Te has hecho algo en el pelo

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(Estoy acabando una novela, cuyo título provisional es Te has hecho algo en el pelo. Aquí tenéis las cuatro primeras páginas. Si no os gustan, es porque sois gordos y tenéis granos).

 

-¿Te has hecho algo en el pelo?

Así empezó todo. Con una pregunta anodina, quizás algo peligrosa, teniendo en cuenta que se la estaba haciendo a mi mujer un sábado por la mañana. Si la respuesta a esa pregunta era afirmativa, ya tendría que haberme dado cuenta la tarde anterior.

-No -contestó ella-. Hace más de un mes que no voy a la pelu. ¿Por qué lo dices?
-No sé, te lo veo más claro.

Y sí, se lo veía más claro. Si me hubieran preguntado de qué color era el cabello de mi mujer, hubiera contestado, sin dudar, “castaño oscuro, casi negro”. Desde siempre. No se lo había teñido en todos los años que llevábamos juntos. Pero ahora la estaba mirando y lo veía castaño claro, casi rubio.

-Será la luz -añadí, girando la cabeza, intentando buscar algún reflejo del sol que se me hubiera escapado y que hacía que el cabello de Mireia pareciera, eso, más claro-. O igual es que estoy medio dormido todavía.
-¿Rebeca ha desayunado?
-Sí, le he calentado la leche mientras estabas en el baño.
-No me gusta que vea la tele cuando desayuna.
-Bah, déjala, están echando uno de sus setecientos programas favoritos.
-…
-No gruñas. Es sábado. Los sábados por la mañana los niños ven la tele mientras sus padres olvidan toda la semana anterior. Yo lo hacía. Tú lo hacías. ¿Recuerdas La bola de cristal?
-A mí no me dejaban ver tanta tele como a ti.
-Así has salido.
-No, perdona, así has salido tú.

Me había despertado una mañana y mi mujer tenía el pelo de otro color. Tampoco era tan grave. No tenía una joroba, ni le faltaba un ojo. Intenté olvidarme del tema, asumir que me había despistado, olvidado. Decidí comportarme con normalidad. Estaría aún medio dormido. Seguramente mi cerebro todavía no funcionaba a pleno rendimiento. Me hacía mayor.

La mañana transcurrió como cualquier otra mañana de sábado, con la excepción de que no dejaba de mirarle el cabello a Mireia. Rebeca jugó, yo me duché y bajé al supermercado, también preparé la comida y acepté la propuesta horrible para pasar la tarde que hizo Mireia, si bien hay que admitir que podría haber salido de cualquiera de los dos.

-Podríamos ir a l’Illa. Rebeca necesita zapatos. Y a ti no te irían mal unos tejanos.

Fuimos a ese centro comercial, igual que aproximadamente la mitad de Barcelona. Todos dábamos tumbos de tienda en tienda, pensando por qué diablos estábamos allí con toda esa gente, pero conscientes de que dentro de dos o tres semanas volveríamos a venir y a agobiarnos y a quejarnos.

Como es natural, Rebeca se puso imposible, igual que todos los críos de su edad en una situación similar. Escogimos unos zapatos que le gustaban, pero que luego, nada más salir de la tienda, ya no. Manifestó su disgusto con un llanto forzado. La reñimos con escaso convencimiento, ya que nosotros mismos también estábamos algo hartos de aquel escenario y teníamos ganas de tener cinco años y soltar una pataleta. Mireia se probó varios vestidos de verano y un par de camisetas. No se compró nada. Yo no quise ir a ninguna de mis tiendas. Demasiada cola en los probadores. En una tienda vacía, podía tardar cuatro minutos en comprar unos tejanos. En aquellas igual tenía que pasar una hora. Demasiado. No estaba capacitado para llevar a cabo un esfuerzo semejante. Mireia volvió a las mismas tiendas en las que ya había estado para probarse la mitad de las prendas que ya se había probado. Ante una nueva y justificadísima, seamos sinceros, pataleta de Rebeca y ante mi también excusable cara de fastidio, Mireia nos envió a tomar un refresco mientras agarraba perchas como si se las fuera a clavar a alguien.

