Normas de etiqueta en el ascensor

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A veces pasa: estás en el ascensor y otro vecino entra en el portal. En estos casos se considera de buena educación esperar con la puerta abierta. El problema es que esto puede ser contraproducente porque genera una ansiedad innecesaria: por un lado, el vecino se ve obligado a avanzar el paso, casi trotando, por mucho que musitemos que no hay prisa, que no hace falta correr; por otro lado y aunque ninguno de los dos lo confiese, tanto el vecino que espera como el que acaba de llegar preferirían subir solos. A pesar de las convenciones sociales, ninguno de los dos quiere pasar unas decenas de segundos recluido en un armario con alguien que en realidad es un desconocido, por lo que, en realidad, el recién llegado agradecería que el vecino que sostiene la puerta la cerrara y no mirara atrás durante esos escasos, pero incómodos instantes que el ascensor tarda en arrancar. Ese recién llegado tendrá que esperar a que el vecino llegue a su piso antes de poder llamar él al ascensor, pero a cambio podrá viajar solo y, por tanto, más relajado, siempre y cuando no aparezca un tercer vecino en el portal mientras aguarda.

Teniendo en cuenta todo esto, hace unos meses opté por no esperar cuando estaba subiendo al ascensor y aparecía un vecino en el portal. Aunque me hubiese visto. Sabía que los dos estaríamos más cómodos así y que nadie se quejaría, ya que, bajo la apariencia superficial de mala educación en realidad estaba siendo amable.

Pero poco después me asaltó una duda: aunque esto parecía una buena solución para la mayoría, siempre cabía la posibilidad de que alguien, quizás con prisa, prefiriera que yo esperara. Para algunos vecinos podría ser mejor ganar unos segundos a ahorrarse la incomodidad de ir con alguien en el ascensor. Imaginemos un caso extremo, una emergencia: alguien que había respondido a una llamada telefónica en la que se le pedía con urgencia y miedo que fuera a casa lo antes posible. Unos segundos esperando al ascensor no cambiarían gran cosa, pero al menos ayudarían a reducir el nerviosismo durante los últimos instantes del viaje, con independencia de si lo hacían a solas o en compañía.

Ante esa disyuntiva y con el objetivo de que tanto unos (los que preferían ir solos) como otros (los que tenían prisa) se sintieran a gusto, opté por no subir al ascensor cuando aparecía un vecino e irme por las escaleras, en ocasiones para volver a esperar y llamar al ascensor dos o tres pisos más arriba, una vez que el otro vecino hubiera llegado a su destino.

El único problema era que resultaba raro que abandonara el ascensor, cuya puerta en ocasiones ya tenía abierta, a veces con uno de los pies en la cabina, y decidiera de repente subir por las escaleras. Sobre todo porque algunos de mis vecinos me conocía, aunque solo fuera de vista, y sabía que yo vivía en un sexto.

No podía explicar que les estaba haciendo un favor. Aunque resulte paradójico, se considera de mejor educación simular que no nos importa subir con alguien y que nos resulta indiferente estar recluido en un espacio de uno o dos metros cuadrados, dependiendo de la cabina, sin saber adónde mirar ni qué decir, que ceder ese espacio para que lo disfrute la otra persona. Porque esto último, subir solo o dejar que el vecino suba a solas y hacer explícito que se prefiere así, tiene una connotación de rechazo cuya sospecha no se disiparía ni siquiera en caso de decir “no es que no quiera subir contigo, no tengo nada contra ti, es que no quiero subir con nadie”.

Y es que, aunque todos o casi todos pensemos lo mismo, existe la convención de que no deberíamos pensar así. “Prefiero estar solo en el ascensor, no quiero pasarme treinta segundos mirando las llaves” es una frase que no debemos pronunciar en voz alta, ya que la misantropía, incluso en estos episodios anecdóticos, es un sentimiento que la mayoría considera negativo, y no sin una gran parte de razón. Como mucho, podemos admitir que nos sentimos incómodos viajando con otra persona en un ascensor en un contexto de total confianza o hablando en abstracto: quizás en un bar, con amigos y sin ningún trayecto en ascensor previsto para las próximas horas, o por escrito, poniendo distancia entre el emisor y el receptor, de modo que nadie pueda sentirse ofendido.

Es decir, a pesar de que ningún vecino me dijo nada al respecto, probablemente por educación, era inevitable imaginar o, mejor dicho, suponer que pensaban o incluso comentaban que aquel comportamiento era extraño. “¿Por qué ese vecino no quería ir conmigo en el ascensor hasta el punto de preferir salir de él y subir seis pisos a pie?”, preguntaría alguno. A lo que otro respondería “creo que no tiene ningún problema contigo, que le pasa con todos, porque a mí también me lo ha hecho”. “Peor me lo pones”, añadiría el primero.

Cabía la posibilidad, admito que extrema, de que alguien se hubiera sentido ofendido o dolido por mi actitud. No creo que tanto como para llegar a enfadarse o llorar, pero sí quizás para darle vueltas a mi gesto durante unas cuantas horas, con un sentimiento de despecho quiero pensar que cada vez más apagado. ¿Cómo decirle (y, sobre todo, a quién) que no era una cuestión suya, sino mía?

Pensé en enviar un correo electrónico a la lista de la comunidad para explicar que soy claustrofóbico, pero aquello no serviría: ¿solo era claustrofóbico cuando me tocaba subir con otra persona en el ascensor? Medité la posibilidad de inventarme alguna otra fobia o quizás algún tipo extraño de alergia. No puedo entrar en contacto con células de piel muerta ajena en suspensión. La colonia me irrita la pituitaria. El médico me ha prohibido respirar el aire que han expulsado otras personas. Necesito hacer ejercicio y en ocasiones solo me acuerdo cuando ya estoy dentro del ascensor.

También sopesé la opción de casarme y tener hijos. En el ascensor de mi finca solo cabían unas cuatro personas, así que si iba con mi esposa y dos niños, o incluso con un bebé y el carro, solo compartiría ese espacio con gente a la que en principio no me importaría tener cerca. Aunque quién sabe si con los años mi mujer y yo nos distanciaríamos, por no hablar de lo difícil que en ocasiones resultan las relaciones con los hijos adolescentes. Por desgracia, el escollo de este plan era evidente: tardaría mucho tiempo en encontrar pareja y más aún en tener descendencia. Y este asunto me generaba ansiedad cada día, no se trataba de un problema que pudiera posponer.

En realidad solo tenía una opción: mudarme. Si me marchaba, no tendría que dar ninguna explicación a nadie y podría solucionar todos mis problemas futuros en lo que se refería a los ascensores. Porque, claro, la idea era irme a una finca sin ascensor.

Había pensado también en la posibilidad de ampliar la búsqueda a un piso bajo: un primero, un segundo como mucho. Pero no era tan buena idea como parecía: ¿y si venía cargado con la compra o simplemente cansado y caía en la tentación de coger el ascensor? Bien podía ocurrir que justo en alguno de esos momentos de flaqueza apareciera un vecino en el portal. No solo eso: ¿y si era yo el vecino que aparecía en el portal cuando otro sostenía la puerta y me invitaba a subir? Este problema era en apariencia menor, bastaba con decir “no, gracias” y señalar las escaleras, pero se trataba de una escena que quería evitar, sobre todo en caso de que apareciera cargado con la ya mencionada compra. El vecino podría insistir o tomar nota de mi extraño comportamiento: “¿Viene con tres bolsas y prefiere las escaleras? ¿Qué le pasa? ¿Por qué me odia? ¿O es que no soporta a nadie? Vaya un vecino…”.

Tampoco podía irme a una casa: las casas son grandes y caras. Viviendo solo, pagar el alquiler sería complicado y tenerla limpia y ordenada, un engorro. Por no mencionar que con toda probabilidad eso supondría tener que vivir fuera de la ciudad, con lo que tardaría mucho más tiempo en llegar y volver del trabajo, además de que haría más complicadas las cenas con mis amigos los fines de semana.

Tenía que ser, por tanto, una finca sin ascensor. Tardé casi cuatro meses en encontrar una que me gustara y se ajustara a mi presupuesto. La segunda parte fue fácil: los edificios sin ascensor suelen tener un precio más asequible. La primera, no tanto: también suelen ser pisos viejos y oscuros, en barrios con callejuelas estrechas en las que huele a orina y uno teme toparse de un momento a otro con una cucaracha que huye de alguna cocina en la que alguien ha encendido la luz.

Esas semanas de búsqueda y espera fueron algo llevaderas, gracias a la esperanza que tenía de mudarme en breve. También desarrollé nuevas técnicas para evitar esos momentos tan problemáticos. Opté por ralentizar el paso cuando veía a un vecino llegando al portal poco antes que yo, dando otra vuelta a la manzana, por ejemplo, para no coincidir con él o ella en el portal. Algunos viernes y lunes llevaba una maleta (vacía) para poder subir y llenar el ascensor yo solo o para decir “ya lo cojo luego” si era yo el que llegaba segundo. Era engorroso y tuve que dar explicaciones un tanto absurdas en la oficina, pero me fue útil en un par de ocasiones. Otras veces cogí las escaleras casi sin saludar. “¿No subes?”, me preguntó un vecino en una única ocasión. “No, el médico, la dieta, el gimnasio…”, musité sin ni siquiera detenerme y sin terminar la frase. Que pensaran lo que quisieran, yo ya me iba.

