Mi tesis doctoral

Foto: Thomas Kelley (Unsplash)

Ante las dudas surgidas acerca de mi tesis doctoral, titulada ¿Es el neotomismo una refutación de la teoría de la relatividad? Por supuesto que no, menuda tontería, si no tienen nada que ver, reproduzco algunos fragmentos con el objetivo de acallar rumores y confirmar mi buen hacer y mi ética profesional y personal.

“Quiero dedicarle este trabajo de final de carrera a mis amigos del Bar Bero, que me estarán viendo” (p. 2).

“Como dice Jaime Rubio: ‘Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos Joaquín, que es un nombre como muy futurista. Tanto, que no se lo puedes poner a un niño, porque es nombre de persona mayor. Solo se lo puedes poner dentro de 42 años, cuando crezca y sea abogado o contable o algo así. Pero de niño le tienes que poner otro nombre. Ahora no sabría cuál decirte” (p. 14).

“A la luz de todos estos datos, hemos de concluir que los osos panda no son tan simpáticos como parecen, sino que en realidad son crueles asesinos que planean matarnos a puñaladas mientras dormimos. ¡Menos mal que están a punto de extinguirse! Según mis cálculos, tal cosa ocurrirá el 18 de noviembre a las 16:42” (p. 28).

“Entonces le dije a mi jefe que si volvía a hablarme así, cogía mis cosas y me iba, que yo soy el único que trabaja en esta puta empresa” (p. 42).

“Bueno, no lo dije, cómo le voy a decir algo así. Pero lo pensé muy fuerte” (p. 43).

“Seguro que nadie llega hasta la página 82 de este texto. Aquí puedo poner lo que me salga de la polla” (p. 82).

“Después de esta breve introducción, entremos en materia” (p. 114)

“¿En qué consiste el principio de incertidumbre de Heisenberg? Nadie lo sabe, en caso contrario se llamaría el principio de certidumbre” (p. 133).

“4, 6, 5, 1, 2, 3. Este es mi ránking de las películas de Misión imposible” (p. 150).

“¿No has visto Breaking Bad? Es buenísima, tío, tienes que verla. Va de un tío al que le da igual todo porque se va a morir y hace lo que los demás no nos atrevemos aunque lo estemos deseando: dejarnos perilla” (p. 152).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 177).

“En conclusión, queda demostrado que el sistema fiscal propuesto por Schumpeter (1988:230 y ss.) es en el mejor de los casos insuficiente, cosa que queda recogida en las críticas que le hace sobre todo Johnson. Sus modificaciones se aprecian en el gráfico 4.5” (p. 202).

“No, espera, eso estaba mal” (p. 202).

“Un momento, que lo tenía en otra libreta y no sé dónde lo puse” (p. 202).

“Ahora. A ver, hay que borrar las 20 páginas sobre Schumpeter y sustituirlas por lo siguiente: ‘Bua, Breaking Bad es buenísima. Y tienes que ver la de Bojack Horseman. Va de un caballo que habla, es la monda. Un caballo que habla… Lo que inventan estos tíos” (p. 202).

“Flipo con los emprendedores. Habría que enviarlos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería. Cambiando de tema, mi propuesta es un sistema mobile first con ingresos sobre todo por publicidad, pero sin miedo a pivotar en caso necesario. Diez mil euros y estás dentro” (p. 216).

“Cinco mil euros, pero te estoy haciendo un favor” (p. 216).

“Mil euros. Cien. Lo que lleves” (p. 216).

“La perilla es lo mejor. Me da igual lo que digan. Es lo puto mejor. Es elegante, pero de malote, como de salir en una peli de Tarantino con una chaqueta de cuero” (p. 220).

“…perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro…” (p. 233).

“Por cierto, ahora que me acuerdo. El otro día me crucé con tu hermano por la calle. Hacía años que no le veía. Ya me contó que estuvo trabajando fuera. Si es que lo de la crisis… Y aún dicen que se ha arreglado” (p.240).

“¿Sabes cómo acababa yo con la crisis? Enviaba a los políticos a trabajar al campo, a ver si se les quita la tontería” (p. 242).

“Me gusta despertarme pronto los fines de semana, para aprovechar el día” (p. 255).

“Ahí conozco yo un sitio de arroces buenísimo. Cuando vayas, avisa y te digo. Hay que reservar, eso sí, pero no es caro” (p. 288).

“Voy a ir pasando a las conclusiones, que tengo que coger un autobús a las siete y media” (p. 301).

“Sí… Sí… Yo ya se lo dije… No… Eso no… Pues se lo ha inventado… ¡Hostias! No, nada, que me había dejado la tesis abierta mientras hablaba contigo y se seguía escribiendo. Espera, que la cierro” (p. 330).

“La cebolla tiene que estar dorada, pero no se puede quemar. Si se quema la cebolla, ya puedes empezar de nuevo porque no vale nada” (p. 349).

“¿Un color? El azul. ¿Con qué persona célebre, viva o muerta, me iría de cañas? Con Jaime Rubio. ¿Qué hábito ajeno no soporto? La gente que respira. No hay aire para todos, no abuses, que no estás solo en el mundo” (p. 388).

“Total, que luego no me cogía el teléfono” (p. 440).

“Mierda, me he dejado la cafetera puesta” (p. 448).

“… perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro, perro… Y ya está: 200.000 palabras” (p. 590).

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Una de esas pesadillas

Foto de Nick Fewings (Unsplash)

He tenido otra de esas pesadillas horribles, una de esas que todo el mundo sufre de vez en cuando. He soñado que me despertaba a primera hora de la mañana, cuando ni siquiera había amanecido, y me vestía con traje y corbata para ir a trabajar. Lo peor era la corbata: tenía que deshacer el nudo varias veces porque la parte fina quedaba más larga que la gruesa, a pesar de que cada vez que comenzaba estaba totalmente seguro de que había calculado bien. Total, que salía tarde y llegaba aún más tarde a la oficina por culpa del atasco. Además de estar atrapado en la autopista, de la radio del coche salía un programa ininteligible, con gente discutiendo como de política, pero a gritos. No se les entendía nada, pero a mí me parecía todo normal. En el sueño lo era, parece, porque cambiaba un par de veces de cadena y todos los programas eran iguales.

