Instrucciones de uso

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1. Utilice el producto.

2. Mire alrededor con desconfianza.

3. Frunza el ceño.

4. Diga: “Creo que esto no funciona”.

5. Vuelva a utilizarlo.

6. Una vez más, con rabia.

7. Diga muy enfadado: “Creo que nos han timado”.

8. Vuelva a probar.

9. Espere dos horas, a ver si se arregla solo, refunfuñando: “Hemos sido víctimas de una estafa”.

10. Busque en Google si le ha pasado a alguien más.

11. Sugiera que “las empresas pagan por ocultar ciertos resultados en las búsquedas, eso lo sabe todo el mundo”.

12. Utilícelo una vez más.

13. Pregunte: “¿Tú cómo lo ves? Yo lo veo igual. ¿Tú lo ves igual?”.

14. Con independencia de la respuesta que reciba, diga: “Pues yo lo veo igual”.

15. Baje a la tienda con intención de cambiarlo.

16. Explíquele al tendero que no funciona.

17. Conteste con un: “¡Pues claro que lo he abierto! ¡Tenía que probarlo!”.

18. Añada: “¡Pues claro que está medio vacío! ¡Tenía que probarlo!”.

19. Siga con: “¡Pues claro que está abollado! ¡Como no funcionaba, me he enfadado mucho y lo he tirado contra la pared!”.

20. Vuelva a casa con el producto bajo el brazo.

21. Diga: “Te dije que no funcionaría”.

22. Añada: “Ya sé que fue idea mía, pero yo te dije que no funcionaría”.

23. Llame al servicio de atención al cliente.

24. Espere diez minutos, mientras suena una de Mozart.

25. Ponga el altavoz y pregunte: “Esto es de Mozart, ¿no?”.

26. Añada: “Bueno, perdona, yo cómo iba a saber que estabas durmiendo”.

27. Piense si merece la pena colgar y probar más tarde o mejor seguir esperando porque, total, ya lleva diez minutos y tarde o temprano se lo tendrán que coger.

28. Espere tres minutos más.

29. Póngase de pie.

30. Orine con el teléfono en la oreja.

31. Dude si tirar o no de la cadena porque justo le acaban de contestar y a lo mejor se oye y quedaría raro.

32. Explíquele el problema al teleoperador.

33. Explíquele otra vez el problema al teleoperador.

34. Amenace al teleoperador.

35. Exija que le pasen con el encargado.

36. Explíquele el problema al encargado.

37. Se corta.

38. Vuelva al punto 25.

39. Amenace al encargado.

40. Exija que le pasen con el presidente.

41. Diga: “Se ha vuelto a cortar, me van a oír”.

42. Tuitee su problema muy enfadado, nombrando la cuenta de la empresa.

43. Escriba una carta al director de La Vanguardia, denunciando la estafa.

44. Llame a Consumo.

45. Explíquele el problema a Consumo.

46. Rellene un formulario en la web para que le llegue a Consumo.

47. Llame a La Vanguardia para preguntar por qué no han publicado su carta.

48. ¿Se ha cortado?

49. Llame a su amigo abogado.

50. ¿Se ha cortado?

51. Abra un blog sobre su lucha y titúlelo: “Mi lucha”.

52. Haga caso a sus amigos y cámbiele el nombre al blog.

53. Entienda el porqué de esos comentarios con frases en alemán.

54. Discúlpese con tus veintitrés seguidores en Twitter por haber escogido un nombre poco adecuado para su blog.

55. Diecisiete seguidores.

56. Nueve.

57. Vaya a un bufete de abogados porque cada vez que llama a su amigo se corta. Debería comprarse otro móvil.

58. Firme los papeles de la demanda.

59. Tuitee que ha vuelto a DEMANDAR a la empresa.

60. Espere pacientemente el juicio, actualizando su blog a diario (rebautizado como “Mis fatigas”).

61. Contrate a un experto en SEO para que su blog salga en la primera página de búsquedas cuando alguien busque el nombre de la empresa.

62. Declare en el juicio, poniéndose de pie varias veces y señalando a los acusados, a pesar de las advertencias del juez, que insiste en que “haga el favor de comportarse”.

