Normas de etiqueta en el ascensor

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Flickr Commons

A veces pasa: estás en el ascensor y otro vecino entra en el portal. En estos casos se considera de buena educación esperar con la puerta abierta. El problema es que esto puede ser contraproducente porque genera una ansiedad innecesaria: por un lado, el vecino se ve obligado a avanzar el paso, casi trotando, por mucho que musitemos que no hay prisa, que no hace falta correr; por otro lado y aunque ninguno de los dos lo confiese, tanto el vecino que espera como el que acaba de llegar preferirían subir solos. A pesar de las convenciones sociales, ninguno de los dos quiere pasar unas decenas de segundos recluido en un armario con alguien que en realidad es un desconocido, por lo que, en realidad, el recién llegado agradecería que el vecino que sostiene la puerta la cerrara y no mirara atrás durante esos escasos, pero incómodos instantes que el ascensor tarda en arrancar. Ese recién llegado tendrá que esperar a que el vecino llegue a su piso antes de poder llamar él al ascensor, pero a cambio podrá viajar solo y, por tanto, más relajado, siempre y cuando no aparezca un tercer vecino en el portal mientras aguarda.

Teniendo en cuenta todo esto, hace unos meses opté por no esperar cuando estaba subiendo al ascensor y aparecía un vecino en el portal. Aunque me hubiese visto. Sabía que los dos estaríamos más cómodos así y que nadie se quejaría, ya que, bajo la apariencia superficial de mala educación en realidad estaba siendo amable.

Pero poco después me asaltó una duda: aunque esto parecía una buena solución para la mayoría, siempre cabía la posibilidad de que alguien, quizás con prisa, prefiriera que yo esperara. Para algunos vecinos podría ser mejor ganar unos segundos a ahorrarse la incomodidad de ir con alguien en el ascensor. Imaginemos un caso extremo, una emergencia: alguien que había respondido a una llamada telefónica en la que se le pedía con urgencia y miedo que fuera a casa lo antes posible. Unos segundos esperando al ascensor no cambiarían gran cosa, pero al menos ayudarían a reducir el nerviosismo durante los últimos instantes del viaje, con independencia de si lo hacían a solas o en compañía.

Ante esa disyuntiva y con el objetivo de que tanto unos (los que preferían ir solos) como otros (los que tenían prisa) se sintieran a gusto, opté por no subir al ascensor cuando aparecía un vecino e irme por las escaleras, en ocasiones para volver a esperar y llamar al ascensor dos o tres pisos más arriba, una vez que el otro vecino hubiera llegado a su destino.

El único problema era que resultaba raro que abandonara el ascensor, cuya puerta en ocasiones ya tenía abierta, a veces con uno de los pies en la cabina, y decidiera de repente subir por las escaleras. Sobre todo porque algunos de mis vecinos me conocía, aunque solo fuera de vista, y sabía que yo vivía en un sexto.

No podía explicar que les estaba haciendo un favor. Aunque resulte paradójico, se considera de mejor educación simular que no nos importa subir con alguien y que nos resulta indiferente estar recluido en un espacio de uno o dos metros cuadrados, dependiendo de la cabina, sin saber adónde mirar ni qué decir, que ceder ese espacio para que lo disfrute la otra persona. Porque esto último, subir solo o dejar que el vecino suba a solas y hacer explícito que se prefiere así, tiene una connotación de rechazo cuya sospecha no se disiparía ni siquiera en caso de decir “no es que no quiera subir contigo, no tengo nada contra ti, es que no quiero subir con nadie”.

Y es que, aunque todos o casi todos pensemos lo mismo, existe la convención de que no deberíamos pensar así. “Prefiero estar solo en el ascensor, no quiero pasarme treinta segundos mirando las llaves” es una frase que no debemos pronunciar en voz alta, ya que la misantropía, incluso en estos episodios anecdóticos, es un sentimiento que la mayoría considera negativo, y no sin una gran parte de razón. Como mucho, podemos admitir que nos sentimos incómodos viajando con otra persona en un ascensor en un contexto de total confianza o hablando en abstracto: quizás en un bar, con amigos y sin ningún trayecto en ascensor previsto para las próximas horas, o por escrito, poniendo distancia entre el emisor y el receptor, de modo que nadie pueda sentirse ofendido.

Es decir, a pesar de que ningún vecino me dijo nada al respecto, probablemente por educación, era inevitable imaginar o, mejor dicho, suponer que pensaban o incluso comentaban que aquel comportamiento era extraño. “¿Por qué ese vecino no quería ir conmigo en el ascensor hasta el punto de preferir salir de él y subir seis pisos a pie?”, preguntaría alguno. A lo que otro respondería “creo que no tiene ningún problema contigo, que le pasa con todos, porque a mí también me lo ha hecho”. “Peor me lo pones”, añadiría el primero.

Cabía la posibilidad, admito que extrema, de que alguien se hubiera sentido ofendido o dolido por mi actitud. No creo que tanto como para llegar a enfadarse o llorar, pero sí quizás para darle vueltas a mi gesto durante unas cuantas horas, con un sentimiento de despecho quiero pensar que cada vez más apagado. ¿Cómo decirle (y, sobre todo, a quién) que no era una cuestión suya, sino mía?

Pensé en enviar un correo electrónico a la lista de la comunidad para explicar que soy claustrofóbico, pero aquello no serviría: ¿solo era claustrofóbico cuando me tocaba subir con otra persona en el ascensor? Medité la posibilidad de inventarme alguna otra fobia o quizás algún tipo extraño de alergia. No puedo entrar en contacto con células de piel muerta ajena en suspensión. La colonia me irrita la pituitaria. El médico me ha prohibido respirar el aire que han expulsado otras personas. Necesito hacer ejercicio y en ocasiones solo me acuerdo cuando ya estoy dentro del ascensor.

También sopesé la opción de casarme y tener hijos. En el ascensor de mi finca solo cabían unas cuatro personas, así que si iba con mi esposa y dos niños, o incluso con un bebé y el carro, solo compartiría ese espacio con gente a la que en principio no me importaría tener cerca. Aunque quién sabe si con los años mi mujer y yo nos distanciaríamos, por no hablar de lo difícil que en ocasiones resultan las relaciones con los hijos adolescentes. Por desgracia, el escollo de este plan era evidente: tardaría mucho tiempo en encontrar pareja y más aún en tener descendencia. Y este asunto me generaba ansiedad cada día, no se trataba de un problema que pudiera posponer.

En realidad solo tenía una opción: mudarme. Si me marchaba, no tendría que dar ninguna explicación a nadie y podría solucionar todos mis problemas futuros en lo que se refería a los ascensores. Porque, claro, la idea era irme a una finca sin ascensor.

