Busco AMOR

amor

Estoy buscando a mi alma gemela. ¿Por qué es tan difícil encontrar a alguien que nos quiera? Quizás es por este frío mundo en el que no se valora a las personas por lo que de verdad importa y en el que los abrazos se han sustituido por distantes mensajes de texto, algunos de ellos, eso sí, con berenjenas. Tampoco pido mucho, sólo quiero a alguien que me dé su cariño y con quien compartir (¿quién sabe?) el resto de mis días y algunas aficiones.

Busco a una mujer sensible, pero que no se queje mucho por todo, tampoco, ni que sea sensible de piel, y se pase el día con urticarias. También quiero que sea inteligente: que tenga un cociente intelectual de entre 116 y 134. Más no, que me haría sentir inseguro. Que le guste leer, pero no en francés, que es muy pedante, ni a Martin Amis. Quiero que descubra a Martin Amis gracias a mí. “Cariño, deberías leer a Martin Amis”, yo empezaría con Campos de Londres. Y lo leería y al principio no acabaría de gustarle, pero luego le iría pillando el gustillo gradualmente, gracias a dos o tres libros más (ya iríamos viendo cuáles, dejemos un poco de margen para la sorpresa).

También le ha de gustar el cine, pero no de ir cada semana, que es muy caro y no estamos para gastos. Pongamos una o dos veces al mes y luego ir bajándose pelis para los domingos. Eso sí, le tiene que gustar Woody Allen, pero no mucho. Que le ponga un 8. En plan, “es muy bueno, pero también tiene mucha morralla”.

También estoy buscando a alguien a quien le guste pasear por el mar, pero dejando el mar a la izquierda, jamás en sentido contrario, y que sea ella quien vaya más cerca de la orilla, que las olas me dan un poco de miedo. Vamos, que haga un poco de airbag, para no mojarme.

Lo de pasear bajo la lluvia me parece bien, pero sólo si el paraguas es negro. Los paraguas de otros colores me provocan pesadillas porque de niño perdí uno azul y desde entonces me siento muy culpable. No podría ni siquiera tomarme un café con alguien que entrara en el bar acarreando un paraguas, pongamos, rojo. Tendría que golpearle con el taburete, escupir, y largarme muy indignado.

Le ha de gustar salir, pero hasta las tres como muy tarde, y también ha de comer pescado, pero nada de trucha. En los ríos la gente mete los pies muy cerca de los peces y eso no puede ser bueno.

No puede haber estudiado ni derecho, ni historia, ni ciencias políticas, ni ninguna carrera de ciencias, menos matemáticas, y tampoco ninguna ingeniería, excepto alguna de las técnicas (tendríamos que negociarlo). Ha de tener un trabajo estable y cobrar entre 28.000 y 36.000 euros al año (si cobra más, se puede hablar, pero de entrada no me interesa alguien tan materialista).

Su coche ha de ser de color azul metalizado o gris oscuro, y para mí es fundamental que en la guantera haya guantes, como su propio nombre indica. Hablando de nombres, no es que sea algo que me vaya a romper el corazón, pero preferiría que su apellido no acabara en -ez. Le resta mucho romanticismo al asunto y yo soy un romántico empedernido.

El físico no me importa mucho: basta con que sea guapa, mida entre 1,57 y 1,66 metros, pese entre 47 y 59 kilos, tenga el pelo en alguno de los seis tonos cuyos pantone adjunto y tenga un máximo de dos dioptrías por ojo, que no pueden ser verdes. No ha de tener ningún lunar en la nalga derecha. En la izquierda, si quiere, sí, que tampoco es plan de andarse con exigencias. En cuanto a la edad, ha de tener entre 128 semanas menos y 59 semanas más que yo.

Puede ser alérgica a los gatos, pero no a las plumas de aves. No tengo pájaros, pero esa alergia me parece muy ridícula hoy en día, cuando ya no hay almohadas rellenas de plumas. Es una alergia que no sirve para nada. Tampoco vas a ir lamiendo palomas por la calle.

También es importante para mí que no vista nunca con prendas marrones, que su plato favorito sea el magret de pato (sin plumas, nada de lamer plumas) y que no coma jamás helado de vainilla, le guste o no. No ha de planchar jamás en fin de semana y su desayuno ha de consistir en un café solo, con o sin azúcar (no soy especialmente maniático) y dos tostadas con mermelada (sin mantequilla ni margarina).