63. Pague la multa por desacato.

64. Jure con un puño alzado y frente a los juzgados que recurrirá la sentencia que ha absuelto a la empresa.

65. Llegue a casa y descubra que su esposa ha cambiado la cerradura.

66. Note con cierta preocupación que no le han ingresado la nómina.

67. Vaya a la oficina a pedir explicaciones.

68. Compruebe que le han despedido porque lleva ocho meses sin pasar por ahí.

69. Explíquele la situación al director general.

70. Descubra que su empresa es la que fabrica el producto que, en su opinión, no funciona.

71. Momento de carcajadas entre el director y usted al darse cuenta del divertido equívoco.

72. Pregunte: “Entonces no estoy despedido, ¿verdad?”.

73. Constate con horror que el director general contesta: “Sí, claro que lo estás. Cómo no vas a estarlo”.

74. Salga de la oficina entre lágrimas y arrastrado por tres agentes de seguridad.

75. Vuelva a casa de sus padres.

76. Aproveche su crisis existencial para apuntarse a clases de pintura.

77. Pinte al óleo el producto que en tu opinión no funciona.

78. Una y otra vez.

79. Deje que un galerista que da clases en la academia se fije en su obra.

80. Inaugure una exposición con sus pinturas del producto.

81. Venda sus cuadros por decenas de miles de euros.

82. Utilice ese dinero para recurrir, finalmente, la sentencia.

83. Vuelva a perder el juicio.

84. Llegue a casa y descubra que sus padres han cambiado la cerradura.

85. Siéntese en las escaleras y llore con las cabeza entre las manos.

86. Dése cuenta de que se ha equivocado de piso.

87. Baje las escaleras.

88. Abra la puerta.

89. Pregunte qué hay de cena.

90. Fríase un huevo, refunfuñando.

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Nota de cata

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Es un vino equilibrado, generoso en boca. Si lo huelen, notarán aromas ahumados, tostados, pero sin ocultar la fruta. Correcto, es fruta roja, madura, pero con un punto de acidez. Moras, arándanos… Es un aroma que me recuerda a mi infancia. Mi madre plantó arándanos en la casa donde veraneábamos cuando éramos niños. Recuerdo que los comía a escondidas, sin dejar que acabaran de madurar y cuando aún estaban demasiado ácidos. Pero este vino tiene un punto correcto de acidez. No es excesivo. Volví hace unos años a esa casa. Sabía que no había nadie viviendo en ella. Mis padres la vendieron cuando yo aún era un niño y fue pasando de dueños en dueños hasta que los últimos no pudieron pagar las cuotas de la hipoteca y se la quedó el banco. Por eso la escogí. Sabía que no habría nadie y además la conocía. Podía saltar el muro, que es más bien bajo, sin problemas, y guiarme en la oscuridad a través de lo que quedaba de ese jardín que aún conservaba el viejo almendro y un par de limoneros, bastante descuidados. Ya no había arándanos, claro, pero sí césped y hierbas sin cortar que perfumaban la noche con un aroma fresco que también se percibe en este vino, que tiene notas especiadas: tomillo, regaliz… Sí, también un poco de pimienta, tiene razón. Tuve que hacer tres viajes, claro: uno primero de reconocimiento, para asegurarme de que no había nadie. Un segundo con la pala y la linterna. Al agacharme para dejarlo todo en el suelo toqué la tierra, que estaba aún húmeda y blanda de la lluvia de la mañana. Me llegaron notas minerales que se pueden apreciar en este vino cultivado en una zona en la que hay mucha pizarra. Es un aroma que en el vino me disgusta desde aquella noche en la que hice un tercer viaje acarreando el cuerpo de mi socio, blanco y frío, con la cabeza rota a botellazos. No de este vino, claro, sino de la primera cosecha de nuestra bodega, que había resultado ser un completo desastre porque compré unas barricas baratas, sin consultarlo con él y para ahorrarme un dinero que necesitaba para pagar unas deudas. Estaban podridas. Le enterré con los restos de la botella, que conservaba aún unas gotas de vino, un vino echado a perder, desestructurado y rancio, pero que a la luz de la luna y mezclado con sangre mostraba un color oscuro, apagado en los bordes, casi bermejo. Como este, en el que se nota el año que ha pasado en barrica. Inclinen la copa y fíjense en el color del borde sobre el blanco del mantel. Al volver, di un buen rodeo con el coche. Más de cincuenta kilómetros. No para pensar, como si estuviera en una película barata, sino para deshacerme de la pala y de la ropa manchada de sangre. Cuando llegué a casa y a pesar de que eran casi las cinco de la mañana, me abrí una copa de un vino de la misma denominación de origen que el que estamos probando, pero en el que la garnacha se matizaba con algo de syrah, cosa que echo en falta en esta botella. De todas formas, este es un vino agradable y con una muy buena relación calidad precio, a pesar de que tiene el inconveniente de que me ha recordado a un momento de mi vida bastante desagradable, aunque fue peor para mi exsocio: primero rompí sus sueños y luego le rompí el cráneo. Es posible que tenga un contenido de alcohol algo elevado, a pesar de que queda bien equilibrado con la fruta y la madera. Esto, unido a la amplia variedad de aromas, ha ayudado a que soltara esta confesión que en realidad llevo años queriendo hacer. También es verdad que este es el tercer vino que probamos. Ah, miren, ya viene la policía. ¿Ha llamado usted, verdad? Le he visto salir, sí. Se lo agradezco. Quería terminar la cata con esta otra botella, pero creo que me voy a tener que ir. De todas formas y como ustedes han pagado y aquí está Óscar, el dueño de este bar tan fantástico al que me temo que tardaré en volver, la abriremos y así podrán al menos probarla. Es un vino con mucho cuerpo y mucha madera. La fuerza de sus aromas tostados recuerda casi a un brandy y también a aquella noche en la que quemé mi restaurante para cobrar el seguro. Pero esa es otra historia.

