Las mejores recomendaciones pasivo-agresivas de Linkedin

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Alberto es uno de los mejores compañeros de trabajo que he tenido. Siempre estaba dispuesto a tomar un café o a comentar la prensa, y nunca dudaba en darle a “me gusta” en todas las fotos que veía en Facebook. Era apreciado por su optimismo, que le llevaba a no desanimarse jamás cuando se quedaba encallado en un nivel de Candy Crush.

Sandra es una excelente profesional con amplios conocimientos del mundo editorial, incluyendo las tendencias más actuales, como los libros electrónicos y la autoedición. Espero que consiga finalizar esa novela a la que dedicó tantas horas y por culpa de la cual fallecieron tres empleados en nuestra fábrica de mobiliario infantil. La echaremos de menos en el área de prevención de riesgos.

Iván fue mi jefe durante mi etapa en Massive Dynamics. De él aprendí muchas cosas, especialmente la importancia de delegar. También me enseñó que lo importante no es lo que sepas, sino lo que digas saber en las reuniones, y que una comida de trabajo con un cliente se puede alargar tres días, si es necesario para que esté satisfecho. Él me inspiró para dedicar mi trabajo final de posgrado al principio de Peter.

Noemí es una excelente profesional y la recomiendo encarecidamente y sin ningún asomo de duda a cualquier empresa de la competencia.

Contraté a Eva como desarrolladora freelance tras quedar gratamente sorprendido con su creatividad. La relación fue tan positiva que aunque el proyecto tenía prevista su finalización en seis meses, se alargó casi tres años. Fue precisamente esta excesiva creatividad la que provocó una relación tan duradera, ya que al parecer no fuimos capaces de inspirarla lo suficiente. De hecho, el proyecto era tan poco inspirador que nos acaba de llegar una demanda por plagio.

En los meses que pasé en el departamento dirigido por Sebastián, me sorprendió su conocimiento de la empresa y su habilidad para detectar las principales habilidades y los puntos débiles de nuestros compañeros. Gracias a sus charlas junto a la máquina de café, supe quién tenía problemas con el alcohol, quién se acostaba con quién y por qué despidieron al antiguo gerente tras una noche en el casino con la tarjeta de crédito de la empresa.

A pesar de lo que comentaban muchos, el olor de Daniel es perfectamente soportable, siempre dependiendo de las corrientes de aire y del calor que hiciera.

Seis años más tarde, ya recordamos con una sonrisa aquella mañana en la que Sonia arrojó por la ventana al becario por haberle traído el café con leche normal, en lugar de leche de soja. Sus antiguos compañeros esperamos que tras su salida de prisión y después de haber dejado definitivamente la cafeína, Sonia sea capaz de encontrar un empleo en el que demostrar su capacidad para trabajar en equipo y bajo presión.

(Fuente de la imagen).

Holocausto contable

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Día 6 tras el incidente. La nube de polvo rojo sigue tapando el cielo, pero ya puedo distinguir el día de la noche. Aún queda comida, pero mañana tendré que salir a por agua. No me gustó lo que vi la última vez. Aún no he pasado por todos los pisos de esta finca, pero parece que mis vecinos han muerto. Todavía no he conseguido recibir ninguna señal ni de televisión ni de radio. Y lo que es peor, no he podido avisar a la oficina. La buena noticia es que este desastre de dimensiones tal vez mundiales que parece haber acabado con la civilización tal y como la conocemos comenzó el viernes por la noche, por lo que en realidad sólo llevo tres días sin ir a trabajar. Algo es algo.

Día 7 tras el incidente. He conseguido agua: un vecino tenía dos garrafas de ocho litros. Pero tarde o temprano tendré que bajar a la calle: en esta finca ya no queda comida utilizable, ya que gran parte de lo que había en las neveras se ha echado a perder. Además, no puedo cocinar. Intenté hacer una hoguera, pero sólo conseguí que el sofá ardiera en llamas. Por otro lado, hay que presentar la declaración del IVA y tengo toda la documentación en la oficina.

Mismo día, más tarde. No estoy muy seguro, porque las ventanas están llenas de polvo, pero me ha parecido ver la silueta de una persona en la calle. Estaba quieta y creo que me ha mirado cuando me he asomado y he gritado: “OIGA, ¿TIENE UN TELÉFONO O UNA PALOMA MENSAJERA PARA AVISAR A LA GESTORÍA GONZÁLEZ DE QUE LLEGO TARDE?”, pero se ha girado y se ha ido, caminando a trompicones entre esta especie de tormenta de arena. Seguramente ha sido una alucinación. Es cierto que está amainando, pero nadie saldría a la calle así. Suponiendo que quede alguien.

Sin embargo, no cierro la puerta a la posibilidad de que hayan sobrevivido otras personas. Lo cual sería una mala noticia porque ¿y si Alberto está vivo? A lo mejor él ha podido ir a la oficina y me está criticando a mis espaldas.

Día 8 tras el incidente. No era una alucinación: hay gente ahí fuera. He salido a por agua y comida, aprovechando que hay mucho menos polvo, y al volver con un carrito del súper lleno de latas y agua, me ha atacado un tipo con los ojos inyectados en sangre. No me ha hecho caso cuando le he pedido amablemente que por favor no me mordiera la oreja, que esas no son maneras, así que he tenido que golpearle con una paletilla hasta que se ha ido aullando. ¿Habrá más infectados?

