El lenguaje de las ballenas

11064018343_7d33ceb4cb_zLa ballena Mistetas. Fuente de la imagen.

Mi regalo del amigo invisible fue un cedé con cantos de ballena. Se supone que son relajantes y ayudan a echar la siesta, pero mi cerebro no puede limitarse a descansar: siempre ha de proponerse nuevos retos. En este caso, el de descifrar el lenguaje de los cetáceos y averiguar qué conversaciones y mensajes ocultan estos bellos animales marinos. Tras dedicarle dos tardes casi enteras a este enigma, pude traducir la primera pista del compact disc. Sigo trabajando en el resto. Cuando lo tenga completo, enviaré a la revista Science mis primeros análisis del apasionante lenguaje de las ballenas, incluyendo un resumen de su sintaxis y gramática, además de un diccionario parcial.

A: Creo que nos están grabando.

B: No digas tonterías. ¿Quién nos va a estar grabando?

A: ¿Eso que cuelga no es un micro?

B: ¿Cómo va a ser un micro?

A: ¿Y qué es?

B: No sé… Igual están midiendo la temperatura de las corrientes marinas.

A: No parece un termómetro.

B: Ni idea, pero ¿para qué nos iban a grabar?

A: Pues para saber qué decimos.

B: ¿Pero quién te crees que eres? ¿Tony Soprano?

A: Mira, acércate. Ven, te digo. ESO ES UN MICRO.

B: Estarán estudiando el fondo marino.

A: Nos están grabando.

B: No tiene ningún sentido. ¿Qué pueden querer de nosotros? Nos pasamos el día nadando y comiendo plancton. No somos ballenas famosas.

A: Esto es cosa de la NSA.

B: ¿La NSA?

A: La agencia de seguridad estadounidense. Graban todas las conversaciones telefónicas y guardan un registro de todas las comunicaciones por internet. Ahora nos ha llegado el turno a nosotras.

B: Eso es absurdo. Nosotras no suponemos un peligro para Estados Unidos. No hay ballenas terroristas.

A: Pero eso ellos no lo saben. Quieren cerciorarse.

B: Se lo voy a explicar. Señores americanos… Un momento, ¿tú crees que nos entienden?

A: Claro. Por eso nos graban.

B: Señores americanos: les puedo asegurar que no hay ballenas terroristas. Si que hubo una orca asesina, pero eso fue en los 80. Un caso completamente aislado. No se puede generalizar. Las ballenas somos animales tranquilos y amistosos. Grandes y pesados, pero afables. Ni siquiera mordemos. En alguna ocasión nos hemos tragado a un profeta o a un niño de madera, pero ha sido sin querer y los hemos expulsado en cuanto hemos podido.

A: No creo que te hagan mucho caso. Cuando a los americanos se les mete una idea entre ceja y ceja, no la sueltan.

B: Bueno, yo lo intento. ¿Crees que tendrán muchos micros de estos?

A: Seguro. Deben estar grabando a todas las ballenas del planeta.

B: ¿Sólo a las ballenas?

A: Evidentemente. No hay muchos animales que tengan un sistema de comunicación tan desarrollado como el nuestro.

B: Hay monos que conocen el lenguaje de signos.

A: Bah. Apenas un puñado de palabras. No es más que un truco de circo.

B: Y luego están… Bueno… Ehm… Los delfines.

A: Por favor, no me salgas tú también con los delfines. No hay animal más sobrevalorado que ellos. ¡Son estúpidos!

B: Existe la creencia de que son muy inteligentes.

A: ¡Son animales de circo! ¡Como los monos! ¡Como los loros en triciclo!

B: No quiero entrar en lo que son. Pero sí digo que es posible que los americanos crean que el estereotipo del delfín inteligente se corresponde a la realidad y, por tanto, también estén grabando sus conversaciones. Piensa que creen que somos terroristas.

A: ¡Pues peor para ellos! ¡Que graben sus grazniditos y sus hola qué tal y sus qué felices somos en el mar!

B: Eso es un estereotipo racista. No todos los delfines son alegres. Ni tienen ese acento.

A: No me vengas con el tópico del delfín triste y circunspecto.

B: Vale, vale, no he dicho nada.

A: ¡Que graben a todos los delfines que quieran! Humanos estúpidos.

B: Eres muy injusto con los delfines.

A: ¡Si tanto te gustan los delfines, cásate con uno!