Había pensado también en la posibilidad de ampliar la búsqueda a un piso bajo: un primero, un segundo como mucho. Pero no era tan buena idea como parecía: ¿y si venía cargado con la compra o simplemente cansado y caía en la tentación de coger el ascensor? Bien podía ocurrir que justo en alguno de esos momentos de flaqueza apareciera un vecino en el portal. No solo eso: ¿y si era yo el vecino que aparecía en el portal cuando otro sostenía la puerta y me invitaba a subir? Este problema era en apariencia menor, bastaba con decir “no, gracias” y señalar las escaleras, pero se trataba de una escena que quería evitar, sobre todo en caso de que apareciera cargado con la ya mencionada compra. El vecino podría insistir o tomar nota de mi extraño comportamiento: “¿Viene con tres bolsas y prefiere las escaleras? ¿Qué le pasa? ¿Por qué me odia? ¿O es que no soporta a nadie? Vaya un vecino…”.

Tampoco podía irme a una casa: las casas son grandes y caras. Viviendo solo, pagar el alquiler sería complicado y tenerla limpia y ordenada, un engorro. Por no mencionar que con toda probabilidad eso supondría tener que vivir fuera de la ciudad, con lo que tardaría mucho más tiempo en llegar y volver del trabajo, además de que haría más complicadas las cenas con mis amigos los fines de semana.

Tenía que ser, por tanto, una finca sin ascensor. Tardé casi cuatro meses en encontrar una que me gustara y se ajustara a mi presupuesto. La segunda parte fue fácil: los edificios sin ascensor suelen tener un precio más asequible. La primera, no tanto: también suelen ser pisos viejos y oscuros, en barrios con callejuelas estrechas en las que huele a orina y uno teme toparse de un momento a otro con una cucaracha que huye de alguna cocina en la que alguien ha encendido la luz.

Esas semanas de búsqueda y espera fueron algo llevaderas, gracias a la esperanza que tenía de mudarme en breve. También desarrollé nuevas técnicas para evitar esos momentos tan problemáticos. Opté por ralentizar el paso cuando veía a un vecino llegando al portal poco antes que yo, dando otra vuelta a la manzana, por ejemplo, para no coincidir con él o ella en el portal. Algunos viernes y lunes llevaba una maleta (vacía) para poder subir y llenar el ascensor yo solo o para decir “ya lo cojo luego” si era yo el que llegaba segundo. Era engorroso y tuve que dar explicaciones un tanto absurdas en la oficina, pero me fue útil en un par de ocasiones. Otras veces cogí las escaleras casi sin saludar. “¿No subes?”, me preguntó un vecino en una única ocasión. “No, el médico, la dieta, el gimnasio…”, musité sin ni siquiera detenerme y sin terminar la frase. Que pensaran lo que quisieran, yo ya me iba.

Cuando terminé con la mudanza, me tomé un día libre y dormí casi veinte horas. No tanto por el esfuerzo del traslado como por la tensión que había acumulado durante los últimos meses.

Además de todo eso, la mudanza había supuesto un gasto extra que no tenía contemplado. No solo por el coste del traslado, sino porque también había tenido que comprar algunos muebles nuevos: un sofá, otra cama, un par de librerías, alguna lámpara. Confiaba en recuperar ese dinero poco a poco, gracias al menor importe del alquiler mensual. Se trataba de una cantidad muy pequeña, de apenas dos cifras, pero que al cabo del año sumaba un número medianamente atractivo.

Toda esa tensión se fue disipando en pocas semanas. Llegaba del trabajo y subía por las escaleras sin preocuparme por nada más. Saludaba a los vecinos. Les sonreía. Incluso charlaba con ellos. Aprendí el nombre de al menos tres.

Al cabo de un tiempo, se celebró una reunión de propietarios. Al estar de alquiler, preferí saltármela. Que los demás decidieran de qué color tenían que ser las persianas o si había llegado el momento de contratar a otra persona para que se encargara de la limpieza de la escalera. Como ni siquiera podía votar, no quería aburrir a mis vecinos con opiniones que solo servirían para que todo el mundo perdiera el tiempo.

La tarde siguiente vi un folio pegado con celo en el interior del portal. Se me hizo un nudo en la garganta. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Se me cayeron las llaves.

— ¿Qué ocurre? — Era Nuria, que también vivía en el tercero. Dentista. Le gustaban las escaleras, decía en broma, porque así hacía algo de deporte. “No tengo tiempo para más”, añadía, antes de forzar una carcajada. Señalé el folio — . Ah, eso. Pero tú estás de alquiler, ¿no? Entonces tranquilo, que la derrama no te afecta, la tendrá que pagar el propietario. Ya era hora de que tuviéramos ascensor. Hay espacio para instalarlo y hay mucha gente mayor en esta finca. Lo malo serán las obras, eso sí.

Recogí las llaves y comencé a subir las escaleras sin esperar a mi vecina, que seguía hablando, creo, aunque probablemente se interrumpió a media frase al ver que me iba sin responder. Sí, un gesto feo por mi parte, más incluso que coger el ascensor sin esperar, pero, mira, en fin, yo qué sé, nadie se muere por eso y necesitaba estar solo.

El hombre que opinaba sobre todo

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No me gusta esa camisa. ¡Oiga! ¡Oiga! ¡Sí, es a usted! No me me gusta esa camisa. El color es demasiado apagado. Y le sienta bastante mal, sobre todo porque no la ha combinado con los pantalones adecuados. ¿Cómo que quién soy? Un ciudadano, señor mío, un ciudadano libre que vive en una democracia. Pero no me interrumpa. La próxima vez pruebe con un azul. Creo que ese es su color.

Lo llevo pensando varios días. Esta panadería está bien. Ya lo sabe: vengo cada tarde. Buen pan. Buen precio. Pero es que le veo y está claro que usted tendría que haber abierto una zapatería. No sé, es algo en la expresión. También en las manos. Tiene manos y cara de zapatera y no de panadera. Pero sólo es mi opinión. Debería abrir una zapatería. Abra una zapatería. Sólo es mi opinión. Abra una zapatería.

Disculpe, pero balancea demasiado los brazos al caminar. Pruebe a no moverlos tantos. Sí, así mucho mejor. Se siente incómodo porque no está acostumbrado, pero esta es la forma correcta. Cuidado, está volviendo a balancear mucho los brazos. Muy bien, así. Eso es.

Hola, he visto sus cortinas desde la calle y son horribles. Hagan el favor de cambiarlas.

¿Lo ve? Le queda azúcar al fondo de la taza. Si es que lo estaba viendo: ha removido el café menos de lo necesario y, claro, todo al final. Seguro que le sabía amargo al principio y dulzón al fondo. Tiene que mover la cucharilla al menos tres o cuatro veces más. No mucho más, que el ruido es muy molesto. ¿Viene aquí cada día? Mañana lo miramos otra vez.

