¿Quieres cogerla en brazos?

fiesta

—¿Una cerveza?
—Sí, gracias.
—Pues hace buen día, ¿no?
—La verdad es que tienes una terraza de puta madre.
—Compramos el piso por eso.
—Está muy bien, sí.
—Tu eres el novio de Sandra, ¿verdad?
—Sí.
—No te conocía.
—Huy, ya ha venido un par de veces.
—Es que nosotros con la cría ya casi no salimos.
—Normal… Sandra ya me contó…
—¿De día se ve el mar?
—Qué se va a ver el mar.
—¿Y Sandra ha venido?
—Sí, sí…
—Claro que ha venido, no va a venir el chaval solo.
—Yo qué sé, no la he visto.
—Está en la cocina, ayudando a Jordi con las tortillas.
—Espero que sin cebolla.
—No empecemos.
—Yo creo que se tiene que ver el mar.
—El bebé se ha despertado.
—Huy, voy.
—¿Y a qué te dedicas?
—Estoy estudiando unas oposiciones. Para juez.
—Anda.
—Esas son jodidas.
—Sí… De hecho, lo dejé un tiempo y estuve trabajando porque no me veía… Pero el año pasado aproveché que me quedé en paro y me dije, venga.
—Huy, mira quién viene.
—Hola, pequeñuela. Huy, qué carita.
—No, si cuando se despierta no está para historias.
—Tiene mirada de cabreo.
—Sí, ¿verdad? En eso ha salido al padre. Por las mañanas no se le puede hablar.
—Yo creo que sí se ve el mar.
—¿Pero tú ves el mar?
—Hoy está nublado.
—Ay, qué rica. ¿Puedo cogerla?
—Claro.
—Ven aquí. Huy, qué guapa. Pero qué guapa.
—¿Cómo se llama?
—Noelia.
—¿Cómo el padre?
—No…
—En realidad, nadie de la familia se llama Noelia.
—Mi hermana se llama Noelia.
—Nos gustaba el nombre.
—Ya, era una… Una broma… Perdón… Es muy mona, sí.
—¿Quieres cogerla?
—Huy… No… Yo… No soy muy de… No…
—Déjale al pobre en paz.
—No, toma, cógela, que es muy buena.
—No, que yo…
—Tranquilo, si le gusta la gente. ¿No ves como la he cogido yo?
—Ya, pero no sé si…
—Que sí, hombre. No seas tím…
—¡Ah!
—¡AH!
—¡No!
—¿Pero qué…?
—¡DIOS DIOS DIOS DIOS!
—¡No la toques!
—¡AH! ¡AH!
—Yo… Yo…
—¡Que alguien llame a una ambulancia!
—¡Pero…!
—¡Está…!
—Lo siento… Yo… No…
—¡No la toquéis, que es peor!
—¡Pero cómo voy a dejarla ahí!
—¿Qué pasa? ¿Qué gritáis? Pero… ¡Noelia!
—¡Llevadla al sofá!
—¿Eso es sangre?
—Ay Dios no respira ay Dios.
—¡No la toques, joder!
—¡Mi hija! ¡Mi hija! ¡Que no respira! ¡Haz algo, Jordi!
—¡No la toques! ¡Que alguien llame a un médico!
—¿Qué coño ha pasado?
—¿Cómo se ha dado así?
—Con la mesa.
—¿Pero dónde estaba?
—El imbécil de tu novio.
—Yo… No… Yo no…
—Sí, necesitamos una ambulancia. Es un bebé. Se ha caído. No lo sé, no… Bajad un poco la voz, que no oigo nada.
—¿Pero qué has hecho?
—Yo… Yo no quería… No quería cogerla…
—¡Mi hija! ¡Joder! ¡Has matado a mi hija!
—Venid aquí los dos.
—¡No la podemos dejar ahí!
—¡No la toquéis!
—¡No respira, joder!
—¿Qué podemos hacer mientras llegan? Sí, páseme con el médico, por favor.
—Yo… Yo no quería… Me la han puesto en… En los brazos… Y…
—¡Yo lo mato! ¡Lo mato!
—¡Jordi, ahora no!
—¡Jordi! ¡Tu mujer!
—¡Ana!
—¡Ana, por el amor de Dios, baja de ahí!
—Que no, que mi hija se ha muerto.
—¡Ana, por Dios!
—Dicen que no la movamos. Que sólo miremos que esté cómoda.
—¿Cómoda? ¿Qué coño significa eso? ¡No respira! ¿Le has dicho que no respira?
—Joder, no me he enterado. Llamo otra vez, llamo otra vez.
—Yo no puedo, Jordi, yo no puedo…
—¡Ana, baja de ahí!
—Yo… Lo siento… Yo…
—¡Ana!
—¡Ana, no!
—¡Ana!
—¡Ana, por Dios!
—…
—…
—…
—…
—…
—Joder.
—Llama a… Llama… No sé…
—Jordi… No… Jordi.
—Joder.
—…
—…
—…
—…
—Ni siquiera me gustan los niños.

