Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.
—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.
—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?
—Sí… ¿Me conoce?
—Joder, qué mal me caes.
—¿Perdón?
—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.
—Pero si ya no tuiteo.
—Y escribes como el puto culo.
—Oiga, presidente…
—Venga, hasta luego.
Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.
Luego nadie me creía, claro.
—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?
—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.
—Eso será su community manager.
—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.
—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.
—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.
—Venga, por favor, deja de decir tonterías.
Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.
Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.
—¡Yo no le pedí ninguna foto!
—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…
—Pero mira la dedicatoria.
—¿Qué le pasa?
—Pone: “Eres un idiota”.
—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.
—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.
—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.
—La de idiota.
—La de atentamente.
Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.
—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?
—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?
Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?
—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.
—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.
—No le puedes caer bien a todo el mundo.
—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?
En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.
—Le pasó con el presidente.
—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?
Enseguida oí su voz.
—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?
—¿Cómo sabe dónde trabajo?
—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?
—¿Pero por qué me hace esto?
—Piri pir qui mi hici isti.
—No me merezco esta falta de respeto.
—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.
Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.
Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.
No pude evitar sospechar.
—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?
—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.
—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.
—Esto lo habrá delegado, mujer.
—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.
Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.
Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.
—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.
—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.
Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.
—Es que trabajamos en un décimo.
—¿Y?
—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.
—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.
—Yo creo que sí.
—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.
—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.
Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.
—No es Rajoy, eres tú.
—¿No podrías ser tú, al menos?
—No, tampoco soy yo. Eres tú.
Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.
—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.
—Hijo, se te está enfriando la comida.
—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.
—¿Estás buscando trabajo?
—Seguro que el presidente puede interceder por mí.
Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.
Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.
Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.
—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!
—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!
—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!
—¡Presidente…!
—¡Presidente…!
Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.
No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.
—Estás muy callado…
—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.
—¿Ya estás otra vez?
—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.
—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.
Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.
Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.
Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.
—Le paso con el presidente.
—Gracias.
—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.
—Sí…
—De nada, ¿eh?
—¿Por qué me hace esto?
—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.
—¿Era una prueba?
—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?
—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?
—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…
—¿Pero vengarse de qué?
—De los idiotas como tú.
—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?
—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.
—Por favor, presidente…
—Menudas risas nos hemos echado.
—Pero…
—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.
Escena de la película. Creo que es el momento en el que la orca abre la puerta de la mansión.
En los años 70 se estrenó una película titulada Orca, la ballena asesina. Iba de una orca que se liaba a asesinar gente en venganza por la muerte de su mujer y su cría. En serio. No me lo estoy inventando.
Es más, la historia de la película está basada en un hecho real. Nos tenemos que remontar a 1927, cuando yo trabajaba de inspector en el condado de North Havengreenport, en Inglaterra. Una mañana de abril me llamaron de Covenfish Manor: Lady Fordensifh me pidió que acudiera lo más rápido posible.
—¡Han asesinado a mi marido!
No me apetecía nada ir, así que probé suerte:
—¿No habrá sido usted?
—No, no.
—Vaya. A veces funciona.
Me abrió la puerta el mayordomo, una orca. Me condujo hasta el cadáver de Lord Finnishmore.
—¿Quién lo encontró?
—Fui yo.
—¿A qué hora? No tocó nada, ¿verdad?
—No, no, quiero decir que fui yo quien lo mató.
—Bueno, a ver, ¿aquí quién es el detective?
—Usted, pero…
—Pues entonces deje que los profesionales digan quién mató a quién.
—Estoy confesando.
—Y dale. Ya le diré yo si tiene que confesar o no.
—Soy el mayordomo y una orca asesina. ¿Qué más necesita?
—No soy racista y hago mi trabajo sin ideas preconcebidas.
Su actitud me recordaba a la de Jack el Destripador. No me refiero al asesino, sino a otro Jack que contaba los finales de series y películas, y al que me había enfrentado hacía poco. Conseguí que desistiera gracias al final de Lost, que escribí yo personalmente para confundirle.
—Entonces resulta que están muertos, pero al final.
—¿Al final estaban muertos?
—Sí, pero no en la isla. Se mueren luego.
—¿Cómo?
—Viven sus vidas tan tranquilos y luego se mueren.
—¿Qué?
Volviendo al caso de la orca asesina, le pedí al mayordomo que me llevara a ver a la señora.
—Quiero hablar con Lady Cuttyshark.
—¿Con quién?
—Con Lady Condemor.
—¿Cómo?
—LadyPricewaterhousecoopers.
—¿Eh?
—Con la señora.
—Ah, sí, claro. Por favor, sígame. Está en el ala este.
La sala donde estaba Lady Windermere tenía las ventanas cerradas y los muebles cubiertos por sábanas. El mayordomo levantó una de ellas y allí estaba la señora.
—¿Qué tal se llevaba con Lord Apetecaun? — Le pregunté después de saludarla.
—No le veo desde 1916. Esta casa es muy grande y me perdí.
—Ah, sí. Lamento su pérdida. Disculpe la pregunta, Lady Handkerchief, ¿pero no es usted la única heredera de su marido?
—Llevo seis años sin atreverme a salir de esta habitación. Cazo ratas y me las como crudas.
Como es habitual en los crímenes que ocurren en la campiña inglesa, cuando tuve la información suficiente como para saber el nombre del asesino, reuní a todos los sospechosos en la misma sala. Estaban Lady Frankenstein y los empleados de la mansión: la orca asesina, Piraña 3D, Tiburón 2, los gremlins y Bo Derek.
—Se preguntarán por qué les he reunido aquí. Hay dos respuestas: la primera es que Lady Cumberbatch no se atreve a dejar esta habitación.
—Tengo hambre.
—La segunda es que en breve les podré decir quién es el asesino, gracias a mis métodos de deducción. Pito, pito, gorgorito, dónde vas tú tan bonito…
Al cabo de pocos segundos, mi dedo acusador se detuvo en la orca asesina.
—Pero si llevo tres semanas diciéndole que fui yo — dijo, derrumbándose ante mi astucia — . ¡Pero tengo mis motivos! ¡Lord Gryffindor estranguló a mi mujer y a mi hijo!
—¿Pero por qué iba a hacer eso?
—Lord Petecaun fue juez de este condado, a pesar de que casi no sabía escribir y no hacía más que cometer faltas de ortografía. Por eso, condenó a mi familia a la horca. La horca asesina.
—Madre mía, qué horror.
—Es el peor chiste que he oído en lo que va de semana.
—Con diferencia.
—Oigan, que no es un chiste, que mató a mi familia.
—Déjelo, haga el favor.
—Qué espanto. No sé si podré dormir esta noche.
—Yo no lo pillo.
La orca intentó huir, pero le obturé el agujero de respirar con un tapón de corcho y cayó al suelo en pocos segundos. Dado su enorme peso, la casa se derrumbó y todos perdimos la vida. Por suerte, yo encontré la mía varios meses más tarde. ¡Estaba en una chaqueta que no me ponía desde el año pasado!
En la película cambiaron bastante el argumento, pero el personaje que interpreta Bo Derek está basado en Bo Derek. Creo. La verdad es que no la he visto.
“Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem”, de Ramon Casas (1897, MNAC)
—Buf, en este bar hay cuatro gatos.
—¿Cuatro gatos? ¿Dónde?
—No, quiero decir que…
—¡Me encantan los gatos! ¡No los veo! ¿Dónde están?
—No me has entendido…
—¿De qué color son? ¡Ojalá haya uno negro!
—¡Que no hay ningún gato!
—¿No?
—¡No!
—¿Y por qué dices que hay cuatro gatos? ¿Te has confundido? ¿Esos abrigos te parecían gatos?
—¡No! ¡Es una expresión! ¡Significa que hay poca gente!
—No lo entiendo.
—Es una forma de hablar.
—Es una forma de hablar rarísima. ¿Para qué dices que hay cuatro gatos si lo que quieres decir es que hay pocas personas? Ni siquiera hay cuatro personas. Somos siete. Casi el doble.
—Es una expresión, una frase hecha.
—Todas las frases están hechas. ¿A qué te refieres?
—Es… Yo qué sé, como una metáfora.
—Sabes que me encantan los gatos. Me has dicho que había cuatro gatos. Y no hay ninguno.
—Perdona, pensaba que conocías la expresión.
—No, no la conocía.
—La conoce todo el mundo.
—Todo el mundo no, porque yo no la conocía.
—Bueno, ya…
—Y no creo que la conozcan en China. O en Canadá.
—A ver…
—Dile a un señor de Ottawa lo de los cuatro gatos y ya verás lo que te contesta. Pues que quiere ver los cuatro gatos, eso te va a contestar. Y que si son de alguien o se puede llevar uno a casa. Todo el mundo, no.
—Es una forma de hablar.
—Tienes una forma de hablar incorrectísima. No se corresponde en absoluto con la realidad.
—Madre mía…
—¿Tu madre? ¿Dónde?
—No, no…
—¿Tampoco está?
—No.
—¿Es otra expresión de esas tuyas?
—Sí. O sea, no. Es decir, es una expresión, pero no es mía.
—¿De quién es? ¿Del camarero? ¿De esos señores?
—No, no. Es… Común… General…
—Ya, todo el mundo la conoce, ¿verdad? Todo el mundo menos yo y un señor de Ottawa.
—Déjalo ya, por favor. Son expresiones que mucha gente conoce. Como sigas así, me voy a pegar un tiro para no oírte.
—…
—¿Qué pasa?
—…
—Ay, mierda…
—…
—Lo del tiro, ¿verdad? Es otra… Otra expresión…
—¡Eres imbécil!
—Te aseguro que muchísima gente también conoce esta frase hecha.
—Pero qué gilipollas eres. Me has asustado, anormal. ¿Cómo se te ocurre decir algo así?
—Pensaba que…
—Ni pensaba ni pensabo. A mí me hablas normal. El lenguaje ese mágico que te has inventado en el que las cosas significan lo que te da la gana te lo guardas y lo usas con, yo qué sé, la secta de la que me imagino que has salido.
—Mira, déjalo. Vamos a tomarnos una cerveza.
—¿Una?
— Sí..
—Una cada uno, querrás decir.
—Sí, una cada uno.
—Disculpen que les interrumpa. Soy un señor de Ottawa.
—¿Eh?
—¿Uh?
—Estaba tomándome un café tranquilamente cuando he oído que hablaban de mí y he cogido un avión.
—¿Y cómo ha llegado tan rápido?
—Por la diferencia horaria.
—Ah, claro.
—Tiene sentido.
—Quería saber dónde están los gatos.
—¡Ja! ¿Lo ves?
—¿Puedo ver los cuatro gatos? Me encantan los gatos.
—No, no. A ver, se trata de un malentendido…
—¿Hay alguno negro? Me gustan mucho los gatos negros. Y si no son de nadie, ¿podría llevarme uno a casa?
—¡Te lo dije!
—Verá, es una forma de hablar.
—¿Cómo?
—Va a tener que disculpar a mi amigo. Tiene un problema del habla.
—¡No tengo ningún problema! ¡Estoy sanísimo!
—Supongo que es algún tipo de lesión cerebral. Dice: “Hace un coche muy rojo” y a lo mejor quiere decir que llueve. Cuando ha dicho lo de los cuatro gatos se refería a siete personas.
—Oh, vaya.
—No tengo ninguna lesión cerebral.
—Lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.
—Me encantan los gatos.
—A mí también. Imagine, ¡cuatro gatos! ¡Juntos! ¡Menuda maravilla! ¡Habría sido, fácilmente, lo mejor de la semana!
—En fin, es una pena. Otra vez será.
—Exacto, pero a este no le haga ni caso.
—Espero que se recupere.
—¡Que estoy bien!
—Eso igual significa que se le están cayendo las orejas, yo qué sé.
—Pobre hombre.
—No, si tiene dinero. Pero está enfermo.
—Eso quería decir.
—No ha dicho eso. Ha dicho “pobre”, no “enfermo”.
—Es una expresión.
—¿Se dice en Ottawa?
—Yo creo que no solo en Ottawa…
—¡Horror! ¡Es contagioso!
—No, un momento…
—Si el señor de Ottawa se ha contagiado, eso significa que ya es demasiado tarde para mí. Aunque quizás soy inmune.
—Le aseguro que no tiene por qué preocuparse. Solo es una frase hecha.
—¡Todas las frases están hechas! ¡Si no, no serían frases! ¡Serían palabras al azar! ¡Mesa manzana de correr listo siempre que aún! ¡Eso es una frase sin hacer!
—No te pongas así, que estás asustando al señor de Ottawa.
—¿Así cómo? ¿Es por la pose de la espalda?
—Que no te enfades, quiero decir.
—¡Pues di eso! ¡No digas otra cosa si eso es lo que quieres decir!