Instrucciones para llegar a mi casa desde el aeropuerto

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(Fuente de la imagen).

Cuando aterrices en Barcelona no estaré en casa, así que te explico cómo puedes llegar. Lo primero que debes haces al salir de la terminal es parar un taxi. Cuando subas, dile que vaya hacia la ciudad y ya le indicarás, pero luego cambia de opinión y grita que los taxis son carísimos, al mismo tiempo que abres la puerta en marcha. Cuando te deje bajar o, lo más probable, te eche, roba la primera bicicleta que veas y pedalea por la autovía hasta que te atropelle un camión. Si no encuentras ninguna bici, ve corriendo por la autovía. En este caso, te puedes dejar atropellar por una furgoneta.

Despierta en el hospital de Bellvitge dos o tres días más tarde, con alguna extremidad rota, la cabeza vendada y dolor en todo el cuerpo. No te dejarán salir y además harán bien porque es probable que tengas alguna conmoción cerebral que suponga un peligro para tu vida, pero como sólo vienes para unos días, lo mejor es que te vistas y huyas con tu maleta cuando no miren.

Una vez en la calle, coge el metro y baja en cualquier parada del centro; por ejemplo, en plaza Catalunya. Ve a un bar que te guste y pide una cerveza y algo para picar. En seguida notarás que la cerveza te anima, y más con el estómago prácticamente vacío, por lo que te verás con ganas de pedir una botella de vino. No te cortes. Pide algo más de comer. Ve a una coctelería. Haz amigos. Sal por bares cuyos nombres no recordarás al día siguiente. Invita a una ronda de chupitos. Disimula el rictus de disgusto cuando notes el abrazo de un tipo sudoroso que insiste en que le caes muy bien. Pierde la maleta y encuéntrala en el bar donde estabas antes. Pregúntate quién ha puesto otro vaso medio lleno en tu mano y por qué está ya medio vacío.

Despierta en el suelo de una sala de estar que no conoces tras dormir apenas dos o tres horas. Incorpórate gimiendo por culpa del dolor de cabeza y mira alrededor: es probable que haya más gente durmiendo en esa casa. Tal vez en el sofá, quizás en un sillón o puede que incluso en la bañera.