B: ¡Pues a lo mejor lo hago!

A: ¡Pues hazlo!

B: Mira, quería decírtelo de otra forma, pero llevo tres meses saliendo un delfín.

A: ¿Qué?

B: Y además vamos en serio.

A: Pero… Pero eso es…

B: Dilo. Venga, di lo que piensas.

A: Eso es… Eso es contranatura.

B: Ya está. Ya lo has dicho. Te has quedado a gusto, ¿no? Pues mira, nos queremos. Y es muy inteligente. Más que tú.

A: No, espera, no te vayas… Hablemos de esto.

B: ¡Déjame en paz! ¡Mi delfín no te prejuzga! ¡Le he hablado de ti y aun así quiere conocerte.

A: Vuelve…

B: ¡Que me dejes!

A: No podemos terminar la conversación así.

B: ¿Y por qué no?

A: Pues porque nos están grabando. ¿Qué van a pensar esos señores de nosotros?

B: Que te folle un pez.

 

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National Domestic

McCall's Magazine Cover, family arriving in kitchen for the holidays

A: Estamos ante imágenes nunca vistas antes en televisión. Se trata de Luis García disponiéndose a comerse una manzana sentado en la mesa de su casa. Está frente al televisor, viendo un episodio repetido de los Simpson, sin prestar mucha atención. No sabemos siquiera si pelará o no la manzana… ¡No la está pelando! Traía un plato y un cuchillo, pero finalmente ha decidido no pelarla. Esto es sensacional. Es información nueva e interesante para los luisgarciólogos. La semana pasada pudimos ver a Marta Jiménez buscando un libro y hoy a Luis García comiéndose una manz… Creo que nos ha visto. Nos hemos agachado porque parece que…

B: ¡Eh! ¿Qué hacen ustedes detrás de mi sofá?

A: Efectivamente, nos ha visto. En esta situación hay que mantener la calma y procurar no moverse para que no nos vea.

B: Oigan, ¿cómo han entrado en mi casa? ¿Eso es una cámara?

A: Vamos a intentar entablar una conversación con él. A la hora de hablar con humanos, lo fundamental es que vea que somos inofensivos y venimos en son de paz.

B: ¡Salgan inmediatamente de aquí! ¡Voy a llamar a la policía!

A: Saludos, señor García, venimos a grabar un documental.

B: ¿Pero qué documental ni qué niño muerto? ¿Cómo van a grabar un documental en mi casa?

A: Estamos interesados en las vicisitudes domésticas del homo sapiens.

B: ¿Homo sapiens? ¡Ustedes están locos! ¡Fuera de mi casa!

A: Nos gustaría grabar antes un…

B: ¡Aquí no se graba más! ¡Fuera! ¡Fuera he dicho!

A: Pero…

B: ¡Fuera! ¡Largo de aquí!

A: Oiga, sin golpes.

B: ¡Que se marchen!

A: ¡No, la cámara n…!

*****

C: Estremecedoras e interesantísimas imágenes las que pudo grabar nuestro compañero y que pudimos rescatar gracias a nuestro equipo técnico, que consiguió rescatarlas de un disco duro dañado. Tanto el reportero como el cámara se encuentran bien aunque el médico les ha recomendado reposo. En todo caso, resulta interesante apreciar cómo Luis García comía su manzana sin usar cuchillo. Aunque no podamos decir que lo haga siempre, se trata de una duda que siempre habíamos tenido: ¿cómo prefiere Luis García su fruta? ¿Con o sin piel? Me dicen que tenemos una llamada. Buenos días.

B: Buenos días, soy Luis García. ¿Por qué están hablando de mí en la tele?

C: Atención, tenemos con nosotros a Luis García, en un testimonio único. Se trata de la primera vez en la que Luis García habla por televisión.

B: ¡Que no hablen de mí, les digo! ¡Y que no saquen mi comedor por la tele!

C: Se trata de un documento con un valor científico fundamental que intenta responder a la pregunta: ¿cómo prefiere Luis García la fruta?

B: ¡Les he denunciado a la policía!

C: Comprobamos además que Luis García recurre a las fuerzas de seguridad del estado cuando siente su espacio amenazado por otros homo sapiens.

B: ¡Oiga, que deje de hablar de mí y de mi fruta, le digo!

C: (Susurrando). Es importante mantener la calma en estas situaciones. Recordemos lo que les pasó a nuestros compañeros, cuando fueron atacados por Luis García.