Disculpen, no he podido evitar oír el chiste que acaba de explicar uno de ustedes y, de acuerdo, tiene su gracia, pero no ha sido tan gracioso. Se han reído de más. Bastante de más. Entiendo que son amigos y están de buen humor, y además está el hecho de que estamos en un bar y el alcohol ayuda, pero me ha parecido una carcajada completamente desproporcionada. Sobraban varios jas ahí. Y usted incluso se ha secado una lagrimilla. Eso estaba fuera de lugar. Completamente fuera de lugar. Se han reído de más.

¡Oiga! ¡Vecino! ¡Oiga! ¡Está regando mal las plantas! Sí, le falta juego de muñeca. Así, ¿no ve cómo el agua cae mejor? ¿No? ¿En serio no lo ve? Es bastante evidente. Pues si no quiere opiniones, no haga cosas en público. Estamos en una democracia y cuando la gente hace cosas en público se arriesga a que le den su opinión. No, caballero, eso no es una opinión, es un insulto. Y le ruego que no meta a mi madre en esto. Es una madre bastante buena: le puse un 7,75. Le falla que no siempre me coge el teléfono, no sé por qué.

Eh, tú, árbol. Tus hojas están poniéndose marrones muy pronto. Ni siquiera estamos en septiembre. No vayas tan deprisa. Todo tiene que seguir el orden que le corresponde.

Este perro debería levantar más la pata al mear. Sí, así. Ahora sujétesela usted. Mucho mejor, dónde va a parar. Haré una foto para que lo vea. Aquí tiene. Mucho mejor, ¿verdad?. Supongo que deberá sujetársela usted los primeros días, hasta que se acostumbre. Pero los perros y los niños se acostumbran a todo, lo leí en internet.

¿Pero qué hace hablando en sueco, señora? El sueco es una lengua horrible. ¿No me entiende? Swedish is a hideous language. Please speak English. Or French. I think French is in your line, as you are an elegant wom… ¿Pero a dónde va? ¡No corra! ¡Señora! ¡No corra en sueco!

Perdone, pero está tecleando mal. Cuando se escribe un mensaje con el móvil, hay que usar los dos pulgares, no un pulgar y un índice. Con ese gesto le está diciendo a todo el mundo que tiene más de 30 años. Sí, así. Ya se acostumbrará. Al principio cuesta, pero es la forma correcta de hacerlo. Mire qué rápido voy yo.

¡Usted es muy feo! Sí, yo también, pero me está cambiando de tema y lo hace además con un burdo ad hominem.

Resulta que soy la persona más importante del mundo

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— Tú ganas, Jaime. Tú ganas — me dijo el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon — . Por cierto, estas galletas están buenísimas.

— Gracias, las compro en el súper de abajo. ¿Más café? Aún queda un poco.

— Sí, por favor.

— Aquí tienes. ¿Qué era eso que decías? ¿Qué es lo que gano? Perdona, pero es que todavía estoy algo sorprendido.

— Ya, lo entiendo, no creas.

— Me has pillado en pijama, en casa… No te esperaba.

— Nadie espera al secretario general de las Naciones Unidas. Pero en fin, será una de las pocas cosas que no te esperabas.

— ¿Cómo?

— Empezamos a sospechar que sospechabas hace ya unos cuantos años. Fue… Deja que consulte mis notas, en 1991, saliendo de un examen. Dijiste: “Justo ha caído lo único que no me había mirado”.

— No lo recuerdo.

— Fue en un examen de historia. Sacaste un 5,5.

— ¿Cómo sabes eso?

— Analizamos por qué dijiste aquella frase, pero lo acabamos atribuyendo a la casualidad. Sin embargo y a partir de entonces, tus quejas se repitieron. Por ejemplo, dos años más tarde alquilaste una bicicleta y pinchaste las dos ruedas, por lo que te preguntaste: “¿Por qué me pasa todo lo malo a mí?”. Este incidente se estudió con más detenimiento. ¿Era posible que supieras que llevábamos trabajando en el pinchazo de tus dos ruedas a la vez desde 1796?

— ¿Cómo?

— Ahora no te hagas el tonto. A estas alturas ya sabrás que Napoleón y Josefina se casaron en 1796, cuando un amigo de la infancia de la emperatriz aún seguía enamorado de ella. Se hizo para que este hombre accediera finalmente a viajar a América, donde se dedicó a exportar caucho. Uno de sus socios volvería a Europa un par de décadas más tarde, donde fundaría una empresa de ruedas y neumáticos. Este socio diseñó para nosotros un tipo de rueda de bicicleta que bajo tu peso exacto hacía varias veces más probable un reventón, sobre todo con las temperaturas previstas para el 4 de junio de 1993.

— ¿Para nosotros? ¿Quiénes sois vosotros?

— Por favor, no hace falta que sigas disimulando. Ya nos advirtió Churchill sobre tu astucia.

— ¿Churchill? Pero si murió años antes de que yo naciera.

— Pero entró en guerra con Alemania porque sabía que varios países con su horario, el de Greenwich, cambiarían la hora por la continental en caso de conflicto global, para hacer más fácil la coordinación con sus aliados, tanto de un bando como del otro. También quedó de acuerdo con Franco en que una vez acabara el conflicto, España no volvería al horario que le corresponde por su posición geográfica.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo?

— Cinco de los últimos siete veranos has dicho en al menos dos ocasiones: “¡Las diez de la noche y todavía es de día! ¡Parece que lo hagan sólo por joderme!”. Efectivamente, nos has descubierto: lo hacíamos sólo por joderte.

— No acabo de entender lo que me estás contando.

— Te cuento que tus sospechas son todas ciertas: el mundo entero conspira contra ti desde tiempos inmemoriales. Todo con tal de hacerte la vida imposible. ¿Recuerdas por ejemplo cuando tuviste que volver a tráfico porque te faltaba un impreso?

— Sí.

— Sabíamos que lo olvidarías porque ese impreso era de color rosado y los papeles de ese color siempre te han parecido copias.

— Es verdad, como las de los recibos.

— Pues eso fue idea de Juntoku.

— ¿De quién?

— Juntoku, emperador de Japón entre 1210 y 1221. Tuvo a varias docenas de acuarelistas trabajando durante meses para dar con el tono de rosa indicado. Al final usamos otro, pero la idea sigue siendo suya.

— Pero cualquiera de esas cosas podría haber fallado.

— Oh, sólo te estoy poniendo los ejemplos más extravagantes. No todos han salido bien. Por ejemplo, hace dos semanas conseguiste llegar a la gasolinera en reserva.