—A ver…
—Sí, perdona. Tienes razón. Estás enfermo. Los dos lo estáis. No podéis hacer nada por evitarlo y yo no debería enfadarme. Vamos a tomarnos una cerveza cada uno. Señor de Ottawa, ¿quiere una cerveza?
—Venía por los gatos, pero ya que estamos aquí, ¿por qué no?
—¿Que por qué no…? No se me ocurre ningún motivo. ¿Le gusta la cerveza?
—Sí.
—Bien. Entonces cerveza para todos. Por favor, cuando pueda, ¿nos pone tres cervezas? ¿Y qué tiene para picar?
—¿Y no es posible que te hayas equivocado tú y que seas Antonia?
—¿Pero cómo me voy a equivocar yo en eso?
—Es que yo casi nunca me equivoco. La última vez fue en 2003, cuando dije que me parecía una tontería que los móviles llevaran cámara, que eso no tenía ningún sentido.
—Pues se le ha fastidiado la racha porque se equivoca de número. Y de persona.
—¿Tú no eres Antonia? ¿Mi prima Antonia?
—Qué va, me llamo Jordi.
—¿Jordi? ¿Seguro? Mira que Antonia es muy despistada.
—Sí, Jordi. De toda la vida, además.
—¿Y tus amigos y familia te llaman Jordi?
—Bueno, a veces me llaman Antonia, pero es por una broma nuestra. Una broma privada que tenemos. Se la contaría, pero no la iba a entender.
—¿Y no te parece raro, Antonia?
—Hombre, un poco sí, ahora que pienso.
—¿Y no estás casada con Ramón?
—¿Qué? No, no. Yo estoy soltero. Soltero del todo.
—Hazme un favor, Antonia. Dime, ¿ahora mismo estás en casa?
—Sí. Pero no me llame Antonia, que me pone de los nervios.
—¿Y estás sola?
—Solo. Esto solo, no sola ¡Coño! Hay un señor sentado a mi lado en el sofá.
—Pregúntale cómo se llama.
—Madre mía, dice que Ramón.
—¿Lo ves como eres Antonia? Si es que llevas un despiste encima…
—Ahora me hace dudar. De hecho, este señor está preguntando: “¿Pero qué te pasa, Antonia?”.
—¿Lo ves?
—Igual se refiere a usted.
—No, no. Yo no soy Antonia, Antonia. Yo soy Eugenia, Antonia.
—Ojo, que yo estaba convencida de que me llamaba Jordi.
—Somos dos contra uno. Me parece que está bastante claro que tú eres Antonia.
—No estoy nada de acuerdo con que algo así se pueda decidir votando.
—A ver… ¿Cómo se llama tu hijo?
—¿Lo ve? Yo no tengo ningún hijo.
—Hazme otro favor y vete al cuarto a mirar.
—¿A qué cuarto?
— Yo qué sé. A uno donde quepa una cuna.
— …
— …
—Pues es verdad, había un bebé.
—Claro.
—Aunque no sé si niño o niña.
—Niño, créeme, Antonia. O le puedes preguntar a Ramón.
—¿Y cómo sé yo que no están ustedes dos compinchados para hacerme creer que soy Antonia y no Jordi?
—¿Pero qué interés iba a tener yo en eso?
—No sé… ¿Para qué me llamaba?
—Pues para saludar.
—¿Y qué número ha marcado?
—Pues el tuyo.
—¿Y cuál es el mío?
—Pues el que he marcado.
—No, no, pero dígamelo.
—Eso da igual ahora.
—No, no da igual.
—Vale, vale, lo admito. Me he equivocado. Llamo desde el fijo y al mirar el número en el móvil me habré liado.
—Ah, ¿lo ve? Entonces yo soy Jordi, ¿verdad?
—Sí, sí, Jordi… O quien sea, yo no lo conozco de nada. Es que no soporto equivocarme y soy capaz de cualquier cosa con tal de no admitirlo.
—Menos mal. No le negaré que me había asustado. Imagine: ¿y si, por ejemplo, me hubieran implantado todos los recuerdos de Jordi hace dos minutos, borrando los de Antonia? ¿Quién sería yo en realidad, si tenemos en cuenta que la identidad es, en gran medida, producto de la memoria? ¿Soy quien recuerdo ser, quien los demás me dicen que soy, o hay algo en mi ADN que…?
—Bueno, déjelo. Que ya le he dicho que me he equivocado.
—Sí, sí, perdone.
—No, perdone usted. Es que como no me pasa casi nunca, me da mucha rabia y me enfado muchís.
— Normal, lo entiendo.
—Desde 2003. Cada vez que lo pienso…
—Oiga, ¿y con la lotería tampoco se equivoca nunca?
—Nunca. Siempre digo: “No me va a tocar”. Y no me toca.
—Increíble.
—En fin, ya le dejo.
—Una cosa: ¿qué hago con el bebé y con el señor que está en mi sofá?
—¿Pero por qué dice eso? Es uno de mis mejores universos.
—Pues no quiero ver ninguno de los peores.
—Oiga, sin faltar.
—Lamento ser tan brusco, pero es que me ha decepcionado muchísimo.
—Dígame, a ver.
—De entrada es aburridísimo. Hay un Big Bang al principio que es muy bonito, eso no se lo niego. Qué de colorines. Pero luego vienen más de 13.000 millones de años en los que no pasa nada.
—¿Cómo que no pasa nada? Se forman las estrellas, los planetas…
—Eso es lentísimo. Y solo son remolinos de polvo. Al final, todos los planetas son iguales… ¡Bolitas redondas!
—No sé qué decirle, la verdad. A mí me parece de lo más interesante.
—Es todo el rato igual.
—Pero luego viene… La vida.
—Ese es otro problema, que hay muy poca.
—¿Cómo que hay muy poca? Hay elefantes, monos, perritos simpáticos, palmeras… Y cuatro planetas con vida en total: uno aquí, el otro en este…
—Separadísimos. Esperaba, no sé, algo de contacto.
—Eso es muy violento. Siempre acaba con guerras.
—Pues mejor, más emoción.
—Ya, pero los universos así duran menos.
—Claro, es mucho más divertido ver cómo se buscan sin encontrarse durante milenios. Porque parece que están a la distancia justa como para que no puedan comunicarse entre ellos jamás.
—Así es, cuesta mucho calcularlo.
—Por lo que esas civilizaciones se extinguirán antes de lograrlo.
—No quiero hacer spoilers, pero por ahí va la cosa, sí.
—Y no es lo único malo.
—Ah, que tiene usted más quejas.
—Pues sí. ¡La dimensión del tiempo está mal hecha! ¡Solo va hacia adelante!
—Hombre, siempre se puede curvar el espacio-tiempo para hacer un agujero de gusano.
—Ya, pero luego queda la marca.
—Es que si se juega con el tiempo, luego hay paradojas.
—Mejor, ¿no? Más divertido.
—Mire, entiendo que a usted le gustan más los universos industriales, pero aquí los hacemos a mano y tenemos mucho cuidado con las dimensiones para que los universos duren lo que tienen que durar. Las paradojas parecen muy divertidas al principio, pero a la larga lo único que hacen es estropear los universos. Cuando se llenan de gente que no debería haber nacido porque alguien mató a sus padres antes de que se conocieran, se atascan y ya no sirven para nada. Este le puede durar otros 13.000 millones de años sin problema.
—¿Y para qué lo quiero, si me aburre? Mire, es que es todo negro. Apenas hay cuatro puntos de luz y unas pocas nebulosas.
—Es elegante. Es un universo, no un espectáculo de fuegos artificiales.
—Ya. Pues tiene fugas.
—¿Fugas?
—Sí, mire, aquí hay una: todo lo que se acerca a este agujerito se escapa y luego no hay forma de volverlo a meter. Una de las civilizaciones se me cayó por ahí. He tenido que llevar la alfombra al tinte.
—Es un agujero negro. Cuando los universos se hacen a mano siempre queda alguno.
—Pues es una chapuza.
—Al contrario, es un signo de calidad. Es la única manera de mantener el equilibrio de energía. Por eso algunos de los industriales se acaban desinflando y llegan al Big Crunch.
—A ver, antes de comprarme este tuve uno industrial y reconozco que no me duró ni 5.000 millones de años. Pero al menos pasaban cosas. Y, cuando pasaban, no se caían por un descosido.
—Hombre, pero un universo no es un pasatiempo. Se trata de admirar la elegancia matemática de su evolución.
—¿Pero qué elegancia ni qué niño muerto? Mire, mire.
—¿Qué es eso?
—Un tal Jaime Rubio.
—¿Pero qué hace?
—Se está intentando anudar los cordones.
—¿Pero por qué lo hace con el pie en el aire?
—Cree que así gana tiempo.
—¡Se ha caído!
—Es la tercera vez esta semana.
—¿Y ahora a qué se dedica?
—Está leyendo en la Wikipedia resúmenes de clásicos del cine.
—¿Por qué?
—Para poder decir que los ha visto.
—¿Pero qué clase de persona haría tal estupidez?
—Huy, espere.
—¿Qué hace?
—Está haciendo algo que llaman “tuitear”.
—Son varios tuits seguidos.
—Está hablando de sus películas favoritas.
—Sí. Las que acaba de consultar en la Wikipedia. ¿Pero por qué hace eso?
—Porque así le retuitearán.
—¿Le qué?
—Otras personas compartirán el hilo con más gente.
—¿Pero por qué? Si está todo copiado de la Wikipedia…
—¡No lo sé!
—¿Y los demás son así?
—Bueno, este es un caso extremo.
—En mis universos los animales racionales suelen ser más creativos. Se dedican al arte, a la literatura, a la ciencia.
—Pues ya ve, aquí prefieren buscar formas de ahorrarse décimas de segundo al anudarse los zapatos.
—No me extraña que se aburra.
—¿Entonces me va a devolver mi dinero?
—Sí, sí… Y tanto… ¿O quiere que se lo cambie por un universo nuevo? Uno sin Jaime Rubio, por supuesto.
—No, no. Creo que esto de los universos no es lo mío.
—En fin, ya lo siento.
—No pasa nada. ¿Lo va a reparar?
—No creo que pueda. Creo que lo doblaré y lo guardaré en el almacén. Quizás pueda usar alguna de las piezas.
Otra vez voy tarde y otra vez no sé por qué. Me he despertado a la hora habitual y con eso debería tener tiempo de sobra, pero siempre pasa algo. A lo mejor ha sido por el café. Me lo he tomado demasiado tranquilo y a partir de entonces he ido acumulando minutos de retraso. Pero tampoco quería quemarme la lengua.
Quizás tendría que haberme levantado diez minutos antes. Con eso habría tenido tiempo para desayunar con calma y no habría tenido que apresurarme para todo lo demás: afeitarme, porque hoy toca afeitarse, lavarme el pelo e incluso secármelo antes de salir, que ya veo que no me va a dar tiempo y aún me voy a resfriar.
Tampoco he tenido en cuenta que hoy tenía que ponerme el traje y, claro, me falta práctica con la corbata. Me he tenido que hacer el nudo tres veces hasta que, finalmente, la parte estrecha no sobresalía por debajo de la ancha. Sí, con la chaqueta no se ve, pero da igual, habría sabido que estaba mal puesta y no hubiera podido quitarme la tontería de la cabeza en todo el día.
Me llega un mensaje de mi mujer: “¿Por dónde vas?”, me pregunta. “Subiendo al coche”. Es mentira, claro, me estoy poniendo los zapatos y aún tengo que coger las llaves, que están en la otra chaqueta, creo, pero ya voy tarde y no quiero que se preocupe. Luego le diré que me he encontrado más tráfico del que esperaba. Es posible que ni siquiera sea mentira.
Llamo al ascensor, pero tarda tanto que bajo por las escaleras antes de que llegue. Me doy cuenta de que acabo de hacer una tontería y me he llevado lo peor de las dos opciones: he esperado para luego bajar andando, por lo que es imposible que haya tardado menos que quedándome hasta que llegara el ascensor. Claro que quizás algún vecino lo tenía parado arriba, cargando y descargando cajas, por ejemplo, o se ha dejado la puerta abierta sin querer o, peor aún, queriendo, solo por fastidiar. Pero da lo mismo, el caso es que cuando uno va con el tiempo justo, siempre pasa algo.
Bajo al parking y, ya en el coche, me doy cuenta de que hay muchos pasos intermedios antes de salir a la carretera. Nunca había caído en que no es solo arrancar y salir, sino que hay que ponerse el cinturón, girar la llave, encender la radio, ajustar el volumen, maniobrar para salir de la plaza, subir dos plantas porque por ahorrarme veinte euros aparco prácticamente donde termina la corteza terrestre, accionar el mando para abrir la puerta del garaje, cambiar de emisora mientras se abre la puerta, salir con cuidado, no vaya a ser que haya peatones pasando. Hay peatones por todas partes, es increíble. En las aceras, en la calzada, en sus casas. No hay sitio en el que no haya gente y no hay sitio en el que la gente no moleste.
