Acerca de los orígenes de las fiestas de San Fermín

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En mi época los sanfermines eran mucho más divertidos, dónde va a parar. De un extremo salían los toros. Del otro, los elefantes. Y en medio, un montón de tontos con periódicos.

Se dejó de hacer así porque las calles se ensuciaban más, por culpa de los elefantes y su dieta rica en fibra. Y también de los cadáveres, porque la mancha de cadáver humano que dejan los elefantes es muy difícil de quitar. Se incrusta y tienes que llevar el asfalto al tinte y muchas veces ni así: se queda para tirar.

Después de los primeros novecientos cincuenta y siete mil doscientos doce muertos, el ayuntamiento de Nairobi decidió que aquella fiesta se celebrara en otra parte. Porque por aquel entonces, San Fermín se celebraba en Nairobi, dado que era un sitio donde había elefantes a mano.

Tras un concurso al que se presentó una (1) ciudad, la escogida fue Pamplona. Donde no había muchos elefantes, hecho que en su momento causó mucha controversia. Dos o tres personas lo comentaron.

Por cierto, en Nairobi no había muchos toros, pero realidad, allí se hacía con búfalos. Esa era la queja habitual de Hemingway cuando fue a Pamplona: aquí no hay búfalos, dónde están los búfalos, los toros son búfalos gayers, estos no son mis sanfermines. La ausencia de elefantes no parecía molestarle en absoluto. Igual no se había dado cuenta. Ese señor bebía, no lo olvidemos.

El caso es que cada país y cada región tienen sus animales propios, mientras otros les son extraños. En el zoo de Nairobi, por ejemplo, hay perros, toros, periquitos, varias razas de caniches, dos gatos y un rebaño de ovejas merinas. Claro, para qué poner un hipopótamo en el zoo, si te los encuentras por la calle.

También hay que decir que el zoo de Nairobi es uno de los menos visitados del mundo. Antes iban las escuelas, pero los niños se dormían cuando los profesores les hablaban de la temible gamba de Palamós y cómo, si no es de Palamós de verdad, puede estropearte un arroz.

(Originalmente publicado en La decadencia del ingenio. Fuente de la imagen).

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Presta atención

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Daniel Goleman ha publicado recientemente un libro titulado Focus, en el que habla sobre cómo podemos (y debemos) prestar atención. Es un tema sin duda cada vez más importante: cada minuto recibimos notificaciones en el móvil, normalmente ruidosas, y cuando no nos interrumpen terceros, somos nosotros quienes nos interrumpimos y hacemos clic en ese prometedor enlace sobre gatitos graciosos que en realidad no son tan graciosos.

Jamás entenderé lo de los gatos. Admito que estoy sesgado porque soy alérgico, pero no sé, un gato no hace nada. Sólo se mueve lentamente, contoneándose, provocando… Maldito y sexy gato… Pero claro, vivimos en una sociedad muy hipócrita: si el seductor de gatos es Pepe Le Pew, todo son risas, pero si en cambio soy yo quien se baja los pantalones en la plaza porque cierto minino me maúlla según qué cosas, en seguida baja corriendo la vecina del cuarto, la viuda, y me pega escobazos hasta que me tengo que encerrar en casa.

Y eso que precisamente la culpa es de esta señora. Es ella quien da de comer a los gatos callejeros y, claro, ya se han acostumbrado a venir, trayendo consigo toda esa tensión sexual. Yo no soy de piedra, señora. Reparta su pan duro entre, no sé, pingüinos, y ya verá cómo no me enamoro. Los pingüinos son graciosos, pero huelen mal.

Obviamente, la vecina está celosa. Hay que decir que no es un mal partido: es viuda, conserva gran parte de la dentadura y heredaría sus seis gatos. Hay uno atigrado que siempre me mira como diciendo: “TÓMAME”.

Es curioso lo de los animales. Se parecen tanto a nosotros. Bueno, no tanto. No sé, no conozco a nadie que tenga alas y vuele, por ejemplo. Ni siquiera a alguien que tenga alas y que no vuele. Una vez vi pingüinos, eso sí.

