Instrucciones de uso

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1. Utilice el producto.

2. Mire alrededor con desconfianza.

3. Frunza el ceño.

4. Diga: “Creo que esto no funciona”.

5. Vuelva a utilizarlo.

6. Una vez más, con rabia.

7. Diga muy enfadado: “Creo que nos han timado”.

8. Vuelva a probar.

9. Espere dos horas, a ver si se arregla solo, refunfuñando: “Hemos sido víctimas de una estafa”.

10. Busque en Google si le ha pasado a alguien más.

11. Sugiera que “las empresas pagan por ocultar ciertos resultados en las búsquedas, eso lo sabe todo el mundo”.

12. Utilícelo una vez más.

13. Pregunte: “¿Tú cómo lo ves? Yo lo veo igual. ¿Tú lo ves igual?”.

14. Con independencia de la respuesta que reciba, diga: “Pues yo lo veo igual”.

15. Baje a la tienda con intención de cambiarlo.

16. Explíquele al tendero que no funciona.

17. Conteste con un: “¡Pues claro que lo he abierto! ¡Tenía que probarlo!”.

18. Añada: “¡Pues claro que está medio vacío! ¡Tenía que probarlo!”.

19. Siga con: “¡Pues claro que está abollado! ¡Como no funcionaba, me he enfadado mucho y lo he tirado contra la pared!”.

20. Vuelva a casa con el producto bajo el brazo.

21. Diga: “Te dije que no funcionaría”.

22. Añada: “Ya sé que fue idea mía, pero yo te dije que no funcionaría”.

23. Llame al servicio de atención al cliente.

24. Espere diez minutos, mientras suena una de Mozart.

25. Ponga el altavoz y pregunte: “Esto es de Mozart, ¿no?”.

26. Añada: “Bueno, perdona, yo cómo iba a saber que estabas durmiendo”.

27. Piense si merece la pena colgar y probar más tarde o mejor seguir esperando porque, total, ya lleva diez minutos y tarde o temprano se lo tendrán que coger.

28. Espere tres minutos más.

29. Póngase de pie.

30. Orine con el teléfono en la oreja.

31. Dude si tirar o no de la cadena porque justo le acaban de contestar y a lo mejor se oye y quedaría raro.

32. Explíquele el problema al teleoperador.

33. Explíquele otra vez el problema al teleoperador.

34. Amenace al teleoperador.

35. Exija que le pasen con el encargado.

36. Explíquele el problema al encargado.

37. Se corta.

38. Vuelva al punto 25.

39. Amenace al encargado.

40. Exija que le pasen con el presidente.

41. Diga: “Se ha vuelto a cortar, me van a oír”.

42. Tuitee su problema muy enfadado, nombrando la cuenta de la empresa.

43. Escriba una carta al director de La Vanguardia, denunciando la estafa.

44. Llame a Consumo.

45. Explíquele el problema a Consumo.

46. Rellene un formulario en la web para que le llegue a Consumo.

47. Llame a La Vanguardia para preguntar por qué no han publicado su carta.

48. ¿Se ha cortado?

49. Llame a su amigo abogado.

50. ¿Se ha cortado?

51. Abra un blog sobre su lucha y titúlelo: “Mi lucha”.

52. Haga caso a sus amigos y cámbiele el nombre al blog.

53. Entienda el porqué de esos comentarios con frases en alemán.

54. Discúlpese con tus veintitrés seguidores en Twitter por haber escogido un nombre poco adecuado para su blog.

55. Diecisiete seguidores.

56. Nueve.

57. Vaya a un bufete de abogados porque cada vez que llama a su amigo se corta. Debería comprarse otro móvil.

58. Firme los papeles de la demanda.

59. Tuitee que ha vuelto a DEMANDAR a la empresa.

60. Espere pacientemente el juicio, actualizando su blog a diario (rebautizado como “Mis fatigas”).

61. Contrate a un experto en SEO para que su blog salga en la primera página de búsquedas cuando alguien busque el nombre de la empresa.

62. Declare en el juicio, poniéndose de pie varias veces y señalando a los acusados, a pesar de las advertencias del juez, que insiste en que “haga el favor de comportarse”.

63. Pague la multa por desacato.

64. Jure con un puño alzado y frente a los juzgados que recurrirá la sentencia que ha absuelto a la empresa.

65. Llegue a casa y descubra que su esposa ha cambiado la cerradura.

66. Note con cierta preocupación que no le han ingresado la nómina.

67. Vaya a la oficina a pedir explicaciones.

68. Compruebe que le han despedido porque lleva ocho meses sin pasar por ahí.

69. Explíquele la situación al director general.

70. Descubra que su empresa es la que fabrica el producto que, en su opinión, no funciona.

71. Momento de carcajadas entre el director y usted al darse cuenta del divertido equívoco.

72. Pregunte: “Entonces no estoy despedido, ¿verdad?”.

73. Constate con horror que el director general contesta: “Sí, claro que lo estás. Cómo no vas a estarlo”.

74. Salga de la oficina entre lágrimas y arrastrado por tres agentes de seguridad.

75. Vuelva a casa de sus padres.

76. Aproveche su crisis existencial para apuntarse a clases de pintura.

77. Pinte al óleo el producto que en tu opinión no funciona.

78. Una y otra vez.

79. Deje que un galerista que da clases en la academia se fije en su obra.

80. Inaugure una exposición con sus pinturas del producto.

81. Venda sus cuadros por decenas de miles de euros.

82. Utilice ese dinero para recurrir, finalmente, la sentencia.

83. Vuelva a perder el juicio.

84. Llegue a casa y descubra que sus padres han cambiado la cerradura.

85. Siéntese en las escaleras y llore con las cabeza entre las manos.

86. Dése cuenta de que se ha equivocado de piso.

87. Baje las escaleras.

88. Abra la puerta.

89. Pregunte qué hay de cena.

90. Fríase un huevo, refunfuñando.

Horas extra

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(Flickr Commons)

