Holocausto contable

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Día 6 tras el incidente. La nube de polvo rojo sigue tapando el cielo, pero ya puedo distinguir el día de la noche. Aún queda comida, pero mañana tendré que salir a por agua. No me gustó lo que vi la última vez. Aún no he pasado por todos los pisos de esta finca, pero parece que mis vecinos han muerto. Todavía no he conseguido recibir ninguna señal ni de televisión ni de radio. Y lo que es peor, no he podido avisar a la oficina. La buena noticia es que este desastre de dimensiones tal vez mundiales que parece haber acabado con la civilización tal y como la conocemos comenzó el viernes por la noche, por lo que en realidad sólo llevo tres días sin ir a trabajar. Algo es algo.

Día 7 tras el incidente. He conseguido agua: un vecino tenía dos garrafas de ocho litros. Pero tarde o temprano tendré que bajar a la calle: en esta finca ya no queda comida utilizable, ya que gran parte de lo que había en las neveras se ha echado a perder. Además, no puedo cocinar. Intenté hacer una hoguera, pero sólo conseguí que el sofá ardiera en llamas. Por otro lado, hay que presentar la declaración del IVA y tengo toda la documentación en la oficina.

Mismo día, más tarde. No estoy muy seguro, porque las ventanas están llenas de polvo, pero me ha parecido ver la silueta de una persona en la calle. Estaba quieta y creo que me ha mirado cuando me he asomado y he gritado: “OIGA, ¿TIENE UN TELÉFONO O UNA PALOMA MENSAJERA PARA AVISAR A LA GESTORÍA GONZÁLEZ DE QUE LLEGO TARDE?”, pero se ha girado y se ha ido, caminando a trompicones entre esta especie de tormenta de arena. Seguramente ha sido una alucinación. Es cierto que está amainando, pero nadie saldría a la calle así. Suponiendo que quede alguien.

Sin embargo, no cierro la puerta a la posibilidad de que hayan sobrevivido otras personas. Lo cual sería una mala noticia porque ¿y si Alberto está vivo? A lo mejor él ha podido ir a la oficina y me está criticando a mis espaldas.

Día 8 tras el incidente. No era una alucinación: hay gente ahí fuera. He salido a por agua y comida, aprovechando que hay mucho menos polvo, y al volver con un carrito del súper lleno de latas y agua, me ha atacado un tipo con los ojos inyectados en sangre. No me ha hecho caso cuando le he pedido amablemente que por favor no me mordiera la oreja, que esas no son maneras, así que he tenido que golpearle con una paletilla hasta que se ha ido aullando. ¿Habrá más infectados?

En todo caso, ya es mala suerte que esto pase ahora, justo después de la jubilación de Matías y antes de la revisión trimestral. No hay duda de que yo soy la persona mejor preparada para sustituirle, pero si precisamente dejo de aparecer cuando está el proceso en marcha, Alberto aprovechará para clavarme otra de sus puñaladas traperas. Maldito traidor. Mal compañero. Trepa. Pelota. Holgazán. Gordo, porque además está gordo.

Día 9 tras el incidente. No he podido dormir en toda la noche. Normal, hoy es ya sábado y en toda la semana pasada ni fui a la oficina ni pude contactar con el jefe. Y reconozco que ayer podría haber intentado acercarme. Total, tampoco trabajo lejos e incluso podría haber ido andando. Sólo tenía que armarme con mi paletilla por si se me acercaba otro infectado, o zombi, o lo que sean. El lunes sí tendré que pasarme porque el martes como muy tarde hay que entregar la declaración del IVA y ni la he comenzado.

Mismo día, por la tarde. ¡Fantástica noticia! ¡Mi madre estaba viva y ha conseguido llegar a mi casa! Al parecer, el edificio en el que vivía se derrumbó durante el incidente, pero ella sobrevivió. Durante los días más graves de la tormenta se pudo refugiar en otro portal, donde fue atacada por varios infectados. Cuando amainó, se vendó las heridas con la ropa de un cadáver, se entablilló la pierna y salió hacia mi casa.

Esto es maravilloso porque el lunes quería llevar el traje azul, pero tiene un botón del puño descosido. ¡Menos mal!

Día 10 después del incidente. Ya puedo abrir la ventana sin que se llene todo de polvo. Las calles, las casas, los coches están cubiertos de una gruesa capa de esa especie de arcilla. De vez en cuando me parece ver a uno de los infectados, caminando a lo lejos lentamente, como un gato perdido y enfermo.