Odio volar. En avión, quiero decir. Sobre todo por lo que cuesta embarcar y desembarcar. Claro, con ese pasillo tan estrecho y seis personas por fila, todas con sus bolsas, es imposible tardar menos de diecisiete meses en sentarse. Deberían inventar algo para solucionarlo. No sé, algo así como un pasillo, pero más ancho. Se llamaría “paso”. No es mala idea. Permitiría ir más deprisa, sin tropezar con las butacas y sin caer de boca encima de un señor muy gordo (eso puede pasar). Y además, mientras un pasajero coloca su bolsa en el compartimento superior, otro podría seguir su camino tranquilamente, sin necesidad de esperar. Y todo gracias al Paso (pendiente de patente). No dejes de probar el Paso Premium, con medio metro más de espacio, y el Paso Edición Especial Espacial (jeje), con setenta centímetros adicionales y flechas indicando el camino correcto.

De todas formas, lo peor de los aviones es que son un medio de transporte tremendamente inseguro: se trata de aparatos pesadísimos que circulan a miles de metros de altura sin nada que los sostenga. La última vez que volé y mientras rezaba a gritos por mi vida, se me ocurrieron dos ideas que reducirían este peligro absurdo:

– Cada avión podría atado con un cable de acero a una grúa muy alta. Las grúas estarían más o menos en el punto medio de cada ruta, pero en todo caso habría que calcular bien la distancia máxima que puede recorrer cada avión, para ajustar la longitud de los cables. También deberíamos contar con un mecanismo que permitiera ir soltando o recogiendo cable para aterrizar y despegar. (Pendiente de patente).

– Otra opción quizás más barata consistiría en ponerle unas ruedas muy grandes al avión y hacerlo circular por las autopistas, quitándole las alas para evitar colisiones ridículas. Por cierto, las alas no sirven absolutamente para nada ni siquiera en el aire: ¿acaso los aviones baten las alas? Pues eso. A este invento (también pendiente de patente) lo llamo autovión.

Cualquiera de estas dos soluciones salvaría muchas vidas. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en día con Blablacar. La gente que no tiene coche, que no quiere sufrir un accidente de avión y que aún no puede recurrir a mis autoviones se ve obligada a compartir automóvil con desconocidos, muchos de ellos, sin duda, asesinos. Es de eso de lo que hablaban los periódicos estos días, ¿no? La polémica de Blablacar y Uber era por las docenas de muertes, ¿verdad? Es que no he estado muy al tanto. Pero me imagino que ha sido eso. Se veía venir. No te puedes meter en el coche de cualquiera. Podría ser un criminal. Un zurdo. Un pelirrojo. Un violador de gatos. Seguro que ha muerto mucha gente.

No sé. Y vete a saber: ya nadie lee periódicos. Hoy todo el mundo está con las tablets. Que vale, están muy bien, pero la semana pasada pinté el piso y para tapar el suelo necesité como doscientos cincuenta Ipads. Mucho gasto. Y la pantalla táctil resbalaba un montón. Todo son inconvenientes.

Me niego a escribir iPad, por cierto. Es un nombre propio. La primera en mayúscula. El resto en minúscula. Ipad. No hay más que hablar.

En todo caso, ¿cuánta gente habrá muerto apuñalada y descuartizada por culpa de Blablacar? Nunca lo sabremos. Bueno, podríamos contarlos, pero ¿quién tiene tiempo para contar cosas hoy en día?

Yo no, desde luego. No tengo tiempo absolutamente para nada. Ni siquiera para leer Focus, de Daniel Goleman. Creíais que lo había olvidado, ¿eh? PUES NO. Goleman. Gatos. Pingüinos. Aviones. Autoviones. Asesinatos. Periódicos. Mi cerebro es un ordenador. Un 386 con cien megas de disco duro y disquetera de las nuevas, de las de tres pulgadas y media. ¡JA!

El caso es que tampoco tenía ganas de hablar del tema. Ese señor es el de Inteligencia emocional, el libro que ha servido de excusa a millones de vagos durante los últimos veinte años. Ni siquiera el libro, porque nadie lo ha leído: el título. Ahí se quedaron todos. En el título. “Yo suspendía porque mi inteligencia era emoci…” TÚ ERAS UN VAGO. Y SIGUES SIÉNDOLO.