Cuando terminé con la mudanza, me tomé un día libre y dormí casi veinte horas. No tanto por el esfuerzo del traslado como por la tensión que había acumulado durante los últimos meses.

Además de todo eso, la mudanza había supuesto un gasto extra que no tenía contemplado. No solo por el coste del traslado, sino porque también había tenido que comprar algunos muebles nuevos: un sofá, otra cama, un par de librerías, alguna lámpara. Confiaba en recuperar ese dinero poco a poco, gracias al menor importe del alquiler mensual. Se trataba de una cantidad muy pequeña, de apenas dos cifras, pero que al cabo del año sumaba un número medianamente atractivo.

Toda esa tensión se fue disipando en pocas semanas. Llegaba del trabajo y subía por las escaleras sin preocuparme por nada más. Saludaba a los vecinos. Les sonreía. Incluso charlaba con ellos. Aprendí el nombre de al menos tres.

Al cabo de un tiempo, se celebró una reunión de propietarios. Al estar de alquiler, preferí saltármela. Que los demás decidieran de qué color tenían que ser las persianas o si había llegado el momento de contratar a otra persona para que se encargara de la limpieza de la escalera. Como ni siquiera podía votar, no quería aburrir a mis vecinos con opiniones que solo servirían para que todo el mundo perdiera el tiempo.

La tarde siguiente vi un folio pegado con celo en el interior del portal. Se me hizo un nudo en la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se me cayeron las llaves.

— ¿Qué ocurre? — Era Nuria, que también vivía en el tercero. Dentista. Le gustaban las escaleras, decía en broma, porque así hacía algo de deporte. “No tengo tiempo para más”, añadía, antes de forzar una carcajada. Señalé el folio — . Ah, eso. Pero tú estás de alquiler, ¿no? Entonces tranquilo, que la derrama no te afecta, la tendrá que pagar el propietario. Ya era hora de que tuviéramos ascensor. Hay espacio para instalarlo y hay mucha gente mayor en esta finca. Lo malo serán las obras, eso sí.

Recogí las llaves y comencé a subir las escaleras sin esperar a mi vecina, que seguía hablando, creo, aunque probablemente se interrumpió a media frase al ver que me iba sin responder. Sí, un gesto feo por mi parte, más incluso que coger el ascensor sin esperar, pero, mira, en fin, yo qué sé, nadie se muere por eso y necesitaba estar solo.

Todo lo que pensé mientras recorría el Paseo del filósofo de Kioto

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En Kioto tuve ocasión de recorrer el llamado Paseo del filósofo, que recibe este nombre porque Kitarō Nishida caminaba cada día por él para inspirarse y meditar. ¿Y quién era Kitarō Nishida? Ni idea. ¿Me he inventado ese nombre? ¿O acaso él se inventó mi nombre? Quizás debería buscarlo en la Wikipedia. Aunque, por otro lado, ¿por qué no me busca él a mí en la Wikipedia? ¿Pero qué se ha creído?

A lo que iba: siguiendo el ejemplo de Nishida (o de Rubio, ya no me acuerdo), aproveché este paseo de apenas media hora para pensar. Y para cazar pikachus de esos. Pero sobre todo para pensar. No seré yo quien diga que pensar se me da mucho a mejor que a Nishida, pero estas ideas que anoté durante el camino dejan bastante claro que así es. Es más, seguro que renombran el Paseo del filósofo y lo acaban llamando el Paseo del filósofo, pero el otro, el del pelazo. Aquí van:

– Hay que vivir cada día como si fuera el último: como si fuera domingo. Así que ponte series y plancha.

– Si volviera a nacer, haría exactamente lo mismo, pero hablando con la i.

– Jamás haría caso a una de estas listas con los 100 libros que debes leer antes de morir. ¡Si los lees todos, te mueres!

– Se atrapa antes a un mentiroso que a un cojo, siempre y cuando el mentiroso esté sentado y le pilles por sorpresa.

– Hay cinco tipos de personas que son malos amigos: 1) Los que no te prestan dinero. 2) Los que continuamente te recuerdan que te han prestado dinero e insisten en que se lo devuelvas. 3) Los que recurren a sus abogados para que les devuelvas su dinero. 4) Los que acaban embargando tus bienes y luego los subastan para recuperar su dinero. 5) La gente.

– ¿Por qué hay gente que insiste en que el siete es su número favorito cuando “siete” en realidad es una palabra?

– Si el ocho se puede dibujar como dos treses (uno enfrentado al otro), ¿no sería más lógico que ocho valiera seis?

– Si el número marcado no existe, ¿acaso he marcado el quintorce?

– Cuidado con las personas tóxicas: si te comes su pierna, te salen pústulas por todo el cuerpo.

– Los de Viven comían carne cada día. ¿Por qué se quejaban tanto? Yo no me lo puedo permitir.

– Nada dura para siempre, a excepción de las películas de Marvel. Todavía están rodando la pelea final de Civil War. Cada vez llegan más superhéroes: Spider-Man, Ant-Man, Mortadelo, el viejo de los collares de oro de Empeños a lo bestia…

– ¿Hay vida después de la muerte? Probablemente, porque si no, no daría tiempo a que terminaran todas esas películas de Marvel.

– ¿De dónde vienen los niños? Ah, vale, es una excursión de un colegio.

– El trabajo te debe llenar, dicen. Pero luego resulta que comer croquetas no es un trabajo.

– Lo mejor del trabajo es cuando falsificas tu partida de nacimiento para poder jubilarte 30 años antes.

– Si toda la gente de marketing desapareciera, ¿cuántos años tardaríamos en darnos cuenta? No menos de quince.

– Si la ropa interior fuera interior de verdad, iría por debajo de la piel.

– No hay que malgastar el dinero en cosas que solo nos harán sentir bien durante un tiempo muy breve, como los medicamentos, que apenas sirven mientras uno está enfermo.

– Cosas que nos diferencian de los animales: la sonrisa. También llevar relojes de pulsera (a excepción de algunos monos). Y hacerse el interesante en los bares. Ver programas de subastas de trasteros mientras piensas “pero qué mierda es esta”. Bailar sexy (a excepción de algunos monos). Limpiarse las gafas con la camiseta. Coser botones. Ver reposiciones de programas de subastas de trasteros. Votar a Rajoy (a excepción de algunos monos). Quitarse los piojos con un peine en lugar de con los dedos.

– Jamás cambiaré mis principios. A ver si ahora me voy a tener que llamar Naime Gubio Lancock.

– Idea para un cuento: un hombre despierta convertido en un reloj de cuco. Solo puede comunicarse con su familia durante unos instantes en las horas en punto, cuando el mecanismo le hace salir de la casita de madera. Siempre aprovecha para insultar a su primo porque le destrozó el coche en un accidente hace siete años. Su primo murió. Pero de otra cosa, así que no pasa nada. El accidente solo le dejó en silla de ruedas.

– Un buen amigo me dijo el otro día: “La vida es breve. Hay que aprovecharla y no perder el tiempo con disputas estériles”. Yo le contesté: “¿Sabes qué es breve? Tu polla. Amargado. Que eres un amargado”.

– “La vida es breve”, me dijo el muy asqueroso. Solo le faltó recordarme que encima nos pasamos el día en la oficina. Hay que ser cabrón. Joder, que quedamos para tomar unas cervezas y echar unas risas, pedazo de imbécil. No le he vuelto a llamar, al triste de los cojones. A ver si su vida es breve de verdad, se muere y nos deja en paz a todos. Hostia ya. Joder. Dos semanas con pesadillas, por su culpa.

– Por cierto, “la vida es breve, no somos más que un parpadeo en una noche eterna, por lo que nada de este mundo importa tanto como nos parece” no sirve como excusa para no pagar al casero.

– Si lloras por no haber visto el Sol, eres un poco imbécil. Espera a mañana, ansias, que eres un ansias. Que es el Sol, joder, no un dinosaurio.

– A no ser que la vida sea breve de verdad y estés viviendo este día como si fuera el último porque el médico te ha dicho que morirás en 24 horas. En tal caso, busca vídeos del Sol en Youtube, que digo yo que los habrá.

Cuando éramos dioses

10X10 FOOT WIND TUNNEL CONTROL ROOM Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER
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Pictured: DENNIS VEVERKA / HALBERT HOYETT / CHUCK RICHTER / JIM ROEDER

Mi jefa me llevó a una sala de reuniones. Ya me imaginaba para qué sería: había pasado toda la noche dando vueltas en la cama, ensayando mentalmente esta escena.

—Verás, Jaime —comenzó—, quería hablarte de esto.

Me enseñó su móvil. En la pantalla, tal y como esperaba, vi un tuit mío de junio de 2011: “Hoy es lunes, qué asco”.

—Lo sé —contesté—, y sé que no tengo excusa. Pero pasaba por un momento muy malo. Trabajaba en otra empresa, nos explotaban por cuatro duros y, en fin, perdí los nervios.

Silencio.

—Además, era lunes.

—Ya, pero es que ahora trabajas aquí y muchos comentarios te están relacionando con nosotros. Es una publicidad pésima, como puedes entender.

—Me disculpé anoche. Varias veces. No quería ofender a nadie. Y lo escribí hace cinco años. Sin pensar. Era otra época. En Twitter éramos cuatro y decíamos muchas barbaridades. No nos leía nadie.

—Hay cosas con las que no se bromea.

—Lo sé. Ahora lo sé. He cambiado. He aprendido.

