Disculpe por haberle hecho esperar

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Los faros de un coche iluminan un claro. Un tipo suelta una pala y trepa para salir de una enorme zanja, sudando, lleno de tierra, con la camisa algo rota. Le sangra una ceja y tiene un ojo amoratado. Otro hombre le espera arriba, fumando, con una pistola en la mano. Cuando el primero termina de salir, jadeando y tosiendo, el de la pistola le pide que se ponga de rodillas.

-No… Por favor, no… No me mates… Te pagaré el doble de lo que te hayan ofrecido… Yo… No… No lo…

Suena un móvil. El tipo que está de rodillas se mete la mano en el bolsillo, saca un teléfono y mira la pantalla, con cara de fastidio.

-Disculpa, tengo que cogerlo. Sí… Sí, soy yo… Sí, eso es; se trata de una factura que me llegó con un importe incorrecto. A ver, ya se lo he explicado a sus compañeros cuatro o cinco veces. Es que siempre me hacen volver con lo mismo, ¿no lo tiene anotado ahí? Mire, en la factura de febrero… Sí, febrero… No, no la llevo encima, me pilla fuera de casa. Sí, espero. Perdona un momento -le dice al tipo armado-. Es que si no, me toca llamarles otro día y me tienen un cuarto de hora esperando con la musiquita. Sí, aquí estoy. Bien, pues si ve la factura de febrero, hay como unos ocho euros bajo el concepto de roaming y como ya les he explicado, es imposible que me cobren eso porque yo llevo más de seis meses sin salir del país. A ver, me da igual, no es problema mío que su sistema diga que sí. No, claro que no puedo demostrarles que no he estado en el extranjero. ¿Qué pretende? ¿Que fiche cada día en el portal? Son ustedes los que… No, a ver un momento… Lo que tienen que hacer es… No… Sí, espero. Perdona, ¿eh? -añade, dirigiéndose al otro tipo, que aún le apunta con la pistola-. En seguida termino. Es que esta gente… Por ocho euros de mierda, el lío que me están armando. Y no es la primera vez. En cuanto se me acabe la permanencia, cambio de compañía. Sí, sí, sigo aquí. Sí. No. No, no, no haga eso. Es la cuarta vez que me dicen lo mismo. No me haga el numerito de abrir otra incidencia porque lo único que va a pasar es que dentro de tres o cuatro días voy a tener que volver a llamarles y voy a tener que repetir otra vez esta conversación con otra persona que volverá a abrir otra incidencia o añadirá una nota en esta incidencia si es que aún no la han cerrado. Que no, oiga, que no. No. Mire, ¿cuánto me cobrarían por irme a otra compañía antes de que termine la permanencia? Mírelo, por favor. Sí, dígamelo. Espero. No es un farol -añade, de nuevo hablando con el tipo que le apunta con la pistola y que le hace signos para que cuelgue-. Ya estoy harto. Si tengo que pagar cien euros, pues los pago. Pero de mí no se ríe nadie. Sí, aquí estoy, sí. Cuarenta y ocho euros. Muy bien. Pues quiero que en las observaciones a esa incidencia que va a volver a abrir ponga bien claro que si este tema no se ha solucionado el jueves que viene, me iré a otra operadora y además avisaré al banco para que no les abonen ninguna otra cantidad. Y pienso poner una reclamación en consumo. Ya sé que usted sólo es un mandado y no tiene culpa de nada, pero no pienso consentir que se vulneren mis derechos. Ya, ya, lo que usted diga, pero me están haciendo perder un tiempo que no tengo por ocho ridículos euros. Adiós, buenas noches. Gracias, adiós, adiós.

Guarda el móvil, mostrando cierta satisfacción.

-No me gustan nada estas cosas. Me dejan muy mal cuerpo. Pero mira, al menos les he dejado las cosas claras. Llevo semanas arrastrando este tema porque juegan a eso. A que te canses, aunque tengas razón. Pues no me da la gana.

El tipo que está de pie tira el cigarrillo al suelo y lo apaga con la suela de sus botas. Le vuelve a apuntar con la pistola.