Me he enfadado. Voy a bajar a la plaza, a ver si veo a algún gato despistado que me alegre la tarde.

(Fuente de la imagen).

El cine es una ESTAFA

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Me he enterado de que en breve se van a conceder unos premios muy importantes de cine, llamados Oscar. Al parecer, cada año se entregan estos galardones a las mejores películas de la historia, en categorías como Literatura, Medicina, Química y Paz, por ejemplo y entre otras.

Dado que soy un hombre de mi tiempo (las siete y pico, por lo menos), ayer decidí que sería buena idea acercarme a una de las salas en las que se emiten estos contenidos audiovisuales de entretenimiento llamados películas. Soy lo que llaman un early adopter: en cuanto me entero de una nueva tecnología, tengo que probarla. De ahí mi colección de theremines.

Lo primero que me sorprendió fue el precio. Me pareció un poco exagerado tener que dejar a mi primogénito en taquilla, pero me aseguraron que se hará cargo de él una buena familia que le dará todo lo que yo no he podido darle, incluyendo una tarde en el cine.

El precio me pareció especialmente excesivo si tenemos en cuenta que 1) las palomitas se pagaban aparte y apenas tenían carne, y 2) en la sala no había luz. Le pregunté a una señora si se habían fundido las bombillas, pero me mandó callar de malas maneras.

Eso sí, el verdadero timo llegó cuando comenzó la película: ¡no era más que una grabación! Protesté en voz muy alta, exigiendo inmediatamente la presencia de Sandra Bullock en el escenario o que me devolvieran el dinero.

Los demás asistentes, siguiendo el comportamiento conformista que tanto daño está haciendo a esta apagada sociedad contemporánea, me hicieron callar (¡a mí!) de malas maneras, llegando incluso a introducirme en la boca, con cierta violencia, un calcetín ligeramente húmedo.

Ya que había pagado la entrada, decidí quedarme a ver el resto de la película, que además me resultó muy poco verosímil. Tomemos por ejemplo el personaje de George Clooney. ¿Cómo podemos creernos que es un veterano astronauta cuando por lo que pude leer en internet también ha robado casinos y se fugó de la cárcel en los años 30 para recuperar un botín de 1,2 millones de dólares? Y eso además de su experiencia como abogado matrimonialista, médico y Batman. ¿Quién tiene tiempo en la vida para hacer tantas cosas? Ese currículum resulta poco o nada creíble y ante tal cúmulo de despropósitos me resultó imposible meterme en la historia.

Además, la película tiene lugar en el espacio… Sí, técnicamente, todo tiene lugar en el espacio. Y en el tiempo. Quería decir que la acción transcurre más allá de la atmósfera terrestre. Y no vemos ni marcianos, ni rayos láser, ni a Darth Vader, a pesar de que me documenté sobre el género y sé perfectamente que Darth Vader es un personaje clásico de la ciencia ficción. ¡Pues vaya!

En definitiva, el cine me decepcionó: me sentí estafado por una experiencia muy lejana a lo que me habían prometido en los vistosos carteles del metro y, sobre todo, en los artículos que había leído acerca de esta nueva tecnología. Espero que en el futuro la ciencia avance lo suficiente como para ofrecernos, al menos, historias interpretadas en el escenario por los propios actores y no por meros sucedáneos, con independencia de las dimensiones que tengan.

También eché en falta un poco de humor. Tal vez un mono gracioso acompañando en su viaje a Sandra Bullock hubiera ayudado a que la historia fuera más divertida. No sé, la pobre mujer intentando arrancar la nave y resulta que el mono ha escondido las llaves… JAJAJA… Monos… Eso hubiera estado bien.

(Fuente de la imagen).

Dejar de esconderse es una buena idea

A todos nos debería dar muy igual quién se acuesta con quién, y por tanto es bueno que cada vez sea menos noticia que alguien más o menos popular diga públicamente que es gay. Es más, estoy convencido de que algún día eso será tan relevante como decir “soy zurdo”.