Debe haber viajado al menos a Holanda, Francia, República Checa y Marruecos, pero no a Bélgica ni a México.

En cuanto a mí, ¿qué puedo contar? Apenas soy un alma herida que navega sin rumbo en busca de su brújula. Por cierto, la brújula en cuestión ha de tener título de patrona de barco. De verdad, no es ninguna metáfora.

Ah, casi lo olvido: si jugamos al Trivial Pursuit, ha de usar la ficha rosa o la amarilla. Las otras, jamás. De hecho, si hay más gente jugando y los demás se piden esas fichas antes que ella, ha de arrojar el tablero al suelo y gritar mucho mientras les clava a los dos ladrones un tenedor en los ojos.

No podría amar a alguien que no supiera defender sus principios.

Espero que estés ahí, media naranja mía, leyendo este mensaje y escribiendo una lista con todos los requisitos que cumples. Si llegas al ochenta por ciento, envíame un mail con la relación detallada, y mi responsable de recursos humanos se pondrá en contacto contigo lo antes posible para comenzar a construir juntos nuestra vida en común, previo proceso de selección con prueba escrita y dos entrevistas personales.

Zurdas abstenerse.

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"No conozco a mis padres"

familia

Jessica G. acaba de cumplir diecisiete años y aún no conoce a sus padres. “Son muy tímidos –explica– y a pesar de que llevamos toda la vida viviendo juntos, aún no se han presentado. Por la correspondencia, creo que se llaman Matías y Mireia, pero no lo puedo asegurar”.

Al parecer, a su madre nunca le hizo gracia lo de meter a una desconocida en casa. “Yo no veía claro lo del embarazo –explica–. ¿Y si nos sale delincuente o drogadicta? Creo que es mejor mantener las distancias hasta que estemos seguros”. De todas formas, Mireia ya ha cobrado cierta confianza: “A la Jessica esta (se llama Jessica, ¿no?) se la ve buena gente. Pero fíate tú de la juventud”.

Matías no desconfía de su hija, pero siempre ha sido muy cortado con el sexo opuesto. “Lo reconozco –afirma–, a mí las mujeres me intimidan. Y es injusto eso de que siempre seamos nosotros los que demos el primer paso”. De todas formas, este hombre asegura estar “reuniendo valor para saludar a Jessica e iniciar una relación padre-hija como la que yo jamás tuve con mi padre. Más que nada porque yo no era su hija, sino su hijo. Esto me marcó mucho. Lo de no ser su hija. Porque me definió como persona. Concretamente, como persona de sexo masculino. Sí, llevo medias debajo de los pantalones. Déjame en paz”.

(Fuente de la imagen).

¿Qué es la internet? Os lo explico

lainternet

Es posible que hayáis oído hablar de un invento reciente que podría revolucionar el mundo de las telecomunicaciones: se trata de la internet, que conectaría nuestros ordenadores con la red telefónica y nos permitiría acceder a lo que ya se denomina la “autopista de la información”.

Imaginad lo que algo así podría suponer para la civilización occidental (incluso la oriental): tendríamos acceso a los clásicos de la literatura universal (como Superlópez) hablaríamos con personas que están en la otra punta del mundo (pudiendo enviarles fotos de nuestros cuerpos desnudos) y, por qué no, podríamos entrar en los ordenadores del Pentágono (y lanzar varios misiles atómicos).

Recientemente tuve la oportunidad de adentrarme en el centro neurálgico de la internet: unas oficinas subterráneas llenas de computadoras y cables, situadas en Silicon Valley (California), una zona llamada así por su semejanza con el entreteto de una señora operada.

En esta central trabaja una cincuentena de personas, proporcionando todos los contenidos que podemos ver y leer cada día cuando surfeamos en la red. “Puede parecer mucho trabajo -explica el doctor Jakob Adenauer, director técnico de la internet-, pero contamos con los medios más sofisticados para llevar a cabo nuestra tarea”.

