Todos los ruidos que hace el vecino de arriba por las noches

Foto: Karol Kasanicky (Unsplash)

Noche 43. Está bailando sardanas. Sin música. Quizás escuche la música con auriculares.

Noche 44. Ahora está escuchando música de sardanas, pero no baila.

Noche 48. Lleva dos horas montando a caballo.

Noche 50. Está celebrando un juicio. No lo oigo bien y no sé de qué se acusa a sí mismo, pero grita cosas como “ORDEN, ORDEN”, “PROTESTO, SEÑORÍA”, “ME ACOJO A LA QUINTA ENMIENDA”, “¿CUÁL ES LA QUINTA ENMIENDA?”, “LA DE TU MERIENDA”, “JAJAJA”, “ORDEN, ORDEN”, “SEÑORÍA, ESO NO TIENE SENTIDO”, “MENUDO ZASCA TE HA SOLTADO”.

Noche 53. Hoy viven tres docenas de personas en el piso. Hay gente lavando los platos, otros moviendo muebles, uno baja las persianas, otro se está duchando, se oyen tres televisiones y en el cuarto del fondo se celebra otro juicio (“ORDEN, ORDEN”).

Noche 54. Discusión familiar. ¿Desde cuándo tiene hijos? ¿Desde cuándo tiene siete hijos?

Noche 55. Uno de los hijos tiene una batería.

Noche 56. Los hijos han formado un grupo de cumbia.

Noche 58. Se han separado tras una discusión a gritos y han iniciado siete carreras en solitario.

Noche 61. Ya no aguantaba más. Son las tres de la mañana y está moviendo el mismo sillón por toda la casa. He subido y he llamado a la puerta. Tras mucho insistir (no me oía con el ruido del sillón, supongo) me ha abierto.

-Ya está bien de ruiditos, ¿no?

-Ah, perdón. Es que no sé dónde poner esto -no era un sillón, era una jaula con unos ochenta cangrejos vivos.

-Abajo no se puede dormir.

-¿Abajo? Tú eres el vecino de arriba.

-¿Cómo voy a ser yo el vecino de arriba?

-Vives en el segundo. Y esto es el primero.

-Vivo en el menos dos. Y esto es el menos uno.

-Estás caminando por el techo. 

-¡Tú estás caminando por el techo!

-Llevas unas botas de clavos para no caerte.

-Soy muy torpe. De siempre.

-A ver, ven a la cocina.

Me sirvió un vaso de agua y me lo pasó.

-Bebe.

Bebí.

-¿Lo ves? ¡Has puesto el suelo perdido!

-¡He bebido con tanto ímpetu que he salpicado el techo!

Bajé a mi piso enfadadísimo. Mi vecino estaba loco: no solo movía su sillón por toda el piso y vivía bocabajo, sino que me hacía creer que el chiflado era yo y que vivía en una especie de mundo al revés. Pero mi casa era absolutamente normal, con sus muebles clavados en el suelo y el típico techo de tarima.

Me até a la cama e intenté dormir, pero me resultó imposible. No ya por el ruido, porque el muy imbécil había parado, sino por el enfado que me había provocado aquella conversación absurda.

Seguía pensando en el tema al día siguiente, cuando cogí el ascensor y subí a la calle. Aquella discusión nocturna me estaba haciendo dudar de todas mis acciones. Pero fuera todo me pareció como siempre. Las aceras, también llamadas “cornisas”, cada vez eran más pequeñas, pero bajo mis pies seguía el Gran Abismo Azul. Mucha gente caminaba por la Sucia Bóveda de Tierra, yendo bocabajo, pero eso no es lo que nos enseñó el Gran Señor del Gran Abismo Azul, al que nosotros adoramos.

Es cierto que algunas cosas no terminaban de cuadrar: ¿por qué me tenía que sentar en el techo de los autobuses, por ejemplo? ¿Qué había más allá de la Sucia Bóveda de Tierra? Pero la religión es una guía espiritual y la ciencia, a pesar de sus progresos, aún no nos permite saberlo todo.

