Un favor

tia

¿Me harías un favor?, me dijo, y es una pregunta que odio porque qué se supone que vas a contestar, pues que sí, aunque ni siquiera sepas qué te van a pedir y esté más que claro que si te lo tienen que preguntar antes, se trata de algo horrible. Verás, me dijo, mi tía viene esta noche de Girona y es muy pesada con el tema de que, bueno, de que me tengo que casar y, claro, no tengo novio ni quiero tenerlo, al menos ahora, pero a ver cómo se lo explico. Y encima me quiere presentar a un sobrino suyo, bueno, de su marido muerto, o sea, que no es mi primo, al menos no técnicamente y, en fin, le dije que… Que ya tenía novio y que… Bueno, que si podrías venir a cenar y hacerte pasar por… por mi novio.

Ni siquiera éramos amigos. Es más, ni siquiera trabajaba en mi departamento. Y además, yo ya tenía novia. Pero ella insistió tanto y yo soy tan tonto, que al final accedí. Supongo que me lo pidió a mí por eso. Porque soy tonto y se me nota. Además, tampoco tenía nada que hacer aquella noche.

Y sí: su tía era un ogro. Me sometió al tercer grado y me juzgó indigno de su sobrina, dictando su veredicto en voz alta y por supuesto en mi presencia. El único alivio fue que se retiró a dormir pronto, momento que aproveché para coger mi chaqueta y largarme corriendo, casi sin despedirme.

Al día siguiente, en la oficina, me dio las gracias, pero luego añadió que su tía se había enfadado mucho al ver que me había marchado. Quiere que desayunemos todos juntos siempre, es una manía suya: hay que comer en familia. Le he dicho que tenías una reunión a primera hora, pero no ha colado.

Yo no entendía nada.

Me dijiste que me ayudarías con mi tía, repitió, y yo le dije que ya lo había hecho, que tampoco hacía falta que pasara todos los días de la visita en casa. ¿Visita? ¿Quién ha dicho nada de una visita? Se viene a vivir conmigo. Se ha quedado viuda y soy lo más parecido a una hija que tiene. ¿No querrás que la deje sola?

La cabeza me dio varias vueltas antes de volver a aterrizar, más mal que bien, sobre el cuello. ¿Y?, acerté a balbucear, ¿qué tiene que ver todo eso conmigo?

Hombre, ahora no puedes dejarme tirada.

Mira, le contesté, intentando buscar una solución de compromiso, una cena más y punto. Mañana o pasado le dices que hemos roto.

Aquella noche, la señora nos recordó lo importante que es para una familia comer juntos. Las tres comidas diarias. Que era inexcusable salir de casa de madrugada, como los ladrones, si no era por una urgencia médica. Y tenía razón. O igual no, no lo sé, pero mientras hablaba, en ningún momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de llevarle la contraria. De hecho, acabé admitiendo que una reunión se podía posponer sin que nadie muriera y que, por tanto, no tenía excusa para no haberme quedado al desayuno.

Cuando se encerró en su habitación, intenté marcharme también a casa. Mi amiga me pidió que por favor me quedara. Verás, no es sólo el desayuno. En su momento le dije que vivíamos juntos. Ya lo sé, no debería haberlo hecho, pero… No sé… Ya sabes cómo es. Me pareció más fácil así.

Pero tengo que pasar por casa a cambiarme.

No te preocupes, contestó. Te he comprado un par de camisas.

Al día siguiente, intenté zanjar el tema de una vez por todas. Esto se acabó. Es una locura. Llevo tres días sin ver a mi novia, a la de verdad, a la chica con la que estoy buscando piso. Pero accedí a ir una noche más. Me resultaba un poco complicado dar explicaciones. Había que pensar cómo hacerlo. Su tía no era una persona fácil. Y yo me había comprometido a ayudarla.

A esa tercera noche le siguió una cuarta. Y una quinta. Le estaba haciendo un favor a una amiga. O compañera, no sé. No era nada malo. Y su tía había dicho que quería que fuéramos todos a dar un paseo por el barrio, que no lo conocía. No podía dejar de ir. Era muy estricta con estos temas: las familias tenían que estar juntas y no podía ser que cada cual hiciera su vida.

El hecho de que mi novia me acabara dejando tras pasar un par de meses sin vernos simplificó un poco las cosas. Al fin y al cabo, pasé a tener las tardes libres. Y en todo caso, seguro que la tía de mi compañera de trabajo no hubiera visto con buenos ojos que yo tuviera novia.