-Oh, es verdad. Lo había olvidado.

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Las mejores recomendaciones pasivo-agresivas de Linkedin

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Alberto es uno de los mejores compañeros de trabajo que he tenido. Siempre estaba dispuesto a tomar un café o a comentar la prensa, y nunca dudaba en darle a “me gusta” en todas las fotos que veía en Facebook. Era apreciado por su optimismo, que le llevaba a no desanimarse jamás cuando se quedaba encallado en un nivel de Candy Crush.

Sandra es una excelente profesional con amplios conocimientos del mundo editorial, incluyendo las tendencias más actuales, como los libros electrónicos y la autoedición. Espero que consiga finalizar esa novela a la que dedicó tantas horas y por culpa de la cual fallecieron tres empleados en nuestra fábrica de mobiliario infantil. La echaremos de menos en el área de prevención de riesgos.

Iván fue mi jefe durante mi etapa en Massive Dynamics. De él aprendí muchas cosas, especialmente la importancia de delegar. También me enseñó que lo importante no es lo que sepas, sino lo que digas saber en las reuniones, y que una comida de trabajo con un cliente se puede alargar tres días, si es necesario para que esté satisfecho. Él me inspiró para dedicar mi trabajo final de posgrado al principio de Peter.

Noemí es una excelente profesional y la recomiendo encarecidamente y sin ningún asomo de duda a cualquier empresa de la competencia.

Contraté a Eva como desarrolladora freelance tras quedar gratamente sorprendido con su creatividad. La relación fue tan positiva que aunque el proyecto tenía prevista su finalización en seis meses, se alargó casi tres años. Fue precisamente esta excesiva creatividad la que provocó una relación tan duradera, ya que al parecer no fuimos capaces de inspirarla lo suficiente. De hecho, el proyecto era tan poco inspirador que nos acaba de llegar una demanda por plagio.

En los meses que pasé en el departamento dirigido por Sebastián, me sorprendió su conocimiento de la empresa y su habilidad para detectar las principales habilidades y los puntos débiles de nuestros compañeros. Gracias a sus charlas junto a la máquina de café, supe quién tenía problemas con el alcohol, quién se acostaba con quién y por qué despidieron al antiguo gerente tras una noche en el casino con la tarjeta de crédito de la empresa.

A pesar de lo que comentaban muchos, el olor de Daniel es perfectamente soportable, siempre dependiendo de las corrientes de aire y del calor que hiciera.

Seis años más tarde, ya recordamos con una sonrisa aquella mañana en la que Sonia arrojó por la ventana al becario por haberle traído el café con leche normal, en lugar de leche de soja. Sus antiguos compañeros esperamos que tras su salida de prisión y después de haber dejado definitivamente la cafeína, Sonia sea capaz de encontrar un empleo en el que demostrar su capacidad para trabajar en equipo y bajo presión.

(Fuente de la imagen).

Holocausto contable

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Día 6 tras el incidente. La nube de polvo rojo sigue tapando el cielo, pero ya puedo distinguir el día de la noche. Aún queda comida, pero mañana tendré que salir a por agua. No me gustó lo que vi la última vez. Aún no he pasado por todos los pisos de esta finca, pero parece que mis vecinos han muerto. Todavía no he conseguido recibir ninguna señal ni de televisión ni de radio. Y lo que es peor, no he podido avisar a la oficina. La buena noticia es que este desastre de dimensiones tal vez mundiales que parece haber acabado con la civilización tal y como la conocemos comenzó el viernes por la noche, por lo que en realidad sólo llevo tres días sin ir a trabajar. Algo es algo.

Día 7 tras el incidente. He conseguido agua: un vecino tenía dos garrafas de ocho litros. Pero tarde o temprano tendré que bajar a la calle: en esta finca ya no queda comida utilizable, ya que gran parte de lo que había en las neveras se ha echado a perder. Además, no puedo cocinar. Intenté hacer una hoguera, pero sólo conseguí que el sofá ardiera en llamas. Por otro lado, hay que presentar la declaración del IVA y tengo toda la documentación en la oficina.