Mi madre intenta convencerme de que no salga. Le he contestado que si lo dice por no coserme el botón, que no se preocupe, que ya llevaré el traje gris. Tal y como esperaba, se ha sentido culpable y no sólo me ha arreglado el traje, sino que me ha planchado la camisa blanca, calentando la plancha con una cerilla.

Día 11 después del incidente. Qué asco, lunes. Lo peor es que mi madre se ha dormido y he tenido que hacerme yo el café. Se ha despertado por casualidad, al oírme golpear una cacerola con una cuchara mientras gritaba “ALGUIEN SE HA QUEDADO DORMIDO”. Se ha ofrecido a prepararme el desayuno, pero le he dicho que YA NO HACÍA FALTA. “Descansa, descansa… Aprovecha que tú no tienes que trabajar”.

Al final me ha hecho unos huevos.

Día 31 (?) después del incidente. Conseguí llegar a la oficina. De hecho, escribo esto desde el baño. El camino fue algo más complicado de lo que creía: primero me atacaron dos infectados. Suerte que llevaba mi paletilla. Después, unos tipos que iban vestidos como en Mad Max 3 (la mejor de la saga) me tuvieron encerrado durante unas seis semanas, calculo, con la intención de cebarme y comerme. Incluso me hicieron confesar que vivía con mi madre, al torturarme haciendo con la mano un gesto como así y diciendo “mira que te voy a dar un capón, ¿eh?”. Resistí todo lo que pude (no menos de dos minutos). Cuando la trajeron, la pobre mujer estaba llorando a gritos y aproveché la confusión para recuperar mi paletilla y escapar a golpes de cerdo.

Lo peor fue que al entrar en la oficina se confirmaron mis peores sospechas.

-Vaya horitas de llegar -así me ha saludado el jefe, nada más verme-. ¿Y esas manchas de sangre en la camisa?

Me he desplomado sobre mi silla, contestando con una serie de balbuceos inconexos que sólo ha oído el cuello de mi chaqueta, y he escuchado un gruñido a mis espaldas. Era Alberto. Infectado: tenía la piel amarillenta y llena de venas, los ojos encarnados y estaba mordiendo el ratón. Además, con unas uñas medio rotas y verdosas arañaba la madera de la mesa. La mesa de Matías. Estaba sentado en la mesa de Matías. Pero qué hijo de puta. En la mesa de Matías. Gracias a todos por confiar en mí y darme una oportunidad. Hijos de puta. En la mesa de Matías.

Mi madre estará bien, imagino.

(Fuente de la imagen).

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Imprescindible pelazo

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Puesto vacante: Assistant to the Deputy Manager Assistant Intern Junior Assistant (Assistant).

Descripción de la oferta: Tornillos Gutiérrez, líder en tornillos y tuercas del norte de la comarca de Berguedà Occidental, busca a una persona para dar apoyo al departamento de becarios. Incorporación hace dos meses y medio, que tenemos un pico temporal de trabajo desde 1998.

Jornada laboral: se entra el lunes a las 8 y ya del tirón hasta el sábado. El sábado 23 de noviembre de 2019. Total, ¿qué vas a hacer en casa? ¿Aburrirte en el sofá? ¿Jugar con la Play? ¿Ver episodios repetidos de los Simpson?

Condiciones económicas: 12.000 euros al año, que el empleado podrá pagar en cómodas mensualidades con un interés del 4,6% anual. Esta paga se irá ajustando cada año, ya que conforme el empleado asuma más responsabilidades, también deberá compensar en mayor medida todo el conocimiento adquirido gracias a la empresa. El trabajador también deberá darse de alta como autónomo.

Requisitos mínimos:

  • Experiencia de doce años años en un puesto similar o a ser posible el mismo (¿dónde estás, Marcos? Te fuiste a por café y no regresaste).
  • Experiencia demostrable como consejero delegado en multinacionales, especialmente Coca-Cola o PepsiCo.
  • Licenciado en Económicas, ADE, Biotecnología, Filología Árabe, Orfebrería o similar.
  • Doctorado en Medicina y experiencia en trasplantes.
  • Máster o posgrado en Física Cuántica (se valorarán las publicaciones sobre teoría de supercuerdas).
  • Conocimientos avanzados de informática (debe haber inventado internet).
  • Nivel nativo de inglés, alemán, francés, ruso, chino mandarín, lenguas de Papua-Nueva Guinea, klingon y que nos tenga subtituladas las series cada mañana.
  • Imprescindible pelazo. Rollo que haga así con la cabeza o se pase los dedos como mirando al infinito y todos nos pongamos en plan guau, parece UN ANUNCIO DE CHAMPÚ.