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Disculpe por haberle hecho esperar

dig-bitch

Los faros de un coche iluminan un claro. Un tipo suelta una pala y trepa para salir de una enorme zanja, sudando, lleno de tierra, con la camisa algo rota. Le sangra una ceja y tiene un ojo amoratado. Otro hombre le espera arriba, fumando, con una pistola en la mano. Cuando el primero termina de salir, jadeando y tosiendo, el de la pistola le pide que se ponga de rodillas.

-No… Por favor, no… No me mates… Te pagaré el doble de lo que te hayan ofrecido… Yo… No… No lo…

Suena un móvil. El tipo que está de rodillas se mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono y mira la pantalla, con cara de fastidio.

-Disculpa, tengo que cogerlo. Sí… Sí, soy yo… Sí, eso es; se trata de una factura que me llegó con un importe incorrecto. A ver, ya se lo he explicado a sus compañeros cuatro o cinco veces. Es que siempre me hacen volver con lo mismo, ¿no lo tiene anotado ahí? Mire, en la factura de febrero… Sí, febrero… No, no la llevo encima, me pilla fuera de casa. Sí, espero. Perdona un momento -le dice al tipo armado-. Es que si no, me toca llamarles otro día y me tienen un cuarto de hora esperando con la musiquita. Sí, aquí estoy. Bien, pues si ve la factura de febrero, hay como unos ocho euros bajo el concepto de roaming y como ya les he explicado, es imposible que me cobren eso porque yo llevo más de seis meses sin salir del país. A ver, me da igual, no es problema mío que su sistema diga que sí. No, claro que no puedo demostrarles que no he estado en el extranjero. ¿Qué pretende? ¿Que fiche cada día en el portal? Son ustedes los que… No, a ver un momento… Lo que tienen que hacer es… No… Sí, espero. Perdona, ¿eh? -añade, dirigiéndose al otro tipo, que aún le apunta con la pistola-. En seguida termino. Es que esta gente… Por ocho euros de mierda, el lío que me están armando. Y no es la primera vez. En cuanto se me acabe la permanencia, cambio de compañía. Sí, sí, sigo aquí. Sí. No. No, no, no haga eso. Es la cuarta vez que me dicen lo mismo. No me haga el numerito de abrir otra incidencia porque lo único que va a pasar es que dentro de tres o cuatro días voy a tener que volver a llamarles y voy a tener que repetir otra vez esta conversación con otra persona que volverá a abrir otra incidencia o añadirá una nota en esta incidencia si es que aún no la han cerrado. Que no, oiga, que no. No. Mire, ¿cuánto me cobrarían por irme a otra compañía antes de que termine la permanencia? Mírelo, por favor. Sí, dígamelo. Espero. No es un farol -añade, de nuevo hablando con el tipo que le apunta con la pistola y que le hace signos para que cuelgue-. Ya estoy harto. Si tengo que pagar cien euros, pues los pago. Pero de mí no se ríe nadie. Sí, aquí estoy, sí. Cuarenta y ocho euros. Muy bien. Pues quiero que en las observaciones a esa incidencia que va a volver a abrir ponga bien claro que si este tema no se ha solucionado el jueves que viene, me iré a otra operadora y además avisaré al banco para que no les abonen ninguna otra cantidad. Y pienso poner una reclamación en consumo. Ya sé que usted sólo es un mandado y no tiene culpa de nada, pero no pienso consentir que se vulneren mis derechos. Ya, ya, lo que usted diga, pero me están haciendo perder un tiempo que no tengo por ocho ridículos euros. Adiós, buenas noches. Gracias, adiós, adiós.

Guarda el móvil, mostrando cierta satisfacción.