En todo caso, ya es mala suerte que esto pase ahora, justo después de la jubilación de Matías y antes de la revisión trimestral. No hay duda de que yo soy la persona mejor preparada para sustituirle, pero si precisamente dejo de aparecer cuando está el proceso en marcha, Alberto aprovechará para clavarme otra de sus puñaladas traperas. Maldito traidor. Mal compañero. Trepa. Pelota. Holgazán. Gordo, porque además está gordo.

Día 9 tras el incidente. No he podido dormir en toda la noche. Normal, hoy es ya sábado y en toda la semana pasada ni fui a la oficina ni pude contactar con el jefe. Y reconozco que ayer podría haber intentado acercarme. Total, tampoco trabajo lejos e incluso podría haber ido andando. Sólo tenía que armarme con mi paletilla por si se me acercaba otro infectado, o zombi, o lo que sean. El lunes sí tendré que pasarme porque el martes como muy tarde hay que entregar la declaración del IVA y ni la he comenzado.

Mismo día, por la tarde. ¡Fantástica noticia! ¡Mi madre estaba viva y ha conseguido llegar a mi casa! Al parecer, el edificio en el que vivía se derrumbó durante el incidente, pero ella sobrevivió. Durante los días más graves de la tormenta se pudo refugiar en otro portal, donde fue atacada por varios infectados. Cuando amainó, se vendó las heridas con la ropa de un cadáver, se entablilló la pierna y salió hacia mi casa.

Esto es maravilloso porque el lunes quería llevar el traje azul, pero tiene un botón del puño descosido. ¡Menos mal!

Día 10 después del incidente. Ya puedo abrir la ventana sin que se llene todo de polvo. Las calles, las casas, los coches están cubiertos de una gruesa capa de esa especie de arcilla. De vez en cuando me parece ver a uno de los infectados, caminando a lo lejos lentamente, como un gato perdido y enfermo.

Mi madre intenta convencerme de que no salga. Le he contestado que si lo dice por no coserme el botón, que no se preocupe, que ya llevaré el traje gris. Tal y como esperaba, se ha sentido culpable y no sólo me ha arreglado el traje, sino que me ha planchado la camisa blanca, calentando la plancha con una cerilla.

Día 11 después del incidente. Qué asco, lunes. Lo peor es que mi madre se ha dormido y he tenido que hacerme yo el café. Se ha despertado por casualidad, al oírme golpear una cacerola con una cuchara mientras gritaba “ALGUIEN SE HA QUEDADO DORMIDO”. Se ha ofrecido a prepararme el desayuno, pero le he dicho que YA NO HACÍA FALTA. “Descansa, descansa… Aprovecha que tú no tienes que trabajar”.

Al final me ha hecho unos huevos.

Día 31 (?) después del incidente. Conseguí llegar a la oficina. De hecho, escribo esto desde el baño. El camino fue algo más complicado de lo que creía: primero me atacaron dos infectados. Suerte que llevaba mi paletilla. Después, unos tipos que iban vestidos como en Mad Max 3 (la mejor de la saga) me tuvieron encerrado durante unas seis semanas, calculo, con la intención de cebarme y comerme. Incluso me hicieron confesar que vivía con mi madre, al torturarme haciendo con la mano un gesto como así y diciendo «mira que te voy a dar un capón, ¿eh?». Resistí todo lo que pude (no menos de dos minutos). Cuando la trajeron, la pobre mujer estaba llorando a gritos y aproveché la confusión para recuperar mi paletilla y escapar a golpes de cerdo.

Lo peor fue que al entrar en la oficina se confirmaron mis peores sospechas.

-Vaya horitas de llegar -así me ha saludado el jefe, nada más verme-. ¿Y esas manchas de sangre en la camisa?

Me he desplomado sobre mi silla, contestando con una serie de balbuceos inconexos que sólo ha oído el cuello de mi chaqueta, y he escuchado un gruñido a mis espaldas. Era Alberto. Infectado: tenía la piel amarillenta y llena de venas, los ojos encarnados y estaba mordiendo el ratón. Además, con unas uñas medio rotas y verdosas arañaba la madera de la mesa. La mesa de Matías. Estaba sentado en la mesa de Matías. Pero qué hijo de puta. En la mesa de Matías. Gracias a todos por confiar en mí y darme una oportunidad. Hijos de puta. En la mesa de Matías.

Mi madre estará bien, imagino.

(Fuente de la imagen).

Imprescindible pelazo

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Puesto vacante: Assistant to the Deputy Manager Assistant Intern Junior Assistant (Assistant).

Descripción de la oferta: Tornillos Gutiérrez, líder en tornillos y tuercas del norte de la comarca de Berguedà Occidental, busca a una persona para dar apoyo al departamento de becarios. Incorporación hace dos meses y medio, que tenemos un pico temporal de trabajo desde 1998.

Jornada laboral: se entra el lunes a las 8 y ya del tirón hasta el sábado. El sábado 23 de noviembre de 2019. Total, ¿qué vas a hacer en casa? ¿Aburrirte en el sofá? ¿Jugar con la Play? ¿Ver episodios repetidos de los Simpson?

Condiciones económicas: 12.000 euros al año, que el empleado podrá pagar en cómodas mensualidades con un interés del 4,6% anual. Esta paga se irá ajustando cada año, ya que conforme el empleado asuma más responsabilidades, también deberá compensar en mayor medida todo el conocimiento adquirido gracias a la empresa. El trabajador también deberá darse de alta como autónomo.

