Instrucciones para colgar un cuadro

diy

Para colgar un cuadro necesitarás:

-Un cuadro.

-Un clavo.

-Un agujero.

Es cierto que puedes hacerte un agujero a mano, pero lo más fácil es comprarse uno ya hecho. Se pueden adquirir en cualquier ferretería y vienen en packs de seis. Al fin y al cabo, también podrías fabricarte tus cuadros y tus clavos, pero la mayoría de la gente no lo hace. La civilización consiste en gran medida en la división del trabajo.

Hay tres o cuatro empresas importantes en el sector de los agujeros. Se encargan de fabricar agujeros para todo tipo de usos: para colgar cuadros, para el queso gruyère, para huir de prisiones, para tu camiseta favorita, para todo. También fabrican agujeros de gusano y agujeros negros, pero de esos no suelen tener en las ferreterías de barrio porque son más bien caros. En El Corte Inglés sí que hay. Sirven para colgar cuadros, pero en otras épocas o dimensiones.

El problema con los agujeros prefabricados es que si no los usas en un tiempo razonable (pongamos uno o dos meses), se dan de sí. Guardé los últimos cuatro que me sobraron en el cajón del escritorio y un día entré en el despacho y me encontré con que la mesa se había caído por uno de esos hoyos.

Fue muy complicado arreglar el lío: tuve que meter medio cuerpo en el agujero, abrir el cajón del escritorio, sacar el agujero y guardarlo en una bolsa. Después tuve que salir del agujero y de la bolsa, arrastrando la mesa. Y aún tenía que deshacerme de aquellos cuatro agujeros. Los llevé a un descampado, no sin dificultad (me caí un par de veces en uno de ellos) y los llené de tierra. Pero claro, al llenarlos de tierra, dejé otro hoyo enorme al lado.

Por suerte, un par de semanas más tarde me tocó la lotería y pude tapar ese agujero con billetes. Me sobró un poco de dinero y lo metí en un queso porque del queso me gusta todo menos los agujeros, que no me saben a nada.

Piensa como un asesino

3310316861_f913215d64

El inspector me miró a los ojos y después de darle otra calada al cigarrillo, me dijo:

-Si queremos capturar al asesino, tendremos que pensar como un asesino.

Me acaricié la barbilla mientras meditaba la frase que había acabado de pronunciar mi mentor. ¿Qué haría el asesino si estuviera en un callejón a oscuras con el inspector que quería arrestarle?

Saqué la Smith & Wesson con la que mi padre había servido al cuerpo durante diecisiete años (hasta que le descubrieron vendiendo droga incautada) y disparé al inspector casi a bocajarro. Cayó al suelo, muy enfadado.

-¿PERO QUÉ…? -Su rostro estaba hinchado por la ira y por la dificultad para respirar mientras intentaba soportar el dolor. Tenía las manos llenas de sangre, apretadas contra la herida del estómago.
-Me dijo que pensara como un asesino, inspector.
-¡ERES UN RETRASADO!
-Un retrasado que piensa como un asesino, inspector.
-Eres más imbécil que el inútil de tu padre.
-¿Y ahora qué debo hacer, inspector?
-¿Eh?
-Ya he pensado como un asesino. ¿Cómo debo proseguir la investigación, inspector?
-LLAMA A UNA AMBULANCIA, GILIPOLLAS.
-No me gusta el tono que está usando conmigo, inspector.
-¡Me estoy… Me estoy desangrando, anormal!
-Ah, ya lo tengo.

Me agaché y le quité la cartera.

-¿AHORA QUÉ COÑO HACES, TARADO?
-Es que el asesino también robó a la víctima, inspector. Así que estoy pensando como un asesino que además roba -sonreí muy satisfecho mientras le quitaba el dinero y las tarjetas y tiraba el resto al suelo.
-PERO LLAMA A UN MÉDICO.
-Un asesino no haría eso, inspector. Claro que un ladrón a lo mejor sí. ¿Pero a quién quiero atrapar? ¿Al asesino o al ladrón?
-Subnormal… Te voy a…

Vi que buscaba algo en el bolsillo. Le pegué una patada en el brazo.