— Sí…

— Eso fue un error de Henry Ford, que calculó mal la capacidad de los depósitos de sus Focus.

— No tengo un Focus.

— Fue un error muy grave.

— Odio los Focus.

— Henry le puso empeño, pero le perdió el orgullo.

— ¿Cómo podía saber él que habría un coche llamado Focus?

— Todo lo que te afecta existe porque te iba a afectar o te podría afectar en cualquier momento. Y lo que no te afecta existe para que lo que te afecta pueda existir. Por ejemplo, Ikea. La organización optó por crear esta empresa ya en el siglo IX, cuando supimos que serías muy malo montando cosas, por simples que fueran. Aunque en ese momento sólo era una idea que se fue concretando poco a poco. En ese momento se hablaba de un ebanista cuyo oficio debías concluir, o algo así.

— ¿Pero cómo podía saber alguien del siglo IX que yo iba a nacer en 1977 y que sería malo montando cosas?

— Por simples que fueran.

— Sí, por simples que fueran.

— No, es que eres muy torpe.

— Bueno, ya vale.

— La pregunta que me haces es razonable. Hay textos egipcios, tallados en sus pirámides, que ya profetizan tu llegada: “Aquel al que gastaremos la gran broma”. Probablemente se basan en leyendas sumerias. Durante siglos, superstición y ciencia se mezclan. Aristóteles ve pruebas de tu llegada en el hecho de que los líquidos tengan tendencia a derramarse, por ejemplo.

— ¿Derramarse?

— Sí, vamos, que eres muy torpe. Hay referencias a ti en el Apocalipsis, aunque se les ha dado otra interpretación, para que no te dieras cuenta. Por ejemplo, en el capítulo 12 se habla de un dragón que con su cola arrastró la tercera parte de los astros del cielo y los arrojó a la tierra.

— ¿Ese soy yo?

— ¿Recuerdas cuando de niño, comiendo con tus padres en un restaurante, conseguiste tirar todos los postres de tu mesa y una lámpara?

— Sí…

— ¿Ves cómo eres torpe? En fin, poco a poco, la ciencia fue confirmando todas estas creencias. Por ejemplo, la teoría de la relatividad y todo lo que se refiere a la elasticidad del tiempo en realidad explica lo mucho que te aburres cuando estás esperando a alguien.

— Odio esperar.

— Lo sé, lo sé.

— Y hoy en día no hay excusa para llegar tarde.

— Claro.

— Pero aún hay cosas que no entiendo.

— Dime.

— ¿Todo el mundo estaba metido en esto?

— Sí, claro. Si no, hubiera sido imposible. Tus padres ya sabían que eras el elegido, por ejemplo. Ha sido un trabajo en equipo muy complejo. Piensa por ejemplo en la llegada al hombre a la Luna en 1969. Se llegó de verdad, ojo, pero todo se preparó de tal modo que fuera creíble que muchos pensaran que fue un montaje. El objetivo: que tú perdieras media tarde del 5 de septiembre de 2012 discutiendo en Twitter con un conspiranoico.

— ¿El conspiranoico ese era un actor?

— Sí, Reptiliano88. Aunque no nos gusta la palabra actor. Ojo, también ha habido gente que estaba en contra de todo esto. Esta fue la verdadera causa de las Cruzadas: unos no creían que fueras el elegido y otros, aun creyéndolo, no querían dedicar su vida a esta noble causa.

— ¿Y por qué me lo decís ahora?

— Oh, vamos, no intentes hacernos sentir bien. Nos has pillado.

— ¿Seguro?

— Ayer mismo dijiste: “¿Es que me tiene que pasar todo a mí o qué?”, cuando el autobús se te fue en los morros.

— ¿Eso también fue cosa vuestra?

— Claro. El horario de los autobuses y el hecho de que de vez en cuando se retrasen está pensado para que te confíes y creas que tienes más tiempo del que realmente tienes. Pero vamos, no es el único ejemplo. Llevas años diciendo cosas como: “Siempre pillo los semáforos en rojo” (tenemos a gente con mandos a distancia); “todo el mundo está en mi contra” (cuando no ganaste el certamen de poesía de segundo de BUP); “¿por qué siempre me quemo con el café?” (que tostamos de forma que la infusión necesite alcanzar la temperatura exacta para que te confíes con el primer trago); “¿por qué tardan tanto en atenderme en Correos?” (Correos no es necesario desde que se inventó el telégrafo, lo mantenemos por ti); “siempre me toca la cola más lenta del súper” (efectivamente, la cajera y el resto de clientes están compinchados)… Poco a poco nos has descubierto. Contábamos con que acabaría pasando, claro. De hecho, Schrödinger hace referencia a esta posibilidad con una metáfora muy bonita, la del gato encerrado en una caja. El gato está vivo y muerto a la vez, del mismo modo que hay un momento en el que no sabemos si nos has descubierto o no y la broma es graciosa y no lo es al mismo tiempo. Aunque la verdad era que confiábamos en poder seguir unos añitos más.

— Pero todo esto, ¿por qué?

— Ah, claro. La gran pregunta. Pues era una broma. La gran broma cósmica. Nos pareció divertido.

— No lo pillo.

— Era muy gracioso verte montando una mesa de Ikea.

— ¿Verme?

— Bueno, no te veíamos. Nos hubieras descubierto incluso antes. Pero siempre había alguien que estaba presente y luego lo contaba. Como aquella vez que te caíste por la calle por ir mirando el móvil. Jajaja… El socavón en la acera fue idea mía. Sabíamos que los domingos siempre pasabas por ahí de camino a casa de tus padres. Era sólo cuestión de tiempo.

— ¿Todo por reíros de mí?

— No, de ti, no. Contigo. Pero sí, cuando la gente queda para tomar algo, siempre comenta algo de lo que te hemos hecho. Qué risa, la verdad. Pero sin maldad, ¿eh?

— Claro.

— Es humor blanco.

— Sí, sí.

— La idea era que nos riéramos todos al contártelo.

— Bien.

— No te ríes.

— Aún no.

— Supongo que tienes que asimilarlo.

— Sí, igual sí.

— Pero luego nos reiremos todos.

— Y… ¿Y ahora? ¿Ahora qué?

— Pues ahora ya está. Nos has descubierto. Nos hemos reído mucho, pero ya se acabó. ¿Amigos? — Ban Ki-moon me tendió la mano en nombre de toda la humanidad.

— Sí… Supongo… — Se la estreché, tímidamente.

— Bueno, pues te tengo que dejar. Hay que ir preparándolo todo.

— ¿Todo? ¿El qué?