Me lleva a una de las áreas más importantes de la internet, Gatitos, y me muestra cómo funciona. “En estas jaulas guardamos gatitos graciosos, como por ejemplo este de aquí -mientras habla, saca de su jaula a un gato que lleva pajarita-. Lo único que tenemos que hacer es introducirlo en la máquina de memes”. Abre una compuerta metálica de la que sale una llamarada y arroja al gato dentro, que grita durante apenas unos segundos. “El meme se genera en esta pantalla y nuestro guionista escribe varios cientos de miles de frases graciosas”.

Me presenta al redactor, un tal Damon Lindelof, que deja de teclear para agarrarse a mi chaqueta y explicarme en qué consiste su trabajo: “Sácame de aquí… Por favor… Te lo suplico…” Adenauer suelta una carcajada y lo aparta con un palo. “Qué bromista es. Así le salen luego las cosas de gatos”.

gato lindelof

¿Esto es lo mejor que se te ocurrió, Lindelof? ¡Todo el mundo te odia!

Adenauer también me enseña cómo se hacen los gifs. “Se trata de uno de los mayores avances tecnológicos de la humanidad. Ni te imaginas lo que cuestan”. El equipo de gifs está formado por cuatro personas que llevan trajes de amianto y a los que sólo podemos ver desde detrás de un cristal reforzado. “Esta gente trata las imágenes con radioactividad: ¡por eso se mueven!”, explica Adenauer, que añade, con un tono de voz menos jovial, que “los técnicos en gifs acaban muriendo de cáncer después de apenas unas semanas de trabajo. No supone un problema real, porque casi todos son extranjeros, pero es un engorro tener que sustituirlos con tanta frecuencia”.

grimes

Técnico en gifs dándolo todo

Otra parte importante de la internet es la publicidad. “Nuestro trabajo consiste en que sea odiosa: que te tape el texto que estás leyendo, que tenga musiquita, que el botón para cerrarlo sea lo más pequeño posible… El objetivo es que hagas clic sin querer y se te abran setenta u ochenta pestañas”. Es lo que Adenauer llama “marketing por erosión”: “Está comprobadísimo que si te insisten lo suficiente, acabas gritando BASTA, POR DIOS, BASTA, TOMA MI DINERO Y CÁLLATE, BASTA YA, NO PUEDO MÁS, ME QUIERO MORIR. No se trata sólo de nuestra experiencia diaria: hay estudios que lo demuestran”.

Una preocupación de muchas empresas culturales es la piratería. ¿La internet es el paraíso de lo gratis? “Lo fácil es echarle la culpa a la internet. También es lo acertado, claro”. Adenauer afirma que “las empresas tendrán que adaptarse” y no duda en añadir que “la internet ofrece muchas oportunidades de negocio, aparte de la ya mencionada publicidad. Hay expertos que están ganando mucho dinero con la internet dando conferencias en las que explican que se puede ganar mucho dinero con la internet”.

Le pregunto al doctor Adenauer por los nuevos proyectos que está desarrollando y me explica que “lo estamos organizando todo en listas. Verás”. Me lleva hasta una sala llena de archivos metálicos en la que un par de bibliotecarias cincuentonas con gafas en la punta de la nariz toman notas en multitud de fichas desperdigadas por varias mesas. “Internet contiene cantidades ingentes de información y conocimiento. Pero tanta información acaba resultando caótica y por eso necesitamos ordenarla. Por ejemplo -lee un par de fichas-: 27 cosas que no sabías del cuerpo humano, 42 inconvenientes de ser millonario, 11 motivos por los que un hombre debe leer, 19 gatitos graciosos… ¿Ves? Así es más fácil dar con la información que te hace falta”.

Sin duda, la internet será aún más útil gracias a estas listas. ¡La información ya no estará dispersa en multitud de páginas, sino que se podrá acceder a ellas con un sólo clic! ¡Gracias, internet!