Requisitos mínimos:

  • Experiencia de doce años años en un puesto similar o a ser posible el mismo (¿dónde estás, Marcos? Te fuiste a por café y no regresaste).
  • Experiencia demostrable como consejero delegado en multinacionales, especialmente Coca-Cola o PepsiCo.
  • Licenciado en Económicas, ADE, Biotecnología, Filología Árabe, Orfebrería o similar.
  • Doctorado en Medicina y experiencia en trasplantes.
  • Máster o posgrado en Física Cuántica (se valorarán las publicaciones sobre teoría de supercuerdas).
  • Conocimientos avanzados de informática (debe haber inventado internet).
  • Nivel nativo de inglés, alemán, francés, ruso, chino mandarín, lenguas de Papua-Nueva Guinea, klingon y que nos tenga subtituladas las series cada mañana.
  • Imprescindible pelazo. Rollo que haga así con la cabeza o se pase los dedos como mirando al infinito y todos nos pongamos en plan guau, parece UN ANUNCIO DE CHAMPÚ.

Requisitos deseados:

  • Nivel avanzado de malabares (tres o más mandarinas).
  • Que cante pop de los 80 y los 90 con voz aterciopelada. En inglés y en italiano.
  • Conocimientos intermedios de ingeniería mecánica aeroespacial (la impresora se atasca de vez en cuando).
  • Acostumbrado a trabajar bajo presión (se valorará experiencia como buzo).
  • Buenas dotes comunicativas (a veces Marcos sólo gritaba y lloraba, y nunca supimos qué nos quería decir).
  • Flexibilidad y versatilidad (sí, hablamos de sexo). Acostumbrado a trabajar en equipo (ídem). Orientado a resultados (los resultados están en Cuenca).

Ubicación: A hora y cuarto de tu casa en tren y autobús. Aunque con Renfe ya se sabe.

Algunos trucos de belleza

guapas probablemente ya muertas

Cuando paseo por la calle la gente acostumbra a maravillarse de mi aspecto físico: pocos son los que pueden dejar de mirarme y muchos los que gritan, excitados, “PERO DE DÓNDE SALES, POR EL AMOR DE DIOS, TÁPATE UN POCO”. Los hay que incluso arrancan a llorar o acaban vomitando.

He decidido compartir algunos de los trucos de belleza que me han convertido en un hombre tan atractivo que el Ministerio de Sanidad me ha multado en tres ocasiones. Sobre todo ahora que llega el buen tiempo y lucimos más cuerpo que el resto del año, siempre que la policía nos deje acercarnos a la playa y no haga aquello de taparnos con una manta y atarnos a las duchas hasta que llegan los empleados del zoo.

  • La barba favorece y sigue estando de moda. Igual que las gafas de sol. Y el pasamontañas. Y el turbante. Y la bufanda enrollada desde la coronilla hasta el cuello. Y la máscara al estilo fantasma de la ópera.
  • La oscuridad es tu aliada: yo me siento especialmente atractivo de noche, en casa, con las luces apagadas y las persianas bajadas. De vez en cuando las levanto para tirarles una botella a los perros que ladran frente a mi portal.
  • Otra arma infalible es la distancia. Soy mucho más guapo a tres kilómetros que a treinta metros. Ninguna chica deja que me acerque más. Supongo que corren el peligro de enamorarse.
  • Un truco que nunca me falla es salir a la calle tapándome la cara y gritando: “NO ME MIRÉS, NO ME MIRÉIS, AH, POR QUÉ HAY TANTA LUZ, NO ME MIRÉIS O ME COMERÉ A VUESTROS HIJOS”. Impacto asegurado.
  • Las jorobas son el complemento de la temporada. Además, son muy útiles en caso de que el objeto de tu amor necesite un hombro sobre el que llorar. Toma hombro. No has visto un hombro así de grande, turgente y lleno de venas en tu vida.
  • No te duches demasiado: podrías dejar de emitir feromonas. Un cierto olor a sudor, además de un sugerente aliento a yogur, ayudan a subrayar nuestro atractivo y a destacar entre todos esos afeminados que insisten en “peinarse” y “lavarse las orejas”.
  • El pelo en la espalda queda feo, pero si te haces unas trencitas, pasa a ser un rasgo alegre y divertido, y además demuestras que no tienes complejos y sí mucha flexibilidad en los brazos. Sin lacitos, que eso ya es demasiado.
  • La simetría es aburrida y está obsoleta: tener las dos orejas al mismo lado de la cara me ha dado pie a muchas conversaciones iniciadas por un “POR FAVOR, NO ME TOQUES”.
  • Si te quedas calvo, lo mejor es llevarlo con dignidad y amputarte la cabeza.
  • O afeitarte toda la cabeza. Y el resto del cuerpo. E irte a vivir a una cueva.
  • La belleza viene en gran medida determinada por la genética: si tus padres no son muy guapos, cómprate unos nuevos. ¡Notarás el cambio en seguida.
  • También me dicen muy a menudo que calladito estoy más guapo. Intento hacerles caso, pero tengo tanto conocimiento que compartir. Pero tanto.

(Fuente de la imagen).

El peor hotel del mundo

hotel

(Estaba consultando hoteles en Tripadvisor y me he encontrado con esta crítica. No menciono ni la ciudad ni el hotel, porque no sé si creérmela, pero desde luego, se me han quitado las ganas de reservar).