—Lo siento, pero tenemos que despedirte.

No dije nada más. Parecía bastante claro que la decisión se había tomado antes de que entrara en la sala.

Durante la noche previa de insomnio había llegado a pensar no solo que el despido era lo más probable, sino que además sería una buena noticia. Prefería no trabajar para una empresa a la que le parecía buena idea despedirme por una frase escrita hacía cinco años en un momento de inconsciencia. Una frase, por otro lado, que todos habíamos pensado alguna vez e incluso pronunciado en voz alta, no siempre borrachos.

Pero sabía que eso era mentira, que no había nada positivo en aquella situación. Porque ¿quién querría contratar al tipo que odia los lunes?

Fui a mi mesa a recoger mis cosas. Mis compañeros se levantaron para despedirse, incómodos. Todos menos Esteban. Me acerqué a él de todas formas.

—No te voy a engañar —me dijo—. Creo que la empresa hace bien despidiéndote.

No le contesté. Me había pillado por sorpresa. Y estaba un poco cansado de defenderme.

—Me repugnas —añadió, aprovechando mi silencio.

Ya en el metro, saqué el móvil del bolsillo. Desde el día anterior por la tarde, cuando se había armado todo el follón, me había intentado obligar a no entrar de nuevo en Twitter, pero no podía evitarlo. Lo hacía buscando algún mensaje de apoyo —que lo había, por lo general con un tonillo despectivo y condescendiente—, pero al final solo leía los insultos, cuyo ritmo no había caído a pesar de mis disculpas y de que ya hacía más de doce horas que había borrado el tuit.

“Hay que ser cabrón para quejarse de los lunes, con la que está cayendo”.

“A los seis millones de parados ya les gustaría que su lunes fuera diferente al fin de semana”.

“La economía está estancada por culpa de vagos como tú”.

“Hay niños africanos que solo pueden disfrutar de un lunes al mes”.

No solo los leía, sino que buscaba algunos que ya había visto y que me habían parecido especialmente hirientes. No era por masoquismo, lo pasaba fatal, pero parecía que necesitara leer las respuestas a estos comentarios, mirar cuánta gente los había retuiteado, cuánta gente había hecho fav. De vez en cuando se me ocurría alguna respuesta más o menos ingeniosa que no me atrevía a escribir: sabía que aquello solo empeoraría mi situación.

“Me da asco la gente que se burla de los parados”.

“Hoy es lunes. A ver qué piensan en su empresa, @GaimanAndCo, de su tuit”.

“No tiene NI PUTA GRACIA, CABRONAZO”.

“Si tu padre llevara dos años en paro, no dirías eso”.

“Como te vea, te rajo el cuello, ya sea lunes o viernes, pijo de mierda”.

Aparte de los insultos, había algún chiste, claro, como los clásicos “a lo mejor los lunes solo necesitan un abrazo” y “tened en cuenta que un lunes mató a sus padres a la salida del cine”.

Algunos se habían dedicado a hurgar aún más en mi archivo, encontrando otros tuits ofensivos. “Hoy hace un día de perros” les pareció insultante a los amigos de los animales, otro me acusó de apropiación cultural por publicar una foto de un plato de sushi y un tercero encontró una foto de uno de mis pies (solo se veía uno) medio enterrado en la arena de la playa. “También se ríe de los cojos, este indeseable”, escribió.

¿Debía disculparme también por estos tuits? Ya había pedido perdón varias veces por el del lunes y no había servido para nada. ¿Qué más querían de mí? ¿Que viajara en el tiempo y evitara que mis padres se conocieran —tal vez mediante el asesinato— para evitar mi nacimiento y, por tanto, todas esas publicaciones?

Cuando llegué a casa, cerré mi cuenta, puse un canal de televisión al azar e intenté dormir. Lo logré. No tenía mucho mérito, teniendo en cuenta la noche que había pasado.

Me despertó el teléfono. Era una amiga.

—¿Pero qué coño has hecho?

—¿Te has enterado?

—¡Sales en el periódico!

—Joder. Mierda. Joder.

—¿Cómo escribes eso?

—No sé, yo… Ni siquiera lo recuerdo.

Era mentira. Recordaba perfectamente cuándo y por qué había publicado ese tuit: un lunes por la mañana, antes de salir de casa y mientras tomaba el primer café del día. Pensé “lunes, qué asco” y lo escribí sin pararme a pensar en las consecuencias.

—Mira —le dije mientras encendía el portátil para buscar la noticia—, era otra época. Hace cuatro o cinco años no había casi nadie en Twitter y se decían toda clase de burradas. Incluso se hacían chistes sobre las olas de calor.

—Ah, muy bonito. Hay gente muerta por culpa de las olas de calor. Mira, porque te conozco desde hace años y sé que no eres así, que si no…

—Todo ha cambiado mucho desde entonces. Fue la época dorada de Twitter. Decíamos todo lo que se nos ocurría. ¡Nos creíamos dioses!

—¿Y qué piensas hacer?

—No lo sé… Imagino que se cansarán pronto. Que encontrarán otro escándalo en el que fijarse. Estas cosas no suelen durar más de uno o dos días.

—Sí, ya… ¿En tu trabajo lo saben?

—Me han despedido. Madre mía, han titulado “El tuit ofensivo contra los parados que incendia las redes”.

—Han puesto una foto tuya de Facebook.

—Al menos salgo sobrio. Espera, tengo que colgar.

Oía ruido en la calle. Salí al balcón. Abajo, frente al portal, había dos decenas de personas. Llevaban varios carteles en los que se me llamaba “enemigo de los parados”, entre otras lindezas. También coreaban insultos que se oían perfectamente desde mi cuarto piso. “Miradlo, es ese”, gritó uno de ellos. Volví a entrar en casa, cerré las ventanas, bajé las persianas y subí el volumen de la televisión.

Aun así, más tarde oí que cantaban Imagine. Levanté un poco una de las persianas y vi que había algo más de gente (no mucha más, los tuiteros no están acostumbrados a salir a la calle) y que también habían encendido velas.

Pasé otra noche en blanco. Alguien aporreó la puerta un par de veces, pero no me atreví ni a levantarme de la cama. Recibí un par de llamadas, digamos, poco amables y apagué el móvil. Aunque antes volví a echar un vistazo en Twitter. Seguían llegando insultos.

“Ese fascista ha tenido que cerrar la cuenta. ¡Estamos mejor sin él!”.

“Nos vamos a quedar frente a su casa hasta que se le pasen las ganas de insultar a los parados”.

“Este lunes seguro que le ha dado bastante asco. Aunque no tanto como él a nosotros”.

La mañana siguiente tenía varias decenas de mensajes en el móvil, tanto de texto como de voz. Mi primera idea fue borrarlos todos, pero al final opté por escucharlos uno a uno.

El decimocuarto me llamó la atención. “Hola, Jaime. Creemos que podemos ayudarte. Llámame o escríbeme a este número”.

Dos horas más tarde, una pareja llamaba a mi puerta.

—¿Cómo sé que no estáis con los de abajo? —Pregunté, sin abrir.

—Yo estaba en Twitter antes —dijo él—. Igual te suena mi apodo. Era Capaldi89.

Ese nombre me sonaba.

—¿Tú no dijiste una vez que tenías mucha sed?

—Sí.

Aquello había sido otro escándalo. De hecho, a pesar de la situación en la que me encontraba y de que habían pasado quizás un par de años, me indigné al recordarlo. ¿Cómo podía alguien que vivía en el primer mundo decir que tenía sed, cuando había grifos en todas las casas y bares en todas las esquinas? ¿Cómo podía alguien ser tan ciego a la realidad de millones de personas que sí pasaban sed de verdad?

—¿Y tú?

—Yo una vez dije que no me gustaba la idea de que un chico al que no conocía de nada me invitara a café.

—Eso no lo recuerdo… ¿Cuál fue el problema con la frase?

—Ni idea, pero recibí cientos de mensajes en los que me llamaban “zorra” y “puta”. También me acusaron de querer acabar con la especie humana.

—¿Nos abres?

—Sí, sí. Perdón.

Les dejé a pasar. Hice café.

—Perdonad, no tengo galletas…

—No pasa nada.

—¿Hay mucha gente en la calle? No me atrevo a mirar.

—Unos veinte o así —me dijo él—. Tus vecinos están enfadadísimos. Cuando uno ha visto que íbamos a tu casa, nos ha echado una bronca bastante importante. He creído entender que uno de los de abajo casi le roba el perro porque lo había confundido con un pokemon.

—¿Y vosotros…? ¿Quiénes sois? ¿A qué habéis venido?

—Formamos parte de una asociación que ayuda a gente que pasa por problemas similares al tuyo.

—No sé si eres consciente, pero tu vida ha cambiado por completo.

—¿No se cansarán de mí? He visto en el telediario que Rajoy ha dicho que en realidad no lee el Marca, que solo mira las fotos. Seguro que eso les entretendrá.

—¿Y no has visto que el ministro del Interior ha dicho que la fiscalía investigará tu caso?

—Sí, pero eso ya serían cosas de juicios… No es importante. Dejarán de hablar de mí en Twitter, ¿no?

—Imagino que sí. En un par de días ya no quedará nadie en la puerta de tu casa e incluso, si quisieras, podrías volver a abrir tu cuenta y seguir tuiteando con normalidad. O casi.

—El problema es que internet nunca olvida nada.