Le comento que he visto poca gente trabajando y me dice que eso es normal, ya que “la mayoría de los empleados trabaja en otras dos secciones”. La primera es el área llamada Sabiduría, donde una decena de guionistas escribe comentarios para periódicos, foros y, sobre todo, Menéame. “Es un trabajo muy difícil, ya que deben comentar textos que no han tenido tiempo para leer, y aun así hacerlo como si supieran lo que pone y se hubieran enfadado mucho leyéndolos”. Para hacerlo, añade, el departamento cuenta con “las personas mejor preparadas”. Se trata de tertulianos medio retirados, como Juan Adriansens y Javier Nart. “No hay nada mejor para hablar de lo que no se sabe. Lo único que le pedimos es que sepa escribir un poco, excepto en el caso de Miguel Ángel Rodríguez, al que le dejamos que dicte a un mono borracho”.

Este departamento también se encarga de las redes sociales: “Hay que darle a ‘me gusta’ en las fotos en las que sales gordo, escribir esos chistes tan buenos sobre gordas en Twitter y publicar fotos de magdalenas de colores en Instagram. Sí, este tema lo lleva el chico gordito del fondo”.

La otra gran área es la de Tetas, en la que otra decena de personas se dedica a colgar fotos y vídeos subidos de tono. No sé muy bien lo que ocurre con este departamento, pero lo cierto es que entro a echar un vistazo el 12 de julio de 1998 y salgo de allí el 2 de octubre de 2013. Me puse a mirar cosas, hice un par de clics y me lié.

“En realidad -explica Adenauer-, esto te podría haber pasado en cualquier departamento. Cuando los datos se transmiten por la internet, ya sea por cable o de forma inalámbrica, se crean unos campos electromagnéticos que rompen el tejido del continuo espacio-tiempo y generan una anomalía. Por eso cuando estamos con la internet y nos ponermos a ver gifs de gatos, el tiempo transcurre mucho más deprisa de lo que nos parece”. Los gifs son especialmente peligrosos, “por culpa de la radiación”.

Dejo las instalaciones de la internet muy contento con la experiencia. He aprendido mucho acerca de un medio que sin duda será muy importante en el futuro. ¡Estoy ansioso por conocer qué más sorpresas nos traerá la red de redes!

Te has hecho algo en el pelo

carrito

(Estoy acabando una novela, cuyo título provisional es Te has hecho algo en el pelo. Aquí tenéis las cuatro primeras páginas. Si no os gustan, es porque sois gordos y tenéis granos).

 

-¿Te has hecho algo en el pelo?

Así empezó todo. Con una pregunta anodina, quizás algo peligrosa, teniendo en cuenta que se la estaba haciendo a mi mujer un sábado por la mañana. Si la respuesta a esa pregunta era afirmativa, ya tendría que haberme dado cuenta la tarde anterior.

-No -contestó ella-. Hace más de un mes que no voy a la pelu. ¿Por qué lo dices?
-No sé, te lo veo más claro.

Y sí, se lo veía más claro. Si me hubieran preguntado de qué color era el cabello de mi mujer, hubiera contestado, sin dudar, “castaño oscuro, casi negro”. Desde siempre. No se lo había teñido en todos los años que llevábamos juntos. Pero ahora la estaba mirando y lo veía castaño claro, casi rubio.

-Será la luz -añadí, girando la cabeza, intentando buscar algún reflejo del sol que se me hubiera escapado y que hacía que el cabello de Mireia pareciera, eso, más claro-. O igual es que estoy medio dormido todavía.
-¿Rebeca ha desayunado?
-Sí, le he calentado la leche mientras estabas en el baño.
-No me gusta que vea la tele cuando desayuna.
-Bah, déjala, están echando uno de sus setecientos programas favoritos.
-…
-No gruñas. Es sábado. Los sábados por la mañana los niños ven la tele mientras sus padres olvidan toda la semana anterior. Yo lo hacía. Tú lo hacías. ¿Recuerdas La bola de cristal?
-A mí no me dejaban ver tanta tele como a ti.
-Así has salido.
-No, perdona, así has salido tú.

Me había despertado una mañana y mi mujer tenía el pelo de otro color. Tampoco era tan grave. No tenía una joroba, ni le faltaba un ojo. Intenté olvidarme del tema, asumir que me había despistado, olvidado. Decidí comportarme con normalidad. Estaría aún medio dormido. Seguramente mi cerebro todavía no funcionaba a pleno rendimiento. Me hacía mayor.