Salimos de allí a las ocho, estresados y malhumorados, con tres bolsas de ropa que no le acababa de gustar a nadie. Y yo con unas ganas terribles de beberme tres cervezas. Sólo que no podría porque habría que prepararle la cena a la niña, ponerle el pijama y luego ella querría jugar a algo y cuando finalmente se acostara ya se me habrían pasado las ganas de tomarme no tres, sino ninguna.

En todo ese tiempo intenté quitarme de la cabeza el hecho de que seguía viendo el cabello de Mireia de otro color. Pero no podía. Le miraba el pelo fijamente, cuando no atendía, claro, para no ponerla nerviosa, buscando el motivo que me hacía verlo en otro tono o el que me hacía recordarlo de otra manera. Incluso miré las fotos que tenía de ella en el móvil, mientras tomaba una Coca-Cola con Rebeca, sólo para comprobar que no, que su pelo nunca había sido castaño oscuro, casi negro, y que ese castaño claro, casi rubio, era su tono natural, o al menos el que aparecía en todas las fotos que tenía guardadas.

-No pienso volver con vosotros de compras un sábado -dijo, precisamente, Mireia, durante el paseo de vuelta.
-Menos mal -contesté, esbozando una sonrisa.
-¿Por qué? -Preguntó Rebeca desde mis hombros.
-Porque somos muy pesados.
-¿Mamá está enfadada?
-No, claro que no estoy enfadada.
-Sí que lo está. Y para que no lo esté más, tú y yo vamos a preparar la cena cuando lleguemos.
-Quiero tortilla de patatas.
-Pues tortilla de patatas.

Los tres llegamos a casa con mejor ánimo. Nos subimos en el ascensor y apretamos el botón del cuarto piso. Yo salí primero y, como de costumbre, hice mi imitación de mayordomo, que consistía en sostener la puerta e inclinarme mucho, con el rostro muy serio.

-Señoras, por favor.

La primera en salir fue Rebeca, dando saltitos. Le siguió un bulto negro, que era un cochecito para bebé en el que dormía un niño de alrededor de un año. Empujando el carrito estaba Mireia, con cara de cansancio.

-¿Tienes tus llaves? -Me preguntó.
-Er… Pues… Sí, sí, las tengo.

Abrí la puerta de casa. Mireia aparcó el carrito en el recibidor y sacó al niño, sin despertarlo.

-Voy a bañar a Xavi -me dijo-. Si quieres ir haciendo la cena…
-Sí, claro, la cena…

Me quedé parado, de pie, supongo que con la boca entreabierta, mientras Mireia se llevaba a aquel crío al cuarto de baño.

-Papá, papá -Rebeca tiraba de mi mano-. ¿Te puedo ayudar con la tortilla? ¿Puedo batir el huevo?
-Ehm… Sí…
-El tete no puede cocinar.
-No, el tete es pequeño.

Mi temporada en Ferrari

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Es posible que mucha gente no sepa que yo estuve a esto de ser piloto de Fórmula 1. Para quienes me lean y no me vean dictarle el texto a uno de mis chimpancés-secretario, debo aclarar que al mismo tiempo que decía la palabra “esto”, acercaba los dedos índice y pulgar de mi mano derecha, dejando entre ellos espacio para apenas dejar pasar el cerebro de un periodista del corazón.

El caso es que los capos –ja, ja, capos, como son italianos… Es una broma mía– de Ferrari me ofrecieron la posibilidad de hacer unas pruebas con ellos, dada mi pericia al volante y tras los sorprendentes tiempos que había conseguido en unas sesiones con Minardi, equipo que aún existía por aquel entonces.

Creo que no es necesario decir que acepté encantado. Así que no lo diré. Mono, borra, la frase. ¿Pero qué escribes? ¿QUIERES DEJAR DE ANOTAR? ¿PERO QUÉ HACES? ¡TRAEDME A OTRO MONO QUE NO SEA RETRASADO!

(Gritos. Forcejeos. Latigazos).

Disculpad. Prosigamos con la historia.

Acudí al circuito italiano de Mugello, donde recibí la calurosa bienvenida de los mecánicos de la escudería, que por algún motivo me confundieron con el técnico de la máquina de café. Movido por mi espíritu de equipo, deseoso de mostrar mis habilidades técnicas y como además soy muy tímido, intenté arreglar la máquina.

Sólo recuerdo una explosión, gritos y sangre.