B: LE ESTOY OYENDO.

C: Luis García y la fruta. Este ha sido otro documento interesante que les hemos traído.

B: QUE YA VALE, LE DIGO.

C: La semana que viene les traeremos otro documento jamás visto en televisión. El matrimonio Sánchez Romero discutiendo en Ikea.

B: Ah mire, eso ya lo veo más interesante.

C: Por primera vez les mostraremos imágenes de Julio Sánchez y Natalia Romero muy enfadados por el color más apropiado para una mesa de café valorada en 19,95 euros. Él prefiere la marrón clara porque en la negra se ve el polvo en seguida, pero ella le recuerda que la Expedit que tienen ya es negra por lo que la marrón no pegaría con el resto del comedor. Es una escena que nunca antes se habían grabado.

B: A mí es que los documentales me gustan mucho.

C: Nos vemos la semana que viene. Muchas gracias por su atención.

B: Me los pongo para dormir.

Acerca de los orígenes de las fiestas de San Fermín

sanfermin

En mi época los sanfermines eran mucho más divertidos, dónde va a parar. De un extremo salían los toros. Del otro, los elefantes. Y en medio, un montón de tontos con periódicos.

Se dejó de hacer así porque las calles se ensuciaban más, por culpa de los elefantes y su dieta rica en fibra. Y también de los cadáveres, porque la mancha de cadáver humano que dejan los elefantes es muy difícil de quitar. Se incrusta y tienes que llevar el asfalto al tinte y muchas veces ni así: se queda para tirar.

Después de los primeros novecientos cincuenta y siete mil doscientos doce muertos, el ayuntamiento de Nairobi decidió que aquella fiesta se celebrara en otra parte. Porque por aquel entonces, San Fermín se celebraba en Nairobi, dado que era un sitio donde había elefantes a mano.

Tras un concurso al que se presentó una (1) ciudad, la escogida fue Pamplona. Donde no había muchos elefantes, hecho que en su momento causó mucha controversia. Dos o tres personas lo comentaron.

Por cierto, en Nairobi no había muchos toros, pero realidad, allí se hacía con búfalos. Esa era la queja habitual de Hemingway cuando fue a Pamplona: aquí no hay búfalos, dónde están los búfalos, los toros son búfalos gayers, estos no son mis sanfermines. La ausencia de elefantes no parecía molestarle en absoluto. Igual no se había dado cuenta. Ese señor bebía, no lo olvidemos.

El caso es que cada país y cada región tienen sus animales propios, mientras otros les son extraños. En el zoo de Nairobi, por ejemplo, hay perros, toros, periquitos, varias razas de caniches, dos gatos y un rebaño de ovejas merinas. Claro, para qué poner un hipopótamo en el zoo, si te los encuentras por la calle.

También hay que decir que el zoo de Nairobi es uno de los menos visitados del mundo. Antes iban las escuelas, pero los niños se dormían cuando los profesores les hablaban de la temible gamba de Palamós y cómo, si no es de Palamós de verdad, puede estropearte un arroz.

(Originalmente publicado en La decadencia del ingenio. Fuente de la imagen).

Presta atención

gato

Daniel Goleman ha publicado recientemente un libro titulado Focus, en el que habla sobre cómo podemos (y debemos) prestar atención. Es un tema sin duda cada vez más importante: cada minuto recibimos notificaciones en el móvil, normalmente ruidosas, y cuando no nos interrumpen terceros, somos nosotros quienes nos interrumpimos y hacemos clic en ese prometedor enlace sobre gatitos graciosos que en realidad no son tan graciosos.

Jamás entenderé lo de los gatos. Admito que estoy sesgado porque soy alérgico, pero no sé, un gato no hace nada. Sólo se mueve lentamente, contoneándose, provocando… Maldito y sexy gato… Pero claro, vivimos en una sociedad muy hipócrita: si el seductor de gatos es Pepe Le Pew, todo son risas, pero si en cambio soy yo quien se baja los pantalones en la plaza porque cierto minino me maúlla según qué cosas, en seguida baja corriendo la vecina del cuarto, la viuda, y me pega escobazos hasta que me tengo que encerrar en casa.

Y eso que precisamente la culpa es de esta señora. Es ella quien da de comer a los gatos callejeros y, claro, ya se han acostumbrado a venir, trayendo consigo toda esa tensión sexual. Yo no soy de piedra, señora. Reparta su pan duro entre, no sé, pingüinos, y ya verá cómo no me enamoro. Los pingüinos son graciosos, pero huelen mal.

