Busco AMOR

amor

Estoy buscando a mi alma gemela. ¿Por qué es tan difícil encontrar a alguien que nos quiera? Quizás es por este frío mundo en el que no se valora a las personas por lo que de verdad importa y en el que los abrazos se han sustituido por distantes mensajes de texto, algunos de ellos, eso sí, con berenjenas. Tampoco pido mucho, sólo quiero a alguien que me dé su cariño y con quien compartir (¿quién sabe?) el resto de mis días y algunas aficiones.

Busco a una mujer sensible, pero que no se queje mucho por todo, tampoco, ni que sea sensible de piel, y se pase el día con urticarias. También quiero que sea inteligente: que tenga un cociente intelectual de entre 116 y 134. Más no, que me haría sentir inseguro. Que le guste leer, pero no en francés, que es muy pedante, ni a Martin Amis. Quiero que descubra a Martin Amis gracias a mí. «Cariño, deberías leer a Martin Amis», yo empezaría con Campos de Londres. Y lo leería y al principio no acabaría de gustarle, pero luego le iría pillando el gustillo gradualmente, gracias a dos o tres libros más (ya iríamos viendo cuáles, dejemos un poco de margen para la sorpresa).

También le ha de gustar el cine, pero no de ir cada semana, que es muy caro y no estamos para gastos. Pongamos una o dos veces al mes y luego ir bajándose pelis para los domingos. Eso sí, le tiene que gustar Woody Allen, pero no mucho. Que le ponga un 8. En plan, “es muy bueno, pero también tiene mucha morralla”.

También estoy buscando a alguien a quien le guste pasear por el mar, pero dejando el mar a la izquierda, jamás en sentido contrario, y que sea ella quien vaya más cerca de la orilla, que las olas me dan un poco de miedo. Vamos, que haga un poco de airbag, para no mojarme.

Lo de pasear bajo la lluvia me parece bien, pero sólo si el paraguas es negro. Los paraguas de otros colores me provocan pesadillas porque de niño perdí uno azul y desde entonces me siento muy culpable. No podría ni siquiera tomarme un café con alguien que entrara en el bar acarreando un paraguas, pongamos, rojo. Tendría que golpearle con el taburete, escupir, y largarme muy indignado.

Le ha de gustar salir, pero hasta las tres como muy tarde, y también ha de comer pescado, pero nada de trucha. En los ríos la gente mete los pies muy cerca de los peces y eso no puede ser bueno.

No puede haber estudiado ni derecho, ni historia, ni ciencias políticas, ni ninguna carrera de ciencias, menos matemáticas, y tampoco ninguna ingeniería, excepto alguna de las técnicas (tendríamos que negociarlo). Ha de tener un trabajo estable y cobrar entre 28.000 y 36.000 euros al año (si cobra más, se puede hablar, pero de entrada no me interesa alguien tan materialista).

Su coche ha de ser de color azul metalizado o gris oscuro, y para mí es fundamental que en la guantera haya guantes, como su propio nombre indica. Hablando de nombres, no es que sea algo que me vaya a romper el corazón, pero preferiría que su apellido no acabara en -ez. Le resta mucho romanticismo al asunto y yo soy un romántico empedernido.

El físico no me importa mucho: basta con que sea guapa, mida entre 1,57 y 1,66 metros, pese entre 47 y 59 kilos, tenga el pelo en alguno de los seis tonos cuyos pantone adjunto y tenga un máximo de dos dioptrías por ojo, que no pueden ser verdes. No ha de tener ningún lunar en la nalga derecha. En la izquierda, si quiere, sí, que tampoco es plan de andarse con exigencias. En cuanto a la edad, ha de tener entre 128 semanas menos y 59 semanas más que yo.

Puede ser alérgica a los gatos, pero no a las plumas de aves. No tengo pájaros, pero esa alergia me parece muy ridícula hoy en día, cuando ya no hay almohadas rellenas de plumas. Es una alergia que no sirve para nada. Tampoco vas a ir lamiendo palomas por la calle.

También es importante para mí que no vista nunca con prendas marrones, que su plato favorito sea el magret de pato (sin plumas, nada de lamer plumas) y que no coma jamás helado de vainilla, le guste o no. No ha de planchar jamás en fin de semana y su desayuno ha de consistir en un café solo, con o sin azúcar (no soy especialmente maniático) y dos tostadas con mermelada (sin mantequilla ni margarina).

Debe haber viajado al menos a Holanda, Francia, República Checa y Marruecos, pero no a Bélgica ni a México.

En cuanto a mí, ¿qué puedo contar? Apenas soy un alma herida que navega sin rumbo en busca de su brújula. Por cierto, la brújula en cuestión ha de tener título de patrona de barco. De verdad, no es ninguna metáfora.

Ah, casi lo olvido: si jugamos al Trivial Pursuit, ha de usar la ficha rosa o la amarilla. Las otras, jamás. De hecho, si hay más gente jugando y los demás se piden esas fichas antes que ella, ha de arrojar el tablero al suelo y gritar mucho mientras les clava a los dos ladrones un tenedor en los ojos.

No podría amar a alguien que no supiera defender sus principios.

Espero que estés ahí, media naranja mía, leyendo este mensaje y escribiendo una lista con todos los requisitos que cumples. Si llegas al ochenta por ciento, envíame un mail con la relación detallada, y mi responsable de recursos humanos se pondrá en contacto contigo lo antes posible para comenzar a construir juntos nuestra vida en común, previo proceso de selección con prueba escrita y dos entrevistas personales.

Zurdas abstenerse.