-¿Qué hace, inspector?
-¡Estoy buscando el móvil! ¡Necesito ir a un hospital!
-No puedo dejarle hacer eso, inspector. Un asesino no lo permitiría.
-¡Ahora tienes que pensar como un policía!
-¡Alto! ¡Policía! -Me apunté con la pistola.
-¿Qué haces?
-Me estoy arrestando, inspector. ¡El juego ha terminado!
-¿Pero qué coño haces?
-¡Baja el arma o disparo! ¡NUNCA! ¡Baja el arma, te digo! ¡No me atraparéis con vida! ¡Estás rodeado! ¡Tengo al inspector!
-No me apuntes, gilipollas.
-¡Soltadle! ¡Ni hablar, es mi seguro de vida!
-¡Espera! ¡Ahora debes pensar como un civil!
-¡AAAAH! ¡ESTOY EN MEDIO DE UN FUEGO CRUZADO!
-¡Llama a la policía! ¡Es lo que haría un civil!
-¡Jajaja…! ¡Ya no necesito al inspector! ¡Tengo a un civil como rehén! ¡Maldita sea!
-¿Qué haces? ¿Dónde vas?
-Estoy huyendo con un civil como rehén y he salido en mi persecución, inspector.

Durante mi secuestro, huida y persecución pensé también (por orden) como un taxista, como un fugitivo que huye a Laos con un pasaporte falso, como un emigrante, como un policía extranjero que no recibe la colaboración de las fuerzas locales para atraparse a sí mismo a pesar de que la vida de un civil corre peligro y también como un señor que se ha enamorado de una joven laosiana. Después pensé como un extranjero que le pide a un laosiano la mano de su hija, como un europeo sorprendido porque resulta que la joven laosiana en realidad era la madre del laosiano, como un tipo que huye de quien podría haber sido su suegro, que al parecer ha malinterpretado sus intenciones, y como un amante que se reúne en secreto con la madre del laosiano porque SE AMAN.

Por desgracia, nos arrestaron y extraditaron a los doce. El inspector ya había muerto. Nunca pude decirle que su consejo DE MIERDA no me sirvió de nada. Nunca atrapé al asesino.

 

(Fuente de la imagen).

Outfit para el Sunday

Os presento mi outfit para este Sunday, con el que comienzo mi andadura como bloguero de moda. Se trata de un pantalón de pijama en grey que mi madre compró en el Carrefour cuando se llamaba Pryca. Los catorce agujeros le dan un toque boho chic que me parece perfecto para este día de la week. El top es una camiseta navy de manga short en la que se puede apreciar una mancha de black coffee. Lo complemento con un kleenex usado que como no tengo bolsillos he tirado sobre el sofá.

Se trata de un outfit cómodo, pero cool, para el glamour relajado de esos domingos de comer peanuts tirado en el chaise longue. Como veis, el color nude de los trozos de cáscara que se me han caído encima contrastan con el navy, logrando un efecto total dandruff.

El calzado es importante y no hay que olvidarlo never, ni siquiera en un outfit tan casual como este que I’m wearing: llevo unas havaianas en pink que regalaban con no recuerdo qué magazine hará como tres o cuatro years y que están un poco rotas de aquí, ¿ves? Están como a punto de soltarse, pero bueno, siguen dándole un touch atrevido e irónico al outfit.

También llevo unas gafas sucias, pero es que sólo tengo el kleenex usado a mano y claro, no es plan de limpiarlas con eso, que va a ser worse el remedy que la disease.

Le haría una foto al outfit, para que you can check lo trendy que es, pero he comido too much peanuts y me duele la barriga y no me puedo levantar. Pero os hacéis una idea del look, que es ideal para ir por home y además sale apañadito of price, que en times como los que run, esto es importante.

Outfit:

  • Pijama grey del Carrefour cuando se llamaba Pryca. Tres por 995 pesetas.
  • Camiseta navy vieja. Creo que la compré en las rebajas de 2005 o 2006. 4,95 euros, pongamos.
  • Havaianas de regalo. No recuerdo la revista, pero ponle 3 euros.
  • Kleenex del Mercadona. Es un pack de 30 paquetes por 2 euros, me parece. No sé, está bien.
  • Un kilo de peanuts del paki. No me acuerdo de cuánto costó porque compré más things y tiré el ticket.

19 trucos para ahorrar

Landscape

Desde que entramos en crisis en 1830, todos estamos buscando nuevas formas de ahorrar y controlar los gastos, ya sea porque nuestros ingresos se han visto reducidos o simplemente por miedo a que se vean recortados y no contar con unos ahorros que nos permitan aguantar los 70 años de recesión previstos por los más optimistas.