Luego llegaba al trabajo. Esta parte no la recuerdo bien, pero tenía que hacer… No sé… Escribía cosas y… Eran las mismas de siempre… No sé cómo explicarlo. Copiaba y pegaba números, creo. Y luego hablaba por teléfono. El teléfono no dejaba de sonar, era horrible. Creo que también había una reunión. Sí, la había, ese trozo fue muy desagradable, ahora me viene a la memoria. Estábamos como horas en la reunión, no sabría decir cuánto tiempo, pero era larguísima, y yo miraba el móvil a escondidas, por debajo de la mesa. Entonces me hacían una pregunta y yo no sabía de qué estaban hablando. “Eso lo lleva Javi, pero luego lo miro”, respondía, sin saber muy bien si encajaba con lo que me habían dicho. Pero resulta que sí, por pura chiripa, y entonces salía de la reunión sabiendo que tenía que mirar algo, pero luego no lo miraba, más que nada porque no sabía qué tenía que mirar. En todo caso, ya daba igual porque enseguida ya era otra vez la hora de salir.

Entonces creo que me metía en otro atasco y llegaba a casa. Luego creo que quería ir al gimnasio, pero al final no iba. No recuerdo bien por qué. Algo de una lavadora. O me quedaba mirando cosas de internet. Ni idea. Ya sabes lo que pasa con los sueños, que uno siempre se olvida de los detalles cuando despierta.

Y encima pasaba eso de Netflix. Yo lo sueño a menudo, ¿tú no? Eso de que no sabes qué ver en Netflix y empiezas a buscar algo y vas pasando por los menús sin encontrar nada que merezca la pena: comedia, drama, series, añadido recientemente… Te entra sueño y miras el reloj y es tardísimo; ya no te daría tiempo a ver nada ni aunque dieras con algo que valiera la pena y entonces dices, mira, paso, pondré la tele, y en la tele tampoco hay nada, claro, y, por suerte, entonces me desperté.

Menudo rollo te he metido. Con lo aburrido que es escuchar los sueños de los demás. Pero es que se me queda mal cuerpo cuando tengo esas pesadillas. Ya sé que son muy comunes, que todo el mundo las tiene, pero me dejan una sensación de angustia durante un buen rato. Ya me olvidaré, claro. Al final uno se olvida de estas pesadillas en cuanto sale a la calle, desnudo, y se dirige a dar una conferencia con todos los papeles en blanco mientras se le caen todos los dientes de golpe, como cada día. Un poco de rutina siempre va bien para olvidarse de esos sueños absurdos.

Solo con tilde

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—Voy a pasar solo el resto de la tarde en casa.

—¿Ese solo va con tilde o sin tilde?

—¿Qué?

—¿Lo has dicho con tilde o sin tilde?

—¿Pero qué dices?

—¿Vas a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa o solo con tilde el resto de la tarde en casa?

—Er… Solo sin tilde… O sea, que estaré solo.

—Pues dilo.

—¿Qué diga qué?

—Voy a pasar solo sin tilde el resto de la tarde en casa. Hay que poner la tilde para evitar los casos de ambigüedad.

—Pero estamos hablando. Nadie habla así.

—Ya, ya lo sé. La RAE cambió la norma hace años. Pero a mí con tilde me da igual porque la sigo aplicando.

—¿A ti qué?

—A mí con tilde. Mí va con tilde cuando es pronombre.

—Ya lo sé, pero nadie habla así, te digo.

—¿Así cómo con tilde?

—Especificando si hay tilde o no.

—Hay que hacerlo. Si no, ¿cómo con tilde distinguiríamos las palabras que se escriben igual, pero que solo con tilde se diferencian por la tilde?

—¿Por el contexto? O por la pronunciación: el cómo con tilde y el como sin tilde no se pronuncian igual.

—El contexto no siempre es suficiente y la pronunciación apenas cambia, y eso cuando sin tilde cambia, porque los dos solos se pronuncian igual. Yo no sabía si sin tilde ibas a pasar la tarde solo en casa de estar solo, es decir, sin tilde, o solo de solamente, es decir, que solo con tilde ibas a pasar la tarde en casa y no la tarde y algún rato más.

—Pues pregunta.

—Claro, todo el mundo tiene todo el día para preguntarte cosas a ti sin tilde sobre tu sin tilde vida. Eres el centro del universo y quiero pasarme horas hablando sobre si sin tilde estarás solo sin tilde o solo con tilde. Oh, qué con tilde interesante. Se sin tilde va a pasar la tarde en casa solo sin tilde. Cuéntame más con tilde.

—Nadie ha hablado así nunca en toda la historia de la humanidad. Ni siquiera te entiendo.

—¿Sabes por qué separado y con tilde? Porque junto y sin tilde la RAE está llena de inútiles que no saben hacer su trabajo. Dan por válida cualquier cosa siempre que la diga el número suficiente de analfabetos. ¿Así cómo con tilde van a fijar y dar esplendor a la lengua? Estamos yendo marcha atrás. Volveremos a comunicarnos con gruñidos, como sin tilde los trogloditas. Desnudos por el campo, cazando cebras con nuestras uñas y nuestros dientes, fornicando al aire libre, sin tener que madrugar para ir a la oficina, donde sin tilde nos espera una jefa que insiste en que dejemos de hablar como sin tilde, cito textualmente, “si me hubiera dado un golpe muy fuerte en la cabeza”. Y lo dice sin especificar si sin tilde ese si es con o sin tilde.

—Haces que la alternativa suene agradable.