"No conozco a mis padres"

familia

Jessica G. acaba de cumplir diecisiete años y aún no conoce a sus padres. «Son muy tímidos –explica– y a pesar de que llevamos toda la vida viviendo juntos, aún no se han presentado. Por la correspondencia, creo que se llaman Matías y Mireia, pero no lo puedo asegurar».

Al parecer, a su madre nunca le hizo gracia lo de meter a una desconocida en casa. «Yo no veía claro lo del embarazo –explica–. ¿Y si nos sale delincuente o drogadicta? Creo que es mejor mantener las distancias hasta que estemos seguros». De todas formas, Mireia ya ha cobrado cierta confianza: «A la Jessica esta (se llama Jessica, ¿no?) se la ve buena gente. Pero fíate tú de la juventud».

Matías no desconfía de su hija, pero siempre ha sido muy cortado con el sexo opuesto. «Lo reconozco –afirma–, a mí las mujeres me intimidan. Y es injusto eso de que siempre seamos nosotros los que demos el primer paso». De todas formas, este hombre asegura estar «reuniendo valor para saludar a Jessica e iniciar una relación padre-hija como la que yo jamás tuve con mi padre. Más que nada porque yo no era su hija, sino su hijo. Esto me marcó mucho. Lo de no ser su hija. Porque me definió como persona. Concretamente, como persona de sexo masculino. Sí, llevo medias debajo de los pantalones. Déjame en paz».

(Fuente de la imagen).

Manifestación en contra de Saturno

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El Partido Popular ha convocado una manifestación en contra del planeta Saturno: “Es un planeta con anillo -explica Carlos Floriano- y nosotros defendemos el matrimonio tradicional entre un hombre y una mujer, o entre un hombre y una muñeca muy realista, de estas que dan incluso un poco de miedo”. El vicesecretario general de organización del PP ha apuntado además que “no entendemos por qué el PSOE no está con nosotros en esta manifestación contra un parricida”, en referencia al hecho de que Saturno se comió a sus hijos. “¿Están los socialistas del lado de los asesinos?”, pregunta Floriano, con cara de no saber leer.

La Asociación de Víctimas de Saturno (AVS) afirma en un comunicado que el planeta “en realidad no es más que una masa gaseosa, un enorme pedo. Lo que deberíamos hacer es disolverlo para que deje de molestarnos con sus conductas antinaturales”. De hecho, la AVS sostiene que el único planeta que merece tal nombre es la Tierra: “Los demás no son más que sucedáneos gaseosos, yermos o helados, y sobre todo herederos de un ya superado paganismo”.

Soraya Rodríguez, portavoz del PSOE en el Congreso, apunta que Saturno es un planeta solidario, “ya que irradia más calor del que recibe del sol, lo cual es un ejemplo para el resto de planetas”, y ha añadido que “la cruzada del Partido Popular contra los planetas gaseosos es una cortina de humo. Literalmente”, en referencia al plan de la AVS de enviar a Saturno un enorme ventilador.

En cuanto a los satélites, Saturnino Pérez, presidente de la AVS, ha afirmado que “no hay por qué tener ningún tipo de consideración hacia el entorno de Saturno”, formado por “cuerpos celestes colaboracionistas. En lo que a nosotros respecta, Titán, Hiperión, Jápeto y los demás también son Saturno”.

Preguntado por su nombre de pila, Saturnino Pérez se ha limitado a silbar y a mirar al techo, para después añadir: “A ver si llega ya el otoño, que estamos ya casi en noviembre y vamos a manifestarnos en manga corta”.

(Fuente de la imagen).

¡El gobierno está asesinando a mucha gente!

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Los datos están ahí y lo dejan bien claro: el gobierno es responsable de un genocidio. El paro ha bajado en 72.800 personas durante septiembre, pero sólo se han creado 39.500 empleos. ¿Dónde están esas otras 33.300 personas? Es evidente que el gobierno las ha asesinado y posiblemente ha quemado sus cadáveres y ha eliminado toda huella de su existencia.

-¿Es la policía? ¡Hace tres días que mi marido no viene a casa!
-¿Cómo se llama su marido?
-¡Sebastián Gutiérrez Hernández!
-No hay ningún Sebastián Gutiérrez Hernández.
-¿Cómo?
-Por favor, esto es la policía, no llame para gastar bromas.
-Pero…

Y cuelgan. Llamadas como esta habrá habido miles, y eso a pesar de que supongo que habrán escogido a parados solitarios. Y taciturnos. Como mi vecino del cuarto, que no sé si es parado, o pensionista, o qué, pero se pasa todo el día en el bar. En dos o tres semanas, SE LO CARGARÁN, seguro.

Voy a avisarle.

Ya. Primero no me ha hecho caso, luego le he cogido por la camisa y le he gritado QUE TENÍA QUE SALIR DEL PAÍS y al final me han echado del bar. Yo ya no puedo hacer más. Aparte de pasarme toda la noche en la puerta de su casa con el megáfono, gritando: «VAS A MORIR, FULGENCIO; SI NO HUYES, VAS A MORIR». Se llama Eduardo, pero Fulgencio me parece mucho más gracioso.

Siguiendo con el asunto que nos ocupa (el gobierno está exterminando a los parados), no me extrañaría que un equipo de agentes secretos se metiera de noche por las casas de estos desempleados después de asesinarlos e hiciera desaparecer fotos, libretas y pares de zapatos.