Nuestra estancia en el Hotel X fue francamente decepcionante. Lo primero que vimos al llegar, además de la puerta, fue la recepción, lo cual nos pareció exageradamente convencional para un establecimiento que en su página web asegura ser, cito textualmente, “moderno”.

La segunda decepción vino con el propio recepcionista. Le pregunté si tenía una habitación reservada a mi nombre y me contestó que por supuesto. Pero eso era muy fácil, dado que mi nombre es muy común. Dudo que hubiera tenido una reserva a mi nombre de haberme llamado, por ejemplo, Hermenegildo Sigüenza.

Pedí que me llevaran las maletas a la habitación, pero el botones se negó a subir por las escaleras, a pesar de que era evidente que por ascensor no tenía ningún mérito. Para añadir dificultad y por tanto valor a su tarea, me senté en una de las bolsas y le ordené a mi señora esposa que se subiera a horcajadas sobre su espalda.

No conseguimos llegar a la habitación hasta después de tres horas y cuarto, gran parte de las cuales las pasamos oyendo anécdotas absurdas del botones, como «por favor, estoy muy mal de la espalda” y “tengo 87 años”. La gente se empeña en contarme su vida. Debo tener cara de psicólogo.

Una vez dentro, le exigí al botones que me abriera las maletas y ni siquiera pudo esquivar el dardo tranquilizante. Es una trampa que uso por si alguien me roba las maletas y para detectar botones lentos de reflejos.

Tras arrastrar el cuerpo de aquel señor hasta el pasillo, decidí probar si la habitación era lo suficientemente segura, por lo que vacié una botellita de ginebra del minibar en la cama y arrojé una cerilla. ¡Ardió en llamas! ¡Nos habían dado una habitación inflamable! ¡Qué locura!

Llamé a recepción e insistí en que quería cambiar de habitación, pero se empeñaron en que cuando suena la alarma de incendios hay que desalojar el edificio. Ni siquiera me escucharon cuando les dije que no había motivo para preocuparse, ya que el fuego era mío.

Tras una ruidosa y molesta visita de los bomberos, nos dieron finalmente otra estancia, que resultó ser exactamente igual que la anterior. Es más, cuando le pregunté al botones si la cama ardería en caso de que repitiera lo de la ginebra y la cerilla, me respondió con total desfachatez que probablemente sí.

-Tendremos que hacer turnos para no morir en un incendio -le dije a mi esposa-. Yo dormiré al principio y a partir de las ocho de la mañana podrás descansar tú.

Le pedí al botones que volviera a abrir la maleta, pero se negó, por lo que le clavé en el ojo un dardo tranquilizante que siempre llevo en el bolsillo de la chaqueta por si alguien me niega cosas.

Quise probar el servicio de habitaciones y resultó ser también mucho peor de lo que cabía esperar en un establecimiento que se supone que quiere complacer a sus clientes: pedí que me subieran dos bocadillos y dos cervezas, tres prostitutas de algún país del este, seis botellas de champán, a Juan Tamariz, un elefante, a José Tomás y seis mihuras. Y el elefante resultó ser indio y no africano. ¿Acaso creían que no me iba a dar cuenta? Qué poca clase.

A pesar de que los bocadillos no estaban nada mal y de que al final nos comimos a José Tomás con ayuda de los toros, mi mujer y yo decidimos cenar algo caliente en el restaurante del hotel. Eso sí, de camino al ascensor comprobé si la moqueta del pasillo era también inflamable y resultó serlo.

-Vamos a morir esta noche -le dije a mi esposa, que estaba visiblemente disgustada, como se podía apreciar por su forma de agarrar el bolso.

Antes de entrar en el restaurante, pasé por recepción y le expliqué la situación de la moqueta al recepcionista, cuya única respuesta fue desarrollar un tic muy molesto en el ojo izquierdo y tragarse dos analgésicos de golpe y sin agua.

Aproveché para comentarle otro asunto en el que la publicidad del hotel MIENTE DESCARADAMENTE: la página web insiste en que el establecimiento está “bien situado, cerca de las zonas turísticas”, cuando lo cierto es que está a varios cientos de kilómetros del centro.

-Señor -contestó el recepcionista, reprimiendo las lágrimas-. Usted está pensando en el centro de su ciudad. Estamos en otro país.

Cambiar de tema es el recurso de los débiles cuando están perdiendo una discusión. Lo di por imposible y le comenté a mi señora que no dejaríamos propina.

El restaurante resultó ser uno de los peores en los que he estado: nos tuvimos que sentar en dos bicicletas estáticas y no conseguimos que ningún camarero nos hiciera caso; estaban todos corriendo en cintas mecánicas o levantando pesas. Ese hotel era de locos. Baste decir que al final tuvimos que cenar en el gimnasio, que a su vez estaba lleno de mesas y donde, todo hay que decirlo, servían un risotto de setas bastante aceptable.

Pero lo peor fue cuando nos acostamos para dormir. Notamos un ruido muy molesto que no sabíamos de dónde venía: ¿la calefacción? ¿Quizás las cañerías? Ni idea, porque abrí varias paredes y desmonté unas cuantas tuberías sin éxito. El ruido era tan infernal que otros huéspedes del hotel se quejaban en voz muy alta y me gritaban cosas como “que pare ese ruido”. Encima con exigencias. Les grité que sólo era otro huésped con algunas nociones de fontanería, pero aún protestaron más. Como para ir haciendo favores.