Requisitos deseados:

  • Nivel avanzado de malabares (tres o más mandarinas).
  • Que cante pop de los 80 y los 90 con voz aterciopelada. En inglés y en italiano.
  • Conocimientos intermedios de ingeniería mecánica aeroespacial (la impresora se atasca de vez en cuando).
  • Acostumbrado a trabajar bajo presión (se valorará experiencia como buzo).
  • Buenas dotes comunicativas (a veces Marcos sólo gritaba y lloraba, y nunca supimos qué nos quería decir).
  • Flexibilidad y versatilidad (sí, hablamos de sexo). Acostumbrado a trabajar en equipo (ídem). Orientado a resultados (los resultados están en Cuenca).

Ubicación: A hora y cuarto de tu casa en tren y autobús. Aunque con Renfe ya se sabe.

22 ventajas de ser el último superviviente del planeta


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¿Quién no ha provocado alguna vez una guerra mundial o ha liberado un virus para el que no hay cura y en consecuencia ha exterminado a toda la población del planeta? Qué vergüenza, ¿no? Se te queda cara de tonto y no sabes ni cómo empezar a disculparte. Más que nada porque están todos muertos o son mutantes que quieren comerse tu cerebro y no están para oírte hablar sobre tu “despiste tonto”.

Es cierto que la situación se presenta complicada: estás solo en el mundo, tienes que refugiarte en un bunker rodeado de minas para que no te ataquen los mutantes, no hay electricidad ni agua corriente y, lo que es peor, no te dio tiempo a ver el final de True Detective.

De todas formas, esta situación tiene más ventajas que inconvenientes. Sólo has de ser optimista y disfrutar el momento. Por ejemplo, es cierto que no pudiste ver el último episodio de True Detective. Pero al menos tampoco tuviste que leer las seis mil millones trescientas doce mil cuatrocientas sesudas críticas al respecto.

¡Y aún hay más puntos a favor!

  1. “Toda la humanidad ha muerto” es la mejor excusa del mundo para beber solo. ¿Qué vas a hacer? ¿Esperar al viernes para beber con tus amigos? ¿Amigos a los que HAS ASESINADO? (Excepto Álex, que ahora sólo tiene un brazo y come palomas mientras lanza gemidos muy guturales).
  2. Nadie llama por teléfono para “charlar un rato, que hace mucho que no sé nada de ti, ¿qué tal todo? Cuéntame”.
  3. Ya no hay más grupos de Whatsapp. No te enviarán vídeos de los Morancos ni chistes que ya habías leído en Twitter.
  4. Twitter es mucho mejor desde que sólo escribes tú.
  5. También es verdad que como no hay internet, Twitter es el nombre que le has puesto a la piedra con la que hablas cada noche.
  6. No tienes que volver a madrugar nunca más en la vida. Ni siquiera necesitas despertador. Como mucho, campanas y otras alarmas caseras que te avisen cuando los vampiros postapocalípticos se acerquen a tu cabaña del bosque.
  7. El chocolate también caduca. Lo cual significa que DEBES comer todo el chocolate que puedas antes de que se eche a perder.
  8. La barba sigue estando de moda en el mundo post hecatombe nuclear.
  9. ¡Y ya no necesitas llevar corbata! Bueno, a ver, de vez en cuando sí, claro; cuando llegan zombis nuevos, por ejemplo, para que no te tomen por el pito del sereno.
  10. Encuentras asientos libres en el metro SIEMPRE.
  11. Pero no lo coges a menudo porque 1) ahora no se mueve y 2) las ratas gigantes están muy organizadas. ¡Ya tienen sus propios Mercadonas! ¡Era de esperar!
  12. Hay más sitio para aparcar que nunca.
  13. ¿Sabes eso tan incómodo de estar esperando el ascensor y ver que un vecino está abriendo el portal y el ascensor está bajando y el vecino justo abre la puerta al mismo tiempo que llega el ascensor y ya no tienes más remedio que esperar al vecino y subir los dos juntos? Bien, pues eso ya no te va a volver a pasar porque tu vecino querrá comerse tu cerebro y aunque sea de mala educación, es mejor que no le esperes y te metas en el ascensor lo más rápido que puedas.
  14. Ojo, que igual no hay luz y el ascensor no va. Cuidado con eso.
  15. Nadie fuma cerca de ti. Te querrán comer los ojos y tal, pero al menos no te atufarán la ropa, que eso siempre se agradece.
  16. Puedes escuchar la radio, como se hacía en los años 50. No sólo ganas puntos de clase por tu estilo vintage de supervivencia, sino que además podrías escuchar información sobre refugios de supervivientes.
  17. Para no acercarte ni por error. ¡Te obligarían a compartir tu chocolate! ¡Como en la Rusia de Stalin!
  18. No tendrás que ir jamás a ninguna otra boda.
  19. Y tampoco tendrás que escuchar la opinión de nadie sobre la penúltima subnormalidad del gobierno.
  20. La última fue hacerte caso en lo de declararle la guerra a Corea del Norte.
  21. O lo de dejarte pasar a ese laboratorio secreto en el que se te cayó “una cosa con un líquido dentro que echa humo… ¿Tenéis una fregona por aquí?.
  22. Tienes todo el tiempo del mundo para leer. A no ser, claro, QUE SE TE ROMPAN LAS GAFAS.