Pero de momento, no es así. Y por eso, el hecho de que la homosexualidad sea cada vez más visible es sin duda positivo. Atul Gawanade escribió el pasado verano en The New Yorker un artículo en el que explicaba qué es lo que ayuda a difundir las buenas ideas y, en gran medida, la respuesta es la visibilidad. La anestesia se difundió mucho más rápido que la antisepsia por la sencilla razón de que los cirujanos no querían oír los gritos de los enfermos. En cambio, los gérmenes ni siquiera se ven.

El ejemplo es muy particular, pero es que Gawanade es médico. Lo que viene a explicar es que las ideas que avanzan más lentamente no son necesariamente peores que las que se extienden muy deprisa: la principal diferencia suele ser que “atacan problemas que son importantes, pero para la mayoría, invisibles”.

De hecho y en muchas ocasiones, las campañas más eficaces no son las que cuentan con más dinero o las que usan mensajes más innovadores, sino las que explican en una breve conversación con una enfermera las ventajas, por ejemplo, de lavarse bien las manos o de tomar la presión y la temperatura a las madres que acaban de dar a luz. Es decir, una forma de dar visibilidad a las buenas ideas es hablar sobre ellas.

(Nota: está bien saber que no hace falta sangrar y gritar de dolor para que nos hagan caso).

En una entrevista en The Colbert Report, Gawanade y Stephen Colbert explicaban que esto también está pasando, por ejemplo, con el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es muy fácil decir “esto es pecado” o “me parece una aberración” cuando hablas en términos generales sobre cosas que no conoces. Pero si estás hablando de tus amigos Joaquín y Pedro, o de tus vecinos, o de tu prima, la cosa cambia mucho. Es gente a la que aprecias: ¿por qué no van a poder casarse, si les apetece? Y claro que van a cuidar bien a sus hijos, si los tienen. ¡Es mi prima! ¿Qué insinúas?

El hecho de que cada vez más gente pueda hablar con naturalidad acerca de sus relaciones nos hace ver a todos que no se trata de oscuras perversiones ni de conductas pecaminosas, sino, simplemente, de que una persona quiere pasar el resto de sus días con otra. Y todo el mundo debería tener derecho a verse atrapado en un matrimonio sin amor y trabajar cada día hasta más tarde porque NO SOPORTO LA IDEA DE VOLVER A CASA.

Pero me desvío del tema.

En Rusia pasa lo contrario: las leyes de Putin quieren reforzar precisamente la opacidad. Ya no se trata de un amigo, vecino o prima, sino simplemente de “los homosexuales”, un grupo sin nombres propios, sin cara y sin voz. Y es mucho más fácil oponerse a una masa amorfa (aunque sólo sea porque lo que hacen a ti te da “cosa”) que a una persona a la que conoces y “vaya, resulta que no había para tanto”. Por eso no debería extrañarnos que el 88% de los rusos apruebe estas medidas. Porque quieren tapar cosas que de entrada ya resulta difícil ver.

En cambio y por ejemplo, en España la mayoría de la población aprueba el matrimonio entre personas del mismo sexo. En 2004, antes de presentarse el anteproyecto de ley, el CIS publicó que el 66,2% de los ciudadanos estaba a favor de esta norma, porcentaje que en 2011 y entre los adolescentes rozaba el 77%. En Estados Unidos, una encuesta de Gallup de 2014 llevaba el índice de aprobación al 54%. En 1996 sólo era del 27%.

Soy consciente de que sigue habiendo homofobia en España (no hablo ya de Rusia o de Irán) y de que las cifras deberían ser mucho más altas. También sé que para mí es muy fácil hablar, desde la distancia, tumbado en mi sofá y aplaudiendo frente al monitor.

Pero aun así quería comentar que uno de los muchos factores que influye en el hecho de que esas cifras crezcan es que cada vez más gente habla con normalidad de sus relaciones y se coge de la mano con quien quiere por la calle. Lo que a su vez lleva a que cada vez más personas se den cuenta de que sus prejuicios son ridículos y eso de nuevo anime a más gente a coger de la mano por la calle a quien le dé la gana y así sucesivamente.

Por eso es bueno que algunas cosas sigan siendo noticia, incluso aunque no debieran serlo.

Hay que decir las verdades a la cara

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A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.