Del mismo modo que no veía con buenos ojos que viviéramos juntos, sin más. La mirada compungida, avergonzada y suplicante de mi amiga bastó para convencerme: teníamos que casarnos. Su tía estaba muy pesada con el tema, pero es que además no dejaba de ser cierto que si éramos novios -y ella no podía sospechar lo contrario-, lo normal era que hiciésemos las cosas como era debido.

Las niñas llegaron en seguida: dos en tres años. Tener a la tía allí nos ayudó mucho: los dos pudimos seguir trabajando mientras ella las cuidaba y las llevaba y traía del colegio. Además, era una buena influencia. Ya de bebés dejaban de llorar con apenas un hipido en cuanto les acercaba el rostro y no había protesta o rabieta que no terminara en seco con sólo ver alzado el dedo índice de la señora.

En la casa casi no se oía una palabra (detestaba el ruido) y cada vez que decíamos algo, fuera lo que fuera, la mirábamos (aunque nunca directamente a la cara), esperando su juicio al respecto y temiendo cualquier mueca de desagrado. Ella nos decía qué debíamos comprar, cocinar, limpiar o reparar, cómo y cuándo, esperando una obediencia absoluta. Y no sólo eso, también nos llamaba a la oficina para dejarnos claro, por ejemplo, que aquel día no podíamos quedarnos ni una hora más bajo ningún concepto, o que se le había ocurrido que alguno de los dos tenía que pedir un aumento o una promoción. Lo curioso era que, como había pasado por la oficina un par de veces, sólo nos hacían broma con estas cosas los que nunca la habían visto. Los demás nos miraban con tristeza.

Aun así, no podía quitarme de encima la sensación de que mi mujer, o mi compañera, o lo que fuera, había jugado sucio. Me había dado a entender que sólo tenía que hacerle un favor una noche. Una sola noche. Sí, alguna charla a solas tuvimos al respecto. No muchas, ya que la tía siempre estaba con nosotros en casa y nos acompañaba en muchas de nuestras salidas, ya que para qué iba a quedarse en casa sola si le podía dar el fresco un rato. El caso es que ella, mi mujer, insistía en que no me había jugado ninguna mala pasada. Que las cosas simplemente habían salido así. Que tampoco era tan horrible: teníamos dos niñas preciosas y una familia unida. Y que era su tía. Prácticamente una madre.

No dejaba de tener razón.

Pero aun así no creo que le extrañe a nadie que suspirara con un alivio avergonzado cuando con la edad le comenzaron a flaquear las fuerzas. Se le enteló el brillo de los ojos y se le quebraba la voz en medio de aquellas breves y contundentes frases que en otro tiempo tronaban. También se le iba la cabeza de vez en cuando, y no sabía muy bien dónde estaba ni qué iba a hacer o a decir o a criticar, y acababa con los labios fruncidos y temblorosos, con la rabia de quien está conteniendo las lágrimas.

Eso sí, habíamos interiorizado sus rutinas: seguíamos comiendo todos juntos tres veces al día, apenas si se encendía la tele media hora para ver las noticias, no teníamos el internet ese del demonio, y todo el mundo estaba en casa antes de las nueve, que no teníamos ninguna necesidad de estar por las calles a según qué horas, como los borrachos, los delincuentes y los vagabundos. Sus órdenes eran hábitos para nosotros.

Un sábado llegué a casa tras visitar a mis padres y me encontré dos maletas en el recibidor. Mi esposa salió a recibirme, sonriendo, aunque con los ojos llorosos. Ya está, me dijo, ahí tienes tus cosas. No dije nada, sólo alcé las cejas. Mi tía ha muerto esta mañana. Se ha quedado dormida en el sofá y no se ha despertado. Gracias por todo, has sido un sol, añadió, antes de besarme la mejilla. Pero, balbucée, ¿y las niñas? Bueno, ya no son tan niñas. Y hace años que les expliqué que sólo estarías aquí mientras la tía viviera con nosotros.

Pero.

Gracias.

Pero.

Te has portado genial.

Pero.

Te debo una.

Cogí las maletas que mi, bueno, compañera de trabajo colocaba en mis manos, y salí al descansillo. Ella se quedó con la puerta abierta mientras llegaba el ascensor. Carraspée cuarenta y tres veces, y estuve a punto de decir algo otras veintitantas. Ya en el ascensor pensé que claro, que qué esperaba, que sólo me había pedido un favor.