Obviamente, la vecina está celosa. Hay que decir que no es un mal partido: es viuda, conserva gran parte de la dentadura y heredaría sus seis gatos. Hay uno atigrado que siempre me mira como diciendo: “TÓMAME”.

Es curioso lo de los animales. Se parecen tanto a nosotros. Bueno, no tanto. No sé, no conozco a nadie que tenga alas y vuele, por ejemplo. Ni siquiera a alguien que tenga alas y que no vuele. Una vez vi pingüinos, eso sí.

Odio volar. En avión, quiero decir. Sobre todo por lo que cuesta embarcar y desembarcar. Claro, con ese pasillo tan estrecho y seis personas por fila, todas con sus bolsas, es imposible tardar menos de diecisiete meses en sentarse. Deberían inventar algo para solucionarlo. No sé, algo así como un pasillo, pero más ancho. Se llamaría “paso”. No es mala idea. Permitiría ir más deprisa, sin tropezar con las butacas y sin caer de boca encima de un señor muy gordo (eso puede pasar). Y además, mientras un pasajero coloca su bolsa en el compartimento superior, otro podría seguir su camino tranquilamente, sin necesidad de esperar. Y todo gracias al Paso (pendiente de patente). No dejes de probar el Paso Premium, con medio metro más de espacio, y el Paso Edición Especial Espacial (jeje), con setenta centímetros adicionales y flechas indicando el camino correcto.

De todas formas, lo peor de los aviones es que son un medio de transporte tremendamente inseguro: se trata de aparatos pesadísimos que circulan a miles de metros de altura sin nada que los sostenga. La última vez que volé y mientras rezaba a gritos por mi vida, se me ocurrieron dos ideas que reducirían este peligro absurdo:

– Cada avión podría atado con un cable de acero a una grúa muy alta. Las grúas estarían más o menos en el punto medio de cada ruta, pero en todo caso habría que calcular bien la distancia máxima que puede recorrer cada avión, para ajustar la longitud de los cables. También deberíamos contar con un mecanismo que permitiera ir soltando o recogiendo cable para aterrizar y despegar. (Pendiente de patente).

– Otra opción quizás más barata consistiría en ponerle unas ruedas muy grandes al avión y hacerlo circular por las autopistas, quitándole las alas para evitar colisiones ridículas. Por cierto, las alas no sirven absolutamente para nada ni siquiera en el aire: ¿acaso los aviones baten las alas? Pues eso. A este invento (también pendiente de patente) lo llamo autovión.

Cualquiera de estas dos soluciones salvaría muchas vidas. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en día con Blablacar. La gente que no tiene coche, que no quiere sufrir un accidente de avión y que aún no puede recurrir a mis autoviones se ve obligada a compartir automóvil con desconocidos, muchos de ellos, sin duda, asesinos. Es de eso de lo que hablaban los periódicos estos días, ¿no? La polémica de Blablacar y Uber era por las docenas de muertes, ¿verdad? Es que no he estado muy al tanto. Pero me imagino que ha sido eso. Se veía venir. No te puedes meter en el coche de cualquiera. Podría ser un criminal. Un zurdo. Un pelirrojo. Un violador de gatos. Seguro que ha muerto mucha gente.

No sé. Y vete a saber: ya nadie lee periódicos. Hoy todo el mundo está con las tablets. Que vale, están muy bien, pero la semana pasada pinté el piso y para tapar el suelo necesité como doscientos cincuenta Ipads. Mucho gasto. Y la pantalla táctil resbalaba un montón. Todo son inconvenientes.

Me niego a escribir iPad, por cierto. Es un nombre propio. La primera en mayúscula. El resto en minúscula. Ipad. No hay más que hablar.

En todo caso, ¿cuánta gente habrá muerto apuñalada y descuartizada por culpa de Blablacar? Nunca lo sabremos. Bueno, podríamos contarlos, pero ¿quién tiene tiempo para contar cosas hoy en día?

Yo no, desde luego. No tengo tiempo absolutamente para nada. Ni siquiera para leer Focus, de Daniel Goleman. Creíais que lo había olvidado, ¿eh? PUES NO. Goleman. Gatos. Pingüinos. Aviones. Autoviones. Asesinatos. Periódicos. Mi cerebro es un ordenador. Un 386 con cien megas de disco duro y disquetera de las nuevas, de las de tres pulgadas y media. ¡JA!