Dos días más tarde salí del hospital y volví al circuito, donde me recibió Luca di Montezemolo, que me dio su tarjeta. Al ver que su segundo nombre era Cordero, me entró un ataque de risa que le hizo llorar un poco.

Me sentí poco menos que cumpliendo un sueño cuando me puse el mono rojo sobre los hombros. Claro que aquello fue una broma de los mecánicos. Ja, ja. Me habían cambiado el mono por otro mono: un babuino rabioso que me mordió el ojo izquierdo tras confundirlo con una nuez. Ja, ja. Ahí nació mi amor por los monos.

El caso es que ya convenientemente equipado, me metí en el coche y di las últimas instrucciones a mi equipo. “Me lo llenas de súper y echa un vistazo a ver qué tal está el aceite. Y pon estas pegatinas de llamas en los alerones, que así seguro que va más rápido”. Sin duda, los mecánicos quedaron impresionados con mis conocimientos. No quedaba duda de que sería de gran ayuda para poner el coche a punto.

Apreté el acelerador y salí a todo gas del box. Me llevé por delante a la jefa de prensa de Fernando Alonso e incrusté el coche en el muro. Le intenté echar la culpa al mono y el babuino se enfadó y me mordió la oreja. Reconozco que con razón: el pobre bicho estaba tan tranquilo con sus cosas, sentado en el alerón delantero, y no había tenido nada que ver con el accidente.

Como Cordero (yo ya le llamaba así) estaba convencido de mis posibilidades, me dio una segunda oportunidad. Una vez se hubieron apartado todos los mecánicos, salí con algo más de tranquilidad y logré meter el coche en pista. Cuatro horas y diecisiete minutos más tarde completaba mi primera vuelta. El ingeniero de pista me preguntó si todo iba bien. Le dije que sí, sólo que no tenía muy claro cómo cambiar de marcha. No encontraba la palanca.

Todo fue más fácil después de que me explicara que las marchas se cambiaban con unas palanquitas que había en el propio volante. Mejoré mucho mis tiempos una vez supe eso. Seis o siete segundos. Eso fue lo que tardé en salirme de pista a doscientos noventa kilómetros por hora e incrustar el bólido en la ambulancia que se llevaba (muy lentamente) a la jefa de prensa a la que había atropellado antes.

Una vez me sacaron del coche con una grúa, mantequilla y una espátula, tuve una charla con Cordero, que quería saber cómo era posible que hubiera conseguido unos tiempos tan buenos con Minardi. Le expliqué que los nervios me habían traicionado y que lo único que tenían que hacer era sustituir el volante por un mando de la Play Station. “Es que me cambiáis los botones de sitio y me lío. Y ponédmelo en modo automático, que lo de cambiar las marchas es un rollo”.

Finalmente no me contrataron, imagino que por no haber podido llegar a un acuerdo con mis patrocinadores (Vermutería Los Mundiales), así que después de recibir una paliza de unos amiguetes de Cordero, Ferrari y yo dimos por concluida nuestra relación profesional.

Guardo un recuerdo muy grato de aquella experiencia. Sí, es el mono. Jamás aprendió a teclear, así que me lo comí. Uso su cráneo para beber té.

TEST: Cómo eres según tu superhéroe favorito

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No cabe duda de que los superhéroes están de moda. Quizás en tiempos como los que corren [INSERTE AQUÍ TRES O CUATRO FRASES SOBRE LA NECESIDAD DE HÉROES EN TIEMPOS DE CRISIS, UNA CRISIS QUE NO ES SÓLO ECONÓMICA]. Pero no todos son iguales, aunque predominen los huérfanos que tienen problemas para relacionarse con las mujeres. De hecho, quién es tu superhéroe favorito dice mucho de ti. Mucho más de lo que puedas imaginar:

Batman: Tienes un problema de sobrepeso, más de 30 años y vives con tus padres. Tu madre llora algunas noches pensando que no le vas a dar nietos y no puede olvidar a aquella novia que tuviste a los 22 y a la que casi besaste. Estudiaste informática o cualquier cosa parecida, no sé, una ingeniería, física, matemáticas… Cualquier carrera en la que hubiera un mínimo de siete chicos por cada chica. Jugabas a rol de adolescente y aunque ya lo dejaste hace no muchos años, sigues conservando tanto los libros, como los dados, como el acné. Dedicas al menos un par de horas diarias a los videojuegos, ya sea jugándolos o publicando críticas, pistas y guías en foros y en tu blog. Estás ahorrando para ir a la Comic-Con de San Diego disfrazado de Batman. Te van a despedir si sigues dibujando tu fanzine en el trabajo. Por cierto, en la oficina muchos piensan que un día te plantarás allí con una escopeta y te liarás a tiros.