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¿Qué haría tu abuela en tu lugar?

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“No comas nada que tu abuela no hubiera identificado como comida”. Esta es una de las normas que Michael Pollan da en Food Rules: an Eater’s Manual. Y que se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida. Es decir, antes de tomar cualquier decisión pregúntate: “¿Qué haría mi abuela?” Es más, si puedes, llámala y pregunta, que no te cuesta nada.

Por ejemplo: a mi abuela nunca la hubieran enganchado con los bitcoins. Si alguien hubiera intentado explicarle en qué consiste esta moneda virtual, cómo funciona y por qué es una buena oportunidad de negocio, le hubiera soltado un zapatillazo que le hubiera saltado todos los dientes de la boca a él y a su descendencia durante las próximas diecisiete generaciones.

Ojo: no porque no lo hubiera entendido, sino precisamente porque lo hubiera entendido a la perfección. Es algo con lo que puedes ganar mucho dinero en dos días, pero al tercero te van a robar. Por tonto.

No es lo único: jamás hizo caso de ningún teleoperador que le ofreciera la mejor tarifa para “ahorrar” en teléfono, luz o gas, sabía perfectamente que la familia real era una pandilla de chorizos, jamás hubiera ido a una cata de gintonics y nunca me hubiera dejado llevar una camisa que se pudiera confundir con una cortina.

Es cierto que las abuelas son humanas y a veces se equivocan. Por ejemplo y por una cuestión meramente generacional, no habría visto nada raro en que algunos treintañeros se dejaran bigote, acostumbrada como estaba a ver bigotes por la calle y en Cine de Barrio. Pero el moño masculino no se le hubiera escapado. Si hubiera visto a un tipo con moño por la calle, le hubiera soltado tal mirada que el pobre infeliz habría corrido a casa a QUEMARSE LA CABEZA.

Quizás alguno diga que las abuelas son señoras mayores y por tanto, conservadoras, lo cual puede ser en parte un freno para el progreso. No sé yo. Por un lado, tampoco pasa nada si el progreso llega un par de meses más tarde, que no hay ninguna prisa. Y por otro, la primera persona de mi entorno a quien vi hablando con un móvil fue a mi abuelo. Y mi abuela no le dijo nada al respecto. Supongo que le dejaría tranquilo con sus cosas: al fin y al cabo, todo el mundo tiene derecho a distraerse y el pobre hombre no hacía daño a nadie. Pero también vería bastante claro que a veces no hay nada que hacer y que es necesario escoger bien las batallas para no cansarse inútilmente.

Siguiendo su ejemplo, yo me he rendido con los smartwatch. Dentro de unos años todos tendremos uno, igual que Michael Knight, y pareceremos aún más tontitos.

No sé con quién estaría hablando mi abuelo, por cierto. Probablemente con un teleoperador que le hacía ofertas para “ahorrar” en su factura. Me lo imagino porque yo me parezco bastante a él, excepto en la calvicie. Pero ese ya es otro tema. El caso es que tanto él como yo lo hemos tenido siempre muy claro: hay que hacer caso a la abuela.

Por cierto, la pregunta es “qué haría”, no “qué hizo”. Así que no os tiñáis el pelo de azul ni llevéis las gafas con cadenita.