La mañana transcurrió como cualquier otra mañana de sábado, con la excepción de que no dejaba de mirarle el cabello a Mireia. Rebeca jugó, yo me duché y bajé al supermercado, también preparé la comida y acepté la propuesta horrible para pasar la tarde que hizo Mireia, si bien hay que admitir que podría haber salido de cualquiera de los dos.

-Podríamos ir a l’Illa. Rebeca necesita zapatos. Y a ti no te irían mal unos tejanos.

Fuimos a ese centro comercial, igual que aproximadamente la mitad de Barcelona. Todos dábamos tumbos de tienda en tienda, pensando por qué diablos estábamos allí con toda esa gente, pero conscientes de que dentro de dos o tres semanas volveríamos a venir y a agobiarnos y a quejarnos.

Como es natural, Rebeca se puso imposible, igual que todos los críos de su edad en una situación similar. Escogimos unos zapatos que le gustaban, pero que luego, nada más salir de la tienda, ya no. Manifestó su disgusto con un llanto forzado. La reñimos con escaso convencimiento, ya que nosotros mismos también estábamos algo hartos de aquel escenario y teníamos ganas de tener cinco años y soltar una pataleta. Mireia se probó varios vestidos de verano y un par de camisetas. No se compró nada. Yo no quise ir a ninguna de mis tiendas. Demasiada cola en los probadores. En una tienda vacía, podía tardar cuatro minutos en comprar unos tejanos. En aquellas igual tenía que pasar una hora. Demasiado. No estaba capacitado para llevar a cabo un esfuerzo semejante. Mireia volvió a las mismas tiendas en las que ya había estado para probarse la mitad de las prendas que ya se había probado. Ante una nueva y justificadísima, seamos sinceros, pataleta de Rebeca y ante mi también excusable cara de fastidio, Mireia nos envió a tomar un refresco mientras agarraba perchas como si se las fuera a clavar a alguien.

Salimos de allí a las ocho, estresados y malhumorados, con tres bolsas de ropa que no le acababa de gustar a nadie. Y yo con unas ganas terribles de beberme tres cervezas. Sólo que no podría porque habría que prepararle la cena a la niña, ponerle el pijama y luego ella querría jugar a algo y cuando finalmente se acostara ya se me habrían pasado las ganas de tomarme no tres, sino ninguna.

En todo ese tiempo intenté quitarme de la cabeza el hecho de que seguía viendo el cabello de Mireia de otro color. Pero no podía. Le miraba el pelo fijamente, cuando no atendía, claro, para no ponerla nerviosa, buscando el motivo que me hacía verlo en otro tono o el que me hacía recordarlo de otra manera. Incluso miré las fotos que tenía de ella en el móvil, mientras tomaba una Coca-Cola con Rebeca, sólo para comprobar que no, que su pelo nunca había sido castaño oscuro, casi negro, y que ese castaño claro, casi rubio, era su tono natural, o al menos el que aparecía en todas las fotos que tenía guardadas.

-No pienso volver con vosotros de compras un sábado -dijo, precisamente, Mireia, durante el paseo de vuelta.
-Menos mal -contesté, esbozando una sonrisa.
-¿Por qué? -Preguntó Rebeca desde mis hombros.
-Porque somos muy pesados.
-¿Mamá está enfadada?
-No, claro que no estoy enfadada.
-Sí que lo está. Y para que no lo esté más, tú y yo vamos a preparar la cena cuando lleguemos.
-Quiero tortilla de patatas.
-Pues tortilla de patatas.

Los tres llegamos a casa con mejor ánimo. Nos subimos en el ascensor y apretamos el botón del cuarto piso. Yo salí primero y, como de costumbre, hice mi imitación de mayordomo, que consistía en sostener la puerta e inclinarme mucho, con el rostro muy serio.

-Señoras, por favor.

La primera en salir fue Rebeca, dando saltitos. Le siguió un bulto negro, que era un cochecito para bebé en el que dormía un niño de alrededor de un año. Empujando el carrito estaba Mireia, con cara de cansancio.

-¿Tienes tus llaves? -Me preguntó.
-Er… Pues… Sí, sí, las tengo.

Abrí la puerta de casa. Mireia aparcó el carrito en el recibidor y sacó al niño, sin despertarlo.

