Declaración amistosa de accidente

Landscape

A: Disculpe, pero me ha dado un golpe.

B: Ehm… Ya lo sé.

A: Fíjese, aquí. Se ve la marca clarísimamente.

B: No, si ya, pero no sé qué quiere de mí.

A: Lo normal sería que hiciéramos un parte y cada cual lo llevara a su compañía aseguradora.

B: Pero es que… A ver… Estamos en un parque de atracciones. En los autos de choque.

A: ¡Y usted me ha dado, caballero! ¡Casi se me caen las gafas!

B: Este juego consiste en darse. Es lo divertido.

A: ¿Pero cómo va a ser divertido ser víctima de un accidente de tráfico? ¡Podríamos haber muerto!

B: Mire a su alrededor: todo el mundo se está dando de tortas.

A: ¡Ya lo sé! ¡Es terrible! ¡Y el gobierno no hace nada!

B: La gente se ríe.

A: ¡Están todos locos! ¡O borrachos! ¡O las dos cosas!

B: Son niños.

A: ¡Eso es lo más que más me preocupa! Niños conduciendo! ¡Normal que haya tantos accidentes!

B: ¿Pero no ve que estamos en un espacio cerrado en el que hay que ir dando vueltas y golpear a otros coches al mismo tiempo que se intenta golpear a los demás?

A: En efecto, ¡la señalización es espantosa! Habría que pintar unos carriles y poner algún semáforo. En esa esquina pondría una rotonda.

B: Le digo que son coches de choque. Que esto es lo normal.

A: No por mucho tiempo. Pienso escribir una carta al director del periódico. Esto será una carretera como tiene que ser.

B: No es una carretera. No se puede ir a ningún sitio. Sólo se puede dar vueltas.

A: No es cierto. Podemos desplazarnos, por ejemplo, de esta esquina de aquí a esa esquina de allá.

B: Pero eso es aburridísimo.

A: ¿Y quién dice que conducir tiene que ser divertido? ¿A usted le parece divertido causar accidentes y provocar muertes?

B: Mire, lo que usted diga. Yo voy a seguir, si no le importa, que se acaba el tiempo.

A: No, no. Usted no se va de aquí hasta que arreglemos los papeles.

B: ¿Pero qué papeles? ¡No tengo papeles! ¡Esto es un coche de choque! ¡No hay seguro!

A: Pues tendremos que llamar a la policía.

B: Mire, yo me larg… ¡Suélteme!

A: Ni hablar, que además su coche no tiene matrícula.

B: ¡Es que no tiene por qué!

A: Explíqueselo a la policía. ¿Hola? Sí, mire, estoy en el parque de atracciones y he sufrido un accidente con un coche sin seguro.

B: ¿Pero quiere soltarme, pirado?

A: Sí, espero.

B: ¡Que me va a romper la camisa!

A: ¡Agente, aquí!

C: ¿Usted ha llamado?

A: Sí, es que hemos sufrido un accidente y este hombre no tiene los papeles del seguro. Y el coche no está matriculado.

C: Vaya, vaya… Permiso de conducir.

B: No tengo permiso de conducir.

C: ¿Tampoco? ¿No habrá bebido, también?

B: ¡Oiga! ¡Que esto son unos coches de choque! ¡Que no hace falta permiso de conducir!

C: A ver, que se llaman COCHES de choque. Pues claro que hace falta permiso de conducir.

B: ¿Y estos niños? ¿Todos tienen permiso de conducir?

C: Mire, ahora estamos hablando de usted. Que los demás lo hagan no significa que sea correcto.

A: Eso es.

C: Por favor, caballero, no interrumpa, que ya hay suficiente tensión.

A: Perdón.

B: ¡No hay ninguna tensión!

C: Tranquilos todos. De momento, voy a llamar a la grúa para que se lleve este vehículo y usted se viene conmigo al cuartelillo.

A: ¿Y yo qué hago?

C: ¿El coche está bien para seguir?

A: Sí, sólo tiene esta mancha en la goma y tengo más fichas.

C: Pues deme sus datos y siga su camino.

A: Aquí tiene mi tarjeta.

C: Gracias.

B: Oiga…

C: Le recomiendo que guarde silencio y espere a que estemos en comisaría.

B: Son autos de choque… Lo normal es darse golpes.

C: Los accidentes son una lacra, sí.

B: ¿Se da cuenta de que el otro conductor está dando vueltas?

C: Está en su derecho.

B: Son coches de choque.

C: Le oí la primera vez.

El lenguaje de las ballenas

11064018343_7d33ceb4cb_zLa ballena Mistetas. Fuente de la imagen.

Mi regalo del amigo invisible fue un cedé con cantos de ballena. Se supone que son relajantes y ayudan a echar la siesta, pero mi cerebro no puede limitarse a descansar: siempre ha de proponerse nuevos retos. En este caso, el de descifrar el lenguaje de los cetáceos y averiguar qué conversaciones y mensajes ocultan estos bellos animales marinos. Tras dedicarle dos tardes casi enteras a este enigma, pude traducir la primera pista del compact disc. Sigo trabajando en el resto. Cuando lo tenga completo, enviaré a la revista Science mis primeros análisis del apasionante lenguaje de las ballenas, incluyendo un resumen de su sintaxis y gramática, además de un diccionario parcial.

A: Creo que nos están grabando.

B: No digas tonterías. ¿Quién nos va a estar grabando?

A: ¿Eso que cuelga no es un micro?

B: ¿Cómo va a ser un micro?

A: ¿Y qué es?

B: No sé… Igual están midiendo la temperatura de las corrientes marinas.

A: No parece un termómetro.