Y de propina, unos chistecicos sobre bitcoins:

  • Olvidé sacar los bitcoins de los pantalones antes de meterlos en la lavadora.
  • ¿Me da cambio de este mail que me confirma que tengo seis mil millones de bitcoins para la máquina de tabaco?
  • No me fío de los bancos: guardo todos mis bitcoins debajo del colchón de los Sims.
  • Si pagas con cacahuetes, tendrás monos. Si pagas con bitcoins, tendrás informáticos gordos comentando cosas muy enfadados en internet.

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Hay que decir las verdades a la cara

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A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.

Acerca de la motivación

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Un conocido experimento empresarial nos muestra lo curioso de los mecanismos de la motivación en el trabajo, además de romper el mito de que los incentivos económicos son los que mejor funcionan.

En una misma compañía, a un grupo de trabajadores se le dio coche de empresa y se le subió el sueldo un quince por ciento. A otro grupo del mismo nivel y con las mismas responsabilidades sólo se le compró una cafetera para compartir en la oficina y se le dio dinero para café, azúcar y galletitas danesas.

Adivinad qué grupo mejoró más su rendimiento.

El del café, obviamente.

Al principio se arguyó tomar café es una actividad que se lleva a cabo en grupo y esto mejoró el ambiente laboral. Además, se trataba de un incentivo simbólico, lo que va en línea con lo que sabemos acerca de la complejidad de las motivaciones personales y de las dinámicas de trabajo en las oficinas. Es decir, motivar no consiste en tratar a los empleados como máquinas expendedoras que funcionan con monedas, sino como personas con diferentes objetivos y preferencias.

Eso fue hasta que se comprobó que los tipos de los coches llegaban cada día tarde a la oficina por culpa de los atascos. Y que dos de ellos habían muerto en terribles accidentes. Bueno, en realidad uno no murió. Quedó en estado vegetativo. Lo desconectaron, pero aún aguanta gracias a la pila del marcapasos. Esas pilas duran diez o doce años tranquilamente. Además y con el incremento de sueldo, otro se fue de vacaciones a un páis exótico, donde fue asesinado, mientras que al menos cuatro acabaron adictos al alcohol, a las drogas y/o al juego, ya que tenían más dinero para dedicarlo a esas actividades que les servían para soportar la agonía absurda de la jornada laboral.

Lo peor vino cuando el grupo de la cafetera se enteró de que a sus compañeros les habían regalado esos Audis negros y, resentidos, quemaron la oficina y asesinaron a los dueños, a los altos directivos, a los psicólogos que habían diseñado el experimento, al jefe de personal que lo había permitido, a un tipo que había escrito un libro sobre cómo motivar a los empleados y a sus primogénitos.

“¡Café -gritaban-, los hijos de puta nos daban CÁPSULAS DE CAFÉ DE TREINTA CÉNTIMOS!” Cuando les recordaban lo contentos que estaban, los empleados aseguraban con los ojos enrojecidos por la ira que hubieran estado aún más contentos con un Audi negro. Incluso con un Audi gris.

Los trabajadores fueron juzgados y absueltos de todos los cargos. El juez aseguró en su sentencia que “él hubiera hecho lo mismo” y que estaba “hasta las narices de esas galletas danesas, que te las ponen en todas partes y no tienen ni chocolate, ni pasas, ni nada que sepa a algo que no sea mantequilla”.

(Fuente de la imagen).

29 consejos para jóvenes periodistas

periodistas

Hace unos días Delia Rodríguez escribió unos consejos dirigidos a una joven Delia estudiante de periodismo, a los que Pablo Rodríguez Suanzes (no son familia) respondió con otro puñado de recomendaciones.

Además de ser amigos míos, saben mucho más que yo sobre casi todo, pero eh, mira qué pelazo, así que yo también he querido escribirle a un joven Jaime Rubio, estudiante de periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona, y darle algunos consejos que ojalá alguien me hubiera dado en su momento.

1. Quítate esa perilla. Por favor. Nos estás haciendo daño a los dos.

2. Estudia cualquier cosa menos periodismo. Ah no, que a ti te llegó la nota de corte. Entonces estudia periodismo, no te amargues. ¿Qué otras opciones hay? ¿Económicas, que es como astrología, pero con matemáticas? ¿Ciencias políticas, que es un chiste que a alguien se le fue de las manos?

3. El periodismo consiste en escribir sobre cosas acerca de las que no tienes ni idea. No hace falta que aprendas nada, simplemente pregunta.