-Voy a bañar a Xavi -me dijo-. Si quieres ir haciendo la cena…
-Sí, claro, la cena…

Me quedé parado, de pie, supongo que con la boca entreabierta, mientras Mireia se llevaba a aquel crío al cuarto de baño.

-Papá, papá -Rebeca tiraba de mi mano-. ¿Te puedo ayudar con la tortilla? ¿Puedo batir el huevo?
-Ehm… Sí…
-El tete no puede cocinar.
-No, el tete es pequeño.

19 características de un buen presidente del gobierno

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Es posible que no seas muy inteligente y que no te guste demasiado trabajar. Eso significa que tus únicas salidas laborales son participar en un reality o meterte en política. Concursar en Gran Hermano es ligeramente menos indigno que ser diputado, pero tiene el inconveniente de que lo más probable es que el sueldo sólo te dure un puñado meses, mientras que la carrera política puede ser algo más prolongada en el tiempo. Y ya puestos a perder la dignidad, ¿por qué no aspirar a la presidencia del gobierno? Piensa que un presidente no hace absolutamente nada, ni conducir, ¡tiene hasta chófer!

Por supuesto, no todo el mundo sirve. Estas son las diecinueve características que deberías reunir para ser un presidente del gobierno ideal.

1. No aprendas ningún idioma, aparte de un español justito. Si sabes inglés o cualquier otra lengua extranjera, asegura que no la entiendes y simula un acento muy forzado, algo así como “Espein is a beri nais contri. Contri más yu si it, más yu laic it”.
2. No te dediques a ninguna otra profesión que no sea la de político. Como mucho, sácate unas oposiciones, pero ni se te ocurra ejercer. Es importante que no tengas ningún contacto con la realidad. La realidad podría llevarte a pensar que los trabajadores no reciben sobres con sueldos extra en negro, por ejemplo.
3. No tengas opiniones propias. A partir de ahora, tus principios serán una combinación de muy difícil equilibrio entre: a) las preferencias de la mayoría de tus votantes y b) las necesidades de tu partido.
4. En caso de que haya conflicto de intereses, di que sí a ambos y no hagas nada al respecto.
5. De hecho, lo mejor es no hacer nada nunca. Cualquier acción o declaración hará que alguien que se enfade: lo ideal es mantenerte quieto y callado.
6. A no ser que necesites crear una cortina de humo. Si por ejemplo alguien de tu equipo está acusado de corrupción, resucita a Franco, habla de toros, declárale la guerra al Reino Unido o incendia un hospital infantil. Cualquier cosa antes de que uno de los tuyos se vea obligado a dimitir o, peor, tú te veas obligado a dar explicaciones.
7. Aprende a hablar sobre cosas que no te interesan con gente que no sabes quién es. La mayoría de actos políticos (inauguraciones, campañas, conferencias) no son más que largas conversaciones de ascensor.
8. Cásate con una persona del sexo opuesto.
9. No tienes por qué saber historia, pero sí has de poder utilizarla. Cualquier peligro o controversia es comparable a “los peores momentos de la guerra civil / la dictadura / el nazismo / la Segunda Guerra Mundial / el estalinismo / la Cuba de Fidel” (según la ocasión y las preferencias). Da igual que no haya relación, lo importante es asustar y soliviantar a los propios en contra de los ajenos.
10. No hables de tus ideas: a nadie le importa si eres progresista, conservador, cristiano, ateo, ecologista, liberal… Eso pertenece a tu esfera privada. Es algo muy íntimo. Pero eso sí, cuéntale a todo el mundo de qué equipo de fútbol eres. No vaya a pensar nadie que no te gusta el fútbol.
11. Si tu equipo o la selección llega a alguna final, no trabajes y ve al campo. Lo primero es lo primero.
12. Busca fotos con líderes políticos internacionales, aunque no hables su idioma. Como estos restaurantes que cuelgan fotos de los famosos que han comido allí. Estrecha su mano y después comenta que “hemos tenido una conversación muy enriquecedora que fortalecerá los vínculos entre dos naciones aliadas”.
13. No tengas memoria: piensa que hoy puedes decir una cosa y dentro de seis meses la contraria, según lo que interese en cada momento. Es posible que algún listillo publique tu primera declaración, pero no te preocupes: a nadie le gustan los listillos.
14. Y tampoco te preocupes por tus memorias: te las escribirá otro y no las leerá nadie.
15. Recuerda que tus declaraciones son opiniones sensatas, expresadas con respeto y desde la moderación. Las declaraciones de la oposición son burdos ejemplos de demagogia.
16. Si alguien del partido de la oposición disiente de su líder es porque no están organizados de forma eficiente. Un caos. Si el que discrepa es de tu partido, es simplemente porque hay libertad y pensamiento crítico.
17. Cuando ocurra algo horrible, busca a alguien a quien culpar. Ha de ser fácilmente identificable, pero lo suficientemente difuso como para que el menor número posible de gente se sienta aludido. Por ejemplo, la culpa del paro puede ser del gobierno anterior, de las grandes empresas, de los sindicatos, de los funcionarios o de los propios parados que no están dispuestos a aceptar cualquier trabajo. Depende de lo que le interese a cada cual.
18. Pero no olvides que cuando te retires, necesitarás algún carguito majo, de estos de ir a firmar de vez en cuando y hacer alguna llamada telefónica, así que acuérdate de hacer algunos amigos.
19. En definitiva, lo importante es dormir bien por las noches. Y disfrutar de una reparadora siesta.