—Por ejemplo, cada vez que alguien discuta contigo, te responderá con un pantallazo de tu tuit.

—Y eso no es lo peor. Te han despedido, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando envíes el currículum a otra empresa y te busquen por Google, sabes qué encontrarán, ¿verdad? Al tipo que odia los lunes.

—Pero Twitter no es tan importante, ¿no? Solo son cuatro egos inflados a los que nadie tiene en cuenta en la vida real.

—Por lo general, sí, pero de ti se ha hablado también en la prensa e incluso en sitios que de verdad importan, como Facebook.

—Todo esto lo sabemos por experiencia propia. Te recuerdo que yo ni siquiera firmaba con mi nombre real.

—¿Y qué puedo hacer ahora? ¿Cómo puedo…? ¿Qué debería…?

—Tranquilo, te hemos traído todo lo que necesitas para comenzar una nueva vida.

Ella abrió el bolso, sacó un sobre y lo dejó encima de la mesa. Lo cogí, algo asustado. Por un momento pensé en la posibilidad de que se tratara de ántrax. A lo mejor me habían engañado y estaban compinchados con los tipos de abajo. Quizás todo era una trampa para acabar conmigo.

—¿Esto es un bigote postizo?

—Con él podrás salir de casa y buscar un trabajo de perfil bajo, donde no se pidan muchas referencias ni se use internet: estibador en el puerto, director de periódico, profesor universitario…

—¿Y no podría haberme dejado crecer el bigote?

—Huy, vaya, perdona… Ahora el sabelotodo no nos necesita.

—¿Preferías pasar una semana en casa, sin poder ni siquiera bajar al súper?

—Puedo comprar online.

—¿Así nos das las gracias?

—No, perdón, claro que os lo agradezco, pero…

—¡No me extraña que la gente te odie! ¡Eres un insensible!

—Déjalo, no merece la pena…

—¡Tienes cero empatía!

—Vámonos… Mira, le has hecho llorar.

—Yo… Lo siento…

—Eso es todo lo que sabes decir. ¡Piensa antes de hablar, joder!

—Vámonos, no le hagas caso…

Se fueron muy enfadados. Al cerrar la puerta, oí sollozos.

Lo cierto es que usé el bigote ese mismo día. Les envíe un selfi (y más disculpas) para que vieran que seguía su consejo y que lo agradecía. Pero no fui al supermercado. Contaba con algunos ahorros y con el finiquito, por lo que, teniendo en cuenta el panorama, pensé que igual todo aquello era una oportunidad para empezar de cero en un sitio en el que nadie me conociera. Así que aproveché el mostacho para salir a la calle, coger un taxi y largarme al aeropuerto con una mochila.

Decidí que cogería el primer vuelo disponible que me llevara fuera de España. Por culpa de esa idiotez acabé volando a Ulan Bator. Después de tres conexiones, dos autobuses y de quedar cuarto en el Dakar, llegué a la ciudad. Busqué un hotel y pedí una habitación. Todo parecía ir bien hasta que el conserje me pidió el pasaporte. Leyó mi nombre, alzó la ceja izquierda y me lo devolvió.

—Lo siento —me dijo, en un perfecto inglés — , pero no nos quedan habitaciones.

—¿No? Pero si hace un momento…

—Pruebe en la pensión que hay al final de la calle. Creo que allí no tienen wifi.

—Pero…

—Pase un buen lunes.

—Pero si hoy no es… Mierda. Vale. Ya lo pillo.

En la pensión sí tenían wifi, a pesar de los prejuicios de mi conserje. De hecho, no encontré alojamiento hasta varios días después, cuando me acogió una familia que vivía cerca de la frontera con China, a cambio de ayudarles con el cuidado de las cabras.

Llevo ya unas cuantas semanas con ellos. Me tratan muy bien y preparan un khorkhlog delicioso, pero no sé cuánto durará esto. Tömörbaatar, el hijo mayor, cumple 13 años el mes que viene, y ya le ha dicho a sus padres qué regalo le gustaría: un móvil con conexión a internet.

Imagen: NASA / Flickr Commons

Debate a cuatro

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Rajoy: Hay que subir los impuestos. O bajarlos. No me acuerdo. ¿Alguien se acuerda?

Rivera: Creo que era bajarlos. Pero no estoy seguro.

Sánchez: No sé, yo tengo el cerebro frito, ya.

Rajoy: ¿Bajarlos? Será subirlos, ¿no? Subir es bueno.

Sánchez: Ni idea.

Rajoy: Ya no puedo más. Llevamos, ¿qué? ¿Seis meses de campaña?

Iglesias: Ni siquiera recuerdo por qué estábamos enfadados.

Rivera: Creo que era por algo de Perú.

Rajoy: Venezuela.

Rivera: ¿Venezuela? ¿Seguro? No me suena de nada.

Sánchez: A mí se me han pasado las ganas de ser presidente. Joder, yo lo que siempre he querido es trabajar en publicidad. Soy muy bueno inventando eslóganes. Decidme una empresa, va, la que queráis.

Iglesias: Tendría que haberle hecho caso a mi padre y estudiar una ingeniería. Ahora estaría forrado.

Sánchez: En serio, cualquier empresa.

Rajoy: Iberdrola.

Sánchez: Iberdrola: la energía que mola. ¿Cómo se te queda el cuerpo? Anda que no. Mañana me meto en Infojobs y actualizo el currículum.

Rivera: ¿Y si debatimos un poco y así nos podemos ir a casa?

Iglesias: Venga, dale. ¿De qué queréis hablar?

Rajoy: A mí no me apetece mucho.

Iglesias: ¿Es mejor 30 Rock o Parks and Recreation? A mí me gusta más 30 Rock.

Rivera: No las he visto.

Iglesias. Huy, pues deberías. Pero, vamos, si no las hemos visto todos, no podemos debatir. Y tampoco quiero soltar spoilers.

Sánchez: Decidme otra empresa, va. El Corte Inglés, por ejemplo. El Corte Inglés: es inglés, pero en España.

Rajoy: Este es más flojo, ¿eh?

Sánchez: Lo importante es no parar de pensar. De cada cien ideas, hay que descartar noventa y nueve. Pero no hay que parar. La máquina siempre ha de estar engrasada.

Iglesias: La verdad es que yo también estoy cansado.

Rajoy: Es que además nos hacen debatir de pie.

Rivera: ¿Nos sentamos? Ahí hay un sofá.

Iglesias: No sé si deberíamos.

Rivera: Necesito un café.

Iglesias: Yo necesito dormir veinte horas.

Rajoy: Yo ayer dormí veinte horas y me he levantado peor. Lo que necesito son vacaciones. Creo que voy a pasar de esto de ser presidente.

Sánchez: A mí no me mires: yo quiero trabajar en publicidad.

Iglesias: Pues a mí aún me apetece eso de gobernar cosas.

Rajoy: No te lo recomiendo. La gente se pasa todo el día quejándose. No tienes ni un momento para ti. ¿Sabes cuánto hace que no voy a un spa? Tres semanas, por lo menos.

Iglesias: Ya, si es un agobio. Pero me hace ilusión. Debe estar bien dar la tarjeta de visita y que todo el mundo se quede flipado en plan, joder, es el presidente de España.

Rajoy: La mitad de las veces se creen que es una broma. En serio, te toman por un actor.

Rivera: Qué dolor de cabeza.

Iglesias: Ya. Todo el día hablando.

Sánchez: Yo tengo tendinitis de estrechar manos.

Rajoy: Odio estrechar manos.

Iglesias: El otro día vi a uno metiéndose el dedo en la nariz durante un mitin.

Rivera: ¡No!

Iglesias: Y, digo, ya verás, me va a tocar darle la mano.

Rivera: ¡No, por favor! ¡No me lo cuentes!

Iglesias: Total, que bajo a darle la mano a la gente y me digo, lo evitaré, hay mucha gente, se puede hacer. Pero como el tipo estaba bastante atrás me confié, dejé de mirar y cuando me di cuenta…

Rivera: ¡No! ¡Qué asco!

Iglesias: Sí, le estaba dando la mano a ese hijo de puta.

Rajoy: ¿Llevas gel desinfectante? Yo siempre llevo. Es lo mejor.

Rivera: ¿Debatimos un poco más? En África hay países donde no se puede debatir.

Iglesias: ¿Qué os parecen las últimas temporadas de Los Simpson? ¿Estamos de acuerdo todos en que no son tan malas como se dice?

Rivera: Tampoco veo Los Simpson.

Iglesias: Joder, ¿pero tú qué ves?

Rivera: No sé, yo pongo Neox y me quedo dormido en el sofá.

Rajoy: Llevo todo el día pensando que hoy era viernes.

Rivera: ¿Qué día es hoy?

Iglesias: Pues ahora que lo dices, no lo sé.

Sánchez: Es viernes, ¿no?

Rajoy: ¿Llevo todo el día pensando que era viernes y es viernes? Eso no tiene sentido.

Iglesias: ¿Por qué nos peleamos por gobernar? ¿Acaso no es más lo que nos une que lo que nos separa? No, en serio, ¿lo es? Yo ya no me acuerdo.

Rivera: Cómo me aburre la política. Todo el día blablablá.

Sánchez: El otro día pensaba que todos los políticos somos iguales, pero luego me di cuenta de que me había quedado parado delante de un espejo.

Rivera: ¿Dónde está el moderador?