4. Es mejor preguntar por mail porque así puedes cortar y pegar, y no tienes que perder el tiempo transcribiendo grabaciones o intentando entender tu propia letra.

5. Claro que puedes cambiar el orden de las palabras que te envíen. Incluso las mismas palabras. Lo haces “por estilo”.

6. Si preguntas a una sola fuente, puedes escribir algo así como “la mayoría de los expertos consultados opina que…”

7. Deberías haber nacido en una familia con dinero: si quieres ser periodista, necesitarás que alguien te pague el alquiler mientras trabajas los próximos diecisiete años como freelance.

8. Y es que por culpa del toque romántico de la profesión, muchos medios pagan usando cosas como “visibilidad” y “currículum”. Es curioso, porque si vas con visibilidad al kiosco, no te dejan ni oler los periódicos.

9. Dicho lo cual, los números premiados en la primitiva del jueves 22 de septiembre de 2004 son 4, 8, 15, 16, 23, 42.

10. No copies las notas de prensa tal cual. Esa no es forma de trabajar. Borra los adjetivos. Ahora sí, perfecto. Estás EDITANDO.

11. Los periodistas del corazón también son periodistas, igual que ese desgraciado que te inundó el piso y ahogó a tu periquito era un fontanero. Un fontanero regular, de los no muy buenos, pero fontanero, al fin y al cabo.

12. Todo el mundo tiene una opinión sobre cómo debería ser el periodismo. Yo suelo contraatacar dando mi opinión sobre el alto porcentaje de ingenieros (por ejemplo) que llegan vírgenes a los 30 años.

13. Decir que eres periodista sirve para ligar. Por desgracia, tú, Jaime Rubio, no sirves para ligar, como demuestra esa perilla.

14. Es importante que los demás medios estén haciendo lo mismo que tú. Incluso titulando con las mismas palabras, si es posible. Si por algún motivo has titulado diferente o has tratado el tema desde otro punto de vista, es que algo has hecho mal. Todos los medios de comunicación del país no pueden estar equivocados.

15. Escoge: puedes escribir sobre política y recibir presiones políticas, o escribir sobre cualquier otra cosa y recibir presiones de los anunciantes. También puedes escribir sobre economía, que te presione todo el mundo y que no te lea nadie.

16. Podría ser peor. Podrías trabajar en el departamento de comunicación de una empresa.

17. Incluso peor: en el departamento de comunicación de un partido político.

18. Te equivocarás a menudo, se darán cuenta dos, y le dirás a tu jefe que “ya se sabe cómo son los pirados de internet. Gente obesa y con mucho tiempo libre, que no tiene otra cosa que hacer que ir trolleando al personal. Deberíamos moderar los comentarios”.

19. Es perfectamente posible ir a una rueda de prensa de La Caixa, que te regalen una televisión y mantener la independencia.

20. ¡No tengo tiempo para oponerme al poder, estoy trabajando!

21. Si realmente quisieran que hablaras sobre lo que ocurre en el mundo, no te encerrarían en un zulo sin ventanas, que es lo que son la mayoría de redacciones.

22. Dona cinco euros de vez en cuando a la Wikipedia, anda, que poco es para las fusiladas que le metes.

23. En internet, lo que importa son las páginas vistas así que puedes usar ese titular con las palabras “tetas”, “sangre”, “Mariano Rajoy”, “cadáveres” y “Satán”. Ya habrá tiempo de contradecirte a ti mismo en la entradilla.

24. Las redes sociales son tu escaparate. Úsalas.

25. Bien, ahora que ya podemos usar Twitter en el trabajo, necesitamos una excusa para Candy Crush. ¿Nos estamos documentando para un tema de… caramelos… que explotan…? ¿Caramelos terroristas? ¿Un ataque de caramelos? ¿Estamos atrapados en gelatina y necesitamos que un caramelo explote para liberarnos? Ya casi lo tengo.

26. Aprende mucho sobre un tema, especialízate en él y entra en el circuito de las conferencias. Te bastará con prepararte una sola charla y un power point con algún vídeo gracioso para no tener que volver a trabajar en tu vida.

27. Abre un blog y escribe los mismos textos aburridos que te encuentras en las columnas de opinión de cualquier periódico.

28. No, espera, nada de blogs: abre una web sobre chorradas ilustradas con gifs animados. Llámala Buzzfeed.

29. En serio, hazme caso. El futuro del periodismo es una página con fotos de gatitos.