Ideas para secuelas

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Según un estudio que al parecer ha hecho un señor que habla muy alto en el bar, el 92,8% de las películas que se estrenan cada año son secuelas o remakes. Y tiene lógica: no hay motivos para arriesgar con algo nuevo cuando lo mismo ya funcionó y además todo el mundo lo conoce. ¿De qué va la sexagésimo cuarta película de James Bond? Pues de James Bond, de qué va a ir.

Por este motivo, he quemado todos los guiones originales y novedosos en los que estaba trabajando. Luego me he dado cuenta de que he quemado el portátil y que en realidad hubiera bastado con tirar a la basura el post-it en el que tenía apuntada la frase: “Idea para una película: algo con robots”.

Tras este incidente, he sacado mi vieja Olivetti del armario y me he puesto a trabajar en posibles ideas para secuelas, con el objetivo de venderlas en Hollywood. De momento he dado con las siguientes veintisiete:

1. Los diez mandamientos 2: Egipto contraataca.
2. El bueno, el feo, el malo y un gordito gracioso.
3. Pretty Woman 2. Richard Gere visita un burdel y se hace mormón POR AMOR.
4. Gravity 2: infierno en Ikea.
5. Amelie 2. Amelie regresa a la Tierra en 2014 y descubre sorprendida que todo el mundo la odia.
6. Algo con robots 2. La primera parte no existe, pero así podría colar mi película sobre robots.
7. Revenge 2: la venganza.
8. Sábado 14. Jason se despierta el sábado por la mañana con las manos manchadas de sangre y un terrible dolor de cabeza. Lo peor es que no recuerda dónde aparcó el coche.
9. Sospechosos. Es la precuela de Sospechosos habituales.
10. Titanic 2. Leonardo di Caprio llega nadando a una isla. Se enamora de una indígena. Hay una escena final en la que están los dos colgando de una rama en el cráter de un volcán y él se deja caer para no romperla.
11. Revenge 3: el resquemor.
12. Vacaciones en Roma 2. Joe y la princesa Ana intentan salvar su matrimonio volviendo a la ciudad en la que se conocieron. Se pasan los 90 minutos de la película buscando “aquel sitio donde estuvimos… ¿Era en esta calle? Creo que sí… Me suena ese edificio… A ver, deja que saque el plano…”
13. El tío abuelo un poco sordo de ella. Admito que no me dejaron mucho margen después de Los padres de ella, Los padres de él y Ahora los padres son ellos.
14. E.T. 2. El extraterrestre vuelve a la Tierra porque se ha olvidado las gafas. Son dos horas de conversación incómoda entre el niño y el bicho. “Bueno, pues ya si eso nos llamamos… Voy a ir tirando, que he aparcado en doble fila… ¿La familia, bien? Me alegro, me alegro…”
15. Spanish Beauty. Un remake American Beauty con Antonio Resines en el papel de Kevin Spacey.
16. Drive 2. Ryan Gosling sigue mirando al infinito como una vaca mirando pasar los trenes. Hay una pelea en una cabina, por variar un poco.
17. El Padrino 2. Se me ocurre (a mí solo) que podríamos explicar los orígenes de don Vito Corleone. Lástima que Robert de Niro esté ya mayor, porque le veo en el papel.
18. La lista de Schindler 2. Tras la Segunda Guerra Mundial, Oskar Schindler escribe la lista de la compra con cierta nostalgia.
19. Resacón en Las Vegas 4. “No volveré a beber jamás” y “no volveré a ver otra película de la saga Resacón” son dos propósitos muy loables que no significan NADA.
20. El sabor de las cerezas 2. La primera es una película iraní. No la ha visto nadie. Yo tampoco. Por lo que aprovecharía para colar bajo ese título mi película sobre robots (otra vez). Nadie se dará cuenta jamás.
21. Viven 2. Uno de los supervivientes del accidente de los Andes se ha convertido EN UN VAMPIRO: su sed de sangre humana es insaciable.
22. Blade Runner 2: ¡me casé con un robot!
23. La ventana indiscreta 2. Aquí veo denuncias y órdenes de alejamiento.
24. El séptimo sentido. O Este muerto está muy vivo 3. Dudo.
25. Solo ante el peligro 2. Los amigos de Gary Cooper le aseguran que habían quedado a las doce y media, y no a las doce.
26. Memento 2. Es igual que la primera, aprovechando que el protagonista no se acuerda de nada.
27. El gran dictador 2: aventura en Corea del Norte.