Iglesias: Creo que no hay nadie. ¿Se han ido todos?

Rajoy: Madre mía, qué sueño tengo.

Sánchez: En Twitter está todo el mundo hablando de fútbol.

Iglesias: A ver si el debate era mañana.

Rajoy: Entonces, ¿hoy es viernes o no?

Nuestro pequeño Drip

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Cuando Diana y yo nos enteramos de que un meteorito se había estrellado contra el planeta Drumpf, destruyendo la mitad de sus ciudades y sumiéndolo en una noche de cenizas que duraría al menos tres siglos terrestres, nos dimos cuenta que esa era nuestra oportunidad para hacer algo por los demás, como siempre habíamos querido.

Tras un trámite corto debido a la situación de emergencia, adoptamos a Drip, un pobre niño drumpfiano que había perdido a toda su familia. Tenerlo en casa no fue fácil: Drip era una babosa translúcida de 200 kilos de peso. La parte buena era que al no tener huesos podía pasar por las puertas con facilidad. Pero no fue fácil adaptarse a su dieta: necesitábamos tener varias docenas de cabras vivas en casa, ya que era lo único que podía comer. Se las tragaba enteras y escupía los huesos, que retirábamos con cuidado porque quemaban por culpa del ácido.

También le costó hacerse al colegio. Al principio, sus compañeros le gritaban “babosa, babosa”. Pero la profesora les dio una charla acerca de lo importante que es aceptar a los que son diferentes, porque eso nos enriquece como personas. Luego Drip se la comió. Así se ganó el favor del resto de niños y niñas del colegio.

Eso sí, su madre y yo le regañamos. Drip, le dijimos, no está bien que te comas a los profesores solo para caer bien. Recuerda que la carne humana te provoca úlceras. Decidimos no castigarle porque ya lo estaba pasando bastante mal. Cuando le dolía la barriga soltaba unos gemidos que se oían en todo el barrio y que hacían que los gatos se tiraran por los balcones.

Era un niño muy tierno. Cuando le decíamos que le queríamos mucho, se avergonzaba, agachaba las antenas y nos decía que un día nos mataría a todos.

También estaba muy rico cuando le preguntábamos qué quería ser de mayor.

-Traeré el infierno a este planeta. Los humanos sois débiles y no podréis oponer resistencia a mi especie.

-¡Míralo! ¡Hablando como una persona mayor! ¡Qué gracioso!

-Dejaréis de reír cuando forméis parte de nuestro ejército de esclavos.

Durante su adolescencia, la especie de Drip necesita beber mucha agua salada, por lo que prácticamente secó el mar Mediterráneo. Y por eso ahora es un pantano salado muy bonito, con caimanes, serpientes de siete metros y varios millones de ranas. Mucho mejor que esas playas llenas de turistas. Sigo sin entender por qué se quejó tanto la gente. Alguno incluso dijo que había que meter a Drip en la cárcel. Qué locura.

Nuestro hijo aprobó la selectividad sin problema: solo necesitó amenazar a los correctores con su sudor, que es venenoso. Se matriculó en Medicina. Nos dijo que quería aprender cómo funcionaba el cuerpo humano y conocer así la forma más eficaz de exterminar a nuestra raza. Nos pareció muy bonito que quisiera saber más acerca de la especie que le había acogido.

-Eres como tu padre -le dijo Diana, con una lagrimilla resbalándole mejilla abajo-. Tan abnegado, tan entregado a los demás.

Lo decía porque había pasado un par de días pensando en hacer un donativo a Acnur, aunque al final me olvidé.

-Cada minuto que paso con vosotros, alejado de mi especie, me siento como si tuviera miles de puñales clavados en mis cuatro corazones -respondió Drip.

Mientras aún estudiaba, Drip nos presentó a su primera novia: Nuria. A nosotros nunca nos cayó muy bien porque bebía cerveza y todo el mundo sabe que alcohol es corrosivo para los drumpfianos. Una simple gota en su piel le podría provocar una molesta llaga.

Pero ya se sabe lo que pasa con los jóvenes: nunca hacen caso a sus padres. A pesar de que le dijimos que aquella chica no le convenía, Drip no solo siguió con ella, sino que la dejó embarazada.

A sus padres les molestó mucho porque los drumpfianos ponen miles de huevos que en una semana revientan el cuerpo de la madre. Durante el funeral se comportaron con una mala educación increíble. Habían educado a una chica que bebía cerveza a pesar de salir con un drumpfiano y encima venían dando lecciones. Estuvimos a punto de irnos. Pero nos supo mal por Drip y por nuestros nietos, que también eran suyos.

Drip avisó a sus hermanos, que estaban repartidos por toda la galaxia y que también habían tenido descendencia en otros planetas, y así comenzó la invasión de la Tierra.

Oficialmente, escogieron nuestro planeta por las cabras, el clima y la facilidad con la que podían someternos, pero Diana y yo sabíamos que Drip quería estar cerca de nosotros.

No nos gustó que metiera a nuestros nietos en una guerra, pero al final hay que dejar que los hijos tomen sus propias decisiones. Eso sí, nos encantaba cuidar a los retenes que dejaba de reserva y a los que alimentábamos con cabras, como cuando Drip era un niño. Aquello nos trajo muchos recuerdos.

Drip no solo es listo, sino que también es muy trabajador. Por eso no nos extrañó nada que los drumpfianos aplastaran toda resistencia en cuestión de semanas. Cuando su emperador vino a la Tierra, él fue el primero en inclinarse ante él y darle la bienvenida.

-Ese es mi hijo -dije en la sala común de las mazmorras cuando nos proyectaron las imágenes. Alguien me arrojó un taburete.

Ahora los humanos somos esclavos de los drumpfianos y Drip es vicesecretario en el Ministerio de Economía de la Colonia de la Tierra. Estamos muy orgullosos de él, claro, pero nos parece poco. Fue él quien planeó la invasión y quien ha dado un nuevo hogar a sus compatriotas. Debería ser ministro o incluso presidente.

A Diana no le gusta mucho que lo vaya diciendo por ahí porque a nuestros compañeros en la cantera no les gusta.

-Piensa que aquí hay muchas piedras y las piedras son más duras que un taburete.

Le hago caso por no discutir, pero no me gusta nada tener que callarme por culpa de la envidia ajena. Los hijos de los demás están con nosotros, en la cantera, o metiendo cabras en latas de conservas. Pero el nuestro, no. Drip está en el gobierno.

Y además sigue siendo nuestro pequeño Drip. Hace dos meses visitó la obra y pasó a menos de doscientos metros de donde estábamos.

-¡Drip! -Grité-. ¡Estamos aquí! Diana, mira, ese es Drip. ¡Drip!

Nuestro hijo miró hacia donde estábamos, pero en seguida apartó las antenas y continuó hablando con los drumpfianos que dirigían la obra.

-Déjale -dijo Diana-, ¿no ves que está trabajando? Ya vendrá luego a saludar, por poco tiempo que tenga.

No vino. Me supo fatal por su madre. Cuando nos acostamos en nuestro tablón de madera, la noté muy triste.

-No te preocupes -le dije-. Seguro que viene cuando terminemos el matadero de cabras. Durante la inauguración no tendrá tanto trabajo.

Intenté sonar convincente, pero ni yo mismo me lo acababa de creer. Ese día estaría ocupado saludando a las autoridades y seguro que después se metería en otro proyecto. Es normal que alguien tan importante como nuestro Drip esté ocupado, y es ley de vida que los hijos sigan su propio camino. Si él está bien, nosotros estamos bien. Y, en todo caso, ya sabe que nos tiene para lo que necesite. Pase lo que pase, en nuestro barracón nunca le faltará una cabra viva.

Encontrada mascota

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Encontrada mascota cerca de la plaza de Sants. Mide diez kilómetros de altura y tiene cientos de tentáculos en la boca. Su cuerpo está recubierto de escamas que parecen de un color verde oscuro, pero cuando uno se fija un poco, ve que tienen todos los tonos del universo. Sus alas son rudimentarias, pero al desplegarlas, crean una sombra tan negra que provoca semanas de pesadillas. Desde que lo encontré, me despierto cada noche bañado en sudor frío y gritando “tekeli-li, tekeli-li”. Mis vecinos no están nada contentos.

Mientras le sacaba una foto para el cartel, mi esposa cometió el error de mirarle a los ojos y entró en estado de shock. Cuando voy a verla al sanatorio de Arkham y le preguntó qué vio en esa mirada, solo me dice que se trata de “un horror indescriptible”. A continuación, se pasa tres cuartos de hora describiéndolo.

-En el abismo de sus ojos vi la lucha de los antiguos y oí ese grito ancestral, tekeli-li, tekeli-li…

-¿Seguro que no eran tiroleses? Yo no recuerdo mis sueños, pero a lo mejor salen tiroleses.

-Vi construcciones de varios cientos de metros de alto, en materiales no conocidos por los humanos y con formas que nunca había visto antes.

-Los tiroleses también dan mucho miedo.

-Sus ojos son como grutas abiertas a la oscuridad del universo, donde habitan millones de seres que esperan el retorno de los antiguos…

Responde al nombre de Cthulhu, pronunciado de varias maneras: tulu, catulu, chulu, culu… Aunque solo si uno se arrodilla y dice antes algo como “oh, señor de los grandes antiguos, déjame ser uno de tus siervos y formar parte de tu semilla estelar”.

