No habléis de trabajo

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Foto: Erwan Hesry (Unsplash)

—El otro día estuvimos en un bar que creo que os gustaría.

—¿Sí? ¿Cuál?

—Se llama La Plaza. Es de vinos y quesos. Además, os pilla cerca.

—Sí, está como a diez minutos de vuestra casa.

—¿Dónde es?

—En la calle Londres.

—¿En qué parte de la calle Londres? Porque la calle Londres es muy larga.

—Justo por debajo del parque.

—Creo que lo conozco. Pero ese no está en la calle Londres.

—Es en la esquina de la calle Londres con otra que baja.

—Pero no se entra por Londres.

—Ay, qué más dará por dónde se entre. ¿No te están diciendo que está en la calle Londres?

—Sí, se entra por la otra, por la perpendicular. Es que no sé cómo se llama. Pero el bar hace esquina y se ve desde Londres.

—La que baja tiene que ser la calle Roma.

—Creo que no es Roma, papá. Este bar está enfrente de donde estaba la mercería.

—¿Qué mercería?

—La mercería. La única del barrio.

—Tu padre no entró en su vida en la mercería.

—Bueno, da igual. Si vais por la calle Londres, lo veréis.

—A mano derecha, ¿no?

—No, a mano izquierda.

—Bueno, depende de hacia dónde vayas.

—Viniendo hacia aquí.

—Desde dónde.

—Desde la calle Londres.

—Papá, no tiene pérdida. Es enfrente de lo que antes era la mercería. Ahora creo que hay un estanco.

—No recuerdo ningún estanco.

—No es un estanco, es otro bar.

—Al lado del bar.

—El parque queda a mano izquierda si venimos hacia aquí.

—¿Seguro que es Londres? ¿No es Lisboa?

—No sé cuál es la calle Lisboa.

—Me estáis mareando.

—Lisboa es la paralela.

—¿Por encima o por debajo?

—Por debajo viniendo hacia aquí.

—Papá, es Londres, la del parque. Y creo que no es Roma. Es la siguiente.

—¿Berlín?

—Gracias, mamá. Esa es. Seguro.

—Esperad, lo busco en el móvil y ya está.

—No, no, si creo que ya sé dónde es. Me parece que he pasado por delante.

—Es uno así con mucha madera y barriles…

—Sí, sí. Creo que sí… A ver, si vas por la calle Londres desde aquí, la tercera o la cuarta a la izquierda es Berlín y a la derecha tienes el parque de los patos.

—El de los Senderos, ¿no?

—La gente lo llama de los patos.

—¿Hay patos?

—Hay patos.

—No me interrumpáis, que ya lo tenía. A la izquierda está Berlín y a la derecha se ven los sauces del parque, al lado del estanque. Donde enterré a Romero, ¿no?

—Yo no me acuerdo de dónde enterraste a Romero.

—Sí, creo que es ahí.

—¿Qué? Un momento…

—Pues ya sé cuál es. No me había quedado con el nombre. ¿Y está bien, decís?

—Un momento, un momento. ¿Donde enterraste a Romero?

—Sí, es ahí. Tú y yo aún no nos conocíamos cuando lo enterró, pero creo que hemos pasado por delante. Donde los sauces.

—¿Enterraste a una persona?

—Bueno, nos debía dinero.

—¿Hay una persona enterrada en el parque de los cisnes?

—De los patos.

—Ya no, claro.

—Ay, no le saques el tema del trabajo.

—Es verdad, estábamos hablando del bar. Tenéis que pedir la tabla de quesos europeos. A ti te gustará, mamá.

—¿Sí? A mí es que los quesos de fuera…

—También hay embutido.

—¿Tu padre mató a una persona y la enterró en el parque?

—Hombre, no devolvía el crédito. Había que dar ejemplo.

—Entonces, si llamo a la policía, ¿encontrarán el cuerpo enterrado?

—Ah, y patés. También tienen patés.

—Me encanta el paté.

—No, claro. Ya no está ahí.

—Diego, es que no atiendes.

—Tu padre está diciendo que asesinó y enterró a alguien porque le debía dinero al banco, y vosotras estáis hablando de patés.

—De verdad, qué aburridos os ponéis cuando habláis de trabajo.

—Fue algo excepcional. No puedes ir matando a gente que te debe dinero porque entonces seguro que no cobras. Lo mejor es darles algún susto. Pero este era un caso extremo.

—Y está enterrado en el parque.

—No, no.

—Que noooo… Te lo ha dicho ya tres veces.

—¿Y dónde está?

—Tenía un seguro de vida y nos pusimos de acuerdo con la viuda para cobrarlo. Simulamos un accidente. No fue fácil porque hubo que cambiar de sitio los agujeros de bala: los dos estaban en la espalda y los movimos a las dos sienes. Le pusimos una pistola en cada mano y dejamos una nota que decía: “Voy a limpiar mis armas. Espero que no haya ningún problema”.

—Pero esto es horrible.

—Di que sí. Ya está bien de trabajo. Cambiemos de tema.

—Estoy muy contento con la jubilación, pero a veces lo echo de menos.

—Ha matado a un hombre.

—A más, a más. Este es el que estaba enterrado donde los sauces.

—Bueno, a tantos no mataste, que tú al final ya no trabajabas de cara al público.

—Eso es verdad.

—Ah, y tenéis que probar los vinos franceses.

—A mí es que los vinos de fuera…

—Los tienen por copas. Diego tomó uno que estaba riquísimo. ¿Recuerdas el nombre, Diego?

—Mató a… A…

—Eso, Les Mateaux de no sé qué.

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Autor: Jaime Rubio Hancock

Yo soy el mono de tres cabezas