B: Ni idea, pero ¿para qué nos iban a grabar?

A: Pues para saber qué decimos.

B: ¿Pero quién te crees que eres? ¿Tony Soprano?

A: Mira, acércate. Ven, te digo. ESO ES UN MICRO.

B: Estarán estudiando el fondo marino.

A: Nos están grabando.

B: No tiene ningún sentido. ¿Qué pueden querer de nosotros? Nos pasamos el día nadando y comiendo plancton. No somos ballenas famosas.

A: Esto es cosa de la NSA.

B: ¿La NSA?

A: La agencia de seguridad estadounidense. Graban todas las conversaciones telefónicas y guardan un registro de todas las comunicaciones por internet. Ahora nos ha llegado el turno a nosotras.

B: Eso es absurdo. Nosotras no suponemos un peligro para Estados Unidos. No hay ballenas terroristas.

A: Pero eso ellos no lo saben. Quieren cerciorarse.

B: Se lo voy a explicar. Señores americanos… Un momento, ¿tú crees que nos entienden?

A: Claro. Por eso nos graban.

B: Señores americanos: les puedo asegurar que no hay ballenas terroristas. Si que hubo una orca asesina, pero eso fue en los 80. Un caso completamente aislado. No se puede generalizar. Las ballenas somos animales tranquilos y amistosos. Grandes y pesados, pero afables. Ni siquiera mordemos. En alguna ocasión nos hemos tragado a un profeta o a un niño de madera, pero ha sido sin querer y los hemos expulsado en cuanto hemos podido.

A: No creo que te hagan mucho caso. Cuando a los americanos se les mete una idea entre ceja y ceja, no la sueltan.

B: Bueno, yo lo intento. ¿Crees que tendrán muchos micros de estos?

A: Seguro. Deben estar grabando a todas las ballenas del planeta.

B: ¿Sólo a las ballenas?

A: Evidentemente. No hay muchos animales que tengan un sistema de comunicación tan desarrollado como el nuestro.

B: Hay monos que conocen el lenguaje de signos.

A: Bah. Apenas un puñado de palabras. No es más que un truco de circo.

B: Y luego están… Bueno… Ehm… Los delfines.

A: Por favor, no me salgas tú también con los delfines. No hay animal más sobrevalorado que ellos. ¡Son estúpidos!

B: Existe la creencia de que son muy inteligentes.

A: ¡Son animales de circo! ¡Como los monos! ¡Como los loros en triciclo!

B: No quiero entrar en lo que son. Pero sí digo que es posible que los americanos crean que el estereotipo del delfín inteligente se corresponde a la realidad y, por tanto, también estén grabando sus conversaciones. Piensa que creen que somos terroristas.

A: ¡Pues peor para ellos! ¡Que graben sus grazniditos y sus hola qué tal y sus qué felices somos en el mar!

B: Eso es un estereotipo racista. No todos los delfines son alegres. Ni tienen ese acento.

A: No me vengas con el tópico del delfín triste y circunspecto.

B: Vale, vale, no he dicho nada.

A: ¡Que graben a todos los delfines que quieran! Humanos estúpidos.

B: Eres muy injusto con los delfines.

A: ¡Si tanto te gustan los delfines, cásate con uno!

B: ¡Pues a lo mejor lo hago!

A: ¡Pues hazlo!

B: Mira, quería decírtelo de otra forma, pero llevo tres meses saliendo un delfín.

A: ¿Qué?

B: Y además vamos en serio.

A: Pero… Pero eso es…

B: Dilo. Venga, di lo que piensas.

A: Eso es… Eso es contranatura.

B: Ya está. Ya lo has dicho. Te has quedado a gusto, ¿no? Pues mira, nos queremos. Y es muy inteligente. Más que tú.

A: No, espera, no te vayas… Hablemos de esto.

B: ¡Déjame en paz! ¡Mi delfín no te prejuzga! ¡Le he hablado de ti y aun así quiere conocerte.

A: Vuelve…

B: ¡Que me dejes!

A: No podemos terminar la conversación así.

B: ¿Y por qué no?

A: Pues porque nos están grabando. ¿Qué van a pensar esos señores de nosotros?

B: Que te folle un pez.

 

Nadie quiere folletos. ¡Nadie!

3109788657_f8acd73be7_z

A: Disculpe, caballero, no he podido evitar ver cómo arrojaba a la papelera el folleto que le he dado.

B: ¿Eh? ¿Cómo? ¿El folleto?

A: Sí, le acabo de dar un díptico con un información acerca de una nueva clínica dental que ha abierto en el barrio.

B: Ah, sí, es verdad. Es que no necesito un dentista, gracias.

A: Lo entiendo. Sé perfectamente que de los centenares de folletos que reparto cada día apenas una pequeña parte van a dar a alguien que tenga interés en lo publicitado. Pero, en fin, es que lo ha tirado a la primera papelera que ha visto.

B: Ya, bueno, es que no me interesaba… Tengo que irme, perdone…

A: ¿Y no podría haber esperado?

B: ¿Esperado?

A: Sí, ¿no podría haber esperado a la siguiente papelera? Hay otra apenas dos calles más allá, en la misma dirección a la que se dirigía.

B: Pero…

A: Entienda que yo también tengo sentimientos. Piense que mi trabajo consiste en repartir estos papeles. ¿No entiende que si veo cómo los tira, sin ni siquiera mirarlos, me invade una sensación de futilidad, de vacío? ¿No ve que estas horas que paso cada día de pie, intentando sonreír, pierden todo el sentido?

B: Pero si usted mismo ha dicho que sabe que la mayoría de folletos no le sirven a nadie.