Le pregunté quiénes eran sus dueños y me contestó con un rugido que me dio a entender que los grandes antiguos no tienen dueños y que cuando llegue la hora de su retorno no quedará ni rastro de nuestras vidas. Nadie nos recordará. Nadie sabrá que estuvimos en este universo. Todos nuestros esfuerzos son insignificantes. No somos más que una mota de polvo en la historia del universo.

Está bien cuidado y se alimenta de la ansiedad del barrio, pero agradecería que sus propietarios pasaran a recogerlo en cuanto les sea posible. Por las noches oigo gemidos y crujidos. Por lo general, son las tuberías, que son muy antiguas, pero a veces se trata del lamento de los shoggoth, que están esperando que su señor despierte.

(Fuente de la imagen)

Estoy ahorrando

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Los últimos años ya no le gustaba contar la historia. Como nadie le creía, se enfadaba, fruncía los labios y gruñía, diciendo con un marcado acento extranjero que todo el mundo se burlaba de él y que nadie le tomaba en serio.

Pero todo el mundo en la isla la sabía y se la había relatado a alguien: hacía casi un cuarto de siglo, había venido a pasar una semana de verano, solo, con una mochila como único equipaje. La noche antes de volver a casa, salió, como todas las noches. Tomó varias cervezas de más, acabó en casa de gente a la que no conocía de nada y regresó al hostal cuando estaba amaneciendo.

Como era de esperar, se quedó dormido. Ni se duchó: bajó tan deprisa que casi se cayó por las escaleras, pagó la semana de estancia sin mirar la factura y cogió un taxi, a pesar de que apenas le quedaba dinero.

Aun así, perdió el vuelo.

Volvió del aeropuerto haciendo autoestop. Sin saber muy bien qué hacer, fue hasta la playa a la que iba cada tarde y se sentó con su mochila, su camiseta y sus tejanos, entre los turistas que estaban tomando el sol. Contó su dinero: apenas se había acostumbrado a aquella divisa, pero sí sabía que tenía lo suficiente para tres o cuatro cervezas. O dos cervezas y un bocadillo.

Volvió al hostal, donde le dejaron llamar a la embajada. Le dijeron que tendría que pagarse otro billete. No había más. La dueña del hostal también le dejó llamar a su familia, a pesar de ser conferencia. Pero su padre le colgó. Había dejado la universidad hacía dos años para irse de fiesta y de viaje, y ni siquiera les había llamado en todo este tiempo. Lo mismo con sus amigos, que le pusieron excusas: no tengo dinero, tengo que pagar la matrícula, déjame mirar y ya te diré…

-¿Por qué no trabajas en el bar de mi hermano? -Le propuso la dueña del hostal, que le miraba con una piedad comprensiva, pero también algo burlona-. Está buscando a gente.

Aceptó. Pensó que podría trabajar el resto del verano y ahorrar lo suficiente para el billete de vuelta. Pero el sueldo no era nada del otro mundo y tenía que pagarse una habitación y, claro, ropa, comida y demás gastos, por lo que apenas podía apartar algo de dinero de su sueldo. En fin, pensó, poco a poco. Me puedo quedar unos meses más. Tampoco es como si me estuvieran esperando.

Además de los gastos más o menos obligados, la isla seguía siendo tan atractiva para él como cuando estaba de vacaciones, así que de vez en cuando se permitía el pequeño lujo de ir a sus bares y discotecas favoritas, donde contaba su historia, que al cabo de unas semanas ya nadie tomaba en serio.

-¿Pero todavía no has ahorrado para el billete?

-Casi lo tenía, pero se me rompieron los zapatos y, claro…

-Si no bebieras tanta cerveza…

-¡Tengo derecho a tomarme una cerveza de vez en cuando!

Gracias a una conversación similar conoció a su novia.

-No te enamores, que en cuanto ahorre lo suficiente me vuelvo a casa.

-¿Pero cuánto tiempo llevas aquí?

-Un año y medio.

Y, claro, ella se reía y pensaba que aquel muchacho despistado era muy gracioso.

Poco a poco le comenzó a molestar el escepticismo en torno a sus intenciones. Sabía que era difícil de creer que le estuviera costando tanto ahorrar, pero también le resultaba muy molesto que cada día alguien le hiciera la misma broma en la cafetería.

-Anda, cóbrate, que si no, no vas a poder ahorrar para el vuelo.

-El bar no es mío. Si no dejas propina…

Él lo decía muy en serio, pero los clientes se reían, pensando que no era más que una salida ingeniosa.

-No, en serio. La boda nos ha costado mucho dinero y no colaboráis.

-Pide un aumento.

-¡Ya lo hice! ¡Y me dijo que no!

Ni siquiera su mujer le acababa de creer, a pesar de su insistencia.

-No sé si quiero tener niños. Es mucho gasto. Y no nos hacía falta una casa tan grande. Cuando me vaya, te van a sobrar habitaciones. Así no voy a poder ahorrar nunca para el billete de vuelta.

Aun así, tuvo tres hijos: dos niñas y un niño. Su situación económica era tan apretada que no dudó en hacerse cargo del bar cuando el dueño se jubiló, pensando que siendo su propio negocio podría ahorrar más fácilmente.

Que en el banco le concedieran el préstamo para el traspaso le sorprendió y también le enfadó.

-Vine hace cinco o seis años y no me prestasteis el dinero para el billete.

El director de la oficina, que desayunaba cada día en el bar, se rió mientras le indicaba dónde tenía que firmar.

-No, pero lo digo en serio.

-Somos un banco pequeño, no le daríamos un crédito a una persona que quiere irse a miles de kilómetros de aquí.

-Pero me conoces. Te pagaría.

-Con este bar te vas a hacer rico.

No se hizo rico, claro.

-¡Este local es una ruina! -Explicaba a los clientes-. ¡Me han hecho una inspección los del ayuntamiento y tengo que cambiar toda la instalación eléctrica! Y eso por no hablar de los gastos de casa. ¡Mis hijos quieren ir a la universidad! ¡Los tres! ¡No son tan listos!

-Claro, y la mujer se querrá ir de vacaciones.

-No, eso no -contestaba, muy serio-. Vivimos en una isla del Mediterráneo, no necesita irse de vacaciones a ningún sitio.

Seguía trabajando duro e intentando ahorrar, pero siempre surgía un gasto más o menos imprevisto, como una reparación en el coche o un regalo de cumpleaños.

-Entiendo que la gente no me tome en serio -le confesó una vez a un vecino con el que de vez en cuando jugaba a las cartas-. Pero es que ahorrar es muy difícil hoy en día. Y los billetes suben de precio cada año.

-Qué me vas a contar. Yo siempre he querido una guitarra eléctrica. Pero hemos tenido que comprarle un ordenador al niño. Se ve que lo necesita para el colegio, pero yo le veo todo el día jugando.

-La informática es el futuro.

-Eso es verdad, pero yo quiero una guitarra.

-¿Sabes tocar?

-¿Cómo voy a saber tocar, si no he podido comprarme ninguna?

Un día llegó a casa muy contento.

-¡Cariño! ¡Lo tengo!

Su mujer no sabía de qué hablaba.

-¡El billete! ¡Al fin puedo volver a casa!

Ella creía que seguía de broma, hasta que le vio hacerse la maleta.

-Vas a arrugar las camisas con la tontería.

-Que no, que me voy de verdad. Solo me llevaré esto. En mi ciudad hace mucho frío y no necesitaré toda esta ropa.

-¿Pero estás hablando en serio?

-Claro.

-¿Y todos estos años juntos?

-Te dije que estaba ahorrando.

-¿Pero y yo qué?

Se la quedó mirando sin saber de qué hablaba. Se encogió de hombros y musitó que, en fin, la había avisado desde siempre, vaya, desde el primer día le había dicho que, bueno, que estaba ahorrando para, esto, volver a casa.

-Pensaba que no lo decías en serio, que solo era una forma de hablar.

Se volvió a encoger de hombros y repitió de nuevo, más o menos, todo lo que le había dicho, es decir, que, vaya, que nunca la había engañado.

-Entiendo que los clientes del bar no me crean, pero tú eres mi mujer. Esperaba algo más de ti.

Los hijos estudiaban fuera y no hubieran llegado a tiempo para verle e intentar convencerle de que se quedara, pero sí que le llamaron por teléfono después de que su madre les explicara sus intenciones, llorando, pero de rabia. “Vuestro padre es tonto. Decidle algo, porque su vuelo sale mañana y el muy idiota es capaz de irse”.

-Papá, no puedes irte ahora.

-Llevo más de veinte años ahorrando.

-Tienes una familia.

-¡Os avisé de que estaba ahorrando! ¿Por qué no me escucháis? Nunca me hacéis caso.

-Pero allí no te queda nadie. Y no has vuelto en todo este tiempo.

-¡Porque no había conseguido ahorrar!

-¿Y nosotros, qué? ¿Y mamá? No puedes dejar a mamá sola.

-¡No es mi problema! ¡Estaba ahorrando! ¡Os lo dije miles de veces!

A la mañana siguiente se fue a la parada de autobús, muy enfadado, dejando en casa a su mujer, que estaba aún más enfadada.

-¿Pero en serio te vas? -Le preguntó un cliente habitual, al cruzárselo por el camino.

-Llevo veinticuatro años diciéndolo. Veinticuatro.

-Por eso mismo. Pensábamos que era broma.

-Nadie me hace caso nunca.

