El verdadero significado del manuscrito Voynich

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

Lamento comunicar a todos los interesados en el manuscrito Voynich que el estudio que afirma haber desentrañado su código es otra falsa alarma. Un momento, se preguntará algún lector enfrascado en la interpretación del libro más misterioso de la historia, ¿y tú qué sabes? ¿Cuánto tiempo has dedicado a intentar desentrañar su código y a mirar los dibujitos? Bien, pues lo sé porque yo escribí ese manuscrito.

Llevo años intentando explicarme, pero nadie me cree. No se trata de un texto medieval. Solo es una libreta sobre la que se me cayó una taza de café. Por eso parece tan antigua.

En realidad es de 1903. Poco después de licenciarme en Filosofía y Letras (el Periodismo de la época) encontré un trabajo en la primera empresa de telemarketing de España, llamada Telemercadeo Dato e Hijos. Era propiedad del conocido como Gran Dato: don Fulgencio Dato, el dueño de la empresa, que pesaría casi 15 arrobas.

Se trataba de un trabajo relativamente sencillo: solo había tres personas que tuvieran teléfono en España, así que las llamaba cada mañana y les ofrecía los productos que se incluían en nuestro catálogo.

Había de todo: cuellos de camisa, bañadores que iban de los tobillos a los hombros, pesas con los pesos redondos, calesas, fines de semana en fondas de Santander, trabucos, rapé, peines para el bigote, anteojos, jofainas, polainas, mantones, chalinas, banderas anarquistas para colgar en el balcón, bombas anarquistas para arrojar en bodas reales y relojes de bolsillo que atrasaban cinco minutos cada cuatro minutos, además de toda clase de sombreros: bombines, canotiers, chisteras, clochés, pamelas, chambergos, porkpies, gorras de Caja Rural…

Aunque hoy en día parezca increíble, las personas a las que llamaba me atendían y se pasaban un buen rato charlando conmigo. El teléfono era una novedad y los tres no tenían a nadie con quien hablar (no se conocían entre sí), por lo que agradecían poder usar este invento.

Y más teniendo en cuenta el gasto. Por aquel entonces, solo la línea costaba la friolera de 27 reales al mes. Para que nos hagamos una idea, con 27 reales un joven de provincias podía alojarse en una pensión de Barcelona durante tres o cuatro años, el tiempo justo para conocer a una joven de familia burguesa, comprometerse con ella, verse envuelto en una trama de corrupción que llegaba hasta el mismísimo secretario de la Diputación y volverse al pueblo disgustado para ejercer de maestro.

Pero me desvío. Hablábamos del manuscrito Voynich. En realidad -y me da hasta apuro decirlo-, no era más que el cuaderno que usaba para ir tomando notas mientras hablaba por teléfono con nuestros únicos tres clientes. Como les gustaba charlar, a menudo me limitaba a asentir y a hacer garabatos mientras me contaban, qué se yo, lo último que hubiesen leído en el Diario de avisos.

¿Son todo garabatos y dibujos sin significado? No, en absoluto. Tengo mala letra, pero no creo que resulte difícil distinguir los nombres de mis tres clientes: Don Telesforo Matías (regidor de Gobernación), Doña María de la Encarnación Cánovas (dueña de la fonda del mismo nombre) y el señor Mateu Bonaventura (empresario textil).

También son visibles algunos de sus pedidos. Por ejemplo, en esta página se ve claramente que las primeras palabras son “bolas de naftalina (3)” siendo (3) el número de cajas.

Beinecke Rare Book and Manuscript Library, Yale University

No todos los fragmentos son tan prosaicos: en las últimas páginas comencé una novela sobre un joven que emigra a América a hacer fortuna, pero como le dan miedo los barcos, decide emprender el viaje en globo aerostático. Al ser su primer viaje en globo, se pierde y acaba en la Luna, donde se tiene que alojar en una fonda mientras los selenitas reparan la cesta averiada. Allí se enamora de la mujer del Regente lunar, una joven obligada por su familia a casarse con un hombre mucho mayor que ella. La joven, torturada al no poder escoger entre las convenciones sociales y su verdadero amor, se suicida ingiriendo cuarenta y siete litros de aceite de ricino. Al final de la novela, el protagonista regresa desengañado a Sant Martí de Sesentranyes, donde pasa el resto de su vida como maestro.