—¡Mi jefa es el precio que tenemos que pagar por la civilización! ¡Y lo de las tildes también! ¡A cambio de un pequeño esfuerzo, como sin tilde decir si sin tilde las palabras se sin tilde escriben con o sin tilde para evitar las ambigüedades tenemos agua potable, vacunas, interne, series de seis temporadas que podrían haber sido una película decente de 90 minutos y mails con las facturas telefónicas de un imbécil que sin tilde se sin tilde llama como sin tilde tú con tilde y se sin tilde equivocó al dar su correo electrónico a la compañía!

—Bueno, bueno, pero no te enfades.

—¡Pues aprende a hablar como sin tilde las personas!

—Vale, vale, hablaré como quieras.

—¿Qué con tilde has dicho?

—Que hablaré como…

—¡Que sin tilde hablaré como sin tilde quieras!

—Perdona, perdona, acabo de empezar con esto y me falta práctica.

—¡De sin tilde!

—Vale, pero no te pongas así que sin tilde me has escupido sin tilde.

—¡En escupido no hace falta decirlo!

—Me has vuelto a escupir.

—¡Me sin tilde!

—Basta, solo quiero irme a casa. ¡Solo sin tilde!

—¡Ahí es con tilde!

—Un momento, ¿qué has dicho antes?

—Solo sin tilde.

—No, antes.

—¿Me sin tilde?

—Me siempre va sin tilde.

—Es verdad. Perdona, que sin tilde me he liado. Eso te pasa por ponerme de los nervios. En fin, te dejo, ya nos vemos mañana.

—Igual no, ¿eh?

—¿A las seis?

—Tengo cosas que hacer.

—A las seis, pues.

A ti te ha mordido un zombi

—Oye, ¿te ha mordido uno de los zombis?

—¿A mí? No, no, qué va.

—¿Seguro?

—Segurísimo. Me habría enterado. Qué cosas tienes.

—Es que te he visto con uno encima.

—Sí, sí, casi me muerde, pero lo aparté a tiempo.

—Y no te mordió antes.

—No, no.

—Ni un poco.

—Te estoy diciendo que no.

—Es que tenía la boca muy cerca de tu cuello.

—Pero no lo suficiente.

—Mira que no te haya mordido un poco y no te hayas dado cuenta por aquello del fragor de la lucha y la adrenalina del combate.

—Que no.

—Tienes el cuello un poco rojo.

—Es el calor.

—A ver.

—¿Qué haces? Déjame.

—Solo quiero echar un vistazo.

—Que me sueltes.

—A ti te ha mordido un zombi.

—Te estoy diciendo que no.

—Entonces deja que te mire el cuello.

—Que no quiero que me mires el cuello.

—¿Y por qué no?

—Me da vergüenza.

—Pero qué tontería es esa.

—Deja de decir que me ha mordido un zombi. No me ha mordido ningún zombi. Si me hubiera mordido un zombi te lo diría.

—Esto no es ningún juego. Sabes que si volvemos al campamento y uno de los dos está infectado podría morder a más compañeros.

—Que sí, que ya lo sé, que no soy tonto.

—Mi hijo está allí. Comprenderás que tengo que cerciorarme antes de poner su vida en peligro.

—Ya, ya… Pero no me ha mordido nadie.

—Siempre hay alguien a quien muerde un zombi y no dice nada.

—No soy yo.

—¿Te acuerdas de Pedro? Le mordió uno hace unos meses mientras estaba buscando provisiones. No dijo nada y por la noche atacó a tres personas. Incluido tu hermano.

—Yo no haría eso.

—No sé, estás sudado, nervioso, no dejas que te mire el cuello.

—Acaban de atacarnos cuatro zombis en un supermercado abandonado y a oscuras. Es normal que esté sudado y nervioso.

—Bueno, vale, perdona… Es que no entiendo por qué alguien se callaría que le han mordido. No tiene cura, te vas a convertir en un zombi igual. Lo menos que puedes hacer es no arrastrar a nadie contigo.

—Yo no me voy a convertir en zombi.

—Ahora hablo en general, perdona. Es por hacer conversación.

—Ah. Pues yo qué sé. No sabemos nada de cómo funciona la infección. Igual piensan que no se contagia todo el mundo.

—No, qué va.

—¿Y tú qué sabes?

—¿A cuánta gente conoces tú que hayan mordido y no se haya convertido en zombi?

—Hombre, si los matamos en cuanto les muerden no podemos saberlo.

—Es para ahorrarles el sufrimiento.

—Eso es muy poco científico.

—No estamos para ciencia. Tenemos que salvar nuestras vidas. Y las de nuestros hijos.

—Mira, otra cosa que no sabemos es si todas las mordeduras provocan una infección. Si solo te rozan y te limpias enseguida, igual no…

—A ti te han mordido.

—¡Que no me han mordido!

—Pues deja que te mire el cuello.

—Que no ha sido en el cuello.

—¿Qué?

—Que no… Que no me han mordido…

—Has dicho “que no ha sido en el cuello”.

—No, no… Jajaja, qué cosas tienes…

—¿Dónde ha sido?

—Que no me toques.

—¿Dónde te ha mordido?

—Solo me ha rozado.

—¿Dónde?

—En tu culo, déjame en paz.

—¿Dónde?

—No me ha mordido. Solo me ha tocado el costado con los dientes. Y he limpiado la herida enseguida.

—¿Con qué?

—Con un trapo.

—Con un trapo.

—Que sí, que los gérmenes no han llegado a la corriente sanguínea.

—Claro. Los “gérmenes”.

—Mira, me atas y vemos cómo evoluciona la cosa. A lo mejor soy inmune.

—Nadie es inmune.

—¿Qué haces con esa pistola?

—Esto lo hago por ti, para ahorrarte el sufrimiento.

—Déjame sufrir en paz, cojones.

—No dejaré que te acerques a mi hijo.

—Tu hijo tiene casi 30 años.

—Es un crío.

— Podría echar una mano de vez en cuando.

—Quiero protegerle de todo esto.