Como a estas alturas (estoy subido a un taburete) ya debería saber todo el mundo, soy un experto en economía y conozco muchas técnicas de ahorro que a lo mejor vosotros ignoráis, al ser unos iletrados y unos manirrotos. Os explico unos cuantos trucos fáciles de aplicar:

1. Compra marcas blancas y ahorra, por ejemplo, cuatro céntimos por cada kilo de arroz. Después de comprar 300 paquetes habrás reunido los 12 euros que te cuesta el primero de los siete gintonics de cada fin de semana.

2. Por cierto, siempre que voy de gintonics, me llevo la ensalada de casa.

3. Si gastas lo mismo, pero pagas con billetes pequeños, tu gasto es más pequeñito. Y es supermono.

4. De hecho, es mucho mejor tener cien billetes de cinco euros que uno de quinientos porque los puedes tirar en la cama y revolcarte desnudo sobre ellos. Con el de quinientos también lo puedes hacer, pero queda muy raro.

5. En enero suelen subir los precios, aprovechando que nadie mira. Yo me compro unos setenta cortados en diciembre y me los voy tomando tranquilamente para empezar el año sin tanto gasto.

6. Si te cuesta ahorrar, puedes empezar poco a poco. Por ejemplo, ahorrando una hora al día o comprando menos cosas que comiencen por la letra A.

7. Desde que no tengo coche, ahorro mucho en gasolina. Sólo me gasto unos treinta euros al mes en llenar el depósito de la bicicleta.

8. De hecho, aproveché que me deshacía del coche para renegociar el seguro y ahora pago un 20% menos.

9. Hay que estudiar bien la factura del móvil: puede que no estemos aprovechando las ventajas de la tarifa, que necesitemos cambiar de operadora o, mejor aún, apagarlo, guardarlo en un cajón, meter el armario en una furgoneta, conducir hasta un acantilado de la costa y tirarlo el armario al mar.

10. ¿Seguro que necesitas respirar tanto? Prueba a respirar más lento y así gastarás menos oxígeno.

11. Cuando veas por Facebook que ofrecen cachorritos en adopción, ¡aprovecha! ¡Podrás comer carne gratis!

12. No hace falta que bebas agua embotellada. El agua del grifo cumple todos los requisitos de salubridad y a tu vecino no le importará que te cueles en su casa saltando por el balcón para llenar las dos garrafas de ocho litros cada día.

13. Hablando de agua, yo no me ducho. Cojo a un gato de la calle y le obligo a lamerme.

14. Puedes ahorrar haciendo pan casero. Y tu propio queso. Y comprándote una vaca para la leche. También tengo un cerdo al que mataré para hacer mi propio jamón. Y en la bañera es donde preparo Jaibeer, mi cerveza artesana. En el recibidor tengo una plantación de algodón y lino para tejerme mis propias camisas. Y con esta impresora elaboraba mis billetes caseros, pero se ve que eso es ilegal, como aprendí después de pasar cuatro años en la cárcel.

15. Los packs de ahorro son un timo, tal y como le demostré al encargado de un supermercado.

Jaime: Oiga, que este pack de doce yogures vale cuatro euros, pero el de cuatro sólo vale dos. ¿Cómo se atreven a llamarlo pack de ahorro si cuesta el doble?
Encargado: No, verá, si compra doce, cada yogur le cuesta treinta y tres céntimos, pero si compra cuatro, el yogur le sale por cincuenta céntimos.
Jaime: CUESTA EL DOBLE.
Encargado: Piense que es como si le regaláramos cuatro.
Jaime: CUATRO ES EL DOBLE DE DOS. TENDRÍA QUE SER AL REVÉS. EL PACK DE AHORRO TENDRÍA QUE COSTAR DOS Y EL NORMAL, CUATRO.

Me echaron a patadas porque no les interesa que se sepa la verdad.

16. En vez de ir cada día de menú, puedes llevarte un tupper al trabajo. Los puedes comprar por menos de un euro. Eso sí, saben mucho a plástico.

17. Comprar ropa de otras temporadas o incluso de segunda mano no es más que un parche. Yo prefiero desenterrar tumbas y vestirme con la ropa de los cadáveres. Fíjate, toca la tela. Calidad. A este señor lo enterraron con el traje de su boda, no hay más que ver las elegantes chorreras de la camisa. Sí, huele raro, pero lo disimulo echándome encima medio litro de Nenuco.