Otros fragmentos que considero interesantes:

– Página 16: la receta de cocido de Doña María de la Encarnación.

– Página 42: la respuesta al sentido de la vida, el universo y todo lo demás (pero no entiendo mi letra).

– Página 78: diseño para la construcción de una máquina del tiempo (es un reloj de bolsillo).

– Página 110: es el dibujo de un pene, jajaja…

– Página 131: la lista de posibles títulos para mi novela.

– Página 188: una caricatura de don Fulgencio Dato.

La empresa cerró al poco tiempo. Don Mateu Bonaventura fue asesinado por unos anarquistas y perdimos de golpe el 33% de nuestros clientes. Nos resultó imposible recuperarnos: me pasé toda la tarde en manguitos, haciendo cálculos con el ábaco, pero no había forma de cuadrar los números.

Esa tarde se me cayó una taza de café sobre el cuaderno y, disgustado, decidí dejarlo sobre la mesa cuando me marché para no volver. Hasta hace unos años no conocía la existencia del mal llamado “manuscrito Voynich”, así que lo imaginaba desaparecido.

Rogaría a los actuales propietarios (la Universidad de Yale) que me lo hicieran llegar, ya que creo que aún podría publicar La regenta de Selene (título provisional).

Conversaciones con escritores importantes

Foto: Adolfo Félix (Unsplash)

En breve voy a publicar mi libro de entrevistas, Conversaciones con escritores importantes. Solo me queda escribirlo, encontrar un editor, ofrecérselo diecisiete veces, secuestrar a su familia, amenazar de muerte a su familia, quizás cortar alguna oreja para que vea que voy en serio y poco más. Mientras tanto, he decidido avanzar a mis tres lectores algunos de los fragmentos más interesantes o, como se dice en francés, le plus croissants.

Mario Vargas Llosa

—Señor Vargas Llosa, ¿cree que España tiene cura?

—Se equivoca, yo no soy ese señor.

—Cuando digo “cura”, me refiero a sacerdote.

—Que yo no soy Vargas Llosa.

—Usted se llama Mario. ¿No tendrá un hermano llamado Luigi?

—Mire, no tengo tiempo para estas tonterías.

 

Soledad Puértolas

—¿El escritor nace o se hace? Si se hace, ¿es necesario precalentar el horno?

—¿Otra vez usted? ¿Pero quiere dejarme en paz, que llego tarde a la oficina?

—¿Cómo prefiere que la llamen, Sol o Edad?

—¿Pero de qué habla?

—Señora Puértolas, ¿tiene usted ventánolas?

—¡Que yo no soy esa gente, le digo!

 

Javier Marías

—Javier, ¿Marías el favor de responder a unas preguntas?

—¡Que yo no me llamo Javier!

—Anda, como Los Toreros Muertos. ¿Qué opinión le merece el toreo?

—¿Pero por qué me sigue cada mañana?

—Mujeres: ¿qué son?

—Mire, si le vuelvo a ver en la puerta de mi casa, llamo a la policía.

 

Miguel de Cervantes

—Señor Cervantes, ¿cuándo cerrará la trilogía del Quijote?

—Mire, ya basta. Yo no soy ni Vargas Llosa, ni Puértolas, ni mucho menos Cervantes.

— La literatura es lo que nos diferencia de los animales? ¿O no del todo si tenemos en cuenta que hay perros de dibujos animados que saben leer?

—Estoy marcando el número de la policía.

—¿Tiene una lista de cien libros que leer antes de morir? ¿Cuando los acabe se suicidará?

—Buenos días, necesito su ayuda…

 

Rosa Montero

—Señora Montero, ¿ha estado usted en Canadá? ¿Vio Toronto entero?

—Le he visto desde el balcón antes de salir y ya he llamado a la policía. Está en camino.

—¿El periodismo puede ser literatura?

—Al menos no me agarre del brazo, haga el favor.

—¿Es más fácil pasar página cuando se es escritor?

—Y suelte el megáfono, por Dios.

 

Arturo Pérez-Reverte

—Encantado de Reverte, don Arturo.