Spiderman: Tienes un problema de sobrepeso, más de 30 años y vives con tus padres. Tu madre llora algunas noches pensando que no le vas a dar nietos y no puede olvidar a aquella novia que tuviste a los 22 y a la que casi besaste. Estudiaste informática o cualquier cosa parecida, no sé, una ingeniería, física, matemáticas… Cualquier carrera en la que hubiera un mínimo de siete chicos por cada chica. Jugabas a rol de adolescente y aunque ya lo dejaste hace no muchos años, sigues conservando tanto los libros, como los dados, como el acné. Dedicas al menos un par de horas diarias a los videojuegos, ya sea jugándolos o publicando críticas, pistas y guías en foros y en tu blog. Estás ahorrando para ir a la Comic-Con de San Diego disfrazado de Spiderman. Te van a despedir si sigues dibujando tu fanzine en el trabajo. Por cierto, en la oficina muchos piensan que un día te plantarás allí con una escopeta y te liarás a tiros.

Superman: Tienes un problema de sobrepeso, más de 30 años y vives con tus padres. Tu madre llora algunas noches pensando que no le vas a dar nietos y no puede olvidar a aquella novia que tuviste a los 22 y a la que casi besaste. Estudiaste informática o cualquier cosa parecida, no sé, una ingeniería, física, matemáticas… Cualquier carrera en la que hubiera un mínimo de siete chicos por cada chica. Jugabas a rol de adolescente y aunque ya lo dejaste hace no muchos años, sigues conservando tanto los libros, como los dados, como el acné. Dedicas al menos un par de horas diarias a los videojuegos, ya sea jugándolos o publicando críticas, pistas y guías en foros y en tu blog. Estás ahorrando para ir a la Comic-Con de San Diego disfrazado de Superman. Te van a despedir si sigues dibujando tu fanzine en el trabajo. Por cierto, en la oficina muchos piensan que un día te plantarás allí con una escopeta y te liarás a tiros. Eres gay.

Linterna verde: ¿Linterna verde? ¿En serio? ¿Eso existe? ¿Y si se junta con Destornillador azul, Martillo rojo y Llave inglesa morada forman el valiente grupo de superhéroes conocido como La caja de herramientas?

Lobezno: Tienes un problema de sobrepeso, más de 30 años y vives con tus padres. Tu madre llora algunas noches pensando que no le vas a dar nietos y no puede olvidar a aquella novia que tuviste a los 22 y a la que casi besaste. Estudiaste informática o cualquier cosa parecida, no sé, una ingeniería, física, matemáticas… Cualquier carrera en la que hubiera un mínimo de siete chicos por cada chica. Jugabas a rol de adolescente y aunque ya lo dejaste hace no muchos años, sigues conservando tanto los libros, como los dados, como el acné. Dedicas al menos un par de horas diarias a los videojuegos, ya sea jugándolos o publicando críticas, pistas y guías en foros y en tu blog. Estás ahorrando para ir a la Comic-Con de San Diego disfrazado de Lobezno. Te van a despedir si sigues dibujando tu fanzine en el trabajo. Por cierto, en la oficina muchos piensan que un día te plantarás allí con una escopeta y te liarás a tiros.

Catwoman: Tienes un problema de sobrepeso, más de 30 años y vives con tus padres. Tu madre llora algunas noches pensando que no le vas a dar nietos y no puede olvidar a aquel novio que tuviste a los 22 y al que casi besaste. Estudiaste informática o cualquier cosa parecida, no sé, una ingeniería, física… Cualquier carrera en la que hubiera un mínimo de siete chicos por cada chica. Jugabas a rol de adolescente y aunque ya lo dejaste hace años, sigues conservando tanto los libros, como los dados, como el acné. Dedicas al menos un par de horas diarias a los videojuegos, ya sea jugándolos o publicando críticas, pistas y guías en foros y en tu blog. Estás ahorrando para ir a la comic-con de San Diego disfrazada de Catwoman. Te van a despedir si sigues dibujando tu fanzine en el trabajo. Por cierto, en la oficina muchos piensan que un día te plantarás allí con una escopeta y te liarás a tiros.