A: ¡Ese no es el tema! ¡El problema es la falta de consideración! ¡La ausencia de respeto por mi labor y por mi persona! ¡Es como si hubiera arrugado el folleto y me lo hubiera arrojado a los pies para después escupir!

B: Oiga, no, eso es así…

A: Es como si hubiera llamado a mi madre y le hubiera dicho que su hijo, yo, ES UN INÚTIL.

B: No, hombre, su trabajo es muy dign…

A: ¿No entiende mi frustración? ¿¡NO ENTIENDE QUE NECESITO SENTIR QUE MI LABOR AYUDA A QUE LA SOCIEDAD Y LA ECONOMÍA MEJOREN!?

B: A ver, no se sienta así; si no fuera por usted, nadie sabría nada de esa nueva peluquería.

A: ¡Clínica dental!

B: Eso. Quiero decir, que no es una labor inútil.

A: Cuatro años en la facultad de ciencias de comunicación, estudiando publicidad y relaciones públicas, perfeccionando el arte de la difusión de mensajes comerciales para verme tratado así por… Por… Por nadie. Porque usted no es nadie. Sólo es la sombra de un hombre que pasa fugazmente por mi lado sin ni siquiera mirarme a los ojos, sin corresponder a mi sonrisa, agarrando de mala gana el díptico como si no fuera más que un trámite para poder seguir su camino y para el que lo mismo daría que yo no fuera más que un mono adiestrado para repartir papeles.

B: No, por favor, no diga eso…

A: ¿Cuánto puede pesar este folleto? ¿Tres, cuatro, diez gramos? Y no podía acarrearlo dos manzanas más, hasta la siguiente papelera, no, qué va, tenía que despreciarme a mí, al señor que me ha contratado y a la dueña de la clínica dental Doctora Sánchez.

B: No hable así, si yo le respeto un montón.

A: ¡Usted qué va a respetar! ¡No tiene ni idea! ¡Intento ayudar! ¡Por eso escogí este trabajo! ¡Porque hay gente que necesita ofertas de pizza y de trasteros!

B: Buf, qué tarde, voy a perder el autob…

A: ¡Sí! ¡Estoy aquí por vocación! ¡A pesar de la gente como usted, que seguro que cree que lo hago por el dinero!

B: Por el dinero también, ¿no?

A: ¡No! ¿A mí qué más me dan los seis mil euros netos al mes, el seguro médico, el coche de empresa y las seis semanas de vacaciones?

B: Claro, cl… ¿Seis mil euros al mes? ¿Netos?

A: Pero yo no quiero el dinero. Yo quiero respeto. Yo quiero sentirme realizado. Yo quiero que se valore mi trabajo.

B: Pues tiene razón, me ha convencido. Respeto. Valor. ¿Le puedo dejar mi currículum?

A: ¿Está hablando en serio?

B: Es una labor social importante. Ha dicho netos, ¿verdad?

A: ¿Le he convencido? ¿Claro?

B: Claro.

A: ¿Y no será por las condiciones económicas?

B: Le seré sincero: todo ayuda.

A: Lo entiendo. Todos tenemos derecho a ganarnos la vida.

B: Cierto. No llevo mi currículum encima, pero si me da una dirección de correo electrónico, se la puedo enviar.

A: Sí, claro… O mejor, déme su tarjeta.

B: Mire, aquí tiene.

A: Gracias.

B: No, gracias a us… Oiga, ¿adónde va? ¿Qué hace? Pero… Oiga, pero no tire la tarjeta a la papelera.

A: Ahora sabe lo que se siente. AHORA ES CUANDO ME ENTIENDE.

B: …

A: Exacto. Yo he pasado justo por eso hace unos minutos. Como si hubieran arrojado todos mis sueños de la infancia a una hoguera, entre insultos y carcajadas de desprecio.

B: Entonces no me va a contratar.

A: Sí, está usted contratado. Esta era su primera lección.

B: Oh. Oh. Gracias. ¡No le defraudaré! ¡No le fallaré jamás!

A: Bueno, en realidad no está contratado. No soy el jefe. Déme otra tarjeta y se la llevo. Pero hablaré bien de usted.

B: Ah, pues se agradece. Aquí tiene.

A: Muy bien, pues ya le dirán algo, supongo. Siempre estamos buscando gente.

B: Otra cosa: deme un folleto.

A: No, por favor, no hace falta.

B: Sí, démelo. Lo voy a leer bien. Nunca se sabe, igual es una buena dentista.

A: Tenga, tenga.

B: Gracias.

A: Gracias a usted.

B: No, a usted.

A: No son seis mil euros.

B: ¿Qué?

A: No son seis mil euros. Ni hay coche de empresa. Este es un trabajo muy mal pagado. Y usted debería saberlo.

B: Pero…

A: ¿Para qué querría un coche de empresa? Trabajo de pie. En la calle.

B: …

A: Ya.

B: ¿Me devuelve mi tarjeta?

A: No.

(Fuente de la imagen).

National Domestic

McCall's Magazine Cover, family arriving in kitchen for the holidays

A: Estamos ante imágenes nunca vistas antes en televisión. Se trata de Luis García disponiéndose a comerse una manzana sentado en la mesa de su casa. Está frente al televisor, viendo un episodio repetido de los Simpson, sin prestar mucha atención. No sabemos siquiera si pelará o no la manzana… ¡No la está pelando! Traía un plato y un cuchillo, pero finalmente ha decidido no pelarla. Esto es sensacional. Es información nueva e interesante para los luisgarciólogos. La semana pasada pudimos ver a Marta Jiménez buscando un libro y hoy a Luis García comiéndose una manz… Creo que nos ha visto. Nos hemos agachado porque parece que…

B: ¡Eh! ¿Qué hacen ustedes detrás de mi sofá?