Estas secuelas DEJARÁN SECUELAS. Jejeje… Jejeje… Me hago gracia a mí mismo porque de bebé me caí de la cuna de cabeza… Jejeje…

Nadie tendrá excusa para no leer

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Está claro que con el ritmo de la vida moderna, no todo el mundo puede dedicar media hora, qué digo media hora, doce minutos minutos y gracias, a la lectura de un buen libro. ¿Quién tiene tiempo para leer hoy en día, con la cantidad de buenas series que hay, por no hablar de todos esos concursos en los que encierran a gente?

Ni siquiera se puede leer en el metro. En las estaciones hay teles con reportajes interesantísimos sobre los nuevos restaurantes libaneses de Gracia; los vagones están llenos de gente, y los móviles traen de serie el tetris, Twitter, Spotify, Facebook y el Candy Crush.

El único momento en el que realmente podemos disfrutar de la lectura es cuando subimos y bajamos en ascensor, ya que en los ascensores no hay cobertura (¿CUÁNDO VAMOS A SOLUCIONAR ESO, EH, OPERADORAS DE TELEFONÍA MÓVIL?). Por eso estoy escribiendo misCuentos para leer en el ascensor. Relatos de dos capítulos: uno para leer por la mañana, cuando se baja a la calle, y otro para leer por la tarde, cuando se regresa a casa.

He aquí algunos textos en los que estoy trabajando:

El atraco
1. Juan comenzó el día atracando un banco.
2. Pero un policía desbarató su hábil plan gracias a su astucia.

Un amor imposible
1. Eva quería mucho a Luis.
2. Pero después de dos años cortaron porque él era… ¡¡GAY!!

Cuentos repletos de emociones y personajes que se quedan en la memoria, con un final sorpresa introducido por alguna que otra conjunción adversativa (no siempre “pero”). Además, está todo calculadísimo: la primera parte siempre es más corta porque hay que contar el tiempo que uno tarda en leer el título.

Por supuesto, todo son ventajas: uno no sólo cultiva el espíritu, sino que también puede evitar tediosas conversaciones de ascensor acerca del tiempo o del partido de fútbol de la noche anterior o de lo maleducado que es el del tercero (oh, ¿tú, lector, eres el del tercero? Hm. Ya. Buen partido, el de ayer, ¿eh?), con un elegante: “Disculpe, ¿no ve que estoy leyendo? Maleducado de mierda…”

Mi idea es escribir varios libros con veintidós cuentos, para leer más o menos uno al mes y que al final del año uno pueda decir que “lee bastante”, sobre todo teniendo en cuenta que “no paro de trabajar, me tienen esclavizado por cuatro duros; el día que me canse lo dejo todo y me voy a vivir al campo”.

También estoy trabajando en una serie de ensayos, pequeñas joyas del pensamiento (el mío), como por ejemplo:

La sabiduría de Sócrates
1. Sócrates sólo sabía que no sabía nada.
2. Así que cada mañana recuerda que sabes algo más que ese estúpido ignorante, como por ejemplo la capital de Francia (París).

Lo importante de la vida
1. La amistad es importante en la vida.
2. También lo es reciclar la basura de forma adecuada.

Estoy en conversaciones con varios editores. He recibido una carta nada menos que de Anagrama, firmada personalmente por la impresora de uno de los empleados de Jorge Herralde —¡el gran Jorge Herralde!—, en la que dice: “Le rogamos que deje de enviarnos sus manuscritos o nuestros abogados se verán en la obligación de emprender las acciones legales pertinentes” etcétera, etcétera. Si no quieren que envíe más obras mías, es porque están ultimando los detalles del contrato millonario que me convertirá en un nuevo Ruiz Zafón. Espero que no se me caiga el pelo, ni engorde tanto, ni comience a escribir como uno de los redactores más vagos de Corín Tellado.

 

(Fuente de la imagen. Publicado originalmente en La decadencia del ingenio)