Dado que no podíamos dormir, mi mujer y yo intentamos hacer el amor, pero con tanto disgusto no pude evitar un gatillazo, achacable única y exclusivamente al deficiente servicio del hotel. De hecho, era la primera vez que me ocurría algo semejante. Por eso me resultó aún más sorprendente que el botones se negara a complacer a mi esposa, a pesar de que prometí una buena propina. Tuvimos que volver a llamar a Juan Tamariz, que lo hizo seis veces, pero todas con la mano, como se puede ver en el siguiente vídeo.

En definitiva, no pienso volver a este hotel. Y yo le quitaría al menos una de las dos estrellas de las que presume.

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10 imprescindibles en mi armario


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Gracias a mi elegancia y a mi buen gusto me he convertido en una referencia de estilo entre amigos y conocidos. No son pocos quienes se acercan y me preguntan, por ejemplo, “¿a qué cadáver le has robado esa chaqueta?” o “¿por qué no llevas pantalones?” en referencia a mi inmortal clasicismo y a mi divertido atrevimiento, respectivamente y por poner dos ejemplos.

Con el objetivo de echar una mano a tanto despistado como hay por el mundo, reúno diez prendas imprescindibles de mi armario, con el objetivo de ayudar a que la gente también se gire a vuestro paso por la calle y, movida por la emoción extrema, llore sangre hasta vomitar.

  1. Otro armario. Sí, dentro de mi armario tengo encajado otro armario, con lo que puedo disfrutar del doble de espacio. (Esta idea de decoración la saqué de El tercer policía, de Flann O’Brien).
  2. Una guitarra que nunca aprendí a tocar. Es el último hobby que he abandonado, pero en mi armario también hay dos libros de magia y siete barajas Bicycle, un set para aprender a pintar al óleo, mi colección de casas de muñecas, un piano de cola, un zorro a medio taxidermizar (aún está un poco vivo), mi colección de gatitos bonsái y mi profesor de alemán.
  3. Un túnel secreto. En mi caso, va a dar al lavabo, porque es un piso pequeño y si haces un agujero en la pared no te encuentras pasajes subterráneos que van a dar al ala este del castillo, lo cual es una pena. Pero al menos tardo tres segundos menos en llegar al baño, cosa que se agradece algunas mañanas.
  4. Diecisiete bambas y zapatos viejos. Una zapatilla de felpa con la suela despegada. Una chancla de Los Ángeles Clippers que no es mía y que no sé cómo ha aparecido allí. El pie de un maniquí, que lamo durante las noches de insomnio. El tacón de un zapato de señora.
  5. Tres bolsas de plástico. Debería sacarlas y meterlas en la bolsa de las bolsas que tengo en la cocina, pero qué pereza, ¿no?
  6. Esqueletos. Un clásico que siempre viene bien para el fondo de armario. Preferiría tenerlos enterrados en el jardín, donde quedan mucho mejor, pero soy pobre y vivo en un piso pequeño. Me sabe mal porque la escena clásica de la policía desenterrando huesos y contando víctimas le da mucho encanto y elegancia a una casa, pero no se puede tener todo.
  7. Cuarenta y tres perchas metálicas de estas cutres que te dan en la tintorería y que no sirven para nada, pero que tengo apiladas por si acaso. ¿Por si acaso qué? No sé, igual el resto de mis perchas EXPLOTA.
  8. Una caja de zapatos en la que guardo algunas polaroid de mi pasado, junto con tres pasaportes de tres países diferentes, unos cinco mil euros en dólares, rublos y yenes, una pistola cargada, unas gafas de sol, una gorra de béisbol y un bigote postizo.
  9. Una polilla del tamaño de un puño. Le dejo cerca las camisetas viejas. La convivencia es tensa, pero pacífica. Yo no molesto y ella no me ataca.
  10. Ah sí, esto me recuerda a que también guardo algo de ropa.

No quiero terminar sin recordaros que ya no se lleva eso de encerrar a gays dentro del armario. No sólo es muy años 90, sino que además resulta que es delito y ya aprendí la lección, como le expliqué al juez que firmó mi libertad condicional tras cuatro años de cárcel.

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El cine es una ESTAFA

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Me he enterado de que en breve se van a conceder unos premios muy importantes de cine, llamados Oscar. Al parecer, cada año se entregan estos galardones a las mejores películas de la historia, en categorías como Literatura, Medicina, Química y Paz, por ejemplo y entre otras.

Dado que soy un hombre de mi tiempo (las siete y pico, por lo menos), ayer decidí que sería buena idea acercarme a una de las salas en las que se emiten estos contenidos audiovisuales de entretenimiento llamados películas. Soy lo que llaman un early adopter: en cuanto me entero de una nueva tecnología, tengo que probarla. De ahí mi colección de theremines.

Lo primero que me sorprendió fue el precio. Me pareció un poco exagerado tener que dejar a mi primogénito en taquilla, pero me aseguraron que se hará cargo de él una buena familia que le dará todo lo que yo no he podido darle, incluyendo una tarde en el cine.

El precio me pareció especialmente excesivo si tenemos en cuenta que 1) las palomitas se pagaban aparte y apenas tenían carne, y 2) en la sala no había luz. Le pregunté a una señora si se habían fundido las bombillas, pero me mandó callar de malas maneras.