-¿Y el bar?

-¡El bar es una ruina! ¡Solo funciona uno de los fogones! ¡Hay que cambiar la cocina entera!

Se puso a hablar de la mala idea que había sido la compra del bar. Lo había tenido que cambiar de arriba a abajo. Nada funcionaba bien. Y encima, solo había hecho apaños, ni siquiera había conseguido dejarlo como a él le hubiera gustado.

-Bueno, eso ya da igual. Vuelvo a casa.

Pero con tanto hablar, perdió el autobús. Llamó a un taxi, pero tardó en llegar y, por mucho que le pidió al conductor que se saltara los límites de velocidad -cosa que por otro lado no hizo-, no consiguió llegar a la puerta de embarque a tiempo.

-¿Y ahora qué hago? -Le preguntó a una empleada de su aerolínea.

-La tarifa del billete no admite cambios. Tendrá que comprar otro.

-No pude ahorrar nada más.

Volvió al bar en autoestop y sin pasar por casa. Su mujer ya había abierto.

-Ya sabía yo que no hablabas en serio.

-Vengo del aeropuerto.

-Claro, claro.

Los primeros clientes de la mañana le saludaron con la broma habitual, pero ahora ya renovada.

-¿Pero no te ibas?

-He perdido el avión.

-Vaya, qué mala suerte.

-¡Es verdad!

-¿Y qué vas a hacer?

-Pues ahorrar para volver a comprarme otro, vaya pregunta más estúpida.

Se oyeron un par de carcajadas. Apretó los labios y retorció el trapo que tenía entre las manos.

(Fuente de la imagen)

Odio el café tibio

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No hay cosa que odie más que el café tibio. Quizás Friends. Por eso siempre pido el café con la leche caliente. El café tibio sabe a ropa interior sucia. A sábanas que hay que cambiar desde hace días. A esa caja de cartón que nunca te acuerdas de bajar a la basura.

Y por eso me reventó tanto darme cuenta esta mañana de que mi café estaba tibio. Era el segundo café del día, que es el mejor. El primero es por pura necesidad. Solo y sin azúcar. En casa. El segundo me lo subo de la cafetería al trabajo y ya es con leche porque no me fío del café ajeno. Aun así, es el que más disfruto: me consuela al inicio de mi jornada laboral. Vale, tengo que trabajar. Estoy encendiendo el ordenador. Seguro que cuando abra el correo me encuentro con algo horrible. Pero al menos estoy tomando café.

Como estaba tibio, preferí no seguir bebiendo. Al cabo de unos minutos ya estaba frío. Poco después empezaron a formarse los primeros cristales de hielo. En apenas un rato, el café se había congelado del todo: era un bloque marrón helado.

El café se enfría, pero ya sabemos lo que ocurre con el hielo: se derrite. Tardó un poco, pero al cabo de un rato ya era de nuevo un líquido frío. Poco después se quedó tibio. Qué asco. Pero tras unos minutos se había calentado lo suficiente como para bebérmelo.

Lo malo es que me quemé la lengua.

(Imagen: Flickr Commons)

Mi discurso para los Oscar

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Tenía preparado mi discurso para cuando subiera a recoger el Oscar. O los Oscar. Los que me dieran. Seis, siete, me da lo mismo, todos son iguales. Pero resulta que no estoy ni nominado. Sí, lo sé, es ridículo. Tanto mi película como mi trayectoria merecen este premio.

Quizás esté mal que sea yo quien lo diga, pero soy un histórico del cine. Llevo tanto tiempo en el sector que mi primera película tuvo que estrenarse como obra de teatro. Muda y en blanco y negro. Exacto: inventé a los mimos. No pienso pedir perdón otra vez. Pasé siete años en la cárcel.

Después de eso rodé mi primer corto, pero no entendí bien el concepto. No hice una película corta de tiempo -duraba casi cuatro horas- sino bajita: los planos medían la mitad de alto y los actores tuvieron que interpretar sus papeles de rodillas. Reconozco que eso le restó emoción a la escena de la pelea e intensidad a las partes más románticas.

También fui el inventor de las palomitas. Se llaman así porque al principio eran palomas enteras fritas en mantequilla. Las cazaba en la plaza Cataluña arrojando maíz como cebo y usando un martillo para dejarlas inconscientes. Llegó un momento en el que las palomas se abalanzaban sobre mí cuando me veían llegar, así que empezamos a vender el maíz para que la gente las cazara por su cuenta.

Así empezó la primera guerra entre palomas y humanos.

Pero me desvío del tema.

Tuve muchos problemas para rodar mi última película, La venganza del contable, por la que esperaba varias nominaciones. En realidad y ahora que lo pienso, solo tuve un problema: no tenía nada de dinero.

Pero encontré una fórmula perfecta: primero, interpreté yo todos los papeles. Los 74. Me iba cambiando de peluca y poniendo voces. Fue una experiencia agotadora. Y, claro, tuve que hacer cambios en el guión porque, por ejemplo, soy incapaz de hablar como un zurdo.

Para ahorrar costes de producción (todos ellos) aproveché otros rodajes para grabar mis escenas. Así, la primera parte transcurre en el fondo de El renacido. Hay que fijarse mucho, pero la trama está ahí detrás, a la derecha. A veces me tapan un par de árboles.

La segunda parte se puede ver en los episodios 6, 9 y 13 de la séptima temporada de The Good Wife. Se me puede ver subido en alguna de las mesas del bufete. El diálogo se oye mal porque cada vez que gritaba me sacaban a rastras del plató.

El sorprendente final, en el que (ojo, spoilers) el contable consigue cuadrar las cuentas trimestrales, se puede disfrutar en uno de los castings de Britain’s Got Talent, disponible en la web del programa. Para evitar que el jurado me echara antes de terminar tuve que apuntarles con una pistola. No fue fácil integrar el arma en la escena, pero encontré una solución muy hábil.

MADRE: ¡Tienes una pistola en la mano!

CONTABLE: ¡Vaya! ¡Me debe haber crecido mientras dormía!

RATÓN 3: ¡Esas cosas pasan! ¡Lo leí en internet!

¿Es o no es un diálogo digno de Óscar? Lo es, pero Óscar quería cobrar por su trabajo, así que también lo interpreté yo.

La película cosechó buenas críticas. Un crítico de Cahiers du Cinéma me dijo: “No quiero ver su película. Y no me agarre del brazo, haga el favor”. El de Fotogramas me llegó a enviar un email: “Deja de escribirme, seas quien seas, estoy harto de recibir un mensaje tuyo cada diez minutos”. El de Cinemanía la vio dos veces seguidas: “Sí, me encanta, pero por favor suéltame, te juro que no le diré nada a la policía”. Le dejé ir con la condición de que escribiera una crítica: “Por favor, sé sincero -le dije- lo que más aprecio es la sinceridad”. Por eso me molestó tanto que avisara a la policía. Me dijo que no lo iba a hacer.

A pesar de todo, la academia ha ignorado mi película. Imagino que por motivos políticos: uno de los personajes dice cosas muy duras sobre Estados Unidos.

AUDITORA: Esa canción de Bob Dylan está bien.

Se trata de una canción muy crítica con cosas, de estas de protestar. En la peli no se oye porque no podía comprar los derechos, pero todo el mundo sabe de qué canción se trata porque otro personaje la tararea.

VIAJERO EN EL TIEMPO: Ah sí, la de nana-nananieeee-nana…

RATÓN 4: A mí no me gusta.

El ratón rebaja el mensaje crítico, pero porque quería que el espectador sacara sus propias conclusiones. De todas formas, se trata de un ratón nazi, por lo que difícilmente le caerá bien a nadie.

Total, que no podré dar el discurso que tenía preparado. Lo reproduzco a continuación por su interés y porque no creo que me valga para otros años.

EL DISCURSO DE ACEPTACIÓN DEL OSCAR DE JAIME RUBIO

Buenas noches. Vendo Iphone 3. Está perfecto, como recién comprado. Lo único malo es que la batería se me rompió y le puse la de una furgoneta. Muchas gracias.

Imagino que el año que viene ya lo habré vendido.

Me están insultando en internet

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No puedo evitarlo: aunque el ministro de economía me está mirando mientras explica vete a saber qué, desbloqueo el móvil y le echo un vistazo a las menciones de Twitter. Insultos. Decenas de insultos. La gente se ríe de cómo hablo, de cómo visto, me llaman nazi, me echan la culpa de todo.

El ministro espera una respuesta. Todos esperan una respuesta.

-Sí… Lo miro y te digo algo -nunca falla-. ¿Qué más temas teníamos pendientes?

Echo un vistazo al orden del día. No vamos ni por la mitad. La ministra de agricultura le pregunta algo al de hacienda. Esto me lo puedo saltar, pienso, mientras vuelvo a coger el móvil para mirar Twitter otra vez. Supongo que los demás piensan que me ha llegado un mensaje de alguien importante. Del rey de Suecia o algo así. Y por eso tengo que leerlo en mitad del consejo de ministros.

Hay un tal @SeasonOfGaiman que está haciendo montajes con una foto mía que sale hoy en los periódicos. Este @SeasonOfGaiman la tiene tomada conmigo. Cada día tiene que decirme algo. Miro su avatar. Es un perro de dibujos animados. Entro en su perfil. Insulta a mucha gente. Eso es un consuelo, al menos en parte. No me odia solo a mí.