-¡No estoy loca! ¡Llevo veintisiete años casada con tu padre!
-Pero mamá, no sé… Ya hemos estado hasta en el ayuntamiento y ahí nadie sabe nada de ese señor.
-¡De tu padre!
-¿Y dónde están las fotos de la boda?
-¡Nos las han robado!
-Mamá, por favor, me estás asustando.
-¿Y entonces tú de quién eres hijo?
-ESO ME GUSTARÍA SABER A MÍ, ZORRA.

Yo me tomé a broma estás cifras sospechosas hace poco más de un mes, cuando el paro descendió en 31 personas, pero ahora resulta más que evidente que esa fue una primera prueba. Vamos a matar a unos pocos, a ver si funciona. Y funcionó, claro, porque hemos perdido todo el sentido crítico y fuimos por tanto incapaces de darnos cuenta de la trama genocida que este gobierno asesino estaba organizando.

Hemos perdido perspicacia y capacidad de reflexión por culpa de los gifs. Nos ponen gifs por toda la internet para que no prestemos atención a lo verdaderamente importante. Los gifs entretienen y despistan, son el circo de la era de la internet y sin duda los ha diseñado la CIA para frenar toda oposición al sistema. ¿Quién le iba a decir a George Orwell que en la sociedad de Gran Hermano los gifs iban a ser las herramientas opresoras? Nadie, porque Orwell está muerto y hablar sobre cosas de la internet con una tumba es de locos.

Os explico lo de los gifs con un ejemplo:

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¿Lo veis? Yo ya no sé de qué hablaba. No puedo apartar la vista de ese señor que se ha hecho daño mientras me carcajeo y pienso: “Jejeje… Es gracioso porque parece tonto y me recuerda a Pepe Viyuela con la silla”.

No, en serio, ¿qué comentábamos? ¿Era algo de mis libros? Es probable. Compradlos. No hace falta que los leáis. No os pienso pedir tanto. Pero compradlos. Pensad que si acabo millonario, me pasaré el día con el Candy Crush y ya no tendré tiempo para escribir ninguna tontería nunca más en la vida hasta el día que me muera. De hambre, imagino, por no levantarme a hacer la cena, enganchado a la pantallita, que es peor que un gif. Creo que a los caramelos de Candy Crush les echan heroína.

 

(Fuente de la imagen).

 

Nadie tendrá excusa para no leer

leer

Está claro que con el ritmo de la vida moderna, no todo el mundo puede dedicar media hora, qué digo media hora, doce minutos minutos y gracias, a la lectura de un buen libro. ¿Quién tiene tiempo para leer hoy en día, con la cantidad de buenas series que hay, por no hablar de todos esos concursos en los que encierran a gente?

Ni siquiera se puede leer en el metro. En las estaciones hay teles con reportajes interesantísimos sobre los nuevos restaurantes libaneses de Gracia; los vagones están llenos de gente, y los móviles traen de serie el tetris, Twitter, Spotify, Facebook y el Candy Crush.

El único momento en el que realmente podemos disfrutar de la lectura es cuando subimos y bajamos en ascensor, ya que en los ascensores no hay cobertura (¿CUÁNDO VAMOS A SOLUCIONAR ESO, EH, OPERADORAS DE TELEFONÍA MÓVIL?). Por eso estoy escribiendo misCuentos para leer en el ascensor. Relatos de dos capítulos: uno para leer por la mañana, cuando se baja a la calle, y otro para leer por la tarde, cuando se regresa a casa.

He aquí algunos textos en los que estoy trabajando:

El atraco
1. Juan comenzó el día atracando un banco.
2. Pero un policía desbarató su hábil plan gracias a su astucia.

Un amor imposible
1. Eva quería mucho a Luis.
2. Pero después de dos años cortaron porque él era… ¡¡GAY!!

Cuentos repletos de emociones y personajes que se quedan en la memoria, con un final sorpresa introducido por alguna que otra conjunción adversativa (no siempre “pero”). Además, está todo calculadísimo: la primera parte siempre es más corta porque hay que contar el tiempo que uno tarda en leer el título.

Por supuesto, todo son ventajas: uno no sólo cultiva el espíritu, sino que también puede evitar tediosas conversaciones de ascensor acerca del tiempo o del partido de fútbol de la noche anterior o de lo maleducado que es el del tercero (oh, ¿tú, lector, eres el del tercero? Hm. Ya. Buen partido, el de ayer, ¿eh?), con un elegante: “Disculpe, ¿no ve que estoy leyendo? Maleducado de mierda…”

Mi idea es escribir varios libros con veintidós cuentos, para leer más o menos uno al mes y que al final del año uno pueda decir que “lee bastante”, sobre todo teniendo en cuenta que “no paro de trabajar, me tienen esclavizado por cuatro duros; el día que me canse lo dejo todo y me voy a vivir al campo”.

También estoy trabajando en una serie de ensayos, pequeñas joyas del pensamiento (el mío), como por ejemplo:

La sabiduría de Sócrates
1. Sócrates sólo sabía que no sabía nada.
2. Así que cada mañana recuerda que sabes algo más que ese estúpido ignorante, como por ejemplo la capital de Francia (París).

Lo importante de la vida
1. La amistad es importante en la vida.
2. También lo es reciclar la basura de forma adecuada.

Estoy en conversaciones con varios editores. He recibido una carta nada menos que de Anagrama, firmada personalmente por la impresora de uno de los empleados de Jorge Herralde —¡el gran Jorge Herralde!—, en la que dice: “Le rogamos que deje de enviarnos sus manuscritos o nuestros abogados se verán en la obligación de emprender las acciones legales pertinentes” etcétera, etcétera. Si no quieren que envíe más obras mías, es porque están ultimando los detalles del contrato millonario que me convertirá en un nuevo Ruiz Zafón. Espero que no se me caiga el pelo, ni engorde tanto, ni comience a escribir como uno de los redactores más vagos de Corín Tellado.