Sal a una calle del Eixample, con la maleta en la mano y algo mareado, pero contento. Camina en dirección Llobregat. Cuando te estés acercando a mi casa, verás la estación de Sants. Animado por el alcohol que aún debe correr por tus venas y por esas breves horas de sueño que crees que te han despejado, decide que es una oportunidad tan buena como cualquier otra para comprar un billete de tren y pasar el día en Girona, así que entra en la estación y sube corriendo al tren, que justo acaba de parar en la vía.

Quédate dormido y despierta en algún pueblo del sur de Francia. Habrá algo de lío cuando intentes explicar en la estación lo que te ha ocurrido, porque tienes hambre, sueño y sed, no tienes ni idea de francés y además te sigue doliendo la cabeza. Aun así, logra convencer al taquillero para poder subir al siguiente tren de vuelta sin coste adicional. Llega a Girona cansado, con ganas de una ducha y sin ningún interés por ver la ciudad.

En la estación, pregunta si tienen consigna para dejar la maleta. No la tendrán o estará ya llena, así que ve por la ciudad arrastrándola, desganado, con dolor en el brazo izquierdo, el escayolado, y con la boca seca y pastosa. Ventaja de ir con la maleta: podrás sacar las gafas de sol para protegerte de esa luz que está empeorando tu jaqueca.

Llega al barrio judío y para en un bar a desayunar, aunque en realidad ya son las dos de la tarde. Enamórate de la camarera y piensa en la posibilidad de decirle algo, pero cuando logres el valor suficiente y ya hayas llamado su atención para hablar con ella, recuerda que ligar con una camarera es muy poco elegante: la pobre está trabajando y no tiene ganas de escuchar las tonterías de un tipo que aún huele a alcohol y que necesita una ducha y una siesta, así que cambia de opinión y pide otro café que en realidad no quieres y que por ese motivo dejarás a medias.

Sal del bar y llega hasta la catedral. Una vez allí, decide que ya has visto suficiente de la ciudad, aunque tampoco hace falta que admitas que has hecho el ridículo y que deberías haber ido directamente a casa al salir por la mañana de aquel piso.

Duerme durante el viaje de vuelta. Cuando despiertes y salgas de la estación, te darás cuenta de que te has confundido de tren y estás en Zaragoza. Allí no hablan francés y no te cuesta que te entiendan, pero quizás por eso mismo no consigues que te cuelen gratis en el tren a Barcelona gratis. Por desgracia, tu tarjeta no funciona, quizás porque anoche llegaste al límite mensual al pagar la tercera ronda de tequilas, y no tienes efectivo suficiente, así que te verás en la estación de Delicias sin saber muy bien qué hacer.

Pasa unas horas complicadas en la ciudad. No te queda batería en el móvil y los bancos están cerrados hasta el lunes. Como tendrás algo de calderilla, aprovéchala para llamar a tu padre, a ver si te puede echar una mano, pero no te lo cogerá, porque nunca contesta a teléfonos que no conoce. Llama a un par de amigos hasta que uno de ellos te haga caso. Por desgracia, está de viaje en Munich. Quédate sin monedas justo antes de poder pedirle que avise a alguien que pueda acercarse a Zaragoza a echarte una mano.

Ríndete y ve a un cash converters, a ver si puedes vender algo de lo que llevas en la maleta. Tras deshacerte de tu Ipad, reunirás dinero suficiente para el billete a Barcelona y quizás unos quince o veinte euros más para comer algo, aunque no para dormir. Porque como ya no hay plazas en ningún tren ni autobús para esa noche, tendrás que pasar la noche en un bar, bebiendo la misma cerveza durante horas, y la madrugada en un banco, quizás en la propia plaza del Pilar.

Sube al tren por la mañana. Ve al lavabo y cámbiate de ropa, dándote un poco de esa agua rancia de los trenes en la cara, en las axilas y, tras comprobar una vez más que la puerta está bien cerrada, en la entrepierna. Cuando te sientes, intenta no llorar y aprovecha para cargar el móvil y dormir un poco.

