Un favor

tia

¿Me harías un favor?, me dijo, y es una pregunta que odio porque qué se supone que vas a contestar, pues que sí, aunque ni siquiera sepas qué te van a pedir y esté más que claro que si te lo tienen que preguntar antes, se trata de algo horrible. Verás, me dijo, mi tía viene esta noche de Girona y es muy pesada con el tema de que, bueno, de que me tengo que casar y, claro, no tengo novio ni quiero tenerlo, al menos ahora, pero a ver cómo se lo explico. Y encima me quiere presentar a un sobrino suyo, bueno, de su marido muerto, o sea, que no es mi primo, al menos no técnicamente y, en fin, le dije que… Que ya tenía novio y que… Bueno, que si podrías venir a cenar y hacerte pasar por… por mi novio.

Ni siquiera éramos amigos. Es más, ni siquiera trabajaba en mi departamento. Y además, yo ya tenía novia. Pero ella insistió tanto y yo soy tan tonto, que al final accedí. Supongo que me lo pidió a mí por eso. Porque soy tonto y se me nota. Además, tampoco tenía nada que hacer aquella noche.

Y sí: su tía era un ogro. Me sometió al tercer grado y me juzgó indigno de su sobrina, dictando su veredicto en voz alta y por supuesto en mi presencia. El único alivio fue que se retiró a dormir pronto, momento que aproveché para coger mi chaqueta y largarme corriendo, casi sin despedirme.

Al día siguiente, en la oficina, me dio las gracias, pero luego añadió que su tía se había enfadado mucho al ver que me había marchado. Quiere que desayunemos todos juntos siempre, es una manía suya: hay que comer en familia. Le he dicho que tenías una reunión a primera hora, pero no ha colado.

Yo no entendía nada.

Me dijiste que me ayudarías con mi tía, repitió, y yo le dije que ya lo había hecho, que tampoco hacía falta que pasara todos los días de la visita en casa. ¿Visita? ¿Quién ha dicho nada de una visita? Se viene a vivir conmigo. Se ha quedado viuda y soy lo más parecido a una hija que tiene. ¿No querrás que la deje sola?

La cabeza me dio varias vueltas antes de volver a aterrizar, más mal que bien, sobre el cuello. ¿Y?, acerté a balbucear, ¿qué tiene que ver todo eso conmigo?

Hombre, ahora no puedes dejarme tirada.

Mira, le contesté, intentando buscar una solución de compromiso, una cena más y punto. Mañana o pasado le dices que hemos roto.

Aquella noche, la señora nos recordó lo importante que es para una familia comer juntos. Las tres comidas diarias. Que era inexcusable salir de casa de madrugada, como los ladrones, si no era por una urgencia médica. Y tenía razón. O igual no, no lo sé, pero mientras hablaba, en ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de llevarle la contraria. De hecho, acabé admitiendo que una reunión se podía posponer sin que nadie muriera y que, por tanto, no tenía excusa para no haberme quedado al desayuno.

Cuando se encerró en su habitación, intenté marcharme también a casa. Mi amiga me pidió que por favor me quedara. Verás, no es sólo el desayuno. En su momento le dije que vivíamos juntos. Ya lo sé, no debería haberlo hecho, pero… No sé… Ya sabes cómo es. Me pareció más fácil así.

Pero tengo que pasar por casa a cambiarme.

No te preocupes, contestó. Te he comprado un par de camisas.

Al día siguiente, intenté zanjar el tema de una vez por todas. Esto se acabó. Es una locura. Llevo tres días sin ver a mi novia, a la de verdad, a la chica con la que estoy buscando piso. Pero accedí a ir una noche más. Me resultaba un poco complicado dar explicaciones. Había que pensar cómo hacerlo. Su tía no era una persona fácil. Y yo me había comprometido a ayudarla.

A esa tercera noche le siguió una cuarta. Y una quinta. Le estaba haciendo un favor a una amiga. O compañera, no sé. No era nada malo. Y su tía había dicho que quería que fuéramos todos a dar un paseo por el barrio, que no lo conocía. No podía dejar de ir. Era muy estricta con estos temas: las familias tenían que estar juntas y no podía ser que cada cual hiciera su vida.

El hecho de que mi novia me acabara dejando tras pasar un par de meses sin vernos simplificó un poco las cosas. Al fin y al cabo, pasé a tener las tardes libres. Y en todo caso, seguro que la tía de mi compañera de trabajo no hubiera visto con buenos ojos que yo tuviera novia.