No sé cuándo podré salir, ya te he dicho mil veces que no sé cuándo podré salir. Estoy terminando unas cosas. Pues cuando acabe, no lo sé, siempre hay cosas por terminar, siempre hay trabajo pendiente. Ahora estoy acabando un informe que tendría que haber entregado la semana pasada y después debería preparar una reunión a la que yo no iré, pero que tengo que preparar igualmente, y cuando termine con eso, tengo que llamar a la oficina de Turín porque les pedí que me enviaran sus gastos, pero no me los han enviado, y mientras me los envían aprovecharé para preparar las nóminas, a no ser que me los envíen en seguida, porque entonces los gastos tienen prioridad. Y no, no puedo hacerlo mañana, es decir, lo haré mañana si sigo trabajando aquí a medianoche, cosa que parece probable porque Eva se va a quedar otra noche más y no puedo irme a casa antes que ella. No, claro que no puedo. Tengo que salir unos minutos más tarde. Como mucho, puedo irme mientras ella esté recogiendo. Pero no antes. Quedaría fatal y no es el momento de quedar mal.

Sí, seguro que no van a traer a nadie de fuera para reemplazar al antiguo director financiero. ¿Cuánto hace que se jubiló? Siete años ya. Pero es que la decisión no es fácil: tanto Eva como yo conocemos bien la empresa y los procedimientos, y tenemos experiencia suficiente como para hacernos cargo del departamento. Por eso hasta que se tome la decisión tengo que esforzarme, rendir al máximo, hacer todo lo posible para que el jefe se fije en mí y diga: “Esta es la persona que quiero para el puesto”. Luego ya podré relajarme un poco. Y si eso supone hacer algunas horas extra, pues tendré que hacerlas. Es algo temporal. Piensa luego en el aumento de sueldo. Lo he calculado. Son 117 euros al mes netos. En catorce pagas, 1.638 euros al año. Si me jubilo dentro de 29 años, habremos ahorrado 47.502 euros sólo de este aumento y sin contar los intereses. Casi 50.000 euros. No me extrañaría llegar a la jubilación con 100.000 euros ahorrados, entre una cosa y otra, y si invertimos ese dinero, podemos pasar los años de retiro ahorrando aún más, a pesar de que cobraremos menos, porque ya habremos pagado la hipoteca y tendremos menos gastos de transporte e incluso de ropa, entre otras cosas. Lo tengo todo calculado. Pero para eso, ahora toca trabajar un poco. Por lo menos hasta que Eva se vaya a casa, ya te digo. En cuanto se levante, yo me pongo la chaqueta y me voy.

Ya sé que soy la persona indicada para el puesto y que reúno méritos suficientes con independencia de si hago una hora más o no un día u otro, pero no está tan claro: tengo dos meses más de experiencia que ella; mi máster es en Esade, igual que el del jefe, mientras que el suyo es del Iede; ella es mujer y vivimos en una sociedad machista, y en la ultima revisión trimestral, mi nota fue tres puntos sobre cien superior a la suya. A su favor, ella tiene: dos meses más de experiencia en otra empresa del sector; su máster es en contabilidad financiera, más adecuado para el puesto que el mío es de finanzas contables; ella es mujer y en la empresa hay pocas mujeres en puestos de responsabilidad, y en la última revisión, ella sacó tres puntos menos en total, pero porque justo había comenzado con un nuevo proyecto y sólo estaba arrancando. Se trata de un proyecto importante: unificar los formatos de facturas de todas las filiales europeas. Me hubiera encantado que me lo confiaran a mí, pero es cierto que ahora mismo no puedo asumir una nueva tarea, al menos no mientras sea el responsable de contabilizar y reintegrar los gastos.