A: Efectivamente, nos ha visto. En esta situación hay que mantener la calma y procurar no moverse para que no nos vea.

B: Oigan, ¿cómo han entrado en mi casa? ¿Eso es una cámara?

A: Vamos a intentar entablar una conversación con él. A la hora de hablar con humanos, lo fundamental es que vea que somos inofensivos y venimos en son de paz.

B: ¡Salgan inmediatamente de aquí! ¡Voy a llamar a la policía!

A: Saludos, señor García, venimos a grabar un documental.

B: ¿Pero qué documental ni qué niño muerto? ¿Cómo van a grabar un documental en mi casa?

A: Estamos interesados en las vicisitudes domésticas del homo sapiens.

B: ¿Homo sapiens? ¡Ustedes están locos! ¡Fuera de mi casa!

A: Nos gustaría grabar antes un…

B: ¡Aquí no se graba más! ¡Fuera! ¡Fuera he dicho!

A: Pero…

B: ¡Fuera! ¡Largo de aquí!

A: Oiga, sin golpes.

B: ¡Que se marchen!

A: ¡No, la cámara n…!

*****

C: Estremecedoras e interesantísimas imágenes las que pudo grabar nuestro compañero y que pudimos rescatar gracias a nuestro equipo técnico, que consiguió rescatarlas de un disco duro dañado. Tanto el reportero como el cámara se encuentran bien aunque el médico les ha recomendado reposo. En todo caso, resulta interesante apreciar cómo Luis García comía su manzana sin usar cuchillo. Aunque no podamos decir que lo haga siempre, se trata de una duda que siempre habíamos tenido: ¿cómo prefiere Luis García su fruta? ¿Con o sin piel? Me dicen que tenemos una llamada. Buenos días.

B: Buenos días, soy Luis García. ¿Por qué están hablando de mí en la tele?

C: Atención, tenemos con nosotros a Luis García, en un testimonio único. Se trata de la primera vez en la que Luis García habla por televisión.

B: ¡Que no hablen de mí, les digo! ¡Y que no saquen mi comedor por la tele!

C: Se trata de un documento con un valor científico fundamental que intenta responder a la pregunta: ¿cómo prefiere Luis García la fruta?

B: ¡Les he denunciado a la policía!

C: Comprobamos además que Luis García recurre a las fuerzas de seguridad del estado cuando siente su espacio amenazado por otros homo sapiens.

B: ¡Oiga, que deje de hablar de mí y de mi fruta, le digo!

C: (Susurrando). Es importante mantener la calma en estas situaciones. Recordemos lo que les pasó a nuestros compañeros, cuando fueron atacados por Luis García.

B: LE ESTOY OYENDO.

C: Luis García y la fruta. Este ha sido otro documento interesante que les hemos traído.

B: QUE YA VALE, LE DIGO.

C: La semana que viene les traeremos otro documento jamás visto en televisión. El matrimonio Sánchez Romero discutiendo en Ikea.

B: Ah mire, eso ya lo veo más interesante.

C: Por primera vez les mostraremos imágenes de Julio Sánchez y Natalia Romero muy enfadados por el color más apropiado para una mesa de café valorada en 19,95 euros. Él prefiere la marrón clara porque en la negra se ve el polvo en seguida, pero ella le recuerda que la Expedit que tienen ya es negra por lo que la marrón no pegaría con el resto del comedor. Es una escena que nunca antes se habían grabado.

B: A mí es que los documentales me gustan mucho.

C: Nos vemos la semana que viene. Muchas gracias por su atención.

B: Me los pongo para dormir.

¡Doctor, doctor!