—¡Pero bueno! ¡Le recuerdo que tiene una orden de alejamiento firmada por un juez!

— Es indispensable haber matado un animal con las manos desnudas antes de escribir algo publicable? ¿O las manos pueden llevar ropa interior si son vergonzosas?

—Y hoy viene con la tuna… Esto es increíble.

—¿Es verdad que todo el mundo es gilipollas? ¿O también hay idiotas?

—Por favor, déjeme en paz.

—¿Clavelitos, clavelitos, clavelitos de mi corazón?

 

Jaime Rubio Hancock

—Señor Rubio, ¿por qué es usted moreno?

—¿Rubio? ¿Jaime Rubio? ¿Pero ese no es usted?

—¿Cómo podríamos animar a los españoles a leer más? ¿Bastaría con enseñarles? ¿O necesitamos pompones?

—Si yo soy Jaime Rubio, ¿usted quién es?

—¿Internet es una moda o debería animarme a probarlo de una vez?

—¿Estoy hablando solo?

—¿Quiere hacer el favor de dejarme en paz?

—¿Qué? ¡Pero si es usted el que me molesta!

—¡No, es usted! ¡Yo no soy ninguna de esas personas!

—¡Yo tampoco!

—¡Me está intentando confundir!

—¡Yo no soy Jaime Rubio!

—¡Ni yo!

—¡Déjeme en paz!

—¡Déjeme en paz usted a mí!

—¡Policía!

—Yo aún diría más: ¡a mí la Guardia Civil!

—¡A mí la legión!

—¡A mí Toronto entero!

Sobre los spoilers de Juego de tronos (nota: no contiene spoilers de Juego de tronos)

Escena de ‘Juego de tronos’

—Buenos días.

—¡Hala! ¡Ya estamos con los spoilers de Juego de tronos!

—¿Pero qué spoilers? Si solo he dicho buenos días.

—¿Y le parece poco? ¿Cómo quiere que sepa si son buenos o malos, si aún no he visto el episodio de esta semana?

—No es ningún spoiler, es un saludo.

—¡Es que no quiero saber nada de nada! ¡Me da igual que sea un saludo o una despedida! ¡No quiero nada de información acerca del capítulo! ¡Ojalá no supiera ni cómo se llama la serie! Viene aquí la gente y te dice: “Qué fuerte lo de Pepito”, y ya sabes que Pepito ha hecho algo fuerte. O “buenos días” y ya sabes que son buenos. ¡Pues lo serán para usted! ¡Para mí ya no lo son porque me ha jodido la serie entera!

—No puede ser ningún spoiler de Juego de tronos porque ni siquiera la veo.

—¡QUE NO ME CUENTE SPOILERS!

—¿Cómo va a ser eso un spoiler?

—¿Cómo no va a serlo? ¡No sabía que no veía la serie! ¡Ahora sé algo sobre Juego de tronos que antes no sabía, es decir, el hecho de que usted no sigue la serie!

—Pero es que eso no tiene nada que ver.

—¡Eso lo decidiré yo cuando vea el episodio! ¡No quiero verlo condicionado por el hecho de si usted ve o no ve la serie! ¡Es información que a lo mejor me es útil y a lo mejor no!

—Bueno, vale, pues no le digo nada más.

—Otra vez.

—¿Pero qué he hecho ahora?

—Pues ahora sé que no me contará nada. Otro spoiler.

—¿Qué?

—Es que no se puede ni salir de casa. Toda la mañana así. En fin, ¿qué le pongo? Pero dígamelo sin spoilers de Juego de tronos.

—Un… Un café sol…

—¡Otra vez!

—¡Pero que eso no es de Juego de tronos!

—Joder que no. Resulta que ahora sé que el tipo que no ve Juego de tronos quiere un café solo.

—¿Cómo quiere que le pida el café sin spoilers?

—Pues no pida nada.

— Es que quiero un café. Para eso he venido.

—Ya, muy bien, pero hay gente que aún no ha visto el episodio. No todos nos levantamos a las tres de la mañana para verlo. Algunos tenemos que trabajar.

—¡Yo tampoco me he levantado para ver nada!

—¡QUE NO ME CUENTE SPOILERS!