Nada más salir, me llega un mensaje de mi hermano. “¿No estarás llegando tarde?”. No contesto, pero me llama por teléfono y sé que sabe que tengo el manos libres y va a seguir llamando hasta que lo coja, así que descuelgo.
—¿Llegas o no?
—Ya voy, estoy de camino.
—¿Cómo que de camino? Aquí ya está todo el mundo.
—¿Ya? Pero si es prontísimo.
—Dijimos a partir de las nueve y son las nueve y veinte.
—Es sábado. Pensaba que nadie llegaría hasta las diez y eso como muy pronto.
—Pues solo faltas tú, así que ya me dirás.
—Estoy a un cuarto de hora.
—O sea, a media hora.
—No, no tardaré tanto. No creo que haya problemas de tráfico — aquella respuesta me podía traer problemas: ya he mencionado mi plan era decirle a mi mujer que sí los había y así justificar que había tardado más de lo previsto a pesar de que hacía ya veinte minutos que le había dicho que estaba en el coche — . Mira, no me despistes, que voy conduciendo. No tardo.
—Voy a avisar al resto, para que estén tranquilos.
Por supuesto, pillo todos los semáforos en rojo. Y en la autopista hay más tráfico del que pensaba. Suena el teléfono. Es mi mujer.
—Hay más tráfico del que pensaba — digo, contento porque no he tenido que mentir.
—A tu hermano le has dicho que no lo había.
—Le he mentido para que se callara.
—Siempre haces lo mismo. Vas con el tiempo justo y luego pasa lo que pasa. Nunca dejas margen para imprevistos. Menos mal que he venido por mi cuenta.
—Dejad de meterme prisa. Llego en diez minutos.
—O sea, en media hora.
—Que no, que nos estamos moviendo.
—No tardes.
—Ni siquiera me apetece ir.
—Pues haberlo pensado antes.
Es verdad que nos movemos, pero muy poco. Busco en la radio alguna emisora en la que den información del tráfico, por si ha habido algún accidente. No la encuentro, pero sí me llegan dos mensajes. Uno de mi hermano: “Ya ha pasado el cuarto de hora”. Y otro de una amiga: “¿Dónde estás?”. La llamo.
—Hola, Eva.
—¿Llegas o qué?
—Estoy en un atasco. Pero no se lo digas a Nuria. Ni a mi hermano.
—¿Cuánto te queda? Hay mucha gente aquí.
—No lo sé. Mírame en el móvil cómo va la A2. Quiero saber si ha habido un accidente o solo es un atasco.
—¿No tienes GPS?
—¿Tú qué crees?
—Mira, no te pongas borde. Encima.
—Va, míralo.
—Hay un atasco, pero no pone nada de accidentes. Según esto, desde tu casa tienes casi media hora.
—O sea que me quedan unos veinte minutos.
—Bueno, sin contar que tienes que aparcar, bajarte del coche, venir hacia aquí…
—Joder, no me metas prisa tú también.
—Es que siempre haces lo mismo. Vas con el tiempo justo y…
—Te tengo que dejar, que hay lío.
—Es una excusa para colgarme el teléfono.
—Así es.
Cuelgo. Paso unos diez minutos casi parado, sin superar los treinta kilómetros por hora. Pasada no recuerdo qué salida, el tráfico se hace más fluido y acelero. El tráfico va tan bien que comienza a preocuparme más la idea de llegar que la de llegar tarde. Es verdad lo que le he dicho a Nuria. No me apetece nada ir. Casi preferiría pinchar y quedarme tirado en el arcén, cambiando la rueda o esperando a la grúa.
Aunque tampoco hace falta ponerse en lo peor. Podría meterme en un bar y tomarme un par de cafés mientras leo el periódico. Un café tras otro, quiero decir, no los dos a la vez. Podría enviarle a Nuria un mensaje desde allí: “Lo siento, el coche me ha dejado tirado. Comenzad sin mí”. Total, no se me dan bien estos actos sociales. Me quedo plantado sin saber qué decir, bebo más de la cuenta, acabo con la corbata en el bolsillo de la chaqueta, a veces en el bolsillo de la chaqueta de otra persona. Aún no he recuperado la verde que llevé a la boda de Javi.
—Eva, estoy pensando en no ir.
—¿Para eso me llamas?
—No se lo digas a Nuria. Ni a mi hermano.
—Ahora no puedes faltar.
—Pero es que no me apetece nada.
—Eso es porque vas con la prisa en el cuerpo. Si hubieras salido con tiempo, te habrías ahorrado todo el disgusto.
—No es eso. Es que no me apetece.
—A nadie le apetece, pero estamos todos esperándote.
—Empezad sin mí. Y acabad sin mí, también.
—No podemos empezar sin ti.
—Tampoco hago tanta falta.
—Hombre, un poco sí. No mucha, eso es verdad, pero tienes que estar.
—No sé qué decir ni qué hacer.
—¿Pero de qué hablas? Nadie espera que digas nada. Y, por favor, no hagas nada.
—Me voy a meter en un bar y me voy a tomar un par de cafés mientras leo el periódico. Llamaré a Nuria y le diré que no llego a tiempo, que el coche me ha dejado tirado.
—¿Dónde estás?
—En el parking.
—¿El de tu casa?
—No, no. Acabo de llegar. Estoy fuera.
—¿Quieres que vaya a buscarte?
—Depende. ¿Te vendrías conmigo a tomar un par de cafés mientras leemos el periódico? Así podría pedir los dos cafés a la vez y no de forma consecutiva.
—¿Pero qué dices?
—Déjalo. No hace falta que vengas.
—Ha venido Santi. Hacía años que no le veía.
—Yo le vi el mes pasado.
—Bueno, pues ahora le verás otra vez.
—No me cae tan bien.
—Mira, o sales del coche ahora mismo o le digo a Nuria que has aparcado fuera.
—¿Serías capaz?
—Claro que sí. Deja de comportarte como un niño pequeño y ven de una vez.
—Serías capaz.
Cuelgo. Abro la puerta del coche, suspirando. Miro el reloj. Son las diez pasadas. Tampoco será tan duro, me digo. Hay que aguantar hasta la noche, que no será tanto, contando con que habrá una pausa para comer. Y la mañana del domingo. Esto también. Pero peor es trabajar.
Entro en el edificio y a mi izquierda veo una cafetería. Me siento tentado de entrar, pero oigo la voz de mi hermano.
—Hombre, ya era hora —me agarra del brazo y me arrastra por el pasillo—. Están todos esperándote.
—Yo no les pedí que vinieran.
—Pues no haberte muerto.
—Sí, claro, la culpa es mía.
—Hombre, al fin —es mi mujer—. Llevas la corbata torcida.
—Qué más dará.
—Espera, estáte quieto. Ya. Mucho mejor.
—Dame un beso, ¿no?
—No sé, me da cosa.
—Bueno, vale, pues no me beses.
—Ha venido Santi. ¿Cuánto tiempo hacía que no le veíamos?
—Yo quedé con él hace cosa de un mes.
—Anda. ¿Y eso?
—Es médico. Quería una segunda opinión.
—¿Y qué te dijo?
—Pues lo mismo. Ya sabes cómo son los médicos: se protegen unos a otros.
—No le costaba nada decirte otra cosa. Aunque fuera mentira.
—Eso digo yo. ¿Qué voy a hacer? ¿Demandarle?
En el pasillo y en la sala hay como una veintena de personas, no más. No era necesario correr tanto, vaya, está claro que aún falta gente. O eso espero. Eva me saluda. Está hablando con Santi. Me pararía a decirles algo, pero mi hermano y mi mujer tiran de mí hacia el ataúd.
—Ya va, ya va.
Me subo y me tumbo.
—¿Dejo abierto? —Pregunta mi mujer.
—Sí, así está bien.
Cierro los ojos. Oigo cómo comienza a llorar. Pues nada, ya empezamos.
—¿Eso no estaba ya inventado, señor Newton? ¿Cómo distinguimos las notas unas de otras, si no?
—No, no. Me refiero a la fuerza de la gravedad.
—¿Y para qué sirve esta fuerza, señor Newton?
—Empuja las cosas hacia abajo.
—Ah.
—Creo que no lo estás entendiendo. Acompáñame.
—Sí, señor Newton.
—Mira, en esta habitación tengo encendida la fuerza de la gravedad. Ahora tiraré esta naranja. ¿Lo ves? Se cae al suelo.
—Parece que le ha hecho daño. Al rebotar era como si intentara escaparse. No parecía agradable.
—No digas tonterías, que he arrojado una naranja, no un toro.
—¿Y esto de la gravedad para qué sirve?
—Hombre, pues para que no se desperdiguen las cosas. ¿Recuerdas el otro día cuando perdí las gafas? Tienen que estar ya por Saturno. Con este nuevo invento sabré dónde mirar: en el suelo.
—Pero se van a romper.
—Bueno, no siempre, no seas cenizo.
—¿Y la gente también se caerá?
—Solo los torpes.
—No sé, no lo veo claro.
—Prueba, prueba. Pasa dentro y me cuentas. Espera, espera, pon los pies abajo y agárrate a la silla.
—¡Uoh! ¡Esto es raro! ¿Cómo lo hago para moverme?
—Tienes que caminar.
—¿Cami qué?
—Mueve la pierna derecha hacia adelante. Muy bien. Y ahora la izquierda.
—Esto es muy raro.
—Hay que acostumbrarse. Pero solo es cuestión de práctica.
—¿Y si tenemos prisa?
—Pues lo mismo, pero más rápido. Lo llamo prisaminar.
—Sigo sin verle las ventajas a esto.
—Pues mira, de entrada podemos estar charlando sin tener que estar con una mano agarrándonos a una columna y con la otra sujetando la cerveza.
—Bueno, sí, pero esto es agotador.
—Hombre, pero deja de caminar.
—¡Me caeré!
—No, no. Mira, prueba a sentarte. No hacen falta ni sillas: en el suelo.
—¿Cómo me voy a sentar aquí? ¡Moriré aplastado por su estúpida gravedad, señor Newton!
—Mira, lo voy a hacer yo.
—¡Cuidado! ¡No!
—¿Lo ves? Ya está. Ahora tú.
—Ay… Pues sí. La verdad es que sentarse cuando hay gravedad no está mal del todo.
—Esto se lo voy a vender primero a los bares. Van a ser mucho más fáciles de limpiar: solo tendrán que fregar el suelo.
—Me sigue costando pensar que la gente vaya a pagar por esto.
—Todo el mundo querrá tener gravedad en su casa.
—No lo sé… Piense en los niños. ¿Es que nadie piensa en los niños?
—¿Qué les pasa?
—¡Se van a caer! No creo que puedan caminar al menos hasta que sus cuerpos se formen a los 22 o 23 años.
—Con agarrarlos bien basta.
—Aquí las cosas pesan mucho. Como para sostener a un adolescente.
—Lo que nos cuesta a los genios convencer al vulgo, ¿eh? Hay que ver, qué poco os gustan los avances.
—Esto no es un avance, señor. Esto es un peligro.
—Peligro es que no haya gravedad. La semana pasada me quedé dormido debajo de un manzano y desperté en Bristol.
—Pero con la gravedad se le habrían caído todas las manzanas encima mientras estaba dormido.
—No exageres…
—Hablando de caer. ¿No se caerá la Luna sobre la Tierra?
—La gravedad no es tan fuerte. La Luna está lejísimos: ¿no ves que apenas es un puntito blanco en el cielo, un poco más grande que cualquier otra estrella?
—Sigo sin verlo claro.
—Si todo el mundo se lo toma como tú, voy a tener que presionar al Parlamento para que la gravedad sea una ley.
—¿Una ley de la gravedad? Señor Newton, eso es ridículo. No puede hacerlo. Iría en contra de todas las libertades.
—Solo al principio, hasta que la gente la pruebe y se dé cuenta de las ventajas.
—Pero señor Newton…
—No sería en todas partes. Podríamos empezar con los parques.
—No puede obligar a la gente a caminar por un parque.
—No se escaparían tantos perros flotando.
—¡No, claro! ¡Se caerían y se matarían!
—¿Cómo se van a caer si no pueden ni siquiera comenzar a volar? Razona un poco, por favor. ¿Esto es lo que va a pasar a partir de ahora? ¿Voy a tener que responder a objeciones ridículas? ¡Todo el mundo tiene una opinión. O quince opiniones. ¡No me interesa saberlas! ¡No pienso hablar con nadie que no tenga conocimientos mínimos de física o de alquimia!