— Como comprenderás, ahora que te hemos gastado la gran broma cósmica, la humanidad ya no tiene razón de ser. Voy a llamar a las grandes potencias nucleares y nos vamos a suicidar todos.

— ¿Qué?

— Voy a llamar a las grandes pot…

— No, si te he oído. La pregunta era por la sorpresa.

— No sé qué te sorprende. Es lo normal.

— ¿No será otra broma?

— Qué va. No tendría gracia. Te darías cuenta en seguida.

— ¿Pero por qué vamos a suicidarnos?

— ¿Qué otra cosa podríamos hacer?

— ¿Y si seguimos como hasta ahora, pero sin bromas?

— Sí, hombre, me voy a levantar yo cada día a las siete de la mañana para nada.

— Hombre, para nada. Que estamos hablando de las Naciones Unidas. Hay guerras, hambrunas, calentamiento global…

— Sí, pero todo eso lo hacíamos para ti. Por ejemplo, lo del calentamiento global también era para que discutieras por internet. La energía solar se tiene completamente dominada desde 1910, pero no podíamos desaprovechar la oportunidad de que escribieras aquellas entradas en tu blog sin tener ni puta idea.

— ¡El calentamiento global existe!

— Ya, pero sigues sin tener ni puta idea.

— Oye, no me cambies de tema. Decía que no hace falta que nos suicidemos todos.

— Sí, claro, dile a siete mil millones de personas que se busquen algo para pasar el rato. Y eso por no hablar de los otros miles de millones que han muerto a lo largo de la historia de la humanidad.

— ¡Pero hay un mundo lleno de cosas maravillosas detrás de esta gran broma cósmica!

— ¿Cómo qué?

— No sé. Los libros de Tolstoi.

— No sabes el cabreo que pilló cuando le pidieron que alargara Guerra y Paz. Le dijeron que con sólo 120 páginas no te iba a gustar. Mira que eres pedante.

— ¡La naturaleza! ¡El cañón del Colorado! ¡Los mares del sur!

— Los mares del sur en concreto no existen. Como no eres de playa, nadie se preocupó de hacerlos. Pero vamos, da igual, el resto de cosas seguirá aquí cuando nos vayamos. Bueno, lo que aguante de pie.

— ¿Y qué hay del amor entre las personas?

— Pero qué dices. Hasta ahora nos aguantábamos porque nos reíamos de ti. Pero sin ningún objetivo en común, ya sólo queda el resentimiento natural que surge entre las personas que trabajan juntas.

— ¿Y si les dices que yo no sabía nada?

— ¿Cómo?

— Sí: dile a todo el mundo que en realidad yo no sabía nada de la broma y que todo eran frases hechas. De hecho, te tengo que confesar que eso es exactamente lo que ocurría.

— ¿En serio?

— No tenía ni idea.

— Jajaja, qué bocazas soy. Pero la culpa es de Putin, que lleva años en un plan catastrofista que no hay quien lo soporte. “Míralo, se ha dado cuenta”. Cada puto día. De todas formas, no sé si es muy creíble. Es decir, soy Ban Ki-moon, el secretario general de las Naciones Unidas. Y he venido a tu casa.

— Te he tenido que preguntar tres veces quién eras.

— Eso es cierto.

— Y te he buscado en Google mientras hacía el café.

— ¿Y qué quieres que diga?

— Que me pusiste a prueba antes de explicármelo todo, diciendo que venías a venderme unos seguros.

— Hm, no sé.

— Por cierto, ¿aprendiste español sólo por la broma?

— Ah sí, eso es buenísimo. Sólo existe el español. El resto de idiomas son inventados. Ruidos inconexos. En serio. Nos pareció gracioso oírte decir tonterías sobre la importancia de saber idiomas. Además de verte sufrir en el extranjero. Tus vacaciones en Berlín fueron divertidísimas. Cuando no mirabas, todos hablaban castellano.

— ¡Pero el alemán existe! ¡Yo estudié alemán!

— ¿Y por qué te crees que después de tantos años no aprendiste casi nada? Porque íbamos añadiendo normas cada mes. Lo de meter un Konjunktiv II después de que aprendieras a duras penas el Konjunktiv I fue la hostia. Qué risa. Tendrías que haberte visto la cara cuando la profesora escribió eso en la pizarra. Y fue todo improvisado.

— Ya, sí, buenísimo.

— ¿Lo ves? Te estoy viendo la cara ahora y me descojono vivo.

— Volviendo al tema. ¿Les vas a decir que yo no sabía nada?

— No sé. Nadie deja pasar a casa a un vendedor de seguros.

— Pues pensemos otra cosa.

— No, mira… Me sabría fatal que toda esa gente siguiera madrugando y simulando que trabaja porque cree que seguimos con la broma.

— Podría ser nuestra broma privada. Les estaríamos gastando una broma a los demás.

— Eso no tendría gracia.

— Sí, una metabroma. Luego se lo diríamos y nos reiríamos un montón viendo su cara.

— No sé. Creo que es mejor seguir con el plan del suicidio. Si me pillaran, me caería una bronca del quince.

— Ban, por favor. Al menos, piénsalo.

— Me tengo que ir yendo, ya. Muchas gracias por el café. Aunque esta vez no te has quemado la lengua, jajaja… Si no fuera por estos momentos.

— Por favor.

— Me alegro de que te lo hayas tomado bien.

— No nos mates a todos.

— Aún tienes unas horitas, por si quieres repasar alemán. Jajaja…

Se fue. Cogí una galleta y la mordisqueé. La volví a dejar en el plato. Encendí la tele, a ver si hablaban de mí.

 

(Imagen: NASA).

Instrucciones de uso

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1. Utilice el producto.

2. Mire alrededor con desconfianza.

3. Frunza el ceño.

4. Diga: “Creo que esto no funciona”.

5. Vuelva a utilizarlo.

6. Una vez más, con rabia.

7. Diga muy enfadado: “Creo que nos han timado”.

8. Vuelva a probar.

9. Espere dos horas, a ver si se arregla solo, refunfuñando: “Hemos sido víctimas de una estafa”.

10. Busque en Google si le ha pasado a alguien más.

11. Sugiera que “las empresas pagan por ocultar ciertos resultados en las búsquedas, eso lo sabe todo el mundo”.

12. Utilícelo una vez más.

13. Pregunte: “¿Tú cómo lo ves? Yo lo veo igual. ¿Tú lo ves igual?”.

14. Con independencia de la respuesta que reciba, diga: “Pues yo lo veo igual”.

15. Baje a la tienda con intención de cambiarlo.

16. Explíquele al tendero que no funciona.

17. Conteste con un: “¡Pues claro que lo he abierto! ¡Tenía que probarlo!”.

18. Añada: “¡Pues claro que está medio vacío! ¡Tenía que probarlo!”.

19. Siga con: “¡Pues claro que está abollado! ¡Como no funcionaba, me he enfadado mucho y lo he tirado contra la pared!”.