 

(Fuente de la imagen. Publicado originalmente en La decadencia del ingenio)

¿Qué es la internet? Os lo explico

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Es posible que hayáis oído hablar de un invento reciente que podría revolucionar el mundo de las telecomunicaciones: se trata de la internet, que conectaría nuestros ordenadores con la red telefónica y nos permitiría acceder a lo que ya se denomina la «autopista de la información».

Imaginad lo que algo así podría suponer para la civilización occidental (incluso la oriental): tendríamos acceso a los clásicos de la literatura universal (como Superlópez) hablaríamos con personas que están en la otra punta del mundo (pudiendo enviarles fotos de nuestros cuerpos desnudos) y, por qué no, podríamos entrar en los ordenadores del Pentágono (y lanzar varios misiles atómicos).

Recientemente tuve la oportunidad de adentrarme en el centro neurálgico de la internet: unas oficinas subterráneas llenas de computadoras y cables, situadas en Silicon Valley (California), una zona llamada así por su semejanza con el entreteto de una señora operada.

En esta central trabaja una cincuentena de personas, proporcionando todos los contenidos que podemos ver y leer cada día cuando surfeamos en la red. «Puede parecer mucho trabajo -explica el doctor Jakob Adenauer, director técnico de la internet-, pero contamos con los medios más sofisticados para llevar a cabo nuestra tarea».

Me lleva a una de las áreas más importantes de la internet, Gatitos, y me muestra cómo funciona. «En estas jaulas guardamos gatitos graciosos, como por ejemplo este de aquí -mientras habla, saca de su jaula a un gato que lleva pajarita-. Lo único que tenemos que hacer es introducirlo en la máquina de memes». Abre una compuerta metálica de la que sale una llamarada y arroja al gato dentro, que grita durante apenas unos segundos. «El meme se genera en esta pantalla y nuestro guionista escribe varios cientos de miles de frases graciosas».

Me presenta al redactor, un tal Damon Lindelof, que deja de teclear para agarrarse a mi chaqueta y explicarme en qué consiste su trabajo: «Sácame de aquí… Por favor… Te lo suplico…» Adenauer suelta una carcajada y lo aparta con un palo. «Qué bromista es. Así le salen luego las cosas de gatos».

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¿Esto es lo mejor que se te ocurrió, Lindelof? ¡Todo el mundo te odia!

Adenauer también me enseña cómo se hacen los gifs. «Se trata de uno de los mayores avances tecnológicos de la humanidad. Ni te imaginas lo que cuestan». El equipo de gifs está formado por cuatro personas que llevan trajes de amianto y a los que sólo podemos ver desde detrás de un cristal reforzado. «Esta gente trata las imágenes con radioactividad: ¡por eso se mueven!», explica Adenauer, que añade, con un tono de voz menos jovial, que «los técnicos en gifs acaban muriendo de cáncer después de apenas unas semanas de trabajo. No supone un problema real, porque casi todos son extranjeros, pero es un engorro tener que sustituirlos con tanta frecuencia».

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Técnico en gifs dándolo todo

Otra parte importante de la internet es la publicidad. «Nuestro trabajo consiste en que sea odiosa: que te tape el texto que estás leyendo, que tenga musiquita, que el botón para cerrarlo sea lo más pequeño posible… El objetivo es que hagas clic sin querer y se te abran setenta u ochenta pestañas». Es lo que Adenauer llama «marketing por erosión»: «Está comprobadísimo que si te insisten lo suficiente, acabas gritando BASTA, POR DIOS, BASTA, TOMA MI DINERO Y CÁLLATE, BASTA YA, NO PUEDO MÁS, ME QUIERO MORIR. No se trata sólo de nuestra experiencia diaria: hay estudios que lo demuestran».

Una preocupación de muchas empresas culturales es la piratería. ¿La internet es el paraíso de lo gratis? «Lo fácil es echarle la culpa a la internet. También es lo acertado, claro». Adenauer afirma que «las empresas tendrán que adaptarse» y no duda en añadir que «la internet ofrece muchas oportunidades de negocio, aparte de la ya mencionada publicidad. Hay expertos que están ganando mucho dinero con la internet dando conferencias en las que explican que se puede ganar mucho dinero con la internet».

Le pregunto al doctor Adenauer por los nuevos proyectos que está desarrollando y me explica que «lo estamos organizando todo en listas. Verás». Me lleva hasta una sala llena de archivos metálicos en la que un par de bibliotecarias cincuentonas con gafas en la punta de la nariz toman notas en multitud de fichas desperdigadas por varias mesas. «Internet contiene cantidades ingentes de información y conocimiento. Pero tanta información acaba resultando caótica y por eso necesitamos ordenarla. Por ejemplo -lee un par de fichas-: 27 cosas que no sabías del cuerpo humano, 42 inconvenientes de ser millonario, 11 motivos por los que un hombre debe leer, 19 gatitos graciosos… ¿Ves? Así es más fácil dar con la información que te hace falta».

Sin duda, la internet será aún más útil gracias a estas listas. ¡La información ya no estará dispersa en multitud de páginas, sino que se podrá acceder a ellas con un sólo clic! ¡Gracias, internet!