18. En vez de salir a cenar y de copas, invitaba a mis amigos a casa, pero me cobraban por venir y darme conversación, así que preferí hacer lo de siempre: divertirme con ellos por los mejores bares de Barcelona. Además, siguen empeñados en jugar al divertidísimo “¿pero esta vez quién coño ha avisado a Jaime?” ¡Nadie! ¡Os sigo cada tarde y os observo con mis prismáticos! ¡Nunca me ganaréis! ¡Jajaja! ¡Aunque esto de llevarla siempre es muy injusto! ¡Podríamos turnarnos!

19. No sabes lo que te ahorras en cenas si tu novia es una muñeca hinchable o un maniquí que no querían en Zara porque el brazo izquierdo está un poco roto. Eso sí, es posible que no te dejen entrar en todos los restaurantes.

 

(Fuente de la imagen).

Mi hija aún no ha vuelto a casa

2980051095_27c491a67d

Son las cuatro de la mañana y no puedo dormir porque mi hija aún no ha llegado a casa. Puede que sea el clásico padre paranoico que siempre se pone en lo peor. Sí, tal vez debería relajarme. Seguro que no le ha pasado nada: esta es una ciudad segura y ella es una chica sensata. Sin embargo, no puedo evitar preocuparme. Y aquí estoy, sentado en el sofá, pensando incluso en hacerme un café porque ya no creo que pueda conciliar el sueño hasta que llegue.

Lo malo es que aún tardará bastante en abrir la puerta, preguntarme qué hago despierto y acostarse. Todavía tengo que conocer a su madre, por ejemplo, y eso me puede llevar, pongamos, un año (a lo mejor menos, a lo mejor más). También debería salir con ella durante un tiempo, para conocernos antes de casarnos y formar una familia. Pongamos que estamos tres años de novios. Es una cifra aproximada, por hacer un cálculo y saber cuánto más tengo que quedarme despierto, claro, no es algo matemático. Luego a lo mejor pasan otros dos años antes de que nos lancemos a tener hijos. Por decir algo, insisto: esto no se puede planificar al minuto. Y después de que ella nazca, tendremos que criarla y mantenerla viva varios años más hasta que comience a salir de noche, evidentemente, ya que la niña no se irá de bares en pañales.

Es decir, así a ojo, aún quedan unos veinticinco años para que mi hija vuelva a casa. Tal vez veintidós. Pero a lo mejor treinta, vete a saber.

Con lo que sí, igual debería tranquilizarme y dejar de temer accidentes de tráfico y violaciones. Seguro que dentro de veinticinco años vuelve a casa tan tranquila, después de haberlo pasado bien con sus amigos. Probablemente incluso le moleste encontrarme aquí sentado, en pijama, esperándola. Pero tiene que comprenderlo. Los padres somos así. Siempre sufriendo por si a nuestros hijos les pasa algo.

Creo que me haré ese café.

(Fuente de la imagen).

En el súper

super

Llego con el carrito a la caja y comienzo a amontonar la comida: el pan, la leche, las manzanas, los yogures, el queso. La cajera empieza a pasar los productos, y sigo con los pimientos, la berenjena, los champiñones, las uvas, el zumo de melocotón, y ella va pasando y al marcar el precio se oye un pip, y continúo con el zumo de naranja, los filetes, las pechugas, el café y la cajera pasando y el pip sonando. Vacío el carro y agarro una bolsa de plástico para ir guardando las cosas, mientras oigo pip, pip y más pip. La bolsa no se abre, ahora sí, ya está, y vamos metiéndolo todo por orden, primero la leche, luego el queso, pero la chica va muy rápido y se amontona todo; cojo otra bolsa y agarro como puedo la carne y los huevos, y los meto de cualquier manera, ¿no se habrán roto? La chica ya ha acabado de pasar la comida y dice veintiocho con cincuenta, pero yo aún no he guardado ni la mitad de lo que traía y tengo una bolsa en una mano y el pan de molde en la otra. No sé si pagar o acabar de guardar la comida, ¿veinticuántos con qué? El labio inferior comienza a temblarme y la señora que está detrás de mí en la cola me mira muy enfadada, con el morro muy arrugado; la chica espera, pero yo sigo quieto y el labio me tiembla más deprisa, hasta que hablo y digo un minuto más, treinta segundos y lo acabo todo, de verdad, por favor, sólo un minuto, no me miréis así todos, un momento, pero el labio ya me tiembla demasiado y me pongo a llorar.