8078665035_3c18d55f63_z
A: Adelante.
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo doble personalidad!
A: Siéntese.
B: ¡Tengo doble personalidad!
A: No, pero siéntese.
B: ¡Digo que tengo doble personalidad!
A: A ver, que abro su ficha.
B: No, pero no es así…
A: ¿El qué no es así?
B: Usted tiene que decir: «Pues pase y hablemos los cuatro».
A: ¿Cómo?
B: ¡Es un chiste!
A: ¿Pero a qué viene esto?
B: Comencemos otra vez.
A: ¿Pero a dónde va?
B: ¡A la puerta!
A: Pero…
B: ¡Doctor, doctor! ¡Tengo el cuerpo lleno de pelo! ¿Qué padezco?
A: Oiga, que aquí viene gente enferma.
B: No, tiene que decir: «Padece uzted un ozito».
A: ¿Quiere parar de una vez?
B: ¿Es que no se sabe ninguno de los chistes?
A: Este no es el lugar ni el momento para gracietas. ¿Está usted enfermo o no?
B: ¡No! ¡Soy un actor! ¡Vengo a escenificar chistes!
A: ¿Pero por qué?
B: ¡Porque es gracioso! ¡Maldita sea! ¡Nunca lo vamos a lograr!
A: ¿Nunca vamos a lograr el qué? ¿De qué está hablando?
B: ¡El éxito! ¡La fama! ¡La gira de verano por las fiestas mayores de los pueblos!
A: Oiga, si no tiene ninguna consulta médica que hacerme, haga el favor de marcharse.
B: Un momento.
A: ¿Otra vez a la puerta? ¿Qué hace?
B: ¡Doctor, doctor!
A: ¿Se ha atado un pato de goma a la cabeza con esparadrapo?
B: Tiene que decir: «¿Qué le ha pasado?» Y entonces el pato dirá: «No sé, empezó con un bulto en el pie».
A: Es un pato de goma. No creo que pueda hablar.
B: ¡También soy ventrílocuo! ¡Soy un artista del Renacimiento!
A: Por favor, márchese. Hay gente esperando y esto no es ningún teatro.
B: En fin. Ya le llamaremos.
A: ¿Cómo?
B: Que ya le llamaremos. Gracias por venir.
A: Está usted en mi consulta. Gracias a usted por venir.
B: Ya puede marcharse. ¡Siguiente!
A: ¡Oiga!
C: Buenas tardes. Venía por el puesto de partennaire de pareja cómica.
B: Aquí es. Comencemos. Le doy la línea. ¡Doctor, doctor! ¡Me duele aquí!
C: ¡Pues váyase allí!
B: ¡Doctor, doctor! ¡Nadie me hace caso!
C: ¡Siguiente!
B: ¡Jajaja!
C: ¡Jajaja!
A: ¿Quieren hacer el favor de salir de mi consulta!
B: ¡Está usted contratado!
C: ¡Gracias!
A: ¡Salgan de aquí!
B: ¡Nos vamos a forrar!
C: ¡El éxito nos aguarda!
B: Tengo una gira por Soria medio apalabrada.
A: ¡Fuera! ¡Largo! A ver, siguiente.
D: Padre, me quiero confesar. Soy un pirómano.
A: ¿Cómo?
D: Ay, me he vuelto a confundir. ¿Dónde está la iglesia?
A: ¡No sé dónde está la iglesia!
D: ¿Y no me puede ayudar?
A: ¿A qué?
D: Usted me pregunta: «Hijo, ¿pecas?» Y yo le contesto: «Sí, hasta en el culo». Porque soy pelirrojo.
A: ¡Usted no es pelirrojo!
D: Es verdad, así no funciona. Pongamos que yo le digo: «Padre, me he acostado con el párroco del pueblo de al lado» y usted…
A: ¡Basta! ¡Esto no es una iglesia! ¡Y no pienso escenificar ningún chiste! ¡Márchese!
D: Está bien. Ya me voy… Pero no conozco el barrio… ¿La calle Sevilla?
A: Si la pisa fuerte… ¡JAJAJAJAJA!
D: No es así.
A: ¡JAJAJAJA!
D: Es Saboya. Es la calle Saboya.
A: ¡JAJAJAJA…! Fuera, le digo. Es mi consulta y los cuento como quiero.
D: No sé dónde está la calle Sevilla.
A: ¡Váyase de una vez!
D: No la encontraré y moriré de hambre vagando por la ciudad.
A: Le está bien empleado. Por contar chistes. Nadie debería contar chistes. Nunca. No estamos en 1992.

Es buen tío

 P7546-16A

-No, pero es buen tío.

-¿Cómo?

-Que es buen tío, digo.

-No puedes decirme eso. Llevas tres cuartos de hora hablando mal de él. No puedes explicarme que abandonó a su mujer embarazada y luego añadir «no, pero es buen tío». Tuvo que dar a luz entre dos contenedores. Me lo has dicho hace diez minutos. Eso no es compatible con ser un buen tío. También me has contado que estafó a su propia hermana. Se quedó sin ahorros y acabó perdiendo su piso. Y yo diría que alguien que mató al gato de su sobrina sólo por ver qué se siente no puede ser «un buen tío». Y menos si lo hace delante de la pobre niña. No. No puedes decir eso. Todavía va al psiquiatra. Lleva seis meses sin dormir. Me lo acabas de decir. Y cada vez que pienso en lo que le hizo a esa anciana que intentó colarse en el supermercado me entran escalofríos. Todas las personas mayores de 70 años intentan colarse en el súper. Es ley de vida. Hay que llevarlo con paciencia. No puedes hacer… Eso… No quiero ni pensarlo. Es absurdo decir de alguien que hace ese tipo de cosas que es buen tío. No tiene sentido. ¿Y por qué prendió fuego a la guardería? No entiendo nada. ¿Por qué hizo eso? ¡Me da igual que fuera de noche y no hubiera nadie! Ese tío debería estar en la cárcel. O en un psiquiátrico. O muerto. Mira, en serio, estoy en contra de la pena de muerte, pero en este caso haría una excepción. Deja de decir que es buen tío. No lo es. No. Es un psicópata peligroso.

-No, pero es majete.

-¡No! ¡No puede ser majete!

-Os llevaríais bien.

-¡Que no!

-Te ríes.

-¡No! ¡Basta!

-He quedado con él el viernes. Vente.

-¡Ni hablar!

-A las ocho. Cervecita y luego cena por Gràcia.

-Bueno, vale. A lo mejor me paso un rato.

Presta atención

gato

Daniel Goleman ha publicado recientemente un libro titulado Focus, en el que habla sobre cómo podemos (y debemos) prestar atención. Es un tema sin duda cada vez más importante: cada minuto recibimos notificaciones en el móvil, normalmente ruidosas, y cuando no nos interrumpen terceros, somos nosotros quienes nos interrumpimos y hacemos clic en ese prometedor enlace sobre gatitos graciosos que en realidad no son tan graciosos.

Jamás entenderé lo de los gatos. Admito que estoy sesgado porque soy alérgico, pero no sé, un gato no hace nada. Sólo se mueve lentamente, contoneándose, provocando… Maldito y sexy gato… Pero claro, vivimos en una sociedad muy hipócrita: si el seductor de gatos es Pepe Le Pew, todo son risas, pero si en cambio soy yo quien se baja los pantalones en la plaza porque cierto minino me maúlla según qué cosas, en seguida baja corriendo la vecina del cuarto, la viuda, y me pega escobazos hasta que me tengo que encerrar en casa.