Mismo día, más tarde. No estoy muy seguro, porque las ventanas están llenas de polvo, pero me ha parecido ver la silueta de una persona en la calle. Estaba quieta y creo que me ha mirado cuando me he asomado y he gritado: “OIGA, ¿TIENE UN TELÉFONO O UNA PALOMA MENSAJERA PARA AVISAR A LA GESTORÍA GONZÁLEZ DE QUE LLEGO TARDE?”, pero se ha girado y se ha ido, caminando a trompicones entre esta especie de tormenta de arena. Seguramente ha sido una alucinación. Es cierto que está amainando, pero nadie saldría a la calle así. Suponiendo que quede alguien.

Sin embargo, no cierro la puerta a la posibilidad de que hayan sobrevivido otras personas. Lo cual sería una mala noticia porque ¿y si Alberto está vivo? A lo mejor él ha podido ir a la oficina y me está criticando a mis espaldas.

Día 8 tras el incidente. No era una alucinación: hay gente ahí fuera. He salido a por agua y comida, aprovechando que hay mucho menos polvo, y al volver con un carrito del súper lleno de latas y agua, me ha atacado un tipo con los ojos inyectados en sangre. No me ha hecho caso cuando le he pedido amablemente que por favor no me mordiera la oreja, que esas no son maneras, así que he tenido que golpearle con una paletilla hasta que se ha ido aullando. ¿Habrá más infectados?

En todo caso, ya es mala suerte que esto pase ahora, justo después de la jubilación de Matías y antes de la revisión trimestral. No hay duda de que yo soy la persona mejor preparada para sustituirle, pero si precisamente dejo de aparecer cuando está el proceso en marcha, Alberto aprovechará para clavarme otra de sus puñaladas traperas. Maldito traidor. Mal compañero. Trepa. Pelota. Holgazán. Gordo, porque además está gordo.

Día 9 tras el incidente. No he podido dormir en toda la noche. Normal, hoy es ya sábado y en toda la semana pasada ni fui a la oficina ni pude contactar con el jefe. Y reconozco que ayer podría haber intentado acercarme. Total, tampoco trabajo lejos e incluso podría haber ido andando. Sólo tenía que armarme con mi paletilla por si se me acercaba otro infectado, o zombi, o lo que sean. El lunes sí tendré que pasarme porque el martes como muy tarde hay que entregar la declaración del IVA y ni la he comenzado.

Mismo día, por la tarde. ¡Fantástica noticia! ¡Mi madre estaba viva y ha conseguido llegar a mi casa! Al parecer, el edificio en el que vivía se derrumbó durante el incidente, pero ella sobrevivió. Durante los días más graves de la tormenta se pudo refugiar en otro portal, donde fue atacada por varios infectados. Cuando amainó, se vendó las heridas con la ropa de un cadáver, se entablilló la pierna y salió hacia mi casa.

Esto es maravilloso porque el lunes quería llevar el traje azul, pero tiene un botón del puño descosido. ¡Menos mal!

Día 10 después del incidente. Ya puedo abrir la ventana sin que se llene todo de polvo. Las calles, las casas, los coches están cubiertos de una gruesa capa de esa especie de arcilla. De vez en cuando me parece ver a uno de los infectados, caminando a lo lejos lentamente, como un gato perdido y enfermo.

Mi madre intenta convencerme de que no salga. Le he contestado que si lo dice por no coserme el botón, que no se preocupe, que ya llevaré el traje gris. Tal y como esperaba, se ha sentido culpable y no sólo me ha arreglado el traje, sino que me ha planchado la camisa blanca, calentando la plancha con una cerilla.

Día 11 después del incidente. Qué asco, lunes. Lo peor es que mi madre se ha dormido y he tenido que hacerme yo el café. Se ha despertado por casualidad, al oírme golpear una cacerola con una cuchara mientras gritaba “ALGUIEN SE HA QUEDADO DORMIDO”. Se ha ofrecido a prepararme el desayuno, pero le he dicho que YA NO HACÍA FALTA. “Descansa, descansa… Aprovecha que tú no tienes que trabajar”.

Al final me ha hecho unos huevos.