—30 años tiene. Y un generador solo para su Play.

—Tenemos generadores de sobras.

—Solo tenemos dos.

—Pues eso, nos sobra uno. Además, se está entrenando.

—Jugar al Resident Evil no cuenta como entrenamiento.

—¡Mata zombis! De todas formas, no estamos hablando de mi hijo. Estamos hablando de por qué alguien se callaría que le han mordido.

—Seamos un poco científicos. No sabemos si estoy infectado. Me ha mordido muy poco. Mira.

—Tienes toda la marca de los dientes.

—Sí, pero no hay sangre. No ha llegado a hacer sangre. Y he limpiado la herida.

—Con ese trapo.

—Sí.

—¿De qué color es ese trapo?

—Del color de la jeta de tu hijo.

—¡Oye!

—Ha engordado como diez kilos desde que comenzó el holocausto zombi.

—Me quito comida de mi boca para dársela a él. ¿Cómo lo quieres?

—¿El qué?

—El disparo. ¿En la boca? ¿En la sien? ¿O prefieres que no te toque la cara? Te puedo disparar en el corazón.

—Que me dejes.

—No puedo.

—A ver si te voy a disparar yo a ti.

—Como muevas las manos, te vuelo la cabeza.

—Que no me ha hecho sangre.

—¡No podemos arriesgarnos!

—Joder, no podrás tú. Yo sí que puedo.

—Te quiero como a un hermano. Por eso te tengo que matar.

—Tú eres un psicópata.

—Lo siento.

—No, espera.

—Lo hago por mi hijo.

—Vete a la m

***

—Papá, has vuelto.

—Claro. Te dije que volvería.

—Pero has vuelto solo.

—Sí.

—Lo siento.

—Así es la vida ahora.

—¿Estás bien?

—Sí, sí…

—Estás sudando.

—Hace calor.

—Te noto pálido.

—Acabo de matar a mi mejor amigo.

—No, no, quiero decir que pareces enfermo físicamente.

—Quizás haya pillado un catarro. ¿A qué viene tanta preguntita?

—¿No te habrá mordido un zombi?

—¿A mí? Jajaja… No, hombre, no.

—¿Y esa marca del brazo?

—¿Que marca?

—Esa. No te la tapes.

—Un golpe… con… un árbol…

—Parecen unos dientes.

—Un árbol con forma de boca… ¡No hay sangre!

—¿Qué?

—Que no hay sangre. Los gérmenes no han pasado al torrente sanguíneo.

—A ti te ha mordido un zombi.

—¡A lo mejor soy inmune!

—Nadie es inmune. Me lo has dicho decenas de veces.

—No lo sabemos, hijo. Hay que mirar esto con ojos científicos. Deja la pistola. Hijo, escúchame. Podemos esperar unas horas y vamos viendo.

—No puedo dejar que sufras.

—¡Que no estoy sufriendo!

—Lo siento, papá.

—No hay sang

¡Atención, pregunta!

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Me he topado en Twitter con uno de estos juegos de 20 preguntas sobre librosy he pensado que tal vez sería buena idea contestarlas aquí. En Medium, los amantes de la literatura podemos comentar los centenares, qué digo centenares, las decenas, qué digo decenas, las unidades de libros que leemos cada año. Y todo en un ambiente mucho más relajado que en Twitter, donde uno se expone a que le tiren un cenicero a la cabeza por exponer cualquier opinión inocente, como, por ejemplo, que está mal arrojar ceniceros a las cabezas ajenas.

Comencemos:

1. Género favorito para leer.

¿Y a ti qué te importa? Pero, bueno, qué cotilla.

2. Libro que estás leyendo en este momento.

¿Pero cómo voy a estar leyendo si estoy escribiendo? Estas preguntas están mal. ¿Quién las ha escrito? ¿Hitler?

3. Primer libro que recuerdas amar.

Ah, sí… Yo era joven e inexperto. Quedamos para ir al cine. Solos los dos. Luego fuimos a cenar. La gente me miraba raro porque insistía en cortarle un filete a un libro. ¿Qué otra cosa podía hacer? Los libros no tienen manos.

Ese libro me dejó por mi mejor amigo. Jamás volví a dirigirles la palabra a ninguno de los dos. A partir de entonces nos comunicamos por medio de notas. Incluso en su boda, en la que fui uno de los testigos. Era un poco confuso porque el Do significaba “sí”, mientras que el Si significaba “luego te llamo”. También le retiré la palabra al libro. La palabra “palabra”. La recorté de todas las páginas en las que aparecía.

4. Un libro que te gustaría ver adaptado al cine.

No soporto cuando hacen una película a partir de un libro porque no se respeta el texto de forma fiel. Lo suyo sería que en la pantalla solo aparecieran las páginas de la novela y que la gente fuera al cine a leerlas. Esa sí sería una adaptación que yo pagaría por ver. En tal caso, me gustaría que llevaran al cine (literalmente) Guerra y paz. En una sola película, que como monten una trilogía con ese libro, nos pasaremos dos años entre la página 400 y la 401.

5. Protagonista favorito.

Uhm… Esta es difícil… A ver…

6. Antagonista favorito.

¡Oye, que no había contestado a la anterior! ¡Dame algo de tiempo para pensar!

7. ¿Escribes alguna historia?

No. Para eso están mis monos amaestrados. Ya lo he contado en alguna ocasión, pero no me importa repetirlo: existe la teoría de que si diéramos infinitas máquinas de escribir a infinitos monos y les dejáramos teclear durante un tiempo infinito, acabarían escribiendo las obras completas de Shakespeare. Yo sé que no soy tan bueno como Shakespeare. Pero quizás pueda aspirar a ser como Dostoye… Dostoie… Dostoj… Como Flaubert. Así que compré cuarenta monos y les di cuarenta Olivettis. Tampoco tienen tiempo infinito, claro. De momento, les voy renovando el contrato cada siete años. De momento no les ha salido nada potable, a excepción de lo que es un plagio nada velado de JR, de William Gaddis.