Y eso que precisamente la culpa es de esta señora. Es ella quien da de comer a los gatos callejeros y, claro, ya se han acostumbrado a venir, trayendo consigo toda esa tensión sexual. Yo no soy de piedra, señora. Reparta su pan duro entre, no sé, pingüinos, y ya verá cómo no me enamoro. Los pingüinos son graciosos, pero huelen mal.

Obviamente, la vecina está celosa. Hay que decir que no es un mal partido: es viuda, conserva gran parte de la dentadura y heredaría sus seis gatos. Hay uno atigrado que siempre me mira como diciendo: «TÓMAME».

Es curioso lo de los animales. Se parecen tanto a nosotros. Bueno, no tanto. No sé, no conozco a nadie que tenga alas y vuele, por ejemplo. Ni siquiera a alguien que tenga alas y que no vuele. Una vez vi pingüinos, eso sí.

Odio volar. En avión, quiero decir. Sobre todo por lo que cuesta embarcar y desembarcar. Claro, con ese pasillo tan estrecho y seis personas por fila, todas con sus bolsas, es imposible tardar menos de diecisiete meses en sentarse. Deberían inventar algo para solucionarlo. No sé, algo así como un pasillo, pero más ancho. Se llamaría “paso”. No es mala idea. Permitiría ir más deprisa, sin tropezar con las butacas y sin caer de boca encima de un señor muy gordo (eso puede pasar). Y además, mientras un pasajero coloca su bolsa en el compartimento superior, otro podría seguir su camino tranquilamente, sin necesidad de esperar. Y todo gracias al Paso (pendiente de patente). No dejes de probar el Paso Premium, con medio metro más de espacio, y el Paso Edición Especial Espacial (jeje), con setenta centímetros adicionales y flechas indicando el camino correcto.

De todas formas, lo peor de los aviones es que son un medio de transporte tremendamente inseguro: se trata de aparatos pesadísimos que circulan a miles de metros de altura sin nada que los sostenga. La última vez que volé y mientras rezaba a gritos por mi vida, se me ocurrieron dos ideas que reducirían este peligro absurdo:

– Cada avión podría atado con un cable de acero a una grúa muy alta. Las grúas estarían más o menos en el punto medio de cada ruta, pero en todo caso habría que calcular bien la distancia máxima que puede recorrer cada avión, para ajustar la longitud de los cables. También deberíamos contar con un mecanismo que permitiera ir soltando o recogiendo cable para aterrizar y despegar. (Pendiente de patente).

– Otra opción quizás más barata consistiría en ponerle unas ruedas muy grandes al avión y hacerlo circular por las autopistas, quitándole las alas para evitar colisiones ridículas. Por cierto, las alas no sirven absolutamente para nada ni siquiera en el aire: ¿acaso los aviones baten las alas? Pues eso. A este invento (también pendiente de patente) lo llamo autovión.

Cualquiera de estas dos soluciones salvaría muchas vidas. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en día con Blablacar. La gente que no tiene coche, que no quiere sufrir un accidente de avión y que aún no puede recurrir a mis autoviones se ve obligada a compartir automóvil con desconocidos, muchos de ellos, sin duda, asesinos. Es de eso de lo que hablaban los periódicos estos días, ¿no? La polémica de Blablacar y Uber era por las docenas de muertes, ¿verdad? Es que no he estado muy al tanto. Pero me imagino que ha sido eso. Se veía venir. No te puedes meter en el coche de cualquiera. Podría ser un criminal. Un zurdo. Un pelirrojo. Un violador de gatos. Seguro que ha muerto mucha gente.

No sé. Y vete a saber: ya nadie lee periódicos. Hoy todo el mundo está con las tablets. Que vale, están muy bien, pero la semana pasada pinté el piso y para tapar el suelo necesité como doscientos cincuenta Ipads. Mucho gasto. Y la pantalla táctil resbalaba un montón. Todo son inconvenientes.

Me niego a escribir iPad, por cierto. Es un nombre propio. La primera en mayúscula. El resto en minúscula. Ipad. No hay más que hablar.

En todo caso, ¿cuánta gente habrá muerto apuñalada y descuartizada por culpa de Blablacar? Nunca lo sabremos. Bueno, podríamos contarlos, pero ¿quién tiene tiempo para contar cosas hoy en día?

Yo no, desde luego. No tengo tiempo absolutamente para nada. Ni siquiera para leer Focus, de Daniel Goleman. Creíais que lo había olvidado, ¿eh? PUES NO. Goleman. Gatos. Pingüinos. Aviones. Autoviones. Asesinatos. Periódicos. Mi cerebro es un ordenador. Un 386 con cien megas de disco duro y disquetera de las nuevas, de las de tres pulgadas y media. ¡JA!

El caso es que tampoco tenía ganas de hablar del tema. Ese señor es el de Inteligencia emocional, el libro que ha servido de excusa a millones de vagos durante los últimos veinte años. Ni siquiera el libro, porque nadie lo ha leído: el título. Ahí se quedaron todos. En el título. «Yo suspendía porque mi inteligencia era emoci…» TÚ ERAS UN VAGO. Y SIGUES SIÉNDOLO.

Me he enfadado. Voy a bajar a la plaza, a ver si veo a algún gato despistado que me alegre la tarde.

(Fuente de la imagen).

Algunos usos prácticos de una máquina del tiempo

maquina

Cuando se mencionan los posibles usos de una máquina del tiempo, se suele caer en lugares comunes como matar a Hitler antes de que llegue al poder o evitar que los padres de Aznar se conozcan. Si bien estos objetivos son nobles y loables, me parece adecuado recordar que una máquina del tiempo también podría tener unos nada desdeñables usos cotidianos e incluso recreativos. Por ejemplo:

– Echar una segunda siesta.