Mi favorito es Batman y, guau, da hasta miedo lo mucho que acierta este test 🙂

Cosas tuyas

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A: ¡SOCORRO! ¡NO ME MATES!

B: ¿Yo? No sé de qué hablas…

A: ¡Me estás clavando un cuchillo en el pecho!

B: Pero qué dices, ¡esto es un peine!

A: ¡Basta, estoy sangrando!

B: Anda, exagerado.

A: ¡NO! ¡BAJA LA PISTOLA! ¡AAAAH! ¡ME HAS DADO EN LA BARRIGA! ¡AAAAAAH!

B: No digas tonterías, yo estoy aquí tan tranquilo, esperando al autobús, pensando en mis cosas.

A: ¡Pero si estamos en mi casa!

B: Yo no tengo la culpa de que el autobús pase por aquí. Reclama al ayuntamiento o a quien sea.

A: ¿Qué es eso? ¿Qué me das?

B: Agua.

A: Ah, gracias, veo que has entrado en razón… ¡Sabe amarga!

B: Es que el agua de grifo de Barcelona es un asco.

A: ¡Me has envenenado!

B: ¿¡Yo!? ¿Pero por qué dices eso? Me estás ofendiendo con estas acusaciones infundadas.

A: ¡Al menos hazlo rápido! ¡Basta ya de tanto sufrimiento! ¿Qué haces con esa cuerda?

B: Nada, nada; me estoy atando los zapatos.

A: ¿Pero tú crees que la lámpara aguantará?

B: Los zapatos, te digo.

A: ¡Ah! ¡Suéltame! ¡No! ¡No quiero morir ahorc…! Au… Te dije que no aguantaría.

B: ¿El qué?

A: Estoy sangrando por todas partes, tengo el estómago revuelto, me he torcido el tobillo, me has roto la lámpara…

B: En serio, no dices más que tonterías. ¿No tendrás fiebre?

A: ¡AH! ¡BASTA! ¡NO! ¡EN LA CARA, NO! ¡SUELTA LA SARTÉN!

B: Jajaja, qué humor más raro tienes.

A: Mif dientef…

B: Jajaja…

A: ¡Qué me estás echando! Huele a… ¿Es gasolina?

B: No, hombre, si fuera gasolina y te tirara esta cerilla por encima, arderías en llamas.

A: ¿Se puede arder en otra cosa que no sea llamas? ¡AAAAH! ¡AAAAAH! ¡QUEMA! ¡POR FAVOR! ¡AYÚDAME! ¡AAAAAH! ¡Aaaah…! Menos mal que rodando se ha apagado… Duele… Llama a una ambulancia, por favor. ¿Qué haces? ¿Dónde me llevas? Suéltame.

B: Yo no te llevo a ningún lado. Vas tú solo. Yo te sigo.

A: No, por la ventana, no. ¡No! ¡Para! ¡Aaaaah!

B: ¿Qué dices? No te oigo.

A: Jajaja… Vivo en un primero… Jajaja… Sólo me he roto las dos piernas y varias costillas.

B: En serio, no entiendo lo que me estás contando. ¿Te encuentras bien?

A: ¿Eso es mi piano?

B: ¿Un piano? No hombre, no, ¿qué haría yo con un piano?

A: ¡NO! ¡NO ME LO TIRES ENCIMA! ¡NO!

B: Deja de inventar cosas, que me estás preocupando.

A: Ha caído sobre el lado izquierdo. Aún sigo vivo. Me duele todo, excepto lo que ya no siento, pero sigo vivo. ¿Qué es eso?

B: El móvil.

A: ¿Le estás quitando la anilla a una granada?

B: Que no, que es el móvil. Me ha llegado un guadsap.

A: ¡Ah! ¡Socorro! ¡Señora, corra, es una granada! Ah no, era el móvil.

B: Si te lo estoy diciendo. Mira qué foto más graciosa me han enviado. Es un perro.

A: Ah, pues sí. Jejeje… Envíamela.

B: Voy.

A: ¡NO ERA UNA FOTO DE UN PERRO! ¡ERA UNA GRANADA! ¡AH! ¡SOCORRO!