Cuando salgas de la estación de Sants, pregúntale a alguien por mi dirección y sigue sus indicaciones hasta mi calle. Llámame por el camino. Te diré que sigo liado y que lo mejor es que le pidas las llaves a la vecina de abajo. Piensa en las ganas que tienes de darte una ducha. Mira el reloj y date cuenta de que ya no te queda tiempo. Para un taxi y ve al aeropuerto a coger tu vuelo de vuelta. Envíame un mensaje para darme las gracias por mi hospitalidad, justo antes de darte cuenta de que no vas a poder pagar la carrera.

¡Doctor, doctor!

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A: Adelante.
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo doble personalidad!
A: Siéntese.
B: ¡Tengo doble personalidad!
A: No, pero siéntese.
B: ¡Digo que tengo doble personalidad!
A: A ver, que abro su ficha.
B: No, pero no es así…
A: ¿El qué no es así?
B: Usted tiene que decir: “Pues pase y hablemos los cuatro”.
A: ¿Cómo?
B: ¡Es un chiste!
A: ¿Pero a qué viene esto?
B: Comencemos otra vez.
A: ¿Pero a dónde va?
B: ¡A la puerta!
A: Pero…
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo el cuerpo lleno de pelo! ¿Qué padezco?
A: Oiga, que aquí viene gente enferma.
B: No, tiene que decir: “Padece uzted un ozito”.
A: ¿Quiere parar de una vez?
B: ¿Es que no se sabe ninguno de los chistes?
A: Este no es el lugar ni el momento para gracietas. ¿Está usted enfermo o no?
B: ¡No! ¡Soy un actor! ¡Vengo a escenificar chistes!
A: ¿Pero por qué?
B: ¡Porque es gracioso! ¡Maldita sea! ¡Nunca lo vamos a lograr!
A: ¿Nunca vamos a lograr el qué? ¿De qué está hablando?
B: ¡El éxito! ¡La fama! ¡La gira de verano por las fiestas mayores de los pueblos!
A: Oiga, si no tiene ninguna consulta médica que hacerme, haga el favor de marcharse.
B: Un momento.
A: ¿Otra vez a la puerta? ¿Qué hace?
B: ¡Doctor, doctor!
A: ¿Se ha atado un pato de goma a la cabeza con esparadrapo?
B: Tiene que decir: “¿Qué le ha pasado?” Y entonces el pato dirá: “No sé, empezó con un bulto en el pie”.
A: Es un pato de goma. No creo que pueda hablar.
B: ¡También soy ventrílocuo! ¡Soy un artista del Renacimiento!
A: Por favor, márchese. Hay gente esperando y esto no es ningún teatro.
B: En fin. Ya le llamaremos.
A: ¿Cómo?
B: Que ya le llamaremos. Gracias por venir.
A: Está usted en mi consulta. Gracias a usted por venir.
B: Ya puede marcharse. ¡Siguiente!
A: ¡Oiga!
C: Buenas tardes. Venía por el puesto de partennaire de pareja cómica.
B: Aquí es. Comencemos. Le doy la línea. ¡Doctor, doctor! ¡Me duele aquí!
C: ¡Pues váyase allí!
B: ¡Doctor, doctor! ¡Nadie me hace caso!
C: ¡Siguiente!
B: ¡Jajaja!
C: ¡Jajaja!
A: ¿Quieren hacer el favor de salir de mi consulta!
B: ¡Está usted contratado!
C: ¡Gracias!
A: ¡Salgan de aquí!
B: ¡Nos vamos a forrar!
C: ¡El éxito nos aguarda!
B: Tengo una gira por Soria medio apalabrada.
A: ¡Fuera! ¡Largo! A ver, siguiente.
D: Padre, me quiero confesar. Soy un pirómano.
A: ¿Cómo?
D: Ay, me he vuelto a confundir. ¿Dónde está la iglesia?
A: ¡No sé dónde está la iglesia!
D: ¿Y no me puede ayudar?
A: ¿A qué?
D: Usted me pregunta: “Hijo, ¿pecas?” Y yo le contesto: “Sí, hasta en el culo”. Porque soy pelirrojo.
A: ¡Usted no es pelirrojo!
D: Es verdad, así no funciona. Pongamos que yo le digo: “Padre, me he acostado con el párroco del pueblo de al lado” y usted…
A: ¡Basta! ¡Esto no es una iglesia! ¡Y no pienso escenificar ningún chiste! ¡Márchese!
D: Está bien. Ya me voy… Pero no conozco el barrio… ¿La calle Sevilla?
A: Si la pisa fuerte… ¡JAJAJAJAJA!
D: No es así.
A: ¡JAJAJAJA!
D: Es Saboya. Es la calle Saboya.
A: ¡JAJAJAJA…! Fuera, le digo. Es mi consulta y los cuento como quiero.
D: No sé dónde está la calle Sevilla.
A: ¡Váyase de una vez!
D: No la encontraré y moriré de hambre vagando por la ciudad.
A: Le está bien empleado. Por contar chistes. Nadie debería contar chistes. Nunca. No estamos en 1992.