Le comento que he visto poca gente trabajando y me dice que eso es normal, ya que «la mayoría de los empleados trabaja en otras dos secciones». La primera es el área llamada Sabiduría, donde una decena de guionistas escribe comentarios para periódicos, foros y, sobre todo, Menéame. «Es un trabajo muy difícil, ya que deben comentar textos que no han tenido tiempo para leer, y aun así hacerlo como si supieran lo que pone y se hubieran enfadado mucho leyéndolos». Para hacerlo, añade, el departamento cuenta con «las personas mejor preparadas». Se trata de tertulianos medio retirados, como Juan Adriansens y Javier Nart. «No hay nada mejor para hablar de lo que no se sabe. Lo único que le pedimos es que sepa escribir un poco, excepto en el caso de Miguel Ángel Rodríguez, al que le dejamos que dicte a un mono borracho».

Este departamento también se encarga de las redes sociales: “Hay que darle a ‘me gusta’ en las fotos en las que sales gordo, escribir esos chistes tan buenos sobre gordas en Twitter y publicar fotos de magdalenas de colores en Instagram. Sí, este tema lo lleva el chico gordito del fondo”.

La otra gran área es la de Tetas, en la que otra decena de personas se dedica a colgar fotos y vídeos subidos de tono. No sé muy bien lo que ocurre con este departamento, pero lo cierto es que entro a echar un vistazo el 12 de julio de 1998 y salgo de allí el 2 de octubre de 2013. Me puse a mirar cosas, hice un par de clics y me lié.

«En realidad -explica Adenauer-, esto te podría haber pasado en cualquier departamento. Cuando los datos se transmiten por la internet, ya sea por cable o de forma inalámbrica, se crean unos campos electromagnéticos que rompen el tejido del continuo espacio-tiempo y generan una anomalía. Por eso cuando estamos con la internet y nos ponermos a ver gifs de gatos, el tiempo transcurre mucho más deprisa de lo que nos parece». Los gifs son especialmente peligrosos, «por culpa de la radiación».

Dejo las instalaciones de la internet muy contento con la experiencia. He aprendido mucho acerca de un medio que sin duda será muy importante en el futuro. ¡Estoy ansioso por conocer qué más sorpresas nos traerá la red de redes!

Cómo distinguir a alguien de derechas

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Como todo el mundo sabe, nosotros los de izquierdas somos mejores que los de derechas en casi todo: varios estudios confirman que somos más inteligentes, más guapos y al menos tres centímetros más altos. Además, yo puedo hacer esto con el pulgar. Fíjate, fíjate, ¿a que mola? ¡Y con el otro también!

Durante los últimos años, he observado muy de cerca a la gente de derechas, tanto que incluso en ocasiones llegaba a olerlos. Sí, alguna vez me han llamado la atención por eso mismo. Pero lo importante es que esta experiencia me ha servido para confeccionar una lista de rasgos que en su gran mayoría sirven para identificar a un facha. Lo cual es muy útil si uno, por ejemplo, quiere montar un restaurante sólo para comunistas.

  1. A la gente de derechas no le gusta que la olfateen.
  2. La gente de derechas toma gintonics. Todavía.
  3. A los de derechas les gusta ir de boda.
  4. Y añaden: “¡Mientras no sea la mía!”, para luego reírse muy fuerte.
  5. ¡Los de derechas son calvos! ¡Todos! ¡Sin excepciones!
  6. ¡Las mujeres también! ¡Es horrible! ¡Se quitan la peluca y la dejan en una cabeza de maniquí en la mesilla de noche y luego se bajan uno de los tirantes del camisón, mostrando un hombro, y te guiñan un ojo, con la esperanza de que les hagas el amor con la luz apagada!
  7. Eso, en caso de que estéis casados. Si no, es posible que la mujer llame a la policía y te denuncie por haberte colado en su casa (y en su cama).
  8. Lo cual es muy injusto: el que le ha visto la calva soy yo.
  9. ¿Ves a ese tipo que lleva camisa de manga corta? Es de derechas. Hay que tener mal gusto.
  10. Otra cosa que hacen a menudo los de derechas es masticar con la boca abierta mientras dicen cosas de fachas, como “lo que pasa es que hay mucho vago”, “dicen que hay crisis, pero los bares están llenos”, o “pásame la sal”.
  11. La gente de derechas toma demasiada sal. En serio, un día van a tener un susto, que eso sube mucho la tensión.
  12. La gente de derechas es más de gatos que de perros. Sobre todo los villanos de derechas, que se pasan las tardes acariciando a sus gatos mientras piensan cosas de derechas en sus enormes y malvadas butacas.
  13. La frase anterior suena regular en inglés.
  14. Los de derechas ya tienen el nórdico puesto. ¡Son muy frioleros! ¡Hay que ser fascista!
  15. Hasta donde yo sé, todos los que no saben silbar, son de derechas. (Conozco a una persona que no sabe silbar).
  16. El otro día vi a una señora por la calle que llevaba mucha laca y pensé: “Zorra nazi, por tu culpa nos hemos quedado sin capa de ozono”. Era una tal Pilar Bardem.
  17. Un porcentaje muy elevado de la gente de derechas de más de 40 años está casada y con hijos.
  18. También es habitual que estén pagando una hipoteca. ¡Endeudados hasta las cejas! ¡Putos fachas, qué cosas tienen!
  19. Los fachas van mucho a El Corte Inglés a comprar cosas.
  20. Y a otras tiendas. Son muy de comprar.
  21. Está demostrado que la mayoría de los votantes del PP ha asesinado en alguna ocasión a una stripper en Las Vegas.
  22. Mucha gente de derechas lleva gafas.
  23. Pero no te fíes: ¡hay gente de derechas con lentillas!
  24. La gente con lentillas camina más lento que la gente con gafas.
  25. (Perdón).
  26. La serie favorita de la gente de derechas es Breaking Bad, porque Breaking Bad es buenísima y le gusta a todo el mundo.
  27. La gente de derechas mira la hora en el móvil aunque lleve reloj. Lo cual es muy absurdo. Y lo cual prueba que los de derechas son muy estúpidos.
  28. Qué tonto el tío facha, mirando la hora en el móvil, CUANDO LLEVA UN RELOJ EN LA MUÑECA. Así vota luego, el muy anormal.
  29. Este texto me está saliendo muy largo, así que voy a pegar aquí un gif. El primero que pille de Buzzfeed.
  30. salto
  31. Me he pasado cuatro días y siete horas en Buzzfeed.
  32. Voy a ducharme y a tomarme un café. Ahora vuelvo.
  33. Sigamos hablando de la gente de derechas.
  34. Una cosa que los fachas hacen mucho es ducharse por las noches. Como si fueran niños pequeños. Y luego llegan a la oficina con legañas y el pelo graso.
  35. Es de noche y me he duchado, pero porque llevaba cuatro días mirando gifs de animales. Es algo completamente diferente. Y mañana por la mañana también me ducharé. ¿Por quién me tomas? ¿¡POR JOSÉ MARÍA AZNAR!?
  36. La gente de derechas habla con diminutivos: cafelito, cortadito, cruasantito, cervecita…
  37. Excepto cuando se trata de gintonics. Entonces es “copazo”.
  38. Los de derechas tienen los nudillos más peludos que los de izquierdas. Fíjate, fíjate.
  39. Los peperos tienen tres pezones.
  40. ¿Cómo distinguir a una persona de derechas en un museo? Pregúntale si es de derechas. Si te contesta que sí, es muy probable que lo sea.
  41. Aunque igual ES UN EMBUSTERO.
  42. Lo mejor será secuestrarlo y torturarlo hasta que confiese la verdad.
  43. La gente de derechas está leyendo esto y pensando “pero qué gilipollez”. Los de izquierdas, no. Los de izquierdas saben dónde vivo y vienen a prenderle fuego al edificio.
  44. ¡Socorro! ¡Avisad a la policía! ¡Socorro, peperos, que los comunistas me queman vivo!
  45. Está toda la casa llena de humo… No puedo salir, han atrancado la puerta…
  46. Intentaré llegar a la ventana… Sólo es un primero… Puedo lograrlo…
  47. No puedo respirar… Malditos fachas…
  48. En caso de incendio, la gente de derechas es muy de quemarse.
  49. He llegado… Está abierta… He de ponerme en pie…
  50. Estoy colgando… Ahora debería dejar de teclear y soltarme…
  51. Primero el portát
  52. il. Y ahora
  53. yo.
  54. Creo que me he torcido un tobillo. Y tengo los ojos y la garganta en carne viva por culpa del humo y del calor. Pero al menos he sobrevivido. Ahí llegan los bomberos.
  55. ¿Serán de derechas los bomberos? Voy a preguntarles.