– Llegar tarde a la oficina y que todo el mundo sepa que lo has hecho adrede. «NO MERECÍA LA PENA USAR LA MÁQUINA, SÓLO SON DOS HORAS DE NADA».

– Volver al sábado pasado y evitar beberte esa última copa que te sentó tan mal.

– Tomarte tú, el del futuro, esa última copa, ya que tú aún no llevas ninguna.

– Volver al sábado pasado, pero desde más tarde, a evitar que el segundo Jaime Rubio siga bebiendo porque al final resulta que no se conforma con esa única copa.

– Enviar a un cuarto Jaime Rubio porque el tercer Jaime Rubio también se acaba liando.

– Echar una tercera siesta.

– Ahorrarte ese minuto que pasas mirando el microondas cada mañana, esperando que se caliente la leche.

– Mirar la hora (es una máquina del tiempo, tendrá un reloj).

– Llegar a fin de mes con mayor soltura. La cosa va así: te gastas todo el sueldo el día 10, como de costumbre, y viajas hasta el día 30 o cuando cobres. La gente te preguntará dos cosas: primero, ¿dónde has estado todo este tiempo? Y segundo y tras unos cuantos años haciendo lo mismo, ¿cómo te conservas tan joven?

– Zanjar discusiones sobre quién dijo qué: viajáis los dos al pasado y lo comprobáis.

– Cambiar el pasado para ganar esa discusión.

– Viajar a momentos históricos famosos para salir en la foto (o en el óleo, según).

– Llevarle a Shakespeare las obras completas de Miguel Mihura, a ver qué pasa.

– Echar una quinta siesta antes de la cuarta porque para eso tienes una máquina del tiempo.

– Viajar al pasado a conocer a tu personaje histórico favorito. Por ejemplo, Gandhi. Darte cuenta de que has viajado en el tiempo, pero no en el espacio. Cruzar una Europa asolada por la Segunda Guerra Mundial, sin dinero. Conseguir llegar a la India, con muletas porque perdiste una pierna en un bombardeo. No encontrar a Gandhi por ningún lado. Ir a uno de sus actos públicos. Que te digan que es ese señor del fondo. Darte cuenta al final de que estabas mirando a otra persona todo el rato. Enfermar de lepra. Morir.

– Viajar al futuro para comprarte un almanaque deportivo con los resultados de todos los partidos de fútbol hasta 2050. Olvidarte cada semana de echar la quiniela. Se juntan dos temas: “Yo no soy muy futbolero” y “Bah, ya lo haré la semana que viene, qué más dará, hay tiempo”.

– Viajar al pasado para, una vez allí, viajar al futuro justo antes de ese primer viaje y advertirte de que no viajes al pasado. Hacerte caso.

– Echar una cuarta siesta.

– Viajar al pasado y avisarte de cosas que en realidad no sucedieron jamás, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y explicarte el final de alguna serie de estas largas, de seis o siete temporadas, sólo por ver tu propia cara.

– Viajar al pasado y tener sexo contigo mismo porque de joven estabas muy bien y técnicamente es como masturbarse, así que no pasa nada, y todo también por ver tu propia cara, que es preciosa.

– Dejarte embarazado porque en el futuro se sabrá cómo.

– Cuando le explicas a tu hijo que eres su padre y su madre, es posible que se enfade tanto que viaje al pasado a seducir a tu abuela y convertirse en tu abuelo.

– Del rebote que pillas, intentas viajar al futuro a vengarte de tu hijo, tal vez seduciendo a tu nuera y convirtiéndote en su yerno, pero no sabes usar la máquina porque de repente tienes… Ehm… Cómo decirlo… Ehm… Cierta discapacidad intelectual. Por el tema de una endogamia muy bestia.

– Quedar bien con la gente. Por ejemplo, pongamos que te invitan a dos cumpleaños el viernes. Vas a uno. Luego duermes. Descansas. Te duchas. Viajas al pasado y vas también al otro.

– Pero si eres la misma persona, preguntaréis, ¿no habría ahí un rollo de paradojas y tal? (Decís “y tal” porque no tenéis mucha idea y se os nota). No, en serio, insistiréis, ¿cómo puede la misma persona estar en dos sitios a la vez? ¿O tener sexo consigo misma? Esto último me interesa, afirmaréis, añadiendo muy deprisa que para un amigo, no te creas. Aunque claro, continuaréis, ya hablando solos, ¿existe realmente la identidad, el yo? ¿Acaso no se renuevan todas las células del cuerpo humano cada siete años? ¿Qué queda de mi persona de 2007, aparte de este michelín que no consigo quitarme?

– Ay, no sé, contestaré, dejadme en paz con mis cosas.

(Fuente de la imagen).

Disculpe por haberle hecho esperar

dig-bitch

Los faros de un coche iluminan un claro. Un tipo suelta una pala y trepa para salir de una enorme zanja, sudando, lleno de tierra, con la camisa algo rota. Le sangra una ceja y tiene un ojo amoratado. Otro hombre le espera arriba, fumando, con una pistola en la mano. Cuando el primero termina de salir, jadeando y tosiendo, el de la pistola le pide que se ponga de rodillas.

-No… Por favor, no… No me mates… Te pagaré el doble de lo que te hayan ofrecido… Yo… No… No lo…

Suena un móvil. El tipo que está de rodillas se mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono y mira la pantalla, con cara de fastidio.