Día 31 (?) después del incidente. Conseguí llegar a la oficina. De hecho, escribo esto desde el baño. El camino fue algo más complicado de lo que creía: primero me atacaron dos infectados. Suerte que llevaba mi paletilla. Después, unos tipos que iban vestidos como en Mad Max 3 (la mejor de la saga) me tuvieron encerrado durante unas seis semanas, calculo, con la intención de cebarme y comerme. Incluso me hicieron confesar que vivía con mi madre, al torturarme haciendo con la mano un gesto como así y diciendo “mira que te voy a dar un capón, ¿eh?”. Resistí todo lo que pude (no menos de dos minutos). Cuando la trajeron, la pobre mujer estaba llorando a gritos y aproveché la confusión para recuperar mi paletilla y escapar a golpes de cerdo.

Lo peor fue que al entrar en la oficina se confirmaron mis peores sospechas.

-Vaya horitas de llegar -así me ha saludado el jefe, nada más verme-. ¿Y esas manchas de sangre en la camisa?

Me he desplomado sobre mi silla, contestando con una serie de balbuceos inconexos que sólo ha oído el cuello de mi chaqueta, y he escuchado un gruñido a mis espaldas. Era Alberto. Infectado: tenía la piel amarillenta y llena de venas, los ojos encarnados y estaba mordiendo el ratón. Además, con unas uñas medio rotas y verdosas arañaba la madera de la mesa. La mesa de Matías. Estaba sentado en la mesa de Matías. Pero qué hijo de puta. En la mesa de Matías. Gracias a todos por confiar en mí y darme una oportunidad. Hijos de puta. En la mesa de Matías.

Mi madre estará bien, imagino.

(Fuente de la imagen).

Imprescindible pelazo

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Puesto vacante: Assistant to the Deputy Manager Assistant Intern Junior Assistant (Assistant).

Descripción de la oferta: Tornillos Gutiérrez, líder en tornillos y tuercas del norte de la comarca de Berguedà Occidental, busca a una persona para dar apoyo al departamento de becarios. Incorporación hace dos meses y medio, que tenemos un pico temporal de trabajo desde 1998.

Jornada laboral: se entra el lunes a las 8 y ya del tirón hasta el sábado. El sábado 23 de noviembre de 2019. Total, ¿qué vas a hacer en casa? ¿Aburrirte en el sofá? ¿Jugar con la Play? ¿Ver episodios repetidos de los Simpson?

Condiciones económicas: 12.000 euros al año, que el empleado podrá pagar en cómodas mensualidades con un interés del 4,6% anual. Esta paga se irá ajustando cada año, ya que conforme el empleado asuma más responsabilidades, también deberá compensar en mayor medida todo el conocimiento adquirido gracias a la empresa. El trabajador también deberá darse de alta como autónomo.

Requisitos mínimos:

  • Experiencia de doce años años en un puesto similar o a ser posible el mismo (¿dónde estás, Marcos? Te fuiste a por café y no regresaste).
  • Experiencia demostrable como consejero delegado en multinacionales, especialmente Coca-Cola o PepsiCo.
  • Licenciado en Económicas, ADE, Biotecnología, Filología Árabe, Orfebrería o similar.
  • Doctorado en Medicina y experiencia en trasplantes.
  • Máster o posgrado en Física Cuántica (se valorarán las publicaciones sobre teoría de supercuerdas).
  • Conocimientos avanzados de informática (debe haber inventado internet).
  • Nivel nativo de inglés, alemán, francés, ruso, chino mandarín, lenguas de Papua-Nueva Guinea, klingon y que nos tenga subtituladas las series cada mañana.
  • Imprescindible pelazo. Rollo que haga así con la cabeza o se pase los dedos como mirando al infinito y todos nos pongamos en plan guau, parece UN ANUNCIO DE CHAMPÚ.