Si sigues estos consejos, lo tendrás algo más fácil para alcanzar la presidencia del gobierno. Se trata de un camino difícil y sacrificado, al final del cual le caerás mal a un montón de gente. Pero da igual, si quieres dedicarte a la política, es muy posible que ya le caigas mal a muchos antes de comenzar. Así que ya puestos, mejor oír los insultos desde tu coche oficial blindado y pedirle al chófer que suba el volumen de la música.

 

(Fuente de la imagen).

Instrucciones para colgar un cuadro

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Para colgar un cuadro necesitarás:

-Un cuadro.

-Un clavo.

-Un agujero.

Es cierto que puedes hacerte un agujero a mano, pero lo más fácil es comprarse uno ya hecho. Se pueden adquirir en cualquier ferretería y vienen en packs de seis. Al fin y al cabo, también podrías fabricarte tus cuadros y tus clavos, pero la mayoría de la gente no lo hace. La civilización consiste en gran medida en la división del trabajo.

Hay tres o cuatro empresas importantes en el sector de los agujeros. Se encargan de fabricar agujeros para todo tipo de usos: para colgar cuadros, para el queso gruyère, para huir de prisiones, para tu camiseta favorita, para todo. También fabrican agujeros de gusano y agujeros negros, pero de esos no suelen tener en las ferreterías de barrio porque son más bien caros. En El Corte Inglés sí que hay. Sirven para colgar cuadros, pero en otras épocas o dimensiones.

El problema con los agujeros prefabricados es que si no los usas en un tiempo razonable (pongamos uno o dos meses), se dan de sí. Guardé los últimos cuatro que me sobraron en el cajón del escritorio y un día entré en el despacho y me encontré con que la mesa se había caído por uno de esos hoyos.

Fue muy complicado arreglar el lío: tuve que meter medio cuerpo en el agujero, abrir el cajón del escritorio, sacar el agujero y guardarlo en una bolsa. Después tuve que salir del agujero y de la bolsa, arrastrando la mesa. Y aún tenía que deshacerme de aquellos cuatro agujeros. Los llevé a un descampado, no sin dificultad (me caí un par de veces en uno de ellos) y los llené de tierra. Pero claro, al llenarlos de tierra, dejé otro hoyo enorme al lado.

Por suerte, un par de semanas más tarde me tocó la lotería y pude tapar ese agujero con billetes. Me sobró un poco de dinero y lo metí en un queso porque del queso me gusta todo menos los agujeros, que no me saben a nada.

Acerca de las justas críticas de la CEOE a la pereza de los asalariados

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José de la Cavada, responsable de relaciones laborales de la CEOE, ha criticado que se concedan hasta cuatro días de permiso cuando fallece un familiar directo y hay que ir a enterrarle lejos de donde uno vive. Es una excusa muy barata porque nadie entierra a sus familiares. Sólo nos quedamos ahí de pie, mirando como otros señores hacen todo el trabajo. Nuestra asistencia es inútil. Somos los empresarios de los funerales.