Es buen tío

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-No, pero es buen tío.

-¿Cómo?

-Que es buen tío, digo.

-No puedes decirme eso. Llevas tres cuartos de hora hablando mal de él. No puedes explicarme que abandonó a su mujer embarazada y luego añadir “no, pero es buen tío”. Tuvo que dar a luz entre dos contenedores. Me lo has dicho hace diez minutos. Eso no es compatible con ser un buen tío. También me has contado que estafó a su propia hermana. Se quedó sin ahorros y acabó perdiendo su piso. Y yo diría que alguien que mató al gato de su sobrina sólo por ver qué se siente no puede ser “un buen tío”. Y menos si lo hace delante de la pobre niña. No. No puedes decir eso. Todavía va al psiquiatra. Lleva seis meses sin dormir. Me lo acabas de decir. Y cada vez que pienso en lo que le hizo a esa anciana que intentó colarse en el supermercado me entran escalofríos. Todas las personas mayores de 70 años intentan colarse en el súper. Es ley de vida. Hay que llevarlo con paciencia. No puedes hacer… Eso… No quiero ni pensarlo. Es absurdo decir de alguien que hace ese tipo de cosas que es buen tío. No tiene sentido. ¿Y por qué prendió fuego a la guardería? No entiendo nada. ¿Por qué hizo eso? ¡Me da igual que fuera de noche y no hubiera nadie! Ese tío debería estar en la cárcel. O en un psiquiátrico. O muerto. Mira, en serio, estoy en contra de la pena de muerte, pero en este caso haría una excepción. Deja de decir que es buen tío. No lo es. No. Es un psicópata peligroso.

-No, pero es majete.

-¡No! ¡No puede ser majete!

-Os llevaríais bien.

-¡Que no!

-Te ríes.

-¡No! ¡Basta!

-He quedado con él el viernes. Vente.

-¡Ni hablar!

-A las ocho. Cervecita y luego cena por Gràcia.

-Bueno, vale. A lo mejor me paso un rato.

Consejos para comenzar bien el día

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Son muchos los que me preguntan por mi rutina mañanera, al verse sorprendidos por la energía con la que me enfrento a la jornada laboral y por lo bien que aprovecho el tiempo gracias a un arranque positivo. “Jaime -me dicen-, ¿por qué no escribes todo eso en tu blog y dejas de hablarme un ratito, anda?” “Buena idea”, contesto justo antes de irme sin pagar mis tres cervezas.
 
Cada mañana me despierta la risa de los niños. Aún no sé qué niños son. Pero cada día entran a robarme y jamás consigo pillarles a tiempo. Aprovechan ese momento de sueño intenso por el que pasamos todos después de apretar el botón de snooze por cuarta vez. ¿Debería comprar una puerta? Es posible.
 
Es muy importante desayunar bien. Nada de bollería industrial: algo natural y sano, que aporte energía para comenzar el día con fuerzas renovadas. Yo cojo un huevo, lo empollo durante tres semanas, crío al pollito hasta que se hace una gallina y cuando finalmente pone su primer huevo, lo frío y me lo como con tostadas. Todo eso, cada mañana. La pereza no es una excusa válida. Eso sí, el pan y los phoskitos los compro ya hechos, que no me da tiempo a todo. 
 
Mientras desayuno y después de tirar la gallina por la ventana (vuelan, ¿no?), consulto el correo electrónico, a no ser que el vecino haya vuelto a cambiar la clave de la wifi. ¡Maldito seas, vecino! ¿Qué hay del hoy por ti y mañana por mí? ¿Acaso no te recojo el correo cuando no estás, lo abro y tiro lo que seguramente no te interesa? 
 