Sí, ya lo sé que no pasa nada por un día… Ya… Pero hoy no puede ser. Lleva sin moverse de su silla, qué se yo, parecen años, y ya no me puedo echar atrás. En algún momento tendrá que levantarse e irse, sobre todo ahora que se le ha caído uno de los ojos y hay gusanos, creo que son gusanos, corriendo por su cara. Hoy desde luego no puedo irme. Y menos después de lo de anteayer. Fui a coger algo de comer a la máquina de vending y me encontré con el jefe por el pasilla. “Hombre, Alfredo, ¿qué tal?”. Le dije que me llamo Pedro. No me gusta corregir a los jefes, pero tampoco quiero que asciendan a Alfredo creyendo que soy yo. Sería muy injusto y muy difícil de explicar. “Eso, Pablo -y antes de que decidiera si debía corregirle una segunda vez, en plan de perdidos al río, o no, añadió-: ¿Y esa barba? Pero si te tapa el cuello de la camisa”. Sí, bueno, le dije, estoy intentando ponerme al día con el trabajo… Es decir, estoy al día, pero avanzando cosas… Y cerrando temas… No es que tenga trabajo atrasado… Es decir… Titubeé y carraspeé, nervioso porque es cierto que la barba y el pelo están largos, desaliñados y grasos, pero al menos me tapan, precisamente, el cuello de la camisa, que está ya amarillo de la grasa y el sudor acumulados. Los de Turín me tienen que enviar las justificaciones de sus gastos… Siempre los envían tarde… Me crucé de brazos para tapar una mancha de café de la manga izquierda. “Muy bien -me dijo-, así me gusta, Alfredo”. Y se fue, mordisqueando una chocolatina. Intenté volver a corregirle, porque conozco a Alfredo y es capaz de quedarse con el puesto, pero apenas me salió un hilillo de voz que ni oyó. Resignado, compré agua y café, y volví a mi sitio. No, no… No, por favor, no necesito que me traigas nada. La camisa… La camisa está bien… Sólo exagero. Y puedo pagar con la tarjeta. Sí, de verdad. Es una tarjeta monedero de la empresa. En serio. No cuchillas, tampoco. Ya me afeitaré cuando llegue a casa. Tenía otra camisa y otra corbata aquí guardadas, por si acaso. Y las voy combinando. Algunas noches, cuando estoy seguro de que no hay nadie aparte de Eva y yo, y cuando me parece que Eva no me mira, voy al baño y las limpio. De algo sirve, aunque el problema es secarla. La dejo colgada allí mismo y la recojo y me la pongo algo más tarde: sigue húmeda, pero se arruga menos. Y con la ropa interior, lo mismo, sólo que no tengo mudas y vuelvo con los pies en los zapatos sin calcetines y sin calzoncillos debajo de los pantalones, cuidándome mucho de que Eva no note nada.

Sí, sí… Vale, sí… No sé, pues dile a mi madre que pronto. Yo no… ¿Para qué quiere que vaya a verla? Yo no soy médico. Ahí está bien atendida. No… Mira, tengo que colgar… Eva me está mirando. Creo. No sé. Ya no lo sé. Sí… Sí… No. Dile a mi madre que no le puedo prometer eso. Y me parece un golpe bajo. Esto es importante para mí. La vida sigue y si mi madre se muere, que no se va a morir porque es una exagerada, a ella le dará igual lo que nos pase al resto, pero yo (nosotros, te lo recuerdo) me (nos) voy a quedar sin esos 117 euros netos al mes más. Ojo, netos, que si bajan los impuestos, no sé, pues mira, igual son 121. No, esto no lo he calculado, que sería como el cuento de la lechera, vete a saber si los bajan o los suben, cuándo y cuánto. Dile a mi madre que la llamaré y ya está. No, hoy ya no. Mañana, quizás. Pues si quiere verme, le envío una foto. Joder. No puedo estar en dos sitios a la vez. Oye, tengo que colgar. Llevo mucho rato en el pasillo y debería volver a mi sitio.

Sí, claro que he hablado con la jefa de recursos humanos. Fui a verla al despacho hace unos meses. “Vaya melenas”, me dijo. “Con esa barba pareces un profeta”. Y le dije, Marta, la llamo por el nombre de pila porque nos conocemos desde hace muchos años, Marta, le dije, ¿sabes cuándo van a nombrar a un nuevo director financiero? Estamos trabajando muy duro. Dije “estamos” porque soy buen compañero, a pesar de que Eva prefirió quedarse en el despacho. Le dije, ¿vamos a hablar con Marta? No podemos seguir así, necesito darme un ducha. Pero se quedó callada frente al monitor, sin ni siquiera mirarme. Esto es un problema, le dije a Eva, porque cuando nos nombren a uno de los dos director financiero, tendremos que trabajar juntos. Y ni siquiera me miró, dándome a entender que si ella consigue el puesto, me despedirá. Y sabes que no nos podemos permitir que uno de los dos se quede sin trabajo. Porque entonces yo (en este caso) tendría que buscar un empleo, al no tener uno. Porque hay que trabajar. Total, que Marta me dijo lo de siempre: que el proceso es lento. Y me confirmó una vez más que no se estaba buscando a alguien de fuera para el puesto. Que estaba entre Eva y yo. Y que le recordaba el asunto al jefe siempre que podía, pero ya sabes cómo es esto: siempre de reuniones y de viajes.

No sé si es por el trabajo, no sé si es personal. Ya no me habla y yo ya desistí. Ni siquiera le ofrezco nada de la máquina cuando me levanto a comer. Creo que incluso debe comer mientras yo me quedo dormido, porque aunque no quiero, me quedo dormido, qué le voy a hacer, soy humano. Aunque ella no lo parece. Es que creo que incluso duerme con los ojos abiertos. Al menos el que conserva. Y no la he visto comer en, no sé, ¿años? Lo tiene que hacer en algún momento, claro, esto forma parte de nuestro duelo psicológico, de este juego de la gallina, de a ver quién se retira antes, pero es cierto: no la he visto ni con una mísera manzana. Cada día está más delgada. Y sucia. Yo intento mantener algo de dignidad, incluso me lavo los pies a veces, pero ella huele fatal. Eso no sé si es bueno para mí. Si alguna vez entrara el jefe en el departamento, vería que el limpio soy yo, pero no me extrañaría que yo también me viera perjudicado. Al fin y al cabo, ya debería imponer mi autoridad, suponiendo que tuviera madera de jefe. Sí, no me conviene que siga así. Pero las cosas han llegado a un punto en que ni siquiera puedo hablar con ella.