Eso sí, el verdadero timo llegó cuando comenzó la película: ¡no era más que una grabación! Protesté en voz muy alta, exigiendo inmediatamente la presencia de Sandra Bullock en el escenario o que me devolvieran el dinero.

Los demás asistentes, siguiendo el comportamiento conformista que tanto daño está haciendo a esta apagada sociedad contemporánea, me hicieron callar (¡a mí!) de malas maneras, llegando incluso a introducirme en la boca, con cierta violencia, un calcetín ligeramente húmedo.

Ya que había pagado la entrada, decidí quedarme a ver el resto de la película, que además me resultó muy poco verosímil. Tomemos por ejemplo el personaje de George Clooney. ¿Cómo podemos creernos que es un veterano astronauta cuando por lo que pude leer en internet también ha robado casinos y se fugó de la cárcel en los años 30 para recuperar un botín de 1,2 millones de dólares? Y eso además de su experiencia como abogado matrimonialista, médico y Batman. ¿Quién tiene tiempo en la vida para hacer tantas cosas? Ese currículum resulta poco o nada creíble y ante tal cúmulo de despropósitos me resultó imposible meterme en la historia.

Además, la película tiene lugar en el espacio… Sí, técnicamente, todo tiene lugar en el espacio. Y en el tiempo. Quería decir que la acción transcurre más allá de la atmósfera terrestre. Y no vemos ni marcianos, ni rayos láser, ni a Darth Vader, a pesar de que me documenté sobre el género y sé perfectamente que Darth Vader es un personaje clásico de la ciencia ficción. ¡Pues vaya!

En definitiva, el cine me decepcionó: me sentí estafado por una experiencia muy lejana a lo que me habían prometido en los vistosos carteles del metro y, sobre todo, en los artículos que había leído acerca de esta nueva tecnología. Espero que en el futuro la ciencia avance lo suficiente como para ofrecernos, al menos, historias interpretadas en el escenario por los propios actores y no por meros sucedáneos, con independencia de las dimensiones que tengan.

También eché en falta un poco de humor. Tal vez un mono gracioso acompañando en su viaje a Sandra Bullock hubiera ayudado a que la historia fuera más divertida. No sé, la pobre mujer intentando arrancar la nave y resulta que el mono ha escondido las llaves… JAJAJA… Monos… Eso hubiera estado bien.

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Hay que decir las verdades a la cara

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A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.

Ideas para secuelas

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Según un estudio que al parecer ha hecho un señor que habla muy alto en el bar, el 92,8% de las películas que se estrenan cada año son secuelas o remakes. Y tiene lógica: no hay motivos para arriesgar con algo nuevo cuando lo mismo ya funcionó y además todo el mundo lo conoce. ¿De qué va la sexagésimo cuarta película de James Bond? Pues de James Bond, de qué va a ir.

Por este motivo, he quemado todos los guiones originales y novedosos en los que estaba trabajando. Luego me he dado cuenta de que he quemado el portátil y que en realidad hubiera bastado con tirar a la basura el post-it en el que tenía apuntada la frase: “Idea para una película: algo con robots”.

Tras este incidente, he sacado mi vieja Olivetti del armario y me he puesto a trabajar en posibles ideas para secuelas, con el objetivo de venderlas en Hollywood. De momento he dado con las siguientes veintisiete:

1. Los diez mandamientos 2: Egipto contraataca.
2. El bueno, el feo, el malo y un gordito gracioso.
3. Pretty Woman 2. Richard Gere visita un burdel y se hace mormón POR AMOR.
4. Gravity 2: infierno en Ikea.
5. Amelie 2. Amelie regresa a la Tierra en 2014 y descubre sorprendida que todo el mundo la odia.
6. Algo con robots 2. La primera parte no existe, pero así podría colar mi película sobre robots.
7. Revenge 2: la venganza.
8. Sábado 14. Jason se despierta el sábado por la mañana con las manos manchadas de sangre y un terrible dolor de cabeza. Lo peor es que no recuerda dónde aparcó el coche.
9. Sospechosos. Es la precuela de Sospechosos habituales.
10. Titanic 2. Leonardo di Caprio llega nadando a una isla. Se enamora de una indígena. Hay una escena final en la que están los dos colgando de una rama en el cráter de un volcán y él se deja caer para no romperla.
11. Revenge 3: el resquemor.
12. Vacaciones en Roma 2. Joe y la princesa Ana intentan salvar su matrimonio volviendo a la ciudad en la que se conocieron. Se pasan los 90 minutos de la película buscando “aquel sitio donde estuvimos… ¿Era en esta calle? Creo que sí… Me suena ese edificio… A ver, deja que saque el plano…”
13. El tío abuelo un poco sordo de ella. Admito que no me dejaron mucho margen después de Los padres de ella, Los padres de él y Ahora los padres son ellos.
14. E.T. 2. El extraterrestre vuelve a la Tierra porque se ha olvidado las gafas. Son dos horas de conversación incómoda entre el niño y el bicho. “Bueno, pues ya si eso nos llamamos… Voy a ir tirando, que he aparcado en doble fila… ¿La familia, bien? Me alegro, me alegro…”
15. Spanish Beauty. Un remake American Beauty con Antonio Resines en el papel de Kevin Spacey.
16. Drive 2. Ryan Gosling sigue mirando al infinito como una vaca mirando pasar los trenes. Hay una pelea en una cabina, por variar un poco.
17. El Padrino 2. Se me ocurre (a mí solo) que podríamos explicar los orígenes de don Vito Corleone. Lástima que Robert de Niro esté ya mayor, porque le veo en el papel.
18. La lista de Schindler 2. Tras la Segunda Guerra Mundial, Oskar Schindler escribe la lista de la compra con cierta nostalgia.
19. Resacón en Las Vegas 4. “No volveré a beber jamás” y “no volveré a ver otra película de la saga Resacón” son dos propósitos muy loables que no significan NADA.
20. El sabor de las cerezas 2. La primera es una película iraní. No la ha visto nadie. Yo tampoco. Por lo que aprovecharía para colar bajo ese título mi película sobre robots (otra vez). Nadie se dará cuenta jamás.
21. Viven 2. Uno de los supervivientes del accidente de los Andes se ha convertido EN UN VAMPIRO: su sed de sangre humana es insaciable.
22. Blade Runner 2: ¡me casé con un robot!
23. La ventana indiscreta 2. Aquí veo denuncias y órdenes de alejamiento.
24. El séptimo sentido. O Este muerto está muy vivo 3. Dudo.
25. Solo ante el peligro 2. Los amigos de Gary Cooper le aseguran que habían quedado a las doce y media, y no a las doce.
26. Memento 2. Es igual que la primera, aprovechando que el protagonista no se acuerda de nada.
27. El gran dictador 2: aventura en Corea del Norte.