—¿Pero no se da cuenta de que…? No puedo ni hablar. Voy a salir… Estoy agotado.
—Te falta práctica, pero solo es cuestión de pasar unas pocas horas aquí cada día.
—No… No puedo…
—A mí me va muy bien para escribir. ¡La tinta se queda en el frasco!
—Me voy…
—Bueno, pues nada, vete. Pero que sepas que mañana voy a poner gravedad en toda la casa.
—Señor, por favor. No me haga esto. Que luego me toca a mí recogerlo todo.
—La decisión está tomada. Pensé que me apoyarías, la verdad, pero me da lo mismo. Esta es mi casa y se hace lo que yo digo. Si no promuevo mis propias invenciones, ¿cómo voy a convencer a los demás de que las usen?
—¿Es que la ciencia no conoce límites?
—Precisamente lo que hace la gravedad es poner límites. ¡El suelo!
—Señor, lo siento mucho, pero si pone gravedad en toda la casa, voy a tener que buscarme otro empleo.
—¡Me da lo mismo! ¡No te necesito para nada! ¡Exceptuando comer y vestirme y todas esas tonterías!
—Otro asunto, si me permite…
—Dime.
—Gravedad es un nombre malísimo. La gente va a pensar que habla de música.
—Pues por eso. La música es bonita. ¿Quién no quiere tener algo grave? No la voy a llamar fuerza de la agudeza. Aún creerán que les quiero clavar algo.
—Le ruego lo reconsidere.
—¿El nombre?
—Todo.
—Anda, sal ya de la habitación, que te va a dar algo.
—No puedo… No sé ponerme de pie.
—Arrástrate. Como si fueras una lagartija. Eso es. Muy bien. Ya casi está. ¿Lo ves? Todo ventajas. Pero muévete. De verdad, yo es que así no puedo. Siempre en contra del progreso. Así no vamos a ningún lado. Ni la humanidad ni tú: mueve los brazos. No, si aún tendré que cogerte en brazos. Pero haz fuerza. No, así no. Primero un brazo y luego el otro. Así, muy bien. Un poco más. Ya casi lo tienes.
D./Dª …………………………… con D.N.I. ……………………………, siendo aún trabajador de esta empresa, les comunico mediante el presente escrito mi voluntad de causar baja voluntaria, siendo mi último día de trabajo el …………………………….
Se trata de una decisión que tomo con el corazón en un puño y el alma encogida, pero a la que me veo forzado tras: (MARCAR EL MOTIVO APLICABLE)
Haber perdido una apuesta.
Haber sufrido un grave accidente que me ha causado un más que evidente daño cerebral.
Haberse descubierto que soy comunista.
Haber llegado a un acuerdo con la empresa después de que mis superiores me hayan descubierto robando / masturbándome / defendiendo el comunismo / pidiendo un aumento de sueldo.
Haberme dado cuenta de que no soy digno de trabajar aquí.
Otro motivo: (ESPECIFICAR)
De acuerdo con la normativa vigente y el Convenio Colectivo aplicable, realizo esta comunicación con 15 días de antelación. Les ruego que para el último día de prestación de servicios preparen la documentación relativa a la liquidación, así como el certificado de empresa. Yo traeré el rostro compungido y bañado en lágrimas, además de las ojeras que evidenciarán una mala noche por culpa de los remordimientos y por el temor a terminar como Alfredo Llorente.
No me quiero despedir sin antes aclarar que no hay más responsable de esta ruptura que yo mismo. Vaya donde vaya, jamás me encontraré con profesionales tan competentes como con los que me he cruzado en esta compañía, en especial el señor director general. Sé que mi marcha es un error y asumo que dentro de unos meses, tal vez semanas, me habré arrepentido de mi decisión.
¿Podré entonces volver arrastrándome y pidiendo clemencia? Es posible, ya que la magnanimidad de los directivos y accionistas de esta empresa es bien conocida, como demostró el caso de Alfredo Llorente, que pasó dos años fuera y volvió con el rabo entre las piernas, aceptando el mismo empleo con un recorte del 20 por ciento del sueldo. Así de desesperado estaba. Pero incluso aunque yo también regrese habiendo aprendido una importante lección de humildad, soy consciente de que siempre quedará algo de resquemor, de que nunca volverá a haber confianza plena y de que la culpa será mía, solo mía.
De todas formas y llegado el caso, quizás con mucho tiempo, mucho trabajo duro, muchas horas extra y la renuncia a días de vacaciones, es posible que todo acabe volviendo a cierto nivel de normalidad. Seis años más tarde, Alfredo Llorente cobra ya casi lo mismo que antes de irse y, lo que es aún mejor, el señor director general le ha devuelto el saludo, aunque sigue sin dirigirse a él por su nombre. “Eh, tú -le dice-, ¿qué tal todo? ¿Como va con Pedro, en ventas?”. Y luego añade, sin esperar respuesta y mientras prosigue su camino: “Bien, bien, me alegro”.
El señor director general sabe perfectamente en qué departamento trabaja Alfredo Llorente y que no está con Pedro, en ventas. Pero Alfredo Llorente tiene una lección muy importante que aprender: que no está bien traicionar a la gente que ha confiado en ti y que ha puesto en tus manos informes, clientes, el material de oficina y, en una ocasión, las llaves del armario del mueble bar del señor director general, para limpiar bien los vasos antes de una visita.
Este trato o, mejor dicho, este proceso de aprendizaje le está sirviendo a Alfredo Llorente para crecer como persona. Y quizás yo debería tomar nota: con la que está cayendo, ¿merece la pena dejar una empresa solo por dinero, olvidando las relaciones personales que he creado, despreciando el hecho de que, por ejemplo, cada diciembre se me ha invitado a una cena de Navidad con barra libre?
Desde luego, Alfredo Llorente es consciente de todo esto, como reconoció en el discurso que leyó, precisamente, durante la pasada cena de empresa y que, a pesar de los rumores, no había escrito el señor director general. Tampoco es cierto que Alfredo lo leyera bajo la amenaza de ser despedido. Y las lágrimas eran de alegría, como pudo apreciar cualquiera que sepa un poco de psicología y tenga algo de sentido común.
Me gustaría recordar la frase: “Si no tuviera dos hijos pequeños me liaba a tiros con todo el mundo, comenzando por el puto señor director general” y subrayar que no se trataba más que de una pequeña broma navideña que el señor director general recibió con carcajadas. He decidido dejar la empresa y no se puede dudar de mi sinceridad cuando digo que otra cosa no, pero sentido del humor, el señor director general tiene un rato.
Es más, aprovechando que no se puede desconfiar de mi buena fe, me gustaría insistir en que las críticas a la dirección de la compañía en lo que se refiere a este caso son tremendamente injustas. Por ejemplo, Alfredo Llorente dispone de despacho propio y eso nadie lo recuerda. Y no, no es un “armario”. Es un despacho en el que antes se guardaban paquetes de folios y en el que ahora, también, porque en algún sitio habrá que ponerlos. En todo caso, Alfredo Llorente tiene espacio de sobra para su silla y para una carpeta de cartón que usa a modo de mesa.
El hecho de que a partir de esa pequeña broma, Alfredo Llorente asumiera la tarea de llevar y recoger del tinte los trajes del señor director general no tiene nada que ver con dicha frase, sino que se trata de una nueva muestra de la confianza que la empresa está recobrando en quien se puede calificar de hijo pródigo, al asignarle cada vez más responsabilidades.
Y así es como también debemos juzgar otras funciones de Alfredo Llorente, como limpiar el coche del director general, sacar a pasear al perro del director general y acudir en nombre del señor director general a las reuniones de propietarios del parking. ¿Qué mejor prueba de que poco a poco Alfredo Llorente está recuperando la confianza de la empresa? ¿Qué mejor ejemplo que el de Alfredo Llorente para que me quede más o menos claro que dejar la compañía para buscar otras oportunidades supone un error para mi carrera profesional? ¿Qué mejor evidencia de que, eso sí, la empresa perdona y en caso necesario me recibirá con los brazos entrecerrados, incluso aunque no haya vacantes, con el único objetivo de susurrarme “te lo dije”, cada mañana hasta que me jubile, cuatro o cinco años más tarde de lo que debería porque se han perdido, entre comillas, unos papeles, pero que nadie se lo diga a Alfredo Llorente, que es una sorpresa que le tenemos preparada para dentro de poco más de veintitrés años?
Dicho lo cual, quiero expresar mi más sentido agradecimiento por estos años tan maravillosos, en los que he cobrado más de lo que debería porque, admitámoslo, no es solo que nadie esté a la altura de la empresa, sino que todos los empleados tendríamos que pagar por el privilegio de trabajar aquí, especialmente el de poder colaborar con el señor director general. Desde que comencé en esta empresa, el señor director general es mi modelo, la persona en la que me quiero convertir. No hay forma de expresar cuánto he aprendido de él.
Alfredo Llorente sí puede decir que ha aprendido que no te puedes fiar cuando te llaman de recursos humanos dos años más tarde y te hacen una oferta que parece tan buena que dejas tu trabajo sin firmar nada y te encuentras con que la oferta final que te hace el señor director general en persona no es la misma que te hizo la responsable de recursos humanos, quien cada vez que ve a Alfredo Llorente agacha la cabeza. Ya le ha explicado más de una decena de veces que ella no sabía nada y Alfredo Llorente la cree y le ha dicho también varias veces que no tiene nada que perdonarle, que no es su culpa, pero aun así a la pobre mujer le sabe todo fatal.
Quedo a su disposición para cualquier aclaración que necesiten.
—Cómo sois los veganos, todo el día que si soy vegano, que si no como carne, que si no como pescado, que si los animales sufren, que si el queso también.
—¿Pero de dónde saca eso?
—No comes carne.
—¿Qué dice?
—Porque eres vegano.
—Yo no soy vegano.
—No, qué va. Si se te nota. Que estás pálido. Que se te ve débil. Que te falta hierro. Que más que respirar, resollas. ¿Quieres un poco de pan, aunque sea? ¿El pan es vegano? No sé si os tienen que certificar que no lo miró un ternero con pena antes de comerlo.
—Oiga, que no.
—¿Que no eres vegano o que no os lo tienen que certificar?
—¡Que no soy vegano!
—Míralo, el vegano se enfada. ¿Y qué vas a hacer? ¿Pegarme? Qué bonito. Tratáis muy bien a los animales, pero no dudáis en hacer daño a las personas. Ese es el problema de los veganos: que no tenéis las prioridades claras. Si tuvierais que escoger entre vuestra madre y un atún, escogeríais al atún.
—Pero no diga tonterías.
—Si Dios no quisiera que comiéramos atún, no lo habría creado tan rico. En cambio, tu madre seguro que no sabe tan bien. Vamos, no creo, jamás la he probado. Dicho sea con el debido respeto.
—Que yo como de todo.
—Claro, todo lo que no venga de animales. Ni carne, ni huevos, la leche según. Lo de la leche es raro. ¿Solo la bebéis cuando os la da la vaca libremente? ¿En plan, “eh, me sobra esto, por si lo queréis”? ¿Es así o cómo va?
—No lo sé. Yo no soy vegano.
—¿No?
—No.
—Ah, perdona. Creí que eras vegano.
—Pues no lo soy. Llevo un buen rato intentando decírselo.
—Pues las hamburguesas veganas, que son como de corn flakes.
—¡Que no!
—No saben a nada.
—¡No lo sé! ¡Jamás las he probado!
—Qué raro coméis los veganos. Con lo ricas que están las gambas.
—Me encantan las gambas.
—Pero no las comes. Porque eres vegano.
—¡Que no soy vegano!
—No comer gambas debería ser delito. Y no solo las gambas. Los langostinos. Las chirlas. El chorizo. Los pies de cerdo. El lomo. Los torreznos. Pero, claro, tú lo más parecido que comes a los torreznos son los Bocabits.
—¡No como Bocabits!
—¿Tampoco? ¿Los hacen con grasa animal o algo? ¿Le enseñan la bolsa a un cordero y te sabe mal?
—¡Que no soy vegano! ¡Que venía por otra cosa!
—Ya, pero en seguida aprovecháis para hablar de lo vuestro. Qué pesaícos sois. Le dices “hola” a un vegano y te contesta “soy vegano” sin darte ni los buenos días. ¡Pero déjame en paz! ¡Que a mí me da igual! ¡Como si lo único que comes son tus propias uñas!
—Casi mejor que vuelvo en otro momento.
—No, hombre, no. Ya que estás, acaba con el asunto. Cuéntame qué comes. Explícame lo mucho que sufren las gallinas cuando les robas un huevo.
—No venía por nada de eso.