Resoplé cuando salí a la calle. La próxima vez, me dije, la próxima vez que alguien me pida un favor, me lo voy a pensar dos veces.

(Fuente de la imagen).

Conversación en el ascensor

lift

Sostengo la puerta para que entre otro tipo al que he visto justo antes de apretar el botón del noveno.

-¿A qué piso va?

-Al séptimo.

No puedo evitar observarlo algo sorprendido: vaya pintas trae. Y viene a trabajar, porque es un edificio de oficinas. Ojo, que a mí me da lo mismo, pero reconozco que me llama la atención: los pantalones están hechos harapos, sucios y con la parte inferior quemada, dejando al aire unas pantorrillas tiznadas y llenas de ampollas y heridas. La camisa también está hecha jirones, aunque aquí las manchas son de sangre. De hecho, en uno de los costados parece que hay una herida de bala. Digo parece porque si lo es, se trata de la primera que veo. Tiene la cara también ensangrentada, sobre todo la nariz y la boca. Le falta media oreja izquierda y uno de sus ojos está amarillo, casi naranja. En los brazos sostiene a un bebé que, por el tono de piel casi grisáceo, diría que está muerto.

-Parece que hace más frío -le digo, para intentar suavizar el hecho de que le estoy mirando mucho.

-Sí, bueno, estamos en invierno.

-Es lo que toca, ¿eh?

-Es lo que toca -intenta sonreír, pero le resbala sangre de la comisura de los labios y se le cae un diente. Se intenta limpiar con el dorso de la mano. Desvío la mirada, para que no se sienta violento. Más aún, imagino. Es que yo también. Qué maleducado soy a veces. Y todavía estamos en el segundo.

Ahora no puedo apartar la mirada del bebé. Qué estará pensando el pobre hombre de mí. Seguro que tiene una explicación para todo y duda si dármela porque igual es peor. En plan, no me importa contárselo, es una tontería, pero a lo mejor ni siquiera le interesa o quizás si se lo cuento parece que le doy más importancia de la que tiene.

Me gustaría decirle que no pasa nada, que me da igual, que no me pienso meter en la vida de nadie. Bastante tengo con la mía. Pero claro, tampoco voy a sacar el tema yo, que parecerá que estoy ahí fijándome, cuando no es que me haya fijado, es que lo he visto. Estamos en un ascensor: peor hubiera sido cerrar los ojos.

-Al menos no llueve.

-¿Qué? -Pregunto, levantando la mirada del suelo.

-Que al menos no llueve. Eso ya… -intenta disimular un rictus de dolor. Veo que del costado le sale un hilillo de sangre oscura de la herida de bala. O de lo que sea.

-Sí, la lluvia…

-Ya…

-Mejor que no.

Además, es que ni le conozco. Nunca habíamos coincidido. Quizás no trabaja aquí y sólo viene de visita. Es normal. Son oficinas. Entran y salen clientes y socios y proveedores todo el día. O a lo mejor ha tenido un accidente y por eso llega tarde. O pronto. No sé. Que no me importa, vaya. Igual no lo vuelvo a ver nunca. O igual viene mañana y tan normal, limpito y con un bebé vivo.

-Mañana viernes -le digo, viendo que nos acercamos al séptimo.

-Qué ganas, sí.

-Aunque hoy la siesta no me la quita nadie.

-No soy muy de siestas, yo.

-Ah.

-Ya.

-Sí.

-Je.

Un siete en la puerta. Por fin. Le abro porque entre el niño y la herida del costado no se apaña. Baja. Se despide alzando las cejas. Hago lo mismo. La puerta se cierra y el ascensor sigue su camino hacia mi planta. Suspiro aliviado. Qué gente más rara, pienso, mientras me miro el cuerpo desnudo en el espejo y me acaricio, pensativo, uno de los cuernos.

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Acerca de la motivación

trabajo

Un conocido experimento empresarial nos muestra lo curioso de los mecanismos de la motivación en el trabajo, además de romper el mito de que los incentivos económicos son los que mejor funcionan.

En una misma compañía, a un grupo de trabajadores se le dio coche de empresa y se le subió el sueldo un quince por ciento. A otro grupo del mismo nivel y con las mismas responsabilidades sólo se le compró una cafetera para compartir en la oficina y se le dio dinero para café, azúcar y galletitas danesas.

Adivinad qué grupo mejoró más su rendimiento.

El del café, obviamente.

