Presta atención

gato

Daniel Goleman ha publicado recientemente un libro titulado Focus, en el que habla sobre cómo podemos (y debemos) prestar atención. Es un tema sin duda cada vez más importante: cada minuto recibimos notificaciones en el móvil, normalmente ruidosas, y cuando no nos interrumpen terceros, somos nosotros quienes nos interrumpimos y hacemos clic en ese prometedor enlace sobre gatitos graciosos que en realidad no son tan graciosos.

Jamás entenderé lo de los gatos. Admito que estoy sesgado porque soy alérgico, pero no sé, un gato no hace nada. Sólo se mueve lentamente, contoneándose, provocando… Maldito y sexy gato… Pero claro, vivimos en una sociedad muy hipócrita: si el seductor de gatos es Pepe Le Pew, todo son risas, pero si en cambio soy yo quien se baja los pantalones en la plaza porque cierto minino me maúlla según qué cosas, en seguida baja corriendo la vecina del cuarto, la viuda, y me pega escobazos hasta que me tengo que encerrar en casa.

Y eso que precisamente la culpa es de esta señora. Es ella quien da de comer a los gatos callejeros y, claro, ya se han acostumbrado a venir, trayendo consigo toda esa tensión sexual. Yo no soy de piedra, señora. Reparta su pan duro entre, no sé, pingüinos, y ya verá cómo no me enamoro. Los pingüinos son graciosos, pero huelen mal.

Obviamente, la vecina está celosa. Hay que decir que no es un mal partido: es viuda, conserva gran parte de la dentadura y heredaría sus seis gatos. Hay uno atigrado que siempre me mira como diciendo: “TÓMAME”.

Es curioso lo de los animales. Se parecen tanto a nosotros. Bueno, no tanto. No sé, no conozco a nadie que tenga alas y vuele, por ejemplo. Ni siquiera a alguien que tenga alas y que no vuele. Una vez vi pingüinos, eso sí.

Odio volar. En avión, quiero decir. Sobre todo por lo que cuesta embarcar y desembarcar. Claro, con ese pasillo tan estrecho y seis personas por fila, todas con sus bolsas, es imposible tardar menos de diecisiete meses en sentarse. Deberían inventar algo para solucionarlo. No sé, algo así como un pasillo, pero más ancho. Se llamaría “paso”. No es mala idea. Permitiría ir más deprisa, sin tropezar con las butacas y sin caer de boca encima de un señor muy gordo (eso puede pasar). Y además, mientras un pasajero coloca su bolsa en el compartimento superior, otro podría seguir su camino tranquilamente, sin necesidad de esperar. Y todo gracias al Paso (pendiente de patente). No dejes de probar el Paso Premium, con medio metro más de espacio, y el Paso Edición Especial Espacial (jeje), con setenta centímetros adicionales y flechas indicando el camino correcto.

De todas formas, lo peor de los aviones es que son un medio de transporte tremendamente inseguro: se trata de aparatos pesadísimos que circulan a miles de metros de altura sin nada que los sostenga. La última vez que volé y mientras rezaba a gritos por mi vida, se me ocurrieron dos ideas que reducirían este peligro absurdo:

– Cada avión podría atado con un cable de acero a una grúa muy alta. Las grúas estarían más o menos en el punto medio de cada ruta, pero en todo caso habría que calcular bien la distancia máxima que puede recorrer cada avión, para ajustar la longitud de los cables. También deberíamos contar con un mecanismo que permitiera ir soltando o recogiendo cable para aterrizar y despegar. (Pendiente de patente).

– Otra opción quizás más barata consistiría en ponerle unas ruedas muy grandes al avión y hacerlo circular por las autopistas, quitándole las alas para evitar colisiones ridículas. Por cierto, las alas no sirven absolutamente para nada ni siquiera en el aire: ¿acaso los aviones baten las alas? Pues eso. A este invento (también pendiente de patente) lo llamo autovión.