Es que no soy persona

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Jaime Rubio ha sido absuelto esta mañana del cargo de asesinato, tras un giro inesperado de los acontecimientos, que han pasado a ser los sotneimicetnoca. El juicio se preveía un paseo para el fiscal, quien de hecho se presentó con calzado cómodo y expuso los hechos entre bostezos: Rubio había asestado diecinueve sillazos en la cabeza a un compañero suyo de trabajo, para después arrojarlo por la ventana. “Acto seguido, cogió el ascensor, bajó a la callé y saltó sobre su cabeza una docena veces, salpicando a varios transeúntes”.

El juez hizo una pausa para que el jurado fuera a vomitar antes de que el abogado de Rubio llamara a declarar al acusado. Le preguntó si negaba los hechos relatados por el fiscal y Rubio contestó que no, pero que eso no significaba que hubiera asesinado a nadie, al contrario.

“Verá -siguió Rubio-, este compañero decía cada mañana que hasta que no se tomaba su cortadito de las diez, no era persona. Cada mañana. Sin excepción. Varias veces. Antes y después del café. Que además bajaba a tomar con él, momento que aprovechaba para insistir una o dos veces más en que no era persona hasta que se tomaba este cortadito. No hablaba de un cortado, no, sino de un cortadito. Con el diminutivo incluido. Yo le arrojé por la ventana a las nueve y media, media hora antes de bajar al bar”.

El abogado defensor de Rubio solicitó al juez que sobreseyera la causa, “ya que no se puede hablar de asesinato si Rubio había arrojado por la ventana algo que no era una persona, sino un objeto o como mucho un animal”.

El fiscal arguyó que el compañero de Rubio había dicho que no era persona hasta después del cortadito de las diez, “pero bien podía referirse al cortadito de las diez del día anterior, y por lo tanto todavía sería persona a las nueve y media del día siguiente. No hay por qué suponer que uno deja de serlo cuando se va a dormir”.

Ante la imposibilidad de establecer si se refería o no a ese café anterior y ni tan si quiera si se lo había tomado, el juez dio por bueno el argumento de la defensa, aplicando la presunción de inocencia y, eso sí, condenando a Rubio a pagar los gastos de tintorería de aquellos a quienes había salpicado con la sangre y los sesos de su compañero.

Te has hecho algo en el pelo

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(Estoy acabando una novela, cuyo título provisional es Te has hecho algo en el pelo. Aquí tenéis las cuatro primeras páginas. Si no os gustan, es porque sois gordos y tenéis granos).

 

-¿Te has hecho algo en el pelo?

Así empezó todo. Con una pregunta anodina, quizás algo peligrosa, teniendo en cuenta que se la estaba haciendo a mi mujer un sábado por la mañana. Si la respuesta a esa pregunta era afirmativa, ya tendría que haberme dado cuenta la tarde anterior.