Pero nada. Son cuatro sollozos. Ya está. Qué tontería. Me seco los ojos con las mangas de la camisa. Ya pasó. Saco la cartera y le tiendo la tarjeta de crédito a la cajera. Veintiloquesea con lo que haga falta. Y deja de mirarme así, que todo esto es por tu culpa.

Fuente de la imagen.

La publicidad tendría que funcionar así

radio

Lo ideal sería que cuando la publicidad te preguntara una cosa tú le pudieras responder que no y que cambiara de tema en seguida.

Me explico con un ejemplo:

ANUNCIO DE TELEVISIÓN: ¿QUIERE USTED PERDER PESO?

Jaime: No, gracias.

A: Pero…

J: En serio, gracias, estoy bien.

A: No sé, igual esa lorcilla, esos cuarenta y siete kilitos de más.

J: Lo tengo controlado. ¿Podemos seguir con la programación habitual?

A: Ni siquiera has oído lo que tengo que ofrecerte. En un sistema realmente bueno.

J: Es que no me interesa, gracias.

A: No hace falta que dejes de comer nada.

J: Por favor, no insistas.

A: Tengo incluso varios ejemplos del antes y del después para mostrarte. En estas fotos se ve claramente que nuestra propuesta no tiene nada que ver con otras similares. ¡Nuestro método funciona!

J: En serio, agradezco el esfuerzo, pero me gustaría seguir viendo la tele.

A: Verás, voy a comisión por cada venta y tengo una mujer y dos hijos.

J: No te rebajes así, hombre. Además, no vas a conseguir nada, excepto herir tu dignidad.

A: Lo único que digo es que escuches lo que tengo que decir y luego tú ya decides libremente.

J: La decisión ya está tomada. Lo siento, no es nada personal. Es que no me interesa lo que vendes.

A: Pero…

J: Quizás otro día, quizás otro producto. Pero hoy no.

A: Vale, vale…

J: No te lo tomes como algo personal. Es tu trabajo. Deberías estar acostumbrado.

A: No, si ya… Pero es que estos meses están siendo muy difíciles.

J: La crisis.

A: Sí, la crisis.

J: Son ciclos. Ya volverán los buenos tiempos.

A: Imagino que sí.

J: ¿Entonces?

A: Sí, perdona. Dos anuncios más y vuelve la película.

J: Gracias.

OTRO ANUNCIO DE TELEVISIÓN: ¿Quiere saber cuál es el secreto de esta ropa TAN BLANCA?

J: No.

O: ¿Seguro?

J: Sí, seguro.

O: Mira que la ropa está blanquísima.

J: Ya, pero…

O: Y huele muy bien. Eso no te lo puedo enseñar, pero hay una imagen de un prado verdísimo, bajo un cielo muy azul, que transmite parcialmente la sensación de frescura que proporciona este detergente.

J: No me interesa. Además, tengo un montón de detergente. Ayer mismo compré.

O: Bueno, para la próxima vez. Te lo apuntas.

J: Uso la marca blanca del súper. Todos son iguales.

O: Este no. Nueva fórmula para un blanco tan nuclear QUE ES RADIOACTIVO.

J: He dicho que no.

O: Está bien, está bien…

J: Es que estáis muy pesados hoy.

O: Es nuestro trabajo, ¿sabes? Podrías mostrar un poco de respeto.

J: Venga, va, poned la peli.

O: Espera, que todavía falta uno.

Pues así, más o menos, es como tendría que funcionar la publicidad.

El misterio de los bebedores desaparecidos

5189345937_785297a679_z

Es posible que algunos de mis más observadores lectores (probablemente no el señor de las setenta y seis dioptrías) se hayan dado cuenta de un curioso fenómeno que se está dando en muchos bares: la gente desaparece.

Aquel amigo al que sólo eres capaz de recordar arrastrando las consonantes y con un gin tonic en la mano deja de apoyarse en su barra favorita de una semana a la siguiente. Esa chica tan guapa que a veces se digna a hablarte ya no toma sus rones en la mesa de al lado. Tu amigo de la infancia de repente ya sólo llama para hacer algo que al parecer se llama «tomar café una tarde de estas» y que no sabes muy bien en qué consiste.