-No me gustan nada estas cosas. Me dejan muy mal cuerpo. Pero mira, al menos les he dejado las cosas claras. Llevo semanas arrastrando este tema porque juegan a eso. A que te canses, aunque tengas razón. Pues no me da la gana.

El tipo que está de pie tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la suela de sus botas. Le vuelve a apuntar con la pistola.

-Oh, es verdad. Lo había olvidado.

Algunos trucos de belleza

guapas probablemente ya muertas

Cuando paseo por la calle la gente acostumbra a maravillarse de mi aspecto físico: pocos son los que pueden dejar de mirarme y muchos los que gritan, excitados, “PERO DE DÓNDE SALES, POR EL AMOR DE DIOS, TÁPATE UN POCO”. Los hay que incluso arrancan a llorar o acaban vomitando.

He decidido compartir algunos de los trucos de belleza que me han convertido en un hombre tan atractivo que el Ministerio de Sanidad me ha multado en tres ocasiones. Sobre todo ahora que llega el buen tiempo y lucimos más cuerpo que el resto del año, siempre que la policía nos deje acercarnos a la playa y no haga aquello de taparnos con una manta y atarnos a las duchas hasta que llegan los empleados del zoo.

  • La barba favorece y sigue estando de moda. Igual que las gafas de sol. Y el pasamontañas. Y el turbante. Y la bufanda enrollada desde la coronilla hasta el cuello. Y la máscara al estilo fantasma de la ópera.
  • La oscuridad es tu aliada: yo me siento especialmente atractivo de noche, en casa, con las luces apagadas y las persianas bajadas. De vez en cuando las levanto para tirarles una botella a los perros que ladran frente a mi portal.
  • Otra arma infalible es la distancia. Soy mucho más guapo a tres kilómetros que a treinta metros. Ninguna chica deja que me acerque más. Supongo que corren el peligro de enamorarse.
  • Un truco que nunca me falla es salir a la calle tapándome la cara y gritando: “NO ME MIRÉS, NO ME MIRÉIS, AH, POR QUÉ HAY TANTA LUZ, NO ME MIRÉIS O ME COMERÉ A VUESTROS HIJOS”. Impacto asegurado.
  • Las jorobas son el complemento de la temporada. Además, son muy útiles en caso de que el objeto de tu amor necesite un hombro sobre el que llorar. Toma hombro. No has visto un hombro así de grande, turgente y lleno de venas en tu vida.
  • No te duches demasiado: podrías dejar de emitir feromonas. Un cierto olor a sudor, además de un sugerente aliento a yogur, ayudan a subrayar nuestro atractivo y a destacar entre todos esos afeminados que insisten en “peinarse” y “lavarse las orejas”.
  • El pelo en la espalda queda feo, pero si te haces unas trencitas, pasa a ser un rasgo alegre y divertido, y además demuestras que no tienes complejos y sí mucha flexibilidad en los brazos. Sin lacitos, que eso ya es demasiado.
  • La simetría es aburrida y está obsoleta: tener las dos orejas al mismo lado de la cara me ha dado pie a muchas conversaciones iniciadas por un “POR FAVOR, NO ME TOQUES”.
  • Si te quedas calvo, lo mejor es llevarlo con dignidad y amputarte la cabeza.
  • O afeitarte toda la cabeza. Y el resto del cuerpo. E irte a vivir a una cueva.
  • La belleza viene en gran medida determinada por la genética: si tus padres no son muy guapos, cómprate unos nuevos. ¡Notarás el cambio en seguida.
  • También me dicen muy a menudo que calladito estoy más guapo. Intento hacerles caso, pero tengo tanto conocimiento que compartir. Pero tanto.

(Fuente de la imagen).

El peor hotel del mundo

hotel

(Estaba consultando hoteles en Tripadvisor y me he encontrado con esta crítica. No menciono ni la ciudad ni el hotel, porque no sé si creérmela, pero desde luego, se me han quitado las ganas de reservar).

Nuestra estancia en el Hotel X fue francamente decepcionante. Lo primero que vimos al llegar, además de la puerta, fue la recepción, lo cual nos pareció exageradamente convencional para un establecimiento que en su página web asegura ser, cito textualmente, “moderno”.

La segunda decepción vino con el propio recepcionista. Le pregunté si tenía una habitación reservada a mi nombre y me contestó que por supuesto. Pero eso era muy fácil, dado que mi nombre es muy común. Dudo que hubiera tenido una reserva a mi nombre de haberme llamado, por ejemplo, Hermenegildo Sigüenza.