—Pues seguro que es para otra cosa de los animales. La ropa o algo. ¿De qué es tu jersey? Seguro que no es de lana, porque preferís que la oveja se muera asfixiada antes que cortarle el pelo. Ya hay que ser maniático. ¿No te cortas tú el pelo? ¡Pues córtaselo a la oveja, que estará más cómoda! Venga, cuenta, que lo estás deseando, ¿de qué es tu jersey?
—¿Qué?
—¿De qué es tu jersey, vegano?
—¿Pero qué dice?
—¿De qué es tu jersey?
—¿Pero quiere dejar mi jersey en paz?
—¿De plástico?
—No.
—¿De hojas muertas?
—¡No!
—¿De pelo humano?
—¡Que no! ¡Es un jersey normal!
—¿De piel de bebé?
—Es de algodón, ¿vale? Y quizás tenga algo de poliéster, yo qué sé.
—Ay, vegano, que te da igual afeitar una planta, pero la oveja que se joda.
—¿Pero qué dice? Esa frase no tiene ningún sentido.
—¡Vegano!
—Oiga.
—¡Vegano!
—¿Quiere parar con eso?
—¡Ve-ga-no!
—Pero pare, por favor.
—¡Eres vegano!
—Pero…
—¡Vegano!
—Le pido por favor que…
—¡No comes animales!
—Mire, ya vale.
—¡Eres vegano!
—¡Oiga!
—¡Jajaja, coméis raro!
—¡Que le estoy diciendo que no soy vegano!
—¡Qué pesaíco, contándole a todo el mundo que eres vegano!
—¡Que no le cuento nada a nadie!
—Sí, ahora disimula. Os tengo pilladísimos a todos. Se os ve a la legua, que oléis a rúcula.
—Yo no huelo a eso.
—Que sí, hombre, que es un olor como a corcho húmedo.
—Que yo huelo a champú. Que me he duchado hace nada.
—Champú vegano, de este que se hace con gelatina de cadáveres humanos, pero sin hacer daño a ningún animal. Lo probé una vez, no hace espuma ni nada. Se te queda la piel así como tirante. En cambio, el mío normal es una maravilla. Toca, toca… Es muy suave. Toca, toca…
—Preferiría no hacerlo.
—Toca, anda, no te cortes.
—Que no.
—Toca, te digo.
—No me parece buena idea.
—Que no vas a matar a ninguna pulga, joder.
—Preferiría no tocar…
—¡Que toques! Hostia ya, con las manías de los putos veganos.
—Que no soy vegano, le digo.
—Pues toca, joder.
—¡Es que eso es su pene!
—Pues toca el brazo, ostias, hay que ver que asquerosillos sois los veganos. No coméis carne, no tocáis penes… ¡No hacéis nada! Seguro que ni barres, no sea que te lleves a una hormiga.
—No, que paso la escoba. Y la aspiradora. Y el mocho. Lo que haga falta.
—¿Entonces no eres vegano?
—¡Que no!¡Joder! ¡Que no sé cómo decirlo!
—Bueno, vale, pero no te enfades.
—Es que ya cansa el tema.
—Yo qué sé, haberlo dicho antes.
—Llevo diciéndolo desde que he llegado.
—Que no soy adivino.
—Ya, bueno.
—Cómo iba a saberlo.
—Ya, ya…
—Si no me lo dices…
—Sí, bueno.
—Yo no sé leer mentes.
—Sí, ya…
—Será porque como carne y eso no me deja pensar. La grasa animal me tiene taponadas las arterias que llevan sangre al cerebro. A ti seguro que no te pasa, vegano.
—Que no soy…
—Tienes todo muy suelto, las arterias y lo que no son las arterias, que debes ir al baño como cinco veces al día.
—¡Pero bueno!
—Eso no puede ser bueno. Todo el día con diarrea.
—¿Pero qué dice?
—Supongo que tendrás que comer mucho arroz para compensar.
—¡No lo sé! ¡No soy vegano!
—¿Entonces qué eres? ¿Celiaco? ¿Intolerante a la lactosa? ¿No te gusta el pescado, a excepción del salmón? ¿Abstemio? ¿Solo comes alimentos orgánicos? ¿No tomas azúcar procesado? ¿Solo compras productos de proximidad? ¿No comes nada que tenga almidón de maíz? ¿No compras nada que contenga la letra E en sus ingredientes? ¿No cocinas nada que no hayas cultivado, criado o matado con tus propias manos?
—¡No!
—Entonces eres vegano.
—¡Que no soy vegano! ¡Vengo del gas!
—¿Del gas? ¿Eres etéreo? ¿No comes nada que dé sombra?
—¡De la compañía del gas!
—¿Pero qué compañía puede dar el gas? Si no habla.
—¡De la empresa suministradora del gas! ¡Vengo a tomar nota de la lectura del contador!
—¿El contador?
—El contador del gas.
—¿El contador del gas?
—Sí, el contador del gas.
—Eso no tiene ningún sentido. ¿Cómo vas a contar el gas, si es un gas? ¿Qué cuenta un contador del gas? Pondrá “uno”. Un gas.
—El consumo del gas. La cantidad de gas que se ha consumido en este piso.
—Yo no consumo gas. Me moriría. Bueno, espera, ¿el oxígeno cuenta? ¿El oxígeno es un gas? Tú deberías saber esas cosas, que los veganos estáis muy informados.
—Sí, el oxígeno es un gas.
—¿Ves? Eso hay que reconocerlo. Si quieres saber si el oxígeno es un gas, pregúntale a un vegano, que él lo sabrá seguro.
—Yo no soy vegano.
—Qué listos sois los veganos.
—Pero que yo no soy vegano.
—Mucho sabes tú de gases para no ser vegano.
—Yo me refiero al gas que usa para cocinar.
—Huy no, yo cocino con fuego. Le doy a esas ruedecitas y sale una llama azul. Claro, tú como eres vegano y solo comes plátanos no sabes cómo funciona esto. Aquí me hago cosas como huevos, pollo a la plancha, salchichas.
—También me refiero al gas que sirve para calentar el agua.
—¡Qué tontería! El agua caliente sale cuando pongo el grifo hacia lo rojo. No sale ningún gas, ni nada parecido. Es todo mecánico. ¿Tampoco os ducháis con agua caliente? ¿El agua se calienta quemando tejones vivos? ¿Es por eso? No lo sabía. Qué curioso. Creo que mis duchas son más importantes que el bienestar de los tejones. Los tejones transmiten enfermedades, como la gripe del tejón. Pero eso a los veganos os da igual. Preferís que muramos todos, ya sea por la gripe del tejón o de frío.
—Oiga, que yo no soy vegano.
—¡Vegano! ¡Jajaja! ¡Que no te duchas!
—¿Me deja ver el contador, por favor?
—¡Que te comes la comida de mi comida!
—Deje de decir eso.
—¿No te da pena que las vacas que me como pasen hambre? ¡Pues no te comas su hierba! ¡O lo uno o lo otro!
—¡No soy vegano!
—Me llegan los filetes cada día más tristes al plato. Como te pille una vaca, te da dos hostias, por ladrón.
—¡Que yo no como hierba!
—Piensa que por la propiedad transitiva, si te comes una vaca, también te estás comiendo la hierba que se ha comido, por lo que el filete, en cierto modo, es verdura.
—¿Me quiere hacer caso?
—¡No! ¡Yo no voy a dejar de comer carne! No me malinterpretes, todo mi respeto para las decisiones ajenas. Por mí, como si te quieres limitar a lamer sal. Pero donde se ponga un buen chuletón, que se quiten esas bolsitas de hierbas para la ensalada que venden en el súper. Eso no puede ser sano.
—Que yo como normal, le digo.
—Hombre, a ver, lo de ser vegano muy normal no es.
—¡Que no soy vegano!
—En el Paleolítico comían de todo y estaban sanísimos.
—Haga el favor de dejarme hacer mi trabajo.
—No tenían ni caries. Eso lo leí el otro día. También había menos cáncer y menos miopía. Luego te pisaba un mamut y te morías, pero hasta entonces disfrutabas más. Todo el día en bolas, tirado por el monte, comiendo chuletones de hipopótamo.
—Miro el contador y me voy. Solo necesito diez segundos.
—No podían andarse con tonterías e ir a la farmacia a comprar suplementos de vitamina B12 porque les daba pena darle un garrotazo a ciervo. Tenían que comer de todo: ñús, mamuts, neandertales, diplodocus… Lo que hubiera.
—Le digo que yo como de todo.
—Ya, menos carne, leche, huevos, chocolate con leche…
—Yo como chocolate. Mire, llevo un Twix en el bolsillo.
—Lo principal es el respeto y yo respeto a todo el mundo, pero si mi religión me prohibiera comer chocolate, yo preferiría ir al infierno.
—El veganismo no es una religión.
—¿Cómo que no, si acaba en ismo?
—Ni siquiera sé si veganismo es una palabra correcta.
—Tú sabrás, que eres el vegano.
—No soy vegano.
—Pues para no ser vegano, llevas aquí un buen rato hablando del tema. Cómo sois los veganos, siempre hablando de lo que coméis y de lo que no coméis. ¡Que a mí me da igual! ¡Que hagáis lo que os dé la gana! ¡Pero no deis la tabarra!
—¡Yo no doy la tabarra!
—¡Vegano! ¡Jajaja…! ¡Déjame en paz, pesado!
—Pero si es usted el que no calla.
—No, no. Siempre con la misma excusa. Que si los demás preguntamos. Que si además hacemos preguntas muy idiotas. No, mira, tú has llegado aquí y todo el rato de cháchara. Que si coméis chocolate, que si no es una religión. ¡Y a mí que más me da! ¡No me cuentes tu vida! ¡Ni siquiera sé qué haces aquí!
—¡Que no soy vegano! ¡Que vengo del gas!
—No, mira, eso ya no. Venimos del mono. Eso es un dato científicamente demostrado. Ahora no me vengas con tonterías. De hecho, mi bisabuelo aún era un mono. Es que en mi familia somos muy lentos para hacer las cosas. Nos lo tomamos todo con mucha calma. Mira, ¿ves esa lámpara? Tengo la bombilla fundida desde febrero. El tema es que me he acostumbrado a tenerla así y nunca me acuerdo de apuntar en la lista de la compra que necesito una nueva. Y es un incordio, ojo, porque al final enciendo la luz del techo y es demasiado luz para mí porque tengo fotofobia, que es un miedo irracional a los veganos, como tú, jajaja. No, es broma. Me molesta la luz. Pero te estaba contando lo de mi bisabuelo.
—Oiga, le juro yo solo venía a mirar el contador del gas.
—Mi bisabuelo ya estaba casado y todo. Si no recuerdo mal la historia, mi bisabuela estaba embarazada. No de mi abuelo, sino de su hermana mayor, mi tía abuela Remedios, en Paz descanse. Paz, municipio de Madrid, que es donde vivía. Y donde la enterramos en 1997. Cómo gritaba, la jodida.
—Por favor, tengo que apuntar las lecturas de todos los contadores de la calle.
—¡Dejadme salir! ¡Que no estoy muerta! Tía Remedios, contestábamos, deje de darle golpes al ataúd, que está asustando a los niños. Que no estoy muerta, decía. Anda que no era cabezona. Cuando se emperraba en algo, insistía y no paraba. No se calló hasta que la incineramos.
—Puedo volver otro día.
—Total, que mi bisabuela le dijo a mi bisabuelo: “Mira, Abundio, creo que ha llegado el momento de que tú también evoluciones. Estamos esperando un hijo o, Dios no lo quiera, una hija, y creo que es mejor que su padre, que eres tú, el futuro bisabuelo de Roberto, aunque esto aún no lo sabían porque yo no había nacido, sea un hombre hecho y derecho, y no un mono. Así, cuando vayas a misa, te darán una hostia de las consagradas, y no como ahora, que te arrojan un trozo de pan cuando lo pides golpeándote la palma de la mano”.
—Le dejo este papel con el teléfono, por si prefiere llamar y dar la lectura usted mismo.
—Mi bisabuelo no quería. Principalmente porque estaba muy gracioso con sombrero. Creo que tengo una foto por aquí… Dónde estará… Aquí, mírala. Era graciosísimo. Trabajaba en Correos. No sé si has ido a Correos últimamente. Han progresado mucho: ya están en 1962. Te dan turno, te venden sellos, no puedes pagar con tarjeta de crédito. En la época de mi bisabuelo no era raro que un mono trabajara allí.
—Me parece una historia fascinante, pero no tengo tiempo, de verdad.
—También estaba el tema de que se llevaba mal con su suegro. El padre de mi bisabuela era algo racista y no le veía con buenos ojos porque era un mono, aunque el empleo fijo en Correos jugaba a su favor. “¡Eso es especismo!”, gritaba mi bisabuelo cada vez que salía el tema en una comida familiar. Luego se cagaba en su propia mano y tiraba trozos de mierda a todos los familiares, hasta que mi bisabuela le sacaba a rastras de la habitación y le tranquilizaba golpeándole con un periódico enrollado.