Estas desapariciones han causado consternación y alarma en la sociedad. Obviamente han de tener alguna explicación natural, pero la policía y la ciencia aún no han dado con ella. Eso sí, ya se han difundido las leyendas urbanas que explican este hecho misterioso con historias incomprobables y seres monstruosos que raptan a nuestros compañeros de cervezas.
Merece la pena reseñar una de estas historias, la más popular. Es la que trata sobre los llamados BEBÉS. Incluso el nombre parece hacer referencia a esos bebedores que se esfuman.

Al parecer, los «bebés» atacarían por lo común y por sorpresa a parejas antes divertidas y dicharacheras. Dicen que sellan las puertas de las casas y retienen a sus inquilinos con toda clase de tretas y armatostes en forma de juguetes infernales, además de rociando a aquellos antes alegres amigos con excrementos, orines y vómitos.

Las historias que se oyen son terroríficas y tan exageradas que resultan difíciles de creer. Se habla de «bebés» que mordisquean pechos cada dos o tres horas, agotando la energía del progenitor de turno. Se dice también que gritan como posesos por las noches, impidiendo que nadie en todo el edificio duerma. Y eso que la mayoría de estas criaturas exige silencio absoluto a partir de las ocho de la tarde. También serían celosos hasta el punto de ahogar cachorritos y mearse encima de las visitas.
Lo malo es que nadie está a salvo: suelen atacar a parejas, pero algunos explican que ciertos solteros y divorciados pueden verse asolados y aislados del mundo por estos seres egoístas y diabólicos que obtienen satisfacción del hecho de esclavizar a personas inocentes.

¿Y de dónde vendrían estos «bebés»? Las leyendas son variadas y contradictorias. Algunos dicen que se trata de una maldición que acosa a las parejas aburridas. Otros aseguran que tienen origen en China, porque se comenta que mucha gente vuelve de ese país con un «bebé» a cuestas. También hay historias que los relacionan con enfermedades venéreas: estos cuentos probablemente relatados por madres que quieren asustar a sus hijas, nos hablan de una joven incauta que pasa una noche con un apuesto bloguero, para despertar sola y ver que en el espejo del lavabo el tipo ha escrito con pasta de dientes la frase «bienvenida al mundo de la maternidad».

Por supuesto no son más que historias absurdas y tontorronas, pero hacen hincapié en este misterio sin resolver: el de los treintañeros, a veces veinteañeros, que desaparecen de las barras de los bares sin que nadie sepa por qué.

(Fuente de la imagen).

Pues hazlo

arte

Hay actitudes que me molestan mucho. Por ejemplo, el otro día estaba en una exposición de arte contemporáneo, de este que no se parece a las cosas, y un amigo hizo el siguiente comentario. Un clásico:

-¿Esto es arte? ESTO LO PODRÍA HACER INCLUSO YO.
-Va, venga, pues hazlo.
-¿Cómo? ¿Qué?
-¿No dices que lo podrías hacer? ¿Eh? Pues hazlo, venga, hazlo y fórrate.
-No, pero…
-Va, venga, coge una vaca, mátala, métela en un tanque de formol y véndela a una galería. Listo, que eres un listo.
-A ver, estoy diciendo que podría…
-No hay huevos.
-¿Cómo que no hay huevos?
-No hay huevos.
-Pero bueno.
-No hay huevos.
-Claro que hay huevos.
-No hay huevos.

Treinta y siete minutos después, estábamos en su coche, de camino a una granja. Tuvimos que matar a la vaca a martillazos, ya que ambos estamos en contra de las armas y de la caza, al parecernos una actitud cruel hacia los animales.

Lo malo es que le destrozamos la cabeza y vimos que no quedaría bien en el tanque de formol, así que tuvimos que cargarnos a siete vacas más, hasta que nos dimos cuenta de que si golpeábamos en la nuca conseguíamos un resultado más que satisfactorio: vaca muerta sin apenas antiestéticos daños exteriores.

Pusimos a la vaca en el techo del coche, inventando lo que ahora comúnmente se llama baca (de ahí el nombre). Además, la atamos con un pulpo fresco que mi amigo llevaba en la guantera (cosas de su novia japonesa), inventando lo que hoy en día se llama pulpo.
Sin duda, el hecho de habernos convertido en artistas había despertado nuestro lado más creativo.

Para darle emoción al asesinato y robo de la vaca, decidimos avisar al granjero de lo que habíamos hecho y huir en el coche, aprovechando que además teníamos en un CD la sintonía de las escenas de huida del show de Benny Hill.