8. Una película que te parezca mejor que el libro.

Esta pregunta está contestada en la 4, así que aprovecharé para contestar a otra cosa: “Sí, es cierto”.

9. El mejor libro que has leído este año.

Aún estamos a abril, no me metas presión, que el año acaba de comenzar. A todo esto, madre mía, cómo pasa el tiempo. Pasa en tiempo real.

10. ¿Dónde estuvo usted la noche del 23 de septiembre de 2017?

Pues a ver que consulte mi agenda… Un momento, esta pregunta no está en la lista original.

11. Conteste: ¿dónde estaba usted la noche del 23 de septiembre?

Ah, mis ojos… ¿Quiere apartar esa lámpara?

12. No le repetiré la pregunta.

12b. Será mejor que contestes. Cuando se pone así no lo puedo controlar.

12. Ya estás haciendo memoria, chaval.

12b. Tranquilo, tranquilo, que el chico está pensando.

No me acuerdo. Lo único que sé es que no estaba atracando ninguna joyería de Algete.

13. ¿Seguro?

Segurísimo.

14. Yo le creo.

14b. Yo también. ¿Por qué íbamos a dudar de su palabra?

14. Ha dicho “lo único que sé”. Si es lo único que sabe, imagino que eso lo tendrá clarísimo.

14b. Tiene sentido.

14. Puedes irte.

¿Irme? ¿Adónde? Pero si estoy escribiendo en casa.

15. Aquí las preguntas las hacemos nosotros.

15b. Eso. Por ejemplo, ¿qué libro no esperabas que te gustara?

El libro… DE MI VIDA. Na, es broma. Una vida no es un libro. Son dos cosas diferentes. Los libros tienen páginas y palabras, mientras que las vidas tienen otras cosas, como, no sé, células y sangre y citaciones judiciales.

Por cierto, una vez me topé con un tipo que me dijo que su vida daba para una novela. Todos nos hemos encontrado con un pesado así.

-Bua, a mí me pasa de todo. Si tuviera tiempo escribiría una novela explicando mi vida.

-Venga, listo, pues escríbela.

-Mira, pues lo voy a hacer.

Pues bien, ese tipo era EL LAZARILLO DE TORMES.

Tenía razón: su vida daba para una novela. Aunque justita. Quiero decir, hay un pasaje en el que se limita a comer uvas. Igual se flipó un poco. Ya me dirás tú, todos hemos comido uvas en alguna ocasión. Y todos hemos intentado robar a un ciego.

16. Libro clásico favorito.

Estas preguntas ya me aburren muchísimo y solo vamos por la 16. Casi prefiero contar aquella vez que fui a Algete y pensé: “Creo que esta joyería apenas tiene seguridad y casualmente traigo conmigo mi tuneladora de diez metros de diámetro…”

16. Te dije que acabaría confesando.

16b. ¡Pero calla!

¿Quién está ahí?

16. ¡La policía!

16b. ¡No! ¡No es la policía! ¡Somos carteros!

Er… Bueno, pues pensé eso, pero cambié de opinión enseguida porque… Ehm… Necesitaba la tuneladora para hacerme agujeros en las orejas y ponerme pendientes.

16b. Siempre la tienes que pifiar.

16. Ya sabes que soy muy impulsivo.

16b. Vas a tener que aprender a controlarte. Es la cuarta vez que te pasa algo así en lo que llevamos de semana.

17. El libro que más te impactó.

Esta es fácil. La broma infinita, de David Foster Wallace. Todo empezó con la típica discusión de bar.

-¡Te digo que para juzgar un acto hay que fijarse en si obedece o no a la norma ética!

-¿Pero qué dices, pirado? Lo importante son las consecuencias.

-¡No podemos predecir las consecuencias de nuestros actos!

-¿Cómo que no? Sé perfectamente lo que va a pasar si te pego una hostia con La broma infinita, de David Foster Wallace.

-¿Ah, sí? ¿Qué?

-Que te voy a saltar todos los dientes, pedazo de subnormal.

Pero solo me rompió la nariz y solo dos dientes, así que mi interlocutor tuvo que admitir su error. Pasó a engrosar las filas de los filósofos éticos deontológicos, cosa que le honra.

Como decía, ningún libro me ha impactado tanto como este. Moby Dick apenas me rompió una costilla, por ejemplo.

18. Si pudieras conocer a un autor, vivo o muerto, ¿quién sería?

Pues a uno muerto. Cualquiera me vale, que tengo muchas ganas de conocer a un zombi. Ya estuve a punto hace unos años.

-Para mí es un honor conocer a uno de mis escritores muertos favoritos.

-¿Muerto? Pero si estoy vivo.

-Vaya. Eso lo arreglamos ahora mismo -dije, sacando una sierra.

No menciono su nombre porque el caso está pendiente de juicio.

19. Un autor que la gente debería conocer mejor.

Theresa G. Burnett. Muy poco conocida. Para que nos hagamos una idea, sus padres no supieron su nombre hasta que cumplió 22 años y les presentó un amigo común. Tenía muy poco carisma. Sin embargo, escribió una novela magnífica. El problema es que nadie recuerda cuál fue.

20. Libro favorito de todos los tiempos.

Yo qué sé, pregúntale a todos los tiempos, él sabrá cuál es su libro favorito… Jajaja, qué bueno, jajaja… JAJAJA… (Palmada en el muslo). Jajaja… Jejeje… Jiji… Ay… (Se seca una lagrimilla con el dedo índice). Si no fuera por estos momentos…

Mariano Rajoy me odia

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Yo salía del bar y justo él entraba, con escolta y todo. Como votante suyo y teniendo en cuenta los menosprecios que sin duda el pobre hombre tendría que soportar cada día, me paré a estrecharle la mano y agradecerle sus años de dedicación al país.

—Muchas gracias, señor presidente —le dije—. Siga con el buen trabajo.