Al principio se arguyó tomar café es una actividad que se lleva a cabo en grupo y esto mejoró el ambiente laboral. Además, se trataba de un incentivo simbólico, lo que va en línea con lo que sabemos acerca de la complejidad de las motivaciones personales y de las dinámicas de trabajo en las oficinas. Es decir, motivar no consiste en tratar a los empleados como máquinas expendedoras que funcionan con monedas, sino como personas con diferentes objetivos y preferencias.

Eso fue hasta que se comprobó que los tipos de los coches llegaban cada día tarde a la oficina por culpa de los atascos. Y que dos de ellos habían muerto en terribles accidentes. Bueno, en realidad uno no murió. Quedó en estado vegetativo. Lo desconectaron, pero aún aguanta gracias a la pila del marcapasos. Esas pilas duran diez o doce años tranquilamente. Además y con el incremento de sueldo, otro se fue de vacaciones a un páis exótico, donde fue asesinado, mientras que al menos cuatro acabaron adictos al alcohol, a las drogas y/o al juego, ya que tenían más dinero para dedicarlo a esas actividades que les servían para soportar la agonía absurda de la jornada laboral.

Lo peor vino cuando el grupo de la cafetera se enteró de que a sus compañeros les habían regalado esos Audis negros y, resentidos, quemaron la oficina y asesinaron a los dueños, a los altos directivos, a los psicólogos que habían diseñado el experimento, al jefe de personal que lo había permitido, a un tipo que había escrito un libro sobre cómo motivar a los empleados y a sus primogénitos.

“¡Café -gritaban-, los hijos de puta nos daban CÁPSULAS DE CAFÉ DE TREINTA CÉNTIMOS!” Cuando les recordaban lo contentos que estaban, los empleados aseguraban con los ojos enrojecidos por la ira que hubieran estado aún más contentos con un Audi negro. Incluso con un Audi gris.

Los trabajadores fueron juzgados y absueltos de todos los cargos. El juez aseguró en su sentencia que “él hubiera hecho lo mismo” y que estaba “hasta las narices de esas galletas danesas, que te las ponen en todas partes y no tienen ni chocolate, ni pasas, ni nada que sepa a algo que no sea mantequilla”.

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Odio a la gente. Pero qué asco. La gente. Arg

desierto

Es cierto que no podemos prescindir del todo de la gente. Yo no existiría si no llega a ser por otras dos personas de sexo diferente y en edad fértil. Pero aparte de estos detalles, el resto del mundo no trae más que problemas.

Por ejemplo, ahora estoy perdiendo tiempo de mi vida, tiempo que no volverá, porque tengo que esperar a un fontanero. Igual es un perro muy listo, pero probablemente se trate de una persona. Alguno dirá que si no fuera por esa persona mi piso se inundaría y yo moriría ahogado. Puede. Pero de momento llega media hora tarde y me va a hacer pagar, no sé, cuarenta o cincuenta euros. ¿Compensa? No creo.

En general, la gente molesta mucho. Por ejemplo, hay personas que hablan antes de las diez de la mañana. Con lo temprano que es. No molestes. Qué pesadilla. Aún no me he despertado del todo y ya estás taladrando. Y lo que es peor, hay gente que sigue hablando después de las diez. ¿Pero no has terminado todavía? ¡Llevas todo el día diciendo cosas! ¿Eres una radio y cobras por hablar?

Otra cosa en la que me he fijado es que cuando entro en un local con asientos (un vagón de metro o una cafetería, por ejemplo) y no tengo sitio para sentarme, suele ser porque hay gente sentada. Si no fuera por esos tipejos, podría incluso tumbarme. Desnudo. A nadie le importaría. Y no como ahora, que me miran, señalan, gritan y denuncian.

Es posible que alguno diga: “Ya, pero si no fuera por la gente, nadie te serviría una cerveza en un bar”. Pensar esas cosas es típico de la gente. Tengo piernas y me puedo levantar a coger esa cerveza yo mismo. Además, tampoco habría nadie para cobrármela. Todo son ventajas. Basta con ser más independiente.

¿Qué otra cosa es culpa de la gente? La guerra. El propio Hitler era gente. Bajito, pero gente. Imaginemos una guerra sin personas. No sé, quizás habría monos entrenados, monos muy sanguinarios y feroces, armados con palos y ballestas. Pero se aburrirían en seguida y pasarían a comerse las pulgas los unos a los otros. Son monos. ¿Qué esperas? No pueden levantar un imperio. Son graciosos, pero muy poco organizados.