Estas secuelas DEJARÁN SECUELAS. Jejeje… Jejeje… Me hago gracia a mí mismo porque de bebé me caí de la cuna de cabeza… Jejeje…

Un favor

tia

¿Me harías un favor?, me dijo, y es una pregunta que odio porque qué se supone que vas a contestar, pues que sí, aunque ni siquiera sepas qué te van a pedir y esté más que claro que si te lo tienen que preguntar antes, se trata de algo horrible. Verás, me dijo, mi tía viene esta noche de Girona y es muy pesada con el tema de que, bueno, de que me tengo que casar y, claro, no tengo novio ni quiero tenerlo, al menos ahora, pero a ver cómo se lo explico. Y encima me quiere presentar a un sobrino suyo, bueno, de su marido muerto, o sea, que no es mi primo, al menos no técnicamente y, en fin, le dije que… Que ya tenía novio y que… Bueno, que si podrías venir a cenar y hacerte pasar por… por mi novio.

Ni siquiera éramos amigos. Es más, ni siquiera trabajaba en mi departamento. Y además, yo ya tenía novia. Pero ella insistió tanto y yo soy tan tonto, que al final accedí. Supongo que me lo pidió a mí por eso. Porque soy tonto y se me nota. Además, tampoco tenía nada que hacer aquella noche.

Y sí: su tía era un ogro. Me sometió al tercer grado y me juzgó indigno de su sobrina, dictando su veredicto en voz alta y por supuesto en mi presencia. El único alivio fue que se retiró a dormir pronto, momento que aproveché para coger mi chaqueta y largarme corriendo, casi sin despedirme.

Al día siguiente, en la oficina, me dio las gracias, pero luego añadió que su tía se había enfadado mucho al ver que me había marchado. Quiere que desayunemos todos juntos siempre, es una manía suya: hay que comer en familia. Le he dicho que tenías una reunión a primera hora, pero no ha colado.

Yo no entendía nada.

Me dijiste que me ayudarías con mi tía, repitió, y yo le dije que ya lo había hecho, que tampoco hacía falta que pasara todos los días de la visita en casa. ¿Visita? ¿Quién ha dicho nada de una visita? Se viene a vivir conmigo. Se ha quedado viuda y soy lo más parecido a una hija que tiene. ¿No querrás que la deje sola?

La cabeza me dio varias vueltas antes de volver a aterrizar, más mal que bien, sobre el cuello. ¿Y?, acerté a balbucear, ¿qué tiene que ver todo eso conmigo?

Hombre, ahora no puedes dejarme tirada.

Mira, le contesté, intentando buscar una solución de compromiso, una cena más y punto. Mañana o pasado le dices que hemos roto.

Aquella noche, la señora nos recordó lo importante que es para una familia comer juntos. Las tres comidas diarias. Que era inexcusable salir de casa de madrugada, como los ladrones, si no era por una urgencia médica. Y tenía razón. O igual no, no lo sé, pero mientras hablaba, en ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de llevarle la contraria. De hecho, acabé admitiendo que una reunión se podía posponer sin que nadie muriera y que, por tanto, no tenía excusa para no haberme quedado al desayuno.

Cuando se encerró en su habitación, intenté marcharme también a casa. Mi amiga me pidió que por favor me quedara. Verás, no es sólo el desayuno. En su momento le dije que vivíamos juntos. Ya lo sé, no debería haberlo hecho, pero… No sé… Ya sabes cómo es. Me pareció más fácil así.

Pero tengo que pasar por casa a cambiarme.

No te preocupes, contestó. Te he comprado un par de camisas.

Al día siguiente, intenté zanjar el tema de una vez por todas. Esto se acabó. Es una locura. Llevo tres días sin ver a mi novia, a la de verdad, a la chica con la que estoy buscando piso. Pero accedí a ir una noche más. Me resultaba un poco complicado dar explicaciones. Había que pensar cómo hacerlo. Su tía no era una persona fácil. Y yo me había comprometido a ayudarla.