Cualquiera de estas dos soluciones salvaría muchas vidas. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en día con Blablacar. La gente que no tiene coche, que no quiere sufrir un accidente de avión y que aún no puede recurrir a mis autoviones se ve obligada a compartir automóvil con desconocidos, muchos de ellos, sin duda, asesinos. Es de eso de lo que hablaban los periódicos estos días, ¿no? La polémica de Blablacar y Uber era por las docenas de muertes, ¿verdad? Es que no he estado muy al tanto. Pero me imagino que ha sido eso. Se veía venir. No te puedes meter en el coche de cualquiera. Podría ser un criminal. Un zurdo. Un pelirrojo. Un violador de gatos. Seguro que ha muerto mucha gente.

No sé. Y vete a saber: ya nadie lee periódicos. Hoy todo el mundo está con las tablets. Que vale, están muy bien, pero la semana pasada pinté el piso y para tapar el suelo necesité como doscientos cincuenta Ipads. Mucho gasto. Y la pantalla táctil resbalaba un montón. Todo son inconvenientes.

Me niego a escribir iPad, por cierto. Es un nombre propio. La primera en mayúscula. El resto en minúscula. Ipad. No hay más que hablar.

En todo caso, ¿cuánta gente habrá muerto apuñalada y descuartizada por culpa de Blablacar? Nunca lo sabremos. Bueno, podríamos contarlos, pero ¿quién tiene tiempo para contar cosas hoy en día?

Yo no, desde luego. No tengo tiempo absolutamente para nada. Ni siquiera para leer Focus, de Daniel Goleman. Creíais que lo había olvidado, ¿eh? PUES NO. Goleman. Gatos. Pingüinos. Aviones. Autoviones. Asesinatos. Periódicos. Mi cerebro es un ordenador. Un 386 con cien megas de disco duro y disquetera de las nuevas, de las de tres pulgadas y media. ¡JA!

El caso es que tampoco tenía ganas de hablar del tema. Ese señor es el de Inteligencia emocional, el libro que ha servido de excusa a millones de vagos durante los últimos veinte años. Ni siquiera el libro, porque nadie lo ha leído: el título. Ahí se quedaron todos. En el título. “Yo suspendía porque mi inteligencia era emoci…” TÚ ERAS UN VAGO. Y SIGUES SIÉNDOLO.

Me he enfadado. Voy a bajar a la plaza, a ver si veo a algún gato despistado que me alegre la tarde.

(Fuente de la imagen).

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5 comentarios en “Presta atención

  1. Usted sepa disculparme pero la atención ya no se la presto a nadie. Que es como la mujer, que no se presta. La última vez que la presté, me la devolvieron hecha una porquería. Y eso cuando la devuelven, que las más de las veces ni siquiera la devuelven y ahí tiene uno que ir por una nueva. Si somos estrictos, la verdad es que yo no la había prestado, que me la habían quitado sin mi consentimiento. Ya pasaron varios años de esto, ya me conseguí una nueva y estoy feliz. Pero recordar esto me ha cabreado y ahora quiero bajar a una plaza a buscar a ese puto de D. Goleman, pero no sé como voy a reconocerlo, nunca vi su cara…usted dice que se ha disfrazado de gato, ¿no?

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      • Eso podría ser pero el único gato que tengo no se si será de su agrado, porque mi gato no se mueve para nada, mucho menos se contonea ni provoca. Ni alergia es capaz de provocar. Entre nosotros, creo que quien me lo vendió me ha engañado vilmente. Ni siquiera parece gustarle el agua y eso a pesar que me aseguraron que era un gato hidráulico. No se puede confiar en nadie, Hancock.

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  2. Voy a hacer mi contribución acerca de la investigación sobre las personas asesinadas mediante el astuto método “Blablacar”.
    He leído recientemente que ya hay 2 millones de usuarios de Blablacar. Si aproximadamente el 25% de usuarios son conductores, tenemos que hay 500.000 conductores o potenciales asesinos.

    ¿Cuántos asesinatos comete cada conductor? Yo soy conductor en Blablacar… pongamos que no menos de 3 asesinatos por chófer. Esto nos da 1.500.000 asesinatos en total, creo.

    Y es por eso que estas plataformas para compartir coche cada vez se publicitan más (hasta en las noticias de la tele), porque se les van los clientes… al otro barrio.

    Tachán.

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