20. Vuelva a casa con el producto bajo el brazo.

21. Diga: “Te dije que no funcionaría”.

22. Añada: “Ya sé que fue idea mía, pero yo te dije que no funcionaría”.

23. Llame al servicio de atención al cliente.

24. Espere diez minutos, mientras suena una de Mozart.

25. Ponga el altavoz y pregunte: “Esto es de Mozart, ¿no?”.

26. Añada: “Bueno, perdona, yo cómo iba a saber que estabas durmiendo”.

27. Piense si merece la pena colgar y probar más tarde o mejor seguir esperando porque, total, ya lleva diez minutos y tarde o temprano se lo tendrán que coger.

28. Espere tres minutos más.

29. Póngase de pie.

30. Orine con el teléfono en la oreja.

31. Dude si tirar o no de la cadena porque justo le acaban de contestar y a lo mejor se oye y quedaría raro.

32. Explíquele el problema al teleoperador.

33. Explíquele otra vez el problema al teleoperador.

34. Amenace al teleoperador.

35. Exija que le pasen con el encargado.

36. Explíquele el problema al encargado.

37. Se corta.

38. Vuelva al punto 25.

39. Amenace al encargado.

40. Exija que le pasen con el presidente.

41. Diga: “Se ha vuelto a cortar, me van a oír”.

42. Tuitee su problema muy enfadado, nombrando la cuenta de la empresa.

43. Escriba una carta al director de La Vanguardia, denunciando la estafa.

44. Llame a Consumo.

45. Explíquele el problema a Consumo.

46. Rellene un formulario en la web para que le llegue a Consumo.

47. Llame a La Vanguardia para preguntar por qué no han publicado su carta.

48. ¿Se ha cortado?

49. Llame a su amigo abogado.

50. ¿Se ha cortado?

51. Abra un blog sobre su lucha y titúlelo: “Mi lucha”.

52. Haga caso a sus amigos y cámbiele el nombre al blog.

53. Entienda el porqué de esos comentarios con frases en alemán.

54. Discúlpese con tus veintitrés seguidores en Twitter por haber escogido un nombre poco adecuado para su blog.

55. Diecisiete seguidores.

56. Nueve.

57. Vaya a un bufete de abogados porque cada vez que llama a su amigo se corta. Debería comprarse otro móvil.

58. Firme los papeles de la demanda.

59. Tuitee que ha vuelto a DEMANDAR a la empresa.

60. Espere pacientemente el juicio, actualizando su blog a diario (rebautizado como “Mis fatigas”).

61. Contrate a un experto en SEO para que su blog salga en la primera página de búsquedas cuando alguien busque el nombre de la empresa.

62. Declare en el juicio, poniéndose de pie varias veces y señalando a los acusados, a pesar de las advertencias del juez, que insiste en que “haga el favor de comportarse”.