Es que no se mueve, no abre la boca. Es todo muy tenso: ni contesta al teléfono. Creo que espera que lo coja yo, el suyo y el mío, y que asuma las labores de subalterno. Otro juego psicológico en el que no pienso caer. Nada, ni se inmuta cuando suena, en serio. Sólo está ahí, sentada frente al monitor. Está tan concentrada que parece que ni respire. Creo… Igual me faltan horas de sueño, no sé, porque es de locos, pero creo… Me parece que no la oigo hablar desde hace tres años. Cuatro. No sé. Sé que cuando se jubiló el director financiero seguimos manteniendo un trato normal, de compañeros, pero poco a poco se fue viciando. Cada vez asumíamos más responsabilidades y nos quedábamos más horas, intentando que el jefe se fijara en nosotros, aunque por aquí nunca aparece y apenas me lo cruzo por los pasillos muy de vez en cuando. La última vez que recuerdo que me dijo algo fue una de esas noches que parecía que nos íbamos a quedar otra vez hasta las nueve o al menos hasta que el primero de los dos se rindiera. Sí, lo que te decía, hace tres años o así. Cuatro, quizás. La oí soltar unos gemidos, como si le costara mucho respirar, y cuando alcé la mirada, tenía los ojos muy abiertos, una mano en el pecho y la otra extendida hacia mí. ¿Qué ocurre?, le pregunté. ¿Necesitas la grapadora? Me levanté para dársela, pero la dejó caer. Mientras me agachaba para recogerla, porque soy un caballero, oí que decía algo así como: “Llama, llama”. ¿Llama a quién?, le pregunté cuando dejé la grapadora encima de la mesa. Pero ya no me contestó, ya no me dijo nada más. Sólo se quedó allí sentada supongo que enfadada porque no había llamado a no sé quién. No soy adivino, qué quieres que te diga. Volví a mi sitio y me dije, esta noche va a ser larga, aunque no me imaginaba que tanto.

Nota de cata

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Es un vino equilibrado, generoso en boca. Si lo huelen, notarán aromas ahumados, tostados, pero sin ocultar la fruta. Correcto, es fruta roja, madura, pero con un punto de acidez. Moras, arándanos… Es un aroma que me recuerda a mi infancia. Mi madre plantó arándanos en la casa donde veraneábamos cuando éramos niños. Recuerdo que los comía a escondidas, sin dejar que acabaran de madurar y cuando aún estaban demasiado ácidos. Pero este vino tiene un punto correcto de acidez. No es excesivo. Volví hace unos años a esa casa. Sabía que no había nadie viviendo en ella. Mis padres la vendieron cuando yo aún era un niño y fue pasando de dueños en dueños hasta que los últimos no pudieron pagar las cuotas de la hipoteca y se la quedó el banco. Por eso la escogí. Sabía que no habría nadie y además la conocía. Podía saltar el muro, que es más bien bajo, sin problemas, y guiarme en la oscuridad a través de lo que quedaba de ese jardín que aún conservaba el viejo almendro y un par de limoneros, bastante descuidados. Ya no había arándanos, claro, pero sí césped y hierbas sin cortar que perfumaban la noche con un aroma fresco que también se percibe en este vino, que tiene notas especiadas: tomillo, regaliz… Sí, también un poco de pimienta, tiene razón. Tuve que hacer tres viajes, claro: uno primero de reconocimiento, para asegurarme de que no había nadie. Un segundo con la pala y la linterna. Al agacharme para dejarlo todo en el suelo toqué la tierra, que estaba aún húmeda y blanda de la lluvia de la mañana. Me llegaron notas minerales que se pueden apreciar en este vino cultivado en una zona en la que hay mucha pizarra. Es un aroma que en el vino me disgusta desde aquella noche en la que hice un tercer viaje acarreando el cuerpo de mi socio, blanco y frío, con la cabeza rota a botellazos. No de este vino, claro, sino de la primera cosecha de nuestra bodega, que había resultado ser un completo desastre porque compré unas barricas baratas, sin consultarlo con él y para ahorrarme un dinero que necesitaba para pagar unas deudas. Estaban podridas. Le enterré con los restos de la botella, que conservaba aún unas gotas de vino, un vino echado a perder, desestructurado y rancio, pero que a la luz de la luna y mezclado con sangre mostraba un color oscuro, apagado en los bordes, casi bermejo. Como este, en el que se nota el año que ha pasado en barrica. Inclinen la copa y fíjense en el color del borde sobre el blanco del mantel. Al volver, di un buen rodeo con el coche. Más de cincuenta kilómetros. No para pensar, como si estuviera en una película barata, sino para deshacerme de la pala y de la ropa manchada de sangre. Cuando llegué a casa y a pesar de que eran casi las cinco de la mañana, me abrí una copa de un vino de la misma denominación de origen que el que estamos probando, pero en el que la garnacha se matizaba con algo de syrah, cosa que echo en falta en esta botella. De todas formas, este es un vino agradable y con una muy buena relación calidad precio, a pesar de que tiene el inconveniente de que me ha recordado a un momento de mi vida bastante desagradable, aunque fue peor para mi exsocio: primero rompí sus sueños y luego le rompí el cráneo. Es posible que tenga un contenido de alcohol algo elevado, a pesar de que queda bien equilibrado con la fruta y la madera. Esto, unido a la amplia variedad de aromas, ha ayudado a que soltara esta confesión que en realidad llevo años queriendo hacer. También es verdad que este es el tercer vino que probamos. Ah, miren, ya viene la policía. ¿Ha llamado usted, verdad? Le he visto salir, sí. Se lo agradezco. Quería terminar la cata con esta otra botella, pero creo que me voy a tener que ir. De todas formas y como ustedes han pagado y aquí está Óscar, el dueño de este bar tan fantástico al que me temo que tardaré en volver, la abriremos y así podrán al menos probarla. Es un vino con mucho cuerpo y mucha madera. La fuerza de sus aromas tostados recuerda casi a un brandy y también a aquella noche en la que quemé mi restaurante para cobrar el seguro. Pero esa es otra historia.