A esa tercera noche le siguió una cuarta. Y una quinta. Le estaba haciendo un favor a una amiga. O compañera, no sé. No era nada malo. Y su tía había dicho que quería que fuéramos todos a dar un paseo por el barrio, que no lo conocía. No podía dejar de ir. Era muy estricta con estos temas: las familias tenían que estar juntas y no podía ser que cada cual hiciera su vida.

El hecho de que mi novia me acabara dejando tras pasar un par de meses sin vernos simplificó un poco las cosas. Al fin y al cabo, pasé a tener las tardes libres. Y en todo caso, seguro que la tía de mi compañera de trabajo no hubiera visto con buenos ojos que yo tuviera novia.

Del mismo modo que no veía con buenos ojos que viviéramos juntos, sin más. La mirada compungida, avergonzada y suplicante de mi amiga bastó para convencerme: teníamos que casarnos. Su tía estaba muy pesada con el tema, pero es que además no dejaba de ser cierto que si éramos novios -y ella no podía sospechar lo contrario-, lo normal era que hiciésemos las cosas como era debido.

Las niñas llegaron en seguida: dos en tres años. Tener a la tía allí nos ayudó mucho: los dos pudimos seguir trabajando mientras ella las cuidaba y las llevaba y traía del colegio. Además, era una buena influencia. Ya de bebés dejaban de llorar con apenas un hipido en cuanto les acercaba el rostro y no había protesta o rabieta que no terminara en seco con sólo ver alzado el dedo índice de la señora.

En la casa casi no se oía una palabra (detestaba el ruido) y cada vez que decíamos algo, fuera lo que fuera, la mirábamos (aunque nunca directamente a la cara), esperando su juicio al respecto y temiendo cualquier mueca de desagrado. Ella nos decía qué debíamos comprar, cocinar, limpiar o reparar, cómo y cuándo, esperando una obediencia absoluta. Y no sólo eso, también nos llamaba a la oficina para dejarnos claro, por ejemplo, que aquel día no podíamos quedarnos ni una hora más bajo ningún concepto, o que se le había ocurrido que alguno de los dos tenía que pedir un aumento o una promoción. Lo curioso era que, como había pasado por la oficina un par de veces, sólo nos hacían broma con estas cosas los que nunca la habían visto. Los demás nos miraban con tristeza.

Aun así, no podía quitarme de encima la sensación de que mi mujer, o mi compañera, o lo que fuera, había jugado sucio. Me había dado a entender que sólo tenía que hacerle un favor una noche. Una sola noche. Sí, alguna charla a solas tuvimos al respecto. No muchas, ya que la tía siempre estaba con nosotros en casa y nos acompañaba en muchas de nuestras salidas, ya que para qué iba a quedarse en casa sola si le podía dar el fresco un rato. El caso es que ella, mi mujer, insistía en que no me había jugado ninguna mala pasada. Que las cosas simplemente habían salido así. Que tampoco era tan horrible: teníamos dos niñas preciosas y una familia unida. Y que era su tía. Prácticamente una madre.

No dejaba de tener razón.

Pero aun así no creo que le extrañe a nadie que suspirara con un alivio avergonzado cuando con la edad le comenzaron a flaquear las fuerzas. Se le enteló el brillo de los ojos y se le quebraba la voz en medio de aquellas breves y contundentes frases que en otro tiempo tronaban. También se le iba la cabeza de vez en cuando, y no sabía muy bien dónde estaba ni qué iba a hacer o a decir o a criticar, y acababa con los labios fruncidos y temblorosos, con la rabia de quien está conteniendo las lágrimas.

Eso sí, habíamos interiorizado sus rutinas: seguíamos comiendo todos juntos tres veces al día, apenas si se encendía la tele media hora para ver las noticias, no teníamos el internet ese del demonio, y todo el mundo estaba en casa antes de las nueve, que no teníamos ninguna necesidad de estar por las calles a según qué horas, como los borrachos, los delincuentes y los vagabundos. Sus órdenes eran hábitos para nosotros.

Un sábado llegué a casa tras visitar a mis padres y me encontré dos maletas en el recibidor. Mi esposa salió a recibirme, sonriendo, aunque con los ojos llorosos. Ya está, me dijo, ahí tienes tus cosas. No dije nada, sólo alcé las cejas. Mi tía ha muerto esta mañana. Se ha quedado dormida en el sofá y no se ha despertado. Gracias por todo, has sido un sol, añadió, antes de besarme la mejilla. Pero, balbucée, ¿y las niñas? Bueno, ya no son tan niñas. Y hace años que les expliqué que sólo estarías aquí mientras la tía viviera con nosotros.

Pero.

Gracias.

Pero.

Te has portado genial.

Pero.

Te debo una.

Cogí las maletas que mi, bueno, compañera de trabajo colocaba en mis manos, y salí al descansillo. Ella se quedó con la puerta abierta mientras llegaba el ascensor. Carraspée cuarenta y tres veces, y estuve a punto de decir algo otras veintitantas. Ya en el ascensor pensé que claro, que qué esperaba, que sólo me había pedido un favor.

Resoplé cuando salí a la calle. La próxima vez, me dije, la próxima vez que alguien me pida un favor, me lo voy a pensar dos veces.

(Fuente de la imagen).