En caso de que no pueda dar con la contraseña (suele ser el nombre de alguno de sus siete gatos escrito en leet), voy a un Starbucks y espero a que alguien vaya al baño para usar su portátil.

 
Después hago algo de ejercicio. Tanto físico como mental. Salgo a correr con una revista de sudokus en la mano. La distancia que recorro es variable, ya que cuando me atropellan suelo parar.
 
Tras esta sesión y si no tengo que ir a urgencias, intento dejar el piso lo antes posible. Nunca más tarde de la una del mediodía. Para que no lleguen los de la inmobiliaria a enseñárselo a algún matrimonio. Vivo en una maqueta.

 
Por supuesto, soy el primero en llegar a la oficina. Es por mi mentalidad de emprendedor. Mi empresa cerró hace tres años por culpa de un juez empeñado en que tenía que pagar un montón de cosas: sueldos, impuestos, multas de tráfico… El intervencionismo impedirá que salgamos de la crisis. ¿Cómo vamos a crecer si la gente sigue empeñada en cobrar?
 
En todo caso, sigo confiando en mi proyecto. Me veo a mí mismo como el policía que resuelve el caso una vez le han quitado la placa y la pistola. ¿El mercado está finalmente preparado para un motor de coche ecológico y eficiente, que no contamina ya que funciona poniendo a pedalear a algún pobre? Yo digo sí.
 
Algo que me gusta hacer antes de empezar la jornada laboral es sentarme frente al volante, cerrar los ojos y pensar durante cinco minutos en cómo quiero afrontar el día. A veces menos. Según si el dueño del coche me ve o no.
 
La principal pregunta que me hago es: “¿Qué quiero conseguir hoy?” Las respuestas varían. Hay días en los que quiero dos millones de euros. Otros, simplemente el barco pirata de Playmobil. Hoy quería un riñón sano. Necesito tres riñones. Bebo mucho café.
 
Con el objetivo de aprovechar bien el tiempo, me preparo una lista de tareas pendientes. Intento comenzar con una suave (buscar un nuevo escondite para que no me vea el guarda de seguridad) y luego una más difícil, algo que me dé pereza, para quitármelo de encima cuanto antes (llamar al banco e intentar convencer al subdirector de la oficina de que necesito otro préstamo para sacar adelante mi brillante idea de motor de pobre).
 
Después de redactar la lista, me tomo un breve descanso y duermo hasta la hora de merendar.
 
Y así acaba mi mañana y el resto de la jornada, porque luego me voy a casa a ver series.

Sólo tenemos Pepsi

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A: Una Coca-Cola light, por favor.
B: Tendrá que ser Zero.
A: Es igual.
B: En realidad, sólo tenemos Pepsi.
A: Pepsi está bien.
B: ¿Y si es Fanta?
A: ¿De naranja?
B: No nos queda.
A: Pues una de limón.
B: Le puedo traer un helado de limón.
A: Pues un helado de limón.
B: Sólo que es de fresa.
A: Ya va bien así.
B: Lo siento, pero el congelador está estropeado. ¿Batido de fresa?
A: Vale.
B: Sólo que es gazpacho.
A: Ningún problema. También es rojo.
B: Se acaba de terminar mientras me contestaba. Pero podemos untar algo de tomate en un par de rebanadas de pan y hacerle un bocadillo.
A: Bien. ¿De qué lo tienen?
B: Jamón, tortilla, fuet…
A: Tortilla.
B: No nos queda.
A: Jamón.
B: No hay pan. Lo más parecido sería un filete empanado.
A: De acuerdo.
B: Pero tiene que ser a la plancha.
A: Vale.
B: ¿Patatas o ensalada?
A: Patatas.
B: No nos quedan.
A: ¿Puede ser ensalada?
B: Tampoco. Verduras a la brasa.
A: Hecho.
B: Marchando un lenguado al horno.
(Diez minutos más tarde le sirve una caña y una ración de chipirones).

(Fuente de la imagen).