Declaración amistosa de accidente

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A: Disculpe, pero me ha dado un golpe.

B: Ehm… Ya lo sé.

A: Fíjese, aquí. Se ve la marca clarísimamente.

B: No, si ya, pero no sé qué quiere de mí.

A: Lo normal sería que hiciéramos un parte y cada cual lo llevara a su compañía aseguradora.

B: Pero es que… A ver… Estamos en un parque de atracciones. En los autos de choque.

A: ¡Y usted me ha dado, caballero! ¡Casi se me caen las gafas!

B: Este juego consiste en darse. Es lo divertido.

A: ¿Pero cómo va a ser divertido ser víctima de un accidente de tráfico? ¡Podríamos haber muerto!

B: Mire a su alrededor: todo el mundo se está dando de tortas.

A: ¡Ya lo sé! ¡Es terrible! ¡Y el gobierno no hace nada!

B: La gente se ríe.

A: ¡Están todos locos! ¡O borrachos! ¡O las dos cosas!

B: Son niños.

A: ¡Eso es lo más que más me preocupa! Niños conduciendo! ¡Normal que haya tantos accidentes!

B: ¿Pero no ve que estamos en un espacio cerrado en el que hay que ir dando vueltas y golpear a otros coches al mismo tiempo que se intenta golpear a los demás?

A: En efecto, ¡la señalización es espantosa! Habría que pintar unos carriles y poner algún semáforo. En esa esquina pondría una rotonda.

B: Le digo que son coches de choque. Que esto es lo normal.

A: No por mucho tiempo. Pienso escribir una carta al director del periódico. Esto será una carretera como tiene que ser.

B: No es una carretera. No se puede ir a ningún sitio. Sólo se puede dar vueltas.

A: No es cierto. Podemos desplazarnos, por ejemplo, de esta esquina de aquí a esa esquina de allá.

B: Pero eso es aburridísimo.

A: ¿Y quién dice que conducir tiene que ser divertido? ¿A usted le parece divertido causar accidentes y provocar muertes?

B: Mire, lo que usted diga. Yo voy a seguir, si no le importa, que se acaba el tiempo.

A: No, no. Usted no se va de aquí hasta que arreglemos los papeles.

B: ¿Pero qué papeles? ¡No tengo papeles! ¡Esto es un coche de choque! ¡No hay seguro!

A: Pues tendremos que llamar a la policía.

B: Mire, yo me larg… ¡Suélteme!

A: Ni hablar, que además su coche no tiene matrícula.

B: ¡Es que no tiene por qué!

A: Explíqueselo a la policía. ¿Hola? Sí, mire, estoy en el parque de atracciones y he sufrido un accidente con un coche sin seguro.

B: ¿Pero quiere soltarme, pirado?

A: Sí, espero.

B: ¡Que me va a romper la camisa!

A: ¡Agente, aquí!

C: ¿Usted ha llamado?

A: Sí, es que hemos sufrido un accidente y este hombre no tiene los papeles del seguro. Y el coche no está matriculado.

C: Vaya, vaya… Permiso de conducir.

B: No tengo permiso de conducir.

C: ¿Tampoco? ¿No habrá bebido, también?

B: ¡Oiga! ¡Que esto son unos coches de choque! ¡Que no hace falta permiso de conducir!

C: A ver, que se llaman COCHES de choque. Pues claro que hace falta permiso de conducir.

B: ¿Y estos niños? ¿Todos tienen permiso de conducir?

C: Mire, ahora estamos hablando de usted. Que los demás lo hagan no significa que sea correcto.

A: Eso es.

C: Por favor, caballero, no interrumpa, que ya hay suficiente tensión.

A: Perdón.

B: ¡No hay ninguna tensión!

C: Tranquilos todos. De momento, voy a llamar a la grúa para que se lleve este vehículo y usted se viene conmigo al cuartelillo.

A: ¿Y yo qué hago?

C: ¿El coche está bien para seguir?

A: Sí, sólo tiene esta mancha en la goma y tengo más fichas.

C: Pues deme sus datos y siga su camino.

A: Aquí tiene mi tarjeta.

C: Gracias.

B: Oiga…

C: Le recomiendo que guarde silencio y espere a que estemos en comisaría.

B: Son autos de choque… Lo normal es darse golpes.

C: Los accidentes son una lacra, sí.

B: ¿Se da cuenta de que el otro conductor está dando vueltas?

C: Está en su derecho.

B: Son coches de choque.

C: Le oí la primera vez.

Nadie quiere folletos. ¡Nadie!

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A: Disculpe, caballero, no he podido evitar ver cómo arrojaba a la papelera el folleto que le he dado.

B: ¿Eh? ¿Cómo? ¿El folleto?

A: Sí, le acabo de dar un díptico con un información acerca de una nueva clínica dental que ha abierto en el barrio.

B: Ah, sí, es verdad. Es que no necesito un dentista, gracias.