Dudábamos entre dejar la vaca en mi jardín o en la bañera, pero luego recordé que sólo tengo un plato de ducha, así que la colocamos allí, más o menos como pudimos, apoyada en la nuca y con la cola atada a la barra de la cortina.

Luego fuimos a Ikea, donde compramos un enorme tanque llamado HAVSTAAARDGARDFARDARS. Al montarlo, resultó que era un tanque, pero de los de guerra y no de los de llenar de formol para meter vacas dentro, así que fuimos a cambiarlo, no sin antes aprovechar para invadir Andorra. Por hacer la broma. Tengo un tanque, invado Andorra. Jaja, qué risa.

Lo malo es que un par de semanas más tarde los del Tribunal Internacional de la Haya nos enviaron una carta muy desagradable reprochándonos nuestra actitud y asegurándonos que en la ONU varias personas habían oído hablar de nosotros y fruncían ligeramente el ceño al comentar esta invasión.

Que ya está bien.

Que es la cuarta vez que alguien invade Andorra desde 2004.

De hecho, dos días antes de nuestro ataque, la habían asaltado cuatro graciosillos con escopetas de perdigones. Se ve que era una despedida de soltero. El paintball se les fue de las manos.

Pero estoy divagando. Volvimos a Ikea y compramos el tanque HAVSTAAARDJARMAAAARGARDANS, que sí era el correcto.
Mientras mi amigo colocaba la vaca dentro, bajé a la farmacia a por formol.

-Hola, ¿tienen solución de formaldehído al 5%?
-Sí, ¿una botella?
-Bueno, es para una vaca.
-Ah, entonces con una no bastará. ¿Cómo es de grande?
-Es como una vaca, más o menos.
-Hm… A ver… Como una vaca… Yo creo que necesitará tres mil cuatrocientas setenta y tres botellas. Quizás tres mil cuatrocientas setenta y cuatro.
-Bah, como vivo aquí al lado ME ARRIESGARÉ y sólo compraré tres mil cuatrocientas setenta y tres. Es que luego se me queda el frasco a medias y no sé qué hacer con él.
-Ahora que lo comenta, si le sobra algo, no lo deje en el dormitorio. Imagine que lo ve una chica y se lo tira por encima.
-¿Qué podría pasar?
-Que formolizara su relación.
Carcajadas. Palmoteo en el muslo. Lagrimilla. Suspiro.

Una vez tuvimos la vaca bañada en formol y dentro del tanque, a mi amigo se le empañaron los ojos de lágrimas y, con la voz temblorosa, me dijo:

-Ahora lo veo claro. JODER. Ahora lo veo. Es una reflexión sobre la fragilidad de nuestra existencia, sobre cómo sólo somos un trozo de carne, sobre cómo la muerte en realidad no nos cambia tant…
-ESTO ES UNA MIERDA -interrumpí-. Entre otras cosas porque ya se ha hecho antes.
-Pero…
-Deja de plagiar. Imbécil. ¿Qué sentido tiene repetir lo que ya ha hecho otro?
-Pero…
-Además, la del tiburón es más chula.
-Pero…

Conservo la vaca en el cuarto de baño.

Por cierto, mi amigo es imaginario y todo eso lo hice yo solo. Incluyendo las conversaciones, gracias a mi habilidad para imitar la voz de mis amigos inexistentes.

Jaja, formolizar… Ahora lo pillo…

(Fuente de la imagen).

Un día en la vida de Jaime Rubio

office

De entre los cientos de correos electrónicos que me llegan cada día con elogios y declaraciones de amor, rescato este simpático mensaje que recibí la semana pasada:

JAIME CABRÓN DEJA DE AMARGARNOS LA VIDA NO SABES ESCRIBIR DEDÍCATE A OTRA COSA PUTO GORDO.

Querido piscis, me alegra que quieras saber a qué dedico el resto del día, cuando no estoy revolucionando las letras hispánicas con mi blog, en Twitter o con mis novelas. Y aunque soy una persona discreta y reservada (todos los genios lo somos), no tengo inconveniente en explicar un día en la vida de Jaime Rubio cuando no está escribiendo.

Un día en la vida de Jaime Rubio (cuando no está escribiendo)
Hay que comenzar explicando que por desgracia me veo obligado a trabajar. La literatura no me da para vivir, ya que soy negro y el racismo imperante en la sociedad actual impide que mis libros se vendan todo lo que se deberían vender.