Requisitos deseados:

  • Nivel avanzado de malabares (tres o más mandarinas).
  • Que cante pop de los 80 y los 90 con voz aterciopelada. En inglés y en italiano.
  • Conocimientos intermedios de ingeniería mecánica aeroespacial (la impresora se atasca de vez en cuando).
  • Acostumbrado a trabajar bajo presión (se valorará experiencia como buzo).
  • Buenas dotes comunicativas (a veces Marcos sólo gritaba y lloraba, y nunca supimos qué nos quería decir).
  • Flexibilidad y versatilidad (sí, hablamos de sexo). Acostumbrado a trabajar en equipo (ídem). Orientado a resultados (los resultados están en Cuenca).

Ubicación: A hora y cuarto de tu casa en tren y autobús. Aunque con Renfe ya se sabe.

22 ventajas de ser el último superviviente del planeta


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¿Quién no ha provocado alguna vez una guerra mundial o ha liberado un virus para el que no hay cura y en consecuencia ha exterminado a toda la población del planeta? Qué vergüenza, ¿no? Se te queda cara de tonto y no sabes ni cómo empezar a disculparte. Más que nada porque están todos muertos o son mutantes que quieren comerse tu cerebro y no están para oírte hablar sobre tu “despiste tonto”.

Es cierto que la situación se presenta complicada: estás solo en el mundo, tienes que refugiarte en un bunker rodeado de minas para que no te ataquen los mutantes, no hay electricidad ni agua corriente y, lo que es peor, no te dio tiempo a ver el final de True Detective.

De todas formas, esta situación tiene más ventajas que inconvenientes. Sólo has de ser optimista y disfrutar el momento. Por ejemplo, es cierto que no pudiste ver el último episodio de True Detective. Pero al menos tampoco tuviste que leer las seis mil millones trescientas doce mil cuatrocientas sesudas críticas al respecto.

¡Y aún hay más puntos a favor!

  1. “Toda la humanidad ha muerto” es la mejor excusa del mundo para beber solo. ¿Qué vas a hacer? ¿Esperar al viernes para beber con tus amigos? ¿Amigos a los que HAS ASESINADO? (Excepto Álex, que ahora sólo tiene un brazo y come palomas mientras lanza gemidos muy guturales).
  2. Nadie llama por teléfono para “charlar un rato, que hace mucho que no sé nada de ti, ¿qué tal todo? Cuéntame”.
  3. Ya no hay más grupos de Whatsapp. No te enviarán vídeos de los Morancos ni chistes que ya habías leído en Twitter.
  4. Twitter es mucho mejor desde que sólo escribes tú.
  5. También es verdad que como no hay internet, Twitter es el nombre que le has puesto a la piedra con la que hablas cada noche.
  6. No tienes que volver a madrugar nunca más en la vida. Ni siquiera necesitas despertador. Como mucho, campanas y otras alarmas caseras que te avisen cuando los vampiros postapocalípticos se acerquen a tu cabaña del bosque.
  7. El chocolate también caduca. Lo cual significa que DEBES comer todo el chocolate que puedas antes de que se eche a perder.
  8. La barba sigue estando de moda en el mundo post hecatombe nuclear.
  9. ¡Y ya no necesitas llevar corbata! Bueno, a ver, de vez en cuando sí, claro; cuando llegan zombis nuevos, por ejemplo, para que no te tomen por el pito del sereno.
  10. Encuentras asientos libres en el metro SIEMPRE.
  11. Pero no lo coges a menudo porque 1) ahora no se mueve y 2) las ratas gigantes están muy organizadas. ¡Ya tienen sus propios Mercadonas! ¡Era de esperar!
  12. Hay más sitio para aparcar que nunca.
  13. ¿Sabes eso tan incómodo de estar esperando el ascensor y ver que un vecino está abriendo el portal y el ascensor está bajando y el vecino justo abre la puerta al mismo tiempo que llega el ascensor y ya no tienes más remedio que esperar al vecino y subir los dos juntos? Bien, pues eso ya no te va a volver a pasar porque tu vecino querrá comerse tu cerebro y aunque sea de mala educación, es mejor que no le esperes y te metas en el ascensor lo más rápido que puedas.
  14. Ojo, que igual no hay luz y el ascensor no va. Cuidado con eso.
  15. Nadie fuma cerca de ti. Te querrán comer los ojos y tal, pero al menos no te atufarán la ropa, que eso siempre se agradece.
  16. Puedes escuchar la radio, como se hacía en los años 50. No sólo ganas puntos de clase por tu estilo vintage de supervivencia, sino que además podrías escuchar información sobre refugios de supervivientes.
  17. Para no acercarte ni por error. ¡Te obligarían a compartir tu chocolate! ¡Como en la Rusia de Stalin!
  18. No tendrás que ir jamás a ninguna otra boda.
  19. Y tampoco tendrás que escuchar la opinión de nadie sobre la penúltima subnormalidad del gobierno.
  20. La última fue hacerte caso en lo de declararle la guerra a Corea del Norte.
  21. O lo de dejarte pasar a ese laboratorio secreto en el que se te cayó “una cosa con un líquido dentro que echa humo… ¿Tenéis una fregona por aquí?.
  22. Tienes todo el tiempo del mundo para leer. A no ser, claro, QUE SE TE ROMPAN LAS GAFAS.