A: Lo entiendo. Sé perfectamente que de los centenares de folletos que reparto cada día apenas una pequeña parte van a dar a alguien que tenga interés en lo publicitado. Pero, en fin, es que lo ha tirado a la primera papelera que ha visto.

B: Ya, bueno, es que no me interesaba… Tengo que irme, perdone…

A: ¿Y no podría haber esperado?

B: ¿Esperado?

A: Sí, ¿no podría haber esperado a la siguiente papelera? Hay otra apenas dos calles más allá, en la misma dirección a la que se dirigía.

B: Pero…

A: Entienda que yo también tengo sentimientos. Piense que mi trabajo consiste en repartir estos papeles. ¿No entiende que si veo cómo los tira, sin ni siquiera mirarlos, me invade una sensación de futilidad, de vacío? ¿No ve que estas horas que paso cada día de pie, intentando sonreír, pierden todo el sentido?

B: Pero si usted mismo ha dicho que sabe que la mayoría de folletos no le sirven a nadie.

A: ¡Ese no es el tema! ¡El problema es la falta de consideración! ¡La ausencia de respeto por mi labor y por mi persona! ¡Es como si hubiera arrugado el folleto y me lo hubiera arrojado a los pies para después escupir!

B: Oiga, no, eso es así…

A: Es como si hubiera llamado a mi madre y le hubiera dicho que su hijo, yo, ES UN INÚTIL.

B: No, hombre, su trabajo es muy dign…

A: ¿No entiende mi frustración? ¿¡NO ENTIENDE QUE NECESITO SENTIR QUE MI LABOR AYUDA A QUE LA SOCIEDAD Y LA ECONOMÍA MEJOREN!?

B: A ver, no se sienta así; si no fuera por usted, nadie sabría nada de esa nueva peluquería.

A: ¡Clínica dental!

B: Eso. Quiero decir, que no es una labor inútil.

A: Cuatro años en la facultad de ciencias de comunicación, estudiando publicidad y relaciones públicas, perfeccionando el arte de la difusión de mensajes comerciales para verme tratado así por… Por… Por nadie. Porque usted no es nadie. Sólo es la sombra de un hombre que pasa fugazmente por mi lado sin ni siquiera mirarme a los ojos, sin corresponder a mi sonrisa, agarrando de mala gana el díptico como si no fuera más que un trámite para poder seguir su camino y para el que lo mismo daría que yo no fuera más que un mono adiestrado para repartir papeles.

B: No, por favor, no diga eso…

A: ¿Cuánto puede pesar este folleto? ¿Tres, cuatro, diez gramos? Y no podía acarrearlo dos manzanas más, hasta la siguiente papelera, no, qué va, tenía que despreciarme a mí, al señor que me ha contratado y a la dueña de la clínica dental Doctora Sánchez.

B: No hable así, si yo le respeto un montón.

A: ¡Usted qué va a respetar! ¡No tiene ni idea! ¡Intento ayudar! ¡Por eso escogí este trabajo! ¡Porque hay gente que necesita ofertas de pizza y de trasteros!

B: Buf, qué tarde, voy a perder el autob…

A: ¡Sí! ¡Estoy aquí por vocación! ¡A pesar de la gente como usted, que seguro que cree que lo hago por el dinero!

B: Por el dinero también, ¿no?

A: ¡No! ¿A mí qué más me dan los seis mil euros netos al mes, el seguro médico, el coche de empresa y las seis semanas de vacaciones?

B: Claro, cl… ¿Seis mil euros al mes? ¿Netos?

A: Pero yo no quiero el dinero. Yo quiero respeto. Yo quiero sentirme realizado. Yo quiero que se valore mi trabajo.

B: Pues tiene razón, me ha convencido. Respeto. Valor. ¿Le puedo dejar mi currículum?

A: ¿Está hablando en serio?

B: Es una labor social importante. Ha dicho netos, ¿verdad?

A: ¿Le he convencido? ¿Claro?

B: Claro.

A: ¿Y no será por las condiciones económicas?

B: Le seré sincero: todo ayuda.

A: Lo entiendo. Todos tenemos derecho a ganarnos la vida.

B: Cierto. No llevo mi currículum encima, pero si me da una dirección de correo electrónico, se la puedo enviar.

A: Sí, claro… O mejor, déme su tarjeta.

B: Mire, aquí tiene.

A: Gracias.

B: No, gracias a us… Oiga, ¿adónde va? ¿Qué hace? Pero… Oiga, pero no tire la tarjeta a la papelera.

A: Ahora sabe lo que se siente. AHORA ES CUANDO ME ENTIENDE.

B: …

A: Exacto. Yo he pasado justo por eso hace unos minutos. Como si hubieran arrojado todos mis sueños de la infancia a una hoguera, entre insultos y carcajadas de desprecio.

B: Entonces no me va a contratar.

A: Sí, está usted contratado. Esta era su primera lección.

B: Oh. Oh. Gracias. ¡No le defraudaré! ¡No le fallaré jamás!

A: Bueno, en realidad no está contratado. No soy el jefe. Déme otra tarjeta y se la llevo. Pero hablaré bien de usted.

B: Ah, pues se agradece. Aquí tiene.

A: Muy bien, pues ya le dirán algo, supongo. Siempre estamos buscando gente.

B: Otra cosa: deme un folleto.

A: No, por favor, no hace falta.

B: Sí, démelo. Lo voy a leer bien. Nunca se sabe, igual es una buena dentista.

A: Tenga, tenga.

B: Gracias.

A: Gracias a usted.

B: No, a usted.

A: No son seis mil euros.