El caso es que tampoco tenía ganas de hablar del tema. Ese señor es el de Inteligencia emocional, el libro que ha servido de excusa a millones de vagos durante los últimos veinte años. Ni siquiera el libro, porque nadie lo ha leído: el título. Ahí se quedaron todos. En el título. “Yo suspendía porque mi inteligencia era emoci…” TÚ ERAS UN VAGO. Y SIGUES SIÉNDOLO.

Me he enfadado. Voy a bajar a la plaza, a ver si veo a algún gato despistado que me alegre la tarde.

(Fuente de la imagen).

El cine es una ESTAFA

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Me he enterado de que en breve se van a conceder unos premios muy importantes de cine, llamados Oscar. Al parecer, cada año se entregan estos galardones a las mejores películas de la historia, en categorías como Literatura, Medicina, Química y Paz, por ejemplo y entre otras.

Dado que soy un hombre de mi tiempo (las siete y pico, por lo menos), ayer decidí que sería buena idea acercarme a una de las salas en las que se emiten estos contenidos audiovisuales de entretenimiento llamados películas. Soy lo que llaman un early adopter: en cuanto me entero de una nueva tecnología, tengo que probarla. De ahí mi colección de theremines.

Lo primero que me sorprendió fue el precio. Me pareció un poco exagerado tener que dejar a mi primogénito en taquilla, pero me aseguraron que se hará cargo de él una buena familia que le dará todo lo que yo no he podido darle, incluyendo una tarde en el cine.

El precio me pareció especialmente excesivo si tenemos en cuenta que 1) las palomitas se pagaban aparte y apenas tenían carne, y 2) en la sala no había luz. Le pregunté a una señora si se habían fundido las bombillas, pero me mandó callar de malas maneras.

Eso sí, el verdadero timo llegó cuando comenzó la película: ¡no era más que una grabación! Protesté en voz muy alta, exigiendo inmediatamente la presencia de Sandra Bullock en el escenario o que me devolvieran el dinero.

Los demás asistentes, siguiendo el comportamiento conformista que tanto daño está haciendo a esta apagada sociedad contemporánea, me hicieron callar (¡a mí!) de malas maneras, llegando incluso a introducirme en la boca, con cierta violencia, un calcetín ligeramente húmedo.

Ya que había pagado la entrada, decidí quedarme a ver el resto de la película, que además me resultó muy poco verosímil. Tomemos por ejemplo el personaje de George Clooney. ¿Cómo podemos creernos que es un veterano astronauta cuando por lo que pude leer en internet también ha robado casinos y se fugó de la cárcel en los años 30 para recuperar un botín de 1,2 millones de dólares? Y eso además de su experiencia como abogado matrimonialista, médico y Batman. ¿Quién tiene tiempo en la vida para hacer tantas cosas? Ese currículum resulta poco o nada creíble y ante tal cúmulo de despropósitos me resultó imposible meterme en la historia.

Además, la película tiene lugar en el espacio… Sí, técnicamente, todo tiene lugar en el espacio. Y en el tiempo. Quería decir que la acción transcurre más allá de la atmósfera terrestre. Y no vemos ni marcianos, ni rayos láser, ni a Darth Vader, a pesar de que me documenté sobre el género y sé perfectamente que Darth Vader es un personaje clásico de la ciencia ficción. ¡Pues vaya!

En definitiva, el cine me decepcionó: me sentí estafado por una experiencia muy lejana a lo que me habían prometido en los vistosos carteles del metro y, sobre todo, en los artículos que había leído acerca de esta nueva tecnología. Espero que en el futuro la ciencia avance lo suficiente como para ofrecernos, al menos, historias interpretadas en el escenario por los propios actores y no por meros sucedáneos, con independencia de las dimensiones que tengan.

También eché en falta un poco de humor. Tal vez un mono gracioso acompañando en su viaje a Sandra Bullock hubiera ayudado a que la historia fuera más divertida. No sé, la pobre mujer intentando arrancar la nave y resulta que el mono ha escondido las llaves… JAJAJA… Monos… Eso hubiera estado bien.

(Fuente de la imagen).