Pedí que me llevaran las maletas a la habitación, pero el botones se negó a subir por las escaleras, a pesar de que era evidente que por ascensor no tenía ningún mérito. Para añadir dificultad y por tanto valor a su tarea, me senté en una de las bolsas y le ordené a mi señora esposa que se subiera a horcajadas sobre su espalda.

No conseguimos llegar a la habitación hasta después de tres horas y cuarto, gran parte de las cuales las pasamos oyendo anécdotas absurdas del botones, como “por favor, estoy muy mal de la espalda” y “tengo 87 años”. La gente se empeña en contarme su vida. Debo tener cara de psicólogo.

Una vez dentro, le exigí al botones que me abriera las maletas y ni siquiera pudo esquivar el dardo tranquilizante. Es una trampa que uso por si alguien me roba las maletas y para detectar botones lentos de reflejos.

Tras arrastrar el cuerpo de aquel señor hasta el pasillo, decidí probar si la habitación era lo suficientemente segura, por lo que vacié una botellita de ginebra del minibar en la cama y arrojé una cerilla. ¡Ardió en llamas! ¡Nos habían dado una habitación inflamable! ¡Qué locura!

Llamé a recepción e insistí en que quería cambiar de habitación, pero se empeñaron en que cuando suena la alarma de incendios hay que desalojar el edificio. Ni siquiera me escucharon cuando les dije que no había motivo para preocuparse, ya que el fuego era mío.

Tras una ruidosa y molesta visita de los bomberos, nos dieron finalmente otra estancia, que resultó ser exactamente igual que la anterior. Es más, cuando le pregunté al botones si la cama ardería en caso de que repitiera lo de la ginebra y la cerilla, me respondió con total desfachatez que probablemente sí.

-Tendremos que hacer turnos para no morir en un incendio -le dije a mi esposa-. Yo dormiré al principio y a partir de las ocho de la mañana podrás descansar tú.

Le pedí al botones que volviera a abrir la maleta, pero se negó, por lo que le clavé en el ojo un dardo tranquilizante que siempre llevo en el bolsillo de la chaqueta por si alguien me niega cosas.

Quise probar el servicio de habitaciones y resultó ser también mucho peor de lo que cabía esperar en un establecimiento que se supone que quiere complacer a sus clientes: pedí que me subieran dos bocadillos y dos cervezas, tres prostitutas de algún país del este, seis botellas de champán, a Juan Tamariz, un elefante, a José Tomás y seis mihuras. Y el elefante resultó ser indio y no africano. ¿Acaso creían que no me iba a dar cuenta? Qué poca clase.

A pesar de que los bocadillos no estaban nada mal y de que al final nos comimos a José Tomás con ayuda de los toros, mi mujer y yo decidimos cenar algo caliente en el restaurante del hotel. Eso sí, de camino al ascensor comprobé si la moqueta del pasillo era también inflamable y resultó serlo.

-Vamos a morir esta noche -le dije a mi esposa, que estaba visiblemente disgustada, como se podía apreciar por su forma de agarrar el bolso.

Antes de entrar en el restaurante, pasé por recepción y le expliqué la situación de la moqueta al recepcionista, cuya única respuesta fue desarrollar un tic muy molesto en el ojo izquierdo y tragarse dos analgésicos de golpe y sin agua.

Aproveché para comentarle otro asunto en el que la publicidad del hotel MIENTE DESCARADAMENTE: la página web insiste en que el establecimiento está “bien situado, cerca de las zonas turísticas”, cuando lo cierto es que está a varios cientos de kilómetros del centro.

-Señor -contestó el recepcionista, reprimiendo las lágrimas-. Usted está pensando en el centro de su ciudad. Estamos en otro país.

Cambiar de tema es el recurso de los débiles cuando están perdiendo una discusión. Lo di por imposible y le comenté a mi señora que no dejaríamos propina.

El restaurante resultó ser uno de los peores en los que he estado: nos tuvimos que sentar en dos bicicletas estáticas y no conseguimos que ningún camarero nos hiciera caso; estaban todos corriendo en cintas mecánicas o levantando pesas. Ese hotel era de locos. Baste decir que al final tuvimos que cenar en el gimnasio, que a su vez estaba lleno de mesas y donde, todo hay que decirlo, servían un risotto de setas bastante aceptable.