—No, por favor, gracias a usted. Un momento… ¿Tú eres Jaime Rubio?

—Sí… ¿Me conoce?

—Joder, qué mal me caes.

—¿Perdón?

—No te aguanto. Tus tuits no tienen ni puta gracia.

—Pero si ya no tuiteo.

—Y escribes como el puto culo.

—Oiga, presidente…

—Venga, hasta luego.

Iba a decirle algo, pero en realidad no sabía qué contestarle y además uno de los escoltas cerró la puerta en mis narices, dejándome solo en la calle.

Luego nadie me creía, claro.

—¿Pero cómo va a decirte Mariano Rajoy que escribes como el puto culo?

—Te lo juro. Esas fueron sus palabras exactas. Y mira, no lo sabía, pero me tiene bloqueado en Twitter.

—Eso será su community manager.

—¿Pero por qué? Nunca le he dicho nada.

—Bueno, a él directamente no, pero igual dijiste algo que le molestó.

—Soy votante suyo. Solo hablo bien de él. Mira, por ejemplo: “Os quejáis de Rajoy, pero nos ha sacado de la crisis. Es un presidente firme y valiente”. Te digo que me odia.

—Venga, por favor, deja de decir tonterías.

Obviamente, no podía dejar aquello así, por lo que decidí escribir a la Moncloa y pedir explicaciones. “No sé qué puede haberle puesto en mi contra —le dije—, pero quiero presentarle mis disculpas y expresarle que mi confianza en usted y en su gobierno sigue incólume”. Escribí la carta en papel y la envié por correo postal, como si estuviéramos en 1993, porque creía que eso le daría un toque más aún más formal.

Al cabo de un par de semanas me llegó la respuesta. Era una carta escrita por alguna de sus secretarias. Había un texto de estos plantilla, con cuatro frases de agradecimiento casi tópicas, que concluían con un: “Tal y como nos solicitaba, adjuntamos una foto firmada del presidente”.

—¡Yo no le pedí ninguna foto!

—Bueno, ya sabes, esto lo hacen de forma casi automática. Como todo el mundo las pide…

—Pero mira la dedicatoria.

—¿Qué le pasa?

—Pone: “Eres un idiota”.

—¿Qué dices? A ver… No, hombre. Ahí pone: “Atentamente”.

—¿Cómo va a poner “atentamente”? Son tres palabras.

—Es una palabra. Escrita raro, eso lo admito. Pero es una palabra. Esto es la t.

—La de idiota.

—La de atentamente.

Pasé la noche sin dormir. ¿Por qué me odiaba el presidente? ¿Yo qué le había hecho? Repasé mis tuits, volví a leerme mi blog entero, me revisé todo mi muro de Facebook… No encontré nada que pudiera haberle disgustado. ¿O quizás le molestaba que fuera un pelota? A lo mejor y a pesar de las apariencias le estimulaban las críticas y yo le parecía un blando.

—¿Tú crees que es eso? ¿Está harto de que ninguno de sus afines tenga un mínimo espíritu crítico?

—¿Quieres dejar de seguirme por casa hablándome de Rajoy?

Estuve un par de días, lo admito, un poco obsesionado. Leí sus declaraciones en prensa y me tragaba todo el telediario en busca de no sabía muy bien el qué… ¿Alguna pista?

—Jaime, el presidente no va a hablar de ti en las noticias.

—A lo mejor le caigo tan mal que se le escapa algo.

—No le puedes caer bien a todo el mundo.

—Pero es el presidente. ¿Me lo tenía que decir? ¿A la cara? ¿Justo cuando le estaba felicitando?

En el trabajo tampoco me podía concentrar. Entraba en su cuenta de Twitter, sin loguearme por aquello de que me tenía bloqueado, y repasaba sus tuits. Mientras analizaba si un mensaje sobre el Brexit se refería en realidad a nuestra ruptura, sonó el el teléfono.

—Le pasó con el presidente.

—¿Con el presidente? ¿El presidente Rajoy?

Enseguida oí su voz.

—¿Qué? ¿Te ha gustado la foto?

—¿Cómo sabe dónde trabajo?

—Soy el presidente, lo sé todo. Puedo hacer lo que me salga del nabo. Dime, ¿te ha gustado la dedicatoria? ¿A que es ingeniosa?

—¿Pero por qué me hace esto?

—Piri pir qui mi hici isti.

—No me merezco esta falta de respeto.

—¿Sí? ¿Y qué vas a hacer? ¿Quién te va a creer? Payaso.

Efectivamente, no me creía nadie. Lo intenté explicar en un hilo de Twitter y la gente pensó que era una poco lograda broma mía. En Facebook todo el mundo me ignoró. Incluso colgué la foto. “Ahí pone ‘un saludo’”, proponía uno. “No —decía otro—, creo que pone ‘afectuosamente’”. “Lo que está claro es que no hay ningún insulto. ¿Cómo te va a insultar el presidente? Si además tú le votas”.

Fue entonces cuando comenzaron los encontronazos con la burocracia. Cosas pequeñas, pero muy molestas. Por ejemplo, me empezaron a llegar multas por exceso de velocidad. Una o dos cada semana. Y jamás he tenido coche. Tenía que ir recurriéndolas y no llegaron a cobrarme ninguna, pero era un engorro. Aparte de eso, el borrador de la Renta me llegó fatal: no había ni un solo dato correcto. También cambiaron la ruta de mi autobús y tardaba cada día veinte minutos más en ir y volver del trabajo.

No pude evitar sospechar.

—¿Pero cómo va a hacer todo eso el presidente?

—Es mucha casualidad, ¿no crees? Me insulta y ahora me pasa todo esto.

—Es el presidente. No tiene tiempo de dedicarse a sabotear tu vida.

—Esto lo habrá delegado, mujer.

—Y deja de explicar esas cosas en Facebook. Que mi madre el otro día me preguntó si estabas bien.