—Por favor…
—Cuando digo “un periódico enrollado” me refiero a que se le daba forma de cilindro, no a que fuera un periódico marchoso y divertido. Lo aclaro porque este punto ha creado confusión en ocasiones anteriores.
—Tengo que coger un autobús.
—Pero a pesar de todo, mi bisabuelo sabía que no podía quedarse atrás. Un número infinito de monos tecleando infinitas máquinas de escribir pueden componer las obras completas de Shakespeare, pero es mucho más fácil ir a la biblioteca y pedir prestado el libro, cosa que mi bisabuelo no podía hacer, al ser un mono. Sí, los tiempos han cambiado y hoy los monos pueden ir a casi cualquier parte, siempre que lleven pantalones, pero en la época de mi bisabuelo la sociedad era más estrecha de miras porque todos tenían los ojos más juntos. Por eso había tantos accidentes de tráfico. Pero me desvío del tema.
—Le ruego que me deje marcharme…
—Así pues, mi bisabuelo accedió a los más que sensatos deseos de mi bisabuela y evolucionó. Lo hizo en una sola noche, del tirón. Fue una velada movidita. A las cuatro de la mañana, mi bisabuelo inventó la rueda, solo te digo eso. No quería creer que ya estaba inventada, por mucho que se lo dijeran. Supongo que de ahí le vino la cabezonería a mi tía Remedios. De todas formas, hay que decir que la suya tenía forma de pentágono, por lo que imagino que, técnicamente, inventó la rueda pentagonal. Aún la usan las motos de Correos para los envíos urgentes.
—Hablando de urgencia, tengo muchísima prisa.
—Como evolucionó en muy poco tiempo, no le salió del todo bien. Acabó con tres brazos y con la espalda cubierta de cuernos.
—Por favor.
—Pero al menos siguió siendo omnívoro, como todos los humanos. Y no como tú, vegano, que no comes nada que tenga madre. No te gusta la carne. Ni el pescado. Solo comes brotes y bayas. Eso es antinatura. Tienes a la evolución en tu contra. Estás insultando a mi abuelo con tu veganismo.
—No soy vegano, se lo juro por mi madre.
—¿No eres vegano?
—No, no soy vegano.
—¿De verdad?
—De verdad.
—Si ahora te saco un bocadillo de salchichón, ¿te lo comerías?
—No me gusta el salchichón.
—¿Lo ves? Eres vegano.
—Que no, que me gusta todo el embutido menos el salchichón.
—Espera, ¿es posible que seas vegano y no lo sepas? Es decir, ¿que casualmente lleves una dieta vegana y que hasta este preciso instante no te hayas dado cuenta de que no comías ningún producto animal?
—No es eso, de verdad.
—Hay gente con lesiones cerebrales que no ve la parte izquierda de su cuerpo. No me refiero a que no la vea en su campo visual, sino que para su cerebro es como si no existiera. No se peinan el lado izquierdo de la cabeza, por ejemplo. O el derecho, el que sea. Ni se ponen los dos zapatos. Ni se cortan las uñas de una de las dos manos. ¿Es posible que te pase lo mismo, pero con la carne? ¿Que seas tan vegano que ni siquiera seas consciente de la existencia de los productos animales?
—Le juro que lo único que pasa es que no me gusta el salchichón.
—Bueno, sí, es otra hipótesis, pero no me acaba de convencer.
—Si me saca algo de jamón, me lo como.
—Nos ha jodido. Pues claro, y yo también. Míralo, es vegano, pero no es tonto. ¿Te saco también algo de caviar? ¿Solomillo de buey? ¿Un par de langostas? ¿Unas tostas con foie-gras? ¿Media docena de ostras? ¿Pato a la naranja? ¿Faisán con mermelada de frambuesa? ¿Fugu? ¿Sopa de nido de golondrina?
—¿Sí? No sé qué decirle ya para que me deje mirar el contador. O irme. ¿Me puedo ir?
—Ahora te da vergüenza. Como te he pillado… Si es que no se me escapa ningún vegano. Se os nota a la legua. Camináis lentos, sin apenas poder respirar, parándoos a descansar cada dos minutos. No tenéis fuerza, ni vida. Sois muy bajitos. Claro, os falta hierro.
—Soy más alto que usted.
—Eso es porque en mi familia lo dejamos todo para el final, como te he explicado hace un rato. Ya creceré cuando tenga tiempo.
—No sé ni por qué discuto con usted. No soy vegano.
—Esto es una cosa de sectas, ¿no?
—¿Cómo?
—O sea, que seguro que hay un grupo de veganos, el tuyo que, yo qué sé, no come setas porque en realidad no son plantas, y os hacéis llamar de otra forma. Honganos. Setarios. Rovellonenses.
—No, ¿qué dice?
—Veganos extremos.
—¡No!
—Seteros.
—¡Que no!
—Bueno, ¿pues cómo os llamáis?
—De ninguna forma. ¡No soy vegano y punto!
—¿Eres tan vegano que no tienes ni nombre? Ah, ya lo entiendo. Es porque el hecho de tener etiqueta hace que socialmente se os vea como la excepción, lo que se aparta de la norma, cuando en vuestra opinión deberíais ser lo convencional, la opción por defecto. Por tanto, son los demás quienes deberían llevar la etiqueta. Vosotros sois los, digamos, “normales” y los demás somos carnívoros, omnívoros, carnacas… No sé, el término que uséis.
—¡No es eso!
—¿No?
—¡No lo sé! ¡A lo mejor sí! ¡No soy vegano!
—Oye, lo de las setas iba en serio. No son plantas ni animales. Los hongos son otro orden diferente a la fauna y a la flora.
—¿Y a mí qué me importa?
—Hombre, como vegano te debería importar. Entiendo el argumento de que las plantas no tienen sistema nervioso central y por lo tanto no sufren, aunque me parece una excusa para poder comer algo que dé sombra. Pero ¿estás seguro de que los níscalos no sienten nada cuando los cortas con tu cuchillo y los metes en la cesta?
—Yo no hago eso.
—Ah, ¿entonces eres de los que solo come los frutos que caen al suelo? —No, yo no voy a buscar setas. Las compro en el súper.
—¿Vas al súper?
—Claro que voy al súper. ¿Dónde iba a comprar comida, si no?
—Yo qué sé, no conocía a ningún vegano personalmente hasta ahora. Me rodeo de gente sana. Por cierto, ¿pasas cerca del pescado y de la carne o das un rodeo para no verlo? Porque imagino que te dará pena, ¿no?
—No, no me da pena.
—Ahora que pienso: una amiga mía no come nada de carne ni pescado. Pero no porque quiera evitar sufrimiento animal, sino porque los animales le dan asco. Ve un trozo de carne y se imagina al cerdo maloliente, babeando, gruñendo… Y se le pasa toda el hambre. ¿Eso cuenta como dieta vegetariana, o vegana, o lo que sea? ¿O solo admitís a los veganos de buen corazón?
—No soy vegano. Ya no sé cómo decirle esto, pero no soy vegano.
—O setero o lo que sea. Mi amiga sí come queso, por ejemplo. Así que vegana, lo que se dice vegana, no es.
—¿Si le digo que soy vegano, me dejará en paz?
—Pero déjame en paz tú, que estás todo el rato con tus cosas veganas. No sé ni quién eres.
—Soy el del gas.
—Hombre, no me extraña, con tanta verdura, jajaja…
—El de la compañía del gas.
—Me encantan los chistes de pedos. ¡Vegano! ¡Comes mucho brócoli!
—¡No soy vegano! ¡Y no me gusta el brócoli!
—¡Vegano! ¡Jajajaja…! ¿Comes brazo de gitano? Jajaja… Perdona, es que llevo aguantándome esta gracieta desde que me has dicho que eres vegano y ya no me aguantaba más. Tenía que soltarla, que si no se hace costra.
—Que no soy vegano, le digo. Que vengo a tomar nota de la lectura del contador.
—Los veganos os creéis mejores que los demás porque no coméis cordero lechal, pero te voy a decir una cosa: Hitler era vegetariano.
—Me importa un bledo.
—Claro. Imagino que para un vegano, no hay diferencia entre Hitler y cualquier otro vegetariano. Cualquier tipo que haga daño a un animal de cualquier forma es un criminal. Incluso si solo hablamos de mirarlos mal, en plan, ese animal no me acaba de caer bien.
—Mire, me voy.
—¿Te enfadas porque hay animales que me caen mal?
—No, no, es que me tengo que ir.
—¿Y por qué me tiene que caer bien el perro de los vecinos de arriba? Se pasa todo el día ladrando.
—Me da igual, en serio.
—No, venga, no te enfades.
—Que no, que me voy.
—Venga, que era broma.
—Suélteme el brazo.
—Si el perro es buena gente. La culpa es de los dueños, que lo tienen mimado.
—Que me da igual.
—No te volveré a llamar Hitler, de verdad.
—Que me deje.
—¿Quieres una manzana? Te invito a manzana.
—¡No quiero nada!
—Venga, te dejo mirar el contable del gas.
—¡El contador!
—Lo que sea. Pero no te enfades.
—¿De verdad puedo anotar la lectura del gas?
—Que sí, tonto.
—¿Y no seguirá con lo de los veganos?
—Que no. En serio. Ya paro.
—¿Y luego me dejará irme tranquilo?
—Sí.
—¿De verdad?
—Que sí.
—No le creo.
—Te lo juro.
—¿Seguro?
—Que sí.
—De acuerdo. ¿Dónde está el contador?
—No sé, yo creo que no tengo de eso.
—¿Me deja ver si está en la cocina o en el lavadero?
—Adelante.
—Aquí está.
—Anda, nunca me había fijado.
—Pues ya está todo.
—Qué bambas más chulas.
—¿Eh?
—Las zapatillas.
—Ah. Bueno, como me paso el día caminando, me pillé unas cómodas.
—Tú eres un runner de esos, ¿no?
—¿Qué? No, no…
—Sí, hombre, tú sales a correr.
—Que no.
—Eres de los que pone en Facebook los kilómetros que ha corrido cada día.
—No, no. Ni siquiera estoy apuntado a un gimnasio.
—Porque sales a correr.
—¡Que no! ¡Que no hago deporte!
—Qué pesados sois los runners. No sé de quién huís. ¿De la policía?
—Que no soy runner. No empecemos.
—El otro día fui al parque y creía que había un incendio. Todo el mundo corriendo como un loco.
—¡Basta!
—¿Eh?
—No volvamos a empezar.
—¿Con qué?
—Con los veganos y los runners o lo que sea.
—Pero si solo es por dar algo de conversación.
—Ni conversación ni nada.
—¿Te has enfadado otra vez?
—Sí, claro que me he enfadado.
—¿Entonces no vamos a follar?
—¡No, claro que no!
—¿Pero por qué? —¡Porque no sabes jugar a esto!
—¿He hecho lo que me pediste!
—No, mira, así no es. Yo digo que vengo del gas y tú me dices algo así como: “¿Quieres ver algo mejor que el contador?”.
—Habérmelo dicho.
—¡Pensaba que era bastante evidente!
—No sé, yo…
—Joder con que si soy vegano, ya.
—Pero…
—Le has quitado todo el morbo al asunto.
—Yo es que sigo sin pillarle la gracia.
—La tendría si no te hubieras empeñado en hablar de veganos.
—¡Yo que sé! ¡Te dije que no servía para esto!
—Mira, que me dejes en paz un rato.
—Deberías comer más carne.
—¿Eh?
—Que deberías comer más carne.
—¿Cómo?
—La dieta vegana te pone de muy mal humor.
—¡Para ya con eso! ¡No soy vegano!
—¡Y yo que sé! ¡Tampoco trabajas para la compañía del gas! ¡Este juego es muy confuso!
—¿Y lo de los runners a qué venía?
—Esas bambas son nuevas, ¿no?
—¿Pero qué…?
—No sé, tenía curiosidad.
—¡Me voy a duchar!
—¿Sabías que el agua se calienta con gas?
—¡Necesito un poco de silencio!
—¿Crees que será por la actividad volcánica del subsuelo?
—¡No!
—¡Espera un momento!
—¿Ahora qué pasa?
—¡Yo a ti no te conozco de nada!
—¿Eh?
—¡Tú no eres mi pareja! ¡Yo no tengo pareja!
—¿No?
—¡Tú eres el del gas!
—Hostias, es verdad.
—¡Pero bueno!
—Joder, que me he liado. Perdona.
—No pasa nada.
—Ya decía yo que esta casa no me sonaba.
—No pasa nada, en serio.
—Mira, me iba a duchar en este armario.