Desde aquí hago un llamamiento a que vivamos en un mundo en el que el color de la piel no tenga importancia y seamos todos hermanos, después de haber matado a los cerdos blancos y a sus repugnantes aliados amarillos.

Dicho lo cual, me levanto cada día muy temprano, a eso de las diez de la mañana, ya que entro en la oficina a las ocho. Salgo de casa tropezando por las escaleras mientras acabo la primera taza de café, taza que dejo en el buzón para recogerla cuando vuelva por la tarde.

Llego a la oficina con una segunda taza de café en la mano, que pido para llevar en el bar de la esquina, donde ya me conocen y me sirven sin que haga falta casi ni saludar, mientras otros dos camareros bloquean la puerta para impedir que me marche corriendo y sin haber pagado.

Una vez en la oficina, leo el correo electrónico y me quejo en voz muy alta, para que los compañeros crean que tengo mucho trabajo y me dejen tranquilo, cosa a la que ayuda el hecho de que sólo me duche los sábados, técnica que aprendí de los más avispados emprendedores.

Después de servirme una taza de café de la máquina, me organizo la mañana, apuntando las tareas pendientes, para acabar golpeando la mesa varias veces con el puño mientras grito NO ES EL CAFÉ, SON ESTOS HIJOS DE PUTA QUE QUIEREN QUE TRABAJE. Entonces abro la ventana y asomo el torso descamisado, con la esperanza de pillar una gripe y tres días de baja. Los vecinos acostumbran a gritarme lo que yo interpreto como elogios y que en ocasiones la policía acaba aclarando que son gritos de terror, para después recordarme lo que dijo el juez al respecto.

A media mañana tomo otro café y me escondo en el baño a llorar. Luego me escondo otro rato debajo de la mesa, a leer el Hola hasta que me encuentra el jefe. Intento negociar la posibilidad de trabajar desde casa, alegando que el aire de la oficina me reseca los codos, pero mi superior se mantiene ridículamente aferrado a los convencionalismos. Ni siquiera consigo que me deje venir en pijama a la oficina. Claro, lo importante es aparentar. Pero del trabajo de verdad NADIE DICE NADA.

Entonces suelo mirar el reloj, para darme cuenta con alegría de que ya han pasado los primeros siete minutos de la jornada laboral, lo que me lleva a intentar cortarme las venas con una regla que por desgracia no está lo suficientemente afilada.

Entro en Twitter y explico lo mal que lo paso y lo poco que me afecta el café. Me doy ánimos con mis otras doce cuentas, pero el resto de seguidores (los nueve que no son bots) SE RÍE DE MÍ, tomándose a broma mi sufrimiento, BURLÁNDOSE CON CRUELDAD. Esto me suele provocar un ataque de ira que me lleva a agarrar el monitor y arrojarlo por la ventana.

El monitor cae sobre una señora mayor, reventándole la cabeza, así que cojo mi camisa (por lo general, aún no me la he puesto) y me voy al aeropuerto en taxi, donde compro un billete para Laos. Allí ingreso como monje en un templo budista, donde paso tres años quejándome de lo malo que es el café. Me echan porque finalmente entienden que las palabras españolas «sí que estaba gordo, el Buda este; pues con la mierda de arroz que nos dan no lo entiendo», no son la traducción de ningún rezo tradicional.

Es entonces cuando intento viajar a China, con el objetivo de demostrar que en este país sólo vive una persona muy nerviosa. Por eso los chinos nos parecen iguales: porque en realidad son el mismo, que se mueve mucho. Es más, es un chino de Cádiz, pero habla muy rápido y por eso no se le entiende.

Por desgracia, en la frontera me apresa la interpol y me extradita a España, donde soy juzgado por homicidio. Me defiendo a mí mismo y alego que la mujer ya estaba mayor y que no nos vamos a pelear por uno o dos años más que le podían quedar a la señora. Como soy negro, el juez me condena a prisión, donde paso seis años que aprovecho para estudiar Derecho porque me han robado la silla.

(Ruido de grillos. Toses. Prosigo.)

Al salir en libertad, voy a casa, por lo general dando un paseo. Me siento en el sofá, con una copa de vino blanco y un buen libro. Estoy cansado, pero también orgulloso y satisfecho por una jornada laboral productiva que, una vez más, me ha hecho sentirme útil.

(Fuente de la imagen).