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¿Qué haría tu abuela en tu lugar?

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“No comas nada que tu abuela no hubiera identificado como comida”. Esta es una de las normas que Michael Pollan da en Food Rules: an Eater’s Manual. Y que se puede extrapolar a todos los ámbitos de la vida. Es decir, antes de tomar cualquier decisión pregúntate: “¿Qué haría mi abuela?” Es más, si puedes, llámala y pregunta, que no te cuesta nada.

Por ejemplo: a mi abuela nunca la hubieran enganchado con los bitcoins. Si alguien hubiera intentado explicarle en qué consiste esta moneda virtual, cómo funciona y por qué es una buena oportunidad de negocio, le hubiera soltado un zapatillazo que le hubiera saltado todos los dientes de la boca a él y a su descendencia durante las próximas diecisiete generaciones.

Ojo: no porque no lo hubiera entendido, sino precisamente porque lo hubiera entendido a la perfección. Es algo con lo que puedes ganar mucho dinero en dos días, pero al tercero te van a robar. Por tonto.

No es lo único: jamás hizo caso de ningún teleoperador que le ofreciera la mejor tarifa para “ahorrar” en teléfono, luz o gas, sabía perfectamente que la familia real era una pandilla de chorizos, jamás hubiera ido a una cata de gintonics y nunca me hubiera dejado llevar una camisa que se pudiera confundir con una cortina.

Es cierto que las abuelas son humanas y a veces se equivocan. Por ejemplo y por una cuestión meramente generacional, no habría visto nada raro en que algunos treintañeros se dejaran bigote, acostumbrada como estaba a ver bigotes por la calle y en Cine de Barrio. Pero el moño masculino no se le hubiera escapado. Si hubiera visto a un tipo con moño por la calle, le hubiera soltado tal mirada que el pobre infeliz habría corrido a casa a QUEMARSE LA CABEZA.

Quizás alguno diga que las abuelas son señoras mayores y por tanto, conservadoras, lo cual puede ser en parte un freno para el progreso. No sé yo. Por un lado, tampoco pasa nada si el progreso llega un par de meses más tarde, que no hay ninguna prisa. Y por otro, la primera persona de mi entorno a quien vi hablando con un móvil fue a mi abuelo. Y mi abuela no le dijo nada al respecto. Supongo que le dejaría tranquilo con sus cosas: al fin y al cabo, todo el mundo tiene derecho a distraerse y el pobre hombre no hacía daño a nadie. Pero también vería bastante claro que a veces no hay nada que hacer y que es necesario escoger bien las batallas para no cansarse inútilmente.

Siguiendo su ejemplo, yo me he rendido con los smartwatch. Dentro de unos años todos tendremos uno, igual que Michael Knight, y pareceremos aún más tontitos.

No sé con quién estaría hablando mi abuelo, por cierto. Probablemente con un teleoperador que le hacía ofertas para “ahorrar” en su factura. Me lo imagino porque yo me parezco bastante a él, excepto en la calvicie. Pero ese ya es otro tema. El caso es que tanto él como yo lo hemos tenido siempre muy claro: hay que hacer caso a la abuela.