-No -contestó ella-. Hace más de un mes que no voy a la pelu. ¿Por qué lo dices?
-No sé, te lo veo más claro.

Y sí, se lo veía más claro. Si me hubieran preguntado de qué color era el cabello de mi mujer, hubiera contestado, sin dudar, “castaño oscuro, casi negro”. Desde siempre. No se lo había teñido en todos los años que llevábamos juntos. Pero ahora la estaba mirando y lo veía castaño claro, casi rubio.

-Será la luz -añadí, girando la cabeza, intentando buscar algún reflejo del sol que se me hubiera escapado y que hacía que el cabello de Mireia pareciera, eso, más claro-. O igual es que estoy medio dormido todavía.
-¿Rebeca ha desayunado?
-Sí, le he calentado la leche mientras estabas en el baño.
-No me gusta que vea la tele cuando desayuna.
-Bah, déjala, están echando uno de sus setecientos programas favoritos.
-…
-No gruñas. Es sábado. Los sábados por la mañana los niños ven la tele mientras sus padres olvidan toda la semana anterior. Yo lo hacía. Tú lo hacías. ¿Recuerdas La bola de cristal?
-A mí no me dejaban ver tanta tele como a ti.
-Así has salido.
-No, perdona, así has salido tú.

Me había despertado una mañana y mi mujer tenía el pelo de otro color. Tampoco era tan grave. No tenía una joroba, ni le faltaba un ojo. Intenté olvidarme del tema, asumir que me había despistado, olvidado. Decidí comportarme con normalidad. Estaría aún medio dormido. Seguramente mi cerebro todavía no funcionaba a pleno rendimiento. Me hacía mayor.

La mañana transcurrió como cualquier otra mañana de sábado, con la excepción de que no dejaba de mirarle el cabello a Mireia. Rebeca jugó, yo me duché y bajé al supermercado, también preparé la comida y acepté la propuesta horrible para pasar la tarde que hizo Mireia, si bien hay que admitir que podría haber salido de cualquiera de los dos.

-Podríamos ir a l’Illa. Rebeca necesita zapatos. Y a ti no te irían mal unos tejanos.

Fuimos a ese centro comercial, igual que aproximadamente la mitad de Barcelona. Todos dábamos tumbos de tienda en tienda, pensando por qué diablos estábamos allí con toda esa gente, pero conscientes de que dentro de dos o tres semanas volveríamos a venir y a agobiarnos y a quejarnos.

Como es natural, Rebeca se puso imposible, igual que todos los críos de su edad en una situación similar. Escogimos unos zapatos que le gustaban, pero que luego, nada más salir de la tienda, ya no. Manifestó su disgusto con un llanto forzado. La reñimos con escaso convencimiento, ya que nosotros mismos también estábamos algo hartos de aquel escenario y teníamos ganas de tener cinco años y soltar una pataleta. Mireia se probó varios vestidos de verano y un par de camisetas. No se compró nada. Yo no quise ir a ninguna de mis tiendas. Demasiada cola en los probadores. En una tienda vacía, podía tardar cuatro minutos en comprar unos tejanos. En aquellas igual tenía que pasar una hora. Demasiado. No estaba capacitado para llevar a cabo un esfuerzo semejante. Mireia volvió a las mismas tiendas en las que ya había estado para probarse la mitad de las prendas que ya se había probado. Ante una nueva y justificadísima, seamos sinceros, pataleta de Rebeca y ante mi también excusable cara de fastidio, Mireia nos envió a tomar un refresco mientras agarraba perchas como si se las fuera a clavar a alguien.

Salimos de allí a las ocho, estresados y malhumorados, con tres bolsas de ropa que no le acababa de gustar a nadie. Y yo con unas ganas terribles de beberme tres cervezas. Sólo que no podría porque habría que prepararle la cena a la niña, ponerle el pijama y luego ella querría jugar a algo y cuando finalmente se acostara ya se me habrían pasado las ganas de tomarme no tres, sino ninguna.

En todo ese tiempo intenté quitarme de la cabeza el hecho de que seguía viendo el cabello de Mireia de otro color. Pero no podía. Le miraba el pelo fijamente, cuando no atendía, claro, para no ponerla nerviosa, buscando el motivo que me hacía verlo en otro tono o el que me hacía recordarlo de otra manera. Incluso miré las fotos que tenía de ella en el móvil, mientras tomaba una Coca-Cola con Rebeca, sólo para comprobar que no, que su pelo nunca había sido castaño oscuro, casi negro, y que ese castaño claro, casi rubio, era su tono natural, o al menos el que aparecía en todas las fotos que tenía guardadas.

-No pienso volver con vosotros de compras un sábado -dijo, precisamente, Mireia, durante el paseo de vuelta.
-Menos mal -contesté, esbozando una sonrisa.
-¿Por qué? -Preguntó Rebeca desde mis hombros.
-Porque somos muy pesados.
-¿Mamá está enfadada?
-No, claro que no estoy enfadada.
-Sí que lo está. Y para que no lo esté más, tú y yo vamos a preparar la cena cuando lleguemos.
-Quiero tortilla de patatas.
-Pues tortilla de patatas.

Los tres llegamos a casa con mejor ánimo. Nos subimos en el ascensor y apretamos el botón del cuarto piso. Yo salí primero y, como de costumbre, hice mi imitación de mayordomo, que consistía en sostener la puerta e inclinarme mucho, con el rostro muy serio.

-Señoras, por favor.