Hablando de seres humanos, el otro día estaba leyendo un libro horrible y me puse a mirar quién era el autor y, efectivamente, se trataba de una persona. Qué típico de las personas eso de escribir libros malos. ¿Alguien ha leído algún libro malo firmado por un reloj? ¿O por un cactus? Claro que no.

La gente también tiene esa manía horrible de respirar a la vez, como si el oxígeno fuera infinito. A ver, al aire libre me da igual, pero si estamos en un sitio cerrado, deberíamos turnarnos. Digo yo. No sé, diez minutos cada uno.

Y eso del aire, mira, aún, repartámoslo, vale. ¿Pero y el dinero? Si no hubiera nadie más, todo el dinero del mundo sería mío. Y resulta que en realidad tengo muy poco. Lo peor es que nadie me da las gracias. Es lo mínimo. No sé, Botín quizás debería regalarme algún reloj por mi cumpleaños. Si él no existiera, su fortuna sería mía. De hecho, creo que debería darme al menos la mitad.

Un tema que me molesta mucho son las distancias: yo tardo casi media hora cada mañana en llegar al trabajo. Si no hubiera nadie más en el mundo, no necesitaríamos tanto espacio, la Tierra podría ser mucho más pequeña y yo viviría en el portal de al lado del despacho. Un despacho al que no iría porque si no hay jefe, ¿quién me va a despedir? Pero lo tendría cerca igualmente. Podría usarlo para guardar papeles. O para aprovechar la conexión a internet, que es mejor que la mía.

Por cierto, internet ha hecho innecesaria a la humanidad. Por ejemplo, ya no me hacen falta los supermercados ni por tanto la gente que trabaja allí: puedo hacer la compra online y que me la traigan a casa.

Y lo que es más importante: aunque no existiera internet, hay robots que podrían hacer todas esas cosas que hacen las personas. Pero claro, el lobby de la gente presiona para que la industria de los robots mayordomo no prospere. Hay muchos intereses en juego. Las empresas quieren que siga habiendo gente. Porque la gente compra cosas, mientras que los robots no son tan consumistas, electricidad aparte. Y por eso conviene seguir fabricando personas, aunque ya haya demasiadas. Da igual, mientras compren, piensan los dueños de El Corte Inglés y de Walmart, mientras acarician a un gato (al mismo) sentados en una butaca de cuero (la misma, también).

Qué asco, la gente. Ojalá nos muramos todos. Y no sólo yo. Ahogado. Maldito fontanero. Gente tenía que ser. ¡Gente!

P.D.: Ha venido el fontanero. Resulta que tenía que cerrar una cosa que se llama “grifo”. ¿Es que ahora todos tenemos que ser ingenieros para lavarnos las manos? ¡Basta ya de gente complicando las cosas!

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El peor orador del mundo

orador

Julián Gutiérrez está considerado el peor orador parlamentario de la historia. Trataba temas muy importantes, sin perder el tiempo con escaramuzas políticas de segunda, e intentaba además aportar una perspectiva nueva a estos asuntos. Pero nunca consiguió expresar en voz alta sus ideas de forma convincente.

Por ejemplo y según recoge el diario de sesiones del Congreso, así explicaba su posición contraria al aborto, que en su momento resultó muy significativa, al tratarse de un diputado de izquierdas:

“¡ABORTO NO! ¡ABORTO CACA! ¡CACA! ¡NO HAY QUE ABORTAR! ¡CACA! ¡ABORTO MAL! ¡NO, HOMBRE! ¡NO SE ABORTA! ¡QUE ESO…! ¡A VER, QUE NO!”

Y siguió con ligeras variaciones durante siete minutos durante los que gritó mucho, con la cara roja de indignación.

También se opuso a una reforma laboral que recortaba los derechos de los trabajadores arguyendo lo siguiente:

“¡ASÍ NO, HOMBRE! ¡NO ES ASÍ! ¡HAY QUE HACER COSAS, PERO VAMOS, DE OTRA FORMA! ¡OTRAS COSAS! ¡ASÍ NO! ¡A VER! ¡PENSEMOS UN POCO! ¡SÓLO HAY QUE…! ¡PENSEMOS! ¿NO? ¡JODER, YO ES QUE NO SÉ SI NO ME EXPLICO O QUÉ PASA, PERO ES QUE, JODER! ¡REFORMA CACA! ¡ESTÁ CLARO!”

Gutiérrez era incapaz incluso de contestar con coherencia a las preguntas de una entrevista, como se puede ver en ese ejemplo extraído de un diario de su ciudad natal:

“P: Barack Obama acaba de ser elegido presidente de Estados Unidos. ¿Cómo podría afectar esto a las relaciones entre América y España?