Dejar de esconderse es una buena idea

A todos nos debería dar muy igual quién se acuesta con quién, y por tanto es bueno que cada vez sea menos noticia que alguien más o menos popular diga públicamente que es gay. Es más, estoy convencido de que algún día eso será tan relevante como decir “soy zurdo”.

Pero de momento, no es así. Y por eso, el hecho de que la homosexualidad sea cada vez más visible es sin duda positivo. Atul Gawanade escribió el pasado verano en The New Yorker un artículo en el que explicaba qué es lo que ayuda a difundir las buenas ideas y, en gran medida, la respuesta es la visibilidad. La anestesia se difundió mucho más rápido que la antisepsia por la sencilla razón de que los cirujanos no querían oír los gritos de los enfermos. En cambio, los gérmenes ni siquiera se ven.

El ejemplo es muy particular, pero es que Gawanade es médico. Lo que viene a explicar es que las ideas que avanzan más lentamente no son necesariamente peores que las que se extienden muy deprisa: la principal diferencia suele ser que “atacan problemas que son importantes, pero para la mayoría, invisibles”.

De hecho y en muchas ocasiones, las campañas más eficaces no son las que cuentan con más dinero o las que usan mensajes más innovadores, sino las que explican en una breve conversación con una enfermera las ventajas, por ejemplo, de lavarse bien las manos o de tomar la presión y la temperatura a las madres que acaban de dar a luz. Es decir, una forma de dar visibilidad a las buenas ideas es hablar sobre ellas.

(Nota: está bien saber que no hace falta sangrar y gritar de dolor para que nos hagan caso).

En una entrevista en The Colbert Report, Gawanade y Stephen Colbert explicaban que esto también está pasando, por ejemplo, con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es muy fácil decir “esto es pecado” o “me parece una aberración” cuando hablas en términos generales sobre cosas que no conoces. Pero si estás hablando de tus amigos Joaquín y Pedro, o de tus vecinos, o de tu prima, la cosa cambia mucho. Es gente a la que aprecias: ¿por qué no van a poder casarse, si les apetece? Y claro que van a cuidar bien a sus hijos, si los tienen. ¡Es mi prima! ¿Qué insinúas?

El hecho de que cada vez más gente pueda hablar con naturalidad acerca de sus relaciones nos hace ver a todos que no se trata de oscuras perversiones ni de conductas pecaminosas, sino, simplemente, de que una persona quiere pasar el resto de sus días con otra. Y todo el mundo debería tener derecho a verse atrapado en un matrimonio sin amor y trabajar cada día hasta más tarde porque NO SOPORTO LA IDEA DE VOLVER A CASA.

Pero me desvío del tema.

En Rusia pasa lo contrario: las leyes de Putin quieren reforzar precisamente la opacidad. Ya no se trata de un amigo, vecino o prima, sino simplemente de “los homosexuales”, un grupo sin nombres propios, sin cara y sin voz. Y es mucho más fácil oponerse a una masa amorfa (aunque sólo sea porque lo que hacen a ti te da “cosa”) que a una persona a la que conoces y “vaya, resulta que no había para tanto”. Por eso no debería extrañarnos que el 88% de los rusos apruebe estas medidas. Porque quieren tapar cosas que de entrada ya resulta difícil ver.

En cambio y por ejemplo, en España la mayoría de la población aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo. En 2004, antes de presentarse el anteproyecto de ley, el CIS publicó que el 66,2% de los ciudadanos estaba a favor de esta norma, porcentaje que en 2011 y entre los adolescentes rozaba el 77%. En Estados Unidos, una encuesta de Gallup de 2014 llevaba el índice de aprobación al 54%. En 1996 sólo era del 27%.

Soy consciente de que sigue habiendo homofobia en España (no hablo ya de Rusia o de Irán) y de que las cifras deberían ser mucho más altas. También sé que para mí es muy fácil hablar, desde la distancia, tumbado en mi sofá y aplaudiendo frente al monitor.

Pero aun así quería comentar que uno de los muchos factores que influye en el hecho de que esas cifras crezcan es que cada vez más gente habla con normalidad de sus relaciones y se coge de la mano con quien quiere por la calle. Lo que a su vez lleva a que cada vez más personas se den cuenta de que sus prejuicios son ridículos y eso de nuevo anime a más gente a coger de la mano por la calle a quien le dé la gana y así sucesivamente.

Por eso es bueno que algunas cosas sigan siendo noticia, incluso aunque no debieran serlo.

Hay que decir las verdades a la cara

mega

A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.