Mi hija aún no ha vuelto a casa

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Son las cuatro de la mañana y no puedo dormir porque mi hija aún no ha llegado a casa. Puede que sea el clásico padre paranoico que siempre se pone en lo peor. Sí, tal vez debería relajarme. Seguro que no le ha pasado nada: esta es una ciudad segura y ella es una chica sensata. Sin embargo, no puedo evitar preocuparme. Y aquí estoy, sentado en el sofá, pensando incluso en hacerme un café porque ya no creo que pueda conciliar el sueño hasta que llegue.

Lo malo es que aún tardará bastante en abrir la puerta, preguntarme qué hago despierto y acostarse. Todavía tengo que conocer a su madre, por ejemplo, y eso me puede llevar, pongamos, un año (a lo mejor menos, a lo mejor más). También debería salir con ella durante un tiempo, para conocernos antes de casarnos y formar una familia. Pongamos que estamos tres años de novios. Es una cifra aproximada, por hacer un cálculo y saber cuánto más tengo que quedarme despierto, claro, no es algo matemático. Luego a lo mejor pasan otros dos años antes de que nos lancemos a tener hijos. Por decir algo, insisto: esto no se puede planificar al minuto. Y después de que ella nazca, tendremos que criarla y mantenerla viva varios años más hasta que comience a salir de noche, evidentemente, ya que la niña no se irá de bares en pañales.

Es decir, así a ojo, aún quedan unos veinticinco años para que mi hija vuelva a casa. Tal vez veintidós. Pero a lo mejor treinta, vete a saber.

Con lo que sí, igual debería tranquilizarme y dejar de temer accidentes de tráfico y violaciones. Seguro que dentro de veinticinco años vuelve a casa tan tranquila, después de haberlo pasado bien con sus amigos. Probablemente incluso le moleste encontrarme aquí sentado, en pijama, esperándola. Pero tiene que comprenderlo. Los padres somos así. Siempre sufriendo por si a nuestros hijos les pasa algo.

Creo que me haré ese café.

(Fuente de la imagen).

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