R: Bueno… Er… A ver… ¡Es negro! ¡Eso es…! Está bien, ¿no? ¡Es negro! ¡El primero! Y bueno… ¡España está ahí! ¡Ahí justo! Y entonces… No tiene nada que ver una cosa con la otra, pero vamos, que estoy muy a favor. Muy bien todo. ¡Es negro! ¡Fíjate! Lo digo bien, ¿eh? No… Vaya… Sin segundas ni nada. ¡Negro!”

Hay que insistir en que a pesar de su incapacidad para articular un discurso mínimamente comprensible en voz alta, Gutiérrez estaba considerado un político inteligente y culto. De hecho, recientemente se ha publicado un libro que recoge las notas que habían servido para elaborar sus discursos, y estos textos se han revelado mucho más elocuentes que el resultado final, como se puede apreciar en este ejemplo:

“No creo que sea ni mucho menos absurdo potenciar el uso de energías renovables. Se trata en primer lugar de la necesidad de proteger el planeta en el que vivimos, renunciando tanto a la polución que trae consigo el petróleo como a los peligros de las centrales nucleares. Pero también es una estrategia económica inteligente, ya que la diversificación permitirá que los ciudadanos paguen precios más asequibles y estables, al no depender de un número mínimo de fuentes de energía”.

Sólo que una vez subió al estrado, colocó los micros, bebió un poco de agua y aclaró su voz, gritó lo siguiente:

“ENERGÍA SOLAR, ¿NO? O SEA, ES QUE PARECEMOS TONTOS. HOMBRE, QUE LOS ÁRBOLES Y TAL, ¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE VISTEIS EL CIELO CON ESTRELLAS? ¡HAY QUE IRSE A UN PUEBLO PARA ESO! ¡Y JODER CON LA FACTURA! ¡SOLAR Y ESO! ¡O DE LAS OTRAS! ¡COMO EL VIENTO Y TAL, ME REFIERO! ¡PETRÓLEO CACA! ¡QUE ME PASO EL DÍA APAGANDO LUCES! ¡HAY QUE MIRAR ESTO! ¡QUE EL VIENTO ES GRATIS! ¡SOLAR!”

Alguno de sus compañeros le sugirió que se limitara a leer lo que escribía, pero Gutiérrez se negó, aduciendo que “NO, HOMBRE, HAY QUE SER MÁS… ¿CÓMO SE DICE? ¡ESPONTÁNEO! ¡ESO ES! ¡NO LEYENDO COSAS! ¡LEER MAL! ¡HABLAR! ¡ESO ES! ¡HABLAR! ¡COMO EXPLICANDO UN CUENTO! ¡A UN NIÑO! ¡Y LUEGO LAS GAFAS! ¡AHÍ, EN LA PUNTA DE LA NARIZ, COMO UN VIEJO! ¡PARA LEER Y TAL, DIGO! ¡NO, NO! ¡ESPONTÁNEO!”

Tras tres legislaturas como diputado, Gutiérrez dejó su escaño y volvió a dar clases en la universidad. En ocasiones imparte conferencias y también colabora con un programa de radio los fines de semana, comentando la actualidad política. Es aconsejable bajar el volumen cuando comienza su sección.

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¿Desea usted que Cataluña sea un pato?

votacion

Se han publicado las dos preguntas que se harán en el referéndum sobre la independencia / dependencia / federación / alquiler de Cataluña el próximo 9 de noviembre. Ahora ya puedo decir que he participado muy de cerca en este proceso, aunque he de admitir yo estaba trabajando en un cuestionario mucho más inclusivo, que finalmente fue descartado. Lo publico aquí, por su interés histórico.

1. ¿Desea que Cataluña sea un estado?

2. En caso afirmativo, ¿de qué color lo quiere?

3. ¿Seguro? ¿Ha comprobado si combina bien con el color de sus ojos?

4. Ya de paso, ¿qué lleva puesto?

5. Quíteselo. No tan deprisa. Describa lentamente cómo se va desnudando para mí.

6. Oh sí, cómo me gusta; sigue así, cariño.

7. En caso de que no quiera que Cataluña sea un estado, ¿qué le gustaría que fuera?

a) Un pato.
b) Un reloj de cuco.
c) Un señor muy enfadado que me mira raro desde la otra punta del vagón y al que yo también miro un poco porque me recuerda a alguien, pero no sé a quién. No tengo ni idea de por qué está tan molesto conmigo, aunque igual todo son imaginaciones mías, no sé.
d) A y C son correctas.
e) ¡Yo quiero que Cataluña sea en realidad Noruega y nos demos cuenta de repente y todos digamos algo así como “pero qué despiste más tonto”!

