¡Ultraje!

Foto de Sebastian Pichler en Unsplash

Jaime Rubio ha sido conducido ante el juez, acusado de un delito de ofensas y ultraje a España.

—Declaro culpable al acusado y le cond… —dijo el juez nada más llegar a la sala donde se celebraba la vista, ante la evidente satisfacción del fiscal, interrumpida cuando uno de los alguaciles le recordó a su señoría la necesidad de celebrar antes el juicio y escuchar a las partes. El juez accedió a lo que llamó “mero formalismo” y pidió a los abogados que se dieran “prisita, que es viernes”.

El fiscal explicó que se había visto a Jaime Rubio pisoteando España por la calle, “no una ni dos veces, sino durante al menos trescientos metros, hasta que llegaron varios agentes de la Guardia Civil en Segways y lo redujeron viéndose obligados a hacer uso de la fuerza física”.

—¿Se resistió? —Preguntó el juez.

—No —contestó el fiscal—, pero fíjese en su cara. ¿Dan o no dan ganas de darle un porrazo?
Ante el revuelo armado por la afirmación del fiscal, el juez pidió orden dándole con el mazo a Jaime en un ojo.

Fue entonces cuando Rubio subió al estrado para ser interrogado por su abogado, el Señor Chispas.

—Guau, guau. ¿Guau, guau, guau?

—Oiga —dijo el juez—, que su abogado es un perro.

—Pero es listísimo. Ya verá. Señor Chispas, ¡sit! ¡Sit!

—Se está meando.

—Se rebela contra el poder. ¿Lo ve? Listísimo.

Cuando llegó su turno, el fiscal le preguntó por los hechos que habían llevado al acusado ante el tribunal.

—¿No es cierto que usted iba pisoteando España cuando fue arrestado?

—¡Yo no estaba pisoteando España! ¡Estaba caminando!

—Pues eso. ¿No iba golpeando a este país que tanto le ha dado, Mundial incluido, con la suela del zapato?

—¡Solo iba a comprar fruta!

—¿Fruta?

—Bueno, chocolate.

—¿Seguro que era chocolate?

—Cervezas.

—Ya.

—Cerveza sin alcohol.

—¿Y para cometer esa atrocidad, un claro agravante, tenía que ir pisoteando España?

—Creo que caminar es bastante normal.

—En otros países llenos de hippies y millennials quizás sí, pero estamos en España. Aquí respetamos a nuestro país. ¿No será usted runner?

—No, por Dios.

—Entonces ni siquiera tiene la excusa del ejercicio físico. Simplemente es un mal patriota, probablemente catalán o puede que incluso un extranjero de algún país comunista, como Australia.

—¿Pero cómo quería que fuera a comprar el pan?

—Pues en coche, como todos los españoles. O en uno de esos patinetes eléctricos que luego se dejan tirados en la acera para impedir el paso a otros malos patriotas como usted.

—¿Cómo voy a ir en patinete? No tengo 12 años.

—Hay muchas alternativas, todas ellas mejores que ir pisoteando el país.

—Solo iba al lado de casa.

—Razón de más para coger un taxi, le habría salido baratísimo.

—O un Uber —dijo el juez—. Es lo mismo, pero con aún menos derechos laborales. Y en negro. Y te dan una botellita de agua.

—¿Una botella de agua? —Preguntó el fiscal—. ¡Agua gratis en el coche! ¡Como los millonarios en sus limusinas!

—Y lo pides con el móvil —siguió el juez—. Es como en esa película, Star Trek.

Tras un silencio incómodo intentando recordar la escena en la que el capitán Kirk pedía un taxi, el fiscal prosiguió su interrogatorio:

—Mire este plano.

—¿Qué es?

—Es la ruta del autobús 226. Para delante de su casa y, una sola parada después, frente al supermercado.

—¿Y qué me quiere decir?

—Que incluso si usted fuera el clásico terrorista que usa el transporte público podría haberse ahorrado ir por ahí dando patadas a la patria.

—Pero tendría que haber caminado un poco. Hasta la parada y eso.

—¿Tiene usted manos, señor Rubio?

—Sí, una o dos.

—Podría haber ido haciendo el pino. Así no habría pisoteado España, sino que habría acariciado al país. Bien que van bocabajo en su amada Australia.

—No sé hacer el pino.

—¡Pues se aprende! ¡Antes bocabajo que rota! ¡No hay más preguntas! ¡Y pido para el acusado la prisión permanente revisable! Para ir revisando cada rato que sigue ahí.

El juez suspiró aliviado, al ver que podría comenzar su fin de semana antes de las once de la mañana. El fiscal le recordó que no era viernes, sino jueves, a lo que el juez contestó con un “mejor aún”, antes de sentenciar a Jaime Rubio a comprarse un patinete eléctrico. A la salida del juicio, Rubio aseguró que recurriría: “Si tengo que ir con un patinete eléctrico por la calle, mi esposa me abandonará”. Por lo que sabe este cronista, su esposa es un póster de Paula Vázquez en Canguros. Su abogado, el Señor Chispas, expresó su conformidad olisqueando una farola.

P.D.: Este chiste se ha quedado fuera: “Ultraje, doltrajes, treltrajes… Etcétera”.

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Autor: Jaime Rubio Hancock

Yo soy el mono de tres cabezas