63. Pague la multa por desacato.

64. Jure con un puño alzado y frente a los juzgados que recurrirá la sentencia que ha absuelto a la empresa.

65. Llegue a casa y descubra que su esposa ha cambiado la cerradura.

66. Note con cierta preocupación que no le han ingresado la nómina.

67. Vaya a la oficina a pedir explicaciones.

68. Compruebe que le han despedido porque lleva ocho meses sin pasar por ahí.

69. Explíquele la situación al director general.

70. Descubra que su empresa es la que fabrica el producto que, en su opinión, no funciona.

71. Momento de carcajadas entre el director y usted al darse cuenta del divertido equívoco.

72. Pregunte: “Entonces no estoy despedido, ¿verdad?”.

73. Constate con horror que el director general contesta: “Sí, claro que lo estás. Cómo no vas a estarlo”.

74. Salga de la oficina entre lágrimas y arrastrado por tres agentes de seguridad.

75. Vuelva a casa de sus padres.

76. Aproveche su crisis existencial para apuntarse a clases de pintura.

77. Pinte al óleo el producto que en tu opinión no funciona.

78. Una y otra vez.

79. Deje que un galerista que da clases en la academia se fije en su obra.

80. Inaugure una exposición con sus pinturas del producto.

81. Venda sus cuadros por decenas de miles de euros.

82. Utilice ese dinero para recurrir, finalmente, la sentencia.

83. Vuelva a perder el juicio.

84. Llegue a casa y descubra que sus padres han cambiado la cerradura.

85. Siéntese en las escaleras y llore con las cabeza entre las manos.

86. Dése cuenta de que se ha equivocado de piso.

87. Baje las escaleras.

88. Abra la puerta.

89. Pregunte qué hay de cena.

90. Fríase un huevo, refunfuñando.

Nota de cata

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Es un vino equilibrado, generoso en boca. Si lo huelen, notarán aromas ahumados, tostados, pero sin ocultar la fruta. Correcto, es fruta roja, madura, pero con un punto de acidez. Moras, arándanos… Es un aroma que me recuerda a mi infancia. Mi madre plantó arándanos en la casa donde veraneábamos cuando éramos niños. Recuerdo que los comía a escondidas, sin dejar que acabaran de madurar y cuando aún estaban demasiado ácidos. Pero este vino tiene un punto correcto de acidez. No es excesivo. Volví hace unos años a esa casa. Sabía que no había nadie viviendo en ella. Mis padres la vendieron cuando yo aún era un niño y fue pasando de dueños en dueños hasta que los últimos no pudieron pagar las cuotas de la hipoteca y se la quedó el banco. Por eso la escogí. Sabía que no habría nadie y además la conocía. Podía saltar el muro, que es más bien bajo, sin problemas, y guiarme en la oscuridad a través de lo que quedaba de ese jardín que aún conservaba el viejo almendro y un par de limoneros, bastante descuidados. Ya no había arándanos, claro, pero sí césped y hierbas sin cortar que perfumaban la noche con un aroma fresco que también se percibe en este vino, que tiene notas especiadas: tomillo, regaliz… Sí, también un poco de pimienta, tiene razón. Tuve que hacer tres viajes, claro: uno primero de reconocimiento, para asegurarme de que no había nadie. Un segundo con la pala y la linterna. Al agacharme para dejarlo todo en el suelo toqué la tierra, que estaba aún húmeda y blanda de la lluvia de la mañana. Me llegaron notas minerales que se pueden apreciar en este vino cultivado en una zona en la que hay mucha pizarra. Es un aroma que en el vino me disgusta desde aquella noche en la que hice un tercer viaje acarreando el cuerpo de mi socio, blanco y frío, con la cabeza rota a botellazos. No de este vino, claro, sino de la primera cosecha de nuestra bodega, que había resultado ser un completo desastre porque compré unas barricas baratas, sin consultarlo con él y para ahorrarme un dinero que necesitaba para pagar unas deudas. Estaban podridas. Le enterré con los restos de la botella, que conservaba aún unas gotas de vino, un vino echado a perder, desestructurado y rancio, pero que a la luz de la luna y mezclado con sangre mostraba un color oscuro, apagado en los bordes, casi bermejo. Como este, en el que se nota el año que ha pasado en barrica. Inclinen la copa y fíjense en el color del borde sobre el blanco del mantel. Al volver, di un buen rodeo con el coche. Más de cincuenta kilómetros. No para pensar, como si estuviera en una película barata, sino para deshacerme de la pala y de la ropa manchada de sangre. Cuando llegué a casa y a pesar de que eran casi las cinco de la mañana, me abrí una copa de un vino de la misma denominación de origen que el que estamos probando, pero en el que la garnacha se matizaba con algo de syrah, cosa que echo en falta en esta botella. De todas formas, este es un vino agradable y con una muy buena relación calidad precio, a pesar de que tiene el inconveniente de que me ha recordado a un momento de mi vida bastante desagradable, aunque fue peor para mi exsocio: primero rompí sus sueños y luego le rompí el cráneo. Es posible que tenga un contenido de alcohol algo elevado, a pesar de que queda bien equilibrado con la fruta y la madera. Esto, unido a la amplia variedad de aromas, ha ayudado a que soltara esta confesión que en realidad llevo años queriendo hacer. También es verdad que este es el tercer vino que probamos. Ah, miren, ya viene la policía. ¿Ha llamado usted, verdad? Le he visto salir, sí. Se lo agradezco. Quería terminar la cata con esta otra botella, pero creo que me voy a tener que ir. De todas formas y como ustedes han pagado y aquí está Óscar, el dueño de este bar tan fantástico al que me temo que tardaré en volver, la abriremos y así podrán al menos probarla. Es un vino con mucho cuerpo y mucha madera. La fuerza de sus aromas tostados recuerda casi a un brandy y también a aquella noche en la que quemé mi restaurante para cobrar el seguro. Pero esa es otra historia.

Instrucciones para llegar a mi casa desde el aeropuerto

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(Fuente de la imagen).

Cuando aterrices en Barcelona no estaré en casa, así que te explico cómo puedes llegar. Lo primero que debes haces al salir de la terminal es parar un taxi. Cuando subas, dile que vaya hacia la ciudad y ya le indicarás, pero luego cambia de opinión y grita que los taxis son carísimos, al mismo tiempo que abres la puerta en marcha. Cuando te deje bajar o, lo más probable, te eche, roba la primera bicicleta que veas y pedalea por la autovía hasta que te atropelle un camión. Si no encuentras ninguna bici, ve corriendo por la autovía. En este caso, te puedes dejar atropellar por una furgoneta.

Despierta en el hospital de Bellvitge dos o tres días más tarde, con alguna extremidad rota, la cabeza vendada y dolor en todo el cuerpo. No te dejarán salir y además harán bien porque es probable que tengas alguna conmoción cerebral que suponga un peligro para tu vida, pero como sólo vienes para unos días, lo mejor es que te vistas y huyas con tu maleta cuando no miren.

Una vez en la calle, coge el metro y baja en cualquier parada del centro; por ejemplo, en plaza Catalunya. Ve a un bar que te guste y pide una cerveza y algo para picar. En seguida notarás que la cerveza te anima, y más con el estómago prácticamente vacío, por lo que te verás con ganas de pedir una botella de vino. No te cortes. Pide algo más de comer. Ve a una coctelería. Haz amigos. Sal por bares cuyos nombres no recordarás al día siguiente. Invita a una ronda de chupitos. Disimula el rictus de disgusto cuando notes el abrazo de un tipo sudoroso que insiste en que le caes muy bien. Pierde la maleta y encuéntrala en el bar donde estabas antes. Pregúntate quién ha puesto otro vaso medio lleno en tu mano y por qué está ya medio vacío.

Despierta en el suelo de una sala de estar que no conoces tras dormir apenas dos o tres horas. Incorpórate gimiendo por culpa del dolor de cabeza y mira alrededor: es probable que haya más gente durmiendo en esa casa. Tal vez en el sofá, quizás en un sillón o puede que incluso en la bañera.

Sal a una calle del Eixample, con la maleta en la mano y algo mareado, pero contento. Camina en dirección Llobregat. Cuando te estés acercando a mi casa, verás la estación de Sants. Animado por el alcohol que aún debe correr por tus venas y por esas breves horas de sueño que crees que te han despejado, decide que es una oportunidad tan buena como cualquier otra para comprar un billete de tren y pasar el día en Girona, así que entra en la estación y sube corriendo al tren, que justo acaba de parar en la vía.

Quédate dormido y despierta en algún pueblo del sur de Francia. Habrá algo de lío cuando intentes explicar en la estación lo que te ha ocurrido, porque tienes hambre, sueño y sed, no tienes ni idea de francés y además te sigue doliendo la cabeza. Aun así, logra convencer al taquillero para poder subir al siguiente tren de vuelta sin coste adicional. Llega a Girona cansado, con ganas de una ducha y sin ningún interés por ver la ciudad.

En la estación, pregunta si tienen consigna para dejar la maleta. No la tendrán o estará ya llena, así que ve por la ciudad arrastrándola, desganado, con dolor en el brazo izquierdo, el escayolado, y con la boca seca y pastosa. Ventaja de ir con la maleta: podrás sacar las gafas de sol para protegerte de esa luz que está empeorando tu jaqueca.

Llega al barrio judío y para en un bar a desayunar, aunque en realidad ya son las dos de la tarde. Enamórate de la camarera y piensa en la posibilidad de decirle algo, pero cuando logres el valor suficiente y ya hayas llamado su atención para hablar con ella, recuerda que ligar con una camarera es muy poco elegante: la pobre está trabajando y no tiene ganas de escuchar las tonterías de un tipo que aún huele a alcohol y que necesita una ducha y una siesta, así que cambia de opinión y pide otro café que en realidad no quieres y que por ese motivo dejarás a medias.

Sal del bar y llega hasta la catedral. Una vez allí, decide que ya has visto suficiente de la ciudad, aunque tampoco hace falta que admitas que has hecho el ridículo y que deberías haber ido directamente a casa al salir por la mañana de aquel piso.