8. ¿Hasta qué punto se siente oprimido en Cataluña?

a) Bastante, pero la culpa es mía porque he engordado un poco.
b) Nada. De hecho, trabajo como vigilante de la zona azul y me da que el oprime soy yo.
c) Creo que se dice opreso.
d) Opreso Pórbido. Jejeje…

9. ¿Qué superpoder le gustaría tener?

a) Volar.
b) Ser invisible, pero no para colarme en los vestuarios de las chicas. Nadie me cree, pero en realidad sólo quiero que todo el mundo piense que he llegado tarde a la oficina y luego aparecer y decir “AJAJAJÁ, ¿ASÍ QUE HABLANDO MAL DE MÍ SIN NINGÚN MOTIVO, EH? Vergüenza debería daros” y largarme muy indignado a la máquina de café.
c) Poder matar a ese señor muy enfadado de la pregunta de antes sólo con chasquear los dedos porque me está poniendo muy nervioso.
d) Que todos mis pedidos se conviertan en extra grandes por sólo veinte céntimos más.

10. ¿Cuál será el principal cambio que notaremos en caso de que Cataluña se declare independiente?

a) Seremos la Suecia del Mediterráneo: todos altos y rubios.
b) Oriol Pujol confundirá Suecia con Suiza y traerá su dinero de vuelta, con lo que el PIB de la nación se incrementará en un 16%.
c) Los ordenadores se rebelarán y declararán la guerra a la raza humana, pero eso será a nivel global y no tendrá nada que ver con Cataluña.
d) ¡MORIREMOS TODOS! ¡MUY LENTAMENTE! ¡SUFRIENDO MUCHÍSIMO! ¡A MÍ YA ME DUELE UN POCO EL PECHO!

10. Año 2030. Cataluña es independiente y hay robots mayordomos, coches voladores y todos los pedidos son extra grandes a cambio de sólo veinte céntimos. ¿En qué idioma habla esta raza avanzada? Marque sólo una de las opciones.

a) Esperanto.

12. Razone su respuesta.

13. ¿Le gustaría poder votar mañana a la opción perdedora sólo por llevar la contraria?

14. En tal caso y si dentro de un tiempo la opción ganadora demuestra ser un desastre, ¿cada cuántas horas piensa gritar “OS LO DIJE”, intentando disimular su alegría?

15. Año 2030. Cataluña es independiente y hay elecciones a la presidencia de la Generalitat. ¿A qué candidato votaría de entre las siguientes opciones?

a) Oriol Pujol, siempre y cuando las leyes le permitan gobernar desde la cárcel.
b) Tony Stark (en catalán, Antoni Estarch).
c) A ese gato enfadado de internet.
d) Nicolas Sarkozy.
e) José María Aznar.
f) Jejeje… Qué gracioso es el gato. Voy a votarle otra vez.
g) No, mejor pongo una loncha de chorizo en el sobre… Jejeje… Porque los políticos son unos chorizos, ¿lo pillas? ¿Eh? ¿Un chorizo? ¿Porque son unos chorizos? ¿Eh? Es MUY bueno.
h) Quim Gutiérrez

15. ¿Qué hora es?

16. Tengo que ir a la calle Balmes, ¿voy bien de tiempo o mejor aviso de que llegaré tarde?

Resultados de la encuesta:
Mayoría de A: Tus amigos te tienen aprecio, pero también consideran que eres algo cerrado. Intenta compartir más tus experiencias y sentimientos.
Mayoría de B: Apaga la estufa un rato, anda, que se nota que tú no pagas las facturas.
Mayoría de C: Haz caso a las voces de tu cabeza y quema ese maldito edificio. DEBEN MORIR TODOS.
Mayoría de D: Jajaja, qué absurdo. Está más que demostrado que la iniciativa privada es mucho más eficaz porque al ser privada actúa sin que nadie la vea, como un ninja; en cambio, la pública pierde demasiado tiempo arreglándose el nudo de la corbata. Mira, te lo voy a explicar dibujando un gráfico con unas flechitas en una servilleta de papel.

 

(Fuente de la imagen).