Por cierto, la pregunta es “qué haría”, no “qué hizo”. Así que no os tiñáis el pelo de azul ni llevéis las gafas con cadenita.

Y de propina, unos chistecicos sobre bitcoins:

  • Olvidé sacar los bitcoins de los pantalones antes de meterlos en la lavadora.
  • ¿Me da cambio de este mail que me confirma que tengo seis mil millones de bitcoins para la máquina de tabaco?
  • No me fío de los bancos: guardo todos mis bitcoins debajo del colchón de los Sims.
  • Si pagas con cacahuetes, tendrás monos. Si pagas con bitcoins, tendrás informáticos gordos comentando cosas muy enfadados en internet.

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Hay que decir las verdades a la cara

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A mí me gusta decir las cosas a la cara. Por eso salía a la calle con un megáfono y soltaba verdades a la gente que pasaba, la mayor parte de ellas referidas a su exceso de peso o ausencia de cabello. Lo hacía por su bien. Podría haberme quedado en casa, leyendo un libro o planchando, pero las mentiras piadosas no son más que un flaco favor. Es mucho mejor ir con la verdad por delante y gritar GORDO y CALVO de vez en cuando. Aunque duela. A mí, sobre todo. Me pegaban y me tiraban cosas. Alguno me insultaba.

Insultar y decir las verdades a la cara son dos cosas que no tienen nada que ver. Una verdad es lo que en ocasiones nos vemos obligados a decir a otras personas. Un insulto es lo que algún maleducado, probablemente borracho, me dice a mí.

En definitiva, nadie es profeta en su tierra.

Por eso me fui a Shanghái. Porque me hacía ilusión ser profeta. Me había dejado la barba y todo. Sin embargo y a pesar de salir del país, no conseguí ver el futuro. Fue un chasco, la verdad.  No hay que fiarse de las frases hechas. Mejor vuelta y vuelta, un poco de sal maldon, pimienta, un buen vinito y listos.

Como tampoco fui profeta en China, continué gritando verdades a la gente. Iba por la calle y le decía a todo el mundo que tenía cara de chino. Lo cual era cierto. Porque me puedo equivocar, pero jamás diré una mentira.

La reacción de los chinos era casi opuesta a la de los barceloneses. Algunos se sorprendían, otros se asustaban, una gran mayoría me miraba, pensativa, y seguía su camino. Y es que se trata de una cultura muy diferente. Están educados en el respeto, la introversión y la reflexión. Gritaba mis verdades con ayuda del megáfono y se decían a sí mismos: “Debo pensar en esto que me cuentan. A lo mejor este tipo de la barba sucia tiene razón y es cierto que tengo cara de chino”.

También puede ser que no todos ellos supieran castellano y alguno no me entendiera. Cosa que dudo. Con lo difícil que es el chino, ¿cómo no van a saber español? Hay muchas menos letras y son más fáciles de dibujar. Excepto la G. A mí la G me sale fatal, tanto la mayúscula como la minúscula. Y la f minúscula también me cuesta un montón: en teoría la barriga va hacia la derecha, pero a mí me sale a la izquierda, que es lo fácil. A mucha gente. Pues se ve que está mal.

Es curioso que China esté llena de personas con rasgos orientales. ¿Cómo se juntaron todas en el mismo sitio? ¿Se pusieron de acuerdo? Y pasa en todas partes. Será que no hay españoles en España. Un montón. Lo malo es que como hay tantos, al final alguno llega al gobierno y es un lío. Deberíamos tener, no sé, más ingleses, quizás algún sueco. Para compensar. Habría que mezclar más porque al final siempre nos toca a nosotros todo lo malo.

De hecho, volví de China para investigar la España profunda. Con ayuda de un martillo neumático, me puse a hacer un buen agujero para comprobar si todo lo que se dice sobre este tema es cierto. Me imaginaba una civilización subterránea llena de paletos disparándose trabucazos y votando a Fraga. Pero resulta que no, que lo único que te encuentras debajo del suelo es el metro. Y en mi caso, una noche en el calabozo y un juicio dentro de siete semanas. La próxima vez compraré un billete, que se han puesto muy duros con el tema.