-Disculpa, tengo que cogerlo. Sí… Sí, soy yo… Sí, eso es; se trata de una factura que me llegó con un importe incorrecto. A ver, ya se lo he explicado a sus compañeros cuatro o cinco veces. Es que siempre me hacen volver con lo mismo, ¿no lo tiene anotado ahí? Mire, en la factura de febrero… Sí, febrero… No, no la llevo encima, me pilla fuera de casa. Sí, espero. Perdona un momento -le dice al tipo armado-. Es que si no, me toca llamarles otro día y me tienen un cuarto de hora esperando con la musiquita. Sí, aquí estoy. Bien, pues si ve la factura de febrero, hay como unos ocho euros bajo el concepto de roaming y como ya les he explicado, es imposible que me cobren eso porque yo llevo más de seis meses sin salir del país. A ver, me da igual, no es problema mío que su sistema diga que sí. No, claro que no puedo demostrarles que no he estado en el extranjero. ¿Qué pretende? ¿Que fiche cada día en el portal? Son ustedes los que… No, a ver un momento… Lo que tienen que hacer es… No… Sí, espero. Perdona, ¿eh? -añade, dirigiéndose al otro tipo, que aún le apunta con la pistola-. En seguida termino. Es que esta gente… Por ocho euros de mierda, el lío que me están armando. Y no es la primera vez. En cuanto se me acabe la permanencia, cambio de compañía. Sí, sí, sigo aquí. Sí. No. No, no, no haga eso. Es la cuarta vez que me dicen lo mismo. No me haga el numerito de abrir otra incidencia porque lo único que va a pasar es que dentro de tres o cuatro días voy a tener que volver a llamarles y voy a tener que repetir otra vez esta conversación con otra persona que volverá a abrir otra incidencia o añadirá una nota en esta incidencia si es que aún no la han cerrado. Que no, oiga, que no. No. Mire, ¿cuánto me cobrarían por irme a otra compañía antes de que termine la permanencia? Mírelo, por favor. Sí, dígamelo. Espero. No es un farol -añade, de nuevo hablando con el tipo que le apunta con la pistola y que le hace signos para que cuelgue-. Ya estoy harto. Si tengo que pagar cien euros, pues los pago. Pero de mí no se ríe nadie. Sí, aquí estoy, sí. Cuarenta y ocho euros. Muy bien. Pues quiero que en las observaciones a esa incidencia que va a volver a abrir ponga bien claro que si este tema no se ha solucionado el jueves que viene, me iré a otra operadora y además avisaré al banco para que no les abonen ninguna otra cantidad. Y pienso poner una reclamación en consumo. Ya sé que usted sólo es un mandado y no tiene culpa de nada, pero no pienso consentir que se vulneren mis derechos. Ya, ya, lo que usted diga, pero me están haciendo perder un tiempo que no tengo por ocho ridículos euros. Adiós, buenas noches. Gracias, adiós, adiós.

Guarda el móvil, mostrando cierta satisfacción.

-No me gustan nada estas cosas. Me dejan muy mal cuerpo. Pero mira, al menos les he dejado las cosas claras. Llevo semanas arrastrando este tema porque juegan a eso. A que te canses, aunque tengas razón. Pues no me da la gana.

El tipo que está de pie tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la suela de sus botas. Le vuelve a apuntar con la pistola.

-Oh, es verdad. Lo había olvidado.

El universo en una taza de café

café

La señora se sentó y pidió un cortado. Cuando se lo sirvieron, abrió el sobre de azúcar, vertió el contenido dentro de la taza y comenzó a remover el líquido con la cucharilla. Clinclinclinc. Y siguió removiendo. Clinclinclinc. La gente que estaba sentada a su lado en la barra de la cafetería la miró con cierta incomodidad. Pero ella siguió removiendo. Clinclinclinc. La mano iba cada vez más rápido, los labios cada vez estaban más apretados, la mirada estaba cada vez más concentrada en un punto inconcreto del horizonte, justo por encima de donde estaban apiladas las tazas limpias. Las conversaciones se interrumpieron, los camareros dejaron de preparar y servir café y croissants. Nadie se atrevía a decirle a la mujer que parara, que era imposible que quedara algo de azúcar en el fondo de la taza, que aquel trabajo ya estaba listo. Porque se la veía muy concentrada en su tarea, removiendo ese café cada vez más rápido, concentrando el espacio y el tiempo en el remolino de su cortado, que comenzó a atraer energía y materia, tragándose la cucharilla, la señora, la barra y los camareros, el edificio entero y después la ciudad, el planeta, todo el sistema solar y la galaxia, hasta concentrar todo el universo en el punto central de su café.

Todo se quedó quieto durante una minúscula fracción de segundo tan breve que pareció eterna.

Para que justo después ese mismo centro del remolino del cortado explotara y comenzara a girar en dirección contraria a la de la cucharilla, dando lugar a las partículas elementales, a zonas densas de materia, nubes, estrellas, galaxias, sistemas solares e incluso un pequeño planeta a una distancia lo suficientemente adecuada del sol como para permitir que algunas moléculas fabricaran copias de sí mismas, creando bacterias, organismos pluricelulares, alguna que otra alga y animales marinos que dejaron el agua y comenzaron a pasear por tierra, dando lugar a los dinosaurios y a los mamíferos, a los humanos y al imperio romano, y después a la Revolución Francesa y a los Juegos Olímpicos de Barcelona, hasta que alguien abrió un bar en la calle Provença y siete años más tarde entró una señora y pidió un cortado. Cuando se lo sirvieron, abrió el sobre de azúcar, vertió el contenido dentro de la taza y comenzó a remover el líquido con la cucharilla. Clinclinclinc. Y siguió removiendo. Clinclinclinc.

(Fuente de la imagen).