(Se oye una explosión. Mueren A y la señora).

B: Anda, coño, si tenía razón él. Si le estaba asesinando. Anda. Fíjate.

(Fuente de la imagen).

Instrucciones para colgar un cuadro

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Para colgar un cuadro necesitarás:

-Un cuadro.

-Un clavo.

-Un agujero.

Es cierto que puedes hacerte un agujero a mano, pero lo más fácil es comprarse uno ya hecho. Se pueden adquirir en cualquier ferretería y vienen en packs de seis. Al fin y al cabo, también podrías fabricarte tus cuadros y tus clavos, pero la mayoría de la gente no lo hace. La civilización consiste en gran medida en la división del trabajo.

Hay tres o cuatro empresas importantes en el sector de los agujeros. Se encargan de fabricar agujeros para todo tipo de usos: para colgar cuadros, para el queso gruyère, para huir de prisiones, para tu camiseta favorita, para todo. También fabrican agujeros de gusano y agujeros negros, pero de esos no suelen tener en las ferreterías de barrio porque son más bien caros. En El Corte Inglés sí que hay. Sirven para colgar cuadros, pero en otras épocas o dimensiones.

El problema con los agujeros prefabricados es que si no los usas en un tiempo razonable (pongamos uno o dos meses), se dan de sí. Guardé los últimos cuatro que me sobraron en el cajón del escritorio y un día entré en el despacho y me encontré con que la mesa se había caído por uno de esos hoyos.

Fue muy complicado arreglar el lío: tuve que meter medio cuerpo en el agujero, abrir el cajón del escritorio, sacar el agujero y guardarlo en una bolsa. Después tuve que salir del agujero y de la bolsa, arrastrando la mesa. Y aún tenía que deshacerme de aquellos cuatro agujeros. Los llevé a un descampado, no sin dificultad (me caí un par de veces en uno de ellos) y los llené de tierra. Pero claro, al llenarlos de tierra, dejé otro hoyo enorme al lado.

Por suerte, un par de semanas más tarde me tocó la lotería y pude tapar ese agujero con billetes. Me sobró un poco de dinero y lo metí en un queso porque del queso me gusta todo menos los agujeros, que no me saben a nada.

Piensa como un asesino

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El inspector me miró a los ojos y después de darle otra calada al cigarrillo, me dijo:

-Si queremos capturar al asesino, tendremos que pensar como un asesino.

Me acaricié la barbilla mientras meditaba la frase que había acabado de pronunciar mi mentor. ¿Qué haría el asesino si estuviera en un callejón a oscuras con el inspector que quería arrestarle?

Saqué la Smith & Wesson con la que mi padre había servido al cuerpo durante diecisiete años (hasta que le descubrieron vendiendo droga incautada) y disparé al inspector casi a bocajarro. Cayó al suelo, muy enfadado.

-¿PERO QUÉ…? -Su rostro estaba hinchado por la ira y por la dificultad para respirar mientras intentaba soportar el dolor. Tenía las manos llenas de sangre, apretadas contra la herida del estómago.
-Me dijo que pensara como un asesino, inspector.
-¡ERES UN RETRASADO!
-Un retrasado que piensa como un asesino, inspector.
-Eres más imbécil que el inútil de tu padre.
-¿Y ahora qué debo hacer, inspector?
-¿Eh?
-Ya he pensado como un asesino. ¿Cómo debo proseguir la investigación, inspector?
-LLAMA A UNA AMBULANCIA, GILIPOLLAS.
-No me gusta el tono que está usando conmigo, inspector.
-¡Me estoy… Me estoy desangrando, anormal!
-Ah, ya lo tengo.

Me agaché y le quité la cartera.

-¿AHORA QUÉ COÑO HACES, TARADO?
-Es que el asesino también robó a la víctima, inspector. Así que estoy pensando como un asesino que además roba -sonreí muy satisfecho mientras le quitaba el dinero y las tarjetas y tiraba el resto al suelo.
-PERO LLAMA A UN MÉDICO.
-Un asesino no haría eso, inspector. Claro que un ladrón a lo mejor sí. ¿Pero a quién quiero atrapar? ¿Al asesino o al ladrón?
-Subnormal… Te voy a…

Vi que buscaba algo en el bolsillo. Le pegué una patada en el brazo.