Pero lo peor fue cuando nos acostamos para dormir. Notamos un ruido muy molesto que no sabíamos de dónde venía: ¿la calefacción? ¿Quizás las cañerías? Ni idea, porque abrí varias paredes y desmonté unas cuantas tuberías sin éxito. El ruido era tan infernal que otros huéspedes del hotel se quejaban en voz muy alta y me gritaban cosas como “que pare ese ruido”. Encima con exigencias. Les grité que sólo era otro huésped con algunas nociones de fontanería, pero aún protestaron más. Como para ir haciendo favores.

Dado que no podíamos dormir, mi mujer y yo intentamos hacer el amor, pero con tanto disgusto no pude evitar un gatillazo, achacable única y exclusivamente al deficiente servicio del hotel. De hecho, era la primera vez que me ocurría algo semejante. Por eso me resultó aún más sorprendente que el botones se negara a complacer a mi esposa, a pesar de que prometí una buena propina. Tuvimos que volver a llamar a Juan Tamariz, que lo hizo seis veces, pero todas con la mano, como se puede ver en el siguiente vídeo.

En definitiva, no pienso volver a este hotel. Y yo le quitaría al menos una de las dos estrellas de las que presume.

(Fuente de la imagen).

10 imprescindibles en mi armario


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Gracias a mi elegancia y a mi buen gusto me he convertido en una referencia de estilo entre amigos y conocidos. No son pocos quienes se acercan y me preguntan, por ejemplo, “¿a qué cadáver le has robado esa chaqueta?” o “¿por qué no llevas pantalones?” en referencia a mi inmortal clasicismo y a mi divertido atrevimiento, respectivamente y por poner dos ejemplos.

Con el objetivo de echar una mano a tanto despistado como hay por el mundo, reúno diez prendas imprescindibles de mi armario, con el objetivo de ayudar a que la gente también se gire a vuestro paso por la calle y, movida por la emoción extrema, llore sangre hasta vomitar.

  1. Otro armario. Sí, dentro de mi armario tengo encajado otro armario, con lo que puedo disfrutar del doble de espacio. (Esta idea de decoración la saqué de El tercer policía, de Flann O’Brien).
  2. Una guitarra que nunca aprendí a tocar. Es el último hobby que he abandonado, pero en mi armario también hay dos libros de magia y siete barajas Bicycle, un set para aprender a pintar al óleo, mi colección de casas de muñecas, un piano de cola, un zorro a medio taxidermizar (aún está un poco vivo), mi colección de gatitos bonsái y mi profesor de alemán.
  3. Un túnel secreto. En mi caso, va a dar al lavabo, porque es un piso pequeño y si haces un agujero en la pared no te encuentras pasajes subterráneos que van a dar al ala este del castillo, lo cual es una pena. Pero al menos tardo tres segundos menos en llegar al baño, cosa que se agradece algunas mañanas.
  4. Diecisiete bambas y zapatos viejos. Una zapatilla de felpa con la suela despegada. Una chancla de Los Ángeles Clippers que no es mía y que no sé cómo ha aparecido allí. El pie de un maniquí, que lamo durante las noches de insomnio. El tacón de un zapato de señora.
  5. Tres bolsas de plástico. Debería sacarlas y meterlas en la bolsa de las bolsas que tengo en la cocina, pero qué pereza, ¿no?
  6. Esqueletos. Un clásico que siempre viene bien para el fondo de armario. Preferiría tenerlos enterrados en el jardín, donde quedan mucho mejor, pero soy pobre y vivo en un piso pequeño. Me sabe mal porque la escena clásica de la policía desenterrando huesos y contando víctimas le da mucho encanto y elegancia a una casa, pero no se puede tener todo.
  7. Cuarenta y tres perchas metálicas de estas cutres que te dan en la tintorería y que no sirven para nada, pero que tengo apiladas por si acaso. ¿Por si acaso qué? No sé, igual el resto de mis perchas EXPLOTA.
  8. Una caja de zapatos en la que guardo algunas polaroid de mi pasado, junto con tres pasaportes de tres países diferentes, unos cinco mil euros en dólares, rublos y yenes, una pistola cargada, unas gafas de sol, una gorra de béisbol y un bigote postizo.
  9. Una polilla del tamaño de un puño. Le dejo cerca las camisetas viejas. La convivencia es tensa, pero pacífica. Yo no molesto y ella no me ataca.
  10. Ah sí, esto me recuerda a que también guardo algo de ropa.