Será alguien muy decepcionado con su vida. Seguro que tiene un trabajito miserable, grapando cosas. Y nos hace pagar a los demás sus insatisfacciones. Pues mira, @SeasonOfGaiman, yo tengo asuntos importantes de los que ocuparme. Me gustaría saber qué sería de ti de haber ganado la oposición. Tu empresa tendría que decidir entre la grapadora y tú. Y habría ganado la grapadora.

Me están mirando otra vez. Esperan que diga algo. No tengo más remedio que disculparme y pedir que me repitan lo que estaban diciendo. Me cuentan no recuerdo muy bien qué porque en lo único que pienso es en enviar a @SeasonOfGaiman a Guantánamo. Seguro que puedo pedir algún favor así. Soy el presidente del gobierno.

-De acuerdo -contesto, sin estar muy seguro de si estoy de acuerdo.

-¿Pero de acuerdo con cuál de las dos opciones? -Pregunta el ministro de hacienda.

-La primera.

Un perro de dibujos animados. Esa es la imagen de perfil de @SeasonOfGaiman. Ni siquiera se atreve a poner su cara y a firmar con su nombre.

Al llegar a mi despacho hago venir a mi community manager y le pregunto quién es ese perro.

-¿El perro?

-Sí, ¿es un perro famoso?

-Ah, es el perro de los Simpson.

-Ya veo. ¿Y tiene permiso de los Simpson?

-No creo que haga falta.

-Ya, bueno. ¿Te has fijado en que este tuitero se ríe mucho de mí?

-Estas cosas… Ya se sabe… Son inevitables. En redes… En fin…

-¿Y no se podría hacer algo? Es decir, soy el presidente del gobierno.

-Bueno… Er… Podríamos bloquearle.

-Ah, muy bien, muy bien. Hagámoslo. ¿Con eso ya no tuitearía más?

-No, no. Si bloqueamos su cuenta no puede leer nuestros tuits ni nosotros los suyos.

-¿Pero los demás sí pueden?

-Sí.

-Seguiría burlándose de mí.

-Sí. Las redes son así. Siempre habrá gente que no entienda lo que hacemos. Pero bueno, usted tiene más de un millón de seguidores. Eso también es importante. Hay que fijarse en lo bueno, en la gente que nos valora.

-No sé, he visto que muchos de los que me siguen también me insultan. Creo que solo me siguen para burlarse.

-Ya… Eso… En fin… Eso les pasa a todos. No hay que hacerse mala sangre.

Tiene razón, me digo, después de pensar en el tema un rato a solas. Ya basta de preocuparse por un perro. Decido desinstalarme la aplicación del móvil. O lo intento. Tengo que llamar a mi community manager otra vez.

-Oye, ¿cómo puedo quitar Twitter del móvil?

-¿Quiere quitar Twitter del móvil?

-Sí, quiero centrarme en… cosas de… la presidencia… en general.

-Claro. ¿Es Android o Iphone?

-Vas a tener que venir a hacerlo.

Al principio, siento como si me hubiera quitado un peso de encima. Me alegro. Bien. Vamos a concentrarnos en el trabajo. Incluso llamo a la ministra de agricultura para saber qué quería de hacienda. Soy el presidente, ¿no? Debería saber esas cosas.

Pero mientras la señora me cuenta su problema, no puedo evitar perder el hilo de la conversación. Y pienso en @SeasonOfGaiman. ¿Qué estará tuiteando ahora? ¿Me habrá vuelto a insultar? Entro en Twitter con el ordenador y cotilleo su cuenta. Menos mal, no dice nada sobre mí. Está hablando de la última de Tarantino. No le ha gustado. A este tío no le gusta nada.

Cuando llego a casa ya tengo la aplicación instalada de nuevo en el móvil. He tenido que volver a llamar el community.

Después de cenar y ya en el sofá, vuelvo a mirar las menciones y a buscar mi nombre. Más insultos. La gente no descansa. Bueno, @SeasonOfGaiman parece que sí: lleva más de cuatro horas sin tuitear. Algo es algo.

Mi mujer se queja:

-Mariano, deja el móvil.

-Es que me están insultando en internet.

Me despierto en mitad de la noche. A veces me pasa. Son las preocupaciones propias del cargo, que no me dejan dormir ni mucho ni bien. Cojo el móvil de la mesilla de noche. Las 3:50. Al menos me quedan unas cuantas horas de sueño.

Pero cometo el error de mirar Twitter. Me siguen insultando. A las cuatro de la mañana. Joder, ¿es que no tenéis otra cosa que hacer? ¿Emborracharos? ¿Comprar cosas por internet? ¿Dormir? Hijos de puta, sois todos unos hijos de puta.

-¿A ti te insultan mucho por internet? -Le pregunto al día siguiente a la vicepresidenta, que ha venido al despacho a enseñarme unos papeles.

-Sí, bueno, lo normal. Internet, ya se sabe.

-Creo que me tienen manía.

-No hagas caso. Eso nos pasa a todos.

-Yo creo que a algunos partidos les perdonan más cosas en Twitter. Hay mucho rojo, ahí.

-No creas, lo que pasa es que solo te fijas en lo malo.

-Mira esto -le enseño un tuit de @SeasonOfGaiman. Ha cogido una foto de dos señores besándose y les ha puesto mi cara y la de un obispo.

-No hagas caso de estas cosas, hombre.

-¿Te estás riendo?

-No, no, qué va, por favor. Es muy desagradable.

-Te estás riendo.

-Es que me he acordado de una cosa.

Me da igual lo que diga la vicepresidenta. En Twitter hay pandillas y si le caes mal a las pandillas no tienes nada que hacer. Igual es cosa de envidia, no sé. Es decir, soy el presidente del gobierno. El puto presidente del gobierno. Que eso no lo puede decir cualquiera. Bueno, lo puede decir todo el mundo, pero sería mentira.

Pero vamos, lo de las pandillas, fijo que es así. Tengo que admitir que me gustaría caerles bien. Hace unas semanas intenté proponer en el consejo de ministros hacerles caso en algo. No recuerdo qué, pero era algo pequeño, insignificante. Algo de catalanes, creo. No dije que era por gustar en Twitter, claro, lo dejé caer como si fuera una idea mía.

-Igual podríamos…

No me dejaron acabar la frase. Todos se llevaron las manos a la cabeza. El ministro de exteriores estaba enfadadísimo. Parecía que le iba a dar un infarto. No sé por qué se ponía así, si es de exteriores. Hablábamos de España, no de otros países.

-¿Te has fijado? -Le enseño mi móvil al community manager.

-Er… Sí… Ehm… ¿Qué es lo que…?

-Esta cuenta es muy buena. Fíjate la respuesta que le da a @SeasonOfGaiman. Vaya zasca, ¿eh?

-Sí, supongo.

-Podríamos retuitearle, ¿no?

-Huy, no, no, qué va. No podemos hacer eso.

-¿Por qué no?

-¿Es alguien del partido?

-No, solo es un ciudadano respetable.

-¿No sabemos quién es?

-Su nick es @pontevedra529 y tiene un avatar de unos dibujos animados. También es un perro.

-No podemos darle difusión a cualquiera desde la cuenta personal del presidente.

-Ya, entiendo. ¿Y desde la del partido?

-No, no, no.

-Pregúntales. Igual a ellos les apetece.

-No creo. No entra dentro de las líneas de actuación de…

-Llámales, a ver qué te dicen.

-Estoy mirando y @pontevedra529 solo tiene un seguidor.

-Sí, le estoy siguiendo. Me parece muy interesante todo lo que tiene que decir. Es una cuenta nueva que he descubierto.

-Todo lo que ha publicado son respuestas a los tuits de @SeasonOfGaiman.

-Sí, puede ser, puede ser.

-Presidente, ¿puedo preguntarle una cosa?

-Yo no he abierto esta cuenta.

-Er… De acuerdo…

-En serio. La encontré por casualidad.

-Vale, vale.

-Llama al partido.

-Sí… Ehm… No se ofenda, pero… En fin… Deberíamos hacer unfollow a ese tuitero.

-No.

-Es que si alguien lo ve, se va a extrañar.

-Es un ciudadano con cosas sensatas que decir.

-De acuerdo, de acuerdo. Voy a…

-A llamar.

-Sí.

En cuanto sale del despacho, miro el tuit de @pontevedra 529. He dejado tumbado a @SeasonOfGaiman. Se nota porque ni ha contestado. Le he dejado el culo roto.

Para hacer un retuit solo hay que apretar un botón.

Y, evidentemente, tengo acceso.

Porque soy el presidente del gobierno.

Y es mi cuenta.

Tampoco es como si fuera el botón para lanzar cabezas nucleares.

Solo es un tuit.

Me llaman. La secretaria me pasa al community manager.

-En el partido tampoco lo creen apropiado.

-¿El qué?

-El retuit.

-Ah. Vaya.

-Lo siento, señor presidente.

-No pasa nada. Es una pena. Pero no pasa nada.

-Otra vez será. Igual se lo podemos pedir a alguno de los diputados nuevos.

-Eso estaría bien.

-Lo moveré.

-Gracias. Y una cosa.

-¿Sí?

-Yo no abrí esa cuenta.

-Claro que no. Perdone que lo haya sugerido.

-No pasa nada.

Nada más colgar, retuiteo a @pontevedra529. Jódete, @SeasonOfGaiman, jódete.

(Imagen: Flickr Commons)