—¡Eso no es un episodio! ¡Es la vida!

—Pero hijo de puta, qué pedazo de spoiler me acabo de comer por su culpa.

—¿Qué?

—Lo de que esto no es un episodio. Madre mía, el sorpresón que me he tragado.

—¿Cómo va a ser eso un spoiler? Está claro que esto no es un episodio de Juego de tronos.

—¡No puedo saber eso hasta que lo vea! ¡Igual me pongo la serie y empieza con un tío que no ve Juego de tronos tomándose un café en mi bar! ¡O a lo mejor es el puto final de la serie! ¿Qué clase de imbécil maleducado y desconsiderado es usted?

—Un momento, ¿no ha visto la serie? ¿Nada de nada?

—No. Y no creo que la vea, la verdad. No soy muy de series.

—¿Entonces por qué tanto lío?

—Por si algún día la veo.

—Pero…

—¿Pero qué? Tengo derecho a verla en paz si algún día me decido.

—¿Entonces nadie puede pedirle un café hasta que vea la serie?

—Exacto.

—¿Y de verdad cree que es posible que una serie que va de espadas y dragones transcurra en su bar?

—No lo sé. Ya le digo que no la he visto.

—Eso no tiene ningún sentido.

—¿Y usted qué sabe? ¿No decía que tampoco ve la serie?

—¡Corten!

—¿Qué?

—¿Quién ha hablado?

—Ha quedado estupendo. Muchas gracias a todos.

—Oiga, ¿quién es usted? ¿Y qué hacen ahí todas esas cámaras?

—Somos el equipo de rodaje.

—¿Qué rodaje?

—Estamos rodando la escena final de Juego de tronos.

—¿En este bar?

—¡Lo sabía! ¡Ve como al final todo lo que me estaba contando era un spoiler!

—Un momento, ¿Juego de tronos transcurre en este bar?

—Bueno, es un poco más complicado…

—¡No me cuente nada! ¡No quiero saber nada!

—No, no, conteste. Esto es importante.

—A ver, al final de Juego de tronos resulta que todo era una conversación entre ustedes dos.

—¡NO! ¡NO QUERÍA SABER CÓMO ACABA!

—Y esta conversación a su vez es un texto de Jaime Rubio.

—¿De quién? ¿Quién es Jaime Rubio?

—Ni idea, eso se lo tendría que preguntar a los productores. Les tengo que dejar. Hasta luego.

—¿Ha oído eso?

—¡Sí! ¡Ahora sé cómo acaba Juego de tronos! ¡Le odio! ¡No quiero que vuelva a mi bar nunca!

—¡Eso no es importante! ¡Lo otro!

—¿Qué?

—¡Somos personajes en un texto de un tal Jaime Rubio!

—¿En serio? ¿Y por qué me ha escrito calvo?

—Céntrese. Si Jaime Rubio deja de escribir, ¡desapareceremos!

—¿Qué?

—¿No lo entiende? ¡Solo vivimos en un documento de Word!

—Eso es un poco spoiler, también, ¿no?

—¡Olvide los spoilers! ¡Vamos a morir!

—¿Y… Y qué hacemos?

—¡Hable! ¡No deje de hablar! ¡Mientras sigamos hablando tendrá que seguir escribiendo!

—Pero es que no sé qué decir…

—Cualquier cosa, me da igual.

—¿Juego de tronos es de espadas?

—Sí.

—Buf, qué pereza, no sé si quiero empezar a verla.

—MÁS, MÁS, SIGA HABLANDO.

—Diga algo usted también.

—NO SE ME OCURRE NADA QUE NO SEA UN SPOILER DE JUEGO DE TRONOS.

—¿Pero no decía que tampoco ha visto la serie?

—YA, PERO TE ACABAS ENTERANDO DE COSAS.

—ER…

—EHM… ¡EL EPISODIO ERA MUY OSCURO!

—NO…

—ESTO ES HORRIBLE…

—¿Tony Stark tiene que ver con Juego de tronos?

—Igual son sus antepasados.

—Er…

—Se ha quedado buen día…

—Otra vez… Al menos diga spoiler alert antes…

—DÍGALE A MI MUJER QUE NO SÉ SI EXISTO…