Cuatro gatos

“Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem”, de Ramon Casas (1897, MNAC)

—Buf, en este bar hay cuatro gatos.

—¿Cuatro gatos? ¿Dónde?

—No, quiero decir que…

—¡Me encantan los gatos! ¡No los veo! ¿Dónde están?

—No me has entendido…

—¿De qué color son? ¡Ojalá haya uno negro!

—¡Que no hay ningún gato!

—¿No?

—¡No!

—¿Y por qué dices que hay cuatro gatos? ¿Te has confundido? ¿Esos abrigos te parecían gatos?

—¡No! ¡Es una expresión! ¡Significa que hay poca gente!

—No lo entiendo.

—Es una forma de hablar.

—Es una forma de hablar rarísima. ¿Para qué dices que hay cuatro gatos si lo que quieres decir es que hay pocas personas? Ni siquiera hay cuatro personas. Somos siete. Casi el doble.

—Es una expresión, una frase hecha.

—Todas las frases están hechas. ¿A qué te refieres?

—Es… Yo qué sé, como una metáfora.

—Sabes que me encantan los gatos. Me has dicho que había cuatro gatos. Y no hay ninguno.

—Perdona, pensaba que conocías la expresión.

—No, no la conocía.

—La conoce todo el mundo.

—Todo el mundo no, porque yo no la conocía.

—Bueno, ya…

—Y no creo que la conozcan en China. O en Canadá.

—A ver…

—Dile a un señor de Ottawa lo de los cuatro gatos y ya verás lo que te contesta. Pues que quiere ver los cuatro gatos, eso te va a contestar. Y que si son de alguien o se puede llevar uno a casa. Todo el mundo, no.

—Es una forma de hablar.

—Tienes una forma de hablar incorrectísima. No se corresponde en absoluto con la realidad.

—Madre mía…

—¿Tu madre? ¿Dónde?

—No, no…

—¿Tampoco está?

—No.

—¿Es otra expresión de esas tuyas?

—Sí. O sea, no. Es decir, es una expresión, pero no es mía.

—¿De quién es? ¿Del camarero? ¿De esos señores?

—No, no. Es… Común… General…

—Ya, todo el mundo la conoce, ¿verdad? Todo el mundo menos yo y un señor de Ottawa.

—Déjalo ya, por favor. Son expresiones que mucha gente conoce. Como sigas así, me voy a pegar un tiro para no oírte.

—…

—¿Qué pasa?

—…

—Ay, mierda…

—…

—Lo del tiro, ¿verdad? Es otra… Otra expresión…

—¡Eres imbécil!

—Te aseguro que muchísima gente también conoce esta frase hecha.

—Pero qué gilipollas eres. Me has asustado, anormal. ¿Cómo se te ocurre decir algo así?

—Pensaba que…

—Ni pensaba ni pensabo. A mí me hablas normal. El lenguaje ese mágico que te has inventado en el que las cosas significan lo que te da la gana te lo guardas y lo usas con, yo qué sé, la secta de la que me imagino que has salido.

—Mira, déjalo. Vamos a tomarnos una cerveza.

—¿Una?

— Sí..

—Una cada uno, querrás decir.

—Sí, una cada uno.

—Disculpen que les interrumpa. Soy un señor de Ottawa.

—¿Eh?

—¿Uh?

—Estaba tomándome un café tranquilamente cuando he oído que hablaban de mí y he cogido un avión.

—¿Y cómo ha llegado tan rápido?

—Por la diferencia horaria.

—Ah, claro.

—Tiene sentido.

—Quería saber dónde están los gatos.

—¡Ja! ¿Lo ves?

—¿Puedo ver los cuatro gatos? Me encantan los gatos.

—No, no. A ver, se trata de un malentendido…

—¿Hay alguno negro? Me gustan mucho los gatos negros. Y si no son de nadie, ¿podría llevarme uno a casa?

—¡Te lo dije!

—Verá, es una forma de hablar.

—¿Cómo?

—Va a tener que disculpar a mi amigo. Tiene un problema del habla.

—¡No tengo ningún problema! ¡Estoy sanísimo!

—Supongo que es algún tipo de lesión cerebral. Dice: “Hace un coche muy rojo” y a lo mejor quiere decir que llueve. Cuando ha dicho lo de los cuatro gatos se refería a siete personas.

—Oh, vaya.

—No tengo ninguna lesión cerebral.

—Lamento mucho que haya venido hasta aquí para nada.

—Me encantan los gatos.

—A mí también. Imagine, ¡cuatro gatos! ¡Juntos! ¡Menuda maravilla! ¡Habría sido, fácilmente, lo mejor de la semana!

—En fin, es una pena. Otra vez será.

—Exacto, pero a este no le haga ni caso.

—Espero que se recupere.

—¡Que estoy bien!

—Eso igual significa que se le están cayendo las orejas, yo qué sé.

—Pobre hombre.

—No, si tiene dinero. Pero está enfermo.

—Eso quería decir.

—No ha dicho eso. Ha dicho “pobre”, no “enfermo”.

—Es una expresión.

—¿Se dice en Ottawa?

—Yo creo que no solo en Ottawa…

—¡Horror! ¡Es contagioso!

—No, un momento…

—Si el señor de Ottawa se ha contagiado, eso significa que ya es demasiado tarde para mí. Aunque quizás soy inmune.

—Le aseguro que no tiene por qué preocuparse. Solo es una frase hecha.

—¡Todas las frases están hechas! ¡Si no, no serían frases! ¡Serían palabras al azar! ¡Mesa manzana de correr listo siempre que aún! ¡Eso es una frase sin hacer!

—No te pongas así, que estás asustando al señor de Ottawa.

—¿Así cómo? ¿Es por la pose de la espalda?

—Que no te enfades, quiero decir.

—¡Pues di eso! ¡No digas otra cosa si eso es lo que quieres decir!

—A ver…

—Sí, perdona. Tienes razón. Estás enfermo. Los dos lo estáis. No podéis hacer nada por evitarlo y yo no debería enfadarme. Vamos a tomarnos una cerveza cada uno. Señor de Ottawa, ¿quiere una cerveza?

—Venía por los gatos, pero ya que estamos aquí, ¿por qué no?

—¿Que por qué no…? No se me ocurre ningún motivo. ¿Le gusta la cerveza?

—Sí.

—Bien. Entonces cerveza para todos. Por favor, cuando pueda, ¿nos pone tres cervezas? ¿Y qué tiene para picar?

—Anzuelos.

—Me encanta este sitio.

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