—Ya, ya. Por eso me he dado cuenta.
—Qué lío.
—Bueno, todo el mundo se equivoca.
—Claro, tanto marearme con lo de que soy vegano.
—Y no comer carne no te ha ayudado. Seguro que tienes la sangre menos espesa y el corazón bombea con menos fuerza. No te debe llegar más que agua sucia al cerebro.
—No lo descarto. Es decir, creía que no soy vegano, pero si me he equivocado de casa y he olvidado mi profesión, creyendo que todo era un juego erótico festivo, ¿no es también posible que desconozca cuál es mi dieta?
—Además, tienes síntomas de ser vegano.
—Yo ya no sé nada.
—¿Quieres un trozo de fuet, para comprobarlo?
—No lo sé, la verdad. Tengo miedo. ¿Y si soy vegano?
—No te preocupes, eso se cura.
—No, no. Me refiero a que si soy vegano a lo mejor rompo una racha de años sin comer carne.
—Es posible.
—No sé si debo arriesgarme.
—¿Entonces qué vas a hacer?
—Creo que no voy a comer nada de carne hasta que esté seguro.
—¿Ni pescado?
—Ni pescado.
—¿Ni ningún producto de origen animal?
—Ni ningún producto de origen animal.
—¿Sabes qué significa eso?
—No, la verdad.
—Pues que técnicamente eres vegano.
—Supongo que sí.
—Por lo que entonces eres un pesado que no deja de hablar de lo que come.
—Creo que eso no es necesariamente así.
—Y que tenía razón todo el rato.
—No lo sabemos.
—Seguro que también eres runner.
—No, eso no. Me acordaría.
—Esas bambas son muy de profesional.
—Qué va, son del Decathlon. 20 euros, me costaron.
—Sí, seguro.
—Que sí.
—Serías las primeras que te compraste. Seguro que ahora tienes unas de estas que hacen a mano.
—No, no.
—¿Eres pronador o supinador?
—Pronador.
—¡Jajaja! ¿Lo ves?
—Mierda.
—¡Eres un runner!
—Joder, qué putada.
—¡Seguro que no aguantas nada! ¿Cómo te atreves a salir a correr, si no comes carne?
—¿Y ahora qué hago?
—Ahora te vas de mi casa.
—¡Pero no me deje así! ¡Necesito ayuda!
—Sí, bueno, pero en otro lado. A mí no me des la tabarra.
—¡Por favor! ¿Y si también soy celiaco? O peor, ¿y si puedo digerir la lactosa sin problema, pero solo consumo productos sin lactosa porque creo que me sientan mejor?
—A mí no me cuentes tu vida, que ya me has hecho perder toda la mañana hablando de lo poco que te gusta el sushi, so vegano.
—¡No me empuje!
—Que te largues.
—¡Me ha destrozado la vida! ¡Yo era un feliz empleado de la compañía del gas y ahora tengo que correr diez kilómetros al día y contárselo a todo el mundo!
—A mí no.
—¿Le puedo agregar a Facebook?
—Ni hablar.
—¿Sabía que los corderos sufren mucho porque… se los comen? O algo así, no estoy seguro de si es un tema que me preocupa o no.
—Ya, ya…
—A lo mejor no soy vegano. No tengo los conceptos nada claros.
—Sí, bueno, felicidades.
—¡No cierre, por favor!
—Adiós, buenas tardes.
—¡No!
—…
—Por favor.
—…
—No quiero apuntarme a ninguna maratón. Eso tiene que cansar mucho.
—…
—¡Ayúdeme!
—…
—¿Y si me ha dado por los triatlones?
—…
—¡Los cochinillos son bebés de cerdo!
—…
—Por cierto, usted llevaba seis meses sin dar la lectura del contador.
—…
—Hemos estado cobrándole la estimación, que era muy a la baja
Ni siquiera era consciente de haber perdido mi agenda hasta que me llegó aquel correo electrónico. El mensaje decía que podía pasar a recogerla a la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, cuya existencia desconocía hasta entonces. Esa oficina estaba en el segundo semisótano, solo una planta por debajo de donde yo trabajaba, que era la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
Bajé enseguida, movido más por la curiosidad que por recuperar una agenda que no usaba desde la segunda semana de febrero. Tardé un poco en encontrar la puerta, a pesar de que el cartel era lo suficientemente grande como para que cupieran aquellas diecisiete palabras. Estaba entreabierta, así que asomé la cabeza y saludé.
—Pasa, pasa. Jaime, ¿verdad?
Me recibió una señora de unos cincuenta años, delgada, con el pelo gris y con gafas de bibliotecaria.
—Ten — me dijo, tendiéndome la agenda — . Y firma aquí, por favor.
—No sabía que existiera una oficina de objetos perdidos con los objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
—Claro que existe. Desde siempre.
Su tono de voz mostraba cierta indignación, pero era comprensible. Yo mismo trabajaba en la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, intentando devolver a los empleados de la Oficina de objetos perdidos los objetos ellos mismos habían perdido. Era normal que también existiera una oficina para devolverme a mí los objetos que yo extraviaba. Hasta entonces nadie me había llamado para recoger ninguno, pero apenas llevaba unos meses trabajando allí. No había tenido tiempo de ir perdiendo cosas.
—Entonces, ¿hay también una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?
Me miró como si hubiese dicho una tontería.
—A mí no se me van perdiendo las cosas. Tengo un poco de cuidado.
—¿Quieres decir que se acaba aquí? ¿Este es el último nivel?
—Supongo…
—Podríamos probar…
—¿Cómo?
—Sí, pongamos que me llevo algo tuyo y lo pierdo en otra parte del edificio. Si hay una oficina de objetos perdidos para esta oficina de objetos perdidos, te llamarán.
—¿Pero por qué íbamos a hacer eso?
—¿Por qué no? Tampoco es como si tuviéramos mucho que hacer. Es la primera vez que me llamas en meses.
—¿No sería más lógico que me lo trajeran a mí directamente?
—También hubiera sido más lógico que hubieran hecho lo mismo conmigo, pero por algún motivo resulta preferible montar otra oficina de objetos perdidos un nivel por debajo.
Guardó silencio un momento. Me hubiera encantado que se quitara las gafas y las dejara colgando del cordón sobre su pecho antes de hablar, pero no lo hizo.
—Está bien. Pierde esta tarjeta del seguro — dijo, sacándola de su bolso — . Está caducada y tengo ya la nueva, así que no pasa nada si nunca vuelve a aparecer.
—La dejaré a la vista, pero lejos de aquí.
—¡No me des pistas, que si no, no se perderá!
Hasta cierto punto, aquello tenía sentido.
Al día siguiente, me llamó.
—Pues sí, tenías razón. Me han escrito de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
—¿Está una planta por debajo de tu oficina?
—No, está en la tuya. Ahora subo.
Aquello me molestó. Me parecía un error de organización: si no se seguía cierto orden, se corría el riesgo de que se perdieran las propias oficinas de objetos perdidos.
Subió a buscarme y recorrimos tres pasillos enmoquetados antes de dar con aquella oficina, donde nos recibió un cuarentón alto, con barba y acento alemán.
—Ya de paso — dijo, cuando le entregó la tarjeta — , revisa si estos objetos son tuyos.
Mi compañera miró con escepticismo una caja en la que no esperaba encontrar nada, ya que no perdía nada nunca, pero sonrió mucho al reconocer un collar y una rebeca.
—Como no tenían nombres — explicó el alemán — , no estaba seguro de quién era su dueño. Por eso no te avisé.
—De hecho, ese paraguas no es mío. Pero muchas gracias.
Aproveché para contarle al alemán quién era yo y qué estábamos haciendo los dos en la oficina.
—Entonces — me interrumpió — , ¿es posible que haya una Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos?
—Sí. Bueno, creo. No estaba contando y no sé si lo has dicho bien.
—Hagámoslo así — propuso — : si la oficina de objetos perdidos es el nivel 0, tú eres-1, ella es -2 y yo soy -3. Probemos si hay un -4. Llévate algo y piérdelo.
—Pon tu nombre en este libro.
—¡No lo he terminado!
—Lo recuperarás.
Dos días más tarde estábamos en el tercer semisótano, dentro de un despacho con un fluorescente que se apagaba y con varios archivadores de metal. El libro se lo devolvió a -3 un chico de apenas veintipocos años, a quien había colocado allí su padre, que trabajaba en una de las plantas nobles.
—Pero solo estaré aquí hasta que me salga algo de lo mío.
— ¿Qué es lo tuyo? — Preguntó -2.
—Estudié administración de empresas, así que imagino que consejero delegado o director general. Algo me saldrá, digo yo. Sacaba buenas notas.
Le explicamos lo que estábamos haciendo y le preguntamos si nos ayudaría a buscar a un posible -5.
—¿Un qué?
—Una oficina de objetos perdidos de tu oficina, que es la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
Tras unos instantes de silencio, contestó con un “vale” y me tendió su cartera.
—Mejor algo que puedas perder.
Me dio su DNI. Iba a decirle algo, pero -2 lo cogió y le dio las gracias.
Nos avisó al día siguiente. Esta vez tuvimos que ir a la cuarta planta, donde nos recibió un treintañero. Tenía un aire a mí, pero vestía traje y tenía luz natural en su oficina.
—Ya me imaginaba que habría niveles superiores — dijo.
—Inferiores — subrayé — . Yo soy -1 y tú eres -5.
—No tengo inconveniente en probar. Me gustaría ver por dónde puede progresar mi carrera.
—Regresar — dije, dándome cuenta demasiado tarde de que todo el mundo me miraba como yo miraba a -5.
—Bien, busquemos a ese nivel 6.
No intenté ni corregirle: el alemán ya sonreía y se dirigía a la puerta con un pañuelo con el nombre de -5 bordado.
Durante las siguientes semanas seguimos bajando de nivel — aunque los demás ya pasaron a decir que íbamos subiendo. En -6 encontramos a una mujer resfriada, en -7 a un señor muy bajito y muy calvo, en -8 había dos hermanos gemelos, en -9 trabajaba un mexicano que apenas llevaba dos días en el puesto y que se asustó bastante ver a ocho personas entrando en tropel en su oficina, sobre todo teniendo en cuenta que estaban acabando de instalar un armario y aún se olía el olor a pintura. En -10 trabajaba una prima de -3.
—¡No sabía que estabas aquí! — gritaron los dos, al unísono.
Pero mi favorito fue -11, otro chico joven que trabajaba en un cuartucho sin ventanas de la novena planta.
—Oh, claro que hay -12. Me están llamando de allí continuamente. Os llevo. Seguro que han encontrado algo mío últimamente.
Nos presentó a -12, una señora que tenía té preparado, aunque no para doce personas. A pesar de que le dijimos que no hacía falta, se puso a preparar té para todos mientras le contamos lo que estábamos haciendo y mientras -11 sonreía aliviado y sacaba un zapato de la caja que había sobre la mesa. Hasta entonces no nos habíamos dado cuenta de que llevaba el pie derecho descalzo.
-12 se ofreció a ayudarnos y gracias a ella conocimos a -13, una treintañera que confesó que era la primera vez que hacía algo de trabajo en dos años. Nos ayudó, pero no siguió adelante.
—No quiero perder este trabajo. Ocho horas para hacer lo que quiera… Me he sacado una carrera a distancia y estoy escribiendo una novela. A veces hasta hago horas extra. ¡Me las pagan!
Su renuncia sirvió de excusa a unos cuantos que tampoco querían seguir yendo de excursión por los pasillos del edificio cada dos o tres días, por lo que el grupo se hacía más pequeño a medida que avanzábamos sin que se viera ningún final cerca. Eso sí, algunos me pedían que les mantuviera informados por correo electrónico.
Por ejemplo, -17 solo siguió conmigo hasta que reunió valor para invitar a -15 a tomar café, invitación que fue aceptada y que me hizo perder a dos compañeros. -3 me dio las gracias por haberle ayudado a encontrar a su prima y los dos dejaron de venir para organizar comidas y cenas familiares. Los gemelos comenzaron turnándose, pero al final me abandonaron los dos. -11 se perdió mientras buscábamos la oficina de -23 y jamás volví a verle. Total, que al cabo de unos meses estaba solo, aunque de vez en cuando convencía a -2 de que me acompañara.
El hecho de ir solo y de tener muchas ganas de ir rápido, pero pocas de explicarme, me causó algunos problemas. -28 no quería ayudarme, por ejemplo. No parecía fiarse mucho de mí.
—¡Claro que hay un -29! Alguien tiene que haber allí si yo pierdo algo, es pura lógica.
—Si no te importara perder algo… Así podría, podríamos, seguir…
—¿Pero para qué quieres “seguir”? — Subrayó el verbo seguir haciendo el gesto de las comillas con las manos — . Ese no es tu trabajo.