Escribí más cartas y correos a Moncloa, pero ya no me volvió a contestar nadie. Lo intenté por teléfono, pero siempre topaba con el muro poco amable de un funcionario que me trataba como si estuviera loco.

Al final pasó lo que tenía que pasar, claro.

—Jaime, ¿qué escribes? —Me preguntó mi jefa, mirando por encima de mi hombro.

—¿Esto? Er… A ver… Es un borrador… Estoy anotando cómo… Cómo creo que… En fin… ¿Sabes que el ayuntamiento levantó la calle donde la vivo y la dejó luego igual? Solo hubo ruido durante varios días. ¡Ruido! Llamé para preguntar y no supieron decirme para qué eran las obras. Eso sí, cortaron el agua y la luz en mi edificio. No sé para qué, pero lo cortaron todo. ¿Te acuerdas de que llegué tarde porque fui a ducharme a casa de mis padres? Y, claro, mis padres viven lejos de mi casa y del trabajo, así que fue… En fin, esto es cosa del gobierno, clarísimamente.

Me llevó a una sala de reuniones y me dijo que estaba preocupada por mí. Que tenía mala cara. Que no me concentraba. Que perdía el tiempo con cosas que nadie entendía. Y que no podía ser que el hecho de que se estropeara el ascensor de la oficina fuera culpa de Rajoy.

—Es que trabajamos en un décimo.

—¿Y?

—Ya, igual ahí me excedí. ¿Pero qué me dices del inspector de trabajo que vino hace unos días? Solo encontró problemas con mi sitio. Ahora trabajo con dos cojines y tengo que apoyar las piernas en una pelota de pilates.

—Vale, ese tío era un poco raro, pero no le envió Rajoy personalmente.

—Yo creo que sí.

—Y mientras no esté aquí no tienes que hacer lo de la pelota.

—Nos observan, no me puedo relajar ni un minuto.

Me pidió que fuera al médico. Le dije que ni hablar, que estoy bien, por quién me has tomado. Y, en fin, me despidieron. Mi novia no tardó en echarme de casa.

—No es Rajoy, eres tú.

—¿No podrías ser tú, al menos?

—No, tampoco soy yo. Eres tú.

Volví a mi antiguo dormitorio en casa de mis padres, desde donde redoblé mis esfuerzos para contactar de nuevo con el presidente.

—Tan mal no le puedo caer. Yo creo que llega un punto en el que te apiadas de una persona, aunque solo sea por humanidad.

—Hijo, se te está enfriando la comida.

—Solo le ofrecí mi lealtad. No entiendo de dónde sale todo este odio.

—¿Estás buscando trabajo?

—Seguro que el presidente puede interceder por mí.

Ya en plena campaña, Rajoy fue a dar una vuelta por el mercado del barrio de mis padres, a hacerse la clásica foto saludando a la pescadera y comprando melocotones de los que habían salido muy buenos. Supuse que era una buena oportunidad para saludarle y que viera en qué estado me encontraba: sin trabajo, abandonado por mi novia y con unos padres que me habían prohibido pronunciar su nombre en voz alta.

Alrededor del presidente, que estaba parado frente a una parada de quesos, había capas y capas de personas. Era como una cebolla: él estaba en el centro y le rodeaban otros políticos y después escoltas y después vecinos entre los que estaba yo, de puntillas, viendo cómo Rajoy probaba un trozo de queso curado que la tendera le daba a probar, no sin orgullo.

Iba a gritarle desde ahí. “Presidente, soy Jaime Rubio. ¡Me han despedido y me han abandonado! ¡Perdóneme, por favor!”. Mi plan incluía ponerme de rodillas en caso de que se me acercara. Pero justo cuando ya tenía la boca abierta, oí un grito.

—¡Presidente! —Era otro tipo que estaba a mi izquierda—. ¡Presidente! ¡No lo volveré a hacer, presidente!

—¡Señor Rajoy! —Un tipo que estaba justo detrás de mí—. ¡Se lo pido de rodillas! ¡No le faltaré nunca más al respeto en Twitter!

—¡Presidente! —Otra voz, ya no sé de dónde—. ¡Le volveré a votar, se lo juro!

—¡Presidente…!

—¡Presidente…!

Salí con el corazón roto del mercado. Cuando salía, entraba un tipo con una pancarta: “El gobierno me robó la moto”.

No sabía qué pensar. ¿Estaba loco? ¿O acaso el presidente odiaba a mucha gente? Todos parecidos, ojo: hombres de entre treinta y cinco y cuarenta años, y de derechas, como yo.

—Estás muy callado…

—Ya lo sé mamá. Es que no sé qué pensar del presidente.

—¿Ya estás otra vez?

—Me prohibisteis decir su nombre, pero no su cargo.

—Pues ya está: ni su nombre, ni su cargo, ni su apodo, ni nada de nada.

Llegó el día de las elecciones y fui a votar sin saber a quién. Quería castigar a Rajoy y dar mi apoyo a los rojos de Podemos. O quizás le hiciera más daño que votara a Ciudadanos. Por otro lado, él no tenía forma de saber a quién había votado. O quizás sí, ya no estaba seguro de nada. ¿Y si me estaba poniendo a prueba? ¿Y si quería comprobar que de verdad yo era una persona fiel, leal, en la que se podía confiar, para poder así llevarme a su equipo de confianza? A lo mejor me necesitaba para algo, a saber el qué, eso sí.

Con un optimismo quizás infundado, cogí la papeleta del Partido Popular y la metí en el sobre.

Ganó, claro. Y por la noche, sonó mi móvil. Sabía quién sería incluso antes de descolgar, a pesar de que el móvil solo informaba de que se trataba de un “número desconocido”.

—Le paso con el presidente.

—Gracias.

—¿Qué? ¿Cómo va? He visto que estás cobrando el paro.

—Sí…

—De nada, ¿eh?

—¿Por qué me hace esto?