No quiero terminar sin recordaros que ya no se lleva eso de encerrar a gays dentro del armario. No sólo es muy años 90, sino que además resulta que es delito y ya aprendí la lección, como le expliqué al juez que firmó mi libertad condicional tras cuatro años de cárcel.

(Fuente de la imagen).

22 ventajas de ser el último superviviente del planeta


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¿Quién no ha provocado alguna vez una guerra mundial o ha liberado un virus para el que no hay cura y en consecuencia ha exterminado a toda la población del planeta? Qué vergüenza, ¿no? Se te queda cara de tonto y no sabes ni cómo empezar a disculparte. Más que nada porque están todos muertos o son mutantes que quieren comerse tu cerebro y no están para oírte hablar sobre tu “despiste tonto”.

Es cierto que la situación se presenta complicada: estás solo en el mundo, tienes que refugiarte en un bunker rodeado de minas para que no te ataquen los mutantes, no hay electricidad ni agua corriente y, lo que es peor, no te dio tiempo a ver el final de True Detective.

De todas formas, esta situación tiene más ventajas que inconvenientes. Sólo has de ser optimista y disfrutar el momento. Por ejemplo, es cierto que no pudiste ver el último episodio de True Detective. Pero al menos tampoco tuviste que leer las seis mil millones trescientas doce mil cuatrocientas sesudas críticas al respecto.

¡Y aún hay más puntos a favor!

  1. “Toda la humanidad ha muerto” es la mejor excusa del mundo para beber solo. ¿Qué vas a hacer? ¿Esperar al viernes para beber con tus amigos? ¿Amigos a los que HAS ASESINADO? (Excepto Álex, que ahora sólo tiene un brazo y come palomas mientras lanza gemidos muy guturales).
  2. Nadie llama por teléfono para “charlar un rato, que hace mucho que no sé nada de ti, ¿qué tal todo? Cuéntame”.
  3. Ya no hay más grupos de Whatsapp. No te enviarán vídeos de los Morancos ni chistes que ya habías leído en Twitter.
  4. Twitter es mucho mejor desde que sólo escribes tú.
  5. También es verdad que como no hay internet, Twitter es el nombre que le has puesto a la piedra con la que hablas cada noche.
  6. No tienes que volver a madrugar nunca más en la vida. Ni siquiera necesitas despertador. Como mucho, campanas y otras alarmas caseras que te avisen cuando los vampiros postapocalípticos se acerquen a tu cabaña del bosque.
  7. El chocolate también caduca. Lo cual significa que DEBES comer todo el chocolate que puedas antes de que se eche a perder.
  8. La barba sigue estando de moda en el mundo post hecatombe nuclear.
  9. ¡Y ya no necesitas llevar corbata! Bueno, a ver, de vez en cuando sí, claro; cuando llegan zombis nuevos, por ejemplo, para que no te tomen por el pito del sereno.
  10. Encuentras asientos libres en el metro SIEMPRE.
  11. Pero no lo coges a menudo porque 1) ahora no se mueve y 2) las ratas gigantes están muy organizadas. ¡Ya tienen sus propios Mercadonas! ¡Era de esperar!
  12. Hay más sitio para aparcar que nunca.
  13. ¿Sabes eso tan incómodo de estar esperando el ascensor y ver que un vecino está abriendo el portal y el ascensor está bajando y el vecino justo abre la puerta al mismo tiempo que llega el ascensor y ya no tienes más remedio que esperar al vecino y subir los dos juntos? Bien, pues eso ya no te va a volver a pasar porque tu vecino querrá comerse tu cerebro y aunque sea de mala educación, es mejor que no le esperes y te metas en el ascensor lo más rápido que puedas.
  14. Ojo, que igual no hay luz y el ascensor no va. Cuidado con eso.
  15. Nadie fuma cerca de ti. Te querrán comer los ojos y tal, pero al menos no te atufarán la ropa, que eso siempre se agradece.
  16. Puedes escuchar la radio, como se hacía en los años 50. No sólo ganas puntos de clase por tu estilo vintage de supervivencia, sino que además podrías escuchar información sobre refugios de supervivientes.
  17. Para no acercarte ni por error. ¡Te obligarían a compartir tu chocolate! ¡Como en la Rusia de Stalin!
  18. No tendrás que ir jamás a ninguna otra boda.
  19. Y tampoco tendrás que escuchar la opinión de nadie sobre la penúltima subnormalidad del gobierno.
  20. La última fue hacerte caso en lo de declararle la guerra a Corea del Norte.
  21. O lo de dejarte pasar a ese laboratorio secreto en el que se te cayó “una cosa con un líquido dentro que echa humo… ¿Tenéis una fregona por aquí?.
  22. Tienes todo el tiempo del mundo para leer. A no ser, claro, QUE SE TE ROMPAN LAS GAFAS.