—Para ver hasta dónde llega.
—¿Pero qué más da dónde llegue?
—Tiene que haber un último nivel. ¿No te lo has preguntado nunca?
—No, claro que no. Ya sé que algunos tenéis mucho tiempo libre y os dedicáis a ir perdiendo cosas que no son vuestras, pero eso no es asunto tuyo. Tu trabajo es dirigir la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos, no organizar las oficinas de objetos perdidos.
—Un momento: ¿hay alguien que se encarga de eso?
—No sé, digo yo…
—Tiene sentido. A lo mejor debería buscarle y hablar con él. Pero, por si acaso, deberíamos perder algo tuyo.
—¡No! ¡Ni hablar! ¡Fuera de aquí!
Ya tenía en el bolsillo de la chaqueta su grapadora, a la que había puesto su nombre en un papel pegado con celo. Pasé dos días enteros escondido al final de su pasillo, mientras llamaba a recursos humanos y les preguntaba por el organizador de las oficinas de objetos perdidos.
—¿Qué quieres decir?
—Tendré algún jefe, ¿no?
—Claro, todo el mundo tiene un jefe.
—Pues cuál es mi jefe directo.
—No sabría decirte… Dependes de Recursos Generales.
—Dame un teléfono, necesito hablar con ellos.
—¿Para qué? ¿Tienes algún problema? Si te falta algo o necesitas algo, es muy probable que yo pueda ayudarte.
—No… A ver, quiero… Evaluar mis oportunidades… De ascenso…
—Si se trata de eso, tienes que hablar conmigo. ¿Estás pensando en cambiar de departamento? Hay opciones, aunque aún llevas poco tiempo aquí.
—Y si quisiera quedarme dentro del mismo departamento, ¿con quién tendría que hablar?
—Conmigo, supongo.
—¿Entonces tú sabes cuántas oficinas de objetos perdidos hay?
—¿Qué?
—¿Cuántas oficinas de objetos…? No sabes de qué te estoy hablando, ¿verdad? Hay una oficina de objetos perdidos.
—Sí.
—Luego está mi oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
—Vale.
—Y también hay una oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
—Qué curioso. No lo sabía.
—Pues la hay. Y quiero saber cuántas son en total y dónde se acaba esto.
—¿Te encuentras bien?
—Claro que me encuentro bien. Solo te he hecho una pregunta.
—De acuerdo, deja que lo mire.
Colgué sin despedirme: -28 salió de su oficina y se metió en el ascensor. Vi en el indicador que bajaba en la planta 19. Subí y me puse a buscar por los pasillos: todas las oficinas de objetos perdidos tenían un cartel bien grande, a pesar de que su letra era cada vez más pequeña.
Mientras buscaba, me crucé con -28.
—Fuiste tú, ¿eh? — Me dijo, mostrándome la grapadora.
—Lo siento.
—Es la quinta puerta a la izquierda.
Cuando se lo expliqué, -29 se mostró entusiasmado con la idea.
—¡Nunca lo había pensado!
—Pero si tu oficina tiene un nombre muy largo.
—Ya, pero en realidad pasó más tiempo trabajando para el departamento de comunicación. Como tengo una cuenta de Twitter bastante activa, les ayudo con las redes. Ni me acordaba de este otro trabajo hasta que me dejaron la grapadora en el buzón.
—Claro, te la dejaron.
—Evidentemente, no va a venir sola.
—Tengo una idea.
Bajé a la oficina de -28 a disculparme, pero solo lo hice para poder llevarme su agenda. -29 y yo pasamos dos días montando guardia frente al buzón, a ver quién la dejaba allí.
—¿No podríamos hacer turnos?
Aquella era buena idea, pero ni se me había pasado por la cabeza y a -29 solo se le ocurrió cuando ya terminaba la segunda noche de guardia. Al menos me di cuenta de que me había metido en aquella tarea sin ningún tipo de planificación y ni siquiera tenía muy claro por qué seguía con ella. ¿Solo porque la había comenzado?
Un par de horas más tarde vimos a una chica dejando la agenda en el buzón. Corrimos hacia ella, dándole un buen susto.
—Perdona, lo siento. Esa agenda… ¿Cómo sabías que tenías que dejarla aquí?
—¿Qué? ¿Es tuya?
—No, no. Lo siento. No hay ningún problema. Pero ¿cómo sabías que iba aquí?
—Bueno, en la puerta pone oficina de objetos perdidos.
—No, pone Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos de… Bueno, ya lo ves. Lo pone treinta veces.
—No sé, ni idea. Nos llevan los objetos perdidos a recepción. Allí introducimos en el ordenador el nombre del dueño, si lo sabemos, o la zona dónde lo hemos encontrado, y el ordenador nos dice dónde llevarlo.
—¿Y no sería más fácil llevárselo al dueño? — Preguntó -29.
—Sí… No sé… Es un objeto perdido. Supongo que hay un procedimiento.
-29 siguió conmigo unas semanas, pero me abandonó cuando llegamos a -37.
—Tío, yo no sé muy bien qué estamos haciendo. Me caes bien y eso, pero… No sé… Manténme informado, ¿vale? Estoy preocupado.
—Sí, seguiré enviando los informes de cada viernes.
—No, tío, hablo de ti. Se te ve agobiado con este tema. No sé, solo es trabajo, no merece la pena sufrir por eso. Bueno, es que ni siquiera es trabajo, ahora que pienso. Son números. Y hay infinitos. Esto no se va a terminar nunca.
—Pero no puede haber infinitas oficinas. No cabrían aquí.
—Te recuerdo que la 35…
—La menos 35.
—Sí, vale, la -35 estaba en el edificio anexo.
—Ya…
—A lo mejor el universo está lleno de oficinas de objetos perdidos.
—No me jodas, -29.
—Tengo un nombre, Jaime. No solo somos números.
—Que no me jodas, te digo.
Nadie más se me unió durante las siguientes semanas, lo cual era comprensible, dado que cada vez quería ir más rápido y me mostraba mucho más irritable y menos dado a dar explicaciones sobre algo que a mí me parecía evidente. A -41 tuve que amenazarle e incluso llegué a volcar su ordenador. A -43 tuve que lavarle el coche. Y a -46 le di cien euros.
Solo pasaba por mi mesa para recordar qué nivel me tocaba. Seguía escribiendo correos electrónicos, aunque -2 era la única que aún no me había dicho que, por favor, dejara de enviárselos.
—Necesito que pierdas una cosa — creo que le dije a -54 nada más entrar en su oficina — . Tengo que saber… Tienes que perder… No me estoy explicando. Mira, vamos a perder esta bufanda.
Para mi sorpresa, se levantó sonriendo y vino a darme un abrazo. Aunque se interrumpió a medio camino.
—¿Cuánto hace que no te duchas?
—No sé. Llevo dos noches siguiendo a bedeles. Tenía una teoría que al final no tenía ningún sentido… ¿Puedo perder esta bufanda o no?
—¿De dónde vienes?
—De la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos.
—Qué contento estoy.
—¿Por qué?
—Por haberte encontrado.
—¿Por qué? ¿Quién eres?
—Soy Dios.
Abrí la boca sin acertar a decir nada.
—Madre mía, realmente estás obsesionado con esto. ¿Cómo voy a ser Dios? Era una broma. Obvio. Pero sí que llevo años haciendo lo mismo que tú. Yo también estoy buscando la última oficina de objetos perdidos.
Me invitó a sentarme mientras yo trataba de asimilar lo que me estaba explicando. ¿Otro como yo?
—Tengo buenas noticias para ti — me dijo — : he llegado a la 701.
—¿701?
—Sí. Llevo más de 15 años haciendo esto y además tenía una socia, aunque ya está jubilada. Lo pasamos muy bien. Si yo te contara… Una vez nos pilló el gerente. Divertidísimo.
—701. ¿Son 701?
—No, qué va. Hay más, seguro. Estoy esperando que encuentren un jersey y lo lleven a la 702.
—¿No se acaba nunca?
—Aún no lo sé. Mi teoría es que se trata de un error del sistema. Hace muchos años, alguien de la oficina de objetos perdidos debió perder algo y por eso se decidió abrir la oficina en la que ahora tú trabajas. No sé por qué no se llevó a la primera oficina. Quizás para evitar el efecto 2000. Claro que quizás no se trate de un error: puede que se prefiera contar con un sistema claro y definido a ser eficientes. Lo contrario sería el caos.
—Entonces, ¿cada vez que alguien que trabaja en una oficina de objetos perdidos pierde un objeto se crea una nueva oficina de objetos perdidos?
—Eso parece.
—¿Y yo he tenido la suerte de estar en la primera?
—¿Vienes de la Oficina de objetos perdidos?
—No, de la Oficina de objetos perdidos de la oficina de objetos perdidos. Es la primera, ¿no? La mejor.
—¿Por qué dices eso? Es la segunda menos interesante, después de la Oficina de objetos perdidos. Apenas tiene gracia.
Gruñí un poco, pero no tenía ganas de discutir.
—El sistema es muy flexible — siguió — . Funciona como una espuma en la que las oficinas de objetos perdidos son como burbujas. Ahora mismo, por ejemplo, no hay una oficina 96…
—Menos 96.
—¿Menos 96? No, no. 96. Llevo años llamándolas con números positivos. Es mucho más adecuado. Y más claro.
—Estamos bajando de nivel todo el rato.
—No, qué va. Estamos subiendo. Pero es igual, deja que acabe: no hay 96 porque no hay constancia de que en la 95 se haya perdido algo en alguna ocasión. Pero sí que hay una 97.
—Pero eso no tiene ningún sentido, porque significaría que la 96 ha perdido algo alguna vez a pesar de no existir. Aunque quizás por eso todo era tan nuevo en la -9. No existía hasta que la -8 perdió o volvió a perder algo.
—Y por eso llevo unas semanas atascado: estoy intentando decidir si interfiero en el sistema o no. Recuerda que yo voy por la 701. Eso significa que estuve en la 96. Hace años, pero estuve. La tengo en mi base de datos. Al frente estaba… Deja que mire… Verónica Pérez. Fui el 4 de octubre de 2004. Si sigue trabajando en el edificio, a lo mejor nos puede explicar cómo y por qué la trasladaron. Luego podemos pedirle a 95 que pierda algo, si lo vemos adecuado, o dejar esta anomalía mientras dure si creemos que puede resultar útil.
—¿Lo tienes todo guardado?
—Claro, estoy buscando patrones entre los responsables de las oficinas. Aún no he encontrado ninguno. Nada, ni la edad, ni el sexo, ni el nivel de estudios se apartan de lo esperable. He cruzado muchísimos datos: la altura, el peso, cuántos zurdos hay. Claro que muchos son antiguos. A ti no te tenía localizado en 1. Todavía tenía la información de tu antecesor.
—¿Y has hablado con alguien de la empresa? El de Recursos Humanos me tiene que llamar.
—Sí, también pregunté hace años. Incluso me reuní con no recuerdo qué subdirector. Pero no sabía ni de qué le estaba hablando.
—¿Pero cómo no van a saber nada?
—Y cada vez menos. El sistema se gestiona desde hace siete años con un algoritmo que compraron a unos suecos. Es el sistema que le dice a los bedeles a qué oficina tienen que entregar cada objeto, por ejemplo. Se trata de un sistema cerrado, que da instrucciones, pero que no revela el dato más importante.
—Cuántas oficinas hay.
—Exacto.
—En todo caso, da igual, ¿no? Por lo que dices, si llegáramos a la última y perdiéramos algo, se abriría una nueva oficina.
—A lo mejor. O puede que el sistema colapse en algún punto. Quizás haya un límite. No podemos tener infinitos empleados. O sí, no lo sé, quizás la burocracia se expande sin ningún límite. A lo mejor al final está Dios. O un agujero negro. Habrá que averiguarlo, ¿no?
Me pasé la mano por la barba de cuatro días. Miré mi camisa arrugada y con manchas. Sí, necesitaba una ducha.
-54 tenía mejor aspecto. Pero también se le notaba al hablar un brillo en los ojos que delataba su obsesión. Llevaba años con aquello. Tenía una base de datos. Cruzaba cifras. De hecho, seguía hablando mientras yo pensaba. Me contaba que el encargado de la oficina 304 (-304) era un chimpancé amaestrado y que la 120 (-120) era una oficina situada en la esquina de una de las plantas superiores, con vistas al mar.
Pensé que aún estaba a tiempo de librarme de aquel destino absurdo, de volver a mi oficina a devolver las estilográficas y los paraguas que me llegaban. Era un trabajo fácil, simple. Y tenía sentido. No como aquella búsqueda tal vez infinita.
Pero, claro, tampoco me podía volver con esa tarea a medias. Siempre me quedaría con la duda.