Del mismo modo que no veía con buenos ojos que viviéramos juntos, sin más. La mirada compungida, avergonzada y suplicante de mi amiga bastó para convencerme: teníamos que casarnos. Su tía estaba muy pesada con el tema, pero es que además no dejaba de ser cierto que si éramos novios -y ella no podía sospechar lo contrario-, lo normal era que hiciésemos las cosas como era debido.

Las niñas llegaron en seguida: dos en tres años. Tener a la tía allí nos ayudó mucho: los dos pudimos seguir trabajando mientras ella las cuidaba y las llevaba y traía del colegio. Además, era una buena influencia. Ya de bebés dejaban de llorar con apenas un hipido en cuanto les acercaba el rostro y no había protesta o rabieta que no terminara en seco con sólo ver alzado el dedo índice de la señora.

En la casa casi no se oía una palabra (detestaba el ruido) y cada vez que decíamos algo, fuera lo que fuera, la mirábamos (aunque nunca directamente a la cara), esperando su juicio al respecto y temiendo cualquier mueca de desagrado. Ella nos decía qué debíamos comprar, cocinar, limpiar o reparar, cómo y cuándo, esperando una obediencia absoluta. Y no sólo eso, también nos llamaba a la oficina para dejarnos claro, por ejemplo, que aquel día no podíamos quedarnos ni una hora más bajo ningún concepto, o que se le había ocurrido que alguno de los dos tenía que pedir un aumento o una promoción. Lo curioso era que, como había pasado por la oficina un par de veces, sólo nos hacían broma con estas cosas los que nunca la habían visto. Los demás nos miraban con tristeza.

Aun así, no podía quitarme de encima la sensación de que mi mujer, o mi compañera, o lo que fuera, había jugado sucio. Me había dado a entender que sólo tenía que hacerle un favor una noche. Una sola noche. Sí, alguna charla a solas tuvimos al respecto. No muchas, ya que la tía siempre estaba con nosotros en casa y nos acompañaba en muchas de nuestras salidas, ya que para qué iba a quedarse en casa sola si le podía dar el fresco un rato. El caso es que ella, mi mujer, insistía en que no me había jugado ninguna mala pasada. Que las cosas simplemente habían salido así. Que tampoco era tan horrible: teníamos dos niñas preciosas y una familia unida. Y que era su tía. Prácticamente una madre.

No dejaba de tener razón.

Pero aun así no creo que le extrañe a nadie que suspirara con un alivio avergonzado cuando con la edad le comenzaron a flaquear las fuerzas. Se le enteló el brillo de los ojos y se le quebraba la voz en medio de aquellas breves y contundentes frases que en otro tiempo tronaban. También se le iba la cabeza de vez en cuando, y no sabía muy bien dónde estaba ni qué iba a hacer o a decir o a criticar, y acababa con los labios fruncidos y temblorosos, con la rabia de quien está conteniendo las lágrimas.

Eso sí, habíamos interiorizado sus rutinas: seguíamos comiendo todos juntos tres veces al día, apenas si se encendía la tele media hora para ver las noticias, no teníamos el internet ese del demonio, y todo el mundo estaba en casa antes de las nueve, que no teníamos ninguna necesidad de estar por las calles a según qué horas, como los borrachos, los delincuentes y los vagabundos. Sus órdenes eran hábitos para nosotros.

Un sábado llegué a casa tras visitar a mis padres y me encontré dos maletas en el recibidor. Mi esposa salió a recibirme, sonriendo, aunque con los ojos llorosos. Ya está, me dijo, ahí tienes tus cosas. No dije nada, sólo alcé las cejas. Mi tía ha muerto esta mañana. Se ha quedado dormida en el sofá y no se ha despertado. Gracias por todo, has sido un sol, añadió, antes de besarme la mejilla. Pero, balbucée, ¿y las niñas? Bueno, ya no son tan niñas. Y hace años que les expliqué que sólo estarías aquí mientras la tía viviera con nosotros.

Pero.

Gracias.

Pero.

Te has portado genial.

Pero.

Te debo una.

Cogí las maletas que mi, bueno, compañera de trabajo colocaba en mis manos, y salí al descansillo. Ella se quedó con la puerta abierta mientras llegaba el ascensor. Carraspée cuarenta y tres veces, y estuve a punto de decir algo otras veintitantas. Ya en el ascensor pensé que claro, que qué esperaba, que sólo me había pedido un favor.

Resoplé cuando salí a la calle. La próxima vez, me dije, la próxima vez que alguien me pida un favor, me lo voy a pensar dos veces.

(Fuente de la imagen).

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3 comentarios en “Un favor

  1. Qué lástima, qué historia tan triste, me hubiera gustado leer algo más… Podríamos pedírtelo, como favor, digo…

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