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¿Qué haría tu abuela en tu lugar?

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“No comas nada que tu abuela no hubiera identificado como comida”. Esta es una de las normas que Michael Pollan da en Food Rules: an Eater’s Manual. Y que se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida. Es decir, antes de tomar cualquier decisión pregúntate: “¿Qué haría mi abuela?” Es más, si puedes, llámala y pregunta, que no te cuesta nada.

Por ejemplo: a mi abuela nunca la hubieran enganchado con los bitcoins. Si alguien hubiera intentado explicarle en qué consiste esta moneda virtual, cómo funciona y por qué es una buena oportunidad de negocio, le hubiera soltado un zapatillazo que le hubiera saltado todos los dientes de la boca a él y a su descendencia durante las próximas diecisiete generaciones.

Ojo: no porque no lo hubiera entendido, sino precisamente porque lo hubiera entendido a la perfección. Es algo con lo que puedes ganar mucho dinero en dos días, pero al tercero te van a robar. Por tonto.

No es lo único: jamás hizo caso de ningún teleoperador que le ofreciera la mejor tarifa para “ahorrar” en teléfono, luz o gas, sabía perfectamente que la familia real era una pandilla de chorizos, jamás hubiera ido a una cata de gintonics y nunca me hubiera dejado llevar una camisa que se pudiera confundir con una cortina.

Es cierto que las abuelas son humanas y a veces se equivocan. Por ejemplo y por una cuestión meramente generacional, no habría visto nada raro en que algunos treintañeros se dejaran bigote, acostumbrada como estaba a ver bigotes por la calle y en Cine de Barrio. Pero el moño masculino no se le hubiera escapado. Si hubiera visto a un tipo con moño por la calle, le hubiera soltado tal mirada que el pobre infeliz habría corrido a casa a QUEMARSE LA CABEZA.

Quizás alguno diga que las abuelas son señoras mayores y por tanto, conservadoras, lo cual puede ser en parte un freno para el progreso. No sé yo. Por un lado, tampoco pasa nada si el progreso llega un par de meses más tarde, que no hay ninguna prisa. Y por otro, la primera persona de mi entorno a quien vi hablando con un móvil fue a mi abuelo. Y mi abuela no le dijo nada al respecto. Supongo que le dejaría tranquilo con sus cosas: al fin y al cabo, todo el mundo tiene derecho a distraerse y el pobre hombre no hacía daño a nadie. Pero también vería bastante claro que a veces no hay nada que hacer y que es necesario escoger bien las batallas para no cansarse inútilmente.

Siguiendo su ejemplo, yo me he rendido con los smartwatch. Dentro de unos años todos tendremos uno, igual que Michael Knight, y pareceremos aún más tontitos.

No sé con quién estaría hablando mi abuelo, por cierto. Probablemente con un teleoperador que le hacía ofertas para “ahorrar” en su factura. Me lo imagino porque yo me parezco bastante a él, excepto en la calvicie. Pero ese ya es otro tema. El caso es que tanto él como yo lo hemos tenido siempre muy claro: hay que hacer caso a la abuela.

Por cierto, la pregunta es “qué haría”, no “qué hizo”. Así que no os tiñáis el pelo de azul ni llevéis las gafas con cadenita.

Y de propina, unos chistecicos sobre bitcoins:

  • Olvidé sacar los bitcoins de los pantalones antes de meterlos en la lavadora.
  • ¿Me da cambio de este mail que me confirma que tengo seis mil millones de bitcoins para la máquina de tabaco?
  • No me fío de los bancos: guardo todos mis bitcoins debajo del colchón de los Sims.
  • Si pagas con cacahuetes, tendrás monos. Si pagas con bitcoins, tendrás informáticos gordos comentando cosas muy enfadados en internet.

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