En todo caso, De la Cavada tiene razón: la actual legislación laboral tiene muchos huecos que son continuamente aprovechados por empleados vagos y sin escrúpulos. Por ejemplo:

– Las empresas están medio vacías porque los empleados están continuamente asesinando a todos los familiares que viven lejos sólo para poder disfrutar de cuatro días de permiso.

– Conozco a muchas parejas que se han casado para tener los quince días de vacaciones. Cada cierto tiempo se divorcian y después se vuelven a casar para tener otros quince días.

– Ojo, que también hay bodas entre amiguetes para hacer un viaje en plan colegas a costa de la empresa o simplemente tener dos semanas de fiesta cada uno. El matrimonio homosexual ha agravado esta costumbre, aunque hay que reconocer que ya estaba muy extendida desde hace años.

– Muchas parejas tienen hijos para disfrutar del permiso de paternidad y maternidad, por no hablar de las visitas al ginecólogo. Cuando se cansan del niño, estos comunistas lo matan y lo entierran. A ser posible, bien lejos, para tener cuatro días de permiso y no sólo dos.

– Cuando se termina el amor, muchos prefieren asesinar a su pareja en lugar de divorciarse, para tener, de nuevo, dos o cuatro días de fiesta. Es importante darse prisa para ser el criminal y no la víctima.

– Combinando bodas, divorcios, nacimientos y asesinatos, hay gente que acaba trabajando dos o tres meses al año, como mucho.

– Es más, un antiguo compañero de trabajo no sólo mató a su pareja, sino que tuvo la desfachatez de pedirse una baja por depresión con la excusa, claro, de que su esposa había fallecido.

– Y ojo, que si pillan a alguien por uno de estos crímenes, sigue impune, porque si le citan judicialmente, puede faltar al trabajo sin consecuencias.

También hay un día de permiso por mudanza. Como todo el mundo sabe, la burbuja inmobiliaria no fue debida a que los empresarios no tuvieran visión de futuro y los bancos no supieran hacer su trabajo. No: la burbuja se debió a que muchos trabajadores comenzaron a comprar y a vender casas como locos para disfrutar de ese día de asueto extra. Una amiga mía se mudó cada semana durante un año para trabajar sólo de lunes a jueves.

– ¿Y qué hay del derecho a voto? El derecho a voto no es más que una concesión de los partidos políticos a los sindicatos para que quienes trabajan en domingo puedan escaquearse unas horas. La gente puede votar en su tiempo libre. O por correo. Es cuestión de planificarse. O de eliminar el derecho a voto. ¿Para qué quiere votar todo el mundo? No tiene sentido. Cuánta más gente vote, menos valor tiene cada voto, por lo que la democracia pierde fuerza si todo el mundo puede acceder a ella.

Los abusos de las bajas por enfermedad son aún peores. Todos conocemos a alguien que ha viajado a Fukushima para volver con cáncer y poder pillarse la baja.

– Las excusas no quedan ahí. ¿Quién no se ha disparado alguna vez en la cabeza para no ir a trabajar? Al fin y al cabo, nadie te hará ir a la oficina una vez muerto. Vale, hace unos años mi jefe obligó a un compañero a venir a trabajar después de haberse suicidado. Fue un poco desagradable porque se pasó las horas comiendo cerebros, pero sin duda fue una decisión justa.

– Lo reconozco: en una ocasión yo llamé al trabajo dando un aviso de bomba para no tener que ir. Y para que nadie descubriera que era mentira, detoné varios kilos de explosivos de verdad. Pasaron tres semanas hasta que nos reubicamos en otras oficinas. Y sólo murieron siete personas. Mereció la pena. Ocho ya me hubiera sabido mal.

Está claro: si reducimos drásticamente estos permisos innecesarios, no sólo mejorará la productividad de nuestras empresas, sino que prácticamente eliminaremos la criminalidad en España. De hecho, por poco que investiguemos veremos claro que Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE entre 2007 y 2010, simplemente acabó en la cárcel porque sus trabajadores no rindieron lo suficiente. Y el propio De la Cavada fue multado sólo por intentar desenmascarar a los asesinos que había infiltrados en su plantilla.

Héroes. Son héroes.

 

(Fuente de la imagen).