Hay que subrayar esto último: la ciencia ha ido confirmando muchas de las ideas ya avanzadas en las enseñanzas del Gran Libro Orbil. Este texto dice, por ejemplo, que cuando pecamos, el Gran Señor del Gran Abismo Azul se enoja y nos empuja contra la Sucia Bóveda de Tierra. También dice que la mayor parte de los humanos son pecadores y malvados, y prefieren retozar como animales por la Bóveda (¡Sucia Bóveda!).

Nuestros científicos han ido corroborando punto por punto gran parte de los contenidos lo que dice el Gran Libro Orbil. Como explica el físico Stephen Thorne en El universo en la cáscara del abismo, el mundo que conocemos está formado por un Gran Abismo Azul en forma de esfera. La gravedad actúa repeliéndolo todo del centro de este abismo, de acuerdo con las leyes de Notewn. 

Es cierto que lo fácil es dejarse caer y vivir en la Sucia Bóveda, que es como se llama toda la tierra que cubre el Gran Abismo Azul. Pero eso no solo es pecado, sino que además es peligroso para nuestra salud, al concentrarse toda la sangre en los pies. Hay muchos estudios que confirman que lo mejor para nuestra actividad cerebral es que nuestra cabeza se llene de toda la sangre repelida por la gravedad. ¡La sangre es vida!

Nuestra religión es minoritaria, lo admito, y nuestros avances científicos no son muy conocidos. Pero he tenido suerte y he encontrado un empleo en el que se respetan mis creencias. Aunque admito que me resulta muy difícil trabajar de camarero en un local de pecadores. Tanto espiritual como físicamente.

-Hay que poner las mesas en el suelo. Si no, no las puedo servir bien.

-¡Ya están en el suelo!

-¡Están en el techo! ¡Hay que clavarlas en el suelo!

-¡Deja de tirar los cafés!

Aquel día se me cayeron aún más cafés hacia el techo que de costumbre. Las palabras del vecino de arriba me habían hecho dudar de mi fe y me sentía inseguro, a pesar de que había cambiado los clavos de mis zapatos hacía pocas semanas. 

Las dudas solo aguantaron hasta la noche:

Noche 62. Está cortando leña.

Me quedó claro que lo único que quería aquel maleducado era convertir mis justos reproches (“estás haciendo ruido a las dos de la mañana”) en una acusación hacia mi persona (“no soy el vecino de arriba, tú eres el vecino de arriba”), con el único objetivo de desviar la atención de sus habituales escandaleras.

Esa vez no me molesté en bajar. Llamé a la policía.

Que yo era el vecino de arriba, cómo se atrevía a decir eso… Fijé el móvil a la mesilla de noche con esparadrapo e intenté conciliar el sueño.

El síndrome del impostor

 

Como casi todo el mundo, yo también he sufrido el síndrome del impostor y he llegado a pensar que tal vez no merecía haber llegado a donde había llegado. Lo pasé particularmente mal cuando fui nombrado Papa de Roma, después de haber robado la documentación de un tal cardenal Brunelleschi.

Pasé las primeras semanas atenazado por el miedo, hasta que hice partícipe de mis temores a mi Secretario de Estado, el cardenal Voiello. “¡Cardenali!” -Le grité, moviendo mucho las manos-. ¿Cómo voy a ser il Papa si non sé ni parlare italiano?”. Voiello fue quien me habló por primera vez de este síndrome, que hace creer a quien lo padece que sus éxitos son fruto de la suerte, de la casualidad o directamente de algún delito, como hacerse pasar por otra persona. Pero esos temores son infundados y no nos dejan ver nuestros indudables méritos.

-¡Voi non soi incompetenti! -Resumió-. ¡Io tampoco sé parlare italiano!

-¡Ah, che cosa!

-¡Ma che cosa!

-¡Oh la là!

-¡Agora sem entendo!

Las sabias palabras de mi fiel consejero, que llevaba ya tres largas horas a mi servicio sin haberme fallado ni un solo día, me dieron algo de tranquilidad. ¿Acaso no estaba yo tan capacitado para ser Papa como cualquier otra persona que le hubiera robado la sotana a un cadáver y después hubiera cambiado las papeletas de la votación por otras con el nombre del muerto, quizás con alguna falta de ortografía por la falta de costumbre?