—¿Has visto? —Dijo, ignorándome—. He vuelto a ganar. Bum. En su puta cara. Soy el puto amo. ¿Me votaste? Me has votado, ¿verdad? Lo sabía.

—¿Era una prueba?

—Sí, una prueba de mis cojones. ¿Qué tal saben?

—Presidente… Solo una cosa: ¿me llegará bien el borrador de la Renta de este año?

—¿Eh? Ah, sí, sí. Llamaba para despedirme. A veces necesito descargar tensión y aprovecho mi poder para vengarme. Pero ya está. Ahora el que me da rabia de verdad es un tío de Zaragoza que…

—¿Pero vengarse de qué?

—De los idiotas como tú.

—Pero, presidente, no me hable así. No entiendo. ¿Por qué soy un idiota?

—Todo el mundo en el consejo de ministros lo piensa.

—Por favor, presidente…

—Menudas risas nos hemos echado.

—Pero…

—Te dejo, payaso, que me voy a emborrachar. Lo he vuelto a petar. Soy el puto amo.

El misterioso caso de orca, la ballena asesina

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Escena de la película. Creo que es el momento en el que la orca abre la puerta de la mansión.

En los años 70 se estrenó una película titulada Orca, la ballena asesina. Iba de una orca que se liaba a asesinar gente en venganza por la muerte de su mujer y su cría. En serio. No me lo estoy inventando.

Es más, la historia de la película está basada en un hecho real. Nos tenemos que remontar a 1927, cuando yo trabajaba de inspector en el condado de North Havengreenport, en Inglaterra. Una mañana de abril me llamaron de Covenfish Manor: Lady Fordensifh me pidió que acudiera lo más rápido posible.

—¡Han asesinado a mi marido!

No me apetecía nada ir, así que probé suerte:

—¿No habrá sido usted?

—No, no.

—Vaya. A veces funciona.

Me abrió la puerta el mayordomo, una orca. Me condujo hasta el cadáver de Lord Finnishmore.

—¿Quién lo encontró?

—Fui yo.

—¿A qué hora? No tocó nada, ¿verdad?

—No, no, quiero decir que fui yo quien lo mató.

—Bueno, a ver, ¿aquí quién es el detective?

—Usted, pero…

—Pues entonces deje que los profesionales digan quién mató a quién.

—Estoy confesando.

—Y dale. Ya le diré yo si tiene que confesar o no.

—Soy el mayordomo y una orca asesina. ¿Qué más necesita?

—No soy racista y hago mi trabajo sin ideas preconcebidas.

Su actitud me recordaba a la de Jack el Destripador. No me refiero al asesino, sino a otro Jack que contaba los finales de series y películas, y al que me había enfrentado hacía poco. Conseguí que desistiera gracias al final de Lost, que escribí yo personalmente para confundirle.

—Entonces resulta que están muertos, pero al final.

—¿Al final estaban muertos?

—Sí, pero no en la isla. Se mueren luego.

—¿Cómo?

—Viven sus vidas tan tranquilos y luego se mueren.

—¿Qué?

Volviendo al caso de la orca asesina, le pedí al mayordomo que me llevara a ver a la señora.

—Quiero hablar con Lady Cuttyshark.

—¿Con quién?

—Con Lady Condemor.

—¿Cómo?

—LadyPricewaterhousecoopers.

—¿Eh?

—Con la señora.

—Ah, sí, claro. Por favor, sígame. Está en el ala este.

La sala donde estaba Lady Windermere tenía las ventanas cerradas y los muebles cubiertos por sábanas. El mayordomo levantó una de ellas y allí estaba la señora.

—¿Qué tal se llevaba con Lord Apetecaun? — Le pregunté después de saludarla.

—No le veo desde 1916. Esta casa es muy grande y me perdí.

—Ah, sí. Lamento su pérdida. Disculpe la pregunta, Lady Handkerchief, ¿pero no es usted la única heredera de su marido?

—Llevo seis años sin atreverme a salir de esta habitación. Cazo ratas y me las como crudas.

Como es habitual en los crímenes que ocurren en la campiña inglesa, cuando tuve la información suficiente como para saber el nombre del asesino, reuní a todos los sospechosos en la misma sala. Estaban Lady Frankenstein y los empleados de la mansión: la orca asesina, Piraña 3D, Tiburón 2, los gremlins y Bo Derek.

—Se preguntarán por qué les he reunido aquí. Hay dos respuestas: la primera es que Lady Cumberbatch no se atreve a dejar esta habitación.

—Tengo hambre.

—La segunda es que en breve les podré decir quién es el asesino, gracias a mis métodos de deducción. Pito, pito, gorgorito, dónde vas tú tan bonito…

Al cabo de pocos segundos, mi dedo acusador se detuvo en la orca asesina.

—Pero si llevo tres semanas diciéndole que fui yo — dijo, derrumbándose ante mi astucia — . ¡Pero tengo mis motivos! ¡Lord Gryffindor estranguló a mi mujer y a mi hijo!

—¿Pero por qué iba a hacer eso?

—Lord Petecaun fue juez de este condado, a pesar de que casi no sabía escribir y no hacía más que cometer faltas de ortografía. Por eso, condenó a mi familia a la horca. La horca asesina.

—Madre mía, qué horror.

—Es el peor chiste que he oído en lo que va de semana.

—Con diferencia.

—Oigan, que no es un chiste, que mató a mi familia.

—Déjelo, haga el favor.

—Qué espanto. No sé si podré dormir esta noche.

—Yo no lo pillo.

La orca intentó huir, pero le obturé el agujero de respirar con un tapón de corcho y cayó al suelo en pocos segundos. Dado su enorme peso, la casa se derrumbó y todos perdimos la vida. Por suerte, yo encontré la mía varios meses más tarde. ¡Estaba en una chaqueta que no me ponía desde el año pasado!

En la película cambiaron bastante el argumento, pero el personaje que interpreta Bo Derek está basado en Bo Derek. Creo. La verdad es que no la he visto.