B: ¿Qué?

A: No son seis mil euros. Ni hay coche de empresa. Este es un trabajo muy mal pagado. Y usted debería saberlo.

B: Pero…

A: ¿Para qué querría un coche de empresa? Trabajo de pie. En la calle.

B: …

A: Ya.

B: ¿Me devuelve mi tarjeta?

A: No.

(Fuente de la imagen).

Consejos para comenzar bien el día

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Son muchos los que me preguntan por mi rutina mañanera, al verse sorprendidos por la energía con la que me enfrento a la jornada laboral y por lo bien que aprovecho el tiempo gracias a un arranque positivo. “Jaime -me dicen-, ¿por qué no escribes todo eso en tu blog y dejas de hablarme un ratito, anda?” “Buena idea”, contesto justo antes de irme sin pagar mis tres cervezas.
 
Cada mañana me despierta la risa de los niños. Aún no sé qué niños son. Pero cada día entran a robarme y jamás consigo pillarles a tiempo. Aprovechan ese momento de sueño intenso por el que pasamos todos después de apretar el botón de snooze por cuarta vez. ¿Debería comprar una puerta? Es posible.
 
Es muy importante desayunar bien. Nada de bollería industrial: algo natural y sano, que aporte energía para comenzar el día con fuerzas renovadas. Yo cojo un huevo, lo empollo durante tres semanas, crío al pollito hasta que se hace una gallina y cuando finalmente pone su primer huevo, lo frío y me lo como con tostadas. Todo eso, cada mañana. La pereza no es una excusa válida. Eso sí, el pan y los phoskitos los compro ya hechos, que no me da tiempo a todo. 
 
Mientras desayuno y después de tirar la gallina por la ventana (vuelan, ¿no?), consulto el correo electrónico, a no ser que el vecino haya vuelto a cambiar la clave de la wifi. ¡Maldito seas, vecino! ¿Qué hay del hoy por ti y mañana por mí? ¿Acaso no te recojo el correo cuando no estás, lo abro y tiro lo que seguramente no te interesa? 
 
En caso de que no pueda dar con la contraseña (suele ser el nombre de alguno de sus siete gatos escrito en leet), voy a un Starbucks y espero a que alguien vaya al baño para usar su portátil.

 
Después hago algo de ejercicio. Tanto físico como mental. Salgo a correr con una revista de sudokus en la mano. La distancia que recorro es variable, ya que cuando me atropellan suelo parar.
 
Tras esta sesión y si no tengo que ir a urgencias, intento dejar el piso lo antes posible. Nunca más tarde de la una del mediodía. Para que no lleguen los de la inmobiliaria a enseñárselo a algún matrimonio. Vivo en una maqueta.

 
Por supuesto, soy el primero en llegar a la oficina. Es por mi mentalidad de emprendedor. Mi empresa cerró hace tres años por culpa de un juez empeñado en que tenía que pagar un montón de cosas: sueldos, impuestos, multas de tráfico… El intervencionismo impedirá que salgamos de la crisis. ¿Cómo vamos a crecer si la gente sigue empeñada en cobrar?
 
En todo caso, sigo confiando en mi proyecto. Me veo a mí mismo como el policía que resuelve el caso una vez le han quitado la placa y la pistola. ¿El mercado está finalmente preparado para un motor de coche ecológico y eficiente, que no contamina ya que funciona poniendo a pedalear a algún pobre? Yo digo sí.
 
Algo que me gusta hacer antes de empezar la jornada laboral es sentarme frente al volante, cerrar los ojos y pensar durante cinco minutos en cómo quiero afrontar el día. A veces menos. Según si el dueño del coche me ve o no.
 
La principal pregunta que me hago es: “¿Qué quiero conseguir hoy?” Las respuestas varían. Hay días en los que quiero dos millones de euros. Otros, simplemente el barco pirata de Playmobil. Hoy quería un riñón sano. Necesito tres riñones. Bebo mucho café.
 
Con el objetivo de aprovechar bien el tiempo, me preparo una lista de tareas pendientes. Intento comenzar con una suave (buscar un nuevo escondite para que no me vea el guarda de seguridad) y luego una más difícil, algo que me dé pereza, para quitármelo de encima cuanto antes (llamar al banco e intentar convencer al subdirector de la oficina de que necesito otro préstamo para sacar adelante mi brillante idea de motor de pobre).
 
Después de redactar la lista, me tomo un breve descanso y duermo hasta la hora de merendar.
 
Y así acaba mi mañana y el resto de la jornada, porque luego me voy a casa a ver series.

Presta atención

gato

Daniel Goleman ha publicado recientemente un libro titulado Focus, en el que habla sobre cómo podemos (y debemos) prestar atención. Es un tema sin duda cada vez más importante: cada minuto recibimos notificaciones en el móvil, normalmente ruidosas, y cuando no nos interrumpen terceros, somos nosotros quienes nos interrumpimos y hacemos clic en ese prometedor enlace sobre gatitos graciosos que en realidad no son tan graciosos.

Jamás entenderé lo de los gatos. Admito que estoy sesgado porque soy alérgico, pero no sé, un gato no hace nada. Sólo se mueve lentamente, contoneándose, provocando… Maldito y sexy gato… Pero claro, vivimos en una sociedad muy hipócrita: si el seductor de gatos es Pepe Le Pew, todo son risas, pero si en cambio soy yo quien se baja los pantalones en la plaza porque cierto minino me maúlla según qué cosas, en seguida baja corriendo la vecina del cuarto, la viuda, y me pega escobazos hasta que me tengo que encerrar en casa.