Con esto no quiero decir que no me encontrara con dificultades a lo largo de mi papado. Había muchas cosas que desconocía acerca de mi nuevo empleo. Por ejemplo, me dijeron que tenía que cambiar de nombre. Intenté resistirme porque no sabía si iba a poder recordar todos los cambios por los que ya había pasado, pero insistieron en que era lo que imponía la tradición. 

-Está bien. Pues seré el Papa Snoop Dogg IV.

-¿Cómo? Pero… No es un nombre tradicional… Ni siquiera ha habido otros Snoop Dogg…

Al final negociamos y aceptaron que me llamara Kanye Kardashian VII. El VII es mi número favorito. Es noventa y cuatro en italiano. 

Tampoco fue fácil ponerme al día con los retos de la Iglesia católica. Por ejemplo, la prensa me preguntó si iba a dejar que los curas se casaran y respondí que era mejor que vivieran juntos un tiempo, para conocerse mejor. 

Eso no fue óbice para que tomara medidas arriesgadas para modernizar la institución, como poner algo encima de la hostia, un poco de queso al menos, para hacer como una tapita. Por desgracia, me topé con la oposición del sector más reaccionario del clero, incapaz de ver cómo esta iniciativa ayudaría a que la gente volviera a misa.

A pesar de las dificultades, al cabo de unas semanas ya tenía prácticamente superado ese síndrome absurdo y me sentía cómodo en mi nuevo empleo. Por supuesto, seguía siendo consciente de mis limitaciones, pero también confiaba en que podría ser un buen Papa. ¿Por qué no, si hasta me sienta bien el color blanco? Y eso que a casi nadie le queda bien ese color. 

Recuerdo una hermosa tarde en los jardines del Vaticano, paseando con mi fiel Voiello. El sol ya estaba bajo y se oían los pájaros y el trote de un grupo de monjas que corría y hacía algo de ejercicio.

-Fíjate, Voilello, qué rápido van esas monjas.

-Sí, santidad, digo, santità. Van tan rápido que parecen jamones.

-¿Y cuándo comienzan los cardenales a fabricar juguetes? -Pregunté.

-¿Juguetes?

-Claro, enseguida nos plantamos en otoño y ni siquiera he comenzado a leer las cartas.

-¿Qué cartas?

-Las de los niños, pidiéndome regalos.

Aquella tarde en la que me enteré de que me había equivocado de Papa fue una de las más tristes de mi tiempo en el cargo. Un tiempo que no sabía que ya estaba llegando a su fin.

Mi plan no era perfecto: el cardenal Brunelleschi tenía diecisiete hijos que se habían pasado varias semanas insistiendo en que yo no era su padre. No me sirvió de nada gritar “ma che cosa” y mover mucho las manos. Me pusieron a prueba y no sabía ni sus nombres.

-Tú eres Tonino… Tú también te llamas Tonino… Tú eres Paolo Conte… A ti siempre te llamo signorina…

Tuve que huir con Voiello y algunos de mis fieles a Aviñón, donde fundamos el papado auténtico, al que llamamos Papa2. 

En efecto, Voiello no me abandonó. Mi fiel Secretario de Estado creía que yo merecía ser Papa porque, al fin y al cabo, había sido el Espíritu Santo el que había inspirado aquella fraudulenta votación. También influyó que en realidad se llamara Enric Sánchez y fuera un falsificador de descuentos del Carrefour buscado por la policía. No estábamos solos: me acompañaban una rúa del carnaval de Sitges, que se había despistado hacía año y medio y había terminado en Roma, y diecisiete palomas que estaban atrapadas debajo de una sotana.

Declaramos la guerra santa al Vaticano, que duró hasta que llegó un guardia y nos envió a casa.

En resumen, si alguna vez sentís el síndrome del impostor, colocaos delante del espejo y repetid: “Ma che cosa”. Y si os cruzáis conmigo por la calle, estaré encantado de daros ánimos y consejos, siempre y cuando recordéis que ahora me hago llamar Felipe VI. Y Voiello es Letizia.