Esto es un atraco

oficina

A: Buenas, quería sacar cincuenta euros.
B: ¿Perdón?
A: Sí, es que el cajero no funciona. Aquí está mi libreta. ¿Me da cincuenta euros, por favor?
B: ¿Me está vendiendo una libreta por cincuenta euros? ¿Una libreta usada?
A: ¿Pero esto no es la Caja Bilbainocatalana de Ahorros?
B: Sí, claro. Eso pone en la puerta.
A: Qué susto. Pensaba que me había vuelto a confundir con la zapatería. El caso es que el cajero no funciona y…
B: Sí, eso ya me lo ha dicho. ¿Pero por qué le tengo que dar yo a usted ese dinero?
A: Porque es mío y lo necesito.
B: ¿Suyo? ¿Y qué hace aquí, si es suyo?
A: Pues abrí una cuenta corriente. Ustedes me lo guardan.
B: Ja, ja, ja, qué ridículo. Pero si yo a usted no le conozco de nada, ¿por qué iba a guardárselo?
A: Porque eso es lo que hacen los bancos. Ande, déjese de tonterías y déme mi dinero.
B: ¿Su dinero? Pero a ver, usted nos lo entregó, ¿no? Pues ahora es nuestro. No habérnoslo dado.
A: No se lo di, sólo se lo presté.
B: ¿Dónde dice eso?
A: Bueno, supongo que en los papeles…
B: Ya, ya, supongo que, imagino que, los papeles que no tengo aquí… Lo de siempre, no es la primera vez que oigo ese discursito.
A: Pero mire, la libreta dice que tengo más de seis mil euros en esta cuenta.
B: Bueno, al menos usted no peca de avaricioso, que los hay peores. Tenga, mire.
A: ¿Qué me da?
B: Es un post-it. Pone que usted me debe cinco millones de libras esterlinas.
A: Pero es que yo no soy un banco.
B: Ni nosotros una oenegé. ¿Qué se ha creído? ¿Que regalamos dinero? ¿Que repartimos billetes de cincuenta euros a cambio de nada? ¿Qué clase de negocio sería ese?
A: ¡Ustedes me cobran comisiones hasta por respirar! ¡Y pueden usar mi dinero para prestárselo a otra gente!
B: Mire, deje de molestar. O se va de aquí inmediatamente o llamo a la policía.
A: ¿Y mi sueldo? La empresa ingresa cada mes mi sueldo en esta cuenta.
B: ¿Ve cómo lo que dice no tiene sentido? Según usted, la empresa para la que trabaja nos da su sueldo a nosotros, que no le conocemos de nada y que no trabajamos allí. Eso es absurdo. ¿Qué clase de imbécil autorizaría a otra persona a cobrar su paga?
A: ¿Pero cómo van a pagarme cada mes en el despacho, si no?
B: Pues dándole su dinero.
A: Eso no funciona así.
B: ¿Ah, no? ¿Usted cobra en especie?
A: No, cobro un dinero que está aquí a mi nombre.
B: A su nombre, dice… Como si fuera el gobernador del Banco de España, firmando billetitos. El dinero ESTÁ EN el banco y ES del banco. Haga el favor de salir de aquí y si necesita cincuenta euros, venda algo o trabaje, como hacemos todos.
A: ¿Ah, sí? Pues no pienso seguir pagando la hipoteca.
B: ¿La qué?
A: La hipoteca. El dinero que el banco ME DIO para comprarme un piso.
B: Nosotros jamás le daríamos dinero a usted. Y menos para comprarse un piso. Eso es ridículo. La gente no necesita dinero para comprarse una casa.
A: ¿Cómo?
B: Usted, cuando nació, ¿dónde vivía?
A: En casa de mis padres.
B: O sea, en una casa. ¿Y alguna vez compró esa casa?
A: No.
B: Y sin embargo vivía allí.
A: ¡No me líe! Mis padres sí que la compraron.
B: ¿Tiene pruebas? ¿Más papeles misteriosos?
A: Recibirá noticias de mis abogados.
B: Pero si no puede pagárselos.
A: No, pero le suscribiré a su newsletter.
B: Un momento, espere… ¿Usted necesita una batería de cocina?
A: No me vendría mal.
B: Pues igual le interesa invertir un mínimo de tres mil euros en este fondo que invierte en máquinas de escribir. ¡Son máquinas! ¡Las máquinas son el futuro! ¡Le regalaremos una olla usada!
A: No tengo tres mil euros. Se lo han quedado todo ustedes.
B: No se preocupe. Nosotros le podemos prestar ese dinero. Para eso estamos.

(Fuente de la imagen).