Duerme durante el viaje de vuelta. Cuando despiertes y salgas de la estación, te darás cuenta de que te has confundido de tren y estás en Zaragoza. Allí no hablan francés y no te cuesta que te entiendan, pero quizás por eso mismo no consigues que te cuelen gratis en el tren a Barcelona gratis. Por desgracia, tu tarjeta no funciona, quizás porque anoche llegaste al límite mensual al pagar la tercera ronda de tequilas, y no tienes efectivo suficiente, así que te verás en la estación de Delicias sin saber muy bien qué hacer.

Pasa unas horas complicadas en la ciudad. No te queda batería en el móvil y los bancos están cerrados hasta el lunes. Como tendrás algo de calderilla, aprovéchala para llamar a tu padre, a ver si te puede echar una mano, pero no te lo cogerá, porque nunca contesta a teléfonos que no conoce. Llama a un par de amigos hasta que uno de ellos te haga caso. Por desgracia, está de viaje en Munich. Quédate sin monedas justo antes de poder pedirle que avise a alguien que pueda acercarse a Zaragoza a echarte una mano.

Ríndete y ve a un cash converters, a ver si puedes vender algo de lo que llevas en la maleta. Tras deshacerte de tu Ipad, reunirás dinero suficiente para el billete a Barcelona y quizás unos quince o veinte euros más para comer algo, aunque no para dormir. Porque como ya no hay plazas en ningún tren ni autobús para esa noche, tendrás que pasar la noche en un bar, bebiendo la misma cerveza durante horas, y la madrugada en un banco, quizás en la propia plaza del Pilar.

Sube al tren por la mañana. Ve al lavabo y cámbiate de ropa, dándote un poco de esa agua rancia de los trenes en la cara, en las axilas y, tras comprobar una vez más que la puerta está bien cerrada, en la entrepierna. Cuando te sientes, intenta no llorar y aprovecha para cargar el móvil y dormir un poco.

Cuando salgas de la estación de Sants, pregúntale a alguien por mi dirección y sigue sus indicaciones hasta mi calle. Llámame por el camino. Te diré que sigo liado y que lo mejor es que le pidas las llaves a la vecina de abajo. Piensa en las ganas que tienes de darte una ducha. Mira el reloj y date cuenta de que ya no te queda tiempo. Para un taxi y ve al aeropuerto a coger tu vuelo de vuelta. Envíame un mensaje para darme las gracias por mi hospitalidad, justo antes de darte cuenta de que no vas a poder pagar la carrera.

¡Doctor, doctor!

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A: Adelante.
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo doble personalidad!
A: Siéntese.
B: ¡Tengo doble personalidad!
A: No, pero siéntese.
B: ¡Digo que tengo doble personalidad!
A: A ver, que abro su ficha.
B: No, pero no es así…
A: ¿El qué no es así?
B: Usted tiene que decir: “Pues pase y hablemos los cuatro”.
A: ¿Cómo?
B: ¡Es un chiste!
A: ¿Pero a qué viene esto?
B: Comencemos otra vez.
A: ¿Pero a dónde va?
B: ¡A la puerta!
A: Pero…
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo el cuerpo lleno de pelo! ¿Qué padezco?
A: Oiga, que aquí viene gente enferma.
B: No, tiene que decir: “Padece uzted un ozito”.
A: ¿Quiere parar de una vez?
B: ¿Es que no se sabe ninguno de los chistes?
A: Este no es el lugar ni el momento para gracietas. ¿Está usted enfermo o no?
B: ¡No! ¡Soy un actor! ¡Vengo a escenificar chistes!
A: ¿Pero por qué?
B: ¡Porque es gracioso! ¡Maldita sea! ¡Nunca lo vamos a lograr!
A: ¿Nunca vamos a lograr el qué? ¿De qué está hablando?
B: ¡El éxito! ¡La fama! ¡La gira de verano por las fiestas mayores de los pueblos!
A: Oiga, si no tiene ninguna consulta médica que hacerme, haga el favor de marcharse.
B: Un momento.
A: ¿Otra vez a la puerta? ¿Qué hace?
B: ¡Doctor, doctor!
A: ¿Se ha atado un pato de goma a la cabeza con esparadrapo?
B: Tiene que decir: “¿Qué le ha pasado?” Y entonces el pato dirá: “No sé, empezó con un bulto en el pie”.
A: Es un pato de goma. No creo que pueda hablar.
B: ¡También soy ventrílocuo! ¡Soy un artista del Renacimiento!
A: Por favor, márchese. Hay gente esperando y esto no es ningún teatro.
B: En fin. Ya le llamaremos.
A: ¿Cómo?
B: Que ya le llamaremos. Gracias por venir.
A: Está usted en mi consulta. Gracias a usted por venir.
B: Ya puede marcharse. ¡Siguiente!
A: ¡Oiga!
C: Buenas tardes. Venía por el puesto de partennaire de pareja cómica.
B: Aquí es. Comencemos. Le doy la línea. ¡Doctor, doctor! ¡Me duele aquí!
C: ¡Pues váyase allí!
B: ¡Doctor, doctor! ¡Nadie me hace caso!
C: ¡Siguiente!
B: ¡Jajaja!
C: ¡Jajaja!
A: ¿Quieren hacer el favor de salir de mi consulta!
B: ¡Está usted contratado!
C: ¡Gracias!
A: ¡Salgan de aquí!
B: ¡Nos vamos a forrar!
C: ¡El éxito nos aguarda!
B: Tengo una gira por Soria medio apalabrada.
A: ¡Fuera! ¡Largo! A ver, siguiente.
D: Padre, me quiero confesar. Soy un pirómano.
A: ¿Cómo?
D: Ay, me he vuelto a confundir. ¿Dónde está la iglesia?
A: ¡No sé dónde está la iglesia!
D: ¿Y no me puede ayudar?
A: ¿A qué?
D: Usted me pregunta: “Hijo, ¿pecas?” Y yo le contesto: “Sí, hasta en el culo”. Porque soy pelirrojo.
A: ¡Usted no es pelirrojo!
D: Es verdad, así no funciona. Pongamos que yo le digo: “Padre, me he acostado con el párroco del pueblo de al lado” y usted…
A: ¡Basta! ¡Esto no es una iglesia! ¡Y no pienso escenificar ningún chiste! ¡Márchese!
D: Está bien. Ya me voy… Pero no conozco el barrio… ¿La calle Sevilla?
A: Si la pisa fuerte… ¡JAJAJAJAJA!
D: No es así.
A: ¡JAJAJAJA!
D: Es Saboya. Es la calle Saboya.
A: ¡JAJAJAJA…! Fuera, le digo. Es mi consulta y los cuento como quiero.
D: No sé dónde está la calle Sevilla.
A: ¡Váyase de una vez!
D: No la encontraré y moriré de hambre vagando por la ciudad.
A: Le está bien empleado. Por contar chistes. Nadie debería contar chistes. Nunca. No estamos en 1992.