. De hecho, escribo esto desde el baño. El camino fue algo más complicado de lo que creía: primero me atacaron dos infectados. Suerte que llevaba mi paletilla. Después, unos tipos que iban vestidos como en Mad Max 3 (la mejor de la saga) me tuvieron encerrado durante unas seis semanas, calculo, con la intención de cebarme y comerme. Incluso me hicieron confesar que vivía con mi madre, al torturarme haciendo con la mano un gesto como así y diciendo “mira que te voy a dar un capón, ¿eh?”. Resistí todo lo que pude (no menos de dos minutos). Cuando la trajeron, la pobre mujer estaba llorando a gritos y aproveché la confusión para recuperar mi paletilla y escapar a golpes de cerdo.

Lo peor fue que al entrar en la oficina se confirmaron mis peores sospechas.

-Vaya horitas de llegar -así me ha saludado el jefe, nada más verme-. ¿Y esas manchas de sangre en la camisa?

Me he desplomado sobre mi silla, contestando con una serie de balbuceos inconexos que sólo ha oído el cuello de mi chaqueta, y he escuchado un gruñido a mis espaldas. Era Alberto. Infectado: tenía la piel amarillenta y llena de venas, los ojos encarnados y estaba mordiendo el ratón. Además, con unas uñas medio rotas y verdosas arañaba la madera de la mesa. La mesa de Matías. Estaba sentado en la mesa de Matías. Pero qué hijo de puta. En la mesa de Matías. Gracias a todos por confiar en mí y darme una oportunidad. Hijos de puta. En la mesa de Matías.

Mi madre estará bien, imagino.

(Fuente de la imagen).