-¿Qué hace, inspector?
-¡Estoy buscando el móvil! ¡Necesito ir a un hospital!
-No puedo dejarle hacer eso, inspector. Un asesino no lo permitiría.
-¡Ahora tienes que pensar como un policía!
-¡Alto! ¡Policía! -Me apunté con la pistola.
-¿Qué haces?
-Me estoy arrestando, inspector. ¡El juego ha terminado!
-¿Pero qué coño haces?
-¡Baja el arma o disparo! ¡NUNCA! ¡Baja el arma, te digo! ¡No me atraparéis con vida! ¡Estás rodeado! ¡Tengo al inspector!
-No me apuntes, gilipollas.
-¡Soltadle! ¡Ni hablar, es mi seguro de vida!
-¡Espera! ¡Ahora debes pensar como un civil!
-¡AAAAH! ¡ESTOY EN MEDIO DE UN FUEGO CRUZADO!
-¡Llama a la policía! ¡Es lo que haría un civil!
-¡Jajaja…! ¡Ya no necesito al inspector! ¡Tengo a un civil como rehén! ¡Maldita sea!
-¿Qué haces? ¿Dónde vas?
-Estoy huyendo con un civil como rehén y he salido en mi persecución, inspector.

Durante mi secuestro, huida y persecución pensé también (por orden) como un taxista, como un fugitivo que huye a Laos con un pasaporte falso, como un emigrante, como un policía extranjero que no recibe la colaboración de las fuerzas locales para atraparse a sí mismo a pesar de que la vida de un civil corre peligro y también como un señor que se ha enamorado de una joven laosiana. Después pensé como un extranjero que le pide a un laosiano la mano de su hija, como un europeo sorprendido porque resulta que la joven laosiana en realidad era la madre del laosiano, como un tipo que huye de quien podría haber sido su suegro, que al parecer ha malinterpretado sus intenciones, y como un amante que se reúne en secreto con la madre del laosiano porque SE AMAN.

Por desgracia, nos arrestaron y extraditaron a los doce. El inspector ya había muerto. Nunca pude decirle que su consejo DE MIERDA no me sirvió de nada. Nunca atrapé al asesino.

 

(Fuente de la imagen).

Outfit para el Sunday

Os presento mi outfit para este Sunday, con el que comienzo mi andadura como bloguero de moda. Se trata de un pantalón de pijama en grey que mi madre compró en el Carrefour cuando se llamaba Pryca. Los catorce agujeros le dan un toque boho chic que me parece perfecto para este día de la week. El top es una camiseta navy de manga short en la que se puede apreciar una mancha de black coffee. Lo complemento con un kleenex usado que como no tengo bolsillos he tirado sobre el sofá.

Se trata de un outfit cómodo, pero cool, para el glamour relajado de esos domingos de comer peanuts tirado en el chaise longue. Como veis, el color nude de los trozos de cáscara que se me han caído encima contrastan con el navy, logrando un efecto total dandruff.

El calzado es importante y no hay que olvidarlo never, ni siquiera en un outfit tan casual como este que I’m wearing: llevo unas havaianas en pink que regalaban con no recuerdo qué magazine hará como tres o cuatro years y que están un poco rotas de aquí, ¿ves? Están como a punto de soltarse, pero bueno, siguen dándole un touch atrevido e irónico al outfit.

También llevo unas gafas sucias, pero es que sólo tengo el kleenex usado a mano y claro, no es plan de limpiarlas con eso, que va a ser worse el remedy que la disease.

Le haría una foto al outfit, para que you can check lo trendy que es, pero he comido too much peanuts y me duele la barriga y no me puedo levantar. Pero os hacéis una idea del look, que es ideal para ir por home y además sale apañadito of price, que en times como los que run, esto es importante.

Outfit:

  • Pijama grey del Carrefour cuando se llamaba Pryca. Tres por 995 pesetas.
  • Camiseta navy vieja. Creo que la compré en las rebajas de 2005 o 2006. 4,95 euros, pongamos.
  • Havaianas de regalo. No recuerdo la revista, pero ponle 3 euros.
  • Kleenex del Mercadona. Es un pack de 30 paquetes por 2 euros, me parece. No sé, está bien.
  • Un kilo de peanuts del paki. No me acuerdo de cuánto costó porque compré más things y tiré el ticket.