La primera en salir fue Rebeca, dando saltitos. Le siguió un bulto negro, que era un cochecito para bebé en el que dormía un niño de alrededor de un año. Empujando el carrito estaba Mireia, con cara de cansancio.

-¿Tienes tus llaves? -Me preguntó.
-Er… Pues… Sí, sí, las tengo.

Abrí la puerta de casa. Mireia aparcó el carrito en el recibidor y sacó al niño, sin despertarlo.

-Voy a bañar a Xavi -me dijo-. Si quieres ir haciendo la cena…
-Sí, claro, la cena…

Me quedé parado, de pie, supongo que con la boca entreabierta, mientras Mireia se llevaba a aquel crío al cuarto de baño.

-Papá, papá -Rebeca tiraba de mi mano-. ¿Te puedo ayudar con la tortilla? ¿Puedo batir el huevo?
-Ehm… Sí…
-El tete no puede cocinar.
-No, el tete es pequeño.

Mi temporada en Ferrari

carreras

Es posible que mucha gente no sepa que yo estuve a esto de ser piloto de Fórmula 1. Para quienes me lean y no me vean dictarle el texto a uno de mis chimpancés-secretario, debo aclarar que al mismo tiempo que decía la palabra «esto», acercaba los dedos índice y pulgar de mi mano derecha, dejando entre ellos espacio para apenas dejar pasar el cerebro de un periodista del corazón.

El caso es que los capos –ja, ja, capos, como son italianos… Es una broma mía– de Ferrari me ofrecieron la posibilidad de hacer unas pruebas con ellos, dada mi pericia al volante y tras los sorprendentes tiempos que había conseguido en unas sesiones con Minardi, equipo que aún existía por aquel entonces.

Creo que no es necesario decir que acepté encantado. Así que no lo diré. Mono, borra, la frase. ¿Pero qué escribes? ¿QUIERES DEJAR DE ANOTAR? ¿PERO QUÉ HACES? ¡TRAEDME A OTRO MONO QUE NO SEA RETRASADO!

(Gritos. Forcejeos. Latigazos).

Disculpad. Prosigamos con la historia.

Acudí al circuito italiano de Mugello, donde recibí la calurosa bienvenida de los mecánicos de la escudería, que por algún motivo me confundieron con el técnico de la máquina de café. Movido por mi espíritu de equipo, deseoso de mostrar mis habilidades técnicas y como además soy muy tímido, intenté arreglar la máquina.

Sólo recuerdo una explosión, gritos y sangre.

Dos días más tarde salí del hospital y volví al circuito, donde me recibió Luca di Montezemolo, que me dio su tarjeta. Al ver que su segundo nombre era Cordero, me entró un ataque de risa que le hizo llorar un poco.

Me sentí poco menos que cumpliendo un sueño cuando me puse el mono rojo sobre los hombros. Claro que aquello fue una broma de los mecánicos. Ja, ja. Me habían cambiado el mono por otro mono: un babuino rabioso que me mordió el ojo izquierdo tras confundirlo con una nuez. Ja, ja. Ahí nació mi amor por los monos.

El caso es que ya convenientemente equipado, me metí en el coche y di las últimas instrucciones a mi equipo. «Me lo llenas de súper y echa un vistazo a ver qué tal está el aceite. Y pon estas pegatinas de llamas en los alerones, que así seguro que va más rápido”. Sin duda, los mecánicos quedaron impresionados con mis conocimientos. No quedaba duda de que sería de gran ayuda para poner el coche a punto.

Apreté el acelerador y salí a todo gas del box. Me llevé por delante a la jefa de prensa de Fernando Alonso e incrusté el coche en el muro. Le intenté echar la culpa al mono y el babuino se enfadó y me mordió la oreja. Reconozco que con razón: el pobre bicho estaba tan tranquilo con sus cosas, sentado en el alerón delantero, y no había tenido nada que ver con el accidente.

Como Cordero (yo ya le llamaba así) estaba convencido de mis posibilidades, me dio una segunda oportunidad. Una vez se hubieron apartado todos los mecánicos, salí con algo más de tranquilidad y logré meter el coche en pista. Cuatro horas y diecisiete minutos más tarde completaba mi primera vuelta. El ingeniero de pista me preguntó si todo iba bien. Le dije que sí, sólo que no tenía muy claro cómo cambiar de marcha. No encontraba la palanca.

Todo fue más fácil después de que me explicara que las marchas se cambiaban con unas palanquitas que había en el propio volante. Mejoré mucho mis tiempos una vez supe eso. Seis o siete segundos. Eso fue lo que tardé en salirme de pista a doscientos noventa kilómetros por hora e incrustar el bólido en la ambulancia que se llevaba (muy lentamente) a la jefa de prensa a la que había atropellado antes.

Una vez me sacaron del coche con una grúa, mantequilla y una espátula, tuve una charla con Cordero, que quería saber cómo era posible que hubiera conseguido unos tiempos tan buenos con Minardi. Le expliqué que los nervios me habían traicionado y que lo único que tenían que hacer era sustituir el volante por un mando de la Play Station. “Es que me cambiáis los botones de sitio y me lío. Y ponédmelo en modo automático, que lo de cambiar las marchas es un rollo”.

Finalmente no me contrataron, imagino que por no haber podido llegar a un acuerdo con mis patrocinadores (Vermutería Los Mundiales), así que después de recibir una paliza de unos amiguetes de Cordero, Ferrari y yo dimos por concluida nuestra relación profesional.

Guardo un recuerdo muy grato de aquella experiencia. Sí, es el mono. Jamás aprendió a teclear, así que me lo comí. Uso su cráneo para beber té.