Y eso que precisamente la culpa es de esta señora. Es ella quien da de comer a los gatos callejeros y, claro, ya se han acostumbrado a venir, trayendo consigo toda esa tensión sexual. Yo no soy de piedra, señora. Reparta su pan duro entre, no sé, pingüinos, y ya verá cómo no me enamoro. Los pingüinos son graciosos, pero huelen mal.

Obviamente, la vecina está celosa. Hay que decir que no es un mal partido: es viuda, conserva gran parte de la dentadura y heredaría sus seis gatos. Hay uno atigrado que siempre me mira como diciendo: “TÓMAME”.

Es curioso lo de los animales. Se parecen tanto a nosotros. Bueno, no tanto. No sé, no conozco a nadie que tenga alas y vuele, por ejemplo. Ni siquiera a alguien que tenga alas y que no vuele. Una vez vi pingüinos, eso sí.

Odio volar. En avión, quiero decir. Sobre todo por lo que cuesta embarcar y desembarcar. Claro, con ese pasillo tan estrecho y seis personas por fila, todas con sus bolsas, es imposible tardar menos de diecisiete meses en sentarse. Deberían inventar algo para solucionarlo. No sé, algo así como un pasillo, pero más ancho. Se llamaría “paso”. No es mala idea. Permitiría ir más deprisa, sin tropezar con las butacas y sin caer de boca encima de un señor muy gordo (eso puede pasar). Y además, mientras un pasajero coloca su bolsa en el compartimento superior, otro podría seguir su camino tranquilamente, sin necesidad de esperar. Y todo gracias al Paso (pendiente de patente). No dejes de probar el Paso Premium, con medio metro más de espacio, y el Paso Edición Especial Espacial (jeje), con setenta centímetros adicionales y flechas indicando el camino correcto.

De todas formas, lo peor de los aviones es que son un medio de transporte tremendamente inseguro: se trata de aparatos pesadísimos que circulan a miles de metros de altura sin nada que los sostenga. La última vez que volé y mientras rezaba a gritos por mi vida, se me ocurrieron dos ideas que reducirían este peligro absurdo:

– Cada avión podría atado con un cable de acero a una grúa muy alta. Las grúas estarían más o menos en el punto medio de cada ruta, pero en todo caso habría que calcular bien la distancia máxima que puede recorrer cada avión, para ajustar la longitud de los cables. También deberíamos contar con un mecanismo que permitiera ir soltando o recogiendo cable para aterrizar y despegar. (Pendiente de patente).

– Otra opción quizás más barata consistiría en ponerle unas ruedas muy grandes al avión y hacerlo circular por las autopistas, quitándole las alas para evitar colisiones ridículas. Por cierto, las alas no sirven absolutamente para nada ni siquiera en el aire: ¿acaso los aviones baten las alas? Pues eso. A este invento (también pendiente de patente) lo llamo autovión.

Cualquiera de estas dos soluciones salvaría muchas vidas. Sobre todo teniendo en cuenta lo que ocurre hoy en día con Blablacar. La gente que no tiene coche, que no quiere sufrir un accidente de avión y que aún no puede recurrir a mis autoviones se ve obligada a compartir automóvil con desconocidos, muchos de ellos, sin duda, asesinos. Es de eso de lo que hablaban los periódicos estos días, ¿no? La polémica de Blablacar y Uber era por las docenas de muertes, ¿verdad? Es que no he estado muy al tanto. Pero me imagino que ha sido eso. Se veía venir. No te puedes meter en el coche de cualquiera. Podría ser un criminal. Un zurdo. Un pelirrojo. Un violador de gatos. Seguro que ha muerto mucha gente.

No sé. Y vete a saber: ya nadie lee periódicos. Hoy todo el mundo está con las tablets. Que vale, están muy bien, pero la semana pasada pinté el piso y para tapar el suelo necesité como doscientos cincuenta Ipads. Mucho gasto. Y la pantalla táctil resbalaba un montón. Todo son inconvenientes.

Me niego a escribir iPad, por cierto. Es un nombre propio. La primera en mayúscula. El resto en minúscula. Ipad. No hay más que hablar.

En todo caso, ¿cuánta gente habrá muerto apuñalada y descuartizada por culpa de Blablacar? Nunca lo sabremos. Bueno, podríamos contarlos, pero ¿quién tiene tiempo para contar cosas hoy en día?

Yo no, desde luego. No tengo tiempo absolutamente para nada. Ni siquiera para leer Focus, de Daniel Goleman. Creíais que lo había olvidado, ¿eh? PUES NO. Goleman. Gatos. Pingüinos. Aviones. Autoviones. Asesinatos. Periódicos. Mi cerebro es un ordenador. Un 386 con cien megas de disco duro y disquetera de las nuevas, de las de tres pulgadas y media. ¡JA!

El caso es que tampoco tenía ganas de hablar del tema. Ese señor es el de Inteligencia emocional, el libro que ha servido de excusa a millones de vagos durante los últimos veinte años. Ni siquiera el libro, porque nadie lo ha leído: el título. Ahí se quedaron todos. En el título. “Yo suspendía porque mi inteligencia era emoci…” TÚ ERAS UN VAGO. Y SIGUES SIÉNDOLO.

Me he enfadado. Voy a bajar a la plaza, a ver si veo a algún gato despistado que me alegre la tarde.

(Fuente de la imagen).